1 Pasión filosófica e idioma griego

Senda Sferco: ¿Por qué llegaste a la filosofía?

 

Barbara Cassin: Para mí, la filosofía fue una cosa totalmente fuera de lo que imaginaba posible como materia de estudio. Es decir que la idea de que hubiera gente cuya profesión, cuyo trabajo fuera preguntarse “¿Existís?”, “¿Qué significa la libertad?”, me parecía increíble.

 

SS: ¿Por qué Grecia en el siglo XXI? ¿Por qué un anacronismo es importante para pensar el presente?

 

BC: Primero, no es tanto Grecia, sino el griego. Por la fuerza de la lengua y la fuerza de los textos, el griego me dejó totalmente pasmada, obnubilada. Tal como me obnubiló ese derecho a plantear grandes preguntas. Es la primera lengua que me hizo comprender que yo también tenía y tengo una lengua: el francés. Colocó en un lugar de preponderancia una lengua, una cultura, una visión del mundo. Fue la primera vez que sentí eso.

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Barbara Cassin y Senda Sferco en el Parque Lezama durante la grabación del Diálogo Transatlántico (2017).

El griego es realmente una lengua. Una divina lengua, más que una lengua divina. Insisto. ¡Una divina lengua! Y hay más de una. Es decir que las otras no son lenguas bárbaras. Y eso es muy interesante. Cuando empezamos a pensar así, las cosas se tornan más complicadas. Eso se llama “complicar lo universal”. Es el título de un libro que publiqué recientemente.

 

SS: Además, complicar lo universal significa terminar con el binarismo.

 

BC: Sí, totalmente. Y con el “mono-”, aun más que con el “bi-”.

 

SS: ¿Dónde aparece esta Grecia política en nuestro mundo contemporáneo?

 

BC: En todos lados. Para empezar, en la palabra “democracia”. La democracia, en el fondo, parece ser la cosa que más compartimos. Incluso más que el sentido común.

 

SS: ¿Cómo nace la democracia?

 

BC: Bueno, la palabra ya remite al poder del dêmos. Es decir, a una determinada manera de reunir al pueblo. Pero cuando vemos más de cerca lo que los filósofos griegos nos dicen de ella… No voy a hablar de Platón, quien, en cierto modo, odia la democracia. Prefiero hablar de Aristóteles, para quien la democracia es el régimen menos malo. Es muy interesante decirlo en esos términos. No es el mejor. No es “el” régimen. Es el menos malo.

 

SS: ¿Hay una dimensión comparada que aparece ahí?

 

BC: Exactamente. Cuando hablo de complicar lo universal, me refiero justamente a esto: dejar de pensar en términos de verdadero o falso, de bueno o malo, y pensar que puede haber algo mejor. La democracia no solo no es un absoluto, sino que es el mejor de los regímenes. Aquel que, de algún modo, hace que el poder sea popular. Y al mismo tiempo, ¿qué significa? Significa que el pueblo, en la democracia, puede ser, simultánea o alternadamente, dirigente y dirigido.

Como sabés, la democracia griega era una alquimia muy compleja. Pero entre los rasgos que la hacen completamente diferente de la nuestra, está la exclusión de las mujeres. Además, se basaba en la esclavitud y se daba en un ámbito muy pequeño. Una ciudad griega es un lugar donde los hombres, no las mujeres, tampoco los esclavos –que eran cuasi hombres–, intercambian opiniones y modos de hacer. Y fabrican algo parecido a un consenso agonístico –agón es la lucha–. Y logran ponerse de acuerdo intercambiando opiniones contrarias. Ese es el ágora, la fuerza de la palabra. Y podemos decir que la democracia griega funciona, realmente, sobre la definición aristotélica del hombre: “El hombre es un animal dotado de lógos” –razón, palabra, discurso–. Y, en torno a esto, se constituye la democracia. Ahora bien, ¿estamos nosotros en ese lugar?

 

SS: ¿Estamos allí, en este lugar de compartir la palabra? No lo sé…



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