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Reflexiones finales

A partir de los materiales vistos en este trabajo, vemos que las instituciones políticas y económicas pueden ser inclusivas, con los atributos para promover el crecimiento y el bienestar, o ser extractivas, para obstruir esta búsqueda. Se concluye, además, que son instituciones inclusivas las que permiten el desarrollo de habilidades y capacidades para la productividad y fomentar las inversiones en los factores productivos, comprendiendo las dinámicas económicas, políticas, sociales y tecnológicas de su tiempo, mientras que las instituciones extractivas buscan solo la provisión de los recursos sin importar el futuro. Comprenden el conjunto de reglas formales e informales que rigen las interacciones humanas, tal como el derecho laboral, la protección de la propiedad y la protección de los contratos en la provisión de seguridad jurídica, etc.

La razón de ser de las instituciones arraiga en la minimización de los costos de transacción, por ejemplo, en brindar la garantía para los derechos de propiedad, o en sostener el sistema educativo como medio de ampliar las posibilidades de equidad entre las personas. Todo ello garantiza la movilidad social. Las instituciones inclusivas incentivan la inversión y la innovación y proporcionan igualdad de condiciones, de manera que la mayor parte de la sociedad pueda desplegar su talento, y estas condiciones generan crecimiento, bienestar y prosperidad.

Las instituciones económicas inclusivas son aquellas que posibilitan y fomentan la participación de la mayoría de las personas en actividades en las que aprovechan mejor su talento y sus habilidades. Son instituciones que propician los incentivos para la actividad económica y el aumento de la productividad, de manera que generan crecimiento y bienestar y garantizan la propiedad privada y las oportunidades económicas para la mayoría y no solo para la élite. Por otra parte, las instituciones económicas extractivas son las que tienen como fin extraer rentas y riqueza de un subconjunto de la sociedad para beneficiar a un subconjunto distinto, las élites extractivas, mediante monopolios y restricciones de entrada.

Algunas sociedades se rigen por instituciones extractivas, haciendo volátiles los derechos de propiedad; estas no garantizan los contratos, no crean incentivos a la innovación ni la incorporación de tecnología, sino que generan normas que benefician a un pequeño segmento de la sociedad. Una sociedad puede experimentar un fuerte crecimiento basándose en instituciones extractivas, pero, en el largo plazo, el crecimiento económico sostenido necesita del cambio tecnológico, la innovación y la creatividad, y todas esas características prosperan bajo las instituciones económicas inclusivas. Si las reglas no son estables, se da la emergencia de una mayor incertidumbre, no hay inversiones de largo plazo, lo que restringe así el crecimiento sostenible. Entonces, los agentes económicos solo piensan en acciones de corto plazo porque no encuentran los incentivos para lograr las competencias para un mejor futuro.

Desde el Estado, se tiene la capacidad para sostener las expectativas para el largo plazo con reglas estables: dispersar el poder político es un requisito para cambiar las instituciones económicas. En el proceso de innovación mismo, está la esencia de la destrucción creativa, pero a las élites extractivas no les interesa que se verifiquen los procesos de destrucción creativa para la sustitución de lo viejo por lo nuevo.

Los sectores nuevos atraen recursos que antes se destinaban a los viejos, y esto hace que los grupos poderosos y conservadores opongan su resistencia al cambio económico y tecnológico, porque, en ese entramado transformador, las élites ven comprometidos sus privilegios de extractividad.

Mientras se esté en crisis, los cambios de timón bruscos y los debilitamientos a las instituciones como la división de poderes, los derechos de propiedad y la independencia de la autoridad monetaria se mantendrán. Sin embargo, para salir de esas crisis y aprovechar las oportunidades de desarrollo, es indispensable fortalecer las instituciones.

Desde luego que la imitación institucional no garantiza un desarrollo institucional satisfactorio dado que existen innumerables elementos tácitos en las instituciones, y algunas instituciones formales que parecen funcionar muy bien en un país desarrollado solo lo hacen porque están respaldadas por un conjunto de instituciones informales arraigadas en la cultura que no son fáciles de observar. Importar instituciones formales desde otras sociedades no producirá los mismos resultados porque el país puede carecer de las instituciones informales necesarias para sostenerlas. Pero los procesos de cambio en la cultura y las instituciones requieren legitimarse en ese proceso de cambio. Una nueva institución no puede funcionar si no adquiere cierto grado de legitimidad política en la sociedad, legitimidad que debe tener su resonancia en la cultura y en las instituciones existentes, lo que limita el alcance de la innovación institucional.

Estos cambios deben ser estables y sostenibles en el tiempo. Si las reglas no son estables, pueden modificarse en el largo plazo, siendo así recursivas, lo que aumentaría aún más la transformación, y esta retroalimentación sería de mayor impacto aún para ese cambio. De esta manera, se da la emergencia de una mayor incertidumbre, lo cual vuelve al país menos proclive a las inversiones hacia el futuro de largo plazo, de forma que se restringe el crecimiento sostenible. Esa inestabilidad institucional genera incertidumbre tanto política como económica, y esto sucede porque las instituciones persisten en esta inestabilidad y lo hacen posible. Esto da lugar a que los agentes económicos solo piensen en acciones de corto plazo, porque, para el largo plazo, no encuentran los incentivos de lograr las competencias para un futuro para el que aún no se encuentran preparados.

En este recorrido histórico que se presentó, con la opinión de muchos autores que analizaron la Argentina dentro de un contexto histórico y comparativo, se extrajo la opinión de varios economistas que la consideran un país desconcertante. Citando a Kuznets, premio nobel de Economía en el año 1971: “Existen cuatro tipos de países: desarrollados, subdesarrollados, Japón y Argentina” (Kuznets, en Acemoglu y Robinson, 2013, p. 449). En tal comparación se visibiliza la potencialidad de Argentina de fines del siglo xix y principios del siglo xx, mostrándolo como uno de los países más ricos del mundo y en una coyuntura internacional inmejorable, algo que no supo sostener, ya que luego comenzó un declive en relación con las potencias mundiales, para hundirse totalmente entre los 80 y 90 del siglo xx. Una mirada que no resulta simple, pero que un análisis histórico de sus instituciones permite aventurar, tal como se hizo en este trabajo.

Se ha mostrado que las instituciones extractivas han prevalecido desde la época colonial y a lo largo de estos más de 200 años de historia. Una tras otra, las crisis internas generadas por la ausencia de un sistema institucional adecuado han sido también el pretexto perfecto para continuar y hasta acentuar la debilidad institucional.

Hacia adelante, sería importante un verdadero replanteo de las instituciones y su calidad. Sin embargo, la tarea se percibe difícil ya que los argentinos deben ser educados en este concepto y en su verdadera importancia para que las instituciones sean defendidas a lo largo de las generaciones. Los gobiernos que transcurren deben dejar de lado el interés por los beneficios propios y de los grupos a los que responden para lograr un verdadero compromiso con Argentina toda. Las dinámicas entre las instituciones políticas y económicas son complejas, y los cambios en las tendencias deben ser procesos lentos pero consistentes y sostenibles en el tiempo de esa sociedad.

Mas allá de los gobiernos de turno en cuestión, el Estado tiene la capacidad para sostener esos compromisos en el largo plazo, como no expropiar la propiedad privada y brindar la independencia del BCRA y la división de los poderes de dicho Estado. Es imprescindible reducir las incertidumbres institucionales para tomar los compromisos de amparar las acciones de los agentes económicos, y, en este sentido, las instituciones asumen un papel superlativo, al convertirse en el medio de construcción de la cohesión social y la consolidación de los incentivos para confiar en el crecimiento y bienestar futuro del país. Lograr un espíritu inclusivo en esas instituciones puede ayudar a construir esa cohesión que les dará las fortalezas a dichas instituciones para ser sostenibles en el largo plazo muy por encima de los gobiernos que detenten el poder en cada momento. Con instituciones inclusivas fortalecidas, que puedan sostenerse hacia el largo plazo, es posible consolidar las habilidades, desarrollar las capacidades, acumular los capitales para las inversiones en factores productivos que comprendan las dinámicas de su tiempo para el crecimiento y el bienestar.

Pero ¿cómo hacer para cambiar la matriz histórica que deja estancada a la Argentina en sus instituciones políticas y económicas extractivas?

Las instituciones formales que se desempeñan en un contexto informal, por fuera del control de la política, y donde los cambios institucionales son discontinuos, luego se traducen a otras instituciones de manera incremental, en un proceso de destrucción creativa de complementariedades que siembran los catalizadores para el crecimiento. Dan lugar también a la sustitución de los incentivos equivocados, permitiendo la creación de los incentivos correctos para crear las condiciones de sostenimiento de los rendimientos crecientes a partir de la innovación tecnológica y la comprensión de las dinámicas políticas, sociales, económicas y tecnológicas contextuales de su tiempo. Esto brinda los incentivos para lograr la combinación de habilidades y el desarrollo de las capacidades necesarias para lograr el crecimiento y bienestar.

Se hace imprescindible un marco institucional que garantice asegurar los derechos de propiedad, ofrecer una Justicia que sea imparcial, asignar premios a los innovadores, generar opciones de trabajo que sean compatibles con los deseos individuales, y nivelar las posibilidades para todos a través de la oferta educativa. Por lo tanto, dispersar el poder político es un requisito para cambiar las instituciones económicas.

Pero a las élites extractivas no les interesa que se verifiquen los procesos de destrucción creativa para la sustitución de lo viejo por lo nuevo. Los sectores nuevos atraen recursos que antes se destinaban a los viejos, y esto hace que los grupos poderosos y conservadores del statu quo opongan su resistencia al cambio económico y tecnológico, porque en ese entramado transformador las élites ven comprometidos sus privilegios de extractividad, y ese cambio por instituciones políticas más pluralistas las encontraría con más dificultades para controlar las instituciones económicas. Para cambiar las instituciones políticas, es imprescindible que las élites se comprometan en instituciones más plurales.

El conocimiento de las dinámicas tecnológicas puede filtrarse en forma de abstracciones en la población a través de las trayectorias educativas. Esa forma de conocimiento es la adecuada, dado que, si ese conocimiento se distribuyera en los fines de una entidad determinada de una maquinaria física, llegaría un punto en que sus rendimientos comenzarían a ser decrecientes; pero entenderlo desde una dialógica de distribución de conocimientos tecnológicos abstractos, no acoplados a una entidad física, toma las características de un bien público que no se consume con su utilización, ni se configura como extractivo. Ese conocimiento tiene la capacidad de extenderse en la sociedad multiplicando exponencialmente la productividad y no constituyéndose en un límite de rendimientos decrecientes.

Ese cambio tecnológico que provoca los rendimientos crecientes se realiza mediante la acción de los emprendedores empoderados de esa economía en la búsqueda de nuevos negocios y en las características propias de todo emprendedor que busca encontrar las oportunidades para la revalorización y la utilidad de los factores productivos que comienzan a dar rendimientos decrecientes, y reversionarlos para encontrar los incentivos que les permitan continuar generando crecimiento.

En definitiva, en palabras de Philippe Aghion y Peter Hawick, el crecimiento en el largo plazo está impulsado por la acumulación de innovación constante. Y esas innovaciones están motivadas por las perspectivas de ingresos futuros y por la seguridad jurídica de disfrutarlos y tener la tranquilidad de hacer destrucción creativa para generar cosas nuevas, nuevos sectores que marquen lo obsoleto.

Son necesarias una innovación continua, la acumulación de esas innovaciones y la gestión de esos cambios. Para eso se requiere seguridad jurídica.

Es imprescindible la transformación de los modelos mentales como el establecimiento de las bases para la búsqueda de instituciones sostenibles y fuertes. Argentina necesita de cambios no solo en las discusiones en el diseño institucional, sino que, además, debe interesarse en las transformaciones profundas en la sociedad y sus arraigos limitantes. Debe consolidar el respeto por la propiedad privada, reclamar fervientemente la división de poderes, y asumir el compromiso de defender el verdadero rol de la autoridad monetaria, atendiendo además a la concientización de la necesidad de dar un salto de calidad institucional bloqueando la corrupción ciudadana, creando los incentivos para una mejora educativa y las motivaciones para las inversiones en factores productivos que comprendan las dinámicas políticas, económicas y para el desarrollo de capacidades para el crecimiento y bienestar. Un mejor nivel educativo entre esos ciudadanos mejora las capacidades para la generación de los recursos necesarios, y brinda el espacio para la toma de conciencia acerca de los derechos y las garantías. Un empoderamiento económico de esa sociedad le permitirá crear e influir en las nuevas decisiones institucionales que necesite llevar adelante.

Cuando estos cambios tengan su oportunidad, se constituirán en un proceso que requiere de más de dos generaciones hasta que sus nuevos dirigentes se hayan criado en esas nuevas instituciones, con nuevos modelos mentales desde donde se irán ejecutando esos cambios institucionales, muy gradualmente.



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