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Vectores posthumanos de la guerra en tiempo real

Alfredo Saab Monroy

Inicio desvanecido: helicópteros Black Hawk en la base aérea de Bagram, al norte de Kabul (2002).
Treinta años antes

Tal vez porque estaba asustado e indignado. O quizá por esa necesidad de respuesta intelectual ante los desvaríos sociales. Lancé la idea de crear un artículo sobre la guerra actual desde una perspectiva postantropocéntrica al espacio virtual donde se encontraban las voces del grupo latinoamericano de posthumanismo crítico. La consecuente reacción, detrás de la pantalla del computador, fue un largo y extendido silencio. Tan intenso que me carcomía los huesos. Cada uno de nosotros vio el suspenso pasar del ojo derecho al ojo izquierdo, como el botar de una pelotita anaranjada de ping-pong. Ese que dice: sigo pensando. En la piel podíamos sentir la fijeza de la mirada de aquellos cuerpos que aguardaban, incluido yo. La tensión fue demasiada para nuestros humildes y débiles cuerpos sin antiparras. Como intentar pilotear un hidroavión para llevarlo lejos de los descentramientos filosóficos. Así tuvimos que esperar hasta que la muerte del silencio nos hizo desfallecer. Detrás de atropelladas palabras, los oídos alcanzaron la conclusión inicial: la guerra es antropocéntrica, es una cuestión exclusivamente humana. Los insectos, por ejemplo, no hacen guerras. Según recuerdo, las oraciones fueron pronunciadas por el ínclito Botticelli, pero no estoy seguro. A modo de expresión grupal, porque todos estábamos de acuerdo con el laudo manifiesto. Vamos entonces al asunto: la escritura en tiempo real, símil extraído del servicio de “ubicación en tiempo real” por WhatsApp.

El silencio se convirtió en un sospechoso imaginado. Me perseguía con afectadas intenciones. Mi yo paranoico se ocultaba en cada recoveco interno, hasta que era descubierto y controlado a la distancia por ese mutismo macabro, disfrazado de soldado. Cuando volví al paisaje blanco de la aplicación Word, escuché una tímida voz a kilómetros de distancia. Era el nacimiento de un grito.

Luego de esquivar una pandemia y de permitírsenos salir a la calle para ir de compras, aparecieron inquietantes imágenes de guerra. El 24 de febrero de 2022, Rusia invade Ucrania, acompañada de una provocadora beligerancia con la OTAN. El 7 de octubre de 2023, el grupo terrorista Hamás ingresa a Israel, con el consecuente asesinato de 1400 personas y el secuestro de otras 252 (Priego, 2024, párr. 1). Tales hechos han dejado vislumbrar que la guerra de hoy no tiene nada que ver con la invasión a Afganistán de 2001 a 2021. Tampoco su incidencia global, ni su vicisitud ética en tiempo real. Pero es importante resaltar algo que tienen en común: la cercanía temporal: 2021, final de Afganistán; 2022, inicia invasión a Ucrania; 2023, ataque a la población civil de Israel; 2025, Gaza en hambruna.

Tenemos la esperanza de que, cuando el lector llegue a este texto, se hayan ejecutado acuerdos de paz para las dos conflagraciones. Pero si no es así y el conflicto se prolonga en el tiempo, estaremos unidos de forma fraterna a aquellos lectores que se sienten agobiados, sin esperanza e impotentes. Además, esperamos que la investigación pueda aportar ideas para una mayor comprensión de la agencialidad no humana presente en las guerras actuales, así como un esquema cartográfico de los cambios a que se ha visto arrastrada la guerra contemporánea, en comparación con conflictos bélicos anteriores de incidencia mundial. Estos combates han sido escogidos porque van más allá del terrorismo y desbordan la dimensión armada presente en el interior de un Estado nación. Podríamos decir, en un sentido inverso, que en esas áreas geopolíticas hay una tentación explícita de intervención internacional. Además, son lugares donde podemos observar con mayor claridad los vectores posthumanos de la guerra encaminada al futuro. Los vectores son factores materiales agenciales, máquinas, magnitudes y direcciones, en el espacio germinado del conflicto. Representados por imágenes conceptuales en movimiento. Que emergen de la asociación rizomática y descansan en la innovación de la discontinuidad. El término vector aludido en este ensayo tiene que ver con las directrices que toma la guerra con un alcance híbrido, donde lo no humano intra-acciona con lo humano, desplazándolo. El concepto-vector implica movimiento, impacto, significado y contexto porque viaja entre varias disciplinas y se nutre de las diversas situaciones que intenta caracterizar (Parikka, 2023, p. 7; Bal, 2009).

El inicio de nuestra reflexión comienza por estudiar la guerra como un principio humanista. Termina con la caracterización de los vectores posthumanos que intervienen en la guerra y la descentran del antropomorfismo. Lo que quiere decir que el posthumanismo nos proporciona una metodología filosófica. Hablar de agencialidad material, cartografía, arqueología de los medios, entre otros factores, es posible porque seguimos la dirección del vector posthumano. No se trata de etiquetar la guerra diciendo “hasta aquí es humanista, hasta aquí posthumanista” o “hasta aquí transhumanista”. Se trata de analizar la guerra con una metodología posthumana, es decir, viendo la guerra de forma descentrada. Lo que implica salir del antropocentrismo para poder ver la agencialidad no humana. La guerra mantiene su eje humanista cuando se estudia desde los derechos humanos, con la intención de crear instituciones en la posguerra para, a modo de supuesto, evitar la guerra que viene del futuro y no repetir las atrocidades generadas por las que ya fueron. Pero esas expectativas en la mayor parte de las situaciones bélicas no se han cumplido. Por ejemplo, lo que ha ocurrido con la invención de campos de concentración. Muchas veces han sido planteados como estrategia de guerra después del uso hecho por el nazismo. O las maniobras de comunicación más usadas hasta el día de hoy son las enseñadas en la Segunda Guerra por Joseph Goebbels: una mentira repetida muchas veces por los medios de comunicación se convierte en verdad. O el uso de la propaganda política, en el uso cinematográfico de Eisenstein en la URSS y de Leni Riefenstahl en Alemania. O el modelo de comportamiento social asumido por Hollywood durante los años cincuenta en Estados Unidos.

Desde la perspectiva humanista, el desafío está en rescatar el valor irreductible de la vida en medio de la deshumanización tecnológica. Ninguna estrategia militar, ni justificación ideológica, puede legalizar el sacrificio de inocentes o la invasión y toma de territorio ajeno. Así, el humanismo se convierte en una voz crítica que exige poner límites éticos a la violencia, para abrir horizontes de reconciliación, diálogo y memoria compartida. Pretende que la máquina de guerra no anule lo esencialmente humano: la capacidad de reconocer al otro como semejante.

Si estudiamos la guerra desde un eje transhumanista llegaremos a conclusiones tales como: la tecnología de Israel es superior a la de los países del Medio Oriente, por eso podemos afirmar que es una nación más evolucionada. Armaos para la guerra y mantendréis la paz. Una nación que produce alta tecnología es próspera e igualitaria. Las armas inteligentes son la única forma de defendernos del terrorismo. Los actos de Israel se justifican por el atentado de Hamás y la continua incertidumbre ante el peligro del terrorismo.

Tanto la visión humanista como la visión transhumanista mantienen análisis tradicionalistas que repiten los conceptos propuestos por las organizaciones globales fundadas después de la Segunda Guerra Mundial. Esos enfoques están congelados en el tiempo, porque descartaron la hibridación entre humano y máquina. Tampoco incluyen la autonomía y agencialidad de la máquina. En un modelo de análisis establecido con lo sucedido durante la Guerra Fría, a partir de la concepción de Estado-nación fosilizada. Los soldados no luchan como individuos biológicos aislados, sino como seres expandidos en redes, drones, algoritmos y sistemas de información. La Guerra Fría inventó la utopía del soldado perfecto, inseparable de la máquina. El triunfo depende de la capacidad de hibridación de las sociedades con tecnologías producidas dentro de un sistema político que se considera a sí mismo verdadero. Así hace legítima la anexión de nuevos territorios. El nuevo ciudadano es obediente, sano e inmortal. Transita del humanismo a la inmortalidad.

La innovación de los estudios posthumanistas radica precisamente en el reconocimiento de la agencialidad de la materia. En la territorialización y la desterritorialización de la máquina de guerra. En la participación de los medios de comunicación, como aparatos autónomos, en el proyecto cyborg. Hablamos de soldados, población civil y víctimas unidos a celulares y aplicaciones que filman lo que está sucediendo en tiempo real, o detienen drones, o mandan mensajes a sus familiares, entre otras oportunidades que nos brinda la última tecnología con inteligencia artificial. Se trata de la imagen de la guerra puesta al descubierto en una realidad especulativa o, si se quiere, mirada desde un nuevo materialismo.

Preguntas como: ¿cuál es el significado de la guerra hoy? ¿En qué medida las máquinas determinan el éxito o el fracaso de un conflicto armado? ¿Para qué sirven las guerras que pretenden la desaparición del dispositivo humano en el campo de batalla? ¿Cuál será el rol de los organismos supranacionales en el caso de una guerra robótica? ¿Existen armas inteligentes? ¿En qué medida el humano puede crear una guerra total que involucre la destrucción del mundo, como hoy lo conocemos? Entre muchas otras, estas preguntas forman parte de esa reflexión que quiere acercarse, desde la metodología del posthumanismo crítico, para mostrar la evidente contradicción humanista en la guerra del siglo XXI. De un lado, la continua lucha por los derechos humanos. Del otro, la destrucción inmisericorde de la población civil en las naciones participantes de un conflicto armado. La vida tiende a ser considerada, en un extremo, un desecho, un daño colateral. En el otro, sigue la obsesión por la vida que vale en tanto me identifico con y puedo hacer parte del bienestar capitalista.

El término que domina el pensamiento estadounidense define la guerra como la violencia organizada para alcanzar fines políticos (Metz y Cuccia, 2011, p. 1). El planteamiento de guerra de espectro completo, en la versión del Pentágono, indica una multiplicación de medios, frentes, herramientas y estilos en una combinación que intenta agotar todas las posibilidades de defensa del contrario (Ceceña, 2023, p. 42). Los avances en tecnologías, captación y procesamiento de datos transitan todas las dimensiones de la guerra. La autonomía de las máquinas y el trabajo de hackers colocan el centro de gravedad estratégico en los ciberataques. La guerra se desarrolla en nuevos dominios, como el espacio exterior y el ciberespacio. Por eso exigen una rápida adaptación de los combatientes. Desde la perspectiva estadounidense, los oponentes potenciales prefieren tipos de guerra distintos al convencional a gran escala. Tienden a durar más en el tiempo, aplicando una estrategia de desgaste, en oposición a una de aniquilación total (Metz y Cuccia, 2011). De todas formas, la definición de guerra en el siglo XXI sigue en debate. Organizaciones distintas de los Estados libran guerras. Factores como el terrorismo o el armamento nuclear generan guerras irregulares, menos predecibles, donde los participantes son difusos.

En este artículo analizamos las dos guerras que han tenido mayor impacto en los medios de comunicación. Lo hacemos así porque hoy los medios no solo registran la guerra, sino que son partícipes. Son usados por los militares para crear narrativas convenientes, donde se justifica la destrucción masiva y se igualan las acciones de la guerra a actos buenos y necesarios. En ese sentido, no resulta exagerado señalar que los propios medios de comunicación se convierten en armas de guerra. De allí que resulte significativo describir las armas utilizadas en cada conflicto. La tecnología armamentística resulta uno de los factores no humanos que es aprovechado para experimentar el alcance de destrucción que puede alcanzar en el campo de batalla. Se espera que cada vez sean más autónomas. Que colaboren en la reducción del número de muertes de soldados en operaciones militares.

Rusia-Ucrania

Rusia invadió Ucrania el 24 de febrero de 2022. Desde ese día, Rusia ha utilizado al menos seis tipos de “municiones en racimo”. Explotan en el aire, diseminando cientos de bombas más pequeñas. Están prohibidas desde 2010 por una Convención Internacional (“Ukraine: Russia’s Odesa Cluster Munition Attack harms Civilians”, 2024, párr. 15).

El ejército ucraniano también las utiliza. En julio de 2023, el presidente estadounidense Joe Biden permitió el envío de bombas de racimo a Ucrania (Latschan, T., 2024, “Bombas de racimo en ambos lados”, párr. 1-2).

En esa guerra también se han usado “minas antipersona”. Prohibidas internacionalmente desde 1997, han contaminado los campos de batalla en Ucrania, constituyendo una amenaza mortal a la población (“Ucrania y Rusia: Hay que investigar como posibles crímenes de guerra el uso de minas antipersonal que quedaron tras la ocupación rusa”, 2024, párr. 1).

Desde comienzos de 2023, las fuerzas rusas han usado miles de “bombas planeadoras” para disminuir la infraestructura ucraniana en el campo de batalla o atacar zonas residenciales civiles. Son bombas convencionales de “caída libre” acopladas con alas plegables y sistemas de navegación satelital.

Aunque la Convención de Ginebra prohibió el uso contra civiles de “bombas de fósforo”, compuestas de fósforo blanco y una mezcla de gasolina y caucho, estas armas son utilizadas por Rusia como bombas incendiarias porque los vapores producidos son muy tóxicos. Las bombas prenden al contacto con el aire y alcanzan temperaturas de hasta 1300 grados. Además, la explosión libera cientos de partículas en ardor, causando quemaduras graves.

Los proyectiles de uranio empobrecido utilizados por Ucrania y enviados como ayuda por Estados Unidos pueden atravesar el blindaje de un tanque. Su revestimiento de polvo de uranio levemente radiactivo se libera en el interior del vehículo, inflamándose al entrar en contacto con el aire y quemando toda la cabina. No existe ninguna convención internacional que prohíba el uso de municiones de uranio.

Ucrania también ha empezado a usar misiles balísticos MGM-140 ATACMS de largo alcance, diseñados y fabricados por la compañía de defensa estadounidense Lockheed Martin. Pueden ser disparados desde una plataforma de lanzamiento múltiple M270 o del Sistema de Misil de Artillería de Alta Movilidad M142, mejor conocido por sus siglas en inglés HIMARS. El misil de crucero franco-británico SCALP/Storm Shadow ha sido un arma verdaderamente decisiva para Ucrania, desde su entrega antes de la contraofensiva del verano/otoño de 2023. En particular, han permitido romper el bloqueo ruso del mar Negro. De la misma forma, los sistemas de interceptación de misiles que Occidente ha enviado a Ucrania –el Patriot estadounidense, el IRIS-T alemán, el SAMP/T franco-italiano, etc.– han demostrado ser especialmente eficaces a la hora de crear escudos protectores sobre las ciudades ucranianas. Ucrania usa, a la par, los MLRS (Multiple Launch Rocket System), sistemas de artillería móviles que pueden disparar varios cohetes –de varios tipos– durante una breve ventana de tiempo.

Los drones turcos Bayraktar y otros modelos similares, usados por Ucrania, desempeñaron un papel fundamental en la segunda fase de la guerra, contra las columnas rusas. En general, los drones son esenciales para la artillería en términos de adquisición de objetivos e inteligencia táctica (Saillofest, 2024, “Drones”, párr. 2). No obstante, el espectro electromagnético puede utilizarse de forma defensiva u ofensiva. Desde los primeros días de la guerra, los ucranianos hicieron un uso masivo de la electrónica a través de sus celulares. Por ejemplo, con la aplicación Diia, creada inicialmente como plataforma para alojar documentos administrativos, pueden enviar la posición de las tropas rusas presentes en el país mediante la función “e-Enemy”. La electrónica también pudo ayudar a neutralizar o desviar las trayectorias de drones y misiles teledirigidos por parte de Rusia. Miles de efectivos en cada lado trabajan en unidades especializadas para incapacitar los drones, distorsionar los sistemas de comunicaciones y desviar los misiles enemigos como los Himars. Las fuerzas rusas tienen el sistema Zhitel para incapacitar todas las comunicaciones satelitales. El sistema puede emitir señales de radio desde teléfonos móviles y enormes pulsaciones de energía electromagnética. Con la unidad Shipovnic-Aero, logran derribar un dron a 10 km de distancia, o encontrar la posición de los pilotos y enviar sus coordenadas a las unidades de artillería. “Las fuerzas de la OTAN podrán tener armas técnicamente superiores a las que posee Rusia, pero Rusia ha demostrado que puede usar un equipo relativamente barato para desactivarlas” (Aksenov et al., 2024, “Guerra electrónica: una manera barata de incapacitar armamento costoso”, párr. 7).

En el ataque a la ciudad de Dniéper en el este de Ucrania se llevó a cabo el lanzamiento de un nuevo misil fabricado por Rusia. Se trata de Oreshnik, con alcance medio, carga útil hipersónica no nuclear y velocidad de 2,5 a 3 km/s. Según versión oficial.

Israel-Hamás

Las operaciones militares israelíes en Gaza causadas por los ataques de Hamás el 7 de octubre de 2023 han originado un daño irreparable a la población palestina de Gaza. La destrucción de la infraestructura urbana y de barrios residenciales ha generado el desplazamiento forzado de 1,9 millones de palestinos, el noventa por ciento de la población, originando una catástrofe humanitaria sin precedentes. Los continuos bombardeos, la denegación y obstrucción de ayuda humanitaria hicieron que colapsaran las redes de agua y saneamiento, los sistemas de producción de alimentos y los servicios básicos de salud de Gaza.

El Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos, Volker Türk, afirmó que los muertos suman 40 000 en territorio palestino. La mayoría, mujeres y niños. También calificó de perturbadora la magnitud de la destrucción de viviendas, hospitales, escuelas y lugares de culto por parte de esas fuerzas armadas de Israel (“Gaza: Al sumar 40.000 los muertos, el mundo marca hoy un hito lúgubre”, 2024, párr. 1-3).

Durante el ataque terrorista de Hamás murieron más de 1100 personas, quedaron heridas unas 8730 y fueron secuestradas 240. Desde inicios de octubre de 2023, Israel no ha parado de bombardear a lo largo y ancho de Gaza. Según datos del Ministerio de Salud de Gaza, a fecha del 15 de enero de 2025, al menos 46 707 palestinos han sido asesinados, incluyendo más de 18 000 niños. Se presume que a los seis meses del conflicto habían muerto más de 10 000 mujeres. Entre mujeres y niños suman el 70 % de las víctimas por la guerra en Gaza. Además, aproximadamente 10 000 cuerpos siguen bajo los escombros de la guerra. Han sido destruidos en su totalidad alrededor de 170 000 edificios (Pérez Gallardo, 2025, párr. 3, “Más de 44.700 muertos y miles de desaparecidos”, párr. 2, “18.500 millones de dólares en daños a la infraestructura”, párr. 3). El ejército israelí ha asesinado a más mujeres y niños de Gaza que en cualquier otro conflicto reciente en un solo año (Oxfam, 2024, párr. 2). Los informes de las Naciones Unidas sobre los niños y los conflictos armados de los últimos 18 años muestran que ningún otro conflicto mató a un número mayor de niños en un año. Un informe de la organización Every Casualty Counts examinó datos sobre más de 11 000 niños asesinados en los primeros dos años y medio del conflicto en Siria, lo que supone una media de más de 4700 muertes al año. Según el Ministerio de Salud gazatí, más de 16 500 niños han sido asesinados estos 12 meses en el enclave palestino. Además, la ONU estimaba que en octubre de 2023 había al menos 50 000 mujeres embarazadas en Gaza. Se calcula que a diario hubo unos 183 partos, muchos de ellos en condiciones precarias. Informes indican que algunas mujeres han tenido que dar a luz sin anestesia, bajo bombardeos. La falta de electricidad ha obligado a realizar procedimientos en la oscuridad. Según informe del IPC (Clasificación Integrada de la Seguridad Alimentaria), el 96 % de la población está al borde de la hambruna (“El 96 % de la población de Gaza pasa hambre”, 2024, párr. 1).

El escudo Cúpula de Hierro de Israel, diseñado para interceptar misiles de corto alcance, fue instalado en 2011. No obstante, en el reciente ataque de Hamás fue utilizado como distractor. Se dispararon en un corto periodo de tiempo 4400 cohetes, como estrategia para lograr entrar por aire, mar y tierra a Israel. El Domo de Hierro no puede interceptar cada misil. Las baterías están hechas de misiles interceptores, radares y sistemas de comando que analizan dónde pueden caer los cohetes enemigos. Solo interceptan aquellos que están dirigidos hacia áreas civiles. La Fuerza de Defensa Israelí (IDF, por sus siglas en inglés) dice que 255 cohetes fueron lanzados contra Israel desde el inicio de la operación. Solo 71 fueron interceptados por el Iron Dome. También afirma que uno de sus objetivos es reducir al mínimo las víctimas civiles, pero se contradice cuando toma la decisión de atacar casas de conocidos comandantes militares de Hamás, acción condenada por grupos de derechos humanos. Otra práctica militar es llamar a los residentes para advertirles que abandonen las casas antes de cualquier ataque. Las supuestas órdenes de evacuación emitidas por Israel han sido catalogadas como ilegales por la ONU, instaurando éxodos de más de un millón de personas en menos de 24 horas.

Algunos de los fusiles utilizados por Israel son: el fusil de asalto ARAD de IWI, que está diseñado para el uso de infantería; y el fusil de asalto TAVOR, desarrollado en estrecha colaboración con las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI). Ha sido probado rigurosamente por las FDI en todo terreno y se ha desempeñado impecablemente. Actualmente, las unidades de infantería de las FDI y las Fuerzas Especiales usan el TAVOR como su fusil de asalto primordial (Israel Weapon Industries [IWI], recuperado el 11 de febrero de 2025). El Gobierno de Israel aprobó el presupuesto de guerra para 2025: 10 668 millones de dólares (“Israel aprueba presupuesto de 2025 con recortes y aumentos de impuestos en medio de guerra”, 2024, párr. 1 y 2).

Los sistemas de menor alcance para la defensa de Palestina incluyen morteros pesados y cohetes Grad y Qassam que cubren hasta 48 km y 17 km, respectivamente. Estos cohetes amenazan pueblos y ciudades del sur de Israel, como Sederot, Ashkelon e incluso Beersheba y el puerto de Ashdod. Hamás cuenta además con el cohete de mayor alcance Fajr-5, a veces también conocido como M75. Puede alcanzar hasta 75 km, con lo que supone una amenaza para centros muy poblados como Tel Aviv y Jerusalén. Una novedad es el uso de un misil de fabricación siria: el Khaibar-1. De acuerdo con la Associated Press, el arsenal de Hamás también incluye rifles de asalto, ametralladoras pesadas, granadas propulsadas por cohetes y armas antitanques, entre otros (Plazas, 2023, “¿Con qué armamento cuenta Hamás?”, párr. 3). 

Israel-Hezbollah

“Una guerra de exterminio en todo el sentido de la palabra”. Así describió el primer ministro libanés, Najib Mikati, los ataques israelíes (Paredes, 2024, párr. 1). Pese a sus enormes capacidades militares y su supremacía en el aire, Israel ha sufrido en su operación terrestre en el Líbano. No logró controlar las ciudades del sur, ni neutralizar la capacidad de lanzamiento de cohetes de Hezbolá en el norte. Atacar al Líbano fue una oportunidad que se le presentó a Israel cuando sintió que había destruido las capacidades de Hamás en Gaza, después de la intervención de buscapersonas y walkie-talkies para que explotaran, causando un daño colateral sin precedentes a la población civil. Según el Ministerio de Salud libanés, murieron 12 personas por cuenta de las explosiones de los beepers y cerca de 3000 resultaron heridas. Mientras se realizaban los funerales de algunas de esas víctimas, ocurrieron nuevas explosiones, esta vez de walkie-talkies, que dejaron otros 20 muertos y 450 heridos. Se cree que las explosiones se produjeron como resultado de la implantación por parte de Israel de material explosivo en los dispositivos electrónicos. En cada aparato se habrían implantado entre 28 y 57 gramos de material explosivo junto a su batería, con un interruptor que podía ser accionado de manera remota. Empezó a salir humo de los bolsillos de la gente y luego se produjeron pequeñas explosiones que sonaban como fuegos artificiales, dijeron algunos testigos. Las explosiones continuaron durante aproximadamente una hora, según informó la agencia de noticias Reuters (“Un ataque sin precedentes: cómo ocurrieron las explosiones de beepers y walkie-talkies que han dejado decenas de muertos y miles de heridos en el Líbano”, 2024, párr. 1-2).

Los drones israelíes atacan objetivos delatados por la geolocalización de teléfonos móviles. El sistema de buscapersonas se introdujo en Hezbollah porque, a diferencia de los celulares, no permiten geolocalizar al usuario.

Los bombardeos causaron la muerte de más de 490 personas y produjeron más de 1600 heridos, según el ministro de Salud libanés. La incursión más violenta en el Líbano desde la guerra en 2006. No obstante, el ejército israelí ha sufrido un número creciente de bajas en el sur del Líbano. A lo que se añade el agotamiento, los efectos políticos y económicos de tener que atraer a cada vez más reservistas al conflicto. Cuando Israel realizó una operación sobre unos 1300 objetivos de Hezbollah, recibió como respuesta cerca de 160 misiles que alcanzaron zonas urbanas. Según el Ministerio de Salud del Líbano, con la operación Flechas del Norte han muerto al menos 558 personas, entre ellas 50 niños y 94 mujeres, con casi 500 000 personas desplazadas del sur del Líbano (“Líbano/Israel: Aumenta el temor por la seguridad de los civiles a medida que sigue aumentando el devastador número de muertos en el Líbano”, 2024, párr. 1-4).

Hemos querido describir la guerra desde un enfoque exclusivamente armamentístico porque es el principal componente no humano. En la tecnología de armas se ha puesto en juego el desarrollo más alto que puede alcanzar una máquina. Además, de forma particular en estos conflictos tan cercanos, la pregunta sobre el para qué de la guerra cae al vacío. No se entienden sino como consecuencia de un orden global decadente. Donde la lucha por los derechos entra en contradicción con los cuerpos abandonados por la guerra estática y prolongada en el tiempo. Un conflicto que no tiene solución, porque lo que quiere es permanecer en el tiempo.

El posthumanismo desde los vectores Israel-Hamás-Hezbollah y Ucrania-Rusia

Algoritmo

Las guerras en tiempo real presentan dinámicas que desafían las concepciones tradicionales de la guerra. Porque resaltan la creciente influencia de la tecnología en la configuración del campo de batalla y la violencia. La guerra en el siglo XXI se ha caracterizado por una constante disolución de las fronteras entre lo humano y la tecnología de armas y medios de comunicación. El uso imprescindible de infraestructuras digitales, sistemas inteligentes y dispositivos cada vez más autónomos cuestiona la centralidad del ser humano como único actor en la guerra. La toma de decisiones en la ejecución de ataques depende de la agencia de las máquinas y de las redes de información. En el caso del conflicto Israel-Hamás-Hezbollah, sistemas de defensa automatizados como la Cúpula de Hierro demuestran la creciente autonomía de la tecnología militar. El sistema intercepta misiles sin intervención humana directa; lo hace a partir de la precisión algorítmica.

La Segunda Guerra Mundial estaba profundamente ligada a la certeza en el acto de disparar del soldado. La puntería, la disciplina y la capacidad de un combatiente para calcular la distancia, anticipar el movimiento del enemigo y ejecutar un disparo preciso eran elementos decisivos. Hasta en el lanzamiento de la bomba atómica, hace ochenta años, la eficacia dependía en gran medida de la pericia humana. La sangre fría del piloto fue determinante. La guerra era un campo donde lo primordial era el entrenamiento físico y mental. La voluntad individual marcó la diferencia entre el éxito y la derrota.

Hoy, en cambio, la eficacia bélica depende de la certeza algorítmica. El disparo ya no se decide principalmente por el ojo del soldado, sino por sistemas automatizados de detección, seguimiento y predicción. El uso de “guiado terminal”, que es una técnica mediante la cual el piloto selecciona manualmente un objetivo, y luego la IA completa el ataque de forma autónoma.

En la guerra entre Ucrania y Rusia, los ciberataques han demostrado ser fundamentales en la detección de drones. La guerra no se libra exclusivamente en el campo de batalla físico, sino en el espacio virtual. Aparece un nuevo campo de batalla a través de internet, de las plataformas sociales. El campo de batalla se ha extendido más allá de un espacio físico y se encuentra ubicado en múltiples contextos (Ford y Hoskins, p. 116). Lo que evidencia un desplazamiento del protagonismo humano hacia redes de información, algoritmos predictivos e inteligencia artificial.

Espacio imaginado

La guerra del siglo XXI se ha librado en dos frentes concretos: el territorio imaginado y los medios de comunicación. El territorio no es exclusivamente físico, sino debatido por una disposición geopolítica de orden internacional. Más bien, imaginado por la intervención de organismos globales. Lo que dicen esos organismos termina siendo el territorio disputado en niveles sociales, económicos y éticos. El problema es que esos organismos internacionales muchas veces desconocen las diferencias culturales en la conformación de las naciones-Estado o, simplemente, no tienen en cuenta la inmersión histórica de los pueblos, su pertenencia a una tradición no democrática. Asimismo, el territorio se extiende al espacio virtual, se digitaliza. Está dibujado por la fluidez de los datos almacenados en la nube. Está figurado por el registro continuo de dispositivos inteligentes. Las fronteras del terreno imaginado y extendido son difusas, aún más cuando son puentes de acceso forzoso para ir de un lugar al otro.

En la guerra de los Balcanes de los años noventa, particularmente entre Serbia y Kosovo, el terreno físico fue decisivo. La ocupación física del territorio implicó control real y visible de las poblaciones. La violencia estuvo anclada en la posesión material de la tierra. Limpiar étnicamente significó expulsar cuerpos de casas y aldeas, borrar la presencia del otro en un espacio concreto. El mapa de la guerra coincidía con el mapa de la tierra. El combate fue ligado a un territorio que se podía coger con las manos, que estaba cultivado y habitado por una etnia concreta. La tierra se convirtió en el cuerpo desalojado. En cambio, en Palestina y en Ucrania el conflicto se propone a través de un espacio imaginado. Es así porque es un espacio elaborado por los medios de comunicación. Que deja de lado el terreno físico. El espacio imaginado o mediático va más allá de un lugar geográfico, es una construcción simbólica y narrativa que se forma a partir de imágenes y discursos o, si se quiere, de representaciones y relatos que circulan en los medios de comunicación. Que convergen en su mayor parte en las redes sociales. El espacio imaginado es combinación de nacionalismo, memoria colectiva e imágenes cautivadoras para teléfonos inteligentes. A diferencia del espacio físico, que se mide en kilómetros, el espacio imaginado se mide en significados, percepciones y afectos. El territorio narrado está más allá de la materialidad y tiene más fuerza. Por ejemplo, no hay Estado palestino, pero las imágenes de la guerra indican alguna frontera. Pocos son los espectadores que saben cuánto mide el terreno palestino, su diferencia en medida con el terreno israelí. No obstante, los terrenos imaginarios se igualan en las pantallas de los móviles. En el caso de Ucrania, no se sabe con exactitud qué terreno está en posesión de los rusos, para qué lo usan o cómo lo gobiernan. Dónde se dan con exactitud los combates. El ataque con drones ha sido privilegiado en esta guerra; el espacio imaginario es paralelo al recorrido de los enjambres. En la guerra Israel-Irak, el espacio imaginado fue el recorrido de los misiles, lanzados a kilómetros de distancia de la frontera de la nación, admitida por los organismos internacionales.

En Gaza, el territorio real se ha visto reducido, cercado, devastado; sin embargo, su proyección simbólica es planetaria. Cada bombardeo se multiplica en redes sociales, cada imagen deviene territorio moral y político que disputa legitimidades en la conciencia global. El espacio físico palestino carece de fronteras legales, es un no lugar de no batalla. Imaginado y replicado de forma infinita en los medios de comunicación. La guerra se vuelve la reproducción industrial de imagen-sonido, se libra entre narrativas, donde se pierde la perspectiva de legítima defensa. La ocupación de Palestina entra en las casas de los consumidores de medios de comunicación. La guerra se padece a la manera de un videojuego. El espacio imaginado está muy cerca del espacio del videojuego.

En el caso de Ucrania, el territorio ocupado se debate en las mesas de negociación, con personas que nunca estuvieron en el terreno físico de Ucrania. La guerra está aparentemente sobre campos, ciudades y fronteras físicas. Pero esa materialidad se abrevia en los surcos ideológicos e históricos: Ucrania como “frontera” de Europa, como “territorio” de la OTAN, como “parte” de una Rusia imperial. Tal vez fue un territorio físico que nunca existió, porque fue parte de la URSS. El espacio se pliega imitando un viejo tablero de ajedrez que estaba guardado en una habitación perdida en el tiempo de la Guerra Fría. La guerra contemporánea salta de la tierra pisada a la tierra sin gravedad.

Narrativas en conflicto

El otro frente de guerra es la narrativa creada por los medios de comunicación. El proceso de interconexión de los individuos y sus dispositivos digitales convierte a las personas en parte de la guerra. Son sujetos de ella. Las personas registran la guerra y, sin saberlo, consiguen datos que son utilizados por los que se dedican a generar objetivos en el campo de batalla. Esos datos representan la oportunidad de vigilancia y control en la guerra (Ford y Hoskins, 2022, pp. 73-74). El entorno en el que los datos se rehacen de forma continua y a gran velocidad desplaza la centralidad del usuario. La guerra se libra y experimenta dentro de una infraestructura de información que mezcla lo humano y lo no humano (p. 74). Las narrativas de los medios de comunicación, expresadas por cada usuario o por instituciones consolidadas a partir de la transmisión de información, confunden al público porque no se sabe cuál es la verdad. Cuando todos participan en la guerra, ¿cómo se distingue entre civil y combatiente? (p. 75). Las múltiples narrativas anuncian el colapso de las categorías binarias: guerra-paz, combatiente-civil, adentro-afuera. El territorio imaginado y la narrativa creada por los dispositivos genera espacios de actividad éticamente ambiguos, con contornos mal definidos y una estructura compleja (p. 78). A lo anterior hay que añadir que la vertiginosa variedad de narrativas y la crisis de representación de la guerra están en permanente cambio. Dada la amplia disponibilidad, accesibilidad y presencia de dispositivos y medios digitales, se crea una profusión ilimitada de diferentes perspectivas. Lo que hace inviable llegar a una clara certeza de lo que está ocurriendo.

Los ejércitos hoy son conscientes de la existencia y el poder de los medios de comunicación. Ellos mismos son medios de comunicación. Cada acción militar debe estar acompañada de una narrativa que la justifique. Hasta el extremo ético de convertir la guerra en un buen espectáculo. En las últimas guerras, la transformación se produce cuando nos damos cuenta de que el triunfo de las acciones militares no está en demostrar el poder tecnológico, sino en la capacidad de crear narrativas con los medios digitales. Verbigracia, la radical censura en los medios a cualquier comentario en contra de las operaciones militares de Israel, o la continua alusión al racismo. Aunque el avance tecnológico de una nación deja atónitos a los espectadores, hace más bien parte de un espectáculo; no gana la guerra, construye una narrativa, la de la desigualdad, la del aplastamiento del otro.

Desde una óptica posthumanista, la guerra es híbrida. Un lugar donde ocurre la fusión entre humano y máquina. El cuerpo, el arma y el medio se combinan para inventar un soldado cyborg. El ideal de la ciencia ficción que cuenta la obsesión por la fabricación en serie de este tipo de soldados.

Otro factor es la población civil. Los cuerpos humanos pueden volverse irrelevantes o secundarios en el proceso bélico. Los cuerpos caen bajo el estruendo de las bombas, están atrapados bajo los escombros, son expulsados por misiles, perseguidos con drones:

La muerte mecanizada, así como la visión mecanizada, operan directamente sobre las lógicas sensibles de los cuerpos, cambiando la matriz sensorial humana. La memoria deja de ser narrada para convertirse en un archivo de apiladas capas inclasificables, aquel en el que germina la semilla de toda fantasía posmoderna.
Sin embargo, el relevo del narrador puede resurgir en una escena no menos mítica que la anterior. Una en la que la repetición de los relatos y las experiencias no corresponde a los cuerpos humanos, sino a los dispositivos que pudieron capitalizar aquella capacidad perdida para los cuerpos y las mentes: la de procesar datos apilados como montañas infinitas de basura. Los medios técnicos no amplían el sensorio humano, sino que, por el contrario, lo condicionan. (Guadalupe, 2024, p. 17)

La guerra de Vietnam estaba anclada en la materialidad de la selva, el barro y el cuerpo. El clima y la selva, junto a la resistencia guerrillera del Vietcong, causaron la derrota de los Estados Unidos. Los cuerpos de los jóvenes combatientes y la aparición de enfermedades mentales por la guerra generaron la incertidumbre en las familias que esperaban viendo televisión el final de la ofensiva. No obstante, Vietnam ya anticipaba otra dimensión: las imágenes de niños huyendo del napalm, los incendios de aldeas, la autoinmolación de monjes budistas, los testimonios de soldados y víctimas. Fue la primera gran guerra que se perdió en la pantalla del televisor. El gobierno de Estados Unidos sostuvo una narrativa de avance y control que ocultaba la magnitud real del fracaso militar y humano en Vietnam. Los Pentagon Papers (1971) revelaron que varias administraciones sabían de la imposibilidad de una victoria, pero eligieron mantener el discurso triunfalista para no perder legitimidad. Así fue evidente el poder bélico de los relatos. Hoy, las transmisiones en vivo, la manipulación de imágenes, la creación de hashtags, los troleros, los debates sesgados, el uso de titulares escandalosos, de estrategias del espectáculo, por solo nombrar algunas de las invenciones mediales, son usadas como armas de guerra. El terreno se gana en el espacio imaginado de la percepción global, para la cimentación de opinión pública. La victoria no es militar, es semiótica, simbólica, mediática. La imagen, que en Vietnam fue un efecto indirecto de la violencia, hoy es un campo de batalla principal. Las estadísticas que cuentan son las de la viralización. En Vietnam, la narrativa mediática se convirtió en un espejo incómodo de la guerra real. En la actualidad, la narrativa muchas veces antecede o sustituye a la guerra real, configurando un espacio donde lo visible y lo decible definen la legitimidad del conflicto. Dicho de otro modo: en Vietnam, la guerra de relatos emergió de la guerra de balas. Hoy, la guerra de balas tiene que ajustarse a la lógica imaginaria de los relatos. Lo que implica un control total de la información y de la censura. Se exalta la libertad de prensa en un planeta donde la materialidad de los medios de comunicación es propiedad de los conglomerados globalistas y los algoritmos inteligentes se encargan de contradiscursos.

Medios de comunicación

En la guerra del presente, la toma de decisiones parte del impacto que puedan tener en los medios de comunicación. Hoy todo queda registrado en la nube de Internet. Las fuerzas militares se fijan en la percepción que pueda tener la guerra en los espectadores. Los acontecimientos bélicos llegan a los medios con enfoque militar predeterminado, que a su vez absorbe transformaciones en el fluir de los medios de comunicación. Así, la guerra se vuelve cada vez más guionizada, fotografiada y televisada para las masas. La guerra alcanza nuevas audiencias y se mide por el impacto de su espectáculo en los espectadores. A lo anterior hay que añadir que los soldados, en su mayoría, llevan medios para filmar o grabar lo que ocurre en la ofensiva. Se convierten en emisores que pueden subir a las redes información. Hoy los medios son accesibles para todos; eso hace que la ética de una guerra se vea socavada por las múltiples perspectivas (Ford y Hoskins, 2022, p. 85). Después del lanzamiento de YouTube en 2005, los soldados norteamericanos podían subir sus videos filmados con las cámaras de sus cascos. Eso retó a la representación de la guerra hecha por los medios de comunicación tradicionales, cuestionó el poder de las instituciones que se guardaban la exclusividad de archivar las imágenes de guerra (p. 66). Por ejemplo, en la guerra del Golfo, se hizo entender a los iraquíes que tenían que filmar la guerra teniendo en cuenta el máximo de espectáculo posible (p. 67).

Las filmaciones en la guerra de Vietnam afectaron cómo se entendió esa guerra por parte de los ciudadanos estadounidenses. Por eso, en la guerra contra Afganistán, la administración Bush expresó que las tecnologías mediáticas debían restringirse para evitar alienar al público estadounidense de las realidades de la guerra. No obstante, el efecto CNN en el bombardeo a Kabul influyó en la toma de decisiones políticas y militares de la guerra (Ford y Hoskins, 2022, pp. 87-89). Hoy, la campaña contra Ucrania ha implicado un ejército de trolls para difundir el miedo, la propaganda y la desinformación. Por eso se han establecido cuentas y noticias falsas en las redes. La pretensión es confundir al usuario. Lo maquínico y lo humano trabajan en conjunto para crear una realidad alternativa, una guerra invisible (pp. 96-97). Un troll publica algo, luego una comunidad de trolls marca me gusta. La gente normal comienza a publicarla hasta que llega a los periodistas. Así funciona YouTube (p. 97). Es una estrategia que involucra a los bots y que es utilizada por las comunidades que quieren imponer un punto de vista o censurar las opiniones contrarias. Va más allá del uso que le puedan dar las fuerzas militares, porque es una estrategia usada de forma común en todo tipo de batallas culturales.

Asimismo, el análisis de la guerra está dominado por las noticias de televisión. Las imágenes van y vienen, muchas veces de archivos que no pertenecen a lo que está sucediendo en el presente, pero que se pueden adaptar a los acontecimientos actuales. Lo que ha sucedido con la reiteración del espectáculo desde las caídas de las Torres Gemelas es que el espectador se congela. Observa el horror con la distancia que da la obra de arte, porque no empatiza con la víctima. El espectador frío, en situación de observar una escena cruel o escuchar el relato de una matanza, no sufre como el espectador catártico. “Por el contrario, su frialdad le permite mantener distancia y calcular, en el momento en el que escucha u observa, el mejor ajuste de la imagen o el relato” (Guadalupe, 2024, p. 19). Los medios no sienten placer ni dolor ante lo que registran, son fríos. Por eso habría que hacer, siguiendo la propuesta de Lucero Guadalupe (2024), una arqueología mediática de la frialdad. La víctima, el perpetrador y el espectador desaparecen como marcadores creíbles del papel de alguien en la guerra. Toda información puede ser falsa y, al mismo tiempo, verdadera. La dinámica del registro de los hechos genera incertidumbre. Los medios condicionan la forma de apropiarnos de la realidad.

El uso masivo de equipos tecnológicos puede probarse mucho mejor en tiempos de guerra de lo que sería posible en tiempos de paz (Kittler, 1999, p. 107). Tanto el rastro de las armas como los medios de comunicación se asocian en el procesamiento de datos digitales y en el uso de la inteligencia artificial. Las fuerzas militares quieren armas cada vez más autónomas y tener el control de la velocidad de la información en las redes sociales.

En la Primera Guerra Mundial, la comunicación estaba literalmente encarnada en el cuerpo del soldado que cargaba un teléfono de campaña a su espalda. El cuerpo soldado era un cuerpo-medio. La comunicación pasaba por su esfuerzo físico, su destreza para esquivar al enemigo y su habilidad para informar en el momento oportuno. En la guerra contemporánea, un soldado puede estar sentado en medio del polvo de la guerra, con una mano sostiene el control del dron que zumba sobre su cabeza, con la otra desliza el dedo por la pantalla del celular donde aparece el rostro sonriente de algún miembro de su familia. Está en una videollamada. En el pecho oculta una tableta que le transmite las últimas noticias del mundo y del combate. Todas filtradas por orden de impacto. También la tableta tiene una aplicación que le avisa el seguimiento de órdenes directivas. Otra que le avisa sobre los posibles peligros a los que está sometido en su ubicación actual. Tal vez, en otra app, una colección de libros de poesía o un curso online de francés o un seguimiento a sus inversiones en la bolsa de valores. Su cuerpo, de género no binario, es un medio de comunicación para colaborar en el itinerario de un arma inteligente, recibir las manifestaciones de la intimidad familiar, desarrollar la personalidad y acudir al entretenimiento para disminuir el estrés. Además, está equipado con cámara miniatura en el casco, audífonos satelitales, armas de fuego, puñal, lentes infrarrojos, visión nocturna, detector de calor. Una app de salud para hacer electrocardiogramas, tomar la tensión, medir el azúcar en la sangre. A esa hibridación llamaríamos soldado cyborg.

Montañas de datos

El flujo de datos conduce a la ambigüedad, la opacidad y el encubrimiento. A narrativas múltiples, fragmentarias y discordantes (Ford y Hoskins, 2022, p. 52). En vez de rechazar la guerra, produce el fenómeno contrario, invita a participar (pp. 52-53).

Hoy la guerra física es paralela a la guerra de la información. Por no decir que ambas guerras son una (Ford y Hoskins, 2022, p. 57). La representación de la guerra hoy muestra la evolución militar-tecnológica-comunicacional desde el siglo XIX. Según Kittler (1999, p. 243), el sistema de medios de comunicación procedió en tres fases. La primera comenzó con la guerra civil estadounidense, donde se desarrollaron tecnologías de almacenamiento para la acústica, la óptica y la escritura: el cine, el gramófono y la máquina de escribir. La fase 2 comenzó con la Primera Guerra Mundial. Ahí se inventaron tecnologías de transmisión eléctrica, apropiadas para cada contenido de almacenamiento: la radio, la televisión y sus contrapartes. La fase 3, desde la Segunda Guerra Mundial, ha transferido el esquema de una máquina de escribir a una tecnología de previsibilidad. La aplicación matemática de computabilidad de Turing en 1936 dio el nombre a las computadoras futuras. Desde la caída de las Torres Gemelas, los dispositivos inteligentes y las infraestructuras de la información replantean la participación de la guerra, la sociedad y los medios de comunicación (Ford y Hoskins, 2022, p. 110). En la guerra del siglo XXI hay un creciente interés por la IA, la robotización y la automatización, donde los algoritmos pueden procesar más rápido y con mayor precisión los datos (pp. 130-131). El cyborg, la fusión humano-máquina, resulta importante para las fuerzas militares, lo mismo que el desarrollo de armas autónomas y el manejo en tiempo real de la información que se obtiene de los medios.

La brecha entre la credibilidad, por ejemplo, de un tuit y su “viralidad” es un abismo que solo sirve para aumentar el vértigo de la duda. Esto, sumado a las diferentes velocidades a las que se mueve la información verdadera y falsa por la Internet, hace posible que comunidades enteras queden atrapadas en una sala de espejos, donde lo único que cuenta es el deseo de la credibilidad del momento (Ford y Hoskins, 2022, p. 153).

Las empresas de redes sociales ya no tienen el control sobre el contenido que se ha publicado en las plataformas que ellas mismas han creado. Las redes forman parte de un complejo militar-social de tecnologías, plataformas y aplicaciones, en su mayoría de propiedad de los Estados Unidos. En estas circunstancias se crea una batalla entre los actores que intentan controlar internet y aquellos que quieren arrebatar el control de las grandes plataformas web, o denuncian la participación de las redes para incentivar el odio o parcializar el contenido del conflicto (Ford y Hoskins, 2022, p. 185). Veamos algunos ejemplos:

En 2018 Facebook admitió su papel en la difusión del odio e incentivar al genocidio en Myanmar entre 2016-2017. 725.000 musulmanes rohingya tuvieron que huir de la población Rakhine, después de la muerte indiscriminada y destrucción de hogares. Facebook participó creando polarización […] En marzo de 2018 el gobierno de Sri Lanka decidió cerrar temporalmente varias de las plataformas de redes norteamericanas, luego de los ataques terroristas antimusulmanes. Por incentivar a la violencia y difuminar el odio. […] Los ataques a Mumbai, en noviembre de 2008, generaron 60 tuits cada cinco segundos. Los usuarios difundieron imágenes, videos y grabaciones de sonido mientras estaban bajo ataque. A las pocas horas del ataque se había creado un mapa en Google que ubicaba los principales accidentes. Los terroristas se coordinaron entre sí a través de un centro de comando en Pakistán, lo que ayudó a encontrar y matar a grupos de personas que estaban atrapadas en varios lugares […] En 2015 en París sucedió algo similar con los ataques musulmanes. (Ford y Hoskins, 2022, pp. 62-68)

La guerra entre Estados Unidos y Afganistán (2001-2021), provocada por el atentado terrorista a las Torres Gemelas, mostró el límite humano para procesar datos. El manejo de datos se centró en la recolección masiva de información de inteligencia. Bases biométricas para la población civil, seguimiento por satélite, interceptación de comunicaciones, informes de campo digitalizados, entre otras. Con los datos, Estados Unidos pretendía identificar insurgentes, anticipar ataques y convencer a la población civil de la importancia de la democracia. Las dificultades ocurrieron cuando los datos obtenidos eran fragmentarios, mal interpretados, expuestos a sesgos culturales o mayores a los que podían procesarse. Es decir, el big data de Afganistán fue un archivo inmenso pero ineficaz. Debido a la ausencia de comprensión cultural, Estados Unidos es llamado a la derrota. Veinte años de invasión transformaron la guerra relámpago en una guerra de desgaste. El avasallamiento de más de ciento cincuenta mil misiles sobre Kabul se quedó atrapado en la imagen de videojuego. El astronómico poder tecnológico no pudo con la resistencia cultural de Afganistán. Veinte años pasaron para aceptar la derrota y dejar el país a la misma gobernanza por la que fue atacado. La guerra de hoy muestra que el procesamiento de datos solo puede ser eficaz si se integra a un sistema maquínico inteligente. La máquina desplaza la centralidad humana por su capacidad de manejo de la información. La máquina pudo ser descifrada gracias a la posibilidad de diálogo entre máquinas, como en su momento lo anticipó Alan Turing.

El archivo es un arma de guerra

La falta de voluntad para abordar el desafío de la digitalización y la estructuración de archivos tiende a deslegitimizar las historias oficiales de los que participaron en el conflicto. Si la guerra no puede justificarse adecuadamente como un evento necesario, puede perderse la legitimidad del gobierno involucrado (Ford y Hoskins, 2022, p. 150). La guerra del siglo XXI es una experiencia que se transmite continuamente. Por el periodismo institucionalizado, por cualquiera que está dentro de lo que está ocurriendo en tiempo real, por el que sufre el daño, por el combatiente o por el que ve la información y quiere opinar. El problema para los analistas de esa información es que no hay un método diseñado para trabajar a la velocidad de la producción y archivo de datos (p. 154). Ese impedimento en la era de la posverdad genera una posconfianza asistida digitalmente, en la que nada es verdad y todo es posible.

El otro problema de los medios es la obsolescencia y el archivo digital. Los medios que registran cambian muy rápido. Las actualizaciones llegan y transforman los dispositivos sin que nos demos cuenta. Rescatar la información se convierte en un recurso poco viable porque los métodos de archivar cambian a gran velocidad y, muchas veces, no se tienen las herramientas para desencriptar la información ya digitalizada. Además, a lo anterior se suma la cuestión de qué información archivar. Los que registran la guerra, una gran parte del público espectador, no conocen las raíces del conflicto, ni la historia en general. Debaten sobre qué registrar o sobre qué archivar, sin conocer la complejidad de los conflictos del presente. El pasado se utiliza con fines polarizadores y excluyentes, se recompensan las posiciones extremas y se celebra la indignación (Ford y Hoskins, 2022, p. 179). El presente se desvanece en el implacable reciclaje del momento (p. 180). Se recurre a un pasado de celebraciones, se asocia lo que sucede en el conflicto presente con las batallas que se consideran importantes del pasado. Así también se legitima la guerra. Esto es tan fuerte y fundamental a la hora de contar la historia que los medios analógicos y digitales compiten en los museos por la decisión de qué se conserva digital y qué no (p. 175). Cada vez que la memoria se rehace se vuelve activa, es una reconstrucción imaginativa, a partir de nuestra actitud hacia toda una multitud activa de experiencias y reacciones pasadas. Recordar es algo dinámico, un aspecto esencial de lo que significa vivir el presente (p. 156). Este entorno digital donde la publicación entra en el juego de lo sancionado y lo lícito, lo higienizado y lo expuesto, lo benigno y lo tóxico hace que la memoria de la guerra tenga menos que ver con una comprensión social y asentada del pasado y más con la política digital de un presente inestable. Los medios de comunicación y los archivos colapsan en las plataformas contemporáneas, en el mundo cotidiano del ciclo de noticias. La consecuencia es una capacidad ilimitada de reproducción instantánea que no permite el silencio, ni fomenta la imaginación humana o la reflexión natural para el pensamiento y el olvido. Por eso, los archivos se convierten en armas (p. 148). Así, los que intentan narrar y los que intentan censurar la historia de la guerra, con sus periodos traumáticos, hacen evidente la militarización del archivo.

El archivo de guerra no es un simple registro pasivo de los hechos, sino un arma simbólica y política que actúa en múltiples frentes. Legitima intervenciones, sirve como prueba jurídica, funciona a modo de propaganda, es una sutil herramienta para desinformación. Desde las imágenes televisivas en Kosovo hasta los videos filmados por la población civil en las guerras actuales, el archivo debate su significado en la frontera entre memoria y olvido. Está en continua tensión ante la opinión pública, entre comprender o inventar la historia. Entre dejar registros que ningún humano puede recoger o en las actualizaciones necesarias para abrir los archivos digitales que queden. El archivo se reconfigura en el terreno de la manipulación de los datos y la búsqueda de justicia, hacia un futuro que apenas comienza.

Algo que vale la pena subrayar es lo que sucede en los medios de comunicación a modo de archivo: el poder de las imágenes y su persistencia en la memoria. Tiene que ver con la transmisión de noticias acerca de la guerra Israel-Hamás. Cuando los presentadores hablan de los acontecimientos en Palestina, aparecen imágenes de destrucción, tales como las ruinas de los edificios, algún ciudadano lamentándose, la madre que llora a su hijo muerto, las bandadas de despojos humanos reclamando comida, etc. Pueden ser de mayor o menor crueldad, según dónde aparezca la nota. O la repetición de las mismas imágenes por la ausencia de acceso a las novedades diarias. Cuando el mismo presentador habla de Israel, por lo general, acude a un corresponsal. Las imágenes que van pasando, a veces, son de gente jugando en la playa, otras de personas caminando por una zona urbana que sorprende por su tranquilidad, etc. Siempre en lugares tranquilos, con poca gente, donde el estado primordial es la imperturbabilidad. Sitios cómodos, que aluden al estado de bienestar. Aunque el periodista esté repitiendo la noticia polémica del día a día de la guerra. Las imágenes de los dos lugares de la guerra contrastan por inercia. En otro momento, la transmisión de cadáveres o de agudo dolor habría sido censurada con la excusa de aquellos niños traviesos que logran escapar de la vigilancia de los adultos para ver esos audiovisuales prohibidos. Pero hoy eso no va. Tal vez porque hoy el acceso a esa información es más fácil de lograr. Los medios de comunicación proliferan en los espacios públicos, van escondidos en los bolsillos de los jerséis o están a la mano en cualquier desván. Pero hoy ese contraste tiene un propósito que va más allá de informar sobre la guerra. Aunque puede ser discutible, las imágenes aparecen como representación del maniqueísmo moral propio de tiempos apocalípticos. Si te portas mal vivirás en este infierno. Si te portas bien vivirás en este cielo. Los conceptos del bien y del mal se transforman en figuras aparentemente editadas y preparadas por manos inescrupulosas. Aunque esto fuera falso y las imágenes dadas respondieran a la más pura inocencia, la carga simbólica no deja de existir. Lo que nos lleva a concluir que la imagen también es un arma de guerra. El principio del archivo conserva su estatuto moral maniqueo. Con mucha probabilidad el arqueólogo del futuro, al desenterrar los aparatos que sirvieron como medios de comunicación, no tenga conciencia de la autonomía de la máquina y su capacidad de elaborar juicios morales cuando se convierte en archivo.

El tiempo del olvido (reparaciones)

En marzo de 2023, quince artistas provenientes de Gaza, Cisjordania y Jerusalén crearon un chat privado, ante la imposibilidad de reunirse físicamente, para tratar cuestiones relacionadas con la exposición de arte Tadafuq. Comisariada por Nicolás Combarro y Rawan Sharaf, la muestra se presentó en sociedad en septiembre en las sedes de la Casa Árabe de Madrid y Córdoba. He aquí algunas de las expresiones de algunos de los artistas de la exposición, ante la guerra inminente:

Mi nombre es Amal Al Nakhala. Tengo 24 años y me enfrento a mi sexta guerra. Sigo respirando y de una pieza mientras hago esta grabación. Nunca había imaginado que iba a dejar mi casa por miedo a ser bombardeada […] He elegido dibujar para liberar el estrés que siento, fijar mensajes que nunca olvidaré. Lo que siento ahora mismo no es miedo ni terror. Está muy por encima y es mucho peor que eso. (Gómez Rodríguez, s.f., párr. 3)

Ziva Jelin, artista y comisaria israelí, sobrevivió al ataque del 7 de octubre en el kibutz Be’eri, donde nació y trabajaba. “lucho contra los prejuicios, la ignorancia y el desconocimiento del público. Y lucho por mi capacidad de supervivencia económica y por ser una industria independiente en el kibutz … muchas de las personas queridas que vivieron a mi lado ya no están. Ayer se realizó una operación para salvar mi trabajo del estudio. Un camión lleno de obras viajó a Tel Aviv. Cuando llegaron, las ventanas estaban rotas por los combates, las balas habían entrado y perforado las pinturas, las pinturas del lugar. Los agujeros en el lienzo se convirtieron en un escalofriante testimonio de las batallas por la casa”. (Gómez Rodríguez, s.f., párr. 1-2)

Para la época de la guerra del Golfo llegó a nuestras manos el libro de Alain Finkielkraut: La derrota del pensamiento (1987/2000). Fue acogido con prontitud porque solo por el título expresaba lo que sentíamos. En esos días cuestionábamos la frase “arma o bomba inteligentes”, porque en sí misma era una contradicción. No obstante, era un vector que indicaba la misma posición del humanismo en ese entonces: razón y destrucción, dos conceptos en direcciones opuestas, unidos en la misma frase, formando un nuevo concepto. No lo entendíamos en ese momento. Hasta que leímos el viejo ensayo del filósofo francés. ¿Se trataba de la destrucción de la razón?, ¿o de una razón que destruye?, ¿o de máquinas que se hacían razonables?, ¿qué pensaban?, ¿la guerra y la filosofía declaraban el absurdo humano?, ¿o el absurdo de la máquina inteligente? Las preguntas surgían acompañadas del cubrimiento espectacular de los medios de comunicación análogos. Finkielkraut aseguraba, mientras caían en Irak las bombas inteligentes:

Desde el Renacimiento hasta la época de las Luces, el programa de los Tiempos modernos consistió en liberar el espíritu humano de la verdad revelada y de los dogmas de la Iglesia. Emancipado de toda tutela, a partir de aquel momento el hombre sólo debía rendir cuentas a su razón. Superaba la minoría de edad (según la famosa fórmula de Kant) y se proclamaba capaz de pensar sin padre. (1987/2000, p. 36)

Para decir más tarde, en el texto:

¿Qué hombre? ¿El sujeto abstracto y universal de la declaración de los derechos del hombre y del ciudadano? ¿La realidad incorporal, el ser sin ser, la criatura sin carne, sin color y sin cualidad que puebla los grandes discursos universalistas? ¿El individuo menos todo lo que le diferencia? Desde las primeras conferencias de la Unesco, el orden del día cambia imperceptiblemente: a la crítica contra el fanatismo le sucede la crítica contra las Luces. La nueva puesta en cuestión del humanismo abstracto prolonga y radicaliza la reflexión emprendida en Londres sobre los medios para inmunizar al mundo contra las doctrinas que tienden a negar la unidad del género humano. Después de los juristas y de los literatos, acuden los etnólogos a aportar su testimonio, y reclaman del humanismo un esfuerzo suplementario para ser realmente humano, es decir, para englobar en el respeto por las personas humanas las formas concretas de su existencia. (Finkielkraut, 1987/2000, p. 57)

El uso de la inteligencia artificial para el análisis de datos y su correspondiente predicción pone en alerta a los diseñadores de software para que las aplicaciones en el futuro tengan que ver con identificar adversarios ocultos. Además, tienen que tener en cuenta la velocidad de las transmisiones en el campo de batalla. Habría que experimentar y adaptar la información al tiempo real del combate. La ratificación de lo cotidiano permite la creación de sistemas de vigilancia que, como una memoria total, etiquetan los posibles enemigos del futuro. El archivo de la guerra de hoy se mueve hacia atrás y hacia adelante, crea bucles, va más allá del tiempo del reloj para constituirse en un tiempo digital, con el fin de prevenir ataques sorpresivos. La abundancia de datos permite identificar objetivos antes de que estos se den cuenta de ser ubicados, perseguidos y atacados. La visión del enemigo cambia de un potencial en el campo de batalla a un potencial enemigo del futuro (Ford y Hoskins, 2022, p. 197).

El sujeto que ve la guerra, la filma o la graba, le está dando una información valiosa a las fuerzas militares para localizar posibles objetivos de ataque. Con esos datos puede saber dónde está el enemigo, o en dónde están sucediendo los acontecimientos que no han sido previamente calculados. Los celulares se convierten en dispositivos geolocalizables y las filmaciones en imágenes que retratan las acciones del enemigo. Por ejemplo, con la aplicación Palantir Gotham se pueden procesar y fusionar, a gran velocidad, datos que llegan de teléfonos móviles, publicaciones en redes sociales, reservas de aerolíneas o estados financieros. Presenta esos enlaces en gráficos coloridos y fáciles de interpretar. Esas telas de araña sirven para orientar búsquedas en tiempo real. Otro ejemplo es el programa Skynet de la agencia de seguridad de los Estados Unidos, utilizado en las redes de telefonía de Pakistán, con una afluencia de 55 millones de usuarios. Con un algoritmo de aprendizaje automático pudo establecer y calificar a un posible terrorista. La tendencia siguió en la guerra de Afganistán, donde se recopilaron datos biométricos del ochenta por ciento de la población (Ford y Hoskins, 2022, pp. 202-203). Tras la retirada de Estados Unidos de Afganistán, como aceptación de la pérdida de una guerra de larga duración y desgaste, los talibanes pudieron acceder a las bases de datos (p. 203).

AirSentinel es una aplicación de detección de drones. Transforma el dispositivo móvil en una poderosa herramienta para el monitoreo de drones en el espacio aéreo (AirSentinel, https://airsentinel.ai/). Asimismo, el software DroneOptID ofrece detectar, identificar y rastrear drones en tiempo real. Con un modelo de inteligencia artificial, es capaz de tomar datos geográficos y ambientales de otros sensores para girar y validar una amenaza (Holgado, 2022). Casi 350 000 ucranianos utilizan la aplicación iePPO para teléfonos inteligentes, para informar al ejército de los misiles y drones durante los ataques rusos. Fue desarrollada por ingenieros ucranianos de Odesa (Averchuk, 2023, párr. 1). Es así como los usuarios de la telefonía móvil pueden convertirse en participantes de la guerra. Dan información para apoyar a los respectivos ejércitos con los que están involucrados. Se transforman en una parte primordial de la infantería. Recorren el campo de batalla en tiempo real, están en las ruinas de un bombardeo reciente o ante el sufrimiento de la población civil luego de un ataque con misiles. A veces, son las víctimas las que, atentas a lo ocurrido, sacan un dispositivo para transmitir información de lo que está sucediendo en ese momento, o quieren denunciar la transgresión de acuerdos internacionales. De este modo, en muchos casos, el espectador, la víctima y el soldado resultan ser la misma persona. Por lo tanto, el significado de la guerra cambia. Ya no hay un sujeto, está diluido entre medios de comunicación y armas inteligentes.

La escritura de este artículo se mueve en esta frontera. La zona de encuentro entre el humanismo y el posthumanismo. Un territorio humanista donde vectores posthumanos hacen de misiles. Un distrito donde los soldados y las armas son medios de comunicación. Y los medios de comunicación son armas. Un paisaje donde la guerra es una batalla contra la población civil y la infraestructura social. El soldado desaparece para dejar que las armas inteligentes sean protagonistas del combate. Tanto la población civil como los soldados que se dejan ver son cyborgs. Pasan por encima de los cadáveres o cruzan las ruinas de los edificios sin inmutarse, siguen las órdenes de las máquinas. No obstante, queda el rastro humanista del terrorismo y la pisada del gigante nuclear.

La guerra con Irán significa la destrucción de la retórica de las instituciones mundiales creadas después de la Segunda Guerra Mundial

Irán fue obligada a entrar en el planteamiento de la guerra contemporánea. La justificación: frenar los avances de la creación de armas nucleares. Israel ha arrasado Gaza, bombardeado amplias zonas del Líbano y de Siria, apoyado los bombardeos a Yemen y ha lanzado un ataque directo contra Irán. A pesar del sufrimiento infligido a la población civil, en su mayoría mujeres y niños, y al desastre provocado en la infraestructura social, dejando prácticamente inhabitables los territorios atacados, la comunidad internacional no ha condenado los hechos de la guerra; por el contrario, los celebra. El terrorismo ha sido dejado de lado por la sobrecarga de respuesta bélica a los países supuestamente involucrados. Impera la ley del más fuerte. Es allí donde el enfoque transhumanista hace de las suyas. La tecnología no convive con lo humano, sino que se hace esclava de las intenciones de dominio. El mensaje dibujado en el cielo por los misiles que cruzan de un lado al otro, como una fiesta de fuegos pirotécnicos, es: puedes romper todas las reglas, pisotear el derecho internacional, arrasar con la retórica vigente desde 1945; no tendrás que rendir cuentas a nadie. Yo soy el bueno, tú eres el malo. En vez del exterminio programado, la guerra de hoy pretende dejar al otro en la pobreza absoluta, que apenas pueda sobrevivir, eso si se acomoda a las condiciones que la nación ganadora y sus aliados imponen. El concepto de guerra preventiva vuelve a aparecer en el contexto de hacer justicia por mano propia. Declara la inutilidad de las instituciones globales para resolver conflictos. Sálvese quien pueda.

La realización de este artículo, que pretendía en un inicio hacer un análisis desde la filosofía posthumana a la guerra contemporánea, se resquebraja diariamente. Porque el tiempo se agrieta y la paz no está a la vuelta de la esquina. Desde el ataque terrorista de Hamás, el objetivo de Israel ha sido Irán. Al parecer, “los militares iraníes han aprovechado las escarpadas montañas que atraviesan el país para construir debajo de ellas una red de túneles en los que almacenan misiles de distinto tamaño y capacidad” (Alonso, 2025, párr. 2). Se conocen como “ciudades de misiles” por el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI). Se supone que los laboratorios donde están trabajando en la creación de una bomba atómica también están a varios metros bajo tierra. Al parecer, ahí manipulan el uranio. Cuestión desmentida por las instituciones de seguridad encargadas de seguir la elaboración de armas nucleares y hacer que se cumplan los tratados internacionales de abandonar cualquier intento en este sentido. Pero vuelve la contradicción humanista, los países que tienen la bomba atómica exigen a otros países que se abstengan de construirla. Es el caso de Israel.

La política oficial de Israel sobre la posesión de armamento nuclear se conoce bajo el nombre de amimut, es decir, ambigüedad deliberada: no confirma ni desmiente la posesión de armas nucleares de ningún tipo. Shimon Peres fue primer ministro y presidente de Israel, y en su autobiografía afirmó: “aprendimos que la ambigüedad tiene un poder tremendo. Israel nunca firmó el Tratado de No Proliferación de Armas Nucleares” (Hernández, 2025, “Amimut”, párr. 1-5).

Pero más allá de las armas nucleares, la guerra se libra en la retórica. Frases como el inicio de un “nuevo Medio Oriente” (Netanyahu) o “Israel tiene derecho a defenderse”. Así como la expresada por el canciller alemán Friedrich Merz, argumentando que Israel estaba “haciendo el trabajo sucio por todos” al enfrentarse al régimen iraní (Dodman, 2025, “Autodefensa ‘anticipatoria’”, párr. 6). Otras como “El cielo se convirtió en el infierno”. O “Las escandalosas calumnias que pintan a Israel como racista y genocida tienen como objetivo deslegitimar a Israel, demonizar al Estado judío y a los judíos en todas partes”. O “quienes se oponen a la ofensiva israelí defienden el ‘mal’ y quienes la respaldan promueven el ‘bien’”. Todas dichas por Netanyahu (“5 de las frases más incendiarias de Netanyahu ante el Congreso, donde fue ovacionado pese a estar acusado de crímenes de guerra”, 2024). O la expresada por el ayatolá Alí Jamenei: “No nos rendiremos. Cualquier ataque estadounidense tendrá consecuencias irreparables” (“Conflicto en Oriente Próximo – 18 de junio de 2025 | Israel lanza una nueva oleada de ataques contra Teherán e Irán responde con una andanada de misiles”, 2025, párr. 2). O la de Netanyahu: “Cada uno de nosotros tiene un costo personal y mi familia no ha estado exenta”. La boda de su hijo Avner había tenido que posponerse, la prometida de Avner estaba decepcionada, sin mencionar la frustración de la madre del novio, la esposa de Netanyahu (“Netanyahu describe su ‘costo personal’ por el conflicto con Irán y provoca críticas en redes sociales; esto es lo que dijo”, 2025). O “se desatará el infierno”. O estas otras reclamadas por Jamenei: “No hemos agredido a nadie, no aceptaremos bajo ningún concepto la agresión de nadie y no nos rendiremos ante las agresiones de nadie” (“ONU alerta sobre daños al pueblo iraní por ataques de Israel”, 2025, párr. 6). O: “Las amenazas no afectan ni al comportamiento ni a los pensamientos de la nación iraní” (“Khamenei amenazó a Estados Unidos con ‘daños irreparables’ y advirtió que Irán nunca se rendirá”, 2025, párr. 2). O:

A los estadounidenses les decimos: ¿Ustedes quiénes se creen que son? ¿Por qué se entrometen en si Irán debe enriquecer o no? Ustedes tienen bombas atómicas y la capacidad de crear una devastación a nivel mundial. ¿Qué les importa si Irán tiene industria nuclear o no la tiene? (Jamenei, 2025)

O: “La República Islámica salió victoriosa y, en represalia, asestó una bofetada a Estados Unidos” (Breza, 2025, párr. 3). Así las frases saltaban de un lado a otro en todos los medios de comunicación. Vienen y van entre encendido y apagado. Se conectan a otras frases que se vuelven ideas, narraciones. Historias inconclusas que arrastran consigo una profunda sensación de impotencia. Como mirar hacia abajo respirando con dificultad, jadeando, babeando. Hasta que intervino Estados Unidos y bombardeó Irán.

Una retórica que bombardea la retórica de las inútiles instituciones globales de la posguerra. Las amenazas, la comparación arbitraria y el recurso del autoflagelamiento son tropos muy utilizados para evitar la responsabilidad de Europa o la intervención calamitosa de los Estados Unidos en el conflicto del Medio Oriente. Por ejemplo:

El director de la CIA afirmó que los bombardeos de Estados Unidos ‘severamente dañaron’ las instalaciones nucleares de Irán y retrasaron el programa varios años, contradiciendo un reporte de inteligencia filtrado anteriormente que minimizó el impacto del ataque, y que enfureció al presidente Donald Trump. (Yousif, 2025, párr. 1)

Así vamos. Después de varios bombardeos a Irán y la correspondiente retaliación sobre Israel y algunas de las bases norteamericanas en el Oriente Medio, de un momento a otro se detuvo la guerra. Fueron la causa las palabras mágicas del presidente de Estados Unidos. Bastó una frase: estoy enfadado.

El presidente Donald Trump condenó tanto a Irán como a Israel a medida que el alto el fuego que negoció entre ambos países parece volverse más frágil. Trump criticó a ambas partes, pero reservó su condena más dura para Israel, de quien dijo que “descargó” contra Irán “tan pronto como hicimos el acuerdo”. (Valdés, 2025, párr. 1)

Por último, una frase más: la guerra en tiempo real es el espejo cóncavo del vector posthumano escondido en el futuro humanista que nos espera: el transhumanista. Es decir, la creación de soldados robots que se acerquen a lo indestructible. O armas inteligentes que minimicen la participación de soldados en la guerra. El análisis posthumano nos indica que en la guerra contemporánea las víctimas se convierten en soldados, ambos utilizan medios de comunicación y son desplazados por la intervención de armas inteligentes. No son guerras antropocéntricas, lo que hace impensable la magnitud de la destrucción de la infraestructura social y la afectación de la población civil. Desde un enfoque transhumanista habría que elogiar la creación de armas inteligentes, el legítimo derecho a defenderse y la guerra preventiva. Conceptos en sí mismos absurdos.

Trump es nominado al Premio Nobel de la Paz

De acuerdo con Kittler, las guerras intensifican las tecnologías de comunicación y de información (Rossi, 2021, p. 179). Hay una estrecha relación entre la historia de los medios y la dinámica de la guerra. En los conflictos bélicos se ponen a prueba los nuevos medios y las armas recién creadas. Los medios de comunicación hacen parte del intercambio de información y se consolidan como una forma de entretenimiento. Hay que mostrar la guerra. Desde la guerra de Secesión estadounidense, el lente fotográfico y el cinematógrafo se convirtieron en formas de manipular la información de lo que estaba ocurriendo en la guerra. El documental de guerra se convirtió en una forma artística de legitimar las incursiones bélicas. Pero fue con las transmisiones de televisión en la guerra de Vietnam donde pudo entenderse con claridad que los medios de comunicación también eran un arma de guerra. La intervención civil toma una posición debido al impacto de las imágenes de la televisión y el “voz a voz” de los que llegaban de la guerra: hace que Estados Unidos pierda la guerra contra Vietnam del Norte. El fracaso estaba en los televisores instalados de forma masiva en los hogares norteamericanos.

Desde Vietnam lo que puedan contar los medios de comunicación sobre la guerra resulta decisivo. Es así que la imagen de guerra adquiere un poder exponencial. En la guerra del Golfo el bombardeo de Kabul fue transmitido en directo. En colaboración con las cadenas de televisión cercanas al gobierno se pasaron fragmentos cuidadosamente seleccionados. El objetivo era elaborar una narrativa contraria a los tiempos de Vietnam. Los fragmentos seleccionados fueron editados a partir de una mezcla entre realidad, propaganda y ficción. Kabul fue convertido en el escenario virtual de un bombardeo de misiles. Estaba lejos de ser un lugar concreto habitado por personas reales. La guerra se convirtió en una película de entretenimiento, donde la violencia es banalizada. La última guerra entre Israel e Irán fue de misiles, drones y aviones. Irán lanzó misiles modelos Emad, Ghadr, Kheibar Shekan y Fattah. Israel, por su parte, utilizó contra Irán misiles Patriot, fabricados por Estados Unidos. Además, aviones de combate avanzados F-35I Adir y los cazas F-16I Sufa y F-15I Ra’am. Las imágenes que surgieron en las redes sociales mostraban daños posiblemente ficticios, junto a una explicación oral, caracterizada por juicios parcializados. El espectador no puede imaginar el lugar donde cayó el misil, ni el daño real que podría causar, porque ignora el daño de este tipo de armas. Los misiles con carga explosiva convencional generan una onda expansiva que destruye estructuras, vehículos, infraestructura y puede causar incendios. Pueden liberar metralla o fragmentos metálicos que se dispersan a alta velocidad. Algunos están diseñados para penetrar búnkeres, refugios subterráneos o estructuras blindadas. Por ejemplo, los hipersónicos. El voyeur acomoda la imagen de la red social a la explicación y, luego, a su propia experiencia de la guerra. Hoy interesa que la guerra sea captada como un hecho real, pero un hecho que sirva para justificar las acciones bélicas como acciones buenas. Algunos medios de comunicación colaboran para legitimar la información. La verdad está correlacionada con el bien. Incluso van más allá: la verdad es buena y, por lo tanto, entretenida.

La fake news que lleva por título este apartado, que pretende ser conclusivo, pone en evidencia el uso del conflicto contemporáneo por parte de Estados Unidos. La guerra opta por un rumbo u otro, dependiendo de la intervención de los Estados Unidos. En nuestro caso Israel-Irán o Ucrania-Rusia. “Hemos completado con gran éxito nuestro ataque contra tres instalaciones nucleares en Irán, entre ellas Fordo, Natanz e Isfahán. Todos los aviones se encuentran ahora fuera del espacio aéreo iraní”, anunció la noche del sábado el presidente de EE. UU., Donald Trump (“Estados Unidos ataca 3 instalaciones nucleares en Irán y eleva la tensión del conflicto en Medio Oriente”, 2025, párr. 1). “Días después Estados Unidos toma la decisión de detener algunos envíos de armas a Ucrania” (“Zelenski y Trump acuerdan reforzar defensa aérea de Ucrania”, 2025, “Ucrania, Estados Unidos, Alemania y los sistemas de defensa aérea Patriot”, párr. 2). Como consecuencia de las intervenciones, la guerra de Israel-Irán se detiene y Putin celebra la decisión de Estados Unidos. Trump así cumple con otra de sus promesas de campaña: hacer que Estados Unidos vuelva a ser el único líder en la dinámica global. El poder tecnológico es utilizado para incrementar el nacionalismo y pisar los escombros de las burocráticas e ineficaces instituciones de posguerra. Al igual que una campaña de marketing comercial en línea, el objetivo de los informes políticos y militares es tratar de ganar audiencias y diseñar la respuesta del público (Ford y Hoskins, 2022, p. 222). Lo que se espera de enviar un mensaje es que haya un cambio de comportamiento (p. 226). Esto depende de la minería de datos que se encuentran en la nube. Por ejemplo, en 2019, Rusia puso en vigor una ley que permite la creación de un internet soberano, independiente del internet global. También prohibió el uso de teléfonos celulares sin aplicaciones rusas precargadas (p. 228). El problema surge cuando el soldado que está en la guerra contemporánea sigue inmerso en las narrativas que le dicen quiénes son humanos y quiénes no (p. 235). Lo que implica una denostada gestión de la culpa y del trauma del soldado del futuro. Los valores, las perspectivas y las ambiciones estarán dictados por los tecnólogos que las crearon para el contexto de la guerra. Además, la denigración del rol del militar en la sociedad, porque son las máquinas las que pueden dar la confianza de la imparcialidad, pues son ellas las que guardan y procesan los datos, más allá de la perversidad humana.

Coda 1, en tiempo profético

En tiempo real se hace esta aclaración: el título del parágrafo final de esta investigación se propuso a modo de ironía. Para resaltar el absurdo de alcanzar la paz con guerra, los colegas que tuvieron a bien revisar el artículo para su publicación fueron alertados de esa figura literaria. Además, cuestión que no valora el autor, también reveló a algunos transeúntes que por allí pasaban su ingeniosa ocurrencia. Tal vez para mostrar sus dotes mal habidas, por el simple gusto del chisme o por imitar al parlanchín de Eneas. El caso es que el tropo literario buscaba hacer reír o, por lo menos, incentivar una mueca cercana a la sonrisa. Estaba muy lejos de pensar que algún día la sentencia se haría viral.

Lo que sucedió dos días después de las alucinaciones proféticas del autor de este itinerario de palabras fue la aseveración en los medios de comunicación: “Netanyahu nomina a Trump para el Premio Nobel de la Paz por sus bombardeos sobre Irán” (De la Sotilla, 2025, párr. 1).

Coda 2, en tiempo irreal

“Gaza, el hambre como arma de guerra” (Paglialonga, 2025).

Coda 3, en tiempo de realismo mágico

“Una tragedia que se repite 34 años después: la historia de Diana Turbay y Miguel Uribe, madre e hijo asesinados en Colombia” (Díaz Cardona, 2025).

Coda 4, la aceptación de un Estado palestino, en la celebración de los ochenta años de la ONU

La ONU fue duramente criticada en la celebración de sus ochenta años. Está ideologizada y no sirve para nada, dicen algunos diplomáticos: Fawaz Gerges, profesor de Relaciones Internacionales de la London School of Economics, dice que la invasión rusa a Ucrania, desde hace dos años, y la masacre en Gaza han demostrado que el Consejo de Seguridad de la ONU está paralizado y es disfuncional. La Asamblea General de las Naciones Unidas es más una institución simbólica que una agencia ejecutiva (Girit, 2024, párr. 1).

“No puedo explicar el nivel de indiferencia e inacción que vemos por parte de muchos actores internacionales. La falta de compasión. La falta de verdad. La falta de humanidad, deploró [Guterres, secretario general de la ONU]” (“Gaza no es solo una crisis humanitaria, es una crisis moral que desafía la conciencia mundial: Guterres”, 2025, “Indiferencia e inacción internacional”, párr. 2). Diez nuevos países se sumaron en los dos últimos días al reconocimiento del Estado de Palestina, lo que elevó a 157 el número de naciones que lo reconocen, entre las 193 naciones con asiento en la ONU (“Líderes mundiales cierran filas en la ONU en apoyo a un Estado palestino, confrontando a Israel y EE. UU.”, 2025, párr. 2).

Coda 5, solo el sonido de los bombardeos

La analogía de la guerra en Gaza es la de un niño alto, gordo y muy fuerte, pegándole a un niño enclenque tumbado en el suelo. Con un público que lo anima con gritos y movimientos de manos. Algunos amateurs habían encendido sus celulares, filmaban la golpiza desde varios ángulos. El que estaba en el suelo parecía un cadáver. El gordo seguía pateándolo con sus botas con punta de acero.

La de Ucrania es la de un hombre cansado y conmovido que llega a la siguiente conclusión: ser miembro de la OTAN no garantizaría la seguridad del país (“Zelenski: ser miembro de OTAN no garantizaría la seguridad”, 2025, párr. 1).

Alguien voltea el reloj de arena que está en la mesa donde se escribe este artículo. Porque hay que recordar las dos temporalidades que zigzaguean en el suelo del presente. Una serpiente del tiempo es la que recibe los bombardeos, el hambre, el castigo. La otra serpiente es la que se debate entre los archivos de las instituciones. La que se fosiliza buscando el significado de una palabra, esperando que se firme un documento, que se discuta en las mesas de trabajo, estirando un brazo para alcanzar esa burocracia que huye de las acciones. Las dos serpientes son emplumadas. Vuelan entre la gente bella, inteligente y próspera. Tal vez, inmortal, vaya uno a saber.

Coda 6, ¿la guerra termina?

Coda 7, Trump cuestiona la utilidad de la ONU, cambia el orden mundial

Final a la fuerza

El 28 de febrero de 2026 Estados Unidos e Israel iniciaron una ofensiva conjunta llamada Operación Furia Épica (EE. UU.) y Rugido del León (Israel). Bombardearon objetivos en Teherán, Isfahán y otras ciudades iraníes. Irán respondió lanzando misiles y drones contra Israel y bases estadounidenses en Catar, Baréin, Kuwait y otros países del Golfo. También cerró temporalmente el estrecho de Ormuz, clave para el petróleo mundial (“Cronología de los ataques de EE. UU. e Israel contra Irán”, 2026). Para el 13 de marzo se incrementaron los bombardeos en el sur del Líbano. El número de muertos por los ataques israelíes asciende a 773, incluidos 103 niños (“Muertos en el Líbano por bombardeos israelíes llegan a 773”, 2026, párr. 1). El ejército estadounidense utiliza drones suicidas (“Estas son las armas con las que Estados Unidos atacó a Irán”, 2026, “Drones”, párr. 1), misiles Tomahawk de largo alcance y aviones cazas F-35, capaces de evadir la detección por radar.

Los informes que apuntan a un creciente uso de sistemas avanzados de inteligencia artificial (IA) por parte de Estados Unidos e Israel en la ofensiva contra Irán han disparado las alarmas sobre cómo estas tecnologías estarían acelerando la selección de objetivos y la ejecución de ataques, y los riesgos de que errores algorítmicos se traduzcan en tragedias civiles. (“El uso de la IA en los ataques a Irán preocupa por los posibles errores en la selección de objetivos”, 2026, párr. 1)

Debido a necesidades editoriales debemos concluir aquí este capítulo. La escritura ha seguido las guerras contemporáneas en tiempo real, por eso se detiene a la fuerza. Ya no hay a dónde ir. Las guerras son incesantes, pero siguen de forma paralela las negociaciones diplomáticas que buscan la paz. “Rusia afirmó este domingo que Kiev bombardeó su territorio con una andanada de 600 drones” (Acosta, 2026, párr. 1). Las guerras de hoy se han caracterizado por el silencio institucional o por las frases sin contundencia de algunos. Más aún ante un despliegue tecnológico sin precedentes y el asesinato inmisericorde de la población civil. La mayor parte de los afectados no son soldados, sino población civil que nada tiene que ver con los conflictos. La mujer que va con sus hijos a buscar algo en el mercado, el profesor que enseña en la escuela, los médicos que ayudan en los hospitales, los niños que juegan para refugiarse de la guerra, los desplazados que han perdido su dignidad en el drama del gato y el ratón. Y muchos otros que pertenecen a la cotidianidad de la vida. Que aún no creen que un celular sea un arma de guerra. Que ven el apocalipsis en la destrucción de toda la infraestructura necesaria para vivir con cierto decoro; como si se contemplara una fotografía de humanos escarbando en las ruinas de la existencia. Hasta aquí el último grano de arena del reloj.

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