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1 Notas para pensar la complejidad
del campo de Comunicación y Salud

Paula Gabriela Rodríguez Zoya

Introducción

El campo de estudios en comunicación y salud suele ser pensado como un territorio en construcción y expansión. Efectivamente, los continuos cambios que acontecen en el orden de la comunicación y de la salud hacen de esta área, un campo de contornos flexibles. Es un espacio de intersecciones, encrucijadas, diálogos y controversias. Mientras antiguos interrogantes del dominio de la comunicación se mantienen aún vigentes, otros se reconfiguran al ser tamizados por las problemáticas de la salud. Además, el dominio de la salud apela a la comunicación como brazo estratégico y le imprime sus propias lógicas y urgencias. A la vez, también emergen nuevas cuestiones que interpelan los enfoques de comunicación y salud de manera conjunta. En este contexto, los factores que agitan las aguas de este territorio epistémico se vinculan, fundamentalmente, con el rol de las Nuevas Tecnologías de Información y Comunicación en el campo de la salud y con los desafíos que siempre implican las problemáticas de salud en escenarios sociales globales, complejos y mutables.

Observamos, entonces, que los estudios de comunicación y salud conforman un campo vasto de problemáticas diversas, abarcando asuntos tales como las estrategias comunicacionales de políticas públicas en salud, la comunicación institucional en/de establecimientos de salud, la comunicación pública ante crisis sanitarias y los procesos comunicacionales implicados en la movilización social por temas de salud. Asimismo, comprende la construcción de noticias sobre temas de salud, el discurso publicitario referente a medicamentos y productos dirigidos a la salud, los discursos gubernamentales de prevención de enfermedades y promoción de hábitos saludables, y la comunicación y divulgación científica de la investigación en salud. Igualmente, son objeto de estudio el carácter comunicacional de la relación médico paciente, el tratamiento de la salud en entornos digitales y el uso de dispositivos informáticos y aplicaciones para el monitoreo y la gestión personal de la salud. Además, el acceso a información vinculada a cuestiones de salud en internet y las implicancias subjetivas e intersubjetivas de la circulación de imágenes y significaciones relativas al cuidado de la salud a través de redes sociales, entre otros, son temas igualmente comprendidos bajo el arco teórico de la comunicación y salud.

Posiblemente en virtud de esta heterogeneidad, los estudios inscriptos en este campo son ocasionalmente caracterizados como un campo de enfoques múltiples y yuxtapuestos, de temáticas disyuntas y teorías dispersas. Incluso, frecuentemente se señala la primacía de la impronta empírica de estos estudios, lo cual parece menguar la profundidad teórica y la densidad epistemológica del campo de comunicación y salud. Sin embargo, por otro lado, se acentúa el creciente impulso e interés que reciben las temáticas y discusiones comprendidas en este campo, así como también su radical vigencia y relevancia social. De igual manera, se destaca el lanzamiento de diversas revistas científicas, eventos e instituciones académicas que cristalizan el interés y la atención en torno a las problemáticas de comunicación y salud, y visibilizan socialmente su relevancia. Por todo esto, en razón de la mixtura de ciertas críticas y reconocimientos, de diversas demandas y expectativas, podemos advertir que al situar la mirada en este dominio nos ubicamos en un campo vivo en estado de ebullición.

Pues bien, a partir de estas consideraciones preliminares, este artículo toma como objeto de reflexión al propio campo de comunicación y salud, y desarrolla una mirada no reduccionista para su problematización. La tesis central que sostiene el trabajo afirma que, lejos de reunir un conjunto de estudios dispersos y yuxtapuestos, el dominio teórico-práctico en cuestión constituye un territorio complejo. En este sentido, el artículo asume la complejidad como posición epistémica para pensar la comunicación y salud, y procura trazar una serie de coordenadas que estimulen la reflexión y la producción en esta área. En esta perspectiva, el objetivo del trabajo es construir una grilla de inteligibilidad para problematizar la complejidad de la comunicación y salud. Mediante este desarrollo se espera realizar una contribución a la necesaria, y a veces postergada, producción teórica sistemática en el dominio de saber que nos ocupa. Con el propósito de avanzar en la dirección señalada se plantea una doble tesis como clave interpretativa para abordar este territorio epistémico desde la perspectiva de la complejidad.

Por una parte, la primera tesis afirma que tanto los dominios de la comunicación y de la salud como el campo conjunto de comunicación y salud trabajan con matrices epistémicas vinculadas a ciertos aspectos de la perspectiva de la complejidad, aunque esta no es asumida de modo explícito ni sistemático. De alguna manera, podría decirse que el de comunicación y salud es un campo complejo, multidimensional, en el que se actúa complejamente. Sin embargo, en diversas ocasiones parece existir una disyunción entre los supuestos teóricos sobre los cuales se asienta la comunicación y salud –que abrazan la complejidad–, y las modalidades en que se llevan adelante las prácticas mismas, muchas veces orientadas por necesidades analíticas o urgencias prácticas que llevan a fragmentar objetos de estudio y segmentar estrategias de acción ante fenómenos insoslayablemente complejos.

Por otra parte, la segunda tesis postula que la comunicación y la salud son dominios disciplinares complejos en sí mismos; dos grandes engranajes que entran en relación y se articulan conformando un nuevo campo transdisciplinar o sistema complejo que comprende nuevas relaciones y modos de organización. En este sentido, se plantea que el campo de comunicación y salud no es producto de una sumatoria de ambos dominios individuales, sino que constituye una emergencia. Así, entre los dominios de la comunicación y de la salud se da un particular tipo de relación dialógica y recursiva que deviene constitutiva del campo que nos ocupa. El funcionamiento en conjunto de los nodos comunicación y salud conforman un bucle que no solo afecta a la organización de cada uno, sino que genera una novedad que requiere estrategias prácticas y analíticas específicas.

A la luz de este planteo, el interrogante rector del trabajo puede ser enunciado a través de la pregunta: ¿por qué pensar el campo de estudios de comunicación y salud desde la perspectiva de la complejidad? En otros términos, ¿de qué modo el enfoque de la complejidad puede contribuir a brindar inteligibilidad al campo de comunicación y salud? Con el fin de dar respuesta a estas cuestiones se busca explicitar las dimensiones centrales de la perspectiva de la complejidad, zanjando ciertas confusiones frecuentes en relación con nociones y principios correspondientes a tal enfoque; y, además, avanzar propiamente en una lectura compleja del campo de la comunicación y salud.

Con este propósito como horizonte, el artículo está organizado en tres secciones. En la primera sección se realiza una introducción a la perspectiva de la complejidad, se caracterizan algunos principios epistémicos de este enfoque y se distinguen diversas vertientes de este paradigma, como el pensamiento complejo, los sistemas complejos y las ciencias de la complejidad. En la segunda sección se aborda el planteo de la primera tesis respecto a que los dominios de la comunicación y la salud trabajan con matrices epistémicas vinculadas a ciertos aspectos de la perspectiva de la complejidad de modo implícito. En la tercera sección del trabajo se fundamenta la segunda de las tesis planteadas, relativa a que la comunicación y salud constituye un campo transdisciplinar emergente a partir de una relación dialógica y recursiva entre los dominios de la comunicación y la salud.

La matriz epistémica de la complejidad y su carácter multiacentuado

En una suerte de diagnóstico preliminar del campo hemos afirmado que los dominios de la comunicación y la salud trabajan con matrices epistémicas afines a la perspectiva de la complejidad, aunque, en términos generales, esta no es asumida de manera explícita o sistemática. A los fines de realizar una lectura cruzada entre el campo de comunicación y la salud y la perspectiva de la complejidad, articulación a la que propende este trabajo, corresponde comenzar por abordar y desambiguar algunas nociones que resultan centrales para acometer nuestra propuesta.

Hablar de matrices epistémicas remite a una manera particular de construcción de conocimiento, esto es, el modo en que concebimos los problemas que nos planteamos, el ángulo desde el cual pensamos y construimos interrogantes, la perspectiva en que consideramos los objetos y los sujetos, y la forma en que diseñamos estrategias posibles de cara a las problemáticas que abordamos. Más ampliamente, una matriz epistémica implica una forma cultural e histórica en que significamos eventos, fenómenos y experiencias, así como también los principios por los que consideramos válidos ciertos conocimientos y prácticas (Lukomski, 2010; Martínez Miguélez, 2010; Cerrón Rojas, 2014). Recuperar la noción de matriz epistémica es crucial para problematizar las prácticas y los modos de producción de conocimiento en comunicación y salud cuando se trata de advertir y hacer explícita la relación que guardan estas con ciertos principios fundados en la complejidad.

La complejidad es un enfoque que ha ido ganando visibilidad –o, tal vez, deberíamos decir sonoridad– tanto en el ámbito local como en latitudes foráneas del mundo académico, aunque vale notar que su uso se encuentra atravesado por dos énfasis divergentes. Por un lado, la movilización de la perspectiva de la complejidad connota una posición político-epistémica “correcta”, en tanto es bien recibido reconocer y manifestar que los escenarios que demandan nuestra investigación e intervención son complejos. Este énfasis evidencia la densidad de factores implicados en las problemáticas que abordamos al tiempo que procura resaltar el esfuerzo que nos damos en su tratamiento, como si la sola evocación del carácter complejo de tales asuntos justificara la relevancia y el modo de su abordaje. Por otro lado, el segundo énfasis aparejado al uso del enfoque de la complejidad remite a cierta “liviandad” teórica en el empleo de una serie de términos asociados a este campo semántico. Así, en ciertos contextos académicos se apela a nociones como “complejidad”, “multidimensionalidad”, “interdisciplina”, “multidisciplina” o “transdisciplina” como herramientas conceptuales sólidas y aceptadas que no requieren mayores precisiones.

Estos dos énfasis divergentes, el de la corrección epistémica y el de la liviandad teórica no son excluyentes, sino que resultan absolutamente complementarios y contribuyen indirectamente a teñir la perspectiva de la complejidad de una cierta laxitud y vaguedad. En este sentido, el empleo acrítico o superficial de la complejidad, más que un efecto de legitimación autosuficiente, genera un efecto de desprestigio. Pues bien, el primer apartado de esta sección problematiza el sentido y el alcance del concepto de complejidad, mientras que en el segundo apartado se distinguen diversas perspectivas teórico-metodológicas del enfoque de la complejidad y las controversias que suscitan.

Aproximación al concepto de complejidad

Complejidad es un término que se dice de muchas maneras. Cargado de ambigüedad e impregnado de sentido común, el concepto complejidad ha estado asociado más a un adjetivo disponible en el habla corriente que a un sustantivo que nombra una herramienta conceptual, una teoría o incluso un método. Así, es ciertamente más frecuente calificar a un asunto como “complejo”, que hablar de “la complejidad” como un modo de abordaje o una posición epistémica que se adopta en el tratamiento de aquel asunto. La complejidad como adjetivo pareciera señalar, o bien un punto de partida, un supuesto a priori que se afirma en abstracto en tanto el carácter complejo de determinada problemática es algo fuera de discusión; o bien un punto de llegada, una inferencia inductiva a la cual se arriba luego de recolectar evidencias que ponen de manifiesto y confirman conclusivamente el carácter complejo de tal problemática. El proceso que va entre ese punto de partida y el punto de llegada de la enunciación de lo complejo como adjetivo es en donde recae el peso de la complejidad como sustantivo.

En esta dirección, el filósofo Edgar Morin, pionero y exponente del enfoque del pensamiento complejo, señala que la complejidad es una palabra problema y no una palabra solución. “La complejidad no es la clave del mundo, sino un desafío a afrontar; el pensamiento complejo no es aquel que evita o suprime el desafío, sino aquel que ayuda a revelarlo e incluso, tal vez, a superarlo” (Morin 2001: 24). En efecto, se trata de un desafío al pensamiento. Admitir ese reto y embarcarse a desentrañarlo implica asumir la complejidad como sustantivo. No basta con que esta sea movilizada para adjetivar un objeto o problema; ella misma debe ser calificada, exhibida, interrogada, descripta, cartografiada y organizada. Ese es el desafío que asumimos aquí cuando nos proponemos pensar el carácter complejo de la relación entre comunicación y salud.

Pues bien, sin dilatar más la pregunta que se impone desde un comienzo, corresponde enunciarla expresamente: ¿qué es la complejidad? Aunque nos esforzáramos por brindar una definición es seguro que esta no cabría en una sola palabra ni podría ser reducida sencillamente a una única idea. En casos como este bien vale recurrir al diccionario y apelar al recurso de la etimología. Consultada la Real Academia Española, la entrada “complejidad” es definida como “cualidad de complejo” –nuevamente nos encontramos aquí con la determinación del sustantivo por el adjetivo–; y “complejo” remite a aquello “que se compone de diversos elementos” y al “conjunto o unión de dos o más cosas que constituyen una unidad” (RAE, 2017a). Desde el punto de vista etimológico, la palabra complejidad es de origen latino y procede de la raíz plexus (“conexión”, “entrelazamiento”, “apretón”, “enredo”) y del verbo plectere (“plegar”, “trenzar”, “enlazar”), mientras que el agregado del prefijo com– significa “junto” o “cerca”. De allí que lo complejo sea “lo que está tejido junto”.

El campo semántico de la complejidad hace pensar en una suerte de ovillo o maraña de aspectos difíciles de reconocer puesto que están “entrelazados” o “enredados”, lo cual, en principio, la convertiría en una categoría poco productiva en términos teóricos y analíticos. El propio Morin (2001: 21), en su obra Introducción al pensamiento complejo, advierte que “la palabra complejidad no tiene tras de sí una herencia noble, ya sea filosófica, científica o epistemológica. Por el contrario, sufre una pesada tara semántica, porque lleva en su seno confusión, incertidumbre y desorden”. Siguiendo la metáfora textil que entraña su definición etimológica, la complejidad está más asociada a un telar que a un ovillo. Un ovillo está conformado por una sola hebra enroscada sobre sí misma que es posible devanar y enrollar en un carretel. En cambio, el telar pone en juego múltiples hebras de diversos colores que se entrelazan en distintas direcciones conformando una trama compleja como nueva unidad.

Para continuar con este ejercicio de desambiguación corresponde distinguir la relación entre lo complejo, lo complicado y lo simple. Por una parte, si la complejidad es entendida como un desafío al pensamiento e implica un trabajo y hasta un método de pensamiento, cabe reconocer su falso sinónimo en la palabra “complicación”, en tanto lo complicado es aquello enmarañado, intrincado, enrevesado, confuso, de difícil comprensión (RAE, 2017b). La complejidad no obtura el entendimiento, sino que por el contrario conlleva la problematización de lo aparentemente complicado para organizarlo y comprenderlo a través de un nuevo orden. Por otra parte, así como lo complicado es el falso sinónimo de lo complejo, lo simple es el antónimo de ambos. Lo simple se opone a lo complicado al ser definido como “sencillo, sin complicaciones ni dificultades”; y también se contrapone a lo complejo por designar aquello que está “constituido por un solo elemento, no compuesto” (RAE, 2017c). En tal sentido, Jean-Louis Le Moigne observa con perspicacia que lo contrario al término complejidad (complexsus) no es “lo simple” sino implexsus: “lo que no puede ser descompuesto” (Le Moigne 1990: 24). A continuación se problematiza la relación entre complejidad y simplificación no ya en torno a sus definiciones sino en perspectiva epistemológica.

Pensamiento complejo, sistemas complejos y ciencias de la complejidad: perspectivas y controversias

El pensamiento complejo puede ser concebido como una matriz epistémica de carácter antagónico al pensamiento simplificador. Mientras que el pensamiento complejo es un pensamiento multidimensional y religador que articula lo que está separado a la vez que distingue lo que está unido; el pensamiento simplificador unidimensionaliza lo multidimensional, fragmenta y separa para conocer, descompone lo que está unido pero no recompone. La complejidad es un modo de pensamiento que aspira al conocimiento multidimensional, no parcelado, no dividido, no reduccionista, que articula las partes al todo y el todo a las partes; un pensamiento que reconoce la incertidumbre y las contradicciones internas, así como el carácter inacabado e incompleto de todo conocimiento (Morin 1982, 1999, 2001). Contrariamente, la simplificación es un modo de pensamiento reduccionista y disgregador que trabaja con las partes aisladas desintegradas del todo; o bien unifica anulando la diversidad, o bien yuxtapone la diversidad sin poder pensar su unidad. Así, el pensamiento simplificador constituye una matriz epistémica que

[…] disuelve las contradicciones por medio de una racionalidad monológica que no puede pensar conjuntamente ideas opuestas, [de modo que] conduce a un modo mutilante de organización del conocimiento, incapaz de reconocer la unidad de lo múltiple y la multiplicidad de lo uno para tratar la complejidad (Rodríguez, Roggero y Rodríguez, 2015: 200).

Los contrapuntos entre distintos términos que se oponen y relacionan con la complejidad, hasta aquí reseñados, contribuyen a desambiguar esta palabra. Además, a los fines de este propósito corresponde advertir que el propio concepto de complejidad admite diversas formas de ser comprendido. En este sentido, afirmamos –tal como lo planteamos desde el título de la sección– que la complejidad es un signo multiacentuado. La multiacentuación de un signo se refiere a los procesos de disputas, negociaciones y luchas en torno al sentido, en virtud de las cuales se intersectan diversos acentos valorativos, y distintas posiciones pugnan por estabilizar la propia significación (Hall, 2011; Voloshinov, 1973). El campo de estudios de la complejidad puede ser pensado como un terreno de disensos, disputas y tensiones en el que distintos enfoques confrontan por acentuar las propiedades y los alcances de la complejidad y deslegitimar otras posiciones. En razón de los desacuerdos y las controversias que se generan en torno a distintos aspectos de la complejidad es posible sostener que este campo de estudios conforma un espacio controversial (Rodríguez Zoya y Rodríguez Zoya, 2014).

Siguiendo el trabajo de sistematización y problematización de la complejidad que desarrolla el investigador Leonardo Rodríguez Zoya, las controversias suscitadas en este campo giran en torno a diversas cuestiones, como la disputa por el sentido y el alcance de la complejidad, la caracterización de aspectos epistemológicos y metodológicos de la complejidad, y la polémica respecto del rol de los valores sociales, éticos y políticos en la investigación de sistemas complejos (Rodríguez Zoya, L., 2011, 2017; Rodríguez Zoya y Aguirre, 2011; Rodríguez Zoya y Rodríguez Zoya, 2014). La cuestión del sentido del concepto y el alcance del enfoque de la complejidad es una de las controversias centrales que estructura los debates filosóficos y científicos de este campo, por lo menos en la última década. Esta disputa funciona como un principio de demarcación a partir del cual el campo de la complejidad puede ser organizado en dos grandes posiciones: el pensamiento complejo y las ciencias de la complejidad.

Diversos autores han abonado este antagonismo a partir del uso de categorías dicotómicas para caracterizar estos enfoques. Así, por ejemplo se refiere a la complejidad como método y la complejidad como ciencia (Maldonado, 1999, 2007); o se contrapone a las “teorías discursivas de la complejidad” frente a los “algoritmos complejos” (Reynoso, 2006), y se habla también de la complejidad en términos de “metáforas” elaboradas en lenguaje natural o de “modelos” formales construidos con lenguaje matemático o computacional (Reynoso, 2009). Esta dicotomización de los enfoques de la complejidad marca una acentuación despectiva hacia el pensamiento complejo en favor de las ciencias de la complejidad, lo que encierra un dualismo teórico-empírico y, en el fondo, una disputa medular por la legitimidad científica de la complejidad.

En el núcleo de esta disputa, el propio Edgar Morin plantea una distinción entre dos visiones de la complejidad que propone llamar “complejidad generalizada” y “complejidad restringida”, en referencia a su concepción del pensamiento complejo y a las ciencias de la complejidad, respectivamente (Morin, 2007). Sin pretender desarrollar exhaustivamente cada una de estas posiciones, cabe destacar alguno de sus postulados y componentes principales.

La perspectiva de la complejidad generalizada, cristalizada en la propuesta del pensamiento complejo de Edgar Morin, ha sido desarrollada fundamentalmente en el mundo franco-latino y se destaca como un enfoque de cariz filosófico, epistemológico y ético-político que asume la complejidad como cosmovisión (Morin, 2001). La propuesta moriniana se despliega en dos grandes dimensiones. Por un lado, comprende una reflexión sistemática sobre la complejidad humana a partir de una teoría de la auto-eco-organización que integra el nivel físico, biológico y antropo-social de la organización viviente (Morin, 1973, 1977). Por otro lado, identifica una matriz epistémica o forma de racionalidad dominante, fuertemente asociada al desarrollo de la ciencia moderna en Occidente, que caracteriza como paradigma de simplificación. Ante esto, su propuesta epistemológica radica en la construcción de un paradigma de la complejidad como método y modo de pensamiento alternativo a la simplificación, disyunción y reducción. El pensamiento complejo no constituye un método en sentido científico sino que estriba en el ejercicio y la puesta en práctica de un pensamiento autocrítico y reflexivo en el que reviste un rol central e ineludible el sujeto de conocimiento (Morin, 1982, 1995, 2002).

La perspectiva de la complejidad restringida, conformada por las ciencias de la complejidad o ciencias de los sistemas complejos, ha tenido un notable desarrollo en el mundo anglosajón y se caracteriza por un marcado énfasis metodológico y técnico-procedimental. Para este enfoque, el problema de la complejidad se “restringe” al estudio de los comportamientos y las propiedades de los sistemas complejos, adaptativos y no-lineales, para lo cual emplean un conjunto de herramientas metodológicas basadas en lenguajes formales, modelos matemáticos y técnicas de simulación computacional (Axelrod, 1997; Gell-Mann, 1994; Gilbert, 1996). Las ciencias de la complejidad se proclaman como un saber de frontera, de carácter transdisciplinario, dedicadas al estudio de las leyes del comportamiento de sistemas complejos que atañen diversos tipos de problemas físicos, biológicos, ambientales, organizacionales, económicos y sociales (Johnson, 2001). De acuerdo con Morin, este enfoque reduce la complejidad a una dimensión operativa, relega los aspectos que no son cuantificables o formalizables de los fenómenos complejos y omite su reflexión epistemológica (Morin, 2007).

Al considerarlas conjuntamente podemos advertir que el pensamiento complejo y las ciencias de la complejidad son dos perspectivas con escasos puntos de contacto que, además, se excluyen mutuamente. Mientras que la complejidad generalizada presenta una hipertrofia filosófica, la complejidad restringida exhibe una hipertrofia práctica (Rodríguez Zoya y Aguirre, 2011). Ahora bien, en una zona media entre ambos es posible ubicar un tercer enfoque que asume una posición crítica respecto de la propuesta de Morin y de las ciencias de la complejidad, pero que, a la vez, reconoce y recupera aspectos destacables de cada una. En esta perspectiva se ubica la teoría de los sistemas complejos desarrollada por Rolando García, cuyo planteo puede ser sintetizado en tres grandes lineamientos: el desarrollo de un marco teórico-conceptual para el estudio de sistemas complejos, la proposición de una metodología de investigación interdisciplinaria para el abordaje de tales sistemas y la fundamentación epistemológica de los enfoques teórico y metodológico propuestos (García, 2000, 2006). La interdisciplinariedad, pilar fundamental de esta propuesta, se sustenta en que los sistemas complejos atañen a un tipo de problemática en la que sus componentes se determinan mutuamente y su estudio requiere la articulación de distintos saberes disciplinares. En este sentido, la elaboración de García constituye una apuesta epistemológica y metodológica para la definición, construcción y estudio interdisciplinario de sistemas complejos.

La complejidad como signo multiacentuado se conforma, pues, como un terreno en el que se libran disputas discursivas y prácticas entre distintos enfoques teórico-metodológicos, como el pensamiento complejo elaborado por Edgar Morin, las ciencias de la complejidad y la teoría de los sistemas complejos propuesta por Rolando García. Más allá de esta categorización tripartita de posiciones interesa advertir que la complejidad puede ser comprendida en distintos niveles.

El nivel ontológico atañe a la comprensión de la complejidad como un atributo de la realidad. La propuesta moriniana se sustenta en una ontología compleja que integra la instancia física, biológica y antropo-social, donde cada una se enraíza en la otra sin poder ser reducida a ella (Morin, 2002). En cambio, para la perspectiva de las ciencias, la complejidad no es un supuesto ontológico propio de los fenómenos, sino que depende de la escala de análisis adoptada (Reynoso, 2006).

El nivel epistemológico de la complejidad concierne a modos complejos de construir y organizar el conocimiento. En la perspectiva de Morin, la epistemología compleja puede ser interpretada como contracara del nivel ontológico puesto que el pensamiento complejo procura un modo de organizar los conocimientos que respete la complejidad de lo real. Para los enfoques de las ciencias y los sistemas complejos también hay un modo complejo de producción del conocimiento en tanto sus objetos de estudio son construidos y analizados mediante metodologías técnico-procedimentales e interdisciplinarias que permiten el abordaje de sistemas complejos.

El nivel metodológico de la complejidad corresponde al despliegue de técnicas, procedimientos o modos empleados en la construcción de conocimiento complejo. Este nivel es más palpable en el caso de las ciencias de la complejidad, de marcado perfil metodológico y técnico, y en la teoría de los sistemas complejos mediante el desarrollo de la metodología de investigación interdisciplinaria. No obstante, una de las apuestas centrales de la obra moriniana es, precisamente, el desarrollo de un método (Morin, 1977, 1998, 2002). El método del pensamiento complejo no constituye un conjunto de reglas codificadas, sino una práctica dialogal entre el sujeto de conocimiento y la complejidad de lo real.

La puesta en práctica del pensamiento complejo y de una cosmovisión que habilite modos complejos de concebir fenómenos y problemáticas de nuestra realidad conlleva implicancias en términos epistémicos, ético-políticos y educativos (Morin, 1982, 2001; Rodríguez Zoya, 2017), en tanto supone una crítica y un desafío a las matrices epistémicas de la simplificación para dar lugar a otras fundadas en el paradigma de la complejidad.

La complejidad de los dominios de la comunicación y la salud (tesis 1)

Habiendo surcado los meandros de la complejidad nos proponemos realizar una lectura del carácter complejo de los dominios de la comunicación y la salud. Tal como lo afirmamos en la doble tesis que sustenta el planteo general del trabajo, observamos que tanto en la comunicación como en la salud –consideradas en este momento cada una como un dominio disciplinar–, es posible rastrear aspectos de una matriz epistémica compleja, aunque esta no es usualmente asumida de modo explícito en los procesos de construcción de conocimiento ni en las prácticas inscriptas en tales dominios.

La presentación de aspectos de la perspectiva de la complejidad aquí movilizados no pretende ser exhaustiva; tampoco se busca importar principios de los enfoques de la complejidad al campo de comunicación y la salud a fin de que estas puedan capitalizarlos de alguna manera. Se trata, más bien, de iluminar –y también estimular– desde el interior de la comunicación y la salud el modo en que algunos aspectos de la matriz epistémica de la complejidad se hallan presentes en estos campos y devienen operativos para impulsar nuevos procesos de construcción de conocimiento y prácticas en comunicación y salud.

De los diversos aspectos que pueden ser escogidos para este propósito ponemos en consideración el principio de unidualidad biológica-cultural, uno de los postulados centrales que calan el campo de la complejidad. La perspectiva del pensamiento complejo de Edgar Morin (1997) propone articular el nivel biológico y el antropo-cultural como dimensiones constitutivas e irreductibles de los seres humanos y los fenómenos de la realidad.

A primera vista, el dominio biológico y el cultural parecen distantes y hasta opuestos. Así ha sido fundamentalmente desde que la ciencia moderna establece la separación del hombre de la naturaleza como condición necesaria para que aquel pueda objetivar, conocer y actuar sobre esta. La vasta obra de Morin puede ser interpretada como una lectura y elaboración crítica a contrapelo de la matriz epistémica moderna; lo que implica, por una parte, la fundamentación de una ontología y una cosmovisión complejas y, por la otra, una revisión de la concepción de ciencia que compartimenta saberes y excluye al sujeto cognoscente del propio proceso de conocimiento. “Desgraciadamente, vivimos aún en una disyunción extrema entre los fenómenos socioculturales y los fenómenos biológicos: la biología y la antropología permanecen todavía ampliamente prisioneras de una concepción demasiado restringida de su objeto” (Morin, 1997: 4). Cuando Morin habla de antropología leemos que se refiere a las ciencias sociales y humanas y, en general, al tratamiento de fenómenos socioculturales.

En su vocación religadora, el pensamiento complejo propugna por el enraizamiento de las dimensiones físico-biológica y antropo-cultural, tanto en la elaboración de una concepción ontológica como de una matriz epistémica. En este sentido, el pensador francés propone la noción de “unidad-múltiple”, opuesta a la unidad sin diversidad y a la diversidad sin unidad, para dar cuenta de la multidimensionalidad característica de los aspectos humanos y el mundo fenoménico. “El corazón de la complejidad es la imposibilidad tanto de homogeneizar como de reducir, es la cuestión del unitas multiplex” (Morin, 2001: 149). El postulado de la unidualidad biológica-cultural no yuxtapone estos dos términos, sino que conlleva una relación de coproducción entre los mismos. Que todo acto humano sea biocultural implica, entonces que el hombre es, a la vez, un ser “totalmente biológico” y “totalmente cultural” (Morin, 1997).

Con esta idea como trasfondo y siguiendo con el planteo propuesto, nos preguntamos: ¿de qué manera estos postulados se ponen de manifiesto en los dominios teórico-prácticos de la comunicación y la salud? En primer lugar, corresponde observar que la comunicación y la salud, amén de configurar dominios disciplinarios, constituyen dimensiones fundamentales de la vida. Cabe comprenderlas como condiciones generales de la especie humana que se expresan de formas particulares; es decir que remiten a un plano biológico común pero que el modo en que se producen, se manifiestan y son concebidas se halla situado sociocultural e históricamente. En virtud de ello es posible afirmar la unidad múltiple de estas dimensiones y enunciar el principio de la complejidad como la unidualidad biológica-cultural de la comunicación y la salud.

La unidualidad biológica-cultural de la comunicación

De la comunicación se podrá decir que es un fenómeno eminentemente social y cultural, sobre todo cuando resaltamos la diferencia fundamental entre comunicación e información, distinción que todavía en determinados contextos y situaciones es preciso detenerse a explicitar. A la comunicación no le cabe una única definición puesto que es pasible de ser concebida desde diversos ángulos. En términos generales podemos decir que la comunicación contempla procesos más amplios que los de transmisión de información; si estos últimos son comprendidos bajo esquemas unidireccionales, la comunicación concierne a procesos dialógicos, participativos e intercambios discursivos de carácter sociocultural (Vizer, 2006; Petracci y Waisbord, 2011). “La comunicación es inseparable de la cultura. Es el otro lado de la misma moneda. No puede existir la una sin la otra. La cultura es comunicación y la comunicación es cultura” (Hall y Hall, 1990: 169). La comunicación es un fenómeno sociocultural por cuanto atañe a procesos de producción y circulación social de sentido.

El camino que va de la lingüística a la semiología (Barthes, 1993; Saussure, 2005), de esta a la semiótica (Peirce, 1986) y arriba a las teorías de los discursos sociales (Angenot, 2010; Verón, 1987) ha mostrado la mutua imbricación de la dimensión significante y la dimensión social. Así queda plasmado en la célebre doble hipótesis planteada por Eliseo Verón respecto de la semiosis social: “toda producción de sentido es necesariamente social [y] todo fenómeno social es, en una de sus dimensiones constitutivas, un proceso de producción de sentido” (Verón, 1987: 125). Lejos de quedar relegadas a un enfoque semiótico o a una técnica de análisis de discursos particulares, la perspectiva discursiva de la comunicación coadyuva a la construcción de una teoría social; y, así también, las teorías de la comunicación se erigen en un vector clave de la construcción epistemológica de las ciencias sociales.

En esta dirección, y asociado al planteo de la semiosis social, también se ubica la comprensión de las significaciones sociales en el doble rol de magma imaginal instituido y, a la vez, instituyente de lo histórico-social (Castoriadis, 2010). Reviste especial interés observar que esta clave interpretativa de la comunicación, en la que la dimensión comunicativa y la dimensión sociocultural se enraízan constitutiva y recíprocamente, resulta congruente con los principios dialógicos y recursivos que enarbola el pensamiento complejo. “El principio dialógico nos permite mantener la dualidad en el seno de la unidad”, mientras que el principio recursivo remite a un proceso “en el cual los productos y los efectos son, al mismo tiempo, causas y productores de aquello que los produce” (Morin, 2001: 106). De modo que los enunciados del tipo “la comunicación es cultura” o “la cultura es comunicación” no anula ni desdibuja a una en virtud de una definición equivalencial con la otra, sino que señala una relación recursiva y generativa entre ambas.

Este carácter sociocultural remite también a que los procesos de comunicación se sustentan en la pertenencia de los sujetos a un espacio y tiempo en el que comparten códigos lingüísticos, representaciones culturales y prácticas significantes; aquello que usualmente, aunque desde distintas concepciones, entendemos como mundo común de sentido (Bourdieu, 1991; Merleau-Ponty, 1993; Hall 2011b). Si bien se desarrollan en esta dimensión compartida, los flujos comunicacionales no son uniformes ni acabados. Por el contrario, conforman un escenario de efervescencia simbólica, luchas por la apropiación de sentidos y procesos de resignificación; algo sobre lo cual los estudios culturales han hecho abundantes lecturas (Grossberg, 2010; Martín-Barbero, 2010).

Ahora bien, el carácter sociocultural de la dimensión comunicativa está relacionado con un aspecto de cuño biológico que conforma el otro polo de la unidualidad biológica-cultural, principio de la complejidad que estamos tratando. El entramado de significaciones compartidas que sirven de soporte de los procesos comunicativos, y que a la vez estos contribuyen a generar, puede ser pensado en dos planos: el de los sentidos, experiencias y prácticas significantes, de raigambre propiamente sociocultural, y el de las reglas, gramáticas y códigos lingüísticos que corresponden precisamente al lenguaje. La semiología, concebida como la ciencia que estudia “la vida de los signos en el seno de la sociedad” (Saussure, 2005: 43), ha señalado que “el lenguaje comporta dos partes: una tiene por objeto la lengua, que es social […]; la otra tiene por objeto la parte individual del lenguaje, es decir, el habla, incluida la fonación. Ambas están estrechamente ligadas y se suponen recíprocamente” (ibid.: 45-46). Es en relación con la dimensión del habla que proponemos pensar el aspecto biológico de la unidualidad de la comunicación.

La capacidad de habla está doblemente sustentada en el aparato fonador y el cerebro. Este último también interviene en procesos de simbolización, interacción humana y comprensión que resultan consustanciales a la comunicación. El aparato fonador y el cerebro son componentes orgánicos y singulares a cada individuo pero también son comunes y generales a la especie humana. El aspecto biológico que se ilumina claramente a partir de estas observaciones admite, pues, dos acepciones: lo biológico orgánico, de tipo individual, y lo biológico especie, de carácter colectivo. Vale poner en consideración que una genealogía del desarrollo del lenguaje puede trazarse en confluencia con una genealogía de la hominización o proceso de evolución biológica de la especie humana. “Los rasgos propiamente humanos provienen de rasgos primates o mamíferos que se han desarrollado y han llegado a ser permanentes” (Morin, 1997: 5).

La comunicación en general y la capacidad de habla en particular, incluido el desarrollo del aparato fonador, suele retrotraerse a diversas formas de intercambio gestual, gutural y simbólico elaboradas por grupos de homínidos superiores ante la necesidad de coordinar estrategias de caza (Morin y Palmarini, 1983; Tomasello, 2007). Es decir que el componente biológico individual y colectivo del habla encuentra una base en la dimensión grupal y comunicativa de la interacción humana. Aquí también podemos advertir el funcionamiento del principio dialógico y recursivo de la complejidad, por el que un elemento actúa produciendo otro y este, a su vez, actúa sobre el primero. El entrelazamiento de los componentes biológico y cultural sustenta la comprensión del hombre como ser biocultural. La exploración del modo en que el principio de la unidualidad se despliega en el ámbito de la comunicación nos permite fundamentar su carácter complejo.

La unidualidad biológica-cultural de la salud

Con el propósito de iluminar el modo en que ciertos aspectos de la matriz epistémica de la complejidad se hacen presentes en la comunicación y la salud, continuamos nuestra andadura ocupándonos en este momento del dominio de la salud. Si en el caso de la comunicación el aspecto que aparecía más próximo y directo era la dimensión sociocultural, en cambio, la salud parece en primera instancia un estado o un proceso de raigambre claramente biológica. El principio de la unidualidad biológica-cultural que propone el pensamiento complejo constituye un prisma a través del cual hacer estallar los conceptos cerrados y las asociaciones automáticas, explorar nuevas aristas y encontrar en ello una pauta general de articulación que permita integrarlas más allá de sus contradicciones y heterogeneidad.

El concepto de salud no presenta una definición única y precisa y puede ser comprendido de diversas maneras. La forma en que sea considerada y percibida la salud depende de múltiples factores vinculados a aspectos psicofísicos, socioeconómicos, culturales y educativos; y también a cuestiones como la edad, el sexo, el entorno y los estilos de vida. Por otra parte, la concepción de salud resulta relativa a la escala de referencia, sea clínica-individual o pública-colectiva, y a los contextos espacio-temporales, es decir, al enclave socio-histórico en virtud del cual cambian las representaciones de la salud, así como el saber médico y las condiciones de su desarrollo técnico. En efecto, podemos adscribir a la idea de que “la salud es un concepto complejo y difuso no reductible a una fórmula” (Rodríguez, 2011: 12). La complejidad de la noción de salud no radica en que esta varía al considerar una u otra de las dimensiones mencionadas, sino en que precisamente estas dimensiones se hallan interrelacionadas y son interdefinibles.

En virtud del carácter denso y resbaladizo del concepto, algunos autores plantean que la salud es, o bien una cuestión filosófica que llama a la reflexión, o bien una noción del vocabulario corriente. “Admitamos esto por el momento: salud no es un concepto científico, es un concepto vulgar. Lo que no quiere decir trivial, sino completamente común, al alcance de todos” (Canguilhem, 2004: 52). Al considerar la salud como un término del habla común cabe apelar al recurso del diccionario. Allí encontramos que la salud es definida como un “estado en que el ser orgánico ejerce normalmente todas sus funciones” y como el “conjunto de las condiciones físicas en que se encuentra un organismo en un momento determinado” (RAE, 2017d, énfasis agregado). Más allá de poder relativizar este tipo de fuente y las acepciones de salud que presenta, interesa notar que la circulación general del concepto exhibe un marcado énfasis en el aspecto físico-biológico y pone de manifiesto un carácter estático de la salud al hablar de “estado” y “condiciones”.

La asociación de la salud con la dimensión biológico-orgánica no remite solo al habla corriente, sino que también puede rastrearse en definiciones célebres y especializadas como la atribuida al cirujano francés René Leriche: “La salud es la vida en el silencio de los órganos” (citado en Canguilhem, 2004: 49). La salud es construida como una condición vital atribuida a los órganos y a la misma vida que transcurre en un estado que, por ser asociado al silencio, connota sosiego y calma. Además, que la salud sea concebida a partir del “silencio” significa que no conlleva una forma específica de manifestarse a través de determinados síntomas. Precisamente, los síntomas son signos o índices de cierto desequilibrio, alteración o interrupción de ese estado de salud. Podemos interpretar, entonces, que ante un cierto desajuste de la salud, el organismo rompe ese “silencio” y “se expresa” a través de los síntomas para ser escuchado. De allí podemos derivar que en el habla corriente se usen expresiones como “el cuerpo habla a través de los síntomas” o “hay que saber escuchar al cuerpo”. En este sentido, observamos que el lenguaje médico emplea la palabra “auscultar” en referencia a “escuchar” los sonidos normales o patológicos que provienen del funcionamiento de los órganos.

Aquello que genera un ruido y parece irrumpir y alterar el estado apacible y silencioso de la salud es, claro está, la enfermedad. De hecho, en términos generales, la enfermedad es considerada una “alteración más o menos grave de la salud” (RAE, 2017e). Más allá de las definiciones especializadas y particulares que reciben los diversos tipos de enfermedades, estas son asociadas a un desequilibrio, desorden o disfunción que trastoca el orden de la salud. Salud y enfermedad son usualmente pensadas como opuestos: la una, contracara de la otra. En este sentido, resulta elocuente que la Organización Mundial de la Salud, al presentar la definición de salud que se mantiene vigente desde 1948, señala expresamente que la salud “no [implica] solamente la ausencia de afecciones o enfermedades” (OMS, 2014). A partir de esta definición se pretende marcar un desplazamiento respecto de la concepción de la salud y la enfermedad como polos antitéticos. Desde el punto de vista del pensamiento complejo cabe apelar al “principio dialógico [que] permite mantener la dualidad en el seno de la unidad, asociando dos términos complementarios y antagonistas” (Morin, 2001: 206). En esta clave interpretativa, la salud y la enfermedad, más que dos entidades que se oponen y excluyen mutuamente, conforman una unidualidad en la que se implican la una a la otra.

La construcción de la salud y la enfermedad como contrarios ha conducido a plantear la dicotomía entre lo normal y lo patológico. El equilibrio que representa la salud es asociado a la idea de normalidad, mientras que el desequilibrio de las funciones orgánicas que acontece en el proceso de una enfermedad es vinculado a lo anormal. Así se ha asentado la idea general de que “la enfermedad difiere del estado de salud, lo patológico de lo normal, como una cualidad difiere de otra” (Canguilhem, 2011: 19). Ante diversas controversias que ha generado esta concepción dicotómica en el campo médico, biológico y filosófico, Georges Canguilhem (2011) fundamenta que la salud y la enfermedad no son estados cualitativamente diferentes, sino dos tipos de “normas” distintas. Desde esta perspectiva, la vida es pensada en términos de una “normatividad biológica”, concibiendo “lo normativo [como] aquello que instituye normas” (ibid.: 92). Por consiguiente, la salud no se comprende por oposición a la enfermedad, sino por la capacidad de generar una nueva norma en la dinámica biológica de la vida. Tal como interpreta Caponi (1997: 292), “la salud puede ser pensada como la posibilidad de caer enfermo y de poder recuperarse”.

A partir de lo expuesto, destacamos que estas consideraciones de la salud en su aspecto biológico pueden ser leídas bajo el prisma del pensamiento complejo de Edgar Morin. Así como anteriormente hemos movilizado el principio dialógico para fundamentar una visión crítica de la construcción de la salud y la enfermedad como polos antitéticos, consideramos que la posición fundamentada por Canguilhem entronca con el principio recursivo. Según ilustra el propio Morin, la lógica recursiva puede ser comprendida mediante la figura del remolino, en la que “cada momento del remolino es producido y, al mismo tiempo, productor” (Morin, 2001: 106). La salud y la enfermedad no constituyen estados o procesos aislados u opuestos, sino que participan del mismo flujo vital que Canguilhem concibe en términos de “normatividad biológica”.

De alguna manera, la enfermedad representa una nueva norma respecto de la salud a partir de la cual se ha generado; pero también la norma de salud resultante comporta una nueva forma en relación con las que le antecedieron. En esta capacidad de instituir normas vitales podemos entender la lógica productiva implicada en el principio recursivo del pensamiento complejo. Asimismo, estos argumentos nos conducen a plantear que la salud y la enfermedad conforman una trama compleja que debe ser inscripta en la lógica de la vida. Distintos enfoques de la complejidad acuerdan que la vida constituye “un problema de complejidad organizada” (Weaver, 1948; Rodríguez Zoya, P., 2011). A partir de la comprensión de la vida como sistema complejo y de la salud y la enfermedad como dimensiones constitutivas de la vida, aquellas son pasibles de ser problematizadas a la luz de los fenómenos de organización-desorganización-reorganización. La salud y la enfermedad se entretejen en la dinámica de la reorganización y el reequilibrio de la vida como sistema complejo.

Otra cuestión que cabe resaltar al asumir la complejidad como grilla de inteligibilidad del dominio de la salud implica virar el plano de la reflexión desde la salud como objeto de saber hacia la medicina como saber que se ocupa de ese objeto. La concepción de la salud y la enfermedad como polos antagónicos encuentra su correlato en la perspectiva somático-fisiológica de la medicina. Esta concibe a la salud como el bienestar del cuerpo y el organismo físico, y a la enfermedad como un proceso que altera la salud. Tal como señalan Kornblit y Mendes Diz (2000: 18), “la concepción somática de la salud ha transcurrido más pendiente de la enfermedad que de la salud durante la mayor parte de la historia”. Resulta paradójico que la medicina, en tanto “ciencia de la salud”, haya tomado a su cargo el estudio y tratamiento de las enfermedades. Este énfasis puede ser rastreado en la concepción de la medicina como “arte de curar”, presente ya en las prácticas médicas de la antigüedad (Rodenas Cerdá, 2014); y también en la “lógica de la cura” que caracteriza a la racionalidad biomédica contemporánea (Camargo Jr., 2005).

Asimismo, la óptica somático-fisiológica de la medicina se enraíza en una matriz epistémica cuyos principios pueden reconocerse en la cosmovisión mecanicista de la Modernidad. El cuerpo concebido como un mecanismo fue objeto de estudio en sus caracteres anatómicos (referentes a la forma y la estructura) y en sus aspectos fisiológicos (relativo a las funciones). Así, se ha consolidado la anatomía y la fisiología como disciplinas específicas del campo médico. En tanto, aquellas cuestiones que se apartan de las formas y funciones del organismo humano consideradas normales han dado lugar al desarrollo de la patología como rama particular de la medicina. De esta manera, observamos que lo normal y lo patológico como categorías polares resultan inherentes al propio despliegue del saber médico.

La medicina, en el largo proceso de su desarrollo como ciencia, se ha ido compartimentando y especializando progresivamente en disciplinas. Este curso ha derivado en el estudio y tratamiento cada vez más fragmentario y atómico de distintos componentes del cuerpo humano. En la actual configuración del campo médico advertimos una profusión de especialidades y subespecialidades fundamentadas en esa misma concepción fragmentaria. Así, se conformaron especialidades médicas definidas por el abordaje particular de un sistema o aparato como, por ejemplo, la cardiología y la flebología, que se ocupan del sistema circulatorio; la gastroenterología, que aborda las diversas partes del sistema digestivo; la endocrinología, que estudia y trata las hormonas producidas por las diversas glándulas del organismo, o la neumonología, que interviene en lo concerniente al aparato respiratorio. Más aun, existen subespecialidades médicas centradas exclusivamente en el tratamiento de un órgano, como la hepatología que se ocupa del hígado, la hematología que estudia los diversos componentes y alteraciones de la sangre y la nefrología que trata lo relacionado con los riñones. Incluso, en una misma rama como la traumatología, esta tendencia a la híper especialización genera abordajes parciales centrados en distintas partes del sistema osteo-artro-muscular como la mano, la rodilla, la cadera, etcétera. Asimismo, se han desarrollado especialidades médicas orientadas al estudio y tratamiento de distintas condiciones que varían por edad o etapa de la vida, como la pediatría y la geriatría, o que presentan aspectos particulares por sexo, como la ginecología y la andrología.

El carácter fragmentario y compartimentado del campo de la medicina pone en evidencia la matriz epistémica que organiza sus prácticas y sus modos de producción de conocimiento. En esta matriz pueden reconocerse rasgos característicos del paradigma de simplificación, esa forma de pensamiento que Morin contrapone al paradigma de la complejidad y que caracteriza, además, como una “patología del saber” y un modo de “inteligencia ciega” (Morin, 2001). La medicina es una de las ramas del saber más antiguas de la historia de la humanidad y una de las que más ha coadyuvado a modelar las sociedades humanas tal como las conocemos en el mundo contemporáneo. En ese largo proceso, la medicina ha contribuido a sopesar la complejidad del organismo humano; sin embargo, también se ha encargado de desunir y aislar analíticamente las partes que están indisolublemente articuladas en el mismo. “La simplicidad ve a lo uno y ve a lo múltiple, pero no puede ver que lo Uno puede, al mismo tiempo, ser Múltiple” (Morin, 2001: 89). En el imperio de la disyunción y la reducción, operaciones características del modo de pensamiento simplificador, se pierde de vista el doble vínculo que existe entre las partes y el todo; la parte es analíticamente separada pero no es religada al todo del que forma parte. La medicina ha ido desgranando y destejiendo el complexus vital que está tejido junto en el organismo humano.

El sesgo de la simplificación se hace presente de dos maneras relacionadas. Por un lado, en tanto la medicina y, más ampliamente, la salud son atravesadas por visiones parciales y unidimensionales que llevan a desmembrar una urdimbre de factores, a pensar en categorías dicotómicas o a reducir el interjuego entre las partes y el todo. Por otro lado, en la medida en que esas operatorias relegan a la salud a un solo plano de inteligibilidad y la inscriben en un nivel eminentemente biológico. Este énfasis olvida el principio dialógico entre la dimensión biológica y la dimensión cultural del ser humano que habilita a comprenderlo como un ser biocultural. Pensar en la unidualidad del hombre conlleva a pensar en la unidualidad de la salud. La perspectiva que orienta nuestra andadura integra el plano sociocultural como dimensión fundamental de la salud. Iluminar el modo en que se hace presente este componente nos permite elaborar una comprensión compleja de la salud.

El carácter sociocultural de la salud puede advertirse ya en las propias concepciones de salud que son producto de visiones sociohistóricas. El desarrollo del saber médico en sus componentes teóricos y técnicos encuentra correlato en las concepciones de salud y enfermedad, así como en las prácticas diagnósticas y terapéuticas asociadas. “La salud […] es un concepto social, una construcción colectiva, que incluye a la sociedad y los cuerpos, que no se agota en una teoría médica, sino en un acuerdo global en que esa misma teoría médica es un elemento más” (Rodríguez, 2011: 11). Las cosmovisiones de una sociedad influyen en las concepciones de salud/enfermedad que configuran prácticas médico-científicas; y, a su vez, estas también devienen en cosmovisiones, en tanto trascienden las prácticas y concepciones particulares y producen sentido que circula socialmente. Desde mediados del siglo XX y hasta la actualidad adquirió relevancia social una concepción de salud fundamentada en la definición que la Organización Mundial de la Salud ha dado del concepto. En el preámbulo de su Constitución, este organismo afirma: “La salud es un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades” (OMS, 2014: 1). De este enunciado quisiéramos derivar varias observaciones que atañen al carácter sociocultural de la salud.

En primer lugar, no resulta menor que la definición en cuestión haya sido formulada por la Organización Mundial de la Salud. En virtud de la centralidad de este organismo y su injerencia internacional, la concepción de salud como “completo bienestar físico, mental y social” se ha convertido en rectora respecto de políticas sanitarias y prácticas en el campo de las ciencias de la salud. Asimismo, la influencia de esta concepción de salud deviene del propio rol que los organismos cumplen en el concierto internacional al elaborar diagnósticos y recomendaciones sobre una determinada materia como la salud. Si bien estos enunciados no resultan necesariamente vinculantes para las distintas naciones, son propuestos como lineamientos concretos de políticas públicas que, luego, los Estados se encargan de diseñar y ejecutar. De modo que un pronunciamiento de índole conceptual como la definición de salud adquiere un carácter operativo, normativo y social en tanto impulsa políticas, crea una norma o parámetro de salud y genera prácticas en esa dirección. Aquí se pone de manifiesto el sentido de gobierno como “conducción de conductas” (Foucault, 2007) ante una cuestión como la salud en la que se haya imbricado lo biológico, lo político y lo sociocultural, además de enlazarse el nivel individual y el poblacional.

En segundo lugar, la célebre definición enunciada por la OMS representa un giro en la concepción de la salud en tanto supone un desplazamiento de una perspectiva biologicista a un modelo biopsicosocial. La articulación de los componentes físico, mental y social de la salud pone de relieve su multidimensionalidad o multifactorialidad. En esta dirección, durante la segunda mitad del siglo XX y principalmente en América Latina, han ido desarrollándose enfoques críticos como el de la Medicina social y la Salud colectiva, que llaman la atención sobre los “determinantes sociales de la salud” (López Arellano et al., 2008; Aguilar et al., 2013). Lo que la salud sea y lo que pueda decirse y hacerse respecto de la misma se halla atravesado por contextos culturales y medioambientales, factores económicos, inequidades en el acceso a los sistemas de salud y por desigualdades –que son materiales pero también simbólicas, espaciales y temporales– respecto de la prevención y el cuidado de la salud. La consideración de este entramado de condiciones en torno de la salud no solo remarca su carácter sociocultural, sino que la inscribe insoslayablemente en una dimensión política y económica.

En tercer lugar, corresponde observar que si bien la definición original de la OMS plantea a la salud como un “estado”, en referencia al “completo bienestar físico, mental y social”, se ha generado un consenso implícito en el campo respecto del carácter procesual y no dicotómico de la salud. Más allá de las críticas a la imagen de la salud como algo estático o a su construcción antagónica con la enfermedad, adquirió relevancia la perspectiva del “proceso de salud-enfermedad” (Laurell, 1982, 1986), enfoque que no solo enfatiza el aspecto procesual, sino fundamentalmente el carácter cultural, socioeconómico e histórico de ese proceso. Asimismo, este planteo se ha ido complejizando hacia la idea del proceso de salud-enfermedad-atención/cuidado (Michalewicz et al., 2014). Desde los enfoques que se ocupan del proceso de salud-enfermedad y atienden a los determinantes sociales de la salud, es posible vislumbrar puentes hacia la perspectiva de la complejidad y la transdisciplina en el campo de la salud (Almeida-Filho, 2006). Es decir que la complejización de la noción de salud convoca modalidades de abordaje que, cada vez más, se asumen como necesariamente transdisciplinares tanto en el plano epistémico como práctico.

En cuarto lugar, entre las observaciones que pueden desprenderse de la mentada definición de salud como “un estado de completo bienestar físico, mental y social”, podemos advertir las implicancias que derivan de concebir la salud como bienestar y de que este sea prefigurado como un estado completo. Anclada en la idea de bienestar, la salud deviene en una categoría escurridiza que comporta elementos vinculados a la calidad de vida y al estilo de vida. Asimismo, esta concepción trae aparejado un efecto de normalización por el que ese estado completo de bienestar se halla siempre en desplazamiento, de modo que se genera un parámetro de salud inalcanzable (Costa y Rodríguez, 2017). Bajo esta perspectiva se hace inteligible la configuración sociocultural de un modo de ser saludable y un imperativo de salud perfecta (Crawford, 1980; Lupton, 1997; Sfez, 2008). La salud deviene en un ideal y el cuidado personal para alcanzarla se torna una cuestión moral. Esta concepción comporta un entramado de prácticas sociales y biomédicas tendientes al mejoramiento y la optimización de la salud y la vida misma (Conrad, 2007; Rose, 2012), entre las que pueden incluirse cuestiones tan disímiles como la alimentación saludable, las cirugías estéticas, el antiaging, las medicinas alternativas, la medicina biológica y genética, el fitness y la meditación, entre otras. Este tipo de prácticas pone en evidencia que la red de discursos sociales en torno al imperativo de salud perfecta conlleva efectos concretos de subjetivación (Rodríguez Zoya, 2015). Por esta vía nos encontramos con una nueva grilla que permite hacer inteligible la complejidad de la salud.

La comunicación y salud como campo transdisciplinar emergente (tesis 2)

Hasta aquí hemos explorado largamente distintas cuestiones atinentes a los dominios de la comunicación y la salud, guiados por el propósito de iluminar desde su interior el modo en que se hacen presentes ciertos principios de la perspectiva de la complejidad. Este recorrido se sustentó en una primera tesis que afirma que la comunicación y la salud constituyen dominios teórico-prácticos complejos, aunque la matriz epistémica de la complejidad no es asumida de modo explícito o sistemático. Con el fin de explorar este planteo hemos movilizado el principio de unidualidad biológica-cultural, fundamentado en la propuesta del pensamiento complejo de Edgar Morin, como grilla de lectura de la comunicación y de la salud.

Desde distintos ángulos de entrada pudimos reponer las imbricaciones mutuas y las tensiones entre las perspectivas de anclaje biológico y las de énfasis sociocultural de la comunicación y la salud. Asimismo, se han resaltado distintos modos en que se pone en juego el principio dialógico, la lógica recursiva y el carácter multidimensional, que encuentran fundamento expreso en la matriz epistémica de la complejidad. Más aún, este derrotero nos condujo a ilustrar el arraigo de las operaciones de disyunción y reducción –contrarias a la complejidad y características del modo de pensamiento simplificador–, sobre todo en el tratamiento del dominio de la salud y, en particular, vinculado a los modos de producción de conocimiento y prácticas en el campo de la medicina. No obstante, en virtud de lo expuesto podemos señalar que la comunicación y la salud constituyen dominios claramente complejos, mientras que la complejidad en tanto matriz epistémica se halla de algún modo latente o en ciernes.

Tras esta andadura, este momento del trabajo se desplaza de la comunicación y la salud como dominios relativamente autónomos hacia el campo conjunto de comunicación y salud. En este sentido, la presente sección se ocupa de desarrollar la segunda tesis que sustenta el planteo general del trabajo. Este enunciado afirma que la comunicación y salud conforma un campo transdisciplinar emergente a partir de una relación dialógica y recursiva entre el dominio de la comunicación y el de la salud. Esta tesis puede ser presentada a partir de la siguiente figura.

Figura 1. Bucle dialógico y recursivo entre comunicación y salud

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Cabe notar que las flechas que conectan ambos términos no son unidireccionales, sino que se retroalimentan mutuamente conformando un bucle. Por un lado, el conector parte del concepto de Comunicación hacia el de Salud y, por el otro, la conexión inicia en Salud con dirección hacia Comunicación. En este sentido, la comunicación y la salud se coproducen y se implican mutuamente. Bajo esta clave de lectura, la tesis que sostenemos afirma que el campo de comunicación y salud considerado conjuntamente constituye un emergente de este vínculo particular. Es decir que la concepción de una relación dialógica y recursiva entre dos dominios teórico-prácticos relativamente autónomos funciona como principio generador de un nuevo dominio de saber. Así, la comunicación y salud se configura como un campo transdisciplinar emergente.

La puesta en relación entre la comunicación y la salud en este campo emergente no consiste en un acople, fusión o solapamiento de los dos dominios. Tampoco cabría pensar tal vinculación en términos de una primacía de uno sobre el otro. Por el contrario, el campo de comunicación y salud constituye una emergencia en tanto se configura como un espacio de propiedades cualitativamente nuevas, es decir que implica nuevas relaciones y modos de organización de la comunicación y la salud. Entre estos dos dominios es posible concebir una relación de unidualidad. Así como hemos desarrollado el principio de unidualidad biológica-cultural en relación con la comunicación y con la salud, aquí atañe pensar en un principio de unidualidad salud-comunicación como clave de inteligibilidad de los temas, fenómenos y problemas que son abordados en el campo de estudios de la comunicación y salud. Esto quiere decir que el conjunto de problemáticas concernientes a este campo se caracteriza por pertenecer, de modo simultáneo, totalmente a la comunicación y totalmente a la salud.

El principio de unidualidad salud-comunicación conlleva una profunda imbricación entre procesos comunicacionales y fenómenos vinculados a la salud. Cuestiones centrales del campo de comunicación y salud como, por ejemplo, las estrategias comunicacionales de políticas públicas en materia de salud, la construcción y divulgación periodística de temas de salud, los discursos publicitarios referentes a medicamentos y productos orientados a la salud, la producción y circulación social de sentido en torno al cuidado de la salud y la promoción de hábitos saludables, entre muchas otras, se hallan atravesadas por miradas que atañen igualmente a la comunicación y a la salud. Asimismo, al problematizar la relación médico-paciente podemos advertir que ella condensa de modo indisoluble aspectos comunicacionales y de salud. Sea planteada como una relación interpersonal presencial entre médicos y pacientes o como una relación mediada tecnológicamente en la que intervienen dispositivos de info-comunicación, este vínculo emblemático del dominio de fenómenos de la comunicación y salud entraña la unidualidad como principio constitutivo del campo.

A la luz de estos planteos nos interesa formular dos interrogantes a modo de ángulos de problematización del campo de comunicación y salud. (i) ¿Cuál es el estatuto epistémico del campo de comunicación y salud? (ii) ¿Cómo incorporar de modo explícito y sistemático la perspectiva de la complejidad a la construcción teórico-metodológica del campo de comunicación y salud? El abordaje de cada uno de estos interrogantes nos conduce a enunciar sucintamente una respuesta tentativa y una conjetura programática respecto del campo de comunicación y salud.

La transdisciplina como principio epistémico en comunicación y salud

Considerando el primero de los interrogantes planteados respecto del estatuto epistémico del campo de comunicación y salud es pertinente atender a la distinción entre tres términos que en diversas ocasiones son confundidos y se emplean de modo laxo, vago e impreciso, de manera análoga a lo que ocurre con el concepto de complejidad. Los tres términos que queremos poner en juego para elucidar los fundamentos epistémicos del campo de comunicación y salud son los de multidisciplina, interdisciplina y transdisciplina, los cuales encuentran una profunda conexión con los enfoques de la complejidad.

En la elaboración de la teoría de los sistemas complejos, el científico argentino Rolando García establece una distinción precisa entre la multidisciplina y la interdisciplina, aunque no ofrece una definición ni toma posición respecto de la transdisciplina. De acuerdo con este autor la multidisciplina supone una coordinación, yuxtaposición o sumatoria de resultados provenientes de estudios o enfoques de distintas disciplinas particulares. En cambio, la interdisciplina es un proceso que implica un modo de organización y una cualidad de un equipo de trabajo, así como una metodología común de investigación. Mientras un enfoque multidisciplinario produce investigaciones disciplinarias independientes cuyos resultados son integrados con posterioridad, la interdisciplina no se reduce a un acto de coordinación de resultados, sino que constituye un proceso en el que la articulación de enfoques disciplinarios es previa y constitutiva de la construcción de una problemática y una metodología común de trabajo.

García brinda una fundamentación clara y rigurosa entre estas dos perspectivas y aboga por la interdisciplina como principio epistemológico y metodológico para el estudio de los sistemas complejos. En este sentido señala que

un conjunto de especialistas puede ser denominado multidisciplinario o pluridisciplinario, pero no por el mero hecho de estar juntos se torna interdisciplinario. La yuxtaposición de especialistas (multi- o pluri-) no produce la interdisciplinariedad, que es, insisto, una consecuencia metodológica (García, 2006: 92-93).

El desarrollo de la interdisciplina requiere, pues, la construcción de un marco epistémico compartido por los integrantes de un equipo desde el comienzo de una investigación. Vale resaltar que “los equipos de investigación […] son multidisciplinarios; lo que es interdisciplinario es la metodología que implica el estudio de un sistema complejo” (García, 2006: 89).

En estas coordenadas teóricas, advertimos que el estatuto epistémico del campo de comunicación y salud no podría ser definido como multidisciplinario ni como interdisciplinario en el sentido que lo expresa García. La configuración del campo de estudios en comunicación y salud no resulta de una voluntad multidisciplinaria de coordinación de estudios disciplinarios de investigadores individuales ni conlleva una petición de principio metodológico interdisciplinario. En la perspectiva que sostenemos la comunicación y salud conforma un dominio de saber emergente construido social e históricamente que implica la convergencia de dominios disciplinares relativamente autónomos y disyuntos como la “comunicación” y la “salud”. En este sentido, consideramos que cabría valorar un tercer principio epistémico y pensar la comunicación y salud como un campo transdisciplinar.

En la denominada “Carta a la Transdisciplinariedad”, diversos autores acuerdan y fundamentan que la transdisciplina se refiere a “lo que está entre, a través y más allá de las disciplinas” (Nicolescu et al., 1994). Al igual que como García sostiene respecto de la interdisciplina, la transdisciplina no implica la anulación de las disciplinas, sino que reconoce su autonomía, necesidad y pertinencia. Por ello afirmamos que la comunicación y salud como transdisciplina no implica anular las ciencias de la comunicación ni las ciencias de la salud; cada una de estas conserva su autonomía en cuanto a la definición de sus objetos y la especificidad de su mirada. No obstante, “entre”, “a través” y “más allá” de ambas se construye un nuevo terreno epistémico como transdisciplina. Así, el campo de comunicación y salud conlleva la construcción de un saber emergente y transdisciplinar que resulta de pensar la complejidad de los procesos de salud-comunicación como unidualidad constitutiva de las experiencias problematizadas.

Los estudios en comunicación y salud no se fundan en un acuerdo consciente, a priori y predeterminado de desarrollar una línea de trabajo que articule la comunicación y la salud en un marco epistémico y metodológico aplicable en prácticas de investigación o de intervención. Por el contrario, la comunicación y salud como campo transdisciplinar emerge a partir de un proceso epistémico y socio-histórico en el cual se problematizan diversas experiencias o fenómenos concernientes tanto a la comunicación como a la salud. Estas problemáticas revisten profunda actualidad y relevancia en tanto resultan consustanciales a las sociedades contemporáneas y se refieren a cuestiones primordiales como lo son la salud-enfermedad y la comunicación en la vida de los individuos y las sociedades.

Afirmar el carácter emergente y socio-histórico de este terreno epistémico habilita una pregunta genealógica que puede resultar de interés para problematizar el campo de la comunicación y salud. ¿Cómo y por qué surge la comunicación y salud como transdisciplina y se constituye como campo relevante de la cultura contemporánea? Si bien brindar una respuesta en profundidad excede los límites de este trabajo, podemos aventurar una conjetura y señalar una línea de indagación que consideramos fecunda. Con sustento en la tesis foucaultiana sobre la mutua implicancia entre saber y poder, cabe observar que la emergencia de una transdisciplina no puede entenderse como campo meramente epistémico, sino que es necesario problematizar las relaciones de poder que abriga. Por lo tanto, podemos afirmar que el campo de comunicación y salud además de una índole teórica y práctica, comporta un doble carácter epistémico y político.

En esta dirección, como respuesta tentativa y de carácter programático al interrogante enunciado, conjeturamos que el campo transdisciplinar de comunicación y salud emerge en el cruce de tres vectores. En primer lugar, el cambio de racionalidad de gobierno en las sociedades contemporáneas y el ascenso del neoliberalismo como tecnología de gobierno de la vida. En segundo lugar, la revolución tecnológica contemporánea que se expresa, por un lado, en el desarrollo de las Nuevas Tecnologías de Información y Comunicación y, por otro, en las transformaciones de la biomedicina a partir de su propio avance tecnocientífico y de su hibridación con las ciencias de la vida. En tercer lugar, la Modernidad Tardía como coordenada global-contemporánea que conjuga factores sociales, tecnológicos y económicos a partir de los cuales se configuran determinados modos de socialidad, subjetividades y estilos de vida característicos en la actualidad.

Recuperando un planteo foucaultiano central podemos advertir que en la coyuntura conformada por estos tres vectores se cruzan las dimensiones del poder, el saber y la subjetivación como un complejo haz de remisiones organizado en torno al eje comunicación-salud. Cuestiones como la comunicación-información como componente central de las estrategias de gobierno, la salud como objeto preeminente de gobierno, los modos de subjetivación atravesados por saberes y discursos biológicos, la mediación tecnológica de las prácticas o la responsabilización de los individuos para el cuidado de su propia salud, entre otras, se ubican tanto en el encuentro de aquellos tres vectores como en el centro de diversas problemáticas que se inscriben en el campo transdisciplinar de la comunicación y salud. Proseguir esta línea planteada como hipótesis general de la emergencia de este campo puede constituir materia de investigación de trabajos futuros.

De la complejidad implícita a la explicita: hacia un nuevo modo de objetivación en comunicación y salud

Un segundo ángulo de problematización de este campo transdisciplinar emergente radica en la pregunta por la relación entre la comunicación y salud y la perspectiva de la complejidad. En este sentido fue planteado el interrogante: ¿cómo incorporar de modo explícito y sistemático la perspectiva de la complejidad a la construcción teórico-metodológica del campo de comunicación y salud? El interés que subyace a esta pregunta consiste en elucidar de qué modo el campo de la comunicación y salud puede generar un provecho epistémico y ganar en precisión analítica y densidad interpretativa incorporando reflexivamente la perspectiva de la complejidad a su matriz epistémica. En esta línea cabe preguntarnos también cuáles son los desafíos que la perspectiva de la complejidad y la transdisciplina le plantean al campo de la comunicación y la salud.

Esbozar una respuesta, aunque sea de modo tentativo, implica plantear cómo el campo de la comunicación y salud puede pensarse como un campo complejo y hacerse cargo de la complejidad de sus objetos. Dicho de otro modo, para que el campo de la comunicación y salud pueda capitalizar aportes de la perspectiva de la complejidad se requiere efectuar un paso de la complejidad implícita a la complejidad explícita en la matriz epistémica de la comunicación y salud. Junto con Morin podemos decir que la comunicación y salud debe plantearse como una “ciencia con conciencia” (Morin, 1982) para asumir la complejidad como modo de pensamiento que permita afrontar los desafíos que suponen e imponen los fenómenos complejos. Asimismo, de la mano de García (2006) señalamos que se torna necesario pensar los problemas fundamentales del campo de la comunicación y salud no como objetos de estudio sino como “sistemas complejos”. En este sentido, para comprender la complejidad de los fenómenos de este campo –fenómenos que entrañan una unidualidad salud-comunicación– hay que comprender esa complejidad sistémicamente, es decir, como un sistema.

En primer lugar, un “sistema” se refiere a las propiedades y la dinámica de un conjunto de elementos que no pueden reducirse a las características y el comportamiento de sus componentes considerados de forma aislada. Siguiendo la elaboración de Rolando García corresponde decir que un sistema complejo no existe en la realidad inmediata, no tiene existencia ontológica de modo independiente al sujeto de conocimiento. Esto quiere decir que no está dado empíricamente, sino que es construido por un investigador a partir de una pregunta conductora que orienta la delimitación de un conjunto de elementos y aspectos de la realidad problematizada. En virtud de esto se deduce que “ningún sistema está dado en el punto de partida de la investigación. El sistema no está definido, pero es definible” (García, 2006: 39).

De acuerdo con García, los componentes de un sistema complejo reúnen cuatro condiciones: son elementos heterogéneos, interdefinibles, en interacción –es decir, que dependen mutuamente y no pueden entenderse unos sin los otros– y pertenecientes al dominio de distintas disciplinas. A partir de esto se colige que una sola disciplina no puede dar cuenta de la complejidad de un sistema o de un problema concebido como sistema complejo; de allí que García plantea que el estudio de un sistema complejo requiere de una metodología de trabajo interdisciplinaria. Si bien ya hemos deslindado las implicancias de la interdisciplina y la transdisciplina en el campo de la comunicación y salud, acotamos aquí que, efectivamente, las cuestiones que comportan una unidualidad salud-comunicación difícilmente puedan ser abordadas de manera integral por un solo enfoque disciplinario, sea proveniente de la comunicación o de la salud. De hecho, cada vez es más frecuente el tratamiento de diversas problemáticas por equipos integrados por profesionales de distintas disciplinas, aunque en muchas ocasiones esto sea confundido con la interdisciplina.

Otra particularidad que caracteriza a los sistemas complejos consiste en que están estructurados en niveles de organización semiautónomos pero interactuantes entre sí. Este modo de organización multinivel comprende diversos aspectos o dimensiones. Un sistema puede definirse como complejo en razón de que involucra múltiples procesos: comunicacionales, sanitarios, tecnológicos, socio-culturales, económicos, físico-biológicos, ambientales, jurídico-normativos, etcétera. Además, un sistema complejo abarca múltiples actores: sociales, políticos, médicos, académicos, científicos, periodísticos, estatales, mediáticos, ciudadanos, económicos o productivos. Por otra parte, la complejidad de un sistema remite a escalas espaciales que articulan el nivel micro y el macro, y a escalas temporales de múltiples duraciones: corto, mediano y largo plazo. Asimismo, un sistema complejo comporta múltiples consecuencias: sociales, sanitarias, subjetivas, éticas, políticas, culturales, económicas, ecológicas, entre otras.

Si bien esta caracterización de la multidimensionalidad puede rastrearse en la elaboración epistemológica de los sistemas complejos de Rolando García (2006), resulta interesante notar que la propuesta del pensamiento complejo de Edgar Morin comprende una consideración análoga respecto del carácter multinivel de los fenómenos.

Hay, efectivamente, niveles o jerarquías […]; hay también diferentes ángulos de observación […] y niveles de organización. En ciertos niveles de organización emergen ciertas cualidades y propiedades específicas, [por lo que] es necesario hacer intervenir consideraciones nuevas en cada nivel (Morin, 2001: 149).

Concebir el campo de comunicación y salud como un sistema complejo o, lo que es lo mismo, pensar la complejidad sistémica de las problemáticas de comunicación-salud, implica problematizar este campo transdisciplinar emergente a la luz de las características e implicancias de los sistemas complejos. Desplazando el carácter multidimensional de los sistemas complejos al campo de comunicación y salud cabe plantear, al interior de este, un principio de organización multinivel de elementos heterogéneos.

En relación con la comunicación advertimos que ella misma es multidimensional y remite a múltiples niveles; incluso, de un nivel a otro puede cambiar hasta la propia concepción de comunicación. Diversas problemáticas pueden referirse a un plano de comunicación interpersonal como la que se pone en juego en la relación entre médico y paciente. La campaña de una política pública en salud atañe a un nivel de comunicación masiva y mediática, y puede contemplar distintos soportes como el gráfico, el televisivo, el radial e internet. En algunas ocasiones se apela a la comunicación en un nivel que tiene que ver más precisamente con la información y se pretende explotarla instrumentalmente tal como si fuese una herramienta técnica. Por otro lado, también opera la dimensión tecnológica de la comunicación de modo transversal a diversas problemáticas. A la vez, la dimensión tecnológica se encuentra asociada a los otros niveles o modos de comunicación en tanto podemos pensarla como mediadora de una comunicación interpersonal, como soporte de una comunicación masiva o como plataforma para la emisión de mensajes o difusión de contenidos vinculados a temas de salud. Otro nivel consiste en la comunicación social como espacio simbólico donde se generan los procesos de producción y circulación de significaciones sociales. En este nivel, la comunicación opera como una escala macro o atmósfera en la que acontecen diversos fenómenos y problemáticas micro que corresponden a los otros niveles o modos de comunicación.

Por otra parte, los asuntos del dominio de la salud también comportan un carácter multidimensional y complejo. Sin pretender reducir o sistematizar cabalmente los niveles que presentan las cuestiones vinculadas a la salud comprendidas como un sistema complejo, podemos apuntar algunos de los aspectos implicados. Las problemáticas en salud presentan un cariz anátomo-fisiológico, pero también comprende un carácter subjetivo, comunitario, social, ambiental, político e institucional. A la vez, la salud puede remitir a una escala epidemiológica o clínica. En relación con el carácter multiactoral, las problemáticas en salud involucran a los pacientes o usuarios de los sistemas de salud, los médicos de diversas especialidades, los decisores y gestores de políticas públicas en salud, las instituciones del sistema de salud, los agentes de salud que actúan en un nivel territorial-comunitario, distintos organismos de control, las farmacéuticas, la industria alimentaria, las instituciones educativas en salud, los científicos de la rama biomédica y también social. Incluso, los sistemas complejos de salud pueden ser pensados en función de escalas temporales de distinta duración y de las consecuencias que conllevan.

Lo recién expuesto significa que los fenómenos que corresponden tanto al dominio de la comunicación como al de la salud conforman sistemas complejos. Las problemáticas que conciernen al campo de comunicación y salud conjugan estos dos sistemas complejos como si fueran dos engranajes que se acoplan uno en el otro. Por lo tanto, al trabajar en torno a una problemática que entraña una unidualidad salud-comunicación nos enfrentamos a una complejidad sistémica que articula dos grandes sistemas complejos en su interior. Adicionalmente, en el campo de comunicación y salud podemos reconocer la coexistencia de dos sistemas complejos que se coproducen mutuamente. Por un lado, el sistema de fenómenos o experiencias de comunicación-salud que son objeto de problematización. Por otro lado, el sistema de prácticas de investigación y de intervención desarrolladas en comunicación y salud. Ambos, objetos y prácticas, pueden ser pensados como sistemas complejos, cada uno de los cuales presenta múltiples niveles de organización.

A partir de la clave de inteligibilidad que abre la comprensión de los fenómenos y problemas de comunicación y salud como sistemas complejos, interesa plantear un lineamiento programático para el campo. Consideramos que esta perspectiva genera dos desafíos: uno en relación con los objetos y otro vinculado a las prácticas. En primer lugar se requiere concebir un nuevo modo de objetivación de los fenómenos comprendidos en el campo de comunicación y salud. Este nuevo modo de objetivación estriba en reconocer y problematizar el carácter multidimensional y complejo de las problemáticas de comunicación-salud. A partir de tal modo de objetivación, las diversas cuestiones que atañen al campo de la comunicación y salud –es decir, sus objetos– pueden ser concebidas en términos de sistemas complejos, susceptibles de ser abordados mediante una investigación interdisciplinaria en el sentido en que lo plantea García. De esta manera, la pregunta por cómo la comunicación y salud puede incorporar explícitamente la perspectiva de la complejidad a sus prácticas epistémicas puede responderse a partir de la objetivación de las problemáticas que se inscriben en el campo como sistemas complejos.

En segundo lugar, de modo correlativo a lo anterior, planteamos el desafío de desarrollar proyectos de investigación interdisciplinaria en sistemas complejos al interior del campo de comunicación y salud. Esto implica un desplazamiento de la transdisciplina a la interdisciplina como principio epistémico organizador del campo. La condición para el desarrollo de la interdisciplina radica en concebir los fenómenos o problemáticas en estudio desde la perspectiva de los sistemas complejos, articular conocimientos o enfoques disciplinares particulares desde el comienzo de una investigación y construir un marco epistémico y metodológico compartido por los integrantes de un equipo multidisciplinario. La investigación y la intervención interdisciplinaria en comunicación y salud permitirían lograr diagnósticos integrales de las diversas problemáticas concebidas como sistemas complejos. Aquí se conjuga el doble propósito de investigar para conocer e investigar para actuar y transformar, que consideramos un lineamiento preeminente del desarrollo futuro del campo de comunicación y salud.

Epílogo

La motivación principal de este capítulo ha sido asumir el desafío de problematizar la complejidad del campo de comunicación y salud. Para este fin se ha desarrollado un análisis de este campo emergente a partir de claves interpretativas brindadas por la perspectiva de la complejidad, tomando en consideración, fundamentalmente, el pensamiento complejo de Edgar Morin y la teoría de los sistemas complejos de Rolando García. La elaboración de este trabajo conlleva una puesta en acto del pensamiento complejo, en tanto el despliegue argumental del texto puede ser reconstruido a la luz de la dialógica entre dos movimientos epistémicos centrales de la complejidad: la separación de lo que está unido y la articulación de lo que está separado. Con el propósito de problematizar el campo de comunicación y salud, comenzamos por separar los dos dominios que están unidos y lo componen –la comunicación y la salud–, para luego volver a articularlos y reflexionar en torno al campo conjunto de comunicación y salud.

El concepto de complejidad configura un territorio problemático delineado por dos vectores. Por un lado, la idea de complejidad constituye un acontecimiento en la historia del pensamiento que pone en cuestión las posibilidades y límites de la matriz epistémica de la Modernidad y sus modos predominantes de construcción y organización del saber. En este sentido, la complejidad alumbra la formación de una racionalidad emergente. Por esta razón, la complejidad no puede reducirse a una teoría, a un método ni a una ciencia; no es un dispositivo listo para usar. La centralidad epistémica de la complejidad reside en que implica una actitud y una práctica, un modo de pensamiento y un modo de construcción de problemas. Por otro lado, la noción de complejidad alude, además, a la configuración de un nuevo modo de objetivación de fenómenos que permite observar dinámicas y procesos difíciles de concebir y estudiar en la matriz epistémica clásica. De esta manera, la complejidad como modo de objetivación suscita una nueva ontología en la que el mundo es pensado como una red de sistemas complejos. En síntesis, la complejidad conjuga una nueva racionalidad y un nuevo modo de objetivación.

La matriz epistémica de la complejidad interpela el campo de comunicación y salud y plantea tres profundos desafíos que pueden ser pensados con carácter programático. En primer lugar, se vislumbra la tarea de problematizar el dominio de fenómenos comprendidos en este campo como sistemas complejos. Esto implica movilizar los conceptos, métodos y técnicas del pensamiento y ciencias de la complejidad como estrategias de indagación para la construcción de sus objetos de estudio. Es decir, desarrollar críticamente la complejidad como estrategia de objetivación relevante para la investigación e intervención en comunicación y salud.

En segundo lugar, la objetivación de sistemas complejos de comunicación-salud suscita una implicancia práctico-epistémica por cuanto requiere concebir estrategias de investigación interdisciplinarias para la comprensión sistémica de dichas problemáticas. Ahora bien, si las disciplinas constituyen campos de saber-poder, entonces, la práctica interdisciplinaria de la ciencia no se agota ni se reduce en el diálogo de saberes ni en la articulación de conocimientos desarticulados. Bien por el contrario, el desarrollo práctico de estrategias de investigación interdisciplinarias en sistemas complejos implica poner en cuestión las relaciones de poder que estructuran el campo de comunicación y salud.

En tercer lugar, la idea de complejidad como un nuevo modo de objetivación es necesaria pero insuficiente en sí misma. Además, se requiere concebir un modo de reflexividad tendiente a problematizar las propias prácticas epistémicas y nuestro modo de pensamiento. En otros términos, se trata de hacer explícitas y de reflexionar sobre las matrices de pensamiento con las que interrogamos y organizamos las problemáticas del mundo de la experiencia. Si la objetivación implica un pensamiento de primer orden centrado en el objeto de conocimiento, la reflexividad conlleva un pensamiento de segundo orden orientado a problematizar el conocimiento del conocimiento. En suma, la complejidad como desafío enhebra dos planos: la complejidad como modo de objetivación y como modo de reflexividad.

Este triple desafío de la complejidad nos interpela como sujetos sociales y epistémicos. ¿Cuáles serían entonces los aportes decisivos de la perspectiva de la complejidad al campo de comunicación y salud? Efectivamente, la complejidad no es una teoría o un corpus de saber constituido a partir del cual renovar desde afuera la matriz epistémica del campo de comunicación y salud. Si este fuera el caso, bastaría con incorporar un método o concepto para producir tal efecto. Por el contrario, la complejidad como desafío práctico para el campo de comunicación y salud se revela, más bien, como un ethos, es decir, una actitud o modo de ser que implica ponernos en cuestión a nosotros mismos y conlleva una profunda crítica a nuestro modo de pensar y hacer ciencia. Por esta razón, desarrollar de modo sistemático y constructivo una práctica compleja en comunicación y salud supone, por un lado, asumir la complejidad de los problemas fundamentales del campo y, por el otro, problematizar reflexivamente las propias prácticas.

Con el fin de hacer operativo este planteo se propone el concepto de problemas complejos como categoría organizadora del dominio de fenómenos del campo. Los problemas de comunicación-salud son problemas complejos en virtud de cuatro razones fundamentales. En primer lugar, son complejos porque conciernen a la vida biológica y cultural de los individuos y las sociedades. En este sentido, son problemas vitales en tanto la comunicación y la salud constituyen dimensiones insoslayables de la vida. En segundo lugar, los problemas de comunicación-salud son problemas complejos puesto que son constitutivos de la coyuntura actual de las sociedades contemporáneas. En efecto, la comunicación-salud configura situaciones problemáticas que nos interpelan de modo práctico y urgente. Son realidades frente a las cuales hay que hacer algo y que, por lo tanto, demandan acciones, decisiones y respuestas. En tercer lugar, los problemas de comunicación-salud suscitan una perspectiva ética puesto que no es posible asumir una posición axiológicamente neutral frente a ellos. La complejidad inscribe a la ética en el corazón de los procesos de investigación, intervención y conocimiento. En cuarto lugar, los problemas de comunicación-salud se revelan como desafíos epistémicos en virtud del carácter complejo de tales fenómenos. En síntesis, los problemas de comunicación-salud concebidos como problemas complejos se constituyen en una urdimbre que entrelaza de modo indisoluble aspectos prácticos, epistémicos, éticos y vitales.

El concepto de problema complejo es una noción fundamental para pensar el carácter vital, relevante y actual de los problemas de comunicación-salud. Así, la idea de problemas complejos deviene en una categoría articuladora que permite conectar el carácter concreto y real de los problemas fundamentales de comunicación-salud con la matriz epistémica de la complejidad. La perspectiva de la complejidad habilita a concebir la comunicación y salud como un campo transdisciplinar que comporta carácter teórico y práctico, epistémico y político, científico y filosófico. Con todo, el ethos de la complejidad suscita una racionalidad reflexiva que permite poner en cuestión nuestros modos de pensar, nuestros modos de decir y nuestros modos de hacer. La actitud de complejidad es condición de posibilidad para el desarrollo de una subjetividad científica que propende a la autoobservación y la autocrítica permanentes sin renunciar a la objetivación del mundo de la experiencia. Si el campo de comunicación y salud no asume una actitud de complejidad se enfrenta a un doble riesgo. Por un lado, el riesgo de objetivación sin reflexividad que conduce al cientificismo. Por otro lado, el riesgo de reflexividad sin objetivación que tiende a una prédica discursiva crítica sin consecuencias prácticas.

La actitud de complejidad es un desafío y una invitación para quienes trabajamos en el campo de comunicación y salud con el fin de desarrollar prácticas teóricamente robustas, metodológicamente factibles, epistemológicamente reflexivas, socialmente relevantes, políticamente conscientes y éticamente responsables.

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