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2 La salud ambiental desde las perspectivas y las experiencias
de las mujeres

La “higiene del barrio”: riesgos para la salud, niveles de responsabilidad e identidad barrial

La “higiene del barrio” surgió en los grupos focalizados como un problema del barrio en referencia, sobre todo, a la responsabilidad de los vecinos por la basura tirada en veredas, calles y zanjones que lo atraviesan y circundan. Las participantes que mencionaron este aspecto lo hicieron en un marco más general de preocupación por la higiene personal y de la vivienda para evitar contraer enfermedades infecciosas. Siendo la mayoría de ellas madres con niños pequeños y adolescentes, el cuidado de la limpieza es una responsabilidad que ellas asumen en el hogar y un buen hábito que buscan transmitir a sus hijos:

Pilar: La higiene personal, la higiene de la casa. Porque también tu higiene personal también si tenés hijos es como que también a ellos le traspasás lo mismo. Y la higiene de la casa porque se basa en todo, si no hay limpieza en la casa es como que… de ahí vienen también muchas bacterias, mucha enfermedad (…).

Martina: Claro, es como poner comida arriba del plato sucio vendría a ser, es lo mismo. Si está sucio estás comiendo la mugre que… o lo podrido que quedó del plato.

Florencia: Claro.

Moderadora: Vos decías lo que se huele…

Florencia: Y sí, porque por ejemplo el baño es específico que tengas el baño limpio, porque si no el nene apoya la cola, pone la mano en el inodoro, y eso también es… personal, ¿no?

Pilar: Que también trae enfermedades, entonces es como que si no empezás… hay que empezar desde la casa, desde la higiene personal, la higiene de la casa.

Florencia: Sí, la enseñanza viene de la casa. Los chicos van a aprender también por ese tema, cómo es la mamá. Si la mamá es sucia va a ser sucio.

Victoria: La mamá y el papá.

Florencia: También, claro, tal cual, el papá también participa en esto (risas). (…)

Pilar: El cepillado de los dientes. Ay, yo que estoy tanto… estoy cansada de decirle a Mariano que se cepille los dientes todas las noches, agotadorrr (Grupo 6).

Siguiendo la literatura sobre género y salud, las mujeres tienden a prestar una mayor atención a la salud y a asumir una mayor responsabilidad como cuidadoras de sus hijos, la pareja y otros miembros del grupo familiar (Annandale, 2010; 2015, Rieker, Bird y Lang, 2010; Findling y López, 2015; Freidin y Krause, 2017, entre otros). Se advierte, sin embargo, sobre la importancia de evitar visiones de género estereotipadas y a la importancia de atender a la interseccionalidad con la clase social, la etnia y las diferencias generacionales. En su estudio con mujeres de sectores populares, Prece, Di Liscia y Piñero (1996) muestran su protagonismo en las conductas sanitarias del grupo familiar. En el extracto anterior, Florencia y Pilar dejan en claro que son las madres las que tienen la responsabilidad en el hogar de socializar a los hijos en hábitos de higiene protectores de la salud. Sin embargo, cuando Florencia (47 años) afirma “si la mamá es sucia [el hijo] va a ser sucio”, Verónica (28 años) replica “la mamá y el papá”. Esta última intervención, que genera risas en el grupo, indicaría diferencias generacionales en las exceptivas de los roles parentales, aunque más no sea en el plano de lo deseable[1].

En el Grupo 4, las mujeres resaltaron la importancia de cuidar la higiene no solo para evitar contraer enfermedades infecciosas, sino también para acceder a recursos comunitarios altamente valorados por las participantes. La referencia fue al polideportivo municipal del barrio que ofrece diversas posibilidades para la práctica deportiva y que las mujeres aprecian por sus beneficios para la salud física y el bienestar emocional, además de constituir un espacio-tiempo para suspender sus preocupaciones cotidianas y socializar con otras mujeres. El polideportivo tiene un sistema de cupos y de control de asistencia para no perder la vacante, acorde a la evaluación de las participantes la cuota es baja comparada con la oferta privada de clubes y gimnasios de la zona. Según Mara, es el control médico el que impone la principal barrera para acceder a este bien comunitario, que cuando no se satisface constituye un criterio de exclusión que genera marginación y distinciones entre unos y otros en el barrio:

Mara: Tenemos el poli. La realidad es que el poli es algo que utilizamos mucho. Mis hijos van los dos a natación, [nombre del hijo] desde que tiene seis meses va a natación, [nombre de la hija] desde que tiene cuatro años, y hacen todo, danza, ahora este año fue a patín, yo fui a natación, vamos a usar la pileta durante todo el año y es algo que está buenísimo. También no va toda la gente del barrio al poli, va la gente que puede.

Moderadora: Hay que pagar, ¿no?

Mara: Sí, no es una cuota alta, tenemos una cuota accesible pero también en esto, de la higiene, de la revisación médica, de pasar los controles, de ir, porque la realidad es que es algo que es para todos, y no va la gente (Grupo 4).

La distinción entre los vecinos se extiende al cuidado de la higiene del barrio. Si en el hogar son fundamentalmente las mujeres-madres las responsables de la pulcritud de la casa y de socializar a los hijos en hábitos higiénicos, en el barrio se espera que los vecinos se comprometan a cuidar el medio ambiente, en particular, respecto a qué hacer con la basura para evitar “vivir en la mugre”:

Moderadora: Cuando vos decías [antes] la higiene, ¿a qué te referías? Al principio, ¿te acordás que dijiste higiene?

Mara: A todo, lo que implica en la casa y en el barrio.

(Silencio)

Moderadora: ¿Qué, concretamente?

Mara: En casa me tengo que ocupar yo de la higiene (risas), de todos. Pero en el barrio, en general, lamentablemente vivimos, por lo menos de este lado del barrio, en la mugre, literalmente. Vos salís a la calle y caminás arriba de la mugre muchas veces, y no es precisamente por falta de recolección, es porque la tiran los vecinos en la calle. Porque es lo mismo tirarla en la calle que ponerlo en el cesto de basura, es lo mismo, entonces también está lleno de perros, los perros la rompen, la desparraman, y así vivimos, juntando pañales de los vecinos todos los días del medio de la calle para poder pasar. (…) [Es] algo que agrede mi salud mental (risas) Sí, es verdad (Grupo 4).

Si bien Mara refiere en un tono chistoso a la agresión a su salud mental que representa la presencia cotidiana de basura en las calles, incluyendo los pañales sucios que depositan sus vecinos, su comentario es consistente con estudios epidemiológicos que documentan la asociación entre los niveles de depresión de la población y la percepción que tienen del ambiente físico en el que viven (Diez Roux y Mair, 2010:130). Vivir en un lugar que se percibe negativamente puede ser una fuente de estrés constante y duradero en el tiempo, que puede afectar la salud mental y generar angustia psicosocial (Leslie y Cerín, 2008: 1-2). En particular, la existencia de “desorden” en el medioambiente físico (physical disorder), como lo es la presencia cotidiana de basura en las calles, puede generar en el largo plazo depresiones crónicas y ansiedad (Ross, 2011). El contraste entre la falta de control del ambiente físico barrial y la capacidad de agencia con la que se auto-presentan las mujeres de los grupos para controlar la higiene del hogar y para transmitir hábitos protectores de la salud a los hijos puede incrementar el sentimiento de alienación respecto del barrio (Ross, 2011). Sin embargo, no necesariamente lleva a actitudes de retracción y aislamiento. Como veremos más adelante, la higiene barrial es una preocupación de las distintas organizaciones territoriales nucleadas en la red comunitaria a partir de la cual se han llevado adelante iniciativas colectivas para mejorarla. Aunque las mismas han sido en gran parte infructuosas hasta el momento, no obstante, expresan demandas y búsquedas de soluciones colectivas a problemas que afectan la calidad de vida y la salud de los habitantes del lado “peor” del barrio.

Para dar cuenta de la gravedad y la naturalización de “vivir en la mugre” por gran parte de los vecinos, Mara cuenta que la puerta de la escuela primaria cercana al lugar, donde estábamos haciendo el grupo focalizado, se ha transformado en una suerte de basural. Allí los adultos depositan las bolsas con residuos, que luego los chicos utilizan para marcar los arcos para jugar al futbol en la vereda. Y, como en otras partes del barrio, los perros de la calle hacen su parte, rompiendo las bolsas y desparramando más basura:

Mara: Acá el basural está en la puerta de la escuela. La gente camina por la cuadra hasta llegar a la puerta de la escuela y tiran la basura ahí. Todo lo que se te pueda ocurrir. Entonces van los perros, lo rompen. En esa misma esquina los chicos juegan a la pelota, y los arcos son bolsas de basura, que después terminan rotas en el medio de la calle. Y los chicos juegan en esa misma basura, y revuelven esa misma basura. Entonces a quién vas a concientizar, a los padres que les permiten ir a jugar arriba de la basura…

Clara: Que son los que la tiran.

Mara: Cuando los mismos padres son los que la tiran. (…) La Municipalidad ¿qué hace?: viene y la junta todos los días y mañana la tiran otra vez, en la puerta de una escuela (Grupo 4).

De manera similar, en el Grupo 5, Susana marca el contraste entre su preocupación por la higiene y estética de su casa y terreno con la desidia manifiesta de los vecinos. Incluso plantea, avanzada la conversación, si corresponde hablar del tema de la basura en relación al cuidado de la salud, cuando antes se habían tratado cuestiones que parecerían estar más directamente vinculadas, como el acceso a la atención médica o la dudosa calidad del agua de red en el barrio. Consensuada la relevancia por otras participantes, la conclusión a la que arriba Susana, “no todos somos iguales”, sintetiza las demarcaciones simbólicas entre los vecinos en torno a la responsabilidad que les cabe por la suciedad del barrio y sus implicancias para la construcción identitaria de unos y otros:

Susana: Porque te da rabia, porque vos tenés todo limpito en tu casa, cortás el pasto, no dejás un papelito, yo ando alzando los huesos de los perros, que queda lindo. Ya el vecino me ve, corta el pasto también, y vos salís a media cuadra y están pañales tirados, todo. Está bien, no sé si tengo que hablar eso o si les corresponde [en este grupo]… coso, pero me sale así, qué sé yo. Ustedes hablaban del agua, estaban hablando del médico…

Margarita: [interrumpe] Todo tiene que ver con la salud, igual.

Susana: … Del médico, de médicos, qué sé yo, no sé, salimos con el agua, la inundación, pero bueno.

Moderadora: Y la basura también.

Margarita: Sí, también tiene que ver.

Susana: Todos no somos iguales. (Grupo 5)

El cuadro de situación que describen las participantes es que, cuando salen de sus casas, tienen que convivir con la suciedad generada por los vecinos, sea por la basura depositada en las calles o a lo largo del zanjón central que divide el barrio en términos físicos, sociales y simbólicos. Se suma la presencia de perros callejeros que rompen las bolsas y generan más basura y mugre, incrementando el riesgo de contraer infecciones, además de dar mal aspecto “para los de afuera” —con sus efectos estigmatizadores— y mal olor en las zonas donde el problema es más acuciante. La descripción concuerda con la de otros barrios similares del conurbano bonaerense, y en donde sus residentes expresan las mismas quejas sobre las responsabilidades de los vecinos por la basura en las calles, junto con la que le cabe al Municipio en la tarea de recolección (ver Auyero y Berti, 2013, entre otros). Las mujeres comentan, además, que algunos perros callejeros tienen signos evidentes de sarna y se responsabiliza principalmente a los vecinos por la presencia de estos en las calles, pero también a las autoridades municipales por no intervenir para sacarlos:

Florencia: Aparte los perros que a veces están enfermos también, los perros que andan en la calle están enfermos, tienen sarna, eso también…

Martina: Agarran la basura.

Florencia: Los chicos andan también jugando ahí, eso también, complemento de la Municipalidad, también tendrían que ver eso.

Martina: No, no solamente de la Municipalidad, de la gente, porque si tenés un perro lo tenés que tener en tu casa y cuidarlo, no dejarlo en la calle para que se llene de sarna o tirarlo en la calle.

Florencia: Viste, por eso te digo.

Martina: Si tenés perro y no querés seguir teniendo perritos castralo. Y si querés tener limpio donde vivís, dejá de tirar mugre en el zanjón. Porque todos los días se ve, o cuando pasás, que viene alguien y tira la bolsa.

Florencia: Y, sí, eso es cierto.

Martina: Pero ponela en el cestito, que van a venir y se lo van a llevar, no seas croto mugriento. “Sorry” que lo diga así pero… es un asco.

Florencia: Es cierto, yo lo he visto muchas veces a la mañana ir a trabajar y… pasan, tuc, tiran la basura al zanjón. (…) ¡Pará un poco! Es tu barrio, loco, ¿por qué no cuidás? No lo entiendo. (…) Pero te jode, porque ves cosas que… uno mismo tendría que cuidar… (Grupo 6).

Al igual que en el Grupo 6 donde las actitudes de desidia de los vecinos frente a la basura depositada en los espacios públicos llevan a las participantes a caracterizarlos como “crotos” y “mugrientos”, en el Grupo 5 también se los culpabilizó por la falta de higiene del barrio. Las participantes concuerdan en que la Municipalidad cumple con la tarea de recolección y limpieza y que son los vecinos “sucios” y con “malos hábitos” los que hacen, de este lado, que el barrio se vea mal para los de afuera y que el zanjón central se haya convertido en un basural y depósito de cosas viejas y chatarra:

Susana: Si hay basura es por la gente. Porque el basurero pasa todos los días, el de las ramas pasa martes y sábado o martes y jueves, y el que tira basura en el zanjón es porque es sucio.

Teresa: Tienen el mal hábito.

Susana: Porque pasa el basurero. Si no tenés basurero, un coso para poner la basura, colgalo en el árbol, en un palo, pero ya porque la gente alguna es sucia [Teresa acuerda], vos ves en el zanjón bolsas, lavarropas… ¿Por qué tiran en el zanjón, que da mala vista al barrio? Si vos tenés una heladera vieja, ponela ahí en tu terreno ahí afuera, que pasa el camión y lo lleva. Una heladera vieja, un sillón, un colchón. ¿Por qué tienen que ir a tirar allá en el zanjón?, que toda la gente que viene de otro lado, qué sé yo, es mal aspecto del barrio, no sé, si pasan los basureros.

Gisela: Y viste que hay gente que barre la calle también.

Susana: Sí, todos.

Gisela: Todos los días barren, pero para la tarde ya está todo una mugre.

Susana: Encima ahora taparon un poco el zanjón, quedó más lindo, pero siguen tirando basura. No sé, yo a veces tengo ganas de hacer un cartelito y tirar en el terreno para que no tiren más, viste (Grupo 5).

Se trata de una problemática general de la parte del barrio ubicada del “peor” lado del zanjón, pero las mujeres señalaron algunas diferencias según el área en la que viven de ese lado. Si bien la mayoría de las participantes acordaron en que no pueden responsabilizar a la Municipalidad por la presencia de basura en las calles, otras dijeron que por su cuadra no pasaba el camión recolector ni el barrendero y que, ante la falta de este servicio público, los vecinos quemaban la basura en la calle, lo que contribuye a la contaminación ambiental, afecta la salud de niños y adultos, además de generar mal olor y ensuciar la ropa tendida para su secado en las viviendas cercanas. En el Grupo 2 se plantearon dudas acerca de si efectivamente la Municipalidad cumplía con la tarea de recolección en las cuadras cercanas a su vivienda por las quemas constantes de basura. Incluso una de las participantes atribuyó la quema a los adolescentes (los “pendejos”) que se juntan en las esquinas y hacen fogatas para entrar en calor en invierno:

Carla: Yo vivo enfrente del arroyo [y] seguimos quemando basura, esa es otra de las cosas, acá se quema mucho la basura. Yo no sé si de este lado pasa el basurero, ¿Eliana, pasan los basureros de este lado?

Mariana: Sí. A nosotros siempre.

Carla: ¿Por qué tiran en la esquina y después la queman?

SI: Ni idea.

Carla: Yo pensé que no pasaba el basurero.

Eliana: Pasa, pero no junta toda la basura que tienen que juntar en todos lados.

SI: Lo tiran todo.

Patricia: No, los miércoles y sábados pasan los de la calle, basura grande, y después de lunes a sábados pasan los de los canastos.

Carla: Sí, porque igual siguen tirando y siguen prendiendo fuego…

Patricia: Pero la gente sabe que pasan los miércoles y los sábados. Y ellos sacan los jueves y los domingos.

Carla: Sí, es así

Mariana: ¿En la esquina del quiosco?

Carla: En todas las esquinas prenden fuego todas las noches.

Mariana: Porque ellos sacan toda su basura a la noche, queman.

Patricia: Son los pendejos que andan en la calle. Tienen frío y queman…

Mariana: El basurero siempre pasa, llevan la basura siempre.

Carla: Claro, no, sí, pero pensé, digo a lo mejor no pasa de este lado (Grupo 2).

La situación es peor en una de las áreas más vulnerables donde viven los “carreros”, donde hay un gran pastizal —el “terraplén”— lindero a una posta sanitaria y a un conjunto de viviendas sociales de más reciente construcción, el denominado “barrio nuevo”. Cuando llevamos a cabo el trabajo de campo, no pasaban el basurero ni el camión recolector por algunas calles que permanecían cerradas porque parte de la obra subsidiada con fondos del Gobierno Nacional había quedado interrumpida. Si bien en esa zona hay contenedores colocados por el Municipio, algunas mujeres aseguraron que según la ubicación de su vivienda los vecinos tenían que caminar varias cuadras para depositar allí las bolsas con residuos y que, por miedo a que les roben en la calle durante la caminata, quemaban la basura o la dejaban directamente en la vereda. Quemar o no basura —como vimos— es una práctica que varias de las participantes consideran que distingue a quienes les interesa y a quienes son indiferentes a la higiene del barrio, debido a sus efectos contaminantes. Teresa, por ejemplo, al contar cómo era la situación en el área más próxima a su vivienda, aclaró que ni ella ni sus vecinos de la cuadra quemaban basura, aunque tuvieran que caminar un trecho buscando algún cesto donde dejar las bolsas —porque incluso los robaban—:

Teresa: No, no pasa el basurero [por su cuadra], están los containers y vos lo tenés que dejar en el container. Porque todavía el barrio… ponele, yo vivo en [calle X] ¿no? Las calles, como la obra no está terminada, porque se tienen que hacer todavía departamentos y casas, entonces la [calle X] está cerrada (…).

Asistente 1: ¿Y cuánto tenés que caminar para tirar la basura?

Teresa: Tres cuadras. Hay veces que… bueno, ahora no sé por qué, pero está habiendo mucha inseguridad que te roban hasta el tacho de basura.

Asistente 1: ¿Y la gente a veces por esto de la inseguridad y por no tener que caminar unas cuadras la quema, o hace otras cosas, digamos?

Teresa: No, buscamos otro tacho que haya por ahí para tirar la basura, porque si no, no la podemos tirar. No, yo no quemo basura.

Asistente 1. ¿Y algunos de tus vecinos queman o…?

Teresa: En mi manzana… por ejemplo no, no hacen esas cosas. Bah, como que dentro de todo es media limpia mi manzana. Sí, no, en eso no. No quemamos nosotros, vamos y buscamos otro tacho (Grupo 5).

En la experiencia de una de las referentes barriales que entrevistamos en el año 2016, cuya vivienda estaba ubicada próxima al río Reconquista y al terraplén, la quema de basura es inevitable para los vecinos que no tienen acceso al servicio de recolección en su cuadra, aunque son conscientes del perjuicio que ocasiona para todos por la contaminación del aire. Reproduciendo un diálogo que mantuvo con la delegada barrial ante el Municipio por la problemática de las quemas y la demanda del servicio de recolección, nos cuenta:

«Pero por el terraplén, por eso yo le había dicho, viste, a [la delegada] cuando vino acá. Le digo: “los basureros tienen que pasar por todos…” “Sí, por todos lados” “Sí, pero no pasa por el terraplén”, le digo, “no pasa por el terraplén. Porque nosotros estamos tirando la basura cerca del río y tenemos que quemarla a la noche, supongamos, o cuando no haya viento, porque también perjudicamos a los vecinos con el humo”. Y me dice “Sí, tiene que pasar”. “¡Pero no pasa, te estoy diciendo!”. “Y tenés que avisarnos”. “No, ustedes tienen que salir a revisar”.

Otra referente también nos contó que con la ampliación del servicio de recolección de basura el problema de la quema quedó mayormente circunscripto a las áreas más postergadas donde viven los más pobres:

«Una vecina pegadito a mi casa te prende fuego las hojitas todos los días, y yo que sufro de los bronquios a veces me tengo que ir, tengo que salir para allá porque el olor me mata, además de la ropa que la tenés que sacar y si te olvidaste la tenés que lavar de nuevo. Pero eso se hace en muchos lados. Que se hace menos ahora de lo que se hacía antes, porque antes cuando el basurero no pasaba, todo el mundo quemaba la basura en la casa. En el fondito de la casa tenías un lugar donde la ponías ahí y la quemabas. Y ahora pasa en la parte del barrio más pobre, más vulnerable, que es la parte de los carreros, cuando hacen esas fogatas allá atrás, es impresionante».

El problema de la basura se agrava en las zonas más relegadas del barrio, no solo porque hay perros en las calles, sino también otros animales, como caballos y vacas, que destruyen las bolsas (incluyendo las colocadas en cestos) y generan más suciedad. El terraplén que ocupa un par de manzanas se ha convertido en un basural a cielo abierto por los comportamientos de los vecinos y, también, porque allí depositan por la noche sus desechos algunos comerciantes de la zona y los “carreros”, los “más pobres de los pobres”. De este modo, junto a los vecinos, se responsabiliza a los comerciantes inescrupulosos por la basura acumulada de manera clandestina por las noches en el terraplén, que deriva en que la tarea de recolección municipal no de abasto para removerla:

Clara: Frente a un terraplén, donde es un tiradero de basura, constantemente, todos, vienen camiones de noche a tirar basura, basura, basura, basura. La gente que trabaja con carros tira la basura ahí. Así que nada, es caballos que rompen la bolsa, más la gente que tira la basura y que todo el día está quemando, todos los días están quemando. Así que nada, básicamente eso.

Moderadora: Y en esa parte, ¿cómo se manejan ustedes?

Clara: Todas las noches pasa el basurero y se lleva el container, pero después todo lo que tiene que ver con la parte del terraplén corresponde al Municipio, así que, nada, hacen lo que pueden. Si bien están presentes y se los ve, pero es mucho más la gente que tiene esta costumbre de usarlo como patio, como basural prácticamente.

Moderadora: ¿Los camiones que tiran la basura ahí es porque es un basural?

Clara: No, porque es más cómodo venir y, por ejemplo, a la noche vienen los de carpintería, así que tiran todos los desechos, aserrín, madera, y si no viene gente… no sé, que tira de todo, porque en general de todo. Comestibles, de todo. (Grupo 4)

Otra imagen común a los barrios más degradados de la periferia de la ciudad de Buenos Aires (Mantiñán, 2013: 48) y que sintetiza el abandono en las partes más precarizadas del barrio es que, incluso, algunos vecinos llevan los animales muertos al terraplén:

Martina: Es súper mugrienta alguna gente, ¿no?

Florencia: Igual que cuando se les muere un perro. En vez de agarrar, cavar un pozo, van y lo tiran allá al fondo.

Martina: Mi perro se murió y no lo quisieron enterrar, yo estaba trabajando. Fueron y lo tiraron a… [en el terraplén] (Grupo 6).

Grimberg et al. (2013: 117), en su trabajo sobre los vínculos y relaciones de los habitantes con la basura en un barrio periférico hiperdegradado del conurbano bonaerense, plantean que “la basura suele expresar lo abyecto, aquello que está ahí y diariamente desechamos y/o preferimos no ver, ni oler (…) de hecho, expresa lo agotado, lo podrido, lo roto, o no deseado”. En nuestro estudio, el desprecio por el cuerpo de los animales muertos tratado como “basura” constituye, para algunos vecinos que condenan esta práctica de abandono, una profanación, una barrera cultural que se cruza en esta parte del barrio.

Como vimos, los relatos de las mujeres muestran la preocupación por los efectos para la salud de la “higiene del barrio” de “este lado” del zanjón, pero también por el mal aspecto que genera ante la mirada de “los de afuera” por sus efectos estigmatizadores (Slater, 2015). La distinción moral que realizan con los peores habitantes de este lado crea demarcaciones simbólicas internas (“no todos somos iguales”) y puede entenderse, siguiendo a Wacquant et al. (2014: 1276-1277), como una estrategia de micro-diferenciación para afrontar y resistir el estigma territorial impuesto desde “afuera”. Sin embargo, al mismo tiempo, la búsqueda de las mujeres de diferenciarse proyectando imágenes positivas sobre sí mismas y protegiendo su espacio vital (su vivienda, su terreno) contribuye a reproducir dicho estigma, al distanciarse de los vecinos que a su entender merecen portarlo. Mara reconoce el efecto perverso de los procesos de categorización negativa de aquellos que viven en condiciones de máxima privación material y relegación social, cuando concluye que “los pobres discriminamos a los más pobres” por cómo viven y por el impacto negativo que su modo de vida tiene en el barrio. Estas distinciones también adquieren visibilidad en la valoración social de los vecinos que intentan mejorar la calidad de vida en el barrio o bien siguen deteriorándola, sea por ignorancia, desidia o condiciones de vida y habitacionales tan deterioradas y vulnerabilizadas, donde la división entre el adentro de la vivienda y el afuera se desvanece. Mara lo describe con crudeza al referirse a las condiciones de vida paupérrimas de los “carreros”[2]:

Mara: Esa es la parte más triste donde la gente que vive en esa zona, los pobres discriminamos a los más pobres porque esa gente sigue viviendo en ranchos, que tienen techo de lona. Ni hablar de agua, de higiene, la basura es parte de la vivienda, el caballo, el carro, todo es parte de una misma cosa (Grupo 4).

Los que ensucian el barrio son descriptos como “crotos” y “mugrientos”, arrojan hasta animales muertos en pastizales transformados en basurales a cielo abierto. Adjetivos e imágenes de la pobreza y la marginalidad en un barrio caracterizado por un “degradé social”—como lo describió una de las médicas residentes en el primer encuentro con el equipo de investigación— que se hace visible en la dimensión material de las condiciones de vida de unos y otros. Retomando las ideas de Wacquant et al. (2014), los distintos posicionamientos y estrategias simbólicas de demarcación frente al estigma territorial se relacionan con las posiciones personales y las trayectorias en el espacio social y físico. Dado que los barrios estigmatizados no se consideran socialmente un lugar apropiado para vivir (Popay et al. 2003, citado en Wutich et al., 2014: 3) y que sus características se extienden a sus residentes en términos de una identidad desacreditada (Bush et al. 2001, citado en Wutich et al., 2014: 3), las microdiferenciaciones en el nivel individual contribuyen a revertir en el plano simbólico la identidad colectiva deteriorada.

En el nivel colectivo, desde distintas organizaciones barriales e instituciones se han llevado a cabo acciones para sensibilizar a los vecinos sobre la importancia de cuidar el medio ambiente por su impacto para la salud y para mejorar la calidad de vida colectiva, especialmente respecto del tratamiento de la basura, incluyendo talleres de reciclado para niños y adolescentes y jornadas de limpieza de algunas calles. Estas iniciativas surgieron de la problemática ambiental identificada por los propios vecinos y referentes de organizaciones nucleadas en la red comunitaria, a partir de un relevamiento de encuesta y una acción de intervención comunitaria-participativa del CAPS[3]. Algunas de las actividades se realizaron en la escuela directamente afectada a la que referimos más arriba, pero también en otros espacios barriales, entre ellos, una posta sanitaria ubicada en una de las áreas más postergadas y en la Sociedad de Fomento.

Según una de las participantes de los grupos que fue parte de estos encuentros, los esfuerzos han sido en gran parte infructuosos, sea porque los que participan de las iniciativas no son los que ensucian, o bien por falta de acuerdo sobre cómo encarar la problemática de la basura en el nivel comunitario:

“La gente que interviene por lo general no es la gente que hace el desastre (…) todos vemos las cosas de diferente manera. Entonces conseguimos hacer en conjunto pocas cosas (…). Pero la verdad es que no hemos logrado nada hasta ahora” (Inés, Grupo 4).

En el nivel interpersonal, la cuestión de la basura constituye una fuente de conflicto entre vecinos. Clara, en el Grupo 4, explica que, en el barrio nuevo de viviendas sociales donde conviven con el gran basural a cielo abierto ubicado sobre el terraplén, los recién llegados no pueden hacer nada frente a las actitudes de los viejos residentes porque se generan situaciones de violencia:

“Los mismos que tiran son los vecinos, así que mucho no podemos hacer nosotros. La condición de nosotras como vecinos nuevos nos limita por el tema de que para ellos es normal y si vos les decís algo estás en problemas porque vienen, te apedrean la casa, es gente que no podés dialogar, lamentablemente no puede haber comunicación”.

La falta de posibilidad de diálogo refuerza las divisiones morales entre “nosotros” y “ellos” y la idea recurrentemente articulada por las participantes de los grupos focalizados de que la conciencia para el cuidado del barrio se forja principalmente en el hogar: “más allá de todas las charlas que se hagan me parece que ya es algo educativo, como decíamos hoy, viene desde la base”. Incluso algunas mujeres descalifican los reclamos a la Municipalidad que hacen algunos vecinos sobre el problema de la basura en los medios sociales, porque los que los postean son los mismos que ensucian:

“Me daba risa en Facebook el otro día había una vecina que decía la Municipalidad tiene que hacer algo. Y yo decía no te voy a contestar, pero ´la Municipalidad tiene que hacer algo´ y tu hermano es el que saca la basura de tu casa y la tira ahí y tu hijo usa los arcos para jugar a la pelota con bolsas de basura, ¿entonces quién tiene que hacer algo? La Municipalidad qué hace, viene y la junta todos los días, y mañana [que los vecinos] la tiran otra vez” (Mara, Grupo 4).

En lo que respecta al gran basural ubicado en el terraplén, varios factores confluyen en la falta de movilización colectiva para erradicarlo. Por un lado, los comerciantes de la zona obtienen ventajas al depositar allí materiales de descarte de manera clandestina, sin recibir sanciones por parte de organismos de control municipal. La falta de control e intervención municipal en este sentido puede leerse, siguiendo a Carman (2015), como un área de vacancia o abandono estatal. Por otro lado, la basura constituye una fuente de ingresos para los más pobres y un recurso para la subsistencia. Retomando a Grimberg et al. (2013), los “lugares” de la basura y la forma de relacionarse con ella en la vida cotidiana varían profundamente; si para los sectores mejores posicionados en la estructura social ocupa el lugar de lo abyecto, para los más pobres la basura constituye un objeto con valor de uso o de cambio. Los “carreros” obtienen sus ingresos de la recolección y transporte de la basura y, por su parte, algunos vecinos recuperan materiales con valor de venta en los desechos que depositan los carreros en el basural. Nos cuenta una referente barrial: 

“El basural, bueno, la mayoría de la gente que vive acá [nombra la calle] tiene animales, caballos. Ellos van al centro… A diferentes lugares y le dan la basura para que ellos los tiren, les pagan. Y bueno, hay muchos que por ejemplo, lo depositan en el volquete y muchos que los tiran ahí [en el basural]. Y la otra realidad es que a las cinco, seis de la tarde muchos vecinos se acercan al basural para ver qué es lo que es pueden sacar para vender, por ejemplo, el cobre”.

Ella también ejemplifica el valor económico de la basura en condiciones de extrema pobreza cuando relata que los chicos la revuelven para recuperar cobre “para venderlo y comprarles algo para la mamá, para el día de la madre”. La basura también tiene valor de uso: la madera que depositan los comerciantes de manera ilegal es reutilizada por los vecinos que viven en las condiciones materiales más precarizadas, como leña para cocinar o para calefaccionar la vivienda.

El contraste entre el lado “peor” y “mejor” del barrio en cuanto al problema de la basura en las calles es evidente para los vecinos y para los visitantes externos y también queda reflejado en los servicios municipales. Mientras en el lado “peor” hay algunas cuadras donde el camión recolector y el basureo no pasan y zonas donde los vecinos conviven con un basural a cielo abierto y las quemas son moneda corriente, del lado “mejor” funciona un plan público para separar los residuos orgánicos de los reciclables, con bolsas que se entregan a los vecinos para diferenciarlos y camiones especiales que las retiran dos veces por semana (retomamos este tema en el próximo capítulo). 

Inundaciones: basura, obras públicas inconclusas y mercado inmobiliario

La presencia de basura en las calles que genera mal olor y es un foco de contagio de enfermedades, las quemas que exponen a niños y adultos a enfermedades respiratorias, el pastizal del fondo que se ha transformado en un basural clandestino a cielo abierto y los animales en las calles que agravan el problema de la “higiene del barrio” no agotan la problemática ambiental.

El zanjón principal parcialmente entubado que atraviesa el barrio se ha convertido en un tiradero de basura que empeora la situación, porque la basura depositada contribuye a que las calles y viviendas más cercanas se inunden cuando hay lluvias fuertes. A ello se suma la cercanía de las viviendas al río Reconquista que circunda una de las zonas más postergadas del barrio y que también suele desbordar con el agua de lluvia. Como comenta Gabriela en el Grupo 3, “encima que estamos cerca del riachuelo, cuando llueve la mayoría de las veces nosotros nos inundamos, nos entra agua por los vecinos, y ya la basura y eso, viste, y si rebalsa el río, el agua es un asco”. En el mismo Grupo, Dalma, también refiriéndose a la basura, agrega que cuando llueve “todo lo que haya en la calle entra” a su casa. Si bien hay cuadras del lado “peor” del zanjón donde las viviendas no se inundan porque las calles están asfaltadas, los terrenos son más altos o las casas están elevadas o construidas en altura, las consecuencias de las inundaciones para la salud son evidentes en los niños y adultos con problemas respiratorios. Gabriela continúa contando la experiencia de su familia. Su hijo de cinco años tiene asma severo y la humedad a la que está expuesto en la casa es un factor ambiental agravante, “la humedad lo mata, porque él ya está ahí, vos estás con la humedad y [sonido de tos] ya le falta el aire, no puede respirar bien”. Con su marido, que es albañil, mandaron a hacer una cama más alta para el nene para evitar que se moje el colchón cuando llueve. También costean de su propio bolsillo remedios que son, en su experiencia, más eficaces para paliar síntomas y espaciar las crisis asmáticas que los subvencionados por el Estado y han ido levantando el piso del cuarto del pequeño para evitar que lo alcance la humedad que se filtra y asciende por los cimientos:

Gabriela: ¿Viste que en estos últimos tiempos llueve y llueve en serio? (…) Y por eso, cuando empieza se inunda acá, en la calle esta ya no se puede pasar, porque se llena y cuando empiezan a subir, viste, la vereda y eso ya… Porque se tapa todo. Acá y ahí [señala las dos esquinas]. Nosotros nos quedamos en el medio, por eso siempre yo digo que por eso nos entra agua porque quedamos [en el medio de la cuadra]… se inunda acá en la esquina y ahí en la esquina, ahí en la cuadra (…).

Moderadora: Levantan las cosas cada vez que llueve.

Gabriela: Sí, yo tengo así [Señala aproximadamente 50 cm] encima de ladrillos y eso.

Moderadora: ¿Y con la cama, o sea, la tienen ya levantada?

Gabriela: Sí, de Sebastián es más alta que de todos la cama porque la mandamos a hacer así (…). La pata es así, es bien alta.

Moderadora: Así es como cincuenta centímetros.

Gabriela: Es así la cama de él, es así [marca la altura].

Moderadora: Claro, está como a un metro de alto.

Gabriela: Sí, para que no le filtre nada del piso y eso.

Moderadora: ¿Y así funciona?

Gabriela: Y ahora sí, digamos, porque ahora, hace dos fines de semana que cargamos de vuelta ocho centímetros el piso, todo él de la pieza. (…) Lo levantamos más (Grupo 3).

Los daños materiales son otro de los perjuicios que acarrean las inundaciones. Gabriela y su marido van colocando ladrillos sobre el piso de los otros ambientes, especialmente en la cocina, para evitar que la heladera, otros electrodomésticos y los muebles se dañen cuando entra el agua de la calle. Como vemos, las familias tienen que resolver por sí mismas los problemas frente a la ineficacia y ausencia del Estado en esa zona del barrio en relación a obras de infraestructura. Ella, como en el caso de otras familias cuyas casas se inundan cuando llueve copiosamente, ha hecho los trámites en la delegación municipal para tratar de recuperar los bienes, pero considera que ir a censarse es un trámite complicado y una pérdida de tiempo, ya que nunca lograron una compensación económica por los daños:

Gabriela: Nunca pasa nada, no es que vienen a ayudarte y te dicen “bueno, la próxima lluvia te ayudamos con esto, a ver qué solución…”, no, perdés el tiempo.

Asistente 2: Censándote.

Gabriela: Sí, perdés el tiempo de ir a llenar y esto que lo otro que te piden, viste, y… (…) se queda todo ahí (Grupo 3).

A los perjuicios materiales y para la salud que ocasiona vivir en cuadras que se inundan cuando llueve un poco fuerte, se suma que la misma obra inconclusa de entubamiento del arroyo que atraviesa el barrio resultó en una mayor exposición a contraer enfermedades porque la remoción del terreno desencadenó una plaga de ratas, que agravó el problema más general de la basura. Si bien a lo largo de los años se han hecho reclamos a las autoridades municipales, las obras nunca se terminaron[4]. Como los vecinos lo describen, el zanjón que se formó es un foco infeccioso y también se han detectado problemas en la piel de los chicos que juegan a la pelota a lo largo de la zanja:

Carla: El ambiente también en la zona donde nosotros vivimos influye mucho. El arroyo este que tenemos ahí es un foco infeccioso que está… Y hace ya dos años se pidió entubarlo. Bah, hace cuarenta años que estoy acá y hace cuarenta años que lo van a entubar. Pero hubo muchos casos que dijeron que hay muchos chicos con problemas de salud por el arroyo. Así que el medio ambiente influye mucho en la salud también.

Moderadora: Sí, vimos que los chicos juegan, ¿no?, ahí, al futbol…

Carla: ¡Sí!, sí, sí. (…) Yo sé que hubo hace dos o tres años una denuncia grande y hasta lo habían cortado, no me acuerdo, pero… Manchas en la piel, sí, sí, sí. Aparte te salen unos lauchones de este tamaño.

Moderadora: De este tamaño, lo voy a decir para la grabación, serán como treinta centímetros.

Carla: Sí, no, sí, viven saliendo ratas, sí, sí, sí, es continuo.

Moderadora: ¿Y de eso hay algún tipo de ayuda, de control del municipio, mandan a fumigar, algo?

Carla: Sí, cada tanto mandan, pero la solución es entubarlo (Grupo 2).

 

Carolina: Cuando empezaron a cerrar, supuestamente esto ya tendría que estar tapado, ese riachuelo. Pero nada, empezaron a tapar y taparon unas puntas de allá para acá, o sea por donde se ve, el paso de la gente y fue como una invasión de ratas, porque claro, empezaron a… (…) Y ahora, bueno, quedó hasta ahí, pero sigue siendo un foco de contaminación, de basura, la gente también tira mucha basura (Grupo 1).

A la falta de obras de infraestructura se agrega otra circunstancia local que agrava el problema de las inundaciones. A partir de los años ´90 se construyeron countries y barrios cerrados que fueron rodeando partes del barrio que quedaron con terrenos más bajos a los de los nuevos emprendimientos inmobiliarios para la clase media acomodada y alta. La transformación de la zona agregó una nueva desventaja territorial para los vecinos frente al riesgo de inundación. Como Ríos (citado en Carman, 2015: 530-531) lo señala, estos nuevos desarrollos urbanísticos cerrados para la clase media y alta en las que se emplearon técnicas de relleno de terrenos inundables generaron una suerte de “amnesia ambiental” frente al peligro de rebalse de los ríos linderos; así se generó un producto inmobiliario “deseable y consumible”, a pesar de que agravara las condiciones de vulnerabilidad de las poblaciones próximas (Carman, 2015: 531). El paredón que divide ambos territorios en el caso que nos ocupa está circundado por una zanja para que drene el exceso de agua de lluvia, la cual, como del lado donde viven las participantes se llenó de “yuyos” y basura —en claro contraste con el paisaje del otro lado del muro— que hace tiempo el Municipio no retira, no cumple su función de drenaje. Así es que las viviendas linderas, aun cuando están en terrenos altos, corren el riesgo de inundarse. A lo que se suma que las compuertas construidas en los desechan el agua excedente de las lluvias hacia los barrios de los pobres:

Inés: Sí. Sí, el tema es que tenemos nosotros countries por todos lados.

Mara: Bueno, otro detalle.

Mirta: Otro detalle también, que quedamos nosotros en el medio, digo porque todo el barrio queda… y antes allá no llegaba mucho tanto el agua, antes, ahora llega agua, de las calles.

Moderadora: Agua de la lluvia decís.

Mirta: Claro, porque los countries tienen las compuertas que también dan para los barrios, entonces…

Mara: No, bueno, ponele, en mi casa tengo el alambre y la zanja que nos divide del country, un zanjón.

Adriana: Pareciera que estás marcada por los zanjones. (Risas).

Mara: Me rodean dos zanjones. Soy de este lado del zanjón y del otro lado del country. (…) Pero no alcanzaba el paredón, el zanjón así no llegó al paredón, no sé cuál sería la cuestión del zanjón, pero lo único que tiene es mugre, yuyos, que puedo cortar los que vienen para adentro de mi casa, pero no puedo sacar los de aquel lado porque no se puede pasar y vienen y cortan el pasto del lado del paredón, fumigan del lado del paredón y de este lado sigue creciendo la selva, la mugre, la zanja. También, cuando llueve, como yo vivo más alto no me entra por la calle el agua, pero me entra por la zanja [del paredón que levantó el country] el agua. Entonces rezás que no se rebalse (Grupo 4).

La imagen que describen las participantes refleja los cambios en la periferia urbana de Buenos Aires, que siguiendo a Svampa (2001) acompañaron las transformaciones de la estructura social y la lógica global de privatización del espacio urbano iniciado en los ´70. La consecuente segregación espacial dio como resultado “la incrustación de nichos de riqueza en extendidos bolsones de pobreza [que tiende] a aumentar las distancias sociales (…) en [algunas] zonas los countries y barrios privados aparecen acantonados, como verdaderas fortalezas amuralladas, literalmente cercadas por barrios empobrecidos y villas miserias (Svampa, 2001: 53)[5]. El disfrute del contacto con la naturaleza promovido en el estilo de vida “verde” (Svampa, 2001: 86; Carman, 2011) en estos enclaves suburbanos para los sectores acomodados, y del cual se priva a los barrios empobrecidos, acentúa las distancias sociales con los viejos moradores. Sin embargo, mientras para algunas participantes de los grupos la transformación del espacio físico circundante sin duda alguna agravó la problemática ambiental, otras cuestionan que esa sea la verdadera causa de que haya empeorado el problema de las inundaciones. Se lo atribuyen, en cambio, a la basura que depositan los vecinos en este otro “zanjón” que divide a los ricos de los pobres y que el servicio municipal no retira desde hace un tiempo, además de la obra inconclusa de entubamiento del zanjón principal:

Gisela: No, en mi casa no entra, pero yo vivo acá a una cuadra y, desde que se hizo el country, le culpan al country, pero nada que ver. O sea que es como que se tapa todo porque acá antes… hay un paredón, ¿no es cierto?, el barrio, un zanjón, y después el paredón [del country]. Y ese zanjón queda… un asco, perdón, ¿no? Lleno de mugre, tiran lo que quieren ahí. (…) Es un bosque ahora, se hizo un bosque ahí. Porque antes lo limpiaban, venían, cortaban el pasto, qué sé yo. Ahora hace como un año que no lo limpian, no sabés lo que es ahí, parece un bosque para ese lado, es una suciedad terrible. Y se inunda, cuando llueve mucho se inunda. Enfrente de mi casa, la cuadra (Grupo 5).

Algunos relatos se complementan y otros se contradicen dando cuenta de que los problemas ambientales y las causas atribuidas se superponen o son difíciles de identificar, generando dudas sobre qué es lo que ha agravado la problemática de las inundaciones en los últimos años en algunas zonas del barrio. La sumatoria y superposición de factores tienen implicancias para los reclamos que los vecinos pueden hacer al Estado, a través de la delegación municipal, para que intervenga sobre los distintos problemas que confluyen en deteriorar la calidad de vida en el barrio y exponer a sus residentes a múltiples riesgos ambientales para la salud.

Dudas y soluciones privadas a problemas de infraestructura pública: la calidad del agua de red y la ausencia de red cloacal

Si bien las mujeres que participaron de los grupos tenían conexión a la red de agua potable en sus viviendas, la calidad y seguridad del agua fue objeto de discusión. Esta es una problemática del barrio en su conjunto y de otras localidades cercanas que dependen para la provisión de agua de una planta potabilizadora localizada en la Ciudad de Buenos Aires[6]. Los cortes en el abastecimiento del agua son frecuentes todo el año en el barrio, pero, especialmente, en los meses de verano, a lo que se suma el excesivo olor a cloro, el color amarillento-amarronado de su aspecto y el sedimento arenoso que suele contener. Frente a este problema, las familias que pueden costearlas tienen que recurrir a soluciones privadas, comprando bidones, filtros o agua mineral en botellas. En algunos casos no se trata solo de evitar tomar el agua de la canilla o de usarla para cocinar, sino también de no utilizarla para lavar la ropa clara porque la mancha o para bañarse los días que sale peor:

Mara: Sí, pero, por ejemplo, yo no la tomo, nosotros compramos agua para tomar y para cocinar porque no se puede tomar y mil veces no podés lavar ropa blanca en el lavarropas porque te sale marrón, te sale marrón la ropa y es por el agua, imaginate que menos la podés tomar. Así que los días que está bien la usás para bañarte, para lavar la ropa y los días que está mal no la usás para nada y tenés que pagar el bidón para tomar agua (…)

Lila: Marrón, marrón sale el agua.

Mara: No, y si no, abrís la canilla y sacás un vaso a la mañana y el olor a lavandina y cloro que tiene el agua no lo tomás por más que tengas sed.

Inés: Yo, personalmente, le siento gusto a otra cosa, más que a cloro, que no la puedo tomar, no puedo tomar ni mate. Y a ellos el mate con el agua del bidón no les gusta, así que estamos todo el tiempo peleando. Yo no puedo tomar ni mate con esa agua, tiene un gusto asqueroso (Grupo 4).

Esta circunstancia resulta en un gasto doble para las familias: el de la factura bimestral de la empresa que distribuye el agua de red y el de la compra de agua embotellada. El costo de utilizar bidones es elevado, considerando que, según cuántas personas integren el hogar, el consumo que hagan y el tamaño del bidón, las participantes comentaron que necesitan entre dos y cuatro bidones mensuales (oscilando el precio de cada bidón entre 50 y 70 pesos en el año 2015). Los filtros para purificar el agua también son costosos y no siempre resultan eficaces por la cantidad de sedimento que contiene el agua o porque el agua no sale con suficiente presión en las viviendas que tienen tanque. Si bien el agua de los bidones tiene otro aspecto y sabor, no obstante, en el Grupo 4 se plantearon dudas acerca de su calidad, porque la embotellan pequeños comerciantes del barrio y se desconoce quién controla su pureza:

Adriana: Tampoco uno sabe mucho qué hay adentro del agua de los bidones.

Mirta: Sí, también, no sabés.

Mara: A veces lo miro al bidón y digo… me da sospechoso, pero bueno.

Mirta: Sí, porque realmente [se superponen].

Adriana: El repartidor es vecino tuyo.

Mara: Claro, y [si] la sacan de la canilla, no sabemos. Eso también pasa.

Moderadora: ¿No es de una marca conocida?

Mara: No.

Adriana: Lo que pasa es que cuando distribuyen… Pero por más que sean los que distribuyen el agua de una marca conocida, generalmente son gente que comienza con pequeñas empresas en los barrios cuando pasa eso. Y acá en [en el Municipio] si empezás a recorrer y empezás a ir por los barrios sabés que el vecino de la esquina pudo poseer a través de la cooperativa, la distribuidora. ¿Y vos qué sabés de dónde carga el agua? Sí, te la ponen en los sellitos, pero vos viste que somos todos argentinos…

Mara: Sí, no es garantía de nada.

Adriana: Tiene que ver con eso también, hay veces que… porque es verdad, nosotros tenemos… creo que todo [el Municipio] es el mismo problema del agua, y a veces le sentís gusto raro al agua. Tampoco le vas a andar echando la culpa al repartidor, pero… (Grupo 4).

Las dudas que expresan las participantes son corroboradas en el mismo grupo cuando Ernestina interviene concluyendo que “no se sabe qué estamos tomando”, tras comentar que, cuando le quisieron vender un filtro, la vendedora utilizó el agua del bidón para mostrarle que tampoco estaba de esa forma consumiendo agua “pura”:

“Lo hicieron con el agua que compramos. Y me dice: ‘vos estás pensando que estás tomando el agua pura y en realidad no, mirá cómo es’. Empezó a hacer la prueba y me dice: ‘mirá lo que es el agua’. Entonces no estás segura de ningún lado, no sabés. Es una realidad, no se sabe qué estamos tomando”.

Un estudio reciente abona la sospecha; en él se examinaron muestras de agua de pozo, embotellada y de canillas conectadas a la red pública en hogares ubicados en el área de la Cuenca Matanza-Riachuelo del Gran Buenos Aires (Monteverde et al., 2013). Uno de los hallazgos más sorprendentes fue el alto porcentaje de muestras de agua embotellada no aptas para el consumo humano correspondientes a envases en los que no figuraba la marca o bien se trataba de marcas poco conocidas comercialmente que no informaban sobre el origen del agua. Este trabajo puso en primer plano la necesidad de extremar los mecanismos públicos de control del origen del agua que se comercializa (Monteverde et al. 2013: 60-61).

Ahora bien, debido al gasto que implica comprar continuamente bidones de agua, cuando no lo pueden afrontar, como dice Julia (Grupo 2), no les “queda otra” que consumir el agua de la canilla. En su casa, para limpiarla, la dejan en una olla hasta que el sedimento decanta y luego la toman. Y aun las familias que compran agua embotellada no pueden utilizarla para todo debido al costo y, como dice Mara (Grupo 4), “uno se va adaptando…”, porque si no tendrían que cuadriplicar la cantidad de bidones mensuales que compran, un gasto imposible de afrontar en el presupuesto familiar. Si bien para la cocción de comidas usar agua de red no sería problemático cuando se la hierve, para lavar las verduras crudas utilizan vinagre o lavandina. Sobre el uso de la lavandina, concluyeron que en algunos hogares terminan agregándole más cloro al agua que, por su olor, sugiere que ya lo contiene en altas cantidades o, en algunos casos, utilizan segundas marcas de lavandina de dudosa calidad, pero que son más baratas y la añaden en cantidades excesivas por falta de información sobre cómo hacerlo de manera segura. Esto lleva a que algunos intentos para mejorar la calidad del agua resulten inefectivos o, incluso, riesgosos para la salud. Como dice Clara, “podés intoxicar a tu propia familia, es un poco peligroso también ese manejo [para] el que no sabe” (Grupo 4).

Los posibles efectos para la salud de consumir el agua de red generan incertidumbre para algunas mujeres y certezas para otras. Mientras Susana, en el Grupo 5, asegura que ella desde los seis años toma el agua de la canilla y nunca le pasó nada, en el Grupo 3, las mujeres comentan que sí observaron cambios en la salud de sus hijos pequeños desde que utilizan filtros en sus casas, como la disminución de infecciones urinarias y problemas en la piel. Gabriela y Valeria que son cuñadas y viven en la misma vivienda no tienen dudas de que sus hijos mejoraron desde que utilizan agua de filtro:

Gabriela: Porque viene tipo una herrumbre [en el agua], algo, viste, que cuando se derrama por los azulejos…

Dalma: Se mancha todo, queda amarillo todo.

Gabriela: Queda amarillo, amarillo. Y a veces hay días que huele mucho a cloro. La hija de ella, por ejemplo, le agarraba mucho infección de vías urinarias.

Moderadora: La hija de Valeria.

Gabriela: Sí. Y desde que le cambiamos el filtro, y por la piel mismo, que es como que le salían sarpullido y eso a los chicos (…).

Valeria: Yo la mía siempre le agarraba infección urinaria, pero después de que, como ella te dijo, que cambió el agua, ya no le agarró más (Grupo 3).

En el Grupo 4 se expresó la duda que persiste sobre la calidad y el uso seguro del agua de red, siendo que la mayoría de los vecinos la consumen y no se enferman, porque comprar agua embotellada es un “lujo” que pocos pueden costear. Y si se enferman no se sabe a ciencia cierta si la causa es el agua:

Mara: Se supone que es potable el agua, porque el resto de la gente la consume porque la realidad es que no vivimos en un lugar donde toda la gente pueda pagar el agua y la realidad es que comprarte los bidones de agua es un lujo. Y para mí una necesidad, y lo hago porque todavía puedo. No puede toda la gente, toda la gente la consume, y bueno…

Inés: No les pasa nada.

Mara: Nada todavía, o nada que sea visible.

Inés: O muchos problemas sí son por el agua, pero nadie los sabe.

Ernestina: Claro (…).

Clara: Sí, problemas o que puede pasar es que por ahí te agarra una gastroenteritis en una época así en verano y que, bueno, por la ducha, por la pileta…

Moderadora: Sí, cuando te lavás los dientes, no sé. ¿Usan el agua de bidón también para lavarse los dientes?

SI: Sí.

Clara: No, en mi caso no.

SI: Nosotros usamos de la canilla (Grupo 4).

Es probable que las dudas sobre la calidad del agua y su posible contaminación se incrementen en algunas participantes que estaban al tanto de que, en uno de los barrios expuestos a fuentes de contaminación industrial en una localidad cercana, se había detectado arsénico en el agua de red[7].

Respecto de la red cloacal, la ausencia de su trazado es una problemática común al barrio en su totalidad y a gran parte del conurbano bonaerense, siendo probable que, por este motivo, no haya surgido en los grupos focalizados como una preocupación explícita en relación a temas de salud. Según un informe del CIPPEC (Maceira et al., 2007: 3), para el año 2001 sólo el 43% de la población de la provincia de Buenos Aires tenía cobertura de red cloacal. La situación no era menos alarmante una década después, ya que el Censo de Población y Vivienda del año 2010 mostró que la cobertura de red cloacal en la provincia alcanzaba al 48% de los hogares, con una gran heterogeneidad entre los distintos partidos (Monteverde et al., 2013: 54)[8]. En una entrevista conjunta que hicimos en el año 2015 con una promotora de salud y una médica residente, esta última comentó que posiblemente el tema de la falta de cloacas no sea identificado por los vecinos como un problema del barrio, porque “el 80% del Partido no tiene” (cifra muy cercana al dato censal) aunque —como la promotora de salud agregó— el olor a agua servida en las calles es algo habitual[9]. Mencionó, además, reforzando la idea de la naturalización del déficit de infraestructura sanitaria pública en los barrios periféricos relegados, que el acceso a la red cloacal constituye un lujo reservado por la Municipalidad para los barrios privados circundantes.

Curiosamente, solo surgió en los grupos una mención a que algunos vecinos del lado “mejor” extraían residuos cloacales con una bomba y los depositaban por las noches en la vereda de una institución religiosa donde se desarrollan actividades para niños. Ernestina (Grupo 4) cuenta la anécdota para visibilizar la falta de solidaridad entre los vecinos por la higiene común, aun en la zona del barrio considerada “mejor”, como veremos en el próximo capítulo. Si bien las otras participantes comentan que este comportamiento es algo común de ver en el lado “peor”, Ernestina insiste en que “allá, que el barrio supuestamente es ‘uy, otra cosa, hacen peor que acá, de este lado, porque te sacan a la noche el aparatito y lo tiran para la calle” (Grupo 4). En el barrio de las casas nuevas se instalaron cañerías de cloacas, según comentó una vecina a la que le adjudicaron una vivienda y a quien entrevistamos posteriormente a la realización de los grupos en su carácter de referente barrial. Sin embargo, nuevamente surgen dudas para algunas mujeres, y certezas para otras, sobre el destino de los residuos sólidos y líquidos que recogen dichas tuberías por la ausencia de la obra pública para trazar la red cloacal, tal como se expresó en el Grupo 6 que realizamos en el año 2016:

Pilar: Tendría que haber cloacas también. Sería como esencial. Sería mucho más higiénico.

Florencia: Lo que pasa es que para que pase eso…

Victoria: Cloacas y las zanjas también.

Florencia: Si las zanjas no están tapadas no creo que vengan las cloacas, olvidate.

Martina: Sabés que me parece que en el barrio de las casitas hicieron pero todo va para el zanjón esas cloacas que hicieron.

Florencia: No, ¿en serio?

Pilar: No, no puede ser. Porque ese zanjón es el río Reconquista.

Florencia: ¿Estás segura vos?

Martina: Sí.

Victoria: No, Martina. Así lo hizo tu amiga.

Martina: No boba, si la casita se la dieron a ella [terminada].

Florencia: (Risas) No, en serio te digo.

Martina: Pero en serio te estoy hablando.

Victoria: No, ¿vos lo viste?

Martina: Los caños van todos para allá. Vero, ella es la última casa la tiene.

Victoria: Sí, pero no creo, Martina (…).

Martina: No sé, pero es un asco igual. (Grupo 6)


  1. No nos explayamos en este documento sobre cuestiones de género y salud en el ámbito familiar porque el foco del análisis está puesto en la problemática de la salud ambiental.
  2. Según entrevistas que realizamos con referentes barriales y nuestra propia observación en las visitas al barrio, la mayor parte de los carreros se concentran espacialmente en una calle que se extiende en un área de unas tres cuadras identificada como la parte más relegada y vulnerable del barrio. Una de las referentes nos contó que la llaman la “zona roja” porque allí buscan refugio los delincuentes. Los “carreros” viven en casillas de materiales precarios y sus caballos y carros están atados en la vereda. Aunque en algunos lotes hay varias viviendas conectadas por pequeños pasillos, la zona no tiene una estructura espacial típica de “villa”, pues cuenta con trazado de manzanas y la calle está asfaltada. El agua en sus viviendas la obtienen de la red a través de mangueras que conectan a la canilla que está en la calle. Cuentan con cableado eléctrico y, desde mediados de 2017, con medidores, lo que les permite tener luz en las viviendas mediante la compra de tarjetas prepagas a la empresa privada proveedora del servicio.
  3. El proyecto de medio ambiente y salud fue desarrollado desde el CAPS por residentes de medicina general y de trabajo social, a partir del año 2014, ya que fue una problemática barrial identificada por el 92% de los vecinos en una encuesta realizada en el año 2013 con una muestra aleatoria de 239 viviendas en una de las zonas más postergadas del barrio. En dicha encuesta, en primer término, los vecinos mencionaron a la basura, seguido por la contaminación del zanjón principal y del río Reconquista y, en menor medida, la presencia de animales. Los objetivos del proyecto incluían identificar y problematizar los determinantes y consecuencias de la contaminación ambiental en el barrio, favorecer la organización de los distintos actores involucrados para mejorar la infraestructura de servicios y de tratamiento de los residuos y la socialización de la información a través de la acción en red barrial. El proyecto contó con la colaboración de técnicos del INTA e involucró a representantes de la delegación municipal.
  4. A la falta de asignación de fondos públicos para finalizar la obra se sumó la evaluación del riesgo ambiental de parte del INTA de la propia obra de entubamiento.
  5. Como Svampa (2001: 55) lo remarca, la clase media-alta que se relocaliza en los suburbios busca trasladar las comodidades de la cuidad al nuevo entorno “bucólico”, exigiendo la pavimentación de las calles, red de cloacas y gas natural. Demandas que crean más contrastes con las condiciones de vida de los sectores populares residentes en las zonas linderas.
  6. Cuando hicimos los grupos focalizados se estaba terminando de construir una planta potabilizadora en una localidad más cercana que, en principio, iba a solucionar el problema de los cortes constantes en el abastecimiento de agua en el barrio que ocurrían especialmente durante el verano.
  7. Otros estudios en barrios periféricos de clase popular refieren a las sospechas de los habitantes sobre la calidad del agua de red (Auyero y Swistun, 2008; Curutchet et al., 2012; Boniolo y Paredes, 2014, entre otros). Sin embargo, es importante destacar que el barrio en el que nosotros realizamos el trabajo de campo no reúne las características de las aéreas hiperdegradadas descriptas en estas otras investigaciones. En particular, se diferencia en lo que respecta a la experiencia de sufrimiento ambiental por la proximidad de actividades industriales altamente contaminantes del aire y las capas acuíferas y a rellenos sanitarios del CEAMSE.
  8. Según datos del ODSA (2017: 43), para el año 2016 el 47,9% de los hogares de localidades urbanas del conurbano bonaerense no contaban con conexión a red cloacal.
  9. Según una encuesta realizada en el barrio por el equipo de salud del CAPS en el año 2013, en una de sus áreas más vulnerables, el 49,8% de las viviendas contaba solo con pozo ciego como forma de desagüe y el 44% con cámara séptica con pozo ciego.


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