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Introducción

En el desarrollo histórico de la acumulación de capital en Argentina, el período comprendido entre 1958 y 1963 se caracterizó por la expansión del capital extranjero en sectores claves de la producción social. De hecho, en la periodización clásica de la historia económica argentina, se señala al capital extranjero como uno de los actores centrales del desarrollo del período denominado “segunda fase de la industrialización sustitutiva de importaciones”. Por supuesto, este reconocimiento prácticamente universal del creciente papel del capital extranjero en esta etapa tiene fundamento empírico. El promedio anual de inversiones extranjeras en el quinquenio iniciado en 1958 quintuplicó en términos reales al del período 1946-55 y triplicó el de 1956-1957[1], cuando la inversión extranjera ya había comenzado a incrementarse nuevamente luego de su marcado descenso desde 1930[2].

Además de tomar nota de este incremento cuantitativo, tanto las obras clásicas de historia económica como las más recientes coinciden en señalar una serie de rasgos distintivos del desarrollo del capital extranjero en este período respecto del llamado período agroexportador, también caracterizado por el papel central del capital extranjero[3]. Primero, se ha recalcado que las inversiones realizadas desde los cincuenta son en su mayoría de origen estadounidense y, en mucha menor medida, de países de Europa continental, frente al predominio británico anterior a 1930. Segundo, se marcó el cambio del destino de las inversiones. Mientras en el período agroexportador los sectores preferidos fueron aquellos vinculados al transporte, comercialización y procesamiento de los productos primarios de exportación, junto a los servicios públicos, en la etapa que nos ocupa las ramas preponderantes fueron las industriales. En tercer lugar, ligado a lo anterior, se ha señalado que esta expansión del capital extranjero en el sector industrial se orientaba hacia el mercado interno. Una cuarta característica que se ha identificado es la tendencia a la inversión en ramas “nuevas”, esto es, en las que anteriormente no había mayor desarrollo local; ejemplo claro de esto eran las ramas automotriz, química y petroquímica, que concentraron la mayoría de las inversiones en el sector industrial. Vale resaltar, a propósito de esta caracterización, que el caso del sector petrolero —uno de los dos estudiados en esta tesis— encaja sólo parcialmente, pues se trata de una rama perteneciente al “sector primario”, que suele presentarse como distinto del “sector industrial”. Por otra parte, es cierto que las inversiones petroleras comparten al menos dos de las cuatro características enumeradas con el resto de las inversiones extranjeras: su origen estadounidense y su orientación hacia el mercado interno.

De cualquier modo, a los efectos de esta introducción, resulta central señalar desde un principio que esta descripción resulta insatisfactoria a la luz del enfoque que adoptaremos en la presente investigación. Como veremos en los próximos apartados, la original obra de Iñigo Carrera sobre la especificidad de la acumulación de capital en Argentina permite avanzar hacia una caracterización cualitativa del capital extranjero que protagonizó la expansión de fines de los cincuenta. En lo fundamental, se trata de captar la esencia del fenómeno en vez de concentrarse en sus formas de manifestarse. A mi modo de ver, el mérito de este autor reside en haber logrado desplegar el enfoque de la crítica de la economía política de Marx hasta el punto de poder ofrecer una presentación acabada del modo en que las determinaciones de la acumulación de capital se realizan en el desarrollo de la sociedad argentina.

Dos son los elementos de la crítica marxiana de la economía política que resultan centrales para nuestra investigación: primero, la determinación del capital total de la sociedad (o capital social) como sujeto concreto de la producción y el consumo sociales en la sociedad capitalista y, segundo, el reconocimiento del carácter en esencia mundial de la acumulación de capital y, por consiguiente, de los espacios nacionales como sus formas concretas. Sobre esta base Iñigo Carrera caracteriza al capital extranjero que opera dentro del ámbito argentino de acumulación como capital medio fragmentado, cuya valorización concreta asume formas distintas a las del capital medio en sus países de origen o el mercado mundial. En los próximos tres apartados de esta introducción desarrollaremos con cierta extensión esta serie de puntos, para luego poder precisar los objetivos de esta investigación y la estructura de la exposición.

El capital social, los capitales individuales y las políticas estatales

El primer aspecto de la crítica de la economía política desarrollada por Marx que resulta imprescindible recuperar aquí es, entonces, la exposición de las determinaciones del capital social como sujeto que estructura el desarrollo general de la sociedad capitalista. A su vez, el planteo de este punto nos llevará a mostrar dos cuestiones centrales para nuestra investigación: primero, que las relaciones políticas en general y, en particular, el accionar del Estado, son las formas concretas que median en el desarrollo de dicho sujeto; segundo, que los capitales individuales o empresas son partes alícuotas del capital social y, por tanto, que el movimiento aparentemente autónomo de los primeros es también forma concreta del movimiento de este sujeto de la producción social. Pero, para ello, debemos comenzar por la determinación más general, más simple, de la relación social en la sociedad contemporánea, a saber, la mercancía.

Como es sabido, El Capital arranca, precisamente, por el análisis de la mercancía. Marx no explicita, en un primer momento, por qué dicho análisis constituye su punto de partida, dado que sólo el desarrollo de la “reproducción de lo concreto por el camino del pensamiento”[4] puede dar cuenta de su propio punto de partida[5]. Pero al final del capítulo primero resulta bastante claro que la razón de tomar a la mercancía como el inicio de la investigación es la necesidad de dilucidar cuáles son las determinaciones más simples de la organización social capitalista. Como sintetiza Iñigo Carrera:

A esta altura, la mercancía que aparecía al principio puesta como un punto de partida meramente exterior para el conocimiento de la sociedad donde impera el modo de producción capitalista de producción, se muestra plenamente como la forma concreta más simple que toma la relación social general, o sea, la organización general del proceso de metabolismo social, en esa sociedad[6].

Pero, ¿por qué la relación entre las personas que forman la sociedad adopta la forma de mercancía? La respuesta a esta pregunta es, de hecho, la misma que la respuesta a la pregunta por la existencia de la forma de valor del producto del trabajo, esto es, de la mercancía misma. Como Marx se encarga de resaltar explícitamente en el apartado sobre el carácter fetichista de la mercancía, las relaciones de valor entre las mercancías son, en realidad, la expresión objetivada en el producto del trabajo de las relaciones sociales entre las personas[7]. Pues bien, Marx es bastante directo con la respuesta a esta doble pregunta, aunque ella es pasada por alto con frecuencia, probablemente porque, como señala Starosta, muchos intérpretes detienen su análisis en el descubrimiento del trabajo abstracto como la sustancia del valor[8]. Marx señala, sólo unas páginas después de dicho descubrimiento, que “[s]ólo los productos de los trabajos privados autónomos, recíprocamente independientes, se enfrentan entre sí como mercancías[9]; más adelante es, si cabe, aún más claro al respecto: “Si los objetos para el uso se convierten en mercancías, ello se debe únicamente a que son productos de trabajos privados ejercidos independientemente los unos de los otros”[10].

Detengámonos por un momento en este resultado del análisis de la mercancía, cuyas consecuencias son muy importantes. El trabajo en general, sin más, es una determinación genérica del ser humano como ser vivo y, crucialmente para nuestro argumento, es el contenido material de la sociabilidad inherente a la humanidad. Esto es así porque cada individuo porta en su capacidad para trabajar una porción de la capacidad productiva total de la sociedad, es decir, de lo que Marx denomina “fuerzas productivas” del trabajo social. Dicho a la inversa, estas fuerzas productivas de la sociedad sólo existen como atributos productivos de los individuos. Cada vez que los seres humanos realizan su capacidad para trabajar, esto es, trabajan, realizan su potencialidad social inmanente y, por consiguiente, establecen de una u otra forma relaciones sociales entre sí, relaciones sociales de producción. El trabajo privado e independiente es una forma histórica específica que asume el trabajo humano, de acuerdo al desarrollo de las capacidades humanas de trabajo o fuerzas productivas[11].

El productor privado e independiente controla conscientemente el carácter inmediatamente individual de su propio trabajo, pero no su carácter social. Sucede que, mientras trabajan, no hay ningún vínculo social directo entre los individuos que les indique qué y cómo deben producir. Esta es la razón por la cual, cuando producen, además de producir valores de uso, producen valor, determinando a su producto como mercancías. La producción de mercancías se convierte, entonces, en una forma indirecta que asume la organización del trabajo social: en vez de considerar la utilidad de su propio trabajo individual para la sociedad, el productor privado se somete a la necesidad de producir valores, esto es, productos cambiables por otros. Ya en el momento de la producción, el productor privado sólo cuenta, por consiguiente, como personificación de esta necesidad de producir valores, como representante o personificación de su mercancía[12]. El intercambio efectivo de éstas pone de manifiesto, y a la vez sanciona, dicha organización indirecta de la producción: cuando los individuos logran intercambiar sus propias mercancías por otras muestran que el trabajo privado que efectuaron para producirlas era un eslabón efectivo del trabajo social en su conjunto.

Aunque ya la producción mercantil muestra claramente que la organización del trabajo social, la relación social general, se ha independizado del control de los individuos, es en la producción capitalista de mercancías donde la enajenación de dicha relación alcanza el punto en el cual ésta se automatiza. En efecto, cuando el intercambio mercantil simple se transforma en un intercambio que tiene por contenido la valorización del dinero que funciona como capital, el valor se convierte en el sujeto del movimiento[13]. Esto es, el capital pone en movimiento, al iniciar su proceso de valorización, el proceso concreto de producción con el único propósito de producir más de sí mismo. El capital, por tanto, “se encuentra determinado así como el sujeto concreto inmediato de la producción y el consumo sociales”[14]. Como resultado, los individuos ya no simplemente subordinan su subjetividad productiva a la necesidad de producir valor sino que, ahora, es el capital el que determina qué forma van a dar a su proceso de trabajo y, aún más, si van a trabajar en absoluto. El productor privado de mercancías se ha transformado en el obrero doblemente libre vendedor de fuerza de trabajo al capital.

Precisamente en el contexto de la investigación del consumo de la fuerza de trabajo por el capital a lo largo de la jornada laboral —en el capítulo 8 de El Capital—, Marx descubre tanto la determinación de las políticas estatales como formas concretas o mediaciones del desarrollo del capital social como la diferencia entre este último y los capitales individuales. Como discute extensamente Caligaris, se muestra allí la contradicción entre, por un lado, “el movimiento práctico del capital”, que extiende sin límite alguno la jornada laboral, explotando hasta al agotamiento a la fuerza de trabajo y poniendo así en riesgo la producción de plusvalor; y, por otro, “el interés propio del capital”, que consiste en asegurar la reproducción de la fuerza de trabajo por medio de la fijación práctica de una jornada laboral normal. Aunque Marx no lo presenta aún en estos términos, queda suficientemente claro que la contradicción en cuestión es entre el movimiento de los capitales individuales impulsados por la competencia, que no pueden más que perseguir la maximización inmediata de su acumulación, y el desarrollo del capital social, que necesita asegurar las condiciones de su reproducción en el tiempo, en este caso, la reproducción extendida y ampliada de la clase obrera[15].

Hay dos aspectos más de la exposición de Marx que resulta importante resaltar. Primero, se muestra aquí que la forma concreta que toma la realización de la necesidad del capital social de fijar un límite a la sobreexplotación de la fuerza de trabajo es la regulación legal, estatal, de la duración de la jornada y de otras condiciones de trabajo. Segundo, su exposición revela que la regulación estatal de la explotación de la fuerza de trabajo —y, por tanto, la realización de la necesidad del capital social— es, a su vez, un resultado de la lucha entre la clase de los vendedores y la clase de los compradores de fuerza de trabajo; es decir, de la lucha entre la clase obrera y la clase capitalista. Pero en esta relación directa que es la lucha de clases, tanto obreros como capitalistas entran en su carácter de personificaciones de mercancías, de su fuerza de trabajo en el caso de los obreros y de su capital en el de los capitalistas. Esto quiere decir, por un lado, que la lucha de clases es en sí misma una forma de realización de “las relaciones económicas como portadoras de las cuales [las] personas se enfrentan mutuamente” y, cabe resaltar, el contenido de las relaciones económicas no es otro que el desarrollo del capital social. Por otro, quiere decir, además, que el capital social necesita una representación directa en esta relación política general entre personificaciones, dado que los capitalistas representan únicamente a sus capitales individuales. Esta representación es el Estado; de allí su determinación como representante político del capital social en la lucha de clases[16].

La conexión interna entre el desarrollo del capital social y el movimiento de los capitales individuales es subsiguientemente desarrollada por Marx durante los tres tomos de El Capital. Una expresión particularmente clara de la unidad subyacente al movimiento aparentemente autónomo de los capitales individuales y la determinación de dicha unidad por el desarrollo del capital social es la producción de plusvalía relativa. Como es sabido, esta producción se obtiene del abaratamiento de la fuerza de trabajo que resulta del aumento de la productividad del trabajo que produce los medios de vida que consumen los obreros. Pero los capitales individuales —que son los únicos que existen concretamente— no buscan directamente el abaratamiento de los medios de vida. Su único estímulo es la reducción de costos que les permita obtener una plusvalía extraordinaria respecto a sus competidores. Es sólo como resultado indirecto de su competencia, en la cual los diversos capitales individuales obtienen y pierden constantemente este plusvalor extraordinario, que el capital social produce plusvalía relativa. Como señala Marx, este resultado no es simplemente una afortunada pero fortuita consecuencia de la competencia; de lo que se trata es de cómo “las leyes inmanentes de la producción capitalista se manifiestan en el movimiento externo de los capitales, cómo se imponen en cuanto leyes coercitivas de la competencia” al capitalista individual[17].

Sin embargo, recién con la formación de la tasa general de ganancia “el capital social realiza su condición de sujeto concreto de la producción social”[18]. El proceso de formación de los precios de producción, que se desarrolla —al igual que la producción de plusvalía relativa— mediante la competencia entre los capitales individuales, iguala la capacidad de valorización de éstos, más allá de su diferente capacidad para extraer plusvalor. Esto es, pese a que, de acuerdo a la proporción de trabajo vivo que ponen en movimiento, algunos capitales individuales producen más plusvalor respecto a su magnitud total que otros, todos se valorizan en un mismo grado. En consecuencia, dice Marx, “a cada capital en particular sólo hay que considerarlo como una porción del capital global, y a cada capitalista, de hecho, como accionista en una empresa global, accionista que participa en las ganancias globales pro rata de la magnitud de su participación de capital”[19].

En síntesis, como hemos argumentado, el desarrollo de la crítica de la economía política nos lleva a concluir que el movimiento de la sociedad capitalista está determinado por el desarrollo del capital social, esto es, por una relación social objetivada y exterior a los seres humanos, por eso mismo autonomizada de su control consciente. Como remarca Starosta, este no es un señalamiento válido únicamente para ser postulado en relación a las determinaciones más abstractas de la sociedad capitalista, para luego ser descartado o restringido de alguna manera cuando se investigan fenómenos más concretos[20]. Por ejemplo, este tipo de actitud es la que asumen buena parte de los análisis marxistas cuando, luego de afirmar la determinación económica de los fenómenos políticos, vuelven sobre sus pasos para sostener la autonomía relativa de estos últimos respecto de los primeros[21]. Más bien al contrario, bien puede decirse que el punto de partida metodológico de esta tesis consiste en “tomar en serio” la realidad de la exteriorización y automatización del vínculo social en la sociedad actual y asumir las consecuencias que se derivan para la investigación de cualquier problema concreto. Transitar este camino requiere que avancemos sobre la cuestión de la unidad entre las diversas formas nacionales que asume el proceso de acumulación de capital, tarea a la que nos abocaremos en el próximo apartado.

Unidad mundial de la acumulación de capital y la especificidad de su desarrollo en Argentina

Pocos marxistas discutirían que la acumulación de capital es un proceso en esencia mundial. De hecho, como señala Hobsbawm[22], uno de los aspectos más notables del Manifiesto Comunista es el énfasis en el modo en que el desarrollo capitalista “dio un carácter cosmopolita a la producción y al consumo de todos los países” y “ha quitado a la industria su base nacional”, con la consecuencia de que “se establece un intercambio universal, una interdependencia universal de las naciones”[23]. No obstante, y de modo análogo a lo que poco más arriba señalábamos sobre la determinación económica, la afirmación del carácter esencialmente mundial del modo de producción capitalista es de hecho contradicha en las explicaciones marxistas sobre la diferenciación de los procesos de acumulación nacionales[24]. Qué otra cosa decir, por ejemplo, de la teoría del imperialismo, que basa la explicación de las diferencias nacionales en la imposición política y militar de unos países sobre los otros; eliminando, de paso, la posibilidad de reconocer más diferencias nacionales que la binaria dicotomía entre países imperialistas y dominados[25]. Lo que es más, y como es ahora ampliamente reconocido, los fundamentos de esta teoría —a saber, los desarrollos de Hilferding y otros sobre el capital monopolista— contradicen abiertamente las determinaciones del valor expuestas por Marx[26].

La creciente insatisfacción con la teoría del imperialismo como forma de entender la unidad mundial dio paso al surgimiento de varios puntos de vista alternativos, la mayoría ligados al enfoque del “sistema-mundo”, y a algunas versiones de la teoría de la dependencia[27]. Aunque ampliamente divergentes entre sí, las mejores versiones de estos enfoques enfatizan correctamente el contenido mundial de la acumulación de capital:

La economía mundial no es el resultado de la suma de unas economías nacionales que funcionan esencialmente de acuerdo con sus propias leyes y sólo entran en relación de forma marginal, por ejemplo a través del comercio exterior. Mucho más cierto es que estas economías nacionales son parte integrante de un único sistema global, es decir, de una economía–mundo capitalista que constituye un único sistema capitalista[28].

En un sentido amplio, la perspectiva de Iñigo Carrera que vamos a desarrollar a continuación parte desde este mismo planteo, por más que este autor es, al mismo tiempo, muy crítico de algunas de las teorías mencionadas[29]. No nos detendremos a especificar la diferencia entre los planteos; en cambio, dados los objetivos de esta introducción, nos concentraremos en exponer el modo en que el propio desarrollo del capital social como sujeto del proceso global del desarrollo capitalista necesita tomar forma concreta en la diferenciación entre los espacios nacionales de acumulación de capital.

El propio Marx establece con precisión que la determinación del surgimiento de la “división internacional del trabajo […] que convierte a una parte del globo terrestre en campo de producción agrícola por excelencia para la otra parte, convertida en campo de producción industrial por excelencia” se encuentra en el desarrollo de la producción de plusvalía relativa, motivo impulsor propio, como vimos, del movimiento del capital social[30]. En los estudios marxistas sobre la acumulación de capital en Argentina ha sido reconocido el punto central que vincula el desarrollo capitalista local con la producción de plusvalía relativa por el capital social: a saber, la reducción del valor de la fuerza de trabajo mundial que resulta, a su vez, del menor costo de los medios de vida producidos en las tierras pampeanas[31]. Esto es, desde el punto de vista del capital social mundial, la existencia de un ámbito de acumulación como el argentino, especializado en la producción de mercancías agrarias para el mercado mundial, tiene el papel específico de incrementar la tasa de plusvalía del dicho capital social. En particular, los beneficiarios concretos de este incremento son los capitales industriales que operan en los países que abarcan la producción de la generalidad de las mercancías, explotadores por excelencia de la fuerza de trabajo abaratada[32] (los “campos de producción industrial” a los que se refería Marx en el texto recién citado, a los que, en adelante, llamaremos por simplicidad “países clásicos”). Sin embargo, mucho menos reconocida es la contradicción que este proceso involucra para el desarrollo del capital social mundial y las determinaciones adicionales que ella agrega al desarrollo de la acumulación mundial basada en esta diferenciación de espacios nacionales. Veamos este punto con cierto detenimiento.

La razón del menor costo de las mercancías agrarias argentinas reside en la elevada productividad relativa del trabajo agrario aplicado, dependiente a su vez de las condiciones naturales más favorables de la zona pampeana. Sin embargo, precisamente esta circunstancia de la producción agraria —es decir, el hecho de que la productividad del trabajo varía según las características naturales de la tierra— tiene consecuencias centrales para el enfoque sobre la especificidad de la acumulación de capital en Argentina que utilizamos en esta tesis. Sucede que el precio de las mercancías agrarias se encuentra determinado por la productividad del trabajo obtenida en las condiciones naturales de las peores tierras en producción a nivel mundial y, por tanto, que las mercancías producidas en mejores condiciones permiten obtener ganancias extraordinarias, potencialmente apropiables por los terratenientes bajo la forma de renta de la tierra[33]. El punto crucial de todo esto es que el precio comercial de las mercancías agrarias producidas en países como Argentina es mayor que la suma de sus precios de producción individuales. En otras palabras, y poniendo el problema en términos concretos, el valor total ingresado en el ámbito nacional argentino de acumulación a cambio de las exportaciones agrarias es mayor a la suma de los costos de producción —incluyendo ganancias normales— de las mercancías que las componen. Esto significa, sencillamente, que el plusvalor que constituye la renta de la tierra diferencial argentina es producto de los trabajadores industriales de los países clásicos.

Podemos ahora especificar la contradicción inherente a la subsunción del territorio argentino en el proceso de acumulación global de capital a la que hacíamos referencia anteriormente: los capitales industriales de los países clásicos (y, por medio de ellos, el capital social mundial), al mismo tiempo que potencian su acumulación, pierden una parte de la plusvalía que extraen a los obreros que explotan[34]. Sobre esta contradicción se erige el desarrollo de la especificidad de la acumulación de capital en Argentina, descubierta originalmente por Iñigo Carrera[35]. La clave de la cuestión reside en que la diferenciación entre formas nacionales de la acumulación de capital, con el desarrollo de un ámbito de acumulación como el argentina, recortado en torno a la producción de materias primas portadoras de renta para el mercado mundial, permite al capital social mundial, por medio de los capitales individuales, recuperar parte del plusvalor perdido originalmente[36]. La acumulación de capital en Argentina se desarrolla entonces con la forma específica de ser, además de simple fuente de producción de plusvalía relativa por medio del abaratamiento de los medios de vida, una fuente de recuperación de renta de la tierra por parte del capital social mundial[37].

Capital extranjero y Estado en el desarrollo histórico de la especificidad de la acumulación de capital en Argentina

En el desarrollo histórico de la especificidad que caracteriza a la acumulación de capital en Argentina, el capital extranjero tiene un papel clave. No se trata de otra cosa que de los capitales individuales por medio de los cuales el capital social mundial realiza la recuperación de parte del plusvalor que pierde bajo la forma de renta diferencial. La participación en este proceso de recuperación es, en efecto, la determinación más básica de la operación del capital extranjero dentro del espacio de acumulación de capital en Argentina. Debemos reseñar ahora, por consiguiente, las formas concretas de este proceso y, asimismo, sus transformaciones a lo largo del desarrollo histórico de esta modalidad de acumulación de capital.

En cuanto a la primera de estas cuestiones, la recuperación de la renta de la tierra ha tenido por forma más general la mediación del Estado nacional argentino. Como ya hemos desarrollado, la determinación general del Estado en el modo de producción capitalista reside en la representación política del capital social en la lucha de clases. No obstante, hemos visto también que el desarrollo del proceso de acumulación del capital social mundial sólo se realiza a través de la diferenciación en procesos nacionales. En cada proceso nacional de acumulación, por consiguiente, la personificación de la fuerza de trabajo y de los capitales que la explotan está a cargo de las clases obrera y capitalista del país en cuestión, respectivamente. Como sintetizan Marx y Engels: “Por su forma, aunque no por su contenido, la lucha del proletariado contra la burguesía es primeramente una lucha nacional”[38]. Y, si la lucha de clases tiene una forma nacional, se sigue que el representante específico del capital social en esa relación política general también debe tener dicha forma. Es decir, la representación política del capital social se realiza, no a través de un Estado mundial, sino a través de las políticas de múltiples Estados nacionales correspondientes a los fragmentos también nacionales de su proceso de acumulación. Así, del mismo modo que las acciones aparentemente independientes de los capitales individuales realizan la determinación propia del desarrollo del capital social, las políticas de los estados nacionales son mediadoras del despliegue de la unidad mundial de la acumulación de capital en su diferenciación nacional.

El Estado nacional argentino, mediando entonces en el desarrollo de la unidad mundial de la acumulación de capital, ejerce su poder político para interrumpir el flujo de la renta de la tierra hacia los terratenientes. Lo hace a través de tres formas principales: el establecimiento de impuestos especiales a la exportación de mercancías agrarias (llamadas comúnmente “retenciones”), la sobrevaluación de la moneda aplicada a las exportaciones y la fijación de precios internos obligatorios para estas mercancías. En los tres casos, estas políticas reducen el precio interno de las mercancías agrarias y, por tanto, afectan las ganancias de los capitales que producen dichas mercancías[39]. Claro está que esto sólo es posible porque, justamente, dichas ganancias son extraordinarias como resultado de la aplicación de fuerza de trabajo sobre tierras de condiciones naturales diferenciales o, dicho de otra forma, porque esas mercancías agrarias son portadoras de renta de la tierra. Con excepciones muy puntuales, concentradas en las peores crisis de la acumulación de capital en el país, el Estado nacional argentino cumplió siempre, desde al menos 1882 hasta la actualidad, esta función de modificación de la apropiación de la renta de la tierra por medio de alguna combinación de estas tres políticas.

Cuando se pasa a considerar el curso seguido posteriormente por la masa de valor que, por la mediación de las políticas estatales, ha escapado de las manos de los terratenientes, aparecen con claridad dos etapas en el desarrollo de la especificidad determinada por la recuperación de la renta por el capital social mundial. Una primera etapa tiene su origen durante el siglo XIX, alcanza su plenitud en las primeras décadas del siglo XX y se cierra definitivamente hacia 1950. En ella, el capital industrial extranjero opera dentro del país centralmente en la circulación local de las mercancías agrarias (particularmente los ferrocarriles) y en los servicios públicos de las ciudades. Estos capitales apropian parte de la renta agraria que había quedado pendiente de apropiación debido a la mediación de las políticas estales recién vistas, principalmente aprovechando los efectos de la sobrevaluación misma[40]. La otra forma básica de aparición del capital extranjero en el país, durante este período, es el capital prestado a interés al Estado nacional a una tasa superior a la normal en el mercado mundial, que se paga con fondos provenientes de la renta agraria[41]. Con todo, y a pesar de que una proporción del flujo de la renta se les escapa, cabe aclarar que a lo largo de la historia de la acumulación en Argentina los terratenientes apropiaron también una parte importante de la riqueza social en cuestión[42].

Esta etapa, como ya mencionamos, se cierra en la segunda mitad de la década del cuarenta, cuando, mediante las estatizaciones de los ferrocarriles y los servicios públicos y la cancelación de la deuda pública externa, esas formas del capital extranjero se retiran del ámbito nacional tomando una última participación en la apropiación de la renta agraria. A partir de entonces se inicia una segunda etapa, cuyo desarrollo, iniciado a principios de los cincuenta, se acelera precisamente en nuestro período de estudio y que se extiende hasta la actualidad. Ahora, el capital extranjero se aplica, en vez de a la circulación de mercancías agrarias para el mercado mundial, a la producción de mercancías industriales para el mercado interno. Relacionado con esto aparece la que es, en realidad, la característica cualitativa esencial del capital extranjero en esta segunda etapa: su carácter de fragmento restringido de capital medio, o capital medio fragmentado.

“Capital medio” significa, en este enfoque, el capital normal en cuanto a su valorización: el capital que se valoriza a la tasa normal de ganancia. Para ello, debe operar en las condiciones técnicas y en la escala necesarias para poner en movimiento la productividad del trabajo normal en cada momento. El capital extranjero que operaba en la primera etapa de la acumulación de capital en Argentina, en especial antes de 1930, conservaba esta característica, en tanto participaba de la producción para el mercado mundial. En cambio, en esta segunda etapa, el tamaño restringido del mercado interno implica que la escala de operación resulta menor a la óptima, dadas las condiciones normales del mercado mundial y, por tanto, se limita la posibilidad de aplicar las técnicas de producción más modernas, vigentes en dicho mercado. La productividad del trabajo es consecuentemente menor y los costos de producción, mayores. En este sentido, el capital extranjero opera en Argentina de una forma restringida, fragmentada, acorde al mercado interno. Pero, a la vez, no por ello deja de ser una parte de un capital medio, un capital que es normal en el mercado mundial y, por tanto, necesita valorizarse al menos a la tasa general de ganancia. De otro modo, no ingresaría a la producción industrial local.

El capital extranjero compensa la menor productividad del trabajo de los obreros que explota y los consiguientes mayores costos, con base en su participación en el proceso de recuperación de renta agraria. Son, del mismo modo que en el período anterior, los ejecutores concretos del desarrollo del capital social mundial, que se afirma en su condición de sujeto de la producción global potenciando su capacidad de acumulación a expensas de la clase terrateniente argentina, tan “brote parasitario de la producción capitalista” como la clase terrateniente en general[43]. Suman a la renta agraria otras dos fuentes de compensación de la menor productividad del trabajo con la que operan localmente respecto a como lo hacen en sus países de origen. Ellas son las condiciones concretas más agudas de la explotación de la fuerza de trabajo local y la apropiación de una parte de la plusvalía extraída en el ciclo de los pequeños capitales nacionales, que se vinculan con los capitales extranjeros en la circulación interna. Gracias a estas compensaciones retienen su condición de capitales capaces de valorizarse al menos a la tasa general de ganancia y, por tanto, su condición de capitales normales o medios, aun cuando operan de modo restringido o fragmentado.

Cabe aclarar que, como sucede siempre que se presentan, sintetizadas, las determinaciones generales de procesos históricos concretos, pueden encontrarse ciertas excepciones a las etapas propuestas. Por ejemplo, incluso durante el período de plenitud de lo que hemos denominado “primera etapa” del desarrollo de la especificidad de la acumulación de capital en Argentina, hubo inversiones extranjeras orientadas a la producción industrial para el mercado interno. De hecho, como veremos, eso sucede en los dos casos de estudio de esta tesis. No obstante, continúa resultando cierto que este tipo de inversiones resultaron secundarias en el conjunto del capital extranjero. En 1909, por caso, el capital extranjero en ferrocarriles, servicios públicos y títulos de deuda pública representaba el 69% de la inversión extranjera total acumulada, y el porcentaje restante se distribuía principalmente en comercio, actividades agropecuarias y servicios inmobiliarios[44]. En 1940, los ferrocarriles y títulos públicos eran todavía la mitad del valor de las inversiones extranjeras acumuladas a ese año[45], pese al crecimiento de las inversiones en la industria manufacturera que, de todos modos, no superaban el 10% del total invertido desde el extranjero[46].

Para cerrar este apartado, nos falta referirnos al cambio del país de origen de las inversiones entre ambas etapas. Este aspecto dista de ser una más de las manifestaciones exteriores de las inversiones extranjeras. Al contrario, el cambio del país de origen se encuentra íntimamente relacionado con la transformación cualitativa del capital extranjero, del capital medio “a secas” de la primera etapa al capital medio fragmentado de la segunda. Las bases materiales de esta doble transformación son dos. Primero, el desarrollo del capital industrial norteamericano y de los principales países de Europa continental termina por superar en la competencia al capital industrial británico. En consecuencia, el capital industrial que pierde originalmente la plusvalía que, bajo la forma de renta, fluye hacia Argentina deja de estar nacionalmente concentrado en Gran Bretaña a estar distribuido en un mayor número de países. De por sí, esto limita la potencia de una de las dos modalidades básicas de recuperación de renta de la “primera etapa”: la mediación del capital prestado a interés del mismo ámbito nacional al que pertenecen los capitales industriales a los que escapa originalmente la riqueza social en cuestión[47]. Para expresarlo claramente, en esta primera etapa quien recupera la renta perdida es el ámbito nacional de acumulación en el que operan los capitales industriales que la pierden, pero no estos capitales mismos. En la segunda etapa, en cambio, serán precisamente los capitales industriales quienes directamente, sin mediaciones, se encarguen de potenciar su valorización con la recuperación de renta de la tierra.

La segunda base material de la transformación de la forma de presentación en Argentina del capital extranjero es el propio desarrollo de la empresa multinacional como tal. Como concluye la literatura mainstream sobre el tema, la expansión internacional de la inversión extranjera desde mediados del siglo XIX hasta las primeras décadas del siglo XX no tomó la forma universal de la empresa multinacional, tal como se la conocería después. En el caso argentino, los ferrocarriles británicos y algunos de los servicios públicos estaban controladas por empresas que, aunque extranjeras, eran independientes (“free-standing company”), en el sentido de que no tenían una casa matriz con operaciones extensas en el país de origen[48]. Los capitales extranjeros que caracterizan a la “segunda fase” del desarrollo de la especificidad local de la acumulación, en cambio, son representantes de lo que en esta literatura se denomina “modelo americano” de empresa multinacional. Estos capitales comienzan a desarrollarse dentro de un ámbito nacional, en general con base en la producción en el sector industrial en sentido restringido[49]. Su expansión internacional sigue un patrón definido: de la simple exportación pasan a la representación comercial en el extranjero; en un siguiente paso comienzan a ensamblar, embotellar o procesar en el país de destino y, por último, a producir íntegramente en los nuevos países[50]. De alguna manera, este proceso expansivo dependiente de factores técnicos ligados al desarrollo material del proceso de trabajo debía ser atravesado antes de que los capitales industriales individuales pudieran convertirse en los protagonistas del proceso de recuperación de la renta en reemplazo de los capitales prestados a interés y los capitales invertidos en servicios públicos y transporte.

Objetivos y aspectos metodológicos de la tesis

Sinteticemos ahora muy brevemente el desarrollo que hemos expuesto hasta aquí, antes de pasar en este último apartado de la introducción a la presentación de los objetivos y la metodología de la investigación. Hemos señalado que, para nuestro propósito, resulta central identificar que la determinación más simple de la relación social capitalista surge del carácter privado e independiente del trabajo. Luego mostramos las consecuencias que esta identificación produce: el carácter del capital social como sujeto de la producción mundial y la consecuente determinación de los capitales individuales, la lucha de clases y las políticas estatales como formas concretas de su desarrollo global. Por último, argumentamos que, sobre la base de esta forma de encarar la crítica de la economía política, Iñigo Carrera ha desarrollado un enfoque sobre la acumulación de capital en Argentina que permite caracterizar a los capitales extranjeros que se expanden en el país desde los años cincuenta de un modo completamente original, esto es, como capitales medios fragmentados.

En razón de esta originalidad nos proponemos como objetivo central de esta tesis estudiar, sobre la base de esta perspectiva, el proceso de expansión de las empresas extranjeras en Argentina entre 1958 y 1963. Esta tarea, sin embargo, no será llevada a cabo por medio de un estudio que abarque el proceso general de acumulación de capital sino por dos investigaciones focalizadas en dos ramas particulares de la producción social. Esta elección se fundamenta en tres tipos de razones. Primero, la obra de Iñigo Carrera sobre la sociedad argentina, aunque centrada en el proceso de acumulación general, tiene ya como uno de sus ejes la investigación sobre el desarrollo del capital extranjero. En este sentido, los estudios sectoriales aportan, por sí mismos, al conocimiento de la especificidad de la acumulación en el país, al avanzar sobre las formas concretas en que las determinaciones de dicha especificidad se realizan en los casos estudiados. Segundo, como es evidente, sólo este tipo de estudios focalizados permiten dar cuenta de determinaciones específicas ligadas a la materialidad de los procesos productivos de la rama y evaluar en qué medida y cómo ellas se vinculan con determinaciones más generales. Por último, y ligado a lo anterior, esta investigación permite captar de un modo más inmediato que un estudio general el vínculo entre las transformaciones materiales de los procesos productivos y los procesos de internacionalización de los capitales individuales. En suma, la metodología de estudios de caso responde a un propósito más general de esta tesis, a saber, producir conocimiento nuevo sobre la especificidad de la acumulación de capital en Argentina.

Los casos concretos elegidos para desarrollar la investigación son la industria petrolera extractiva y la automotriz. Nuevamente, resulta conveniente listar las razones de esta segunda decisión metodológica. La primera de ellas tiene que ver con la importancia cuantitativa de las inversiones extranjeras en estos sectores. Aunque resulta difícil saber con precisión los montos efectivamente invertidos, quedan pocas dudas de que el sector de extracción petrolera fue el más importante en este sentido[51]. Por su parte, el sector automotriz es uno de los principales destinos de inversión extranjera en el sector industrial (un cuarto del total). Una segunda razón se vincula con la diferencia entre los sectores elegidos: mientras la automotriz es una rama industrial clásica, y además una de las más importantes tanto a nivel mundial como local, la producción petrolera es una rama subordinada, al igual que la agraria, a condicionamientos naturales diferenciales. Esta diferencia enriquece sin dudas el estudio sobre el papel de las particularidades sectoriales en el desarrollo de las empresas extranjeras, sobre todo teniendo en cuenta la importancia que tiene la renta de la tierra para el enfoque adoptado en esta tesis. Por último, una tercera razón tiene que ver con la disponibilidad de material y estudios previos que sirvan de base para la investigación, que es relativamente amplia en los dos casos.

En cuanto a este último punto es importante resaltar que existe una diferencia en el alcance de la literatura sobre los sectores estudiados, en particular para nuestro recorte temporal. La industria automotriz ha sido objeto de una importante cantidad de investigaciones científicas. En particular, las obras de Sourrouille, Jenkins y Nofal[52] se destacan tanto por la valiosa información que contienen, en muchos casos obtenida originalmente por los autores y que no se encuentra públicamente disponible, como por el nivel del análisis sobre el funcionamiento de la rama. A ellos deben agregarse una amplia cantidad de trabajos más puntuales y los análisis contenidos en obras de más amplia temática, los cuales por supuesto son referenciados cuando son utilizados. En cambio, en el caso de la industria petrolera, la gran mayoría de lo publicado sobre el período tiene un carácter fuertemente polémico en torno a la acalorada discusión pública sobre los contratos del gobierno de Frondizi y su anulación por el de Illia. En consecuencia, tienen mucho menor alcance analítico y la información que presentan es de difícil utilización, principalmente porque muchas veces se omite la mención de la fuente[53]. Los estudios más valiosos sobre la industria petrolera se concentran en períodos previos[54] o posteriores[55], a excepción de la reciente tesis doctoral de Dachevsky que, en su estudio general sobre la evolución de la propiedad de la tierra petrolera en Argentina, incluye un estudio sobre nuestro período de interés.

A esta diferencia en el alcance de la literatura existente sobre las dos ramas estudiadas se suma también que las obras de Iñigo Carrera que caracterizan a los capitales extranjeros como capitales medios fragmentados se basan en la investigación sobre el capital industrial en general. Es decir que, a diferencia del sector automotriz —caso paradigmático de desarrollo del capital industrial en general—, sus conclusiones no necesariamente se aplican al caso del sector petrolero en el que, como ya mencionamos, la productividad del trabajo se encuentra subordinada a condiciones naturales diferenciales no controlables por el capital. Ambos aspectos confluyen en que, dicho directamente, el avance previo del conocimiento científico es menor en el caso de la industria petrolera que en la automotriz. Como consecuencia, el objetivo específico para cada estudio de caso, a pesar de ser esencialmente el mismo, se cumple de modos diferentes. Con esto queremos decir que, aunque en ambos casos se trata de producir conocimiento nuevo sobre la especificidad de la acumulación de capital en Argentina por medio del estudio del desarrollo del capital extranjero entre 1958 y 1963, ello implica dos tratamientos diferentes según el sector de que se trate.

En el caso de la industria automotriz, se trata fundamentalmente de tomar cada una de las determinaciones identificadas por Iñigo Carrera sobre el contenido y la forma de valorización del capital medio fragmentado y avanzar sobre sus formas concretas de realización en el período estudiado para describirlas detalladamente. El resultado es, en esencia, una exposición completa del desarrollo del capital extranjero automotriz en Argentina en los años correspondientes, en su carácter de capital medio fragmentado. El estudio sobre la industria petrolera tiene, en cambio, un carácter más exploratorio. En ese sentido, el esfuerzo se centra en trabajar la información primaria disponible —afortunadamente bastante abundante, compensando parcialmente el déficit de estudios antes mencionado—, de modo de arribar a conclusiones originales sobre la forma de valorización del capital extranjero en el sector petrolero argentino. Estas conclusiones serán por fuerza menos firmes que las anteriores, convirtiéndose así en bases para investigaciones subsiguientes.

Cabe resaltar que, en muchos sentidos, el estudio sobre la industria automotriz ha resultado una condición para el desarrollo sobre el sector petrolero. Al avanzar sobre terreno más conocido, la investigación del primero de estos casos, y sobre todo su exposición, ha dado como uno de sus resultados no buscados una estructura que luego hemos seguido en el caso petrolero. Como consecuencia, la exposición de ambos estudios de caso tiene una forma similar, organizada en tres capítulos que, a su vez, se agrupan en dos partes, una correspondiente a cada sector.

En el primer capítulo de cada parte se estudia la historia de la industria correspondiente a nivel mundial, con dos objetivos principales: primero, identificar las determinaciones de la estructura global de la rama, esto es, cómo está organizada internacionalmente; segundo, exponer el desarrollo histórico del proceso de internacionalización de los capitales individuales que la componen.

El segundo capítulo de cada estudio de caso retoma la historia previa de cada sector, pero ahora focalizando en el proceso argentino de acumulación. Cumple la función de identificar las tendencias del desarrollo de la rama hasta el momento en que comienza el estudio central en cada caso, el correspondiente al período de estudio de esta tesis.

El tercer capítulo de los estudios sectoriales contiene, entonces, la investigación central de esta tesis. Allí se abordan cuatro temáticas: la descripción de las empresas extranjeras, las condiciones materiales del proceso de producción, las formas de valorización de los capitales individuales y, por último, el papel de las políticas estatales. En razón de la extensión de esta parte de la investigación se intentó, desde la exposición, dar cierta independencia a las cuatro secciones en las que se estudian estos temas.

La investigación se nutre de diversos tipos de fuentes, comenzando por las investigaciones académicas previas sobre el tema. Vale remarcar que estos trabajos se utilizan principalmente como fuentes de información. En muchos casos incluso se vuelven a trabajar los datos para dar cuenta de problemas de la presente investigación, que pueden ser distintos a los que estas obras presentan. Se ha recurrido también a numerosas fuentes estadísticas, tanto nacionales como internacionales. En ambos casos, se explica en cada capítulo la forma en que los datos han sido procesados. Por último, se ha recurrido a fuentes documentales, entre ellas informes e investigaciones de organismos públicos, que muchas veces contienen datos muy valiosos. En el estudio de la industria petrolera, este tipo de documentos[56] suple en alguna medida el déficit de las investigaciones académicas que señalábamos anteriormente.

Luego de la presentación de ambos estudios de caso se presentan las conclusiones que retoman la unidad de la tesis, dada por su propósito más general. El contenido de la conclusión consiste, por tanto, en explicitar los conocimientos nuevos sobre la especificidad de la acumulación de capital en Argentina que resultan de los dos estudios sectoriales y, por último, en señalar los interrogantes abiertos a partir de estos resultados.


  1. Datos de la Subsecretaría de Inversiones Extranjeras del Ministerio de Economía, citados en Azpiazu y Kosacoff, Empresas trasnacionales en Argentina, 5.
  2. CEPAL, Desarrollo económico de la Argentina, 251, Cuadro 2.
  3. Pueden mencionarse, entre otros, Dorfman, Cincuenta años de industrialización en la Argentina, 1930-1980, 419-458; Díaz Alejandro, Ensayos sobre la historia económica argentina, 261-262; Peralta Ramos, Etapas de acumulación y alianzas de clases en la Argentina (1930-1970), 41-53; Sourrouille, Kosacoff, y Lucángeli, Transnacionalización y política económica en la Argentina, 24-32; Azpiazu y Kosacoff, Empresas trasnacionales en Argentina, 1-45; Basualdo, Estudios de historia económica argentina, 53-90; Rapoport, Historia económica, política y social de la Argentina (1880-2000), 582-593.
  4. Marx, Grundrisse, 1:25.
  5. Iñigo Carrera, Conocer el capital hoy, 212.
  6. Ibid., 274.
  7. Marx, El capital I, 88, 89; véase también Fitzsimons, “Relaciones mercantiles y conciencia”.
  8. Starosta, “The Commodity-Form and the Dialectical Method”, 307.
  9. El capital I, 52.
  10. Ibid., 89.
  11. Hemos discutido con mayor extensión estas cuestiones en Fitzsimons, “Relaciones mercantiles y conciencia”.
  12. “Aquí, las personas sólo existen unas para otras como representantes de la mercancía, […] no son más que personificaciones de las relaciones económicas como portadoras de las cuales dichas personas se enfrentan mutuamente”; cf. Marx, El capital I, 104. Véase también Iñigo Carrera, Conocer el capital hoy, 59-60.
  13. “El valor pasa constantemente de una forma a la otra, sin perderse en ese movimiento, convirtiéndose así en un sujeto automático. Si fijamos las formas particulares de manifestación adoptadas alternativamente en su ciclo vital por el valor que se valoriza, llegaremos a las siguientes afirmaciones: el capital es dinero, el capital es mercancía. Pero, en realidad, el valor se convierte aquí en el sujeto de un proceso en el cual, cambiando continuamente las formas de dinero y mercancía, modifica su propia magnitud, en cuanto plusvalor se desprende de sí mismo como valor originario, se autovaloriza. Cf. Marx, El capital I, 188.
  14. Iñigo Carrera, El capital. Razón histórica, 13.
  15. Caligaris, “Clases sociales”, 78-81.
  16. Para el desarrollo completo de esta determinación del Estado capitalista, véase Iñigo Carrera, El capital. Razón histórica, 100-103; “Determinación Económica Y Subjetividad Política”, 55-61.
  17. Marx, El capital I, 384.
  18. Iñigo Carrera, El capital. Razón histórica, 24.
  19. Marx, El capital III, 267. “Capital global” es, para Marx, sinónimo de “capital social”; de hecho, en los tomos II y III, suele utilizar el término “capital social global”. En esta tesis no usamos esta última expresión para evitar cualquier posible confusión por la connotación contemporánea del término “global” como opuesto a “nacional”.
  20. Starosta, “Global Commodity Chains and the Marxian Law of Value”, 449.
  21. El “marxismo de la autonomía relativa”, que puede ser rastreado hasta Engels y Gramsci, tuvo sus exponentes más claros en las obras de Althusser, Poulantzas y Miliband de fines de los sesenta. Durante los setenta, en cambio, esta concepción fue fuertemente criticada a partir de los trabajos de los autores del llamado “debate sobre la derivación del Estado”, recopilado en Holloway y Picciotto, State and capital; véase también una excelente crítica de la obra Poulantzas en Clarke, “Marxism, Sociology and Poulantzas”. Desde entonces, han surgido nuevas y variadas perspectivas teóricas, algunas de ellas compartiendo algunos aspectos con la perspectiva que asumimos en esta tesis, en particular respecto de la relación entre el Estado y el capital social (véanse, por ejemplo, Clarke, The State Debate; Reuten y Williams, Value-form and the state). No obstante, las investigaciones concretas basadas en ellas son aún hoy bastante escasas, particularmente respecto al desarrollo general de la sociedad argentina (una excepción es el libro de Bonnet, La hegemonía menemista, explícitamente basado en la tradición del marxismo abierto derivada del debate alemán, aunque con un alcance temporal delimitado a la década del noventa).
  22. “Introducción”, 22-23.
  23. Marx, “Manifiesto comunista”, 56.
  24. Guevara, “Los cambios de la acumulación”.
  25. Iñigo Carrera, El capital. Razón histórica, 174.
  26. Entre las numerosas críticas a la teoría del capital monopolista de fines de los setenta, pueden destacarse Clifton, “Competition and the Evolution of the Capitalist Mode of Production”; Shaikh, “Marxian Competition versus Perfect Competition”; Semmler, “Competencia, monopolio, y diferenciales de las tasas de ganancia”.
  27. Emmanuel, Imperialismo y comercio internacional; Marini, Dialéctica de la dependencia.
  28. Fröbel, Heinrichs, y Kreye, La nueva división internacional del trabajo, 12.
  29. Su crítica a la teoría del intercambio desigual de Emmanuel puede consultarse en Iñigo Carrera, El capital. Razón histórica, 171-175; sobre Fröbel et al., veáse la p. 66 (nota).
  30. Marx, El capital I, 549-550.
  31. Véase, por ejemplo, Cimillo, Acumulación y centralización, 42; también Marini, América Latina, dependencia y globalización, 117, refiriéndose a América Latina en general.
  32. Iñigo Carrera, El capital. Razón histórica, 154.
  33. Esta determinación de la renta de la tierra corresponde a la renta diferencial de tipo I, esto es, a las ganancias extraordinarias que surgen de condiciones naturales diferenciales entre las tierras. La renta diferencial de tipo II es muy similar en su determinación esencial, pero en vez de corresponder a diferentes tierras, se refiere a sucesivas inversiones de capital sobre la misma tierra, cada una de las cuales porta diferentes productividades del trabajo. Ambos tipos de renta corresponden a ganancias extraordinarias provenientes del hecho de que iguales inversiones de capital resultan en diferente producto. La competencia entre los capitales individuales por apropiar estas ganancias extraordinarias tiene por resultado la apropiación de aquéllas por parte de los terratenientes que, considerados como clase, detentan el monopolio sobre estas condiciones naturales de la producción. En este sentido, la renta de la tierra es una forma concreta de realización de la formación de la tasa general de ganancia. La renta absoluta y la renta de simple monopolio, en cambio, surgen del poder de los terratenientes de las tierras marginales de exigir también una retribución por la cesión de las tierras que poseen, elevando el precio comercial por sobre el precio de producción —costo más ganancia media— correspondiente a las tierras de peor calidad. Esta renta obtenida sobre las peores tierras se extiende, multiplicada, sobre las restantes, de mejor calidad. El desarrollo completo de estas determinaciones se encuentra en Marx, El capital III, sec. 6; Para una presentación sintética, vease Iñigo Carrera, La formación económica, 11-14.
  34. Iñigo Carrera, El capital. Razón histórica, 154; Grinberg y Starosta, “Varieties of centre-leftism”. Laclau, en un artículo de fines de los sesenta llegaba a la misma conclusión: “la renta diferencial […] es plusvalía producida por el trabajador extranjero e introducida en el país en virtud de la amplitud de la demanda de materias primas proveniente del mercado mundial”; cf. “Modos de producción, sistemas económicos y población excedente. Aproximación histórica a los casos argentino y chileno”, 294. Esta conclusión sobre la fuente de la renta diferencial surge inmediatamente del planteo de Marx sobre la misma cuestión: “En general, al considerar la renta diferencial debe observarse que el valor de mercado se halla situado siempre por encima del precio global de producción de la masa de productos. […] Es ésta la determinación mediante el valor de mercado, tal como el mismo se impone sobre la base del modo capitalista de producción, por medio de la competencia; ésta engendra un valor social falso. […] Lo que la sociedad, considerada como consumidor, paga de más por los productos agrícolas, lo que constituye un déficit en la realización de su tiempo de trabajo en producción agraria, constituye ahora el superávit para una parte de la sociedad: los terratenientes”; cf. Marx, El capital III, 848-849. No obstante, existe en el marxismo otra postura, principalmente en la tradición soviética, que sostiene que la renta tiene siempre por fuente el trabajo agrario mismo; véase una completa reseña de las posturas en Caligaris, “Dos debates”.
  35. Véase especialmente La formación económica, donde se presentan, además, los resultados de la investigación empírica en que se fundamenta el enfoque de este autor. En el resto del apartado, nos basamos para su exposición en este texto, salvo cuando se indique expresamente otra referencia.
  36. Iñigo Carrera, El capital. Razón histórica, 154.
  37. Grinberg y Starosta, “Varieties of centre-leftism”.
  38. Marx, “Manifiesto comunista”, 60.
  39. Este efecto es inmediatamente evidente en el caso de las retenciones y la fijación de precios. La sobrevaluación actúa de un modo más velado. La sobrevaluación de la moneda nacional significa que por cada unidad de dicha moneda que se intercambia, al tipo de cambio oficial, por la que funciona como dinero mundial, se recibe una mayor cantidad de esta última que la correspondiente a la capacidad real para representar valor de la primera. Dicho de otro modo, cuando la moneda está sobrevaluada, quien cambia moneda extranjera por moneda nacional al tipo de cambio oficial recibe una menor cantidad de riqueza social que la que debería recibir si el tipo de cambio estuviese en la paridad. De este modo, la sobrevaluación es también una forma de interrupción parcial del flujo de riqueza social que fluye hacia los terratenientes. A lo largo de esta tesis se utilizará el cálculo de sobrevaluación (y eventualmente subvaluación) de la moneda nacional realizado por Iñigo Carrera. Su fundamentación y el método de cálculo se encuentran en Iñigo Carrera, La formación económica, 19-20, 31-35.
  40. Lo hacen, primero, importando sus principales medios de producción con la moneda sobrevaluada, que así como reduce el precio interno de las mercancías exportadas, también reduce el costo interno de las importaciones. Segundo, aprovechan la sobrevaluación cuando convierten las ganancias realizadas internamente en moneda nacional a dinero mundial para remitirlas a sus países de origen. Tercero, como vimos, la sobrevaluación (y cualquier forma de reducción del precio interno de las mercancías agrarias exportadas) abarata a través de la competencia también su precio en el mercado interno, reduciendo consecuentemente el valor de la fuerza de trabajo local y, por eso, aumentando la tasa de plusvalía de los capitales industriales. Por último, las tarifas a los que estos capitales extranjeros prestan sus servicios se ubican marcadamente por encima a las vigentes en otros ámbitos nacionales. Cf. Ibid., 79.
  41. El beneficiario inmediato de la sobrevaluación cambiaria que afecta a los exportadores agrarios son los demandantes de divisas, particularmente los importadores y quienes remiten ganancias al exterior. Sobre los primeros, no obstante, el Estado aplica impuestos a las importaciones (con excepciones; por ejemplo, no casualmente, a los ferrocarriles extranjeros). De este modo, las importaciones gravadas pagan impuestos pagados con el beneficio que implica la obtención de divisas abaratadas internamente. Cf. Ibid., 69.
  42. La participación de los terratenientes en la renta total, claro está, estuvo sujeta a fluctuaciones. No obstante, cuando se toman períodos largos, su participación se mantiene llamativamente constante en torno en torno al 40%. Dicho porcentaje es el correspondiente tanto para el promedio del período 1882-1929 como para 1930-2007. Cf. Iñigo Carrera, “Terratenientes, retenciones, tipo de cambio”, 18.
  43. Marx, Teorías sobre la plusvalia, 297.
  44. CEPAL, Desarrollo económico de la Argentina, 252.
  45. Ibid., 253 Lamentablemente la fuente no discrimina, para este año, las inversiones en servicios públicos, como sí lo hace para 1909.
  46. Azpiazu y Kosacoff, Empresas trasnacionales en Argentina, 10.
  47. Iñigo Carrera, La formación económica, 81-82.
  48. Wilkins, “Multinational Enterprise to 1930”, 56; Wilkins, “The Free-Standing Company”, 263.
  49. Nos referimos a lo que suele clasificarse dentro del “sector industrial”, esto es, las ramas que transforman materias primas en productos elaborados o semielaborados. Marx, en cambio, entiende por “capital industrial” aquél que en su ciclo pasa por la forma de capital productivo (Marx, El capital II, 117 y ss.), extendiendo de hecho el término a todos los capitales que producen plusvalor y oponiéndolo al capital comercial y al capital prestado a interés (Marx, El capital III, 343 y ss.; 433 y ss.). A lo largo de la tesis, cuando hablemos de capital industrial, no estaremos refiriendo a este sentido que le da Marx al término
  50. Wilkins, “Multinational Enterprise to 1930”, 51-53; Jones, “Multinationals 1930s to 1980s”.
  51. En el capítulo 6 se presentan varias estimaciones sobre montos efectivos. La más cautelosa es de 160 millones de dólares, mayor al de las inversiones autorizadas de cualquiera de las ramas del sector industrial.
  52. Sourrouille, El complejo automotor; Jenkins, Engines of Development?; Nofal, Absentee Entrepreneurship.
  53. Hay que decir, para ser justos, que no fueron escritos con motivos académicos; además, algunos de ellos resultan importantes porque se trata de testimonios de actores involucrados; por ejemplo, las obras de Frondizi, Petróleo y Nación; Sábato, “Prólogo”; Sábato, Petróleo, liberación o dependencia.
  54. Gadano, Historia del petróleo en la Argentina; Kaplan, Estudios sobre política y derecho del petróleo argentino, 1907-1955; incluso Solberg, Petróleo y nacionalismo que formalmente abarca hasta la década del setenta se concentra en las primeras décadas de la industria.
  55. Kozulj y Bravo, La política de desregulación petrolera argentina; Mansilla, Hidrocarburos y política energética.
  56. Dos ejemplos que proveyeron abundante información son el informe de la Comisión Investigadora sobre Petróleo de la Cámara de Diputados y los estudios del Consejo Federal de Inversiones sobre el sector petrolero; cf. Cámara de Diputados de la Nación, “Diario de sesiones”, 6017 y ss.; Consejo Federal de Inversiones (Argentina), Programa conjunto (2do. informe).


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