La Ciencias Sociales y el movimiento telemático en las ciudades
Foursquare® es ante todo un medio locativo en que circulan mensajes entre dispositivos, usuarios y una empresa dedicada a la publicidad. Desde el inicio de las ciencias sociales el rol de los medios de comunicación es un tema de interés central. Si para Emile Durkheim una serie de valores colectivos unificaban a las sociedades, para Gabriel Tarde los lectores de periódicos no lograban captar el flujo de persuasión irresistible a la que estaban expuestos (Busquet, 2008). En esta primera tensión va estar planteada muchas de las divergencias y congruencias teóricas del siglo XX sobre los medios.
Cada generación y cada contexto fueron dando sus frutos diferenciados. Por ejemplo es sabido que los investigadores sociales se dedicaron a entender la influencia de los medios impulsados en los períodos bélicos, cuando los Estados se veían urgidos a controlar el comportamiento tanto de las sociedades civiles como de las fuerzas armadas mismas.
No deberíamos evitar recordar algunos autores y las líneas de pensamiento más consistentes que delimitaron el territorio teórico sobre el que apoyamos nuestra indagación y que funcionan como condición de producción de la reflexión sobre 4SQ®.
Por ejemplo para Alfred Radcliffe-Brown (1940), integrante del programa de investigación funcional-estructuralista:
Los fenómenos sociales que observamos en cualquier sociedad humana no son el resultado de los seres humanos individuales, sino el resultado de la estructura social por medio de la cual están unidos.
Esta estructura compleja es una red social. Para el autor estudiar estructuras sociales no era exactamente lo mismo que estudiar relaciones sociales: una relación social particular entre dos personas existía sólo como parte de una amplia red de relaciones sociales, en la cual estaban implicadas muchas otras personas, y es esta red lo que él consideraba objeto del trabajo de las ciencias sociales. Es posible que las raíces de la investigación de las redes sociales se encuentren en los enfoques estructurales de la sociología clásica. Mientras que algunos enfoques se basaban en las ideas de la cultura para explicar los patrones sociales, y otros hacían hincapié en el entorno material como determinante crucial, una línea de investigación se apoyó en los patrones de interacción e interconexión a través del cual los individuos y grupos sociales están relacionados entre sí.
Esto implicó la concepción del “sistema social” como una estructura de configuraciones relativamente estables temporalmente (instituciones, grupos, asociaciones) que limitaban la subjetividad y las acciones de los que ocupaban posiciones dentro de esas mismas formas relacionales.
Pero otros teóricos, sin embargo, prestaron mayor atención a los encuentros inmediatos cara a cara a través de la cual los individuos se relacionaban entre sí, y que se reconfiguraban constantemente a través de las acciones de estos individuos.
George Simmel tomó esta idea de las formas de interacción como motivadora de las acciones de los individuos, por lo tanto puso su atención en los fenómenos a pequeña escala, especialmente la acción y la interacción individual.
Su obra y la publicación de gran parte de ella en el American Journal of Sociology animó a muchos sociólogos de principios del siglo XX en Estados Unidos a seguir un enfoque “interaccionista” de la vida social: sus discípulos exploraron, con una terminología de puntos y líneas para representar las redes de conexiones de la estructura social, las formas sociales de gran escala, como el mercado y el Estado.
También es justo traer a Paul Lazarsfeld y Elihu Katz, que fueron los primeros en poner en evidencia el factor que enlaza los mensajes de los medios de comunicación con las decisiones de las personas, desarrollando la idea en su Teoría de los dos pasos (1955). Ellos de algún modo reinventaban la sociología de los medios de raigambre empírica, dividiendo el proceso de comunicación en dos etapas: de los medios a los líderes de opinión, y desde los líderes hacia el resto de las comunidades estudiadas. Ellos encontraban que una delgada brecha de individuos cambiaba de opinión luego de recibir el contenido de los medios. ¿Podría articularse su esquema básico, pensado para redes broadcasting, con otro que diera cuenta de redes platafórmicas?
Otro sociólogo estadounidense, Talcott Parsons, conocido por su teoría de la acción social, también desde el funcionalismo estructural tradujo e interpretó a Max Weber, Émile Durkheim y Vilfredo Pareto, quienes aparecerán a lo largo de su obra. Su argumento partía, principalmente, de que los elementos de una estructura son interdependientes entre sí y que, por tanto, la variación de algunos nodos repercutiría en los demás (1951).
Anatol Rapoport, de la Universidad de Michigan, aplicó conceptos matemáticos de la Teoría de Grafos a la estructura social (1957), y además en ámbito supuestamente tan disímiles como la Biología y la Psicología. A este matemático, psicólogo y biólogo, debemos aportes claves a la Teoría General de Sistemas campo que fundaría junto con Ludwig von Bertalanffy y Kenneth Boulding en 1954, así como la Teoría de juegos como una parte de la Teoría del conflicto, de la que extrajo el famoso dilema del prisionero que analiza cómo obtener la mejor solución para todos los integrantes de un grupo de competencia y cooperación coordinadas.
John Barnes utilizó estas ideas en su informe sobre la estructura comunal de la aldea de pescadores de Bremnes en el oeste de Noruega (1954), y su obra fue particularmente influyente el Departamento de Sociología y Antropología Social de la Universidad de Manchester. Clyde Mitchell, Scarlett Epstein, Bruce Kapferer y otros, trabajaron una serie de estudios de la comunidad y de parentesco y sus efectos sobre los rumores y las huelgas. Estos estudios fueron reunidos en una colección influyente que tuvo como objetivo mostrar el poder de la Teoría de Grafos como modelo para las relaciones sociales en las sociedades complejas (Mitchell, 1969). Pero quizás el mayor impacto de la Teoría de Grafos tuvo lugar cuando estas ideas desembarcaron con fuerza en Estados Unidos y fueron desarrolladas por Frank Harary, Zane Norman y Dorwyn Cartwright (1965) dentro de la perspectiva de los modelos estructurales, quienes se enfocaron en el equilibrio interpersonal en los grupos sociales. Los usos sociométricos de la Teoría de Grafos midieron la “distancia” de un individuo a otro por el número de enlaces que había que atravesar para conectarlos. Esta resultó ser una medida útil de proximidad, pero no se correspondía con la idea de distancia como algo medible a través de un espacio físico.
Lewin (1952) vio a los grupos como “campos” de interacción, de ahí su adopción de la “teoría de campo” para describir su enfoque. Un campo de grupo es para él un espacio de la vida dentro de la cual los individuos actúan, y sus preferencias de amistad y otras relaciones sociales han de entenderse como la creación de fuerzas de atracción y repulsión en el campo, que limitan el flujo de ideas a través del grupo. Un individuo en particular, por ejemplo, es capaz de comunicar ideas sólo a través de sus contactos directos o a través de intermediarios que son capaces de transmitirlas. La difusión de las ideas, entonces, depende de la estructura de las relaciones de grupo dentro del cual se encuentran las personas que se comunican.
El trabajo de Lewin inspiró una serie de estudios experimentales que condujeron a la creación de la “dinámica de grupo” como una especialidad dentro de la psicología social (Cartwright y Zander, 1953). Fue en esta especialidad que los investigadores comenzaron a utilizar argumentos matemáticos más sistemáticos para modelar la estructura del grupo. Por ejemplo, la Teoría de Grafos comenzó a poner en práctica las ideas de densidad de los sociogramas y la centralidad de los individuos, convirtiendo las propiedades formales de los puntos y líneas en una red en objetos de un análisis matemático que revela las limitaciones de esa red. Los investigadores de la dinámica de grupos construyeron modelos formales de estructura de grupos y sostuvieron que estas estructuras tienen implicaciones muy diferentes para una comunicación efectiva, ya que algunos individuos están en posiciones críticas “centrales”. Si un grupo se estructura en una larga cadena de conexiones, y donde el que se comunique haga pasar la información a través de una serie de intermediarios, entonces es probable que los significados se hagan ligeramente distorsionados y alterados con cada paso en el flujo de la comunicación.
Así como sucede en el juego “teléfono descompuesto”, el mensaje recibido al final de la cadena puede ser muy diferente del enviado al el principio. En un grupo en el que hay muchas conexiones directas y canales de comunicación alternativos, por otro lado, es probable que los significados se alteren a medida que fluyen a través del grupo, debido a que los múltiples canales introducen “correcciones” y así es de esperar una mayor conformidad en el pensamiento. En este sentido los intermediarios en los grupos sociales fueron vistos como los potencialmente más poderosos miembros de sus grupos: eran los líderes de opinión influyentes, debido a su ubicación en una red centralizada de circulación de mensajes.
Las investigaciones en dinámica de grupos fueron explorando las formas en que las relaciones de dependencia podían fomentar las estructuras particulares de liderazgo (French y Raven, 1959) y fue entonces cuando el análisis de redes comenzó a desarrollarse en un nivel descriptivo de explicación de fenómenos sociales, proporcionando un vocabulario y un conjunto de definiciones formales para expresar conceptos teóricos y propiedades, según Wellman (1983). Él utilizó métodos de encuesta social para recoger información sobre la amistad y las relaciones de parentesco en Toronto, Canadá. Su objetivo era explorar si los individuos se basaban exclusivamente en las conexiones locales o eran capaces de mantenerse en contacto con aquellos que se habían mudado a otras partes de la ciudad o del país. Examinó los contactos sociales inmediatos, la frecuencia y la intensidad percibida de esos lazos, y las oportunidades que ofrecían el teléfono y el automóvil para mantener contactos a través de grandes distancias.
Para Wellman, el estructuralismo de las redes sociales es diferente de otros estructuralismos, debido a que se focaliza sobre las relaciones sociales concretas entre actores sociales específicos. Bearden y Mizruchi (1990) investigaron las conexiones a nivel corporativo en las principales compañías de Estados Unidos, similar al de Helmers y sus colegas en Holanda (1975), que habían ampliado estas indagaciones en una organización internacional (Stokman, Ziegler y Scott, 1985).
El desarrollo que Burt (1992), desde una perspectiva emparentada con la anterior, hace de las redes como aproximación estructural difiere evidentemente de toda visión normativa y atomista. Burt parte de la existencia de un conjunto de estatus/roles en los actores, generados por la división del trabajo. Un actor evalúa la utilidad de las acciones alternativas, en parte, en función de las condiciones personales y, en parte, en función de las condiciones de los otros. De esta manera los actores son, para Burt, intencionales bajo las constricciones de la estructura social.
Hasta acá hicimos un breve raconto de los grandes pilares sobre los que iba a apoyarse el edificio redológico. Elegimos el formato de listado solamente a los efectos de una brevedad que no dejara afuera los elementos que consideramos recordar como los más significativos, pero nada quedaría claro sin incorporar a la escena teórica el conjunto de cuestiones que se crearon a partir de la introducción de un nuevo medio de comunicación como fueron los celulares.
Si los periódicos, el cine, la radio y la televisión se caracterizaban por la emisión de mensajes centralizados, independientemente del abordaje epistemológico desde el cual se calibraba ese fenómenos, a principios de siglo los teléfonos móviles no solo fueron interpelados como medios entre usuarios individuales sino que comenzaron a ser analizados como interfaces utilizadas para coordinar un gran número de interacciones “muchos-a-muchos”, lo que Rheingold denominaría smartmobs y flasmobs (2002).
Los smartmobs, como la que se realizó en la plaza principal de Manila para protestar contra el presidente Estrada de Filipinas, eran típicamente de origen político. Por el contrario, los flashmobs eran actos generalmente de una cualidad más estética: eran grupos que simplemente se aglomeraban para llevar a cabo algún acto extraño inesperado, como adorar a un tyrannosaurus gigantesco (Nueva York, 2003), bailar una rave en silencio (Nueva York, 2008), o tener una pelea de almohadas pública (San Francisco, 2006; Londres 2006; Buenos Aires, 2006), previo a dispersarse rápidamente.
No obstante, flashmobs y smartmobs tenían la característica común de ser generados de forma rápida a través de SMS o correo electrónico, con el fin de formar grupos que de repente se reunieran en lugares específicos.
Aunque los usuarios o nodos de estas redes sociales que se iban creando al paso de la espontaneidad, convergían en un espacio físico (en contraste con las redes sociales en línea, como los juego de rol multijugador, que tenían un lugar de encuentro virtual), los caminos que recorrían hasta reunirse en ese lugar físico eran irrelevantes para el resultado final de la red.
Dentro este contexto, los modos de comprensión de las redes sociales todavía encajaban con algunos de los esquemas conceptuales tradicionales, como los dedicados a entender el ferrocarril y el telégrafo como medios de comunicación social ante que transportadores, tal como desarrollaremos en los siguientes párrafos.
La diferencia radicaba en que si alguien enviaba un mensaje de texto en masa a cientos de personas en Buenos Aires con el objetivo de formar una flashmob en los parque de Palermo, no importaba cómo convergían los nodos en el espacio, sólo que se formaran. La red se creaba espacialmente, porque convergían en Palermo, pero si un nodo toma el colectivo, un taxi o llagaba caminando no cambiaría el resultado. Se comprendió entonces que la red resultaba exitosa si contaba con la velocidad y conectividad suficiente como para hacer congruir a los individuos, y eso era lo que buscaban disfrutar los participantes.
Para ese entonces los físicos comenzaron a explorar las posibles ampliaciones de los modelos matemáticos de la física a al campo de las ciencias sociales. De ellos Barabási (2002) fue el principal impulsor de la aplicación de los modelos físicos a los fenómenos sociales y económicos.
Uno de los aportes centrales de los físicos fue la introducción de la matemática y especialmente la topología en la comprensión de fenómenos redológico sociales. Primero avanzaron sobre la red de sitios webs, analizados como nodos conectados por links y luego se incorporaron al campo de los medios locativos.
El concepto de topología suele prestarse a definiciones que parecen incongruentes, pero no es así. Las definiciones principales de la topología remiten al estudio de las propiedades de los cuerpos geométricos y su comportamiento en escenarios de transformación: cuáles de sus rasgos se transforman y cuáles permanecen inalteradas por transformaciones.
Es decir: hay una forma primaria de la que emergen las formas secundarias con las que nos rodeamos en el mundo real. Por lo tanto la topología es la disciplina que estudia las propiedades de los espacios continuos, la transformabilidad de los cuerpos, la textura que presenta un objeto.
Ya hemos mencionado que entre los múltiples atributos que pueden describirse topológicamente se destacan algunos como la conectividad, la compacidad y la metricidad; y que la topología de red amplía a la anterior. Esta topología se entiende como el grafo lógico de una red de nodos interconectados para intercambiar datos (Castells, 1997). Las redes tradicionales, como las redes de transporte y de información, en general enfatizan la velocidad del flujo en circulación: lo importante es llevar la información de un nodo a otro rápida y eficientemente (Monge y Contractor, 2010). Tomemos el ejemplo del ferrocarril como una red de transporte: Con el desarrollo del ferrocarril, el tiempo de viaje entre dos puntos (nodos) disminuyó sustancialmente (Schivelbusch, 1986).
Antes del ferrocarril, la gente pasaba una considerable cantidad de tiempo yendo de un lugar a otro, es decir, usando los caminos de la red. Ellos podían literalmente “sentir” las distancias e interactuar con el medio ambiente a través del cual se movían, así como con la gente que conocían en el camino. El ferrocarril abrió nuevos espacios que no eran fácilmente accesibles anteriormente, ya que se hizo mucho más fácil poder viajar largas distancias. Paradójicamente, “destruyó el espacio”, es decir, el espacio entre los puntos, o los caminos de la red. Dentro de este contexto, la red de transporte creada por el ferrocarril ha sido en general analizada como una estructura que privilegia la eficiencia de la conexión entre nodos (lugares) en detrimento de los caminos (o el espacio entre los nodos), lo que lleva a una percepción de la compresión espacio-tiempo (Warf, 2008).
Al igual que con los trenes, la red de comunicación del telégrafo fue pensada para destruir el tiempo y el espacio, haciendo hincapié en los nodos sin tener en cuenta los caminos que las comunicaciones tenían que seguir. El telégrafo permitió al mensaje viajar de un telegrafista a otro instantáneamente, aniquilando la percepción del tiempo en el medio y el espacio. Por supuesto, como Sterne (2003) señala, el telégrafo en realidad no aniquiló ni el tiempo ni el espacio, al igual que el tren, que tampoco lo hizo. El telégrafo era rápido, pero no instantáneo, y al igual que el tren, tenía que seguir caminos físicos. No obstante, la percepción era que estas redes de movilidad aniquilaron el espacio y el tiempo, y enfatizaron la conectividad y los nodos, pero no los caminos.
Ahora bien, todos los tipos de redes tienen características comunes, tales como la calidad espacial, la conectividad, los nodos y los caminos, enfatizándose desde distintos ángulos por autores como Castells (2000), Deleuze y Guattari (1987), Petitot (1988) o Wellman (2001).
Las redes sociales requieren metodologías específicas, aunque se ha de pensar que la manera estructuralista de contemplar e interpretar los fenómenos sociales también se adecua y está presente en la experiencia ordinaria: siempre nos situamos y situamos a los otros en conjuntos de similitudes y diferencias cuando conocemos e interpretamos las relaciones que mantienen; quién hace tal o cual cosa en el mismo sitio que otro, etc.
Los analistas estructurales hacen lo mismo pero más abstractamente y a escala más amplia. Pensar estructuralmente requiere que pongamos atención a las pautas de relaciones que se dan en conjuntos humanos, instituciones, organizaciones y redes sociales.
En la primera década del siglo XXI aparecieron los primeros artículos académicos donde se abordaba la problemáticas de los smartphones desde la perspectiva sociológica: On the mobile: The effects of mobile telephones on social and individual life fue un estudio cuanti-cualitativo que, realizado en las principales metrópolis mundiales, buscaba entender cómo las diferencias contextuales afectaban el uso de los celulares (Plant, 2001). Al año siguiente Perpetual Contact (Katz y Aakhus, 2002) ya trataba los modos de apropiación de la tecnología en diferentes países y, un año después, Connectedness, Awareness and Social Presence (Rettie, 2003) ya exploraba con conceptos propias del nuevo campo en formación, donde se discutía el concepto de “conexión”, explorando su relación con los conceptos de “presencia social” y “conciencia”, y argumentando que aunque la “presencia social” y la “conciencia” habían recibido mayor atención en investigaciones previas, el concepto más fundamental, “conectividad”, aparecía como potencialmente clave en el análisis de la comunicación y el desarrollo de la tecnología de la comunicación. En la misma época (2005), el matrimonio de científicos noruegos compuesto por May Britt y Edvard I. Moser descubrieron unas células de red o “células grid” que permiten que el cerebro genere mapas del espacio y que podamos orientarnos en cualquier entorno investigación por la que fueron galardonados con el Premio Nobel de Medicina 2014.
Otra nueva investigación sobre el “GPS cerebral” revela una cuestión sorprendente: los patrones creados por las células grid, que nos orientan en el espacio, se ven influenciados por la forma del entorno. Sabemos que otras células implicadas en el GPS del cerebro, como las células de lugar o de posición (place cells) o las células de límite (boundary cells) se ven afectadas por la geometría del entorno, y ahora hemos visto lo mismo en las células de red. Podría ser que los patrones de red no sean utilizados por el cerebro como guía.
En 2007 Manuel Castells y otros autores publicaron Mobile communication and society: A global perspective donde, entre otros puntos, reconceptualizaron las formas de comprensión del espacio mediado por tecnologías móviles, y 2 años después apareció un libro de Horst titulado The cell phone: An anthropology of communication, en el que se inicia la investigación sobre el impacto de los celulares en los países pobres (Horst y Miller, 2006).
Luego se publicaría el Handbook of mobile communication studies (Katz, 2008), un verdadero tratado del campo, donde numerosos autores harían un abordaje sistemático desde distintas disciplinas, desde la sociológica a la política, sobre las tecnologías celulares móviles.
Nos encontramos en el momento en el que surge Foursquare cuando el concepto de Tethered Self (algo así como el “yo-encorsetado”), que Sherry Turkle (2011) iba a explicitar más claramente años posteriores, comienza a vislumbrarse como una problemática clave, en cuanto a los condicionamientos tecnológicos del comportamiento de las sociedades atravesadas por la tecnología celular.
Con el auge de Internet como una red de información se creyó que la distancia geográfica se desvincularía de la materialidad (Virilio, 1997).
Esta noción también causó temores relacionados con la muerte de la geografía y el fin de las ciudades. Couclelis (2007) señala varios mitos fundacionales populares de la ciudad de la información durante la década de 1990, dos de los cuales son:
- Una necesidad mucho menor de la movilidad, ya que todo (las compras, el trabajo, la socialización) podría ser potencialmente hecho en línea.
- La idea de que “la creación de redes físicas serán sustituidas por las virtuales”, es decir, todas nuestras relaciones sociales se llevarían a cabo en línea.
Sabemos hoy que tales predicciones no se hicieron realidad (Matsuda, 2005). Sin embargo, las observaciones de Couclelis destacan dos características de la conceptualización tradicional de redes, como se ha visto con los ejemplos del ferrocarril, el telégrafo y la Internet: la percepción de la “aniquilación” del espacio, debido a la capacidad de “instantánea” ir de un punto a otro, y la preferencia de la conexión con nodos lejanos en lugar de los cercanos.
Dicho esto haremos una breve mención a los aportes de la topología territorial de comunidades a los que recurriremos para el análisis de resultados y las conclusiones. Si bien producción y distribución de la información geográfica se ha restringido durante siglos (Harley, 2001) como un medio para control social (Crampton, 2008) y además, la cartografía ha sido tradicionalmente una actividad profesional, dominada por una élite con formación especializada, credenciales, acceso a procedimientos y a los datos necesarios (Tulloch y Harvey, 2007), desde principios de siglo el acceso a los modos de conocimiento del espacio social se ha puesto a disposición de los investigadores del campo social no específico.
Ya desde finales de la década de 1960, los investigadores en los Estados Unidos comenzaron a utilizar computadoras para el análisis de datos y a aplicar concepciones sistemáticas y rigurosas en sus estudios en comunidades más amplias y redes económicas localizadas. La sociedad ofrece una amplia variedad de posibles organizaciones de los grupos: familias, trabajo, círculos de amistad, pueblos y naciones ubicados en el espacio. La difusión de Internet propició también la creación de grupos virtuales en la Web, como las comunidades en línea. Por esos años también, los resultados de la ya mencionada investigación de Milgram y sus “pequeños mundos” se mostraban inquietantes, entre otras cosas porque el trabajo, independientemente de que años después se analizó cuán riguroso o no había sido realizado, no dependía de un control centralizado del proceso.
Herbert A. Simon (1962) había hecho hincapié en el papel que desempeñaban las jerarquías en la estructura y evolución de sistemas complejos: había propuesto que la generación y desarrollo de un sistema organizado en subsistemas interrelacionados se estabiliza mucho más rápido que si el sistema no se estructuraba supervizadamente. Había descubierto que si se dejaba interactuar las subpartes más pequeñas de un sistema primero, podría usarlas como elementos básicos para conseguir estructuras más grandes hasta que todo el sistema estuviera montado. De este modo también era mucho más difícil que los errores (mutaciones) ocurrieran a lo largo del proceso.
Con estos elementos sobre la mesa era evidente que el objetivo de la detección de comunidades en los gráficos era identificar los módulos primarios y de ahí su organización jerárquica. El problema tenía una larga tradición y había aparecido en diversas formas en varias disciplinas. El primer análisis de estructura de comunidades posiblemente es el de Weiss y Jacobson (1955), quienes buscaban los grupos de trabajo dentro de una agencia del gobierno.
Estudiaron la matriz de relaciones de trabajo entre los miembros de la agencia, que fueron identificados por entrevistas privadas. Los grupos de trabajo se separaron mediante la eliminación de los miembros que trabajaban con personas de diferentes grupos y que actuaban como conectores entre ellos. Esta idea de ablacionar los puentes entre los grupos fue la base de varios algoritmos actuales de detección de comunidades en redes sociales. Como dijimos, otro aspecto importante relacionado con la estructura comunidades es la comprensión jerárquica representada por la mayoría de los sistemas en red en el mundo real. Por ejemplo los seres vivos son un ejemplo de organización jerárquica: al menos los más complejos están compuesto por órganos, los órganos están compuestos por tejidos, los tejidos por células, etc. El mercado también puede ser analizado con este tipo de organización jerárquica, que va desde el cliente al accionista, con niveles intermedios organizados en comunidades. La computación paralela, por ejemplo, es también fundamental saber cuál es la mejor manera de asignar tareas a los procesadores a fin de minimizar las comunicaciones entre ellos y permitir una actuación rápida del cálculo. Esto se puede lograr mediante la división en clústers de, de tal manera que el número de conexiones físicas entre los procesadores de diferentes grupos es mínima. La formalización matemática de este problema, denominado gráfica de partición, permitió la creación de algunos de los algoritmos con los que visualizaremos abajo los resultados, se propusieron a principios de la década de 1970 y son la clave de la operatividad de grandes repositorios de datos como Google o Amazon, donde la autorganización de los datos en comunidades jerarquizadas resultó la mejor solución para manipular los volúmenes a los que estamos habituados hoy en día. Pero habíamos dicho que ofreceríamos al lector un recordatorio de los antecedentes sobre los que cimentar las conclusiones territoriales y eso requiere de mapas.
La preocupación contar con mapas adecuados no es nueva pero cada período histórico ha contado con un modo de representar el espacio consonante con su época. Diremos brevemente que ya durante la Edad Media los cartógrafos utilizaban la particular perspectiva oblicua. Era una idea práctica y que funcionaba bien, ya que lo que hacía era mostrar la geografía tal como la vería un caminante o un navegante. Básicamente superponían en un mismo plano paneles que representaban distinto agrupamientos de distancias. Así, si estuviéramos llegando a Constantinopla desde el mar se verían algunos barcos, una muralla y algunas copas de las edificaciones más altas y con la información aportada cartográficamente se podrían encaminar el barco hacia el lugar adecuado, usando las referencias a la vista. En 1499 uno de Borgia conquistó la ciudad de Imola en el norte de Italia y le encargó a Leonardo da Vinci hacer un mapa que lo que hiciera fuese usar la perspectiva visual de vuelo de pájaro, la misma que usa hoy en día Google Maps (Vitruvio lo había desarrollado para la arquitectura). Sin fotos aéreas, Da Vinci tuvo que recurrir a medidas meticulosas de todos los edificios, caminos y lotes, tal como se verían desde arriba, con lo que logró una representación bastante precisa de Imola, que es el registro más antiguo sobreviviente de ese tipo de cartografía.
Para esa época España y Portugal se convirtieron en potencias marítimas y desde el viaje de Magallanes necesitaron mapas complejos que permitieran largos viajes, en los que encontrar la traza más adecuada del mismo se veía recompensado por ganancias millonarias. Gerardus Mercator resolvió el problema de representar en forma esférica de la Tierra sobre una superficie plana pero su interpretación era complicada, así que la próxima generación tuvo que encargar nuevos mapas que fueron los utilizados por las Compañías de Indias Holandesas. Así apareció el mapa de Plancius: usando colores, un sistema de longitudes medibles que facilitaba los cálculos matemáticos, llenando los espacios vacíos con dibujos fantásticos, estimulando a los marineros con aspiraciones comerciales exóticas y demás incentivos, los mapas de Plancius se convirtieron en la norma y durante dos siglos fueron la base de todo planisferio (Buisseret, 2002). En su Nova et exacta Terrarum Tabula Geographica et hydrographica agregaba guías de navegación que incluían constelaciones estelares como la Cruz del Sur. El mapa funcionaba muy bien para ir de un lugar a otro y por eso fue utilizado casi exclusivamente durante la explosión comercial de la época, sin embargo cuando el destino de llegada se la iba moviendo al capitán, los mapas de Plancius no eran muy útiles, y eso sucedía con las ballenas.
Hasta la invención de kerosene las expediciones de caza de ballenas producían el equivalente actual al millón de dólares en ganancias por viaje, fondos suficientes como para encargar un mapa que resolviera el problema. Apareció así el mapa de Maury basado en diarios de navegación de balleneros que permitían hacer un seguimiento del tiempo, vientos, corrientes y temperaturas del agua. Además el mapa agregaba una predicción de dónde cazadores tendrían más probabilidades de éxito.
A partir de la II Guerra Mundial la profusión de organizaciones internacionales empezó a requerir una cartografía global basada en los mismos principios de representación, porque hasta entonces cada nación poseía su propia cartografía, adoptando cada una un sistema de proyección, simbología y escalas diferentes de expresión gráfica. El análisis espacial cuantitativo que propone William Bunge en la década del setenta es la forma integrada y superadora de los cuatro anteriores. Utiliza una perspectiva a vista de pájaro para dar una visión integral de la zona elegida, revela rutas de navegación y patrones y se basa en datos recogidos de varias fuentes, incluyendo información de los diarios locales e informes policiales.
Todo estaba preparado entonces para que, con la utilización de información satelital en tiempo real y el uso de las geolocalización de los celulares, se crearan nuevas versiones digitales de aquellos mapas que habían evolucionado lentamente, para ofrecer distintos servicios como el de tránsito (Waze), lugares de esparcimiento (Fousquare) o de emparejamiento (Tinder). Sin embargo había otro aspecto que no debía ser soslayado. Respecto a la cuestión cartográfica en sí, fue en la década del setenta que comenzó a utilizarse el contramapeo para ayudar a los grupos marginados y reivindicarlos tanto territorial como socio-políticamente (Rundstrom, 2009). Numerosas intervenciones estéticas reinventaron esta perspectiva, al difundirse los celulares inteligentes por la sociedad.
El método del contramapeo consiste en un trabajo integrado de especialistas en cartografía, sistemas de información geográfica, narrativas basadas en el lugar y personas que viven en un entorno para definir y asignar sus lugares y rutas y describir sus asociaciones y relaciones con estos lugares.
El contramapeo con frecuencia se ha llevado a cabo para apoyar las reivindicaciones de derechos territoriales de los pueblos indígenas (Harrison, 2011). Algunas investigaciones han ampliado la contra-cartografía de nuevos grupos y lugares, como los de los niños de las minorías en los centros urbanos carenciados y los esfuerzos de conservación en las áreas silvestres protegidas (Harris y Hansen, 2006).
Conceptualmente similar a contrarrestar los mapas, pero con diferentes objetivos, existe el concepto de geografías compartidas, idea que se utiliza en los estudios de geografía humana para señalar grupos que comparten y crean colectivamente información y representaciones del lugar. El grado de intercambio y la apertura puede ser visto como en un continuo que va desde lo totalmente público hasta geografías compartidas en privado, lo que permite a los miembros de un grupo que se inspiren en sentidos “compartidos en común” de diferentes lugares y en lo que signifiquen esos lugares para el grupo (Barkhuus et al., 2008).
Si bien las tecnologías Geoweb de escritorio fueron desplazadas por los medios locativos, continúan colaborando para que las personas interesadas capturen y preserven al menos digitalmente una amplia gama de información sobre diferentes lugares y puedan dejarla disponibles para otros.
Debord denunció los intentos por crear cierta apatía en los ciudadanos, desnudando a los espacios de su significado. Él y el movimiento Psicogeográfica, que fundó en la década de 1950, llevó a cabo intervenciones para contrarrestar estas fuerzas. Ya a principio de siglo los críticos de la geografía ortodoxa reclamaron por un acceso más abierto a la facultad de definir los espacios, como la noción del “derecho a la ciudad” de Harley (2001), el concepto de “justicia espacial” (Soja, 2010) y el de “geografías públicas” (1950).
Si bien se podría rápidamente creer que estas cuestiones están saldadas en la sobreinformación que proveen las plataformas de redes sociales el asunto merece para otros, como el citado André Lemos, una nueva vuelta reflexiva, centrada en la apropiación crítica de los espacios compartidos y en el derecho a la invisibilidad social.
Hechas estas aclaraciones vamos a regresar al cause principal de nuestra investigación. Los métodos tradicionales utilizados para analizar diferencias culturales se basan principalmente en las encuestas y la toma de muestras tiene en la geografía una ciencia precedente para garantizar las conclusiones probables de sus investigaciones. Por esta razón representar la muestra estadística en escalas geográficas es fundamental (Black, 1997) y por lo tanto contar con adecuadas planimetrías es tan importante en la sociología clásica tanto como en los estudios de plataformas de redes sociales.
Las aplicaciones de geolocalización promueven un tipo específico de actividad para los usuarios, que se destaca de las que presentan otras redes sociales. El check-in, como ya mencionamos, da cuenta a los amigos del usuario cuándo, dónde y cómo se encuentra, es un tipo de acción que refleja una interacción entre el usuario y el mundo real, diferente a la interacción en el mundo virtual que ofrecen otras redes sociales por lo tanto, ofrece otras oportunidades de estudio del comportamiento de los usuarios (Barbwise y Strong, 2002).
En varios estudios recientes (Barrat, Barthélemy, Pastor-Satorras y Vespignani, 2004), los investigadores describieron las propiedades estadísticas de las redes de transporte humano con un enfoque en el transporte aéreo y el tráfico de larga distancia. Sin embargo, la movilidad humana se produce en muchas escalas de longitud, desde el tráfico de cercanías a distancias cortas hasta largas distancias. Aún está pendiente un estudio exhaustivo y global que incorpore el tráfico en todas las escalas espaciales, porque requeriría recopilar y compilar datos en un conjunto multicomponente pero la perspectiva de redes permite estimaciones confiables de características estadísticas como el grado, el flujo y las distribuciones de peso de tráfico en el mundo real (Broockman y Theis, 2008).
Aunque los actos de macro-coordinación mediante el uso de las tecnologías móviles en espacios públicos han sido analizados por una amplia gama de estudiosos como nuevos fenómenos de comunicación (Castells, Fernández-Ardevol, Qiu y Sey, 2007) estos estudios se centraron en las interacciones por tecnologías móviles, sin considerar suficientemente la ubicación de los nodos de la red, ya que consideraban que la configuración de vínculos independiente de la posición de los usuarios en el espacio.
Apuntando ahora a Foursquare®, desde su nacimiento varios estudios se han centrado en las propiedades espaciales de datos compartidos en los servicios basados en la localización (Cho, Myers y Leskovec, 2011). Sin embargo, esos esfuerzos previos se dirigieron a investigar los patrones de movilidad del usuario, y las propiedades de las redes sociales y sus implicaciones. Más recientemente, los investigadores han empezado a analizar la actividad del usuario como otra fuente de datos que se pueda aprovechar para el estudio de las interacciones sociales (Sakaki, Okazaki y Matsuo, 2010).
Basándose en este principio, se han realizado muchos estudios para extraer nuevos conocimientos acerca de las dinámicas urbanas, por ejemplo, sus características esenciales y el comportamiento de sus ciudadanos. Por mencionar, Cranshaw, Schwartz, Hong y Sadeh presentaron en el 2012 un modelo para extraer distintas regiones de una ciudad de acuerdo a los patrones anuales de actividad colectiva. Del mismo modo, Noulas (2011) propone un enfoque para clasificar las áreas de una ciudad mediante el uso de las categorías de lugares en Foursquare.
La investigación redológica
Llegamos hasta acá recuperando las líneas más importantes que las ciencias sociales han venido aportando para entender fenómenos como las plataformas de redes sociales geolocalizadas. Vimos que la sociedad ecosistémica de los nuevos media y usuarios, en comunidades a distancia (Lash, 2004) pueden ser representadas como una red social, tal como nos habilita hacerlo el Análisis de Redes Sociales. Los grupos o clústers que vemos surgir casi permanentemente pueden ser vistos como comunidades dentro de la población, que consisten en conjuntos de nodos densamente conectados entre sí, pero escasamente conectadas a otros nodos en la red (Fortunato, 2010). Mientras que como vimos las comunidades sociales han sido estudiadas durante décadas (Freeman, 2004) se ha vuelto recientemente factible, gracias a los datos del teléfono móvil, monitorear las interacciones sociales, geolocalizar las posiciones de millones de personas (Onnela et al., 2007) y aplicarse algorítmicamente a la detección de las comunidades a gran escala.
Durante la última década, ha habido una explosión de interés en la investigación a través de la red en ciencias físicas y sociales (Borgatti, Mehra, Brass y Labianca, 2009). Para los científicos sociales, la teoría de las redes brinda explicaciones para los fenómenos sociales en una amplia variedad de disciplinas, desde la psicología a la economía (Christakis y Fowler, 2010).
El Análisis de Redes Sociales comenzó en la década de 1930 y se ha convertido en uno de los más importantes temas de las Ciencias Sociales (Scott, 2012). Como sabemos puede buscarse su origen en la Teoría de Grafos, que se remonta a la solución de Euler del rompecabezas de los puentes de Königsberg en 1736 (Euler, 1736). Investigadores con formación en psicología y psicoanálisis realizaron luego una serie de estudios sobre las preferencias de amistad en contextos educativos, donde las opciones entre compañeros eran vistas como una forma de explorar la cohesión de los grupos de clase de la escuela y la popularidad relativa de alumnos particulares. Con este enfoque, Stanley Hall (1904) estudió el desarrollo de la adolescencia, y la citada Helen Bott las actividades de juego entre los niños de la guardería (1928). Paralelamente en el tiempo a estas contribuciones en Estados Unidos surgió en la preguerra la Teoría de Grafos propuesta por el matemático de origen judío húngaro Dénes König en 1931 en su famoso “Theorie de endlichen und unendlichen Graphen” (Teoría de grafos finitos e infinitos), que tuvo una especial relevancia en la evolución histórica que experimentaban las investigaciones sobre las redes sociales.
Esta teoría estudia las propiedades matemáticas de los grafos, siendo claves en el Análisis de Redes Sociales actual conceptos tales como proximidad, centralidad, o tipo de conectividad.
Ilustración 19

Esquema en el que se pueden reconocer tres grumos o clusters (zonas grises) conteniendo nodos (círculos negros) conectados mediante enlaces (lineas).
Entre los primeros estudios relevantes y con especificidad de lo que sería luego la redología, en tanto que la atención se ponía en las relaciones dentro de los grupos, se encuentran las investigaciones sociométricas de Jacob Levy Moreno (1934).
Nacido en Bucarest, Rumania y crecido en Viena, Austria, donde estudió medicina, matemáticas y filosofía para luego mudarse a Nueva York en 1925 donde trabajó en la Nueva Escuela de Investigaciones Sociales. Su principal línea de investigación se centró en el estudio matemático de las cualidades psicosociales de las relaciones de la población. Moreno fue, junto con Heider (1946), uno de los primeros analistas que definió el equilibrio de las dinámicas grupales. Luego trabajó junto a Lewin, que estudió el grupo y su entorno como un sistema en su conjunto (1936), y fue uno de los investigadores que emigraron de la Alemania Nazi hacia Estados Unidos, llevando consigo las influencias de la Teoría Gestalt en la psicología social. El objetivo de Moreno era medir y trazar las relaciones sociales, refiriéndose a su trabajo como sociometría y a sus gráficos como sociogramas.
Moreno observó la interacción de los niños y contó el número de opciones de amistad iniciadas y recibidas por los diferentes miembros de la clase, combinando todo en sociogramas que representaban a cada niño como un punto, y a sus preferencias de amistad como líneas con una dirección, que mostraban la orientación de ese vínculo.
Este método le permitió identificar las “estrellas” más populares, y a los “aislados”, que recibieron pocas o ninguna preferencia de amistad. Moreno vio también si algunos niños trataron de hacer amistad con los demás, pero no fueron capaces de asegurar opciones recíprocas de aquellos que buscaban. A través de la compilación de las diversas preferencias de amistad hechas por miembros de la clase, en un solo sociograma, Moreno pretendió utilizar una investigación sociométrica para modelar la conectividad global y el clima emocional del grupo.
En un sociograma, la disposición física de los puntos es arbitraria, limitado sólo por el intento estético de minimizar los solapamientos entre las líneas. Una medida de distancia física, sin embargo, requiere de una representación no arbitraria de los datos. La distancia entre dos ciudades, por ejemplo, se puede medir “a vuelo de pájaro”, en vez de por la red de carreteras (de longitud variable) y las intersecciones que la atraviesan. Un número de investigadores ha intentado construir modelos de espacio social en el que las distancias en línea recta se puedan medir (Bogardus, 1925). Incrustar una red de conexiones en un espacio permite tanto estudiar tanto el patrón de conexiones como de distancias relativas.
La idea de “estrella” sociométrica de Moreno, según la cual el individuo que un sociograma recibe más elecciones positivas, en contraposición con los individuos aislados, es una de las primeras aproximaciones a la definición de las singularidades de red. Relacionado con esto una de las principales aplicaciones con más repercusión en la investigación en el campo organizativo, fue la utilización de modelos algebraicos para definir el constructo de rol en la estructura social, del que surgiría el concepto de equivalencia estructural. Los estudios de redes sociales se iniciaron en un reformatorio para señoritas cuando Levy Moreno fue invitado por el Comité de Prisiones de Estados Unidos para que los ayudara a reorganizar el modelo de la prisión Sing Sing. Moreno comenzó a trabajar en bases a técnicas psicodramáticas con los prisioneros y el sistema que desarrollaron fue llamado más adelante “sociometría”.
Luego a Levy Moreno se le asignó ocuparse del problema de niñas que huían de un reformatorio en Nueva York. Moreno mapeó los nombres de las catorce jovencitas en cuestión en un gráfico, mostrando cómo cada caso de huida influía socialmente a sus compañeras, eventualmente conduciendo a una forma de viralización de conductas.
De este modo utilizaba estadísticas que no eran paramétricas (basadas en el muestreo aleatorio y la independencia de datos), sino por el contrario conceptualizando los datos como interdependientes unos de otros.
Ya en estos protoestudios de redes, Moreno propuso que era más importante el vínculo que el nodo, la estructura que el contenido; o dicho de otro modo: los vínculos de relaciones entre los actores eran primarios y los atributos de los actores secundarios. Para Moreno las relaciones existían y se desplazaban entre configuraciones a pequeña y a gran escala, fundamento que le permitió aplicarse al campo organizativo analizando las conexiones producidas entre los distintos niveles, ya sea entre individuos, equipos o grandes grupos con los que empezó a experimentar.
Para la misma época George Lundberg, profesor de sociología y estadística en Vermont (1936) había extendido las técnicas sociométricas para el estudio de las comunidades en aldeas, pero no fue hasta la década de 1950 que realmente comenzaron a utilizarse más allá de los grupos pequeños.
Junto a John Barnes y Elisabeth Bott, ambos de la Escuela de Manchester, lideró una serie de investigaciones dentro del enfoque de la Antropología Social. Los aportes más importantes de Barnes partieron de la aplicación del término red a un estudio realizado sobre pescadores de una pequeña aldea noruega (1954). En esta localidad, Barnes estudió cómo las relaciones informales de parentesco y de amistad permitían que la población de una comunidad casi aislada rompiera las estructuras más formales. En consecuencia, los individuos optaban por establecer sus propias relaciones económicas y políticas dentro de la sociedad. Una de las conclusiones más relevantes de su estudio fue que las sociedades tradicionales tenían redes sociales más densas que las sociedades modernas. Tal explicación respondía a que en las primeras redes, las relaciones entre parientes, amigos y vecinos eran más estrechas y duraderas que en las segundas.
Las investigaciones de Bott (1955) se desarrollaron entre familias londinenses, concretamente en el estudio de los roles conyugales. Esta antropóloga distinguía entre el concepto de red social y grupo organizado, diferenciación que reviste especial importancia en el campo. La psicóloga social realizó un estudio comparativo de parejas de clase obrera y de clase media en Londres (1955). Bott mostró que los miembros de cada clase fueron incorporados en diferentes estructuras de parentesco y amistad, y que estas redes influyeron en sus relaciones domésticas “conyugales” dentro de sus hogares. Ella examinó, en particular, las diferencias de género en las redes sociales y los roles conyugales.
Bott trabajó en estrecha colaboración con antropólogos sociales que ya estaba empezando a explorar las implicaciones de la visión de Alfred Radcliffe-Brown, de que las relaciones sociales en las sociedades tribales podrían ser investigadas a través de la construcción de modelos de “formas estructurales”. Sus conclusiones podrían sintetizarse diciendo que en una red social sólo algunos individuos mantienen relaciones entre sí, es decir, no es necesario que todos tengan conexiones con todos.
Otro investigador que, poco después, produciría importantes sus aportes al conocimiento del fenómeno redológico fue Siegfried Nadel quien estudió psicología, filosofía y música, arte en el que evolucionó hacia la dirección de orquestas. Sin embargo en 1922 conoció al antropólogo Bronislaw Malinowski y desde entonces se dedicó a la antropología social. Retomando sus problematizaciones respecto a la orquestación, el punto de partida de sus investigaciones sobre lo social, fue definir la estructura social como la articulación o distribución de una serie de elementos o nodos para formar un entero. Fue especialmente meticuloso en la utilización de los métodos algebraicos y de las matrices para poder llegar a cuantificar la estructura social generada a partir de las conexiones entre individuos. Puso especial énfasis en la importancia de los roles dentro de la configuración social y en cómo estos podían establecer vínculos de interdependencia para mejorar sus recursos o sus posibilidades de desarrollo dentro de la red. Libros de Nadel como “The Theory of Social Structure” (1957) tuvieron gran repercusión en las investigaciones sobre redes sociales que, posteriormente, se desarrollaron en los países anglosajones [1] desde una perspectiva predominantemente empírica.
Una influencia clave en el campo fue la tradición de la psicología de la Gestalt. Kurt Lewin (1952), otro emigrante alemán a los Estados Unidos, fue aún más firmemente arraigado a la tradición de los análisis, y fue pionero en una psicología más general de los grupos pequeños.
Una idea más formal del espacio social es inherente a sus primeros trabajos, pero en realidad se desarrolló como un método formal en psicología. Estudios psicométricos de actitudes habían utilizado métodos de escala para mostrar la fuerza relativa de las actitudes, y esto llevó a intentar medir dos o más actitudes a través de la intersección de sus escalas, en un espacio cognitivo que podría ser tomado para representar una parte estructural de la mente.
Estos planteamientos fueron llamados análisis de pequeños espacios (SSA) por tratarse de un intento de definir el menor número de dimensiones (escalas) que representaría a un grupo particular de actitudes. Este enfoque se generalizó como escalamiento multidimensional (Kruskal y Wish, 1978) y comenzó a ser aplicado en fenómenos sociales como una forma de reportar las características estructurales del espacio social (Coxon, 1982).
El escalamiento multidimensional se aplicó en un estudio de las comunidades por Edward Laumann (Laumann y Pappi, 1976). Centrándose en las posiciones de los individuos, Laumann trazó los patrones de amistad de las personas, en particular, en categorías profesionales. La frecuencia de los lazos de amistad entre pares de posiciones se tomó como una medida de la distancia entre las posiciones y se utilizaron técnicas informatizadas para generar un espacio global en el que las clases podrían ser asignadas de acuerdo a sus distancias de amistad. Este fue, por lo tanto, un intento de medir la asociación diferencial entre las clases sociales. El estudio de Laumann generaba un modelo tridimensional de la estructura de la comunidad en la que las mismas clases sociales podrían ser representadas como nubes o grupos de puntos.
Otro de los estudios influyentes que también utilizaron el escalamiento multidimensional fue el de Joel Levine (1972), sobre la esfera de decisiones de los directores de empresa. Los avances en los programas informáticos hicieron luego que fuera muy fácil de llevar a cabo el escalamiento multidimensional. Motivados por el análisis sobre la reciprocidad entre pares de actores y la transitividad entre tres actores, desarrollaron modelos estadísticos y matemáticos fundamentales para el desarrollo de la investigación de redes. En sus grafos, las líneas que unían nodos podían tener dos características; ser positivas o negativas, dando así a conocer el valor de la relación, o podían tener una punta de flecha que indicaba la dirección.
En este sentido, una de las contribuciones más relevantes de Harary (1965) fue la descripción de los grafos indirectos en los que se cumplía que la relación A-B era idéntica a la relación B-A, representada mediante una línea. Esto podría ser posible, por ejemplo, cuando las actitudes entre ambos nodos o las actividades en la que participaban fueran idénticas o recíprocas, por lo que se podría estudiar la relación entre los individuos sin atender a la dirección. Nacía así una definición clave de los enlaces, que podrán ser desde entonces enlaces bidireccionales o flechas unidireccionales.
Harary se centró en el estudio de las relaciones entre las díadas, o relación entre dos actores y, posteriormente, en las tríadas, que incluían las relaciones entre tres actores. El estudio de estructuras sociales simples, como las díadas y las tríadas, permitía luego comprender y analizar estructuras sociales complejas como agregados de estas unidades de análisis simples.
En la década de los sesenta surgió una corriente dentro de la escuela de Harvard liderada por Harrison White cuyos alumnos serían los difusores de lo que actualmente se ha consolidado como Análisis de Redes Sociales, entendido como un conjunto de procedimientos para la exploración de las estructuras sociales con bases matemáticas. Su equipo abordó el recorrido previo para caracterizar diferentes redes sociales. Dada una red determinada se concentraron en los subconjuntos de nodos que nos permitan constituir una nueva red en la que cada subconjunto fuera un nodo y en la que las relaciones entre los nuevos nodos conserven las características que poseían los nodos de red inicial. Abordaban así el problema de las redes, sus escalas y su fractalidad, dejando el camino libre para que los físicos entraran en el campo aunque ellos introdujeron inicialmente el concepto de clique.
Otro tema clave en los estudios de redes en las últimas dos décadas del siglo XX fue la selección de nodos singulares en una red. Así, White junto a François Lorrain (1971) definieron la equivalencia estructural como “el conjunto de individuos que tienen el mismo patrón de relaciones en la red, tanto de procedencia como de destino” expresando el concepto social de rol mediante procedimientos matemáticos.
De forma paralela a los estudios de White, y ya en la década de los 70, es necesario hacer especial mención al profesor Linton Freeman. Este investigador y académico centró sus estudios en distintos modelos matemáticos, estadísticos y algebraicos que facilitaron el estudio de las multi-relaciones en las redes sociales (1979). Freeman, especializado en ciencias matemáticas aplicadas al comportamiento y al Análisis de Redes Sociales, fue uno de los primeros investigadores que desarrolló un gran número de conceptos que se introducirían posteriormente en el diseño de algunos programas informáticos. Algunos de los conceptos más aplicados en el campo organizativo han sido el grado de centralidad, la intermediación y la cercanía (1977) hoy claves en las investigaciones redológicas.
En esta misma década, hay que destacar también a Mark Granovetter, de la Universidad de Harvard, que en 1973 defendió su tesis doctoral: La fuerza de los lazos débiles. Este estudio se llevó a cabo en los suburbios de Boston y demostró la importancia que tienen las relaciones débiles a la hora de encontrar oportunidades laborales. Posteriormente publicó el libro Getting a job (1974) que recopilaba las contribuciones más notables de su investigación. El resultado fue la definición de lazos fuertes y lazos débiles. Las relaciones fuertes respondían a vínculos establecidos entre personas demográficamente similares, que vivían cerca unas de otras y que compartían intensas vivencias emocionales, relaciones de confianza y experiencias compartidas, entre otras. En este nivel se lograba una gran cantidad de información pero demasiado redundante. Los lazos débiles, por el contrario, resultaban muy interesantes a la hora de facilitar nuevas oportunidades laborales, ya que se accedía a información diferente. En este caso, los contactos constituían grandes puentes para optar a círculos más variados. Estas contribuciones han sido aplicadas posteriormente en el campo organizativo, en estudios relacionados con la innovación, la transferencia de conocimiento y la generación de nuevas ideas.
Un adecuado equilibrio entre este tipo de lazos demostraría luego ser de importancia a la hora de diseñar redes sociales sustentables. El análisis de redes sociales (ARS), a diferencia de los estudios de predominio atributivo, se centra en las relaciones entre los actores (Flache y Hegselmann, 1998).
Wellman y Berkowitz (1991) señalan diversos tipos de errores o malentendidos en el tratamiento de las redes sociales como, por ejemplo, el considerarlas como puro método de análisis vacío de cualquier punto de vista sustantivo.
Muchas de las motivaciones del grupo de Harvard se vieron reflejadas con la creación de la asociación INSNA (International Network for Social Network Analysis, en español Red Internacional para el Análisis de Redes Sociales). La INSNA nació en Toronto en 1978 promovida por Wellman y Berkowitz, alumnos de White. Su finalidad era potenciar las investigaciones en estructuras sociales mediante foros especializados, literatura y el impulso de distintos programas informáticos. Entre esta década y los años 80, INSNA daría a conocer los resultados de un gran número de investigaciones en redes sociales, no sólo en los campos de la Sociología y de la Antropología, sino también de las Ciencias Políticas, las Ciencias de la Salud, la Física y la Economía.
En la Universidad de Kentucky, se encuentra otro académico que ha realizado aportes de máxima relevancia para las investigaciones de redes sociales en las organizaciones, Steve Borgatti. Su tesis doctoral fue dirigida por el profesor Linton Freeman, con el que posteriormente y junto a Martin Everett, diseñaría el popular programa llamado UCINET. Estos tres investigadores comenzaron a trabajar conjuntamente en UCINET desde sus primeras versiones en 1991 hasta las aún utilizadas.
Steve Borgatti fue director de INSNA y su actividad académica se ha desarrollado en distintas universidades, destacando el Boston Collegue, donde se desempeñó como Catedrático y Director del Departamento de Organización, fue también instructor en el CARMA (Center for the Advancement of Research Methods and Analysis, en el School of Business de la Universidad de Commonwealth de Virginia y el Departamento de Dirección del Gatton Collegue de la Universidad de Kentucky.
Sus principales publicaciones se centran en aspectos sobre la posición en la red, especialmente en la centralidad y su influencia en la redología latinoamericana es significativa, especialmente en sus problematizaciones respecto a la topología del Poder.
Por lo tanto, y según lo expuesto, se podría situar la década de los 80 como el inicio de la aplicación del Análisis de Redes Sociales al campo organizativo, y la década de los 90 como el periodo de consolidación. A partir de este momento, los resultados de las investigaciones sobre éste fenómeno, tanto en lo que se refiere a sus antecedentes como a sus consecuencias en las organizaciones, comienzan a divulgarse en publicaciones de gran relevancia como The Academy of Management, The Academy of Journal, Administrative Science Quarterly, Organization Science, Social Networks y Human Relations, entre otras; lo que pone de manifiesto el interés académico que despierta el estudio de las redes sociales en el campo organizativo y las enormes posibilidades de investigación en este contexto.
Vale decir que la revolución informática ha proporcionado una enorme cantidad de datos y recursos de cálculo para procesarlos y analizarlos. El tamaño de las redes reales que uno potencialmente puede manejar también ha crecido considerablemente, llegando a tener millones o incluso miles de millones de vértices. Gracias a esto, la necesidad de tratar con un gran número de unidades ha producido un cambio profundo en la forma de acercarse a los gráficos (Barabási y Albert, 1999).
Desde entonces mucho se ha aprendido acerca de los gráficos y sus propiedades matemáticas (Bollobas, 1998), y se ha hecho muy útil como representación de una amplia variedad de sistemas en diferentes áreas. Redes biológicas, sociales, tecnológicas y de información pueden ser estudiadas en forma de gráficos, y el análisis gráfico se ha convertido en crucial para entender las características de éstos sistemas.
A menudo el concepto más profusamente usado en un campo es también el más misterioso, desde las funciones de onda en la mecánica cuántica, la energía oscura en astrofísica y el ADN no codificante en la genómica. El programa de investigación de redes complejas tuvo su asunto clave enlace preferencial, que significa que cuanto más conectado está un nodo, más conexiones recolectará en el futuro. El impacto de este concepto es difícil de pasar por alto cuando se estudia plataformas de redes sociales telemáticas como Facebook, Google y el mismo Foursquare.
En realidad la idea apareció académicamente por primera vez en 1923, en el célebre del modelo matemático del húngaro György Pólya y ha vuelto a aparecer en varias ocasiones durante el siglo pasado en las ciencias sociales. Robert Merton fue quien lo llamó Efecto Mateo en 1968, porque según el Evangelio de Mateo: “A todo el que tiene se le dará más, y tendrá en abundancia”. Su uso actual surgió sólo en 1999, con el descubrimiento de que las distribuciones se organizan por leyes de potencia, observando varias redes reales (Barabasi y Albert, 1999). Los humanos tienden espontáneamente a pasar el rato con los que son similares a ellos. Los sociólogos llaman a esto homofilia, lo que podría contribuir a la unión preferencial (Papadopoulos, Kitsak, Serrano, Boguñá y Krioukov, 2012).
La homofilia surgió como un principio de organización importante del comportamiento social (Ip, Chiu y Wan, 2006). En la mayoría de los casos, los estudios de homofilia se centraron en los rasgos psicológicos, sociales o aun genéticos, como la personalidad, intereses, aficiones y religión o puntos de vista políticos (McPherson, Smith-Loovin y Cook, 2001).
Sin embargo, hay pruebas de que la homofilia también puede surgir a través de la tendencia de las amistades a basarse en género (Dunbar y Spoors, 1995). Ha servido también para explorar los patrones cambiantes de la relación durante toda la vida (Roberts, Wilson, Fedurek y Dunbar, 2008). Si la red se expande a través la adición de nuevos nodos, de tal manera que un nodo agregado elegirá para conectarse a un nodo pre-existente más conectado (el más antiguo la mayor de las veces) y más similar, los nuevos nodos simplemente se conectan a la los nodos más cercanos a ellos. Los autores muestran que la red resultante es libre de escala y que el modelo de característica emergente es una vinculación preferencial.
En la década de 1960, el economista Herbert Simon y el matemático Benoît Mandelbrot se habían enfrentado en una feroz disputa pública, con Simon defendiendo el papel del azar y el apego preferencial para explicar la distribución de ley potencial de las frecuencias de palabras en texto, y Mandelbrot argumentando a favor de una optimización framework (Kornai, 2008).
Este debate nos ayuda a entender cómo la vinculación preferencial emerge de idéntica forma en sistemas muy diferentes. El hecho de que el efecto sea generalizado sugiere que se deriva probablemente de ambos, optimización y azar. La mayoría de los sistemas complejos tienen un poco de ambos. En la última década, las pruebas experimentales sobre la unión preferencial en el contexto de las redes han mostrado que muchas de las predicciones del citado Herbert Simon eran correctas. Ahora el debate está realizando una pregunta más profunda: si el apego preferencial es el resultado del azar o de acciones de optimización de flujos informacionales que quedan por descifrar (Blackmore, 1999).
Puestos a analizar la importancia de unos nodos respecto a otros, una primera visión del asunto nos hace pensar que los actores más conectados serán los más influyentes, por ejemplo al momento de hacer fluir un meme por la red. El problema, llamado técnicamente del actor clave, fue trabajado por el antes mencionado Stephen P. Borgatti (2006), quien describió varios procedimientos para entender mejor una red social, al ubicar los actores o nodos más importantes en ella (keyplayers), de acuerdo a si se la quería fragmentar o conectar, por lo cual su identificación resultó ser relevante para los procesos de intervención social que utilizan el Análisis de Redes Sociales. Borgatti criticó el concepto de grado de centralidad para identificar de manera óptima el actor clave.
Borgatti propuso para la fragmentación de la red, las medidas de fragmentación y distancia, mientras que para la conexión la medida de alcance.
La forma exacta de la dependencia de la distancia tiene implicaciones cruciales para las posibilidades de búsqueda de la red y su dinámica, así Kleinberg (2000) mostró que las propiedades del algoritmo “Pequeño Mundo” se mantienen si la probabilidad de un vínculo social puede expresarse en una función de ley potencial donde la distancia tenga una potencia de – 2, y no con cualquier otra.
Los racimos de grandes gráficos pueden ser usados para crear estructuras de datos, con el fin de almacenarlos eficientemente y para atender las consultas de navegación, como búsquedas de ruta. Charles Perkins (2001) observó que las redes autoconfigurables formadas por la comunicación de nodos que actúan en la misma región y que cambian rápidamente (debido a que los dispositivos se mueven, por ejemplo), por lo general no mantienen de forma centralizada las tablas de enrutamiento que especifican de qué manera los nodos deben comunicarse con otros nodos. La agrupación de los nodos en conglomerados permite generar tablas de enrutamiento compactas, con una eficiente elección de los caminos de comunicación (Steenstrup, 2001).
La detección de la comunidad mediante esta metodología es también importante por otras razones. La identificación de los módulos y de sus límites permite una clasificación de los vértices de acuerdo con su posición estructural. Así, los vértices con una posición central en sus agrupaciones, es decir, que comparten un gran número de bordes con otros compañeros de grupo, pueden tener una importante función de control de la estabilidad en el grupo; y los vértices situados en los límites entre los módulos juegan un importante papel de la mediación, y conducen las relaciones e intercambios entre las diferentes comunidades lo que vimos que era importante en la vida social (Burt, 1976) pero que también se puede aplicar en las redes metabólicas (Guimerà y Amaral, 2005). Por último, se pueden obtener gráficos donde los vértices son las comunidades y los bordes se establecen entre los grupos, si hay conexiones entre algunos de sus vértices en el gráfico original y/o si los módulos se superponen. De esta manera se alcanza una gruesa descripción de la gráfica original, que da a conocer las relaciones entre módulos.
En 2003, Duncan Watts, un físico de la teoría de redes en la Universidad de Columbia, repitió el estudio de Milgram (1967) mediante el uso de un sitio web para reclutar a 61 mil personas y enviar 18 mensajes a distintos personas en todo el mundo (Watts y Strogatz, 1998). Logró reproducir con éxito los resultados de Milgram (la longitud media de la cadena fue de aproximadamente seis enlaces). Sin embargo, cuando se examinaron las vías tomadas, se encontró que los hubs (personas altamente conectadas) no fueron cruciales, lo que de alguna manera contradecía las presunciones de Barabási. Sólo el 5% de los mensajes de correo electrónico se habían pasado efectivamente a través de uno de los centros. En el contexto de las redes sociales en línea, Liben-Nowell (2005) mostró otro hallazgo: existía una fuerte correlación entre los vínculos de amistad y la ubicación geográfica de esos amigos, al menos para los usuarios de LiveJournal. Se trataba de comunidades como un conjunto de nodos que estaban más densamente conectados entre ellos que con el resto de la red (Boccatelli, Latora, Moreno, Chávez y Hwang, 2006). Un tercer elemento fue la detección que la distribución de los enlaces no se daba sólo a nivel global, sino también localmente y de forma no homogénea, con altas concentraciones de enlaces dentro de los grupos especiales de nodos, y bajas concentraciones entre estos grupos. Esta característica de las redes reales se llamó “clustering de la comunidad” (Newman y Girvan, 2002.
Se trataba en parte de la revolución informática. Una enorme cantidad de datos y recursos de cálculo para procesar y analizarlos estaba disponible en los laboratorios. Ahora el tamaño de las redes reales que analizables era de miles de millones de vértices; en ese sentido el conjunto de nuestro trabajo puede leerse como un rasgo de esa expansión inevitable. La definición actual de detección de comunidad se inició en 2002 con el algoritmo propuesto por Girvan-Newman. Desde entonces, se han propuesto una gran cantidad de algoritmos, a veces con grandes mejoras en tiempo y eficiencia. Fortunato comparó a los algoritmos más conocidos, al proponer un punto de referencia (el punto de referencia LFR) que generara gráficos con comunidades bien definidas (Fortunato y Lancichinetti, 2009). Luego, aplicó los diferentes algoritmos en los gráficos generados y comparó las comunidades detectadas con los esperados. Según sus resultados, los algoritmos Infomap (Rosval y Bergstrom, 2007) y el de rápida optimización de modularidad de Blondel et al. (2008) fueron los mejores disponibles.
Regresando a Watts y Strogatz, cuando ellos comenzaron a explorar las propiedades matemáticas de las redes de luciérnagas y las compararon con otras encontraron que sólo ciertos tipos de redes tienen propiedades de pequeño mundo. Su foco de interés fue, por lo tanto, las variaciones en la estructura de la red y los cambios de estado de una red de pequeño mundo a redes densamente conectadas. La problematización, quizás aún no suficientemente resuelta, es posible que tenga efectos sobre la resiliencia o capacidad de colonización de la información a sistemas preexistentes. Las propiedades de las redes pequeño mundo existen en las redes que se agrupan en zonas de densidad relativamente alta, y por una diferenciación entre los lazos fuertes y débiles. En una red de este tipo, la superposición de las conexiones es tan grande que las distancias entre los puntos son óptimamente bajas. Un gráfico del pequeño mundo contiene muchos enlaces “redundantes”, de tal manera que los puntos tienden a estar conectados a través de varias rutas alternativas. Watts y Strogatz mostraron que pequeños cambios en la conectividad de este tipo de redes pueden alterar significativamente sus propiedades y especialmente si se producen estos cambios cerca de los niveles de los umbrales que definen las condiciones de pequeño mundo. Por lo tanto, los cambios estructurales radicales pueden seguir a los cambios de menor importancia a nivel local. El cambio estructural, entonces, puede ser visto desde su aporte como el resultado de la elaboración y rotura de conexiones a nivel local, y se produce como una consecuencia no supervisada de esas acciones. Estos tipos de cambio se han trazado en modelos computacionales, basados en agentes que tienen como objetivo simular la toma de decisiones y así rastrear el cambio a través del tiempo.
Cuando Girvan y Newman propusieron su nuevo algoritmo, con miras a la identificación de los enlaces que se encuentran entre las comunidades, y su sucesiva eliminación, el procedimiento mostró que después de algunas iteraciones se lograba el aislamiento de las comunidades. El paper provocó una gran actividad en el campo, y se han propuesto muchos nuevos métodos en los últimos años. En particular, cuando los físicos entraron en el juego con sus herramientas y técnicas (como los modelos de spin, la optimización, la percolación, los paseos aleatorios, la sincronización, etc.) y métodos de la informática, la dinámica no lineal, la sociología y matemáticas discretas tuvieron un importante impulso.
En este paper seminal de Girvan y Newman, los autores aplicaron su método en una red de colaboración de científicos que trabajan en el Instituto Santa Fe, y fueron capaces de discriminar entre las divisiones de investigaciones. La modularidad de Newman y Girvan no necesariamente indica que un gráfico de grupos tenga una estructura definida. La optimización de funciones de calidad, como la modularidad, ofrece la mejor partición de acuerdo con el criterio que subyace a la función de calidad. Pero, ¿es la agrupación óptima también significativa, y una característica relevante de la gráfica, o es sólo un subproducto de aleatoriedad y de las propiedades estructurales básicas como la secuencia de grado?
La idea básica es que, si una partición es significativa, se recuperará incluso si la estructura de la gráfica se modifica siempre y cuando la modificación no sea demasiado extensa.
En cambio, si una partición no es significativa, modificaciones mínimas en la gráfica serán suficientes para interrumpir la partición. Una característica de este enfoque es el hecho de que se puede aplicar para cualquier técnica de agrupación.
La estructura de la comunidad de redes de colaboración científica ha sido investigada por muchos autores, como Lehmann y Hansen (2007), y Vragovic y Louis (2006).
Se han estudiado otros tipos de redes de colaboración también. Gleiser y Danon (2003) consideraron una red de colaboración de músicos de jazz. Los nodos son los músicos, conectados si tocaban en el misma banda o bandas, o si tienen un músico en común. Por la aplicación del algoritmo de Girvan y Newman se encontró que las comunidades reflejaban tanto segregación racial (con dos grupos principales que comprende sólo negros o blancos) como separación geográfica, debido a los diferentes lugares de grabación.
Ya hemos mencionado que la dinámica y la velocidad a la que se transforman las redes es un tema sensible. Por ejemplo el valor de un check-in en 4SQ®, considerando esto último, depende de cuán rápido se transporta la novedad, pero también de cuáles son las características de la configuración en la que se inyectan.
Avanzaremos luego sobre este tema, pero algunos estudios indican que las redes sociales, la modularidad, la distribución de grados pueden resultar importantes en ser considerados (Pollner, Palla y Vicsek, 2006).
El problema de la locación
En los señalamientos anteriores recuperamos el contexto de las ciencias sociales en general y del análisis de redes sociales en particular para establecer el marco de nuestro trabajo. Pero poco podríamos avanzar en un medio basado en geolocalización sin considerar los antecedentes teóricos que sirven para comprender este factor territorial.
Los seres humanos han elaborado cognitivamente y tomado decisiones respecto a las comunidades y la geografía desde la prehistoria, tanto que existe evidencia en cuevas antiquísimas ocupación por el hombre de mapas y dibujos de cotos de caza, para guiar sus experiencias y conocimiento del mundo (Tuan, 1974).
Desde las obras seminales de Ravenstein (1885), el movimiento de personas en el espacio ha sido un tema clave de investigación en las ciencias sociales y geográficas. Se ha demostrado en casi todos los estudios cuantitativos y se describe en una amplia gama de modelos que existe una estrecha relación entre la movilidad y la distancia.
El problema del espacio vivido ha sido trabajado desde muy distintas perspectivas. Filósofos, sociólogos, arquitectos y artistas lo han abordado desde hace siglos. Cuando hablamos de lugar es indispensable recurrir a la etimología: un topos (del griego τόπος, “lugar”, de tópos koinós, “lugar común“; plural, topoi, y en latín locus, de locus communis) es un “lugar común”, es decir donde los vecinos de la polis griega podían argumentar y contra-argumentar.
En ese sentido el lugar común también representaba una polisemia, ya que esos argumentos discutidos se apoyaban sobre una serie de afirmaciones preformadas, sobre las cuales podía entonces producirse una retórica más o menos talentosa.
La lógica del lugar común discursivo se expresaba por medio de espacios diseñados a tal fin: el ágora y el foro, las formas de la plaza pública. Es decir que en el lugar común, la plaza pública, convivían un tipo de práctica cognitiva y un espacio físico (Fernández Christlieb, 2004) civil, civilizado, separado del espacio natural extramuro, barbárico y emocionalmente descontrolado.
La plaza era originalmente una calle ancha, una avenida en contraste con la calle angosta, esa calle donde se circula sin detenerse. La calle-sendero se dirigía, curvas mediantes, hacia la plaza. Ser emplazado es entonces ser conminado a un espacio y un tiempo social, es ser convocado a dar cuenta del pensamiento en la ciudad, es decir de algún modo a “lugarizarse”.
Las teorías de la localización tienen probable origen en Alemania, en los trabajos de Johann Heinrich von Thünen en 1820 (Schumpeter, 1954). Su modelo relacionaba las diferencias de renta con la distancia al mercado y es de algún modo el borrador de un programa de investigación para todas las teorías posteriores respecto a la percepción relacional de los espacios vividos socialmente. La idea central es que la renta varía con la distancia con respecto al mercado, en un espacio isótropo y aislado. A este tipo de renta se le llama renta de localización o renta de ubicación.
Von Thünen creyó que el hombre trata de resolver sus necesidades económicas en el entorno inmediato, reduciendo sus desplazamientos al mínimo y relacionando los terrenos con similares características y sus diferentes usos con la distancia al mercado.
Émile Durkheim entendía que el espacio era ante todo una categoría del entender común: de no existir ese acuerdo acerca de su significado sería imposible vivir en sociedad (2006). Durkheim creía que lo espacial de las sociedades humanas era el principio causal de las formas sociales que reconocía en los hechos sociales. Vidal de la Blache, que desde la geografía le disputaba el mismo objeto científico en la misma época, concibió que la comunidad social era producto de sus sucesivas adaptaciones que las sociedades hacían respecto al espacio que le ofrecía la naturaleza, lo que explicaba de un modo eficiente lo humano entendido como fenómeno espacial (Chávez Torres, González Santana y Ventura Patiño, 2009). Sucintamente vamos a dejar anotados los principales modos de comprensión de lo espacial-social.
Algunos autores desarrollaron el concepto de lugar a partir de la idea de una totalidad. Para Platón (Amouretti y Ruzé, 2003), el espacio (khôra) consta del lugar ahí donde la polis no es ciudad. El lugar es un sistema archipiélagos localizados. Para Leibniz (Deleuze, 1989) existe un orden de coexistencia entre el espacio y el tiempo y para Hegel es el tiempo en espacios topogenéticos el que da existencia al lugar (Muntañola, 1974). Para Valéry el lugar es una “magnitud completa” (2004), el lugar es una composición, una creencia.
Otros autores se enfocaron en los límites del concepto lugar, bordes que podrían producir un equilibrio interno a la noción. Así para Aristóteles existe el lugar natural (Lang, 1998), ahí donde lo pesado baja, opuesto al vacío del horror. Leroi- Gourham propone un lugar radiante y otro itinerante: el primero es inherente a los animales terrestres y propioceptivos y el segundo lo es a las aves, basado en lo visual (Leroi-Gourhan, 1968)
Un tercer grupo de autores que trabajaron el concepto lugar lo vincularon con la existencia humana y el Sentido. Para Heidegger la existencia es espacial (2007). Otros autores han navegado la misma metáfora: para Fernández Alba el Lugar es donde se hace realidad el poema arquitectónico (1989), para Didi-Huberman es lo que nos habita y nos incorpora al mismo tiempo a los otros (2009).
El arquitecto Bruno Zevi (2008) propuso que el lugar es un vocabulario tridimensional interpretable. Y para el también arquitecto Félix de Azúa, el lugar es el espacio habitable del presente y de la memoria (2004).
Norberg-Schulz recupera la idea de Genius loci, un concepto Romano: cada ser tiene su Genius, algo así como un espíritu guardián que da vida a las personas pero también a los lugares, determinando su carácter. Entonces vivir y sobrevivir implica una buena relación con el lugar, tanto en forma física como psicológica (Norberg-Schulz, 1975). Para Le Corbusier el lugar tiene que conmover, emocionar, debe portar algún tipo de indecible (2016), y en una línea próxima, para Sigfried Giedion (1980) el arquitecto debe tener como horizonte la escultura, ahí es donde se produce lugar.
Otros autores han problematizado al lugar como una dinámica entre el reposo y el movimiento. Para René Descartes la res extensa es el lugar donde los cuerpos adquieren su espacio (1983), es decir hay una inversión del lugar al espacio, ya que todo comienza en lo humano. Jean Duvignaud (1966) ve en los lugares los depósitos de nuestras vidas, así, la ciudad, cerrada dentro de sus paredes, es un teatro donde la imaginación se convierte en habla. Peter Zumthor (2009) sigue esa línea: el lugar como un trasfondo de la vida, un receptáculo, zona sensible para el ritmo de los pasos en el suelo, para la concentración del trabajo, para el sosiego del sueño.
En definitiva el lugar representa al ser humano compartiendo con otros y viviendo en el espacio. En él se simboliza, se construye y se destruye. Se habita en medio de contrastes, divergencias y convergencias, que hacen de la cotidianidad del hombre un fluir con el espacio; por tanto, habitar el lugar es ser en el mundo. Así pues, es a su vez expresión, porque sobre él se expresan cosas, acciones humanas y acciones materiales. En esa relación hombre y lugar, no sólo se evidencia la cotidianidad, sino que a la vez se hace parte de decisiones.
En opinión de Milton Santos (2000), “el lugar -un orden cotidiano compartido entre las más diversas personas, empresas e instituciones-, la cooperación y el conflicto son la base de la vida en común”.
Al interactuar y aprender acerca de lugares, nos vestimos de significado en esos lugares, formando el concepto mental de un “sentido de lugar” (Tuan, 1977). Diversos factores, tales como las actitudes individuales, los recuerdos, los valores, los intereses y nuestra sensibilidad estética son los que forman un sentido de lugar (Steele, 1981). El sentido del lugar es, además de la percepción de estímulos físicos, una concepción de lugar como un espacio significativo; puede ser una experiencia corporal y metafísica, dando forma a nuestras nociones de existencia en el mundo. Estudios clásicos han diferenciado la percepción egocéntrica (el espacio se referencia a partir del cuerpo del observador) de la alocéntrica (se representa a través de un sistema de coordenadas externo al observador, por ejemplo izquierda- derecha o arriba-abajo), como en el estudio experimental de Heider (Heider y Simmel, 1944); y Foucault (1984) llamó heterotopía a los cambios en las funciones de los lugares, a la heterogeneidad espacial y de los vínculos, propios de la nueva ciudad capitalista.
Respecto a los fenómenos de des-lugarización, algunos autores proponen que los humanos convertimos cualquier espacio en “al fin y al cabo habitables” dado nuestro horror al vacío de sentido. Los lugares comunes, de los cuales los hoteles son representativos de la simplificación funcional de la existencia suburbana, son aquellos en los que nadie posee puntos de anclaje de los que aferrarse: el ser humano se ha convertido en flexible, sin lazos, y enteramente disponible para permitirse una movilidad infinita, renunciando a la idea de “el lugar”.
Los lugares pierden su sentido de “habitación” y hasta la ciudad misma se define más por la concentración de comunicaciones y de intercambios que por la apropiación y disposición definitiva de un lugar. Al haber perdido la pertenencia a un lugar, el ser humano vagabundea sin saber a dónde ir, “como si no perteneciera a ninguna ciudad” (Bégout, 2008).
La ciudad genérica (Koolhaas, 2006), es “la ciudad liberada de la cautividad del centro, del corsé de la identidad”, es fractal, se repite en un mismo módulo estructural simple de metrópoli en metrópoli. Su principal atracción es la anomia, la posibilidad de circular sin identidad. La ciudad genérica es multirracial, multicultural y está fundada por gente que va de un lado a otro, de ahí la insustancialidad de sus fundamentos. Su gran originalidad es abandonar lo que no funciona y dar cabida tanto a lo primitivo como a lo futurista, a lo ilegal y lo incontrolable. Koolhaas afirma que la arquitectura desapareció en el siglo XX, y lo que era la preocupación por las masas impidió ver la “arquitectura de las personas”. En esta era, según afirma, cada pantalla sustituye una ventana: la vida real está dentro, mientras que en los lugares representados digitalmente, es decir los neolugares como los hemos propuestos definirlos, se han convertido en los grandes espacios exteriores.
Una aclaración más respecto al No-Lugar, un heurístico concepto de la etnografía anterior a la existencia de internet, que designaba la pérdida de identidad de quienes lo recorrían. Tal como Marc Augé (2004) afirmaba “es el lugar de la gente sin lugar”. La sobremodernidad, como rotula el autor a la sociedad contemporánea, dando una idea de continuidad paralela de la modernidad sin establecer rupturas ni cortes, es productora de No-Lugares y genera ciertas actitudes en los individuos, que las convierten en figura de análisis y observación. Augé sostiene como hipótesis que los No-Lugares son producidos como necesidad de dar un sentido al presente más que al pasado, caracterizado por la “superabundancia de acontecimientos del mundo contemporáneo”. Pero al mismo tiempo nos advierte que su posición no es ingenua ni maniquea: lugar y No-Lugar son polaridades falsas, ya que, en sus palabras, el primero no queda nunca completamente borrado y el segundo no se cumple nunca totalmente: son palimpsestos donde se reinscribe sin cesar el juego intrincado de la identidad y la relación.
Con esto se pone de manifiesto la característica de movimiento que está asociada a los No-Lugares: “Andar es no tener un lugar”. El andar es “un proceso indefinido de estar ausente y en pos de algo propio”, como indicaba el ya citado De Certeau (1996).
Las relaciones que se producen entre el sentido del andar con los sentidos que las palabras (y ahora las imágenes digitales y los archivos de sonido) albergan dos tipos de movimientos, en apariencia contrarios: uno de exterioridad, “andar es hallarse fuera”, y otro de interioridad, que implica una movilidad bajo la estabilidad del sentido.
Indica que “la escritura sólo tiene sentido fuera de sí misma”, en otro sitio, el del lector; construyendo el movimiento de estar indefinidamente ligada a una respuesta desligada, absoluta, la del otro.
Según el también ya citado Scott Lash (2005) el espacio genérico en un tiempo tecnológico post-causal que conduce a la indeterminación, la contingencia radical y a la inseguridad crónica, de ahí lo exitoso de las empresas dedicadas a vender certidumbre futura, como las compañías de seguro o la medicina privada. Sin embargo debemos poner atención en esta generalización ya que estos espacios estriados, desarraigados, aéreos, diseñados no flotan hacia una pura neutralidad, por el contrario son recolonizados por las marcas de productos y servicios. A estos espacios se los vive mediante el loggeo, es decir la inclusión de un usuario y una clave que se distribuyen diferencialmente entre los incluidos y los excluidos, entre los endeudables y los incapaces de hacerlo. En las sociedades sobrecomunicadas el concepto podría anudarse al de hiperaudiencias, es decir es decir, audiencias interconectadas entre sí y con habilidades comunicativas adquiridas en el ambiente altamente mediatizados (Maestri, 2010).
Para Scott Lash la Internet misma es un espacio genérico. No es un espacio singular. El laboratorio que producía artículos académicos es hoy un tipo especial de espacio que produce con igual frecuencia prototipos, patentes y derechos de autor.
Los espacios de Lash también descartan las tecnologías sociales propias de las racionalidades liberales o welfaristas del Estado de Bienestar (vigilancia, familia- tipo, el modelo de ciudad-convento, las modalidades de solidaridad garantizadas por el Estado, el encierro panóptico). Las nuevas formas de vínculo social-comunicativo dependen de soportes tecnológicos y de comunidades (telespectadores, redes sociales como Instagram y Snapchat, clientes, o foristas de cualquier interés).
Estas formas asociativo-comunicativas se originan en ámbitos diversos y de membresía formalmente voluntaria, con objetivos y composición cambiante donde los usuarios son convocados al desarrollo de la habilidad para desempeñar muy distintas actividades en un mismo entorno.
En las formas tecnológicas de vida propuestas por Lash los sistemas como el cuerpo, y espacialmente el cuerpo social mismo, se convierten en constelaciones más o menos abiertas a las intervenciones mediadas por algoritmos digitales.
Los cuerpos sociales sólo pueden hacer interfaz entre sí si tienen cierto grado de apertura, tal como vislumbraron Deleuze y Guattari (1987), sus particiones a menudo se externalizan a distancia. Esto también es válido para las instituciones de los Estados-naciones. Al abrirse, externalizan sus ciudades y se entregan a los flujos de información y comunicación.
El concepto de lugar puede ligarse también al de media y por lo tanto al concepto de ecología de los medios, atribuido a Neil Postman en 1968, aunque podría retrotraerse a Marshall McLuhan, quien, según el mismo Postman lo citaba, lo había utilizado de manera privada a principios de esa década. Este concepto nos permite comprender cómo los medios de comunicación influyen en la percepción humana, la comprensión, el sentimiento y el valor que se les otorga; y cómo la sociedad mediatizada por los medios facilita o impide las posibilidades de su supervivencia. Al estudiar la ecología, entonces, estudiamos los entornos, las formas, la estructura, contenido e impacto de las sociedades desde y hacia los medios. Si tomamos un entorno como un sistema complejo donde se ejercen coerciones a los seres humanos, es decir se habilitan ciertas formas de pensar, sentir y comportarse y se excluyen otras, podemos afirmar que se trata de estructuras que limitan lo que las sociedades se permiten expresar y convertir en hechos. Es en los medios donde se especifica lo que se permite hacer y lo que no se es. El medio generalmente se oculta, se vuelve invisible por como cualquier ambiente. Cuando entendemos a los medios como ambientes facilitan un sentir y actuar a las sociedades del modo orientado.
Otra interpretación de los medios en un ecosistema mediático es tomarlos como especies que interactúan y se modifican mutuamente entre sí en determinado ambiente: La radio cambió la forma de las noticias tanto como alteró la imagen en las películas sonoras. La televisión causó cambios drásticos en la programación de la radio. Retomando a McLuhan: “ningún medio adquiere su significado o existencia solo, sino exclusivamente en interacción constante con otros medios” (1964). Las obras de la escuela de Toronto, con autores como Eric Havelock, Marshall McLuhan, Walter Ong y otros ecólogos de los medios se convirtieron en lectura ineludible para los investigadores interesados en las nuevas formas que asume la comunicación digital interactiva.
Repasamos las primeras territorialidades, las concepciones de lugar, no lugar y lugar genérico, pero retomemos el cauce referido a las geolocalizaciones. Geolocalizar es hacer consiente, conocer un lugar, identificar las vivencias en un espacio socialmente compartido. El problema es que las variables espacio- temporales cambian con el paisaje, pero no sucede así con la las figuras estelares del cielo nocturno: por eso formas de astronomía pre-científica fueron desarrolladas por diferentes pueblos, en distintas regiones y épocas. Las sociedades se localizaban en la Tierra a partir de lo que veían en otro lado, en el cielo nocturno. La observación de los fenómenos de los cielos, implicados en los ciclos de siembra y cosechas estacionales, influyó en la dedicación que las culturas agrarias dieron al reconocimiento de patrones estelares (Marshack, 1991). Estas comunidades agricultoras debieron aprender a manejarse con enormes cantidades de estrellas en el firmamento, tal como la arqueología ha datado hace 30.000 años aproximadamente en huesos tallados (Littauer, McCarthy y Marshack, 1974) y tuvieron que hacerlo mediante procedimiento de selección y memorización de patrones visuales, que hoy conocemos como las constelaciones que se utilizan para los horóscopos.
Mucho más cerca de nuestra época los griegos antiguos sofisticaron los procedimientos no solo de reconocimiento estelar, sino que lo llevaron hasta el plano de las predicciones. Aún se puede decir que la primera máquina de cómputo encontrada, el llamado mecanismo de Antikythera, tenía como objeto determinar las posiciones de los planetas en la esfera celeste, para reconocer patrones como los signos zodiacales o la diferenciación entre planetas y estrellas (De Solla Price, 1959). Si bien la primera conjetura fue que los engranajes epicicloidales eran algún tipo de instrumento de navegación, tal vez un astrolabio, una especie de mapa circular estelar utilizado por los navegantes como buscador que aún se utiliza para observaciones simples en realidad se trataba de un mecanismo de predicción de eclipses (Freeth, 2014), combinando las matemáticas griegas de la época con la astronomía babilónica (Steele, 1997), y que puede tenerse como uno de los antecedentes del reloj (Hannah, 2008), que comenzó como una modificación de los dispositivos astronómicos que sirvieron para indicar el tiempo. Poco a poco las funciones de cronometraje se volvieron más importantes para establecer los significados del espacio. Luego sabemos que los vikingos usaban cristales para detectar la posición del sol los días nublados o con precipitaciones, haciendo que sus naves de guerra pudieran geolocalizarse aun sin las señales del Sol o las estrellas (Hegedüs, Âkesson, Wehner y Horváth, 2007). De este modo daban cuenta de la introyección de las representaciones del espacio estelar y consecuentemente de su geolocalización.
A partir del siglo XIV se extiende una secuencia ininterrumpida de modelos mecánicos conocidos del Islam, de China, de la India y de la Edad Media europea, y durante el Renacimiento, los fabricantes de instrumentos científicos evolucionaron a partir de los relojeros. Mucho del arte de la relojería española sucumbió a los procesos inquisitoriales, haciendo que muchos de ellos fueran desplazados a las llamadas Provincias Unidas del Norte, que no eran otra cosa que lo que hoy son Holanda y Belgica. Ahí tuvieron contacto con las corrientes de pensamiento empírico que nacían al calor de la Reforma. Así la importancia del reloj en la modelización de la cultura fue un tema tratado por numerosos autores. Lewis Mumford (1967) produjo textos monumentales que exceden este trabajo, que ponían acento en el reloj, y no en la máquina de vapor (y otras cuestiones), como la clave de la modernidad industrial. Durante los primeros siglos de existencia del reloj, las categorías de tiempo y espacio experimentaron un cambio extraordinario, y ningún aspecto de la vida quedó sin ser tocado por esta transformación. Para este autor la nueva actitud hacia el tiempo y el espacio infectó el taller, los bancos, el ejército y la ciudad. El ritmo del trabajo se aceleró, las magnitudes aumentaron, conceptualmente, y la cultura moderna se lanzó al espacio y se entregó al movimiento. Acá anotaremos solamente su significancia para la progresiva relativización del espacio respecto a otros factores, como el tiempo vivido en él, los modos de utilizaciones de ese espacio, las formas de articulación social que brindaba su conformación.
Lo que Max Weber llamó el “romanticismo de los números” fue la consecuencia natural de este interés. Al llevar la cuenta del tiempo, al comerciar y al guerrear, los hombres barajaban números; y finalmente, a medida que se generalizó la costumbre, cada vez más los números fueron tomados en cuenta para tomar decisiones, algo que había nacido con la revolución mercantil de finales de la Edad Media.
La pérdida de tiempo llegó a ser, para los predicadores religiosos protestantes, como Richard Baxter, uno de los pecados más odiosos. Perder el tiempo deleitándose en los goces de la sociabilidad, o aun en el sueño, era una cosa pecaminosa. Retomamos acá la idea que habíamos mencionado al citar a Lash: la substitución de la historia por el tiempo mecánico, la del cuerpo viviente por el cadáver disecado, la de los grupos de hombres por unidades desmembradas llamadas “individuos”, o en general la del conjunto orgánico complicado e inaccesible por lo mecánicamente mensurable o reproducible, implica obtener un dominio práctico limitado y una mayor eficiencia (Mumford, 1998). La modernidad hacía entonces un doble trabajo de objetivar el espacio y al mismo tiempo, puesto a distancia y temporalizado, podía ser rellenado ahora con procedimiento reglados matemáticamente.
Pero esto que hemos mencionado acá corresponde a la duración, al tiempo medido o vivido, pero debemos centrarnos en el espacio en sí. El antecedente instrumental más inmediato de los dispositivos de geolocalización es la brújula magnética: un instrumento que muestra la dirección en relación con los puntos cardinales: norte, sur, este y oeste, donde Norte corresponde a cero grados y los ángulos aumentan como las agujas del reloj. Si bien la brújula magnética fue inventada como un dispositivo para la adivinación (Lowrie, 2007), es decir para situar al consultante en una posición respecto a la línea de su destino, comenzó a utilizarse ampliamente en Europa Occidental como instrumento de navegación a partir del siglo XIII, manteniendo su configuración básica a pesar de las diferentes modificaciones que fue recibiendo durante los siglos siguientes.
El cambio significativo lo constituyeron los receptores GPS, que utilizan dos o más antenas receptoras de la distancia desde donde les llega la onda emitida por el equipo. Dichas antenas deben estar montadas por separado y que mezclan los datos con una unidad de movimiento inercial (IMU) para determinar su posición con precisión. Fabricado inicialmente para aplicaciones militares, marítimas y de aviación, los pequeños receptores GPS portátiles con sólo una sola antena también pueden determinar la dirección si se los moviliza. Otro invento importante que nos compete es uno de los más significativos que se le atribuyen a Alexander Graham Bell (Cae, 1995). En 1878 se hizo la primera llamada telefónica, y un siglo después, en la década de 1980, Motorola presentó algunos de los primeros teléfonos móviles al público. Estos teléfonos celulares eran completamente distintos de los teléfonos celulares de hoy en día, ya que no eran en absoluto compactos y de ningún modo rentables salvo comercializado en valores sólo accesibles a las elites. El primer teléfono inteligente fue desarrollado por IBM y BellSouth y se presentó al mercado en 1993. “Simon”, como se llamaba, tenía una pantalla táctil que era capaz de acceder al correo electrónico y el envío de faxes (Reed, 2015).
Desde entonces la cantidad de equipos activos ha crecido exponencialmente, superando ya en muchas regiones a la cantidad de habitantes. Si en el año 2006 había un poco más de sesenta millones de equipos en Estados Unidos, hoy esa cifra se ha multiplicado por 4 aproximadamente, siendo el crecimiento de la población constante.
Ilustración 20
| AÑO | MILLONES DE EQUIPOS |
| 2010 | 63 |
| 2012 | 122 |
| 2014 | 171 |
| 2016 | 207 |
Evolución de la cantidad de celulares en USA. Fuente: http://fumacrom.com/3tbkF (Statics).
Los teléfonos inteligentes son grandes extensiones en los teléfonos móviles normales. Los celulares pueden realizar llamadas telefónicas e incluso algunos tienen la capacidad de grabar videos, pero no tienen las capacidades del GPS ni toda la serie de aplicaciones. El teléfono inteligente (smartphone en inglés) es un tipo de teléfono móvil montado sobre una computadora móvil y con mayor conectividad que un teléfono móvil convencional. El término inteligente, que se utiliza con fines comerciales, se referencia a esa capacidad de ser usado como minicomputadora de bolsillo, y llega incluso a reemplazar a una computadora personal en algunos casos.
Los teléfonos con pantallas táctiles son generalmente llamados teléfonos inteligentes, pero el soporte completo al correo electrónico parece ser una característica indispensable encontrada en todos los modelos existentes y anunciados desde 2007. Casi todos los teléfonos inteligentes también permiten al usuario instalar programas adicionales, incluso desde terceros; sin embargo, algunos teléfonos son calificados como inteligentes aun cuando no tienen esa característica. La particularidad de los smartphones no termina en la capacidad de cómputo: el acceso a Internet, la edición de documentos, los recursos para recopilar imágenes visuales y sonoras no deja de sorprender todavía. Los smartphones también tienen la capacidad de interpretar y descifrar información para el usuario, sin su participación activa. La penetración de la telefonía móvil en el mundo ha sido notable, aún en aquellos sectores económicos y etarios donde otras tecnologías, como el acceso a internet desde una computadora personal, no muestran índices tan altos. En Argentina las empresas de telefonía estimaron que en 2016 existían más de 60 millones de líneas móviles vendidas, con una penetración de teléfonos inteligentes del 40%, superando ampliamente el promedio sudamericano.
La evolución tecnológica actual permite diversas novedades, como la posibilidad de ver televisión en vivo desde el celular, gracias a la implementación de las tecnologías de cuarta generación (4G), que debido a su ancho de banda permite el consumo de contenidos multimedia de manera rápida.
La convergencia tecnológica implícita en dichos dispositivos dio origen a nuevas prácticas de consumo, ya que las barreras entre los medios se fisuran (transmedia, crossmedia, etc.), y se disuelven a su vez los límites entre las máquinas de reproducción y aquellas de diseminación, como arriesgara Marshall McLuhan. Cada generación de telefonía celular abrió una nueva posibilidad de interacción: la movilidad de las comunicaciones telefónicas, los mensajes de texto, los mensajes multimedia, la navegación móvil, la geolocalización.
La expansión del mercado de la telefonía móvil ha sido notable en los últimos 25 años. Si en 1993 existían 30 millones de usuarios, diez años después esa cifra ascendía a 2 mil millones aproximadamente, según la ITU (Unión Internacional de Telecomunicaciones).
Hacia el 2015 se consideraba que se igualó la cantidad de celulares con la de habitantes en la Tierra y desde entonces el crecimiento de los celulares viene superando al de la población humana, y del mismo modo, la producción académica ha mantenido un interés creciente en descifrar la relación entre los celulares y los fenómenos sociales.
Si bien pareciera existir una continuidad entre la telefonía fija y la móvil, la segunda evolucionó de un modo exponencial, no sólo en términos cuantitativos, sino también en las performances de los artefactos ofrecidos en el mercado. Sucesivamente, el primer estándar de comunicación móvil G2 fue seguido por GSM (Global System de Mobile), que incorporó el SMS para transmitir mensajes de texto, el MMS para la comunicación multimedia, el WAP para las aplicaciones inalámbricas, el Bluetooth, servicios de email, y funcionalidades como cámaras de fotos y reproductor MP3. Al agregarse la tecnología 3G los teléfonos pudieron navegar por Internet, realizar videollamadas y, en lo que interesa a este trabajo, realizar geolocalizaciones regulares, con o sin el conocimiento del usuario.
Geolocalización social y comunidades
Tenemos entonces abundantes elementos para ubicarnos en el momento en el que nace Fousquare: entre la utilización del marketing desde el punto de vista espacial y la generalización de los medios sociales como forma de comunicación en un contexto globalizado. Se trata de una empresa de publicidad basada en el surge el concepto clave del geoposicionamiento. Geolocalización controlada y localización controlante, es decir el geoposicionamiento y el geoseguimiento de las plataformas y satélites sobre los dispositivos celulares inteligentes.
Ahora bien, si articulamos los sistemas de GPS con los móviles y los nuevos Social Media, es decir los medios de comunicación social postbroadcasting, generando la posibilidad de comunicar y compartir el lugar concreto en que está el usuario en cada momento, nace un concepto nuevo que algunos han llamado geolocalización social. La geolocalización social hace referencia a las nuevas formas de relación social que surgen gracias a la geolocalización de los individuos con sus móviles y que pueden desarrollarse mediante herramientas como Foursquare®.
Entonces Foursquare® existe como parte de un ecosistema de opciones de comunicación para los usuarios, y muchas veces lo que se publica en la plataforma no se limita a ese medio. Los participantes pueden discutir los check-ins mediante los foros habilitados o con tweets específicos o con cuentas en Instagram®, Snapchat®, Tumblr® o blogs; volver a publicar en Facebook®; utilizar Twitter® para publicar las fotos de Instagram® y volver luego a Foursquare®; o participar en una variedad de otras interacciones de medios sociales.
Como una sub-especie digital, tal podemos definir ahora a 4SQ® y el resto de las redes sociales para celulares tablets y netbooks[2], fueron desplazando del centro medio-ecológico los protocolos de los servicios de escritorio y al mismo tiempo apuntando a una convergencia móvil.
Por ejemplo en Estados Unidos durante 2014 se utilizaron 194 minutos diarios por personas en dispositivos móviles, casi el mismo tiempo que se dedicó a pantallas fijas como la televisión o las mismas notebooks. Datos del mismo año provistos por Millward Brown, una multinacional que se encarga de investigar comunicaciones y el mercado, la pantalla móvil ahora supera a la de la TV como la pantalla más utilizada entre el público multipantalla.
Es en esta ecología de medios móviles y a distinta velocidad que la relación entre ese espacio y lugar deben ser reconceptualización a la luz de los cambios descritos precedentemente.
Llegamos así a la conceptualización de los medios locativos. Fue Karlis Otto Kalnins, en el Centro de Nuevos Medios de Riga (Letonia), a quien entrevistamos por email para este trabajo, quien propuso la categoría en 2003, dentro del campo artístico, aludiendo primariamente a la noción de flujo de información asociado a una ubicación determinada. El concepto también fue utilizado luego para referirse a los medios digitales en general, reintroduciendo en ese momento la cuestión del espacio habitado y la territorialidad a través del uso de software.
Hacia fines de la primera década del siglo XXI se iniciaron una serie de investigaciones sobre el potencial educativo y de entretenimiento de las aplicaciones basadas basados en geolocalización (De Souza Silva, 2008; De Souza Silva y Hjorth, 2009).
En los medios locativos los nodos activos saben dónde se encuentran los otros nodos en todo momento y pueden ajustar su movimiento en consecuencia del espacio. La comunicación puede alterar la estructura de red, ya que dos nodos que sean conscientes de su ubicación podrían coordinar los caminos que elijan, haciendo hincapié en los caminos de una manera que las redes tradicionales y redes sociales no hacen.
De Souza Silva ha propuesto cuatro características de los medios locativos que podríamos resumir así:
- Organización de nodos y la formación de las redes ocurren en espacios híbridos (real y digital).
- Siempre están conectados.
- Sirven para rastrear la ubicación de otros usuarios en el espacio físico.
- Enfatizan la importancia en los caminos o enlaces entre los nodos.
Las interacciones sociales entre los individuos ubicados dentro de una corta proximidad física se han utilizado para explicar una serie de fenómenos en la sociedad digitalizada a distancia, como la proliferación de industrias específicas en una determinada región y la situación laboral de los individuos.
Algunos artículos demostraron que el contenido social geográficamente identificado, como la conversación virtual en Twitter, se puede utilizar para monitorear eventos del mundo real y crear aplicaciones interesantes. En particular, Gomide et al. (2011) propuso un enfoque espacio-temporal para identificar potenciales epidemias de dengue, mientras que Sakaki, Okazaki y Matzuo (2010) propusieron tratar a los usuarios de Twitter como sensores y utilizarlos para crear un mecanismo para la detección de terremotos.
Llegados a este punto teníamos ya enmarcados dentro de las ciencias sociales a los problemas de la locación y el análisis redológico resultando evidente que nos debíamos, tratándose 4SQ de una actividad centralmente lúdica, completar el cuadro refiriéndonos a los modos de comprensión del jugar.
Juegos y ciudad
Una aproximación muy primaria a 4SQ® nos diría que los usuarios se comportan dentro de lo que la plataforma prevé y condiciona. Sin embargo al poco de andar se ven las cosas de otro modo, ya que no siempre los usuarios respetan lo que los diseñadores han especulado. Como el Michel De Certeau señaló, las prácticas de la vida cotidiana incluyen convenciones, estructuras compartidas de sentido y norma (1988) y las formas en que los consumidores desvían o subvierten el poder de los productores, mediante la creación de una gama de significados de los productos o servicios que utilizan. Para apoyar estas afirmaciones, De Certeau hacía analogías entre el sistema lingüístico en su conjunto y la creatividad de expresión individual. Al hacerlo, ilustraba las formas en que podemos utilizar un sistema convencional compartido, pero a su vez utilizar esto en una forma creativa que pone de relieve cuestiones como la subjetividad y la acción individual. Tomando los argumentos De Certeau, y teniendo en cuenta la terminología que rodea las aplicaciones geo- sociales del teléfono inteligente, en alguna medida aquellos que las utilizan no son meros “usuarios”, sino también jugadores de un juego.
Repasemos brevemente lo que dijeron los teóricos del jugar. Las sociedades jugaron siempre, de hecho no somos los seres humanos los únicos que jugamos. La cultura nace lúdica pero desde el siglo XVII jugamos menos y vemos jugar más, señalaba Johan Huizinga, antropólogo pionero en el estudio de la dimensión cultural del juego (1957).
En las últimas tres décadas, con el auge de los videojuegos y el auge del tiempo libre, el jugar retorna con especial resonancia ante la emergencia contemporánea de aplicaciones ubicuas como Pokémon Go[3].
El fenómeno lúdico, que siempre podía ser significado en su inmediatez social según Huizinga, hace que aparezca una dicotomía entre la realidad de la vida en la que se debe soportar el malestar de la cultura y la virtualidad y potencialidad del juego. El juego crea normas, reglas, separa, territorializa; en definitiva crea un mundo diferente a la realidad vivida.
Roger Caillois definía al juego como una “actividad libre, separada, incierta, improductiva, reglamentada y ficticia” y describía el carácter lúdico de los impulsos como organizadores de las sociedades en su evolución.
Clasificó los juegos, proponiendo diversos principios o tipos irreductibles así:
- Competición (agon)
- Azar (alea)
- Simulacro (mimicry)
- Vértigo (ilinx)
Esta taxonomía definía formas ideales del jugar, sin embargo proponía que se trataba de formas combinables, como organizadores de los diversos jugares, aunque todos inventando, distorsionando, ocultando, subvirtiendo la realidad (1977).
Los dos primeros tipos implican la creación artificial de condiciones de igualdad entre los jugadores, en cambio el tercero, el simulacro, ya no trata de igualdad, sino de ocupar el lugar del otro. Es a lo que responde la mimicry, término inglés que designa el mimetismo de los insectos.
Se agruparían acá a aquellos juegos consistentes en simular ser otro (como los actores de teatro por ejemplo) y que tienen como única regla seducir a quien contemple el juego, siendo el buen jugar la capacidad de sostener un verosímil. Para sostener la fascinación el jugador inventa, engaña y construye mundos, como se dijo. El cuarto grupo, el del vértigo o torbellino, agruparía que los juegos que se basan en la ruptura de una estabilidad, provocando un aturdimiento de la conciencia como sucede por ejemplo en las montañas rusas de los parques de diversiones.
La tipología y combinatoria que resultaban permitían a Caillois explicar tipos y transformación de diferentes sociedades como consecuencia del predominio y del cambio en el predominio de determinadas combinaciones lúdicas. Dar la preferencia a un tipo de juegos sobre otro (agon, alea, mimicry o ilinx) permitiría hacer proyecciones sobre el devenir futuro de una sociedad ya que de alguna manera los juegos reflejan a la sociedad porque precisamente hacen lo social.
De acuerdo a nuestra observación participante de los comportamientos de usuarios de la plataforma en Foursquare reconocimos las cuatro tipologías de juegos (agon en la competencia por insignias, alea en la posibilidad de encuentros de lugares, mimicry en la creación o simulación asi como en las estrategias de curado de contenidos, y ilinx en la efervescencia colectiva de sumarse a un burbujeo social digital).
Para Caillois en las sociedades modernas predomina el eje alea-agon donde se trata de la reducción de la incertidumbre: es una sociedad donde la eliminación del azar resultaría el ideal, sin embargo vemos en los últimos años la irrupción de tipos de juegos en los que no se juega para ganar con toda seguridad, sino que el goce del juego es inseparable del riesgo de perder o de ser descubierto.
Desde una perspectiva alejada a la anterior en cuanto sus antecedentes y tipo de problemas a resolver, pero profusamente citada en la teoría del juego, Donald Winnicott proponía que el juego mediaba: en principio entre el paciente y el analista, pero también entre el mundo infantil y el más adulto del consultante y si esto el proceso terapéutico prosperaba (1971).
Es decir, acá también aparece la dimensión del riesgo, de la incertidumbre en el jugar, del ganar el proceso, de divertirse sin asumir los riesgos Dell mundo real. Ahora bien: ¿Qué era el jugar para Winnicott? Principalmente lo veía como un espacio de tránsito vigilia/sueño, exaltación/quietud, de lo conocido a lo desconocido y viceversa. Es decir, el juego funcionaba como un espacio y como un fenómeno transicional. La creatividad como rasgo de vida, como propia del vivir, se inscribe en el jugar como proceso que va más allá de la relación madre-bebe, sino que toda la experiencia cultural es heredera del jugar y se sostiene ahí: la experiencia cultural comienza con el vivir creador, cuya primera manifestación es el juego.
Existe una tercera perspectiva para pensar 4SQ en su dimensión lúdica: Scott Lash propone el concepto de formas tecnológicas de vida (2005), que hace referencia a las dinámicas de interacción, comunicación y socialización contemporáneas, condicionadas principalmente por la progresiva pérdida del jugar representacional, basado en agón de las sociedades modernas hacia un jugar de las sociedades digitales en red basado en el simulacro.
Incluye en su enfoque además las estructuras de dominación y control experimentadas dentro del nuevo orden global informático que se soportan en el juego también. En la sociedad representacional se mantiene una distancia necesaria entre sujeto y objeto, que regula el rol central de la visión y la interpretación de las cosas en el “ahí”. En la cultura tecnológica opuesta a la moderna, por el contrario el juego requiere del sentido del tacto y por lo tanto el observador se mezcla con lo observado durante su actuación social. Se trata en realidad de cuasi-objetos y cuasi- sujetos, entramados en extensas redes socio técnicas cargadas de puntos de paso y zonas donde se aplican aduanas de sentido, que transforman, desconectan y reconectan lo que circula socialmente. Así, ya no es el lenguaje de lo simbólico sino lo “real” de un espacio genérico y des-localizado, elevado en el aire, como los satélites.
Lash cita como antecedente clave la ordalía como forma de juicio lúdico y su desplazamiento por la aparición de la justicia moderna, representativa, distante, visual, no vengativa, la justicia que aísla al que no respeta la Ley, para su reeducación, castigo y reenvío al espacio social.
En la sociedad de la informacionalización, dice, el juego supone un suspensión del juicio distanciado, objetivo y representativo, que es sustituido por la inmediatez, lo emocional y lo exponencial. Se juega sobre lo que se viraliza, sobre lo que estalla, sobre lo que multiplica.
Tomemos el fútbol espectáculo como ejemplo: los espectadores, desde sus smartphones, no juzgan a sus equipos argumentalmente, sino que de alguna manera son los jugadores, son lo que podrían hacer algo en el juego ya sea comentando en Facebook® o participando de algún foro en línea, aun después del mismo partido, lo cual implica una pérdida de distancia. El juego tecnológico, el juego jugado en las aplicaciones de los teléfonos celulares se contrapone con un trabajo de producción de una cultura representacional, en la que predominan el símbolo y lo imaginario y son reemplazados por una dimensión real, corporal, que apela al habitus del jugador más que a su distanciamiento analítico respecto al objeto.
En definitiva, mediado por las imágenes elevadas depositadas en los repositorios de las plataformas digitales, conectado en tiempo real con las bases de datos algoritmizadas, el usuario pasa a formar parte de las formas tecnológicas de vida lúdicas, abiertas siempre a un nuevo enlace, a otros nodos, a otros lugares, condiciones y bloqueos. Los usuarios juegan a localizarse y deslocalizar, a buscar y ser encontrados en retículas invisibles hechas de ondas electromagnéticas y de condiciones sociales de participación en esos juegos.
La ludificación o gamificación, que fue propuesta originalmente como una estrategia pedagógica, caracterizada por utilizar las técnicas, elementos y dinámicas de los juegos en actividades ajenas a estos (Villa y Canaleta, 2016) a mediados de la primera década del siglo XXI comenzó a utilizarse como una estrategia aplicada a lograr fidelización de clientes, situación que tuvo un gran impacto en las plataformas de redes sociales.
El componente lúdico de Foursquare® resulta imprescindible para comprender el funcionamiento de esta plataforma y los resultados obtenidos en nuestra investigación ya que la gamificación tiene como objetivo principal aumentar motivaciones positivas de los usuarios hacia las actividades o el uso de la plataforma, y, con ello, aumentar la cantidad y calidad de la producción de comportamientos habilitados por sus diseñadores y que redundarán en el conjunto de recomendaciones publicitarias y de marketing que son el objetivo comercial de 4SQ®.
Estado del Arte
Cuando comenzamos nuestro trabajo tuvimos que trabajar en un territorio poco desarrollado académicamente. Teníamos un atenazamiento de los que suceden en los principios: podíamos recolectar datos que luego no serían acopiables, pero al mismo tiempo deberías equivocarnos y aprender sobre la marcha con los resultados provisorios. Han pasado ocho años y la situación es completamente distinta. Ahora se dispone de múltiples y probados dispositivos de recolección automatizada de datos en redes sociales y al mismo tiempo la producción académica ha crecido geométricamente, aun dentro de las ciencias sociales, que en aquel momento se veían rezagadas respecto a la física y la antropología, entre otras. Existen estudios genéricos y puntuales. Por ejemplo Scellato y Mascolo estudiaron las propiedades espaciales en tres redes telemáticas basadas en medios locativos populares (2011) y observaron una fuerte heterogeneidad entre los usuarios, con diferentes escalas geográficas, característica de la interacción a través de lazos sociales.
Varios trabajos de investigación han tratado de comprender las propiedades del check-in y su relación con la geolocalización basada en redes sociales. Cheng y su equipo (2011) hicieron una evaluación cuantitativa de los patrones de movilidad humana mediante el análisis espacial, temporal y textual social asociado al check-in.
El equipo dirigido por Noulas investigó los patrones temporales y espaciales de los usuarios basados en los registros de Foursquare recogidos de Twitter® (Noulas, Scellato, Mascolo y Pontil, 2011). Cheng, Caverlee, Lee y Sui (2011) también exploraron millones de registros de 4SQ® en Twitter® para analizar los patrones de movilidad en un contexto espacial, temporal, social y textual. Sus resultados sugieren que los usuarios tienden a moverse en espacios cercanos y de vez en cuando a lugares distantes algo que Barabasi estableció en general para los celulares (2011).
Otros investigadores han estudiado las diferencias entre las redes sociales en línea y las redes sociales basadas en la localización (Cranshaw, Toch, Hong, Kittur y Sadeh, 2010), el contenido de redes sociales (Scellato, Mascolo, Musolesi y Latora, 2010), y la relación entre la distancia geográfica y la amistad (Scellato, Noulas, Lambiotte y Mascolo). Estos análisis explotaron patrones fundamentales de movilidad de los usuarios, destinados a hacer uso de las propiedades geográficas para el desarrollo de mejores servicios basados en la localización (Cho et al., 2011). Encontraron también que los check-in se relacionan con el estatus social y que se ven afectados por las limitaciones geográficas. Otros estudios recientes han demostrado que el sistema de uso de la Web varía según el país. Por ejemplo, Hochman y Schwartz investigaron las preferencias de color en imágenes compartidas a través de Instagram, mostrando considerables diferencias en las preferencias entre los países con culturas distintas (Hochman y Schwartz, 2012), algo que podría intervenir en la comprensión de la disímil utilización y penetración de Foursquare. Posiblemente esto pueda vincularse con que los medios locativos en línea, basándose en la ubicación del usuario, proporcionan un conexionado emocional intenso con los espacios vividos, pero más aún, porque los usuarios pueden compartir sus emociones ubicadas con sus amigos e inclusive geolocalizarlos y encontrarlos si se encuentran cerca (Gao, Tang y Liu, 2012). Investigaciones más segmentadas se dedicaron a detectar patrones alimenticios (Colombo, Chorley, Williams, Allen y Whitaker, 2012) o de recomendación (Sklar, Shaw y Hogue, 2012) o a relacionar la actividad que los usuarios realizan con sus celulares en el mundo real y se comparten en línea, incluye su ubicación -latitud y longitud-, así como parte de la superposición digital del lugar físico (López, 2012). Un grupo de autores indagó sobre la posibilidad de trabajar con conjuntos de datos pequeños, lo que resultaría una opción muy útil (Arora, Ge, Sachdeva y Schoenebeck, 2012) tratándose de redes libres de escala. El rápido crecimiento de las redes sociales basadas en la geolocalización permite a la promoción de la experiencia urbana alcanzar una nueva etapa (Zickuhr, 2012) y desde una perspectiva histórica, su formación ha sido trabajada originalmente por la geografía económica sociología (Glücker, 2013).
Las interacciones sociales siempre han sido limitadas o expandidas por la geografía, y la vinculación del espacio con la red ha sido casi imposible de identificar, debido en buena parte a dificultades prácticas (López, 2013). Se ha demostrado que los medios locativos provocan nuevas interpretaciones y relaciones con el lugar a través de la interacción creativa y lúdica con el mismo (Lemos, 2011), así como las intervenciones artísticas (Lodi, 2013) capaces de poner en evidencia las representaciones hegemónicas de la locación.
Si el aspecto determinante de los medios locativos es su capacidad para reconocer su ubicación física y personalizar las experiencias de usuario y el contenido en consecuencia los medios locativos también ofrecen la posibilidad de una multiplicidad de contenidos y de la ubicuidad de acceso (Farman, 2012). Schianchi, en su trabajo con los medios locativos (2013), identifica dos de sus cualidades únicas: 1) su capacidad para subvertir las leyes físicas, tales como la gravedad y la portabilidad, y 2) su capacidad para subvertir las leyes de propiedad, tales como el derecho de autor, el territorio y el acceso. En una línea emparentada con la anterior Farmam ha examinado cómo los medios locativos han creado una nueva forma de sentido encarnado de lugar. A pesar del aumento del crecimiento en el uso de los medios locativos móviles (Zickuhr, 2013), el papel que esta tecnología puede tener sobre nuestra relación con el lugar no se ha estudiado aún lo suficiente y las próximas generaciones de ingenieros y sociólogos seguramente nos sorprenderán en muchos sentidos.
El arquitecto William J. Mitchell quien dirigió el Smart Cities Group de investigación en el MIT Media Lab y fue profesor de la arquitectura y medios de comunicación artes y las ciencias, propuso que la reproducibilidad y movilidad de un tipo particular de información digital (código informático) también produce el desplazamiento de la acción humana a los objetos en red que los rodean (Frith, 2013). Por ejemplo, serían los sistemas de posicionamiento global (GPS) los que, al proporcionar información para a llegar a un destino determinado de antemano, contienen pluralidad de otras destinaciones que son re-elaboradas por el usuarios y que finalmente ponen en cuestión desde el mismo dispositivo de orientación una forma de des-orientación controlada.
Esto nos introduce en uno de los asuntos a los que se dedicaba Mitchell, a saber: la inteligencia algorítmica de los espacios urbanos. Dentro de este campo la detección de las comunidades geolocalizadas dentro de las redes es uno de los problemas más interesantes y complejos en el campo del estudio de redes. Durante un tiempo se intentó relacionar este problema con el esquema del “gráfico particionado”: se dividía un gráfico arbitrariamente en un número de grupos y se minimizaba el número de aristas entre esos grupos, sin embargo el modelo no resultaba eficiente para la detección de comunidades en escenarios reales.
A partir de su configuración y su capacidad selectiva, las redes sociales pueden establecer una regularidad en la aparición de novedades. Una novedad es todo lo que sorprende al nodo, en términos que implica una reformulación de su posición como punto de paso a través de la red. Una novedad podría ser una expresión del argot que nunca había oído antes, o su primer contacto con un nuevo restaurant (Tria, Loreto, Servedio y Strogatz, 2014). Recientes investigaciones sobre la Internet de las cosas (Internet 0.0) y sobre movilidad automatizada empiezan a proveer información sobre los fenómenos de autorregulación de las sociedades en los que se minimiza el rol humano en estos procesos (Diakopoulos, 2016).
La emocionalidad en línea es un tema rezagado pero Ferrara (2015) investigó si una de las razones de esta propagación exponencial que presentaron las redes sociales en sus primeros años podría tener que ver con un efecto más emocional que racional y confirmó, tal como un experimento reciente realizado por la misma empresa Facebook, la hipótesis de que las emociones se propagan en línea, incluso en ausencia de señales no verbales típicas de las interacciones en persona, y que los individuos son más propensos a adoptar las emociones positivas o negativas, si éstas son expresan en su red social. Si bien las investigaciones de este tipo plantean problemas éticos, ya que requieren la manipulación de contenido masivo a escala con consecuencias desconocidas para las personas que participan en ella, estos autores al estudiar la dinámica del contagio emocional en una muestra aleatoria y anonimizada de usuarios de Twitter confirmaron la consistencia emocional de las conexiones en redes sociales. Durante una semana de septiembre de 2014 encontraron además que la probabilidad de adoptar las emociones positivas es mucho mayor que la de las emociones negativas. Un grupo de investigaciones se propusieron evaluar los sesgos de investigar en redes sociales. Facebook® y 4SQ® han sido consideradas como fuentes de datos confiables (Adnan, Leak y Longley, 2014), pero deben tenerse en cuenta los sesgos que aparecen dentro de esas redes y que pueden llegar a entorpecer el análisis. 4SQ® es una referencia útil para identificar recomendaciones sobre tiendas locales, restaurantes, centros comerciales u otras actividades en la ciudad (Levya y Goldenberg, 2014) y establecer si existe una dependencia con la probabilidad de checkins previos. El análisis de los checkins de los usuarios en las redes sociales basadas en la localización, como 4SQ®, es esencial para entender los patrones de los usuarios y sus comportamientos de movilidad (Lei et al., 2014). Según Carlos Scolari, en las últimas dos décadas los textos de los precursores y padres fundadores de la Media Ecology han sido sometidos a una relectura de la sub-especie digital (Scolari, 2015). En un mundo marcado por profundos cambios en las formas de producir, distribuir y consumir el conocimiento, la comparación con otros procesos del pasado, como el descubrimiento de la escritura o la invención de la imprenta de tipos móviles, tiene mucho para aportar. Así la territorialización se constituye en base a mecanismos de apropiación en convivencia y en conflicto, que se configuran a partir de una red de relaciones que, en redes sociales, se caracterizan por un carácter contingente y efímero (Suárez, 2016).
Respecto al eje público-privado que atraviesa una histórica discusión respecto a los lugares en la tradición sociológica (Wong, 2016), De Souza Silva y Frith señalan dos puntos importantes (2012). El primero es que, en última instancia, la “privacidad locacional necesita ser entendida contextualmente” que consideran que la información de ubicación no es inherentemente privada. Se trata para nosotros la vieja banda de moebius que aparece otra vez encarnando ahora lo público y lo privado, como antes lo finito y la infinito, o lo natural y lo cultural. Como Greg Elmer ha argumentado, todas las plataformas de redes sociales basadas en la localización operan alrededor de esta tensión, negociado continuamente con sus usuarios, entre “constatación” de alguien o algo y un “ser descubierto” (2010).
En su segundo punto, De Souza Silva y Frith se refiere a la especificidad del medio, y la forma en que la privacidad de la localización debe entenderse en ese traspaso de una plataforma a otra: compartir nuestra ubicación con un pequeño grupo de amigos en Foursquare es diferente a permitir que cualquier persona que utiliza Google pueda encontrarnos. De Souza Silva y Frith argumentan que las negociaciones de privacidad de la localización de los usuarios se encuentran íntimamente relacionadas con la capacidad de controlar el contexto en el que se comparte la información de localización.
La gamificación requiere la aplicación diseñada de una serie de procedimientos (Morschheuser, Hamari, Werder y Abe, 2017) que requieren recolectar y analizar información sobre los usuarios potenciales del sistema gamificado. Es decir que el sistema, por medios de feedbacks, adapte sus estrategias de acuerdo a los comportamientos de los participantes en las actividades lúdicas propuestas (Deterding, 2015). Los datos se están creando entonces más rápido que nunca ahora que la cantidad de celulares sobre el planeta que ha superado a la de habitantes. Sin embargo, como Kate Metzler explica, el acceso limitado a esta gran cantidad de datos está creando una brecha digital entre las grandes empresas y la comunidad académica en general (Metzler, Kim, Allum y Denman, 2016). Para agravar el problema de la brecha digital entra las grandes empresas y la comunidad académica, también hay una gran brecha de habilidades de análisis de datos que dificulta aún más el progreso de las ciencias sociales. Sin acceso a estas bases de datos o la experiencia para analizarlos, la investigación se enfrenta a una crisis de replicación y es vulnerable a motivaciones comerciales.
Clive Humby, un reconocido matemático y arquitecto, declaró en 2006 que los datos son el nuevo petróleo, sentencia que fue repetida numerosas veces en la última década. La comparación entre los datos y el petróleo se refiere al valor resultante no solo de la extracción sino además de su refinamiento. A diferencia del petróleo, los datos se están creando a un ritmo más rápido de lo que pueden ser consumidos, archivados y analizados. A esta inundación de datos, y a las estrategias de las empresas para volcarlos en moldes o patrones, es lo que IBM llamó Big Data. Hal R. Varian, economista jefe de Alphabeta, lo expresa de otra manera: “Hace mil millones de horas surgieron los homo sapiens modernos. Hace mil millones de minutos comenzó el cristianismo. Hace mil millones de segundos fue puesto el en libertad el PC IBM. Hace mil millones de búsquedas en Google® era esta mañana”. Se trata de un ejemplo simple, pero provocativo: la capacidad de recopilar y analizar grandes conjuntos de datos ya ha transformado campos como la biología, la astronomía y la física, y para muchos, la “gran revolución de datos” promete pedir, y nos ayudará a responder, preguntas fundamentales sobre los individuos y las colectividades pero para eso algunos autores están denunciando la insuficiencia de recursos, programas de estudio y formación de recursos humanos (Colle, 2013). En el mismo sentido en 2012, Danah Boyd y Kate Crawford señalaron su preocupación por el limitado acceso a grandes volúmenes de datos, lo que estaría creando una nueva brecha digital entre “ricos en Big Data” y “pobres”. Sólo las empresas y los científicos sociales que trabajan en estas empresas son los que tienen acceso a muy grandes conjuntos de datos sociales y transaccionales. La comunidad científica más amplia por lo general no lo hace debido a que las empresas se niegan a liberarlos, o porque la compra de datos no es de fácil resolución para instituciones académicas. Así en 2016 se realizó una encuesta (Metzler, 2016) a más de 9.000 científicos sociales, orientada a entender cómo se dedican a la investigación con grandes volúmenes de datos y los desafíos que enfrentan, así como las barreras de entrada para aquellos que buscan hacer este tipo de investigación. Encontraron que el 32 % de los encuestados de los que decían dedicarse a la investigación de Big Data informaron que al acceder a datos comerciales o de propiedad era un “gran problema” para ellos. Asimismo la encuesta encontró otra brecha aún más significativa dentro de la comunidad académica, aunque no tan visible, a saber: también existe una brecha de habilidades cuantitativas y de programación, requeridas para la investigación culturómica, lo que debería ser un reto para los educadores de ciencias sociales tradicionales.
Merece incluirse también en este apartado que el conocimiento alcanzado de la topología de la red se correlaciona estrictamente con las estrategias de las empresas como 4SQ® respecto de usuarios, a los que se agrupa en racimos apretados y estables, algo que en la investigación de redes sociales se ha bautizado como filtros burbuja (Pariser, 2017). Seth Stephens-Davidowitz, autor de “Everybody Lies” (2017), estudió sesgos profundamente arraigados en la sociedad que pueden servir no solo para sostener las sociedades, sino tambien para diseñar intervenciones performativas.
- Debo al Dr. Luis Donatello la referencia al protestantismo.↵
- Entre estos dispositivos móviles (todos los aparatos por donde podemos acceder a internet, los cuales están pensados para ser llevados fácilmente de forma personal) podemos encontrar tanto teléfonos smartphones como tablets. Siendo los más populares: El iPhone e iPad de Apple, con sistema operativo iOS; el Samsung Galaxy, Galaxy Tab y el HTC ONE X, con sistema operativo Android; y el HTC 8X y Nokia Lumia, con sistema operativo Windows↵
- Pokémon GO es un videojuego de realidad aumentada basado en la localización desarrollado por Niantic, Inc. para dispositivos iOS y Android lanzado con singular éxito a mediados de 2016.↵







