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5 Teoría y lucha política

Una aproximación a las conclusiones de Víctor Serge en El año I de la Revolución Rusa

Pablo García

Introducción

Hacia el año 1927, pasados diez años de la Revolución Rusa, no existía aun una obra histórica marxista que estudiara en profundidad los sucesos de Octubre. Si bien se habían publicado diversos textos (folletos y memorias) de aquellos acontecimientos, la mayor parte de lo producido constaba de obras hostiles a los bolcheviques. Sus autores eran los derrotados por la revolución por lo que, a partir de ese momento, pasaban a utilizar la disciplina histórica como un arma contra aquélla.

Durante los últimos años de la década de 1920 y principios de la de 1930 surgieron, por distintos caminos y casi al mismo tiempo, dos de las más importantes obras históricas sobre la revolución; Historia de la Revolución Rusa, de León Trotsky[1], fue escrito entre 1929 y 1932; El año I de la Revolución Rusa, de Víctor Serge, fue escrito entre 1925 y 1928 y publicado por primera vez en francés en 1930.

El autor[2]

Víctor Serge nació en Bruselas, con el nombre de Víctor Kibálchich, el 30 de diciembre de 1890. Sus padres eran rusos emigrados, que debieron escapar de la represión posterior al asesinato del zar Alejandro II. La familia de Serge mantenía vínculos militantes con el agrupamiento “Tierra y Libertad” y lazos familiares con Nikolái Kibálchich (uno de los perpetradores del atentado) militante del agrupamiento “Voluntad del pueblo”.

Estos años iniciales fueron centrales en la formación de Serge quien inició su militancia como agitador libertario. Por sus actividades fue juzgado y encarcelado en 1913 y liberado en 1917 cuando fue detenido nuevamente, hasta 1918, luego de intentar viajar a la Rusia revolucionaria. Cuando llegó, en 1919, apoyó a los bolcheviques, participó en la guerra civil, tuvo contacto con los máximos dirigentes del gobierno. Su conocimiento de varios idiomas le permitió colaborar estrechamente en las actividades de la Internacional Comunista (Comintern), convocado por Grigori Zinoviev, como traductor de textos del ruso al francés.

Además, como comisario a cargo de los archivos de la policía zarista, se encargó de analizar los métodos utilizados por ésta para infiltrarse entre los grupos y partidos revolucionarios y reprimirlos. Producto de estas tareas de investigación escribirá un breve folleto llamado Lo que todo revolucionario debe saber sobre la represión (publicado en 1925). Tiempo después se dirigió, como miembro de la Comintern, a Alemania para colaborar en la organización de la insurrección obrera de 1923.

Ganó renombre durante la guerra civil, e incluso durante la rebelión de Kronstadt (a pesar de sus divergencias con el resultado de la represión). Preocupado por la democratización del régimen soviético fue un importante crítico del autoritarismo burocrático que veía en las acciones de la Cheká (con sus detenciones y ejecuciones sin juicio previo) ya en los primeros años del proceso revolucionario. Regresó a Rusia proveniente de Viena recién en 1925, desde donde había mantenido contacto con revolucionarios como Antonio Gramsci y Georg Lukács.

En 1923 Serge se había unido a la Oposición de Izquierda, luego de la publicación del folleto de León Trotsky llamado El nuevo curso, llegando a ser, más tarde, vocero de esta posición en Leningrado. La consecuencia de su actividad opositora a la camarilla stalinista fue el inicio de la persecución contra él y todos aquellos que criticaban a la burocracia que, entretanto, se fortalecía ante el fracaso de la revolución internacional y la proclamación del “socialismo en un solo país”.

Serge fue expulsado del partido junto con toda la Oposición de Izquierda en 1927. El motivo particular de la expulsión, en su caso, fue la publicación de una serie de textos donde cuestionó la orientación tomada respecto al proceso revolucionario chino por parte de Stalin. La propuesta del stalinismo de alinear al Partido Comunista Chino detrás del Kuo-min-tang resultó en la masacre de miles de activistas y revolucionarios a manos del partido de Chiang Kai Chek.

Luego de la expulsión, Serge fue arrestado durante un tiempo, hasta que en 1928 (luego de una intensa campaña internacional) fue liberado, pero ya sin la posibilidad de ejercer actividad política alguna. Recuperó algunos de sus textos, aunque otros (escritos en la cárcel) fueron retenidos por la censura stalinista y desaparecidos para siempre. Fue luego de su liberación cuando, obligado por la situación, su tarea de “historiador de la Revolución de Octubre” (que venía cumpliendo desde 1925 al compás con su lucha contra la burocracia) pasaría a ser de tiempo completo.

El libro

Para el momento en el que Serge escribió esta obra, aún estaban disponibles las publicaciones difundidas por el estado soviético como la revista Revolución Proletaria. Ésta contenía importantes documentos y memorias de partícipes de los acontecimientos revolucionarios que fueron una de las materias primas utilizadas por el autor.

Para su análisis, Serge decidió enfocarse en los momentos posteriores a la toma del poder, haciendo una defensa de la revolución y discutiendo con los enemigos de ésta (bien sea con los escritores “burgueses” que la difamaban, tanto como con los burócratas soviéticos que la deformaban en pos de su conveniencia). En Historia de la Revolución Rusa, Trotsky estudiaría luego el proceso revolucionario (con sus idas, vueltas y sus grandes nudos) desde febrero hasta la toma del poder, como un complemento cronológicamente anterior a El año I de la revolución Rusa.

Si el libro de Trotsky fue una muestra genial de las lecciones históricas sobre las tácticas y las estrategias políticas para concretar la toma del poder, el libro de Serge fue, antes que aquél, una muestra de las enseñanzas necesarias para conservar el poder una vez alcanzado. El autor buscó ilustrar un problema no menor para los revolucionarios; cómo gobernar la revolución.

La orientación de ambos libros, así como su cercanía política y temporal, los llevará a coincidir en ciertos conceptos como el de la “insurrección como un arte”. Sobre la jornada del 25 de octubre Serge afirmaba lo siguiente:

Vemos en ella [la toma del poder] con relieve el elemento racional, concertado, la organización perfecta de la insurrección, concebida como una operación militar que debe conducirse de acuerdo con las reglas del arte de la guerra (Serge, 2006: 63).

Y, más adelante, citaba las memorias de un marino de Kronstadt quien en aquellos días decía:

‘…se realiza todo con tal sencillez y con tal orden, que podría uno creerse en vísperas de una operación militar cualquiera. Esto se parece muy poco a las escenas de la revolución tal cual nos las cuenta la historia’ (…) Esta revolución la realizaba el proletariado como era debido, a su manera: con organización. Por eso triunfó en Petrogrado con tanta facilidad y de una manera tan completa (Serge, 2006: 64).

Si durante décadas los debates centrales al interior de la izquierda giraron en torno de las características de Rusia[3] o del carácter que debía tener la revolución[4], lo que parece preocupar a Serge son los nuevos problemas a los que se enfrentaban los socialistas. Lo que previo a la revolución eran sólo abstracciones, luego de octubre se transformarían en problemas concretos a resolver[5]. Por ejemplo, las formas de resistencia que adoptó la burguesía derrotada para dificultar las acciones del nuevo gobierno soviético. Éstas variaron desde el reparto de alcohol (para quitar la lucidez a los trabajadores y crear una situación caótica en Petrogrado); el boicot de las instituciones (aún en pie) del estado burgués contra el nuevo poder soviético[6]; la destrucción de máquinas o mercancías que realizaban los capitalistas en las fábricas (como lock out); así también como en la prensa burguesa utilizando sus publicaciones para difundir propaganda contrarrevolucionaria. En estas acciones, los mencheviques y social-revolucionarios también formaron parte apelando al boicot, allí donde podían, o incluso pasando a formar parte activa de la contrarrevolución, junto a los militares que comenzaban a organizar la lucha armada y el terror contra los bolcheviques.

Serge se propuso dejar en evidencia que la revolución –como acción destructora de lo viejo y creadora de lo nuevo-, se enfrentaba a problemas nunca antes explorados. Escribió acerca del partido, de sus dirigentes, y de aquellos trabajadores que debían ocuparse de gobernar y defender un país destruido por la guerra y amenazado por una clase enemiga que conspiraba contra ellos. Se centró en la dura lucha revolucionaria contra el peligro de inminentes ataques militares externos y de la contrarrevolución latente en el interior. Esta era la situación concreta en la que actuaban los protagonistas de su historia, quienes a partir de aquí debían construir una sociedad socialista “bajo circunstancias no elegidas por ellos” al decir de Marx en El dieciocho brumario de Luis Bonaparte.

El texto de Serge, con cierta maestría, expuso los debates al interior del gobierno soviético y el contexto en el que se dieron. La posición adoptada por parte del gobierno frente a Alemania en las negociaciones de paz de Brest Litovsk, son un ejemplo. Cuestión nada sencilla de resolver si tenemos en cuenta las penurias por las que pasaban los rusos y las ansias de paz de obreros, campesinos y soldados. No eran meras cuestiones teóricas, sino problemas fundamentales con consecuencias graves cualesquiera fuera la moción que se impusiera. La cuestión de Brest Litovsk era discutida por el nuevo poder soviético bajo la permanente amenaza de invasión de la aún poderosa Alemania. Su importancia tenía que ver con la supervivencia misma de Rusia, así como también con la posibilidad, anhelada, del estallido de la revolución en Occidente.

Por otro lado, El año I de la revolución rusa, también se refirió a la cuestión del “terror rojo” (no ejercido en un principio por los revolucionarios, pero posteriormente inevitable ante el accionar desatado por los ejércitos contrarrevolucionarios). En una descripción de la actitud indulgente de los revolucionarios ante los militares derrotados en los primeros momentos de la revolución, queda clara cuál era la situación:

‘Los oficiales podrán conservar las armas que corresponden a sus grados (…) El CMR garantiza la libertad y la inviolabilidad de todos’. Tales fueron las cláusulas principales del tratado firmado entre blancos y rojos. Los combatientes de la contrarrevolución, los autores de los fusilamientos del Kremlin, que, de haber triunfado, no habrían dado cuartel a los rojos –tenemos pruebas de ello-, quedaban libres.

¡Nefasta clemencia! Aquellos Junkers, aquellos oficiales, aquellos estudiantes, aquellos socialistas de contrarrevolución iban a dispersarse por la inmensidad de Rusia para organizar en todas partes la guerra civil (Serge, 2006: 74-75).

Un apartado notable del libro es el que se refiere al caso de Finlandia y el terror blanco. Un caso en el cual la represión contrarrevolucionaria se cargó la vida de alrededor de cien mil personas, aproximadamente un cuarto del proletariado finlandés (págs. 214-215). Serge, de tal experiencia, sacó algunas conclusiones teóricas:

Las clases posesoras victoriosas saben muy bien que no son capaces de conservar su dominio, después de una batalla social, más que derramando sangre de la clase obrera para debilitarla durante decenas de años. Y como se trata de una clase mucho más numerosa que las clases ricas, ‘es forzoso’ que el número de víctimas sea muy elevado.

En resumidas cuentas, el objetivo racional del terror blanco no es otro que el exterminio total de todos los elementos avanzados y conscientes del proletariado. Mirando así el problema, una revolución vencida costará siempre –cualesquiera que sean sus tendencias- mucho más caro al proletariado que una revolución victoriosa, por muy grandes que sean los sacrificios y los rigores que ésta exija (Serge, 2006: 218).

Hay que reconocer la claridad del análisis de Serge. En su libro destaca las lecciones del proceso ruso sobre la reacción de la burguesía frente a la revolución en momentos, segunda mitad de la década de 1920, en los que esa reacción se encontraba en marcha en la Unión Soviética, derramaba sangre obrera en la Italia fascista, y lo haría poco después en Alemania con el exterminio masivo de comunistas en campos de concentración. Gran parte de las catástrofes del siglo XX tienen que ver con esta advertencia de Serge, es decir, el enorme precio que pagó la humanidad frente a las revoluciones derrotadas o traicionadas.

La situación internacional

Aunque la posición sobre la necesidad histórica de la revolución internacional, es decir de la imposibilidad de limitar al espacio nacional una revolución obrera, venía desarrollándose entre los comunistas desde hacía al menos setenta años dicho planteo terminó de madurar con la revolución rusa.

La situación interna de Rusia era penosa; desmembramiento territorial, hambre generalizada (en gran parte por la pérdida de territorios productores de cereales), la potencial rebelión campesina por las requisas de su producción. Para los bolcheviques la necesidad de la revolución en Europa era imperiosa.

Desde el principio Serge intentó mostrar una visión panorámica de la revolución, yendo de una región a otra en sus análisis, comparando las acciones de las clases, el papel de las potencias extranjeras en la formación de ejércitos contrarrevolucionarios y a los bolcheviques organizando la defensa a toda costa. Los triunfos y derrotas se suceden en El año I, mostrando la tensión que atraviesa la revolución y sus dirigentes.

El pronóstico bolchevique sobre la revolución internacional no era errado. Pronto surgieron crisis revolucionarias que sacudieron toda Europa. Inglaterra, Francia, Italia, Austria, Hungría, e incluso la revolución alemana de 1919. Serge (en un capítulo dedicado al tema) buscó mostrar en qué condiciones se encontraba Alemania para poder obtener conclusiones acerca de la derrota de esta revolución. Aunque la clase obrera era fuerte y estaba dispuesta al cambio revolucionario –influida en gran parte por la Rusia Soviética-, por otro lado la socialdemocracia gobernante era partidaria del orden, por lo que sostuvo sus alianzas con la burguesía en contra de la revolución. El único grupo revolucionario de la izquierda alemana, la Liga Espartaquista, no contaba con tiempo suficiente de desarrollo entre las masas y se veía obligado a intervenir contra la dirección del partido en medio de la guerra y de su consecuente crisis económica.

Una serie de provocaciones, por parte del gobierno socialdemócrata, tuvo como consecuencia una insurrección obrera que el gobierno aprovechó para reprimir fuertemente. Serge comparó estos sucesos con las jornadas de julio de 1917 en Petrogrado, cuando los bolcheviques resistiendo a las presiones de las masas rechazaron presentar a Kerensky una batalla prematura. Aunque, en el caso alemán, el resultado fue muy diferente:

La inexperiencia de los mejores jefes del proletariado convertíase aquí en una de las causas esenciales de la derrota; Liebknecht desataba antes de tiempo, sin contar con un partido, una insurrección que no tenía medios de dirigir. (…) El Partido Comunista era demasiado joven, demasiado inexperto, sin cuadros, sin comité central capaz de una iniciativa audaz. Las masas obreras pedían lucha pero estaban demasiado apegadas todavía a las tradiciones de la disciplina socialdemócrata para suplir con su propia iniciativa la falta de jefes y de partido. La legítima impaciencia y el gran valor personal de Liebknecht, que temió dejar pasar la hora de la acción. Rosa, clarividente, pero impotente. Así es como se engranaron las causas inmediatas de la derrota (Serge, 2006: 412-413).

El año I de la revolución rusa analiza los acontecimientos de manera holística y atendiéndolos en su movimiento permanente y en sus contradicciones.

Lucha teórica, lucha política

Como ya dijimos, El año I de la Revolución Rusa fue escrito durante el período de ascenso y consolidación del estalinismo en la URSS. Durante estos años (de intenso debate político al interior de la Internacional Comunista) se discutían cuestiones como; el sistema agrícola, la democracia en el partido, o la Revolución China. Cada uno de los planteos dividía las aguas –cada vez más- entre los comunistas, en un contexto donde los debates daban paso a la definición de los problemas por la fuerza. Las memorias de Serge acerca de estos años muestran el clima en el que se encontraba la revolución:

…el Termidor soviético se cumple en noviembre de 1927, en los días aniversarios de la toma del poder. En diez años, la revolución agotada se ha vuelto contra sí misma. El 7 de noviembre de 1917 Trotsky, presidente del Soviet de Petrogrado, dirigía la insurrección victoriosa. Aquel 2 de noviembre de 1927, el Pravda publica la reseña de su último discurso pronunciado en octubre en el CC entre clamores. Mientras hablaba en la tribuna, rodeado de hombres que le hacían una valla (…) lo abrumaban de ultrajes taquigrafiados: ‘¡Menchevique! ¡Traidor! ¡Pillo! ¡Liberal! ¡Mentiroso! ¡Canalla! ¡Despreciable hablador! ¡Renegado! ¡Infame!’ Iaroslavsky le lanza a la cabeza un grueso libro. (…) La insoportable voz sarcástica de Trotsky dice marcando las sílabas: ‘Vuestros libros no pueden ya leerse, pero todavía pueden servir para golpear a la gente…’ ‘El orador: detrás de los burócratas está la burguesía renaciente… (Ruido. Gritos): ¡Basta! Voroshilov: ¡Basta! ¡Vergüenza! (Silbidos. Tumulto. No se oye ya al orador. El presidente agita la campanilla. Silbidos. Gritos): ¡Bájenlo de la tribuna! (El camarada Trotsky sigue leyendo, pero ya no se distingue una sola palabra. Los miembros del CC empiezan a dispersarse) (Serge, 2002: 229).

Es una muestra del clima de persecución desatado por la burocracia gobernante, que en adelante –acusando de “trotskista” a cualquiera que la cuestionara-, ejercería la represión, el encarcelamiento y las deportaciones a lugares remotos de la URSS, como le ocurriría al mismo Serge tiempo después.

Pierre Broué también hará referencia a este período al analizar la expulsión de la “Oposición” en diciembre de 1927 durante el curso del XV Congreso del PCUS:

El objetivo de los primeros arrestos, en 1927, y más tarde, del comienzo de las deportaciones en masa de 1928 era el de quebrar a la Oposición como organización, privándola de todos sus dirigentes y cuadros. En las semanas y los meses siguientes, las olas de arrestos, las penas de prisión y de exilio que afectaban cada vez más a muchas centenas de militantes, perseguían el mismo objetivo, con el cuidado suplementario de extirpar, allí donde se manifestaran todavía, los focos de la Oposición (Broué, 2011: 17).

Broué afirma que, una vez fuera del partido, los opositores se dividían entre los que seguían actuando en la ilegalidad y aquellos que actuaban abiertamente, aunque en la lejanía de las colonias de deportados. De estos últimos Broué nos dice:

Una discusión apasionante comenzó entre los exiliados: esos hombres que pertenecían a todos los ‘ámbitos’ del Partido y del Estado soviético y que, algunos meses antes, ejercían todavía altas responsabilidades, pasaron entonces a disponer de un poco de tiempo para meditar sobre la experiencia de los años anteriores, retomar trabajos teóricos, rever los documentos del Partido y de la Internacional, desarrollar entre ellos una suerte de discusión en cadena (Broué, 2011: 18).

En consonancia con estas afirmaciones Serge, en su autobiografía, afirma que hasta el año 1928 estuvo encarcelado, y luego de un grave problema de salud que lo tuvo al borde de la muerte, decidió dedicarse a la escritura. En un contexto de represión, de capitulaciones de varios dirigentes de la Oposición de Izquierda, con la posibilidad nula de actuar políticamente, Serge adoptó la lucha intelectual y esta batalla sería dada (al igual que Trotsky) en el campo de la historia. Vemos así como Serge se encontraba entonces en la situación descripta por Broué y que su libro, El año I de la Revolución Rusa, es una obra nacida de la derrota. Sin embargo, a diferencia de los exiliados hostiles a la revolución que habían decidido el desarrollo teórico para combatirla, Serge la reivindicaba y buscaba defenderla.

Esta lucha puede verse en un aspecto clave, el de los dirigentes que organizaron la toma del poder en octubre. La polémica contra la burocracia, aunque no de una manera directa, es mostrada aquí a través de la composición del perfil de aquellos dirigentes cuya historia, diez años después, estaba completamente falsificada por el stalinismo. La figura de Lenin es un ejemplo de ello.

Cada vez que Serge hablaba de Lenin en su libro lo mostraba como un enemigo de la burocratización y de las discusiones formales, como un defensor acérrimo de la iniciativa de las masas y del análisis de problemas concretos. Aquellas masas que Lenin había buscado dirigir a partir de la persuasión y la concientización, para el momento de la escritura de El año I… estaban completamente relegadas a un segundo plano de la vida política de la URSS.

Para Serge, Lenin era el de El Estado y la revolución, el que buscaba a partir de una aguda reflexión desarrollar los instrumentos teóricos para alcanzar los objetivos revolucionarios, siempre teniendo en cuenta la realidad en la que actuaba y la discusión franca. Por eso, en todos los aspectos en los que aparece citado, el rasgo característico era la discusión a fondo. Los más variados problemas eran abordados llamando la atención acerca de que sería la iniciativa de las masas (basada en su acción consciente) la que permitiría el triunfo de la revolución. Todo esto sin acudir a fórmulas preestablecidas porque, como destacaba Serge, los principales problemas de la revolución según Lenin no se resolverían “desde arriba”, firmando decretos en un papel, sino movilizando a los trabajadores. “Su prestigio de fundador del partido y de guía de la revolución es inmenso; sin embargo, dentro del partido que él ha formado nadie teme contradecirle, y eso le satisface” (Serge, 2006: 298).

Serge también presentó en su obra un perfil de Trotsky en el que era equiparado a Lenin en una relación de la misma calidad que la que habían tenido en su tiempo Marx y Engels (p. 298). Afirmaba que Trotsky era el “organizador principal de la insurrección de octubre”, el “defensor de la República de los Soviets” y quien “Hace la guerra, forja la espada, carga sobre sí la responsabilidad de todos los frentes. Encarna, en su forma más elevada, la resolución de vivir de la revolución” (Serge, 2006: 300).

El tenor de importancia de la lucha historiográfica como lucha política se puede medir a partir del hecho de que el mismo Stalin, con una carta enviada en 1931 a la revista Proletárskaia Revolutsia (Revolución proletaria), presionaría a los historiadores de la revolución para frenar aquellas publicaciones que se alejaran de los análisis que no convinieran a la posición de la camarilla gobernante. De hecho, uno de los planos en los que Trotsky sería difamado por el régimen de Stalin sería, justamente, el historiográfico.

Trotsky ya había, años antes, iniciado una polémica cuando enviara en octubre de 1927 una carta[7] al Instituto Histórico del Partido y la Revolución (Istpart). En la misma acusaba, a diez años de los sucesos de octubre, al gobierno soviético de “…falsificación de la historia de la insurrección de octubre, de la revolución proletaria y de la historia del partido.” (Trotsky, 1929). En dicha carta, Trotsky realizó un recuento basado en fuentes sólidas acerca de su papel en diferentes aspectos de la revolución, y deformados posteriormente por la camarilla gobernante. Será apenas un esbozo de la discusión histórica como forma de lucha política. Se expresará finalmente, de manera acabada, con las publicaciones de Historia de la Revolución Rusa, o El año I, de Serge.

De conjunto, tanto El año I de la Revolución Rusa de Serge, como Historia de la Revolución Rusa de Trotsky, forman parte del corpus teórico que afianzó (y continúa haciéndolo) la lucha política contra la burocratización. Es lo que las convierte en verdaderas obras marxistas inscriptas en la tradición de otras que, alejadas del mero interés académico, fueron escritas como manifiestos de la lucha política del socialismo, y que van desde el Manifiesto del Partido Comunista, El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte o La Guerra Civil en Francia, de Marx (y Engels según el caso); El Imperialismo, etapa superior del capitalismo, de Lenin; hasta Resultados y perspectivas, 1905 y Lecciones de octubre, del propio Trotsky.

En todos los casos, la producción científica de los revolucionarios tuvo como objetivo el esclarecimiento de ideas como base para la acción política de su tiempo.

Conclusión: Lecciones de octubre

Víctor Serge había escrito una continuación al libro de marras cuyo nombre sería El año II de la Revolución Rusa. Pero producto de la persecución del gobierno de Stalin, de las deportaciones, de las cárceles por las que desfilaría hasta 1936, ésta fue una de las varias obras confiscadas que nunca se pudieron recuperar[8]. No obstante esa pérdida, El año I de la revolución Rusa contiene un gran arsenal de lecciones.

Una de las más importantes es, sin duda, la cuestión del partido y su dirigencia. Serge logró mostrar que el partido revolucionario es el principal elemento para el triunfo en la lucha por el poder. Existían en la obra otras muchas lecciones a tener en cuenta. Allí donde no había un partido suficientemente organizado (o donde el partido existente tenía una política de conciliación de clases) la revolución concluía con un costo mucho mayor o directamente en la derrota –como lo expresa para la revolución alemana de 1919-. Donde la insurrección no era organizada de forma adecuada, ésta terminaba en enormes derramamientos de sangre –como la insurrección de Moscú en 1917-. En los casos donde, aun consiguiendo el triunfo, no se desarmaba a la burguesía o se era indulgente con los contrarrevolucionarios, estos reaccionarían realizando enormes matanzas apenas tuvieran la oportunidad –como la revolución en Finlandia de 1918-. En el partido bolchevique, aún con los errores cometidos, la dirección logró cumplir los requisitos más importantes para garantizar el triunfo y, en esa dirección, el papel principal fue ocupado por Lenin. En una síntesis sobre esta cuestión Serge decía:

El partido desempeña en este momento, dentro de la clase obrera, las funciones de cerebro y de sistema nervioso; ve, siente, sabe, piensa, quiere para y por las masas; su conciencia y su organización suplen la debilidad de los individuos dentro de la masa. Sin él, no sería ésta más que un polvillo de hombres con aspiraciones confusas, surcadas por destellos de inteligencia –que se perderían por falta de un mecanismo conductor y que no podrían llegar hasta la acción en gran escala-, pero de sufrimientos imperiosos… Por su agitación y su propaganda incesantes, porque decía siempre la verdad desnuda, eleva el partido a los trabajadores por encima de su estrecho horizonte individual y les descubre las vastas perspectivas de la historia. En él se concentran todas las cargas, en él se concentran todas las fuerzas (Serge, 2006: 439).

Esta brillante explicación de la importancia del partido coincide plenamente con la que da Trotsky en las primeras páginas de su Historia de la Revolución Rusa[9]. No es casual, ambos están intentando rescatar al Partido de lo que Stalin y la burocracia lo habían convertido para el momento que ellos escribían.

La revolución que mostró Serge es una revolución viva, que recorría caminos nunca transitados, que no tenía garantizado el éxito. Una revolución en la que los revolucionarios no actuaban a su antojo, a pesar de tener elaborados programas de acción que los guiaban, sino que hacían lo que podían frente a las circunstancias y frente al accionar de la clase enemiga. En ese marco de la revolución que Serge elaboró en el libro se puede ver al partido revolucionario, y a su dirección, actuando fusionados con las masas. No hay mayor denuncia a Stalin en el poder que la historia de la revolución de 1917, con las masas adueñándose de sus destinos, discutiendo y luchando codo a codo junto a los dirigentes. El libro de Serge era una bomba que quebraba y desmoronaba las falsificaciones del Estado que, en 1930, ahogaba cualquier iniciativa de los trabajadores y cualquier crítica o discusión al interior del Partido que llevó la revolución a la victoria en octubre de 1917.

Bibliografía

Broué, Pierre (2011) Los trotskistas en la URSS (1929-1938). Cuadernos del CEIP N°15. Recuperado en 2017 de, http://www.ceipleontrotsky.org/Cuadernos-15-Los-trotskistas-contra-Stalin

Marx, Carlos [1852] (1998) El dieciocho brumario de Luis Bonaparte. Buenos Aires: NEED.

Serge, Víctor (2002) Memorias de mundos desaparecidos. México: Siglo XXI.

Serge, Víctor (2006) El año I de la Revolución Rusa. México: Siglo XXI.

Trotsky, León [1929] La revolución desfigurada. Recuperado en diciembre de 2016 de https://www.marxists.org/espanol/trotsky/revdes/index.htm

Trotsky, León (1985) Historia de la revolución rusa. Madrid: Sarpe.

Weissman, Susan C [1988] De Petrogrado a Oremburgo: El mundo de Víctor Serge y el nuestro. Recuperado en 2017, de http://www.vientosur.info/documentos/Serge.pdf


  1. Historia de la Revolución Rusa fue publicado en inglés en 1933. Para un mejor análisis de este libro, ver: Kane, Guillermo. “La ‘Historia de la Revolución Rusa’ como manual para el historiador”. En: En defensa del marxismo, N° 46. Octubre de 2015. pp. 145-163.
  2. Este apartado está basado en el texto de Susan Weissman El mundo de Víctor Serge y el nuestro. De Petrogrado a Oremburgo. Recuperado de http://www.fundanin.org/weissman.htm
  3. La obra de Lenin El desarrollo del capitalismo en Rusia, de 1899, forma parte de esta discusión.
  4. Como por ejemplo en Dos tácticas de la socialdemocracia en la revolución democrática (1905) de Lenin; o en Resultados y perspectivas (1906) de Trotsky.
  5. El único antecedente que mostraba en parte los problemas que se presentaban a los revolucionarios socialistas luego de la toma del poder era la Comuna de París (1871), pero su corta duración y su limitación a una ciudad hacía de este ejemplo, aunque muy importante para sacar conclusiones, sólo una muestra limitada.
  6. Por ejemplo, los empleados públicos se negaban a trabajar o destruían archivos que dificultaban el funcionamiento de la administración revolucionaria.
  7. Esta carta será publicada posteriormente en un libro llamado La revolution defiguree (La revolución desfigurada). Editado por primera vez en Paris, en 1929, por la editorial Rieder.
  8. Sus otras obras confiscadas son Hombres perdidos, novela sobre el movimiento anarquista francés; El tormento, sobre el comunismo de guerra; y un libro de poemas. Ver en Weissman, Susan. op. cit.
  9. En el prólogo de su libro Trotsky señaló, “Sin una organización dirigente, la energía de las masas se disiparía, como se disipa el vapor no contenido en una caldera. Pero sea como fuere, lo que impulsa el movimiento no es la caldera ni el pistón, sino el vapor.” (1985: 26)


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