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Repensar conceptos, renovar la democracia

Daniel Innerarity

Llevamos un tiempo diciendo que la democracia se muere, que está amenazada por realidades muy poderosas de diverso tipo. Si los que abordan estos temas tuvieran la capacidad de leer el futuro sería para echarse a temblar porque, efectivamente, los diagnósticos son terribles. Decir que todas las democracias se han suicidado parece un poco exagerado, pero la democracia ha tenido diversos formatos. Ha habido democracia ateniense, de los Estados nación, del Estado nacional y, probablemente, ahora estamos inaugurando una nueva época que no sabemos muy bien qué forma va a tener. Y si bien se trata de conservar los principios y los valores centrales, seguramente muchas de sus formas y modalidades van a tener que cambiar. Será preciso repensar conceptos clave, como autogobierno, poder y representación, entre otros, en un mundo muy diferente de aquel en donde se diseñaron.

Para pensar en cómo entender esta crisis, resulta más fácil comenzar por cómo no deberíamos entenderla. Algunos libros y artículos señalan que el final de esta democracia va a tener un carácter muy similar al del final de la democracia en los años 30 en Europa. No comparto esta visión, el tipo de amenazas a nuestra democracia tiene forma, más que de complot, de debilidad política, falta de confianza, negativismo u oportunismo de los actores políticos. Tiene lugar al mismo tiempo un desplazamiento de los centros de decisión hacia lugares no controlables democráticamente. Este tipo de amenazas son muy diferentes y no serían detectadas por nuestro radar si estuviéramos pensando en hombres armados que irrumpen en un edificio. Esta degradación es lo que más nos debería inquietar.

De tener que centrarse en un valor, un concepto o algo nuclear a la vida democrática, actualmente, yo diría que el principal problema que tenemos es la falta de confianza generalizada de las élites hacia la gente y de la gente hacia las élites. Por lo tanto, las dos grandes macroideologías del mundo contemporáneo, que son el populismo y la tecnocracia −es decir, la excesiva confianza en el poder de la gente a la hora de diseñar nuestra vida política, o la excesiva confianza en el poder de los expertos− tienen en común que son parte de una destrucción de la confianza. Hay un malestar general que tiene que ver con que, en las democracias contemporáneas, probablemente hemos sobrepasado un umbral a partir del cual ya no pueden funcionar aceptablemente.

A partir de aquí se plantean diagnósticos distintos. Las derechas atribuyen este problema a que los gobiernos no son capaces de gobernar con eficacia, tendiendo a hacer, en general, diagnósticos en esta dirección. Las izquierdas sostienen que el problema es que los gobiernos no quieren gobernar con equidad. Los electores de extrema derecha desconfían de los diferentes, de las minorías, y las izquierdas están más inclinadas a desconfiar de las promesas de los representantes. Pero en unos y otros parece ser que la categoría que se ha quebrado es la confianza. A unos les parece que la redistribución es ineficaz y a otros que es insuficiente. Si esto es correcto, entonces no deberíamos incurrir en diseñar un mapa de la situación según el cual el problema que tenemos es una contraposición entre élites y pueblo, un esquema que está vigente tanto en las derechas como las izquierdas, tanto en las tecnocracias como en los populismos. Tenemos un problema previo, más radical, de ruptura, de quiebra, que se expresa en esta contraposición.

El asunto, entonces, es pensar cómo volvemos a concebir y fusionar la dimensión popular y la dimensión técnica, la dimensión de legitimidad social con la dimensión de competencia política. Esta es la gran tarea que tenemos, la gran sutura que hay que realizar: pensar cómo conseguimos dejar de oscilar entre esa arrogancia de las élites y esa arrogancia de los electores. Unas y otras pueden estar retroalimentándose en una idea según la cual para unos el problema es que la población no obedece a los gobernantes y, para otros, el problema es que los dirigentes no obedecen a los gobernados. Por tanto, según unos y otros tendría que haber una correa de transmisión directa en un sentido o en otro entre la gente y sus representantes. Mientras no superemos esta ruptura, la democracia tiene difícil arreglo.

Renovación de la democracia

Se pueden plantear cuatro grandes ejercicios para la renovación de la democracia. En primer lugar, tenemos una democracia incompleta tanto en el sentido de que no hemos avanzado lo suficiente en ella, como de que no hemos integrado suficientemente todos los factores que deben intervenir en lo que sería una democracia compleja. Partamos de la siguiente constatación: en estos momentos, todos, incluso aquellos que son más encarnizados enemigos de la democracia, apelan a ella. Incluso las extremas derechas apelan a un valor democrático. Un politólogo alemán, hace ya muchos años, decía “todos los caminos llevan a la Roma de la democracia”. Todo el mundo estaba apelando a la democracia, incluso aquellos que son sus más encarnizados enemigos. Esto se puede deber a que cualquier dimensión de la democracia tomada unilateralmente −si nos fijamos solo en la participación ciudadana, en la primacía del derecho, en la rendición de cuentas o en el elemento electoral, y nos desentendemos de todo lo demás− lleva a una democracia menguada, a una democracia amputada. Por eso, el gran desafío que tenemos a la hora de pensar, renovar y practicar la democracia es evitar este reduccionismo, esta mutilación, esta simplificación. La democracia es un conjunto de valores que tienen que equilibrarse establemente, un equilibrio que varía según los temas, el momento histórico, el país, la circunstancia concreta. Por tanto, en este primer punto, la propuesta es que vayamos a un concepto de democracia más compleja, que integre más factores, valores, agentes y que sea menos simplista.

La segunda propuesta es un poco provocativa y contraintuitiva. Un teórico contemporáneo de la democracia decía que esta es demasiado importante como para dejarla en manos de los políticos, e incluso de un pueblo que vote en referéndums. Es decir que, de alguna manera, la democracia es un sistema que confía en el pueblo, pero que al mismo tiempo desconfía de él. Confía en el poder soberano, reconoce la soberanía del pueblo −valor básico fundamental de la vida democrática−, pero, al mismo tiempo, establece procedimientos para limitar ese poder. Por poner un ejemplo, la reforma constitucional no se puede hacer en cualquier momento o contexto y está condicionada a una serie de circunstancias. Por otro lado, el soberano en cada momento tiene un poder de decisión, pero también hay una limitación de ese poder como, por ejemplo, la primacía del derecho.

Para esto podemos pensar el siguiente ejemplo: muchos dispositivos electrónicos, como los frenos de los autos, están pensando para que nos obedezcan. Pero hay sistemas sofisticados de frenado, como los frenos ABS, que están pensados y diseñados para desobedecernos, parcialmente al menos, en momentos de pánico. Entonces, cuando se tiene que frenar porque hay hielo en la carretera o porque pasa un animal uno, llevado por el pánico, frenaría de una manera muy brusca pero el freno desobedece.

Se podría decir que esto es una falta de soberanía, que nos quita capacidad de decisión. Sin embargo, si lo pensamos mejor, se puede considerar un avance de la inteligencia colectiva. Un largo proceso de aprendizaje nos ha enseñado que, muchas veces, nuestros problemas no vienen de un enemigo exterior que nos invade, sino que buena parte son autogenerados. Ulrich Beck decía que vivimos en una civilización que está expuesta a una continua autoamenaza. Hablar del “virus chino” es una manera de distraer la atención sobre formas de vida que probablemente explican en buena medida los problemas que estamos padeciendo. Hemos de pensar la democracia como un sistema que nos confiere el poder, pero también como un sistema que nos lo limita, donde hay que buscar equilibrio entre estas dos dimensiones.

La tercera propuesta es que nos fijemos más en el diseño institucional que en la irrupción providencial de líderes intachables y competentes. A modo de ejemplo, unos sociólogos ingleses se preguntaban qué pasaría si durante un tiempo el gobierno del Banco de Inglaterra fuera ocupado por una docena de monos. Cuando uno se encuentra ante este experimento mental, lo primero que le viene a la cabeza es una sensación de horror porque puede pasar cualquier cosa si unos monos se hacen cargo del Banco de Inglaterra. Pero si lo pensamos un poco, nos daremos cuenta de que si el banco está bien diseñado, lo que deberíamos esperar de ese gobierno provisional es que no pasarán demasiadas cosas. Es decir, el sistema de gobierno, la inteligencia colectiva diseñada en las instituciones, procedimientos, cultura política, sistemas de resolución de conflictos, establecerían una serie de equilibrios que impedirían que los monos hicieran grandes desastres. Este experimento mental es interesante porque tenemos un modo de pensar el mundo demasiado centrado en el comportamiento individual y muy poco focalizado sobre el comportamiento colectivo. Pensamos demasiado en individualidades y muy poco en sistemas de inteligencia colectiva. Chesterton decía que en ningún sitio había visto un monumento a una comisión, que todos los monumentos en todas las plazas de nuestras ciudades y nuestros pueblos suelen ser de una gran personalidad. Ese puede ser, entonces, uno de los grandes problemas que tenemos. Pensamos que la historia se hace sobre la base de grandes individualidades que en un momento determinado lideran ciertos procesos colectivos. Deberíamos pensarlo al revés: se trata de generar sistemas, procedimientos e instituciones que den lugar a una gobernanza inteligente. Sobre todo teniendo en cuenta, además, que buena parte de nuestros problemas sociales y políticos tienen que ver no tanto con que estén al frente del gobierno personas incompetentes, que también ocurre, sino con que estamos en un tipo de sociedad demasiado contagiosa y expuesta a riesgos concatenados e insostenibles. Por tanto, sugiero que no temamos tanto a los vicios de nuestros gobernantes y que no esperemos tanto de sus virtudes. En cambio, que nos preocupemos más de las reglas, de la interconexión bien organizada, de esas estructuras que determinan la interdependencia de unos por otros. Esto vale tanto para el interior de los Estados como para la gobernanza global. No esperemos demasiado de personas especialmente dotadas que providencialmente se hacen cargo de nuestros gobiernos; pensemos que una sociedad está bien gobernada cuando es capaz de resistir el paso de los malos gobernantes.

En estos 200 o 300 años de democracia moderna se han ido configurando sistemas de gobierno, constelaciones institucionales que proporcionan a la democracia un alto grado de inteligencia sistémica. Seguramente no son suficientes, especialmente si tenemos en cuenta las transformaciones que hemos padecido en los últimos años. Sin embargo, esto es mucho más relevante que los componentes particulares del sistema social y del sistema político. Por eso, es conveniente recordar siempre algo que constituye el ADN de la democracia: está hecha para la gente corriente, para el votante y el político medio. No somos personas especialmente inteligentes o virtuosas, somos personas que, si hay incentivos para actuar en una determinada dirección, actuaremos bien y, si no, actuaremos mal. No hace falta fijarse en ese 10% de hombres y mujeres especialmente virtuosos, ni tampoco en ese 10% de ciudadanos y ciudadanas especialmente viciosos y corruptos, sino que hagamos la política para el 80% restante. Pensemos ese conjunto de incentivos de información y participación que tiene que ver con cómo el sistema compensa la mediocridad de los actores, empezando por nosotros mismos como votantes.

Por último, propongo que entendamos que las instituciones globales en estos momentos son instituciones que pueden ayudar a la democratización de las naciones. Nuestra intuición nos suele jugar malas pasadas. En este caso concreto, nuestra intuición nos lleva a pensar que la democracia se realiza en los Estados. Esto se debe a que, en nuestra experiencia histórica, la democracia tiene formato nacional, se ha realizado en los Estados nación. Pero, de repente, aparecen instituciones globales de diverso tipo que se alejan de la lógica del formato, de los usos y costumbres de la democracia nacional. Así, tendemos incluso a pensar que esas instituciones despolitizan nuestra democracia, incluso que son instancias en desdemocratización. Es verdad que muchas de esas instituciones han tendido a actuar de manera tecnocrática y que alejan los centros de decisión. A veces, por ejemplo, se tienen grandes dificultades en Europa para saber quién toma las decisiones. Nos olvidamos de que, si estas instituciones han surgido y cada vez tienen más poder y más relevancia, es porque tratamos con ellas de compensar déficits concretos de las naciones Estado.

En el caso concreto de Europa, la Unión Europea surgió a partir de la constatación de que los Estados nacionales europeos eran incapaces de proporcionar ciertos bienes comunes a sus poblaciones. Sobre todo la paz después de muchos años de guerra entre las naciones europeas, pero también la prosperidad, la democracia, etc. En cierto modo, entonces, las instituciones supranacionales o transnacionales vienen a compensar la incapacidad de los Estados de proporcionar determinados bienes comunes a los que la gente tiene derecho. Esta dimensión global no tiene por qué ser una dimensión desdemocratizadora, sino más bien todo lo contrario. Ulrich Beck decía que la política no ha muerto, lo que ha ocurrido es que ha emigrado desde los clásicos espacios nacionales delimitados, cerrados y autárquicos a los escenarios mundiales interdependientes. Para ese nuevo escenario no tenemos fórmulas políticas, instituciones propias ni una democracia adecuada. Más bien, tenemos que pensarla, diseñarla y debatir sobre ello. En buena medida, el futuro de la democracia nacional y doméstica se juega en la respuesta que demos a estos déficits y a esta institucionalización transnacional. Es muy importante que haya centros de pensamiento, institutos que midan la efectividad de las legislaciones, y que tengamos instrumentos de previsión y de anticipación de riesgo para que la democracia funcione bien.



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