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2 Los aportes de Twardowski a la noción de intencionalidad

“Tenemos que conocer nuestro pasado a fin de conocernos a nosotros mismos y la historia de la filosofía en Polonia es también nuestra historia, seamos polacos o no” (Woleński y Lapointe, 2009: 16).

2.1. Alumno de Brentano y promotor de la filosofía polaca

En este capítulo presentaré algunas cuestiones relacionadas con el concepto de intencionalidad brindadas por uno de los alumnos de Brentano que luego de su formación en Viena desarrolló en Polonia una labor filosófica sin precedentes en su alcance y por la cual se le atribuye el título de “padre de la filosofía polaca” (Cavallin, 1997: 29, 32). Se trata de Kasimir Twardowski quien nació en Viena en 1866. La Academia Teresiana –Theresianum– fue el colegio secundario de la elite burguesa vienesa donde recibió las primeras instrucciones sobre psicología empírica, lógica e introducción a la filosofía.

Entre 1885 y 1889 Twardowski estudió en la Universidad de Viena donde fue alumno de Franz Brentano a quién siempre recordó con veneración y respeto. En 1891 presentó su tesis doctoral titulada “Idea y percepción. Una investigación epistemológica de Descartes” publicada en 1892; si bien Twardowski estudió a cargo de Brentano, la supervisión oficial la realizó Zimmermann porque Brentano había sido obligado a renunciar a su cátedra en 1880 (Smith, 1996: 156). Entre 1891 y 1892 estuvo en Leipzig y Munich donde estudió psicología en los laboratorios de Wundt y Stumpf. Desde 1892 hasta 1895 Twardowski trabajó para una compañía aseguradora y también escribió sobre literatura, filosofía y música en diarios de lengua alemana y polaca. En 1894 presentó su tesis de habilitación titulada Sobre la doctrina del contenido y el objeto de las representaciones y subtitulada como Una investigación psicológica. Como lo indica Smith, se trata de una monografía inspirada en la doctrina de Brentano (Smith, 1996: 156). Pero también es una obra que ofrece un punto de vista discordante con la teoría de Brentano, por lo cual, Twardowski llamó la atención de otros filósofos de lengua alemana (Woleński y Lapointe, 2009: 6). La mencionada obra de Twardowski será motivo de tratamiento en este capítulo y me referiré a ella como Contenido y objeto (Twardowski, 1977 [1894]). Luego de presentar su tesis de habilitación, Twardowski dio clases en la Universidad de Viena entre 1894 y 1895 (Betti, 2011).

En 1895 aceptó su nominación como profesor de la Universidad de Lvov y se trasladó a dicha ciudad. Tal como lo indican Woleński y Lapointe, desde el comienzo de su actividad en Lvov Twardowski se comprometió con la transmisión de una filosofía de espíritu brentaniano en cuanto a la exigencia de un método científico. Su primera dificultad fue que Lvov era una ciudad sin tradición filosófica y sin un modelo educativo. Sin embargo, Twardowski era un profesor carismático y pasó de tener pocos alumnos al principio a tener 2000 alumnos en sus clases y 200 postulantes para sus seminarios pocos años después. Sus clases comenzaban a las 7 u 8 de la mañana y los seminarios para graduados eran dictados los sábados por la tarde (Woleński y Lapointe, 2009: 6-7).

El carisma de Twardowski, junto con su exigencia y la cercanía a sus alumnos motivaron el surgimiento de la escuela de Lvov-Warsaw. Sus miembros se dedicaron a todos los campos de la filosofía pero en particular a la lógica matemática y a la filosofía de la ciencia (Woleński y Lapointe, 2009: 8). Tal como lo detalla Woleński (2014), la escuela de Lvov-Warsaw floreció entre los años 1918-1939 y para el año 1939 contaba en su totalidad con alrededor de 80 miembros activos. Entre ellos, los más famosos son Kazimierz Ajdukiewicz, Tadeusz Kotarbiński, Stanisław Leśniewski, Jan Łukasiewicz y Alfred Tarski. Los temas principales se situaban en los límites de la psicología descriptiva, la gramática y la lógica. Más allá del logro a nivel nacional de introducir la filosofía en Polonia se puede atribuir a Twardowski haber contribuido al surgimiento de una escuela que realizó importantes aportes a nivel internacional al desarrollo de la lógica en el siglo XX (Woleński, 2014).

Twardowski enseñó en Lvov hasta 1930. Su intensa labor institucional y educativa impidió que realizara muchas publicaciones. De todos modos, se pueden señalar dos artículos de años posteriores a su trabajo de 1894 que indican algunos cambios en su pensamiento, en particular, con respecto a cómo consideraba el contenido de los juicios. De manera muy sintética se puede afirmar que en 1894 para Twardowski los juicios y las representaciones se dirigen al mismo objeto que es independiente del pensamiento; los juicios no tienen un correlato objetual especial. Pero los juicios, a diferencia de las representaciones, tienen un tipo especial de contenido que es la existencia del objeto juzgado. En el caso de las representaciones, el contenido es la ‘imagen’ mental que es distinto del objeto de la representación (Smith, 1996: 173). Unos años más tarde, según se sabe por una carta de Twardowski a Meinong de 1897, Twardowski también reconoce que además del contenido los juicios tienen un objeto unitario: el estado de cosas –Sachverhalt– (Smith, 1996: 176).

Siguiendo a Smith, se observa que otra modificación en el pensamiento de Twardowski se encuentra en su artículo de 1903, “Sobre las representaciones conceptuales”. Desde ese momento Twardowski deja de atribuir una naturaleza puramente psicológica a los conceptos, juicios y teorías. Esto se ve reflejado en que en vez de ocuparse de los ‘contenidos’ de los juicios pasa a hablar de ‘proposiciones’ a las que considera como “entidades relativamente aisladas del dominio de los fenómenos psíquicos pasajeros” (Smith, 1996: 177). Finalmente, una mayor profundización en su modo de describir la actividad mental lo lleva a su artículo de 1912, “Acciones y productos”.[1] Se trata de una nueva consideración de los actos mentales –no solo los juicios– como acciones mentales y de los contenidos como productos mentales. Tales productos “gozan de cierta durabilidad y trascendencia con respecto al dominio de los actos [mentales] transitorios” (Smith, 1996: 178). Twardowski falleció en Lvov en 1938, sólo dos meses antes que Husserl (Cavallin, 1997: 32-33; Poli, 1996).

2.2. La triple división de las representaciones

El punto de partida de las reflexiones de Twardowski cuando se ocupa de describir las representaciones es triple. A diferencia de Brentano que en la formulación simple de la intencionalidad había considerado sólo dos elementos –el acto psíquico y el objeto intencional–, Twardowski agrega un tercer elemento: el contenido de las representaciones. Antes de indagar en cada uno de estos elementos con mayor detalle puede ser aclarador pensar en los modelos que utiliza Twardowski para delimitar el acto, el contenido y el objeto de las representaciones.

Un primer criterio de división se basa en un modelo pictórico (Cf. Fisette, 2003: 75). En este caso Twardowski introduce un nuevo aspecto al describir las representaciones; se trata del contenido en tanto “figura mental de un objeto” (Twardowski, 1977 [1894]: 7). Siguiendo la sugerencia interpretativa de Benoist (2001b), al momento de analizar la noción de contenido en Twardowski se atenderá también al estatus ontológico de la ‘imagen’ mental que se relaciona fuertemente con el sentido modificado que adquiere el objeto ‘representado’ (Benoist, 2001b: 82-83).

Un segundo criterio de división se basa en el modelo nominal. Twardowski utiliza como ejemplo el modo en que funciona un nombre en un acto de comunicación para equipararlo con la relación entre los elementos de la representación. Sus palabras son muy claras: “a los tres aspectos de una representación –el acto, el contenido y el objeto– le corresponde una triple función que cada nombre debe cumplir” (Twardowski, 1977 [1894]: 8-9). Y aclara que las tres funciones del nombre son: 1) dar cuenta de que existe un acto mental en el hablante, 2) advertir sobre cierto contenido de dicho acto mental que equivale al significado del nombre y 3) designar un objeto (Twardowski, 1977 [1894]: 8-9). Ahora bien, tal como lo indica Benoist, el objeto de análisis de Twardowski son las representaciones y no los nombres. Pero en ambos casos, se puede hablar de una “exigencia fundamental de referencialidad” (Benoist, 2001b: 77).

Un tercer criterio corresponde a la aplicación de una teoría de las partes y los todos. En su mereología Twardowski realiza detalladas distinciones que le permiten referirse a las partes del contenido de la representación y a las partes del objeto de la representación. A las primeras las llama elementos y a las segundas, notas características. Tal como lo sintetiza Betti, ambos tipos de partes se relacionan en la representación de tal manera que “las marcas características del objeto son representadas a través de los elementos del contenido” (Betti, 2011).[2]

En lo que sigue, me ocuparé con mayor detalle de la distinción entre objeto y contenido de la representación tomando como eje el modelo aquí llamado pictórico. Cabe advertir, sin embargo, que el primer y el segundo modelo se hallan estrechamente vinculados en la teoría de Twardowski. Por eso, también se harán referencias a conceptos del segundo modelo cuando sea necesario.

2.3. El contenido de la representación

Según Twardowski, cuando un objeto es representado “ocurre una tercera cosa, además del acto mental y su objeto, que es, por decirlo de algún modo, un signo del objeto: su ‘figura’ mental” (Twardowski, 1977 [1894]: 7). En esta cita que recurre a un modelo pictórico de la representación las comillas aplicadas por el mismo Twardowski al término ‘figura’ pueden servir de advertencia contra una interpretación apresurada del contenido como si éste tuviese con respecto al objeto de la representación la misma semejanza que tiene una imagen con respecto a lo que representa. Además de esto, Twardowski en este mismo pasaje compara el contenido de la representación con un ‘signo’ del objeto. De modo que se observa aquí una especie de indecisión sobre el estatus ontológico de la imagen. Twardowski aparentemente vacila. Por un lado, afirma que el contenido tiene un carácter de signo, lo cual, lo hace distinto de la cosa representada. Pero, por otro lado, afirma que el contenido también tiene un carácter de imagen o figura mental. Entonces, no se puede afirmar con toda seguridad que se trata aquí de una noción de ‘imagen’ o ‘figura’ en un sentido fuerte tal que pueda dar lugar a pensar que se trata necesariamente de un modo de ser semejante o incluso una copia mental del objeto representado. En este pasaje y en otros similares, Twardowski parece atribuir a la imagen un sentido débil (Twardowski, 1977 [1894]: 2). Ahora bien, ¿cómo interpretar esta ambigüedad con respecto al estatus ontológico de la ‘imagen’ que caracteriza al contenido mental?

Siguiendo a Benoist, la clave parece hallarse en poder detectar que detrás del modelo pictórico se encuentra operando un dispositivo modal (Benoist, 2001b: 82). En Contenido y objeto, antes de introducir el ejemplo de la pintura o imagen de un paisaje que luego será recurrente, Twardowski señala la ambigüedad de la palabra ‘representado’ para marcar la diferencia entre contenido y objeto. De ambos puede predicarse la misma expresión y hablar tanto de un contenido ‘representado’ como de un objeto ‘representado’. Lo que intentará explicar Twardowski es qué significa ‘representado’ cuando se refiere al contenido, por un lado, y cuando se refiere al objeto, por el otro. Para ello recurre a la relación entre adjetivos determinantes y adjetivos modificativos que toma de Brentano.[3] Un mismo adjetivo como ‘falso’ se usa a veces en sentido atributivo o determinativo –un juicio ‘falso’ sigue siendo un juicio– y otras, en un sentido modificativo –un diamante ‘falso’ no es un diamante–. El adjetivo atributivo o determinativo completa el significado del nombre que afecta. El modificativo cambia por completo el significado del nombre al que se aplica (Twardowski, 1977 [1894]: 11).

Según Twardowski lo mismo se puede aplicar al adjetivo ‘representado’ cuando se afirma que algo es representado. Para explicarlo acude al caso del adjetivo ‘pintado’ lo cual le permite retomar el modelo pictórico para referirse al contenido de la representación. Al pintar un paisaje el pintor pinta el cuadro y pinta el paisaje. Se trata de una sola actividad pero dirigida a dos objetos. Sin embargo el cuadro ‘pintado’ es un cuadro real mientras que el paisaje ‘pintado’ no es un paisaje real sino sólo un paisaje pintado. Es aquí donde queda claro que la palabra ‘pintado’ aplicada al cuadro es una determinación; no es un cuadro realizado por grabado u otra técnica sino que está determinado por ser un cuadro pintado. En cambio, si se aplica al paisaje el adjetivo ‘pintado’ resulta que el paisaje no es determinado sino que es modificado; un paisaje pintado no es un paisaje sino un lienzo coloreado con pinturas por un pintor siguiendo ciertas reglas (Cf. Rollinger, 1999: 141-142).

En relación con lo anterior Twardowski afirma que lo que ha dicho sobre la palabra ‘pintado’ con respecto al paisaje y al cuadro se aplica a la palabra ‘representado’ con respecto al contenido y al objeto de una representación (Twardowski, 1977 [1894]: 12). Tal como lo indica Poli, lo que Twardowski desea señalar es que los verbos ‘representar’ y ‘pintar’ tienen la misma estructura semántica (Poli, 1996: 212). Esto ayuda a comprender la noción de contenido como ‘figura’ mental del objeto. Cuando se habla de una ‘imagen’ mental, se está hablando de un objeto ‘representado’ cuyo estatus ontológico ha cambiado. Lo mismo ocurre cuando de un objeto se dice que es ‘pintado’; “el hecho de ser pintado ha modificado su estatus ontológico” (Benoist: 2001b: 83). Así, cuando se dice que el contenido es la imagen mental del objeto de la representación, aquí se comprenderá que Twardowski se refiere al ser modificado del objeto tal como se da en el acto de representación mental.

Según la interpretación propuesta y siguiendo a Benoist, el énfasis de lo que he denominado modelo pictórico no está puesto en la semejanza entre una imagen –el contenido– y aquello que representa –el objeto– sino en el modo de ser modificado. Rollinger, en referencia al tema de la ‘figura’ mental también subraya que en Twardowski no se debe comprender el contenido como una copia psíquica del objeto que guardaría una similitud fotográfica con éste último sino que Twardowski “parece preferir ver los contenidos como signos antes que como imágenes” (Rollinger, 1999: 144; Twardowski, 1977 [1984]: 64).[4] Hickerson, por su parte, ha aceptado la corrección de Betti sobre dicho punto y reconoce que “más allá de que Twardowski apela a la analogía y más allá de sus numerosas referencias al contenido como una ‘copia’, él no está en última instancia comprometido con la afirmación de que los contenidos son imágenes mentales” (Hickerson, 2009: 10).[5] En resumen, el contenido del acto mental depende de dicho acto mental, es inmanente a la conciencia y se caracteriza por su modo de ser modificado con respecto al objeto externo al que se dirige la mente. En el próximo apartado me ocuparé del estatus ontológico del objeto de la representación para luego avanzar hacia la relación entre el contenido y el objeto de la representación.

2.4. El objeto de la representación

Tal como lo explica Benoist, el estatus ontológico del objeto de la representación y el del contenido de la representación difieren; por ello, es un error identificarlos. El contenido –en un sentido psicológico que Twardowski hereda de Brentano– existe siempre de manera necesaria y es algo totalmente real. En contraste, el objeto intencional “en tanto objeto que es intencionado y puramente en tanto que es intencionado no tiene existencia ni inexistencia: [el objeto intencional] es indiferente ontológicamente a tales propiedades” (Benoist, 2001b: 92). Esta manera de comprender el objeto intencional le permite a Twardowski integrar en la categoría de objeto “todas las entidades fundadas sobre la negación o privación de tal o cual parte del tenor de ‘realidad’ de un objeto” (Benoist, 2001b: 92). De modo que el objeto de la representación puede ser un objeto fácticamente posible o imposible como así también un objeto con propiedades contradictorias.

El ser intencional del objeto de la representación es su principal característica que se asocia con la exigencia planteada por Twardowski de que “a toda representación sin excepción corresponde un objeto” (Twardowski, 1977 [1894]: 18). De esta manera Twardowski se opone al planteo de Bolzano (1781–1848) en su Teoría de la ciencia de 1837 donde afirma que existen representaciones sin objetos.[6] Los ejemplos de representaciones sin objetos de Bolzano mencionados por Twardowski se dividen en tres grupos: 1) representaciones de ‘nada’, 2) representaciones de objetos caracterizados por propiedades o determinaciones incompatibles –por ejemplo: ‘cuadrado redondo’– y 3) representaciones de objetos que no pertenecen a la esfera de la experiencia –por ejemplo: ‘virtud verde’ o ‘montaña de oro’– (Twardowski, 1977 [1894]: 18-19; Poli, 1996: 213).

Con respecto al primer grupo de las llamadas representaciones sin objeto Twardowski afirma que la palabra ‘nada’ no es una expresión categoremática, es decir, no es una palabra que tenga sentido por sí misma. A diferencia de ‘padre’ o ‘juicio’ que designan representaciones, ‘nada’ parece no designar una representación. En su argumento Twardowski indica que ‘nada’ se utiliza como una expresión que sustituye a ‘no algo’. De esta manera, si alguien dice ‘no griegos’ hay una combinación de un término categoremático como ‘griegos’ con el adverbio negativo ‘no’ que es un término sincategoremático, es decir, sin sentido fuera de la relación con otras palabras. En estos casos la representación es divida en dos partes pero lo que se separa no es la representación del algo negado –por ejemplo, los griegos– sino la representación de un género en el cual el objeto representado está incluido como especie –por ejemplo, los seres humanos–. Ahora bien, dada la expresión ‘no algo’ no hay un género que pueda incluir a ‘algo’ como especie pues en tal caso también sería ‘algo’. Así, Twardowski demuestra que ‘nada’ como equivalente a ‘no algo’ es una expresión compleja en la cual la negación no tiene sentido por sí sola y que por lo tanto no tiene una representación que le corresponda (Twardowski, 1977 [1894]: 19-21; Poli, 1996: 213-214). En otros términos, ‘nada’ como ‘no algo’ no es una expresión categoremática, no es un nombre. Y, por lo tanto, siguiendo la síntesis que Betti hace de la conclusión del argumento de Twardowski dado que “a cada nombre le corresponde una representación y viceversa; si una expresión no es un nombre, entonces no hay una representación que le corresponda” (Betti, 2011).

Con respecto al segundo y al tercer grupo de ejemplos de representaciones sin objeto de Bolzano, Twardowski dice que se trata de representaciones cuyos objetos son substratos de cualidades incompatibles. Apela aquí a las tres funciones de los nombres: el acto de dar a conocer, el significar y el designar un objeto. Usar la expresión ‘cuadrado oblicuo’ implica que quien la usa tiene un acto de representación. En tal acto, el contenido sirve para designar características contradictorias de un objeto que es substrato de las mismas. El ser oblicuo y el ser cuadrado no son atributos que se apliquen al contenido de la representación sino a algo que es designado por el nombre ‘cuadrado redondo’ que aunque no exista o nunca se presente, sin embargo, es el substrato de esas propiedades. Así como todo nombre designa un objeto, toda representación representa un objeto independientemente de que dicho objeto exista o no, sea posible o no. Twardowski está de acuerdo en que se puede afirmar que los objetos de ciertas representaciones no existen pero no en la afirmación de que hay representaciones que no tienen objetos.

De modo que siguiendo a Betti, es posible sintetizar las afirmaciones de Twardowski con respecto a su teoría del objeto de la representación de la siguiente manera. El núcleo central de la teoría del objeto intencional de Twardowski es que junto a la exigencia de que toda representación siempre tiene un objeto se añade la precisión de que dicho “objeto es cualquier cosa que pueda ser representada por una representación” (Betti, 2011). Sólo aceptando ese núcleo se pueden aceptar el resto de las afirmaciones con respecto al estatus ontológico del objeto de la representación. A saber: “1) que ‘ser representado’ no es lo mismo que ‘existente’ y 2) que los objetos pueden poseer propiedades incluso cuando ellos [los objetos] no existen” (Betti, 2011).

Dicho de otra manera, los objetos que son posibles en la teoría de la intencionalidad de Twardowski lo son gracias a una “modalidad de ser particular que es la del ser intencional del objeto” (Benoist, 2001b: 91). Por lo tanto, de acuerdo con Benoist se debe tener en cuenta que la noción de objeto intencional en Twardowski implica una ontología del objeto que lleva a la categoría de objeto a su generalidad más extrema (Benoist, 2001b: 91). Twardowski, en este punto, transgrede los límites del pensamiento clásico que consideraba que el objeto –cualquiera que fuera– estaba “determinado como el soporte lógico último en referencia al principio de contradicción” (Benoist, 2001b: 94). Twardowski, en cambio, le otorga estatus ontológico a objetos con contradicciones internas que los pensadores medievales no pudieron analizar justamente porque le negaron tal estatus (Benoist, 2001b: 94). Dicho esto, es posible ahora indicar el modo en que se relacionan el contenido y el objeto de las representaciones según Twardowski quien –como se verá– difiere en este punto de su maestro Brentano.

2.5. Intencionalidad en Twardowski y su contraste con Brentano

Tal como lo indica Betti, en lo que respecta a la noción de intencionalidad la tesis de Twardowski en Contenido y objeto se puede resumir de la siguiente manera: “cada fenómeno mental tiene un contenido y un objeto, y [el fenómeno mental] se dirige hacia su objeto, no hacia su contenido” (Betti: 2011). Ahora bien, si la mente tiene contenidos pero no se dirige hacia dichos contenidos, ¿qué papel se les asigna a los contenidos en la dirección intencional hacia el objeto de la representación? Pues bien, los contenidos son tan importantes como los objetos intencionales ya que según Twardowski, la mente, por medio de sus contenidos inmanentes, se dirige a los objetos externos (Łukasiewicz, 2009: 20). El contenido de la representación es un medio por el cual se establece la relación intencional entre la mente y el objeto externo a la mente. El contenido está presente, es representado o pensado en la representación y el objeto intencional es representado por medio del contenido de la representación. En este sentido el contenido funciona de modo similar a un nombre en cuanto designa un objeto por medio de su significado (Twardowski, 1977 [1894]: 16-17).

Así como siempre hay un contenido mental del acto psíquico, en la teoría de la intencionalidad de Twardowski siempre hay un objeto intencional que es aquello a lo que se dirige dicho acto. Esta direccionalidad del acto psíquico que forma parte de la relación intencional es independiente del estatus ontológico del objeto intencional. El contenido es el medio, el vehículo, por el cual el acto se dirige al objeto pero no se debe confundir con dicho objeto (Benoist, 2001b: 92).

Twardowski supera de esta manera la tensión que la teoría de Brentano provocaba el considerar a la intencionalidad “simultáneamente caracterizada como una relación a un contenido y una orientación hacia un objeto” (Benoist, 2001b: 88). La simultaneidad que en Brentano se daba entre la direccionalidad primaria de la conciencia hacia el objeto intencional inmanente y la direccionalidad secundaria de la conciencia sobre sí misma en el acto psíquico viene dada, según Twardowski, por la falta de diferencia entre el contenido y el objeto de la representación a la vez que a ambos se los considera como inmanentes a la conciencia. Twardowski se opone a la doctrina inmanentista de su maestro al reconocer las ambigüedades que encierran las nociones de ‘objeto inmanente’ y ‘objeto de una representación’ (Łukasiewicz, 2009: 20; Betti, 2011). Twardowski mantiene siempre la división tripartita de la representación entre acto, contenido y objeto para todo tipo de representaciones; “incluso las representaciones de objetos contradictorios tienen contenido y objeto” (Betti, 2011).

Figura 5: Esquema de la relación intencional en Twardowski.

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Tal como lo indica Betti, si bien Twardowski se diferencia de su maestro en lo antes señalado, mantiene algunas de sus tesis. En primer lugar, la intencionalidad como característica del fenómeno mental. Aquí cabe aclarar que se debe tener en cuenta que Twardowski sólo coincide con Brentano en la formulación sencilla de la intencionalidad de su maestro. Esto es, en la direccionalidad primaria de la conciencia hacia un objeto y con la advertencia de que dicho objeto no es inmanente a la conciencia. En segundo lugar, Twardowski mantiene la división de los fenómenos psíquicos en representaciones (Vorstellungen), juicios y fenómenos de amor y odio. En tercer lugar, la prioridad de las representaciones por sobre los demás fenómenos psíquicos; el conocido principio de Brentano de que todos los fenómenos mentales son representaciones o se basan en representaciones (Betti, 2011). Además, con respecto a su modo de describir los fenómenos psíquicos, se puede afirmar –siguiendo a Smith– que Twardowski, al igual que Brentano, es un ‘realista psicológico’ porque ambos coinciden en que “hay actos mentales y que dichos actos mentales tienen determinadas formas y naturalezas que son dadas en la experiencia y que es posible comprenderlas teóricamente por medio de la psicología descriptiva” (Smith, 1996: 181).

Luego de haber presentado la noción de intencionalidad en Twardowski y en su maestro Brentano, en el próximo capítulo expondré el enfoque de Edmund Husserl sobre la misma noción. En su propuesta Husserl se ocupa de cuestiones que también fueron tratadas en las teorías de los dos anteriores. Hacia el final de la cuarta sección del siguiente capítulo volveré a referirme a Twardowski, esta vez en el contexto de la crítica de Husserl a la doble direccionalidad de la intencionalidad.


  1. Para un abordaje contemporáneo del artículo de Twardowski de 1912, cf. Bobryk (1989 y 2009).
  2. Los aspectos mereológicos de la teoría de la intencionalidad de Twardowski (1977 [1894]) son expuestos por él principalmente entre los parágrafos 8 y 12 de Contenido y objeto. Algunos de dichos aspectos fueron repuestos aquí de modo general para ejemplificar la posibilidad de aplicarlos a la descripción de los elementos de la conciencia. Cf. Betti (2011), Cavallin (1997: 79-84) y Poli (1996: 215-219).
  3. Twardowski menciona en nota al pié que toma esta distinción de la nota de Brentano que se encuentra en libro 2, capítulo 7, parágrafo 7 de Psicología: “[L]os adjetivos ordinariamente enriquecen el concepto del sustantivo al cual ellos son aplicados con nuevos atributos (…) pero a veces [los adjetivos] agregan algo que modifica el sujeto” (Brentano, 2009 [1874]: 170). Como se verá más adelante, Husserl también hará referencia a este pasaje de Brentano donde se menciona la diferencia entre adjetivos atributivos y adjetivos modificativos. Si bien esto excede el tema aquí tratado, cabe mencionar que el tema de las frases atributivas y de la relación entre ideas y atributos fue también objeto de estudio por parte de Bolzano principalmente en su Teoría de la ciencia (Wissenschaftslehre) de 1837 (Cf. Schnieder, 2007; Morscher, 2011). Con respecto a la relación entre Brentano y Bolzano y la influencia bolzaniana sobre Twardowski, Husserl y otros miembros de la escuela de Brentano, cf. Huemer (2004), Rojszczak y Smith (2003), Rollinger (2013).
  4. Cabe aclarar que no se pretende negar aquí que tal como lo indica Benoist –con quien acuerdo–, el análisis del estatus ontológico de la imagen propuesto por Twardowski “anticipa de manera notable la exploración por parte de la fenomenología de la modalidad imaginaria de la intencionalidad” (Benoist, 2001b. 82-83). Sin embargo, es recomendable no pasar por alto el hecho de que cuando Twardowski plantea la imagen como un modelo para describir el contenido de la representación no dispone del concepto de conciencia de imagen que luego desarrollará Husserl y, además, el modelo pictórico de Twardowski está fuertemente permeado por su modelo nominal. Una lectura husserliana del texto de Twardowski puede tender a buscar la noción de semejanza en la noción de imagen pero hallaría algunas dificultades ya que Twardowski está pensando en una modificación nominal antes que en una relación de semejanza (Cf. Benoist, 2001b. 82-83).
  5. Por otra parte, Hickerson propone una interpretación mereológica para explicar la noción de semejanza en Twardowski (Cf. Hickerson, 2009: 13). En este punto, Hickerson plantea una idea que puede ser objeto de futuras investigaciones en tanto relaciona la teoría de las partes y los todos con cierta noción de semejanza no pictórica en Twardowski que puede ser contrastada con la noción de conciencia de imagen en Husserl. Tal investigación excede los límites de la presente instancia.
  6. Según lo indica Cavallin, Twardowski parece haber leído la obra de Bolzano mientras se encontraba en Viena gracias a la sugerencia de su profesor Robert Zimmermann quien, a su vez, fue discípulo de Bolzano (Cavallin, 1997: 24).


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