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2 Mediaciones posmodernas:
la atención online de la salud

Patricia Karina Natalia Schwarz

Actualmente las lógicas de construcción de sentido y de las experiencias significativas de la vida están atravesadas por las Nuevas Tecnologías de Información y Comunicación (NTIC). Diferentes características son distintivas y afines a la vida en aquellas comunidades usuarias de estas tecnologías: hegemonía del valor de la información –el manejo de datos–, velocidad, experiencia en la superficie, interconexión, globalidad de los procesos sociales, hegemonía del lenguaje de las computadoras y de los países centrales que son los que iniciaron, junto con las lógicas de producción de la Modernidad Tardía, estos modelos de inteligibilidad.

En este momento histórico de valores globales y eclécticos, la relación médico-paciente adquiere una enorme diversidad de formas de expresión simultáneamente, la virtual es una de ellas, que será analizada en este trabajo. Desarrollamos aquí un análisis de la especificidad que las relaciones virtuales representan en tanto forma de sociabilidad y tipo de producción de significados, por medio de un nuevo lenguaje y prácticas que estructuran cuerpos y subjetividades en el campo de la gestión de la salud individual y colectiva.

En el contexto de reducción del espacio de consulta en pos de la optimización económica del recurso humano y tecnológico del mercado de la biomedicina, la interacción virtual entre médicos y pacientes es muy apropiada para lograr estos fines, pues sus restricciones acotan las dimensiones y la profundidad de estos encuentros. Así, una persona puede estar preparada para un compromiso en lo virtual pero no en el cara a cara y viceversa (Turkle, 1995). Estas posibilidades que ofrece el ciberespacio resultan atractivas también para atender el crecimiento de la demanda de atención a partir del progresivo envejecimiento de la población (Jung, 2009), del costo de la atención/tratamiento de enfermedades de larga duración y de la medicalización/medicamentalización/patologización de la vida cotidiana. En las últimas décadas los organismos internacionales han promovido el uso de NTIC entendiéndolas como factor de desarrollo económico, de inclusión social y un medio para evitar inequidades en el acceso a la salud.

Sin embargo, del mismo modo que en investigaciones cualitativas en Argentina (Schwarz y Mendes Diz, 2013), en relevamientos cuantitativos en Estados Unidos, los investigadores observan que las brechas socioeconómicas se profundizan en el espacio virtual; el solo hecho de que haya información o programas de atención de salud en Internet no elimina las inequidades, las diferencias socioeconómicas se trasladan a las posibilidades de acceso a Internet y a la forma de utilizar este recurso (Lustria et al., 2011).

Dialogar con un médico a través de un dispositivo tecnológico no es lo mismo que hacerlo cara a cara; por muchas razones, entre otras porque el dispositivo tiene entidad propia: impone un lenguaje, un escenario de interacción (la pantalla por ejemplo), una iconografía específica, tiempos propios (no solo referido a lo que demora en enviar el mensaje el dispositivo sino también a la posibilidad que da a los interactuantes de demorar la respuesta y considerarla antes de enviarla), una lógica de interacción a través de la interfaz (pantalla, teclado, micrófono, cámara, etcétera), incluso acota el mensaje mismo de acuerdo con la capacidad del dispositivo (mensaje de WhatsApp, correo electrónico, etcétera). Así, es necesario considerar que Internet es un espacio que no está libre de reglas, rituales y estilos de comunicación, y está permeado, también, por la cultura cara a cara (Boy, 2008). Tal como afirma Sherry Turkle (1995: 261):

Como en La montaña mágica de Thomas Mann, que tiene lugar en un sanatorio aislado, las relaciones se hacen más intensas con mucha rapidez porque los participantes se sienten aislados en un mundo remoto y poco familiar con sus propias reglas. Los lugares electrónicos de reunión pueden engendrar una especie de intimidad fácil. En una primera fase se puede sentir que la relación se profundiza con rapidez y la sensación de que el tiempo se acelera.

A continuación abordamos los procesos históricos de la Modernidad Tardía que han permitido el advenimiento de las lógicas y tecnologías estudiadas aquí, luego analizamos las NTIC en tanto paradigma de inteligibilidad y, por ende, de subjetivación; luego abordamos la especificidad de la interacción online entre médicos y pacientes; finalizamos el texto con algunas reflexiones e interrogantes.

El proyecto de la Modernidad Tardía, devenir y transformaciones

El término Modernidad Tardía alude a los procesos históricos desarrollados en las últimas cuatro décadas aproximadamente y se refiere a una profundización de los patrones propios de la Modernidad, cuyo advenimiento abre la puerta a un conjunto de transformaciones radicales en todos los campos de la vida social e individual. Algunas pistas para comenzar a comprender sus características particulares se relacionan con un complejo conjunto de factores políticos, económicos, tecnológicos e intelectuales. Como tendencias que abarcaron estos campos de manera integral, el movimiento político-ideológico iluminista del siglo XVIII, las revoluciones francesa y norteamericana coadyuvaron al paso de una fundamentación de legitimación sagrada a una secular; instalaron la legitimidad de la objetividad científica, la universalidad moral y legal, la autonomía del arte, la importancia del lenguaje, la confianza en el progreso a partir de un movimiento secular. Además, la dominación científica de la Naturaleza prometía la liberación respecto de la escasez y de los desastres naturales. También, el desarrollo de doctrinas de igualdad, libertad, y la racionalidad humana prometían la liberación de la irracionalidad de la superstición, del mundo mitológico, religioso y del uso arbitrario del poder, así como del costado oscuro de la propia naturaleza humana. Estas transformaciones se extienden a las nuevas condiciones de producción (maquinarias, fábricas, urbanización), consumo (crecimiento de mercados masivos, publicidad) y circulación (nuevos sistemas de transporte y comunicaciones). Tal como afirma Ulrich Beck (1999: 9):

La pregunta reza: ¿qué es la Modernidad? La respuesta es: no solo racionalidad orientada a un fin (Max Weber), explotación del capital (Karl Marx), diferenciación funcional (Talcott Parsons, Niklas Luhmann), sino también, como complemento y en conflicto con ello, libertad política, sociedad civil. La clave de esta respuesta es que el sentido, la moral, la justicia no son magnitudes dadas de antemano a la sociedad moderna y, en cierto modo, extraterritoriales. Muy por el contrario, la Modernidad cuenta en sí misma con una fuente de sentido autónoma, activa, muy antigua y, a la vez, de una gran actualidad: la libertad política. Esta libertad, sin embargo, no se agota por el uso activo, sino que, por el contrario, brota con mayor vigor y dinamismo. Modernidad significa, pues, que un mundo de seguridad tradicional se hunde y en su lugar aparece –si todo sale bien– la cultura democrática de un individualismo para todos, jurídicamente sancionado.

La reivindicación de la libertad en la vida social e individual propia de la Modernidad se inscribe en relaciones de poder, por ello implicó también la necesidad de la instauración de la igualdad; pues permite evitar que los individuos limiten la libertad mutua en el aprovechamiento de diferencias que privilegien las condiciones de unos sobre otros. Ahora bien, esta igualdad no se corresponde ni con el orden social, político y económico, ni con el natural; dado que la igualdad tampoco puede generarse solamente por medios coercitivos, artificiales; es necesaria la presencia de la fraternidad, la solidaridad, para establecer a través de una suerte de contrato entre los miembros de la sociedad esa igualdad necesaria para mantener los cánones más altos de libertad posible. La sujeción al dominio de las instituciones tradicionales es reemplazada, así, por la sujeción a un contrato entre individuos libres e iguales para vivir en sociedad (Simmel, [1917] 2002; Martuccelli, 2007). El nacimiento de la igualdad implica una apertura a la alteridad y la intercambiabilidad potencial de posiciones relacionales en la estructura social. La superioridad ya no se da por orden de la naturaleza o de la voluntad de Dios, sino que tiene que ser practicada y adquirida bajo estas condiciones. La era de la igualdad es la era de un diálogo forzoso entre culturas, en un sentido totalmente cotidiano, y de la profunda pérdida de seguridad que esto provoca a partir de lo inesperado, lo imprevisible, lo incontrolable. Significa, no el fin de la diferencia, sino una lucha general por su reconocimiento. Tocqueville (en Beck, 1999), llama a este proceso la “era de la homogeneidad”. Heterogeneidad significa ontologización de la diferencia; homogeneidad significa el fin de las diferencias ontológicas. La era de la homogeneidad es ampliamente conciliable con las desigualdades, con diversidad, inconformismo, dominación y obediencia, pobreza y riqueza (Beck, 1999; Martuccelli, 2007). La doctrina de la libertad y de la igualdad es la base de la libre competencia, mientras que la de las personalidades diferenciadas es la base de la división del trabajo (Simmel, [1917] 2002).

Así constituido, el modernismo parte de un criterio positivista, tecnocrático, racionalista, con una creencia en el progreso lineal, en las verdades absolutas, con un planeamiento racional del orden social ideal y una estandarización de los conocimientos y de la producción. La Modernidad une a toda la humanidad, de modo paradójico, pues a la vez la desune; la derrama en un torbellino de desintegración y renovación, de lucha y contradicción, de ambigüedades y angustias. Lo único seguro en la Modernidad es su inseguridad, su inclinación al caos totalizador. Lo moderno encierra un sentido de lo efímero, fugaz, fragmentario y contingente. El espíritu moderno no respeta su propio pasado, su misma condición de transitoriedad hace difícil preservar un sentido de continuidad histórica. El significado de la historia, en este marco, debe ser interpretado desde el cambio permanente y desde las interminables rupturas y fragmentaciones consigo misma (Harvey, 1990; Beck, 1999).

Otra de las transformaciones propias del proyecto iluminista que dio origen al modernismo se relaciona con la creación de una nueva organización racional del espacio dedicado al control social y la represión de la subjetividad y el deseo. A su vez, la aparición del teléfono, el telégrafo, la bicicleta, el automóvil, el avión, el cine, la televisión, la expansión de las vías de ferrocarril, entre otros, alteraron la percepción del tiempo-espacio. Algunos de estos elementos incluso conectan la vida pública con la vida privada irrumpiendo en los hogares. El desarrollo de las comunicaciones relativizó la noción de espacio y volvió más veloces y fragmentados los intercambios interpersonales, a la vez generó ansiedad por la estrecha proximidad en que suponía la relación entre los individuos. Este proceso, a su vez, diferenció a aquellos que podían acceder a estas tecnologías de quienes no podían hacerlo, contribuyendo al control social y la diferenciación de clase.

La adhesión a estos preceptos modernos se estructuró en torno a la fe en su capacidad de proveer progreso ininterrumpido, libertad y bienestar. Sin embargo, las luchas de clase evidenciadas de 1848 en adelante y durante el siglo XX, con sus dos guerras mundiales (amenazas de aniquilación global nuclear y miseria), dieron por tierra estas optimistas expectativas modernas. Se abre así la sospecha de que el proyecto iluminista estaba predestinado a volverse en contra de sí mismo y transformar la búsqueda por la emancipación humana en un sistema mundial de opresión en nombre de la liberación. Ante la incertidumbre, las biografías del bienestar se convierten en biografías de riesgo (Harvey, 1990; Beck, 1999; Baricco, 2008). La “semántica del riesgo”, como la llama Ulrich Beck (2008), alude al proceso de incertidumbre y cambio permanente, propios de la Modernidad, donde los riesgos resultan a menudo de los éxitos de la civilización.[1] Así, Beck (2008) con el término “sociedad del riesgo” describe una época –aproximadamente desde 1970 hasta hoy– de profundización de las pautas modernas y de descontento y temor frente a las consecuencias del éxito de la modernización. Este tipo de riesgo construye un lenguaje propio que mueve a la acción y es constitutivo de la nueva realidad social global.[2] La vía regia por medio de la cual se instaura como un nuevo lenguaje con fuerza política es la escenificación de la realidad del riesgo mundial. Pues solo haciendo presente el riesgo mundial, escenificándolo, el futuro de la catástrofe resulta actual. Ahora bien, este lenguaje global del riesgo resulta del encuentro o desencuentro de las diferentes culturas y sus diferentes modos de abordarlo, pues si bien es cierto que la modernización permitió que habitemos todos un mismo presente, tal como afirma Beck (2008), no por eso este presente hace pie en un pasado común ni garantiza un futuro compartido.

La mutación es parte de un dilema constitutivo de la Modernidad: la necesidad e implementación de la destrucción de lo anterior para instaurarse provoca una lógica de destrucción que también alcanza a la Modernidad misma, sumergiéndola en un proceso de cambio permanente (Harvey, 1990; Beck, 2008).

El proceso de transformación que llevó a la instauración de lo que dio en llamarse postmodernismo o Modernidad Tardía, aproximadamente a partir de 1970, partió de la acción simultánea de varios factores, en reacción a los procesos característicos de la Modernidad, antes descritos.[3] Entre estos factores podemos mencionar la intervención de los movimientos de contracultura y antimodernistas a partir de la década de 1960. Opositores a las características opresivas de la burocracia racional, científica y tecnocrática difundida a través del Estado, las corporaciones y otras formas de poder institucionalizado, estos movimientos exploraron el campo de la autorrealización individualizada desde una política de neoizquierda y de prácticas antiautoritarias, hábitos iconoclastas y razonamiento crítico respecto de los estilos de vida. Esta creciente rebelión comenzó en las universidades, escuelas de arte, grupos feministas y en los centros culturales urbanos, extendiéndose a todo el mundo y provocando un cambio en la estructura de la sensibilidad y la organización social global.

Otro de los factores de transición fue el paso del fordismo a un tipo de acumulación flexible, a través de nuevas formas de organización y tecnologías en la producción. La aceleración en los tiempos de producción dio lugar a la aceleración del intercambio y del consumo. El desarrollo de las tecnologías en comunicaciones junto con la racionalización de las tecnologías de distribución hizo posible que las mercancías circularan a mayor velocidad. En el área del consumo dos fenómenos fueron de importancia: el desarrollo de un mercado de masas y del consumo de servicios (Harvey, 1990).

Comienza así un proceso de transformaciones estructurales en todos los campos de la vida social e individual: la compresión del espacio y del tiempo, a partir de lo cual las experiencias del pasado son comprimidas en un abrumador presente que aborda los fenómenos de la realidad en términos de permanente simultaneidad. Esta mutación se refiere a una idea distinta de qué es la experiencia, y un emplazamiento diferente del sentido en el tejido de la existencia, donde el pasado solo es relevante en tanto puede conectarse con el presente (Harvey, 1990; Bauman, 2003; Baricco, 2008). Para resumir este proceso, Harvey (1990) afirma que el modernismo es devenir y el posmodernismo es ser. Sin embargo, a pesar de que existe una continuidad en la condición de fragmentación, relativismo, de lo efímero, y de cambio caótico, entre el modernismo y el posmodernismo, ello no quiere decir que este último sea solo una versión del primero, sino que estas ideas estaban en estado latente en el primer período y se volvieron explícitas y dominantes en el siguiente.

Esta nueva sociedad postindustrial se sumerge en un sistema racionalizado y masivo de consumo de bienes, pero sobre todo, de imágenes y signos. En este marco, las diferencias jerárquicas se mantienen pero ya no se basan única o fundamentalmente en la distinción de clase o de ocupación, sino en un contexto de fuerte individualismo, parten de las apariencias y se basan en las posesiones, en los estilos. El ámbito urbano en particular está en vías de disolver las homogeneidades, se presenta como un gran teatro en el que cada sujeto puede diseñar sus propias performances de acuerdo con su imaginación y necesidad, las identidades individuales se vuelven fluidas, flexibles, cambiantes; abiertas a la transformación constante y a la imaginación. Así como esta posibilidad genera mayores libertades, también genera mayor estrés e incertidumbre. Se trata de un profundo cambio en las estructuras sentimentales. Las apariencias y la superficialidad se vuelven la lógica fundamental de estos constructos simbólicos (Harvey, 1990; Martuccelli, 2007). La revolución tecnológica, la revolución lingüística, el imperialismo estadounidense y el comercio masivo coadyuvaron a que las expresiones culturales se difundieran con rapidez y masividad, a través de la generalización de una lengua simple, rompiendo con los privilegios de acceso sobre el arte. Este proceso pierde en el camino la profundidad de los sentidos, su complejidad, su historia. Habitando la superficie se fortalece la fluidez de las secuencias de conexión entre tramas de experiencia, condición indispensable para la construcción de sentido (Baricco, 2008).

El posmodernismo privilegia la heterogeneidad, las diferencias y el pluralismo como fuerzas liberadoras en la redefinición de los discursos culturales. Individuación, ambivalencia y vacío, fragmentación, indeterminación y una intensa desconfianza de los discursos totalizadores o universales. Se reconfiguran viejas dicotomías, poniéndolas en diálogo: espacio público versus espacio privado, esencia versus superficie, entre otros. Contrariamente al proyecto iluminista, el posmodernismo propone reafirmar a Dios sin abandonar los poderes de la razón. Pues, según la idea moderna, la razón niega a Dios y los valores morales y espirituales que conlleva; entonces, si la lujuria y el poder son los únicos valores que no necesitan la razón para ser descubiertos, la razón se vuelve un mero instrumento para sojuzgar a otros. La posmodernidad podría ser caracterizada como aquella que impone a los individuos el comprenderlo todo y animarse a todo (Beck, 1999; Martuccelli, 2007; Baricco, 2008).

A su vez, la democracia tiene muchos rasgos típicos de la posmodernidad y viceversa. Por ejemplo, la idea de dispersar el sentido (poder) sobre la superficie de muchos puntos equivalentes (ciudadanos) en vez de mantenerlo anclado en un único punto sagrado (el rey, el tirano). La idea de que el poder sea entregado no al más noble, ni tampoco al mejor o al más fuerte, sino al que se dirigen más links (el más votado). La idea de que el poder no tiene legitimidad vertical (rey elegido por Dios), sino que tiene legitimidad horizontal (consenso de los ciudadanos). La velocidad con que la democracia pone en juego el poder (cuatro años presidenciales, no siglos de una dinastía o décadas de un tirano).

En la posmodernidad, el sentido se desarrolla en el movimiento, en las secuencias de conexión entre diferentes fragmentos de mundo. Esta noción deja fuera del interés la categoría de origen, pues se trata de un punto inmóvil, en tanto no sea útil para un presente en movimiento; solo de esa manera puede resultar interesante. Las cosas no son en sí mismas, sino que se definen en relación con lo que se transforman (Baricco, 2008).

En la nueva modalidad de producción, la instantaneidad y la disponibilidad son elementos muy valorados a partir de una dinámica de descarte de bienes, estas características se vuelven necesarias. La cultura de lo descartable comienza a extenderse desde la relación con los bienes a las relaciones amorosas, valores, estilos de vida, entre otros. A través de estos mecanismos, los individuos se ven forzados a hacer frente a la exigencia de disponibilidad, novedad y la perspectiva de una instantánea obsolescencia. El cambio permanente y la sobrecarga de estímulos obligan a los individuos a adaptarse a una alta volatilidad y dificulta el compromiso con proyectos a largo plazo. Esta actitud es alentada por la publicidad y los medios de masas, de tal manera que las imágenes ya son ellas mismas mercancías. La preponderancia de la ética le deja lugar al dominio de la estética. El consumo masivo se constituye como experiencia central de legitimación e integración; sin embargo, el coagulante social por excelencia es la libertad política. En este contexto, el futuro tiene el sello de lo aleatorio dada la condición de desempleo masivo y precarización de las situaciones de trabajo a nivel mundial (Harvey, 1990; Castel, 1997; Beck, 1999; Bauman, 2003).

Como consecuencia de la incertidumbre y el cambio permanente, el individuo se busca a sí mismo, con la expectativa de encontrar en su yo el único punto de apoyo sólido (Simmel, [1917] 2002; Martuccelli, 2007). Este centramiento de la experiencia desde y hacia el individuo es solidario con el paradigma subjetivo online. El lenguaje digital, como todo lenguaje, tiene carácter performativo, “la performatividad debe entenderse, no como un acto singular y deliberado, sino, antes bien, como la práctica reiterativa y referencial mediante la cual el discurso produce los efectos que nombra” (Butler, 2005: 18). Así, la performance puede ser entendida como pedagogía, en tanto reproduce y produce a la vez individual y colectivamente una enseñanza y un aprendizaje.

Este aprendizaje de los criterios de sociabilidad online imbrica la vida material con la virtual. Si bien por un lado las condiciones en que se habita el ciberespacio, mediante la acción sobre una computadora, refuerzan la sensación de control del usuario sobre lo que ocurre allí, por otro lado, Internet resulta un dispositivo de control sobre las acciones y discursos expuestos, por medio de sus condiciones de interacción. Es por ello que se establece una compleja trama de control en la que la reproducción normativa negocia con la creación de nuevos sentidos en esta arena de una pedagogía virtual.

Así, la legitimidad del espacio de sociabilidad online le da fuerza regulatoria y normativa a sus contenidos. La misma operatoria del dispositivo implica una construcción intersubjetiva del mismo, en Internet los usuarios son consumidores y productores a la vez. Estas características distintivas del mundo digital online constituyen un paradigma de sentido que articula con las lógicas posmodernas. Es por ello que a continuación desarrollamos esa dimensión de análisis.

Las nuevas Tecnologías de Información y Comunicación en tanto paradigma

La novedad de la comunicación virtual remite a nuevas estructuras cognitivas de construcción simbólica. En la realidad mediatizada por las tecnologías el sujeto se vuelve un observador de segundo orden, pues observa lo observado por la tecnología; es decir, la representación se convierte en referencia de lo representado (Schultz, 2007). Margarita Schultz (2007: 153) da cuenta de este nuevo tipo de comunicación a través del concepto de “socialización link” en cuanto que “se caracteriza, en su acción de enlazar fracciones de información, por su agilidad, fragmentación, superficialidad y dispersión”. De este modo, las NTIC son socializadoras en tanto polo de identificación colectiva, matriz de estructuración de representaciones sociales, de afectos y de finalidades de acción (Cabrera, 2006). Su nombre tiene carácter performativo en cuanto gesta su propia hegemonía vinculándose con nociones modernas aún vigentes, tales como el criterio de temporalidad en tanto linealidad: nuevo tiempo, nueva sociedad; subyace un criterio de progreso inmanente a una temporalidad propia de la nueva y luminosa sociedad frente a la antigua oscuridad. La tecnología ejerce una capacidad simbólica para ser invocada como siempre nueva, dando origen a una sociedad nueva. Como todo discurso político con aspiración de ser hegemónico, desde sus orígenes, las NTIC han desarrollado una narrativa de análisis de actitudes en relación con su consumo en tanto afiliados o detractores: amigos/enemigos (Cabrera, 2006).

Esta mediación es constitutiva de los canales de representación simbólica en la interacción entre el médico y el paciente. Tal como afirma Schultz (2007), las experiencias virtuales intensifican el orden simbólico por tratarse de una realidad que el sujeto experimenta virtualmente: el médico no está ahí físicamente, pero sí lo está virtualmente, es como si estuviera pero no lo está. Esta situación requiere un grado de abstracción para comprender el proceso.

Estas lógicas estimulan y añaden carriles de acción específicos a la vida social y subjetiva. La inserción de la alta tecnología en la vida cotidiana provoca que sus consumidores estén en un estado de atención parcial continua, donde siempre se está ocupado, atento a todo pero sin centrarse en algo concreto. La atención parcial continua es diferente a la multitarea, pues en esta se tiene un objetivo para cada acción en la que se intenta mejorar la productividad y la eficacia. Por el contrario, cuando la mente trabaja de forma parcializada y de manera continuada, se busca cualquier contacto en cualquier momento, conectado a la atención periférica. No hay tiempo para reflexionar, considerar o tomar decisiones profundas; la sensación que se produce es de crisis constante: atentos a la aparición en cualquier momento de un contacto nuevo o de alguna noticia o información (Small y Vorgan, 2009).

Estas prácticas son solidarias con novedades en la interacción social. La plétora de información que se vuelca en las vías de comunicación virtuales hace muy inestable su realidad cotidiana, facilitando un estado de cambio constante. Así, por ejemplo, la sociabilidad online tiene como particularidad, entre otras cosas, la facilidad de no compromiso y la ruptura a voluntad. En la lógica de red la conexión y desconexión son legítimas y de fácil acceso, se turnan y combinan incesantemente trazando la trama de la navegación virtual (Boy, 2008). Tal como afirma Paula Sibilia (2008), estas tecnologías generan desplazamientos en las formas de construcción de subjetividad, de fragilidad e inestabilidad del yo visible, exteriorizado y alterdirigido.

Si bien la desterritorialización se asocia a las NTIC, estas tienen un correlato en un proceso de territorialización de la brecha social, que vincula el espacio con los soportes materiales y de recursos humanos que permiten el uso de este tipo de tecnología (Vio y Fritzsche, 2003). De este modo, el cuerpo queda localizado en la computadora, estructurando así la configuración de sentido de su experiencia también. Las NTIC pueden resultar un dispositivo que disciplina cuerpos y a través de este disciplinamiento configura subjetividades. El poder de la experiencia otorga al sujeto la capacidad de operar sobre la configuración de sentidos otorgados a la propia identidad, subjetividad y cuerpo en tanto diferentes momentos de un mismo movimiento. Según Maurice Merleau Ponty (1975), la experiencia configura las percepciones, en tanto estas son resultado de una sinergia de sentidos (olfato, tacto, vista, entre otros). Asimismo, la experiencia es mediada por el sentido y este cobra vida en la interacción social. De esta manera, la configuración de significados se produce en la interacción de las propias experiencias con las de los otros. La construcción de sentido es inseparable, entonces, de la subjetividad e intersubjetividad. En sus términos, la experiencia es la forma de acceso al conocimiento y al lenguaje. De tal modo que el sujeto resulta una potencia que co-nace (co-noce) a un cierto medio de existencia o se sincroniza con él. Se trata entonces de la experiencia de un mundo, no en el sentido de un sistema de relaciones que determinan por entero cada acontecimiento, sino en el sentido de una totalidad abierta, cuya síntesis no puede completarse (Merleau Ponty, 1975). Abordamos así estos nuevos modos de construir subjetividad desde una perspectiva integral del cuerpo y las emociones, desde el concepto de experiencia de Maurice Merleau Ponty (1975). Según este autor, el sujeto y el mundo se relacionan a partir de su mutua imbricación. De este modo, rompe la dicotomía sujeto/objeto, pues el sujeto cognoscente es parte de lo conocido, coexisten y por esta cualidad es que el sujeto puede relacionarse con el mundo a través de la experiencia perceptiva. El sujeto es la experiencia que encarna. Así, habitar el mundo es conocerlo, el sujeto encarna el cuerpo mundo. Se trata de una experiencia prediscursiva pero a la vez es constituida/constituyente por/del lenguaje, ya que la configuración de sentido también tiene lugar en la experiencia corporizada pensada esta de modo integral junto con su entorno. Tal como afirma Adrián Scribano (2010: 3):

La política de los cuerpos, es decir, las estrategias que una sociedad acepta para dar respuesta a la disponibilidad social de los individuos es un capítulo, y no el menor, de la estructuración del poder. Dichas estrategias se anudan y son fortalecidas por las políticas de las emociones tendientes a regular la construcción de las sensibilidades sociales.

De modo coherente con la impronta de cada era, los procesos socializadores en la Modernidad entrenaban en la administración del cambio, mientras que en la Modernidad Tardía desarrollan la creatividad para producir innovaciones constantes (Urresti et al., 2015). Estas lógicas coinciden y se refuerzan con la operatoria de las NTIC, las cuales son inherentes a este paradigma. Estas herramientas permiten la interconexión en red, personas que consultan sobre las enfermedades que padecen, sobre dudas acerca de problemas de pareja, sobre estrategias laborales, sobre la vida en general. Sin embargo, a pesar de que pareciera que las redes son las protagonistas en estas prácticas, la unidad ontológica e interpretativa en las NTIC es el individuo, el yo.

En este escenario, la capacidad de agencia depende, entre otras cosas, de la posesión diferencial de los recursos. La vida social se traslada al ciberespacio y con ella acarrea las diversas dimensiones en las que se manifiesta.

Los sistemas digitales median en la comprensión del mundo a través de la modalidad de interfaz. En este escenario, dos dispositivos técnicos de comunicación asumen un rol central: la pantalla y la interfaz técnica. Esta última pone de manifiesto la transformación de la cultura basada en la escritura, en las estructuras narrativas logocéntricas y los contextos físicos hacia la cultura digital orientada a lo visual, sensorial, retroactivo, no lineal y aparentemente inmaterial. La pantalla, por su parte, en tanto vincula al humano con la máquina, estimula la participación intuitiva mediante la visualización y la percepción sensorial de la información digital. La interacción se da con la representación del mundo, no con el mundo mismo, se trata de una experiencia mediada, una forma en que la experiencia subjetiva se perfila en la pantalla. El poder de la imagen técnica conlleva la pérdida del posicionamiento central del individuo en un mundo iconofílico. En la pantalla el sujeto es un observador de segundo orden pues construye su realidad sobre la realidad construida por los medios tecnológicos (Giannetti, 2007). Tal como describe Margarita Schultz (2007: 145), la pantalla acopla lo visual a la interfaz:

Dos dispositivos técnicos de comunicación asumen un notable protagonismo en la cultura digital: la pantalla y la interfaz técnica. La interfaz humano-máquina propicia cambios radicales respecto a las formas de comunicación basadas en medios digitales y telemáticos, entre los cuales podemos señalar el replanteamiento del factor temporal (tiempo real, tiempo simulado, tiempo híbrido, simultaneidad); el énfasis en la participación intuitiva mediante la visualización y la percepción sensorial de la información digital; la generación de efectos de translocalidad y de inmersión; y el acceso a la información mediante sistemas de conexión ramificada; de nexos o asociaciones pluridimensionales. La interfaz humano-máquina repercute en la propia comprensión de la arquitectura de la comunicación, dejando de ser una metáfora de la construcción del lenguaje que define un campo concreto, para asumir una dimensión inmaterial e inestable, no supeditada a un espacio físico y a un tiempo secuencial determinados. Por otra parte, la interfaz técnica pone de manifiesto la transformación de la cultura basada en la escritura, en las estructuras narrativas logocéntricas y los contextos físicos, hacia la cultura digital orientada a lo visual, sensorial, retroactivo, no-lineal e inmaterial.

El crecimiento del mundo online es constante, parte importante de este proceso es la búsqueda de inclusión masiva en el mundo virtual como política de mercado y dominio geopolítico; en lo referido específicamente a personas excluidas y pobres, su inclusión en el mundo virtual fue un objetivo de Naciones Unidas en el año 2000, así como de otros organismos internacionales.

Frecuentemente los análisis sobre el uso de las NTIC se preguntan si la comunicación a través de la computadora podría ofrecer la posibilidad de invertir los tradicionales juegos de poder en el proceso de comunicación; considerando por ejemplo que una de las novedades de la sociabilidad online radica en que los usuarios de Internet son consumidores y productores a la vez (Castells, 1999; Urresti et al., 2015). Sin embargo, observar que las brechas de diferenciación socioeconómica, étnica, etaria, geográfica, idiomática, generan y se refuerzan con las brechas digitales, permite suponer que por el momento no será así (Schwarz y Mendes Diz, 2013). Según Jorge González (2008), diversos estudios demostraron que la relación entre el tamaño del Producto Interno Bruto (PBI) de un país y la densidad de la tecnología instalada son directamente proporcionales. Castells (1999) también afirma que las NTIC proponen un modelo cognitivo común, el problema aquí es que si se está por fuera de ese modelo la consecuencia es la marginación. Esto puede observarse en los hallazgos de la Encuesta Nacional de Consumos Culturales y Entorno Digital (ENCC, 2013) realizada por el Sistema de Información Cultural de la Argentina (Ministerio de Cultura de la Argentina), la diferencia en cuanto a conexión y uso de Internet entre la población de nivel socioeconómico bajo y la de nivel socioeconómico alto es de aproximadamente tres veces mayor en este último grupo. Los usuarios de nivel socioeconómico alto, medio alto y medio (95%, 87% y 78% respectivamente) y de edades más bajas (93% de 12 a 17 años) y habitantes de la región central del país son los que más utilizan PC. El porcentaje de uso en el siguiente rango etario (de 18 a 29 años) es del 90% y salta a 75% de 30 a 49 años. Entre aquellos que no usan computadora, la mayoría afirma que no lo hace porque no tiene el dispositivo (43%), le sigue en cantidad de casos la respuesta: porque no aprendí a usarla (29%). Estas dos respuestas son más frecuentes en los sectores socioeconómicos más desfavorecidos. Asimismo, la computadora es el dispositivo tecnológico que más se extendió en los últimos tiempos en Argentina: el 71% de los argentinos tiene PC (en este dato podemos estar observando el impacto del Programa Conectar Igualdad, en el que el Estado distribuyó desde 2010 computadoras a alumnos de colegios de todo el país), el 68% es usuario, el 65% se conecta a Internet y el 60% tiene conexión en su casa. El tiempo promedio de uso de la computadora es de 2 horas y media diarias. Es de destacar el protagonismo del teléfono celular en los consumos digitales, el 24% de la población se conecta a Internet a través de los smartphones, y el 10% los usa para jugar videojuegos. De los contenidos que se consumen en Internet, las redes sociales se ubican primero, con un 57% de usuarios (46% de uso frecuente). Chequear mails, bajar música o escucharla online e informarse a través de diarios o de medios alternativos son también actividades muy frecuentes. El 56% se conecta habitualmente desde su casa y el 13% desde su trabajo, el 9% en casa de amigos o familiares y el 6% en la escuela o universidad. Si se considera a Internet como un consumo cultural (en tanto que el pago mensual de los internautas por ese servicio se debe a los contenidos audiovisuales, musicales y escritos ofrecidos), el abono a Internet es el gasto más alto en materia cultural de acuerdo con la mencionada medición.

En cuanto a las características etarias y de sexo de los usuarios, los sujetos de menor rango etario (12 a 17 años) son los que tienen conexión domiciliaria a Internet en mayor proporción (71%), le sigue el rango de 18 a 29 años con el 72% de los casos. En cuanto al grupo de menores de 30 años, 9 de cada 10 suelen usar Internet; y la frecuencia de uso disminuye abruptamente a partir de esa edad (70% en el siguiente rango etario: 30 a 49 años). Asimismo, no hay diferencias en la frecuencia de uso de Internet según sexo.

En términos generales, en Argentina las variables que mayor influencia ejercen sobre el grado de acceso al uso de celular, computadora e Internet son el nivel de instrucción alcanzado y la edad (ENTIC, 2013). Asimismo, según los datos disponibles de la segunda Encuesta Nacional sobre Acceso y Uso a las Tecnologías de la Información y la Comunicación (ENTIC) en hogares y personas, desarrollada a mediados de 2015, en Argentina el 61% de los hogares tienen acceso a Internet. Entre el año 2011 y el 2015 se elevó dicho acceso de 48% a 61%. El 76% de los hogares de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (espacio de mayor concentración económica del país) tiene acceso a Internet, a diferencia del 57,2% del conurbano bonaerense (ENTIC, 2016).

De acuerdo con lo expuesto hasta aquí, las NTIC, particularmente Internet entre ellas, representan una transformación en las posibilidades de acceso a la información y la interacción, facilitan el compartir interpretaciones y usos de la información recogida en esos espacios, además de una mayor producción de significados y contenidos. Aspectos de vital importancia en lo concerniente a salud, pues, les otorgan mayor libertad y autonomía a los usuarios de la red para conseguir información y herramientas de abordaje sobre padecimientos, prevención, promoción de la salud, tratamientos de la medicina hegemónica y de las medicinas alternativas. A pesar de ello, es necesario considerar que se trata de una mercancía más del mercado de consumo y como tal solo es accesible a quienes tienen los recursos necesarios: culturales, económicos, tecnológicos. La vida social se traslada al ciberespacio y con ella acarrea las diversas dimensiones en las que se manifiesta, las brechas sociales son una de ellas. Internet se enmarca en criterios culturales previos que en ocasiones retoma y en ocasiones transforma.

Médicos y pacientes en la arena digital

La utilización de este medio para la comunicación médico-paciente se da no solo en el contexto de desarrollo de las NTIC sino también en la ampliación del mercado de consumo de la biomedicina, la creciente patologización de la vida cotidiana para desarrollar ese mercado, y la consecuente saturación de los sistemas de salud (Schwarz, 2014).

En 2005, la Organización Mundial de la Salud (OMS, 2016), en el contexto de la Asamblea Mundial de la Salud de dicho organismo, ha definido el concepto de eHealth en tanto uso económico y seguro de las NTIC en apoyo de los diferentes campos de la salud, incluyendo servicios de atención en salud, vigilancia epidemiológica, información y literatura sobre salud, así como de educación para la salud, investigación y conocimiento sobre esta área también. En la misma Asamblea resolvió tener como objetivo complementario promover la cobertura universal de salud para la población mundial. Esto último se apoya en las estrategias de eHealth para lograrlo.

Asimismo, la OMS (2016) diferencia el término mHealth (mobile Health) para referirse al uso de dispositivos de comunicación móviles –teléfonos celulares, aparatología de monitoreo de pacientes, asistentes personales virtuales, dispositivos inalámbricos– para la atención médica en salud pública. El tercer término que utiliza la OMS para especificar las prácticas de eHealth es la categoría de TeleHealth, que se refiere a la comunicación entre pacientes y profesionales de la salud cuando se encuentran a distancia. Esta interacción puede darse en tiempo real (por ejemplo, a través de un teléfono o video conferencia) o diacrónicamente (por ejemplo, a través de mensajes de correo electrónico). En 2016 la OMS afirma que todas las áreas relativas a eHealth en sus países miembro han crecido comparativamente respecto de la encuesta realizada en 2010.

Según resultados de la encuesta sobre eHealth de la OMS en 2016, el 58% de los Estados miembro tienen una estrategia de eHealth; y aproximadamente el 90% de estas estrategias se vinculan con los objetivos de cobertura universal de salud. Dentro de quienes tienen políticas públicas relativas a eHealth, el 90% destina financiamiento específico para ello. Aproximadamente la mitad de los países tiene páginas de Internet con información sobre salud en diferentes idiomas. Tres cuartas partes de los países tienen instituciones que brindan entrenamiento en el uso de NTIC para la atención de salud.

Respecto del objetivo de los sistemas de salud de utilizar NTIC para reducir los costos de atención médica, existen estudios que dan cuenta de que esta mediación genera lo contrario. Por ejemplo, en los casos de búsqueda de información online, cuando una búsqueda online no es satisfecha por falta de información precisa o por inadecuación respecto de los síntomas, esa frustración estimula la consulta con el profesional médico y/o con pacientes, sobre todo en foros (Vasconcellos-Silva y Castiel, 2009).

Según estudios de la Universidad de Northumbria de Inglaterra, en el marco de búsquedas sobre algún tema específico, el tiempo promedio en el que una persona permanece en una página de salud –antes de pasar a la otra– es de dos segundos. Hallazgos de investigaciones en este sentido vinculan esto al entrenamiento que las NTIC generan en el cerebro en nuevas maneras de aprendizaje, en formato de flashes rápidos y concentrados de información que requieren, del mismo modo, una concentración rápida y fugaz (Small y Vorgan, 2009).

El consumo masivo de la página web Wikipedia, que está entre las cien webs más visitadas, denota la valoración de la información lega en detrimento de la exclusividad de la especializada (Giannetti, 2007). En la mayor parte de América Latina se suma el problema de la ausencia de producción de conocimiento formal situado, razón por la cual adquieren importancia los saberes legos de pares (González, 2008). A partir de las modalidades de certificación de calidad de la información de determinados sites que se han desarrollado en la última década, ha crecido la demanda de consumidores en busca de diagnóstico o información en general. Una de las estrategias utilizadas para mejorar la performance de respuesta de estos sites es la sofisticación de algoritmos especializados en el reconocimiento de enfermedades. Las ventajas de esta herramienta en la búsqueda de autodiagnóstico son variadas: información adaptada a la demanda, independencia del consumidor en relación con la opinión de un médico, anonimato, entre otras. Los problemas más frecuentes se refieren a la inadecuación de la información hallada, tanto a la realidad del usuario como a la brecha entre el lenguaje lego y el especializado, y recursos de navegación del usuario ineficientes. Este tipo de información indeterminada e insatisfactoria parece estimular la consulta con el especialista, lo que contradice la hipótesis primera de que estas herramientas pueden facilitar la autoadministración de salud y evitar temores infundados y consultas innecesarias que recargan el sistema de salud.

Del mismo modo, también la práctica contradice el primer objetivo de estas herramientas: la libertad de la tutela paternalista de los médicos, pues, generó la necesidad de capacitarse con los especialistas médicos para el ejercicio de esas prácticas libertarias. También este escenario estimula la preferencia por las redes de comunicación con médicos y pacientes. Por un lado, la ventaja de este formato es el buen acceso a fuentes de consulta con informantes de manera personalizada. Sin embargo, los problemas que presenta pueden ser consecuencia de un error en el concepto de eHealth, en tanto objeto de interfaces tecnológicas unilaterales, centradas únicamente en la disposición automática de contenidos técnicos. El desafío de la comunicación, en su sentido más amplio, se refiere al encuentro con la alteridad en nuevos formatos de asistencia, orientados a lograr el protagonismo de los pacientes y de la construcción intersubjetiva del acompañamiento en salud (Vasconcellos-Silva y Castiel, 2009). Por otro lado, la capacidad de agencia respecto de la búsqueda de información online, y la consecuente toma de decisiones y acciones, deja afuera a la población que no tiene recursos de acceso a Internet. Esta herramienta tiene un aura de libertad de acceso que no se corresponde con la práctica, porque las brechas sociales también se manifiestan en faltas de acceso a iniciativas y satisfacción de necesidades en salud pública en este nuevo espacio. Paradójicamente, al mismo tiempo, la telecomunicación en salud, a través de videos, fotografías y videoconferencias, puede resolver el acceso de personas que no lo tienen por ubicación geográfica (las zonas rurales por ejemplo), por no conocer el idioma local, por ser personas que viven en situación de calle, entre otros casos. En Estados Unidos esto se está implementando desde hace algunas décadas (Whitten, 2006; Bau, 2011).

Para abordar el análisis de las interacciones entre las personas y las NTIC en el área de salud, consideramos una relación de co-construcción de significados, de interpelaciones e interpretaciones mutuas en un marco integral de experiencia. De este modo, coincidimos con Mónica Petracci y Silvio Waisbord (2011: 13) cuando afirman:

[…] rescatamos una visión de la comunicación vinculada con el proceso de participación en la producción e intercambio de ideas y opiniones. No optamos por una visión ortodoxa “informacional/cibernética” de la comunicación que equipara a esta última con la transmisión de información. Tal enfoque, ciertamente muy influyente en la tradición de estudios de efectos de medios desde planteos psicológicos y computacionales comunes en Estados Unidos, ofrece una perspectiva mecanicista y limitada que ignora complejos procesos sociales y políticos de intercambio y formación de sentido social como así también de participación política. Información no es comunicación; puede ser un componente no excluyente de procesos comunicacionales. Tampoco suscribimos a visiones de la comunicación que enfatizan sus raíces etimológicas en el sentido de la búsqueda de lo común y la comunidad. Tales objetivos pueden ser alcanzados pero no son determinados a priori en el proceso comunicacional. Son una posibilidad, no una necesidad, de la comunicación […] Por estas razones, creemos que la comunicación, como disciplina, contribuye con el análisis de la salud como fenómeno social […] Tales focos analíticos remiten a problemáticas que dominan el interés de las ciencias sociales como el poder, la cultura, el orden, el conflicto, el estigma y la discriminación, y la formación de identidades, entre otros. Tal enfoque es necesario para superar el foco “campañista” de estudiar comunicación/salud principalmente en torno a intervenciones comunicacionales durante períodos determinados. Las campañas son una forma de intervención dentro de un contexto complejo y permanente de comunicación. No existen aisladas sino dentro de un conjunto de prácticas comunicacionales y conocimientos sobre salud a cuyo efecto sinérgico contribuyen.

Existen puntos de confluencia entre las lógicas de funcionamiento de la biomedicina y de las NTIC. La biomedicina representa, entre otras cosas, una herramienta mediante la cual la sociedad capitalista vehiculiza estrategias biopolíticas de control social, a través del disciplinamiento del cuerpo (Foucault, [1978] 1992). Las NTIC tienen una operatoria similar en cuanto al disciplinamiento del cuerpo y las emociones. La Modernidad fragmenta el cuerpo para obtener mayores grados de utilidad y docilidad en la obediencia a las normas. En tanto estrategia de disciplinamiento, dividir al cuerpo en partes permite una escala de control más efectiva, pues no deja nada afuera de este registro: las actividades, tiempos, espacios y partes del cuerpo involucrados organizados en jerarquías logrando una microfísica del poder celular, una anatomía política. Según los términos de Foucault (1989: 140): “[…] es dócil un cuerpo que puede ser sometido, que puede ser utilizado, que puede ser transformado y perfeccionado […]” a través de técnicas minuciosas que definen cierto grado de adscripción política y detallada del cuerpo. La disciplina en este escenario se convierte en una anatomía política del detalle y produce individualidades con las siguientes características: es celular (en cuanto a la distribución espacial), es orgánica (en cuanto al pautado de las actividades), es genética (en cuanto a la organización del tiempo), es combinatoria (en cuanto a la composición de las fuerzas) (Foucault, 1989). Las webcams y los micrófonos median en la construcción de una corporalidad fragmentada, estos dispositivos muestran una parte del cuerpo sin el espacio físico en el que está ubicado (Boy, 2008).

Asimismo, las relaciones de poder en la interacción entre médicos y pacientes ha sido históricamente materia de preocupación y una dimensión estudiada en profundidad desde diferentes enfoques. El consenso general desde las ciencias sociales indica que existe una asimetría de poder entre ambos a partir de la brecha de conocimiento técnico que el profesional de la salud detenta en contraste con el paciente. El poder de la institución biomédica además se sostiene desde una construcción histórica de confiscación de otros saberes profanos, así como también de su alianza con los dispositivos de control del Estado nación, desde sus orígenes en Occidente. El saber experto de la biomedicina en su operatoria habitual concentra el poder de actuar y decidir sobre los cuerpos de los pacientes dejando un lugar marginal a la acción de estos.

Internet, en tanto espacio de interacción, presenta novedades en su especificidad que desafían las tradicionales configuraciones de poder entre médicos y usuarios del sistema de salud. El ciberespacio permite el acceso a información en salud tanto en el lenguaje del saber experto como en palabras de los mismos usuarios, por este medio incluso pueden compartirse experiencias y consejos entre personas con las mismas dolencias. La información no solo se refiere a la descripción de padecimientos o patologías sino también a tratamientos y estrategias de vinculación con el sistema de salud y con los profesionales que lo conforman.

Si la asimetría de poder entre pacientes y médicos ubica a estos últimos en un lugar privilegiado por detentar un saber experto, el acceso a este saber podría ser un desestabilizador de esa lógica de construcción de poder. Alex Broom (2005) en Australia investigó esta relación entre acceso a información en salud y relaciones de poder, y observó que el acceso a información médica a través de Internet puede ser utilizado como estrategia de empoderamiento de los pacientes y autonomía de estos en los procesos de decisión. Si bien estas posibilidades que Internet permite no les quitan la preeminencia de poder a los médicos, sí imponen una reestructuración de la forma de atención que algunos médicos consultados en su estudio ven como positiva. Estos desarrollaron estrategias para conservar su poder en la entrevista con el paciente (informado por Internet) en tanto forma de adaptarse a estos cambios.

Es necesario considerar que se produce un ida y vuelta entre el cara a cara y lo virtual, donde no se plantean ambas opciones como antinómicas sino como escenarios posibles de acceso que se ajustan a la necesidad del momento y al tipo de expectativa de relación que se va formulando progresivamente.

En el campo de la salud existen fenómenos virtuales que han concentrado la atención y preocupación de organismos de salud pública, así como de investigadores. Un obstáculo en el uso de las NTIC en la atención de salud online es el temor de que la información de salud de los pacientes no esté protegida y pueda utilizarse con fines no autorizados o resultar un vehículo persecutorio y categorizante (Small y Vorgan, 2009; Bau, 2011). Es por ello que existen iniciativas legales en diferentes países para garantizar la protección de los datos de salud de los pacientes.

La sobreexposición que estos medios permiten se yuxtapone a otra problemática: la posibilidad de ficcionalizar la propia identidad y la información personal de un modo eficaz y más sencillo que en el mundo cara a cara. Tal como lo describe Erving Goffman (1997), en las situaciones de interacción cara a cara existen dos tipos de comunicación: la información que se da y la que emana, la información que se da de manera controlada y la no controlada. En el escenario virtual de interacción pareciera ocurrir algo parecido en el sentido de que existe una plétora de información circulante difícil de controlar para los sujetos (fotos que toman y publican otros, en reuniones sociales por ejemplo, donde la persona no sabe que ha sido retratada, entre otras situaciones), e información que voluntariamente se comparte online. Es un espacio que está en riesgo de quebrarse por la sospecha acerca de la veracidad de lo que se muestra y por la facilidad de terminar con el contacto (Boy, 2008). Siguiendo a Goffman (1997) nuevamente, dentro de las relaciones sociales cara a cara existe una asimetría entre el auditorio y el sujeto actuante. Esta asimetría es consecuencia de los accesos diferenciales a la información de ambas partes. En el mundo virtual, como mencionamos antes, esto puede verse también en la administración de la información propia y la de otros.

El manejo de información del otro y la que se da de uno al otro interviene en las cuotas de poder de ambos interactuantes. Es por ello que es necesario pensar las prácticas, las sensaciones y las decisiones en las interacciones en Internet desde esta perspectiva del poder.

Asimismo, dado que la computadora y la navegación por Internet son potencialmente omnipresentes en todos los espacios (públicos, privados, laborales, de ocio, entre otros), podría pensarse, tal como propone Castells (1999), que la experiencia en la red está diluyendo los límites históricos entre lo público y lo privado y entre el mundo del trabajo y el del ocio. Esto coadyuva a un acercamiento en la interacción entre médicos y pacientes.

Los dispositivos propios del ciberespacio: computadora, pantalla, entre otros, ya son familiares para los usuarios del sistema de salud; en tanto consumidores de NTIC la vinculación con estas se origina en el proceso de massmediatización que comienza con el cine y la radio en la época de entreguerras y se consolida con la difusión de la televisión, primeramente con la de aire, abierta y gratuita dirigida a una audiencia indiferenciada que aislada en sus hogares compartía un estímulo común. A partir de la década de los años ochenta, las nuevas tecnologías transforman el mundo de los medios de comunicación; se pasa de la comunicación de masas a la segmentación, personalización e individualización de las prácticas de consumo de estas tecnologías. Con el paso del tiempo y con la posibilidad de acceso por vía satelital, surge la televisión comercial con la privatización de canales y programación basada en marketing, orientada a públicos particulares. La televisión por cable supone una transformación tecnológica, cultural y social que da origen a una fragmentación de la audiencia que implica que cada televidente puede armar su propia receta de acuerdo con temas y horarios de interés. El agregado del zapping completa un panorama que nos acerca a la lógica de Internet, cuyo origen se remonta a la década de los años cuarenta y sesenta en Estados Unidos, consolidándose en los años setenta. De este modo, la atención se hace más puntual, menos duradera, más cambiante en un contexto de audiencias segmentadas y diversificadas internamente, acompañado por una creciente atomización intrahogareña con varios televisores y computadoras por hogar respondiendo a un modelo de audiovisión individual, en los casos en los que el acceso económico y cultural así lo permiten. En este contexto, Internet resulta un medio comunicativo “a la carta” armado de acuerdo con gustos y necesidades de cada usuario, poniendo fin a la separación entre medios audiovisuales e impresos, cultura popular y erudita, entretenimiento e información. Conecta las manifestaciones pasadas, presentes y futuras (Urresti, 2008; Castells, 1999; Mattelart, 1996).

En lo referido específicamente a eHealth, se encuentran registros de iniciativas en telecomunicación[4] con fines médicos a partir de 1959 en Estados Unidos y Canadá. Luego, entre los años sesenta y ochenta se experimentó con nuevos proyectos de telemedicina en los países centrales. Sin embargo, fue la década de 1990 que vio surgir con intensidad esta área de desarrollo de atención en salud, especialmente en lo referido a transferencia y almacenamiento de datos. Un ejemplo paradigmático de este tipo de programas son los monitoreos domiciliarios de personas con enfermedades crónicas (Whitten, 2006).

Reflexiones finales

¿Qué dimensiones de la subjetividad compromete una interacción online entre pacientes y médicos?, ¿cómo se reconfiguran las relaciones de poder entre estos actores en este nuevo escenario?, ¿cómo opera el espacio virtual en tanto locus de subjetivación? Entre otros, estos son los interrogantes que guiaron el desarrollo de este trabajo; parte de considerar la especificidad de las relaciones virtuales en tanto forma de sociabilidad y tipo de producción de sentidos. Se trata de un fenómeno geopolíticamente situado, el ciberespacio se manifiesta también en la materialidad de los satélites, los cables y el hardware que tienen propietarios y creadores; asimismo, se trata de interpelaciones e interpretaciones mutuas en un marco integral de experiencia.

A lo largo de este trabajo hemos abordado la relación entre Modernidad Tardía, NTIC y salud, cuyo conector es el proceso de individuación. Este individuo que se manifiesta desde la Modernidad en Occidente en tanto sujeto hegemónico tiene algunas características que lo hacen funcional para integrar el desarrollo de las diferentes fases del capitalismo: en tanto productor, en tanto consumidor, y últimamente con las NTIC, en tanto productor-consumidor. Dos de sus características distintivas se refieren a su capacidad de autonomía y racionalidad, coincidentemente ambas constituyen el principio y fin en los argumentos que respaldan las iniciativas de atención de la salud online. La relación existente entre los procesos mencionados nos permite reflexionar acerca de los constreñimientos de sentido que las estructuras de poder configuran en la experiencia intersubjetiva. En este sentido, los dispositivos comunicacionales actúan de manera solidaria con los sistemas de control social; Internet en particular, por su carácter interactivo y –con algunas restricciones que hemos mencionado– más participativo, se constituye en un campo de confluencia heterogéneo donde se dirime la construcción de hegemonía. Hasta el momento esta es lograda a partir de la construcción significativa de sujetos y subjetividades por medio del disciplinamiento de los cuerpos, las emociones, la experiencia. La biomedicina y las modalidades de uso de las NTIC son funcionales a este proceso.

En cuanto a los objetivos de los servicios de salud online argüidos por Estados, organismos supranacionales, organizaciones médicas y de personas con diferentes padecimientos de salud han tenido grados diversos de éxito. La asimétrica relación entre demanda y oferta de servicios de salud no ha logrado equilibrarse; por el contrario, según estudios en diferentes países occidentales, los déficits que las páginas web sobre salud online todavía presentan estimulan a que los usuarios consulten en mayor medida al profesional médico, sobre todo para descartar malas interpretaciones. Tampoco se ha logrado eliminar las inequidades en el acceso a los servicios de salud, pues también se desprende de investigaciones cualitativas y cuantitativas que las vulnerabilidades sociales se cristalizan en el uso y acceso a Internet en general y a las páginas web sobre salud en particular, dado que para poder lograr un acceso solvente a este recurso en principio es necesario un saber específico, equipamiento técnico y tecnológico, conocimiento del idioma inglés y conexión a la red, entre otros recursos. El heterogéneo acceso a estos recursos mínimos para poder navegar en el ciberespacio manifiesta las relaciones de desigualdad del espacio físico según etnia, sexo, género, clase social, nivel educativo, entre otras. La emergencia del ciberespacio no salda por su existencia misma las deudas sociales que ha heredado, quizás ese sea el primer paso necesario para poder comenzar a transitar con éxito algunos de los objetivos que la atención de la salud online propone.

Las NTIC plantean nuevos escenarios de situación en los que las culturas y sus mitos pueden entrar en contacto modificándose mutuamente, aportándose nuevas miradas y cuestionando las previas. Frente a la estandarización identitaria y de estilos de vida que plantean estas tecnologías de modo articulado con las lógicas y los mercados de consumo, se gestan nuevas configuraciones simbólicas y normativas a partir del contacto y confluencia de diferentes culturas en el ciberespacio.

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  1. El cambio climático, por ejemplo, es producto del éxito de la industrialización, que desprecia sistemáticamente sus efectos sobre la naturaleza y el ser humano (Beck, 2008).
  2. El riesgo es global porque la interdependencia propia de este momento histórico produce un poder multiplicador mundial de todos los procesos –incluso los ecológicos–.
  3. Es necesario aclarar que con el término “posmodernidad” no hacemos alusión a una etapa ontológicamente diferente a la Modernidad, sino, por el contrario, a una profundización de los procesos modernos. De esta manera, utilizamos los términos “posmodernidad” y “Modernidad Tardía” como sinónimos.
  4. El Departamento de Salud y Servicios Humanos de Estados Unidos define el término “telesalud” como el uso de información electrónica y tecnologías de telecomunicaciones para sostener el cuidado clínico a larga distancia, la educación en salud, la salud pública y la administración en salud.


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