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Introducción

El erotismo: una definición, varias aclaraciones

El erotismo es un concepto complejo. Su definición inacabada puede acarrear malinterpretaciones o disgustos, sin embargo, es preciso partir de una noción que, al menos, intente abarcar buena parte de la producción literaria que ha abordado este tema. En ese sentido, este libro define el erotismo como un movimiento que va de la ternura más dulce a la muerte, pasando por la dimensión lúdica, la violencia, la indecencia y hasta la desviación.

El erotismo también se puede inscribir dentro de una ética del placer, parafraseando a la filósofa mexicana Graciela Hierro, pues esta ética busca instaurar otro contrato social para las mujeres. En otras palabras, “ser libre y moral significa para nosotras, apropiarnos de nuestro cuerpo y elegir nuestro deseo y su medida” (Hierro, 2014, p. 16). De hecho, en casi todos los textos de este libro, exceptuando “Cuando Claudina camina” y “Cuento VI”, que tratan de una violación, se muestra el tema de la jovencita deseante, de la muchacha que fantasmea sobre un encuentro sexual o de la mujer que quiere gozar con otra como ella. La ética del placer está entonces en el corazón mismo de la producción literaria de las escritoras de América Central nutriendo una visión de mundo que supone una manera de vivir en tanto sujeto deseante o en tanto persona libre en ese nuevo contrato social. El erotismo atraviesa el cuerpo y por supuesto, la noción de libertad entre las mujeres:

El placer depende del cuerpo y solo se alcanza si nosotras decidimos sobre nuestro cuerpo; nuestro deber moral básico es apropiarnos de nuestro cuerpo, el cuerpo controlado por otros no permite el goce y nadie puede llamarse a sí misma libre si no decide sobre su cuerpo (Hierro, 2014, p. 16).

Sin embargo, también hay que hablar del erotismo ligado con la perversión, las desviaciones y el lado oscuro de la vida, así como su relación con el gozo y la resistencia. Por ejemplo, el caso del cuento “Marea alta”, que aquí estudiaremos, ofrece una dimensión lúgubre, perversa, del fenómeno erótico. En ese texto se conjugan locura, perversión y muerte, lo que se puede sintetizar en un “eros fatal”. Pero también, hay cuentos cuyo eros es gozoso, como “El mulato” o “Señorita en la cuadra”.

Asimismo, casi todos los textos se inscriben dentro de un erotismo disidente, siguiendo las ideas de Gayle Rubin[1], pero también muestran comportamientos “indecentes” que cuestionan la moral dominante. Marcella Althaus-Reid[2] ha mostrado muy bien por qué hay que desconfiar del sistema de decencia latinoamericano, sobre todo si se habla de mujeres. Habría que añadir también que la mayoría de escritoras en estudio han conocido la violencia de guerras civiles, la violación o rezago de sus derechos y el machismo generalizado de la región, y aun así, el erotismo se sitúa para ellas entre la ternura y lo lúdico, sin negar el aspecto fatal o el eros oscuro. En ese sentido, las palabras de la teóloga brasileña Ivonne Gebara vienen a la memoria:

… lo erótico es múltiple. No hay apenas una única expresión de lo erótico, un único modelo para lo erótico. Se trata de un fenómeno animal humano natural cultural masculino femenino marcado por la historia (aquí no hay comas) por la clase social, por la edad, por la orientación sexual y por tantas otras variables (Gebara, 2001, p. 11).

El erotismo se sitúa entonces entre la naturaleza y la animalidad, la ternura y el juego. Como fenómeno es difícil de asir pues comporta un sinnúmero de aspectos como el género, la raza, la historia, la religión, etc. Está en nuestra naturaleza, pero a la vez, es una actividad organizada, como la poesía, la música, las grandes edificaciones.

Ante ello, el objetivo de este libro es agrupar y estudiar una serie de textos centroamericanos escritos por mujeres y cuyo erotismo es adrede, en el sentido de que se han escrito con una finalidad transgresora. Las escritoras que aquí se estudian pertenecen a periodos distintos de la historia literaria de la región, y sin embargo, el común denominador entre ellas es justamente el tratamiento del tema erótico en sus diferentes aristas. Si bien el erotismo no es nada nuevo bajo el sol, es formulado, leído y releído a través del contexto histórico en el que el texto emerge, pero también, a través del discurso artístico que sobrepasa las fronteras cronológicas y culturales, y coloca los textos en el campo del símbolo y la metáfora. Esta complejidad será abordada a partir de diversas nociones que sirven para definir, siempre de forma precaria, lo que los textos eróticos aquí agrupados buscan decir. El despertar erótico, la violencia, el funcionamiento de lo fantástico, deben verse a la luz de las teorías emergentes (Lesbian and Gay Studies, la teoría Queer), de la interseccionalidad, la teología indecente, pero a la vez, respetando aquello de que los textos son autónomos y buscan significar algo. En esa línea, esperen los lectores encontrar un estudio exhaustivo, pero no cerrado; un insumo dentro de la crítica literaria centroamericana.

Este libro, su método y alcances

Esta investigación, como casi todas, buscó llenar un vacío. Si bien es cierto que el boom latinoamericano catapultó a ciertos escritores y colocó a América Latina entre los grandes, también es verdad que relegó otros productos culturales, como la producción literaria escrita por mujeres. Por eso, aquí se analiza el erotismo en diez cuentos escritos por mujeres centroamericanas en un periodo de más o menos veinte años (1993-2013) y en ese sentido, se exploran diferentes tendencias, abordajes y temas ligados con este fenómeno. En otras palabras, las metamorfosis del eros, los rostros que ha dibujado y sus últimas manifestaciones son el objeto de nuestras disquisiciones. La investigación se realizó entre 2013 y 2017 y fue escrita en francés. De manera que, quienes lean este libro están frente a una traducción del texto original, por lo que las notas al pie y las aclaraciones son muy importantes para comprender la totalidad del abordaje.

En los textos escogidos hay discursos heterenormativos refutados, la corporalidad y el placer se convierten en formas de autoconciencia, también se ve lo monstruoso y lo fantástico alimentando un imaginario erótico, entre otras líneas de estudio. El erotismo no se agota, se transforma, al punto de convertirse en un valor en el que la libertad y la rebelión son fundamentales.

Además, como parte de este estudio, pretendemos reflexionar sobre el fenómeno erótico y su complejidad, recurrencia, evolución y paradojas, tanto dentro de los textos como con su relación, no definitoria pero sí influenciada, por los cambios de la modernidad. Aclaramos, sin embargo, que se estudia el eros en la literatura, lo cual significa que el discurso artístico impregna los textos sin caer en mojigaterías o en la corrección política tan de moda en estos días.

El primer capítulo analiza el despertar erótico y sus aristas. A través de tres cuentos se explora el deseo sexual desde la pubertad, su construcción y los mandatos que la sociedad enarbola desde el inicio de la vida sexual de una mujer, es decir, desde el momento en que la jovencita es consciente de su cuerpo, de lo que éste genera y de lo que ella puede y quiere vivir. También se estudia el despertar erótico que surge como un regalo envenenado, mejor dicho, como producto de un abuso sexual. Así pues en este capítulo se analiza “El mulato” de la hondureña Marta Susana Prieto, “Señorita en la cuadra” de la también hondureña Lety Elvir y el microrrelato “Cuento VI” de la guatemalteca Mildred Hernández.

El segundo capítulo aborda las relaciones entre lo fantástico y lo erótico. Partiendo de ideas clásicas de Tzvetan Todorov, Louis Vax y otros teóricos, este apartado intenta establecer una lectura novedosa de tres cuentos: “Diosas decadentes” de la guatemalteca Jessica Masaya, “Bicho raro” de la nicaragüense María del Carmen Pérez Cuadra, y “Memoria de Siam” de la salvadoreña Jacinta Escudos. En esos cuentos el componente fantástico está presente así como el erotismo, si bien desde distintos ángulos y con distintas funciones. Temas como la duda, el humor, la ambigüedad sexual y hasta la metamorfosis en versión moderna, son estudiados con el fin de posicionar el discurso erótico bajo nuevas interpretaciones posibles.

El capítulo III examina las relaciones entre la violencia y el eros en lo que hemos denominado una alianza clásica. En efecto, casi siempre que se habla del erotismo no se puede dejar de pensar en cierto componente de agresividad, violencia o control. En esa línea se estudian tres cuentos: “Cuando Claudina camina” de la panameña Consuelo Tomás, “Jimmy Hendrix toca mientras cae la lluvia” de la salvadoreña Carmen González Huguet y “Marea alta” de la costarricense Anacristina Rossi. En los tres textos la violencia aparece como un elemento indisociable del erotismo en la medida en que lo afianza, lo confronta o lo fusiona. Temas como el triunfo de la vida sobre la muerte, la violación de una jovencita o incluso el desollamiento del cuerpo amado y el amor fatal se entrelazan para ofrecer una visión de mundo en la que el eros es difícil de encasillar.

Finalmente, el capítulo IV explora la última tendencia en la literatura escrita por mujeres en la región. Se trata del antierotismo y la refutación de los imaginarios tradicionalmente ligados con él. El antierotismo tiene que ver con el desencanto amoroso, el descreimiento de la pareja en tanto realización humana y hasta lo queer excesivo que puede devenir antierótico debido a su exageración. El cuento “Antierótica XXI” de la costarricense Laura Fuentes es el ejemplo idóneo de esa tendencia en la medida en que parodia y problematiza sobre el sexo de adultos mayores y la dictadura de la promiscuidad y el placer como formas exageradas que derivan en un antiplacer, en un mandato.

Los textos analizados aquí nos guían hacia un eros en constante cambio, un eros que se metamorfosea con el tiempo y que como expresión, no está acabada. Incluso, a pesar de responder a algunas preguntas, como se verá luego, siempre aparecerán otras, pues el erotismo forma parte del misterio que nos envuelve como seres humanos.

Metamorfosis del eros: una aproximación a los cuentos centroamericanos escritos por mujeres (1993-2013)

América Central: una introducción necesaria

Un fantasma recorre la totalidad de la narrativa centroamericana: el fantasma de las literaturas invisibles. Una literatura invisible es una literatura que nadie lee, que nadie comenta, con la cual nadie dialogiza, a la cual nadie toma en cuenta, que se muere solitita de pura tristeza.

Arturo Arias. Gestos ceremoniales[3]

América Central, constituida por siete países (Guatemala, Honduras, Nicaragua, El Salvador, Costa Rica, Belice y Panamá) y más de 47 millones de habitantes[4] (cifra aproximada de 2017), es una región de la que todo el mundo habla cuando se trata de violencia urbana, maras, guerras civiles o pobreza extrema. Mejor dicho, esta parte del continente americano se conoce mal, o se asocia con hechos violentos, o simplemente se ha olvidado o despreciado, cuando se la compara, por ejemplo, con los grandes centros culturales como México, Argentina o hasta Colombia.

Desde tiempos de la colonia, exceptuando Guatemala, nuestros países han sido considerados como frágiles, pobres, sin importancia, sobre todo desde el punto de vista económico. La leyenda de “El Dorado” estaba muy lejos de la realidad que vivían los colonos, pues no existían aquellas riquezas que los imperios europeos esperaban encontrar o que los relatos de viajeros decían que había. Pero ni siquiera la pobreza de nuestros indígenas impidió la violencia de los conquistadores en ese periodo: el mito del indígena pacífico o que no resistía a los españoles constituye una de las mentiras históricas más difundidas en relación con las epopeyas de México o Perú.

En la época contemporánea, específicamente a partir del siglo XX, la Guerra Fría dio a la región un rostro más visible pues asistíamos a diversos hechos como la Revolución Sandinista (1979), los movimientos de campesinos en Guatemala, el desarrollo de la Teología de la Liberación, y la sistemática intromisión de Estados Unidos en la política del istmo[5]. Todo esto dibujó una especie de retrato de la región, pero también, definió muchos de sus rasgos culturales y literarios[6].

En la década de los 80, la violencia era casi permanente, como lo evidenciaba el genocidio de indígenas en Guatemala, el asesinato de monseñor Arnulfo Romero o incluso, la masacre de seis jesuitas y dos mujeres de la UCA (Universidad José Simeón Cañas)… Vemos entonces que hubo una crisis política y militar sistemática que se tradujo en pobreza, y en la exclusión de algunos sectores de la sociedad. También es cierto que la crisis de los 80 no tocó a todos los países por igual. Costa Rica, por ejemplo, ha sido una excepción desde el punto de vista militar[7], si bien no ha sido indiferente a los problemas de la región. Belice también es cosa aparte pues, en tanto que colonia británica, ha vivido otro proceso[8]. Panamá ha estado al margen de los conflictos de los 80 e incluso, en tiempos de la colonia, pertenecía a Colombia, lo que le confirió cierta autonomía militar y luego, económica.

Entre 1986 y 1987, gracias a la intervención de los presidentes de Costa Rica y Guatemala (Oscar Arias y Vinicio Cerezo), los conflictos armados comenzaron a disminuir y los llamados “acuerdos de paz”[9] triunfaron poco a poco. Sin embargo, las secuelas de la guerra quedaron presentes en hombres y mujeres que, luego de estos conflictos, se dedicaron a la alfabetización, la educación popular, los emprendimientos. La paz evidenció la necesidad de reconstruir cada nación, su imaginario simbólico, así como su producción cultural.

Con respecto a la literatura, hubo dos obstáculos luego de la crisis: el analfabetismo generalizado de la región (se dice que en Nicaragua, al triunfo de la revolución, más del 50% de la población mayor de 10 años era analfabeta).[10]) y la misma paz ya que, aunque suene paradójico, la ausencia de conflictos armados colocó de nuevo a la región en el anonimato y el olvido. De modo que la tarea era gigantesca tanto desde el punto de vista económico como cultural. Una vez consolidados los acuerdos de paz, la pobreza se convirtió en un tercer obstáculo, sobre todo para las mujeres. En ese sentido, García y Gomáriz señalan que luego de las guerras:

todos los estudios de tiempo realizados en la región muestran cómo el número de horas de trabajo directo e indirecto es apreciablemente mayor en la mujer que en el hombre, tanto entre los pobres urbanos como entre los rurales. Los espacios de ocio están mucho menos determinados y su sexualidad apenas se diferencia de la función reproductora (García y Gomáriz, 1989, p. 46).

Si hablamos de literatura, hubo una producción notable de poesía, novelas y cuentos que no logró encontrar su lugar por problemas económicos, o por la falta de casas editoriales, o por el bajo presupuesto dedicado a la cultura. Las universidades tampoco contribuyeron en dar a conocer la producción literaria centroamericana; quizá estaban más interesadas en escritores del boom o simplemente, no la estudiaban.

De acuerdo con Magda Zavala, en 1987, surgió en la Universidad Nacional el Congreso de Escritores y Críticos Centroamericanos, en la Escuela de Literatura y Ciencias del Lenguaje. De ahí se desprendió luego el CILCA (Congreso Internacional de Literatura Centroamericana), que a partir de 1993 reunía académicos y escritores venidos de diferentes disciplinas y países. Hubo una especie de reivindicación, de sistematización de los estudios sobre la producción cultural de la región. Sin embargo, a pesar de los esfuerzos por hacer visible a “Centroamérica” y su literatura, aún hoy, como dice el escritor panameño Enrique Jaramillo Levi: “La narrativa centroamericana, salvo por el prestigio indudable o relativo de unas pocas figuras aisladas, continúa siendo fundamentalmente desconocida no solo en otros ámbitos sino incluso dentro de esta misma pequeña zona geográfica” (Jaramillo Levi, 2003, p. 17).

Como hemos visto, la literatura centroamericana, en general, tuvo que lidiar con varios obstáculos. Entonces, cabe preguntarse, ¿qué han debido afrontar las escritoras centroamericanas? Porque, si como lo dijo Arturo Arias, estamos confrontados a “la marginalidad de la marginalidad” (Arias, 1998, p. 11), ¿cómo se puede explorar o mejor dicho, cómo visibilizar la producción literaria escrita por las mujeres, si ya de plano Centroamérica y sus textos apenas se conocen?

Ciertamente, ha habido algunas escritoras notables desde la primera mitad del siglo, por ejemplo, Clementina Suárez (Honduras), Eunice Odio (Costa Rica), Claribel Alegría (El Salvador-Nicaragua), entre otras. Sin embargo, hay que reconocer que la mayor parte de lo que escriben las mujeres en ese periodo pasa desapercibido a los ojos de los lectores o académicos, o de aquellos que construyen el canon de una región. Ni en poesía, novela o cuentos la literatura escrita por mujeres existía y si había algo, no ameritaba que uno hiciera estudios o análisis sobre ello.

Además, debemos admitir que el campo intelectual y literario estuvo protagonizado por hombres durante casi toda la primera parte del siglo XX. Pero, a partir de los años 60 y 70, irrumpió una literatura escrita por mujeres, que se fue expandiendo y que además, iba dejando de lado temas tradicionales ligados con las mujeres. Se asiste pues a una transgresión tanto de la forma como del contenido de esa literatura. En esa línea hay autoras como Carmen Naranjo (Costa Rica), Ana María Rodas (Guatemala), Gioconda Belli (Nicaragua) y Gloria Guardia (Panamá), entre otras. Ellas publican textos transgresores y nuevos. Incluso pareciera que, a pesar de las diferencias entre los países que cada una de ellas representa, existe un hilo conductor pues los conflictos armados sirvieron como “despertador de conciencias” para la mayoría de las escritoras. En poesía, por ejemplo, lo que señala Marlen Calvo es muy revelador:… en todos los países del istmo con historial armado existía en calidad de núcleo común, la revolución como el factor desencadenante de la toma de conciencia por parte de las mujeres de su condición género-sexo” (Calvo, 1999, p. 2).

En este libro estudiamos los cuentos cortos, no la poesía, sin embargo, es importante decir que la literatura escrita por mujeres, en general, aprovechó el agitado periodo de guerras y luego el que vino después, para aprehender las nuevas tareas que el contexto histórico les revelaba.

En fin, si hemos hablado brevemente de Centroamérica es porque su historia y sus contradicciones lo ameritaban. Aunque los textos sean autónomos, como propalan algunas teorías literarias como la semiótica u otras, es importante, cuando se habla de América Central, hablar de la guerra y la paz, de la pobreza y la justicia, de la literatura escrita por mujeres y del olvido que esta producción cultural ha sufrido.

Ahora bien, el erotismo y su complejidad, también se ha vivido en Centroamérica. La región no va a escapar al “problema de los problemas”, como definía Georges Bataille[11] al erotismo en 1957.

Erotismo y mujeres: algunas investigaciones previas

Las publicaciones sobre el erotismo se cuentan por miles, y forman un corpus crítico repartido en múltiples países y diversos periodos. Con todo, no es fácil encontrar estudios sobre el erotismo y las mujeres, o más específicamente, sobre el erotismo y la literatura escrita por mujeres en América Central[12]. Existen trabajos sobre la poesía y la novela, este último género es de hecho el más estudiado, por contraposición al cuento corto del que hay escasas investigaciones. En 2017, sitios como Dialnet, JSTOR y la UNAM no mostraban tesis sobre este género escrito por mujeres y su relación con el erotismo. Lo que había eran trabajos dedicados al erotismo, pero a partir de obras maestras como Don Quijote, El Decamerón, la Biblia, o de autores clásicos como Freud, Vargas Llosa o Bataille. El binomio “erotismo y mujeres” o “erotismo, relatos cortos escritos por mujeres[13]” era casi inexistente.

A pesar de todo, sí se encontraron algunos trabajos importantes sobre eros y literatura escrita por mujeres. En esa línea, hay que mencionar los estudios de Magda Zavala, Oralia Preble-Niemi, Julia Barella y Concepción Bados, Consuelo Meza, Helena Araujo, Brigitte Robert, Werner Mackenbach, María Luisa Medeiros y Willy O. Muñoz[14]. El trabajo de este último constituye un punto de partida importante cuando se trata de abordar el estudio de los cuentos cortos escritos por mujeres en Centroamérica, y sobre todo, del erotismo que va con esa producción escrita, en particular.

Desde luego, esta lista no es exhaustiva, sin embargo, configura un panorama bastante preciso y actualizado de nuestro tema de estudio.

Sobre la poesía y el erotismo en las escritoras centroamericanas

A pesar de que la poesía no es el objeto de estudio de este libro, es importante citar el texto de Julia Barella y Concepción Bados (2012)[15] además del trabajo exhaustivo de la costarricense Magda Zavala (2011)[16]. También se debe mencionar la compilación de análisis literarios hecha por la académica estadounidense Oralia Preble-Niemi (1999)[17].

Julia Barella y Concepción Bados señalan que la literatura de América Central es –sobre todo– trasatlántica, es decir que ha habido un intercambio entre España y América Latina desde los tiempos de la colonia:

… es inevitable reconocer la vocación transatlántica de la literatura del ámbito hispánico, desde sus labores en el siglo XVI; comenzando por Hernán Cortés y continuando con los numerosos cronistas españoles y americanos, sin olvidar al Inca Garcilaso, quien precisamente desarrolló toda su carrera literaria en Córdoba […]. Julio Ortega afirma que Cervantes tuvo intenciones de trasladarse a la América española; y que Sor Juana, a su vez, quiso viajar a la península (Barella y Bados, 2012, p. 13).

Según ellas, la interacción entre los dos continentes ha enriquecido, de una forma recíproca, sus producciones literarias. Pero esta dinámica se consolidó en los años 20 y en especial, en el periodo del boom latinoamericano de los años 60. Bajo el impulso de este último movimiento, así como de los avances en los estudios de género, la literatura escrita por mujeres se convirtió en un verdadero sujeto de estudio. Ellas añaden: “Con el reconocimiento de los estudios de género en el mundo académico, principalmente a partir de los años setenta, han surgido voces alternativas a las de la historiografía oficial” (Barella y Bados, 2012, p. 9). Apoyándose en esta idea, analizan la poesía de seis escritoras de la región: Lety Elvir, Gloria Elena Espinoza, Vidaluz Meneses, Elena Salamanca, Helen Umaña, y Laura Zavaleta. Con su investigación, Barella y Bados tratan de darle un lugar a la literatura escrita por mujeres y a la poesía, poniendo en evidencia la ruptura de estereotipos y la dimensión internacional de los textos de estas centroamericanas. Lety Elvir, incluso, es una de las escritoras que forman parte del corpus que se propone en este libro.

Por su parte, Magda Zavala da pistas muy interesantes sobre el erotismo y los temas abordados por los escritos de nuestras escritoras. Zavala analiza el contexto político e histórico y, según ella, la década de 1970 a 1980 es la más importante porque implica una ruptura estética, ideológica, pero también, una ruptura de contenido[18]. A partir de ese momento, hay un abandono total de los clichés tradicionales, es decir, de los mitos socioculturales ligados con la mujer[19]:

A partir de los años setenta, nuevos sujetos sociales y femeninos escriben literatura en la región, esto es, se diversifica el origen social y étnico de las escritoras. También se amplían y diversifican las tendencias estéticas representadas. Finalmente, como nunca antes, se abandonan los temas y motivos típicos de la escritura de las mujeres, lo cual significa que nos encontramos en un momento de ruptura ideológica (Zavala, 2011, p. 60).

Según Zavala, la primera poeta que rompió con el canon oficial fue Ana María Rodas (Guatemala) con sus Poemas de la izquierda erótica (1973) y luego, Gioconda Belli (Nicaragua) con Sobre la grama (1974). Después, en los años 80 Ana Istarú (Costa Rica) ha sido la más conocida con su texto La estación de fiebre (1983). En los años 80 el debate sobre la literatura femenina y la lucha de las mujeres evidencia los movimientos ideológicos de la época. En los 90, los temas políticos desaparecen y en su lugar, se muestra el resurgimiento de los estereotipos de la diosa, la naturaleza, así como la reivindicación de la maternidad. Finalmente, Zavala añade que en los años 2000 el erotismo aparece ironizado, parodiado y la pareja, otrora sacralizada, es un tema del que se alejan las poetas (Zavala, 2011, p. 115).

La recopilación de textos Afrodita en el trópico de Oralia Preble Niemi aborda, por su parte, la cuestión de la poesía y el erotismo en algunas escritoras de la región. Este texto analiza la producción de Gioconda Belli, Dina Posada, Daisy Zamora, Michele Najlis, Ana Istarú, y algunas otras más. En cuanto a la prosa narrativa y el objeto de estudio del libro, hay solamente dos estudios dedicados a Carmen Naranjo (Costa Rica) y a Jacinta Escudos (El Salvador), respectivamente. La introducción del texto menciona que

La mujer occidental, y en ese término incluyo a la centroamericana, empieza a despojarse de ese sinfín de prohibiciones en las décadas de los 1930 y 1940. Sin embargo, no es sino hasta las décadas de los 1960 y 1970 que la emancipación femenina centroamericana cobra suficiente fuerza para difundirse más allá de una o dos autoras “atrevidas” (Preble Niemi, 1999, p. IV).

Como lo hacen los otros estudios, Oralia Preble Niemi señala que la década de 1960-1970 ha sido la más importante cuando se habla de literatura escrita por mujeres. Además, es un periodo donde se problematizan el cuerpo femenino y la identificación de las mujeres en tanto sujetos deseantes. La idea de que sean las mujeres hablando de su deseo y no los hombres hablando por ellas es uno de los objetivos que busca Preble Niemi con su recopilación.

Prosa narrativa erótica escrita por mujeres de América Latina

Entre los pocos trabajos sobre el tema está la tesis doctoral de María Dina Grijalva (2010), que versa sobre el erotismo en las escritoras Luisa Valenzuela (Argentina) e Inés Arredondo (México)[20]. En ese trabajo, se encuentran informaciones importantes ligadas con la literatura escrita por mujeres en América Latina pero además, hay una teorización y una presencia del erotismo en la obra de estas dos autoras. Dina Grijalva dice:

En la narrativa erótica escrita por mujeres en Latinoamérica durante las tres primeras décadas desde su surgimiento –de 1960 a 1990– asistimos por primera vez en la historia, a una búsqueda por conocer, por sacar a la luz el deseo femenino, deseo expresado ahora desde la voz femenina, ya no interpretado, ni tamizado, ni deformado por la palabra patriarcal. Las autoras han empezado la ardua –y feliz– tarea de rescatar de la noche el erotismo femenino y empiezan a dibujar un nuevo canon (Grijalva, 2010, p. 31).

Dina Grijalva señala que los trabajos críticos sobre erotismo y mujeres son casi inexistentes. Ella afirma que la creación de un nuevo canon ha comenzado, un canon que pone en escena al erotismo en los textos y que incluye no solamente el cuerpo y la genitalidad sino al deseo mismo: “la cocina en tanto que espacio de olores, con el agua, las especies y los tejidos pueden ser, también, elementos que procuran gozo y placer” (Grijalva, 2010, p. 33).

Por su parte, María Luisa Medeiros analiza la literatura escrita por Clarice Lispector, Rosario Castellanos, Luisa Valenzuela, entre otras. Su ensayo crítico se publicó primero en inglés en 2002 y su versión en español es de 2006[21]. Si bien ella estudia escritoras mexicanas, argentinas o brasileñas, Medeiros desarrolla algunas ideas fundamentales alrededor del debate literatura femenina o literatura escrita por mujeres, la subjetividad conquistada a través del tiempo y el tema de la voz marginada de las mujeres. A partir de un método eclético de análisis de textos, utilizando nociones de M. Bajtin, J. Kristeva, L. Guerra y otros, Medeiros trata de construir un panorama de la literatura escrita por mujeres en América Latina. Una de sus afirmaciones clave es la siguiente:

El desarrollo de un discurso femenino en América Latina no ha sido ni regular ni continuo. Las escritoras viven en países con componentes sociales y culturales diferentes y con tradiciones literarias particulares, pero todas comparten su condición de poscolonialidad, la herencia luso-hispánica, y el gobierno patriarcal de instituciones tales como la iglesia y el ejército, así como los ideales de la democracia (Medeiros, 2006, p. 147).

Según ella, ha habido una evolución en términos de militancia artística o incluso, política de parte de las mujeres. Sin embargo, es verdad que los obstáculos tales como la represión de la religión, el patriarcado, la marginalización, la pobreza de rostro femenino son desafíos que van y vienen y hasta se han convertido en leitmotivs cuando hablamos de literatura escrita por mujeres.

El estudio de Medeiros intenta fusionar nociones europeas con discursos no eurocéntricos, con el fin de comprender mejor las formas de expresión de las escritoras. En otras palabras, sin desdeñar las ideas latinoamericanas autóctonas, el texto privilegia el diálogo entre diferentes formas de pensar, unidas por la escritura concebida por las mujeres.

Siguiendo a Grijalva, Medeiros concluye que los textos analizados muestran una “autoridad discursiva” (2006, p. 29) en la medida en que hay una ruptura de paradigma y al mismo tiempo, un reposicionamiento en la organización del canon literario de América Latina.

En 2005, Brigitte Robert publicó en Francia una tesis sobre los espacios y las identidades en 10 novelas centroamericanas contemporáneas[22]. Ella estudió, de una forma detallada, varios temas que en este libro se tocan. Por ejemplo, Robert señala lo desconocida y olvidada que es Centroamérica en cuanto a su literatura, y sobre todo, el caso de las mujeres que escriben. La tesis tiene un capítulo muy esclarecedor dedicado al cuerpo, la sexualidad y el erotismo. También hay una intención interseccional pues en el corpus que ella propone, se analiza la voz de las mujeres indígenas o afrodescendientes que forman parte de la herencia multiétnica del istmo. Su estudio desvela los mecanismos utilizados para consolidar una identidad específica en la región y algunos de los temas que, según ella, son recurrentes entre los textos: la violencia, la violación o su fantasma, el repudio de instituciones como la familia o el matrimonio, la toma de conciencia política, e incluso el sacrificio y la muerte de la madre, en tanto figura de autoridad o ideal reproductor.

También Robert analiza el cuerpo femenino y su representación. Según ella los personajes de las novelas centroamericanas cuestionan el canon de belleza occidental, presentando mujeres que no corresponden con la publicidad o las revistas de moda. La mujer negra, gruesa, o “real” se encuentra en los textos y no como personaje secundario sino como una voz de resistencia a los dictados de la belleza universal. Así, Robert concluye que

Los personajes femeninos renuevan la temática del amor y la maternidad y la abordan desde una perspectiva radicalmente diferente de aquella de las novelas sentimentales tradicionales. Esos personajes describen –por supuesto– el gozo de los cuerpos pero también sus males, lo que muestra en la sociedad, la persistencia de modelos exigentes. Desmitifican las imágenes que construyen las figuras de la feminidad y la masculinidad y se analiza el papel que juegan la educación y los medios en este campo. Al igual que las novelistas mexicanas y chicanas, las centroamericanas rompen el concepto del “marianismo”, esa exaltación de la figura maternal pasiva, resignada y siempre sonriente, y son muchos los jóvenes personajes femeninos que ya no se reconocen en esta imagen femenina magnificada (Robert, 2005, p. 415)[23].

Esta investigación retoma los temas propuestos por Robert, como la figura de la mujer y el marianismo, pues los consideramos fundamentales dentro del análisis de los cuentos, sobre todo en Centroamérica.

Otro aporte fundamental pero de finales de los 80 es el de Helena Araujo, crítica literaria colombiana, con su trabajo exhaustivo La Scherezade criolla. Ensayos sobre literatura femenina latinoamericana[24]. Ese texto dedica algunos capítulos a la imagen de la virgen, la prostituta, la hija deseante o perversa, el tema del incesto[25], la obsesión de la violación, entre otros. En su libro también se encuentra el famoso debate entre la literatura femenina o la literatura escrita por mujeres, así como ensayos sobre ciertos intelectuales de la región.

Para este trabajo, se valora la relectura que Araujo hace de la figura de Scherezada, es decir, de la presencia a la vez erótica y represiva en un continente conquistado por los españoles. Desde los tiempos de la conquista, América Latina ha conocido la violencia, la violación y una especie de repudio sistemático del cuerpo, sobre todo del femenino. Así es posible afirmar que

En un régimen de represión libidinosa, el sexo implica una degradación: “toda mujer aun la que se da voluntariamente es desgarrada, chingada por el hombre”, dice Octavio Paz, afirmando luego en una definición ya célebre: “lo chingado es lo pasivo, lo inerte y abierto, por oposición a lo que chinga, que es activo, agresivo y cerrado. El chingón es el macho, el que abre. La chingada es la hembra, la pasividad pura, inerme en el exterior”. Esta visión literal de la falocracia puede muy bien referirse a todo el continente. En el Norte como en el Sur, cualquier proyección de las realidades sicológicas con respecto a lo erótico implica una transgresión o un rebajamiento (Araujo, 1989, p. 34).

Desde esta perspectiva, la literatura escrita por las mujeres participa de la transgresión y por ello, las mujeres que han osado hablar han sido penalizadas. Las primeras escritoras del siglo XIX fueron expulsadas, excomulgadas, repudiadas por sus maridos, negadas por sus familias, marginadas de la sociedad. Hoy encontramos autoras que han hecho del erotismo un espacio de subversión: Helena Araujo menciona a Silvina Ocampo, Inés Arredondo, Luisa Valenzuela, Cristina Peri Rossi, Armonía Somers, Clarice Lispector, Elena Poniatowska, entre otras.

El texto de Araujo, si bien no habla específicamente de la región centroamericana, es útil en la medida en que da pistas sobre la producción literaria de las mujeres, los tabúes que ellas han debido superar y su lucha por hacerse un nombre en la producción cultural y simbólica de sus países. Sus estudios sobre el erotismo y las distintas formas en que se percibe y se vive en la región muestran la riqueza del tema y vuelve visibles a tantas escritoras que han hablado del cuerpo, pero sobre todo, del placer.

A pesar de la escasez de ciertas fuentes, hay trabajos notables que tratan del erotismo en los cuentos cortos escritos por mujeres en Centroamérica. Es el caso de los textos de Willy Muñoz, profesor boliviano que trabaja en Estados Unidos. Su libro Pasos Audaces I (2012)[26] es la investigación más sistemática sobre el tema y los discursos eróticos de las mujeres. Dividido en 4 capítulos, el texto estudia el personaje negro, el erotismo, la homosexualidad, el lesbianismo, el travestismo y la transexualidad.

En América Central todos estos temas ya se han abordado, pero no necesariamente desde la escritura de las mujeres, de ahí la importancia del texto de Muñoz, que permite trazar una cierta evolución del erotismo. Según él, el primer relato erótico de la región es “Valle alto” (1946) de la costarricense Yolanda Oreamuno. A ese respecto, Muñoz señala:

… no solamente el cuerpo del hombre es el objeto de la mirada inquisidora de la mujer, sino que también la manera en que ella mira a la naturaleza y el cuerpo del hombre tiene una base científica […] Dicha mirada comienza por la parte exterior del cuerpo del hombre, por la piel, y termina imaginándose las interioridades; los músculos; los tendones; e inclusive el funcionamiento de la circulación de la sangre hasta los últimos capilares (Muñoz, 2012, pp. 46-47).

Para Yolanda Oreamuno, el erotismo está ligado a la mirada puesto que la mujer observa el cuerpo masculino como un objeto de deseo. Ella lo desea, lo quiere. Esto constituye un punto de inflexión vital pues el hecho de mirar estuvo reservado tradicionalmente a los hombres. En ese cuento vemos una inversión del papel femenino, que se muestra transgresor. Incluso el texto cuenta una relación sexual cuyo único fin es el placer en sí mismo, y no la reproducción, lo cual señala de nuevo, un elemento transgresor.

Willy Muñoz se interesa en los años 80 y para él, el segundo relato erótico más explícito es “Ondina” (1983) escrito por Carmen Naranjo, también costarricense. Este relato es grotesco dado que se trata de una historia de amor entre un hombre y una enana, quien a su vez, se acuesta con un gato. Este cuento de Naranjo es transgresivo porque recurre a la monstruosidad, a los lazos entre el erotismo y el horror, y por supuesto, a la zoofilia. Mejor dicho, es un relato que pone en escena la perversión.

Un tercer periodo establecido por Muñoz se refiere a los 90. En esa década según Muñoz, la escritora más prolífica es Jacinta Escudos (El Salvador). Sus textos ponen fin a la noción del cuerpo femenino como propiedad de los hombres. Es el caso de “Hirohito mi amor” (1993):

Este cuento muestra simbólicamente que cualquier mujer puede convertirse en un punto de resistencia al poder falogocéntrico, ya que, en último análisis, este cuento trata del poder regulatorio del varón y de la voluntad de la mujer que trata de liberar su cuerpo de la larga colonización falocrática (Muñoz, 2012, p. 74).

Desde ese momento, el corpus de la literatura escrita por mujeres cambia totalmente. En su antología Huellas Ignotas I y II (2009), Willy Muñoz recopila relatos breves desde 1890 hasta 2005[27]. Su trabajo se esfuerza en mostrar el proceso de escritura de las mujeres, y así alimenta la historia de la literatura en general. Huellas ignotas reúne los cuentos de Rafaela Contreras, Carmen Lyra, Bertalicia Peralta, Claribel Alegría. Pero también propone textos contemporáneos de Jacinta Escudos, Mildred Hernández, Anacristina Rossi y otras. Según él, al final del siglo XX, las mujeres de América Central osaban escribir sobre la sexualidad y los tabúes, lo que no significaba necesariamente, una emancipación de las normas patriarcales porque el castigo, la culpa social todavía eran muy fuertes. Con todo, hablar del cuerpo y del deseo ha sido un progreso si lo comparamos con los temas tradicionales del istmo.

Asimismo, en el texto Cicatrices. Un retrato del cuento centroamericano (2004)[28], Werner Mackenbach habla de la literatura de América Central en general. Dedica una parte de su antología a los relatos que tocan el tema del erotismo, y señala que los textos mezclan el amor, la pasión y otros temas. Él escribe: “El tema de la sexualidad ocupa un amplio espacio en ellos, sea como el tabú de la homosexualidad, la hiriente y muchas veces irónica crítica del machismo o la inseparable amalgama de sexualidad y violencia” (Mackenbach, 2004, p. 18).

Mackenbach señala que la voz de las mujeres constituye una nueva experiencia dentro de los cuentos cortos en la región. Su compilación presenta escritoras aparecidas en la escena literaria y cultural de los 80 y 90.

Dos años más tarde, en 2006, Mackenbach prologa una compilación de cuentos costarricenses eróticos. La colección denominada Melocotones sin almíbar muestra a Costa Rica como un país que aborda el erotismo en toda su complejidad[29]. Mackenbach insiste en la calidad literararia de la literatura costarricense y enfatiza la transgresión en los cuentos antologados. Señala que

Lo erótico aparece inextricablemente enmarañado con lo transgresivo. No solamente transgreden lo que en nuestras sociedades se ha transformado en una institución de indudable poder, de control y restricción, el así llamado “buen gusto”, o las “buenas costumbres”, sino también desfiguran hasta lo irreconocible los rasgos humanos de interrelación y placer mutuo, que vinculamos con lo erótico (Mackenbach, 2006, p. 12).

Por su parte, Consuelo Meza publicó un diccionario bibliográfico de escritoras centroamericanas que iba desde 1890 hasta 2010[30]. El libro es una investigación minuciosa sobre un tema que, al inicio, parecía improbable: la presencia de un verdadero corpus de obras escritas por mujeres en esa región.

Meza señala: “Me encontré con un vacío. Aparentemente, la narrativa era un espacio masculino y la presencia de las mujeres se limitaba al género de la poesía. De esta manera, me topé primero con su poesía” (Meza, 2011, p. 27).

Esta afirmación es fundamental: como se ha venido diciendo, es la poesía y no el relato breve lo que ha sido más estudiado en los trabajos en América Latina. Esta omisión y los hallazgos de Meza es justamente lo que da origen a este libro.

Meza enumera 485 escritoras en total: 27 en Belice, 133 en Costa Rica, 30 en El Salvador, 74 en Guatemala, 51 en Honduras, 78 en Nicaragua y 92 en Panamá (Meza, 2011, p. 29). El diccionario recoge géneros variados: poesía, teatro, cuentos y novelas.


Entre los textos cuyo tema es el erotismo y las mujeres en la región, ya sea en poesía o en narrativa, una cosa es segura: las décadas de los 60 y 70 evidenciaron una ruptura de paradigma y un desafío en términos de cultura. Los textos de Ana María Rodas y Gioconda Belli son parte de esa cronología que cuestiona los códigos morales de un periodo particular: no se puede ignorar que casi al mismo tiempo en que aparecieron los Poemas de la izquierda erótica, también surgió Garganta profunda (Deep Throat), la película porno que inauguró un nuevo género moderno (Destais, 2015, p. 125) y que resultó un éxito.

En otras palabras, aunque la geografía no esté necesariamente ligada con los movimientos de emancipación, no se pueden negar correspondencias temporales en el desarrollo del tema erótico contemporáneo, si bien tratando de no caer en imprecisiones históricas.

Por ejemplo, Alexandra Destais[31], especialista del erotismo francés, afirma que la entrada de las mujeres en el campo del erotismo literario de Occidente ocurrió con Historia de O (Histoire d’O) de Pauline Réage en los años 50 (Destais, 2015, p. 49). No hay certeza de que ese texto haya sido conocido por las escritoras nuestras de aquel tiempo, incluso el primer cuento erótico que citamos, “Valle alto”, es anterior a esa novela francesa. Sin embargo, lo que sí es cierto es que el erotismo se expandió cada vez más gracias a los movimientos contestatarios y políticos y a la toma de conciencia de las mujeres en relación con sus cuerpos, sus deseos y derechos. Si bien esta transgresión erótica inició con la poesía, el erotismo en los cuentos escritos por mujeres en Centroamérica muestra que, en el principio existía el placer, el gozo del cuerpo, el gozo de vivir, a pesar de los conflictos armados de aquellos países. La victoria de nombrar aquello que estaba prohibido fue total.


  1. Gayle Rubin, Deviations. A Gayle Rubin reader, Durham-London: Duke University Press, 2011.
  2. Marcella Althaus-Reid, La teología indecente, Barcelona: Ediciones Bellaterra, 2005.
  3. Arturo Arias, Gestos ceremoniales, Guatemala: Editorial Artemis-Edinter, 1998, p. 11.
  4. Información disponible en Wikipedia: https://bit.ly/3Zt2euZ.
  5. “En junio de 1986, en el mismo mes en que se organizaban los Acuerdos de Paz, Estados Unidos aprobó cien millones de dólares para los irregulares en Nicaragua”. Cf. Ana Isabel García y Enrique Gomáriz, Mujeres centroamericanas, Tomo II, San José: FLACSO, 1989, p. 34.
  6. Según Werner Mackenbach, los textos más representativos de ese periodo son los siguientes: Trágame tierra de Lizandro Chávez (1969); Tiempo de fulgor de Sergio Ramírez (1970); Diario de una multitud de Carmen Naranjo (1974); Cenizas de Izalco de Claribel Alegría y Darwin J. Flakoll (1966); El valle de las hamacas de Manlio Argueta (1970); Pobrecito poeta que era yo de Roque Dalton (1976); El árbol de los pañuelos de Julio Escoto (1972); Los compañeros de Marco Antonio Flores (1976) y Último juego de Gloria Guardia (1976). Cf. Werner Mackenbach, “Entre política, historia y ficción. Tendencias en la narrativa centroamericana a finales del siglo XX”, en Hacia una historia de las literaturas centroamericanas. Avances de investigación 3. Historia, memoria y violencia en la narrativa centroamericana actual, San José: CICLA, 2008, p. 70.
  7. Costa Rica es un país sin ejército. El presidente José Figueres Ferrer lo abolió en 1948.
  8. Es la razón por la cual no se estudian relatos cortos de ese país, pero también porque su historia ha sido distinta a la de los otros.
  9. Esto es, los planes “Esquipulas I y II (1986-1987)”, que, bajo el liderazgo de los presidentes de Guatemala y Costa Rica, lograron las primicias de la paz y el desarme gradual en América Central.
  10. Recuperado de https://bit.ly/3QEIz8I.
  11. Georges Bataille, L’érotisme [1957], Paris: Les Éditions de Minuit, 2014.
  12. Se buscó en 4 sitios muy importantes que tratan la cuestión en América Latina. Dialnet, JSTOR, Scielo y la biblioteca de la UNAM. A la fecha de esta investigación (2017) no había ni una sola tesis sobre relatos cortos y erotismo en Centroamérica. Sobre el tema de mujeres y erotismo, se encontraron pocos trabajos.
  13. Encontrar textos sobre el erotismo, la literatura erótica en América Central y afines es difícil. Y encontrar textos referidos a las mujeres y al cuento corto, lo es más. Al inicio de esta investigación, en 2013, había pocas cosas. Existían estudios sobre la poesía, el erotismo en algunas novelas e incluso en el teatro, pero era difícil encontrar trabajos del trinomio “erotismo-cuentos cortos- mujeres”. A pesar de ello, hay trabajos importantes como los de Amber Learned (2008), Consuelo Meza (2002), y los estudios de Willy O Muñoz. Learned, por ejemplo, estudia la poesía de tres centroamericanas: Ana Istarú, Dina Posada y Jacinta Escudos, y Consuelo Meza presenta un recuadro exhaustivo de escritoras centroamericanas, algunas incluso desconocidas. En 2009, la revista Istmo n.º 19 dedica su número al estudio de la sexualidad, pero lamentablemente la mayoría de sus artículos son sobre Jacinta Escudos, Gioconda Belli o Uriel Quesada. Eso tal vez quiera decir que, en ese momento, había pocos análisis sobre escritores que no eran parte del canon tradicional. Cf. “Sexualidades en Centroamérica”, Istmo, 2009, n.º 19, recuperado de https://bit.ly/48lOXsq.
  14. Willy O. Muñoz, Pasos audaces. Tomo I. Ensayo sobre cuentistas centroamericanas, San José: UNED, 2012, y Muñoz, Pasos audaces. Tomo II. Antología de sexualidades en los cuentos de escritoras centroamericanas, San José: EUNED, 2012.
  15. Julia Barella y Concepción Bados (eds.), Voces de mujeres en la literatura centroamericana, Alcalá de Henares: Universidad de Alcalá, 2012.
  16. Magda Zavala, Con mano de mujer. Antología de poetas centroamericanas contemporáneas, Heredia: Interartes, 2011.
  17. Oralia Preble-Niemi (ed.), Afrodita en el Trópico. Erotismo y construcción del sujeto femenino en obras de autoras centroamericanas, Maryland: Scripta Humanistica, 1999.
  18. Casi todos los teóricos coinciden con esta afirmación. Los ensayos de Afrodita en el trópico, 1999, el trabajo de María Luisa Medeiros, La voz femenina en la literatura latinoamericana: una relectura crítica, 2006, y los prólogos de diversas antologías del cuento corto en la región reafirman la importancia de este periodo.
  19. Como el mito de que la mujer escribe siempre con ternura, expresando así el llamado “eterno femenino”. Además, se ha tenido la noción sesgada sobre los temas desarrollados por las mujeres: el hogar, el amor, la maternidad, la intuición, etc. Sin embargo, como lo señalan Flora Ovares, Margarita Rojas y Sonia Marta Mora, “las deformantes teorías acerca de la supuesta incapacidad de la mujer para crear valores objetivos alimentan otra variante del mito sobre la mujer. Ésta aparece despojada de cualidades intelectuales y recluida en la pura afectividad que, según este estereotipo, prima sobre la razón. Esta imagen no solo invalida a la mujer en su condición de persona –en sentido integral–, sino que la desplaza hacia un espacio cerrado, clausurado, controlado”. Cf. Flora Ovares, Margarita Rojas y Sonia Marta Mora, Las poetas del buen amor, Caracas: Monte Ávila Editores, 1991, p. 17.
  20. María Dina Grijalva, “El erotismo femenino en la narrativa de Inés Arredondo y Luisa Valenzuela”. Tesis de doctorado, UNAM, 2010.
  21. María Luisa Medeiros, La voz femenina en la narrativa latinoamericana [New York, Peter Lang Publishing, 2002], Santiago: Editorial Cuarto propio, 2006.
  22. Brigitte Robert, “Espaces et identités dans le roman féminin centraméricain contemporain (1980-2000)”. Tesis de doctorado, Universidad de Poitiers, 2005.
  23. Mi traducción.
  24. Helena Araujo, La Scherezada criolla. Ensayos sobre escritura femenina latinoamericana, Bogotá: Editorial Universidad Nacional de Colombia, 1989.
  25. El incesto no es solamente un tema abordado y castigado por los cristianos. Las culturas andinas, incluso antes de la llegada de los españoles, castigaban ese tipo de relación. Cf. Fourtané Nicole, “Mariage, inceste et adultère dans les contes populaires des Andes péruviennes”, en Mariannick Guennec (dir.), Entre jouissance et tabous. Les représentations des relations amoureuses et des sexualités dans les Amériques, Rennes: Presses Universitaires de Rennes, 2015, pp. 31-38.
  26. Willy O. Muñoz, Pasos audaces. Tomo I, op. cit.
  27. Willy O. Muñoz, Huellas ignotas I. Antología de cuentistas centroamericanas, 1890-1990, San José: EUNED, 2009 y Huellas ignotas II. Antología de cuentistas centroamericanas, 1991-2005, San José: EUNED, 2009.
  28. Werner Mackenbach (comp), Cicatrices. Un retrato del cuento centroamericano, Managua: Anama, 2004.
  29. Es decir que salen del discurso heteronormativo pues transexuales, gays y prostitutas forman parte de esta antología. Cf. Werner Mackenbach, prólogo, Melocotones sin almíbar, San José: Editorial Lumbre, 2006.
  30. Consuelo Meza Márquez, Diccionario bibliográfico de narradoras centroamericanas con obra publicada entre 1890 y 2010, Aguascalientes: Universidad Autónoma de Aguas Calientes, 2011.
  31. Alexandra Destais, Éros au féminin, Paris: Klincksieck, 2014.


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