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Repensando la democracia

Marcelo Cavarozzi

Para repensar el tema de la democracia, conviene reparar en que la democracia tiene ya varios siglos de historia; no en lo referido a su vigencia como régimen político, que es relativamente reciente, sino más bien como idea o como demanda de los sectores excluidos en la extendida historia de las sociedades predemocráticas.

El concepto surge en la Grecia antigua, una sociedad en la cual coexistían una ciudadanía restringida y la esclavitud; por ende Grecia no era una sociedad democrática en el sentido moderno. El fenómeno democrático, la demanda democrática, y como corolario los conflictos políticos modernos, tienen que ver mucho con lo que Eric Hobsbawn llamó la era de las revoluciones. Con la Revolución francesa de fines del siglo XVIII y la emergencia de las primeras naciones en los Países Bajos e Inglaterra se puso el tema democrático en el centro del escenario político de Occidente, es decir, el de Europa y las dos Américas –continentes que los europeos habían despoblado y repoblado en los cuatro siglos que se sucedieron a partir de 1500–.

Eso no implicó, empero, que la democracia como práctica política se desplegara en el Occidente hace varios siglos; en realidad eso ocurrió recién en las postrimerías del siglo XIX. E incluso en esa coyuntura, la efectividad del sufragio era relativa ya que estaba puesta en cuestión por las limitaciones que afectaban a los derechos civiles de libertad de expresión y de asociación, especialmente del segundo. Los sindicatos de trabajadores, por ejemplo, todavía eran perseguidos en prácticamente toda Europa occidental y América del Norte. Este tema es muy importante porque incluso en sus inicios, la cuestión democrática ya tenía que ver con cómo la democracia política electoral podría ser un ámbito en el cual se discutieran otro tipo de derechos y conquistas, y no solo los vinculados al ámbito político electoral propiamente dicho.

Si el primer atributo de una democracia política es el sufragio universal, sin exclusiones de ningún tipo, un segundo atributo se vincula a que, dentro del juego democrático, tiene que haber alternancia en el poder. Si nos atenemos a esta definición minimalista, en cierto sentido schumpeteriana, la democracia emerge hacia fines del siglo XIX y principio del siglo XX. Ya después de la Primera Guerra Mundial se extiende a otros países europeos, a algunas antiguas colonias británicas y, casi paralelamente, a algunos países de América Latina. Durante el período de las primeras décadas del siglo pasado (al igual que en Europa y en EE.UU.) en América Latina se vivió una democracia masculina, ya que, como es sabido, el voto femenino llegó tardíamente a estos países.

Otro fenómeno para reflexionar es por qué las democracias solo surgen en sociedades capitalistas. Si bien es un régimen que se articula exclusivamente en economías políticas capitalistas, la democracia tiene una convivencia contradictoria con el capitalismo, no es una relación tranquila, ya que, durante una larga etapa de vigencia del liberalismo político durante el siglo XIX, tanto en el mundo del norte como, más tarde, en América Latina, ese liberalismo político fue antidemocrático. No era democrático porque se pensaba que el sufragio tenía que extenderse a una porción muy limitada de la población, sobre todo a los poseedores de ciertos atributos intelectuales y mínimos montos de riqueza.

Fue recién hacia fines del siglo XIX que la cuestión obrera y sindical emergió en ese capitalismo haciendo que el tema democrático empezara a expandirse a franjas más amplias de la población para, finalmente, incluir a la totalidad de la población adulta. Esto no fue una mera casualidad, porque hay que tener en cuenta que el capitalismo está basado en relaciones poco igualitarias. En la medida en que el capitalismo busca el beneficio y está asociado a una filosofía de individualismo bastante posesivo, hay una relación contradictoria y de tensión entre democracia y capitalismo desde fines del siglo XIX hasta fines del siglo XX. Esta tenía que ver con que, en la arena democrática, se discutan derechos que iban más allá de los derechos políticos y la cuestión electoral. Un ejemplo es todo el tema de la regulación de los salarios, donde se afincaron los liberales no democráticos en la etapa predemocrática para promover que al sufragio solo tuvieran acceso “los mejores”.

Es importante entonces pensar que, durante un largo siglo, la expansión y la historia de la democracia, con todas sus características específicas que asumen los distintos contextos regionales –la historia de la democracia en América Latina es distinta de su historia en los países del capitalismo central del Atlántico norte−, tuvo que ver con la posibilidad de que en esa arena democrática o política se discutieran derechos o cuestiones que iban más allá de lo estrictamente electoral. Esto se vinculó centralmente en América Latina con la cuestión del Estado. En América Latina se fue desplegando −sobre todo a partir del periodo de entreguerras en algunos países como México, Brasil y los países del Cono Sur, Chile, Uruguay y Argentina− un juego político que se desarrolló transitando diferentes rutas a las de los países del capitalismo central. En uno y otro ámbito se planteó una cuestión central: la discusión, democrática o no, de cuál debía ser la modalidad de regulación política de los mercados. Regulación política significaba revisar qué funciones podía asumir el Estado para moldear e influir sobre las tendencias que tiene la economía del mercado respecto de generar desigualdades de ingresos y oportunidades.

Un rasgo de las últimas décadas −sobre todo a partir de que se da esa especie de revolución neoliberal en el mundo a partir la década de los 80 del siglo pasado− es que las economías de mercado han desarrollado mecanismos cada vez más eficaces para resistir los efectos de la regulación política. Es decir que, esa relación que era contradictoria, pero que permitía coexistir conflictivamente democracia y capitalismo, si se mira un lado de la moneda, se ha vuelto más armónica porque hay menos conflicto entre ambos ámbitos. Ese fenómeno, por un lado, ha disminuido el atractivo de los regímenes autoritarios. Pero si miramos el otro lado, esa convivencia también está señalando un problema, que es la mayor limitación de los mecanismos políticos de la democracia para regular al capitalismo. Este es un tema central para entender cómo ha evolucionado el capitalismo en los últimos 30 o 40 años, sobre todo a partir de esa revolución neoliberal. El primer programa económico neoliberal en el mundo fue el de Chile de 1975. Este es el del Chicago Boys chilenos que le pasan el programa a Pinochet para mover a Chile en la dirección de lo que ahora, a partir de las protestas sociales de 2019, se está discutiendo acerca de si sigue vigente ese modelo. Como se sabe, se llevó a cabo, justamente, un plebiscito para ver si se mantiene la Constitución autoritaria de Pinochet o si se reforma democráticamente. Esto va en el sentido de que, a través de mecanismos democráticos, se puedan discutir cuestiones que tienen que ver con la economía de mercado. En el caso chileno un tema central, por ejemplo, son los fondos de pensión que todavía son manejados privadamente y con efectos poco igualitarios en la economía chilena.

Esa revolución neoliberal, entonces, comienza en América Latina con Pinochet. En el norte, los dos adalides fueron, claro está, Ronald Reagan en EE.UU. y Margaret Thatcher en Gran Bretaña; en ambos gobiernos su éxito estuvo asociado a que lograron derrotar huelgas. La primera batalla política que enfrenta Reagan fue la batalla de su gobierno contra los controladores aéreos. Reagan gana la huelga y destroza al sindicato de controladores aéreos. Thatcher, por su parte, tiene como contrapartida la huelga minera donde termina con los viejos sindicatos ingleses mineros. Por lo tanto, en ese sentido, hay un avance material de ese tipo de filosofía.

La otra cara de la moneda, entonces, de esta convivencia armónica entre democracia y capitalismo, es que la democracia corre el riesgo de que los mecanismos democráticos pierdan efectividad para debatir y decidir sobre cuestiones económicas y sociales relevantes, y, por ende, tornarse inofensiva. Las sociedades del norte, de hecho, se han vuelto menos igualitarias no solo en términos de distribución del ingreso, sino en términos de las relaciones generacionales. Los jóvenes de Europa y EE.UU. tienen muchas menos oportunidades que las que tenían sus abuelos y sus padres de llegar a ascender socialmente. Eso, por supuesto, también pasa en América Latina.

Un segundo elemento de la democracia para marcar −y que ha sido señalado por grandes autores tanto europeos como latinoamericanos− es que la democracia es anómala. Carlo Donoso, un notable sociólogo italiano, hacía referencia a que la democracia tiene una sombra autoritaria. Claude Lefort, otro gran intelectual, en este caso francés, decía que las democracias tienen una potencia adversa –por supuesto que estaba pensando en el surgimiento del fascismo y el nazismo en Europa en el momento en que hacía estas afirmaciones, y en el estalinismo, que también emergió en un contextos totalitario como el fascismo y el nazismo en Alemania-. Si reparamos en un argumento desarrollado por Wanderley Guilherme dos Santos, politólogo brasileño, hacía también alusión a este atributo cuando sostenía que “… la democracia, por su propia esencia, está condenada a aceptar el uso de sus instituciones con el objetivo reaccionario de destruirla. Ningún otro sistema asiste pasivamente a la persistente corrosión de sus fundaciones para hacerla sucumbir”. Efectivamente, si uno piensa en sistemas no democráticos –fascismo, dictaduras militares, fundamentalismos religiosos−, de ninguna manera esos regímenes aceptan pasivamente el uso de sus mecanismos institucionales para subvertirlos. En cambio, la democracia, por su esencia −precisamente porque incluye mecanismos que posibilitan incluso el cuestionamientos de sus fundamentos-, pueda ser abolida, o restringida sustancialmente, a través de sus instituciones. Esa es la razón por la que en el contexto democrático de los últimos años hayamos asistido a fenómenos –algunos con etiquetas de derecha y otros con etiquetas de izquierda− donde se utiliza la democracia para corroerla y hacer sucumbir sus fundamentos, que son los mencionados inicialmente. En el mundo del norte no solo tenemos a Trump y a Boris Johnson en Gran Bretaña, sino también a Víctor Urbán en Hungría, que se felicitaba cuando, al comienzo de la pandemia, Hungría había logado que el parlamento le diera permiso para gobernar con decreto nacional de urgencia −que en Hungría no se llama así pero que tiene un efecto similar a ese instrumento en la Argentina.

Entonces, este segundo elemento debe ser tenido en cuenta. Puede ser utilizado con ropajes de derecha, porque hay que reconocer que hay un avance de una derecha autoritaria que se beneficia de estas licencias y “anomalías” que da la democracia por su propia esencia; pero también por discursos, relatos y experiencias que se autotitulan de izquierda para seguir un derrotero similar. En este sentido, no habría que olvidarse que en el mundo está funcionando la segunda gran potencia, China, que nunca fue democrática y que en los últimos 30 años se ha vuelto capitalista plenamente, pero que todavía sigue utilizando en su justificación del funcionamiento institucional el adjetivo de “República Popular”.

Con este segundo elemento nos encontramos, así, con un campo de lucha democrático que se vuelve todavía más crucial en estas etapas en las cuales asistimos a esta doble crisis. Por un lado, está la crisis de la pandemia. Como todos sabemos, no solo tiene que ver con las cuestiones sanitarias sino con cómo se manejan todas las regulaciones acerca del funcionamiento de la economía y de la sociedad para poder paliar o responder a la amenaza sanitaria. Al mismo tiempo, sin dañar la economía de los respectivos países porque vemos que hubo, inicialmente en el mundo, una caída brutal, sobre todo en el mundo del capitalismo occidental, del ingreso y del producto bruto.

Por otro lado, la otra crisis es la relación contradictoria entre capitalismo y democracia. En la conferencia con Daniel Innerarity, una participante preguntó si la democracia efectivamente podía ser expandida en otras direcciones y en otros ámbitos más allá de lo propiamente electoral. Innerarity interpretó este interrogante en función de cómo relacionar los niveles de funcionamiento democrático de los países individuales de la Unión Europea y el funcionamiento del parlamento europeo como instancia de gobierno regional, que es una dirección totalmente pertinente para pensar. Pero también hay que pensar el tema en otra dirección que abarca cómo podemos rescatar el conflicto, la lucha y la demanda democrática para que efectivamente llegue a otros ámbitos de la vida social y no simplemente al ámbito propiamente electoral. Si uno ve la evolución de las sociedades capitalistas, tanto del norte como de las semiperiféricas de América Latina, se encuentra con que en las últimas décadas hubo ámbitos en los cuales encontramos avances. Por tanto, hay avances en temas de igualdad de género, pero todavía tenemos mucho de sociedad machista y paternalista. Sin embargo, se puede argumentar que se ha ido hacia atrás en relación a la eficacia de la democracia, para discutir, por ejemplo, los temas de la economía y de la regulación social de la economía. Tema que hay que debatir, pensar y luchar para lograr que podamos transformar a esta como una cuestión pública, más allá de las cuestiones partidarias de cada país.

En ese sentido, podemos tomar como ejemplo el caso de Chile, donde se aprobó la creación de una convención constituyente para discutir el modelo económico y social heredado de la etapa autoritaria que se mantuvo vigente entre 1990 y 2020. Como se sabe, Chile a partir de octubre de 2019 fue escenario de protestas muy fuertes contra el gobierno de Piñera que había sido elegido presidente con el apoyo de los partidos que habían apoyado a Pinochet. Pero durante los siguientes meses, cuando las protestas continuaron expandiéndose, hubo, de parte de la mayoría de los chilenos y las chilenas, un rechazo al conjunto de la clase política. No solo rechazaban a los partidos de la coalición de derecha, sino también a los partidos de la concertación democrática de centro izquierda. Incluso a los nuevos partidos del frente amplio que habían surgido de una izquierda más progresista en los últimos dos o tres años. Ese rechazo a la política es un riesgo muy importante porque lo que revela es que la población no tiene confianza en que, a través de la política, se puedan cambiar las condiciones de vida. Ese es el ámbito en el cual tenemos que dar la lucha, en el futuro, para que efectivamente la democracia deje de ser inofensiva y se torne atractiva nuevamente para las mayorías populares.

Al mismo tiempo, debemos evitar deslizarnos en la dirección de que las anomalías de la democracia y su indefensión frente a sus enemigos internos, la conviertan en una víctima fácil del autoritario de turno, como ocurrió en el caso norteamericano de Trump y en América Latina ha permitido el avance de autoritarismos de derecha y autotitulados de izquierda como los de Brasil, Venezuela y Nicaragua.

Por último, el desafío es recuperar la democracia para reponer la posibilidad de dilucidar colectivamente temas como la relación entre salario, productividad del trabajo y desigualdad creciente. Para tomar un ejemplo relevante, en Estados Unidos, a partir de la década del 30 del siglo pasado hasta la del 80, la curva de aumento salarial era prácticamente coincidente con la de la productividad del trabajo. Eran dos curvas que iban recorriendo una pendiente totalmente coincidente. Sin embargo, a partir del principio de los 80, la productividad del trabajo continúa su trayecto en alza mientras que el salario se estabiliza, se torna plano, porque ya no aumenta en función de esta productividad. Esa es una razón material muy fuerte para explicar por qué las oportunidades de tener una vida más o menos razonable para los hijos y nietos de las generaciones de posguerra –lo que los norteamericanos llaman las generaciones del baby boom– se vayan achicando cada vez más. Esto debe poder debatirse y cuestionarse en democracia, ese es el desafío.



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