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1 Actualizando el pasado,
arcaizando el presente

Reconfiguraciones de la indianidad en la patrimonializaci贸n de las ruinas de Tiwanaku

Tiwanaku es la tierra hecha hombre y el hombre聽que regresa a la tierra despu茅s de haber dejado聽huella su tr谩nsito tel煤rico. (Diez de Medina, 1966: 44)

El 21 de enero de 2006, Evo Morales tom贸 posesi贸n de la presidencia de Bolivia. En un pa铆s mayoritariamente ind铆gena, por primera vez un mandatario aymara, surgido de los vigorosos movimientos sociales que en los a帽os previos hab铆an llevado al virtual colapso del sistema pol铆tico imperante, llegaba a la m谩s alta magistratura. El acto de asunci贸n presidencial vino a resaltar este extraordinario hecho. Mientras la toma de posesi贸n oficial tendr铆a lugar como era costumbre al d铆a siguiente en el Parlamento, el nuevo gobierno organiz贸 una espectacular ceremonia p煤blica destinada a exhibir el rol que la poblaci贸n y la cultura ind铆gena tendr铆an en el nuevo orden de cosas. El escenario elegido fue Tiwanaku. Entre los grandes monolitos y templetes de este sitio arqueol贸gico emplazado en las cercan铆as de la ciudad de La Paz a 4000 metros sobre el nivel del mar, Evo Morales, vestido con un poncho rojo, abarcas de cuero y un chuk麓u (gorro aymara de cuatro puntas), se dirigi贸 a una multitud de unas setenta mil personas que hac铆a flamear whipalas, la bandera de siete colores que representa a las diferentes etnias de los Andes bolivianos. Recibi贸 luego de los amautas (los sabios o maestros ind铆genas) la bendici贸n de los dioses para ser l铆der del pueblo. La ceremonia fue televisada en vivo a todo el pa铆s y estuvo en las portadas de los diarios de Bolivia, y de muchos otros pa铆ses de mundo, al d铆a siguiente.

La asunci贸n de Evo Morales nos recuerda el lugar simb贸lico central que Tiwanaku ocup贸 en la fundaci贸n de lo que, tras la reforma constitucional sancionada en 2009, ser铆a el actual Estado Plurinacional de Bolivia. Por cierto, esta connotaci贸n no es del todo nueva. La principal civilizaci贸n andina previa al incario, Tiwanaku, ya hab铆a sido adoptada como un emblema patrio por el gobierno del Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) en 1952, pero no ya como medio de reivindicar la diversidad 茅tnico-cultural de la sociedad boliviana, sino como parte de una construcci贸n ideol贸gica que proclamaba el car谩cter mestizo de la naci贸n. Fue nuevamente realzado en la d茅cada de 1970 en funci贸n todav铆a de otro designio pol铆tico: el indianismo radical de los grupos aymaras que confluyeron en el emergente movimiento katarista. Al observar los distintos usos que se han hecho de las ruinas de Tiwanaku a trav茅s del tiempo, surge con claridad que el patrimonio nacional no resulta algo inscripto en la historia o la materialidad de las cosas, sino un proceso a trav茅s del cual objetos, pr谩cticas y s铆mbolos son concebidos como tal en virtud de particulares esquemas de significaci贸n. De hecho, si bien las ruinas aparecen en textos muy tempranos (figuran, por ejemplo, en las cr贸nicas de Cieza de Le贸n o en relatos de viajeros del siglo diecinueve), estuvieron del todo ausentes durante las etapas iniciales del proceso de construcci贸n del Estado naci贸n. Cu谩ndo comienzan a aparecer como un s铆mbolo de la bolivianidad es motivo de discusi贸n historiogr谩fica. El arque贸logo Carlos Ponce Sangin茅s ha planteado que fue gracias a la institucionalizaci贸n de la arqueolog铆a boliviana en la d茅cada de 1950 que se consigui贸 encuadrar el patrimonio cultural prehisp谩nico dentro de un marco jur铆dico y legal preciso. Trabajos m谩s recientes han colocado el origen del fen贸meno en un momento previo, aunque, sin embargo, minimizan su rol dentro de las pol铆ticas culturales estatales del primer tercio del siglo XX. Pablo Quisbert (2004) analiza la revalorizaci贸n de Tiwanaku presente en los escritos de Posnansky desde comienzos de siglo, pero plantea que fue la 鈥淎rqueolog铆a de la Revoluci贸n鈥 la que consagr贸 definitivamente su v铆nculo con el porvenir de la naci贸n de la mano de un proyecto pol铆tico que exaltaba el mestizaje cultural. C谩rmen Loza (2008), por su parte, propone una genealog铆a del nacionalismo arqueol贸gico que adelanta sus or铆genes a los a帽os 30, remarcando el contexto de la Guerra del Chaco como condicionante fundamental para su despliegue, y enfatiza el car谩cter de ruptura que implic贸 respecto de las concepciones liberales de naci贸n de las d茅cadas previas. Finalmente, Seemin Qayum (2002 y 2011) remite a un folleto an贸nimo publicado en 1897 que proclamaba a Tiwanaku la cuna de la naci贸n boliviana, el cual es tomado como evidencia de un incipiente indigenismo que, de todos modos, no lograba traducirse en pr谩cticas estatales de gesti贸n de las ruinas.

Este cap铆tulo presenta una interpretaci贸n diferente tanto sobre la cronolog铆a como en relaci贸n a la funci贸n del proceso de patrimonializaci贸n de Tiwanaku. Sostenemos que fue durante los primeros a帽os del siglo XX, en pleno apogeo del r茅gimen liberal, que se manifest贸 una creciente preocupaci贸n por las ruinas en 谩mbitos pol铆ticos, culturales y cient铆ficos. El inter茅s p煤blico sobre el tema dio lugar, en 1903, a los primeros proyectos y debates legislativos en torno al estatuto legal y significado hist贸rico del sitio. Como resultado, se pusieron en marcha una serie de iniciativas que, con variable grado de 茅xito, tendieron a proteger y poner en valor los restos arqueol贸gicos. El estudio conduce pues a reincorporar la patrimonializaci贸n de Tiwanaku en el sinuoso proceso de conformaci贸n de la identidad nacional en un per铆odo previo al establecido por la historiograf铆a reciente. Fue parte de un variado conjunto de representaciones y pol铆ticas culturales en las que estuvieron involucrados una multiplicidad de actores, incluyendo de manera prominente el Estado boliviano. Sostendremos que el fen贸meno obedeci贸 a una doble din谩mica, espacial y social. Ocurrida en las postrimer铆as de la victoria militar de la elite liberal pace帽a sobre los conservadores chuquisaque帽os, la recuperaci贸n del pasado tiwanacota busc贸 proyectar una representaci贸n hegem贸nica de naci贸n que apuntalaba el lugar central de La Paz ya en los or铆genes remotos de la historia patria. Permit铆a asimismo exhibir la originalidad boliviana hacia el exterior en un momento de intensa circulaci贸n trasnacional de saberes y t茅cnicas arqueol贸gicas y de un incipiente inter茅s tur铆stico en los pa铆ses centrales por las 鈥渃ulturas ex贸ticas鈥. Inextricablemente asociada a estas din谩micas espaciales, los debates en torno a la patrimonializaci贸n de Tiwanaku contribuyeron a reconfigurar las jerarqu铆as sociales heredadas de la colonia al interior de la comunidad nacional a escasos a帽os de la supresi贸n de la m谩s importante sublevaci贸n de las comunidades ind铆genas desde los levantamientos kataristas de fines del siglo XVIII, la rebeli贸n liderada por Z谩rate Willka. La revalorizaci贸n de las ruinas imprimi贸 un sentido espec铆fico a la indianidad que, a trav茅s de un uso particular de la temporalidad y un complejo arsenal simb贸lico, conllev贸 una representaci贸n folklorizada de lo ind铆gena que permiti贸 incorporarlo a la comunidad nacional a la vez que circunscribirlo en un lugar y tiempo determinados. Ciertamente, estuvo lejos de ser un proceso lineal y uniforme pues involucr贸 conflictivas visiones ideol贸gicas, as铆 como una pluralidad de campos sociales, desde las modalidades de monumentalizaci贸n y las representaciones visuales hasta las disputas pol铆ticas y los marcos jur铆dicos.

El an谩lisis de las pr谩cticas que hacen a este proceso de patrimonializaci贸n se basa en un corpus de fuentes heterog茅neo que abarca documentaci贸n legislativa, informes de la Prefectura, art铆culos de prensa, ensayos e im谩genes fotogr谩ficas. Dichas fuentes son puestas en di谩logo con diferentes perspectivas te贸ricas que permiten problematizar las diversas operaciones legislativas y simb贸licas que hicieron confluir el pasado tiwanacota y la poblaci贸n ind铆gena contempor谩nea en un proyecto de naci贸n acorde con las necesidades del gobierno pace帽o de comienzos de siglo XX. En funci贸n de los objetivos enunciados, presentamos, en el primer apartado, las herramientas conceptuales utilizadas para el an谩lisis. Repasamos luego el contexto hist贸rico en el cual se despliega el proceso de patrimonializaci贸n de Tiwanaku. A continuaci贸n, reconstruimos las operaciones legislativas e institucionales que hicieron a dicho proceso. La siguiente secci贸n se focaliza en el sentido impreso a la indianidad a trav茅s de un an谩lisis de im谩genes fotogr谩ficas de Tiwanaku. Finalmente, analizamos los debates en torno a dos ambiciosos proyectos de trasladar las ruinas a la ciudad de La Paz. En conjunto, el estudio nos permite vislumbrar las peculiaridades ideol贸gicas de la apropiaci贸n de cu帽o liberal de los m谩s imponentes restos de las sociedades altipl谩nicas precolombinas, antes de que se convirtieran en el escenario ic贸nico de la naci贸n mestiza, el anticolonialismo aymara y el Estado plurinacional boliviano.

Una introducci贸n a las lecturas sobre patrimonio cultural

La cultura Tiwanaku se remonta al 200 a. C. Se origin贸 a unos 17 kil贸metros al sur del lago Titicaca, aunque a partir del siglo VII se extendi贸 m谩s all谩 de su per铆metro local y ejerci贸 su dominio efectivo sobre el territorio del altiplano y valles de Bolivia, y ciertas zonas del sur del Per煤 y del norte de Chile. Se han establecido tres estadios de desarrollo para Tiwanaku: el aldeano, el urbano y el imperial. En el primero Tiwanaku conformaba una aldea de proporciones modestas y econom铆a autosuficiente basada en la actividad agr铆cola. El segundo estadio, de faz plenamente urbana, signific贸 la conversi贸n de la aldea de producci贸n autosuficiente a una econom铆a especializada y el desarrollo de un aparato gubernamental y religioso. De esta etapa datan las monumentales estructuras arquitect贸nicas tales como Kalasasaya y Pumapunku, con aproximadamente dos hect谩reas de superficie cada una, y la pir谩mide de Akapana. En este per铆odo tambi茅n se establecieron enclaves coloniales en la zona de Ayacucho, Arica y Atacama, que despu茅s sirvieron de puntos clave para sus designios de conquista. Finalmente, durante el estadio imperial se produjo una expansi贸n en vasta escala. Si bien los modos en que se produjo la expansi贸n no fueron id茅nticos en todas las regiones, la aparici贸n del imperio permiti贸 una unificaci贸n adoptando, en t茅rminos arqueol贸gicos, la figura de horizonte panandino (Ponce Sangin茅s, 1976: 71-86). Sabemos que en el siglo XIII el imperio se desplom贸 de s煤bito y Tiwanaku qued贸 sumido en el ocaso y el olvido. Leg贸, sin embargo, un conjunto de ruinas monumentales que con el tiempo se tornar铆an los m谩s importantes restos arqueol贸gicos del actual territorio boliviano y objeto de diferentes apropiaciones de sentido. Pero antes de adentrarnos en ese proceso presentaremos algunas reflexiones en torno a los conceptos de patrimonio y patrimonializaci贸n.

David Lowenthal (1994) ha planteado las dificultades que se presentan a la hora de definir la noci贸n de patrimonio. El creciente inter茅s sobre 茅l en 谩mbitos tan dis铆miles tales como la arquitectura, el arte, la familia y la naturaleza amenaza con volver vacua su definici贸n. Aun as铆, afirma, sigue siendo el t茅rmino que mejor denota nuestra ineludible dependencia del pasado. De todos modos, como propone Robert Hewison (1987) lo que preocupa en las pol铆ticas de patrimonio es menos el pasado en s铆 que su vinculaci贸n con el presente. La pregunta, entonces, no es si debemos o no preservar el pasado, sino qu茅 tipo de pasado elegimos preservar y c贸mo incide en nuestro presente. Hewison enfatiza as铆 el car谩cter de construcci贸n social que presenta el patrimonio. Este supuesto implica dejar de concebirlo como algo dado, que debe ser protegido, explotado tur铆sticamente o preservado, tal como se lo ha definido desde la muse铆stica y la arquitectura. De todos modos, esta visi贸n antropol贸gica contin煤a siendo muy abarcativa y dentro de ella es posible encontrar algunas distinciones. Guillermo Bonfil Batalla (1993) define al patrimonio como el acervo cultural que posee todo grupo social. Su valor patrimonial se establece seg煤n la escala de valores de la cultura a la que pertenece; en ese marco se filtran y jerarquizan los bienes del patrimonio heredado y se les otorga o no la calidad de bienes preservables. Sin embargo, plantea el autor, la pretensi贸n de la cultura occidental de instaurarse como universal ha conducido al desarrollo de esquemas interpretativos y escalas de valores que se han aplicado al patrimonio de culturas no occidentales, con la intenci贸n ideol贸gica de conformar y legitimar un patrimonio cultural 鈥渦niversal鈥. Estos mismos mecanismos de selecci贸n han sido desarrollados en el marco de los Estados nacionales en sus esfuerzos por constituirse en cultura nacional, y como tal, 煤nica, homog茅nea y generalizada. A partir del an谩lisis del caso mexicano, Bonfil Batalla observa c贸mo el nacionalismo contiene un movimiento doble: por una parte, construye desde arriba una cultura nacional a partir de un patrimonio que se considera com煤n y que estar铆a constituido por los mejores elementos de cada una de las culturas existentes; por la otra, transmite o impone esta nueva cultura a los sectores mayoritarios, es decir, sustituye sus culturas reales por la nueva cultura nacional que se pretende crear en el primer movimiento. Naturalmente, esa unificaci贸n ni aspira ni puede unificarlo todo en tanto supone una selecci贸n de datos de la historia y de los elementos de los diversos patrimonios culturales para construir una sola historia y un solo patrimonio cultural. Se produce, de este modo, una unificaci贸n ideol贸gica que no corresponde a una fusi贸n real de culturas, y en esto radica la pobreza del proyecto nacional. La cultura nacional resulta ser, as铆, a diferencia del patrimonio, una construcci贸n artificial, un proyecto, un anhelo imposible, atravesado siempre por la estructuraci贸n colonial de la sociedad que considera ileg铆timo el patrimonio ind铆gena y establece una relaci贸n asim茅trica entre este y la cultura dominante.

Esta noci贸n amplia de patrimonio se encuentra 铆ntimamente ligada a la valorizaci贸n que Bonfil Batalla hace de las culturas a las que la situaci贸n colonial ha negado su status como tal y constituye un antecedente importante para nuestro enfoque. De todos modos, analizar las particularidades del patrimonio nacional pone en escena otra cuesti贸n, que es la operaci贸n de construcci贸n y selecci贸n de elementos culturales a ser patrimonializados. Imbricar estas dos construcciones sociales (patrimonio y naci贸n) que aparecen delimit谩ndose mutuamente permite pensar que quiz谩s el patrimonio cultural en s铆 es menos dado de lo que aparenta en el an谩lisis de Bonfil Batalla. Junto a los estudios que en las 煤ltimas d茅cadas han dirigido las reflexiones sobre patrimonio a una constelaci贸n m谩s amplia de manifestaciones culturales, tangibles e intangibles, preferimos hablar de procesos de patrimonializaci贸n o, m谩s bien, de manifestaciones pasibles de ser patrimonializadas.[1]

Particularmente el trabajo de Prats nos permite ahondar en el an谩lisis de estos procesos de patrimonializaci贸n de pr谩cticas y objetos. En primer lugar, discute la universalidad del patrimonio, no porque jerarquice determinados bienes y valores culturales respecto de otros, sino porque en su concepci贸n constituye algo mucho m谩s espec铆fico. Consiste en un proceso cuya particularidad radica no s贸lo en ser una construcci贸n social sino, y principalmente, en su capacidad para representar simb贸licamente una identidad. El proceso en s铆 consiste en una legitimaci贸n de referentes simb贸licos a partir de fuentes de autoridad o sacralidad extraculturales, esenciales y, por tanto, inmutables. Al confluir estas fuentes de sacralidad en elementos culturales (materiales e inmateriales) asociados con una identidad dada y unas determinadas ideas y valores dicha identidad, y las ideas y valores asociados a los elementos culturales que la representan as铆 como el discurso que la yuxtaposici贸n de un conjunto de elementos de esta naturaleza genera (o refuerza), adquieren asimismo un car谩cter sacralizado y, aparentemente, esencial e inmutable (Prats, 2004: 22).

Ahora bien, esos elementos culturales potencialmente patrimonializables para constituirse en patrimonio deben ser activados y es en esta instancia donde entra en juego el poder dentro de la conceptualizaci贸n de Prats. Concebir a las activaciones patrimoniales como estrategias pol铆ticas significa asumir que ninguna activaci贸n patrimonial es neutral o inocente, sean conscientes o no de esto los correspondientes gestores del patrimonio. 鈥淣o activa quien quiere sino quien puede鈥, y quienes pueden son, en primer lugar, los poderes pol铆ticos constituidos. De todos modos, si bien estos son los principales agentes de activaci贸n patrimonial, los repertorios patrimoniales tambi茅n pueden ser activados desde la sociedad civil por agentes sociales diversos, aunque para fructificar siempre necesitar谩n el soporte del poder (ib铆d.: 32-38).

驴Cu谩les son, entonces, las fuentes de autoridad extracultural de Tiwanaku? 驴A qu茅 identidad o identidades, ideas y valores est谩 asociado? 驴Qui茅n o qui茅nes activan dicho bien como patrimonio cultural de Bolivia? 驴Qu茅 elementos y emociones quedan condensados en 茅l?

Tiwanaku a comienzos del siglo XX

Como hemos visto en la introducci贸n, las primeras d茅cadas del siglo XX, en las cuales se sit煤a el proceso de patrimonializaci贸n de las ruinas de Tiwanaku, fueron testigo del ascenso de una elite pace帽a que se propuso llevar a cabo el proyecto de conformar un Estado moderno, para lo cual delinear los l铆mites de la naci贸n boliviana se volvi贸 un aspecto central. Su triunfo en la Guerra Federal signific贸 la represi贸n de la rebeli贸n ind铆gena m谩s masiva que se hab铆a producido en el per铆odo independiente, as铆 como el traslado de la sede de gobierno de Sucre a La Paz. El proyecto de naci贸n emprendido por esta elite estuvo signado, por tanto, por la necesidad de imponer un reordenamiento tanto regional como social. Por un lado, deb铆a delinear y proyectar una identidad pace帽a a nivel nacional en pos de legitimar su reciente encumbramiento en el poder y, por otro, reconfigurar la articulaci贸n entre la poblaci贸n ind铆gena y la comunidad nacional despu茅s de la rebeli贸n. El proceso de revalorizaci贸n de las ruinas de Tiwanaku se enmarca y se desprende de este proceso.

Los conocimientos sobre la cultura tiwanacota no ten铆an en ese entonces gran trayectoria. Los primeros estudios fueron llevados a cabo por los viajeros del siglo XIX. De la mano de Tadeo Haenke, Alexander von Humboldt y Alcide d麓Orbigny, aparecieron las primeras reproducciones de algunas ruinas. En 1890 se inici贸 la investigaci贸n arqueol贸gica con un contenido netamente cient铆fico, la cual convivi贸 con la labor de aficionados y coleccionistas privados. Durante este per铆odo las investigaciones quedaron principalmente a manos de misiones extranjeras. Los principales exponentes de esta 鈥渆tapa protoarqueol贸gica鈥 son Max Uhle, Georges Courty, Arthur Posnansky y Wendell Bennet, quienes desplegaron las primeras teor铆as sobre la cronolog铆a, origen y decadencia de la cultura tiwanacota. Reci茅n a fines de la d茅cada de 1950 se produjo la institucionalizaci贸n de la arqueolog铆a boliviana y comenzaron a consensuarse las principales teor铆as que tendr铆an incidencia hasta la actualidad (Ponce Sangin茅s, 1994).

A partir de la creaci贸n de la Rep煤blica, las ruinas de Tiwanaku quedaron bajo jurisdicci贸n del Departamento de La Paz. Si bien durante el proceso independentista las ruinas adquirieron un valor simb贸lico expresado en la ordenanza del Mariscal Sucre para levantar la Puerta del Sol, en las posteriores d茅cadas las mismas fueron expuestas a sucesivos destrozos que evidencian el abandono del sitio como baluarte de la bolivianidad. As铆, entre 1902 y 1903 los monumentos prehisp谩nicos de Tiwanaku sufrieron graves da帽os como consecuencia de la construcci贸n del ferrocarril Guaqui-La Paz, para la cual fueron convertidos en cantera (ib铆d.: 116). Asimismo, la Puerta del Sol fue usada para tiro al blanco en los entrenamientos militares, y era una pr谩ctica corriente el robo de reliquias o el uso de sus piedras para la construcci贸n de las viviendas del vecindario de Tiwanaku (El Comercio de Bolivia, 7-111903; La Raz贸n, 9-3-1929; El Diario, 3-5-1933). Estos acontecimientos sin embargo conviven, como veremos a continuaci贸n, con los primeros intentos del gobierno liberal pace帽o para constituir a Tiwanaku como patrimonio nacional.

Este proceso de revalorizaci贸n que se dio en el primer tercio del siglo XX no s贸lo se relaciona con las necesidades coyunturales de la naci贸n boliviana en proceso de conformaci贸n, sino que a nivel regional se estaba gestando un movimiento que hac铆a leg铆tima la presentaci贸n de Bolivia como 鈥渘aci贸n ind铆gena鈥 y que se encontraba signado por una monumentalizaci贸n de tal identidad. Particularmente, las dos 谩reas con los legados m谩s importantes de las culturas precolombinas sufrieron procesos similares. En M茅xico, el 鈥渕ito del mestizaje鈥, hegem贸nico en el per铆odo posrevolucionario, estuvo acompa帽ado de un 鈥渆statismo est茅tico鈥 en el cual se produjo una monumentalizaci贸n de la cultura ind铆gena como patrimonio nacional extendiendo la est茅tica del museo al espacio p煤blico urbano. As铆, en contrapunto con los edificios neocl谩sicos construidos durante el siglo XIX, la arquitectura nacionalista de 1920-1930 busc贸 materializar la s铆ntesis mestiza en un estilo neocolonial que fusionar铆a lo espa帽ol y lo indio, conjugando su convicci贸n de que la 鈥渃ultura ind铆gena es el verdadero cimiento de la identidad nacional鈥 (Alonso, 2008: 181-182). Asimismo, en Per煤, el indigenismo desplegado en el Cusco llev贸 a una valorizaci贸n est茅tica de dicha ciudad y de las ruinas cercanas a ella que permit铆a presentar a la naci贸n como heredera del pasado imperial incaico. El inter茅s por el conocimiento de la cultura incaica se profundiz贸 a煤n m谩s con los debates suscitados en torno al patrimonio nacional a partir de la llegada de la misi贸n Bingham a Machu Picchu en 1911 (L贸pez, 2004; Mould de Pease, 2003; Quisbert, 2004: 184-186).

Tiwanaku como propiedad de la naci贸n

Si abordamos el proceso de patrimonializaci贸n de Tiwanaku desde el aspecto legislativo, el primer documento al que debemos hacer referencia es un proyecto de ley de 1903 que declaraba a las ruinas de Tiwanaku propiedad de la naci贸n. Este documento creaba, asimismo, una comisi贸n cient铆fica permanente encargada de dirigir y regularizar las investigaciones y exploraciones arqueol贸gicas en el recinto, establec铆a que ning煤n explorador o turista podr铆a practicar excavaciones y recoger objetos de arte en dicha regi贸n sin conocimiento y autorizaci贸n de la referida comisi贸n, y declaraba propiedad nacional todo el terreno donde se encontraran vestigios de edificios, ruinas u objetos de arte antiguo (BAH ALP. Caja 108-59).

El a帽o de elaboraci贸n de dicho proyecto coincide con la misi贸n cient铆fica francesa de Cr茅qui-Montfort y S茅n茅chal de la Grange, dentro de la que se encomend贸 a Courty que realizara expediciones en Tiwanaku. La misi贸n ten铆a como objetivo 鈥渆l estudio del hombre del Altiplano, de sus lenguas y de su medio, en el presente y el pasado, desde el Titicaca, al Norte, hasta la regi贸n de Jujuy (Argentina), al Sur鈥 (de Cr茅qui y S茅n茅chal, 1904: 82, citado en Mora, 2009: 40). Tambi茅n se ocup贸 de establecer v铆nculos con los gobiernos de la 茅poca en los pa铆ses a recorrer, y de reclutar a los investigadores de diferentes disciplinas que se esperaba constituyeran el cuerpo de cient铆ficos de una misi贸n de esta escala: Adrien de Mortillet, experto en paleontolog铆a y paleoetnolog铆a; Courty, naturalista a cargo de los estudios geol贸gicos y mineral贸gicos; Neveu-Lemaire, m茅dico a cargo del trabajo zool贸gico y fisiol贸gico; y J. Guillaume, a cargo del registro antropom茅trico, fotogr谩fico y fonogr谩fico; por su parte, de Cr茅qui se aboc贸 a los estudios ling眉铆sticos y etnogr谩ficos; y S茅n茅chal, al folklore y la sociolog铆a. La metodolog铆a usada por la misi贸n basaba los estudios antropol贸gicos en el sistema Bertillon de antropometr铆a, y en los estudios sociol贸gicos y de folklore, guiados por cuestionarios extra铆dos de boletines de la Soci茅t茅 d’Anthropologie, publicados en junio de 1883. Finalizado el trabajo de campo, los investigadores se trasladaron a Francia, donde elaboraron informes, los cuales componen la producci贸n bibliogr谩fica de la misi贸n (Mora, 2009: 41-43). Esta se inscrib铆a as铆 en un contexto en el que, dentro de los estudios antropol贸gicos, el folklore y la antropometr铆a hab铆an cobrado gran resonancia, brindando los instrumentos hegem贸nicos de clasificaci贸n social. Habiendo ya inventariado sus elementos 鈥渇olkl贸ricos鈥 al interior de Francia, la academia francesa se lanzaba ahora a la objetivaci贸n del hombre americano desde la lente cient铆fica concebida como una 鈥渉erramienta de la maquinaria modernizadora y desarrollista鈥 (ib铆d.: 41). En ese mismo sentido fue recibida la misi贸n por las elites bolivianas y desde esa impronta se percib铆a a Tiwanaku en esos a帽os. Meses previos al comienzo de la expedici贸n, en su edici贸n del 3 de junio de 1903, El Comercio de Bolivia relataba una excursi贸n a Guaqui organizada por la Sociedad Geogr谩fica de La Paz. Dentro de ella, Tiwanaku constitu铆a s贸lo un punto m谩s dentro de la excursi贸n:

Sin decaer un solo momento el entusiasmo, pasamos a Tiahuanacu, pueblo en el que quedan a煤n los restos de una vieja civilizaci贸n que sucumbi贸 bajo el tir谩nico yugo de los conquistadores. Pocas reliquias nos quedan ya de esa 茅poca, y d铆a a d铆a van desapareciendo por la acci贸n demoledora del tiempo que todo lo destruye, que no respetando esos c茅lebres monumentos de la antig眉edad, que con su mudo pero elocuente lenguaje nos habla de las generaciones antiguas y nos da luz sobre esos pueblos cuyo origen se pierde en las tinieblas de los siglos (El Comercio de Bolivia, 3-6-1903).[2]

A ra铆z de las excavaciones llevadas a cabo por Courty las visitas organizadas por la Sociedad Geogr谩fica de la Paz se intensificaron, ya que esta constituy贸 una comisi贸n cient铆fica para acompa帽ar la misi贸n. Las publicaciones que cubrieron su actividad planteaban lo siguiente: 鈥淗asta hoy las ruinas de Tiahuanacu son pues un misterio [鈥. En vano es querer se帽alar [鈥 ni lo que significan esos monumentos, ni el tiempo en que fueron levantados [鈥. A medida que se examinan los detalles la sorpresa aumenta y la imaginaci贸n se extas铆a鈥. Pero la ciencia, 鈥渜ue nunca desmaya ante lo misterioso鈥, ser铆a el elemento para revelarlo (El Comercio de Bolivia, 1-11-1903).

Los relatos que se construyen a comienzos de siglo en torno a Tiwanaku lo presentan como un 鈥渕isterio鈥, un 鈥渕onumento de la antig眉edad鈥 que nos habla de 鈥渆sos pueblos鈥 cuyo origen se pierde en las 鈥渢inieblas de los siglos鈥. Reproducen el inter茅s cient铆fico por las ruinas presente tambi茅n en la visi贸n de la comunidad internacional, a la vez que establecen una distancia respecto de ellas que impide anclar all铆 el pasado y el origen de la naci贸n.

Por otra parte, el eurocentrismo propio de la misi贸n es reproducido tanto por Courty como por las elites bolivianas. Refiri茅ndose a las pr谩cticas de conservaci贸n de las ruinas, Courty planteaba: 鈥渟i s贸lo la cuarta parte de los objetos que forman el Museo estuviera en cualquiera de los pa铆ses de Europa, en el m谩s atrasado, ya se hubiese construido un palacio de cristal para guardarlos鈥 (El Comercio de Bolivia, 7-11-1903). Al respecto, el peri贸dico continuaba:

Pero nosotros, los bolivianos, no s贸lo no construimos, no digamos un palacio de madera, pero ni siquiera un local de barro, adecuado para guardar esas reliquias hist贸ricas; y lo que es peor a煤n, miramos indiferentes su paulatina destrucci贸n y hasta autorizamos 隆quien lo creyera! el empleo de esas ruinas en obras de alba帽iler铆a [鈥. Bien sabemos que el Mr. Courty en virtud de un contrato celebrado con el Gobierno, tendr谩 derecho a los ejemplares duplicados que se descubran [鈥 cuyo trabajo apreciamos debidamente (ib铆d.).

En efecto, Courty remiti贸 toda la colecci贸n compuesta por los objetos exhumados en Tiwanaku al puerto de Antofagasta para su embarque por v铆a mar铆tima a Francia. De todos modos, la Sociedad Geogr谩fica de La Paz reclam贸 puntualizando que s贸lo pod铆a llevar una parte, y por gestiones ante el gobierno se embargaron los bultos y se los remitieron de retorno a La Paz. All铆 se procedi贸 a un nuevo reparto en presencia del encargado de negocios de Francia, Jos茅 Bel铆n, y la mitad correspondiente a Bolivia fue entregada al Museo de Historia Natural (Ponce Sangin茅s, 1994: 115).

La maquinaria legal que fue convirtiendo a Tiwanaku en propiedad de la naci贸n, y que por tanto aspir贸 a evitar sucesos de este tipo, se fue conformando a lo largo de las d茅cadas siguientes. En 1906 el proyecto de 1903 se convirti贸 en ley. Se declararon entonces propiedad de la naci贸n no s贸lo las ruinas de Tiwanaku sino tambi茅n las existentes en las islas del lago Titicaca y 鈥渢odas las de la 茅poca inc谩sica o anteriores que existen o se descubrieren en el territorio de la rep煤blica鈥. Se estableci贸 que el gobierno proveer铆a a su cuidado y conservaci贸n, con cuyo objeto se fijar铆a anualmente una partida de presupuesto. Con esta ley quedaba prohibida la exportaci贸n de los objetos de arte provenientes de las mencionadas ruinas, y se establec铆a que el ejecutivo podr铆a 鈥渆ncomendar a las respectivas sociedades geogr谩ficas la preservaci贸n y restauraci贸n de las ruinas indicadas, as铆 como las excavaciones鈥 (Portugal Ortiz, 1972: 20 y 21, citado en Ponce Sangin茅s, 1994: 118). Tal disposici贸n se complet贸 por el decreto supremo del 11 de noviembre de 1909 que prohib铆a las excavaciones de las ruinas de Tiwanaku e islas del lago Titicaca y la apropiaci贸n de los materiales y objetos art铆sticos de dichas ruinas o su aplicaci贸n a construcciones de cualquier g茅nero. Por otra parte, en base a la declaraci贸n de 1906, se establec铆a que los que intentaran excavar en ellas o se apropiasen de sus materiales sin previa autorizaci贸n del gobierno ser铆an perseguidos y castigados como reos de hurtos de bienes p煤blicos. Por 煤ltimo, determinaba que las investigaciones s贸lo se har铆an por encargo del gobierno a corporaciones o personas que presenten un plan cient铆fico y completo de exploraci贸n, y encargaba al Ministerio de Instrucci贸n P煤blica el cumplimiento del decreto (ib铆d.).

As铆 quedaba constituido el primer marco legal que colocaba a Tiwanaku bajo la responsabilidad del Estado. De todos modos, su reglamentaci贸n y puesta en pr谩ctica distaba mucho de presentar un consolidado proceso de patrimonializaci贸n. Los expedientes de la administraci贸n de la provincia de Ingavi, a la cual pertenece el cant贸n de Tiwanaku, permiten ver los avatares de este proceso. En los expedientes revisados desde 1882 hasta 1933 es posible observar que los primeros a帽os del siglo XX presentan una preocupaci贸n por la preservaci贸n de las ruinas, mientras que los siguientes se caracterizan por un silencio respecto de ellas hasta que, finalmente, en los albores de la d茅cada del 30 se produce un aumento considerable de la cantidad de telegramas e informes referidos a las ruinas.

Las dificultades para poner en pr谩ctica la legislaci贸n sobre Tiwanaku durante las dos primeras d茅cadas del siglo XX eran enunciadas por el cuidador de ruinas, J. M. Salinas, quien en los telegramas enviados al prefecto de La Paz describ铆a los obst谩culos para realizar su tarea. Entre ellos argumentaba la necesidad de fondos para atender los trabajos del cerco de las ruinas (ALP/P-TD. Caja 32, 1911) y la dificultad para contratar jornaleros (ALP/P-TD. Caja 34, 1917). Numerosos telegramas versan sobre los conflictos con el corregidor. Al respecto escrib铆a Salinas: 鈥渓as veces que lo busco al corregidor siempre lo encuentro ebrio; y por consiguiente intratable鈥 (ALP/P-TD. Caja 32, 1911), y manifestaba que se encontraba 鈥渃ompletamente sin el menor auxilio para poder desempe帽ar debidamente el cargo鈥 (ALP/P-TD. Caja 32, 1911).

Reci茅n en la d茅cada de 1930 el marco legal habilit贸 una mayor intervenci贸n en el territorio de las ruinas. En julio de 1933 se emiti贸 un decreto supremo por el cual se declaraba la expropiaci贸n de los terrenos en que estaban situadas las ruinas hist贸ricas de Tiwanaku, considerando que 鈥減ara que la conservaci贸n de las mencionadas ruinas sea efectiva, es necesario cercar los terrenos en que se encuentran sin que la propiedad particular pueda obstaculizar dicha obra; y que habi茅ndose demostrado la conveniencia y necesidad de efectuar excavaciones, es preciso metodizarlas para el mejor estudio de la arqueolog铆a americana鈥 (El Diario, 1-7-1933). Por este decreto, el prefecto del Departamento de La Paz deb铆a mandar a practicar la mensura, alinderamiento y justiprecio de las tierras a expropiarse, y tramitar el expediente conforme a lo establecido por decreto del 4 de abril de 1879 declarado ley de Estado el 30 de diciembre de 1884.

Asimismo se cre贸 la Comisi贸n Asesora de Arqueolog铆a y Prehistoria con 鈥渆l encargo de estudiar la reglamentaci贸n y estudio de un plan de expropiaciones y excavaciones con el fin de orientar y llevar a cabo cient铆ficamente obras que son indispensables para el estudio de la prehistoria y arqueolog铆a boliviana鈥. La directora del Museo Nacional planteaba en una carta enviada a El Diario que 鈥渆sta entidad ha nacido con el prop贸sito de prestar su patri贸tico cuan eficaz concurso a la ciencia boliviana鈥. El criterio para elegir a los integrantes de la comisi贸n fue contar con 鈥渆lementos representativos bolivianos de entidades cient铆ficas y sociales鈥. Estos fueron: Juan Mu帽oz Reyes, presidente de la Sociedad Geogr谩fica, Julio Mariaca Pando, delegado de los Amigos de la Ciudad, Agust铆n de Rada, consejero del Museo Nacional, Federico Buck, Federico Diez de Medina, Jos茅 Manuel Villavicencio, ingeniero arquitecto autor de trabajos sobre arqueolog铆a tiwanacota, Belisario D铆az Romero, autor de notables obras sobre antropolog铆a, prehistoria e historia natural boliviana, Alberto de Villegas, delegado del gobierno ante la misi贸n Bennet, Antonio D铆az Villamil y Teddy Hartman (El Diario, 28-6-1933). Quedaban, as铆, nucleadas en ella las principales entidades que buscaban promover un proyecto de naci贸n impulsado desde la ciudad de La Paz.

Por 煤ltimo, en marzo de 1932 se erigi贸 un cuartel para establecer una guardia permanente en las ruinas lo cual garantizaba el resguardo necesario para la aplicaci贸n de lo establecido desde el 谩mbito legislativo (ALP/P-TD. Caja 31, 1932).

Este marco brind贸 mayores posibilidades de acci贸n sobre la zona y efectivamente los telegramas entre el corregidor, el cuidador de ruinas y el prefecto son mucho m谩s recurrentes en este per铆odo, lo cual refleja una mayor intensidad tanto en relaci贸n a la vigilancia como a la actividad que all铆 se realiza. Aparecen condenas por destrozos y hurtos de ruinas (ALP/P-TD. Caja 36, 1931), informes sobre la importancia de impedir que vecinos del pueblo de Tiwanaku e ind铆genas cultiven y pastoreen su ganado en el predio de las ruinas (ALP/P-TD. Caja 37, 1932) y una agudizaci贸n de las penas tomadas por incumplimiento de dichas disposiciones (ALP/P-TD. Caja 37, 1932). Asimismo, como parte del programa de trabajos para atender a las necesidades del pueblo de Tiwanaku se emprenden las tareas de 鈥渃onstrucci贸n de muros y arborizaci贸n en el campo de ruinas, para la defensa, ornato y conservaci贸n de monumentos megal铆ticos鈥, y se proyecta construir una gaceta donde se expendan boletos de entrada al campo de ruinas al elemento turista, cuyos fondos servir谩n para pagar al empleado destinado al cuidado de las ruinas y contribuir谩n al embellecimiento de ellas (ALP/P-TD. Caja 37, 1932).

El turismo dio un gran impulso a este proceso de revalorizaci贸n de las ruinas. Aparece como principal motor de las romer铆as a Tiwanaku, organizadas, en primera instancia, por la Asociaci贸n Amigos de la Ciudad (con el apoyo de la Municipalidad de La Paz) y luego emprendidas directamente por la Oficina Municipal de Turismo. La visita era acompa帽ada por demostraciones de danzas y m煤sica ind铆genas 鈥渆specialmente citadas para que el visitante conociera mucho m谩s el esp铆ritu primitivo de la raza鈥 (El Norte, 30-11-1929). Estas romer铆as fueron institucionaliz谩ndose e intensific谩ndose a lo largo del tiempo, sobre todo a ra铆z de la misi贸n Bennett (La Raz贸n, 6-7-1932). Esta misi贸n signific贸 otro impulso para la revalorizaci贸n de Tiwanaku proveniente, una vez m谩s, de la comunidad internacional. En 1932 Wendell Bennett, arque贸logo norteamericano integrante del programa de investigaciones de arqueolog铆a andina del Museo de Historia y Ciencias Naturales de Nueva York, pidi贸 autorizaci贸n especial al gobierno boliviano para emprender nuevamente expediciones en Tiwanaku. Los discursos y debates desplegados en torno a este suceso demuestran una creciente apropiaci贸n de las ruinas como parte del pasado de la naci贸n boliviana. Como hemos visto, el marco legal hab铆a cambiado. Las expediciones se supon铆a deb铆an estar controladas bajo el gobierno nacional, ya que las ruinas eran, de hecho, propiedad de la naci贸n desde 1906. La misi贸n Bennett se propon铆a emprender trabajo de sondajes en Tiwanaku con el respaldo pecuniario del Museo de Historia y Ciencias Naturales de Nueva York (El Diario, 6-4-1932). Al respecto opinaba una editorial de El Diario: 鈥淭iene una enorme significaci贸n para el pa铆s todo aquello que se refiere a la socializaci贸n de las viejas riquezas de nuestro suelo, pues ello atrae la atenci贸n del extranjero intensificando el deseo de los turistas y hombres de ciencia para visitar el territorio de la rep煤blica. Har铆a bien el gobierno en tomar todo el inter茅s que merecen estas cuestiones dedic谩ndoles especial atenci贸n.鈥 Asimismo Max E. de Portugal opinaba que 鈥渟er谩n bastante beneficiosos para los hombres de estudio del mundo, ya que por medio de sus trabajos llegaremos a saber algo m谩s de nuestra confusa prehistoria, y ser谩 tambi茅n un motivo para valorizar las pocas obras que se han escrito hasta la fecha鈥 (El Diario, 25-6-1932).

Frente a ellos, la Academia Nacional de Historia manifest贸 su oposici贸n a las excavaciones que se proyectaban en Tiwanaku argumentando que 鈥渘o ha obtenido el pa铆s beneficio alguno de los descubrimientos hechos en Tiahuanacu, como los objetos encontrados antes y ahora mismo [鈥 y estamos de acuerdo en que Tiahuanacu no s贸lo pertenece a las actuales generaciones, sino a las que han de sucedernos, las cuales estar谩n mejor preparadas para emprender una labor sistem谩tica de estudios arqueol贸gicos que ejecutor铆en (sic) la nobleza de nuestra historia鈥 (El Diario, 10-6-1932).

Estos debates desencadenados a ra铆z de la segunda misi贸n internacional en Tiwanaku presentan algunas diferencias con respecto a los que acompa帽aron la expedici贸n de Courty. Las posiciones que defienden el pedido de Bennett no s贸lo resaltan el inter茅s acad茅mico de la comunidad internacional, sino que esgrimen, tambi茅n, el elemento del turismo donde aquella aparece como la receptora de una representaci贸n de Bolivia como 鈥渘aci贸n ind铆gena鈥. Al mismo tiempo, en las posturas que se oponen a la misi贸n, Tiwanaku va pasando a ser no s贸lo propiedad de la naci贸n sino que esta 煤ltima se presenta como su descendencia, y las ruinas aparecen como fundadoras de la propia tradici贸n nacional. En este sentido, es menester proteger ese bien y a la vez mostrarlo y presentarlo hacia la comunidad nacional e internacional como tal. A diferencia de comienzos del siglo, cuando聽primaba un mero inter茅s investigativo, los a帽os 30 definen a Tiwanaku como legado, origen y s铆mbolo nacional.

La indianizaci贸n de Tiwanaku

Si hemos analizado en el apartado anterior el proceso por el cual Tiwanaku se convierte en patrimonio nacional durante las primeras d茅cadas del siglo XX, es necesario preguntarnos ahora por el sentido que adquiere dicho patrimonio. En este apartado retomaremos, entonces, los interrogantes enunciados al comienzo del trabajo para analizar la espec铆fica condensaci贸n de ideas, valores y emociones ligadas a las ruinas; para pensar, asimismo, a qu茅 identidad est谩n asociadas y cu谩les son las fuentes que funcionan como 鈥渁utoridad extracultural鈥 que hace efectiva dicha condensaci贸n. Nos detendremos, tambi茅n, en los agentes que activaron este proceso de patrimonializaci贸n.

Respecto de este 煤ltimo punto, es notorio que los primeros agentes del proceso de patrimonializaci贸n en el plano simb贸lico son asociaciones civiles, particularmente Amigos de la Ciudad y la Sociedad Geogr谩fica de La Paz, respondiendo a la necesidad de pensar un proyecto de naci贸n acorde a la coyuntura presentada a comienzos del siglo XX. Por otra parte, desde el comienzo esta operaci贸n es sostenida por el Estado, quien de hecho hace propias algunas pr谩cticas tales como las romer铆as y el simbolismo tiwanacota.

Tambi茅n tuvo incidencia el impulso que signific贸 la interpelaci贸n que la comunidad internacional hizo de Bolivia como 鈥渘aci贸n ind铆gena鈥. Esta interpelaci贸n se puede ver en lazos transnacionales espec铆ficos, como es el caso de las misiones cient铆ficas y el turismo. Ambos se dirigieron a Am茅rica en una b煤squeda de lo aut茅ntico y lo aut贸ctono que reproduc铆a los sentidos exotizantes de las representaciones sociales coloniales. Dean MacCannell ha mostrado c贸mo el turismo se conform贸 como una pr谩ctica de la modernidad que, ante los sentimientos de alienaci贸n, fragmentaci贸n y superficialidad propios de esta, deriv贸 en la b煤squeda de 鈥渆xperiencias aut茅nticas鈥, siendo reflejo del deseo de los turistas modernos de reconectar con lo 鈥減r铆stino鈥, 鈥減rimitivo鈥, 鈥渘o tocado por la modernidad鈥 (MacCannell, 2003: 265). Varios estudios sobre el turismo en la actualidad han reflexionado acerca de la articulaci贸n entre turismo y autenticidad mostrando las operaciones de construcci贸n de dicha noci贸n y su aplicaci贸n a ciertos colectivos tales como las comunidades ind铆genas (Canessa, 2012; Cohen, 1984; Comaroff y Comaroff, 2009; Theodossopoulos, 2013; Vandegrift, 2008; Ypeij, 2012). De este modo, analizaron el modo en que diferentes pr谩cticas alternativas al turismo masivo, como por ejemplo el ecoturismo, etnoturismo o turismo espiritual, convierten a las comunidades ind铆genas en espect谩culo, y a su supuesta autenticidad en capital tur铆stico (Van den Berghe, 1994: 8-9; Wilson e Ypeij, 2012: 6-7). Estos sentidos est谩n presentes en las excursiones a Tiwanaku, en un momento en que se encuentran en proceso de conformaci贸n y cristalizaci贸n tanto el turismo internacional como la noci贸n de autenticidad adjudicada a la poblaci贸n ind铆gena a nivel nacional y regional. Por su parte, las misiones cient铆ficas contribuyeron a la definici贸n de lo aut贸ctono en una operaci贸n que intersectaba motivaciones acad茅micas, diplom谩ticas y mercantiles. Ricardo Salvatore ha descrito c贸mo las expediciones norteamericanas a Sudam茅rica estaban signadas por la necesidad de conocer el potencial econ贸mico de las regiones perif茅ricas, a la vez que constitu铆an una empresa de conocimiento que buscaba incorporarlas dentro de una concepci贸n universal de la evoluci贸n de la humanidad en el marco de una disputa con las universidades europeas por el discurso hegem贸nico en torno al origen del hombre americano (Salvatore, 1998 y 2003). De este modo, ocuparon un rol importante en la constituci贸n de lo que Deborah Poole defini贸 como 鈥渟ubjetividad imperial鈥, esto es, un discurso est茅tico, filos贸fico y pol铆tico que moldea identidades, ideas e imaginarios a trav茅s de discursos raciales, narrativas hist贸ricas y configuraciones espaciales que legitiman el poder imperial (Poole, 2000: 111; 1998). Al construir en torno a lo ind铆gena las nociones de originario, aut茅ntico y pr铆stino, estas representaciones imperiales fueron incidiendo en el peso que dichos elementos cobraron dentro de la representaci贸n de la naci贸n boliviana. Por otra parte, la comunidad internacional, que funcionaba a la vez como productora y como espectadora de esa identidad nacional tuvo influencia, tambi茅n, en las perspectivas euroc茅ntricas con las que nacionales y extranjeros abordaron este proceso de construcci贸n.

Por 煤ltimo, Arthur Posnansky es un actor que merece una menci贸n aparte. Austr铆aco, llega a Bolivia en los albores del siglo XX y r谩pidamente se integra en el cen谩culo intelectual pace帽o. En 1904 se incorpora a la Sociedad Geogr谩fica de La Paz. Visita las ruinas de Tiwanaku por primera vez en 1903, cuando se llevaba a cabo la expedici贸n de Courty (Ponce Sangin茅s, 1999: 26 y 27). Nunca realiz贸 excavaciones sino que se dedic贸 a documentar los monumentos visibles y sobre todo lo excavado por la misi贸n francesa (ib铆d.: 109). Eso no impidi贸 que desplegara una prol铆fica obra sobre Tiwanaku, espec铆ficamente acerca de la definici贸n de la cronolog铆a, la cuesti贸n racial y la interpretaci贸n calend谩rica de la Puerta del Sol. Ligado a 茅l se desarrollaron varias iniciativas tendientes a la patrimonializaci贸n de Tiwanaku tales como la institucionalizaci贸n del Museo Nacional, las romer铆as organizadas por Amigos de la Ciudad y la emisi贸n de estampillas con el s铆mbolo de la Puerta del Sol (Quisbert, 2004: 184-186; Ponce Sangin茅s, 1994: 189).

La patrimonializaci贸n de Tiwanaku, por tanto, no es impulsada en primera instancia desde el Estado, sino que es la sociedad civil la que promueve actividades que luego son retomadas y formalizadas por aquel. Asimismo, se despliega como un proceso especular, donde la representaci贸n de una 鈥淏olivia ind铆gena鈥 se conforma en el entrecruzamiento de las miradas euroc茅ntricas de las elites locales con las de la comunidad internacional que ve a Bolivia como el reducto del autoctonismo americano.

En relaci贸n a los elementos, ideas y valores a los que se asocia Tiwanaku, los discursos period铆sticos y los que sirven de fundamento a la legislaci贸n analizada en el apartado anterior establecen una asociaci贸n de las ruinas, por un lado, con su ambiente, la altipampa y, por otro, con el ind铆gena aymara. Esta misma asociaci贸n est谩 presente en varias de las fotograf铆as de la 茅poca. Las fotos que analizamos aqu铆 forman parte de la obra de Posnansky, Tihuanacu. La cuna del hombre americano, publicada en 1945, que re煤ne sus investigaciones realizadas durante la primera mitad del siglo XX. Estas fotos, por tanto, tienen la funci贸n de acompa帽ar el texto cient铆fico de Posnansky, de atestiguar el relato del observador. En tanto fotograf铆as contienen la magia de presentarse como extractos de la realidad, de responder a la utop铆a positivista de capturarla y mostrarla tal cual es. Esta presunci贸n de verdad de la fotograf铆a ha sido demistificada tanto desde an谩lisis te贸ricos (Barthes, 2009; Sontag, 1981) como desde numerosos trabajos que se han dispuesto al estudio concreto de las operaciones que se realizan en funci贸n de la construcci贸n de determinadas identidades. Estos abordaron el estudio de diferentes casos de Am茅rica Latina valorizando el rol que tiene la fotograf铆a en la formaci贸n de sentidos e identidades sociales.[3] La utilizaci贸n de la fotograf铆a como fuente implica, entonces, analizar el proceso representacional de esta, su efecto connotativo (Barthes, 2009). Una fotograf铆a no es meramente el resultado de la interacci贸n entre un acontecimiento y un fot贸grafo sino que es un acontecimiento en s铆 mismo, y un acontecimiento que se arroga derechos cada vez m谩s perentorios para interferir, invadir o ignorar lo que est茅 sucediendo (Sontag, 1981: 21), por tanto es necesario develar algunos de los mecanismos puestos en pr谩ctica en el mensaje fotogr谩fico. Siguiendo a Barthes, los procedimientos de connotaci贸n del mensaje fotogr谩fico se pueden clasificar en: trucaje, pose, objetos, fotogenia, esteticismo, siendo en los tres primeros en los que la connotaci贸n se produce por una modificaci贸n de la propia realidad, es decir, del propio mensaje denotado (Barthes, 2009: 17-22).

En la imagen 1 se presenta a una mujer ind铆gena posando de un modo que remite a los estudios de antropometr铆a. Pero en este caso el inter茅s no es construir o ejemplificar una tipolog铆a humana (como en el caso de las fotograf铆as que acompa帽aban los estudios antropom茅tricos) sino vincular la etnia Chipaya con los descubrimientos realizados recientemente en Tiwanaku. Para establecer dicha vinculaci贸n es indispensable el texto que acompa帽a la imagen: 鈥淢ujer de la casi extinguida tribu de los indios 鈥楥hipayas鈥, que a煤n usan las m煤ltiples trenzas que se ven esculpidas sobre la espalda y sienes del 脥dolo 鈥楶achamama鈥欌.[4] Barthes plantea que el texto constituye un mensaje par谩sito, destinado a comentar la imagen, es decir, a insuflar en ella uno o varios significados segundos a fin de sublimarla o racionalizarla. En este caso el texto no hace sino amplificar un conjunto de connotaciones que ya est谩n incluidas en la fotograf铆a; pero tambi茅n a menudo el texto produce (inventa) un significado enteramente nuevo que resulta proyectado de forma retroactiva sobre la imagen, hasta el punto de parecer denotado por ella (Barthes, 2009: 23-25). Esta segunda funci贸n es la que cumple el texto de la imagen 1. Nada en ella (ni en las pr谩cticas de la poblaci贸n Chipaya) contiene dicha vinculaci贸n con Tiwanaku. Es una relaci贸n construida, que ancla las ruinas en el presente y presenta al ind铆gena contempor谩neo como vestigio casi extinto.

Descripci贸n: SAM_3717

Imagen 1. Posnansky, A. (1945), Tihuanacu. La cuna del hombre americano, Nueva York, Ed. J.J. Augustin.

En la segunda fotograf铆a la imagen y el texto que la acompa帽a cobran una importancia m谩s equilibrada. La fotograf铆a muestra un hombre ind铆gena recostado sobre una piedra y mirando a la c谩mara, y el texto enuncia: 鈥渂loque de molienda [鈥 en uno de cuyos huecos est谩 tendido un ind铆gena que aparenta la manera como, seg煤n la tradici贸n popular, aplastaban con un bloque a su lado a la v铆ctima鈥. La pose del hombre simulando un ritual tiwanacota en este caso es fundamental para recrear la representaci贸n del Tiwanaku ind铆gena y del ind铆gena perenne.

Descripci贸n: SAM_3720

Imagen 2. Posnansky, A. (1945), Tihuanacu. La cuna del hombre americano, Nueva York, Ed. J.J. Augustin.

Las fotograf铆as 3 y 4 presentan una condici贸n distinta. El texto que las acompa帽a ni siquiera nombra su presencia, la del ni帽o y la mujer. El primero dice: 鈥渧ista lateral derecha de dos 铆dolos de 鈥楥hachapuma鈥 que se hallan en el Museo al Aire Libre鈥; y el segundo: 鈥淢uro de la 茅poca de la piedra pol铆gona en la isla de Koaty (Isla de la luna)鈥.[5] Aunque resulta evidente que est谩n posando y que no es casual su presencia al lado de las ruinas, no pareciera ser la pose lo que transmite una connotaci贸n espec铆fica, sino m谩s bien su sola yuxtaposici贸n. En las im谩genes 3 y 4 鈥渓a connotaci贸n 鈥榮alta鈥 de la totalidad de esas unidades significantes鈥, tal como describe Barthes para el procedimiento connotativo que se realiza a partir del uso de los objetos. Parte del car谩cter predatorio presente en el acto de registrar una imagen es, para Sontag, transformar a las personas en objetos que pueden ser pose铆dos simb贸licamente (Sontag, 1981: 24). Si en las fotograf铆as 1 y 2 la pose de las personas fotografiadas tiene una clara funci贸n dentro del mensaje que se pretende expresar, en las fotos 3 y 4 no est谩 presente una pose particular, ni siquiera aparecen las personas mencionadas en el texto que acompa帽a la fotograf铆a. No parece otra la intenci贸n que la de yuxtaponer las dos im谩genes, los dos objetos.

Descripci贸n: SAM_3718

Imagen 3. Posnansky, A. (1945), Tihuanacu. La cuna del hombre americano, Nueva York, Ed. J.J. Augustin.

Descripci贸n: P2210184

Imagen 4. Posnansky, A. (1912), Gu铆a General Ilustrada para la investigaci贸n de los Monumentos prehist贸ricos de Tihuanacu e Islas del Sol y La Luna, La Paz, Imprenta y Litograf铆a Boliviana-Hugo Heitmann.

Esta caracter铆stica no es exclusiva de las fotograf铆as sino que forma parte de un universo representacional m谩s amplio. El caso de las performances que se realizaban en las romer铆as, donde bailarines y m煤sicos ind铆genas eran encomendados para tocar y bailar en Tiwanaku ante turistas e investigadores extranjeros, constituye un ejemplo que hac铆a v铆vida esta yuxtaposici贸n de ruinas e ind铆genas. Al igual que las fotograf铆as, no se trataba de una instant谩nea de las pr谩cticas rituales de las comunidades, sino que eran especialmente delineadas y programadas. De este modo, las ruinas eran convertidas en lo que Chris Rojek (1993) denomin贸 鈥heritage sites鈥, esto es, 谩reas donde actores y escenarios son usados para recrear el pasado suministrando signos que inmediatamente ser谩n aceptados como realidad. La poblaci贸n ind铆gena era convocada, as铆, a generar un efecto de realidad exhibiendo sus bailes, los cuales si bien constitu铆an parte de sus pr谩cticas culturales eran descontextualizados y reubicados en lo que era convertido en un escenario: Tiwanaku.

Este complejo que asocia a Tiwanaku al mundo ind铆gena aymara contempor谩neo no se desprende de una incorporaci贸n del patrimonio ind铆gena por parte del Estado (como en la concepci贸n de Bonfil Batalla), ya que de hecho no funcionaba como tal a comienzos del siglo XX. Esta asociaci贸n requiere de la construcci贸n de una noci贸n de indianidad que presupone y a la vez recrea un uso particular del tiempo. Al describir el modo en que estos usos funcionan en la circunscripci贸n del objeto de estudio de la antropolog铆a, Fabian ha mostrado c贸mo a la noci贸n moderna del tiempo (secularizado, lineal y universal) dicha disciplina suma su 鈥渆spacializaci贸n鈥 y 鈥渘aturalizaci贸n radical鈥. De este modo, la Antropolog铆a construye relaciones con sus otros por medio de dispositivos temporales que implican la afirmaci贸n de la diferencia como distancia. Es justamente el tiempo naturalizado-espacializado aquello que da significado a la distribuci贸n de la humanidad en el espacio al interpretar la diferencia como distancia temporal. Estos dispositivos de distanciamiento producen un resultado global: la negaci贸n de la coetaneidad, esto es, la tendencia persistente y sistem谩tica de colocar al referente de la antropolog铆a (el hombre 鈥減rimitivo鈥) en un tiempo diferente al presente del productor del discurso antropol贸gico (Fabian, 1983). En los relatos nacionales all铆 se aloja el pasado fundador, la 鈥渢radici贸n鈥, lo at谩vico y originario (Rufer, 2012). Se circunscribe as铆 un 鈥渢iempo m谩s all谩 del tiempo鈥 que escapa al control de quienes habitan el presente inmediato, y que, en tanto est谩 m谩s all谩 del orden social y de sus leyes, funciona como 鈥渁utoridad extracultural鈥 que confiere un principio de autoridad absoluta a los elementos tocados por su fuerza (Prats, 2004). En ese tiempo m谩s all谩 del tiempo se ubican Tiwanaku y la grandeza de las 鈥渁ntiguas razas鈥, y tambi茅n, el ind铆gena contempor谩neo. Ser indio es, entonces, ser vestigio que resisti贸 el paso de los siglos, anclado en el tiempo, sin otra funci贸n que la de recordar cu谩n profundos son los or铆genes de la naci贸n.

Tiwanaku en La Paz

La revalorizaci贸n de Tiwanaku estuvo asociada, por un lado, a la exotizaci贸n y atemporalizaci贸n de lo ind铆gena y, a la vez, a la reivindicaci贸n de La Paz como centro pol铆tico de la naci贸n. Expresi贸n de este doble movimiento fue el proyecto de trasladar las ruinas a la ciudad de La Paz. Dos fueron particularmente las instancias en las que se desarrollaron intensos debates acerca de d贸nde deb铆an estar las ruinas, a d贸nde pertenec铆an y qui茅n ten铆a el derecho de decidir sobre su destino. Estas se desarrollaron en 1929 y en 1932. A partir del an谩lisis de dichos debates es posible encontrar algunos matices en el proceso de apropiaci贸n de Tiwanaku, la identidad atribuida a 茅l, y las que se conforman a partir de sus l铆mites.

En el a帽o 1929 Posnansky present贸 un proyecto para construir una Avenida Arqueol贸gica en La Paz. Esto requer铆a el traslado de las principales ruinas de Tiwanaku, y tal propuesta gener贸 opiniones dispares. Quienes se manifestaron a favor argumentaban que deb铆an trasladarse las ruinas, por un lado, para librarlas de la acci贸n destructora del tiempo y la naturaleza y, por otro, porque la ciudad de La Paz no 鈥減uede privarse de ostentar en uno de sus m谩s hermosos paseos, el t铆pico monumento megal铆tico de la Puerta del Sol鈥 (La Raz贸n, 17-3-29).

Guzm谩n, en ese momento director del Museo Nacional, opinaba que 鈥淣o ha de ser ninguna avenida de la ciudad, donde se piensa colocar esos restos, la que ha de interesar al viajero y a las generaciones por venir; ha de ser Tiahuanacu mismo, con sus 铆dolos y sus ruinas, el que ha de hablar de su pasada grandeza鈥 (La Raz贸n, 27-2-1929). Al respecto, los Amigos de la Ciudad abrieron una encuesta sobre la mejor forma de conservarlas, cuyos resultados avalaban el punto de vista de Guzm谩n (La Raz贸n, 2-3-1929). En sus conclusiones, planteaban que al 鈥渁ceptarse el proyecto del Ingeniero Arturo Posnansky se arrancar铆an esos monumentos de su ambiente original鈥 (La Raz贸n, 15-3-1929). En ese sentido tambi茅n se manifest贸 la Junta de Vecinos de Tiahuanacu (La Raz贸n, 17-3-1929).

La importancia asignada al ambiente, presente sobre todo en las posturas de Guzm谩n y Amigos de la Ciudad, cobra un sentido particular en otras publicaciones peri贸dicas:

驴Y d贸nde podr铆a darse a los restos de Tiahuanacu un escenario m谩s acorde a la suntuosidad de sus ruinas, que la soledad hier谩tica de la meseta andina? [鈥 La misma forma de los picos y nevados circundantes pueden representar claramente y patentizar las ideolog铆as de las piedras yacentes, que son s铆ntesis de su complicado esp铆ritu. He aqu铆 lo que debe preocupar a los amantes de Tiahuanacu: su esp铆ritu [鈥. Resguardar Tiahuanacu significa velar por la tradici贸n de Bolivia, y debe sin tardanza sujetarse los hilos de su alma que se va y de su mitolog铆a, infiltrada, pese a la incuria y ligereza del ambiente en todas las manifestaciones de nuestra moderna cultura (La Raz贸n, 15-3-29).

Si a primera vista el debate parece girar en torno a la mejor forma de conservar las ruinas, en este 煤ltimo discurso la argumentaci贸n se vuelca a la postulaci贸n de una esencia (ya sea esp铆ritu, ya sea alma) que es resguardada en y por el paisaje andino.

Finalmente no se realiza el traslado y se ponen en pr谩ctica medidas para el resguardo de las ruinas en su sitio original. No obstante, tres a帽os despu茅s los debates se reanudan cuando la misi贸n Bennett, habiendo sido finalmente autorizada para hacer sus excavaciones, encuentra el monolito m谩s grande hallado hasta ese entonces en Tiwanaku.

Los argumentos que nuevamente se expresan en favor de dejar las ruinas en el sitio reiteran las posturas presentes en los debates de 1929, pero cobra a煤n m谩s importancia la figura del indio como leg铆timo propietario de ellas: 鈥渟i estamos forjando s贸lo ahora la nacionalidad con el concurso inapreciable de ese indio, no tenemos derecho alguno para despojarle de las figuras de sus antepasados surgidos en el ambiente grandioso de la altipampa, para pretender recrearnos con ellos en las ciudades鈥 (El Diario, 24-4-1933). Se argumentaba que 鈥渆l voto de los ind铆genas鈥, expresado en un acta firmada por los comunarios de Guaray y Chambi, de la zona jurisdiccional de Tiwanaku, ten铆a tanta significaci贸n como los votos emitidos por los Amigos de la Ciudad, el Rotary Club y la Sociedad Geogr谩fica (El Diario, 6-5-1933).

En las opiniones a favor del traslado tambi茅n aparecen nuevos elementos. Franz Tamayo se manifestaba por el traslado para

[鈥 proteger los monumentos contra el humilde pero intransigente fanatismo de los indios ambientes. Se sabe que estos para satisfacer su esp铆ritu religioso y tradicional, no han hallado mejor expediente que obtener fragmentos de las piedras milenarias que ellos consideran sagradas (y probablemente lo son) [鈥. Est谩 comprobado que la Puerta del Sol va descantill谩ndose por todo lado bajo la acci贸n fan谩tica de los indios, y en el correr de los a帽os, la gran piedra se habr谩 dispersado en retazos y en polvo, vuelta al seno y a las manos de la raza milenaria y al impulso de un sentimiento est煤pido y sublime a la vez. Si la Puerta del Sol hubiese sido oportunamente trasladada a nuestra ciudad civilizada se habr铆a escapado de ser derribada (El Diario, 23-4-1933).

El traslado encontrar铆a justificaci贸n, para Tamayo, en la necesidad de proteger las ruinas no s贸lo de las inclemencias del tiempo sino de la acci贸n de una poblaci贸n ind铆gena que, por un lado, es presentada como heredera de dichas ruinas, pero a la vez como incapaz de comprender el valor que en ellas subyace. 鈥淚ncrustar鈥 a Tiwanaku en la civilizaci贸n (simbolizada por la ciudad de La Paz) aparece, as铆, como 煤nico medio para preservarlo. Esta idea es reproducida tambi茅n por Posnansky, quien acusa a sus oponentes de cometer un 鈥渃rimen de lesa civilizaci贸n鈥 y a los cuales, en tanto 鈥渁p贸stol del culto Tiahuanacota鈥, se atribuye la potestad de 鈥渆xcomulgar鈥 (El Diario, 3-5-1933 y 26-5-1933). Por 煤ltimo, el ministro de Instrucci贸n, encargado de proteger las ruinas desde el decreto de 1909, consideraba que 鈥渆l simple proyecto de trasladar el gran monolito ha dado buenos resultados para la cultura nacional tan deficiente鈥, y propon铆a emplazarlo en el 贸valo de la Avenida Arce, reemplazando al monumento de Isabel la Cat贸lica (El Diario, 27-4-1933 y 6-6-1933).

En julio de 1933 se realiz贸 el traslado del monolito Bennett a La Paz. El ministro Rodas Eguino emplaz贸 provisoriamente el monumento en un lugar 鈥渁propiado para su erecci贸n en la fiesta nacional de agosto venidero鈥 siendo una 鈥渃ontribuci贸n del gobierno nacional al progreso de La Paz鈥 (El Diario, 19-7-1933). Pero la discrepancia no termin贸 all铆. El Consejo Municipal se resisti贸 en un comienzo a autorizar su emplazamiento. Adem谩s de la falta de un permiso requerido, el Municipio argumentaba en un art铆culo titulado 鈥淐ontin煤an los trabajos de instalaci贸n del 铆dolo鈥 que era 鈥渦na torpeza inaudita la de emplazar en aquel sitio un monumento aborigen que no est谩 en armon铆a con los otros all铆 situados ni con la arquitectura del lugar鈥. Y planteaba que era 鈥減reciso dar una sanci贸n en resguardo de los fueros de la comuna. De otro modo se afirmar谩 un precedente, seg煤n el cual el gobierno central se creer谩 con suficientes t铆tulos para llevar a cabo obras totalmente inc贸modas, antiest茅ticas y re帽idas con los preceptos del urbanismo鈥 (El Diario, 25-7-1933).

Una vez trasladado el monolito ya no es posible argumentar sobre la dificultad y el enorme costo del traslado y aparece la oposici贸n a la colocaci贸n del monolito por motivos de est茅tica de la ciudad. El simple rechazo a su emplazamiento por el contraste entre un monumento ind铆gena (designado tambi茅n con la categor铆a colonial de 鈥溍璬olo鈥) y la modernidad urbana es expresi贸n de la tensi贸n existente entre el indigenismo folklorizante y el anhelo de modernizaci贸n, que por definici贸n no puede estar asociado al primero. Si durante las primeras etapas el debate oscila entre una postura que a partir de la asociaci贸n de las ruinas con su ambiente y de su car谩cter de propiedad ind铆gena se manifestaba por mantenerlas en su sitio y otra que present谩ndolas como propiedad de la naci贸n habilitaba su traslado, en el rechazo posterior del Consejo Municipal aparece expresada con m谩s claridad la necesidad de anclar en las ruinas de Tiwanaku los or铆genes de la naci贸n, pero estableciendo una distancia no s贸lo temporal sino tambi茅n espacial respecto de ellas.

Conclusiones

Las ruinas de Tiwanaku brindaron a la elite boliviana de comienzos de siglo XX el material para la invenci贸n de un patrimonio nacional. Ofrec铆an una identidad como naci贸n indoamericana en un contexto regional que hac铆a v谩lida dicha presentaci贸n, al mismo tiempo que a nivel local fijaban el origen m铆tico de la naci贸n en La Paz y de este modo habilitaban la proyecci贸n de la identidad pace帽a como nacional. Por otra parte, su ligaz贸n con el ind铆gena aymara contribuy贸 a configurar una espec铆fica noci贸n de indianidad a partir de la cual se lo incluy贸 dentro de la representaci贸n de la naci贸n boliviana. Para esta configuraci贸n fue esencial un uso particular del tiempo que permiti贸 ubicar a Tiwanaku, y al indio ligado a 茅l, en un 鈥渢iempo m谩s all谩 del tiempo鈥 como antecedente necesario de la modernidad, pero distinto de ella. Esta configuraci贸n permit铆a simult谩neamente integrar y situar en un lugar espec铆fico al indio dentro de la naci贸n. El proceso de patrimonializaci贸n de Tiwanaku implicaba hacer de la poblaci贸n ind铆gena parte del 鈥渘osotros鈥 que define a la comunidad nacional boliviana, no a partir de la inclusi贸n y reconocimiento por parte del Estado de un patrimonio cultural ind铆gena, sino a trav茅s de un proceso que presentaba a las ruinas como tal, y desde esa concepci贸n se integraba a ambos a la naci贸n. La noci贸n de indianidad que de este modo se forjaba dotaba al ind铆gena contempor谩neo de una condici贸n de inmutabilidad que lo presentaba como resabio del pasado, lo cual, por una parte, habilitaba una ligaz贸n del presente con los or铆genes de la bolivianidad y, por otra, establec铆a una distancia entre la modernidad urbana, identificada con la elite, y la altipampa que resguardaba a las ruinas que, como el indio, constitu铆an las profundas ra铆ces de la bolivianidad.

Si esta integraci贸n exotizada de lo 鈥減opular鈥 es com煤n a las construcciones del folklore nacional en general (De Certeau, 2009), en Bolivia, as铆 como en el resto de Am茅rica Latina, existe un sustrato derivado de la situaci贸n colonial que hace al sujeto ind铆gena inasimilable del todo, y que la ambivalencia de las corrientes indigenistas de comienzos del siglo XX busca soslayar al definir una homogeneidad nacional que s贸lo en la superficie es posible admitir. Sustrato que aparece en la designaci贸n del monolito como 鈥溍璬olo鈥, al cual, aun cuando la elite quiere convertir en monumento, no deja de ver como un implante arcaico en la modernidad a la que aspira.

Este proceso no clausura otras patrimonializaciones de Tiwanaku que, de hecho, a lo largo de la historia de Bolivia se llevaron a cabo por diversos sujetos y han sido articuladas con otros proyectos de naci贸n. Instala, de todos modos, ciertas representaciones de la indianidad que, aun refuncionalizadas en otros proyectos que se distancian del liberal-republicano de comienzos del siglo XX, han establecido el sedimento sobre el cual estos se levantan.


  1. V茅ase al respecto: Albro, 1998; Bialogorski y Fischman, 2001; Bueno, 2010; Collins, 2009; Habib, 2006; Prats, 2004; Savova, 2009.
  2. En ese entonces la vida en el pueblo de Tiwanaku transcurr铆a al margen de la presencia de las ruinas. El censo de 1900 registraba para el cant贸n un total de 5440 habitantes, de los cuales 796 resid铆an en el pueblo mientras que 4644 en la circunscripci贸n rural. Si bien el censo no desagrega su clasificaci贸n en 鈥渞azas鈥 a nivel cantonal, muestra los datos obtenidos para la provincia de Pacajes, a la cual pertenec铆a Tiwanaku. All铆 registraban un n煤mero de 1558 personas clasificadas como blancas, 4473 como mestizas y 65605 como ind铆genas. La conflictividad en el mundo rural entre poblaci贸n ind铆gena y hacendados era 谩lgida. Durante las primeras d茅cadas del siglo XX encontramos numerosas comunicaciones prefecturales al respecto (ALP/EP. Caja 251, 1922; ALP/P-TD. Caja 36, 1931; ALP/P-TD. Caja 37, 1932).
  3. Entre otros v茅ase Poole (2000) para el Per煤, Castillo (2000) para Venezuela y Giordano (2004) para el caso argentino.
  4. Se refiere al monolito desenterrado en Tiwanaku por la misi贸n Bennett en 1932.
  5. En este 煤ltimo caso, las ruinas no pertenecen a Tiwanaku, sino a las halladas en la Isla de la Luna y aparecen en la publicaci贸n de Posnansky, Gu铆a General Ilustrada para la investigaci贸n de los Monumentos prehist贸ricos de Tihuanacu e Islas del Sol y La Luna (1912). Muestran la extensi贸n de la l贸gica construida en torno a Tiwanaku a las dem谩s ruinas presentes en territorio boliviano.


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