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3 “Parecieran dos barrios diferentes
en uno”

Ya cuando cruzás el zanjón ya ves la diferencia, no hace falta que nadie te cuente la diferencia que hay porque vos la ves cuando cruzás el zanjón (Lila, Grupo 4)

Las calidades de vida en uno y otro lado del zanjón

Como vimos en el capítulo anterior, el arroyo parcialmente entubado que atraviesa el barrio a lo largo genera un conjunto de divisiones socio-territoriales y simbólicas. Fue en el Grupo 4 donde estas diferencias se expresaron con mayor contundencia, porque el grupo estuvo integrado, en su mayoría, por mujeres que vivían del lado “peor”, pero también por una vecina del lado “mejor” y dos mujeres que residían en un barrio de una localidad lindera. Al explicar dónde vivía cada una surgió el siguiente diálogo sobre el reparto desigual de calidades de vida para los vecinos de uno y otro lado del arroyo, entre los “los más pobres” y los que “viven un poquito mejor”:

Moderadora: ¿Qué sería del otro lado? Para que nos ubiquemos.

Ernestina: Porque acá supuestamente está el canal, que está entubado, a una cuadra.

Moderadora: En el bulevar que se transforma en…

Ernestina: Sí, supuestamente hay de acá de este lado y del otro lado.

Moderadora: Eso es lo que divide.

Ernestina: Claro, pero en realidad somos todo un barrio, pero siempre se…

Mara: Pero son dos barrios.

Ernestina: Sí, son dos barrios.

Mara: La calidad de vida de la gente es diferente de este lado que de aquel lado.

Moderadora: ¿Vos de qué lado estás?

Ernestina: Yo estoy de aquel lado (…).

Mara: (…) La diferencia en el barrio está marcada así: de este lado están los más pobres del barrio y del otro lado la gente que vive un poquito mejor (Grupo 4).

Las diferentes calidades de vida en cuanto a cuestiones de infraestructura y servicios públicos están a la vista de todos. En nuestras visitas al barrio observamos calles asfaltadas y veredas elevadas y anchas con pasto del lado “mejor”, mientras que del lado “peor” no todas las calles están asfaltadas (aunque para fines del 2017 habían avanzado algunas obras de pavimentación por las demandas de los vecinos al Municipio). Del lado “peor” del zanjón las veredas de las calles asfaltadas se encuentran al mismo nivel que las calles y también es común ver zanjas pequeñas que no están tapadas y que generan riesgos de contaminación y de accidentes, así como obstáculos para la circulación de personas con problemas de movilidad y de vehículos, incluyendo las ambulancias. Susana (Grupo 5) cuenta cómo hizo ella el reclamo en la delegación municipal no solo para que iluminaran mejor su cuadra, sino también para que entubaran la zanja de su vereda, porque su vecino no podía salir con la silla de ruedas ni la ambulancia acercarse a su vivienda para trasladarlo. En su relato enfatiza la importancia de ir a reclamar personalmente y no esperar pasivamente que llegue una solución desde “arriba” (es decir, por la iniciativa del Municipio):

Susana: Y sí. Cuando estaba la zanja en mi casa, la zanja, viste, de ahí, estaba la zanja, no podía salir el hombre de al lado con la silla de ruedas, porque estaba la zanja y no tenía él el puentecito, y venía por mi casa que había puentecito, y yo me fui y me quejé. (…) Yo vi, llegando a una cuadra de mi casa, venía el tractor con el tubo (risas). En el quiosquito de al lado le pusieron el tubo, pusieron tierra para que el hombre salga, para que lo lleve la ambulancia. A veces hay que ser un poco… qué sé yo, no sé. (…) Y entubaron toda mi calle, toda mi calle, no tengo más zanja.

Moderadora: Se beneficiaron todos los vecinos, está muy bien.

Susana: Y bueno, pero a veces hay que ir, no hay que ser tan cómodo, porque las cosas no te caen de arriba (Grupo 5).

Siguiendo a Carman y Janoschka (2015: 4), este acto de demanda, aunque sea individual y no colectivo, puede verse como una forma de “resistencia mínima” a las políticas públicas de abandono, aun cuando expresa una forma menos visible de ejercer ciudadanía urbana.

Las diferencias en infraestructura pública también afectan la provisión de gas natural: mientras del lado “mejor” las viviendas tienen conexión a la red pública de gas, del lado “peor” no cuentan con este servicio y tienen que usar garrafas, con el consecuente gasto para las familias y los potenciales riesgos para la salud del uso de gas envasado en las viviendas. Incluso, como nos contaba una de las promotoras de salud, las familias que no pueden costear la compra de garrafas queman leña con madera de descarte que retiran del basural, lo que constituye una fuente de contaminación del aire en el interior de la vivienda (WHO, 2002)[1].

Como vimos en el capítulo anterior, la preocupación por la “higiene del barrio” vinculada a la presencia de basura en las calles y espacios públicos divide a los vecinos. Pero las desigualdades para el ejercicio del derecho a la salud ambiental también se refuerzan desde el propio Municipio, al limitar la aplicación del plan de separación y reciclado de la basura al lado “mejor” (al menos así funcionaba para el año 2016), que es parte de una política nacional y provincial de desarrollo de Municipios sustentables y saludables:

Mara: Ellos de aquel lado tienen el [plan de separación de residuos], tienen las bolsas para separar la basura y todo, y de este lado nunca llegó porque…

Moderadora: O sea, es claramente diferente.

Ernestina: Sí, en realidad yo viví en los dos lados, porque me crié acá, mis hijos viven de este lado y yo me fui para aquel lado. Pero es diferente, estamos en el mismo barrio, pero es diferente, porque como dice ella, hay unas bolsas especiales para tal cosa, tal día pasa, lunes y jueves pasa el [camión del] reciclado y lo van separando (Grupo 4).

La limitación del alcance territorial del servicio municipal para la separación y el reciclado de la basura al lado “mejor” del barrio es una forma explícita de discriminación institucional que contribuye a la estigmatización del barrio desde “arriba” (Wacquant et al., 2014; Pearce, 2012).

La calidad de la tierra de uno y otro lado también marca diferencias en el derecho a la salud ambiental. En la parte más vulnerable del lado “peor”, las viviendas se fueron levantando sobre terrenos rellenos con cascotes y residuos cercanos al canal principal y bordeando el río Reconquista; se trata de espacios descampados que anteriormente eran pequeñas lagunas. Esta característica no solo los hace inundables, sino también poco aptos para el cultivo en pequeñas huertas hogareñas, lo cual permitiría a los vecinos disminuir el gasto en alimentos y acceder a una alimentación más saludable. En algunas organizaciones y escuelas del barrio, a través del Plan Pro-Huerta implementado de manera conjunta por el Ministerio de Desarrollo Social y el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) desde la década del ´90, se dieron capacitaciones y se distribuyeron semillas para el cultivo de hortalizas. No obstante, la calidad de la tierra, además del menor tamaño de los terrenos y el tiempo que requiere cuidar una huerta, dificulta a los vecinos del lado “peor” acceder a este recurso público. Si bien algunos utilizan cajones con compost para poder cultivar en sus casas, otros vecinos consideran que es muy difícil sostener en el tiempo una iniciativa como una huerta hogareña:

“Sí, el zapallo y el tomate es algo que siempre hemos podido cultivar. Igual no tenemos mucho patio, está el perro, los chicos, no, la huerta…. Y de la inundación que viene y se lleva la huerta no estaría siendo un combo copado” (Mara, Grupo 4).

En una entrevista individual a una referente barrial que fue adjudicataria de una vivienda social construida en tierra ganada al río Reconquista y cuyo terreno se rellenó con residuos, ella nos dice que por esta condición no confía en que la tierra sea apta para el cultivo de alimentos y que, por eso, tiene sus hortalizas en cajones con compost que ella misma prepara. Tampoco hay certezas sobre la utilización de la tierra desde la opinión de los expertos. La misma entrevistada nos comenta que, incluso, hubo un proyecto para recuperar parte del espacio del terraplén para transformarlo de basural en una huerta comunitaria, pero que los técnicos del programa Pro-huerta consultados no se pusieron de acuerdo sobre si el suelo estaba o no contaminado:

Entrevistada: Unas personas que vinieron de Pro-huerta nos dijeron que no. Y ahora…

Entrevistadora: ¿Que no qué? ¿Que no se podía?

Entrevistada: Que no se podía. Porque estaba muy contaminado. Y este que vino dijo que sí.

Entrevistadora: ¿Pero macetones igual?

Entrevistada: Este que vino dijo que se puede hacer ahí…

Entrevistadora [superponiéndose]: ¿En tierra, tierra?

Entrevistada: En el basural, tranquilamente. Yo no [planto en el terreno de mi casa]. Yo no, porque acá hay parásitos erradicados, todo. 

La diferencia entre los terrenos de ambos lados del zanjón también se observa en el tamaño, ya que del lado “peor” es común que haya más de una casa por lote, lo que conlleva una falta de privacidad para las familias y condiciones de hacinamiento en las calles y zonas más precarizadas. Mara (Grupo 4) sigue enumerando los contrastes:

Las casas, acá pasa, y nos pasa, yo vivo… me hice mi casa atrás de la casa de mi mamá. Y hay muchas casas que tienen más de una casa en un mismo terreno, y allá se sigue manteniendo que hay una casa en cada terreno. Hay mucha gente adulta, como yo, que vivió toda la vida en el barrio de aquel lado y que no pasa de este lado. Y hay mucha diferencia, son dos barrios diferentes y te lo puede decir… le preguntás a cualquiera allá y te dicen sí, los del otro lado… y nosotros somos los del otro lado (Grupo 4).

Siguiendo a Yujnovsky (1984), la vivienda no solo es un objeto físico, sino un complejo de servicios habitacionales que dan satisfacción a necesidades humanas básicas (refugio, protección ambiental, seguridad, espacio para relaciones interpersonales). En este sentido, se hacen evidentes las diferencias entre ambas zonas del barrio en términos de las desventajas habitacionales con su impacto para la salud psicofísica de los vecinos.

Las diferencias entre las distintas zonas también se reflejan en la oferta comercial, especialmente de negocios de alimentos, en cuanto a la variedad de [los] productos que venden y las condiciones de higiene de los locales. El concepto de “ambiente alimentario” (food environment) (Diez Roux y Mair, 2010) refiere a cómo el acceso diferencial a establecimientos que venden alimentos saludables afecta las prácticas alimentarias y, por lo tanto, la salud de los habitantes en un área determinada (también Evans y Kantrowitz, 2002, y Morello-Frosch, 2011). Las restricciones adquieren mayor relevancia en un barrio de bajos recursos y con dificultades de accesibilidad geográfica, en la medida en que implica una mayor dificultad para “deslocalizar” los consumos, especialmente cuando no se dispone de un auto para hacer las compras y considerando que solo una línea de colectivo entra hasta el “fondo” del barrio. Como Suárez (2011:47) lo especifica, la menor accesibilidad constituye una dimensión de la segregación territorial en las áreas más relegadas del conurbano boneaerense, entendiendo por tal la capacidad de traslado hacia los lugares donde se realizan diversas actividades cotidianas y se satisfacen las necesidades de consumo.

Siguiendo a Slater (2015) y a Pearce (2012), las percepciones sobre los distintos territorios de áreas urbanas pueden influir en la decisión de los comerciantes sobre dónde ubicar su emprendimiento, lo que contribuye al proceso de segregación socio-territorial de las zonas más estigmatizadas, con su impacto negativo para la salud de los residentes. Para las participantes de los grupos, la escasa variedad en la oferta de este lado del zanjón implica un esfuerzo adicional para el abastecimiento, ya que tienen que cruzar al otro lado para comprar algunos productos. Los que viven del “otro lado”, tienen la ventaja y la comodidad de tener una avenida comercial más próxima a sus domicilios con una mayor oferta y más diversificada. Algunas mujeres también apuntaron a la diferente calidad de los productos frescos, especialmente en referencia a las condiciones de refrigeración, con las sospechas de contaminación cruzada y el riesgo de contraer enfermedades de transmisión alimentaria (ETAs) en los comercios de “este lado”. Este punto, sin embargo, fue objetado por una de las participantes, Clara, que vive en el barrio nuevo de las viviendas sociales:

Mara: No, pero todo es en la avenida del otro lado. De este lado mejor no vayas a comprar carnes, porque…

Moderadora: Ustedes hacen las compras…

Mara: Todo del otro lado.

Moderadora: ¿Todas ustedes?

Clara: No.

Moderadora: Las que viven acá. ¿Por qué, hay distintas calidades, decís?

Inés: Sí.

Mara: Primero que allá tenemos todo, entonces en la misma avenida tenés el supermercado, la pollería, la carnicería, la verdulería, todo. Acá tenés que comprar en el almacén lo que hay. Así que imaginate que, si el almacenero te vende carne, en la misma heladera donde guardan los lácteos, donde guardan el queso, el dulce, no está bueno.

Inés: Es lo que pasa.

Mara: Es lo que pasa. Entonces prefiero ir a comprar a cada lado lo que corresponde, a la carnicería la carne, a la verdulería… a la pollería el pollo. Entonces voy al otro lado.

Moderadora: ¿Y vos comprás acá generalmente?

Clara: Sí, pero en la carnicería la carne.

Moderadora: Separado. ¿Hay carnicerías, sólo carnicerías?

Clara: Sí. Por allá no conozco un lugar que en la misma heladera metan cosas de… donde guardan alimentos.

Mara: No, acá de este lado, todos los negocios están…

(Hablan todas juntas)

Clara: Todavía siguen teniendo el almacén de barrio.

Mara: Sí, pero ya dejó de ser almacén de barrio, entonces es todo, es ferretería, carnicería, almacén, verdulería.

Inés: Eso me parece bueno. Lo que no me gusta y por eso no compramos acá, por ahí, es la carne con el queso y el fiambre.

Clara: Allá no, eso allá no lo vi. No, allá no lo veo [refiriéndose a los negocios cercanos a donde vive del lado “peor”] (Grupo 4).

Clara, con tono irónico, vuelve a objetar la crítica de Mara cuando ella también se queja de que hay cucarachas en los almacenes de “este lado”. Al contestarle “pero [entonces] es un barrio de mierda el tuyo” está defendiendo su barrio y con él su identidad colectiva, frente a la descripción negativa de Mara. En el contexto de una entrevista grupal conducida por un equipo de investigación externo al barrio, su intervención también puede verse como una forma de resistir el estigma territorial que pesa sobre la “peor” parte del barrio ante la mirada de los de afuera. La reacción de Clara ante el retrato barrial negativo tiene semejanzas con las respuestas registradas en un estudio realizado en los ´80 por Jelin y Vila sobre la vida cotidiana en barrios de sectores populares de Buenos Aires, en el que utilizaron fotografías tomadas por el equipo de investigación que luego fueron discutidas en encuentros con los vecinos y vecinas (Jelín, 2012). Una de las objeciones expresadas por algunos vecinos fue que las imágenes retrataban lo “peor” del lugar en el que vivían, lo que indicaba una defensa del barrio, “es la identidad barrial, mucho más que la individual (si es que en realidad se pueda separar una de la otra) la que esta[ba] en juego” (Jelín, 2012: 59).

El lado “mejor” del barrio también cuenta con otros recursos que, como vimos en el capítulo anterior, fueron ampliamente valorados por las mujeres, entre ellos el polideportivo municipal donde muchas de las familias del lado “peor” practican distintos deportes y actividades físicas. Aunque se trata de un recurso público a disposición de todos los habitantes del barrio que puedan pagar la cuota mensual, está ubicado más lejos del “peor” lado que del “mejor”. Si lo hacen caminando, para llegar al polideportivo los vecinos del lado “peor” tienen que cruzar, primero, el zanjón por alguna de las pasarelas o por el boulevard construido sobre la parte entubada del arroyo, atravesar el lado “mejor” y, luego, cruzar la ruta por un puente peatonal.

De este modo, los recursos de uno y otro lado del zanjón condicionan la circulación por los “dos barrios”. Quienes viven en el lado “peor” tienen que cruzar el zanjón si quieren acceder a alimentos más variados y —desde la experiencia de algunas mujeres— de mejor calidad y más seguros para su consumo, para hacer actividad física en el polideportivo y para salir del barrio hacia la ruta o para tomar algunas líneas de colectivo. Los jardines de infantes y las escuelas a las que las familias prefieren enviar a sus hijos también están del lado “mejor”. El flujo de la circulación de las personas es en este sentido unidireccional entre los dos barrios que el zanjón divide. Como lo expresa Mara con contundencia, “la gente de allá no cruza para acá (…) ellos para acá no tienen nada que hacer”. La excepción a esta direccional en los desplazamientos cotidianos lo constituyen los lazos familiares, cuando parte de la familia vive de uno y otro lado:

Mara: Yo tengo mi sobrina, vive cruzando el zanjón [del lado mejor], dos casas más. Sacando que a veces viene a mi casa, ellos no cruzan de este lado, la gente de allá no cruza para acá. Nosotros para hacer las compras, para salir a la ruta, para tomar un colectivo, para todo tenemos que ir para allá. Ellos para acá no tienen nada que hacer.

Mirta: ¿Ni siquiera para las instituciones, ponele para la capilla, para un jardín, no?

Mara: Y van a las capillas de aquel lado. Y para el jardín tampoco porque con esto también… del radio…

Mirta: Porque es por el radio, claro.

Mara: La gente de aquel barrio no va a venir a los jardines acá (Grupo 4).

Hay, sin embargo, ciertos recursos comunitarios para el cuidado de la salud ubicados en el “punto medio” entre uno y otro lado del zanjón. El CAPS, desde hace unos años, se relocalizó en un extremo del barrio sobre una calle por la que pasan “los que viven en los countries”, como lo expresó una de las referentes que entrevistamos. Está ubicado en un terreno desde donde nace el boulevard que la Municipalidad edificó cuando realizó la obra de entubamiento parcial del arroyo. Aunque una de las mujeres considera que el CAPS quedó emplazado de “espaldas” al barrio (antes estaba del lado “peor” del zanjón), en general, el nuevo lugar no fue objeto de críticas en los grupos. En el boulevard también se trazó un circuito para caminatas y ejercicios físicos que varias mujeres mencionaron como una iniciativa muy positiva por parte del gobierno municipal. Carla (Grupo 2), como muchas de las mujeres que participaron de los grupos, enfatiza la importancia de la actividad física para el cuidado de la salud, especialmente para el bienestar emocional[2]. Como no puede afrontar el gasto mensual de ir a un gimnasio privado, la disponibilidad de espacios verdes públicos para caminar y hacer ejercicio marca una diferencia en sus posibilidades de mejorar su calidad de vida: “para mí eso es una de las cosas que sí te ayuda, es una cosa positiva en mi vida”.

Carla: A mí todos esos aparatos para hacer gimnasia que hizo en el fondo a mí me ayudó para cuidar mi salud, porque un gimnasio no me lo puedo pagar.

Moderadora: ¿Qué aparatos, en dónde?

Carla: Ahí en la placita.

Laura: [Interrumpe] Ahí cerca de la salita hay tipo un gimnasio (…).

Carla: Y yo me voy todas las mañanas, ya es una terapia, camino hasta allá, que son veinte cuadras, hago gimnasia ahí y me vuelvo caminando otra vez hasta acá.

Laura: Es caro un gimnasio.

Carla: Es caro, yo no lo podría hoy en día pagar (Grupo 2).

En otros grupos también se mencionó como positivo que haya más plazas y espacios verdes públicos en el barrio, para que la gente pueda hacer actividad física sin tener que pagarlo de su bolsillo.

La primera parte de la obra de entubamiento del arroyo principal y el relleno del terreno significó la creación de espacios verdes para actividades recreativas de los vecinos, incluyendo un circuito aeróbico, bicisenda y juegos para chicos. Cuando se inauguró años atrás, las autoridades municipales anunciaron en medios periodísticos locales el “fin del estigma” que pesaba sobre el barrio. Junto con el efecto positivo de la obra para la disminución del riesgo ambiental, el espacio recuperado y urbanizado se presentaba como una interface para unir a los vecinos de ambos lados del zanjón y así superar divisiones sociales existentes. Por entonces, se inició —y anunció— la construcción de una escuela secundaria en el boulevard. También se anunció en ese momento el inicio de la obra de red fina de cloacas que se conectaría con el colector que estaba construyendo la empresa AySA. Han pasado varios años desde que finalizó esta primera etapa de la obra. El edificio de la escuela secundaria nunca se terminó y está actualmente abandonado; la obra de entubamiento del canal no prosiguió; y la red fina de cloacas prometida por la gestión municipal aún no llegó al barrio. Los vecinos continúan reclamando al Municipio obras de saneamiento y la limpieza periódica de la sección del zanjón que permanece sin entubar, por los problemas de inundaciones que acarrea, por ser un foco infeccioso y una fuente de riesgo de accidentes para los niños y jóvenes que juegan en el pequeño pastizal que lo rodea. El zanjón persiste y continúa dividiendo territorios en términos físicos y simbólicos, así como la sociabilidad, las interacciones y las circulaciones de sus moradores. Se trata de efectos de la estigmatización territorial que persisten en el tiempo y que, en gran parte, son producidos y reproducidos por la falta de políticas y prioridades del gobierno municipal para garantizar el derecho a la salud ambiental con obras de infraestructura y provisión de servicios en áreas del barrio que continúan postergadas (Wacquant et al., 2014; Pearce, 2012).

Inseguridad, violencia interpersonal y salud psicofísica

La mención de la vivencia de episodios de inseguridad y violencia interpersonal surgió en todos los grupos al hablar del cuidado de la salud. Casi todas las participantes tenían vecinos y familiares que habían sufrido robos callejeros o, a veces, ellas mismas habían sido víctimas directas. En uno de los grupos que realizamos, una de las mujeres invitadas no pudo asistir debido a que habían asesinado a su cuñado el día anterior en un asalto callejero. Las experiencias de inseguridad y violencia interpersonal perpetuadas entre vecinos, especialmente en las partes más postergadas del barrio, son comunes a las documentadas para otras áreas periféricas del conurbano bonaerense (Auyero y Berti, 2013; Auyero y Swistun, 2008) y generan a las mujeres que participaron de los grupos un sentimiento y experiencia de vulnerabilidad compartida cuando el delito se vuelve parte de la cotidianeidad (Alarcón, 2016). En el barrio donde llevamos a cabo el estudio, estas experiencias no solo implican agresiones físicas y pérdidas materiales (como robos de dinero, celulares, bicicletas, zapatillas y ropa), sino que también, como lo muestran los estudios epidemiológicos, las experiencias de violencia e inseguridad se asocian con problemas de salud mental, como la depresión y el estrés crónico (Diez Roux y Mair, 2010; Auyero y Berti, 2013; Evans et al. 2002).

Las mujeres describieron escenas cotidianas de violencia callejera iniciadas por los vecinos, especialmente jóvenes y adolescentes, en uno de los puentes que tienen que utilizar para atravesar el zanjón y cruzar al lado “mejor”, incluso a plena luz del día:

Victoria: Últimamente acá…

Jazmín: Te roban de día y de noche.

Florencia: Acá vas al puente a la noche y te agarra una patota y te sacan el celular y la plata, y te cagan a palos.

Martina: Te cagan a tiros. (Risas).

SI: De día también, de día también.

Victoria: Acá hace poquito estuvieron a los tiros acá nomás.

Florencia: Hasta las zapatillas te sacan.

Martina: Sí, es verdad (Grupo 6).

Las respuestas de las víctimas y su familia cuando el agresor es un vecino que conocen personalmente varían. Las mujeres expresaron el temor a posibles represalias si se busca evitar el robo o hacer justicia por mano propia. Frente a la posible “cadena” de violencia interpersonal (Auyero y Berti, 2013) que puede generar resistirse, una actitud pasiva es a veces considerada la reacción más razonable:

Moderadora: ¿Y son chicos del barrio?

Victoria: Sí.

Florencia: No se les puede decir nada, porque encima les decís algo y no sabés que podés tener una represalia, vienen a tu casa…

Martina: No, no sé si por eso, si te da un tiro ahí, chau, moriste, querida. Todo por un celular (Grupo 6).

Aun sabiendo de una posible represalia o escalada de violencia, el sentimiento de bronca puede llevar a veces a intentar defenderse de los robos, aunque resulte infructuoso:

Florencia: Una vez en el puente, cuando estabas vos, ¿te acordás?, que estabas en el puente y te robaron, te querían robar la campera, [estabas] con tu hermano, ¿te acordás que estabas en la parada [del colectivo]?

Martina: Ah, sí.

Florencia: Que una piba te apuró.

Martina: Que me agarré a las piñas con la chica porque no quería que me saque la campera. (…) Y me la sacaron igual (Grupo 6).

También es posible, a veces, recuperar lo hurtado a través de la intermediación de la familia, evitando que el episodio pase a mayores. Victoria, en el mismo grupo, cuenta que al hijo de su vecina le robaron el celular y que el vecino terminó devolviéndoselo,y bueno, ya está, no pasó más nada (Grupo 6). Respecto a la actuación de la policía, algunos consideran que es inútil llamarla porque llegan tarde, mientras otras reconocen una mayor presencia de patrullaje policial en el barrio. En el Grupo 3, compararon a la policía con las ambulancias dependientes del Municipio, en cuanto a las demoras para llegar hasta el barrio cuando hay una situación de inseguridad o una emergencia y describieron las respuestas individuales y colectivas para cuidarse entre los vecinos frente a la desprotección por parte del Estado. Valeria cuenta un episodio reciente de robo violento que protagonizó el padre cuando vino a visitarla, en el que casi pierde un ojo, tuvo que ser hospitalizado y perdió varios días de trabajo:

Moderadora: ¿Y a ustedes, a vos te pasó alguna vez algo o viste algo también?

Valeria: Yo no, pero a mi papá sí, cuando mi papá iba a trabajar lo habían asaltado y…

Gabriela: Acá.

Valeria: Sí, acá lo agarraron y le pegaron todo.

Moderadora: ¿Acá en esta zona, decís?

Valeria: Sí, acá en esta cuadra de mano. Y le tiraron ahí al lado del riachuelo [río Reconquista]. Mi mamá salió para verle cuando él iba, y ella le vio cuando le salieron los vagos. Y después viene y le avisa a mi marido, salimos, nos vamos, pero nosotros no vimos nada, como es así una banquina, y ahí lo tiraron. Y justo sale otro, mi cuñado se va, y cuando pasa lo ve a él ahí. Y ahí nos grita a nosotros. Y nosotros nos vamos corriendo y lo encontramos todo ensangrentado allá. Le quitaron todo lo que tenía.

Moderadora: ¿Y dónde lo llevaron, llamaron a la ambulancia, qué hicieron?

Valeria: No, no, después mi mamá y mi cuñado lo llevaron al hospital [del Municipio], después lo trajeron al hospital [especializado en oftalmología], como le lastimaron el ojo también. Pero ahora ya está bien, por suerte.

Moderadora: Y tuvo que dejar de trabajar.

Valeria: Sí, tuvo que dejar de trabajar también.

Moderadora: ¿Y las ambulancias vienen a esta zona si las necesitan?

Gabriela: Sí, pero te tarda dos horas. Podés ir en colectivo que esperar que vengan. No te hacen caso al instante, vos estás llamando por una emergencia, pero no vienen. Vienen, pero ya a veces cuando ya se fueron los pacientes ya, ahí llegan ellos. Y los policías lo mismo. Ahora más están recorriendo, porque antes era que no pasaba ni un patrullero (Grupo 3).

Reiteradamente, en los grupos, se hizo referencia a las “juntas” de niños y adolescentes como una amenaza para la seguridad en el barrio, porque habitualmente están drogados, interactúan entre ellos de manera violenta y son agresivos para con los vecinos. Las esquinas, los contenedores públicos para depositar la basura ubicados en el barrio nuevo alrededor de los cuales hacen “quemas” y los pastizales abandonados para su higiene y mantenimiento por el Municipio constituyen el territorio controlado por las “juntas”. Son lugares del lado “peor”, por los que las mujeres que participaron de los grupos evitan circular, así como que lo hagan sus hijos. Como vimos, Teresa (Grupo 5) camina varias cuadras para depositar la basura en un cesto público en lugar de hacerlo en un contenedor más cercano, por el “mal ambiente” de esa cuadra. Con la misma lógica de protegerse de posibles episodios de violencia interpersonal y arrebatos, prefiere caminar más de veinte cuadras, o ir en bicicleta, para atenderse en el CAPS, en vez de hacerlo en la posta ubicada a cinco cuadras de su casa, pese a la sugerencia de los médicos de la “salita”. Las postas, paradójicamente, se ubicaron estratégicamente en las zonas más vulnerables del barrio para acercar la atención médica a los vecinos:

Teresa: Yo no voy a la posta [x]. (…) Yo vivo ahí y no me gusta.

Moderadora: ¿Por qué?

Teresa: No me gusta el ambiente de afuera.

Moderadora: ¿El barrio, la zona donde está, decís?

Teresa: Sí. De donde yo estoy…

Moderadora: ¿A cuántas cuadras estás vos?

Teresa: A cinco cuadras. (…) Es muy feo el ambiente de ahí, entonces yo no voy a la posta de ahí. Que de hecho los de la salita me dijeron, ¿por qué no vas ahí, si lo tenés a dos cuadras? Porque no me gusta el ambiente.

Moderadora: ¿Y qué es, qué sería el ambiente?

Teresa: ¿El ambiente? Y, que se están drogando todo el tiempo, te roban.

Moderadora: Aunque seas así del barrio y te conozcan.

Teresa: No les importa.

Margarita: Cuando están drogados no te conocen.

Marina: Se agarran a piñas, a cada rato se pelean…

Teresa: Se están agarrando a las trompadas, prenden fuego, tiran basura por toda la calle, montañas de pilas de mugre (Grupo 5).

Otra zona que tratan de evitar por las “juntas” es el terreno abandonado que separa el lado “peor” del barrio privado lindante. En este límite se formó un zanjón que no solo acrecienta el riesgo de inundación —porque como vimos los terrenos quedaron más bajos que los del barrio cerrado y nadie retira la basura allí depositada—, sino que se ha convertido en un espacio apropiado por las “juntas”. En el mismo Grupo, una de las participantes señala la relación entre la falta de planificación e infraestructura y las inundaciones del barrio, pero también su relación con los espacios donde los jóvenes consumen habitualmente drogas y que hacen a su percepción del ambiente social, destacando la falta de respuesta por parte del Municipio para recuperar esos espacios públicos. En este sentido, las demandas de mejoramiento de servicios e infraestructura que hacen a la calidad urbana del barrio pueden considerarse, de acuerdo con Cravino et. al (2012), como “demandas de ciudad”, que no se limitan a la disponibilidad y calidad de servicios públicos, sino que influyen también sobre las percepciones y valoraciones del barrio:

Gisela: Hay un paredón, ¿no es cierto? El barrio, un zanjón y después el paredón [que levantó el barrio cerrado]. (…) Es más, del costado de la casa de mi cuñada están haciendo casitas los chicos, van ahí para drogarse, pibas jovencitas. Yo les digo denuncien, pero nadie quiere denunciar. Está la pared de mi cuñada, y acá se están haciendo casitas entre medio de tantos árboles. Es un bosque ahora, se hizo un bosque ahí. Porque antes lo limpiaban, venían, cortaban el pasto, qué sé yo. Ahora hace como un año que no lo limpian (Grupo 5).

Mara, en el Grupo 4, cuenta in extenso cómo el miedo a que su hija de diez años sea víctima de las “juntas” o termine siendo parte de estos grupos, la lleva a tenerla literalmente encerrada en los límites de su vivienda, aunque su hija “muere por ir a ver qué pasa del otro lado del portón”. No la deja salir sola a la calle y, para ir a la escuela, paga un transporte que la viene a buscar todos los días para llevarla a una escuela privada del lado “mejor”, que queda a unas veinticinco cuadras de su casa. El encierro y el control constante constituyen una estrategia de protección que implica una sociabilidad territorialmente restringida (Kessler, 2012: 176). La crianza de su hija contrasta con la vida social en el barrio puertas afuera cuando ella era chica:

Mara: [P]or ejemplo, yo tengo una nena de diez años que no sale afuera, no sale a la calle. No la dejo ir al quiosco, no sale a la calle, no va a jugar al patio, no nada. Y no está bueno, yo me crié en la calle, en el barrio, yendo a comprar, y ya no se puede, y tiene que ver con esa misma calidad de vida. Va a la escuela en combi, viene en combi, tengo que pagarle una escuela, que no me sobra para pagarle una escuela, entonces son todas cosas que hacen… [a la calidad de vida]. (…) Va a una escuela privada. Y no me sobra para pagarla, es algo que tenemos que esforzarnos.

Moderadora: ¿Y qué tenés miedo que le pase a la nena?

Mara: De todo, hay para todos los gustos. Los chicos acá se crían en la calle, están en la calle desde que te levantás hasta que se van a dormir. Mi hija muere, eh, por ir a ver qué pasa del otro lado del portón, porque las ve a las nenas en la calle, a los nenes en la calle todo el día. De ahí a la esquina hay dos pasos.

Inés: “Dejame ir a comprar”, le dice, “por favor”.

Mara: “Dejame ir a comprar un día sola”, me dice, “al quiosco de la esquina”. “No, no vas a ir al quiosco sola” (Grupo 4).

En el mismo sentido se orientan las expresiones de una de las participantes del Grupo 1 respecto de su preocupación acerca de las amistades para su nieto de 16 años, que quedó a su cargo al fallecer su hija: “hay pocas amistades buenas en el barrio, así que hay que estar… [atenta]”. Si bien las “juntas” se consideran como algo distintivo del lado “peor” del barrio, dos participantes del Grupo 4 que vivían en una localidad muy cercana compartían la preocupación de Mara por los peligros de la calle para sus hijos y la presencia de estos grupos. En palabras de Lila, refiriéndose al cuidado de su hija de 11 años:

Lila: [N]o es tanto como es acá, pero bueno, tengo que estar mirando, porque las juntas están en la esquina, hay una plaza cerca que también están los chicos, por más que los conozcas, uno no sabe, cuando están drogados, están dados vuelta, no sabés lo que puede llegar a pasar o qué les pueden llegar a hacer (Grupo 4).

La vivencia de la inseguridad genera estrés crónico y lleva a circulaciones cotidianas restringidas en las distintas zonas del barrio, a la vigilancia familiar y a acciones de solidaridad entre vecinos y familiares, frente a la desprotección del Estado. En el Grupo 3, Dalma, de 19 años, cuenta que por miedo a que le pase algo no sale a caminar por el barrio cuando empieza a atardecer, al terminar su jornada laboral como empleada doméstica: “prefiero quedarme en casa por la seguridad misma a veces se juntan en esquinas, viste, y no te dejan pasar. (…) Se juntan ahí, se drogan, y no te dan ganas de pasar también”. En el mismo grupo, Juana (19 años) cuenta que el padre la espera en el auto cuando ella va a correr a la plaza que queda del lado “mejor”, a unas veinte cuadras de su vivienda, cerca de la salida a la ruta. También la espera en la parada del colectivo cuando vuelve al barrio por la noche, al igual que lo hace con sus hermanas y hermanos más chicos: “mi papá es el que nos lleva y nos trae a todos”. Otras mujeres hacían caminatas juntas por el barrio, en el circuito trazado en el boulevard, acompañadas por sus maridos. Solo una participante en el Grupo 1 aseguró que podía salir sola a caminar por la plaza del barrio de noche sin problemas: “iba a la plaza acá del barrio, a caminar en la plaza, caminaba una hora y me venía (…) por ahí más a la nochecita también, no hay problema” (Carolina, Grupo 1).

En el Grupo 3, integrado por varias mujeres que habían migrado desde Paraguay, comentaron que entre los “paisanos” funcionan vínculos de solidaridad local que incluyen protección en la calle. Por un lado, esta estrategia puede considerarse como parte de las relaciones de intercambio y solidaridad de las comunidades de migrantes limítrofes en los lugares de destino, así como soportes colectivos para afrontar los problemas de la vida cotidiana propios de los barrios relegados (Merklen, 2005). Las participantes explican que, al ver “juntas” en las esquinas, los hombres de la comunidad paraguaya “se juntan y los corren”, lo que resulta en una forma de cuidado colectivo eficaz por su poder disuasivo:

Gabriela: Lo que pasa es que acá en esta zona hay mucho paraguayo, y lo que hacían era, cuando hay muchos, que se juntan, viste, en la esquina que empiezan a tomar, a drogarse y eso, los paraguayos se juntan, todos los paraguayos se juntan y empiezan a correr, y ellos los respetan mucho a los paraguayos por eso, que son que se juntan y los corren, entonces no se juntan.

Moderadora: O sea que me querés… a ver si entiendo, que se protegen entre ustedes.

Gabriela: Sí.

Moderadora: Que si ven algo raro…

Gabriela: Claro, sí.

Moderadora: Se ayudan.

Gabriela: Sí, acá si necesita alguien los paisanos otra vez nos ayudan (Grupo 3).

Estas formas de defensa personal y colectiva, si bien refuerzan la solidaridad intragrupal al mismo tiempo generan efectos perversos de estigmatización interna hacia los niños y jóvenes más vulnerables del barrio. En las entrevistas con las referentes, una de ellas nos comentó que los que están en la calle son, en gran parte, preadolescentes que terminan la escuela primaria, pero que salen del sistema escolar y no cuentan con la protección y el sostén de la familia ni con contención institucional local. Es para estos chicos que se buscan desarrollar soportes comunitarios mediante, por ejemplo, talleres ofrecidos en una de las postas (de reciclado, jardinería y carpintería). También se organizaron allí charlas con una de las psicólogas del CAPS, a raíz del suicidio de dos adolescentes, además de la intervención de las trabajadoras sociales. Con los más grandes que están “aburridos” y queman gomas y basura de los contenedores, se busca concientizarlos para que cuiden su espacio, “sus esquinas”. Una de las respuestas que reciben de los jóvenes es que ellos no viven en un country, lo que nuevamente naturaliza las diferencias entre las distintas calidades de vida entre los que más y menos tienen. Aun así, han logrado algunos pequeños cambios que resultan protectores tanto de los jóvenes como del barrio en su conjunto:

Entrevistada: Lo que les decimos nosotros es que tienen que cuidar el lugar donde viven. Y bueno, nos decían «bueno, pero esto no es un country«, y le digo «no, no es un country. Es el lugar donde vivimos todos y tiene que estar limpio», y ellos decían «esta es nuestra esquina, esta es nuestra esquina». 

Entrevistadora: ¿Los chicos?

Entrevistada: Los chicos. Chicos… estamos hablando de 18, 19 años. Sí. Esta es nuestra esquina. Y bueno, si es su esquina, tienen que cuidarla. Tienen que cuidar, hay que mantenerla limpia. Le digo «¿Por qué rompen las botellas?», le digo. Y uno pasa con el auto. «No, nosotros no fuimos, son los de allá», «Y si son los de allá, porque ustedes dejan que vengan y ensucien su esquina. Ustedes tienen que cuidar su esquina». Y bueno, la verdad es que no fue fácil. Hubo momentos que se enojaron, que nos miraban mal. Y hoy saben que es su esquina y no rompen botellas y la mantienen limpia, todo.

El consumo problemático de drogas en adolescentes y jóvenes, incluyendo el paco y la combinación de clonazepam con alcohol, es otro de los problemas identificados por los vecinos y uno de los más preocupantes según relevamientos hechos por el CAPS y, sobre el cual, se han dirigido, en el último tiempo, intervenciones comunitarias desde el centro de salud[3]. Este consumo se asocia con la mayor violencia interpersonal que se observa entre los jóvenes y con los casos de suicidio recientes, como explica otra de las referentes que entrevistamos:

Entrevistada: La inseguridad tiene mucho que ver con la droga, que en [el barrio] está a la orden del día, de una manera ya totalmente abierta, a la hora que sea, los chicos que sean, es un flagelo que nos ha golpeado muchísimo. Tuvimos una época, no sé cuántos suicidios, creo que hubieron catorce suicidios en dos años, algo así, y el noventa por ciento relacionado con la droga.

Entrevistadora: ¿Jóvenes?

Entrevistada: Sí, todos chicos jóvenes.

Los episodios de inseguridad y de violencia en la calle no solo afectan la circulación de los vecinos y visitantes por los espacios públicos, sino que se extienden a las postas sanitarias y a las ambulancias. En una de las postas donde realizamos el trabajo de campo habían robado medicamentos y otros objetos en varias oportunidades, además de dañar las instalaciones. Una de las participantes que vivía enfrente cuenta cómo por la tardanza de la policía en llegar al lugar, los atacantes tuvieron tiempo para volver y llevarse más cosas:

Gabriela: Estos últimos tiempos están peor que nunca. Se ensañaban con esto, con la posta. Sí, porque era… qué sé yo, en un mes tres veces les robaron. Y lo que no podían robar rompían, rompían todo. Encima que vos llamás y llamás, y nunca vienen.

Moderadora: ¿A la policía?

Gabriela: Sí. La última vez fue que llamé, vino, y no encontraron a nadie, no, se fueron y después volvieron, porque no habían llevado todo. Volvieron y ahí llega la policía (Grupo 3).

En otra de las postas, los vecinos —con materiales provistos por el Municipio— estaban construyendo los fines de semana un cerco de ladrillos para evitar que volvieran a entrar a robar. Conversando con una de las referentes barriales, ella nos contó que el equipo de salud estaba trabajando en la posta sin agua de red porque en uno de los robos habían desenterrado y cortado la manguera que la traía al interior del edificio desde la calle, además de destruir otras instalaciones y robar equipamiento. A la problemática social de los jóvenes y sus familias se suma la decisión del Municipio de achicar gastos, motivo por el cual reemplazaron al guardia por una alarma que no funcionaba, política de ajuste que además resultó ineficiente:

Entrevistada: En la posta teníamos un personal de seguridad que cuidaba la posta, teníamos mesada, cocina, todo en perfectas condiciones. El municipio sacó el personal de seguridad para abaratar costos y nos pusieron una alarma, pero la alarma nunca funcionaba y, bueno, se robaron todo. Destruyeron todo. Se robaron hasta las balanzas, una balanza se pudo recuperar. Se robaron muchas cosas. Hasta el inodoro. Bacha, cocina, muchísimas cosas se robaron (…).

Entrevistadora: ¿No tienen baño?

Entrevistada: Sí, tenemos un inodoro que uno de los vecinos donó, así que bueno, se puso el inodoro. Se hizo una instalación de agua, pero como no estaba perimetrado, no estaba cercado, los chicos entraban y rompían. Sacaban la manguera, la terminaron rompiendo. Y bueno, se hi… Se volvió a hacer la instalación con la delegación y cortaron toda la manguera en pedazos. (…) El agua de red la tenemos acá, a veinte metros antes de llegar a la calle. (…) Pero los chicos iban y rompían la manguera, es esta manguera negra. [Nos muestra lo que quedó, un pedazo].

Entrevistadora: ¿Y por qué?

Entrevistada: [Son] chicos que están solos. Están solos, solos, solos. Son muchos que vienen y se atienden acá muchas veces. Así que es una triste realidad. Durante todo el invierno estuvimos atend… La doctora estuvo atendiendo sin ventanas, así que poníamos frazadas, dos frazadas para que la doctora pueda atender.

El temor a ser víctima de robos y episodios de violencia también restringe en algunos casos la entrada de ambulancias a las zonas más relegadas. A ello se suma que, a veces, quienes las conducen desconocen la localización de algunas calles porque no están señalizadas, lo cual muestra nuevamente la ausencia del Estado en las tareas de señalización y el aislamiento que significa vivir en las zonas más postergadas y sus consecuencias para la salud en situaciones de emergencia cuando solo se cuenta con cobertura pública de salud[4]. La misma referente barrial nos cuenta que una vecina murió por un edema de glotis porque la ambulancia no supo cómo llegar a la vivienda, pese a que los chicos del barrio la iban orientando. Este episodio dio lugar a una queja de los vecinos ante la Secretaría de Salud:

Entrevistada: Una amiga de mi mamá que tuvo un edema de glotis. La ambulancia no llegaba, no sabía cómo ingresar al barrio, las calles no tienen nombre, hace tres años que estábamos viviendo y…

Entrevistadora [superponiéndose]: ¿Se murió?

Entrevistada: Cuando llegaron, sí. Perdió la vida. Entonces, agarré, hice una nota, le pedí firmas a los vecinos, fue dirigida a varias áreas… El área de salud, sobre todo al SET. Sí, para saber cómo tienen que… Es decir, cómo puede ser que no sepan cómo ingresar a un barrio. Los chicos… Te digo la verdad. Los chicos con la bicicleta le venían diciendo así a la ambulancia…

Cuando le preguntamos si las ambulancias no querían entrar por miedo a posibles robos nos habla de la solidaridad de los vecinos para cuidarse entre ellos: “ellos dicen eso, pero los mismos vecinos cuidamos. Es decir, no vamos a dejar que vengan a robar. (…) Pero hay que estar atento. Porque ellos, en ese momento, aprovechan la situación para robar”. Otra referente nos contó que, tras la muerte de un nene en la calle, hecho que los vecinos atribuyeron a la demora de la ambulancia, los vecinos la apedrearon y que, desde entonces, las ambulancias no quieren entrar a la zona del fondo si no es con la policía. El testimonio de una de las referentes entrevistadas que vive en la zona es contundente:

“Llamás a la ambulancia y te dice que a esa parte no quiere entrar. O por ahí lo llamás y te dicen “ya vamos, ya vamos”. Ya van pasando dos horas y no llegan. Por ahí ya estamos nosotros por el camino y la ambulancia todavía no llegó. Es preferible si tenés el auto del vecino subirlo ahí y llevarlo”.

La segregación socio-territorial también se visibiliza cuando, en muchas ocasiones, remises ajenos al barrio no quieren ingresar o solo lo hacen hasta el zanjón debido a que “tiene mala fama el lado este” (Gisela, Grupo 5). La negativa a cruzar la frontera que traza el zanjón refuerza el estigma territorial[5]. Frente a esta realidad cotidiana de discriminación, las participantes explican que tienen que acudir al servicio de los remiseros que son del barrio. Las restricciones para el desplazamiento con respecto al de otros grupos sociales que viven en barrios “buenos” implica una “movilidad vulnerable” (Gutiérrez, 2009:1). La movilidad espacial vincula deseos y necesidades de desplazamiento con la capacidad de satisfacerlos y la vulnerabilidad resulta de la realización de viajes cuya continuidad no está asegurada. Puede vincularse, asimismo, con la discriminación estructural descripta por Kessler (2012:180), siguiendo la conceptualización de Link y Phelan, en tanto esta resulta de un proceso en el cual el estigma es un factor importante en la generación y perpetuación de malas condiciones de vida en una zona difamada.

Las divisiones entre uno y otro lado del zanjón pesan sobre los territorios y sus habitantes. Gisela sintetiza quiénes resultan discriminadas y aisladas, al decir que están las “mejorcitas” y las “peores”:

Gisela: Por eso también hay veces que no quieren entrar en las zonas. Por ejemplo, [menciona una calle], no quieren saber nada. Los remiseros de [menciona otra localidad]: “¿qué venís —te dicen— del otro lado del zanjón? No, no entramos”. Alcanzamos todos, los que vivimos acá y los que viven para allá y, por ahí… (se superponen “tienen miedo”). (…) Es como que nos tienen apartadas. Yo cuando vengo en remís a la noche de [menciona el centro de la localidad], me dejan en… vivo en la otra cuadra, me deja en el parque este [en el boulevard]. No, porque no cruzan para acá. Antes era un arroyo, ahora viste que se entubaron algunas partes y están todas entubadas. Pero nos tienen como que las de allá “mejorcitas” y que las de acá somos “las peores” (…).

Moderadora: ¿Ustedes también sienten esto que dice Gisela?

Gisela: Todos lo sufrimos.

Silvia: Sí, es verdad eso.

Gisela: Todos lo sufrimos. Yo hace veinticuatro años que vivo acá. Nunca, gracias a Dios, nunca me pasó nada, pero toda la gente…

Teresa: A veces, según, algunos, hay algunos que entran, algunos, no todos.

Silvia: Algunos, son contados.

Moderadora: ¿Qué decís, los remiseros?

Silvia: Sí.

Moderadora: Vos Susana, decías que tampoco entraban.

Susana: No, si yo vengo de [menciona otro barrio] le digo “del otro lado del arroyo a media cuadra”, me dice “no, la dejo de este lado”.

Moderadora: Y si tienen que llevar a algún familiar y no tienen auto, ¿cómo hacen?

Teresa: Yo, mayormente, [cuando no estoy en el barrio] llamo los remiseros de acá. (…) Me van a buscar y vuelven.

Moderadora: El tema es venir de afuera.

Teresa: Exactamente.

Gisela: Sí, porque tiene mala fama el lado este (Grupo 5).

Considerando las múltiples desventajas territoriales para el cuidado de la salud (Morello-Frosch, 2011) que hemos descripto en este capítulo, la movilidad vulnerable producto de procesos de discriminación estructural (Kessler, 2012) no solo afecta la cotidianidad de los vecinos de las zonas más postergadas del barrio, sino que también representa un riesgo adicional frente a episodios de salud que requieren poder entrar y salir barrio con rapidez, por ejemplo, cuando se necesita acudir a una guardia médica si no se dispone de auto en el hogar o en las redes vecinales, teniendo en cuenta las demoras en llegar de las ambulancias que describieron varias participantes de los grupos y referentes barriales. Siguiendo a Bourdieu (2018), la apropiación del espacio físico (derivado de la apropiación del espacio social) y los procesos de segregación social resultantes, en tanto capacidad diferencial de acceso a bienes y servicios escasos valorados socialmente, genera beneficios (profits of space) o bien vulnerabilidades. En esta dinámica social de mecanismos de apropiación de recursos están involucradas distancias y, por lo tanto, tiempos diferenciales:

«Dado que las distancias físicas pueden ser medidas por medio de una métrica espacial, o mejor, por una métrica temporal en la medida en que el movimiento a lo largo del espacio toma mayor o menor tiempo dependiendo del acceso a los medios de transporte públicos o privados, el poder que este capital [el derivado de la posición o rango social], en sus diferentes formas, otorga a el espacio es también, por la misma razón, un poder sobre el tiempo» (Bourdieu, 2018: 111).

Siguiendo a Pearce (2012), la discriminación territorial afecta la salud de múltiples maneras. Algunos efectos son sutiles y deterioran las relaciones sociales y las identidades individuales; otros son más abiertos y resultan en distintas formas de marginación y aislamiento.


  1. Para el año 2017 se había iniciado la instalación de la red de gas natural en algunas cuadras del barrio. Las viviendas sociales nuevas también contaban con conexión a la red.
  2. La asociación positiva entre espacios verdes públicos y el autoreporte de salud mental está ampliamente documentada (Evans y Krantowitz, 2002; Diez-Roux y Mair, 2010; entre otros).
  3. No profundizamos en este documento en la problemática juvenil de marginación social, vulnerabilidad, violencia y consumo problemático de drogas porque la misma escapa a los objetivos de nuestra investigación. Pueden consultarse sobre estos temas los trabajos de Epele (2010), Auyero y Berti (2012) y el estudio dirigido por Di Leo y Camarotti (2013), entre otros.
  4. De las 39 mujeres que participaron de los grupos, solo 13 contaban con cobertura de obra social.
  5. En una de nuestras visitas al barrio observamos el estigma territorial de primera mano. Cuando tomamos un remís desde la estación del tren para ir al barrio y mencionamos su nombre, el remisero mostró reticencia para llevarnos, aunque finalmente lo hizo, no sin expresarnos su malhumor, aun cuando le aclaramos que nos dirigíamos al Centro de Salud, que está a la entrada del barrio, próximo al boulevard.


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