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1 Conceptualizaciones para discutir las nociones de territorio y espacio

Larry Andrade

Territorio y espacio

Dos conceptos importantes en la mirada que proponemos realizar sobre la gran minería transnacional en la provincia de Santa Cruz (Argentina) son los de territorio y espacio, los que han sido re-tematizados y enriquecidos en las últimas décadas, especialmente en nuestra parte del continente, América del Sur. Por ello, se realiza un breve rastreo de ideas y reflexiones sobre estos conceptos, tan densos y tan necesarios para describir situaciones como las que nos ocupan.

Una revisión del concepto de territorios permite afirmar con Schneider y Tartaruga (2006: 73) que

el periodo de surgimiento del concepto de territorio tiene las formulaciones de Friedrich Ratzel. El territorio, para él, es una parcela de la superficie terrestre apropiada por un grupo humano, que tendría una necesidad imperativa de un territorio con recursos naturales suficientes para su doblamiento, los cuales serían utilizados a partir de las capacidades tecnológicas existentes. Además, el concepto de territorio ratzeliano tiene como referencia al Estado. La contraposición a estas ideas viene sobre todo de los trabajos del geógrafo Paul Vidal de La Blache –la escuela francesa de geografía conocida como posibilismo– que se realizaron al final del siglo XIX y comienzo del siglo XX, trabajos que tenían la noción de región como contrapunto al de territorio. El concepto de región tuvo una primacía frente a otros conceptos espaciales, lo que acabó decretando el descrédito del territorio como concepto explicativo de la realidad.

Haesbaert (2013: 24) expresa que Ratzel afirma que

(…) Ratzel afirma que, juntamente con la construcción de los límites políticos del Estado, se tiene que construir también una ´espiritualidad del Estado´ (…) una “comunidad imaginada”. De este modo, al mismo tiempo que construye su territorio en su dimensión material-funcional, asegurando el control de las fronteras, el Estado debe construir todo un imaginario, todo un conjunto de representaciones sobre este territorio (…) es lo que ha ocurrido en tantos países colonizados, entre ellos los de América Latina.

Hacía el s. XIX se

construyó la legitimación simbólica, discursiva y la materialización de una noción de territorio como mero sustrato o recurso a ser explotado: ´el desierto´. Visión que se va a intensificar y re-utilizar en el presente siglo para justificar la expansión de la frontera agropecuaria, la frontera inmobiliaria, les megaemprendimientos mineros, petroleros, turísticos, etc., que someten tierras indígenas tradicionales (previos a la conformación de los Estados nación). Las relaciones coloniales se re-crean en las nuevas condiciones de modernización. Por un lado, se representa un espacio ´vacío´ de relaciones que ´reduce el territorio a un uso puramente mercantil´ -sin conflictos, relaciones de poder o dimensiones sociopolíticas- ´pasa a ser un receptáculo, planicie uniforme y homogénea´ (…) y por otro, se legitima una forma cultural, un modo de vida y de ser social, descalificando otras formas socioculturales (Bertoni, 2013: 29).

Una concepción tradicional del territorio “que aún podemos rescatar y que tiene importancia al menos para algunos grupos sociales, es la del territorio como recurso natural y/o abrigo (…) Otra concepción es la del territorio como espacio relacional más concreto, ahora ya no solamente como un objeto material fijo, sino como dotado de una estructura más compleja, de carácter relacional, sobre todo considerando que el territorio forma parte de la sociedad y, por lo tanto, es indisociable de la misma” (Haesbaert, 2013: 18).

El desarrollo de la minería metalífera a gran escala, puede pensarse como un ejemplo paradigmático en el cual una

visión de la territorialidad se presenta como excluyente de las existentes (o potencialmente existentes) generando una ´tensión de territorialidades´. En efecto, el discurso (no siempre explícito) de las empresas transnacionales y los gobiernos, suele desplegar una concepción binaria del territorio, sobre la base de la división viable/inviable, que desemboca en dos ideas mayores: por un lado, la de ´territorio eficiente´[1]; por otro, la de ´territorio vaciable´ o en última instancia, ´sacrificable´ (Svampa, 2008: 7-8).

Prosigue la autora expresando que

la expansión de nuevos emprendimientos productivos fue instalando la idea de que existen territorios vacíos o ´socialmente vaciables´, con el fin de poner bajo control de las grandes empresas una porción de los bienes naturales presentes en dichos territorios. En términos de Sack, esto no se produce cuando el territorio carece de artefactos u objetos valiosos desde el punto de vista social o económico, con el cual estos aparecen como ´sacrificables´ dentro de la lógica del capital. La eficacia política de estas visiones aparece asociada al carácter de los territorios en los cuales, por lo general, tienden a implantarse las industrias extractivas: zonas relativamente aisladas, empobrecidas o caracterizadas por una escasa densidad poblacional, todo lo cual construye escenarios de fuerte asimetría social entre los actores en pugna (…) (Svampa, 2008: 8).

En los discursos provenientes “de los sectores hegemónicos se expresa y busca legitimar una visión instrumentalista del territorio, que se centra en el ´uso´ de la tierra -vacía de personas o conflictos sociales- como mercancía para la producción de diferentes productos primarios para la exportación” (Bertoni, 2013: 26).

Reflexiones como estas deben contextualizarse para el análisis concreto de territorios. En Santa Cruz, el efecto más notorio -a nuestro entender- de la gran minería es la de operar como actor total en esas relativamente pequeñas ciudades cuya economía gira centralmente en torno a la dinámica que, a través de salarios principalmente y, en mucha menor medida, a través del denominado “compre local”, las empresas mineras generan.

Prosigue Svampa (2008: 9) indicando que

otra de las estrategias encaradas por gobiernos y empresas ha sido el reordenamiento territorial. En Argentina, la llamada propuesta de ´zonificación´ de los territorios, esto es, la definición de patrones de uso de suelo, apuntaría a qué territorios serían eximidos de la actividad extractiva, mientras que otros estarían disponibles para su recepción, todo lo cual remite claramente a la idea de ´territorios sacrificables´ o ´áreas de sacrificio´ (…) en resumen, de diversas maneras, la afirmación de que existen regiones marcadas históricamente por la pobreza y la vulnerabilidad social, con una densidad poblacional baja, que cuenten con grandes extensiones de territorios ´improductivos´ y/o ´vacíos´, facilita la instalación de un discurso productivista y excluyente, al tiempo que constituye el punto de partida de la conformación de otros ´lenguajes de valoración´ en torno al territorio, por parte de las comunidades afectadas. La definición de lo que es el territorio, más que nunca, se convierte así en el locus del conflicto.

En Santa Cruz, en 2011, con la Ley Provincial 3105 se define lo que se denominó Área de Especial Interés Minero (Cfr. Figura 1) la cual fue reglamentada por Decreto Provincial 1.327 de 2012. Con esa norma, se estableció los límites dentro de los cuales la gran minería no encontraría restricciones para su implantación. Este amplio espacio abarca prácticamente la totalidad del área donde las prospecciones indican la existencia de metales preciosos (oro y plata) (Cfr. Figura 2) la que contiene la denominada provincia geológica del Macizo Deseado (Cfr. Figura 3) donde se encuentran instaladas las empresas mineras.

Figura 1. Área de Especial Interés Minero en Santa Cruz

Fuente: Elaborado por la Ing. en RRNN Paula Paredes (laboratorio de Teledetección INTA EEA Santa Cruz), con base en el Art. 1 de la Ley 3105 (Legislatura de Santa Cruz), 2011.

Figura 2. Ubicación relativa de la Provincia de Santa Cruz con áreas ecológicas, división política y localidades

Fuente: INTA EEA (Santa Cruz).

Figura 3. Unidades estratigráficas jurídicas del Macizo del Deseado con distribución de las principales mineralizaciones auro-argentíferas

Fuente: Haller, M.J. (Editor) (2002: 681).

La implantación de firmas en los territorios, afirma Debuyst (2009: 3)

(…) presenta [según diversos autores] características que van del nomadismo al anclaje (…) Esos autores presentan una tipología y evoluciones, combinando grados de implantaciones cuantitativas (número, dimensiones, costos más o menos irreversibles) con implicaciones cualitativas, que van del simple uso de los recursos locales (una lógica predatoria) hasta una colaboración con diversos actores locales para dinamizar o renovar los recursos (lógica de co-construcción) (…).

Sin embargo, aun atendiendo a consideraciones como la que señalamos, una posición crítica al impacto que la radicación de grandes empresas tiene sobre diferentes territorios es claramente apreciable en la expresión de Delgado Ramos (2015: 39)

para mantener crecientes tasas de acumulación de capital, la continua transformación de los territorios es central de tal manera que se pueda soportar la ´materialidad del crecimiento´. La conformación de territorialidades con mayor rentabilidad coloca entonces a la denominada acumulación por desposesión en una cuestión sistémica, es decir, la acumulación originaria, en sí la apropiación y/o despojo del principal factor de producción, la tierra y de los recursos naturales ahí contenidos, se torna en un rasgo estructural del actual sistema de producción que deriva del control elaborado por parte de múltiples pero poderosos actores, locales, nacionales e internacionales.

Estas nociones son relevantes porque autores contemporáneos afirman que en Argentina desde los años ´90, hay una puja simbólica por redefinir -en parte- ese imaginario nacional que, desde mediados de los años ´90, debe habilitar un lugar importante a la Argentina Minera, porque carne y cereales han sido y siguen siendo parte del mito fundacional del “más europeo de los países latinoamericanos”.

Estas definiciones se aproximan a lo que Santos (1996: 73) denomina configuración territorial. El paisaje

no es la configuración territorial, aunque sea una parte de ella. La configuración espacial no es el espacio, aunque participe también en él. La configuración territorial es el territorio, más el conjunto de objetos existentes en él, objetos naturales u objetos artificiales que la definen. Muchas veces lo que imaginamos como natural no lo es, mientras que lo artificial se vuelve ´natural´ cuando se incorpora a la naturaleza.

Sea cual sea el país y el estado de su desarrollo, “siempre existe una configuración territorial formada por la constelación de recursos naturales: lagos, ríos, planicies, montañas y bosques; y también por los recursos creados: carreteras, ferrocarriles, conducciones de todo orden, diques, presas, ciudades y otros” (Santos, 1996: 73).

Debuyst (2009: 2) expresa que

en sí, el espacio no tiene sustancia propia, es una dimensión del análisis de los fenómenos de la sociedad. Es una superficie, variable según el propósito perseguido (…) el territorio es un espacio geográfico material, constituido de diversos lugares agregados y estructurados, y también una construcción social, un sistema de valores que otorga a cada uno de los componentes de este espacio sentidos múltiples y combinados.

Participación y construcción social del territorio

Desde hace varios años cuando se hacen referencias al desarrollo, el término

´territorial´ ha reemplazado al término regional, ello ha significado -primero- un ´cambio epistemológico sustantivo en cómo se está percibiendo el espacio y cómo se le acompaña en su evolución´ (…). Así, el ´espacio, caracterizado por algunos como territorio y no como región deja de ser un contenedor de recursos, elementos, personas o actividades y constituye parte fundamental de la transformación de agentes y territorios relacionados. Esta dinámica tiene tiempos específicos para llevarse a cabo en cada territorio, pero los dos cambian y se transforman. El movimiento no necesariamente es lineal y en un solo sentido, sino que puede presentar diversidades en dirección y en forma´ (…) de esta manera, el desarrollo asume una dinámica multidireccional que se constituye en unas coordenadas específicas; un segundo cambio radica en el reconocimiento de las diversidades ad intra territorios (…), elemento fundamental para dar concreción a la vinculación espacio-sociedad y territorio-agente (…). De esta forma, cada territorio se enlaza de manera específica con los agentes que le son propios y transitan a procesos que cambian conjuntamente con él. El tercer cambio ´indica que el espacio no sólo tiene movimiento, sino también dinámica. Está producido, usado, apropiado, imaginado y transformado por un conjunto de agentes que no sólo son diferentes en sus condiciones económicas, políticas, sociales y culturales, sino que se ubican territorialmente en distintas escalas y con posicionamientos diversos frente a otros agentes con los cuales pueden compartir el territorio donde se encuentran generando copresencias y coexistencias´ (…) (Peroni, 2013: 61-61).

Desde una investigación que aborda el desarrollo en territorios rurales, Abramovay et al. (2007: 19-20) parten de tres ambiciones básicas de las cuales las primeras dos son decisivas en la nueva mirada sobre los territorios

a) reconocer que el desarrollo de las áreas interiores en América Latina para reducir la pobreza y la exclusión social no depende exclusivamente del crecimiento del sector agropecuario y que, por lo tanto, exige un abordaje que no sea sectorial sino territorial; b) que el territorio puede ser definido como un conjunto de lazos producto de la interacción social que se materializa en un determinado espacio (…) lo que conduce a la cuestión decisiva de saber quiénes son y qué hacen sus protagonistas fundamentales (…).

Desde la perspectiva que proponen los renovados enfoques del desarrollo rural (entre otros, aquella de Schejtman y Berdegué, 2004) cobra importancia la construcción colectiva de normas y pautas de interacción, adquiere centralidad la concepción de desarrollo bifronte: productivo e institucional. Sin embargo, esta concepción ha sido objeto de miradas críticas que interrogan acerca de “¿cuál es la dirección de causalidad de la relación entre transformación institucional y productiva y cuál la magnitud? ¿O se trata quizá de una relación biunívoca, es decir, de doble dirección?” (Sumpsi, 2007: 86). No obstante, colocar a los grupos humanos en territorio y establecer el tipo e intensidad de la red de interacciones es un salto cualitativo para comprender la dinámica de los mismos.

La construcción institucional del desarrollo requiere ser entendida como

1. En primer lugar, como un complejo jerarquizado de relaciones entre organizaciones e individuos (jerarquizado porque se sustenta en una relación de fuerzas sociales que concretizan en un momento dado, dentro de un cuadro institucional global), porque el territorio es un lugar de expresión de intereses diversos, de conflicto, de poder compartido. 2. En segundo lugar, de actores comprometidos en una dinámica colectiva de desarrollo. Sobre el complejo de relaciones es posible impulsar un proceso de aprendizaje colectivo, guiado por acciones comunes orientadas a alcanzar una dinámica compartida, y acuerdos específicos explícitos o implícitos de gobernabilidad territorial (dinámica de conjunto), que necesariamente estará guiada por decisiones políticas, ´construido´ por los actores organizados territorialmente (Madoery, s/f: 18).

Beduschi Filho (2006: 106) se pregunta

¿la inserción en espacios colectivos destinados a construir socialmente los territorios contribuye de manera significativa a alterar los comportamientos de los actores y las relaciones que establecen entre sí, y para generar nuevas acciones colectivas orientadas a la promoción del desarrollo? Y responde que la hipótesis asociada a esta pregunta es que el proceso de construcción social de los territorios, a través de la participación y negociación en espacios colectivos, permite explicitar los intereses y las habilidades sociales de los actores, al mismo tiempo que estimula nuevas relaciones de cooperación entre ellos que pueden llevar a la concretización de acciones colectivas (…)”.

Para ello, expresa que

los actores disponen de diferentes dotaciones de habilidades sociales, entendidas como la habilidad de inducir a otros a cooperar, que son utilizadas para influenciar la emergencia, la manutención o la transformación de diferentes tipos de orden social. Conseguir la cooperación de otros actores es fundamental para que las relaciones se estabilicen, con la consecuente disminución de la incerteza que marca la interacción entre los individuos en determinados campos. Conseguir esta cooperación también se torna fundamental para mantener determinadas relaciones de poder que permiten la reproducción social de un determinado actor. O, al contrario, conseguir la cooperación de otros puede ser el pasaporte para subvertir un determinado orden social constituido, lo que permitiría una alteración en la correlación de fuerzas y en la propia estructuración de un campo determinado (Beduschi Filho, 2006: 104-105).

Las comunidades

al relacionarse con el contexto dan sentido al espacio habitado, convirtiéndolo en territorio de vida e interacción sociocultural, con caracterización que permiten diferenciarlos y valorizarlos (…) el desarrollo de una comunidad está en la relación que ella tenga con otras comunidades y con su territorio, por lo que debe existir una competitividad, en el mejor sentido de la palabra, procurar alcanzar el desarrollo de la comunidad al aprovechar todo el capital acumulado en el tiempo y resalta los aspectos ´físico, humano, tecnológico, institucional, social, cultural, ambiental y natural´ (Bustos Velazco, 2015: 269).

El territorio

no es algo anterior o exterior a la sociedad. Territorio es espacio apropiado, espacio hecho cosa propia, en definitiva, el territorio es instituido por sujetos y grupos sociales que se afirman por medio de él. Así, hay siempre, territorio y territorialidad, o sea, procesos sociales de territorialización” (Porto-Goncalves, 2009 en Delgado Ramos, 2015: 33). Más adelante, el mismo autor señala: “al ser una creación histórica, el territorio está atravesado en todo momento por la cultura en tanto creadora de lugar, naturaleza y economía; ahí también se juega la pertenencia (o el desarraigo y la migración) y el despojo (o el desalojo y desplazamientos)” y cierra su artículo afirmando que “la desterritorialización de formas precapitalistas o el desmantelamiento de ordenamientos territoriales de baja rentabilidad han tenido, en la historia moderna, el objeto de empujar procesos de re-territorialización más dinámicos para la acumulación de capital, ello considerando relativamente las condiciones socioeconómicas, políticas y biofísicas imperantes (Ibídem, 53).

Sin duda, contextualizar y describir el territorio específico que se está observando y procurando comprender en sus cambios y transformaciones es crucial, en tanto y en cuanto cada uno tiene sus características particulares y el modo en que el mismo fue valorado y puesto en producción generó una impronta que, de manera real o fantaseada en términos sicológicos, permanece en el imaginario social, moderando la visión actual acerca del mismo.

De lo expresado hasta aquí, puede decirse que una concepción de territorio podría contener, al menos, los siguientes componentes

(…) se define como un espacio determinado por relaciones de poder, determinando así límites ora de fácil delimitación, ora no explícitos, y que posee como referencial el lugar; es decir, el espacio de la vivencia, de la convivencia, de la copresencia de cada persona. Y considerando el establecimiento de relaciones internas o externas a los respectivos espacios con otros actores sociales, instituciones y territorios (…) (Schneider y Tartaruga, 2006: 84-85).

Las diferentes nociones de territorio “son coyuntural, histórico-social, económica y culturalmente construidas. Además, la materialización discursiva de una determinada visión de lo que es el territorio determina relaciones diferenciales de acceso, de uso y apropiación del mismo (…)” (Bertoni, 2013: 27).

Bustos Velazco (2015: 268) retomando aportes de otros autores, propone que

en la medida que el territorio contenga a una comunidad, esta históricamente encontrará en él un referente de su identidad, dado que es allí donde se demarcan todas las condiciones de vida y uso de los recursos naturales. Así, la actividad económica estará en mediación constante por los actores y las dinámicas territoriales. En este sentido, el territorio surge como elemento de mediación y de integración con el mundo (…) vincula la dimensión simbólica, las acciones y los pensamientos que dan sentido al espacio y lo convierten en territorio.

Vivir el territorio define territorialidad, la que puede ser “entendida como la forma en la que el ser humano se identifica con el lugar, identificación otorgada a través de la dimensión simbólica que el sujeto le ha establecido a su territorio” (Reyes Tovar, 2011: 8).

Es preciso analizar

las potenciales relaciones temáticas y simbólicas que los grupos tejen con el medio ambiente en la construcción de su territorialidad (…) entendida en sus múltiples dimensiones (social, política, ecológica, económica) y en las formas en que distintos grupos establecen sus relaciones con el medio ambiente natural y con los humanos y no humanos que lo habitan (Bertoni, 2013: 38).

Bustos Velazco (2015: 271) indica que

el hombre convierte a través de los procesos de territorialización al espacio natural en espacio humanizado. Por lo tanto, la desterritorialización está relacionada directamente con la angustia e inestabilidad de los sujetos, que en ausencia del espacio habitado anhela volver a su territorio, reterritorializando lo que hace que las actividades de las comunidades sean dinámicas (…) lo que ocurre es una visión de territorio, como espacio terrestre socialmente construido, por lo tanto, va mucho más allá de lo que teóricamente se ha entendido, en donde no solo es concebido como continente físico, por el contrario, al referirnos a socialmente construido no podemos desligarlo de su significado histórico-cultural.

Una de las consecuencias visibles cuando ocurren transformaciones territoriales de cierta escala, es que también se producen movimientos poblacionales de entrada y salida a ese territorio. Porque muchos de los que estaban asociados a la actividad preexistente es probable que opten por alejarse y, a la vez, la instalación de una nueva actividad atraerá nuevos contingentes. La instalación de las empresas mineras en Santa Cruz promovió (según surge de nuestros propios relevamientos socioeconómicos) una importante migración desde otras provincias e incluso desde países limítrofes. Al respecto, la migración “no sólo da un desplazamiento de habitantes, bienes reales y simbólicos, o crea transformaciones (individuales, colectivas, territoriales) sino que, a su vez, produce una constante desterritorialización y reterritorialización de percepciones, sentimientos y memorias, sobrepasando las fronteras físicas del Estado-Nación” (Reyes Tovar, 2011: 1). A la vez, miles de personas que trabajaban en la actividad ganadera extensiva se alejan del espacio rural hacia las ciudades de cabecera o hacia otras provincias (Andrade et al., 2010).

Con la migración, prosigue Reyes Tovar (2011: 3)

se da un desplazamiento de identidades, es decir, los migrantes llevan consigo la representación simbólica de su territorio, de esta forma, a través del proceso de migración, se puede abandonar físicamente un territorio, pero no pierde la adscripción o referencia simbólica y subjetiva que se posee de su lugar de origen. Más aún, creemos que bajo esta hipótesis podemos hablar de un trazado de territorios ´imaginados´ que remiten a una expresión del ser (del migrante) y de su territorio (lugar de origen) como una apertura hacia la manifestación o expresión de territorializaciones.

Territorialidad y procesos de desterritorialización y reterritorialización

La noción de construcción social del territorio posiblemente tenga puntos de contacto con la potente noción que utilizan Deleuze y Guatari, la de agenciamiento, entendiendo que

la unidad real mínima no es la palabra, ni la idea o el concepto, ni tampoco el significante. La unidad real mínima es el agenciamiento (…) todo agenciamiento es colectivo y pone en juego poblaciones, multiplicidades, afectos, intensidades, territorios. Siempre hablamos, accionamos y pensamos desde un agenciamiento, es la línea imperceptible que atraviesa las ideas, los cuerpos, los elementos en juego, es el entremedio, que sostiene todas las relaciones (…) el agenciamiento es, ante todo, territorial. No hay Historia ni devenir posible sin esos encuentros, sin esos agenciamientos (Hermer, 2009: 164).

El territorio

es la primera cosa que hace agenciamiento, de acuerdo con estos autores, un agenciamiento puede ser entendido como una multiplicidad que abarca componentes heterogéneos, que nos permiten hablar de encuentros; es decir, y para tratar de aclarar un poco mejor esta idea, un territorio está compuesto de encuentros, que permiten establecer líneas de fuga, el territorio puede desterritorializarse, para establecer posteriormente otro agenciamiento, un proceso de reterritorialización (Reyes Tovar, 2011: 8).

Hablar de desterritorialización es

(…) verla como un paso hacia otro agenciamiento, es decir ´es el movimiento por el cual se abandona el territorio. Es la operación de la línea de fuga´ (…) una suerte de apertura hacia otro agenciamiento, que será producido por una reterritorialización (…) el proceso de desterritorialización constituye y amplia el propio territorio (Reyes Tovar, 2011: 9).

Reterritorialización “no debe ser confundida como un retorno a una territorialidad primitiva o más antigua: esta implica necesariamente un conjunto de artificios por los cuales el mismo elemento, el desterritorializado, sirve de territorialidad a otro nuevo” (Reyes Tovar, 2011: 10).

Otras visiones, enraizadas más bien en la práctica que en el mero ejercicio de teorización, son más contundentes cuando definen que

los procesos de des-territorialización (…) se basan, por un lado, en la expulsión de los pueblos por diversas causas (contaminación, violencia, endeudamiento, pobreza) y, por otro, en el desentendimiento de las responsabilidades respecto a las consecuencias sociales y territoriales de las acciones de las megaempresas agropecuarias -entre otras-. El desalojo violento más la exclusión silenciosa constituyen aspectos inherentes al modelo neoliberal de expansión agraria. Esto lleva a la configuración de territorialidades excluyentes (Bertoni, 2013: 30).

El proceso de desterritorialización al que referimos en este capítulo no se corresponde palmo a palmo con la noción que expone Haesbaert (2013: 12) cuando lo asocia a la precarización. En nuestro caso no se trata de grupos subalternizados y precarizados sino más bien de un colectivo otrora poderoso -al menos económicamente- que ha perdido fuerza de negociación ante la magnitud del oponente actual. Esto significa que menguó su potencia como oponente en el plano simbólico y empírico y esto trajo consigo un reacomodo de los alineamientos políticos.

Si compartimos que se trata plenamente de una cuestión de poder y que, a la par que se da la puesta en cuestión de una concepción de territorialidad se opera activamente la construcción de otra, sostenida en parámetros muy diferentes. Aquella, parece estar más cercana a la concepción de Sack, quien afirma que territorio

es todo espacio que tiene el acceso controlado; por lo tanto, desde el momento en que se controla espacial y materialmente el acceso de algún flujo (sea de mercancías, de personas o de capital), se está transformando el espacio en un territorio. Creo que este concepto es muy operacional, y de acuerdo al mismo el discurso de la desterritorialización implicaría la disminución de los controles en el espacio, la superación de los controles territoriales” (en Haesbaert, 2013: 18).

Puede decirse que en el mismo espacio geográfico, territorializado durante 100 o más años por la ganadería ovina extensiva y su red de localidades de residencia y servicios para la actividad, hoy se está produciendo una reterritorialización donde la extensión de superficie no importa en absoluto, predominando claramente la intensidad, la densidad del capital puesto en juego en la actividad minera.

Un componente fuerte de la hipótesis interpretativa sobre los cambios en el uso del suelo en buena parte de la provincia de Santa Cruz, centrando la mirada en el plano estrictamente vinculado a la significación que asume este proceso es que se está produciendo una verdadera alteración en lo empírico, de lo real históricamente existente en la percepción de la población santacruceña; se trataría de una mutación simbólica, correlato de notorias y aceleradas transformaciones empíricas: una enorme porción del territorio provincial está desapareciendo de la visión y consideración de la población santacruceña -es la que durante prácticamente 100 años se destinó a la ganadería ovina extensiva, el que ocupaba y todavía ocupa la ganadería ovina tradicional, al menos en la estructura dominial de la enorme mayoría de los predios-.

Este es un proceso de desterritorialización, lo cual adquiere sentido a partir de considerar al territorio

como una construcción social (…) como un conjunto de relaciones sociales que dan origen y a la vez expresan una identidad y un sentido de propósito compartidos por múltiples agentes públicos y privados (…) es dicha identidad la que permite dar sentido y contenido a un proyecto de desarrollo de un espacio determinado, a partir de la convergencia de intereses y voluntades (Schejtman y Berdegué, 2004).

Este aspecto se sostiene cotidianamente en los medios gráficos, televisivos y radiofónicos, toda vez que, desde hace más de 15 o 20 años, cada vez que se alude a la zona centro y/o norte de Santa Cruz, se habla cada vez más de minería y menos de ganadería. La pugna es hoy claramente visible en el plano de discusión ideológica: ganadería frente a minería. Sin embargo, en la dimensión práctica y económico-financiera y de empleos creados la segunda ha ganado una presencia difícil de rebatir, aunque los números y valores en que se sostiene la misma sean variables y a veces provenientes de fuentes que resulta necesario certificar una y otra vez.

Resulta interesante y, además, convergente con esta reflexión, el análisis de Svampa y Antonelli (2009: 17) en términos de narrativa desarrollista asumida por el Estado “en consonancia con las grandes empresas trasnacionales, en busca de la legitimación social del modelo y en nombre de una ´responsabilidad social´, que oculta de manera sistemática los graves impactos sociales y ambientales de tales emprendimientos”. Esta reflexión se corresponde con lo que decíamos más atrás, relacionado con la re-invención de un discurso que contenga las transformaciones y nuevas visiones del territorio y les otorgue un sentido positivo.

Esa narrativa se funda y sostiene en el surgimiento y consolidación de un nuevo paradigma productivo

(…) a diferencia de otros ´modelos de desarrollo´ que, más allá de las transformaciones, se sitúan en la ´continuidad imaginaria´ (un país agrario) o en el ´retorno a la normalidad´ (la Argentina industrial), el modelo ligado a la megaminería a cielo abierto requiere no sólo inscribirse en las significaciones del presente modelando visiones de futuro sino fundar un linaje, una genealogía honorable y unos mitos de origen, para volver deseable y razonable la ´Argentina minera´ (Svampa y Antonelli, 2009: 19).

Esta visión es coherente con los planteos de Haesbaert (2013: 23-24) cuando refiere a los territorios que conforman la base de un Estado Nacional: “al mismo tiempo que construye su territorio en su dimensión material y funcional, asegurando el control de las fronteras, el Estado debe construir todo un imaginario, todo un conjunto de representaciones sobre este territorio”. La cuestión central aquí es que ese imaginario está siendo re-escrito por las empresas mineras y los particulares o empresas que compran tierras con el invalorable aporte del Estado provincial santacruceño, que allana el camino cada vez que resulta necesario.

Como los elementos de un caleidoscopio, “la desterritorialización nunca puede disociarse de la reterritorialización, y puede tener tanto un sentido positivo cuanto negativo (…) la desterritorialización significa que todo proceso y toda relación social implican siempre simultáneamente una destrucción y una reconstrucción territorial” (Haesbaert, 2013: 13). Esas reconfiguraciones son las que resulta imperioso seguir y conocer porque impactan no sólo en las dimensiones económica y productiva, sino que traen consigo cambios en las percepciones, en las ideas, en la cultura, en las imágenes asociadas a un territorio en el que, con cada alteración, se crea y recrea la sensación de que vale (o no) la pena involucrarse, aportar y vivir.

Territorio y relaciones de poder

La propuesta de

Lefevre (1991), muy bien utilizada por Haesbaert (1997), ofrece dos categorías analíticas para explicar el desarrollo de la sociedad capitalista: espacios dominados y espacios apropiados, deja claro una diferenciación relacionada a los conceptos de territorio y lugar (…) Por un lado, los territorios apropiados serían aquellos utilizados, o apropiados, para servir a las necesidades y las posibilidades de una colectividad. Así, los territorios apropiados posibilitarían una apropiación simbólica y de identidad, además de funcional, de esos espacios, por lo tanto, una apropiación que sólo puede tener inicio en el lugar de cada individuo. Por otro, los territorios dominados serían aquellos espacios transformados y también dominados, casi siempre cerrados (en Schneider y Tartaruga, 2006: 83-84).

Para Lefebvre la apropiación

tiene una dimensión más simbólica. En general los grupos hegemónicos se territorializan más por dominación que por apropiación, mientras que los pueblos o los grupos más subalternizados se territorializan mucho más por apropiación que por dominación. En efecto, estos últimos pueden no tener la dominación concreta y efectiva del territorio, pero pueden tener una apropiación más simbólica y vivencial del espacio. Es interesante destacar que Lefebvre define el espacio vivido sobre todo por su carácter simbólico (en Haesbaert, 2013: 27).

Los espacios dominados, señalan Schneider y Tartaruga (2006: 84) serían

puramente utilitarios y funcionales, dentro de una racionalidad instrumental, es decir, con la finalidad de controlar los procesos naturales y sociales a través de las técnicas, sometiéndolos al interés de la producción. La historia de la acumulación de capital es también, para Lefevre, la historia de la separación de la apropiación y de la dominación, sobre todo con el surgimiento de la propiedad privada. Conviene destacar también que la posesión no es una condición necesaria para caracterizar los territorios dominados, existen formas de coerción económica y política (no-institucionalizadas) que favorecen la aparición de espacios dominados dentro de los espacios públicos, y que muchas veces tiene fuerte legitimidad en la población en general.

Bozzano (2009: 146) expresa que

el territorio es un lugar de variada escala -micro, meso, macro- donde actores -públicos, privados, ciudadanos, otros- ponen en marcha procesos complejos de interacción -complementaria, contradictoria, conflictiva, cooperativa, solidaria- entre sistemas de acciones y sistemas de objetos, constituidos éstos por un sinnúmero de técnicas -híbridos naturales y artificiales- e identificables según instancias de un proceso de organización territorial en particulares acontecimientos -en tiempo-espacio- y con diversos grados de inserción en la relación local-meso-global. El territorio se redefine siempre.

No se puede hablar de territorio sin hablar, a la vez, de espacio. Espacio geográfico sería aquel formado por “un conjunto indisociable, solidario y también contradictorio, de sistemas de objetos y sistemas de acciones, no considerados aisladamente, pero como el cuadro único en lo cual la historia pasa” (Santos, 1999: 51). Donde los objetos técnicos poseen un papel importante en la construcción histórica de la sociedad, pero son importantes también las “acciones de carácter técnico –interacciones demandadas por la técnica–, formal –formalismos jurídicos, económicos y científicos– o simbólico –formas afectivas, emotivas, rituales” (Schneider y Tartaruga, 2006: 79).

Souza (en Schneider y Tartaruga, 2006: 81) expresa que

el territorio es el espacio determinado y delimitado por y a partir de relaciones de poder, que define así un límite y que opera sobre un sustrato referencial, en definitiva, el territorio es definido por relaciones sociales. El territorio, por lo tanto, puede estar relacionado a formas jurídico – políticas, culturales y/o económicas de una gran empresa.

Más allá de las representaciones que tengan sujetos concretos en espacios específicos, parece evidente que

la territorialización del desarrollismo en América Latina y el resto del mundo en desarrollo, alude esencialmente a la agudización y expansión de las actividades extractivas [y esto porque cuando] se analiza el comercio internacional por sector (…) devela las asimetrías imperantes: el sector de bienes y servicios manufacturados, que representa el grueso del valor agregado en el comercio internacional es fuertemente controlado por los ´países desarrollados´, lo que deja una fracción minúscula del comercio internacional a los países en desarrollo que, en cambio, tienden a la especialización en actividades extractivas (Delgado Ramos, 2015: 40).

Respecto de situaciones particulares de los territorios, entre las que aplica sin complicaciones Santa Cruz, expresa Sili (2016: 10) refiriendo a la Puna

(…) la baja densidad y su correlato en la falta de infraestructuras y equipamientos genera claramente una desvalorización del espacio rural como ámbito de vida, se forma así un círculo vicioso de deterioro caracterizado por el éxodo hacia las ciudades y un aumento del deterioro de los pocos servicios e infraestructuras existentes, por falta de mantenimiento y la reducción de las capacidades operativa de los servicios públicos -especialmente escuelas y centros de salud- entre otros factores.

Parece, entonces, evidente, que el arribo de las grandes empresas mineras transnacionales supuso para las localidades de la Meseta Central Santacruceña -Puerto San Julián, Gobernador Gregores, entre otras- un salvavidas primero por generar cientos de fuentes de trabajo y por atraer un flujo migratorio importante, cuyo impacto no puede medirse solamente en número de personas sino también en lo que provoca en las culturas locales, en la hibridación y nuevas costumbres que promovieron un ensanchamiento de la histórica endogamia cultural local y, segundo, por lo que los aportes en efectivo que las erogaciones englobadas bajo la RSE en sus diferentes formas, suponen para estas localidades que aunque su población se multiplicó notablemente en estos años, no dejan de ser pequeñas ciudades (Cfr. Andrade, 2022) con dificultades todavía para convertirse en verdaderos centros de servicios y dinamizadores de sus enormes hinterland.

La geógrafa francesa

Chivallon (1999) define el territorio como experiencia total y continua del espacio. Al definir el territorio de este modo, como experiencia total del espacio impregnado por lo económico, lo político, lo cultural y lo natural, la autora afirma que ya no se puede trabajar con el territorio así entendido, porque ya no existe la experiencia territorial total en un espacio único y continuo; el mundo actual está marcado por la movilidad de las redes y por la discontinuidad (Haesbaert, 2013: 24).

La expresión antecedente va en la línea argumental que exponen Schneider y Tartaruga (2006: 81) cuando expresa que una característica de los territorios es que

sean dinámicos como las relaciones sociales proyectadas en el espacio, los territorios pueden desaparecer aunque los espacios correspondientes continúen inalterados. Esta situación sugiere la existencia de territorialidades flexibles, que pueden ser territorios cíclicos, que se presentan periódicamente o pueden ser territorios móviles (…).

Especialmente, habilita la idea de que el ambiente físico, natural se convierte en espacio que combina lo social y lo natural, en territorio, cuando se da la apropiación por un grupo humano (uno o más, según la tensión que logren establecer en la pugna de relaciones de poder) que lo hace desde una o más perspectivas y con unas intenciones y objetivos determinados (lugar de producción, de caza, de vida).

Un territorio

no es la síntesis equilibrada de la variedad de actores que lo componen. Al contrario, refleja, ante todo, la fuerza -y las debilidades- de cada uno de éstos y, más aún, la propia capacidad de construir las habilidades sociales necesarias para liderar el proceso de cooperación del cual dependen los diferentes proyectos que le dan vida. Las habilidades sociales de los actores sólo pueden ser comprendidas a la luz de las tácticas que emplean para conquistar la cooperación ajena, lo que significa estudiar concretamente quiénes son estos actores y dónde se sitúan en sus relaciones con los demás (…) (Abramovay et al, 2007: 29).

El espacio social es la suma de todos los actores que allí se encuentran, interactúen o no con los demás, pudiendo ser estos ocupantes del mismo espacio o externos.

Esta concepción trae consigo pensar que

los territorios son arenas, dominios, espacios sociales organizados o campos en los que actores colectivos tratan de producir sistemas de dominación -que es otra forma de denominar la obtención de la cooperación ajena- por medio de un conjunto variado de recursos materiales y culturales que les allanan caminos para interpretar, imprimir sentido, tomar posición y actuar en situaciones dadas (…) las organizaciones ayudan a generar (…) ´culturas locales´, que permiten a las personas interpretar su posición y volver comprensible lo que hacen para sí mismas y para los demás (Abramovay et al, 2007: 30).

Haesbaert (2013: 19-20), suma precisión conceptual a la noción de espacio

(…) el concepto de espacio es más amplio que el de territorio (…) el espacio (sobre todo el geográfico) resulta de una apropiación y/o una dominación de la naturaleza, aunque sea imposible separar lo que es natural de lo que es social (…) cuando se mira el espacio centrando el enfoque en las relaciones de poder, se está viendo y se está identificando un territorio. De manera más simple, el territorio sería una dimensión del espacio cuando el enfoque se concentra en las relaciones de poder.

Las nociones de desarrollo territorial y desarrollo rural

Sili (2016: 12) expresa que

más allá de los conflictos generados por el uso de los recursos, queda claro que en muchos territorios rurales el crecimiento productivo no se ha traducido mayormente en desarrollo rural pues las inversiones realizadas se acompañaron siempre de una permanente dinámica de deslocalización de la renta, es decir que la riqueza producida no fue reinvertida en los mismos lugares de producción. Por tal razón, no se puede conciliar crecimiento productivo, desarrollo rural y mejora sustancial de la calidad de vida

Agrega más adelante

solamente aquellos lugares que poseen condiciones de infraestructura, equipamiento, elevados niveles educativos, sistemas políticos más transparentes y elevada homogeneidad social pudieron transformar la dinámica de crecimiento productivo en el sector agropecuario en sustantivos incrementos de calidad de vida (…) los lugares que no poseen estas condiciones raramente han podido generar un desarrollo más autónomo y homogéneo; por el contrario, se advierten profundos procesos de fragmentación socioeconómica, con sectores ganadores y grandes sectores de la sociedad marginados (…) (Ibidem, 13)

Establece, finalmente, una sentencia respecto de un modelo de vínculo “que permite pensar que no existen ciudades dinámicas en contextos rurales en crisis, como tampoco existen áreas rurales dinámicas con ciudades de baja capacidad de desarrollo y calidad de vida” (Ibidem, 17).

Lo expresado por Sili previamente es un material de primera clase de cara al análisis que el impacto de la gran minería tuvo, tiene y tendrá en territorios como el que analizamos en Santa Cruz y en las localidades que lo conforman: de no mediar un cambio sustantivo a nivel sistémico, es decir, que la matriz sociopolítica en la que se insertan las grandes empresas mineras sufra transformaciones radicales y una parte importante de la renta que las empresas obtienen se transforme en medios de producción desde hoy para servir de apoyo al sistema productivo local-regional pos-minería del mañana próximo (en el caso de Puerto San Julián, el pos-Vanguardia, como se piensan -en teoría- los aportes de RSE que la empresa realiza a través de la Agencia de Desarrollo Local) lo que tendremos al final del ciclo de gran minería es una población empobrecida, sin posibilidades de inserción laboral y un hinterland rural que, en el lapso de gloria del extractivismo, cayó en el olvido y se fue vaciando, consumando ahora sí, un territorio árido aún más difícil de volver a domesticar.

En consideración de cuestiones teóricas como las mencionadas y también otras de orden práctico, es que Schejtman y Barsky (2008: 40) cuando están proponiendo componentes de una estrategia de desarrollo rural, señalan expresamente la necesidad de

definir lo que se entiende por ´territorios rurales´ (…) la tendencia natural es a pensar en unidades geográficas predeterminadas, que pueden ser delimitadas sobre la base de variables físico-biológicas o socioeconómicas. Sin embargo, en esta propuesta entendemos que el territorio es delimitado por sus agentes, sobre la base de relaciones que éstos establecen entre ellos, en las visiones e identidades que son capaces de construir, y en los objetivos de mediano y largo plazo que se proponen para hacer realidad esa identidad y visión. En suma, el territorio es una construcción social, o dicho de otra forma, un espacio geográfico al cual sus actores han dotado de identidad y de proyecto. Por tanto, el territorio se define desde abajo, por aquellos actores de los procesos de desarrollo que son capaces de establecer cuál es el espacio geográfico relevante, es decir, aquel que les es útil para dar cabida a los procesos de desarrollo que se han planteado.

Sin embargo, en nuestro caso de estudio, los actores provienen de diferentes niveles (local, regional, nacional e internacional) -y no siempre los habitantes más o menos permanentes del territorio en cuestión- tienen la posibilidad de definirlo, porque la preocupación radica en saber qué estrategias desplegar frente a los nuevos actores (por ejemplo, las grandes empresas de la minería transnacional o los compradores de tierras todavía con producción ganadera, como ocurre en la Meseta del Lago Bs. As.) y analizar los modos de insertarse para obtener los beneficios inherentes de pertenecer a la nueva red o, por el contrario, valorar las posibilidades de éxito de una estrategia de oposición y denuncia.

Decíamos que una parte muy importante de la Meseta Central Santacruceña está dejando de ser percibida como ganadera, va perdiendo de a poco su entidad de territorio con esas características. A la vez, una porción muy específica del territorio provincial ha transformado de modo acelerado e indudable las coordenadas desde las cuales es contextualizado y percibido. Este proceso podría ser entendido como reterritorialización de un territorio previo, definido como eminentemente ganadero: es el que ocupan (y explotan), desde mediados de los años ´90, las empresas mineras de capitales transnacionales. Esta nueva actividad se expande aceleradamente en toda la provincia y esa pequeña porción afectada a la producción minera genera ingresos largamente superiores a los de toda la actividad agropecuaria provincial.

Palafox-Muñoz y García Delgado (2018: 91) en su estudio en el Valle de Bravo (México), donde las transformaciones ocurren a la luz de una

nueva revalorización del territorio generando un valor de cambio distinto al que representa para las comunidades desplazadas. De esta manera, mediante la comercialización y el nuevo valor de uso de los espacios naturales, se desarrollan el ecoturismo, el turismo alternativo y las segundas residencias. En este orden de ideas, Valle de Bravo, en el Estado de México sirve de ejemplo para evidenciar al turismo como un eje de acumulación que despoja a las comunidades mediante la creación de ANP [Áreas Nacionales Protegidas] que son reorientadas al sector de servicios turísticos.

Una situación equivalente está ocurriendo en el sector sudeste de la provincia de Santa Cruz, donde capitales de origen extranjero pero administrados por organizaciones nacionales como la Fundación Flora y Fauna Argentina / Rewilding Argentina (FFyFA / RA) están comprando tierras en la Meseta del Lago Buenos Aires, muchas de las cuales todavía estaban en producción y son retiradas de la misma, provocando un impacto en las que procuran seguir que, a la larga, será devastador, en tanto aumenta el aislamiento de esos establecimientos como también la carga de la predación y el abigeato.

Lo que está ocurriendo en muchos y diversos territorios de América Latina y el mundo es una verdadera transformación del

valor de uso y cambio de la naturaleza, mercantilizando así los casi extintos bienes comunes [llevando consigo] la búsqueda de un mayor valor de cambio por parte del capital mediante el deterioro de los valores de uso (…) la desterritorialización destruye el espacio de saberes y bienes provocando el abandono del territorio original dando lugar a una reconstrucción del mismo mediante la definición de nuevos escenarios por el valor de cambio que sufre la naturaleza, es decir ´para que se cree algo nuevo es fundamental romper el territorio existente, creando otro´” (…) (Palafox-Muñoz y García-Delgado, 2018: 97-98).

En el capitalismo, desde siempre pero sobre todo desde que la humanidad ha podido acrecentar su dominio sobre la naturaleza “la transformación del propio valor de uso del territorio en mercancía es central, es decir, la instauración de la propiedad privada del espacio” (Santos, 1990 en García-Delgado, 2015: 34).

Desarrollo territorial rural

En un plano más concreto y con necesidad de contextualizar la mirada sobre territorios específicos, autores como Schejtman y Barsky (2008: 34-35) identifican las que se pueden denominar pre-condiciones para el desarrollo de los -genéricamente- denominados “territorios rurales”, apoyados en lo que presentan como “plataformas multiactores”, dotadas de la capacidad de organizar y conducir tales procesos. De tal forma que, en los diversos territorios, podemos encontrar:

a) actores locales con capacidades suficientes: son aquellos que articulan un amplio espectro de la sociedad local, tienen una organización formal y han logrado construir una visión compartida sobre la vocación del territorio. Demandan y necesitan el apoyo público para la formulación de sus planes y proyectos de desarrollo territorial rural; b) actores locales en proceso de consolidación de sus capacidades: son aquellos que han logrado consensos importantes entre agentes representativos de diversas organizaciones o sectores públicos y privados y que comienzan a dar forma a una visión compartida sobre la vocación del territorio; sin embargo, no terminan de conformarse como estructuras formales con capacidad y plena legitimidad para diseñar, organizar y conducir procesos localizados de desarrollo; c) núcleos catalizadores de desarrollo: se ha conformado un núcleo inicial de liderazgo, con legitimidad para ampliar el marco de alianzas que permita avanzar en una visión compartida y en proyectos de desarrollo que la hagan realidad y d) ausencia de núcleos catalizadores: son áreas rurales en las que la tarea consiste en estimular el surgimiento de núcleos iniciales de liderazgo, capaces de convocar y de dar forma gradualmente a alianzas mayores y a visiones compartidas sobre el territorio y su futuro. Existen condiciones de infraestructura y de servicios adecuadas, pero no se logra el pleno desarrollo de las potencialidades del territorio por la escasa cooperación entre los agentes locales.

Obviamente que este interesante aporte teórico exige analizar cada espacio en particular con el suficiente detalle, elaborar mapas de actores y conjeturar acerca de las redes que los vinculan y la intensidad de la conexión, pensando sobre todo en quién o quiénes se benefician de las producciones, cambios y transformaciones en ese territorio. Pensando en una estrategia de desarrollo rural para el país, encontramos que “(…) el verdadero reto: lograr procesos de transformación productiva e institucional que incluyan a los pobres, a los excluidos sociales y a los micro y pequeños empresarios rurales” (Schejtman y Barsky, 2008: 39).

Esta discriminación de los territorios según el tipo de actores que podemos encontrar en cada uno, liderando o vinculados a los procesos de territorialización, permite a estos mismos autores diferenciar cuatro grados de institucionalidad local y establecer su vínculo con la transformación productiva:

I) territorios vinculados a mercados relativamente dinámicos, pero cuyo potencial de mayor desarrollo se ve afectado por fallas institucionales importantes que dificultan o impiden la coordinación entre agentes, y que facilitan la exclusión de los pobres y de las micro y las pequeñas empresas; II) territorios vinculados a mercados no dinámicos y de bajo potencial de desarrollo, y que además se ven afectados por un bajo grado de desarrollo institucional; III) territorios con potencial de crecimiento acotado, con niveles razonables de desarrollo institucional desde el punto de vista de la inclusión de la micro y la pequeña empresas agro-rurales, con riesgo de pérdida de dinamismo; IV) territorios articulados con los mercados más dinámicos, y con un tipo de desarrollo institucional que no propende a la inclusión de los pobres y de las micro y pequeñas empresas agro-rurales (Schejtman y Barsky, 2008: 47-48).

Esta mirada, apoyada en una de las concepciones del desarrollo territorial, aquella que refiere al mismo como bifronte: productivo e institucional, destaca en cada una de las cuatro categorías el peso que lo institucional tiene para potenciar o desalentar las transformaciones requeridas y favorecer producciones viables y generadores de empleos y salarios dignos.

La dinámica del territorio en observación -del que se trate- requiere tomar en consideración que, de un lado

el espacio rural se caracteriza por el fuerte peso de las relaciones personales y por la elevada concentración de los recursos en un grupo reducido de habitantes, provocando que el poder político local esté muy influenciado por este grupo. Por el otro lado, nos encontramos con una masa de habitantes rurales pobres, que están dispersos y tienen enormes dificultades para realizar acciones colectivas (…) (Mora y Sumpsi, 2003: 17-18).

Este tema, el de la participación, es uno de los más complejos y delicados de abordar y trabajar en cualquier territorio.

Sin embargo, esta disquisición no debe llevarnos a perder de vista que, en los espacios rurales

(…) se encuentran múltiples redes de vinculación entre los componentes de cada conglomerado social particular. Los lazos de parentesco y vecindad; las relaciones de reciprocidad; las normas compartidas; las relaciones interpersonales; las asociaciones y las acciones colectivas; son, entre otros, formas de interrelación social extendidas por el tejido social (…) estas relaciones crean condiciones propicias para la cooperación y la confianza, elementos sustanciales para el desarrollo del capital social comunitario[2] y para el impulso de las estrategias de desarrollo local (…) (Mora y Sumpsi, 2003: 35-36).

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  1. En la transformación neoliberal de los años ´90, cuando los gobiernos instrumentan la idea de territorio eficiente lo hacen para traducir una manera diferente de concebir el espacio geográfico nacional, desplazando la idea de un modelo global de territorio subsidiado desde el Estado. Esto significó, en muchos casos, el desmantelamiento de la red de regulaciones que garantizaban un lugar a las economías regionales en las economías nacionales (Svampa, 2008).
  2. El “empoderamiento” de los actores sociales locales resulta de enorme importancia para lograr la paulatina reorientación de la acción institucional (Montaño, 2003). La capacidad de organización, movilización y negociación alrededor de las demandas de las familias y las comunidades, superando las relaciones fundamentadas en la oferta institucional, puede favorecer la modificación sustancial de las formas de intervención del Estado en los procesos de desarrollo rural. “(…) lo esencial del concepto de capital social es la capacidad de acción colectiva, puesta en práctica mediante tres vehículos: normas, redes y asociaciones. Su comprensión del concepto de capital social como ´la capacidad colectiva de tomar decisiones y de actuar conjuntamente para perseguir objetivos de beneficio común, capacidad que coloca al grupo o la comunidad en un plano de superioridad con respecto al individuo aislado´ (Flores y Rello, 2001:17); colocan el tema del ´empoderamiento´ en una posición clave para el desarrollo del capital social y para centrar la acción institucional en la atención de las necesidades, demandas y aspiraciones de la población rural (…)” (Mora y Sumpsi, 2003: 36).


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