4 El Mediterráneo hoy: entre la muerte y la hospitalidad

SS: ¿Qué hacer con estos dilemas, estos inconmensurables que también aparecen como grandes problemas en nuestro mundo contemporáneo como es por ejemplo la problemática de las migraciones? Aquí en Argentina y sobre todo en Europa. Al final de tu libro Elogio de la traducción, cuando hablás del “entre”, para hacer justamente el encomio de esta posibilidad de pasar entre diferencias que proponen las lenguas, hacés referencia a Lampedusa, esta pequeña isla entre Italia –es decir, el sur del continente europeo– y el norte de África. Este lugar, más que ser un sitio de hospitalidad, en términos de lo que una tierra, una pertenencia y un universal reclamaría, se volvió una especie de fosa.

 

BC: Es horrible. El Mediterráneo es una tumba, un cementerio. Es un hecho que soportamos y consolidamos. En lo sucesivo, no voy a hablar nunca más, en filosofía, sin agregar algo sobre este tema, sobre este antro, sobre Lampedusa. Pase lo que pase.

 

SS: ¿No es eso lo que termina de complicar el universal? ¿Puede haber universal después de Lampedusa?

 

BC: Sí, del mismo modo que puede haber un universal, aunque complicado, después de la Shoah. Simplemente, hay que repensar todo esto. Y hay que hacerlo rápido. Para Aristóteles, existen varias metáforas para la ciudad, pero hay algunas que son extraordinarias. La primera es cuando, en un espectáculo de teatro, decimos que hay un buen público si es variado. Es decir, cuando hay gente muy competente, críticos de arte, etc., y también hay gente que no sabe nada. Si todos aplauden, resulta que el espectáculo es formidable. Así, los no conocedores terminan siendo tan valiosos como los conocedores. Y hay otra metáfora, que es realmente muy interesante. Hablo de la metáfora del picnic. En definitiva, una ciudad es como una comida a la que asistimos todos juntos. Si cada uno lleva lo mismo, es un espanto. Si todos llevan tomates, mejor ni ir. Pero, si cada uno lleva algo distinto, la cuestión se empieza a poner más interesante. Aristóteles va incluso más lejos y explica que aquí ocurre como en la alimentación: aun lo que no es nutritivo, lo que no aporta calorías, vitaminas, de todos modos, sirve. La buena alimentación sirve para algo. Lo que no sirve para nada igual sirve. Y creo que así podemos frenar esta negativa a acoger. Se podría decir: “Pero, ¿cómo? ¿No se dan cuenta de que ustedes necesitan a todos, con todas las diferencias? ¿No se dan cuenta de que esa unidad que quieren preservar, ese mundo sin extranjeros, ese mundo sin hospitalidad…?”

 

SS: … y sin miseria, tal como señalás en tu libro. Vos mencionás dos problemas muy claros, que son los que impiden la hospitalidad de las personas migrantes: el problema del empleo, que es un problema a escala mundial, y el problema del “chez nous”, de lo nuestro, que no se vaya a llenar de la miseria de ellos. Y eso es muy interesante respecto de la figura del picnic que traés de Aristóteles. No toleramos a aquellos que traen la comida que no estamos acostumbrados a comer. O algo que, como decís, no es nutritivo en los términos en que fue estipulado. ¿Habría allí alguna exigencia de volver a medir continuamente cómo se fabrica la democracia?

 

BC: Sí, “entre”: entre todo esto. Y Derrida está otra vez presente. El modelo de la lengua, el modelo de la traducción es muy interesante. Nos dice: “No tengo más que una lengua; ahora bien, no es la mía”. Es decir que, en todo caso, hacen falta por lo menos dos. Hace falta un otro. El otro es necesario para saber que se es uno mismo. Y eso todos lo sabemos. Todos lo sabemos. ¿Cómo podríamos olvidarlo, aunque solo sea por un instante? ¿Y cómo podríamos olvidar, aunque solo sea por un instante, aquello que dice Hannah Arendt y que resulta tremendamente aterrador? “Hoy nos negamos a ver que vivimos en una época en la que confinamos a nuestros enemigos en un campo de concentración, y a nuestros amigos en campos de internamiento”. Eso es lo que hacemos con el otro. Y así dejamos de ser personas.

 

SS: Gracias, Bárbara, por este diálogo transatlántico por momentos intraducible y siempre con un otro o una otra…

 

BC: … ¡y con otra lengua!

 

SS: … ¡y entre mujeres! Con esta extranjería de las sofistas, como nos definiste hace un rato, que me pareció genial.

 

BC: Gracias a vos.

 

SS: Yo también me hice mejor.



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