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Introducción

En la vida humana, al contrario, la violencia sexual abre una herida. Pocas veces esa herida vuelve a cerrarse por sí misma y es menester cerrarla. Incluso sin una atención constante, fundamentada por la angustia, no puede permanecer cerrada. La angustia elemental vinculada al desorden de la sexualidad es significativa de la muerte. La violencia de ese desorden cuando el ser que la experimenta tiene conocimiento de la muerte, vuelve a abrir en él el abismo que la muerte le reveló. La asociación de la violencia de la muerte con la violencia sexual tiene ese doble sentido.

    

George Bataille[1]

Las relaciones entre la violencia y el erotismo en sus diversas facetas son un hecho muy estudiado y muy abordado.

En esa línea, se pueden explicar las obras del Marqués de Sade, algunos aspectos del porno “hardcore” y de sumisión, la filmografía de Pier Paolo Pasolini, los artículos de prensa que relatan crímenes pasionales, hoy llamados “femicidios”, la tortura como forma de coerción, la esclavitud sexual, etc. También entran en este grupo las violaciones que sufren todos los días mujeres en todo el mundo, así como los abusos sexuales en países de conflicto armado, como lo fueron algunas regiones centroamericanas hace un tiempo.

En otras palabras, el concepto de violencia no implica una versión reduccionista del término, al contrario, es un fenómeno, una estructura, o incluso, un estado mental de un individuo en una sociedad particular.

Por otra parte, la relación entre sexualidad, violencia y erotismo ha sido el objeto de estudio de muchos trabajos que vienen incluso de disciplinas o culturas muy diversas. Ejemplo de esto son el discurso europeo de historia de la sexualidad y las costumbres (Robert Munchembled[2], Jean Claude Chesnais[3]), la psicosociología francesa contemporánea (Jacqueline Barus-Michel[4]), la teología de la liberación latinoamericana (Marcella Althaus-Reid[5]) y por supuesto, la literatura y la crítica, desde Georges Bataille hasta la teoría queer de Gayle Rubin[6] o los ensayos de la costarricense Yadira Calvo[7], entre otros.

Existe sin duda un hilo conductor sobre la manera en la que se enlaza la violencia con el discurso erótico del placer, pero esto conduce a una pregunta aún más compleja: ¿no será más bien que la violencia es un elemento indisociable del erotismo? Y si lo es, ¿en qué medida ocurre esto?

Cuando se habla de violencia y erotismo en América Central hay una diferencia en comparación con Estados Unidos y Europa. Aquí, la presencia de discursos religiosos, económicos y sociales crean una dinámica distinta de la cual dan fe los relatos de este apartado. En otras palabras, el binomio erotismo-violencia abarca una producción nada deleznable sobre la que escriben las autoras centroamericanas hoy. Para estudiar este fenómeno, hay que distinguir varios niveles que los textos sugieren.

Por ejemplo, en un primer momento, es posible hablar de la violencia político-militar[8] en el relato “Jimmy Hendrix toca mientras cae la lluvia” (2003) de Carmen González Huguet, escritora salvadoreña. Es una historia de amor y erotismo truncada por la guerra civil de El Salvador en los años 80. La muerte está presente al mismo tiempo que el poder del erotismo y la vida que termina imponiéndose, a pesar de la brutalidad de ese momento. Este cuento muestra el combate entre un eros solar, optimista, y las fuerzas oscuras de Tánatos representadas por el conflicto bélico.

En “Cuando Claudina camina” (1995), de Consuelo Tomás, autora panameña, aparece otro tipo de violencia, más social. Aquí, la violación a una adolescente negra se describe con cierta frialdad llevando el texto al límite de lo políticamente correcto en la medida en que el cuento se nutre de acontecimientos crueles o de fantasmas (de tipo sexual). Quien narra no juzga, solo cuenta los hechos. Es una exposición objetiva, matizada por un discurso interseccional que profundizaremos.

El tercer texto, “Marea alta” (1993) de la costarricense Anacristina Rossi, trata la violencia pasional entre individuos: la mujer, loca de amor y celosa, ama hasta el punto de cometer un acto demente: desollar a su marido pedófilo. Aquí la noción de eros fatal[9] así como la de violencia terminan por dar al texto otra cara de la brutalidad humana pero también del deseo erótico indomable.

El siguiente cuadro resume las ideas que acabamos de mencionar:

Tabla 7. Tipos de violencia hallados en los relatos

Relato

Tipo
de violencia

Tipo
de erotismo

País

Jimmy Hendrix toca mientras cae la lluvia

Político-militar (Macro)

Solar[10]

El Salvador

Cuando Claudina camina

Social y sexual

Negro/oscuro

Panamá

“Marea alta”

Psicológica y sexual (Micro)

Fatal

Costa Rica

Fuente: elaboración propia.

La violencia bajo la forma de la tortura, de sistemas políticos asfixiantes o de comportamientos masoquistas o humillantes se reposiciona mediante el tratamiento del erotismo. Georges Bataille hablando del binomio violencia-eros ya había dicho que “es posible deslizarse de un ámbito al otro, se trata de territorios vecinos fundados ambos en la ebriedad de escapar resueltamente al poder de lo prohibición (Bataille, 1997, p. 84).

En efecto, las relaciones entre los dos han hecho correr litros y litros de tinta, y han inspirado numerosas críticas[11]. En un debate siempre abierto, la violencia ligada con el erotismo explora temas como la transgresión, la prohibición, lo políticamente incorrecto, las perversiones, entre otros. Su alianza es tan compacta que es muy difícil separarlas sin socavar el propio análisis.

En este capítulo examinaremos la relación violencia-erotismo en escritos de posguerra[12] centroamericanos, lo que nos conducirá a hablar de “violencias”, en plural. Para organizar mejor el análisis, partimos de la violencia “macro” hasta la más íntima pues las guerras que vivió la región produjeron y siguen produciendo historias particulares. También se echará mano del análisis literario tradicional para ver aspectos como el espacio, el narrador, la estructura del texto y otros.

¿Es la violencia natural o cultural? Formas de la violencia en los textos escogidos

En términos generales, la violencia tiene que ver con una medición de fuerzas. Sin caer en una postura reduccionista, es verdad que se privilegia el tema de la fuerza, sobre todo física, y eso lleva a relacionarla con el erotismo pues ambos conceptos atraviesan literalmente el cuerpo. También hay una cuestión importante que se debe plantear: ¿es la violencia innata o más bien un constructo cultural? La misma pregunta se podría hacer para el erotismo: ¿es un producto de la sociedad, las instituciones, la familia, la Iglesia, o será más bien la cara escondida de nuestra parte maldita? Como apuntamos, se trata de fenómenos vecinos cuyo común denominador es la corporalidad, la pasión y la fuerza. Un dato importante: no se estudiará aquí la violencia simbólica porque:

La violencia en sentido estricto, la única violencia medible e incontestable es la violencia física. Es el ataque directo, corporal contra las personas, posee una triple caracterización : brutal, exterior y doloroso. Lo que la define es el uso material de la fuerza, la rudeza voluntariamente cometida a expensas de alguien [13] (Chesnais, 1981, p. 32).

En efecto, la posición del historiador Jean-Claude Chesnais es ideal para estudiar este corpus. Sin embargo, para debatir sobre el carácter natural o cultural de la violencia se podría añadir que, a pesar de ser un fenómeno muy estudiado, no existe una definición precisa. Ni la experiencia de Milgram[14], ni la investigación neurológica, ni los estudios sobre la racionalidad-irracionalidad de los seres humanos han podido dar una respuesta satisfactoria. La violencia es por mucho, una noción escurridiza.

Por otra parte, no debemos olvidar que analizamos un discurso artístico y en ese sentido, la violencia,

Para el común de los hombres, se implanta en el concepto de alteridad (es siempre por otro que la violencia ocurre) y escandaliza. Pero cuando la literatura y el arte se apoderan del tema, ponen en relieve su interiorización. Porque la creación literaria o artística no evita el fenómeno de la violencia, sino que se inscribe al contrario, en el corazón del momento de la violencia, casi siempre vivida por el hombre de letras o el artista en su carne, en su incapacidad de decir o mostrar y al mismo tiempo, en esa potencia que lo atraviesa y que lo hace superar ese mutismo[15] (Watthee-Delmotte, Boulougne & Sys, 2002, p. 8).

A veces, la literatura es el campo donde la violencia se expresa claramente, sin maquillaje, sin filtro. Es el lugar donde uno puede hablar de la violencia y dejar hablar a las voces contrarias. Si el hecho es vivido en la piel de quienes escriben podría ser porque la literatura revela las contradicciones y las posibilidades de ser humanos en una sociedad particular. Pero la imposibilidad de decir la violencia, las palabras faltantes, también llevan al terror, como sucede en los textos de este apartado.

“Jimmy Hendrix toca mientras cae la lluvia” es una historia de amor erótico vivida en medio de los conflictos armados de El Salvador en los años 80. La pareja protagonista debe hacer frente a la violencia venida del exterior y que termina por destruir su relación. La violencia en este cuento recuerda a aquel cuadro de Brueghel el Viejo, El triunfo de la muerte, alegoría de la inminencia y democracia de la muerte y que pone el acento sobre diversas formas: crimen, ejecución, enfermedad, combate:

Porque después vino la parte más yuca de todo, cuando comenzaron a aparecer quince, veinte, veinticinco cadáveres diarios… muchos estaban irreconocibles… y las madres andaban buscando a sus hijos entre los muertos… y los zopilotes engordaron porque comían cadáveres todos los días… no tenéis idea… era horrible. El miedo andaba por todos lados (González Huguet, 2011, p. 142).

Como una pintura en la que el cuadro forma parte del óleo, el horror en este relato rodea al eros y su fuerza y en esa confrontación aparecen la desesperanza y la vida. La voz que narra cuenta el terror pero es consciente de los límites de la lengua para describir situaciones extremas y lamentablemente reales en su país. Esta violencia es como un monstruo omnipresente que se aleja y vuelve de manera impredecible. La misma Carmen González Huguet señala:

Yo retomé detalles y hechos de varias masacres, porque entre 1975 y 1992 hubo varias manifestaciones multitudinarias en San Salvador y algunas terminaron en balaceras indiscriminadas. Hubo una especialmente sangrienta en mayo de 1979 en la que murieron varias personas en las gradas de la catedral de San Salvador. También ocurrió algo semejante en el mismo lugar el 30 de marzo de 1980, día del entierro de Monseñor Romero. Y antes, ese mismo año, el 22 de enero, durante la marcha de las organizaciones que se unieron en el FMLN, al final todo terminó en un mítin en la plaza Barrios, delante de la catedral, que terminó ametrallado por el ejército. No me refería a ninguna en forma específica, pero pudo ser cualquiera de estas cuatro[16] (González Huguet, 2016).

En “Jimmy Hendrix toca mientras cae la lluvia”, se describen sucesos violentos que aunque imprecisos no por ello son menos brutales o auténticos. No importa si es la masacre de la catedral o el tiroteo en el funeral de Monseñor Romero, lo que cuenta es mostrar el poder de la muerte, que en medio de ese caos, trata de ahogar la fuerza del eros. Pero, a pesar de todo, este último triunfa y la vida se impone gracias al nacimiento de una hija fruto del encuentro erótico. Aparece así un eros luminoso que sobrevive al terror. Se analizará ese contraste y esas voces del amor y la vida en el cuento respectivo.

En “Cuando Claudina camina”, el segundo texto de este capítulo, la violencia está ahí pero bajo la forma de lo que se ha llamado “violencia social y sexual”. En efecto, violación y violencia tienen la misma raíz, la misma etimología. Incluso, con la violación sufrida por la adolescente negra y pobre en un barrio miserable que describe este relato, se desata una violencia-otra, expresada por el texto literario. Desde esta perspectiva, la violencia viene del exterior, como en el primer cuento pero se mezcla con el erotismo y la ambigüedad de la representación literaria. Así, se observa un eros oscuro, ligado de alguna forma a la parte maldita de los seres humanos. Algunos dicen que la violación es “la muerte sin cadáver”[17] porque deja a la víctima viva pero en una situación “irreversible”, parafraseando a Gaspar Noé. El texto expone un tema problemático situado entre lo inconfesable y la realidad de muchas mujeres de la región.

Incluso, se puede decir que la violación tiene un carácter social en la medida en que forma parte de una dinámica que reúne instituciones, gente, leyes y su transgresión. En el caso de la violencia político-militar constituye una ruptura de límites del contrato social, en cambio, la violación pertenece a la esfera de lo oculto, de la palabra que no se dice, en fin, del imaginario social y sexual ligado con las mujeres y su poder de seducción.

La violación es casi siempre una violencia de la que todo el mundo habla pero que nadie osa atacar, es una violencia social en el sentido literal del término. El relato muestra esta dimensión de la violación compartida, o sea, conocida de todos:

Todos los ojos siguieron su caminado de pati pami hasta que entró en su cuarto, la Claudina que no había conocido aún el amor del que tanto hablaban las telenovelas, pero se había descubierto hembra, de sopetón, en el viejo baño de la casa condenada, en las manos de un desconocido cuyo rostro no podría describir hasta el fin de sus días (Tomás, 1995, p. 32).

Todos los ojos han visto, todo el mundo sabe, los vecinos han compartido la violencia sufrida pero nadie habla, nadie defiende a la víctima porque en el fondo ella provocó el suceso. Curiosamente, todos los ojos vieron lo que le pasó a la chica, pero el depredador se mantiene anónimo. Nadie sabría cómo describirlo ni cómo borrar la falta.

En el último relato, “Marea alta” de la costarricense Anacristina Rossi, la violencia es totalmente otra: se trata de un eros oscuro, fatal, nutrido por la violencia psicológica, la locura y la violencia sexual. Es una historia macabra de amor unido a la muerte: una pareja modelo se desmorona cuando la mujer descubre que su marido es pedófilo. Él intenta escapar, pero termina por caer de un precipicio al fondo del mar. Cuando la marea sube, el cadáver del marido llega a la playa donde la mujer lo desuella para, según ella, quedarse con la piel de su amado para siempre. El tiempo pasa y la historia es contada por un narrador obsesionado por esta mujer loca, a quien viola y luego internan en un manicomio. Aquí se muestra una interiorización de la violencia pues no viene del exterior como en los otros dos relatos. La violencia en “Marea alta” es más problemática daod que la tragedia y los poderes del horror, parafraseando a Kristeva, están muy mezclados. Incluso este relato es ficción pura en el sentido de que los conflictos en El Salvador existieron, las violaciones a jóvenes pobres y vulnerables también son el pan de cada día en muchos lugares… Pero escuchar de una mujer que desuella el cadáver de su marido…, eso es algo que no se lee casi nunca.

En los tres cuentos hay violencia, pero como este tema se ha ligado más con una cuestión de hombres, se muestra cierta particularidad. El historiador francés Robert Munchembled concluye:

Ellas se matan o se hieren entre ellas, y son sobre todo golpeadas con una relativa moderación por los hombres quienes evitan casi siempre encarnizarse con sus rostros, sus vientres y sus órganos reproductores. Este fenómeno tal vez se explique por un mecanismo natural de inhibición, útil a la sobrevivencia de la especie. Se añaden, sin embargo, modelos imperativos que exigen a las hijas de Eva que nunca porten un arma. Hasta ahora, la cultura de la violencia es fundamentalmente masculina en nuestro universo[18] (Munchembled, 2008, p. 9).

El estudio de un texto literario hace que uno se pregunte por el significado de arrancarle la piel a alguien… Esa violencia de “Marea alta” es inédita e incluso narrada por ella misma:

He conseguido por fin la piel de Roberto. Usted desea mirar como su piel morena y caliente se adhiere a la mía y eso es un sacrilegio tan grande como ver a los padres haciendo el amor. El cuerpo me quema, en toda mi piel se está llevando a cabo un rito espantoso. No me mire, Andreas. Los zopilotes vinieron, trajeron su piel. Los zopilotes me desvistieron y luego me cubrieron con la piel que traían, la que yo esperé tanto. Ahora soy intocable (Rossi, 1993, p. 69).

¿Qué sentido puede tener tal abominación? ¿Por qué desear tan ardientemente la piel del amado? ¿Ritual, obsesión, sacralidad y sexualidad? La violencia aquí es horrible, no es como en los demás cuentos. La pedofilia del marido, su muerte atroz y la locura de la protagonista dan al erotismo un gusto amargo y difícil de descifrar.

En América Central, ¿de cuál violencia estamos hablando?

Violencia y conflictos han sido la tónica de esta región. Treinta años de guerras civiles han sacudido Centroamérica y han influenciado y constituido la literatura y la cultura en general. La violencia ha estado entonces presente en muchas de las historias escritas por mujeres, y de hecho, la literatura como discurso o práctica discursiva[19] tiene como marco esas situaciones históricas específicas.

Los relatos de este apartado son todos de posguerra[20], o sea, se inscriben en un tiempo en el que los sueños utópicos de revolución y la noción clásica de violencia ya no es más. Sin embargo, hay que decir que la región no tiene un desarrollo literario homogéneo pues algunos países como Costa Rica no vivieron conflicto armado. Es posible decir, junto con Werner Mackenbach, que la violencia, incluso luego de los procesos de paz y el fin de las guerras civiles,

es negociada estéticamente en sus más diversas facetas y dimensiones […] Las narraciones y novelas de estos años se alimentan de las diversas relaciones de violencia, sin que deban tener la violencia como tema central, relaciones que caracterizan a las sociedades centroamericanas: la violencia fundacional, justificada estructural e históricamente, rastreable en estas sociedades hasta el acto de violación de la Conquista; las secuelas de la violencia directa, política y militar de los conflictos armados de las décadas de 1970 hasta 1990, así como la violencia indirecta de las relaciones económicas; hogareñas, familiares, para solamente mencionar algunas (Mackenbach, 2008, p. 78).

La violencia no es el tema principal de las obras de posguerra, pero sí se aborda bajo diferentes ángulos. Sirve como pretexto y, por lo menos en este libro, refuerza el erotismo y le da un aspecto difuso, a veces perverso, a veces liberador.

En algunos cuentos, el erotismo puede parecer trágico, mezclando muerte y vida. Es como si las fuerzas de Eros y Tánatos pelearan y la violencia descrita en el texto se opusiera al gozo de vivir de los amantes. “Jimmy Hendrix toca guitarra mientras cae la lluvia” muestra este tipo de tensión y el erotismo que se intenta imponer. Después de haber hecho el amor, los amantes salen del hotel a la calle, pero

Entonces oímos el desmadre… A lo lejos oímos los vergazos… y de inmediato el mar de gente que comenzó a correr hacia donde nosotros estábamos. Nos quedamos congelados varios minutos. No sabíamos bien qué estaba pasando, solo veíamos correr a la multitud… eran cipotes como nosotros… algunos llevaban pañoletas negras en la cara… y empezó entonces la humazón de los gases lacrimógenos, las pedradas, las bombas molotov que tiraban los muchachos, y los balazos desde el otro lado (González Huguet, 2011, pp. 145-146).

La violencia de los sucesos contrasta con lo que acaban de hacer los amantes, o sea, con el encuentro erótico y gozoso. La violencia acentúa la presencia del deseo entre la pareja y el texto pues, como se verá, este utiliza subterfugios para mantener la atención de los lectores.

En este capítulo insistimos en los diferentes niveles de violencia. La geografía parece reveladora también porque muestra la visión de mundo de algunos países en relación con la violencia y sus formas de representación en la literatura y la cultura. El cuento “Marea alta”, por ejemplo, muestra una violencia interna puesto que el problema del personaje viene de él mismo (ella, en este caso) y no del sistema político o económico. En cambio, el texto de González Huguet nos habla de la violencia de Estado y de un amor que se gesta en ese contexto trágico. Con ello, se muestra también que la violencia centroamericana ha pasado por varios estadios y que como tema, ha evolucionado. A ese respecto, de nuevo Werner Mackenbach y Alexandra Ortiz señalan:

A manera de recapitulación podemos afirmar que durante las décadas de 1970 y 1980 dominaba en las representaciones literarias en Centroamérica un concepto de violencia basada en la denuncia de la opresión política, económica y social, ejercida principalmente por gobiernos autoritarios y militares, así como en la justificada contra-violencia colectiva de los oprimidos y subalternos. A partir de los años noventa se constata cómo la representación y ficcionalización de la violencia se distancian de este sentido político-ideológico, así como del imaginario mítico-revolucionario para dar lugar a nuevas presencias formas y percepciones de la violencia –en tanto dimensiones y representaciones de un cambio fundamental de la sociedad–, para las cuales el orden anterior resulta insostenible, a la vez que es profundamente transformado (Mackenbach y Ortiz, 2008, p. 85).

Hay entonces un discurso de la violencia que al inicio enfatizaba en la denuncia de aspectos políticos e ideológicos pero que después de los años 90 cambia. En otras palabras, la violencia se organiza a nivel de macroestructura para terminar enraizada en el espíritu o hasta la piel de los personajes. La violencia en Centroamérica está ligada con sucesos de opresión y políticos, como las dictaduras y su correlato, la revolución.

Sin embargo, es verdad que en la región, como lo señala Sergio Adorno:

El fin de la violencia de estado contra la disidencia política trajo consigo una verdadera explosión de violencias en la sociedad civil, poniendo en evidencia una trama de conflictos variados enraizados desde hacía mucho tiempo en el tejido social, reavivando los imaginarios políticos que circulan a través del continente desde la época de la colonización[21] (Adorno, 2008, p. 11).

El tema de la violencia atraviesa la sociedad latinoamericana y centroamericana desde sus orígenes, es decir, desde los tiempos coloniales. El erotismo parece formar parte de esta explosión de violencias en plural de las que habla Adorno o incluso de una nueva dimensión, alejada de los imaginarios de los años 70 u 80 en el sentido propuesto por Mackenbach y Ortiz. La violencia que comenzó con la crítica a las dictaduras y al autoritarismo se convirtió en violencia erótica, urbana[22], etc. La transgresión, las violaciones, la dominación, los comportamientos agresivos han encontrado formas de discurso cuyo objetivo es mostrar el cuerpo, la sexualidad perversa, la agresión contra las mujeres, los niños… Por eso es mejor hablar de “violencias” en plural y no de violencia per se, sobre todo porque desde el punto de vista erótico, el término exige ser explicado.

Violencia, violación, erotismo y perversión

Eso que llamamos violencia varía según las épocas, la geografía, los géneros y claro está, los individuos. En los cuentos estudiados, tratamos de definir las formas de la violencia que están en juego, así como el discurso sobre el erotismo ligado con el placer y el dolor. La relación entre los tres es muy vieja. En su famosa Historia de las orgías, Burgo Partridge escribió:

A muchos les parece inconcebible que haya personajes que experimentan verdadero placer, placer de carácter erótico al contemplar el sufrimiento. Que existan o que, en todo caso, hayan existido pueblos que obtengan placer de la contemplación misma de la muerte, con tortura o sin ella, resulta aún más increíble, aunque desafortunadamente, irrefutable (Partridge, 2004, p. 37).

En la historia, hay muchos casos que testifican estas relaciones entre placer y dolor, crueldad y sufrimiento, gozo y tortura. Sin embargo, la noción de violencia es la que nutre toda esta paradoja. Pero ¿de cuál violencia se trata? ¿Es una violencia inherente al ser humano, a nuestra parte maldita, o una violencia construida? Puede ser que tanto lo innato como lo aprendido convivan de una forma compleja. En el Diccionario del cuerpo se dice que

Lo que caracteriza a la violencia humana es que se puede ejercer en la ausencia de cualquier amenaza o de alguna finalidad de autoconservación […]. La característica de la violencia humana es sobre todo utilizar todos los artificios del conocimiento, de la ciencia y de la cultura para inventar innombrables formas de torturar, y eso incluye a inocentes que incluso ni se defienden[23] (Marzano, 2007, p. 965).

Hablar de la violencia es hablar de un estado que se manifiesta de diversas formas y que implica una noción tautológica en la medida en que no hay un objetivo determinado, la violencia solo es un fin en sí mismo. De esa forma no hay instinto de conservación que valga ni advertencia. Solo hay que ejercer la violencia, no importa a quién ni cómo. La violencia se construye, se organiza y hay incluso un aspecto evidente en ella: se trata de la relación que surge entre el sujeto que la propina y el objeto que la sufre. En ese caso, se trata de una relación estrecha entre por lo menos dos cuerpos, y aquí es donde el erotismo comienza a jugar su papel. En esa línea, hay que examinar la noción de violación y su clásica relación con el erotismo. Empecemos con lo señalado por Helena Araujo:

Si hay una constante en la narrativa latinoamericana es la violencia. Y a ésta se agrega como fatalidad semántica la violación. Violencia-violación, el abuso sexual puede constituir un sistema de sentido en función del poder masculino (Araujo, 1989, p. 85).

El fantasma de la violación es, de acuerdo con esto, un tema recurrente en la narrativa de mujeres en la región. Justamente de eso trata el cuento panameño “Cuando Claudina camina”, pues narra la violación sufrida por una jovencita negra y pobre. En ese sentido, el Diccionario de la violencia recuerda: “que la violación sea una violencia, eso el lenguaje lo evidencia: la raíz de las palabras violación y violencia es común en muchas lenguas latinas, germánicas o extra-europeas” (Marzano, 2011, p. 1419). Así, la raíz de estos dos términos permite ver una estrecha relación entre dos fenómenos y dos transgresiones que pasan inevitablemente por el cuerpo. Finalmente, el cuerpo es el lugar donde todo ocurre, y a este respecto, Merleau-Ponty señala:

Hemos reaprendido a sentir nuestro cuerpo […] y que nosotros somos cuerpo. Habrá que, de la misma manera, despertar la experiencia del mundo tal y como se nos aparece en tanto que somos al mundo por nuestro cuerpo, en tanto que percibimos el mundo con nuestro cuerpo[24] (Merleau-Ponty, 1945, p. 239).

Dicho de otra forma, en este apartado rehusamos hablar de violencia fuera del cuerpo porque no solo se tiene uno, sino que se es uno, somos cuerpo. Incluso aunque haya varios tipos de violencia como los que se han señalado, no es posible negar el papel del cuerpo en este discurso. Porque hasta la crueldad del mercado[25], la pobreza de la gente, el desperdicio de comida, todo eso atraviesa el cuerpo. El hambre, la miseria no son conceptos abstractos, al contrario, se viven todos los días en los cuerpos que habitan estas regiones centroamericanas. Aquí la violencia de esa realidad se impone. La violación sería efectivamente un tipo de violencia, entre muchas otras. Brigitte Robert[26], al igual que Helena Araujo, ha señalado que este tema se encuentra en numerosos textos escritos por mujeres. A veces es violación o a veces su tentativa, sin embargo, ambos sucesos dejan su huella en el cuerpo.

Por otra parte, es importante mencionar la violación como elemento fundante de las relaciones de dominación racial y su herencia histórica. La escena en la que la sirviente, la mujer pobre, la chiquilla negra, la india es violada forma parte del imaginario literario de América Latina. En ese sentido, los textos de Jorge Icaza, algunos pasajes de las novelas de Vargas Llosa, la pedofilia de los textos de García Márquez, e incluso el famoso ensayo de Octavio Paz, El laberinto de la soledad, reenvían efectivamente a la violación como creador de identidad. Así, Emmanuelle Sinardet subraya, a propósito de un grupo de textos de Icaza, que

la violación participa de esa estética desagradable donde lo sórdido no ahorra en las víctimas. Ella hace surgir las ambigüedades y la complejidad de las relaciones dominados-dominadores que garantizan la sobrevivencia del sistema […] invita al lector a utilizar una mirada nueva, lejos de maniqueísmos, sobre la realidad cruda de la dominación[27] (Sinardet, 2015, p. 102).

Se construye así una estética de la violación que, enfatizando en relaciones de dominación, termina por dar una mirada crítica sobre la realidad latinoamericana, sobre todo de mujeres vulnerables. También, hay una idea interesante cuando se habla de violencia sexual; se trata del carácter cíclico que se muestra cada vez que uno descubre este tema en la literatura de la región. En “Cuando Claudina camina”, hay una frase lapidaria, cuando los vecinos miran a la chiquilla negra, minutos después de haber sido violada: “un silencio espeso le escupió la cara y las miradas inquisitivas de los vecinos le hacían pensar en su madre y en sus propios y oscuros orígenes” (Tomás, p. 32). ¿Orígenes oscuros? ¿Un ciclo que continúa? Parece que la madre corrió la misma suerte que la hija…

Una última acotación sobre los relatos de este apartado tiene que ver con el aspecto político. Dado que se analizan conflictos civiles y también la violación de una joven pobre y negra, en un barrio olvidado del gobierno, esta parte es quizá la más política de todas. Hay una denuncia de múltiples injusticias matizada por el discurso erótico, pero lo político está ahí, no se puede negar ni obviar. Es lo que examinamos a continuación.


  1. El erotismo, 1997, pp. 110-111. En este libro usamos dos versiones de este texto, a veces la original, a veces la traducida al español de Tusquets, como en este caso.
  2. Los capítulos de “Violencia y virilidad”, “El esperma y la sangre”, así como “Caín y Medea. Homicidio y construcción de géneros sexuados” ofrecen un debate sobre las relaciones entre sexualidad y violencia. Cf. Robert Munchembled, Une historie de la violence, Paris: Éditions du Seuil, 2008.
  3. El historiador Jean Claude Chesnais consagra un capítulo llamado “El sexo y la violencia. Historia de la violación”, en su libro Historie de la violence, Paris: Editions Robert Laffont, 1981. Este capítulo es fundamental en el análisis del cuento “Cuando Claudina camina”, gracias a su tratamiento sobre la violación.
  4. Jacqueline Barus-Michel, “Inceste et pédophilie, quelle jouissance, quel interdit ?”, op. cit., y “Perversion et sublimation”, Revue internationale de psychosociologie et de gestion des comportements organisationnels, 2002, n.° 19, pp. 157-175, DOI: 10.3917/rips.019.0157.
  5. Marcella Althaus-Reid hace una apología sobre el erotismo y la obscenidad contra los discursos coloniales y teológicos en su libro La teología indecente, op. cit.
  6. Gayle Rubin en su libro Deviations, donde se encuentran numerosos ensayos sobre la cultura S/M, explora de una manera meticulosa las relaciones entre el erotismo del cuero y el mito de la violencia alrededor de este tema tabú. Cf. Deviations: a Gayle Rubin reader, op. cit.
  7. La filóloga y ensayista costarricense desarrolla una aproximación aguda sobre la violencia, el erotismo y la figura famosa de don Juan, en la que ella analiza los mecanismos de seducción y su violencia interna. Cf. “Don Juan: pieza o cazador”, en Yadira Calvo, Literatura mujer y sexismo,1993, pp. 123-135.
  8. Considerada como el poder del Estado que ejerce, según él, la violencia legítima con el fin de mantener el orden social. Cf. Sylvie Lesure y Patrick Savidan (dirs.), Dictionnaire de Sciences Humaines, Paris: Quadrige PUF, 2006, p. 1223.
  9. Cf. Mónica Zúñiga, “De erotismo, fantasmas y muerte: Marea alta de Anacristina Rossi”, I Encuentro de Investigaciones sobre sexualidad en Costa Rica, 2013, Universidad Nacional.
  10. Según Alexandra Destais, el eros solar está más cerca del bienestar erótico y de la figura de la mujer emancipada e independiente, sobre todo desde el punto de vista económico y afectivo. El eros solar se interesa más en lo efímero que en las relaciones duraderas. Sin ser exclusivo de la modernidad, este eros se expresa fuertemente después de la II Guerra Mundial a través del pensamiento de Simone de Beauvoir, Wilhelm Reich, Herberth Marcuse. Este eros incluso se ve reforzado por los hallazgos del reporte Kinsey. Cf. Alexandra Destais, Éros au féminin, op. cit., pp. 65-115.
  11. Los poderes del horror de Julia Kristeva, los trabajos de Werner Mackenbach y Beatriz Cortez sobre América Central y la violencia en la literatura, entre otros.
  12. Hay un debate sobre la producción cultural que ha tenido lugar luego de las guerras civiles en la región. Por ejemplo, la crítica literaria Beatriz Cortez señala que la literatura nacida en ese contexto se nutre de eso que ella ha denominado la estética del cinismo, es decir, “cinismo como una forma estética, provee al sujeto una guía para sobrevivir en un contexto social minado por el legado de la violencia de la guerra y por la pérdida de una forma concreta de liderazgo”. Cf. Beatriz Cortez, Estética del cinismo. Pasión y desencanto en la literatura centroamericana de posguerra, Guatemala, F&G Editores, 2010, p. 27.
  13. Jean Claude Chesnais, Histoire de la violence, op. cit., p. 32. Mi traducción.
  14. La experiencia del psicólogo estadounidense Stanley Milgram en los años 60 ha revelado, grosso modo, que cualquiera puede ser un sádico potencialmente en la medida en que hay una relación estrecha entre obedecer y castigar. Cf. Expérience de Milgram”, disponible en https://bit.ly/3tMKoHJ.
  15. Myriam Watthee-Delmote (dir.). La violence : représentations et ritualisations, Paris: L’Harmattan, 2002, p. 8. Mi traducción.
  16. González Huguet, 2016, mensaje personal enviado por correo.
  17. Michela Marzano (dir.), Dictionnaire du corps, op. cit., p. 962. Mi traducción.
  18. Robert Munchembled, Une histoire de la violence, op. cit., p. 9. Mi traducción. Jean Claude Chesnais también comparte la opinión de Munchembled cuando dice que “el hombre es más apto para matar a la mujer, la mujer ha estado siempre menos enredada con la violencia”. Cf. Histoire de la violence, op. cit., p. 421.
  19. Se toma prestada la definición de Terry Eagleton cuando dice “desde mi punto de vista resulta más útil considerar la literatura como un nombre que la gente da de vez en vez y por diferentes razones a ciertos escritos ubicados dentro del campo de lo que Michel Foucault denominó “prácticas discursivas”. Cf. Una introducción a la teoría literaria, Bogotá: Fondo de Cultura Económica, 1998, p. 243.
  20. Para profundizar en esta polémica ya se han mencionado los estudios de Werner Mackenbach, Bernal Hererra, Magda Zavala, Rodolfo Arias, entre otros.
  21. Sergio Adorno, “Préface”, en André Corten (dir.), “Introduction”, La violence dans l’imaginaire latino-américain, Québec: Presses de l’Université de Québec, 2008, p. 11. Mi traducción.
  22. Las obras de Horacio Castellanos (El Salvador) y más recientemente, las de Claudia Hernández (El Salvador) se inscriben en este tipo de violencia urbana que se encuentra en las grandes capitales centroamericanas.
  23. Michela Marzano (dir.), Dictionnaire du corps, op. cit. Mi traducción.
  24. Maurice Merleau-Ponty, Phénoménologie de la perception, Paris: Gallimard, 1945. Mi traducción.
  25. El capitalismo y el mercado constituyen dos formas de violencia según la interpretación de la teología de la liberación latinoamericana. Así lo han dicho Franz Hinkelammert, Hugo Assman, Gustavo Gutiérrez, Elsa Tamez, etc.
  26. En efecto, el corpus estudiado por Brigitte Robert comprende textos de Rosario Aguilar, Gioconda Belli, Rosa María Britton, María Odette Canivell, Gloria Guardia, Tatiana Lobo, Isis Tejeira, Rima Valbona y Mónica Zalaquett. En ese corpus ella concluye que el incesto y la violación son temas recurrentes, sin embargo, ella prefiere hablar de violencia sexual y conyugal o de agresiones sexuales, no solamente de violaciones. Cf. “Espaces et identités dans le romans féminins centre-américaines contemporaines (1980-2000)”, op. cit., pp. 105-129. Mi traducción.
  27. Emanuelle Sinardet, “Violences sexuelles et viols dans Cholos (1937) de Jorge Icaza : une écriture de la dénonciation”, en Mariannick Guennec (dir.), Entre jouissance et tabous. Les représentations des relations amoureuses et des sexualités dans les Amériques, op. cit. Mi traducción.


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