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5 El quidditch en el universo deportivo[1]

Una discusión conceptual

5.1 El deporte, un fenómeno histórico

A lo largo de los capítulos precedentes hemos caracterizado la práctica estudiada pensando una serie de aspectos: su proceso de institucionalización, la evolución reglamentaria, el eje local-global, el papel de la saga de HP, el género y la discriminación. En el marco de un proceso de profesionalización, propuse como hipótesis inicial una gradual erosión de las características que harían del quidditch un deporte alternativo, categoría bajo la cual muchos investigadores colocan al fenómeno estudiado. Esta será la preocupación que orientará este capítulo. Solo a partir del análisis del deporte a través de los ejes mencionados podríamos iniciar un proceso de análisis que culmine con la constatación o refutación de dicha premisa.

El punto de partida para realizar esto es el entendimiento del fenómeno del deporte en su carácter socio-histórico: “un fenómeno social gestado, creado y conformado en un momento del desarrollo de la sociedad, transformándose al mismo ritmo que lo hace esta a través de la historia, formando parte e incidiendo en ese proceso general de transformación” (Altuve Mejía, 2009, p. 1). No se trata de algo estático y natural; es más bien dinámico, vinculado a realidades e intereses sociales específicos y cumplidor de funciones en ciertos momentos históricos. Un fenómeno relacionado e implicado con distintas áreas como la política, la sociedad y la economía. Por este motivo, en este capítulo realizaré un recorrido histórico del fenómeno deportivo, con el fin de situar y definir el deporte alternativo y el moderno ya que, veremos, el primero no puede concebirse sin el segundo. Pretendo así establecer un diálogo entre ambas categorías y el quidditch, con el propósito de enriquecer el trabajo sobre la referida hipótesis, presentando los alcances y límites de las mismas a la hora de pensar nuestro objeto de estudio. De este modo, el análisis de lo abordado hasta aquí contribuye a una discusión conceptual más amplia, estableciendo un diálogo con experiencias deportivas de naturaleza semejante.

Por último, una aclaración necesaria respecto al modo de trabajar los conceptos mencionados. Estos serán utilizados como una referencia histórico-temporal, comprendiendo los matices y discusiones que subyacen a su utilización. Considero que se trata de nociones útiles que logran relacionar al deporte con su contexto más general, pudiendo ser pensadas como una de sus múltiples expresiones. El enfoque elegido para este capítulo no pretende involucrarse en un debate de tan larga data como el de la definición de qué es un deporte o la adecuación de dicho rótulo para ciertos fenómenos. Suscribo al planteo de Besnier et al. (2018) de que el deporte en sí suele ser asociado a las prácticas que se divulgaron en las Islas Británicas hace dos siglos, aunque han existido otros deportes que han quedado eclipsados por estas o desaparecido. Sin embargo, señalan los autores, no existiría hasta la emergencia del llamado deporte moderno (Guttman, 2007) impulsado por los británicos, una categoría unificada que abarque las actividades atléticas competitivas que definen un ganador.

El deporte moderno

Para Altuve Mejía (2009) el movimiento es algo inherente al ser humano. Este posee una dimensión cultural, que se relaciona con la gama de significados, sentidos y valores que la sociedad le otorga en cierto momento histórico, lo cual matiza sus aspectos fisiológicos y biomecánicos. Para el autor, el deporte aparece cuando este movimiento se convierte en una competición institucionalizada de mucha importancia y significación social, cuyo objetivo es comparar esfuerzos físicos para designar ganadores o campeones.

El investigador identifica la emergencia del fenómeno deportivo en la sociedad esclavista griega,[2] con los Juegos Olímpicos de la antigüedad (hasta el 393 D.C). Refiriéndose a esto como deporte antiguo, enumera una serie de características que pueden considerarse referentes del llamado deporte ”pre-moderno”: la no búsqueda de la abstracción matemática del cord (la aspiración a la gloria cualitativa), la articulación de las prácticas formando un todo con ceremonias religiosas (las victorias solían estar explicadas por factores extraterrenales), su papel en la conformación del ejército y la restricción en la participación (solo para ciudadanos, sin permitir que los disputen mujeres, migrantes o esclavos). En síntesis, era un fenómeno que funcionaba como “justificador” de una sociedad fuertemente jerarquizada y clasista, reproduciendo ideológicamente la organización política territorial esclavista, al ser los atletas representantes de las polis. El clásico trabajo de Elías (1992) apunta que estas prácticas admitían una mayor violencia que en la actualidad, tenían reglas dictadas por la costumbre (no codificadas), no expresaban una preocupación por la limpieza del juego y estaban orientadas a garantizar el placer del jugador, no del espectador. Este fenómeno se insertaba, es importante mencionar, en una visión de mundo que difiere de la llamada “racionalidad moderna” (Besnier et al., 2018). La caída de los griegos y el advenimiento del feudalismo transformaron la orientación de estas actividades, que terminaron por desaparecer, al sus funciones ideológicas pasar a ser cumplidas por la iglesia, el feudo y la caballería.

Ahora bien, los deportes más populares de la actualidad, como el fútbol o el rugby, se constituyeron en la modernidad. Estas prácticas son las que, más adelante, serían conceptuadas por los practicantes de quidditch y algunos de sus investigadores como el mainstream. Su génesis supone un proceso que inicia en el siglo XVIII y se consolida de la mano de la sociedad industrial inglesa durante el siglo XIX, en el marco del tránsito de la sociedad pre-industrial al capitalismo. El trabajo de Elías y Dunning (1992) enmarca la emergencia del fenómeno deportivo moderno en un proceso social civilizatorio más amplio, donde pasa a tener importancia la autorregulación de las emociones y el respeto por los códigos éticos y de conducta. Los autores hablan de una conciencia que interioriza las prohibiciones sociales y representa un avance en el “umbral de sensibilidad”, un descenso en la tolerancia a la violencia. El papel del deporte fue el de conformarse como un canal para aquellas emociones más sencillas y espontáneas, que ahora estaban siendo controladas y “perdidas” por la nueva situación; le correspondía la tarea de crear una tensión agradable en su justa medida. El deporte aparecía como expresión ritualizada, controlada y socialmente aceptada de la violencia física, una actividad con fines catárticos. Bajo esta lógica, ciertas prácticas recreativas tradicionales (sean populares o aristocráticas) comenzaron a ser reglamentadas, una deportivización que formalizaba estos juegos. Corriente y Montero (2014) hablan de un proceso de domesticación en manos de la aristocracia inglesa de los siglos XVIII y XIX, que perseguía el fin de hacer de estas prácticas algo adecuado a las demandas de una nueva situación general. Al profundizar en el caso del rugby, Dunning (1992) señala cómo estas normas limitaban el uso de la fuerza, castigando a los trasgresores, creando una figura arbitral y un organismo centralizador nacional. Es decir, la experiencia de estas viejas prácticas iniciaba un proceso del cual se recuperaban algunos de sus elementos, pero reformulados y dotados de otros contenidos y significaciones (Altuve Mejía, 2014).

En este proceso, un papel determinante lo jugarían las llamadas public schools de la burguesía, en cuyo seno se daría la deportivización de estos pasatiempos durante el siglo XIX. Al graduarse los estudiantes, ya desde sus cargos estatales y empresariales, estos contribuirían a la difusión y organización de las prácticas deportivas (Barbero González, 1993). Según Coakley (2001), tuvo lugar aquí un proceso de institucionalización que incluyó la universalización de los reglamentos y la creación de entes reguladores que ordenaban las competiciones.

Siguiendo a Brohm (1993), este deporte aparece como una consecuencia del propio desarrollo de las fuerzas productivas, ya que la reproducción de este proceso a escala internacional fue favorecida por la aparición del transporte y comunicaciones modernas. En un contexto donde Inglaterra se encontraba a la cabeza, como la vanguardia mundial de la industrialización y el comercio, la propia tendencia expansiva del modo de producción capitalista llevó consigo al fenómeno a todos los rincones del planeta. El deporte -junto con la lengua, usos y costumbres de dicha nación- se difundió globalmente de la mano de las prácticas imperialistas: “Los intercambios de capital, mercancías y trabajadores tuvieron como consecuencia los intercambios de ideas y prácticas deportivas” (Altuve Mejía, 2002, p. 29). En tanto fenómeno difundido por la nación “más avanzada”, el deporte fue imbuido de una cierta idea de civilización y fue configurador de comportamientos modernos deseables para los distintos pueblos del mundo, asociado a la buena salud y condición física (Besnier et al., 2018). A una escala micro, este también estaba siendo afectado por la dinámica propia de la lucha de clases bajo el capitalismo. La aparición de un proletariado urbano y sus reivindicaciones, organización sindical y política comenzó a rendir frutos: ciertos derechos fueron conquistados y estos implicaron una relativa mejora en las condiciones de vida. Autores como Ron (2015) señalan que la reducción de la jornada laboral de los obreros industriales en los países desarrollados supuso un incremento del tiempo libre que los habilitó tanto a presenciar como a participar de competiciones deportivas. El tiempo de recuperación de la fuerza necesaria para el trabajo pudo ser ocupado en parte en actividades de ocio.

Independientemente de algunos autores que problematizaron la apropiación local de un fenómeno global,[3] existe entre los investigadores una aceptación de la asociación de la emergencia del deporte con la modernidad. Una buena síntesis de este consenso es la categoría de deporte moderno de Guttman (2007), cuyos sietes rasgos principales son solidarios con la lógica económica capitalista.

El secularismo, que implica que su práctica ya no se relaciona con lo sacro ni con cualquier clase de aspecto religioso. La igualdad de oportunidades, que establece que, por lo menos en la teoría, todos pueden ser admitidos en el juego sobre la base de su habilidad atlética y por la pertenencia a un grupo, estando bajo las mismas reglas. Si esta “supresión” de barreras, considerada el aspecto revolucionario del deporte para Brohm (1982), era un reflejo de los ideales liberales que imperan bajo el capitalismo,[4] la característica de la especialización es un reflejo de la división del trabajo, ya que hace referencia a la emergencia de funciones y roles de juego específicos e interrelacionados. Otro aspecto señalado por Guttman es la burocratización, esto es, la aparición de administradores y organizaciones a distintas escalas. Relacionada con los últimas dos aparece la racionalización, el desarrollo del deporte bajo una premisa científica de entrenamientos, instalaciones y equipamiento. Esto se da en el marco de competiciones reguladas por reglas concebidas como medios para un fin, transformándose de acuerdo a la conveniencia de los practicantes. Se concibe así una evolución histórica que va desde la improvisación hasta la planificación minuciosa de objetivos. Emparentados a este rasgo están la cuantificación, la medición de las acciones llevadas a cabo, y la búsqueda de la marca,[5] el reto que todos los participantes tienen como perspectiva. La concepción de Guttman no omite que, en casos de la antigüedad, puedan registrarse anticipaciones de algunas de las características presentadas aquí, aunque:

Los ejemplos aislados, sin embargo, no constituyen un sistema. Al considerar el contraste entre los deportes premodernos y los modernos, hay que tener en cuenta que las características de la modernidad no son una colección al azar de atributos arbitrarios. Encajan como las piezas de un rompecabezas (Guttman, 2007, p. 6).

Es claro que las demandas del deporte moderno tienen que ver directamente con la competición, el éxito y el rendimiento,[6] Altuve Mejía (2018) habla de esta última como categoría central y referencia del funcionamiento del cuerpo social capitalista, pieza clave de un modo dominante de “técnicas del cuerpo”: la práctica deportiva basada en el “deporte-rendimiento-récord-campeón-medalla”. Por estos motivos, muchos académicos sostienen que el deporte moderno opera como un dispositivo reproductor del orden establecido.

Por ejemplo, la institucionalización y la burocratización aparecen como elementos constitutivos de la esfera de lo deportivo que son solidarios con las lógicas del capitalismo moderno. Velázquez Buendía (2001) indica que las instituciones del deporte reproducen por imitación las formas de organización y funcionamiento del modo de producción capitalista, en virtud de la estructuración jerárquica y las lógicas disciplinantes con las que se concibe al espacio deportivo moderno. Barbero González (1993) observa los modos en que el deporte moderno colabora con el ordenamiento del mundo del trabajo y la producción industrial. El autor señala que las prácticas deportivas cumplieron un rol en el control de las clases trabajadoras. La doctrina del éxito y de la eficiencia, la necesidad de especialización y la búsqueda del cord, son principios del deporte que resultan inmensamente afines al ideal de obrero-soldado-deportista eficiente, fuerte y sano que la industria reclamaba (Carballo y Hernández, 2003). Esto, sumado al enorme éxito entre las masas del nuevo pasatiempo, la dimensión subjetiva y emotiva del fenómeno, transformaba al deporte en una herramienta frecuentemente utilizada por la burguesía de todo el planeta para alejar a los trabajadores de actividades “indeseables”, como la política y el sindicalismo (Frydenberg, 2011). La aplicación práctica de la misma es descripta por Wheeler (1978): constitución de equipos por empresa tras huelgas o conflictos, y organización de eventos deportivos de confraternización entre obreros y fuerzas represivas.

Para algunos autores (Altuve Mejía, 2014, 2018; Brohm, 1982) esta función ideológica cumple fines despolitizadores, reproduce desigualdades sociales y legitima jerarquías. Todo esto en tanto fenómeno presentado como “políticamente neutro”,[7] por encima de las clases, capaz de romper las barreras entre las mismas.[8] Además, el deporte moderno se presenta como una creación individual, transparente, igualitaria, democrática, fraterna e inofensiva; un “antídoto” contra la delincuencia y el desorden, un elemento primordial de la salud, clave para el cultivo de un cuerpo joven y atractivo,[9] además de postularse como fuente de beneficencia social institucional. Pero, como vimos en otros capítulos, detrás de esto, el “deporte capitalista moderno” (Brohm, 1993) reproduce el sometimiento de la mujer, justificándola en términos de la propia naturaleza del individuo; institucionaliza la diferencia entre los sexos y construye mitos femeninos.

Todos estos elementos se conjugaron para el desarrollo de una nueva industria de la cultura deportiva, un régimen de “burgueses deportivos” (Panzeri, 2011) que abrió camino a la profesionalización del deporte y a la consolidación del espectador deportivo moderno (Barbero González, 1993). Nos encontramos ya en las primeras décadas del siglo XX, con el deporte consolidado en tanto fenómeno de masas. Esta nueva condición implicó la pérdida del carácter lúdico de aquellos pasatiempos en favor de una competición,[10] íntimamente relacionada con la lógica industrial, que daba pie a la “seriedad” del deporte profesional (Dunning, 1992). Surgió un nuevo tipo de obrero que vende a un patrón su fuerza de trabajo “capaz de producir un espectáculo que atrae multitudes” (Brohm, 1993, p.48); alguien que no juega por placer sino por trabajo y cede su poder de decisión a la burocracia deportiva que orienta sus demandas en torno al rendimiento y la competición (Panzeri, 2011; Velázquez Buendía, 2001). En el deporte profesional, entretejido con las lógicas del capital, quien disfruta del deporte es el espectador y no ya el jugador, que se transforma en una mercancía (Brohm, 1982; Dunning, 1992). La meritocracia capitalista atraviesa así directamente al deportista, ya que, al igual que sucede con otros asalariados, instala en él la ilusión de la promoción social a través del esfuerzo personal. Si la igualdad de oportunidades es uno de los rasgos centrales del deporte moderno, todos tendrían la posibilidad de ascender socialmente mediante su esfuerzo y su talento. Brohm (1982) refiere a un “desdoblamiento ideológico” de la jerarquía social de clases mediante un sistema de jerarquía paralela, que brinda a sus protagonistas una esperanza de movilidad social. Naturalmente, esta operación invisibiliza los mecanismos de reproducción del status quo que imperaron en los comienzos y el devenir de la profesionalización del deporte (Roldán, 2011), los cuales también se evidencian al analizar el control de la gestión del deporte por parte de ciertos sectores sociales (Besnier et al., 2018).

Pero de forma paralela y atendiendo a estas advertencias, fue surgiendo una propuesta alternativa: el deporte obrero. Es que cuando los militantes de la izquierda de principios del siglo pasado se percataron de la utilización de este fenómeno por parte de los capitalistas, se decidieron a lanzar una acción militante en este sentido. Si bien alcanzó fama mundial tras la revolución proletaria en la Rusia de 1917, la necesidad del deporte obrero ya había sido teorizada y puesta en práctica antes por socialistas, anarquistas y sindicalistas de todo el mundo, incluidos los argentinos (Guaimet, 2015; Camarero, 2007; Scharagrodsky, 2013). Esta clase de deporte era entendida como algo propio de los trabajadores: el “modelo absoluto para los deportistas con conciencia de clase” (Gounot, 2007, p. 10). Es decir, tenía un tono abiertamente político, que llamaba a no participar del deporte “burgués”, promotor valores capitalistas como el individualismo, el rendimiento y la competición. Este era visto como una actividad mercantilizada que se jactaba de su neutralidad, pero que fomentaba el nacionalismo y la rivalidad entre los pueblos.

Por el contrario, el deporte obrero carecía, por lo menos en teoría, de distinción de género[11] o de nacionalidad, y se postulaba como una alternativa al chauvinismo y comercialismo, contraria a la aspiración al cord. Internacionalista[12] y anti-elitista, se consideraba verdaderamente amateur. Su objetivo no era la exaltación del atleta, sino la auto-superación, el bienestar y la puesta a punto para la lucha de clases, contribuyendo a liberar a los trabajadores del control e influencia de la burguesía. Implicaba una concepción higienista, la cual no consistía “en ejercicios físicos per se, sino en un régimen higiénico que dura día y noche” (Gounot, 2007, p. 15) y comprendía “las condiciones de la vida personal y social, el sueño, el descanso, la ropa, la alimentación y el trabajo” (Ibídem). El deporte era concebido como un agente del cambio social que educaría a las masas en los mejores hábitos, la nutrición y el ejercicio (Riordan, 2007) a través de la cultura física.[13] Esto es importante teniendo en cuenta que “El desarrollo comunista, se basó inicialmente en una masa de población rural y analfabeta” (Riodan, 2007, p.110). Mediante la práctica deportiva se combatiría el crimen, la delincuencia juvenil, el alcoholismo y la prostitución, contribuyendo a la emancipación social de la mujer. La promoción del ideal de un “hombre nuevo”, igualitario, trabajador y disciplinado.

En la década del veinte, la URSS atravesó una serie de debates en torno al destino del deporte, cuyos resultados influyeron sobre sus seguidores de todo el planeta. La derrota de los sectores más radicales significó el fin de los experimentos de “innovación revolucionaria de la cultura física proletaria que tomaría la forma de gimnasia laboral, exhibiciones de masas, desfiles, concursos y excursiones” (Riordan, 2006, p. 469) y la aceptación del otrora criticado deporte de competición, reproductor de los valores burgueses, promotor del espectador no participante, la especialización extrema y la búsqueda del triunfo a cualquier costo. Los virajes productivistas[14] en el deporte, la incorporación a los otrora “imperialistas” organismos internacionales y la imitación de las técnicas occidentales, pasaron a ser la regla de un fenómeno que ya solo se distinguía de su contraparte capitalista por el sentido de su uso para la diplomacia.

El surgimiento de una alternativa

La caída del modelo obrero como un proyecto superador, su adaptación a lo existente, no representó el fin de los intentos de convertir al deporte en algo transformador. Pocas décadas después de lo tratado anteriormente, las premisas del deporte moderno serían cuestionadas nuevamente. Surgía en la convulsiva década del sesenta otro movimiento cuyas ideas atravesaron a la totalidad de la sociedad y no dejaron de tener su eco en el mundo deportivo.

Se trató, sin dudas, de una etapa histórica caracterizada por huelgas, rebeliones estudiantiles y radicalización, lo que dio forma a distintas crisis políticas y caídas de gobiernos en todo el planeta. Los movimientos antibelicistas, contra la violencia racial y por los derechos civiles marcaron el ritmo, en tanto fenómenos ampliamente difundidos por los medios masivos de comunicación (Noya, 2018). Rieznik et al. (2010) hablan de una revuelta global en “el escenario común de una quiebra de los equilibrios políticos y económicos armados al finalizar la Segunda Guerra Mundial” (2010, p.7). Rebeliones que “Sacudieron los pilares del orden trazado a mediados de los años cuarenta por los acuerdos del imperialismo con los burócratas del Kremlin en las conferencias de Yalta y Potsdam” (Ibídem). Este grupo de autores rechaza una tesis recurrente al analizar estos hechos: el alzamiento popular como una expresión de un descontento “espiritual” que se combinaba con una “saciedad” económica. Por el contrario, argumentan que el histórico 1968 evidenció la quiebra de la estructura económica mundial construida en torno al llamado Estado de bienestar.[15]

En este marco de crisis mundial e intervención política radical obrera y juvenil, interesa poner el foco en un sector particular. Uno de los rasgos distintivos de esta etapa fue la importante presencia del movimiento estudiantil. Noya (2018) señala la emergencia en su seno de una fracción de “nueva izquierda”, que dio un cariz contracultural a las protestas de la década. Esto consistía en una oposición tanto al “totalitarismo soviético” como a la “ideología burguesa”, especialmente la “sociedad de consumo”. Para el referido autor: “La revolución de los sesenta, con su agenda posmaterialista, en realidad no suponía un ataque frontal al capitalismo, sino en todo caso, a una de sus vertientes: el consumismo […] los estudiantes cuestionaban la posibilidad de realizarse como personas” (2018, p.124). Este periodo es clave también para el ascenso de fórmulas políticas de carácter “alternativo”, como el Partido Verde alemán.

Estos jóvenes reivindicaban una mayor participación social y un deseo de autorrealización personal en el ámbito privado. Se trataría de un cambio de “paradigma cultural” posmoderno que implicaba un “ciudadano” más reflexivo y crítico[16] (Noya, 2018). Meiksins Wood (2013) reflexiona que esta fue una generación que se formó política e intelectualmente al calor de los años presentados como de “auge de posguerra”, estableciendo una preocupación por el aparente éxito del sistema. De allí la pregunta por la alienación producida por la “sociedad de consumo” en tanto factor neutralizador de los actores tradicionalmente asociados con el antagonismo al capitalismo. El efecto de estas inquietudes fue una apertura hacia intelectuales más liberales y una gran importancia de la lucha de las ideas. En una palabra, contra las formas de integración del sistema:

Los estudiantes y sus mentores intelectuales tenían que llenar el vacío histórico dejado por el movimiento obrero, y la lucha de clases en su sentido tradicional podría reemplazarse por la lucha ideológica de clases o por la trasmutación de la teoría en una fuerza material (Meiksins Wood, 2013, p.41).

De este modo, para estos sectores fue importante la idea de una revolución cultural “que carecía de puntos específicos de concentración u objetivos políticos focalizados (…) una lucha difusa contra el ´sistema´ social y todas sus representaciones de integración cultural e ideológica” (Meiksins Wood, 2013, p.84).

¿Qué sucedía en el deporte en estos convulsionados años? Besnier et al. (2018), Wheaton y Thorpe (2018) señalan una fuerte irrupción femenina en este mundo, considerado un tradicional “bastión masculino”. Esto se vio reflejado en un aumento del número de participantes de dicho género. Aquellos años estuvieron también signados por una serie de hitos: el boicot del COI en 1968 a Sudáfrica,[17] la masacre de Tlatelolco (México) en el marco de los Juegos Olímpicos de ese año, el icónico puño arriba de los atletas afrodescendientes Tommie Smith y John Carlos, la organización de juegos de veranos indígenas en 1974 y la aparición del ya referido Title IX en Estados Unidos (Donnelly, 2010). Otro importante hecho a tener en cuenta es la aparición del movimiento Sport for All, que se proponía cumplir con los propósitos del olimpismo, considerando al deporte un derecho de la humanidad, buscando garantizar el acceso al mismo sin distinción de edades, géneros, razas, religiones y condiciones económicas (Albayrak, s.f.). Esta preocupación también alcanzó al bloque soviético, ya que muchos de sus dirigentes admitieron la predominancia de la gestión de lo competitivo y profesional, dejando de lado a las prácticas de la “gente común” (Foldesi, 1991). Concluían que la orientación del “deporte de masas” no había tenido éxito, por lo que se lanzó una política para el “deporte de ocio”.

Como resultado de la conjugación entre la situación política y deportiva fue surgiendo entre este sector de la juventud una filosofía artística no convencional que valoraba la expresión democrática, la libertad y la creación. Esta se postulaba como contraria a un capitalismo-consumismo (Humphreys, 2003). Emergió así un “nuevo movimiento del ocio” que transfería esta concepción artística abstracta a las prácticas del cuerpo y, por lo tanto, al deporte. Estos años son considerados el comienzo de un largo período de explosión de nuevas formas deportivas en el mundo occidental y de transformación de lo ya existente (Wheaton, 2000). Estas emergerían como algo libre, cooperativo, divertido e individualista, no en un sentido de promoción de una meritocracia, sino más bien en referencia a un deseo de individuación dentro de una cultura dominante considerada homogeneizante. Este deseo es claramente un eco de la “despersonalización” que caracteriza al deporte moderno que, según Brohm (1982), coloca a los practicantes como “portadores de marcas”.

Wheaton (1997) refiere a un rechazo a la “americanización del deporte”, con especial énfasis en la institucionalización. En este movimiento lo natural fue también fuertemente reivindicado, al ser incluido en estas transformaciones que se proponían en el mundo deportivo -en el contexto de una reacción contra la biomedicina- dando forma a una crítica ambientalista al deporte (Besnier et al., 2018). Estas nuevas prácticas expresaban un deseo de separación respecto a lo que hoy los practicantes de quidditch llaman deporte convencional, aquel que hace su aparición al calor del desarrollo capitalista moderno. Este era caracterizado por estos jóvenes sesentistas como la alienación, la competición, el conformismo, la racionalización, la tecnificación y la burocracia. A tono con la fisonomía del movimiento general del que es parte, este nuevo deporte apuntaba a una crítica ideológica a lo existente, una especie de eco de los viejos intentos izquierdistas.

Sin embargo, la gran diferencia con el deporte obrero estaría en la clase social detrás de este proyecto. En tanto expresión de una fracción del movimiento estudiantil radicalizado, este fenómeno es caracterizado como una creación (de exportación) de la pequeño burguesía estadounidense (Wheaton y Beal, 2003). Un fenómeno contracultural, concebido como un desafío a los atributos estándar del ritual burgués. En una mirada más profunda, para estos sectores “la nueva lucha es por el control del tiempo y la ubicación temporal del trabajo y el ocio, no solo por el bienestar económico” (Wheaton y Beal, 2003, p.94). Así, estas prácticas aparecen dotadas de un sentido político, dando forma a una respuesta de todo un sector interviniente en la etapa histórica de entonces. Humphreys (1997) habla de un nuevo zeitgeist que daría forma a diferentes subculturas juveniles que cuestionarían al capitalismo (o mejor dicho al consumismo), entre las que se cuentan esta clase de experiencias.

No existe unanimidad respecto a la denominación de este fenómeno, ni tampoco mucha homogeneidad en las características que implicarían cada una de las etiquetas utilizadas para describirlo. Autores como Saraví y Bordes (2016) o Hincapié Zapata (2012) hablan de prácticas corporales urbanas, pensadas como el resultado de culturas juveniles y entendidas como manifestaciones políticas y sociales de resistencia que poseen rasgos identitarios particulares. Estas conllevan una posibilidad de expresión, apropiación y reutilización del espacio, debido al abandono del uso de aquellas locaciones tradicionalmente asociadas al deporte (estadios o gimnasios). Su carácter autogestivo y autoorganizado es el núcleo de la dimensión política que pone en juego estrategias de “micropolítica” ante un deporte convencional que no logra satisfacer las demandas de los practicantes.

Guttman (2007) hace referencia a los deportes posmodernos/ californianos.[18] Para el autor, estos empiezan informalmente estructurados, siendo actividades individuales propias del espacio natural o urbano, tales como el surf, el rafting o el skate. También destaca que valoran las proezas acrobáticas, enfatizando lo estético, y las nuevas tecnologías. Están caracterizados por el riesgo y la renuncia a la mesura, rasgo que, según el investigador, los volvería atractivos para la juventud. Otros autores hablan de grassroots sports, whiz sports y lifestyle sports (Sangiao, 2022b). La idea de riesgo también será importante en todas estas caracterizaciones. Al unirse al contacto con la naturaleza, juntas dan forma a actividades donde aparecen significados profundos en los que se pone en juego más la capacidad del individuo para resistir el sufrimiento y el dolor crecientes que la competición (Le Breton, 2009).

La primera caracterización alude a prácticas deportivas vinculadas con la escala local y el ámbito no-profesional. Así, cualquier deporte practicado de forma no profesional puede incluirse en esta denominación; desde las categorías infantiles de los clubes locales hasta el deporte amateur autogestivo o recreativo (Cohen, 2013). Con respecto a los whiz sports, este es un término acuñado por la socióloga Midol para describir a los deportes cuya atracción aparece ligada a las habilidades que requieren y la emoción que suscitan. En tanto expresión de una búsqueda de “nuevas sensaciones”, estas prácticas aparecen íntimamente vinculadas a la diversión, la libertad y al disfrute individual, priorizando la velocidad, la fluidez y la destreza, asociados fuertemente a la idea de libertad y al riesgo (Midol, 1993; Midol y Broyer, 1995).

La tercera etiqueta refiere a aquellos deportes que se encuentran ligados a determinados estilos de vida, que suelen aparejar ciertos valores y configurar identidades grupales que pueden alcanzar el carácter de subculturas (Cohen, 2013; Rinehart, 2014). Según Wheaton (2010), esta acepción también es retomada por los propios practicantes para definir sus actividades. La autora habla de una afiliación subcultural que traspasa las barreras nacionales, operando de manera trasnacional y contactándolos con grupos que llevan otro estilo de vida “alternativo”, vinculado al arte, la moda y la música. Gilchrist y Wheaton refieren a una ideología hedonista e individualista que enfatiza en los valores estéticos de las prácticas: “Algunos practicantes se refiere a sus actividades como arte. El cuerpo es usado de formas no agresivas, mayormente sin contacto corporal, aunque los participantes abrazan y fetichizan nociones de riesgo y peligro” (Gilchrist y Wheaton, 2017, p. 3).[19] Estas experiencias aparecen vinculadas a una idea de creatividad y muchas veces son concebidas como una “experiencia espiritual”. Wheaton incorpora el factor tiempo al caracterizar estas prácticas: “En contraste con la producción del tiempo en el capitalismo, el tiempo en los lifestyle sports es inmediato y discontinuo” (Wheaton, 2007, p. 298). De allí que, junto con el énfasis en el placer, muchos de sus participantes expliquen sus sensaciones en torno a un “vivir el momento” y “estar aquí y ahora”.

Otros investigadores (Atkinson, 2010) han desarrollado la categoría de post-deporte, la cual se formula como una subversión de las ideologías modernas y sus prácticas. Esta propone límites corporales alternativos mediante formas subalternas y movimiento atlético. Implica actividades físicas reflexivas orientadas a la comunidad, “verdes”, espirituales y anárquicas, donde se enfatiza la expresión física, emocional y espiritual más allá de la técnica médica, la potencia y el rendimiento. Atkinson habla de un involucramiento en “paisajes deportivos”, donde las identidades y jerarquías aparecen en estado liminal, todavía no inscriptas, por fuera de la normatividad. Destaca también el poco interés por el registro, priorizándose la experiencia en sí, junto con la posibilidad de un alcanzar un sentimiento de realización.

Finalmente, un numeroso grupo de autores refiere a la existencia de deportes alternativos. Tampoco aquí existe una concepción común entre quienes emplean el término. Esto puede relacionarse con lo que señalan Biagini y Roig (2009) respecto a “lo alternativo”: en tanto fenómeno que encuentra fuerza en su fluidez, es algo difícil de observar debido a que su existencia es anterior a su identificación y contraposición a lo “comúnmente aceptado”; a su conformación como “modelo alternativo”.

Existe una diversidad de concepciones acerca de estos deportes. Algunas muy generales, como la de Barbero Álvarez (2000), simplemente entienden el rótulo como una mera diferenciación del deporte de tipo convencional/moderno, dotándolo de una especie de vanguardismo. También, como fue referido en el estado del arte, la idea de deporte alternativo tuvo un gran impacto en la educación física argentina[20] (Césaro, 2017, 2019; Burga 2013, 2017), no solo en tanto opuesto al modelo “oficial” de deporte, sino al permitir su enseñanza el involucramiento en otras dimensiones distintas de la biomecánica, tales como lo social, la política o lo económico. Sangiao (2022a) aporta a esto señalando la utilización de materiales “llamativos” para la prácticas[21] y la presencia de un rasgo “ético”: la preponderancia del autoarbitraje y la informalidad en el funcionamiento de las actividades.

La caracterización de Jarvie (2006) mencionada en la introducción es quizás la más importante para esta investigación, debido a que fue retomada por Cohen (2013) en su pionero trabajo sobre quidditch, colocándolo bajo esa categoría. Será la referencia central en la discusión del capítulo, por lo que es importante volver a resaltar sus principales aspectos.

En Sport, Culture and Society-An introduction, Jarvie sostiene que esta clase de deportes carece de una organización burocrática institucional formal y de una estructuración competitiva: “Lo que tiende a definir un alto status no es la competitividad, que es vista como negativa; sino la habilidad y la cooperación voluntaria para compartir experiencias y conocimientos con los miembros del grupo” (Jarvie, 2006, p.643). Del mismo modo, afirma que sus participantes rechazan la intervención comercial, deseando estar por fuera de todo sponsoreo. Además, estas prácticas promueven el control de las actividades por los propios deportistas, rechazando la creación de instituciones burocráticas por encima de los mismos. Se trata de una tentativa consciente de separación respecto del mainstream deportivo y del hecho de estar construyendo algo distinto, alternativo. Por otro lado, “cualquier deporte que pueda amenazar una ideología particularmente poderosa podría ser considerado como un deporte alternativo” (Jarvie, 2006, p. 642) pudiendo este alinear sus valores con movimientos sociales “contestatarios”, tales como los ambientalistas y los de la mujer.[22] Muchos se proclaman “igualitarios” y abiertos en cuanto al género, protectores del medioambiente, especialmente aquellos que se desarrollan lejos de la ciudad. En la lucha por evitar ser absorbidos por el mainstream sus practicantes desarrollan comunidades y fuerte sentidos particulares en torno a su actividad. Lo que los une es un deseo común: “…disociarse de lo que es percibido como la naturaleza homogeneizante de la cultural global. Muchos no desean consumir los productos de la cultura global y buscan fuentes alternativas de placer (Jarvie, 2006, p. 642).

Esta clase de deporte es concebido como un espacio de resistencia popular, lucha cultural y acción política, que puede dar lugar a la formación de subculturas y estilos de vida, como resolución a aspiraciones sociales no alcanzadas por ciertos sectores sociales.[23] Suelen pensarse como parte de una política de “utopía”, elemento sin el cual no podrían desarrollarse. Estas actividades serían disfrutadas por pequeños grupos con estos rasgos distintivos, aunque tendrían un alcance global.

Autores como Rinehart y Syndor (2003), suscriben a los elementos y valores fundamentales de esta caracterización al definir este fenómeno, el cual estaría cercano a la idea de juego. Sin embargo, en To the extreme utilizan varias categorías de forma indistinta y poco diferenciada: deportes alternativos, extremos, de gravedad y de aventura, pareciendo ser la primera capaz de englobar a las demás (Sangiao, 2022b).

Es que, más allá de los diferentes intentos de definición, sus similitudes, repeticiones y énfasis diferenciales, es clara la existencia de un consenso. Este indica que, retomando las categorías de Williams (2000), nos encontramos ante algo contrapuesto a lo dominante, aquel criticado deporte moderno-convencionalmainstream. Postulados en una relación de contraposición, estos deportes aparecerían como lo emergente. Nuevas prácticas, significados y valores, siempre en relación de oposición a los valores de competición y comercialización predominantes.

5.2 ¿El quidditch como deporte alternativo?

Habiendo entendido el fenómeno deportivo en su carácter socio-histórico y establecido dos concepciones del mismo, es momento de trabajar la hipótesis inicial de la tesis, la que refería a una gradual erosión de las características que harían del quidditch un deporte alternativo, entendidos estos de acuerdo al autor de referencia utilizado.

Durante el relevamiento realizado en 2019 pregunté a los practicantes si estaban de acuerdo con la definición propuesta por Jarvie para su actividad. El 65,38% afirmó considerarla adecuada, mencionando los siguientes motivos:

Figura 20: Motivos por los cuales el quidditch es un deporte alternativo

Nota. Elaboración propia. Estas categorías fueron construidas sobre la base de una serie de respuestas a preguntas de asociación libre.

El principal dato aquí es el factor negativo y de contraposición. Aquellos que consideran a este un deporte alternativo resaltan la marginalidad, sus carencias y el rechazo que genera (elemento agregado por los practicantes, ajeno al planteo de Jarvie), además de señalar rasgos comparativos con los deportes convencionales. Al debatir de forma personal el problema de los deportes alternativos y el quidditch pude acceder a una perspectiva un tanto más clara:

Para mi alternativo es…como deportes no populares, que sí lo son el futbol y el vóley. Que los juega una gran suma de gente en el país y en el mundo. Alternativo tenés esta opción, el quidditch, los que vimos en la plaza aquella vez [kickinball y ultimate]. Son todos los que son una alternativa, es una manera fancy-bonita de decir no es conocido, pero sigue siendo un deporte (D. Soto, comunicación personal, 2 de marzo de 2022).

El fundador de la vieja FAQ, Diego Márquez, opinaba algo similar: un deporte de nicho, marginal respecto al mainstream deportivo. Su inclusividad se observaría más en permitir a los fans (“no muy amigos de la actividad física”) jugar un deporte. Respecto a la modalidad mixta, no le parecía algo destacable, puesto que esta existe en otras actividades, una opinión compartida por otros practicantes como Martina Cirio: “hay otros deportes con esa modalidad, como las maratones y muchas veces el tenis” (M. Cirio, comunicación personal, 21 de diciembre de 2018). La cuestión ideológica (su amenaza a las ideas dominantes) en tanto rasgo propio del quidditch como deporte alternativo es uno de los elementos más rechazados por aquellas personas que consideraron que el rótulo era inadecuado (34,62% del total). Un 38,46% eligió esa dimensión como motivo al fundamentar su decisión, junto con la competición y organización formal existentes desde su óptica (misma cifra). Puede sumarse Hugo Olivera a los testimonios de Diego Márquez y Martina Cirio:

No estoy muy seguro a que ideología amenazamos…no creo que sea tan amenazador de una ideología imperante. Creo que en el mundo de hoy aceptar a las minorías es lo que corresponde. En el sentido del movimiento contestatario no creo que sea así (H. Olivera, comunicación personal, 27 de noviembre).

Víctor Santoro, de los Thunder Lions, extiende esta afirmación a un nivel institucional: “El Estado tiene políticas de incluir y cosas por el estilo (…) Las empresas también, hacen esas cosas y rompen con estereotipos” (V. Santoro, comunicación personal, 10 de junio de 2018).

Estos datos y testimonios van delineando una definición propia de los practicantes, quienes, si bien adscriben mayormente al rótulo mencionado, toman ciertos aspectos del mismo, enfatizan algunos y dudan de otros. Aquí, como vimos, el gran valor es la posición distintiva/ marginal de la actividad respecto del universo deportivo y la sociedad en general. La adscripción a esta categoría se vuelve operativa cuando los equipos y jugadores buscan acercarse a practicantes de deportes semejantes. AQArg integra el CADALT (Consejo Argentino del Deporte Alternativo), entidad que se encarga de promocionar y divulgar estas prácticas, las que una jugadora rosarina definió en televisión que “son como los otros [deportes], pero distintos” (TN Todo Noticias, 2020). Esto también se da a nivel particular, como sucedió en 2019 cuando algunos se acercaron a la ciudad de La Plata para compartir un evento con el jugger local. En pandemia, como mencionamos en la introducción, ciertos miembros de los Black Birds frecuentaron núcleos de este deporte que entrenaban en la Ciudad de Buenos Aires. En esta sintonía, he observado intentos de los Noxus Dragons de realizar actividades de divulgación conjunta con jugadores de ultimate y kickinball que entrenaban en Palermo.[24]

La recuperación de la perspectiva de los practicantes es muy importante. Recordemos que el factor “consciente”, de acuerdo con Jarvie, es una clave a la hora de identificar un deporte alternativo. Según él, de forma voluntaria, sus practicantes defienden, conservan y reafirman sus rasgos particulares en aras de permanecer apartados del deporte mainstream y sus características. Esto es algo lógico, puesto que se trata de prácticas asociadas a la lucha, la resistencia y la utopía. Es decir, los deportistas son conscientes de que están construyendo un deporte alternativo, distinto de lo convencional. Pero más allá de esto, es importante ver qué sucede con los otros rasgos propios de esta clase de deportes, donde será importante mucho de lo trabajado en los capítulos anteriores. ¿Qué ocurre en un contexto de deseos de asemejarse al deporte mainstream? Lo que sigue pretende que aquellos hallazgos del estado actual del quidditch dialoguen con los principales rasgos de la caracterización de Jarvie.

Analizando un concepto

Iniciaré por la cuestión ideológica, aspecto descartado por algunos practicantes. Se trata de un factor indisociable de su apertura en cuanto al género. Uno de los aportes de los principales expertos de las ciencias sociales en esta clase de deportes es el reconocimiento de la necesidad de una perspectiva dinámica y contextual de los mismos. Ya Rinehart y Syndor (2003), en la propia introducción de To the extreme, nos hablaban de los distintos procesos que afectan a estas prácticas. En la mencionada publicación se señalaba que algunos deportes alternativos estarían siendo re-ideologizados a la luz de la coyuntura estadounidense de los noventa (Kusz, 2003), adoptando un cariz y representaciones más conservadoras.

En este punto, distintos investigadores se han ocupado de analizar concretamente la situación de estos deportes que se postulan como abiertos e inclusivos. Como comentario general, si bien es cierto que esta postura permitió una diversidad en la participación, autores como Skille y Waddington (2006) sostienen que algunos de estos deportes encuentran el modo de reproducir las tradicionales relaciones entre los géneros en el ámbito deportivo, no consiguiendo ofrecer alternativas de participación y acceso distintas de los “deportes convencionales”. “La emergencia de actividades alternativas puede estar limitada por la existencia e inmanencia de actitudes de sus implementadores, y su tradicional entendimiento de que es el deporte y como debe ser realizado” (Skille, 2005, p. 319). Aunque, como indican Wheaton y Thorpe (2018), estas prácticas más jóvenes no cargaron con años de “sexismo institucionalizado”, lo anteriormente señalado es observado por diversos autores como Rannikko et al. (2016), quienes caracterizan una polarización en el acceso de distintos sectores sociales a estas actividades. De acuerdo con su investigación, los participantes de estos deportes también son categorizados en la propia práctica de acuerdo a habilidades físicas, agilidad y fuerza. Esto funciona como un capital que determina la inclusión/exclusión, conformando un ideal de practicante basado en el modelo de la denominada masculinidad hegemónica, transformándose los varones blancos adolescentes en el núcleo de la mayoría de estas prácticas.

Este predominio masculino se observa tanto en el en windsurf británico, donde se sexualiza a la mujer como “acompañante” de ciertos practicantes (Wheaton, 2000), como en el snowboard estadounidense donde, según Anderson (1999), bajo la forma de vestimentas y gestos corporales, se construye a la mujer como un devaluado “otro” (King y Church, 2014; Saraví, 2019). En torno a esta alteridad se ponen en juego sentidos sobre la rudeza y el riesgo que contribuyen a conformar la competición como algo tradicionalmente masculino. Así, ocurre lo que Rojas Correal (2014) observa para el ultimate de La Plata y Saraví (2012) para el skate de la misma ciudad: la mixtura de la actividad aparece por momentos como algo artificial, forzado por el reglamento.

Lo abordado en el capítulo anterior es de suma utilidad para pensar esto: un diálogo entre las experiencias en el género entre el quidditch y otros deportes alternativos. En primer término, el factor temporal. Si en los casos mencionados el paso del tiempo y el contexto han empujado a las prácticas hacia el conservadurismo ideológico, en el quidditch ocurre lo contrario. Prueba de ello es el criterio de ampliación y respeto por la autopercepción que ha marcado a la Regla de Género.

Lo tratado previamente evidencia que la perspectiva dominante dentro del quidditch pretende dar una lucha contra ciertas formas del deporte convencional, las cuales funcionan como referencia negativa, al desarrollarse este mayormente como un espacio de dominio masculino y segregación (Wheaton, 2013). Travers (2008) habla de un sport nexus, un conjunto de instituciones comercial y socialmente poderosas, androcéntricas y segregadas sexualmente, las cuales son dadas por sentadas y pasan desapercibidas. Su papel es central en la conformación de la “cultura deportiva” recreativa y de aficionados, contribuyendo a la inequidad de género, el reforzamiento de la masculinidad hegemónica, la homofobia y la transfobia, promoviendo el binarismo de género. Travers refiere a esto como una “ideología” que se sustenta y estructura en torno a la medición de la capacidad corporal, jugando un papel significativo en el establecimiento de la demarcación jerárquica del género. El combate en el plano de las ideas se daría entonces a través también de los organismos específicos creados por el quidditch, siendo otro ejemplo del aggiornamiento a las tendencias generales del movimiento de las mujeres, lejanas a un conservadurismo en este sentido.

Sin embargo, también vimos las dificultades planteadas, las cuales, a la luz de lo expuesto, son semejantes a la experimentadas por otros deportes alternativos que he mencionado a lo largo de la tesis. Ejemplos de ello son la reproducción de las diferencias a través de mecanismos informales o las dificultades en la participación de los géneros no masculinos, hechos que tienden a obstaculizar los objetivos proclamados por el propio quidditch. En síntesis, la persistencia de una categorización de los practicantes de acuerdo a criterios físicos, donde el varón biológico es el punto de referencia y transforma al resto de los géneros en un “otro”, cuya inclusión es “dificultosa”. El aspecto de la apertura en cuanto al género y la lucha en el plano de las ideas queda ilustrado de este modo como una disputa permanente.

Existieron, existen y quizás existan estas situaciones de discriminación, al lado de uno de los aspectos destacados por la definición de Jarvie: el alineamiento de los valores del deporte con ciertos movimientos sociales, en este caso el de la mujer. La aparición de la MGD, la trayectoria de sus animadoras, la alusión al aborto legal, los pañuelos verdes, los pronunciamientos de equipos sobre temas como la transfobia y la violencia, los medios que se dan para resolverlo…todos estos elementos pueden observarse en las discusiones prácticas y teóricas contemporáneas del referido movimiento. Incluso el deporte como un espacio de lucha cultural y política, aspecto señalado por el autor, aparece claramente entre ciertos practicantes, siendo esta práctica un sitio donde las personas que no se identifican con el binarismo pueden cumplir con aspiraciones sociales inconclusas: jugar a un deporte siendo denominados de acuerdo a su identidad autopercibida. He aquí el elemento de utopía de este deporte, la reivindicación de rasgos rechazados por el universo mainstream (Ibarrra, 2020). Toma forma un movimiento contradictorio: una proclama general de deseo de acercarse al modelo de deporte convencional, pero rechazando sus rasgos en el plano de las ideas y el género.

La cuestión de la circunscripción a los pequeños grupos nos remite al problema de la institucionalización, al quidditch como una práctica inicialmente específica para colectivos de fans de HP. Pero, anclados en un conocimiento de los perjuicios en torno a los mismos, los practicantes han expresado una voluntad consciente de alejarse de una base social de estas características, de fuertes comunidades con sentidos particulares en torno a la saga. Pese a los esfuerzos propios del proceso de institucionalización que vimos anteriormente, esto no ha dado sus frutos. De acuerdo a mi relevamiento, por ejemplo, entre el público que asiste a los torneos se observa también una asistencia poco variada, donde los familiares de los jugadores aparecen como el mayor exponente (63,2%), siendo el segundo ex jugadores (10,5%). Sumado a lo presentado en su capítulo correspondiente, es claro el resultado de los esfuerzos.

Incluso circula entre los practicantes un “mito fundacional” que refuerza esta adscripción y su proclamada particularidad, el cual se relaciona con la figura de Benepe: “Era un loquito que se le ocurrió bajarlo (…) Era un chaboncito, que era un friki en su fraternidad, les exigían que hagan un deporte, y ellos no querían hacer ninguno de los que les ofrecían ahí…” (M. Suárez, comunicación personal, 13 de octubre de 2018). Globalmente, la fuerte pertenencia y movilización de significados e ideas particulares que aparecen en los grupos que practican deportes alternativos, establecen un puente entre lo ya presentado para el género y la saga literaria, que proveería el “guion” (interpretado creativamente) que marca los sentidos circulantes en torno a lo primero.

Ahora bien, la institucionalización en sí plantea un problema para los deportes alternativos, en tanto prácticas rotuladas como carentes de una organización burocrática institucional formal. Aquí se produce algo interesante, porque el proceso que estudiamos en el segundo capítulo presenta un recorrido inverso al habitual: mientras la mayoría de los deportes de este tipo están entregando el control de la práctica a no deportistas (Coates et al., 2010), en el quidditch sus jugadores lo recuperaron de manos de los no jugadores, quienes habían gestionado desde un comienzo. La disputa por la gestión ha marcado claramente la corta historia de nuestro objeto de estudio: un comienzo en el que un grupo de fans de HP que asistía al CHP fundó la FAQ y se dedicó a administrar la misma sin jugar, llegando hasta la actualidad, donde una gestión de los practicantes se ha sostenido en el tiempo, tras tomar el mando en el contexto de una serie de demandas contra los dirigentes. La historia de este organismo exhibe una intencionalidad de especialización, con la colocación de practicantes con expertise en ciertas funciones, la contratación (para asuntos específicos) de expertos externos y la enorme diversificación de áreas/departamento en la hoy AQArg. Estas características son llamativas para un deporte alternativo, puesto que los propios jugadores se estarían dotando a sí mismos…de una organización burocrática institucional formal, típica de los deportes convencionales.

Como he mencionado en el capítulo I, Cohen et al. (2012) realizaron un temprano análisis del quidditch en tanto nicho comercial, observando una serie de elementos claves para su desarrollo económico: identificación con HP, camaradería y amistad, deseo de diversión, de probar algo nuevo y de ponerse en forma. La investigación de los autores no carece de fundamento. A lo largo de mi investigación he notado una preocupación por la cuestión financiera: ¿cómo viajar a los torneos? ¿cómo comprar camisetas y pelotas? En el plano institucional esto implicó reformas en la asociación, desde la introducción de las cuotas sociales hasta la creación de Amigxs del Quidditch, un departamento abocado a la creación de eventos de recaudación. Este se propone idear nuevas fuentes de ingresos para la AQArg, para no depender exclusivamente del pago de la cuota social. Los equipos también desarrollan sus propias iniciativas, como la venta de rifas y comidas, entre otras cosas.

En los deportes alternativos que propone Jarvie, la cuestión comercial es rechazada más que ninguna otra, porque esta implicaría una importante pérdida de control por parte de los practicantes en favor de intereses ajenos (empresariales), y una alteración de la práctica en sí. La creación de una industria deportiva, vimos, es sinónimo del deporte convencional.

Deportes alternativos “de riesgo” como el windsurf, snowboard o el rafting estarían siendo “domesticados” a la luz de una lógica comercial (Mounett y Cihfflet, 2003) o espectacularizados, como el kabaddi (Césaro, 2015, 2017). Estas transformaciones en las propias actividades son explicitadas por Santandreu y Vega (2019), quienes trabajan con el caso del parkour uruguayo, el cual no contemplaba en su origen la idea de competición fuera del marco lúdico y recreativo, funcionando siempre desde una óptica de superación personal. Entendido como un método de entrenamiento, el fenómeno atraviesa actualmente una serie de cambios y adecuaciones para ser explotado desde la esfera económica. Para los autores, el parkour solo sería “rentable” si se asemeja al deporte moderno. En efecto, la práctica fue captada por las redes de distintas marcas que comenzaron a organizar competiciones orientadas al espectáculo, que entraban en contradicción con una práctica que no valoraba la performance y el rendimiento. De acuerdo con la etnografía llevada adelante por los investigadores, esto es visto por muchos participantes como una distorsión de los “principios originarios”.

Esta clase de deportes estarían frente a un proceso de mercantilización motorizado por el ingreso de las corporaciones económicas a estos mundos. Se observa aquí lo descripto por Harvey: la aceptación y promoción por parte del capital global de lo culturalmente alternativo, creativo, transgresor, auténtico e incluso “incontrolable”, en pos de aumentar las ganancias. El desafío es, precisamente, encontrar el modo de “…integrar, subsumir, mercantilizar y monetizar tales diferencias y bienes culturales” (Harvey, 2013, p.164). Esto se refleja en los sentidos que comienzan a circular entre los participantes de ciertos deportes alternativos estadounidenses y británicos, como consecuencia de la aparición de marcas especializadas (Wheaton y Beal, 2003; Kusz, 2003) y medios audiovisuales (Buckingham, 2009).

Sin embargo, en el quidditch se observa lo contrario. Por un lado, de acuerdo con el relevamiento, los practicantes de este deporte en Argentina consideran que son “ignorados” por el mercado:

Figura 21: Intensidad de la relación entre el quidditch argentino y el mercado

Nota. Elaboración propia. Gráfico construido en base a respuesta multiple-choice de los jugadores.

Aun así, los jugadores desarrollan pequeñas estrategias comerciales. Por ejemplo, para la Copa del Sur 2019, establecieron un convenio con un negocio temático para desarrollar un merchandising especial del evento, con el fin de recaudar fondos (Gifts For Geeks, 2019).[25] También cuentan con pequeños sponsors, donde se incluyen emprendimientos de jugadores y su entorno y, en algunos casos, los equipos crean líneas de productos propios.

Figura 22: El quidditch y el mercado. Estrategias propias

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Nota. Elaboración propia. Capturas de pantalla de historias de Facebook (Cumulus Nimbus Quidditch Argentina, s.f)

Cuando los vínculos con los espacios de los fans son estrechos, algunas pequeñas compañías temáticas suelen donar productos para sorteos, como en el caso de Finite Incantatem para los Qymeras marplatenses (Qymeras quidditch, 2019). Este último caso fue el único que contó con un sponsor local en su camiseta, además de los ya mencionados Cumulus Nimbus, quienes jugaron un tiempo con el logo de FanCon en su indumentaria.

Estos ejemplos muestran puntos en común con lo planteado por Edwards y Corte (2010) para el BMX. Los investigadores observan que, en ocasiones, alguna forma de comercialización es buscada por los practicantes de esta clase de deportes. Desean poder disponer de mejores productos, ganarse la vida dentro de la propia comunidad o resistir la influencia de las grandes marcas. Es que en el quidditch argentino la comercialización es vista como algo deseable; los sponsors son un horizonte seductor. El relevamiento realizado para esta tesis demuestra que no existe entre los jugadores un rechazo a un acercamiento mercantil:[26]

Figura 23: Valoración de una relación más estrecha entre el quidditch argentino y el mercado

Nota. Elaboración propia. Gráfico construido en base a respuesta multiple-choice de los jugadores.

Los aspectos más valorados por los jugadores en esta hipotética relación son los siguientes:

Tabla 5: Aspectos positivos de un acercamiento al mercado

Financiamiento

50%

Ayuda en difusión

45,84%

Aumento de público en general

8,33%

Apoyo económico para proyectos específicos

8,33%

Aumentos en ventas de productos de equipo

4,16%

Daría imagen de deporte serio

4,16%

Implicaría un acceso a capacitaciones

4,16%

Posibilitaría que accedan al deporte sectores más humildes

4,16%

Nota. Elaboración propia.

Pese a esto, el desarrollo comercial que insertaría al deporte en el mercado, implicaría un aumento de los ingresos y acercaría sponsors, es visto en el caso argentino como una realidad lejana. Esto se manifestó claramente cuando comentábamos los problemas subyacentes en el debate por el cambio de nombre.[27] Los intereses comerciales, decían los argentinos, primaban en la decisión impulsada por los estadounidenses: la cuestión de la denominación de la práctica era claramente un asunto de derecho comercial. Es que el alto desarrollo del quidditch en ese país llevó a sus organizadores a proponerse objetivos que no estaban relacionados con la realidad de otras naciones. La idea de comercializar este deporte no sería una prioridad inmediata, ya que la actividad administrada por las pequeñas asociaciones de otras partes del mundo se encuentra en un retroceso general. Los objetivos prioritarios están más vinculados a la reconstrucción de los equipos y la ampliación de la base de practicantes. En este marco, no sorprende que discusiones de orientación lucrativa que involucran poderosos actores como ESPN o Pepsi y que se relacionan con la creación de una marca comercial propia, aparezcan disociadas de muchas realidades locales (Ver apartado 3.4).

Finalmente, corresponde mencionar la cuestión de la competición, entendida como la superación del adversario. Para Jarvie esta, como parámetro de status, sería reemplazada por la valoración de la habilidad y la cooperación, sobre la base de un deseo de aprendizaje colectivo. Aquella estaría vista como algo negativo. En el caso del quidditch, también ocurre todo lo opuesto. Hemos visto una creciente búsqueda de competitividad a lo largo de la historia de esta práctica en Argentina, característica que ha tensionado al máximo las relaciones interpersonales de los jugadores. Nuevos regímenes de entrenamiento y reglamentos, entre otras cosas, han marcado el período temporal abarcado por la tesis. El atractivo inicial del quidditch era, recordemos, la constitución de una selección nacional para competir en el exterior. De allí el punto de partida de una adecuación a los estándares globales de la actividad. Incluso este deporte ha encontrado una forma de estimular todavía más la competición y con ello acentuar la diferenciación respecto a la caracterización de Jarvie: un sistema regular de premios. En cada torneo se elige un “siete ideal”[28] compuesto por los mejores jugadores de cada posición y a la “revelación”. Lo mismo sucede con los árbitros: son elegidos los mejores, incluso entre los planilleros y el snitch runner. Este sistema ha impresionado fuertemente a un grupo de practicantes que provenían de otro deporte alternativo, el jugger:

¡Hasta compiten por ver quién es el mejor referí! Es una garantía para un buen arbitraje. Además, lo promocionan, porque suben las fotos a las redes. Me parece que es una garantía de que no lo van a hacer mal y que si lo hacen a propósito se puede castigar señalando esa inconsistencia (C. Vega, comunicación personal, 28 de agosto de 2022).

Para este practicante, esto sería una buena prevención contra lo que denominaba el “amiguismo” en el arbitraje que observaba en el jugger, donde nadie, decía, “fiscalizaba” a los propios referís.[29]

5.3 El deporte convencional: un modelo aspiracional

Entonces, ¿cómo se puede balancear la relación entre el quidditch y el deporte alternativo? Es claro que, más allá de los matices y desafíos analizados aquí, en el fenómeno estudiado parecen observarse algunas de las características de esta clase de prácticas. Pero también se manifestaron en él otros aspectos que, por el contrario, son incompatibles con la conceptualización de Jarvie.

Una opción aquí es entender esta combinación en términos de Williams (2000): como la persistencia de elementos propios de “lo dominante” (el mainstream), en sintonía con el señalamiento de Tomlison et al. (2005) para ciertos deportes alternativos. Pero esta idea de “reminiscencia” pasa por alto un aspecto clave de la definición de Jarvie: el factor voluntad/conciencia. Si, desde su visión, los practicantes desean permanecer apartados y defienden sus rasgos particulares, en nuestro caso se combina una adscripción (original) a la categoría deporte alternativo, junto con un rechazo consciente a que el quidditch persista en su estado actual. Se registran, además, diversas tentativas de transformar su realidad, que parecen contradecir las características que enumera Jarvie. Entonces, estas huellas de “lo dominante” no son herencias “indeseadas”, sino más bien rasgos de lo que se aspira a construir, inspirados en el deporte convencional. Así, el deporte moderno, en algunos de sus atributos, aparece como un modelo a seguir, la encarnación de aquella búsqueda de seriedad que aparecía en otros capítulos. Establecido esto, la mirada se traslada inevitablemente hacia el análisis de los aspectos propios de esta clase de deporte (Guttman, 2007) que se manifiestan en el quidditch.

Dos rasgos característicos del deporte moderno son la obsesión con el cord y la cuantificación. Su aparición en un supuesto deporte alternativo como el quidditch no es algo fuera de lo común: ya Rinehart y Syndor (2003) las observaban en su referido trabajo sobre esta clase de prácticas. No se trata solo de la mencionada premiación de jugadores y árbitros, donde se involucran estos sentidos y criterios, al premiar goleadores y al buscador que atrapa más rápido la snitch. Los equipos también se apropian de esto en sus propias actividades privadas. Por ejemplo, los Qymeras establecieron un régimen de entrenamiento durante 2021 que incluía una competición interna, con un consiguiente ranking, donde los jugadores se enfrentaban en unos Juegos Olímpicos Qymerales, midiendo tiempo y distancia en distintas pruebas (Qymeras Quidditch, 2021). Algo semejante ocurrió el mismo año con un entrenamiento de la selección, cuando se buscó constatar el estado físico de los participantes y compararlos. Esa tarde de verano en Palermo se pudo ver a los entrenadores con cintas de medición, libretas y silbatos. El registro de los tiempos y distancias era fundamental para las proyecciones deportivas: salto simple y triple, test de velocidad, test de Illinois (cambio de dirección con velocidad) y test de Course-Navette (conocido como “yo-yo test”) fueron evaluados.

Pero esto no termina aquí. Como ya fue señalado, el secularismo en el deporte refiere a su separación de los aspectos rituales y creencias propias de los viejos juegos populares. En el caso de nuestro objeto de estudio ocurre algo semejante: como ya indicaba Cuestas (2016), la dinámica propia del quidditch actual se aleja de aquellos comienzos en el CHP, donde este estaba subsumido a la lógica propia del club de fans, disputándose solo cuando aquel lo requería. Aunque existen vasos comunicantes, no solo está claro que se trata de dos espacios distintos, sino que el debate por el cambio de nombre y los intentos de alejarse de la saga evidencian este proceso de secularización, aunque no exento de contradicciones. La racionalización característica de los deportes modernos fue funcional a este proceso, un aspecto clave en los entrenamientos y la evolución del equipamiento. La distancia entre el quidditch de 2006 y el actual es bien registrada por los practicantes. Aquella vieja modalidad es observada hoy por muchos como algo más parecido a la recreación y a “jugar” a estar en un mundo ficticio. Algo totalmente distinto al deporte que hoy dice ser el quidditch.

Los Black Birds de Buenos Aires remarcan muy frecuentemente esto ya que, al entrenar en los Bosques de Palermo, suelen compartir el amplio espacio verde con otras actividades. Una de ellas son las que hacen los fanáticos de otra saga literaria juvenil, Percy Jackson.[30] Estos realizan representaciones de escenas de la versión cinematográfica y recrean las distintas competiciones que aparecían en la misma. Los integrantes de los Black Birds se diferencian claramente de estos fanáticos, quienes, en sus palabras, no estarían haciendo un deporte, sino mero recreacionismo. De acuerdo con lo observado in situ, la actividad consiste en una dinámica de captura la bandera. Según los actores, esta se realiza una o dos veces al año, en fechas homenaje a la saga. Si bien existen sistemas de puntos, esto es entendido como una adaptación. Además, según Karina Pratto, organizadora de estos espacios:

Chequeamos que no haya faltas, que no sean brutos entre ellos El parámetro es nuestro ojo. “Le pegaste mal, lo podrías haber hecho de otro modo”. No hay un reglamento escrito de nada. Si yo creo que te pasaste un poco te voy a marcar y vas a tener que retroceder en tu avance (K. Pratto, comunicación personal, 11 de diciembre de 2020).

A la carencia de reglas precisas se suma el hecho de que tampoco se observan roles definidos en los equipos, ya que la forma del juego, asociada a poderes mágicos, cambia momento tras momento. Por eso, no existe una preocupación grande por el registro o los cords: “Si lo hacemos pierde lo especial, un día especial que nos emociona” (Ibídem). Este es otro espejo en que se ven nuestros practicantes.

Otro aspecto que también acerca al quidditch a la idea de deporte moderno es el papel que muchos practicantes atribuyen a su actividad, similar a las concepciones más clásicas acerca del fenómeno deportivo. Recordemos que, en tanto actividad neutral, apolítica, democrática y civilizatoria, este aparecía tradicionalmente en los clubes y el Estado como una vía para evitar la propagación de la delincuencia o las adicciones entre la juventud, y lograr una vida saludable (Altuve Mejía, 2018; Turner, 2013; Frydenberg, 2011; Moreira y Daskal, 2017). Esta perspectiva se vislumbra en un proyecto que acompañó la emergencia de la AQArg en 2018. La asociación se proponía, luego de la obtención de la personería jurídica, la creación de un espacio físico propio que permitiese tratar una serie de cuestiones sociales de los barrios y motorizar donaciones:

El lugar no es solo para nosotros, sino para que chicos y jóvenes que no estén en la calle, tengan una actividad que hacer. Viste como es el deporte que ayuda a tomar responsabilidades, a dejar cuestiones nocivas como las drogas. También tener una biblioteca comunitaria, para dar clases de apoyo. Si llega a hacer falta, si lo vemos viable, una merienda a los chicos. Pero no es la idea central, se derivaría de lo otro (M. Cirio, comunicación personal, 21 de diciembre de 2018).

En términos del propio proyecto: “Un espacio de contención, integración social y cultural” (Asociación de Quidditch Argentina, 2018, p. 3). Vemos aquí la idea del deporte asociado a ciertos valores, en tanto espacio de contención, socialización y de “salida personal”. Esta idea fue importante en los últimos años y a ella remitió la citada jugadora cuando se sancionó en 2018 a un equipo que ingirió alcohol durante una competición: “Si el proyecto es dar un espacio más saludable a los chicos jóvenes, ellos ahí en plan escabio no da” (M. Cirio, comunicación personal, 21 de diciembre de 2018).

Otro de los rasgos fundamentales del deporte moderno es la especialización de los roles, que se observa especialmente en el plano organizativo, con la aparición de una organización burocrática institucional formal, tradicionalmente rechazada por los deportes alternativos. Su evolución histórica, desarrollada en el segundo capítulo, es una prueba de ello: el desplazamiento del primer director, quien centralizaba todas las tareas, en favor de una estructura diferenciada con departamentos y áreas claramente delimitadas. Eso sí, gestionada por los propios practicantes. Independientemente de esto, el funcionamiento está lejos de ser el ideal, como lo reflejan tanto los reclamos de los directivos para con los asociados y su falta de participación, como los de los jugadores para con la dirigencia.

Esto se expresa muy claramente en la debilidad del voluntariado en Argentina, lo que se contrapone con la realidad estadounidense y europea, donde estos colaboran en tareas de logística o difusión (Cohen, 2013). En nuestro país son pocos los deportistas que cumplen estas tareas, haciéndolo mientras están en sus descansos entre los partidos. Solo en casos muy especiales algunos contactos personales de los jugadores han colaborado con la fotografía de los eventos. Los problemas derivados de la participación voluntaria también se ven reflejados en la cuestión arbitral. Aquí no se trata tanto de una cuestión numérica, puesto que, de acuerdo con información que AQArg proporcionó recientemente a IQA, el 84% de los practicantes argentinos están habilitado para cumplir funciones arbitrales (International Quidditch Association, 2023). Más bien la cuestión radica en el enfoque que se da la tarea: “como si no quedase otra”. Existen equipos y jugadores que se niegan a arbitrar o “desaparecen” tras haberse comprometido a hacerlo. Hemos visto anteriormente el peso de esta tarea en los conflictos internos en este deporte. De acuerdo con el relevamiento realizado para este trabajo, el 40% de aquellos que alguna vez tuvieron esa función sufrieron cuestionamientos por su falta de neutralidad.[31] Algo semejante pasa con los snitch runners, ya que jugadores como Radamel de los Fire Ferrets afirman haberse ido de la cancha con bronca: “Hubo muchas situaciones en que uno decía ´la regaló´” (R. Gutiérrez, comunicación personal, 11 de agosto de 2018). Es que, a diferencia de otros países, todavía no existen individuos que se dediquen exclusivamente al arbitraje o a ser snitch, siendo estas posiciones “rehenes” en muchas ocasiones de las reyertas entre los equipos y jugadores. Por ejemplo, durante un torneo de 2021 un jugador debía dirigir contra su ex equipo, del cual había salido en malos términos. Estos fueron claramente derrotados y su capitán fue expulsado por “actitud antideportiva”. El árbitro tenía que jugar contra ellos en el próximo turno y, en un momento de la jornada, me confesó que temía ser lastimado por sus excompañeros, debido a que su conducción del partido había sido polémica.[32]

Esta clase de situaciones generan un gran malestar entre los jugadores y parecen predisponerlos mal para los encuentros, algo que pude observar participando como staff: insultos, actos de indisciplina con las autoridades, frustración, amenazas y llantos. Aquí el fenómeno de autoarbitraje que Sangiao (2022a) atribuye a los deportes alternativos aparece más como una consecuencia (problemática) de transformaciones institucionales (la salida de los dirigentes que no jugaban en ningún equipo), que una cuestión voluntaria o de principios. Inclusive, algunos practicantes plantearon la necesidad de establecer incentivos económicos para los árbitros, con el fin de conformar un cuerpo para estos fines, el cual eventualmente se abocaría solo a ello.

Finalmente, la igualdad de oportunidades para participar es importante para el deporte moderno. El propio García Ferrando (1990) señala que este atributo es el más polémico, puesto que persisten todavía desigualdades en el acceso. Aunque expresa optimismo, esto se debe a que observa el problema mayormente desde la dicotomía amateurismo elitista/deporte de masas. Las reivindicaciones y carácter del quidditch de “abierto e inclusivo” aparecen, sin dudarlo, como respuesta a la inconclusa “igualdad de oportunidades” que muestra el deporte moderno, identificado como el mainstream. Pero, aunque el quidditch se presenta también como un espacio en donde las personas, al margen de sus gustos, aptitud física y origen social, encuentran un entorno amigable y de crecimiento personal (Cohen et al., 2014), es claro que todo lo ya tratado sobre el género invita a la prudencia sobre este punto.

Los mencionados rasgos -también matizados- del deporte moderno, al combinarse con los del alternativo dan cuenta de un proceso claramente dinámico en esta práctica. Uno que por momentos puede parecer contradictorio. Esta es la tensión que observa Brunner (2015, 2016) en el caso del quidditch austríaco: una que se da entre la búsqueda de reconocimiento social y su anclaje en la “inclusión”, un aspecto contradictorio con el deporte mainstream. Esta es la llave para comprender la hibridez y fluidez del fenómeno; una situación transicional en donde se incorporan elementos de deportes “respetados” (Delle, 2015).

Es que los propios deportes alternativos, tal como los concibe Jarvie, se encuentran bajo el influjo de múltiples procesos que los afectan y que van transformando muchas de las características que los distinguían, pudiendo estos ser absorbidos por el orden de lo hegemónico, perdiendo su impulso “anti-convencional” (Rinehart, 2014; Wheaton et al., 2017). Esto es una contradicción fundante en esta clase de deportes: practicados como alternativas o subculturas, algo desafiante y motivador, pero por ello mismo atractivas para los medios y el mercado (Besnier et al., 2018; Heywood, 2007). Como bien explica Meikins Wood (2013), los mismos sectores que los crearon fueron fuertemente golpeados (“un clima general de desesperanza”) por la derrota del proceso revolucionario de los sesenta y por el ascenso de los regímenes conservadores en Estados Unidos y Europa, la “Nueva Derecha” de los ochenta y los noventa. Un nuevo contexto que, siguiendo a Callisnicos, transformó a la juventud sesentista radicalizada en verdaderos liberales; “el paso de la generación de las barricadas a la de los yuppies” (2019, p.323). Aquí también tuvo incidencia lo que el autor denomina “la oportunidad de un estilo de vida sobreconsumista”.[33] Todo esto no podría dejar de repercutir en el deporte.

Desde una óptica general, el proceso observado en el quidditch argentino permite recuperar lo señalado por Sangiao (2022a): la condición de alternativas de las prácticas adopta un carácter necesariamente contingente y transitorio. Esta se relaciona con el lugar y momento en que se indaga o realiza dicha afirmación. Como señalaba Hall (1984) respecto a lo planteado por Williams (2000) sobre lo emergente, es necesario ver la dinámica del proceso histórico; las fuerzas emergentes pueden aparecen bajo ropajes antiguos o ser recuperadas por lo dominante. En un texto posterior a To the extreme, Rinehart (2014) atribuye una aceleración del cambio en las prácticas a los avances (y aceptación) de la tecnología electrónica, los cuales facilitarían la identificación y mercantilización de estos deportes por parte del capital. En el quidditch encontramos una cierta disposición al reconocimiento y (¿por qué no?) cooptación por parte de la lógica del mercado y la institucionalización, lo cual invita a ser precavidos a la hora de adscribir a categorizaciones taxativas, universales o finales acerca de lo alternativo. Recuperando la sugerencia de Sangiao:

la condición de alternativo se presenta pues, inestable, contingente y potencialmente efímera, de modo tal que se vuelve necesario revisar en cada momento y lugar si la práctica analizada conserva rasgos alternativos, o bien si está pronta a ser absorbida por las modalidades hegemónicas de los deportes convencionales (2022a, p.11).

Otros autores van más allá y sostiene que el término alternativo podría ser simplemente algo transitorio hasta que esta práctica se vuelva mainstream y convencional (Cohen et al., 2018, p. 3). Inclusive, yendo más allá, es posible retomar la crítica de Altuve Mejía (2018) a la creación de múltiples rótulos de “deporte”. Para el investigador, estos son incapaces de expresar cosas por sí mismos, no existiendo de forma autónoma e independiente respecto al deporte basado en el rendimiento y el cord, el moderno. Estas concepciones carecerían de dinámica propia, viéndose obligadas a referirse a esta clase de deporte. En el caso de los alternativos, en clave de contraposición: sus principales características se desprenden de la negación del deporte convencional.


El ejercicio realizado en este capítulo nos colocó cara a cara frente a la hipótesis. Es claro que existe una erosión deliberada de ciertos rasgos propios de los deportes alternativos, en la medida en que el quidditch se profesionaliza, apareciendo en este mismo proceso caracteres típicos del deporte convencional. Sin embargo, también se manifiesta un deseo de conservar otros. Este ir y venir entre ambas categorías se expresa en el género, en el plano ideológico, organizativo y comercial. Los matices son múltiples. Por eso el resultado de esta indagación es una hibridez entre ambas alternativas conceptuales, lo que impide establecer taxativamente la pertenencia del quidditch a una u otra propuesta. Esta problemática, contemplada también por otros trabajos sobre quidditch, no descarta la utilidad de pensar el deporte moderno y el deporte alternativo. El diálogo con estas concepciones, a la luz de este contexto, no deja de ser pertinente, puesto que el interés no consiste en encorsetar los fenómenos, sino más bien en una tentativa de ordenar la discusión, contribuir a una mirada general del proceso que atraviesa la práctica investigada. Detectar los puntos en los que se debe focalizar para así conseguir caracterizar adecuadamente al fenómeno estudiado, espíritu que impregnará también la propuesta para pensar nuevas prácticas que aparece en las conclusiones.


  1. Parte de las discusiones de este capítulo fueron trabajadas como resultados parciales en los artículos titulados “Acerca de la pertinencia de pensar el quidditch como deporte alternativo” (Ibarrola, 2020a) y “Propuesta de abordaje conceptual para la investigación de nuevas prácticas deportivas” (Ibarrola y Sangiao, 2024). Agradezco la gentileza de la Mg. Gisela Sangiao al permitirme recuperar aquí parte de lo elaborado juntos.
  2. Otros autores (Esparza, 2010) consideran que los griegos no hacían deporte, sino que practicaban gimnasia, la ejercitación del cuerpo mediante la repetición de movimientos organizados y conducidos.
  3. Esta visión, que asocia un proceso histórico de conformación del capitalismo con una transformación en ciertas prácticas que darían lugar al deporte que llaman “moderno”, suele presentarse como universal. Sin embargo, de acuerdo con Besnier et al. (2018), en cada situación se expresan tensiones entre estas tendencias universalizantes, propias del desarrollo capitalista, y los particularismos, característicos de las naciones que albergaban estos nuevos fenómenos. Algunos autores han profundizado en el impacto local de este proceso de “difusión lúdica” (Guttman, 1994). Destaco el abordaje de Sazbón y Frydenberg (2018), quienes analizan cómo se dan permanencias y continuidades de formas materiales y mentales antiguas (medievales) en el deporte, interrogándose por la situación argentina, donde aquellas viejas organizaciones sociales no existieron. Algo semejante insinúan Garriga Zucal y Levoratti (2019), quienes se preguntan por cómo sucedió esa modernidad en nuestro país en relación a la clásica asociación entre ese fenómeno y el deporte.
  4. “El deporte exige la fluidez del mercado, donde se disuelven todas las barreras corporativas, donde se volatilizan todos los obstáculos institucionales que impiden a los hombres, a las mercancías y a las ideas el intercambiarse libremente (…) el deporte exige orgánicamente la noción práctica y teórica de individuo libre y jurídicamente dueño y poseedor de sí mismo y de sus bienes” (Brohm, 1982, p.45)
  5. En este sentido, Brohm refiere al deporte como el positivismo “institucionalizado del cuerpo”, el “sistema cultural que registra el progreso corporal humano objetivo (…) el museo de las actuaciones, el archivo de los éxitos a través de la historia” (1982, p. 11).
  6. Besnier et al. (2018) son críticos de la concepción de Guttman. Al incluir prácticas que se relacionan con lo ritual dentro del mundo deportivo, los autores descentran la competición como rasgo del fenómeno del deporte. La visión de los autores se opone a una idea de progreso del deporte en la cual este abandona gradualmente sus formas anticuadas. Al contrario, encuentran varios rasgos pretéritos en la actualidad, como el espectáculo y la celebridad de los participantes. Del mismo modo, matizan la importancia del cord, ya que su registro es encontrado en otras épocas, aunque “lo que indudablemente es moderno es el sistema burocrático que registra los cords a escala local, nacional y global” (Besnier et al. 2018, p. 53).
  7. Para Brohm (1982), el deporte adquiere su carácter político en tanto fenómeno inserto en un sistema social dado: el modo de producción capitalista. Propone estudiarlo como parte de la sociología política.
  8. Brohm afirma que bajo esta lógica:
    “…los aficionados al deporte en un terreno de juego ya no son obreros, campesinos, patronos, sino aficionados al deporte a secas, unidos fraternalmente bajo la misma bandera, al igual que se considera que las barreras de clase desaparecen bajo el mismo uniforme militar” (1982, p.125).
  9. Barbero González (2012) relaciona los postulados tradicionales en torno a este fenómeno con un darwinismo social, la lucha por el mejoramiento de “la raza”, ante el “declive” producto de las migraciones y las exigencias de la vida moderna. La idea central aquí es que estas prácticas permitirían aumentar las posibilidades de éxito en la “lucha por la vida”
  10. Realizo esta afirmación sin por ello desconocer que los deportistas también pueden divertirse o gozar. Pero estos elementos no son los primarios en la medida en que este proceso se consolida.
  11. Guttman apunta que, pese a la retórica de la igualdad, ninguna de las federaciones del deporte obrero hizo esfuerzos serios para reclutar mujeres, exhibiendo una actitud semejante a la del deporte “burgués”: “La naturaleza ha dado a la mujer la más alta y más bella vocación: la reproducción de la raza humana” (Guttman, 2007, p. 283).
  12. Este rasgo se reflejaba en la existencia de dos organizaciones mundiales: la Internacional Roja del Deporte y la Gimnasia, vinculada a los comunistas, y la Internacional Deportiva Obrera, de los socialistas. Ambos agrupamientos se esforzaban por combatir al deporte “burgués”, incluso organizando sus propias competiciones. En el caso comunista, una contra-olimpiada llamada “espartaquiada”, presentada como una demostración física y deportiva, preparatoria para la lucha por el socialismo. Ella incluía también contenidos no estrictamente deportivos, como eventos militares, bailes folklóricos y otras actividades no competitivas (Edelman, 1993).
  13. La cultura física o Fiskultura era la denominación para el deporte y la actividad física educativa y recreativa que no estaba influida por el capitalismo, la cual pretendía fomentar la práctica de actividades físicas entre los trabajadores (Truan, 2008).
  14. El énfasis en la competición iría acompañado del estímulo stajanovista (movimiento que promovía la productividad laboral individual), mediante el programa “Preparación para el Trabajo y Defensa de la URSS”, que en 1935 estableció una clasificación (revisada cada cuatro años, como un periodo olímpico) para reflejar los nuevos estándares de perfección alcanzados en el deporte. El programa reconocía la competición en 15 tipos de eventos, vinculados a lo militar, la higiene y el deporte (Sparks, 2009). Como era de esperarse, esto dio lugar a la aparición de modelos y estrellas idolatradas por las multitudes.
  15. Siguiendo con esta línea de interpretación, la idea de los “treinta años gloriosos” en los llamados “países desarrollados” (1945-1975) esconde un importante marasmo económico en Europa y una gran fluctuación política, producto del intento de estabilización capitalista que fue la introducción del Estado de bienestar. El déficit crónico (producto de la guerra de Vietnam y reconstrucción europea) y caída de las reservas estadounidenses, junto con la devaluación de la libra, fueron algunos síntomas de la incapacidad de sostener el nuevo régimen. Estos se expresaron, por ejemplo, en 1965, cuando el presidente francés reclamó volver a un sistema monetario internacional respaldado en la reserva de oro, exponiendo la necesidad de revisar los acuerdos económicos de la posguerra que estaban llevando al endeudamiento y la inflación. Del lado soviético se venían produciendo revueltas de la población frente a los abusos laborales, purgas y censuras de la burocracia estatal. Estas fueron brutalmente reprimidas, pero expresaron síntomas de la imposibilidad de sostener un “aparato” que pretendía establecer un férreo control sobre la totalidad de la vida.
  16. De acuerdo con Meiksins Wood, la influencia de los teóricos franceses rotulados como “postestructuralistas” (Derrida, Foucault y Deleuze) fue notoria. Estos:
    enfatizaron el carácter fragmentario, heterogéneo y plural de la realidad, negaron al pensamiento humano la capacidad de alcanzar una explicación objetiva de esa realidad y redujeron al portador de este pensamiento, el sujeto, a un incoherente revoltijo de impulsos y deseos sub y transindividuales (2013, p. 37).
  17. El COI fue parte de una campaña internacional contra el apartheid.
  18. “Actividades deportivas que promovían la práctica relacionando deporte-tiempo libre-medio ambiente, fue así como surgieron en parte los juegos extremos o x-games los cuales en mayoría son realizados en verano, aprovechando las condiciones climáticas, la playa e inclusive el viento para actividades como windsurf, entre otras” (Rojas Correal, 2014, p. 38).
    Se los denomina de este modo por su origen geográfico y cultural.
  19. Los lifestyle sports pueden implicar una reinterpretación de los espacios deportivos convencionales, ser nuevas prácticas sin antecedentes o incluir la práctica extrema de deportes ya existentes. Para una lista exhaustiva ver Tomlison et al. (2005, p. 17-22).
  20. Barbero Álvarez (2000) caracteriza que estas prácticas han estado alejadas de las clases debido a que son desconocidas por los profesores, son ajenas al entorno de los alumnos o son relativamente nuevas y ni han sido promocionadas aún. Este es un criterio similar al que utiliza Olivero (2019) para hablar de deportes no convencionales, otorgando responsabilidad a los medios de comunicación y los mercados financieros por su desconocimiento, señalando que este rótulo es relativo a la geografía.
  21. “Aquel que no se halla sujeto a los círculos tradicionales de fabricación para el campo de las actividades físicas deportivas o recreativas o, en el caso de que, si lo estuviera, aquel que recibe un uso distinto al que tenía cuando se diseñó” (Barbero Álvarez, 2000, p. 3).
  22. Ejemplos concretos de esto pueden encontrarse en Thorpe y Rinehart (2010) donde, mediante asociaciones no lucrativas, los deportistas tratan temas como salud, educación, medio ambiente y guerra. En ocasiones se valen de las nuevas tecnologías para dichos fines.
  23. Sangiao (2022a; 2022b) considera que estos rasgos son propios de la modernidad tardía: la exacerbación de lo subjetivo y lo intersubjetivo, la voluntad compartida de identificación y diferenciación, la tendencia a la desinstitucionalización, la resistencia de estas prácticas a una delimitación clasificatoria y su carácter inestable, transitorio, lábil, endeble o fluido.
  24. Además, otros actores abordan al quidditch bajo la premisa de que es un deporte alternativo. En 2021, un estudiante de producción en ETER se acercó a los Black Birds para hacer una nota para su canal de YouTube (el desaparecido Alter Sports) que se “proponía crear una red de cobertura de todos los alternativos”. Haciendo de ´periodista-personaje´, el futuro periodista se proponía ir a jugar y filmar en primera persona.
  25. En referencia al conflictivo uso de la palabra quidditch, esta no aparecía en los productos.
  26. Los pocos casos en los que esta relación fue rechazada, se lo hizo en favor de mantener el “carácter no lucrativo” del deporte.
  27. Allí se produjo una paradoja: medidas de tipo comercial (el desarrollo de una nueva marca con el fin de atraer inversiones) permitieron al quidditch conservar el control del deporte por parte de los jugadores.
  28. Más allá del buscador, muchas veces este equipo ideal se selecciona de manera subjetiva, sin respetar los cupos de género, o siempre poniendo más varones, situación que ha molestado a distintos practicantes.
  29. A este practicante también le impresionó el nivel de competición entre los equipos argentinos: en un evento internacional, un equipo decidió presentar suplentes para perjudicar a otros compatriotas, poniendo en su camino a poderosos rivales en la siguiente ronda.
  30. Creada por Rick Riordan, cuenta las aventuras de un chico de doce años, Percy Jackson, que descubre que es un semidiós; hijo de una mortal y del dios griego, Poseidón. Percy y sus amigos realizan una búsqueda para prevenir una guerra apocalíptica entre las deidades.
  31. En una planilla de partido de la Copa del Sur 2019 registré el siguiente comentario de un capitán de uno de los equipos participantes: “Observaciones: los golpeadores del equipo contrario se aprovechaban del descuido de los réferis y no volvían a los aros cuando los ´quemaban´”.
  32. Este clima se agravó, ya que durante el partido que finalmente terminó disputando lesionó gravemente a un rival. La falta no fue cobrada, pero el jugador quedó inactivo por meses. Luego se hizo una presentación al Tribunal de Disciplina denunciando un tackle mal intencionado, denuncia que no prosperó.
  33. Peter Sloterdijk sentencia “todos los caminos del 68 conducen en último término al supermercado”. A partir de entonces, la diversidad de ofertas comerciales se reflejó en la emergencia de estilos de vida acorde (Nymoen y Schmitt, 2022).


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