Dos documentales que actualizan antiguas historias mapuche
Adrián Moyano
1. Introducción
Aunque ajeno al ambiente audiovisual, en un lapso aproximado de cinco años tuve la oportunidad de elaborar el guion de dos documentales que no solo llegaron al estreno, sino que en la actualidad (fines de 2025) se afirman como herramientas para la difusión de la cultura mapuche. Mankewenüy, Amiga del cóndor (2021) y Vuelve a navegar el wampo (2022) contaron con prácticamente el mismo equipo técnico, pero la primera película tiene como protagonista a la cantora mapuche Anahí Rayen Mariluan y la segunda al lof (comunidad) Quintupuray. Las dos transcurren en el noroeste de la Patagonia.
En los párrafos que siguen comparto la génesis y parte del proceso de las dos, en ambos casos relacionadas con mi cuarto libro: Por su valentía se llaman tigres. Indios rebeldes en el País del Nahuel Huapi (Caminalucis, 2019). Aunque de manera distinta, las dos tramas tienen que ver con la historia de los antiguos puelche de la zona lacustre, expresión territorial del pueblo mapuche que se caracterizó por una cultura navegante y por no padecer nunca sujeción colonial a manos de España. Además, por cantar y mantener una estrecha relación con los demás seres, animados o no, de su espacio territorial.
2. Vencer el paso del tiempo
En Argentina, los sectores que se afirman como sus adversarios niegan la preexistencia del pueblo mapuche respecto del Estado. A pesar de décadas de estudios académicos y de las narraciones que los propios mapuche hacen de su historia, se descalifican sus demandas territoriales actuales con el latiguillo “los mapuches vinieron de Chile”, es decir, se les adjudica extranjería. Con esto en mente y dado que el estigma parecía inconmovible, aquella mañana estaba particularmente exaltado. Era verano, la intensidad de la luz diurna ya estaba instalada y transcurría el período vacacional para los demás integrantes de mi familia, que aún descansaban. Yo leía los diarios de viaje de Francisco Menéndez, un sacerdote franciscano que desde Chiloé viajó en repetidas oportunidades en dirección al lago Nahuel Huapi, a cuyas orillas se levanta Bariloche, la ciudad donde vivo. Su primer intento resultó infructuoso, es decir, si bien alcanzó con su gente a trasponer la cordillera, el periplo resultó tan agotador que la expedición decidió retornar a su punto de partida en Castro (Chile). En 1792 tuvo lugar el segundo viaje y en aquella oportunidad, en lugar de seguir el legendario Camino de los Vuriloches, los españoles de Chiloé se aventuraron por el antiguo Camino de las Lagunas, que alterna tramos fluviales, terrestres y, precisamente, lacustres. Reconstrucciones del mismo viaje que se hicieron en 1856 y en 1899 establecieron que el contingente del religioso, conformado mayoritariamente por soldados y milicianos coloniales, tocó el Nahuel Huapi donde actualmente se erige Puerto Blest, un sitio de belleza paisajística incomparable que en la actualidad es meca de excursiones turísticas muy concurridas.
Para sintetizar, diré que los forasteros exploraron muy someramente lugares que hoy forman parte del oeste del ejido municipal barilochense y luego retomaron la navegación, hasta que, en enero de aquel año, divisaron humaredas y senderos en cercanías del río Ñirihuau, que en el presente deslinda las jurisdicciones municipales de Bariloche y Dina Huapi. El grupo se internó unos dos kilómetros, siempre con el río a la vista, hasta que fue avistado por un jinete. El encuentro no demoró en producirse y a la hora de anotar sus experiencias, Menéndez llamó “indios puelches” a sus sorprendidos e importunados anfitriones y señaló que su “cacique” respondía al nombre de Mankewenüy, aunque lo escribió de otra manera. El significado más corriente de puelche es “gente del este” en mapuzungun, la lengua del pueblo mapuche, mientras que el nombre de aquel lonco quiere decir “Amigo del cóndor”. En el contingente que respondía a las autoridades coloniales españolas había “indios amigos” de Chiloé, que también se expresaban en mapuzungun y que, más allá de probables variedades dialectales, se entendieron sin inconveniente alguno con los puelche. De hecho, en la noche que siguió al encuentro, el sacerdote se quejó porque unos y otros parecían “compadres” y cantaron en conjunto hasta altas horas. Para mí, se trataba de un hallazgo de importancia, porque ratificaba la presencia mapuche en el área del Nahuel Huapi cuando todavía faltaban 18 años para la Revolución de Mayo de 1810, momento insurreccional que primero dio origen a las Provincias Unidas del Río de la Plata y, varias décadas más tarde, al Estado argentino tal como se conoce en el presente. Una evidencia más de la preexistencia.
Cuando Anahí Mariluan, mi compañera, despertó, estaba ansioso por compartirle los párrafos reveladores de la crónica. Leí en voz alta, con el acento puesto en la localización de las viviendas mapuche o tolderías y en la cuestión cronológica, es decir, en que 128 años antes de que se reconociera la existencia formal de San Carlos de Bariloche (1902), existían por aquí poblados mapuche. Pero ella, mujer y cantora, prestó atención a otros aspectos que, en las primeras lecturas, no fueron relevantes para mi apreciación. Cuando estuvo frente a frente con Menéndez y sus compañeros, Mankewenüy había preguntado si los visitantes venían “de paz y buen corazón” y, obviamente, la respuesta de los recién llegados fue afirmativa. En un segundo momento, cuando se sumaron al grupo mujeres puelche, volvieron a formular la misma pregunta y, al insistir los hispanos con la afirmativa, obsequiaron un canto a manera de bienvenida. Anahí reparó en la calidad y reiteración de la pregunta: ¿vienen de paz y de buen corazón? Y también se preguntó qué canto habrían entonado aquellas mujeres. En aquel momento no podíamos saberlo, pero tiempo después esos interrogantes matinales se convirtieron en la génesis de un documental: Mankewenüy, Amiga del cóndor.
No es que ahora destile experiencia, pero por entonces, 2017 o 2018, mi relación con el ámbito cinematográfico era solamente periodística. Junto con María Manzanares, con quien había concretado algunos videoclips, Anahí tenía la intención de concretar un documental que se centrara en su tarea como música integrante del pueblo mapuche, pero no daban con la historia a contar. Se me dificulta reconstruir la cronología, pero en algún momento concluimos que desenredar la madeja a partir de los sucesos de 1792 podía desembocar en una buena trama, es decir, desentrañar cuál sería el canto de bienvenida que obsequiaron las mujeres puelches a los hispanos de Chiloé y si estaría vigente en la actualidad. También nos pareció atractivo indagar en por qué una autoridad política mapuche llevaría un nombre tan cautivante: Amigo del cóndor. El diario de viaje de Menéndez fue una de mis fuentes de importancia para nutrir mi libro, en cuyas páginas establecí que el interlocutor del sacerdote fue el tercero del mismo nombre en un lapso de aproximadamente cien años. No me parece oportuno explayarme sobre el tema aquí, pero otra autoridad mapuche del mismo nombre pereció junto con el sacerdote Nicolás Mascardi en un enfrentamiento entre grupos mapuche antagónicos que tuvo lugar en 1673 y otro Mankewenüy fue decisivo en la destrucción de la misión jesuita que se había instalado en cercanías del lago, hecho que tuvo lugar en 1713. La reiteración de nombres indica que estamos frente a un kupalme o linaje, el linaje de los amigos del cóndor.
Los lineamientos centrales estaban: una joven cantora mapuche del siglo XXI se lanzaría a despejar las incógnitas, ocultas por el siglo de silenciamiento que se abatió sobre su pueblo después de la Ocupación de la Araucanía en Chile y de la Campaña al Desierto en la Argentina, pero el guion no aparecía. Hasta entonces, no estaba prevista mi participación en el proyecto. Le consulté a un experimentado realizador cinematográfico que reside en Viedma si nos podía recomendar algún guionista que conociera mínimamente la cultura mapuche para encomendarle la tarea y su respuesta fue concluyente: “tenés que escribirlo vos”. Finalmente, acordamos con el productor que yo desarrollaría un guion literario y que una joven que había completado los estudios pertinentes adecuaría mi texto al lenguaje técnico que se requería para presentar la solicitud de fondos al Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (INCAA).
A grandes rasgos, pensamos que Anahí se desplazara a los dos lados de la frontera en la búsqueda de las respuestas para que el/la espectador/a entendiera que a pesar de los límites estatales y aunque plural, la cultura del pueblo mapuche es una. También imaginamos que sostuviera una serie de charlas con personas de saberes distintos: un machi que pudiera abordar la cuestión desde el feyentun o espiritualidad mapuche, un biólogo especialista en cóndores, gente que estuviera en condiciones de aportar miradas históricas sobre el devenir mapuche del largo plazo, ancianas que conocieran cantos antiguos e, inclusive, un guardaparque cuyo destino habitual son ciertas alturas cordilleranas con los cóndores como vecinos. Dado que la música es al final su protagonista, el documental incluiría segmentos de conciertos o de grabaciones en estudio.
Las primeras imágenes se rodaron en Puerto Blest, jurisdicción del Parque Nacional Nahuel Huapi, y si bien no pasó tanto tiempo, por entonces era una novedad contar con drones que permitieran tomas aéreas, pero muy pronto advertimos que no debíamos poner los medios instrumentales en un lugar que desviara la atención sobre la historia que queríamos narrar. Hubo otras imágenes que se tomaron durante el invierno en la zona adyacente al cerro Otto después de una bella nevada, y de esa forma se armaron los primeros fragmentos para presentar al INCAA, que, a fin de cuentas, apoyó el proyecto. Sin embargo, nos encontramos con una dificultad que nadie podía prever hasta fines de 2019: la pandemia. Las restricciones sanitarias que se resolvieron para hacerle frente interrumpieron el rodaje por varios meses y, si bien se extendieron los plazos de entrega, hubo que rediseñar el guion para que la filmación no se estirara en el tiempo y, además, para cumplir con las formalidades. El ascenso en la zona de Cochamó (Chile), donde trabaja aquel guardaparque vecino de los cóndores, quedó en el tintero, al igual que una escena final en la que había previsto una reunión de mujeres en la Línea Sur, en cuyo transcurso, casetera mediante, Anahí Mariluan encontraría el tayül del manke al aflorar el canto colectivo en sus anfitrionas.
Con ese nombre ―Línea Sur― se conoce una zona del interior de la provincia de Río Negro que responde al estereotipo de la Patagonia: vastas extensiones de mesetas y estepas escasamente pobladas, con localidades muy pequeñas y alejadas entre sí. La designación tiene reminiscencias ferroviarias porque en determinado momento de la historia, el ramal que la recorre era el más austral de la Argentina. A lo largo de su recorrido, su territorio tiene decenas de comunidades mapuche y, sobre todo en la gente relativamente anciana, la cultura mapuche está muy viva. Tayül es un canto particular que se entona en determinadas circunstancias, generalmente ceremoniales.
Finalmente, tuvimos que limitarnos a la participación de una sola pillankuze: Raquel Felipín. Con esa palabra mapuche se designa a las mujeres ancianas que son depositarias de la sabiduría de su pueblo. Recogimos el testimonio durante el verano siguiente, en su territorio de veranada. En algunas comunidades mapuche que todavía preservan espacios suficientes, el ganado supera los inviernos en las zonas más bajas, menos expuestas a nevadas e intensos fríos. Durante la estación cálida, se va en busca de pasturas en los faldeos de los cerros o en los cañadones. La familia de Raquel nos condujo a un paraje de ensueño a la vista del cerro Chachil, que se levanta a unas horas de Zapala (Neuquén). A la sombra de unos pehuenes, la abuela dialogó con Anahí por un largo rato y, más allá de los aspectos cinematográficos, el hecho era conmovedor en sí mismo: la generación que quizá llevaba un siglo sobre el Wallmapu transmitía sus conocimientos a la que retomó la continuidad cultural que interrumpió el genocidio. Desafortunadamente para mi criterio y a pesar de mis sugerencias, el corte final de Mankewenüy, Amiga del cóndor no otorga a la participación de Raquel la importancia que tenía, a la vez que se extiende en otros testimonios o pasajes que se alejan de los puntapiés iniciales: ¿cuál sería el canto que entonaron aquellas mujeres en 1792? ¿Está vigente en la actualidad?
No voy a convertirme en crítico de la película que guioné, simplemente mencionaré que las clásicas tensiones entre guionista y director estuvieron a la orden del día y que el escrito original se pierde durante buena parte del documental. La voz en off de la protagonista, un recurso que generalmente preferiría evitar, terminó por convertirse en el sostén de la trama. Así y todo, me consta que el filme es capaz de emocionar. Acompañé sus proyecciones no solo en Bariloche, sino también en otros sitios e inclusive en Alemania, y a pesar de la disparidad de público, constaté que los aspectos que afloran de la antigua cultura mapuche, la sobrecogedora belleza de las geografías que habitamos, la grandiosidad del cóndor y, sobre todo, la sensibilidad humana y artística de Anahí Mariluan conmueven a las audiencias. En mapuzungun el problema del género no es tan acuciante como en el castellano y wenüy puede significar tanto amigo como amiga, de manera que el título surgió de manera casi espontánea mientras la cantora mapuche desplegaba su búsqueda. Y sí, el tayül del manke, que muy probablemente cantaran las mujeres puelche en el verano austral de 1792, venció el paso del tiempo y persiste en la memoria musical de ancianas como Raquel Felipín. Quizá gracias a la película y su protagonista, ahora lo entonen nuevas voces.
3. Un wampo se escapó del museo
Desde que comenzó la convivencia forzada entre europeos y pueblos indígenas, entre los primeros primaron estereotipos. Responsabilidad de la elite que se apoderó del Estado en Argentina a partir de 1861 (Batalla de Pavón) y cultura popular del siglo XX mediante, el sentido común representa al mapuche como un pueblo guerrero y a sus hombres como jinetes, provistos de largas lanzas y ataviados con makün (ponchos) o bien desnudos de la cintura para arriba. Esa imagen puede ser valedera para buena parte del siglo XIX, pero en realidad, a la llegada de los españoles 300 años antes, en el occidente de la cordillera las comunidades mapuches eran navegantes y agricultoras. Aunque nunca conformaron pueblos abigarrados, las poblaciones se desperdigaban en cercanía de los lagos y ríos que caracterizan al actual sur de Chile. Buena parte de las comunicaciones e intercambios comerciales se llevaban a cabo a través de embarcaciones de diversa índole, entre ellas el wampo o canoa de un solo palo; monóxila, según la denominación de la arqueología.
Para el este de la cordillera, sobre todo las crónicas que escribieron jesuitas y soldados españoles dan cuenta de la presencia de embarcaciones en el lago Nahuel Huapi desde 1620 en adelante, aunque investigaciones arqueológicas establecieron que la isla Victoria ―la Nawel Wapi original― contó con población humana 2.000 años antes del presente. Trabajos de arqueología subacuática que se practicaron sobre fines del siglo XX encontraron varios wampo en playas de Bariloche y otros espacios lacustres de la región (Fernández C., s/f). Incluso hasta fechas tan tardías como la así llamada Campaña al Desierto (1879-1885), partes militares apuntan la presencia de canoas en la zona de influencia del lago Lácar (San Martín de los Andes) (Ministerio de Guerra y Marina, 1983).
Presenté el libro en el que recreo estas alternativas en los últimos meses de 2019 en Villa La Angostura (Neuquén). Entre el público estaban varios integrantes del lof Quintupuray, entre ellos, su joven lonco Lucas. El espacio territorial de la comunidad queda en el noroeste del lago Correntoso, un área muy atractiva turísticamente que está comprendida en la denominada Ruta de los Siete Lagos. Por entonces, Lucas oficiaba de carpintero y daba sus primeros pasos en la talla artesanal de la madera. Al momento del intercambio con el público y las preguntas, se interesó por saber si en las antiguas crónicas estaban descriptas las formas de construir los wampo. Respondí que no me había detenido especialmente en esas técnicas, pero que, efectivamente, cronistas como Diego de Rosales habían consagrado varios de sus párrafos no solo a describir los diversos tipos de embarcaciones, sino también sus metodologías de construcción. Quedé en localizar esos tramos de su extenso escrito para satisfacer su inquietud.
El episodio se recreó luego en el documental, aunque en otra circunstancia: un asado de fin de semana en el exterior de la casa de Lucas y la presentación del libro se sustituyeron por una entrevista radiofónica que se ideó en los estudios de Radio Nacional Bariloche, con el lonco y tallador como atento oyente. Al igual que en Mankewenüy, Amiga del cóndor, varios de los acontecimientos que finalmente se rodaron y quedaron en la película ocurrieron realmente, si bien hubo que reconstruirlos.
A diferencia de la primera obra, en la que generalmente tratamos con interlocutores individuales, el conjunto de la comunidad se involucró en la realización, de manera que más allá de mi rol de guionista y como un integrante del equipo de producción que lleva largos años en el activismo al interior del movimiento mapuche, hice ver que era menester respetar los tiempos de deliberación que caracterizan a la manera mapuche de tomar decisiones, no siempre coincidentes con los de la actividad audiovisual. Hubo además otro condicionamiento con el cual no tuvimos que lidiar con ocasión del primer trabajo: como hacia 2021 el INCAA afrontaba un período de crisis, la producción decidió postular a otros fondos que se implementaron desde el entonces Ministerio de Cultura de la Nación. El proyecto resultó seleccionado, pero las características de la convocatoria impusieron ciertos condicionamientos: el documental debía entregarse en un lapso de seis meses, el guion debía pasar por instancias de supervisión y el producto final no debía superar determinada extensión, ya que su estreno se produciría por un canal público de la televisión por cable.
De manera que los tiempos se aceleraron por factores externos. Al tener que rodar durante los primeros meses de 2022, tuvimos que descartar imágenes que habíamos pensado en contextos invernales. En la zona lacustre del noroeste patagónico el invierno y sus nevadas son atractivos en sí mismos, así que los tiempos de la burocracia estatal incidieron indirectamente en la trama. También lo hizo de manera menos sutil: si bien los antepasados de los Quintupuray residen en el área desde fines del siglo XIX, a partir de 1934 los espacios territoriales donde desarrollaban su vida quedaron en jurisdicción de Parques Nacionales, un proyecto de la elite que había retornado al poder político en Argentina después del golpe de Estado de 1930. Aunque de fundamentos conservacionistas, para las familias mapuche y pobladores de otros orígenes, el establecimiento de la institución implicó desalojos, presiones de toda índole, restricciones a sus actividades de subsistencia y, finalmente, migración forzada. La comunidad protagonista estuvo al borde de la disgregación como consecuencia de esas políticas, que más allá de matices según las épocas y gobiernos, continúan en la actualidad. El texto original incluía instancias en las que integrantes del lof, de manera colectiva o individual, ponían en común qué significó Parques Nacionales en su historia. Sin embargo, en una de las instancias de supervisión del guion se nos dijo textualmente: “no queremos problemas con Parques Nacionales”, de manera que afrontamos un episodio no tan sutil de censura previa. De todas formas, era otra la historia central.
En definitiva, Vuelve a navegar el wampo refleja la decisión de la comunidad Quintupuray de construir una canoa a partir de un tronco de coihue, como seguramente hicieron sus mayores hasta la introducción de los aserraderos. El documental retrata cómo surgió el interés en el lonco Lucas, de qué manera se interiorizó en los aspectos históricos que hacen a la faceta navegante de su pueblo, cómo el conjunto de la comunidad hizo suyo el proyecto y, después, de qué formas se trabajó para convertir aquel árbol enorme en una embarcación capaz de transportar a cuatro personas. En el transcurso del rodaje, Anahí Rayen Mariluan concibió un canto que ya quedó en la historia: Ragni koiwe, ragni ko mew (medio coihue, en la mitad del agua).
Hubo otros acontecimientos históricos derivados. Para después de la botadura del árbol, imaginamos una travesía entre el espacio territorial de la comunidad protagonista y una playa que está bajo control de la comunidad Paichil Antreao, aunque en litigio con la Municipalidad de Villa La Angostura. No solo era una manera de reivindicar el lugar como parte del territorio de la comunidad afectada, buscábamos poner de relieve que el lago también es territorio mapuche y llamar la atención sobre una antigua configuración territorial que la llegada de las instituciones estatales había modificado menos de 100 años atrás. A medida que se aproximaba el momento decisivo, se generalizaba una sensación en el conjunto de los participantes: que se volviera a navegar el lago Correntoso mediante un wampo seguramente iría a despertar otros newen. Así se llama en la cultura mapuche a las fuerzas o energías de la naturaleza, para el caso en cuestión, las del lago cuyo newen se convocaría para que la navegación fuera propicia.
La travesía histórica se concretó el 17 de abril de 2022. La jornada arrancó temprano, con una ceremonia en cuyo transcurso se pidió permiso al gnen (guardián) del lago para surcar sus intimidades y que el wampo fuera bien recibido. También se anheló que los distintos newen del espacio territorial favorecieran a los cuatro tripulantes: el lonco Lucas, Gustavo Cayun Pichunlef, Martín Flores y la pequeña Guadalupe, hija de Martín y de Roxana Quintupuray. La cámara respetó los momentos íntimos del ritual y se limitó a registrar el canto colectivo y la partida de la embarcación durante un momento de ensueño: la quietud de las aguas, la niebla costera que se desvanecía ante los primeros brillos del sol, el sonido de los instrumentos tradicionales mapuche, los afafan o gritos de aliento y, en definitiva, el esplendor de la naturaleza en su conjunto.
Un equipo de filmación acompañó a la embarcación ancestral en otra contemporánea, mientras que otro segmento se dispuso en la playa del lof Paichil Antreao. La noticia de la inusual navegación se había difundido y, de a poco, se comenzó a congregar gente en el punto de llegada. No solo mapuche, sino del conjunto de la sociedad con carácter solidario, y también unos cuantos curiosos. Durante cinco horas se extendió el periplo lacustre, pero solo después supimos del cansancio de los remeros. La espera se hacía larga, hasta que comenzó a divisarse un puntito en el horizonte, agrandándose muy lentamente, pero sin pausa. Cuando estuvo claramente a la vista, se multiplicaron los toques de cultrún, los cantos y los gritos de aliento. Para nuestra sorpresa y perplejidad técnica, varios kayaks y canoas modernas salieron para acompañar al wampo en los últimos tramos de su vuelta a la vida. Los últimos tramos fueron apoteóticos y cuando finalmente tocó la orilla, las emociones se desbordaron. Recuerdo que se acercó un pequeño, rubiecito y descalzo, que seguro interpretó mal mi llanto e intentó consolarme: “no llores más”, me dijo. Creo que, con el documental, conseguimos generar en el público emociones semejantes. Habíamos actualizado el pasado remoto, habíamos logrado que un wampo se escapara de los museos, habíamos arrinconado un siglo de silencio.
Días antes de finalizar este texto, trabajadores de la educación que se desempeñan en el Instituto de Formación Docente de Villa La Angostura me confiaron que habían proyectado Vuelve a navegar el wampo recientemente (fines de 2025). Quizá sea difícil de comprender fuera de Argentina, pero desde que se estrenó la película, algo más de dos años atrás, la atmósfera política cambió sustancialmente. La agenda antiderechos que se impulsa desde el gobierno nacional incluye a las demandas indígenas y, si bien nunca se habían desvanecido del todo, volvieron la discriminación, las estigmatizaciones, los desalojos concretos de campos en litigio, las persecuciones judiciales, el despliegue de fuerzas de seguridad, la represión y el racismo en toda su plenitud. No pensamos en la película como una herramienta para enfrentar a la renovada ofensiva antimapuche que se desató a partir de 2024, pero nos dicen que así funciona: jóvenes estudiantes que la ven, quizá todavía no tan contaminados de odio, se conmueven, se sorprenden, quieren saber más, la valoran, la aprecian… En los hechos y en la pantalla, volvió a navegar un wampo y puso contra las cuerdas al olvido.
4. Conclusión
Quizá no sea pertinente que sea su guionista quien formule la apreciación, pero con sus aciertos y tropiezos, sus fortalezas y debilidades, Mankewenüy, Amiga del cóndor junto con Vuelve a navegar el wampo son eficaces al poner en evidencia la inagotable vitalidad de un pueblo que comenzó a sufrir agresiones coloniales 300 años atrás y que, además, padeció un genocidio a fines del siglo XIX. Las dos películas reparan en el dolor y los silenciamientos, pero también evidencian que el mapuche es un pueblo que sonríe, que crea belleza y es capaz de enfrentar las adversidades con música y poesía. Además, me parece que retratan a la gente mapuche como realmente existe, lejos de los esencialismos y el folklore. Sus proyecciones al futuro se relacionan íntimamente con su pasado. Tomo prestada la frase del Oceti Sakowin Nick Estes: la historia del pueblo mapuche es su futuro. Es lo que demuestran los tayül de las amigas del cóndor, lo que ratifican lxs navegantes de nuevos wampo.
Bibliografía
Fernández C., J. (s/f). Canoas arqueológicas de un palo (huampus) recuperadas en los lagos andinos del noreste patagónico. Noticias de la Antropología y Arqueología (NAyA). En EQUIPONAYA.COM.AR, http://www.equiponaya.com.ar/articulos/submar02.htm (consulta: 25 de noviembre de 2016).
Ministerio de Guerra y Marina (1983). Campaña de los Andes al sur de la Patagonia. Año 1883. Partes detallados y diario de la expedición, Serie “Lucha de fronteras con el indio”. Buenos Aires: EUDEBA.
Moyano, A. (2019). Por su valentía se llaman tigres. Indios rebeldes en el País del Nahuel Huapi. Buenos Aires: Caminalucis.






