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2 Lo artificial

1 Células y tejidos. Máquinas habitativas

Contrapuesta a la realidad de lo natural (que puede poseer en sí mucha complejidad maquinal: una versión extremadamente compleja de lo maquinal natural es el cuerpo, más aún en su dialéctica filosófica y científica entre las visiones de la corporalidad extra o supra organística del cuerpo sin órganos versus la noción misma de organicismo y la mirada del cuerpo como organismo) aparece la transformación real de lo artificial, lo pensado para transformar lo real en evento superador de la productividad de lo real-natural, es decir, en artificio sobre-natural. Desde una perspectiva amplia, en tanto mera y pura transformación de un estado dado de realidad –incluso de una realidad casi absolutamente natural–, un proyecto es siempre un acto de artificialidad, una apuesta a la alteración de lo natural para superar su productividad o modificar su entidad.

Sin embargo, la teoría histórica del proyecto buscó pensar en una oscilación de lo natural y lo artificial, aunque lo natural absoluto fuera imposible, al menos desde su ingreso a la conciencia cultural, es decir, a su objetivación: el hombre, como ser natural, piensa y se desnaturaliza para pensar lo natural como algo que le es externo.

Por eso es posible postular un modo histórico natural de proyecto (como aquel que busca minimizar la alteración de lo natural o que busca imitar, sustituir o emblematizar lo natural) –nunca un modo absoluto e imposible de proyectar lo natural total (que se cae así, del lado de las cosmovisiones religiosas y utópicas)– así como un modo histórico artificial de proyecto, en el cual aparecen varias connotaciones, fuera de poder pensarse que todo proyecto es en sí, artificial.

El modo artificial confía por lo pronto en la conjunción de poiesis y tekné, es decir, apuesta a una viabilización técnica o fáctica de lo pensado como cosa nueva. De allí que haya una artificialidad ligada al artificio –es decir, a la habilidad fáctica o empírica de pensar-producir la cosa casi como un mismo acto continuo– que puede adquirir tal preponderancia que habilite el adjetivo artificioso, que nombra cierto alarde o complacencia con la pura ejecutividad fáctica o técnica.

Lo técnico, sin embargo, nos dio pie para pensar un modo técnico del proyecto, es decir un modo resuelto casi dentro del espacio cognitivo y metodológico del hacer complejo o la tekné; lo artificial no se encuadra dentro del pensamiento técnico, sino que lo usa y lo administra, pero no acaba en la técnica, sino que la entiende como algo puramente instrumental.

El modo artificial también compite con lo real natural, es decir, no busca tanto actuar transformando lo real amparado en las maravillas técnicas, sino que busca imitar o emular y hasta superar lo natural, confiando en un mundo de proyecto en donde puedan simularse y mejorarse las condiciones de naturaleza. Una parte de esta concepción del modo natural se expresaría en el clon más que en la prótesis, si referimos lo proyectual a la relación con el cuerpo. Lo técnico es protésico, lo artificial –al extremo– es clonístico.

El modo artificial usará metáforas maquinales emergentes del mundo natural para postular su planteo proyectual, dada esa vocación de imitación, y tal trasfondo imitativo le proporciona su marco ético, en tanto no sustituir lo natural sino recrearlo, aunque desde la perspectiva religiosa creacionista eso se puede considerar un extremo de arrogancia herética.

El modo artificial de proyecto considerado en perspectiva histórica, apunta a pensar que ciertas nociones tales como las máquinas o los mecanismos son compartidos por la naturaleza y por los saberes que deben replicarla, suplantarla o transformarla, es decir, trata de utilizar metáforas de pensamiento proyectual que considera compatibles con el origen o la razón de ser del mundo natural aunque, por otra parte, le interesa más que la ontología del ser natural, su devenir y genealogía, en un enfoque evolucionista que acepta que el desarrollo de la técnica fluya hacia su creciente autonomía autopoiética.

Fruto de las decisiones políticas reformistas de Akhenaton –nombre que quiere decir resplandor de Atón y que se dio a sí mismo Amenhotep IV- en el siglo xv a. C. y su proyecto de poner en marcha una nueva religión, el culto de Atón, que mediara en la puja entre el culto popular de Osiris y el elitista de Ra, significó no sólo el montaje de la efímera llamada herejía de Amarna por la cual, según este culto al resplandor del Sol, que otorgaba un orden cósmico o maat al desorden humano y al divino del politeísmo, se presentaba como la primera religión henoteísta (que quiere decir religión que conoce muchos dioses pero que adora a uno en particular, transición entonces del politeísmo al monoteísmo) de la historia, en que se despliegan varias innovaciones –como las de una teología que permitía presentar un orden racional del mundo ligado a la potencia helioenergética– pero también la creación de una nueva ciudad cortesana, Tell-el-Amarna, en rigor la primera máquina habitativa según su estricta concepción de una trama geométrica rigurosa que engendraba un tejido repetitivo ortogonalizado, que seguramente representa la primera visión funcionalista y maquínica de un orden habitativo colectivo, en este caso, incluso subsumiendo las características repetitivas de las casas de patio y los espacios cortesanos y cúlticos dentro de un mismo patrón generativo.

Tal esquema, que remite a un forzamiento o generalización de la relación entre asentamiento y ambiente de implantación –contra los paradigmas organicistas de comunidades primitivas–, lleva a fortalecer la artificialidad de la forma ciudad, quizá para acompañar en su abstracción el desarrollo de las múltiples mediaciones propias de la organización social y estatal, de manera que pudiera ser posible asociar el avance en los criterios de control estatal de la sociedad con la existencia de formatos regularizados y repetitivos de las células de habitación, casi como si la nueva forma urbis geométrica se vinculara a un orden administrativo que, sobre el siglo xvii, se empezará a llamar ciencia de policía y que combina la clasificación de personas e instalaciones, los registros estadísticos, y la conformación de un homo civitatis abstracto y funcional a las regulaciones normativas.

Este esquema atraviesa toda la serie de fundaciones urbanas llamadas planificadas como las ciudades de colonización hipodámica o alto-griega, las de la conformación del imperio helenístico, las de la dominación romana con sus castrum militares y las de la colonización americana incluyendo también las utopías urbanas renacentistas y barrocas.

Durante el medioevo parte de esta idea maquínico-racional decantará en algunos modelos monásticos, pero no en las ciudades salvo en el caso de las tardías fundaciones del siglo xiii de las bastides -como Montpazier– del sudeste de Francia, pensadas como componentes de la estrategia de enfrentamiento a la herejía cátara.

De las formas de pensamiento proyectual maquínico, hay, por tanto, pocas referencias medievales, entre otras cosas por su vinculación con posturas heréticas o que podrían contradecir el dogma del derecho natural tomista. Pero quizá como concesión al carácter ocultista de las prácticas de los premier-masons catedralicios, algunos de ellos se interesaron no sólo por razones obvias en el diseño de máquinas de construcción sino también en la investigación de máquinas de movimiento, sobre todo en aquellas cuestiones cuasi heréticas como la cuestión del movimiento perpetuo. En los 44 folios que subsisten en la Biblioteca de Francia del llamado Cuaderno de Villard dHonnecourt, este maestro de obras itinerante, que hizo sus apuntes más o menos en los años que se construía Notre Dame de Paris, se incluye un dibujo de una rueda de movimiento perpetuo la que, una vez lanzada a girar, un conjunto de pesas engendra un movimiento rotativo por gravedad y un dibujo de un pájaro autómata.

El caso del ocultista británico Robert Fludd (1574-1637), que en realidad era un médico prestigioso formado en las doctrinas paracélsicas que anticipó a Harvey en su intuición acerca del movimiento intracorporal de la sangre, o que llegó a practicar las llamadas curas de simpatía o sanación a distancia mediante el envío de los llamados ungüentos de simpatía, también ingresa a esta sinopsis evolutiva del modo histórico artificial de proyecto por sus numerosos libros que indagan en máquinas de representación del Universo, como el Utriusque Cosmii…, editado en 1620 en Alemania, que presenta una historia de los dos mundos, natural y sobrenatural; De Música mundanae, 1617, que elabora su teoría de la correspondencia armónica de la música con la mecánica del universo y contiene su modelo de palacio ideal de la cultura, o De Naturae Simiae, de 1618, que es una historia técnica o de la potencia humana de mejoramiento del cosmos; todas investigaciones orientadas a fortalecer el proyecto de la artificialidad humana a riesgo de caer en herejías (mejor soportadas en Inglaterra u Holanda ). Siguiendo con las conductas de época, en 1630 Fludd presenta una máquina de movimiento continuo, basada en una noria de agua accionada por un tornillo de Arquímedes que suscitó interés científico y mecánico hasta bien entrado el siglo xix.

La contracara del naturalismo de Versailles –en rigor, de la pretensión naturalista de proyectar ad novo un sitio natural dominado por el arte paisajístico, es decir, pleno de artificios– es la historia de las vicisitudes requeridas para dar agua a semejante emprendimiento, superada la escala inicial que le diera Luis XIII y que había permitido usar manantiales existentes. Las continuas expansiones de Luis XIV obligaron a múltiples y sucesivos proyectos desde el bombeo realizado desde el estanque de Clugny hasta el diseño del artefacto llamado La Pompe que Le Vau realiza en 1664 para bombear agua a una cisterna de unos 600 m3, o hasta el sistema de silbatos ideado por Jean Colbert en 1672 para que los fontaneros activaran sucesivamente bombeos a medida que se desplazaba el rey en sus paseos, y también la quintuplicación de la Pompe devenida entonces en Grand Pompe.

Después, hacia 1664, se redirigió el cauce del río Bievre y finalmente, hacia 1680, se comenzó a pensar en usar agua del Sena hasta terminar en la llamada máquina de Marly, que es un sistema de tres conjuntos de casi 200 bombas elevadoras, concluido en 1685 y que proveyó más de 3000 m3 diarios de agua hasta 1817 en que se desactivó. Con el aparato de Marly, Versailles llegó a consumir más agua que todo París y todo ello debido a que la decisión original de la primera instalación no tuvo en cuenta que se trataba de un terreno de alta complejidad para abastecerlo de agua; era bajo e inundable y tenía agua hasta una determinada escala, pero secado y ampliado requería trasvases de cursos más bajos que obligaban a elevar el agua para luego derramarla en el sitio.

Se trata, por tanto, de uno de los frecuentes casos en que la pretensión de orden natural emergente de un proyecto sólo podía garantizarse con una oculta y compleja ingeniería que suponía una total manipulación y acondicionamiento del territorio.

En realidad, estos procesos extensos de transformación tecnológica de territorios tienen que ver también, o sobre todo, con las transformaciones maquínicas de la sociedad como queda expuesto en algunos estudios de Teyssot, básicamente en su artículo “Heteropies and the history of spaces”,[1] que suponen una aplicación de la noción de heterotopía, acuñada por Michel Foucault en un artículo llamado “Des espaces autres”, que empezó como conversación radial que este autor hizo en 1966.

Allí diferenció “utopía” de “heterotopía” definiendo la primera como

emplazamientos que mantienen con el espacio real de la sociedad una relación general de analogía directa o inversa. Se trata de la misma sociedad perfeccionada o del reverso de la sociedad, pero de cualquier manera estas utopías son espacios fundamental y esencialmente irreales,

mientras que, por el contrario, las heterotopías aparecen como “una especie de utopías efectivamente realizadas […] son una especie de lugares que están fuera de todos los lugares, aunque, sin embargo, resulten efectivamente realizados. Para Teyssot, en el texto citado, el término es aplicable a los hospitales, prisiones y asilos proyectados y/o construidos en Francia entre 1770 y 1850. Aunque estas construcciones son centrales en el Vigilar y castigar foucaultiano, el interés de Teyssot se fundamenta en que estos edificios ofrecen “una densa historia de la variación y transformación arquitectónica, una historia en la que las discontinuidades del desarrollo formal se corresponden con las cambiantes nociones de higiene, seguridad, intimidad y disciplina”.

Al centrarse entonces en cuestiones de valorizaciones historiográficas, Teyssot estaría tomando la idea de heterotopía como una especie de contrautopía más propia del poder capitalista que de la emancipación socialista y que se manifiesta en una voluntad de artificialización integral de las formas de vida social, ya completamente desnaturalizadas y resueltas con el auxilio de la arquitectura en uso de su modus artificial como maquinización sojuzgante y disciplinante de los nuevos colectivos sociales.

En realidad, este flanco heterotópico del iluminismo viene a consagrar una larga aunque subyacente vocación de proyectar artificialmente bajo la pretensión de dominar o superar lo natural, algo que tenían en mente inventores como en el caso de las máquinas urbanas de Leonardo hasta los artificios técnicos de Juanelo Torriani y que luego va operar como una suerte de lado obscuro pero significativo de la tecnología victoriana –con su compleja administración de cuerpos, sexualidades y captura de fuerzas de trabajo, y también con las contradicciones entre su moral y estética respecto del proceso de la revolución técnica– hasta decantar en el imaginario popular desencadenado en el hombre común de EE. UU. en época de entreguerras, en que se adquiere finalmente una clara identidad política entre el poder regulador de la capitalización del mundo y la apropiación de los nuevos instrumentos técnicos de ese poder armamentístico e idealizador del american way of life. Siegfrid Giedeon lo va a presentar como descripción de los nuevos procesos industriales en la especie de apología del fordismo, en lo que será su libro Mechanization takes command y que se trasmutará en los mensajes divulgativos del Popular Mechanics, el magazine de los 50 que explicaba cómo hacer en el taller casero casi todo lo que por entonces se ocupaba de describir la science fiction amistosa, sobre todo en torno del imaginario del outer space y su conquista técnica con las múltiples tecnologías aplicadas que hicieron célebre al self-made man Norman Bell Geddes, inventor del streamlined style.

Aunque nítidamente literario (o cinematográfico), el caso Geddes fue real. Nacido en el pueblito perdido de Adrian, en Michigan en 1893, y muerto en Manhattan en 1958, atravesó tramos de vida a la Dickens: payasito en un modesto circo del Midwest; Zedsky, niño mago a los 8 o 9; Bob Blake, el comediante excéntrico, a los 12 o 13, y así, hasta pedir la caridad de un magnate neoyorquino, irse a dedo a la Gran Manzana y descubrir –todo a la vez– el mundo de la tecnología y de los espectáculos.

Costado éste por donde arranca armando montajes de obras de teatro propias y ajenas, en la compañía Inwhich, armada con su primera mujer, Helen Belle Schneider, de quien decide hurtar el Bel (de Belle) para trocar su alemanoide Melanchton y firmar, de ahí en más, como Norman Bel Geddes, dedicándose en los 20 a diseñar más de 50 obras de teatro y regies operísticas, entre ellas una dantesca puesta de la Divina Comedia que requería una escena de cuatro pisos de altura.

Doble piso en cambio –el concepto double deck– tendría su propuesta de bus de dos pisos que inventó hacia 1935 en una curiosa maqueta de cobre y arcilla (desde entonces sus materiales preferidos para producir, como pequeñas esculturas, sus prototipos a escala), esos buses que hoy transitan y a veces se vuelcan, sobre todo en el Tercer Mundo.

Varios años antes, Ray Graham –uno de los dueños de la entonces vanguardista fábrica de autos Graham-Paige– lo contrata como diseñador estrella de la empresa y ahí instala la idea del styling evolutivo de las carrocerías que cambiarían su apariencia un 20 % por año y, por tanto, dio paso a un modelo nuevo cada 5 y, así, en el 28 diseña el GP del 33, en el 33, el del 38. Siempre en medio de tribulaciones: el prototipo 28 se presentó una semana antes del crack del 29, aunque ya le habían pagado 8.000 buenos verdes.

En el 32 edita su libro Horizons, que no sólo es una recopilación de sus trabajos sino una de las primeras reflexiones sobre qué era el industrial design para el naciente capitalismo y para la multiplicación de los panes mecatrónicos del nuevo consumo. Y de allí arranca una carrera fulgurante, en la cual diseña locomotoras para Burlington, camas de metal para Simmons, radios para Philco, estaciones de servicio para Mobil, interiores de cabina de avión para Panam y hasta el nuevo circo de tres pistas (el 3 ring-circus) de los Ringling Brothers. El verdadero y absoluto diseñador americano, el creador de modos de vida.

Contratos millonarios le habilitan desarrollar el innovativo auto Airflow para la Chrysler en su división Plymouth-De Soto, tanto un objeto de deseo de todos los ingenieros de punta (batía récords de velocidad gracias a su concepto streamlined –la noción de aerodinamia que ofrecía Geddes– en las salinas de Utah) como un flagrante fracaso comercial. Su segunda Guerra consistió en desarrollar hasta 8 naves de batalla para la IBM, que se dedicaba a conseguir entonces contratos de armamentos (dicho sea de paso, acumulación originaria en los 30-40 de las ulteriores empresas electrónicas) así como aviones livianos. Logros notables de un designer absolutamente lego, extraordinariamente intuitivo, audaz en las propuestas y capaz de sacarle todo el jugo posible a cualquier ingeniero serio.

Cuando se programaba la famosa expo mundial de Nueva York en 1939, se le ocurrió proponerle a General Motors, a cambio de 7 millones de U$S de la época, que presentara en el evento una formidable maqueta de la ciudad del futuro, que iba a llamarse Futurama y que contenía notables proposiciones urbanísticas de este aficionado, que allí se despachó por caso, con el diseño de unos 12.000 edificios y de 50.000 autos en miniatura, todos sus ensayos y mucho más.

No se ha hablado demasiado del efecto teórico en el mundo del urban design de este engendro, pero lo cierto es que lo vieron cuatro millones de personas y seguramente anidó en el inconsciente colectivo de la generación de posguerra, entre ellos Walt Disney, de quien se dice que allí empezó a pensar en el maridaje entre realidad y ficción urbanas y en su proyecto Epcot.

Los últimos años de su vida, entre sucesivos infartos que lo iban dejando sin capacidad de trabajo, despuntó el vicio del cine (su hija Barbara iba a ser actriz) pero dedicado a filmar documentales que presentaban escenas de la vida sexual… de los insectos. Pornografía, maquinismo y las ideas de una naturaleza cuya complejidad ayudaría a conseguir saltos de diseño (como su famosa noción de streamlined) también explican estos momentos finales de una vida azarosa, rocambolesca y que, aunque no se lo reconozca demasiado, explica bastante la singular vía norteamericana a la modernidad.

Los aportes de Buckminster Fuller –auto, casa, ciudad–, dentro de su filosofía dimaxion, se acoplan al experimentalismo gedesiano, quizá desde un perfil más consistente en su basamento tecnocientífico (y más aún en su etapa colaborativa con John Mc Hale), y alcanzan la pretensión de industrializar los uniqums (del auto, la casa o la estructura de cubrición de grandes luces basada en la transegrity) así como la tecno-utópica pretensión de salvar técnicamente la contaminación de la ciudad.

La pasión de la artificialidad y la confianza técnica en un mundo manipulado mediante artificios tecnológicos diversos creará el confort world de heladeras, cocinas y vehículos de transporte privados y públicos, aéreos, terrestres, híbridos o submarinos, que pretendían reorganizar no sólo el ambiente doméstico (mucho más profundamente que en las tibias proposiciones habitativas de Weimar) sino también el público, ferozmente privatizado en su funcionamiento capitalista, que también se detendrá en diseñar máquinas de guerra o el rol de completa revisión de la vida cotidiana que propondrá la omnicentralidad de la TV o el mito del automóvil; todo ello convergiendo a una revisión técnica del futuro urbano basada en un elogio a la dispersión y a las conquistas técnicas del territorio, de lo cual, en diversos planos, puede resultar ejemplificador el tipo de proyecto que pondrá en marcha el matrimonio Eames en su casa de Pacific Palisades y en general las llamadas Case Studies y, sobre todo, los trabajos de Walt Disney y Epcot, mucho más en su concepción original –Experimental Prototype Community of Tomorrow– que aquello en que acabó, como mero parque temático.

Esta historia diversa y compleja de confianza en el salto adelante de más y más artificialidad apoyada en la tecnología derivará, como contracara teórica de la modernidad, en las diversas utopías tecnosociales de los 60, desde las proposiciones de Yona Friedman, hasta las propuestas artístico-políticas de los situacionistas con los trabajos políticos de su líder, Guy Debord, y en la propuesta en 1956 de su manifiesto urbanístico New Babylon, del arquitecto Constant Nieuwenhuys.

En esa línea, los trabajos sesentistas de Archigram, o de Cedric Price, o de los grupos italianos Superstudio y Archizoom no sólo se proponían metafóricamente poblar la tierra de artefactos que, entre otras cosas, dejarán atrás la, para ellos, obsoleta idea de ciudad, sino que más allá de ello se pensaba que sería posible recaer en una arquitectura cuyo modo artificial de proyectación se basara en la provisión de máquinas diagramáticas –es decir, instrucciones para la producción y gestión de objetos, no objetos en sí– como lo que terminarían de reivindicar proyectistas actuales como Rem Koolhaas, Winny Maas, Lars Spuybroek o los analistas proyectuales Diller+Scofidio, con su referencia a la necesidad de proyectar máquinas deleuzianas y sus investigaciones insertas en su libro[2] Flesh: Architectural Probes.

2 La invención romana de la ciudad

En la experiencia histórica romana es relevante el desarrollo de un modo de producción agrarista extensivo cuyas características exigen una continua expansión, una forma de organización social y política, y unas estrategias de asentamiento en las que los procedimientos de construcción de ciudades adquieren una relevancia especial, un tinte ligado a la producción técnica o artificial de tales asentamientos complejos en el contexto de territorios muy dilatados que requieren, además, ser efectivamente colonizados o integrados en la pax romana, con lo cual, esa invención de ciudades muy rápida y desde la nada adquiere un rasgo constitutivo esencial de este modelo civilizatorio: si el Incanato, por ejemplo, optó por una apropiación técnica y movilizatoria del territorio basada en infraestructuras que permitían tanto desplazar a las personas en su servicio estatal como en las qollcas de depósito de excedentes de alimentos, descartando el desarrollo de sistemas de ciudades, en el caso romano, lo esencial es la constelación de puntos equidistantes en el territorio, que serán las ciudades fundadas a ese propósito –lo que constituirá la base de su dominio de los diferentes pueblos conquistados–.

La guerra con Cartago es un claro exponente de esta articulación entre las necesidades expansivas del modo de producción y el control de determinados territorios, lo que se concretará en el borde sur del Mediterráneo, que será ocupado de manera costera pero a la vez con la requerida interioridad o profundidad que garantizara el dominio de ciertos hinterlands de producción agraria como el control de algunos valles perpendiculares al mar –dualidad de la que dará cuenta la fundación de ciudades costeras como Leptis Magna tanto como de castros interiores como Timgad– y más indirectamente pero quizá como necesidad más estratégica, el dominio de los territorios sureños de la Hispania y las Galias.

En el caso hispánico, la primera fase ulterior a las guerras africanas consistirá en la apropiación del antiguo puerto de Cádiz y de las colonias de origen fenicio en poder de los africanos, para dar lugar a una meticulosa operación de saqueo de recursos ya que, sobre el 200 a. C. ya se habían extraído de estas tierras más de 60.000 kilos de plata. El control de Numancia, sobre el 133 a. C., cerrará un proceso de fuertes conflictos con los pueblos celtas ocupantes que devino en guerra de guerrillas: la consecuencia de la necesidad de asegurar el dominio territorial se expresará mediante la fundación de colonias –o bien el reacondicionamiento de asentamientos existentes– como Ampurias, Barcino (ulterior Barcelona), Tarraco (Tarragona), Zaragoza, Cartago Nova (Cartagena), Carteia (Algeciras), Santarem, Cáceres, Mérida, Lisboa, Córduba (Córdoba), Toletum (Toledo), etc. Lo mismo ocurrirá un poco más tarde en las Galias, desde un primer asentamiento en la existente Marsella hasta una profunda penetración con varias fundaciones y refundaciones o apropiaciones de núcleos prexistentes como Lutetia (París).

El avance hacia el norte implicará la ocupación de la Britania con la creación de numerosas colonias (Colchester, Lincoln, Gloucester, York) o municipios de base comunal o condados como en el caso de Saint Albans. Collingwood, el historiador inglés, afirmará justamente que en esta etapa, romanización equivaldrá a urbanización, pero no sólo la novedad técnica de organizar los castrum como un modelo innovativo de agrupación urbana sino también con la realización de carreteras, infraestructuras territoriales como puentes y acueductos, obras defensivas como extensas murallas a modo de fronteras militarmente protegidas; es decir, una vasta programación de artificialización territorial para asentar población y permitir explotaciones productivas genéricamente extensivas.

Algunas ciudades aparecerán como consecuencia o necesidad de tales emprendimientos de infraestructura, como Londinium (Londres), que en su origen es un punto de control de uno de los mejores vados del Támesis para asegurar las comunicaciones con el norte de la isla. La muralla de Adriano, terminada en 128 d. C., definitivo frente norte, y antes la muralla de Antonino –dispuesta por Claudio en 43 d. C.– son parte de las obras defensivas que materializan los limes o límites septentrionales de la máxima expansión imperial. En ocasiones, este tipo de expansión fronteriza, tanto en Britania como en Hispania, supuso la eliminación de las oppidas, los típicos asentamientos montañeses célticos, que eran erradicados y desmontados en beneficio de ciudades de llanura. La explicación está relacionada con la necesidad romana de asegurar un territorio rural productivo defendible alrededor del polo de cada nueva colonia.

Por eso los romanos no sólo trazaban el casco urbano sino también un entorno rural basado en la delimitación de campos medidos en centurias y heredias (una centuria son 100 heredias, una heredia equivalía a media hectárea). El Rin, el Danubio y el Tigris, desde el noroeste al sudeste, fueron configurando el resto de los limes imperiales sobre las tierras orientales, en un trazado que contenía a Viena, Budapest y Babilonia y que, conectándose con África, incluía Antioquía en el cercano Oriente –hoy Antakya, en Turquía– y Alejandría en el norte de Egipto, las viejas ciudades del imperio alejandrino, que quedaba de tal forma, subsumido en la organización romana.

El modelo de crear casco urbano más periferias rurales, de pequeñas a medianas, fue progresando históricamente hasta ser aplicado en la colonización urbana iberoamericana con su criterio de ejido urbano, reservas ejidales o tierras de expansión urbana más tierras comunales o de pan llevar, y más periféricamente, las llamadas suertes de chácaras (agrícolas) y suertes de estancias (ganaderas). Las leyes de Indias regularon estas prescripciones y sus tamaños, así como la distancia a otro núcleo fundacional; Jefferson en EE. UU. imaginó asimismo una cuadriculación completa del territorio basada en estas articulaciones de ciudades e hinterland agroproductivo de cada núcleo.

Algunos emplazamientos romanos como Colonia, frente al Rin, o Gloucester, frente al Severn, estaban pensados para asegurar cierto control de esas vías navegables; otros, como Tréveris –que fue capital romana de Constantino antes de seguir su desplazamiento a Oriente y luego la ciudad de nacimiento de Marx–, Autun o Avanche, tenían roles protagónicos como sedes burocráticas provinciales, en la organización política y administrativa del imperio, todo lo cual avala la incipiente especialización funcional que los romanos otorgaban a cada ciudad dentro de su contexto territorial.

Fuera del diseño de Roma –fundada en 753 a. C. en una zona pantanosa aledaña al Tíber y que llegó en sucesivas expansiones a incrementar la Roma quadrata fundacional de 26 hectáreas hasta las casi 1400, y que contenía la muralla aureliana del 280 a. C., con 1,25 millones de habitantes e intervenciones ingenieriles, como los 11 acueductos que proveían 1,7 millones de litros diarios, el sistema de vías de circulación o los depósitos u hórreas de alimentos, y los mercados como partes del foro con sus equipamientos colectivos-, se destaca en el ítem de un modus artificial de dominar y controlar sus territorios productivos, el diseño urbano de los castrum, tarea estratégica del Estado que formaba parte de las expediciones militares pero que quedaba a cargo de unos especialistas que contaban con un minucioso cuerpo de disposiciones e instrucciones.

Un caso típico fue la pequeña ciudad militar africana de Tamugari o Timgad: una planta cuadrada de unos 350 metros de lado cerraba una docena de hectáreas divididas en pequeñas manzanas o ínsulas de 20 x 20 metros. Los programas grandes, como el Foro o el Teatro, tomaban varias de esas manzanas, nueve en cada uno de esos casos. Esta ciudad, fundada por Trajano en 100 d. C., alteraba el doble eje fundacional romano ya que utilizaba uno sólo, de dirección E-O que conectaba las dos puertas de la ciudad y flanqueaba el Foro.

Pompeya, una vieja ciudad griega, fue reformada por los romanos con un trazado amurallado que concentraba los edificios representativos en el extremo sudeste y resolvía cuidadosamente vías para carros y peatones y las manzanas de viviendas, todas ellas tipificadas según el modelo de casa-patio con impluvium. Aosta, creada en 25 a. C., ciudad defensiva, tenía 16 sectores separados por vías preferenciales, cada uno de ellos compuesto con insulae de 82 x 64. Avanche, en Suiza, era un rectángulo de 9 x 6 macro-insulae, más un sistema regulado de predios agrícolas adyacentes. Colchester, la primera colonia británica del 50 d. C. era un trazado bastante parecido a Timgad, lo mismo que Caerwent. Otros focos de colonización como Silchester tenían un trazado circulatorio regular pero la ocupación era discontinua y dispersa, de baja densidad.

Anthony Morris[3] se refiere al diseño de Plasencia, una de las primeras colonias del norte de Italia creada en 218 a. C.:

Una comisión de tres hombres delimitó las fronteras del territorio de la colonia, asignó parcelas a sus pobladores actuando como tribunal en cualquier disputa que pudiera surgir entre ellos o con las tribus vecinas, estableció una constitución para la nueva comunidad y nombró sus primeros funcionarios y sacerdotes. A fin de poder desempeñar eficazmente su misión, los comisionados eran investidos con “imperium”, el poder para actuar a discreción a nombre del Pueblo Romano. También disponían de efectivos humanos y materiales, medios de transporte, ropa y fondos financieros.

Esta invención de ciudades tuvo por tanto no sólo la resolución de problemáticas urbanísticas sino también la innovativa dimensión de favorecer el poder local o municipal, que los romanos preferían en lugar del criterio helenístico de la federación de provincias o diadoquías. Sigue diciendo Morris:

los romanos prefirieron categóricamente el gobierno local de tipo urbano. La ausencia de un servicio civil plenamente desarrollado les obligó a utilizar un sistema de autogobierno local. En otras palabras, el gobierno de Roma permitía a sus súbditos que gestionaran sus propios asuntos, mientras aquel centraba su atención principal en la salvaguardia de la “pax romana” que de por sí, hacía posible el autogobierno local.

Complementando a Morris, cabe decir que el sistema se apoyaba además en la gran movilidad de control de las legiones militares y en un aceitado sistema de impuestos y contribuciones. Asimismo, está claro que esta prevalencia del poder local se mantuvo durante toda la era bárbara, caído el imperio occidental, así como decantó en el formato altomedieval y renacentista de la ciudad-Estado.

3 Concepto y artificio: las máquinas catedralicias

La construcción de las grandes catedrales medievales, dentro de su adscripción a la gran cosmovisión tomista como lo explica Panofsky o fuera de ella, en acercamientos a planteos heréticos y ocultistas en la saga de los discursos herméticos de origen egipcio, implica sin duda, un relevante paso cultural en la concepción maquínica de la arquitectura, en tanto voluntad de implementar todo el saber técnico disponible al servicio de producir una metáfora de la deus machina universalis más allá de proponer también una máquina cúltica con varios y entrecruzados niveles de significación, desde el libro de los pobres analfabetos, hasta el escenario de disputas teológicas de alto nivel.

Desde el punto de vista técnico, como bien se sabe, los monumentos góticos se diferencian poco de las grandes obras románicas. Manfredo Tafuri[4] anota sin embargo tanto correlaciones como cambios en la transferencia de saberes operada desde el mundo románico, sobre todo en cuanto al desarrollo de la división del trabajo y el perfeccionamiento del control del proyecto:

Cuando se hacía una catedral románica no se utilizaban modelos ni tipos, todo se basaba en el uso de cuerdas ya que había al menos tres cuadrillas que trabajaban en formas y tiempos diversos. Comenzaban los que hacían las fundaciones. Para ello el obispo fijaba en el terreno el ancho de la nave central y a partir de ello, mediante una serie de triangulaciones, clavando estacas aquí y allá, se iban determinando las medidas de las naves y la colocación de los pilares mediante el uso de cuerdas anudadas marcando unidades. Venían luego los que levantaban los muros, quienes usaban sus propias cuerdas y medidas y aplicaban a un dato preexistente – las bases – sus propios procedimientos y por último llegaban los que trabajaban capiteles y demás detalles, también con sus propias cuerdas, medidas y criterios. Como se puede ver, en este sistema no existe arquitectura en el sentido de una idea unitaria de proyecto, ni alguien que la garantiza durante toda la obra a pesar de lo cual la obra sigue adelante, a veces durante siglos. Esto implica que no existía una división jerarquizada del trabajo como aquella que luego se iniciara a partir de 1200.

En cierto sentido, esto se vincula con la transferencia de métodos proyectuales basados en la matemática –Bernardo, por ejemplo, recomendaba la teoría platónico-agustiniana de los números para regular proporcionalmente las dimensiones de las construcciones románico-cistercienses– a los basados en la geometría, muy desarrollados en la Escuela de Chartres, que bajo influencia euclideana desarrolla el sistema del diseño ad quadratum, un método compositivo sistemático basado en la geometría del cuadrado que se usó en el trazado de Amiens, Beauvais, Colonia y Westminster, y registrada en los cuadernos de Villard.

El desarrollo de la tipología catedralicia gótica implica una elaboración de propuestas en cierto modo preexistentes, lo que abre una clase de experimentaciones y un campo de temáticas proyectuales que Leonardo Benévolo[5] propone resumir en las siguientes cuestiones.

En primer lugar, el desarrollo de plantas simétricas –con algunas excepciones, sobre todo inglesas– con la posibilidad de relacionar tales plantas con fachadas asimétricas.

Luego, la permanente tendencia a diferenciar radicalmente esqueleto portante y elementos de relleno, con la cuestión referente a la expresión de los fustes de las columnas (como queda definido en Chartres) y su énfasis tectónico consecuente.

En tercera instancia, se destaca el proceso de equilibrar las secciones del crucero y la nave central, según un criterio también estipulado en Chartres. También es observable la experimentación en las paredes de la nave central que plantea incesantes cuestiones compositivas motivadas en el desarrollo en altura y el consecuente aguzamiento de los componentes que enfatizarán la verticalidad y el alivianamiento según el ciclo evolutivo Noyon-Laon-Notre Dame-Chartres-Reims-Amiens.

Otro ítem será el desarrollo disolutivo de la pared románica, la proliferación del comentario figurativo estatuario (donde se evoca y conjura centralmente la temática apocalíptica del Juicio Final, generalmente dispuesta en los portales principales) y el énfasis en mejorar la iluminación natural.

Asimismo, destacará Benévolo, el tema de la elaboración de las temáticas estructurales de las bóvedas (cuatri, penta y sixpartitas) y el desarrollo técnico de los arbotantes con tendencias a reducir su peso, manteniendo la forma, pero aumentando sus caladuras.

Por último, es de destacar el desarrollo del problema particular del coro, con el giro de las bóvedas (y los cambios o no, de formas, el problema de simetría de cargas en el arco fajón principal, intersección de nave y coro, la articulación de las capillas y sus alternativas formales circulares, cuadradas o poligonales, la disposición del anillo o girola y sus cargas asimétricas, las bóvedas pentapartitas de las capillas, etc.) y la elaboración de un momento terminal de este ciclo tipológico en la obra trunca de Beauvais que se quedó restringida al coro, con la extrema elevación de los arbotantes y el exagerado desarrollo de los pináculos. Los cuadernos de Villard registran diferentes alternativas para el diseño de los coros.

Mas allá de las temáticas citadas de los problemas técnicos concretos de la construcción de los complejos artefactos catedralicios –que se planteaban objetivos conceptuales difíciles de alcanzar con los medios técnicos disponibles–, hay que aludir al campo intelectual en que se debatía la cuestión catedralicia, tema en el cual se destaca el rol del Abate Suger, de Saint Denis, que es bastante ilustrativo de la teoría y práctica de la arquitectura medieval de cara a su programa de replicar maquinalmente la creación u obra divina.

Suger debió empezar prácticamente de cero, con pocas referencias históricas en término de cultura proyectual, aunque reconocía haber estudiado algunas arquitecturas antiguas como las Termas de Diocleciano, habiendo pensado incluso para su proyecto de Saint Denis, traer columnas romanas antiguas. Otto von Simson[6] dice, refiriéndose a la responsabilidad de Suger como arquitecto, que

no era su caso como el otros prelados medievales que como Benno de Osnabruck u Otón de Bamberg que eran famosos arquitectos en el sentido estricto del término […] pero el conocimiento de cuestiones técnicas […] y las responsabilidades y la iniciativa que se atribuye en ellas son muy considerables. Sobrepasan con amplitud el papel que representa en nuestra época la persona que se limita a encargar la realización de un edificio […] que deja al arquitecto las cuestiones referidas a la proyectación y ejecución […] Por ello sus responsabilidades coincidían en parte con las del arquitecto y el contratista. La Edad Media […] en la que tanto se hablaba de la ciencia de la arquitectura, construía de hecho sus edificios sin echar prácticamente mano de ciencia teórica alguna. O más bien, la especulación matemática e incluso la metafísica, ocupaban […] el lugar del conocimiento científico. El obispo o abad medievales podían confiar en que su cantero se ocuparía de los problemas prácticos de la empresa, pues las ideas que ellos mismos aportaban no eran de carácter técnico sino más bien estético y simbólico. Así pues, entre el patrocinador y su cantero jefe, no había sitio para un arquitecto en sentido moderno.

La cita de Simson otorga a Suger un lugar singular a cargo, por así decirlo, del espesor teórico del proyecto y de un enfoque conceptual y programático que se vincula con el propósito de otorgar a la catedral un carácter imitativo de la gran machina deus. En las célebres discusiones de Milán –en donde en 1391 se convocan a diversos maestros de arquitectura a discutir ideas para construcción de su Duomo–, se plantea la disyuntiva entre arte y ciencia: para Mignot, un experto francés, “el arte no es nada sin la ciencia. En el texto citado, Simson acota al respecto:

[…] El arte es la destreza práctica que se obtiene de la experiencia y la ciencia es la capacidad de explicar las razones que determinan el procedimiento arquitectónico válido por medios racionales y más exactamente, geométricos. En otras palabras: la arquitectura para ser científica y correcta ha de basarse indefectiblemente en la geometría y si no obedece las leyes de esta disciplina el arquitecto fracasará con toda seguridad.
Estas precisiones sobre el saber científico disciplinario explican la importancia de los trazados proporcionales y los mecanismos de deducción geométrica de los pequeños modelos a las obras, antes que a la especificación dimensional que aunque relevantes en las transacciones comerciales de la época, no lo eran en la práctica arquitectónica.

En una sociedad como la medieval, la pertenencia a una sociedad férreamente organizada podría explicar participar del proyecto místico de las catedrales, antes que un apego a los bienes materiales. Pudo así ser relevante la necesidad de una especie de macro-teoría de las catedrales, en la que pudiera encarnarse el tipo de decisiones proyectuales que, de alguna forma, aparecía como responsabilidad del corpus teológico. Es conocido el proceso de deducciones arquitectónicas establecidas respecto del modelo teológico de la luz de San Dionisio que dio lugar a una serie de operaciones proyectuales en Saint Denis, o como la influencia platonizante de la Escuela de Chartres que, trabajando sobre los fragmentos disponibles del Timeo, dio lugar a la metodología matematizante.

Había una adicional normativa emergente del pensamiento teológico y fue, en los casos más relevantes, el respeto riguroso de las preexistencias arquitectónicas, en tanto significaran elementos consagrados. Así, Suger no alteró en Saint Denis, los vestigios del templo carolingio (que la tradición decía que el propio Cristo había consagrado) ni las partes de la cripta santificada por restos de mártires o por otras reliquias depositadas.

En Chartres la primitiva iglesia construida por el obispo Fulberto a principios del siglo xi e incendiada en 1030 hizo que el obispo Thierry añadiera sobre sus trazas la iglesia construida en el siglo xii, la que a su vez se respeta en la versión definitiva erigida luego del incendio de 1194. Esta voluntad acumulativa no tiene tanto que ver con un modo heterónomo de construcción como rescritura de palimpsesto, sino más bien con la caracterización de la Escuela de Chartres como ámbito de pensamiento escolástico tradicional, apoyado en la importancia del legado platonizante y centrado en estudios matemáticos y musicales, antes que en la influencia personal de determinados pensadores de la teología; todo lo dado o preexistente de las ruinas eran fragmentos materiales equivalentes a los residuos de textos filosóficos clásicos con que la teología trataba de armar su discursividad comprehensiva.

En la sucesión de obispos de esa sede, curiosamente los humanistas como Juan de Salisbury se inclinaban más a la reflexión sobre la música, antes que los ascéticos como Pedro de Celle quien, aficionado a la arquitectura, le preocupaba la materialización de una idea de templo –que vincula al desarrollo de un arquetipo místico, el tabernáculo de Moisés- como modo visible de mejor acercarse a lo invisible o trascendente.

Pedro de Roissy, canciller de Chartres sobre el 1200, escribe Manual sobre los Misterios de la Iglesia en que interpreta alegóricamente la basílica cristiana y detalla el método cuadrático como símbolo del square man u hombre recto, como también proponen los maestros milaneses con su idea proyectual de cuatro torres en las esquinas del crucero según el modelo juanístico de la visión apocalíptica de Cristo rodeado por los cuatro evangelistas, cuyos animales simbólicos ocuparán, asimismo, los cuatro extremos de la cubierta del crucero de Notre Dame.

En Villard, como único testimonio escrito vigente del pensamiento proyectual del medioevo, se propone establecer las correspondencias agustinianas entre música y arquitectura respecto de lo cual, en el texto citado, Von Simson apunta lo siguiente:

Así la longitud de la iglesia se relaciona con el transepto mediante la razón de la quinta (o la proporción 2:3). La razón de la octava (1:2) determina las relaciones entre las naves laterales y la nave central y entre la longitud del transepto y su anchura, fijándose también como podemos suponer apoyándose en la costumbre cisterciense, el alzado del interior. La razón 3:4 del presbiterio evoca la cuarta musical; la 4:5 de la nave central y las laterales formadas como una unidad corresponde a la tercera mientras que el crucero que es litúrgica y estéticamente el centro de la iglesia está basado en la razón 1:1, de la unisonancia, la más perfecta de las consonancias.

La máquina catedralicia se propone pues no sólo configurar un proyecto cuya modalidad coral o colectiva de producción se apoye en un dispositivo de lenguaje o de aplicación de reglas que tratan de traducir argumentos teológicos, sino también como un laboratorio cuyo carácter científico y experimental radica en la posibilidad de hablar arquitectónicamente los discursos bíblicos y sus exégesis diversas.

4 Autómatas y mecanismos en la protociencia del siglo XVII

En Toledo, hay una calle llamada Hombre de Palo y míticamente se supone que alude a un autómata de madera que el italiano Giovanni Torriani o Giannelo della Torre (1501-1585) habría pergeñado, cual un golem más bien cristiano en algún momento de su atribulado retiro en esta corte real, acosado por la condición miserable en la segunda mitad de su vida. Giovanni, con 28 años de edad, fue convocado por Carlos V como relojero de Corte, habida cuenta de sus habilidades de artífice mecánico que le valieron construir el llamado Cristalino, uno de los primeros relojes astronómicos que disfrutó Carlos a quien acompaño toda su vida y quizá, cabiéndole alguna culpa por su muerte en el retiro de Yuste, parte del cual, el italiano ayudó a construir: dícese que los estanques que allí proyectó Torriani devinieron en caldo de cultivo de mosquitos, supuestamente culpables del paludismo que abatió al monarca.

Lo que aparentemente no fue obstáculo para seguir al servicio de los Austrias ya que el sucesor, Felipe II, lo designa Matemático Mayor y un poco, en tonillo popular, su nombre se desfigura en Juanelo Turriano o Torriani, como se lo conoció en Toledo en el final austero de sus días, ciudad a la que llegó en 1534 para nunca dejarla, salvo en sus científicas o académicas excursiones.

Pero su prosapia italiana se mantuvo al menos en la instancia de la convocatoria del panel de expertos en que lo incluyó el papa Gregorio XIII, quien puso en función a un grupo que en el Vaticano produjo la reforma calendárica que lleva el nombre de ese pontífice y que todavía nos rige.

Su habilidad de artífice e inventor (algo que le hubiera dado muchísimo más rédito tres siglos más tarde) le servía para recibir encargos fascinantes: Juan de Herrera le pidió que diseñara y fundiera las campanas del Escorial, se ocupó del diseño y construcción del mencionado hombre de palo, y también de una ametralladora, la corte le pidió solucionar el abastecimiento de agua al alcázar toledano, etc. El hombre de palo mecanizado se replicaría reiteradamente durante más de un siglo hasta llegar a los célebres juguetes de Vaucansson.

Este último trabajo le dio a la vez su fama póstuma y también lo sumió en la pobreza. Para dotar de agua a la guarnición militar del alcázar toledano había que impulsarla desde el Tajo, que corría bastantes metros debajo, y a tal fin Torriano diseño el llamado Artificio de Juanelo, un complicado juego de ruedas dentadas y pequeñas fuentes que giraban y elevaban agua hacia la cima, como una variante más de la eterna búsqueda de artefactos de movimiento continuo de carácter gravitatorio que interesaron a todos los humanistas científicos del Renacimiento, empezando por el gran Leonardo.

El engendro impulsaba unos 17.000 litros de agua por día salvando un poco más de un centenar de metros de altura. Funcionó casi un siglo hasta su abandono en 1639, debido al deterioro de las piezas mecánicas que, poco a poco, le fueron quitando fluidez y eficiencia al dispositivo, que conjuró el interés de numerosos exégetas –quienes propusieron hasta hace poco, diversas explicaciones de su funcionamiento– y las ideas generales de éste y otros ingenios formó parte del atribuido o apócrifo XXI Libros de Ingenios & Máquinas, que recientemente una fundación con su nombre editó facsimilarmente en Madrid.

Pero la máquina de Juanelo también le suscitó sus graves problemas de supervivencia al final de su vida, ya que no pudo cobrar su honorario (el aparato lo encargó la Corte, pero era para el ejército y sus dirigentes nunca se dispusieron pagar sus gastos), lo que se complicó más aún cuando ante el éxito de tal bombeo le encargaron otro paralelo para la población civil, el que nunca pudo siquiera empezar a construirse.

La fama del artífice fue amplia y Rodolfo II, monarca de Praga y sobrino de Felipe, quiso emularla, para lo cual tuvo activo por casi dos décadas en su corte a otro creativo italiano, en este caso Giusseppe Arcimboldo (llevado a Bohemia por el antecesor de Rodolfo, Maximiliano II, como vidrierista y vestuarista) quien a la postre iba a ser recordado por su retratos satíricos de cortesanos y nobiliarios hechos, en un tenor surrealista avant la lettre, con superposiciones de frutas, hortalizas y otras piezas de las cocinas de la época.

Entretanto Juanelo pasaba sus días de pobreza y retraimiento en la descortés Toledo de éxitos y penurias, y en la intimidad de sus devaneos pensaba y construía su hombre de palo, como postrera evidencia de una creatividad desaforada.

5 Máquinas simbólicas e invenciones urbanas del siglo XVIII

Ciudades como Londres, ya capital mundial de las finanzas y el comercio, se reorganizan profundamente a partir de la segunda mitad del xviii, estructurándose sus muelles y sus áreas de depósitos, abriéndose nuevos puentes, organizándose la City y el sector residencial del West End o desarrollándose el sistema de parques de la ciudad. Un conjunto de acciones coordinadas imagina el modelo de una ciudad como una máquina o una fábrica y empiezan las metáforas organicistas o vitalistas como el modelo de ciudad de los higienistas o de los médicos centrados en controlar las enfermedades sociales.

Es el único momento, el inicio de la modernidad, en que se considera imprescindible hacer grandes inversiones públicas en el aparato urbano y se cobra consciencia de que la vida y el confort urbano sólo serán posibles agrandando y mejorando su perfil de artefactualidad y funcionalidad.

Comienzan a aparecer y multiplicarse las áreas de residencia proletaria por caso, en la radicación de los trabajadores del cuero en las barriadas al sur del Támesis, los de la seda en barrios al noroeste, o los del metal al norte: hacia 1780 la ciudad establece varias zonas working class, desde entonces virtualmente inmodificadas. Aparecen además artefactos propios de la beneficencia como los workhouses, casas colectivas obreras o, más bien, el equivalente a hospicios y prisiones para alojar temporalmente hombres y mujeres solas, cuidadosamente segregados y manejados desde un concepto basado en las nociones disciplinarias que Foucault estudió alrededor del dispositivo panóptico, propuesto por Jeremy Bentham, fundador de la Universidad de Londres hacia inicios del xix, en cuyo atrio-escalera, y dentro de una caseta parecida a las telefónicas, reposa su cuerpo momificado.

Dentro de las aportaciones de teóricos dedicados a problemas urbanos, se destaca la publicación llamada London & Westminster Improved, editada por John Gwynn en 1776, una apología de la clarificación iluminista de las desordenadas urbes tanto como un severo cuestionamiento del pragmatismo mercantilista en los procesos de transformación urbana. Gwynn proyectará fragmentos de una Londres ideal dentro del modelo general que postula su tratado: entre ello figura una afrancesada propuesta para el Hyde Park con una serie de trazados geométricos y un palacio real imaginado en su centro: paradójicamente cuando Luis XVI, influenciado por el naturalismo de Rousseau, se proponía anglificar Versailles según un rediseño pintoresquista, en Londres sus teóricos buscaban imponer pautas del orden clasicista. George Dance, un proyectista influenciado por las doctrinas iluministas, diseñará hacia 1770 un conjunto de entradas monumentales a la City, se ocupará, a partir de 1794, del reordenamiento de los docks proponiendo entre otras cosas, los llamados legal quays, un fantástico proyecto de puentes gemelos.

En otras ciudades del interior británico, también se producían innovaciones como en Bath y Edimburgo. En Bath, fuera del modelo naturalista de los trabajos de John Wood padre e hijo, comentados en otra sección –el Circus y el Crescent–, se desarrolló un boom inmobiliario ligado a la idea de una ciudad de descanso y esparcimiento, con los aportes de los hermanos Adam, como el Pulteney Bridge, una especie de emulación pintoresca del Ponte Vecchio florentino pero pensado para albergar algunas residencias sofisticadas, y pasado el río Avon, algunas intervenciones de Thomas Baldwin, como el desarrollo de la avenida Pulteney –de 450 de largo por 35 de ancho-, un par de nuevos circus como los de Camden y Landown, y la new town de Bathwick, incipiente episodio del ulterior desarrollo de las garden-cities.

La reorganización de Edimburgo, ciudad de estructura medieval, se desarrolla con los trabajos de James Craig quien introduce con éxito la idea de reorganización iluminista de la urbe mediante la construcción de un módulo ejemplar en el grupo de la George Street, un bloque de 8 manzanas forradas con una edificación continua de altura regular, que alberga interiormente otras construcciones a las que se accede por calles de servicio de 8 metros de anchura rematando sus extremos con dos plazas –Saint George y Saint Andrews– a las que dan iglesias y otros edificios representativos, todo sobre el eje de la calle George de unos 30 metros de ancho. Este módulo debía de funcionar como un criterio para admitir negocios inmobiliarios, aunque sin desvirtuar el control formal y dimensional de la forma de la ciudad y sus usos centrales.

En el caso de Viena, desde 1770 comenzará la expansión de la ciudad organizándose explanadas en las trazas de las cintas de fortificaciones y procurando un crecimiento extramurario intenso. Una medida revelará parte de las contradicciones que se establecerán entre el imperio y los estamentos nobiliarios: para paliar las ingentes necesidades de alojamiento de las crecientes burocracias estatales, se dispone el recurso de las hofquartierflitcht para alojar dicho personal en las residencias aristocráticas. Asimismo, para ese momento se producirá la radicación de las capas burguesas medias en asentamientos calificados de la periferia urbana, mientras que dentro del casco urbano se desarrollarán las mietkasernenviertel, barrios especulativos de bajo nivel.

Otro acontecimiento urbanístico de producción ex novo de ciudad será la fundación de San Petersburgo en 1703, en el delta del Neva al norte de Rusia, fundación hecha por Pedro el Grande a fin de balancear estratégicamente la vocación expansiva de la vecina Suecia y para expresar su pertenencia al sistema del despotismo ilustrado, para lo cual no vacila en desarrollar este proyecto en base a aportaciones francesas como el plan propuesto por Jean Baptiste Le Blond en 1717 para una ciudad abastionada y trazada en base a criterios estrictamente regularizados.

En 1712, Pedro decide en forma compulsiva el traslado de la capital de Moscú a la nueva ciudad, lo que dará paso a un intenso desarrollo de arquitectura urbana como las realizadas por los académicos italianos Carlo Rossi, Antonio Rinaldi, Bartolomeo Rastrelli y Giacomo Quarenghi, entre ellas el Palacio del Hermitage. La capitalidad imperial de la nueva ciudad otorgará a su enfoque y planteo expresivo de talante afrancesado la condición de elocuencia de una máquina parlante, un manifiesto político abierto para Europa del gusto cultural de Pedro y su necesidad simbólica de construir desde la nada un artefacto indicativo de su adscripción al despotismo ilustrado.

Las novedades urbanísticas del período, en clave del maquinismo de la confianza técnica y de su alianza con las ingenierías sociales, serán múltiples y extendidas por toda Europa. Por ejemplo, en Bérgamo se proyecta hacia 1740 el Barrio de la Feria de San´t Alessandro, una verdadera ciudad-mercado en la que conviven viviendas, depósitos y tiendas, todo dentro de un proyecto geométrico de tinte iluminista.

En 1775, con la intervención proyectual del conocido tratadista veneciano Andrea Memmo y la ayuda técnica de Doménico Cerato, se traza la plaza de Prato della Valle en Padova, un proyecto muy representativo de estas épocas, ya que incorporaba al programa de una plaza urbana tradicional un lago con una isla central (llamada la Isola Memmia en homenaje a su autor) y un canal circular orlado por 88 estatuas, cruzado con un puente y un amplio borde circulatorio, convirtiendo además el conjunto en un espacio de actividades de trueque y mercado a la vez de expresar una rigurosa geometría.

En Nápoles, todavía dependiente de España, se trazan expansiones costeras de la ciudad como los granici o depósitos de granos, o las passegiata o galerías de paseo, ambas actuaciones de criterios iluministas desarrollados alrededor de 1778. Bajo la administración borbona de Fernando IV, se concibe allí la creación de una de las primeras villas obreras, San Leucio, colonia diseñada en 1775 para alojar a obreros de la seda según proyecto atribuido a Francesco Collecini, concebido bajo el criterio de desarrollar una especie de modelo monástico de comunidad obrera en lo que parece otro efecto de las influencias socializantes del pensamiento iluminista de Voltaire, Diderot y Saint Simon.

La París ulterior a la revolución de Julio no va a tener de inmediato grandes cambios por fuera de algunas decisiones de tipo simbólico como usar piedras de la demolida Bastilla para forrar el piso del Puente de la Concordia, sobre la vieja plaza de Luis XVI, para que el pueblo pise eternamente esas maléficas piedras de la monarquía. Los hechos revolucionarios habían implicado grandes cambios como la supresión de los privilegios feudales, la eliminación de la corvée –el tributo obligatorio de trabajo para obras estatales–, el fin de la inmunidad fiscal de las capas nobiliarias tanto como de sus fueros especiales de justicia, y la cesación de la propiedad eclesiástica y de las organizaciones gremiales. Sin novedades urbanísticas relevantes, más bien hay destrucciones o saqueos como en Bastilla y Saint Denis, así como ataques a sedes de la realeza o la iglesia: San Eustache se convirtió en mercado, las Victoires en Bolsa, y otros 15 templos fueron cedidos para las actividades de la secta civilista de los teofilántropos.

Muchas calles cambiaron de nombre y perdieron denominaciones toponómicas o alusivas a la nobleza (no tanto con los nombres de santos) pasando a llamarse Bruto, Graco, Fabio, Decio, Sócrates (ya que estaban de moda filósofos y políticos de la república romana) y también se impusieron nombres como Libertad, República, Igualdad y hasta se cambiaron los nombres de los meses y las figuras de los naipes.

Después del terror jacobino, empiezan algunas obras como la columna civil que Bernard Poyet propone en la isla de Cité, que ya no será sólo un monumento simbólico o alegórico, sino también un faro y una torre de bombeo de agua, aprovechando sus 70 metros de altura. En las Tullerías, simbólicamente para reapropiarse de terrenos reales, se construye la Asamblea Constituyente para albergar su 750 diputados que, sin embargo, será demolido poco más de diez años después.

En 1793, se publica el Plan des Artistes en que se formulan algunas ideas transformadoras de la ciudad, como enlazar Concorde y Bastille, reorganizando la rive droite, y en 1798, se presenta un Plan de Embellessiments para una reforma visibilista de los espacios públicos y también se deciden en esos años algunos proyectos técnicos como el canal de la Bastilla.

La revolución, con sus últimos estertores, como el golpe abortado de Babeuf, decanta sobre la época del Directorio hacia 1795, en progresivo predominio de políticas burguesas y de moderados reformismos. La llegada de Napoleón como primer cónsul en 1799, como consecuencia del golpe del 18 de Brumario (equivale al 9 de Noviembre), abre su camino hacia una idea de imperio aliado a la burguesía con su ingente tarea de reforma y fortalecimiento del aparato de Estado (crea el Banco de Francia, departamentaliza el país en sus 89 jurisdicciones, organiza la justicia con sus célebres códigos, propone la administración urbana de los arrondisements y sus jefes barriales, los maires o alcaldes) y luego inicia, hasta un apogeo en 1810, su proceso de expansión imperial europea con efectos múltiples en muchas ciudades.

En Bélgica se remodela Gante y se desarrolla el barrio Amercour en Lieja, se trazan boulevards sobre las viejas murallas abatidas de Bruselas y se amplía el puerto de Amberes. En Alemania, Eustache de Saint Far traza un nuevo plano para Maguncia en 1808 con una sucesión eslabonada de plazas entre ellas la Gutemberg y en Dusseldorf se trazan jardines sobre las desmanteladas plazas fuertes defensivas. En España, Silvestre Pérez –al servicio del monarca José Bonaparte– propone ampliar hacia San Francisco el Grande el área palacial de la ciudad de Madrid y diseña el puerto de La Paz en Bilbao. Hay cambios en ciudades tan lejanas como El Cairo, Corfú, Lisboa o Moscú, y en Italia se actúa en Milán (donde se había constituido la República Cisalpina bajo la influencia del jurista liberal Cosme Beccaria y donde Giovanni Antolini plantea y construye en parte el Foro Bonaparte rodeando el Castello y Luigi Cagnola ofrece su llamado Plan de Ornato en 1807), en Venecia (donde Gianantonio Selva derriba la iglesia sansoviniana de San Zimignan para abrir la llamada ala napoleónica de piazza San Marcos en 1804), en Trieste (donde el mismo Selva desarrolla planos de remodelación urbana), en Génova (donde el plan Tagliaficchi plantea una vía en traversée para salvar los desniveles de la ribera ligur), en Roma (donde Napoleón fue investido como Rey de Roma, se desarrolló el plan De Tournon en 1807 para acondicionar la ciudad desecando pantanos así como las actuaciones de Giusseppe Valadier diseñando la Villa Napoleone y reorganizando el área foral, la zona del Panteón, el Trastevere, el Lungotevere y la Piazza del Popolo), en Nápoles (donde se construyó la Piazza Plebiscito, diseñada por Leopoldo Laperuta en 1803, bajo la administración de Murat) así como en Turin, Ivrea, Lucca, Florencia y Livorno.

En Paris se intentó desarrollar el ambicioso proyecto del Palais du Rome, una iniciativa de Poyet, Celerier y Gisors que debía albergar una especie de síntesis de la voluntad acumulativa napoleónica (archivos, museos, bibliotecas, universidad, escuela de arte y palacio de gobierno) y que se abandonó en 1815. En el interior hubo muchas ciudades de fundación como Napoleonville o Pontivy, proyectada por Jean Moll en 1809 donde trabajaron Gisors y Ledoux, o Napoleón Vendée, ciudad creada con exención de impuestos para sus nuevos pobladores, lo que interesó a unas 15.000 personas.

Y luego, la acción de los preferidos de la nueva corte, Percier et Fontaine quienes no sólo armaron un célebre Recueil para fijar la estética y el gusto estatales de lo que dio en llamarse Estilo Imperio, sino que también remodelaron la zona del Louvre quitando las viviendas surgidas en la época revolucionaria, a la que agregaron el trazado de la rue de Rivoli, novedoso proyecto en el cual el Estado se hacía cargo de la planta baja comercial armada, abriéndose a una galería aporticada y los privados construían arriba. También afrontaron estudios viales sobre París que detectaron que de las 665 vías relevadas solo 30 tenían entre 5 y 8 metros de ancho: es decir, la constatación de la perduración del trazado medieval que sólo iba a empezar a transformar Haussmann, como funcionario del restaurado imperio de Luis Napoleón, solo medio siglo más tarde

6 Racionalidad materialista: May, Ginzburg

El caso de Ernst May es suficientemente paradigmático de la multiplicada figura de arquitecto municipal en la Alemania de la década del 20, en la cual triunfaban variadas administraciones de corte socialista en virtud del desempeño de importantes líderes políticos locales, como Martin Wägner en Berlín. May actuará en Frankfurt, una ciudad medieval que encauzaba su conversión en ciudad industrial de tamaño intermedio entre 1925 y 1931 y, en tal contexto, desarrollará una práctica ligada a los genéricos planteos por los cuales se imponían soluciones racionalistas tanto al problema de la vivienda obrera como al desarrollo de la ciudad moderna.

Es importante, sobre todo en May, retener esta dualidad, en tanto una vocación por así decir, arquitectónica, respecto del problema de los desarrollos de células y conjuntos habitativos, cuanto una capacidad de someter esa producción a una lectura urbanística, organizadora de la expansión y crecimiento de la ciudad moderna, la ciudad de las periferias urbanas.

May será uno de los primeros proyectistas modernos igualmente cómodos en el amplio espectro que polarizaban las prácticas de la arquitectura y el urbanismo, tal que de dicha amplitud teórica y operativa devendrá la todavía vigente vocación integrativa de unas escuelas formadoras supuestamente de cierto continuo conceptual de arquitectura y urbanismo. El Bauhaus –no tan entusiastamente integrador de la dimensión urbanística a sus planes de estudio, a pesar del rol comprehensivo de Gropius, igual que May cómodo en tal dualidad– se ocupará de agregar a ese pensum didáctico básico de la modernidad, la cuestión del diseño.

En el libro editado por Carlos Martí[7], consagrado a estudiar casos singulares de la experiencia moderna en el desarrollo de unidades autónomas de ciudad –como Spangen, Kiefhoek, Pessac, Nirwana, Dammerstock, Heimat, Siemenstadt, etc.– se alude al trabajo de May como el intento de articular nuevo territorio extraído de áreas rústicas periurbanas y las propuestas sistémicas de los siedlungs:

[…] el significado de las propuestas de Enst May para Frankfurt […] debe entender las siedlungs como una parte de ciudad que se incorpora a la estructura urbana preexistente tratando de complementarla y diversificarla […] la serie de siedlungs que jalonan la urbanización del Valle del Nidda componen una corona suburbana que articula las zonas densas de la ciudad ochocentística con el territorio no urbanizado. Las nuevas áreas residenciales, así como las extensas zonas libres que dejan entre sí, van formando un tejido esponjoso que incorpora a su vez el elemento natural de la ribera del Nidda […] Ejemplos como Prauheim o Römerstadt manifiestan explícitamente la voluntad de reconstruir los límites de la ciudad a través de partes residenciales en las que la baja densidad y el contacto directo con la naturaleza sean compatibles con un alto grado de cohesión de la forma urbana.

A pesar de la gestión protagónica de May en lo referente al desarrollo de una experiencia práctica arquitectónico-urbanística global y radical en su modernidad, la formación del arquitecto –como lo fue también el caso de Hannes Meyer– fue bastante clásica, con Theodor Fischer en Münich y con Raymond Urwin en Inglaterra, de quien parece haber resultado influenciado más que por sus actuaciones urbanísticas por sus iniciales concepciones de corte socialista.

Con ese bagaje accede al cargo de arquitecto municipal en 1925 y plantea, para llevar adelante su gestión, una serie de ideas que pasan a funcionar como verdaderas normas dentro del pensamiento racionalista.

Una de ellas es el llamado Trabatenprinzip, principio de las ciudades satélite, a partir del cual se creía que era posible promover una expansión sistémica de las viejas ciudades, mediante el agregado de unidades más o menos autónomas, pero conectadas al centro preexistente. Demás está decir que será esta una de las ideas-fuerza más contundentes del urbanismo de la modernidad, ramificándose hasta sus versiones de los años 50 y 60, las new towns inglesas, las villas nouvelles francesas, el urbanismo periferista y macro-arquitectónico del holandés Joseph Bakema y el francés Georges Candilis, algunas propuestas metabolistas, etc.

El trabatenprinzip lo aplicaría May preferentemente al desarrollo de su proyecto Gardenstadt Goldspein, previsto para incluir 8500 unidades habitativas y que venía a articular sus concepciones racionalistas, funcionalistas e higienistas con los viejos conceptos de Urwin y Parker para las garden cities.

La acción de May se concentró además en otros varios frentes de trabajo como el encauzamiento del río Main –para mejorar el funcionamiento del puerto pero también para ganar tierras y para crear un sistema de áreas parquizadas-, el redesarrollo del casco viejo de la ciudad –mediante el impulso del crecimiento de una serie de construcciones en la tipología de hof, sin alterar las estructuras de tejido– y una planificación territorial comprehensiva que preveía un ordenamiento de usos regionales para los extensos terrenos del valle del Nidda, referente geográfico más inclusivo de los alcances de su gestión municipal, en un municipio que tenía incumbencia urbana y también rural.

En lo arquitectónico, el desarrollo del plan del valle del Nidda supuso, durante un lapso de 5 años de trabajo (1925-30), el planteo de 4 grandes complejos urbanizados: Römerstadt, Praunheim, Westhausen y Höhenblick, en los que prácticamente se puso al día toda la investigación referente a los tipos en siedlung y las investigaciones funcionalistas.

Praunheim, por ejemplo, era un conjunto planteado en torno de tiras dentadas, algunas trazadas según ejes diagonales, características proyectuales que May había anteriormente aplicado a uno de sus primeros trabajos de Frankfurt, las viviendas de la Brüchfeldenstrasse, donde además del partido serruchado aparecían terrazas ajardinadas y ventanas en ángulo, otro de los elementos que reiteradamente emergerá en los proyectos racionalistas, lo que también quedará evidenciado en otro de los proyectos de la gestión May, el plan Neue Frankfurt, uno de los proyectos de ensanche del casco tradicional, formulado en 1926.

Esta múltiple actividad de May como arquitecto municipal le permitirá, en apenas 5 años, construir unas 15.000 viviendas, más del 90 % de lo que se hizo en el período y además una cantidad de nuevas viviendas capaces de alojar algo así como el 15 % de la población de la ciudad, con lo cual quedó virtualmente conjurado el déficit de viviendas de la ciudad.

Para implementar esta formidable producción constructiva, es necesario señalar otra faceta del May administrador, cuál fue su gestión en la organización y conducción de varias empresas cooperativas de construcción, a través de las cuales pudieron llevarse a cabo los citados emprendimientos con una notable reducción de los costos de producción, lo cual, sumado al bajo costo del suelo –debido a su control casi monopólico por el Municipio, poseedor de más de la mitad de las tierras disponibles–, permitió conseguir niveles muy bajos de costos.

May, como otra faceta adicional de su tarea como administrador urbano, se preocupó también por la difusión de las ideas, para lo cual editó la revista Das Neue Frankfurt, que apareció entre 1926 y 1931, publicando los trabajos más importantes de la ciudad y del pensamiento racionalista en general.

Entre ese cuerpo de ideas suscriptas por May, figura el concepto de existenz minimum –los mínimos standards estrictos para la definición de los locales habitables de estos planes–, que se presentó como novedad polémica en el Congreso de los CIAM de 1929, precisamente desarrollado en Frankfurt, en el cual varios arquitectos, liderados por Le Corbusier, se opusieron a dicha noción. De esa presentación, se destaca una célebre tabla de cálculo de dimensiones mínimas que fuera presentada por Alexander Klein, un colaborador de los equipos de May.

Entre las diversas novedades técnicas que se discutieron en ese congreso y que formaban parte del sistema May, figuró además el tema de la cocina-laboratorio –la Frankfürter küche, que había sido desarrollada por Schüter, un especialista del equipo de May–, las camas plegables, que permitían reducir muchísimo la superficie al distinguir, para un mismo espacio, usos diurnos y nocturnos (recurso que fuera usado por Le Corbusier, por ejemplo para Weissenhof de 1927 y también en la casa Schroeder, de Rietveld, de 1924) y el llamado sistema constructivo May, basado en el uso de losas de hormigón armado para la rápida erección de los siedlungs.

May supone, por su inserción en las estructuras municipales, con la perspectiva de articular socialismo y racionalismo, otros puntos de interés, como el referido a su preocupación por caracterizar con precisión los términos de inserción, por así decir, contextualistas, de la arquitectura nueva en los tejidos históricos tradicionales, preocupación que como la referente a generar variado y complejo territorio paisajístico calificado –parques, jardines, etc.– imponen criterios muchas veces no suficientemente reconocidos para una arquitectura supuestamente maquinista, impersonal, extremadamente radicalizada, etc.

Era todo eso, la pretensión socialista de optimizar la magnitud de las intervenciones modernas, junto a las innovaciones racionalistas y cientificistas, pero sin soslayar un talante humanista, respetuoso de la cultura urbana, de los ambientes históricos y naturales y de las formas gestionarias democráticas.

El trabajo en equipo fue otra característica del abordaje a complejas operaciones urbano-arquitectónicas como las que patrocinó May en Frankfurt. Un ejemplo de esta técnica de división del trabajo fue el tardío proyecto de Riedhof-West, que consistía en un típico terrain vague delimitado por vías ferroviarias, con una extensión de 125 hectáreas. Allí, entre 1927 y 1930, May condujo a un grupo urbanístico junto a Herbert Boehm y Fritz Berke, que analizó las características del sitio (bordes, vías principales de atravesamiento, infraestructura, etc.) para plantear un esquema en cuatro partes, trabajando un concepto de diversidad en la racionalidad funcional y constructiva a contemplar.

El plan se realizó fragmentariamente y sólo se construyó el llamado Siedlung Heimat, a cargo de otro proyectista miembro del equipo, Franz Roeckle, y quedó resuelto según un criterio de 9 cintas orientadas este-oeste de 4 pisos, plegadas para definir los bordes del terreno asignado con fachadas continuas y organizar 8 patios interiores capaces de conferir identidad fragmentaria o de sub-siedlung al conjunto.

El concepto de peines de tiras de vivienda, cuyas plegaduras definían en la práctica una trama, fue una de las primeras y más eficaces maneras de resolver a la vez la racionalidad de la construcción en tira y la mayor complejidad de organización de una relación entre lleno privado y vacío público más propio de una trama.

Las tablas existenzminimum, de diseño de unidades mínimas de habitación que Alexander Klein desarrolló en el equipo de May hacia 1927, configuran otra manifestación estricta de racionalismo materialista en el sentido de explorar los límites mínimos de un diseño cuya funcionalidad garantizara una base de prestaciones, así como a la vez una economía básica apta para una repetición indefinida tendiente a solucionar el déficit de vivienda social.

Si bien, junto al diseño de la Frankfurtenkuchen (la cocina-laboratorio concebida como el espacio de la producción doméstica), constituyó la aportación teórico-experimental más conocida dentro de la gestión de May en Frankfurt, las tablas de diseño básico ayudaron a proyectar varios miles de viviendas que transitoriamente saturaron la demanda insatisfecha del hábitat proletario. Pero hacia 1930 el salario mínimo del trabajador industrial no alcanzaba para pagar los alquileres subsidiados de la vivienda estatal weimariana y con ello se clausuraba la utopía social de las siedlungs.

7 Utopías de lo tecno-social: Smithson, Price

Alison (1928-1993) y Peter Smithson (1923-2003) armaron desde 1949, apenas recibidos en la provinciana Durham –donde sin embargo gozaban de una de las mejores piezas góticas inglesas–, una de las parejas sentimentales y profesionales más poderosas del final de la modernidad, capaz de sepultar anticipadamente al Corbu pero, de todos modos, arrasada por el viento de la posmodernidad, frívola primero, y por la inhospitalidad arquitectónica y urbana del fin de milenio.

La potencia de su pensamiento –activistas principales del Team X, quizá con menor inteligencia política que el otro gran líder, Van Eyck; revisores audaces de las relaciones arquitectura-urbanismo en sus escritos y proyectos; catalogadores críticos de la modernidad que supieron llamar heroica a la que atribuyeron una relevancia políticamente transformadora, sin duda, excesiva–, les fue útil para llevar adelante una articulación novedosa de nueva estética social (con el Independent Group al filo de los 50) y para construir una media docena de proyectos que puntúan con autoridad los 60 y 70, años de quiebre, pero también de una euforia (Beatles, Archigram, Mary Quant, etc.) que, en rigor, ellos no cultivaron como activistas de una final modernidad todavía de pretensión política y social que las vanidades del último cuarto de siglo terminaron de abatir.

El conjunto londinense del Economist Building quizá sea el último edificio moderno pensado en tributo a una espesa meditación sobre el contexto, desde el uso del travertino al armado de un pequeño fragmento urbano de carácter público, todo dentro del pragmático funcionalismo british que –ellos no supieron– estaba ya moribundo a las puertas del vendaval poscolonial que acabaría con el Londres tradicional.

Su primera obra importante –la escuela de Hunstanton– intentaba descifrar el dilema tardomoderno entre el brutalismo corbusierano y la reelaboración de la trama miesiana y suponía, por cierto, uno de los mejores ensambles de esta supuesta antinomia. Junto al Economist o al St. Hilda´s College de Oxford –otro de sus meditados y cuasi conservadores bloques– resultaron capaces de sortear las obsolescencias estéticas y constructivas del final de siglo mediante sus pensadas soluciones compositivas y la solvencia técnica de sus edificaciones: si no fueran objetos de tanta discreción simbólica diría que ya son monumentos futuros.

En su voluntad de hacer nueva ciudad, es donde se verificaría el quiebre dramático que hace póstumo este final episodio de modernidad que ellos representaron. Sobre todo, en el conjunto de viviendas del South End, algo enfáticamente denominado Robin Hood Gardens que, como pocas aventuras de esos años de deshielos, todavía apostaba fuertemente a la potencia reformista de la acción arquitectural dentro de la primavera laborista del London Housing Council.

Este complejo de 213 departamentos, metidos en dos tiras o brazos que bordean un terreno de casi tres hectáreas generando un garden comunitario central, está desde hace varios años al borde de su demolición, habida cuenta no tanto del estado de las edificaciones, sino de la proliferación de delincuencia y marginalidad que se da en sus ocupantes, en un caso que, dicho sea de paso, no sólo afecta a nuestro doméstico Fuerte Apache, sino que alcanza a capololavoros de Candilis o al Gallaratese rossiano y que ya se cargó el Pruitt Igoe del trágico Yamasaki.

Las calles en el cielo de la idílica proposición inicial –que pretendía reelaborar el interruptus legado constructivista para rebatir y mejorar las unités corbusieranas que, en todo caso, sortearon su catástrofe funcional devenidas hoteles y protegidas por normas preservativas– pocos años después de inauguradas en 1972, mutaron para políticos y críticos en cloacas sociales y más de dos tercios de sus ocupantes acuerdan con el realojamiento y la demolición.

En 2008 una iniciativa liderada, entre otros, por Rogers y Hadid para convertir la pieza en historical landmark fue denegada y hoy el sitio atraviesa un precario stand by otorgado por un ministro de Cultura, a la espera de una reconversión completa del área urbana. Pero fuera del esfuerzo culturalista enfocado por arquitectos demasiado preocupados por la propia historia moderna y reciente, el caso, junto a otros, testimonia la necesidad de entender el fracaso social y político de una modernidad que pretendía, antes que la renovación concreta del oficio, justamente aportar soluciones definitivas a las exigencias del bienestar democrático. Ese modernismo transmuta a una condición póstuma entonces, dado su maridaje estrecho con otros institutos declinantes –como el Estado o el espacio público y los equipamientos comunitarios– y queda apenas reducido a una nostálgica demostración de estilo, quizá incluso todavía disponible para capturas del nuevo Leviatán de la época, a saber, el puro mercado de los desarrolladores.

El caso de Cedric Price (1934-2003), siendo tan protagónico en una época de modernidad madura –al menos, respecto de la crítica que el Team X le hará a la modernidad– y siendo de una biografía tan británicamente ortodoxa (hijo de un arquitecto convencional que proyectaba cines, estudió en Cambridge donde reconocía la influencia de Arthur Korn, un historiador urbano tributario, si se quiere, de las ideas urbano-paisajísticas de Sitte, colaborador de Mendelshon y estudioso del ala expresionista tautiana en la Bauhaus), resulta, empero, el de más explosiva y programática participación en el montaje de lo que podríamos llamar a partir de Price, la crítica filosóficamente posmoderna a la modernidad larga de cinco siglos, es decir, la crítica y reformulación de la noción clásico-moderna de proyecto y el arribo a cierto estatuto de la autonomía del análisis (típico postulado derridiano) y del alcance de criterios finales de desmaterialidad y de desmontaje de las relaciones forma-función. Todo ello siendo un británico pragmático y dicharachero (quizá un pub-man fumando interminablemente un habano), no un torturado intelectual a la francesa.

Tamaña tarea la emprende en una influyente práctica pedagógica y en un conjunto de significativos escritos, pero, más tajante y definitivamente, en varias operaciones de lo que bautizaríamos como posproyectos, en especial, el Fun Palace y el Potteries Thinkbelt, trabajos que podrían considerarse equivalentes, para la arquitectura, a las obras que Marcel Duchamp realizó clausurando la historia clásico-moderna de las artes plásticas.

Los comienzos de Price estuvieron ligados a trabajos en los estudios de Lasdun y Maxwell Fry, con los que convivió con el pragmatismo de la modernidad británica, todavía al servicio del moderado espíritu welfare, antes de iniciar su trabajo autónomo (que nunca fue del todo así) que empieza con el diseño del Aviario del Zoo de Londres, en 1961, junto al fotógrafo cortesano Lord Snowdon y al ingeniero Frank Newby, uno de aquellos referentes del incipiente high tech de las islas. Poco después le tocaría ayudar a Fuller en sus cúpulas de Claverton y también en esa época conoció a la activista política y cultural Joan Littlewood que, por entonces, se alistaba en el laborismo hard y regenteaba un teatro experimental en el East End.

Si bien Price siempre tuvo el algo excéntrico aspecto de un miembro de la decadente aristocracia –usaba, por ejemplo, trajes de pana negra y unos cuellos plásticos de quita y pon, lo que le daba un aire a lo Oscar Wilde–, lo cierto es que tenía también una ideología más bien left, sobre todo ligada a pensamientos anarquistas ligados a un uso liberal y liberado de las ciudades frente al acartonamiento victoriano. Vivió además emparejado con la actriz y también activista Eleanor Bron, quien actuó en Help para los Beatles y de quien se dice inspiró su ultrabritish tema Eleanor Rigby. Junto a Littlewood y al cibernético Gordon Pask emprendió el proyecto Fun Palace, palacio del goce emplazado en Londres para brindar amenities diversas hasta a 50.000 personas metidas dentro de plataformas y puentes de un edificio-proceso (sin paredes) con innumerables gadgets para la inyección de sonidos e imágenes, en una temprana apología de un tipo de espectáculo que incluyera activamente a todos los espectadores que así dejarían de serlo.

Seguramente Richard Rogers, como Norman Foster –socios por esas épocas– conocieron este proyecto, y su impronta en el Pompidou es altamente constatable, aunque nunca oficialmente asumida. Ya por entonces, Price se aficionaba a armar unas planillas de eventos en donde diagramaba, a la manera de un script cinematográfico, todo lo que tenía que ocurrir en su aparato espacial y en qué momento preciso.

De allí surge la idea de una arquitectura de diagrama (o expresión conceptual de la multifunción aplicable a un espacio cualquiera), la convicción devenida del teatro acerca de lo acondicionable de un lugar para cualquier actividad y la noción según la cual, en aquel presente moderno, empezaba a ser más importante planificar el tiempo que el espacio. Descubrimiento que Price hace al mismo tiempo que se manifiesta el pensamiento logístico del just in time y del cual escribiría, junto al geógrafo Peter Hall, un inquietante folleto llamado Non-Plan, que directamente sugería abolir al planeamiento físico o espacial convencional.

El Fun Palace se nutre de muchos dibujos y gráficos y visitas a innumerables oficinas que lo debían autorizar hasta que sus promotores abandonan la idea, casi doce años después, de haberla presentado. Para esa época, una versión jibarizada de la propuesta es desarrollada en el Interaction Center de Kentish que se sostiene por unos cuantos años para alegría de Cedric, quien sostenía que la mejor arquitectura social debía ser oportuna y efímera.

Para la deprimida área de Staffordshire, en el centro de Inglaterra –lugar donde había nacido–, también con la ayuda de Hall, concibe el concepto Potteries Thinkbelt, al que también le dedicará varios años y que consiste en imaginar un reaprovechamiento de infraestructuras en desuso, sobre todo ferroviarias, para postular una universidad móvil que iría por cada pueblo enseñando cómo repotenciar las antiguas habilidades en la producción de materiales cerámicos que tenían los pobladores del sitio, y así imagina una fantástica network de conexiones y puntos de enlace junto a cronogramas de movimiento y estrategias de planificación educativa y productiva.

Se trata de uno de los primeros casos de tratamiento territorial imaginando una ciudad virtual, no físicamente concentrada sino vinculada a la calidad y oportunidad de las conexiones. No es casual que sus ideas hayan calado tan hondo en EE. UU., alrededor de esta experimentalidad de lo posurbano.

Muchos apuntes y dibujos fueron editados en un célebre cuaderno cuadrado y negro que todavía se reimprime[8] junto a recientes estudios que lo ubican en el centro de la verdadera modernidad conceptual, equivalente a la renovación en las artes y en las ciencias[9] (como los de Samantha Hardingham y Stanley Matthews).

Ya en la misma tapa de la edición inglesa del libro de Matthews, se destaca una típica frase de Price que aquí traduzco: “La tecnología es la respuesta, pero cuál es la pregunta”. Casi de una profundidad non-sense cercana a la frase de Woody Allen: “La respuesta es no. ¿Me repite la pregunta?.

Su vida también fue así y son numerosas las conexiones con el mundo under, algunas a través de su mujer, la hilarante comediante Eleanor, que trabajó en filmes experimentales de Warhol o junto a Ken Russell, en el vórtice swinging del Londres de los 60-70. Obras pequeñas y muchas no realizadas, papeles que transcriben diagramas de ideas, redes de contactos e interacciones para un descubrimiento transmoderno del pensamiento fluyente.


  1. Teyssot, G., Heteropies and the history of spaces, en la antología de Michael Hays, Architecture theory since 1968, MIT, Londres, 1998.
  2. Diller, E., y Scofidio, R., Flesh: Architectural Probes, PAP, Nueva York, 1994. Este libro lleva de prólogo el ensayo de Georges Teyssot, Flesh. The mutant body of Architecture.
  3. Morris, A., Historia de la forma urbana, Gili, Barcelona, 1984.
  4. Tafuri, M., entrevista publicada en la revista Materiales, 3, Buenos Aires, 1983.
  5. Benévolo, L., Introducción a la Arquitectura, Blume, Barcelona, 1980.
  6. Von Simson, O., La catedral gótica, Alianza, Madrid, 1980.
  7. Martí, C., Las formas de la residencia en la ciudad moderna, ETSAB, Barcelona, 1991.
  8. Price, C., Cedric Price: The Square Book, Wiley, 2003.
  9. Hardingham, S., (ed.), Cedric Price: Opera, Wiley, 2003 y Matthews, S. The Architecture of Cedric Price.From Agit-Prop to Free Space, Black Dog, 2007.


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