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1 Un aporte fundamental de Lenin
a la teoría marxista

Contexto y análisis de El imperialismo etapa superior del capitalismo

Daniel Duarte

Introducción

Entre los meses de enero y junio de 1916 Vladimir Lenin, desde el exilio en Suiza, se concentró en escribir un panfleto donde intentó poner en orden sus ideas en torno a toda una serie de debates previos sobre el problema del imperialismo. El resultado fue el texto El imperialismo, etapa superior del capitalismo[1], donde presentó sus conclusiones respecto al problema que venía ocupando tanto a los revolucionarios congregados por la Segunda Internacional como a todo un sector de intelectuales burgueses inmersos en el análisis de la expansión del mercado mundial.

El texto fue concluido en la biblioteca comunal de Zurich en junio de 1916 y enviado al editor. Sin embargo, vio la luz como libro impreso recién en septiembre de 1917 cuando la editorial Zhizn’ i Znanie, una vez superada la censura zarista, decidió publicarlo luego de su primera edición como folleto (con el agregado de un prólogo escrito por el mismo Lenin) en abril de ese año.

Entre julio de 1916 y septiembre de 1917 se sucedieron toda una serie de eventos que reforzaron el interés de Lenin por la publicación del artículo. El giro de la Gran Guerra y la imposibilidad de elaborar un tratado de paz entre fines de 1916 y mediados de 1917; la revolución de febrero en Rusia, así como la decisión del gobierno provisional de mantener las tropas en el frente oriental; el ingreso de los Estados Unidos en la contienda; y finalmente la ruptura de la socialdemocracia alemana (SPD) y la fundación del USPD opositor a la guerra.

Por su parte Lenin había estado trabajando entre los meses de enero y febrero de 1917 (todavía en Zurich) en unos manuscritos que pensaba como continuidad de su análisis sobre el imperialismo. La revolución interrumpió el trabajo, que luego continuó para dar forma a un nuevo texto que llevó por nombre El Estado y la Revolución.

Una vez derrocado el gobierno zarista Lenin pudo retornar a Rusia. Llegado a Petrogrado, expuso frente a un grupo de delegados que asistían a la Conferencia de los Soviets las famosas Tesis de Abril[2]. La preocupación de Lenin respecto a la guerra imperialista llegaba a tal extremo que introdujo el punto como la primera de sus tesis. Allí declaró que la guerra, incluso bajo el nuevo gobierno del príncipe Gueorgui Lvov, seguía siendo una guerra imperialista de rapiña y que no debía realizarse ninguna concesión al nuevo gobierno en nombre del “defensismo revolucionario”.

El prólogo a esa primera edición de El imperialismo, etapa superior del capitalismo fue escrito apenas unos días después de enunciar sus tesis y a casi un año de concluido el texto. A diferencia de otros trabajos escritos previamente sobre el tema, éste se presentaba como un “ensayo popular”. Lenin buscaba difundir su planteo entre los revolucionarios de diversas corrientes, por considerar que podría ayudar a la comprensión de un problema fundamental:

Quiero abrigar la esperanza de que mi folleto ayudará a orientar la cuestión económica fundamental, sin cuyo estudio es imposible comprender nada en la apreciación de la guerra y de la política actuales, a saber: la cuestión de la esencia económica del imperialismo (Lenin, 2008: 14).

Con estas palabras Lenin cerraba su prólogo. No resulta extraño, desde 1914 la Segunda Internacional se encontraba virtualmente disuelta luego que los diputados del SPD votaran los créditos de guerra. La incomprensión de la época y el abandono de la posición antibelicista generaron la ruptura. Lenin consideró tal acción como una traición y no dudó en catalogar a dicha dirección como socialchovinismo: “socialismo de palabra, chovinismo de hecho”.

El capitalismo ingresa a una nueva “etapa”

Desde mediados del siglo XIX las principales potencias capitalistas habían desarrollado una política de conquista que no consistió sólo en establecer relaciones desiguales de intercambio con otros territorios (como había sido el intercambio comercial mundial hasta ese momento). La nueva dinámica consistió en la ocupación violenta y la creación de burguesías intermedias para penetrar comercialmente en dichos territorios.

El propio proceso de valorización capitalista requirió de la expansión constante de la producción. La ampliación del dominio capitalista hacia otros territorios vino así de la mano de una doble necesidad; en la inmediatez, por la obligación de colocar mercancías excedentes en otros territorios evitando la saturación comercial hacia el interior de las metrópolis; por otro, como reacción a la caída de la tasa de beneficio. El primero de estos fenómenos fue comprendido con claridad por casi la totalidad de la dirigencia política de los países centrales hacía fines del siglo XIX. El segundo había sido analizado previamente por Carlos Marx en el capítulo XIII del Tomo 3 de El Capital. Allí, al explicar la “Ley de la tendencia decreciente de la cuota de ganancia”, adelantó que “el comercio exterior” actuaría como una de las causas contrarrestantes de dicha ley (Marx, 1988). El resultado de este desarrollo fue la exportación y la imposición en todo el mundo, no ya de algunas mercancías o de una estafeta militar en tal o cual territorio, sino de la expansión global de un nuevo tipo de relación social.

Este fenómeno era absolutamente novedoso, un modo de producción se imponía en todo el mundo sobre otros modos de producción combinando múltiples formas del desarrollo humano con un tipo de desarrollo en particular expresando, tal como señala Novack, “…la naturaleza contradictoria del progreso social y de la dialéctica del desarrollo humano” (1974: 28). Así las características de sociedades más alejadas organizacionalmente de la forma capitalista se vieron “fusionadas” con las de sociedades que presentaban una marcada tendencia al capitalismo monopolista.

De este modo la ley del valor comenzó a operar en diferentes regiones del planeta gracias a la imposición del tipo particular de relación social capitalista. Fue producto de la reacción a la crisis de valorización del capital en las principales metrópolis. La crisis se resolvió con una “fuga hacia adelante”, es decir, extendiendo la frontera agraria mundial, ocupando nuevos mercados, acelerando la participación del sector financiero en la economía, o sea, resolviendo los problemas del capitalismo con… más capitalismo.

Clima de época

Como es sabido, el “folleto” de Lenin no fue producto de una genialidad descontextualizada, sino la síntesis final de toda una serie de trabajos previos (más extensos y arduos analíticamente), en el marco de un desarrollo sin precedentes del modo de producción capitalista. A la par, las contradicciones de desarrollo habían desembocado en una primera “Gran Guerra” mostrando los límites regresivos a los que había llegado la expansión del capital.

El fin del crecimiento británico hacia 1866 y el crack bursátil de 1873 (que pronto se extendió a la totalidad de las principales economías) provocó la necesidad de establecer ciertos acuerdos entre los países imperialistas con el objetivo de extenderse sobre el mercado mundial. El Congreso de Berlín de 1878 reorganizó, bajo control británico, los territorios de los Balcanes disputados durante la guerra ruso-otomana. Esto permitió una recuperación momentánea luego de la crisis económica, pero un nuevo desbalance entre 1882 y 1884 y la acelerada expansión territorial sobre África obligaron a la realización de una nueva instancia diplomática en Berlín en 1885.

Tanto para los revolucionarios de la época como para los pensadores de la burguesía, el imperialismo se presentaba hacia fines de siglo XIX como una realidad. Fueron los propios políticos ingleses quienes comprendieron y justificaron los hechos en un primer momento. Según Sarah Millin (2001), el mismo Cecil Rhodes (1853, 1902), probablemente el principal exponente del colonialismo británico, afirmaba sobre la necesidad de la expansión colonial para obtener materias primas, explotar mano de obra esclava y convertir las colonias en vertederos de los excedentes producidos en las metrópolis.

Desde otra perspectiva política, el reformista inglés John A. Hobson publicó en 1902 Imperialism: A study. Realizó allí una crítica del imperialismo inglés desarrollando como eje el problema de la desigualdad. Su análisis consideraba al capitalismo como un sistema orientado a la producción de bienes de consumo. Es por ello que la desigual distribución de riqueza generaba un ahorro excesivo de un sector y la imposibilidad de ingresar al mercado por parte de otro sector, lo que provocaba una acumulación de excedentes y de valores no invertidos. La consecuencia de este mecanismo era necesariamente la expansión del comercio mundial. Introdujo así, por primera vez, el concepto de imperialismo como eje de un análisis de época, afirmando que el estancamiento de Inglaterra requirió de grandes inversiones en el exterior para introducir capitales que no encontraban lugar en la propia metrópoli.

Según Hobson, incluso bajo el capitalismo competitivo, el comercio exterior constituye una salida para los ahorros excesivos y un mercado para el exceso de producción. Sin embargo, a medida que la industria es más concentrada y el monopolio más difundido, el problema del subconsumo se desplaza hacia un nivel cualitativamente superior. Por una parte, las ganancias monopólicas aumentan el excedente, dando lugar a mayores ahorros; por la otra, como los monopolios logran esas ganancias excesivas elevando los precios, tienden a contraer el mercado. Los mismos factores que expanden los ahorros reducen sus salidas. El imperialismo emerge como la solución, constituyéndose en la etapa superior del subconsumo. (Shaikh, 1991: 266)

Su planteo, que atravesaba los problemas del ahorro, el subconsumo, el excedente y el imperialismo, influyó tanto en John M. Keynes como en Rosa Luxemburgo y en el mismo Lenin, pero en cada caso con perspectivas y conclusiones muy diversas.

La crisis del marxismo y los debates
sobre el imperialismo

Los primeros años de la vida de Lenin, como los de la mayoría de los revolucionarios de la Segunda Internacional, se habían desarrollado en el marco de una crisis capitalista en apariencia terminal. Pero la recuperación económica posterior a 1890 provocó el surgimiento de toda una serie de revisiones del marxismo. Fue Eduard Bernstein el primero en poner en duda los postulados sobre la caída tendencial de la tasa de ganancia esgrimidos por Marx en el tercer tomo de El Capital. “… Bernstein comentó, en una carta a Kautsky escrita el 1º de septiembre de 1897, que desde hacía mucho sentía dudas en cuanto a El Capital y que el tercer volumen fue ‘el colmo’” (Gaido, 2015: 155). Apenas dos años después presentaría sus conclusiones revisionistas en Las premisas del socialismo y las tareas de la socialdemocracia, publicado en 1899.

Como plantea el economista Terrence McDonough en un recomendable texto de 1997, la Segunda Internacional había desarrollado un punto de vista algo mecánico del marxismo y del mundo:

Tal punto de vista fue incapaz de explicar la recuperación capitalista desde la crisis de largo plazo. La recuperación del capitalismo desde la crisis de fines del siglo XIX precipitó una crisis del marxismo en los comienzos del siglo XX.

La evidencia inmediata de la crisis se encuentra en un debate no constructivo sobre el significado de la recuperación para la estrategia del movimiento socialista. Los marxistas esperaban una revolución proletaria mundial rápida producida por el empeoramiento de la crisis capitalista. Cuando la recuperación se materializó en lugar de la revolución comenzó un debate concerniente al rol de la crisis económica en la teoría revolucionaria. (págs. 45-46)

Aunque inicialmente la postura de August Bebel (principal dirigente del SPD) y de Karl Kautsky (uno de sus principales intelectuales) fue reticente respecto a las posturas revisionistas de Bernstein, poco a poco fueron acercándose a ellas. La incomprensión de las particularidades de la nueva etapa y de los elementos centrales sobre los que se montaba la recuperación capitalista reorientó a gran parte de la dirección de la socialdemocracia alemana hacia posiciones que concluyeron por dejar de lado las contradicciones analizadas por Marx.

Para los miembros de la Segunda Internacional la crisis económica, el Estado y el imperialismo eran piezas de un mismo problema. Formaban parte de un complejo entramado analítico a partir del cual, de cometerse un error en alguno de sus aspectos, se llegaría a conclusiones (y por lo tanto a propuestas de acción) totalmente discrepantes unas con otras. Fue lo ocurrido con el revisionismo de Eduard Bernstein. Una vez superada la crisis, abandonó definitivamente la conceptualización de las mismas como producto de la caída tendencial de la tasa de ganancia para inclinarse por la idea de “crisis por desproporcionalidad” elaborada por Marx, y reinterpretada en ese momento por el economista ruso Mijaíl Tugán-Baranowsky. Fue así que:

Si el desarrollo del capitalismo es inseparable de una tendencia descendente de la tasa de ganancia o de una demanda del consumo que tiende a quedarse cada vez más atrás de las necesidades de la producción (…) las crisis que periódicamente interrumpen la vida económica de la sociedad, deben considerarse como un memento mori del orden social existente. Pero si estos horribles presagios descansan en una base puramente imaginaria, y si las crisis no tienen su causa real en nada más indócil que las desproporcionalidades en el proceso productivo, entonces el orden social existente parece estar bastante seguro, al menos hasta que los hombres sean suficientemente bien educados y moralmente avanzados para desear y merecer otro mejor. Entre tanto, no sólo no tiene por qué haber un colapso del capitalismo, sino que mucho puede hacerse bajo el capitalismo, para aplazar las desproporcionalidades, que son la causa de mucho sufrimiento innecesario (Sweezy, 1981: 180-181).

Esta nueva perspectiva de la crisis provocó que los revisionistas recayeran en una excesiva confianza en las posibilidades provistas por la participación parlamentaria, negando la inevitabilidad de la “dictadura del proletariado” para concluir con la tarea revolucionaria. Es por tal hecho que inmediatamente se desarrollaron a la par debates en torno al problema del Estado[3], así como (esta vez desde el marxismo), el debate sobre las principales características del imperialismo.

Los primeros aportes sobre imperialismo fueron realizados por Heinrich Cunow en su conclusión contra las posturas de Bernstein donde:

…retoma todos los motivos en que ya insistiera Engels en sus últimos años: el fin del monopolio inglés en el mundo, la agudización de la lucha de clases en Inglaterra y los demás países, la inauguración de una era signada por guerras y luchas sociales (Colletti, 1978: 163-164).

Él mismo cambiará su posición durante la Primera Guerra “… y se convertiría en un social patriota estridente…” (Gaido, 2015: 159).

Sin embargo, el trabajo más importante y más completo sobre el tema fue publicado por Rudolf Hilferding en 1910 bajo el título de El capital financiero. El libro fue bien recibido por intelectuales del SPD tales como Otto Bauer, Karl Kautsky e incluso por el propio Vladimir Lenin (Gaido, 2015). Por primera vez se realizaba un estudio pormenorizado del rol jugado por el crédito, el capital ficticio y la relación entre el capital financiero y los límites a la libre competencia. No obstante, su análisis se asentaba “…en la línea de Tugán-Baranovski, [que Hilferding] interpreta como ‘las condiciones de equilibrio del proceso social de reproducción’” (Colletti, 1978: 315).

Rosa Luxemburgo rechazó ese ángulo del trabajo de Hilferding por considerar que sus intentos por alejarse de la “teoría del subconsumo” lo acercaban peligrosamente al eje analítico de los revisionistas[4]. Influida por el trabajo de Hobson, escribió el libro La acumulación del capital, publicado en 1913. Convencida de que las crisis del mercado capitalista derivaban del subconsumo, intentó explicar por medio de esta teoría la imposibilidad de valorización del capital, así como su tendencia a la expansión sobre mercados no capitalistas. Aunque su objetivo político fuera el de oponerse al postulado del “equilibrio”, sus errores analíticos generaron un rechazo general entre los observadores del tema del imperialismo. Como activista revolucionaria Rosa Luxemburgo:

…se oponía completamente al reformismo que parecía engendrar la teoría de la desproporcionalidad. (…) Abandonar la teoría del derrumbe capitalista era abandonar el socialismo científico. Por eso, ella se propuso resucitar el debate marxista sobre el subconsumo (Shaikh, 1991: 271).

Entre sus críticos se encontraron justamente Otto Bauer y Karl Kautsky, quienes defendieron los postulados planteados por Hilferding arribando definitivamente a conclusiones políticas contrarias a las de Rosa Luxemburgo. Mientras el primero confió en la necesidad del desarrollo de la democracia en Austria como vía al socialismo, el segundo elaboró su teoría del “Ultraimperialismo” (1914) como un proceso pacífico de transición entre una fase extremadamente desarrollada del capital y una primera etapa de socialización[5].

Bujarin antes que Lenin

Hacia fines de 1912 Nikolai Bujarin, exiliado desde hacía más de un año, se encontraba en Viena. Allí ingresó a los debates económicos del momento en una diatriba contra la escuela austríaca de Eugen Böhm-Bawerk. Las deducciones que sacó de esta disputa fueron reflejadas en un texto llamado La teoría económica de la clase ociosa[6], en cuyo prefacio de 1919 destacaba que “Nuestra elección de un adversario para nuestra ideología probablemente no requiere discusión, ya que es bien sabido que el enemigo más poderoso del marxismo es la Escuela Austríaca.” (Bujarin, 1919). Al entrar de lleno en los “problemas económicos” tomó contacto con los recientes escritos sobre imperialismo y poco después, ya iniciada la guerra, se radicó en Suiza donde comenzó a delinear su principal trabajo sobre el tema.

Nuevamente crisis económica, imperialismo y Estado (a lo que ahora se sumaba la guerra) formaban parte de un combo problemático que Bujarin no eludiría. Rechazó las posiciones kautskianas sobre el “ultraimperialismo” y las del revisionismo alemán, acercándose a posiciones más ligadas a Rosa Luxemburgo respecto al imperialismo y de Anton Pannekoek (ambos miembros del ala izquierda del SPD) respecto al Estado. Esta postura resultó en un enfrentamiento con Lenin (uno más entre muchos) que nunca logró resolverse del todo, aunque el mismo Lenin poco tiempo después acercó posiciones al sacar sus propias conclusiones sobre el imperialismo y el Estado.

Como producto de ciertas tareas asignadas por el partido, Bujarin partió en julio de 1915 con destino a Suecia. A fines de ese mismo año concluyó sus trabajos en un texto titulado La economía mundial y el imperialismo, donde desarrolló el análisis más completo hasta el momento respecto al capital monopolista. Envió el texto a Lenin antes de sufrir un nuevo exilio que lo llevaría a Oslo y luego a Nueva York, para retornar a Rusia recién en mayo de 1917.

Y finalmente Lenin

Lenin recibió el texto en Suiza a fines de 1915. Lo leyó inmediatamente y, con igual celeridad, comenzó a bosquejar un “folleto popular” como continuidad a los nuevos aportes de Bujarin. La economía mundial y el imperialismo se había convertido sin duda en la principal influencia, y también el principal incentivo, para que Lenin trabajara en un texto sobre imperialismo. Ambos tenían desde hacía años serios desencuentros sobre diversos problemas, en especial a la hora de analizar el problema del Estado. No obstante Lenin consideraba a Bujarin como uno de los principales teóricos del bolchevismo y valoró mucho su texto sobre imperialismo.

¿Cuál fue la reacción de Lenin ante la postura de Bujarin? Hay que decir, en primer término, que Lenin se basó en gran medida en La economía mundial y el imperialismo a la hora de elaborar su clásico trabajo sobre el imperialismo, un año después de que Bujarin escribiera el suyo. Lenin recibió el manuscrito a fines de 1915 y escribió una elogiosa introducción. De todos modos existían diferencias entre ambos, que pronto habrían de ponerse de manifiesto (Poy, 2009: 115)[7].

Lenin buscaba asestar un golpe definitivo al kautskismo en torno al problema del Estado, el imperialismo y la revolución, contra las “esperanzas socialpacifistas en cuanto a la democracia mundial”[8]. Al parecer, el texto de Bujarin habría terminado por decidirlo respecto al ángulo que debía tomar. No fue su única influencia. La importancia brindada por Hilferding al “capital financiero”, así como los estudios de Schulze-Gaevernitz sobre la banca alemana y el imperialismo británico, acompañaron a toda una serie de datos y analistas “burgueses” citados en la obra. Sin embargo, el análisis de Hobson sobre el imperialismo era considerado por el propio Lenin como superador en muchos aspectos de los planteos de Kautsky (que solo lo reduce al caso inglés) o del propio Hilferding (quien no atinó a interpretar el parasitismo propio del imperialismo).

Para Lenin resultaba fundamental el estudio de datos generales (como el reparto del mundo y la extensión de los ferrocarriles) y de las obras escritas previamente, a partir de los cuales realizó una síntesis de conocimiento que le permitió alcanzar una conclusión más elaborada que sus predecesores. No se trataba tan solo de crisis, de guerra y de revolución, sino que todo eso era la expresión cabal de una nueva etapa en el desarrollo capitalista.

El imperialismo

El texto, una vez concluido, contó con diez capítulos en los cuales desenvolvió a partir de datos estadísticos y declaraciones un análisis de la economía mundial en la etapa previa a la guerra. Se le incluyeron posteriormente dos prólogos, el primero en abril de 1917 y otro más completo de cara a las ediciones francesa y alemana en julio de 1920.

El libro es una demostración cabal de la vitalidad del marxismo. Lenin no teme ser “ortodoxo” a la hora de implementar el método de Marx, sin embargo, no cae en el tentador error de repetirlo. El trabajo de Lenin se propone, mediante un desarrollo analítico, demostrar que el imperialismo no es una mera política de los Estados capitalistas, sino una etapa del modo de producción y es por ello que parte del estudio de la concentración de la producción y los monopolios para resaltar luego el nuevo papel jugado por los bancos.

Lenin afirma que:

El capitalismo, en su fase imperialista, conduce de lleno a la socialización de la producción en sus más variados aspectos; arrastra, por decirlo así, a pesar de su voluntad y conciencia, a los capitalistas a un cierto nuevo régimen social, de transición entre la plena libertad de concurrencia y la socialización completa. La producción pasa a ser social, pero la apropiación continúa siendo privada. Los medios sociales de producción siguen siendo propiedad privada de un número reducido de individuos. El marco general de la libre concurrencia formalmente reconocida persiste, y el yugo de un grupo poco numeroso de monopolistas sobre el resto de la población se hace cien veces más duro, más insensible, más insoportable (Lenin, 2008: 38).

Para luego completar:

El desarrollo del capitalismo ha llegado a un punto tal, que, aunque la producción de mercancías sigue “reinando” como antes y siendo considerada como la base de toda la economía, en realidad se halla ya quebrantada, y las ganancias principales van a parar a los “genios” de las maquinaciones financieras. En la base de estas maquinaciones y de estos chanchullos se halla la socialización de la producción; pero el inmenso progreso logrado por la humanidad, que ha llegado a dicha socialización, beneficia… a los especuladores (Lenin, 2008: 40).

Es una contradicción en sus términos. Una etapa más desarrollada permite un mayor nivel de aprovechamiento del trabajo humano, pero este en lugar de redundar en beneficio de toda la humanidad es apropiado por un sector cada vez menor. Es cierto que Lenin sintetiza, en más de una vez, su caracterización de la etapa como las del capitalismo monopolista, sin embargo nunca cae en el burdo reduccionismo (tantas veces atribuido) de considerar que la libre concurrencia queda anulada definitivamente. La libre concurrencia deja su lugar a una etapa ambigua y transitoria donde se desarrollan en forma combinada características competitivas y monopólicas.

En otros términos: el viejo capitalismo de la libre concurrencia, con su regulador absolutamente indispensable, la Bolsa, pasa a la historia. En su lugar, ha aparecido el nuevo capitalismo, que tiene los rasgos evidentes de un fenómeno transitorio, que representa una especia de mescolanza de la libre concurrencia y del monopolio (Lenin, 2008: 57-58).

Esto permite sacar ciertas conclusiones. Lenin dedica casi por entero el capítulo VII al debate con Kautsky. El dirigente de la ahora tácitamente desintegrada Segunda Internacional rechazaba los planteos del imperialismo como “etapa” y lo consideraba una mera política anexionista del capital financiero. Allí emergía uno de sus errores, en desconocer el funcionamiento actual de la economía y de separarla del “comportamiento” político del imperialismo. Ese “error” era entendido por Lenin como producto de una acción oportunista de fundición del “socialchovinismo” con la política burguesa. Es claro que Lenin rechazaba la posibilidad de modificar mediante reformas las bases del imperialismo, pero no lo hizo en forma arbitraria, sino retomando el método dialéctico.

Las cuestiones esenciales en la crítica del imperialismo son la de saber si es posible modificar con reformas las bases del imperialismo, la de saber si hay que seguir adelante desarrollando la exacerbación y el ahondamiento de las contradicciones engendradas por el mismo o hay que retroceder, atenuando dichas contradicciones. Como las particularidades políticas del imperialismo son la reacción en toda la línea y la intensificación del yugo nacional como consecuencia del yugo de la oligarquía financiera y la supresión de la libre concurrencia, a principios del siglo XX, en casi todos los países imperialistas, aparece una oposición democrática pequeñoburguesa al imperialismo. Y la ruptura con el marxismo por parte de Kautsky y de la vasta corriente internacional del kautskismo consiste precisamente en que Kautsky no sólo no se ha preocupado, no ha sabido enfrentarse a esa oposición pequeñoburguesa, reformista, en lo económico fundamentalmente reaccionaria, sino que, por el contrario, se ha fundido prácticamente con ella (Lenin, 2008: 154-155).

Es toda una enseñanza, para toda la etapa.

Etapa superior del capitalismo. Conclusión

Según el artículo previamente citado de Terrence McDonough, el libro de Lenin (y en particular su intervención en los debates de la Segunda Internacional) habría realizado importantes aportes frente a los planteos de la época. El texto afirma, en líneas generales, que la Segunda Internacional no comprendió a fondo el análisis científico de Marx. El uso “mecánico” del método provocó una crisis del marxismo que pretendió resolverse con la revisión de sus principales postulados.

La intervención de Lenin ayudó a explicar desde una perspectiva marxista no solo porqué el capitalismo pudo salir de su crisis hacia fines del siglo XIX, sino también sobre qué bases lo hizo. Lo que lleva a McDonough a plantear que el segundo aporte de Lenin es el de identificar al imperialismo como una etapa y a esa etapa como la del capital monopolista. Finalmente, y no es menor, el aporte de Lenin sacó al marxismo de su crisis o, para aclarar mejor, lo colocó en su lugar luego del pozo al que lo sumergió el revisionismo.

Es interesante como conclusión y nos parece de singular importancia retomarla. No obstante, queremos puntualizar un aspecto más.

Todo organismo (biológico o social) contempla en su propio desarrollo una etapa de formación, donde ciertos elementos se comportan en forma progresiva en función de su desenvolvimiento y una etapa terminal (no necesariamente a partir de la medianía exacta de su existencia) donde aquellos elementos que otrora fueran progresivos comienzan a manifestar un comportamiento regresivo. Podríamos sintetizarlo como la etapa de su envejecimiento. Comienzan así a desarrollarse las contradicciones de aquellos elementos que permitieron hasta ese momento su normal funcionamiento, lo cual no implica la desaparición de dichos elementos, sino una tensión en función de su propia negación. No es una novedad, Marx lo entendió aplicado al desarrollo social en su famoso “Prefacio” de la Contribución a la crítica de la economía política y Lenin mismo planteó esta idea para el desarrollo social capitalista:

El imperialismo ha surgido como desarrollo y continuación directa de las propiedades fundamentales del capitalismo en general. Pero el capitalismo se ha trocado en imperialismo capitalista únicamente al llegar a un cierto grado de su desarrollo, cuando algunas de las propiedades fundamentales del capitalismo han comenzado a convertirse en su antítesis, cuando han tomado cuerpo y se han manifestado en toda la línea los rasgos de la época de transición del capitalismo a una estructura económica y social más elevada (Lenin, 2008: 123-124).

Es así que la exportación de mercancías se convierte a partir de cierto momento en la necesidad de exportar las relaciones sociales de producción que contemplan la producción de dichas mercancías, sobre sociedades no capitalistas, extendiendo el capital a escala global. El capital productivo que en su origen permitía, mediante la libre concurrencia, la acumulación del pequeño capitalista, se torna regresivo al enfrentar mayores masas de capital apalancadas mediante el sistema bancario, acelerando la tendencia al monopolio y a la progresiva disminución de la libre concurrencia. El Estado y el capital financiero se convierten en piezas esenciales interviniendo en la economía y reduciendo los márgenes de competencia.

Un análisis superficial del texto de Lenin ha llevado a muchos a suponer que, en alguna medida, podían encontrar en sus planteos un rechazo al funcionamiento de la ley del valor durante la etapa del imperialismo. Y en relación con esto un “abandono de Marx” por parte del revolucionario ruso. Es un error, quizá el mismo cometido por Kautsky cuando dejó de lado el carácter político de la etapa.

La ley del valor explica el funcionamiento del modo de producción capitalista aunque su desarrollo y vitalidad encuentran, como todo en su desarrollo, un límite. El imperialismo sería, al fin de cuentas, también la etapa de la ley del valor, pero la etapa de la ley del valor envejecida.

Bibliografía

Bujarin, Nicolás [1919] “Prefacio” Teoría económica de la clase ociosa. Recuperado el 17 de junio de 2016 de

http://www.liberalismo.org/bitacoras/1/2874/prefacio/edicion/rusa/teoria/economica/

Colletti, Lucio (1978) El marxismo y el “derrumbe” del capitalismo. México: Siglo XXI.

Gaido, Daniel (2015) “La recepción temprana de las obras económicas de Karl Marx (1867-1910)”. En Defensa del Marxismo, Nº 44, junio.

Lenin, Vladimir [1917] Las tareas del proletariado en la presente revolución (“Tesis de abril”), recuperado el 16 de junio de 2016 de

https://www.marxists.org/espanol/lenin/obras/1910s/abril.htm

Lenin, Vladimir (2008) El imperialismo, fase superior del capitalismo. Buenos Aires: Libertador.

Lenin, Vladimir (2012) El Estado y la revolución. Buenos Aires: Sol 90.

Marx, Carlos [1988] El Capital. Tomo III. México: Siglo XXI.

McDonough, Terrence (1997) “Lenin, el imperialismo y las etapas del desarrollo capitalista”. Revista Vientos del Sur, Mayo.

Millin, Sarah (2001) Cecil Rhodes. London: Simon.

Novack, George [1957] (1974) La ley del desarrollo desigual y combinado. Buenos Aires: Pluma.

Poy, Lucas (2009) “Cuándo y por qué Lenin escribió El Estado y la revolución” Rieznik, Pablo (editor) Un mundo maravilloso. Capitalismo y socialismo en la escena contemporánea. Buenos Aires: Biblos.

Shaikh, Anwar (1991) Valor, acumulación y crisis. Ensayos de economía política, Bogotá: Tercer mundo editores.

Sweezy, Paul (1981) Teoría del desarrollo capitalista. México: Fondo de cultura económica.


  1. Aunque el título que tomó el texto en la mayoría de sus ediciones en castellano es El imperialismo, fase superior del capitalismo, sin embargo, Imperialismo como más alta etapa capitalista sería una traducción más apropiada del original en ruso.
  2. Las Tesis fueron publicadas el 7 de abril de 1917 en el número 26 de Pravda con el título Las tareas del proletariado en la actual revolución.
  3. Lenin, en debate abierto con los sectores reformistas dirá, “La esencia de la cuestión está en si se mantiene la vieja máquina del Estado (…), o si se la destruye, sustituyéndola por otra nueva. La revolución debe consistir, no en que la nueva clase mande y gobierne con ayuda de la vieja máquina del Estado, sino en que destruya esta máquina y mande, gobierne con ayuda de otra nueva: este pensamiento fundamental del marxismo se esfuma en Kautsky, o bien éste no lo ha comprendido en absoluto.” (Lenin 2012: 162)
  4. Luxemburgo ya había enfrentado los postulados de Bernstein en 1899, el mismo año de la publicación de su libro, con un folleto conocido en castellano como ¿Reforma social o revolución?
  5. Según esta visión el capitalismo no se encontraba en ese momento en una nueva etapa, pero necesariamente a futuro debía atravesar por una donde se aplique la política de los cartels a la política del comercio exterior; es decir, una etapa de transición pacífica en la unión de los imperialismos del mundo.
  6. El texto fue concluido en 1914 y publicado con unos pocos agregados recién en 1919 luego de ser recuperado en Oslo por el comunista noruego Arvid Hansen, quien devolvió el original a N. Bujarin.
  7. En nota al pie el artículo explica que “Tanto el manuscrito [del libro de Bujarin] como la introducción fueron enviados a Rusia pero cayeron en manos de la policía. El libro de Bujarin se editó en 1918, pero la introducción de Lenin sólo se recuperó años después y se publicó en Pravda en enero de 1927.”
  8. Es por esto que El imperialismo etapa superior del capitalismo, las Tesis de Abril, y El Estado y la revolución, deben ser entendidos como una tríada de textos que forman parte de todo un cuerpo de problemas a los que Lenin intentaba dar respuesta en ese momento. No puede comprenderse la importancia ni el significado de cada uno en profundidad desvinculándolos de su contexto o, incluso, entre ellos.


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