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Biografías de los autores

Sebastián Botticelli

Decidió estudiar filosofía descreyendo de que se pudiera efectivamente estudiar filosofía. Le resultaba extraño que existieran planes, programas, exámenes y títulos destinados a certificar una actividad que para él estaba más asociada con la inquietud que con el conocimiento, más con la creación que con la especialización. Creía a la filosofía más cercana al arte: una práctica que puede cultivarse, ejercitarse y transmitirse parcialmente, pero cuyo núcleo más importante escapa o, cuanto menos, debe intentar escapar a la impronta de la institucionalización. Tuvo que someterse, entonces, a prolongadas ortodoncias y ortopedias académicas para adquirir el lenguaje, los métodos y las herramientas que más tarde intentaría desarmar, reconfigurar y utilizar de otro modo. El balance sigue abierto: aún no sabe si lo que ganó en rigor, precisión y capacidad de argumentación compensó aquello que acaso perdió en espontaneidad, irreverencia y libertad intelectual, ni si ese recorrido académico lo acercó a la posibilidad de pensar mejor o, más modestamente, a pensar de un modo más fácil de encuadrar dentro de los dispositivos de reconocimiento que rigen las instituciones encargadas de administrar la legitimidad del pensamiento.

Una inquietud lo recorre: comprender cómo una época que promueve formas cada vez más intensas de individuación no consigue cancelar aquello que los humanos continúan compartiendo en el plano de las emociones, los afectos y las conmociones. Tal vez por eso nunca terminaron de convencerlo las explicaciones que reducen la vida social a una sumatoria de decisiones racionales, cálculos de interés o interacciones estratégicas. Siempre sospechó que existe algo que atraviesa a los sujetos y los excede; algo que los configura antes incluso de que puedan reconocerse como individuos. No sabe bien cómo nombrarlo. Cultura, historia, lenguaje, afectos, imaginarios, dispositivos, relaciones de poder: cada una de esas palabras parece capturar una parte del problema, aunque ninguna consigue agotarlo.

Desconfía de las teorías que llegan demasiado rápido a conclusiones definitivas y de las identidades intelectuales excesivamente sólidas. Sospecha que buena parte de los debates contemporáneos sobre el futuro se encuentran atrapados entre dos impulsos igualmente problemáticos: la nostalgia por formas de humanidad idealizadas y la celebración acrítica de transformaciones que se presentan como inevitables. Quizás por eso insiste en recorrer una zona incómoda, donde la crítica no se corresponde con el rechazo ni la apertura con la aceptación incondicional.

Dicta clases e investiga en universidades públicas argentinas. Sigue creyendo que enseñar y aprender son actividades inseparables, aunque la experiencia cotidiana le recuerda con frecuencia que ambas requieren una paciencia, un tiempo y una generosidad que las instituciones rara vez están dispuestas a conceder. Aun así, continúa apostando por ellas. Entre otras razones, porque todavía considera que pensar en común constituye una de las formas más interesantes –y también más improbables– de la experiencia humana.

Jonathan Piedra Alegría

Jonathan Piedra escribe desde el borde donde la filosofía toca el frío metal de las máquinas. Ha dedicado su trabajo a pensar la inteligencia artificial, el transhumanismo, el posthumanismo y las humanidades digitales como señales de una época que ya sueña con otras memorias y otras formas de verdad.

Entre la crítica académica y la ficción, su escritura explora los territorios oscuros de la técnica: democracias intervenidas por algoritmos, subjetividades programadas, archivos fragmentados y hasta futuros distópicos que ya no parecen serlo. Desde Latinoamérica, su obra pregunta qué es lo que queda de lo humano cuando las máquinas aprenden a imitar nuestras voces y a custodiar nuestros fantasmas.

Félix Martínez Cleves

Es profesor titular de la Universidad del Tolima (Colombia), desde donde ha buscado caminar calles polvorientas y ciudades de cristal. El pasar de los años ha significado una lucha permanente contra los estereotipos, el colonialismo intelectual y un capitaloceno que se arraiga en las tecnopolíticas que se enseñan y aprenden desde los espacios académicos. En tierras hechas vorágines y donde el realismo mágico parece desastre, busca bajarse del caballo del conquistador (como le gustaba decir a Néstor Ganduglia) y hacerse contemporáneo. Mientras sus preocupaciones por la técnica y las tecnologías multiespecie alientan los días de lluvia tropical y los soles asfixiantes, su cuerpo se hace un laboratorio de investigación-creación.

Lucía Domínguez Miranda

Por fuera de la impostura académica y la rigidez institucional, ha participado las últimas dos décadas en diversas iniciativas orientadas a la gestión cultural, principalmente en espacios de exhibición cinematográfica independiente y festivales de cine; aunque también forman parte de su experiencia la escritura, la práctica situada del psicoanálisis en la Ciudad de México y los procesos editoriales autogestivos.

Este recorrido, marcado fuertemente por una visión transdisciplinar, le ha permitido intercambiar prácticas y saberes con otros en relación con las artes, para dar cuenta de la vida abriéndose camino a un porvenir posthumano. Sus tiempos espiralados y su GPS descompuesto le han hecho insistir en la búsqueda de otro tiempo, dispuesto para la creación propia y la colaboración colectiva. Con la ayuda de un in-utensilio llamado diván, que hoy es una de sus principales herramientas para llevar a cabo su trasmutación por el mundo, explora constantemente la idea de cómo un “Yo” se abre a lo múltiple en comunidad.

En esa misma coordenada, formar parte del grupo de los viernes de estudios posthumanistas en México y acompañar el proyecto de Posthumanismo Crítico Latinoamericano significó el hallazgo de una comunidad largamente buscada. En sus palabras, fue acogida por una caravana gitana donde el pensamiento se ensaya como práctica colectiva y la imaginación persiste en abrir futuros posibles, si acaso un porvenir mejor.

Antonio Gabriel Michou

Hace varios años escuchó a uno de sus profesores afirmar que, con frecuencia, uno encuentra un tema respecto del cual es posible tomar distancia, aunque jamás desprenderse por completo. Descubrió tempranamente aquel que habría de acompañarlo durante los años siguientes: el vínculo entre el arte y la vida, bajo sus múltiples nombres. La praxis vital en la creación, su relación con el vitalismo, las biopolíticas, las poéticas de lo viviente o el bioarte constituyen apenas distintas máscaras de una misma intriga a la que regresa una y otra vez, intentando darle forma mediante la escritura.

Después de todo ese tiempo, continúa orbitando alrededor de la misma pregunta: ¿qué puede enseñar la existencia cuando se deja de asumir al ser humano como la pieza central del rompecabezas? ¿Sigue siendo el arte –como sospechaban los románticos y algunos de sus herederos más obstinados– un territorio privilegiado para experimentar aquello que excede toda medida humana? Y más aún, ¿lo es hoy, desde el sur del sur global? Allí donde la vida suele presentarse primero como experiencia antes que como problema filosófico, estético o político, emergen formas inadvertidas de cooperación; maneras en que lo viviente insiste en desbordar las categorías destinadas a capturarlo. Quizá por ello terminó habitando una frontera porosa entre las ciencias sociales, la filosofía y las prácticas artísticas.

Se reconoce aficionado a la belleza, a lo fragante y a los antiguos alquimistas, incapaz de resignarse por completo al desencantamiento del mundo. Concibe la Vida como aquello rumoroso y húmedo que persiste allí donde los conceptos fracasan; una fuerza obstinada que se resiste tanto a la desaparición como a la clausura, introduciendo siempre una cuota de indeterminación en cada determinismo. Escribe para ella, aun sabiendo que toda escritura lo aproxima a su misterio y, simultáneamente, lo aparta de él. Acaso la Vida exija formas de conocimiento capaces de acompañarla sin domesticarla; una ciencia jovial atravesada por la estética, ajena a las fronteras disciplinares y que, en algún punto, sea también una parodia de la teoría.

Tal vez ese haya sido siempre su desafío: aprender a habitar el umbral donde la vida se vuelve pensamiento y el pensamiento vuelve a hacerse vida. Un juego infinito de reflejos en el que lo biográfico deviene biológico y lo biológico exige volverse biografía.

Helena Maldonado Goti

Practica el psicoanálisis en la Ciudad de México desde una posición situada, la cual insiste en mostrar la belleza de la precariedad. Así ha descubierto que este ejercicio tan peculiar y atípico se encuentra muy lejos de tener las condiciones necesarias para tejer lazos de complicidad con los proyectos transhumanistas financiados por Silicon Valley, los cuales reivindican la superioridad de “la humanidad” y apuestan por la trascendencia de su mortalidad. En cambio, los hallazgos del psicoanálisis evidencian el declive (o la culminación, depende del punto de vista desde el que se mire) del proyecto civilizatorio occidental sostenido en la Ilustración. Las crisis civilizatorias que caracterizan esta época no solo se pueden palpar en los discursos políticos y las prácticas extractivistas propias del capitaloceno, también se manifiestan en los consultorios psicoanalíticos. A veces a modo de una cierta melancolía, a veces a modo de angustia, desesperanza y desasosiego.

El motor para explorar textos y producciones que se sumergen en las entrañas de estos asuntos relacionados con escenarios apocalípticos y distópicos solo ha sido posible a partir de que el hábitat cotidiano de Helena funge como albergue de lo extranjero y lo doloroso, pero también de lo bizarro y lo inesperado. En el camino, también descubrió, junto con la importancia del cuidado de los otros (humanos y no humanos), sendas herramientas de construcción como la potencia de la imaginación y la eficacia de la especulación.

Los espacios de reflexión que se han generado en este camino han resultado ser no solo productivos, sino sobre todo reconfortantes. Es el caso de los encuentros con el grupo latinoamericano de estudios posthumanos y con el grupo de estudios posthumanistas de la Ciudad de México, cuyos integrantes, en su singularidad, han resucitado la curiosidad que durante años hizo de ella una incansable lectora y una curiosa exploradora de sistemas filosóficos y de mundos alternos. Aprende junto con ellos que la construcción de los refugios se hace entre varios y que los afectos mueven montañas.

Alfredo Saab Monroy

Se encuentra frente al espejo y no reconoce la imagen. Entonces surge la idea de colocar otro espejo frente a aquel en el que se observa. Queda así situado en medio de las miradas de dos espejos que se reflejan mutuamente. Aparece un sombrero replicado hasta el infinito.

Se aleja para traer los otros dos espejos que habían quedado en la sala. Al regresar, los coloca a ambos lados, de tal forma que queda encerrado entre cuatro puntos focales de reflejos. El sombrero recorre entonces cuatro caminos de imágenes sin fondo. Acaba por desprenderse y volar entre los espejos. Del ala cuelga una sonrisa.

Allí va el docente investigador, doctor en estudios sociales por la Universidad Externado de Colombia. Alcanzado por las tirantas rojas que permanecían en el primer reflejo, observa sin apartar la mirada. Detrás de la camisa blanca ya no hay cuerpo. Ahora pertenece a una escuela posdoctoral y forma parte del grupo de Posthumanismo Crítico Latinoamericano.

Resulta inquietante ver correr los pantalones vacíos, como si huyeran del sonido de los zapatos de cuero brillante, repetido incesantemente entre las imágenes reflejadas en cada pasillo formado por los espejos enfrentados. Cuando el sonido cesa, no queda nada. Sin embargo, él permanece allí. Continúa allí. Aquí, habría que decir, antes de la destrucción de los espejos por los infantes sin ojos. Aquí, habría que decir, antes de ser leído, para ser leído entre los fragmentos de los espejos rotos. Aquí, habría que decir, antes de la recolección de los escombros de vidrio realizada por los espectros nocturnos. Aquí, habría que decir, después de volver a escuchar el diálogo de los espejos transparentes.

Es quien escribió el capítulo de la guerra.



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