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Conclusión

Las disputas energéticas analizadas en este trabajo pueden entenderse en tanto parte de una discusión más amplia sobre las relaciones entre los países indagados con respecto al tipo de cooperación en la que participan, y el alcance de la influencia política de Rusia en los mismos. Especialmente desde el conflicto ruso-ucraniano, Moscú ha asumido una posición más firme y exigente con respecto a su vecindad, y -desde la asunción de Vladimir Putin al poder en el 2000-, las autoridades han demandado cada vez más concesiones específicas a cambio de subsidios a la energía.

El principal objetivo de someter a la industria energética a los intereses estatales de Moscú radicó en perseguir el interés nacional más que la ganancia de las empresas. Entonces, siguiendo esta línea de pensamiento, se puede inferir que el poder financiero se utilizó para lograr objetivos políticos: el empleo del suministro de energía fue la herramienta estratégicamente utilizada por Putin durante todo el periodo indagado, para ejercer su poder y expandir la influencia rusa en la región euroasiática.

Durante mucho tiempo, el paradigma realista se enfocó primordialmente en el poder militar. Sin embargo, el entorno cambiante del sistema internacional sugiere que los aspectos no militares del poder son cada vez más importantes, por lo que los recursos energéticos en el mundo contemporáneo se han convertido en elementos cruciales del poder.

Tal como se ha visto, en el realismo neoclásico los elementos de poder nacional disponibles para un Estado se convierten en las capacidades estatales en el sistema internacional para lograr sus objetivos de política exterior. En el caso estudiado, las capacidades energéticas acumuladas del Estado ruso se han convertido efectivamente en instrumentos de política exterior.

Dado que no existen organizaciones supranacionales globales que puedan abordar los problemas de recursos energéticos, son los Estados los principales actores que deciden sobre esta variable. Aunque los mismos son actores racionales, vale decir que la racionalidad en los recursos energéticos no necesariamente significa racionalidad económica, ya que se puede sacrificar para aumentar el poder estatal y la influencia en el exterior.

Vale recordar que los casos seleccionados para el estudio en profundidad presentan una serie de elementos comunes, los cuales se enumeran a continuación:

  • Primero, todos ellos pertenecían al monolito soviético
  • En segundo lugar, se encontraban bajo la presión e influencia rusa por su alta dependencia de recursos energéticos
  • En tercer lugar, durante los primeros años del siglo XXI mostraron una actitud positiva hacia Estados Unidos, la Unión Europea e instituciones occidentales, tal como la OTAN.
  • Cuarto, todos ellos gozaban de tarifas preferenciales, heredadas de la década liberalizadora de Yeltsin.
  • Por último, a través del territorio de los cuatro estados se han extendido gasoductos y oleoductos que transportan energía rusa hacia los mercados europeos.

Como ha demostrado esta investigación, la potencia energética de Rusia se ha transformado en una amenaza cada vez más clara para todas las naciones que compran petróleo y gas rusos. Esto es especialmente cierto para los Estados pequeños, pobres y altamente dependientes de sus recursos, que formaban parte de la órbita soviética.

El análisis de la política exterior energética de la Federación de Rusia es una tarea difícil, ya que la misma se construye sobre diversos y complejos determinantes, que incluyen la herencia de la guerra fría y el legado de la URSS a nivel sistémico, pero al mismo tiempo la transformación política y económica en el campo doméstico. Sin embargo, a pesar de los procesos actuales de globalización e integración, la amplia teoría del realismo continúa siendo una herramienta eficiente para analizar las acciones del Kremlin. La política exterior rusa ha permanecido profundamente anclada en el paradigma realista de las Relaciones Internacionales, centrándose en los intereses, un fuerte vínculo entre la exportación de materias primas y los objetivos políticos del Estado, así como una renuencia permanente a la actividad de las empresas transnacionales extranjeras en Rusia.

Tal como se ha expuesto, Rusia ha usado sus recursos tanto para recompensar a sus aliados como para castigar a sus detractores, buscando recuperar su influencia sobre la región. Putin ha consagrado un cambio en la orientación internacional de su gobierno, implementando una exitosa táctica con altos costos para quienes se atreven a desafiar su hegemonía regional. Sin embargo, vale mencionar que el impacto de las acciones de Rusia se extiende mucho más allá de sus vecinos inmediatos. Tal así que Europa occidental se vio fuertemente afectada por las crisis en Ucrania, Georgia, Letonia y Bielorrusia.

El análisis de las relaciones del Kremlin con los países post-soviéticos demuestra que el uso de recursos energéticos como instrumentos de presión política es selectivo, ya que los responsables de la toma de decisiones interpretan libremente las condiciones que determinan el uso de los mismos. Por ejemplo, en 2006 se suspendió el suministro de gas a Ucrania debido a la falta de acuerdo, mientras que se suministró gas a Bielorrusia sin que se firmara formalmente un pacto. Esta libre interpretación sobre cuándo, qué y cómo usar los instrumentos energéticos no permite avanzar e introducir algún tipo de modelo que explique bajo qué circunstancias Rusia puede utilizar sus mecanismos de presión energética.

En tal escenario, aunque los estados de Europa Oriental y próximos al Caspio intentaron acercarse hacia Occidente para deshacerse del monopolio ruso sobre las tuberías; los legados políticos, comerciales, geográficos y culturales de siglos de antigüedad entre estas naciones son sinérgicos, por lo que Moscú sigue siendo un socio comercial importante y dominante. Dado que la energía se ha concebido como un recurso fundamental al servicio de los intereses regionales rusos, Putin efectivamente orientó sus esfuerzos para robustecer el control estatal en el sector energético en general. Este trabajo ha identificado la consolidación de una relación simbiótica, caracterizada por una naturaleza interconectada e influencia mutua entre la energía y la política exterior rusa.

La voluntad de Moscú de utilizar despiadadamente su poder energético ha profundizado la asimetría de los vínculos con dichos países. Tal como se ha visto, ha comprado su participación de control en tuberías, puertos, instalaciones de almacenamiento y otros activos energéticos clave de los países de Europa oriental a expensas de coacciones, chantajes, y boicots. Por tanto, los eventos analizados permiten concluir que Rusia efectivamente utiliza sus recursos energéticos como instrumento de presión política.



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