Otras publicaciones

9789871867493-frontcover

Book cover

Otras publicaciones

9789871867806_frontcover

9789877230277-frontcover

4 Comentarios finales

La importancia del medioambiente y del territorio como determinante y generador de desigualdades sociales en la salud se ha abordado internacionalmente y localmente desde diversas disciplinas, corrientes teóricas e investigaciones empíricas y ha sido incorporada a la agenda de los organismos internacionales. La OMS señala los prerrequisitos económicos, sociales, políticos y ambientales para el desarrollo de una vida saludable en el nivel individual, familiar y comunitario y promueve que los gobiernos nacionales desarrollen políticas intersectoriales para alcanzar esta meta. La estrategia de la OMS marca la agenda de la “nueva salud pública”, que desde los años ´70 enfoca sus acciones en el estilo de vida y en las condiciones de vida de la población con sus determinantes estructurales y que incorpora nociones de salud pública ecológica en función de los riesgos ambientales persistentes para los grupos sociales más vulnerables, especialmente en los países de bajos y medianos ingresos. Para la población urbana, el derecho a la salud ambiental se entiende en el marco más amplio del derecho a la ciudad, tanto en el nivel colectivo como individual.

En este libro abordamos la problemática de la salud ambiental y las desigualdades territoriales para el cuidado de la salud desde la perspectiva de un grupo de mujeres que viven en un barrio de clase popular con múltiples riesgos ambientales, ubicado en la zona norte del conurbano bonaerense. El mismo está atravesado a lo largo por un zanjón resultante de obras de entubamiento inconclusas de un afluente del río Reconquista. El zanjón divide el barrio en términos físicos, sociales y simbólicos, delimitando un lugar “mejor” y otro “peor” para vivir, según las experiencias y categorizaciones de los moradores. A partir de relatos colectivos reunidos en seis grupos focalizados llevados a cabo durante los años 2015 y 2016, recuperamos las experiencias y percepciones de un grupo de mujeres que vivían mayoritariamente del lado “peor” del barrio sobre cómo diversos riesgos ambientales repercuten en su vida cotidiana y las desventajas territoriales que enfrentan cotidianamente para cuidar la salud. Complementamos los relatos grupales con entrevistas y charlas informales con referentes realizadas a lo largo de los años 2015 y 2017 y con nuestras propias observaciones durante las visitas al lugar.

La cuestión de la problemática ambiental, aunque contemplado en la guía de pautas para moderar los grupos, emergió espontáneamente en todos los encuentros. Retomando los emergentes de cada grupo, posteriormente profundizamos en las distintas dimensiones y en los niveles de responsabilidad individual, colectiva y estatal identificados por las participantes por la problemática ambiental. Abordamos teóricamente esta temática, compleja y multidimensional, integrando debates de distintos campos disciplinarios —la sociología médica, la epidemiología social crítica, la salud colectiva latinoamericana y los estudios de la salud de la población (population health)— que crecientemente han puesto el foco en la dimensión espacial de las desigualdades en salud en el espacio urbano. Incorporamos, asimismo, de la sociología urbana y ambiental y de la geografía humana, el concepto de estigmatización territorial para dar cuenta de la experiencia subjetiva y colectiva de la segregación socio-territorial y el impacto en la salud psicofísica de vivir en zonas negativamente valoradas.

Las participantes de los grupos expresaron sus padecimientos y preocupaciones vinculados con cómo el lugar en donde viven afecta la salud personal y la de su familia. También describieron algunas estrategias individuales y acciones colectivas locales para lidiar con los padecimientos ambientales y las desventajas territoriales, y articularon diferentes visiones sobre los niveles de responsabilidad. Un primer emergente destacado fue lo que las participantes de los grupos denominaron la “higiene del barrio”, en relación a la gran cantidad de basura acumulada en las calles y la existencia de espacios públicos transformados en basurales, incluyendo el zanjón del arroyo semientubado y un terraplén convertido en un basural clandestino a cielo abierto ubicado en una de las zonas más relegadas. Ellas expresaron sus preocupaciones por las consecuencias para la salud de convivir cotidianamente con la “mugre”, por la transmisión de enfermedades infecciosas y el mal olor, pero también por el sufrimiento psíquico que genera para algunas vivir en ese contexto. El comportamiento colectivo y la diferenciación de quienes no contribuyen con sus acciones para mejorar la higiene barrial dio lugar a juicios morales. A partir de la responsabilidad por la falta de higiene del barrio atribuida a los propios vecinos, se distingue a los buenos vecinos de los apáticos que descuidan la limpieza de los espacios comunes. Creemos que esta distinción puede entenderse como una expectativa de agencia comunitaria para mejorar la calidad de vida del barrio, en paralelo a la responsabilidad que las mujeres expresaron asumir por la pulcritud del hogar y la socialización de sus hijos en hábitos de higiene personal.

Las valoraciones negativas respecto de los «malos vecinos» (“crotos” y mugrientos”) se potencian por el poco éxito que tuvieron algunas de las actividades de intervención participativa gestionadas desde el CAPS en conjunto con distintas organizaciones barriales para promover una mayor conciencia ambiental en relación al tratamiento de la basura en las áreas más vulnerables del barrio y, de este modo, mejorar la calidad de vida colectiva, además de abordar los determinantes estructurales de las condiciones de vida en el lugar. Por otra parte, en referencia a la basura depositada en las calles y el zanjón principal, los testimonios de las mujeres muestran un panorama fragmentado respecto del alcance y regularidad del servicio público de recolección de residuos según la ubicación de las viviendas, lo que da a lugar a juicios contradictorios acerca de la responsabilidad del Estado en esta problemática ambiental vis a vis la de los vecinos. La presencia de los «carreros» (“los más pobres de los pobres”) problematiza aún más la cuestión de la higiene del barrio, ya que para ellos la basura constituye una fuente de ingreso y son ellos quienes en parte sostienen el funcionamiento del basural ubicado en el terraplén. El círculo vicioso se perpetúa desde el punto de vista de la salud ambiental cuando de los desechos allí depositados se rescatan materiales para la venta o el uso personal o familiar, como la madera para calentar la vivienda en invierno o cocinar que, si bien es un recurso para la subsistencia cuando no se puede costear la compra de garrafas, genera mayores riesgos sanitarios para los sectores sociales estructuralmente más postergados. Las responsabilidades se extienden a actores extrabarriales, especialmente a comerciantes inescrupulosos que descartan materiales en el terraplén por las noches sin que ninguna autoridad municipal intervenga para controlarlo y erradicarlo.

La quema de basura en las áreas más relegadas del barrio también emergió como una problemática cotidiana con su impacto en las enfermedades respiratorias, por el mal olor que produce, e incluso el hollín que genera y que daña la ropa que los vecinos tienden para su secado (considerando que los cortes del agua de red en el barrio son frecuentes y que por su color amarillento algunas mujeres incluso prefieren no lavar la ropa los días en que sale con peor aspecto para no mancharla, y el tiempo que implica el relavado). Las explicaciones de por qué persisten las quemas variaron desde la práctica habitual de los «pendejos» que lo hacen para calentarse cuando hace frío, hasta las falencias en el servicio público de recolección de basura que llevan a los vecinos a no tener otra opción que quemarla para evitar males mayores (el riesgo de contraer enfermedades infecciosas y convivir con el mal olor de residuos orgánicos). Al igual que con otros temas, no siempre hubo acuerdo en los pareceres de las mujeres, ya que algunas que vivían en las cuadras afectadas consideraban que las posibles falencias del servicio de recolección no necesariamente justificaban la necesidad de quemar la basura, diferenciándose de los vecinos que lo hacían.

Por otro lado, no solo son los efectos directos para la salud de la presencia cotidiana de la basura y las quemas lo que preocupa a las participantes de los grupos. También lo es la imagen que se genera del barrio para “los de afuera” y las consecuencias que dicha representación negativa acarrea para la estigmatización del lugar en el que viven. La distinción moral que trazan con los “malos” vecinos crea demarcaciones simbólicas internas (“no somos todos iguales”) y puede entenderse, siguiendo a Wacquant et al. (2014: 1276-1277), como una estrategia de microdiferenciación para afrontar y resistir el estigma territorial impuesto desde “afuera”. Sin embargo, al mismo tiempo, la búsqueda de las mujeres de diferenciarse proyectando imágenes positivas sobre sí mismas y protegiendo su espacio vital (representado por su vivienda y terreno) contribuye a reproducir dicho estigma, al distanciarse de los vecinos que en su parecer sí merecerían portarlo. Aunque reconocen el efecto perverso de los procesos de categorización negativa de aquellos que viven en condiciones de máxima privación material y relegación social, los testimonios muestran cómo la discriminación interna opera en el barrio. Vemos, de este modo, cómo problemáticas que analíticamente podemos ubicarlas en el “ambiente físico”, como lo son la basura acumulada en espacios públicos y las quemas, tienen incidencia y están entrecruzadas por el “ambiente social” (los conflictos interpersonales que se suscitan entre vecinos por la higiene barrial y sus implicancias para producir divisiones internas y categorizaciones morales).

La presencia de basura en las calles también significa una mayor incidencia de inundaciones, que son una amenaza permanente para la salud de adultos y niños y además producen importantes pérdidas materiales en las viviendas. Aquí observamos cómo dos problemáticas del ambiente físico están interconectadas y potencian sus efectos negativos para la calidad de vida de las familias cuyas viviendas están ubicadas más cerca del río Reconquista, tratándose de uno de los ríos más contaminados del país. La presencia de basura es una de las causas de las inundaciones al obstruir la circulación del agua en las calles, a la vez que empeora las consecuencias de la inundación. El muro que separa a la urbanización cerrada más próxima al barrio, a la vez delimitado por un alambrado, también agrava la situación, al haberse constituido en una tierra “de nadie” donde se acumula basura que la Municipalidad no retira, situación que dificulta el drenaje del agua cuando llueve fuerte. Las mujeres, sin embargo, expresaron versiones encontradas sobre el impacto de las inundaciones que tienen los barrios cerrados linderos que están construidos a mayor altura que los terrenos del barrio. En este sentido, señalamos que los problemas ambientales y las causas que los generan pueden superponerse y ser difíciles de identificar por parte de los afectados, dificultando de esta forma las posibilidades de emprender acciones colectivas frente a la problemática y las demandas de intervención al Municipio. Al mismo tiempo, los relatos muestran una marcada ausencia estatal, o al menos ineficacia, en materia de prevención y reparación de daños, ya que son las familias con sus propios recursos las que tienen que emprender medidas preventivas y/o hacer frente a los daños materiales en sus viviendas producto de las inundaciones. A esta situación se suma que las obras no terminadas en el zanjón principal significaron un mayor riesgo de contraer enfermedades por la plaga de ratas que generó la remoción de la tierra para el entubamiento. Que los chicos jueguen cerca del zanjón también es una fuente de preocupación, por ser un foco infeccioso y de riesgo de accidentes que podrían evitarse con inversión en obras públicas (limpieza periódica del arroyo y relleno definitivo del canal principal).

Otras dos temáticas relativas al ambiente físico están vinculadas con la infraestructura de servicios públicos del barrio, con la particularidad de afectar a los vecinos por igual, aunque las posibilidades de afrontar los riesgos potenciales o efectivos que generan varían acorde a los recursos del grupo familiar. Por un lado, las mujeres destacaron los problemas de la provisión del servicio y la mala calidad del agua de red (a los cortes recurrentes se suma el fuerte olor a cloro, el color amarillento y los sedimentos que arrastra el agua). Quienes pueden hacerlo compran bidones o utilizan filtros para beber el agua de la canilla, lo que representa un gasto considerable en el presupuesto familiar. A quienes no les “queda otra” que tomar el agua de la red utilizan otras estrategias de cuidado, como dejar reposar el agua para que decanten los sedimentos o agregarle gotas de lavandina o vinagre para higienizar alimentos crudos. Pero la falta de información sobre el uso seguro de lavandina o la utilización de segundas marcas más económicas pero de dudosa calidad también hacen que la lavandina sea considerada un riesgo para las familias del barrio por su posible toxicidad. A su vez, existen visiones encontradas sobre las consecuencias que tiene para la salud el consumo del agua de red: mientras algunas participantes señalan cambios en la salud de miembros de su grupo familiar a partir de dejar de consumirla o filtrarla, otras señalan que han consumido toda su vida y no han tenido inconvenientes. Otra temática común vinculada con la infraestructura del barrio es la ausencia de red cloacal, aunque posiblemente debido a que es una problemática compartida por aproximadamente el 80% de los hogares del partido y más de la mitad de los hogares del conurbano bonaerense, solo fue mencionada en uno de los grupos. Al constituir la norma más que la excepción en la zona esta situación parece haberse “naturalizado”.

A diferencia de las dos temáticas anteriores, un conjunto de problemáticas vinculadas con la infraestructura y la oferta comercial, entre otras dimensiones del ambiente construido, son muy diferentes en uno y otro lado del zanjón principal que atraviesa el barrio, marcando fuertes contrastes en las calidades de vida de las dos zonas. Del lado “peor”, algunas calles son de tierra o tienen profundos pozos que dificultan la circulación de las personas y los vehículos, las veredas están a la misma altura de la calle, hay zanjas no tapadas que dificultan la circulación y los vecinos deben utilizar garrafas por ausencia en las viviendas de conexión a la red de gas natural. Del otro lado, no solo es mejor la infraestructura vial, sino que las viviendas cuentan con conexión a la red de gas natural, tienen una mayor cantidad de comercios de alimentos con una oferta más variada de productos (y con mejores condiciones de preservación para evitar las ETAs, según la apreciación de algunas de las participantes de los grupos) y los vecinos están próximos a las paradas de la única línea de colectivos que llega hasta el final del barrio. También están más cerca de un recurso altamente valorado por las mujeres para su bienestar psicofísico y el de sus familias, como lo es el Polideportivo municipal. Asimismo, de ese lado se encuentran las escuelas y los jardines de infantes a los que las mujeres prefieren enviar a sus hijos.

Todo lo anterior genera una circulación unidireccional de los vecinos, de forma tal que quienes viven del lado “peor” deben ir al lado “mejor” para diversas actividades cotidianas y para satisfacer necesidades de consumo y transporte, pero no a la inversa. La expresión “parecen dos barrios en uno” sintetiza las diferentes calidades de vida de uno y otro lado y entre “los más pobres” y los que “viven un poquito mejor”. El flujo unidireccional en la circulación de las personas entre los dos barrios que el zanjón divide también se expresa con contundencia cuando una de las participantes concluye que “la gente de allá no cruza para acá (…) ellos para acá no tienen nada que hacer”. Estas divisiones revelan experiencias cotidianas de segregación socio-territorial en escalas intrabarriales.

Las diferencias también se hacen visibles en las condiciones habitacionales, ya que, en el lado “mejor”, suele estar construida una sola casa por lote, mientras que, en el lado “peor”, lo más típico son varias viviendas en un terreno. Se visibilizan, asimismo, en la calidad de la tierra, que significa la imposibilidad del armado de una huerta familiar en el lado «peor», especialmente en las casas levantadas sobre terrenos inundables con agua contaminada del río Reconquista y rellenados en parte con desechos, con la excepción de que sea en cajones o macetas. La presencia del programa Pro-Huerta en el barrio, para mejorar la calidad de la alimentación de los grupos sociales más vulnerables, no tuvo en estas condiciones un impacto importante, desde la experiencia que nos transmitieron las mujeres. Por su parte, la limitación del alcance territorial del Plan municipal de separado y reciclaje de la basura al lado “mejor” es una forma explícita de discriminación institucional que contribuye a la estigmatización del barrio (Wacquant et al., 2014; Pearce, 2012; Kessler, 2012).

El barrio, sin embargo, cuenta con recursos comunitarios para el cuidado de la salud ubicados en el “punto medio” entre uno y otro lado del zanjón, entre ellos el CAPS, que desde hace unos años se relocalizó en un extremo del barrio y tiene un fuerte anclaje territorial. Está ubicado en un terreno donde nace el boulevard que la Municipalidad edificó cuando realizó la obra de entubamiento parcial del arroyo. En el boulevard también se trazó un circuito para caminatas y ejercicios físicos que varias mujeres mencionaron como una iniciativa muy positiva por parte del gobierno municipal. Cuando se inauguró años atrás, las autoridades municipales anunciaron en medios periodísticos locales el “fin del estigma” que pesaba sobre el barrio. Junto con el efecto positivo de la obra para la disminución del riesgo ambiental, el espacio urbanizado se presentaba como una interface para unir a los vecinos de ambos lados del zanjón y así superar divisiones sociales existentes. También se anunció en ese momento el inicio de la obra de red fina de cloacas que se conectaría con el colector que estaba construyendo la empresa AySA. Han pasado varios años desde que finalizó esta primera etapa de la obra. El entubamiento del canal no prosiguió y la red cloacal prometida por la gestión municipal aún no llegó al barrio. Los vecinos continúan reclamando al Municipio obras de saneamiento y la limpieza periódica de la sección del zanjón que permanece sin entubar, por los problemas de inundaciones que acarrea, por ser un foco infeccioso, y una fuente de riesgo de accidentes para los niños y jóvenes que juegan en el pequeño pastizal que lo rodea. El zanjón persiste y continúa dividiendo territorios en términos físicos y simbólicos, así como la sociabilidad, las interacciones y las circulaciones de sus moradores. Se trata de efectos de la estigmatización territorial que persisten en el tiempo y que, en gran parte, también son producidos y reproducidos “desde arriba” (Wacquant et al., 2014; Pearce, 2012), debido a la falta de políticas y prioridades del gobierno municipal para garantizar el derecho a la salud ambiental y a la ciudad, con obras de infraestructura y provisión de servicios básicos de saneamiento en áreas que continúan muy postergadas.

Las mujeres también refirieron a los constantes episodios de violencia interpersonal e inseguridad perpetuadas entre vecinos, que son comunes a las documentadas en otras áreas periféricas del conurbano bonaerense (Auyero y Berti, 2013; Auyero y Swistun, 2008), y que generan un sentimiento y experiencia de vulnerabilidad compartida cuando el delito se vuelve parte de la cotidianeidad (Alarcón, 2016). Si bien la inseguridad y la violencia interpersonal están presentes en ambos lados del zanjón, según los testimonios reunidos se concentran en el lado “peor” y en algunas cuadras en particular que, de acuerdo al relato de una de las referentes consultadas, son denominadas como la “zona roja”. La inseguridad y la violencia interpersonal tienen efectos negativos sobre la salud física y el bienestar psíquico. Además generan pérdidas materiales, cuando son producto de robos y hurtos callejeros, pero también de ingresos como consecuencia de la pérdida de días de trabajo por lesiones generadas cuando son acompañados por violencia hacia las personas. La presencia cotidiana de episodios de inseguridad restringe la sociabilidad y la circulación por determinadas zonas y cuadras del barrio y lleva a una vigilancia familiar intensificada de los niños y adolescentes. El encierro y el control constante constituyen una estrategia de protección que resulta en una sociabilidad territorialmente restringida (Kessler, 2012: 176). Las restricciones en las salidas y las preocupaciones acerca de la inseguridad en general encuentran su foco en el problema de las «juntas». Las mujeres refirieron con esa denominación a los niños y adolescentes que se reúnen en las esquinas, identificándolos como fuentes de inseguridad y de agresiones verbales y físicas y vinculando estas conductas con el consumo problemático de drogas. La organización de los hombres de la comunidad paraguaya para correr a las «juntas» es percibida como una medida de seguridad y protección en la calle. Si bien constituyen una forma de solidaridad intragrupal, se trata de acciones que también generan un efecto perverso de estigmatización interna hacia los niños y jóvenes más vulnerables que se encuentran en una situación de fuerte desprotección social y familiar, además de contribuir a divisiones barriales en términos de relaciones interétnicas. Por otro lado, para estos niños y jóvenes se han desarrollado soportes comunitarios y espacios de contención a través de la participación del equipo de salud del CAPs y de otras organizaciones locales (mediante talleres, charlas y otras intervenciones).

Los robos también afectan a los servicios de salud públicos del barrio, ya que deterioran la calidad de la atención primaria en las zonas con mayor vulnerabilidad socio-sanitaria. De algunas postas se llevaron medicamentos e instrumental y se dañaron las instalaciones, todo lo cual tiene consecuencias en las condiciones de trabajo del personal y la atención que pueden brindar (en una de ellas la manguera que traía el agua desde la canilla de la calle al interior del edificio había sido robada, con lo cual solo contaban con agua de bidones). Incluso, por temor a la inseguridad y al “mal ambiente”, una participante de los grupos prefería caminar muchas más cuadras para ir al CAPS que atenderse en una posta muy cercana a su vivienda. Las postas, paradójicamente, se ubicaron estratégicamente en las zonas más vulnerables del barrio para acercar la atención médica a los vecinos. También se señaló que por temor a robos y por un episodio de violencia que se generó por la tardanza en el servicio, las ambulancias municipales no quieren entrar a determinadas zonas del barrio o llegan “tarde” (trazando aquí el paralelo con la acción de la policía cuando se reclama su presencia por robos en la calle o en las postas). A esto se suma que a veces las ambulancias pueden encontrar problemas para ubicar la dirección de la vivienda debido a la ausencia de señalización y la numeración de algunas calles, poniéndose en evidencia, nuevamente, la falencia estatal en materia de planificación urbana. Las consecuencias de esta situación llegan incluso a casos extremos de muertes evitables, como el de una vecina que falleció por un edema de glotis. Al mismo tiempo, una de las referentes relativizó la posibilidad de que las ambulancias sufran robos y violencias al entrar al barrio, ya que son los mismos vecinos quienes las cuidan durante su trayecto, poniendo de relieve mecanismos colectivos de resguardo y solidaridad.

La situación de segregación y marginación se replica con los remises ajenos al barrio reticentes a entrar al lado «peor», dejando a quienes los toman lejos de sus viviendas y reforzando desde afuera el estigma que pesa sobre los habitantes del lado “peor”. La diferenciación se expresa con crudeza —aunque se lo haga en un tono de broma— para quienes resultan discriminadas y aisladas, cuando una de las participantes comenta que para los remiseros que detienen el viaje cuando llegan al zanjón están las residentes “mejorcitas” y las “peores”. La movilidad vulnerable producto de procesos de discriminación estructural no solo afecta los desplazamientos cotidianos de los vecinos de las zonas más postergadas del barrio, sino que también los expone a un riesgo adicional frente a episodios de salud que requieren poder entrar y salir del barrio con rapidez, como por ejemplo, cuando se necesita acudir a una guardia médica, si no se dispone de auto en el hogar o en las redes vecinales, habida cuenta de las demoras en llegar de las ambulancias que describieron varias participantes de los grupos y referentes barriales.

A lo largo de los capítulos del libro analizamos las múltiples y superpuestas problemáticas ambientales y desventajas territoriales que las mujeres que participaron de nuestro estudio y sus familias enfrentan en su vida cotidiana para el cuidado de la salud. Retomando a Morello-Frosch (2011), las desventajas territoriales tienen un efecto acumulativo e interactivo derivado de múltiples factores ambientales y estresores sociales que afectan negativamente la salud de los grupos sociales más vulnerables. Al mismo tiempo vimos cómo las diferencias en el ambiente construido y social entre uno y otro lado del barrio, incluyendo los contrastes en la prestación de servicios públicos básicos, reflejan políticas públicas de desinversión que contribuyen a la generación de estigmas territoriales que pesan sobre los habitantes del lado «peor» (Wacquant et al., 2014; Pearce, 2012). Entre los efectos de la estigmatización territorial se encuentran las restricciones para el cuidado de la salud, incluyendo la movilidad vulnerable y la circulación unidireccional de los habitantes hacia el lado “mejor” del barrio para satisfacer necesidades de consumo alimentario, de transporte y de recreación. Además resultan afectadas las relaciones sociales y la identidad colectiva y personal. El problema irresuelto de la producción y el tratamiento de la basura en las áreas del barrio más relegadas (en gran parte por falta de políticas provinciales y municipales de obras públicas y de control local para erradicar basurales a cielo abierto y proveer un servicio de recolección más eficiente) genera múltiples riesgos ambientales para la salud de niños y adultos del lado “peor”, pero también efectos estigmatizantes desde “afuera” y desde “adentro”, por el “mal aspecto” de las áreas más relegadas, como también lo hace la concentración de episodios de violencia interpersonal y de inseguridad en dichas áreas.

La problemática que abordamos en nuestro estudio es compleja y multidimensional en sus mecanismos de causación y efectos, para cuya mitigación se requiere la intervención estatal para garantizar el derecho a la ciudad y a la salud ambiental. Creemos que nuestra investigación contribuye al estudio empírico de la temática en dos sentidos: al haber tomado un barrio que no reúne las características de hiperdegradación y/o sufrimiento ambiental por proximidad a polos industriales altamente contaminantes abordados en otros trabajos (Curutchet et al., 2012; Grimberg et al 2013; Auyero y Swistun, 2008), pero que aun así concentra múltiples riesgos ambientales para la salud a los que están expuestos cotidianamente un conjunto de vecinos del amplio espectro de los barrios populares del conurbano bonaerense y, segundo, por contribuir al conocimiento de procesos de estigmatización territorial producidos desde “arriba” y desde “abajo” y sus efectos para la salud psicofísica de sus moradores en barrios que no son los más típicamente estigmatizados. Los barrios emblemáticos de la estigmatización territorial son aquellos que adquieren amplia notoriedad negativa en los discursos públicos y mediáticos, como lo son villas, asentamientos y barrios de viviendas sociales ubicados en los lugares más bajos de la jerarquía del espacio urbano (Kessler, 2012; Wacquant et al. 2014). El barrio por nosotros abordado permanece más anónimo en las representaciones mediáticas y el conocimiento popular, no obstante lo cual, sus habitantes afrontan cotidianamente varias de las consecuencias de la discriminación espacial.



Deja un comentario