Tenemos una hermanita sin pechos todavía. ¿Qué haremos con nuestra hermana el día que se hable de ella? Si es una muralla, la coronaremos de almenas de plata, si es una puerta, la reforzaremos con barras de cedro.
El Cantar de los Cantares, 8: 8-9
Hablar del erotismo es hablar de un suceso que funciona como detonante, como un disparo de sensaciones, juegos, sueños, deseos. Tal vez una caricia, la visión de un cuerpo, la mirada, un perfume, o al contrario, una exigencia que se impone por la fuerza, una obediencia perversa a la que nos somete una autoridad superior. Lo erótico puede despertarse de muchas maneras, incluso la biología puede contribuir a esta toma de conciencia mediante hormonas que incitan al placer, o a través de cambios anatómicos que sufren los cuerpos que pasan de la infancia a la adultez. Por ello, los caminos que conducen a la manifestación del erotismo no son homogéneos, y no presentan las mismas características.
Si admitimos el carácter lúdico del erotismo, mejor dicho, su juego y construcción, podemos también decir que el despertar erótico implica un cambio en las elecciones de ese juego: se dejan las muñecas, las canicas, las damas chinas, por otros juegos, como por ejemplo, la seducción.
En dos de los cuentos de este apartado, “El mulato”[1] y “Señorita en la cuadra”[2], se encuentran esos dos momentos bien diferenciados: el tiempo del juego infantil, entre hermanos, hermanas o amigos, y el tiempo de su desaparición y los cambios que vienen con el pasaje de la infancia a la adolescencia. El florecimiento sexual implica también el primer dilema de las mujeres, en la medida en que hay un enfrentamiento con el poder, la autoridad, la familia, la iglesia, etc. La lucha por la autonomía de los cuerpos es la manzana de la discordia en esos relatos y es lo que genera conflictos. Estos enfrentamientos provienen de los discursos de autoridad de las instituciones y de reglas que se supone, hay que seguir y que deben estar en conformidad con la edad pero que no son sino apologías desacreditadoras de la juventud o que ridiculizan la infancia por ser un periodo de la vida considerado inestable y poco serio.
El despertar erótico es entonces algo que debe ser pospuesto, combatido, reducido, ridiculizado, vigilado y finalmente, eliminado por peligroso o por ser políticamente incorrecto.
Sin embargo, el despertar erótico también puede venir a destiempo, es decir, como algo generado a partir de un abuso sexual o una violación. Sería en ese caso un regalo pero envenenado, nacido de una tragedia como sucede en el “Cuento VI” (CVI)[3] de Mildred Hernández que también se analizará aquí.
Conciencia corporal, deseo y subjetividad
La conciencia corporal y la subjetividad de la jovencita en relación con su estado de deseante y de deseada es un hecho presente en los textos escritos por las mujeres de la región[4], y justamente el despertar erótico y sexual se encuentra en el centro de esta conciencia. Nadia Celis señala que
La subjetividad de la niña atestigua la existencia de esas otras formas de conciencia en el origen del sujeto, dando cuenta de la precedencia de un deseo de libertad interior y coexistente con la sujeción o la producción del sujeto por el poder (Celis, 2015, p. 46).
De acuerdo con esto, el despertar erótico surge al mismo tiempo que el despertar de la conciencia, sin embargo, no es solamente el cuerpo y el deseo que se imponen sino también la responsabilidad y las consecuencias que ese deseo trae consigo. Conciencia y cuerpo, dos cosas, una inmaterial, otra concreta, forman parte de la misma experiencia sensorial que comienza. Despertar al placer, despertar a los sentidos es entonces colocarse en el mundo con una subjetividad particular no exenta de problemáticas, como lo señalaba Wilhelm Reich en su obra La revolución sexual cuando asevera que, efectivamente,
En ningún otro campo, la ideología conservadora ha podido influenciar tanto a la sexología como en el de la sexualidad de la adolescencia. El alfa y omega de todas las investigaciones sobre esta cuestión consiste en dar el salto desde la comprobación de que la pubertad es ante todo la madurez sexual, hasta la exigencia de castidad en los adolescentes. No importa el disfraz que se ponga esta exigencia, cubierta con argumentos biológicos como “la madurez no llega hasta los veinticinco años” (Gruber), o vestida de motivos éticos, culturales, o higiénicos, ningún autor, salvo error por mi parte ha caído en la cuenta de que la miseria sexual de juventud es un problema esencialmente social, surgido de la exigencia de castidad impuesta por la sociedad conservadora (Reich, 1985, p. 102).
La sexualidad de los adolescentes ha sido siempre un tema sensible, como lo muestran algunas películas de aprendizaje[5], pero si se habla de América Central, el tema lo es más. Hasta la fecha, ni la ciencia, ni el psicoanálisis, ni la religión han podido trazar los límites de la madurez sexual y menos aún, los del placer. Desde ese punto de vista, el despertar erótico es complejo, no clasificable, pero muy real. Y siguiendo a Reich, es posible afirmar que, efectivamente, en los textos que aquí analizamos, la jovencita, la chiquilla, desea y no duda delante del placer, incluso lo provoca. Hay que añadir: el despertar erótico y sexual comienza ahí donde hay una imposibilidad de definirlo y es justamente esta incapacidad de definición lo que se encuentra al inicio del despertar como tal. En “El Mulato” leemos:
Carlitos y Alberto no tienen esos hombros resaltados y el… bueno, trasero tan apretado que dan ganas de tocar, ellos no huelen a maleza húmeda, ni tienen ese sudor amargo que brota cuando él me mira, tampoco me acechan como él; con esa mirada de gato que me pone inquieta, con ellos nunca estoy tan consciente de mi piel, ni se tensan los músculos con esa angustia que me sofoca como si todo mi cuerpo estuviera a la espera de algo que yo no sé (Prieto, 2002, p. 24).
El despertar erótico vuelve al cuerpo consciente, y quien dice cuerpo dice carne porque ella es finalmente la que está expuesta cuando los sentidos afloran. El pasaje anterior muestra bien lo que ocurre cuando al cuerpo le entra como un latigazo, producto de las sensaciones nuevas que lo atraviesan. El despertar erótico es pues algo que comienza en la piel, en la carne, pero que termina donde el lenguaje ya no sirve. De ahí que la frase “yo no sé” supone –y no sin paradojas– la conciencia del cuerpo, de algo material que activa la alarma del eros. Se estudiará más el sentido de esta frase recurrente en el primer cuento de este capítulo.
En el tercer relato, “Cuento VI”, hay también una inquietud percibida como rara, extraña, tal y como lo describe la narradora: “Desde entonces cada vez que me enjabono ahí y siento el agua recorrerme; vuelvo a experimentar el mismo calor extraño. Y me siento rara” (Hernández, 1998, p. 21). Una vez más, se leen las palabras “extraño”, o “allí”, que forman parte del universo erótico que se abre delante de los ojos de la protagonista. El texto muestra cómo poco a poco la confluencia de sentimientos, deseos, sensaciones hace del erotismo un movimiento difícil de definir con palabras. Se puede agregar también que “Cuento VI” es un microrrelato que habla de un abuso sexual ocurrido en la niñez, es decir, cuenta una medición de fuerzas de una forma sutil que nos golpea a través de su doble aspecto: por un lado, hay fascinación, por el otro, repulsión. Sin embargo, es verdad que el despertar erótico se da pero aparece como un producto “maldito”, o como dirían algunos, un regalo envenenado.
Hay que insistir en las frases que reenvían a la incerteza de las cosas: “yo no sé”, y “me siento rara… En el primer texto, “El Mulato”, se intentará encontrar una posible interpretación del sentido del “no saber”. Ahora bien, es verdad que el “me siento rara” del “Cuento VI” puede tener otro significado dado el abuso sexual narrado.
Con respecto a la biología, esta induce al despertar erótico y sexual en el que juegan un papel vital las hormonas, las primeras reglas, los cambios en el comportamiento, los deseos nuevos, etc. Ese es el caso del relato “Señorita en la cuadra” de la escritora hondureña Lety Elvir:
Fui a mi casa y sin ninguna gana de orinar me senté en el servicio y… nada, revisé el calzón y descubrí que huellas de sangre oscura humedecían la parte interna de él. Me inundó la alegría, algún tipo de orgullo y la certeza de que algo nuevo y bonito había comenzado a pasarme (Elvir, 2013, p. 87).
Aquí el despertar erótico pasa por condiciones anatómicas, psicológicas que llevan a la toma de conciencia de algo nuevo y bello, que está por llegar. Se constata la presencia de un reloj biológico que va la de la mano con el nacimiento del deseo y el descubrimiento del cuerpo en tanto sujeto. Poco importan la edad, la condición social de las protagonistas, o incluso, la medición de fuerzas en las que se desarrolla ese despertar pues su llegada es inminente.
Sin embargo, hay que señalar que este cambio, este pasaje de la infancia a la adolescencia, no se vive con el mismo gozo, como uno pudiera suponer. La regla, en el texto de Elvir, es motivo de disputa y de tristeza para las mujeres de la familia dado que anuncia lo inaplazable del juego erótico, así como el cuestionamiento de la autoridad familiar, producto del deseo emergente.
En “Señorita en la cuadra” la regla es considerada inmunda, sucia. Las voces de autoridad que hablan en el texto juzgan negativamente a la menstruación. Lo puro y lo impuro, ya se verá, es por cierto un tema fundamental cuando se habla del despertar erótico. Sin embargo, el relato de Elvir propone una refutación de la antigua maldición ligada con la regla a través de una teología indecente que trata de deconstruir los imaginarios negativos en torno a este tabú.
Por otra parte, hay que volver sobre una noción fundamental que atraviesa los tres relatos de este apartado: se trata de la conciencia corporal tal y como se ha señalado al inicio de este capítulo. Nadia Celis[6] ha dado una definición clara y pertinente que ayuda a comprender la complejidad del despertar erótico y de la chiquilla que se vuelve sujeto, individuo. Celis señala:
Acuño el término conciencia corporal para nombrar en primera instancia, la condición comunicativa y creativa del cuerpo, manifiesta en su capacidad para decodificar los mensajes expresados por el movimiento, los gestos, la apariencia y los estímulos sensoriales en la variedad de experiencias intercorporales que dan lugar a la formación del sujeto. El cuerpo consciente es en esta primera acepción, ese cuerpo vivido, cuya percepción media y habilita […]. Si bien la conciencia corporal en su primera dimensión es universal, aun si no somos racionalmente conscientes de ella, la segunda responde a los usos del cuerpo en contextos culturales específicos (Celis, 2015, p. 72).
La conciencia corporal es entonces lo que permite expresar, crear, volver visible al cuerpo. Pero esa expresión o las formas que utilice deben ser leídas de acuerdo con un enfoque que tome en cuenta las particularidades de una cultura determinada. En Centroamérica, por ejemplo, quizá haya una conciencia corporal distinta a la de la mujer promedio europea, o de otras geografías, pues la conciencia es moldeada por la historia, la sociedad e incluso el clima. En los países centroamericanos la vestimenta, la ausencia de cuatro estaciones, el rezago jurídico en cuanto a leyes sobre la interrupción del embarazo, o la igualdad salarial construyen una manera diferente[7] de ser mujer e individuo en el mundo. La conciencia corporal en estudio ve la sexualidad de las jovencitas como algo natural y maravilloso, pero al mismo tiempo, como algo que se debe analizar cuando estrategias de poder, manipulación o abusos están en juego.
El tercer relato, “Cuento VI” de Mildred Hernández, cuenta una historia de violación, sutilmente narrada gracias al lenguaje literario. Con todo, el abuso sexual está ahí, escondido por la voz de la narradora que intenta invisibilizar algo que es evidente. Sin caer en un enfoque psicologista o biográfico, es verdad que la forma en la que las cosas son dichas no nos disuade de tomar partido cuando así la historia lo requiera: todo acto sexual es en definitiva político y esto es claro en cualquier texto. Sin embargo, en el erotismo no se juzga sino que se leen los hechos tal y como están narrados, sobre todo si se habla de discursos literarios o artísticos que, a través de la metáfora u otros recursos, intentan explicar la complejidad del mundo.
Entonces, una vez más, la conciencia corporal se interpreta de acuerdo con la cultura en la que emerge. En ese sentido, Marcella Althaus-Reid cuenta que
En Argentina, mi generación alcanzó la pubertad tras hacerse experta en evitar a los hombres que se masturbaban y eyaculaban encima de ellas en los transportes públicos o que las tocaban en la calle al tiempo que prodigaban comentarios acerca de sus tetas o de sus piernas (Althaus-Reid, 2005, p. 112).
El acoso en las calles, en el transporte público, las relaciones desiguales del día a día, entre otras injusticias que viven las mujeres en América Latina, y sobre todo, en Centroamérica, moldean una conciencia corporal particular que está presente en los relatos escogidos.
Con todo, el despertar erótico puede ser vivido con gozo, fascinación, sorpresa, es decir, de forma optimista. La conciencia corporal permite, a fin de cuentas, interrogarse sobre los inextricables caminos que conducen al eros, a través de una esfera donde las jovencitas son el centro.
Erotismo sin amor
Por otra parte, es preciso mencionar un aspecto no tan evidente en los tres textos: se trata de la ausencia del amor. Mejor dicho, el despertar erótico en esos relatos no tiene nada que ver con la noción heredada de amor occidental. En ninguna parte los textos hablan de amor, o de compromiso, ni siquiera de noviazgo. Los tres relatos de este apartado no ligan al amor con la sexualidad, y esto no es baladí pues la crítica literaria tradicional se ha inclinado por estudiar esas relaciones, o incluso por buscar justificaciones de carácter biográfico a textos de amor y sexualidad o a textos donde la “pretendida” sentimentalidad de las mujeres aparece. Esta tendencia dichosamente parece superada[8].
Como bien lo ha señalado Alexandra Destais[9], disociar el sexo del sentimiento es una de las primeras inflexiones importantes cuando hablamos de la literatura escrita por mujeres y del erotismo. Solo de esa forma, se pueden comprender la aparición y el éxito de novelas francesas clásicas como Histoire d’O, Emmanuelle y, en América Latina, la poesía de Ana María Rodas y Gioconda Belli en los 70, la novela María la noche de Anacristina Rossi, en 1985, así como los textos de este apartado. En todos los casos, el sentimiento no tiene nada que ver con el gozo de la sexualidad o el erotismo. Todo esto significa que, en este estudio, el despertar erótico, a pesar de su implícita ingenuidad, no necesita del amor para completarse.
Es posible separar los dos porque el amor y el erotismo son movimientos independientes que, no obstante, se mezclan frecuentemente. ¿Es posible el erotismo sin amor? Octavio Paz dice que sí, pero “amor sin erotismo” es prácticamente imposible porque quien ama, desea y en el deseo se expresa el eros. El sexo está presente pero el componente que lo liga con el amor es precisamente el erotismo, de modo que es posible disociar los tres y así, habría que interrogarse por la ausencia de amor en estos cuentos del despertar erótico.
En efecto, “El Mulato”, “Señorita en la cuadra” y “Cuento VI” corresponden a un momento de consolidación de los relatos eróticos en la medida en que disocian el erotismo de los sentimientos e incluso, van más lejos al prescindir del amor. De ahí su valor y mérito. La inflexión evocada por Alexandra Destais al hablar de textos eróticos escritos por mujeres es una idea que se encuentra en los tres relatos. Distinguir el sentimiento del erotismo es un punto de partida de este capítulo, y del libro en general[10]. Pero si se habla del despertar erótico, la ausencia de amor se vuelve más reveladora porque entonces el tema del deseo femenino se coloca al mismo nivel que el masculino, es decir, es un deseo que nace con toda libertad de conciencia.
La vigilancia, casi siempre burlada
El tercer gran tema que atraviesa los relatos de este capítulo es la vigilancia, si bien abordado de distintas formas. Aquella idea patriarcal según la cual la mujer es como “los niños”, una suerte de hombre incompleto, o incluso “un ser desobediente por naturaleza”[11] es la excusa perfecta para no despegar los ojos de ella. Por su incapacidad de tomar decisiones o por su maleabilidad a la hora de la seducción (Eva fue seducida por la serpiente y no Adán), las mujeres deben ser vigiladas y son objeto de un control permanente. En esa línea, Elsa Dorlin[12] afirma: “La tesis misógina se concentra en la perversidad de la mujer consciente de su poder de seducción, cínica, malvada, que solo la tutela paternal –y luego marital– y una total sumisión, pueden dominar” (Dorlin, 209, p. 21)[13].
La vigilancia es pues un pasaje obligatorio cuando se habla de mujeres y sobre todo, de las jovencitas cuyo control es más estricto porque, inevitablemente, se convertirán en mujeres. Mejor dicho, si la mujer ha sido toda la vida custodiada, la adolescente, más. Ella puede ser tocada, manoseada, de ahí la necesidad de vigilar su cuerpo y su deseo.
En ese sentido, se comprende el pasaje de “Señorita en la cuadra” en el que la protagonista aprovecha la ausencia de su familia para poder ver en un espejo sus genitales:
… una tarde en que los gemelos, mis hermanos, se enfermaron y todos se fueron para donde el pediatra, y que por fin me quedé sola en casa, bajé el espejo grande que colgaba de la pared, lo coloqué al ras del suelo, me senté abierta frente a él, sin calzón, y empecé a buscar la razón de la ansiedad de las mujeres de mi casa (Elvir, 2013, p. 90).
La adolescente no ignora que, para su familia, eso que ella acaba de ver es algo inquietante. Por eso ella debe esconderse para observar su sexo. Pero, unas líneas después, la vigilancia revela su carácter aún más profundo:
… yo había visto lo prohibido, lo misterioso, lo mío, lo que me era negado, ocultado, a pesar de que estaba en mi cuerpo y por tanto era mío, pero lo cuidaban para alguien más, yo solo era la depositaria irresponsable que lo podía echar todo a perder (Elvir, 2013, p. 90).
De esa forma, la vigilancia se da para que su sexo sea protegido y guardado para alguien más. Es como si el sexo de la jovencita no le perteneciera a ella sino a otro, sin embargo, es de ella, no hay duda. Pero ella debe guardarlo porque será el bien futuro de alguien más. Aparece aquí la idea de “la mujer irresponsable” que la sociedad debe vigilar incluso de adulta.
Ese mismo tema se ve en “El Mulato”. Allí se cuenta que la muchachita está siempre vigilada por su madre o su abuela. Cada vez que sale, ella camina acompañada de un adulto. La escuela controla y su padre, con tono autoritario, también. A pesar de todo, el deseo es más fuerte y al final del cuento, ella se escapa de la vigilancia de su abuela y abandona la casa por un momento para encontrarse con el mulato:
Y nunca se lo he dicho a mi mamá porque seguro me regañaría […] tampoco le diré que ahora voy a salirme del corredor. Ahora que mis padres no están en la casa y la abuela está muy vieja, iré frente a las piedras, unos minutos antes de las cuatro de la tarde y esperaré a que pase (Prieto, 2002, p. 25).
La protagonista, empujada por la curiosidad y desafiando a la autoridad, como se analizará luego, se burla de la vigilancia y se atreve a dominar su destino.
En el “Cuento VI” también se observa el tema de la vigilancia pero esta vez, la niña es la víctima. Cuando se habla de abuso sexual sufrido en la infancia, hay que tomar en cuenta la necesidad de vigilar en caso de eventuales violadores o pedófilos. Los niños son más vulnerables y vigilarlos es un imperativo. Pero, en ese cuento, pasa lo contrario:
Yo tenía seis años y él me sentó sobre sus piernas. El agua del río nos cubría la mitad del cuerpo y el cosquilleo de sus dedos entre mis muslos me produjo un calor extraño. “No digás nada”, me ordenó con un susurro al oído (Hernández, 1998, p. 21).
En estos casos, uno suele preguntarse sobre dónde estaban los padres de la niña o el niño. El incesto es un crimen y el agresor es casi siempre alguien cercano a la familia o un amigo. En el microrrelato de Hernández, el agresor aprovecha la ausencia de alguien, por ende, la vigilancia también es aquí burlada.
Si en los tres cuentos se aborda la vigilancia, sea bajo el signo normativo o ligada a un aspecto perverso, la verdad es una: ese tema forma parte del despertar erótico y su discurso. Pareciera que traspasar o infringir la vigilancia es algo que, de alguna manera, enciende el despertar erótico per se.
Voluntad de saber y curiosidad erótica
El último gran tema de al menos dos de los relatos es la voluntad de saber o más específicamente, “la curiosidad erótica”, parafraseando a Gayle Rubin[14] . En efecto, tanto en “El Mulato” como en “Señorita en la cuadra” se asiste a una voluntad de saber cuyo origen es erótico. La curiosidad aquí crea una especie de misterio por resolver que atraviesa el cuerpo de las dos protagonistas. En cada texto, analizaremos la dinámica de esta curiosidad. En “El Mulato” se lee varias veces la frase “yo no sé”, que en realidad esconde un desafío a la autoridad. Pero el hecho de ignorar algo puede devenir en deseo de saber, de conocer. La jovencita no comprende lo que le ocurre cada vez que ve al mulato. Su cuerpo reacciona, y es justo esa sensación la que no entiende. Por eso ella se pregunta de dónde viene la causa de ese desasosiego:
¿Te acordás, te acordás de aquella vez? Y cuando me lo diga, sentiré que se me ensortijan los poros de la espalda y los botones de la blusa se volverán tan apretados por algo que a fuerza de ensancharse ya no cabe (Prieto, 2002, p. 24).
La curiosidad erótica nace en el cuerpo, el relato lo atestigua. El pasaje que cierra es paradigmático en la medida en que hay una reacción de parte de la adolescente que intenta responder a las dudas sobre su deseo. La muchachita se pregunta por el origen de ese deseo y al final, ella reacciona y decide ir a encontrarse con el limpiabotas para, como dice el cuento, literalmente, “salir de dudas” (Prieto, 2002, p. 25).
De esta forma, la curiosidad erótica la lleva hacia una experiencia libremente escogida, premeditaba, anhelada. El saber del sexo, según Foucault, está aquí ligado a la jovencita que habla de su deseo y de su voluntad de comprender. Incluso, si como lectores asistimos a su confesión en tanto sujeto deseante, es cierto también que ella intenta dominar, administrar su deseo. La voluntad de saber viene de ella misma, no de otros. Luego se verá que detrás de la frase recurrente del “yo no sé” se camufla esa curiosidad de la que habla Rubin y que suele ser mal vista. No hay que olvidar que la curiosidad, según el dicho popular, “mató al gato”. Sin embargo, en estos relatos, la curiosidad, sobre todo la erótica, refuta las supuestas consecuencias de un tal comportamiento.
En cuanto a “Señorita en la cuadra”, la curiosidad se revela desde el cuerpo de la jovencita. Desde sus primeras reglas, la protagonista cuenta que su familia la ve diferente y justo eso fue lo que despertó su curiosidad: “Desde aquel día los habitantes de mi casa actuaron raro conmigo y en mi interior nació una curiosidad, se elevó tan alto que meses después comencé a hacer cosas extrañas…” (Elvir, 2013, p. 90).
Este cambio de comportamiento de la madre y la abuela de la protagonista se debe a la angustia de ellas frente a la menstruación de la menor porque ese hecho es sinónimo de un despertar erótico y del pasaje de un estado físico a otro. La muchacha no será nunca la misma. A través de su curiosidad y voluntad de saber, a través de la mirada, se distingue un discurso erótico de carácter optimista. Entre intuición y duda, hay un erotismo palpable, un placer ligado al despertar. En ese sentido, las ideas de Foucault[15] vienen a la mente:
No es en el ideal de una sexualidad sana, prometido por la medicina, ni en la ensoñación humanista de una sexualidad completa y desenvuelta, ni, menos, en el lirismo del orgasmo y los buenos sentimientos de la bioenergía, donde habría que buscar los elementos más importantes de un arte erótica ligada a nuestro saber sobre la sexualidad (todo eso se refiere sólo a su utilización normalizadora), sino en esa multiplicación e intensificación de los placeres ligados a la producción de la verdad sobre el sexo (Foucault, 2007, pp. 89-90).
Visto así, el despertar erótico puede ser considerado como una tentativa de conocer la verdad del sexo a través de un impulso que no se define claramente pero que constituye una fuente incontestable de placer.
- Marta Susana Prieto, “El mulato”, en Animalario, Guatemala: Letra Negra Editores, 2002. Para efectos de brevedad, se le llamará EM cuando se analice.↵
- Lety Elvir, “Señorita en la cuadra”, en Sublimes y perversos [2005], Tegucigalpa: Siguanaba Editorial, 2013. Hablaremos de SELC cuando se analice.↵
- Mildred Hernández, “Cuento VI”, Diario de cuerpos, Guatemala: Editorial Oscar de León Palacios, 1998. CVI será cuando se analice.↵
- Es decir, los textos de Antonia Palacios, Angel Alba Lucía, Silvina Ocampo, Clarice Lispector, Matilde Daviû, a partir de los estudios de Helena Araujo, Nadia Celis y otros. ↵
- Películas clásicas como Bilitis (David Hamilton, 1977), Naissance des pieuvres (Céline Sciamma, 2007) y, más recientemente, Jongens (Mischa Kamp, 2014) o Crache cœur (Julia Kowalsky, 2015) muestran con ternura y con una fuerza erótica notable, el deseo de las personas adolescentes y la conciencia del cuerpo que ellas descubren y desarrollan a través de los juegos de seducción y de sus primeros encuentros sexuales.↵
- Nadia Celis, La rebelión de las niñas. El Caribe y la conciencia corporal, Madrid: Iberoamericana-Vervuert, 2015.↵
- Simone de Beauvoir lo había señalado ya a propósito de las críticas sobre sus textos o sus luchas de aquella época: “Cada mujer habla según su condición”. Cf. Virginie Linhart, “On ne naît pas femme”, Zadif Productions, 2007. Mi traducción.↵
- Las críticas literarias Margarita Rojas, Flora Ovares y Sonia M. Mora se cuestionan la imprecisión de la noción de literatura femenina: “¿Será un exceso de atrevimiento distanciarnos de la red de discursos en la que surge la fórmula ‘literatura femenina’ y tratar de descomponer tan arraigada expresión? Si la duda productiva ha significado relevantes aportes al conocimiento objetivo de la realidad, vale la pena correr el riesgo”. Cf. Las poetas del buen amor. La escritura transgresora de sor Juana Inés de la Cruz, Delmira Agustini, Juana de Ibarbourou, Alfonsina Storni, Caracas: Monte Ávila, 1991, pp. 15-16.↵
- Alexandra Destais “Vers un érotisme littéraire féminin”, en “Érotisme et frontières dans la littérature française du XXe siècle”, Coloquio, Maison de la Recherche, La Sorbonne, 2016, 14-15 abril.↵
- En los 10 cuentos de este libro, solamente dos hablan de amor. Los otros 8 no hablan de él, algo muy interesante en términos de ruptura de paradigmas o de estereotipos sobre la literatura escrita por mujeres. ↵
- La feminista costarricense Yadira Calvo enumera, de una forma muy rigurosa, una gran cantidad de adjetivos utilizados históricamente para humillar a las mujeres. Desde la Grecia clásica, pasando por los Padres de la Iglesia y hasta nuestros días, Calvo explora esos calificativos peyorativos y su imaginario. Cf. Yadira Calvo, Éxtasis y ortigas, San José: Ed. Norma, 2004.↵
- Elsa Dorlin, La matrice de la race. Généalogie sexuelle et coloniale de la Nation française [2006], Paris: La Découverte, 2009. Mi traducción.↵
- Mi traducción.↵
- Gayle Rubin, “Thinking sex. Notes for a Radical Theory of the Politics of Sexuality”, op. cit. Deviations: A Gayle Rubin Reader, p. 148. ↵
- Michel Foucault, Historia de la sexualidad. La voluntad de saber, México: Siglo XXI, 2007.↵







