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Repensando América Latina

Fernando Calderón

Como referencia fundamental, en este texto vamos a utilizar el libro que escribimos con Manuel Castells llamado La nueva América Latina. Creemos que puede servir para conversar, sobre todo, algunos puntos de la discusión sobre la democracia y el poder que se tiene a nivel regional y a nivel global.

El libro es el resultado de un conjunto de investigaciones en cadena que hemos hecho los últimos siete años. Decimos en cadena porque empezamos una investigación sobre modos de desarrollo informacional en continentes distintos. You-Tien Hsing estudiaba el modelo chino, Annalee Sexenian el modelo de Silicon Valley, Nico Clote y Alison Gillwald estudiaron la experiencia de Sudáfrica, Pekka Himanen el modelo finlandés e Isidora Chacon, Manuel Castells y yo estudiamos el modelo chileno y el modelo costarricense para América Latina.[1] Concluimos que había, en la nueva fase del capitalismo informacional, distintos modos de desarrollo. Asimismo, estudiamos cómo estos enfrentaban una crisis multidimensional global y cómo en esta crisis explotaban en todo el mundo movimientos de protesta que tenían como eje la demanda de dignidad de las personas y los derechos humanos. Todo esto integrado fundamentalmente por movilizaciones de jóvenes en redes de indignación y esperanza.

También tratamos de rearmar un modelo más conceptual sobre el desarrollo humano informacional, e incluso Himanen elaboró un índice mundial de dignidad. Fue una experiencia interesante que luego nos llevó a trabajar más intensamente en América Latina. Así, durante un par de años desde la Universidad de San Martín y una red de centros de investigación desde la UNSAM y la FLACSO en México hasta la Universidad de la República en Uruguay y Costa Rica, la Universidad de Valparaíso en Chile, la Universidad de San Simón en Cochabamba y la Universidad de Venezuela, elaboramos once investigaciones de casos nacionales para estudiar cómo había funcionado esta integración latinoamericana al capitalismo informacional y qué cambios se habían producido desde la economía y en la sociedad latinoamericana. Fue un viaje interesante donde tuvimos una visión del bosque. Paralelamente, Castells hizo una investigación de los cambios y la crisis en Europa, y nosotros buscamos tratar de comprender cómo funcionaba el informacionalismo a nivel no del bosque sino de los árboles. Por ello, fuimos a estudiar empresas.[2]

En el caso de Argentina, con un equipo formidable de jóvenes investigadores, estudiamos qué pasaba con el litio en Jujuy, qué pasaba en La Pampa con la producción de la soja, trabajando sobre la empresa Los Grobo, y luego trabajamos en Vaca Muerta en la extracción del fracking. Nos enfocamos en el territorio y en la estructura productiva informacional, es decir, en la punta de la reconversión tecnológica. Pero también en los cambios en los territorios y las comunidades y a su vez entre ellos y los gobiernos locales. Similares estudios se hicieron en México, Colombia y algo en Uruguay y en Bolivia. Me parece que esto nos permitió entender, “por dentro”, cómo funcionaba este nuevo dinamismo global empresarial en la región, cómo funcionaban las cadenas globales del informacionalismo. A partir de estos elementos, con Manuel Castells escribimos el libro. Fue una investigación larga y complicada donde volvimos a visitar países y a recopilar datos de información que terminaron en la producción de la obra. Fue un trabajo complejo, difícil, ambicioso, pero también consciente de sus debilidades y profundamente empírico. Una amplia información está registrada en el libro, pero también hay una página web, en el Fondo de Cultura Económica, donde se registra la complementación empírica de lo que se estaba analizando en cada capítulo.[3]

La tesis central del libro es que tanto el modelo neoliberal como el modelo neodesarrollista estaban agotados o tenían serios límites para reproducirse. Asimismo, que el agotamiento de estos dos tipos de orientaciones políticas del desarrollo −uno con énfasis en el Estado-mercado y otro en el mercado-Estado− habían producido cambios y generado una crisis en el sistema político. Todo esto, además, como parte de las transformaciones globales que se van dando a escala internacional. Sin embargo, lo más interesante no solamente son los límites y la crisis de estos modelos de desarrollo sino los cambios que suscitaron en la propia sociedad, la economía y la cultura latinoamericanas. Entonces, la nueva Latinoamérica es distinta, ni mejor ni peor, y lo que hace el libro es caracterizar esos rasgos.

Cambios estructurales

Hay tres capítulos sobre los cambios de carácter estructural que vive América Latina. El primer cambio relevante, tanto a nivel de empresas como a nivel macro de países, es que se generó un nuevo tipo de economía, que nosotros llamamos “extractivismo informacional”. Esto quiere decir que se introdujeron tecnologías de información, comunicación, producción, comercialización y financiación a escala global. Si van a Casares en La Pampa húmeda se van a encontrar con una “nave espacial” donde todo se gestiona informacionalmente para producir en una de las áreas agrarias más dinámicas de la Argentina, vinculadas por cierto con sistemas de innovación tecnológica de la Universidad de Buenos Aires. Seis o siete jóvenes gestionaban 24 horas al día, en la punta de la nave espacial, cómo funcionaban los precios y las dinámicas del comercio de la soja en el mundo. Se veía qué pasaba en el mercado chino, qué pasaba en otros mercados, y actuaban en función de esos datos; qué sembrar, cómo sembrar, cuánto sembrar, con qué tecnología, con qué tipo de semilla, qué tipo de maquinaria sería más pertinente, cómo se hacían asociaciones con productores, etc. Ese es uno de los modelos, lo citamos porque es el que tenía mayor incorporación ideológica y tecnología interna. En el otro extremo, en la producción de litio, todo era traído de afuera. Vaca muerta era una combinación de cosas: se importaba arena de China para hacer el fracking, que se monitoreaba por sistemas de información y comunicación en red, con antenitas que había detrás de cada pozo, pero se gestionaban desde otros lugares. Esto sucedió en todas partes: sucedió con el gas, con el cobre, con el café, etc., y este es el cambio más fuerte que se dio en la estructura económica de América Latina. Tenemos un nuevo tipo de economía. Seguimos siendo economías extractivistas, pero extractivistas informacionales.

El segundo tipo de incorporación en términos estructurales es la nueva economía criminal. El salto que ha tenido en los últimos 30 o 40 años esta economía, y fundamentalmente respecto de drogas en América Latina, es brutal en múltiples sentidos. No solo ha pasado a ser una de las principales fuentes de acumulación del capital financiero global, que es el que generó la economía global, sino que ha producido importantes transformaciones en la economía, en la cultura, en la política, en las redes sociales, en la vida cotidiana de las ciudades latinoamericanas más importantes. Incluso ha aumentado el consumo y se ha entrelazado con redes sociales especiales en todos los países y que tiene efectos en las políticas y en las sociedades . Se hicieron, por ejemplo, paros en San Pablo desde la cárcel. Se expandió en México, Rosario, Santiago de Chile, no hay lugar en donde no se haya mezclado con el poder. Entonces, esta economía extractiva, informacional, criminal, incluso ha penetrado la justicia, las fuerzas armadas y los servicios de inteligencia internos y externos. Asimismo, está determinada por una crisis cultural de la forma de vida del consumidor que, además, se complejiza y ahora se complementa con otro tipo de drogas más farmacéuticas. A nivel de la economía mundial, por ejemplo, en Europa se lavan entre 300 y 500 billones de dólares al año. ¿Qué economía puede hacer eso? Entonces, ese es un núcleo central de la economía, pero ¿quién va a decirle a la economía financiera global que reconozca este lado oscuro? Porque, además, plantea problemas éticos brutales. Por eso, el mismo proyecto de modernización de estas democracias está en crisis ética.

El tercer capítulo que hemos trabajado es la nueva urbanización. La conclusión más simple es que América Latina se ha vuelto un continente urbano. El 80% de la población latinoamericana vive en ciudades, y la mayoría de ellas en macrociudades. El único lugar del mundo que tiene un 2% más de población urbana es EE.UU., con un 82%.

Somos la segunda región del mundo con mayor población urbana y, curiosamente, vivimos de recursos naturales que provienen del campo.

Las ciudades han tenido un enorme proceso de transformación, y en el libro estudiamos los cambios en la urbanización. Desde el lado progresivo, han aumentado los niveles de desarrollo humano, ha bajado la pobreza, ha mejorado la calidad de la vida −más en el periodo neodesarrollista que en el otro periodo, pero también en algunos casos, como en Perú, por ejemplo, con gobiernos de orientación neoliberal bajó la pobreza−. Pero, en general, en ninguna parte de la región disminuyó seriamente la desigualdad. Seguimos siendo el continente urbano más desigual de la tierra. Los niveles de desigualdad son muy altos. Y esto está asociado, también, con estos fenómenos de descomposición y recomposición social, pues tenemos mundos urbanos pluricéntricos. No hay una ciudad estructurada como en el pasado en la sociedad industrial, un espacio público, sino que se ha fragmentado la ciudad. La especulación está en el centro de la reproducción urbana, el capital financiero especulativo está en el centro de la vida económica urbana, así como las migraciones, las recomposiciones sociales, etc.

Cambios socioculturales

Particularmente también estudiamos los cambios culturales y multiculturales que se han dado en la región, y que marcan una nueva América Latina. El más importante es la instalación de la sociedad red como principal forma de comunicación en la región y que con la pandemia se ha multiplicado. Vivimos en una sociedad red. La red y la calle se entrelazaron de una manera brutal. Esto está asociado con una tendencia a la individualización, al consumo, a la tecno-sociabilidad, y está también reforzado por la cultura de la diáspora, de los migrantes que se comunican en las redes. Este es otro fenómeno central: migrantes al interior de los países, entre países de la región y de la región hacia EE.UU. y Europa principalmente, pero también a Australia y Canadá. Pero lo interesante aquí es que lo que organiza todo esto es una nueva tecno-sociabilidad, que está medida por el acceso a las redes de información y comunicación, donde América Latina ha estado creciendo y ya está dentro del promedio mundial. Pero aún más, si hablamos del uso de los grandes sistemas de comunicación como Google, etc., América Latina es el lugar donde más se consume. No producimos ninguna red informacional, pero es donde más las consumimos. Ese es un cambio enorme, y en el centro está la individualización con varias luces y muchas sombras.

Otra crisis muy importante, y que hoy día resalta en la crisis de la pandemia, es la crisis del patriarcado. No estamos hablando de movimientos, luchas o cambios de mujeres, sino que hablamos de cambios demográficos, económicos y sociales en la estructura familiar. Ya no existe el monopolio central del hombre como centro de organización de la reproducción de la familia. Ya no existe una familia mononuclear. Hoy en día las redes familiares se han visto ampliadas, incrementando el papel y el trabajo de la mujer tanto fuera como dentro del hogar, mientras que su rol organizador de la reproducción familiar continúa siendo fundamental. Este es un cambio demográfico. Sobre eso se han dado movimientos sociales. Esto es muy importante porque la familia es lo que vincula al individuo con la estructura social. La hipótesis que tenemos ahora es que con esta pandemia el peso de la familia y de las redes sociales ha multiplicado su importancia y ha integrado el trabajo en la red. El trabajo se hace en casa, se estudia en casa, la casa reproduce el hogar. Y aunque vayan y vengan, tenemos cada vez más economías familiares complementarias y diversificadas que van, entran y salen, y que entre todos complementan una reproducción mínima que tiene sus límites ahora con la pandemia. No sabemos a ciencia cierta qué es lo que ha pasado con la información, pero queremos destacar la crisis de la familia patriarcal.

Otro capítulo que hemos trabajado son los cambios en la religiosidad contrastados también a nivel global. Un dato fantástico es que ha aumentado la religiosidad en la crisis global. En América Latina también ha aumentado la religiosidad, pero ha bajado la religiosidad católica. Hasta en Montevideo han aumentado los religiosos. Bajó la legitimidad de la religión católica y también hay una crisis estructural de la institución cultural más importante de poder religioso, pero también de gran solidaridad, en momentos difíciles de la historia de América Latina. En la región, han caído los porcentajes de participación y de legitimidad de la Iglesia católica como religión y como institución, mientras que han subido muchísimo los evangelistas. Ante ello, la respuesta por parte de la Iglesia católica fue el carisma del papa Francisco.

Después, hemos estudiado la dinámica del multiculturalismo como resultado del proceso democrático de estos 30 años en América Latina. Una conclusión del estudio es que se han reafirmado y valorizado las identidades originarias y las identidades afrodescendientes. Además, ha cambiado la legitimidad del multiculturalismo junto con una demanda de convivencia multicultural instalada en América Latina. Ejemplificamos casos como los zapatistas en México, los mapuches en Chile, los movimientos indígenas en Bolivia, y también los afrodescendientes en Brasil. Hay que resaltar un hecho: en todos los países, a lo largo de toda la región hay una valorización de los pueblos originarios y afrodescendientes. Es un buen logro, a pesar de la importante presencia de un racismo duro que ha tenido la región en estos 30 años.

El otro cambio fundamental que ha existido en la región es la emergencia de nuevos movimientos socioculturales con dos características. De un lado, los movimientos sociales son sobre todo jóvenes que demandan valores éticos. Reclaman ética en la política, gestionan los conflictos políticos y sociales, pero también sobresalen los movimientos de género −principalmente movimiento de mujeres−, y también se dieron nuevos movimientos ecológicos vinculados a los pueblos originarios, pero también a un cambio en la opinión pública. Y todos estos movimientos se dan con vinculaciones y redes globales, no solamente instaladas en América Latina. Cuando estudiábamos, por ejemplo, el caso de los mapuches en Vaca Muerta, cuando fuimos a hacer el trabajo de campo, nos invitaron a entrar al “laboratorio informacional” que tenían ahí los mapuches. Estaban programando acciones comunes con los Siox en EE.UU. para frenar la contaminación del agua producida por el fracking.

El ejemplo de los movimientos de mujeres, el caso del movimiento argentino y el movimiento chileno han repercutido hasta en la India. Entonces, hay una expansión y conexión entre los nuevos movimientos sociales que aún no se han transformado en fuerza política. Algunos movimientos de protesta en Chile, como el movimiento por la dignidad, que es el más fuerte, pero también en Perú, Ecuador y Colombia. La otra cara de la moneda es que han estallado y se han formado movimientos de sectores medios conservadores jóvenes en Brasil, Bolivia, Perú y Colombia, de protestas sociales. Se trata de una de las pocas veces en la historia de la región donde se rompe el monopolio de la izquierda en la calle. Es un tema serio, y no queremos entrar en un menosprecio ideológico, sino tratar de entender esos fenómenos. Han estallado en todas partes, no se puede comprender a Bolsonaro, por ejemplo, sin estos movimientos. Y cuando nombramos a Bolsonaro nos referimos a un cambio estructural en la política de América Latina más cercana a Trump que al resto del continente. Se ha armado, así, un nuevo campo de conflicto en lo social y cultural. Hay estos nuevos movimientos sociales progresistas, pero también hay estos otros movimientos asociados con los sectores medios y también con fuerzas evangelistas, conservadoras, como en el caso de Brasil.

Con todo esto, una transformación central se ha vuelto a multiplicar más en América Latina: el espacio digital. Hoy hay un nuevo espacio público que está estructurado sobre la comunicación digital, y en el centro de esto está la política. Este es un fenómeno mundial muy complicado. No hay lugar en el mundo donde no se haga política en este nuevo espacio de comunicación digital. En el libro se analiza lo que han sido las tecno-verdades, se analiza cómo es la publicidad, la comunicación, la construcción comunicacional de la corrupción, cuáles son los juegos de poder en la comunicación y el enorme poder de las transnacionales de comunicación, pero también el enorme poder de las nuevas redes de comunicación. En síntesis, el espacio público ha cambiado. Hacer política y no tener recursos para una campaña de publicidad condena al fracaso, y eso es lo que ha reproducido la corrupción en el sistema político y en el Estado. Entonces tenemos, al final, problemas de descomposición del Estado. Hemos hecho una tipología compleja de los sistemas y mecanismos de la corrupción. Al final de todo esto se ha instalado una polarización y una crisis de confianza entre gobernantes y gobernados. Se ha instalado la política del escándalo, la judicialización de la política; se viene reinstalando una relación amigo-enemigo en la cultura política. Por eso, al final del libro trabajamos la crisis de la subjetividad, utilizando una metáfora aymara, “la kamanchaka”, que se refiere a una bruma que inunda el alma del mundo andino, quiere decir que, en las montañas andinas, a los campamentos mineros −en la Argentina también− llega de repente una nube que se introduce a las viviendas, a las casas, a las minas, a todas las esferas del trabajo y la reproducción social, y produce depresión, desaliento. Esto es histórico, y esta depresión es una crisis de la subjetividad. Entonces, no se encuentran salidas. Por eso es importante contrastar esta tendencia fortaleciendo la arcana cultura de resistencia.

Estamos en un momento en el que la kamanchaka, con esta pandemia, se ha agudizado. No hay horizonte, es muy difícil ver en el horizonte futuros, pero nosotros también insistimos en que hay lucecitas, y estas lucecitas tienen que ver con la cultura de resistencia, los lazos sociales y la solidaridad propios de la cultura popular latinoamericana. La democracia liberal tal cual existe está agotada. Los sistemas de representación tal cual existen están muy limitados, están agotados. En EE.UU., por ejemplo, los ciudadanos no se sienten representados por las autoridades parlamentarias, y esto es una crisis central de la democracia. No desconfían del Parlamento, desconfían de quienes trabajan en él. Si no puede haber ejercicio de la democracia representativa, la democracia no puede existir.

Hacia un constructivismo político

Entonces, es muy importante reconstituir este rol del espacio público y en este caso del Parlamento. Da la impresión de que la visión solamente liberal de la democracia es insuficiente. Es necesaria, pero insuficiente. Por eso, y ahí quizás el Parlamento pueda jugar un rol fundamental, pensamos que lo que puede cambiar y producir la transformación política es la política consociativa. Esta es una política de intercambio, pero asociada al concepto de agencia. Esto quiere decir que el proceso deliberativo vincula el resultado de lo que se delibera con el procedimiento para conseguir esa meta, y ese proceso es un proceso deliberativo. Si hay alguien que podría jugar un papel central ahí es el Parlamento, pero no solo a escala nacional, sino sobre todo de vinculación a nivel territorial y comunal, y en el caso de las macrociudades como en Buenos Aires, a nivel de las localidades. Es decir, cómo podemos hacer una política que vaya de abajo hacia arriba y de arriba hacia abajo, cómo podemos construir una política de comunicación productiva. En línea con lo que plantea el filósofo italiano Vattimo, no es cuando tenemos la verdad que nos ponemos de acuerdo; es más bien cuando nos ponemos de acuerdo que encontramos la verdad.

El otro gran desafío de la política deliberativa es su carácter psicocultural, que tiene que ver con un principio de alteridad. Podríamos pensar en tomarles un examen a los parlamentarios de América Latina y preguntarles: “¿Qué dijo el otro?”, y no: “¿Qué dices tú?”, para ver si hay equidad en el acto de habla y estudiar cuál es realmente la comunicación y cómo dentro de ella uno cambia y modifica de opinión, puesto que en democracia, salvo los valores de los derechos humanos, no hay valores absolutos. Pero el tema actual me parece que está en pensar cómo yo delibero para alcanzar un mínimo de gobernabilidad sistémica. Ahí el Parlamento podría jugar un rol y construir una relación creativa entre todos, porque si prima una lógica amigo-enemigo, todos van a perder. Obviamente reconociendo que la misma democracia es un campo de conflicto institucional.

Hay que trabajar, entonces, en medio de la pandemia, la cuestión de la gobernabilidad sistémica. Esto quiere decir reconocer los umbrales mínimos en los cuales podemos estar de acuerdo sobre el funcionamiento de las instituciones para que funcionen bien y empiecen a ser legítimas. ¿Cuáles son los umbrales mínimos para la economía? ¿Qué es lo que no podemos hacer? Esto es clave para que funcionen las instituciones, para que funcione la comunicación. ¿Cuáles serían estos fundamentos básicos? A todo eso se llama gobernabilidad sistémica, acuerdos sistémicos mínimos de corto plazo en aquello que produce el Parlamento para que esto no se convierta en una catástrofe. No para resolver el tema del Estado, no para resolver el tema de la acumulación de capital, los roles estratégicos de los empresarios o cualquier otro problema, sino para lograr un básico mínimo de confianza común para enfrentar esta tormenta que ya está.

Consideramos central la necesidad de construir opciones de gobernabilidad de corto plazo para parar las brutales consecuencias negativas de los cambios globales, de los cambios regionales y nacionales asociados con la kamanchaka y con crisis multidimensionales globales. Hoy día la dimensión de la salud es también multidimensional y afecta la vida cotidiana. Entonces, hay que volver a repensar en opciones de cambio a corto plazo para eliminar esta lógica amigo-enemigo, para buscar soluciones mínimas, como se dice en la clásica literatura política, hay que buscar acuerdos en lo que no se debe aceptar. No en la gran ideología de no sé quién o no sé cuánto, sino en indicadores mínimos que tienen que ver con la vida de la gente. Eso es clave.

Por otro lado, ciertamente es fundamental reconstituir y reconstruir las orientaciones políticas que permitan rearmar mapas de desarrollo y de democracia para América Latina. Pero hoy día la democracia liberal está colapsando en todo el mundo, y las formas políticas conservadoras y antinacionalistas están ganando fuerza, estas formas son, además, conservadoras y nacionalistas modernas. Esto pone en cuestión el momento de globalización que estamos viviendo y busca esperanzas para ver cómo reconstruir escenarios de futuro. Y ahí el diálogo, la deliberación y el papel que pueden cumplir los Parlamentos rompiendo los cánones culturales tradicionales serán fundamentales.

Estamos terminando un periodo histórico, y es muy importante para comprender el nuevo campo de lo posible de la política entender la emergencia de la nueva sociedad de la información que sucede a la “industrial dependiente” anterior y que ya estaba predibujada en sus entrañas, y sobre todo detectar los rasgos del nuevo momento que se inicia y dibuja los nuevos patrones de un futuro inmediato.


  1. Ver: Castells y Himanen: Reconceptualizando el desarrollo en la era de la información global. Buenos Aires: FCE, 2016.
  2. F. Calderón (coord.): Navegar contra el viento, UNSAM, 2018.
  3. Véase: https://bit.ly/2ZOEmXW.


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