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9 Pewma: donde nace la imagen

Encirculamientos entre la mirada
y el sueño mapuche

Francisco Huichaqueo

1. Introducción: Konün

Nací en el sur de Chile, en una ciudad llamada Valdivia en su nombre colonial, pero que en realidad se llama Ainil —o Ainilebu— en su nombre ancestral. Es decir, nací en Wallmapu, el país mapuche que se extiende de mar a mar entre Chile y Argentina. Estudié mis primeros años en una escuela entonces rural llamada El Laurel, donde el paisaje húmedo, las lluvias y el olor a tierra fresca acompañaban cada jornada.

Desde esa infancia, aprendí a mirar el mundo con atención y gratitud. Mi padre me enseñó a trabajar la tierra en el huerto familiar: a observar los ciclos de la luna, a reconocer el pulso de las semillas y a respetar el silencio de la naturaleza. Aquella experiencia fue mi primer contacto con la mirada mapuche: una educación del cuerpo y del espíritu, donde la observación se transforma en gesto de reciprocidad con la tierra.

Con el tiempo, comprendí que en las personas mapuche habita una capacidad natural de conexión con lo invisible. En mí, esa manifestación tomó la forma del pewma: sueños, visiones o revelaciones que se presentan como mensajes y orientaciones del espíritu. El pewma es una característica profunda de la persona mapuche; no se busca, simplemente ocurre. Con los años, comprendí que debía escucharlo y darle un lugar en mi trabajo artístico. Así, lo que fue primero experiencia personal se transformó en método de creación: el sueño como fuente de conocimiento y como forma de pensamiento visual.

Durante la realización de mi película Mencer ñi Pewma, los sueños guiaron mi proceso. Las visiones de fuego, territorios y espíritus que aparecían en el pewma se tradujeron en imágenes cinematográficas que no solo narraban, sino que también revelaban. Comprendí que el cine podía ser una forma de conversación entre el mundo visible y el invisible, entre el tiempo humano y el tiempo de la tierra.

El encirculamiento se vuelve entonces un principio fundamental: mirar en círculo, rodear la imagen antes de fijarla, inscribirse dentro del territorio y respetar su ritmo. Este movimiento de retorno, presente en los pewma, refleja la relación mapuche con el Wallmapu, donde tierra, cielo y espíritu conforman un mismo tejido. Pero, al mismo tiempo, el encirculamiento es una manifestación crítica frente a la mirada heredada de la matriz humanista occidental: un contraencuadre, una respuesta que desafía la cuadratura del pensamiento colonial y propone otra forma de mirar, orgánica y recíproca. En mi trabajo cinematográfico, esta mirada circular permite que lo tangible y lo intangible se entrelacen, revelando imágenes que existen antes de existir, portadoras de conocimiento y memoria ancestral.

2. La tierra tiene olor a padre: el origen circular de la mirada mapuche

A mediados de los años ochenta teníamos un pequeño huerto familiar. Mi padre me hacía partícipe del proceso completo que implicaba aquella siembra: desde preparar la tierra hasta esperar los primeros brotes. En ese pedazo de suelo quedaron grabadas mis primeras lecciones de observación y paciencia. No se trataba solo de poner semillas; era un aprendizaje sobre el clima, la humedad, los ciclos de la luna creciente y menguante.

Mi padre se guiaba por las lunas; las leía en el puño y en los nudillos de su mano. Siempre transmitía calma cuando llegaban los días de trabajo. Con antelación dejaba las herramientas sumergidas en agua durante la noche, para que el astil no se soltara al picar la tierra. Decía que así la tierra respiraba. Luego, al cabo de unos días, repetía el gesto.

El día de preparar la siembra era especial. Mi tarea favorita era pasar el rastrillo, moliendo los terrones duros, retirando piedras y raíces. La tierra quedaba negra, espolvoreada, fértil. Entonces mi padre surcaba las melgas y depositaba sus semillas con una precisión silenciosa. Todo el proceso tenía una ritualidad y un recogimiento profundo. Yo sentía que participábamos de algo sagrado, como si el tiempo se detuviera.

La tierra tenía un olor inconfundible en las mañanas; el rocío humedecía el aire. Pasaban las semanas y mi familia entera esperaba los nuevos brotes —choyüm, en mapudungun—. Cuando asomaban, mi padre se alegraba como un niño. Hablaba con ternura de lo grande de la creación. Hoy comprendo que él me enseñó a mirar, a elevar la percepción. Siempre daba las gracias porque teníamos alimentos sanos sobre la mesa, algo esencial en los años ochenta, tiempos de dictadura y recesión económica en Chile.

El huerto crecía abundante: maíz, porotos de mata y de guía, chalotas, cilantro, ajos, cebollas, papas, tomates y zapallo amarillo. Yo era el encargado de demarcar los surcos, dibujar las melgas y regar cada mañana, a veces también al atardecer. Recuerdo el día en que cosechamos los primeros porotos verdes y aquel en que mi padre se emocionó al recoger un pequeño tomate rojo. Lo tomó entre sus manos, lo observó con brillo en los ojos y dijo que era un alimento sano, un regalo de la tierra.

Mi padre me enseñó a respetar el silencio, a agradecer la belleza de lo que tenemos frente a los ojos. Era un hombre humilde, que tuvo su primer par de zapatos a los nueve años y que soñaba con las tierras mapuche que no heredó. Ese pequeño terreno era su mundo, su lugar para expandir el espíritu y allí ejerció su ser mapuche. Me transmitió ese vínculo. Comprendí después que aquella experiencia fue mi primera escuela del ver, una raíz para mi vida y para mi relación con el arte.

Años más tarde, como estudiante de maestría en cine en la Universidad de Chile, presenté como examen de grado la película Ilwen, la tierra tiene olor a padre (2013). En ella invité a mi padre a recrear un huerto en mi casa, evocando los tiempos pasados. Filmé en Super 8 —Kodak color y blanco y negro— y en video. El grano fílmico me permitió traducir la textura de la tierra húmeda, de las hojas, del olor vegetal y encontrar en la imagen un eco de la pintura y su atmósfera: bruma, densidad, respiración.

Durante la filmación, mi padre recordó las huertas de su abuela y la paz que habitaba en ellas. Entonces comprendí que la mirada mapuche implica gratitud hacia lo que se filma: la naturaleza te entrega su belleza solo si la respetas. De alguna manera te comunica cuándo puedes mirar. Es cautelosa. Sabes naturalmente cuándo es suficiente y debes retirarte. En mi pensamiento, doy gracias al gran espíritu —Ngenechén.

Cuando los sentimientos son genuinos, el entorno te recibe. A veces el ave chucao anuncia tu presencia o aparece en pewma (visión onírica) antes del amanecer, cuando el espíritu te orienta. La pewma guía, advierte, muestra los caminos. En ella puedes ver desde lugares inusuales —desde el suelo, desde el agua— porque el espíritu viaja. Es un “ojo espíritu”. Por eso me reconozco como un espíritu acompañante de la cámara, como si ambos fuéramos un solo cuerpo.

Con el tiempo, estas experiencias formaron un lenguaje fílmico mapuche, en sintonía con el amapu, las normas de la tierra. La observación mapuche respeta el tiempo del espacio. No se impone. Cuando filmo, espero que el lugar me reciba. Es un acuerdo, una complicidad. Después, doy las gracias y me retiro.

Existe una forma de la mirada llamada ünarrümen, una fuerza o capacidad de observación que ocurre tanto en lo visible como en lo invisible. Primero observa el espíritu, luego la razón. Así nace el encirculamiento, mi modo de nombrar el encuadre: la manera mapuche de observar el wall, la circularidad del horizonte. De ahí proviene Wallmapu, el territorio circular.

Lo circular habita toda nuestra ritualidad: el saludo en ronda, el pürrün (danza circular alrededor del rewe), el kultrún ceremonial, el awün de los caballos que protegen el ngillatun. Todo se practica en torno a lo circular. Por eso hablo del encirculamiento al mirar y componer con la cámara. Es una forma de desafiar la cuadratura colonial del encuadre, esa geometría rígida de las cuatro esquinas heredada de la conquista y perpetuada por los Estados-nación.

El círculo del kultrún representa las Meli Witran Mapu, los cuatro tensores o direcciones de la tierra. Ese es el Wallmapu: la tierra de las cuatro esquinas, pero que además comprende la Wenu Mapu (tierra de arriba), la Nag Mapu (donde caminamos) y la Minche Mapu (tierra subterránea donde habitan otras fuerzas). La tierra misma, Ñuke Mapu, la Madre Tierra, nos contiene como un vientre.

En una conversación con la académica Natalia Brizuela, en la Universidad de California, en Berkeley, ella comentó que la mirada mapuche es revolucionaria. Le respondí que la revolucionaria es la tierra, porque ella encircula, nos observa y nos entrega su tiempo. Los espíritus habitan los elementos y también nos observan. Incluso el tiempo puede observarnos. No se codifica en ninguna geometría: es más radical que el círculo, simplemente existe.

El encirculamiento mapuche no es un círculo perfecto; es irregular, orgánico, vivo. Un círculo esparcido como el soplo de una curandera, una corriente tibia en el bosque que roza el cuerpo.

En el cine, el encuadre delimita cuatro esquinas, pero en ese marco deposito instantes de vida, como si el formato fuera un territorio. El metawe —vasija ceremonial— transporta el muday o el agua, pasando de mano en mano. El encirculamiento también transita por las miradas de la comunidad. El metawe tiene una boca circular: por ella se observa y se contiene la vida. Recoge el agua del río, guarda la medicina, participa del vivir cotidiano. La cámara, como el metawe, recoge vida y la devuelve para compartirla.

Una vez tuve una pewma: vi dentro de un metawe imágenes de gente mapuche. Mi espíritu entró en él y observó una comunidad en su vida cotidiana. Más tarde obedecí esa visión: filmé esa escena y la proyecté dentro de un metawe en la exposición Wenu Pelon, en Santiago. Esa experiencia me permitió comprender los puntos de observación que transitan entre lo visible y lo invisible.

Dentro de ese metawe comprendí que la mirada puede ser doble: desde adentro y desde afuera. Así intuí cómo se siente el árbol que observa, la piedra, el musgo, el río o el reflejo del tronco en el agua cristalina. A veces deseo ser ese reflejo: una mirada líquida, una mirada espejo en complicidad con la naturaleza.

3. Imágenes que existen antes de existir: premonición y territorio en Mencer ñi Pewma

En la cultura mapuche existen múltiples espacios de realidad que se activan de manera natural, no racional. Estos planos son tan reales e importantes como el mundo tangible, y permiten comunicarse con dimensiones donde habitan conocimientos y fuerzas espirituales. A través de ellos, es posible mirar el tiempo futuro, el pasado o un tiempo distinto, sin límites lineales.

Las manifestaciones de estos espacios llegan al cuerpo, la mente y el espíritu, y se expresan en el pewma (sueño, revelación), el perimontün (visión, aparición) o el ümag (descanso profundo). También existe el renü, un portal hacia el conocimiento, y el küymün, el trance de la machi para comprender las dolencias y los asuntos de la comunidad. Estas experiencias orientan la vida mapuche y continúan siendo parte esencial de su práctica cultural.

Desde niño he vivido estas manifestaciones. Crecí en la zona sur de Valdivia, en un entorno de lluvias, pampas y bosques. Recuerdo que, tras un largo temporal de lluvia, corría con mi hermano por el campo cuando vi dos pequeñas culebras de fuego rodeando mis pies. Aquella visión, breve pero nítida, marcó mi percepción para siempre.

Con el tiempo, los pewma se hicieron más frecuentes: viajaba en sueños por lugares desconocidos, veía paisajes, aguas y ciudades que no existían en la realidad visible. Al principio guardé silencio, pero luego comprendí que estos sueños eran una forma de conocimiento. Aprendí a leerlos y compartirlos con otras personas mapuche que vivían lo mismo.

Algunos sueños fueron premonitorios. Desde niño he visto cosas que luego suceden, días, semanas o incluso años después. Con el tiempo comprendí que esa conexión con los pewma era parte de mi camino creativo y que no debía ocultarla. Comencé a integrar estas visiones en mi trabajo artístico, especialmente en el cine, como una forma de honrar el conocimiento que proviene del sueño.

En ese contexto, quiero compartir una experiencia que marcó un antes y un después en mi vida, tanto personal como creativa.

Durante el proceso de filmación de mi película Mencer ñi Pewma, cuyo rodaje comenzó en 2009 y cuyo montaje finalicé en 2010, empecé a sentir un profundo cansancio: palpitaciones, mareos, una necesidad constante de dormir. Durante esos descansos, se presentaban sueños intensos, algunos angustiantes —los wesa pewma, o malos sueños—.

Por ello acudí a una machi, la machi Llanquinao, que visitaba Santiago en esos días. Siguiendo la tradición, llevé mi orina para que la examinara y me diera remedios. Después de su consulta me indicó un baño con lawen (hierbas medicinales). Esa tarde, nuevamente sentí el llamado al descanso. Dormí, y en el pewma vi lo siguiente: vi un cielo cubierto de humo. Vi despegar un helicóptero desde el norte y otro desde un pastizal en el sur. Vi militares en las calles y olas golpeando las costas del territorio. Me enfrenté a un espíritu y caí al patio de mi casa de infancia, en el sur. En la cerca, una palabra estaba escrita: MENCER. Una voz me dijo: “Mencer es el espíritu de la tristeza”.

Aquella visión fue clave para el contenido simbólico y emocional de la película, pero también resultó premonitoria. La palabra “Mencer” —de origen desconocido— me fue dada como un mensaje, junto con imágenes de violencia y agitación en el territorio mapuche.

Poco después, en febrero de 2010, Chile fue sacudido por un gran terremoto y maremoto, cumpliéndose casi todo lo que vi en el sueño.

Desde entonces comprendí que debía obedecer y respetar los pewma, no solo por su fuerza reveladora, sino también por el equilibrio que sostienen con el mundo espiritual. A veces también sueño con personas cercanas que enferman o atraviesan dificultades. Cuando la visión es clara, aviso con cautela.

Estas experiencias se enmarcan en lo que llamamos kimün mapuche, el conocimiento ancestral. Este saber se despierta y se fortalece al recorrer el territorio, porque la tierra misma enseña. En estos espacios de realidad, el püllü —espíritu— puede abandonar el cuerpo, viajar y mirar. Luego, al despertar, el sueño se interpreta: iluminar el pewma, darle sentido.

En mi lugar como cineasta mapuche, he aprendido a escenificar los pewma mediante el lenguaje del cine. La luz que proyecta el cine frente a nuestros ojos es, de algún modo, la misma luz que se proyecta en el sueño.

El pewma enseña a mirar en círculo, a rodear la imagen antes de fijarla, a percibir desde varios tiempos y direcciones a la vez. Este movimiento de retorno y contemplación es lo que entiendo como encirculamiento: una manera de mirar que no separa al sujeto del territorio, sino que lo inscribe dentro de él.

Así como el sueño se revela en espiral, la cámara también debe moverse en espiral, rodeando el sentido, no imponiéndolo, permitiendo que las imágenes respiren su propio tiempo.

Vivimos y percibimos realidades tanto tangibles como intangibles. Ambas conforman, en mi caso, un punto de mirada, una manera de traducir el mundo. Son puertas de acceso a lo que ya existe, imágenes que se revelan en el tiempo.

En los pueblos originarios convivimos con estos conocimientos y los orientamos hacia la vida. A veces las visiones se cumplen pronto; otras, muchos años después.

Así, la película Mencer ñi Pewma se reveló ante mí como una fotografía en el cuarto oscuro: la imagen ya existía, solo esperaba ser mostrada.

En el lenguaje cinematográfico de la matriz occidental, estas imágenes podrían parecer abstractas o experimentales. Pero en su origen no lo son: son la traducción visual de los espacios de realidad mapuche, tiempos y lugares donde la materia y el espíritu se entrelazan.

Son imágenes que existen antes de existir en el plano tangible, reveladas por el pewma: la imagen antes de la imagen, un gesto de encirculamiento entre la visión, el territorio y el espíritu.



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