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3 Las trabajadoras ferroviarias

Del mundo masculino a La Casa que Abraza

María Malena Lenta, Roxana Longo y Graciela Zaldúa

Este capítulo surge de un proceso de Investigación Acción Participativa (IAP) y cogestión, acordado entre el colectivo de trabajadoras ferroviarias, el Observatorio de Prevención y Promoción de la Salud Comunitaria y el proyecto UBACyT “Exigibilidad del derecho a la salud: prácticas instituyentes y dispositivos alternativos en la zona sur de la CABA” de la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires, en el que se encuadra este libro.

En 2016, en el marco de un taller con trabajadoras ferroviarias realizado en la seccional Gran Buenos Aires Oeste de la Unión Ferroviaria, con ocasión de la conmemoración del 8 de marzo, día internacional de las mujeres trabajadoras, surgieron interrogantes en torno a las estrategias de acompañamiento a una trabajadora que se encontraba viviendo una situación de violencia de género por parte de su ex pareja. El espacio de problematización colectiva permitió explorar e implementar estrategias inmediatas de acompañamiento a dicha trabajadora, así como también, pensar estratégicamente en herramientas que permitieran abordar la problemática en su complejidad, haciendo visibles y colectivas las problemáticas de violencia invisibilizadas, no problematizadas y vividas como individuales.

El proceso de IAP que se desarrolló a partir de dicho acontecimiento tuvo como objetivo general fortalecer procesos de participación de las mujeres trabajadoras del Ferrocarril Sarmiento en la prevención de las violencias de género. Como objetivos específicos se buscó: 1) indagar sobre los mitos y prejuicios en torno a las violencias de género; 2) analizar diversos tipos y ámbitos de las violencias de género; 3) comprender los marcos jurídicos relacionados con las violencias de género; 4) problematizar las rutas críticas de las mujeres víctimas de violencias de género; y 5) promover estrategias colectivas y creativas de prevención de las violencias de género.

Desde la IAP partimos de un diagnóstico participativo y holístico de la situación. Asimismo, utilizamos y desarrollamos diferentes herramientas metodológicas que trataron en el proceso de incorporar la complejidad de las relaciones sociales, especialmente vinculadas con la desigualdad en los ámbitos laborales y en las vidas cotidianas de las mujeres trabajadoras, para generar soluciones y estrategias colectivas a los problemas cotidianos. Desde la cogestión apuntamos a la construcción colectiva de conocimiento. En este sentido, situamos la gestión asociada como corriente de pensamiento y como perspectiva metodológica, cuyo telón de fondo lo constituye un proyecto que confluye en torno a valores societales, métodos colectivos, así como de coconstrucción de estrategias innovadoras para enfrentar las lógicas de exclusión y desigualdad que constituyen los procesos de violentación por la condición de género. En términos prácticos, hablar de violencia de género supone destacar el fundamento sociocultural de esta violencia, abriendo la posibilidad de cambios e indicando las áreas sobre las que actuar (Ruíz y Pérez, 2007).

En este contexto, se planteó la necesidad de desarrollar estrategias que promuevan la exigibilidad de derechos de las mujeres en situación de violencia a partir de la participación y el fortalecimiento de las mujeres en todos los ámbitos en los que desarrollan sus relaciones interpersonales. Por ello el espacio de trabajo resultó un ámbito privilegiado para intervenir en la prevención de las violencias de género, logrando estrategias colectivas y creativas de afrontamiento de las violencias y sensibilización de los diversos actores intervinientes.

La IAP en diálogo con las epistemologías feministas (Biglia, 2005) permitió repensar la metodología y las técnicas de investigación, sobre todo las referentes a la investigación-acción y a la investigación-acción-participante, así como redefinir las formas epistémicas y las ontologías que nutren la investigación psicosocial (Fulladosa-Leal, 2014).

En función de lo planteado, compartimos en este trabajo las interpretaciones de un proceso de IAP que permitió analizar la participación social y las estrategias para el cuidado de sí y de las otras, en dicho colectivo de trabajadoras ferroviarias, entre septiembre de 2016 y diciembre de 2017. Desde la lógica cualitativa se intentó, a través de las narrativas de las participantes, interpretar las dinámicas de las prácticas y los significados de las historias que reconstruyen las mujeres sobre su vida cotidiana en relación con el trabajo. En este sentido, experiencia, vivencia, sentido común, acción social, intencionalidad y significado constituyen la superficie en la cual se yergue la posibilidad de la comprensión, actitud que es al mismo tiempo arte y ciencia de la investigación cualitativa (Minayo, 2010).

En un primer momento de intervención/indagación se trabajó a partir de la implementación de seis talleres de discusión sobre las problemáticas relevantes de las mujeres trabajadoras vinculadas a las violencias de género y el proceso de trabajo. Se trató de la creación de un espacio colectivo de identificación de problemas, consensos, disensos, nudos críticos y recursos colectivos (Kamberelis y Dimitriadis, 2015), en los que participaron las 65 trabajadoras ferroviarias.

En un segundo momento, se desarrollaron relatos de vida junto con 10 trabajadoras que habían participado de la primera instancia de los talleres de discusión.

Contextualización de la organización y participación de las trabajadoras ferroviarias frente a las violencias de género

El gremio ferroviario ha sido considerado históricamente como un sector especialmente masculino. Con la conformación del sistema ferroviario argentino a mediados del siglo XIX como parte de la consolidación del Estado-nación y el modelo agroexportador, el ferrocarril fue considerado un medio de transporte privilegiado que permitió conectar económica y socialmente a prácticamente todo el territorio argentino, llegando a alcanzar más de 47.000 km de vías. Luego de diversos momentos que incluyeron su nacionalización durante el peronismo (1946-1952/1952-1955), un siglo después, a partir del gobierno de Frondizi (1958-1962), comenzó un período de reorganización productiva y retroceso ferroviario (Plan Larkin asesorado por el Banco Mundial) que redujo a la mitad la cantidad de vías. El gobierno frondizista les aplicó el código de justicia militar a través del Plan Conintes (Conmoción Interna del Estado), y muchos ferroviarios que resistieron a los cierres de ramales fueron reprimidos. Durante la última dictadura militar (1976-1983), la resistencia de los trabajadores ferroviarios fue un hito histórico en la defensa de sus fuentes de trabajo y del ferrocarril. Sin embargo, muchos de ellos fueron desaparecidos junto con ramales y talleres.

“Ramal que para, ramal que cierra” fue la emblemática frase que coronó el proceso de destrucción del ferrocarril y que concluyó el denominado “ferrocidio” en la década de 1990 con la presidencia de Menem (1989-1995/1995-1999). Con la reprivatización del ferrocarril, no solo se cerraron ramales, sino que se clausuraron talleres, se echaron a perder maquinarias y la población ferroviaria disminuyó drásticamente con el despido de más de 135.000 trabajadores a comienzos de los años 1990 (Díscoli, 2013; Cena, 2009). En las décadas posteriores, la decadencia ferroviaria continuó con nuevas privatizaciones hasta que, en el año 2012, los trenes fueron otra vez nacionalizados luego de la denominada “masacre de Once”, el accidente que causó la muerte de 53 pasajeros y cientos de heridos producto de las malas condiciones de seguridad que habían sido reiteradamente denunciadas por la Comisión de Reclamos de los Trabajadores de la Línea Sarmiento (Zaldúa, Lenta y Leale, 2016).

En el marco de la crisis de 2001, la debacle en la representación política tuvo un impacto en el modelo sindical y dio emergencia al surgimiento de un nuevo sindicalismo combativo cuyo principio es la democracia sindical de base. Dentro de los diferentes procesos de organización que se desarrollaron en esa década, uno de los casos más relevantes fue el de la seccional Gran Buenos Aires Oeste de la Unión Ferroviaria (Ferrocarril Sarmiento). Además de conseguir sustanciales mejoras salariales en esa década, desde el cuerpo de delegados, este sector del sindicalismo logró el armado de una bolsa de trabajo para el ingreso al ferrocarril donde cada uno de los trabajadores podría proponer el ingreso de familiares (Castillo, 2012). Así fue como, entre los años 2005 y 2006, al calor de una histórica lucha por recuperar el convenio colectivo de trabajo, sobre una planta de casi 2000 trabajadores varones en la línea, se dio el ingreso de las primeras 16 mujeres, actualmente, denominadas las “pioneras”.[1] Posteriormente, fueron ingresando nuevos grupos hasta llegar, en 2016, a 300 mujeres y cerca de 3000 varones.

El sindicato, el club ferroviario y la familia ferroviaria conforman procesos colectivos en los que históricamente se socializaba una identidad común del personal ferroviario. Sin embargo, la presencia de mujeres en el espacio de trabajo, desarrollando tareas “codo a codo” con los varones, puso en jaque ese proceso identitario, la distribución de roles y espacios, y dio lugar a nuevas discusiones al interior del espacio sindical y del trabajo.

Muchos fueron los desafíos que debieron enfrentar las mujeres ferroviarias en la organización y espacios de trabajo. Primero fue la exigencia por el cupo femenino en todas las especialidades y luego, tras desarrollar durante años un proceso de organización colectiva en la agrupación “Mujer bonita es la que lucha” ‒que las llevó a participar en otros espacios del movimiento de mujeres, como los Encuentros Nacionales de Mujeres por el reconocimiento de sus derechos‒, se configuró la necesidad de responder al problema de las violencias de género que vivían las trabajadoras en los diferentes ámbitos de la vida cotidiana.

Durante 2016, las 65 mujeres ferroviarias fueron parte del espacio de formación de promotoras para la prevención de las violencias de género, implementado en cogestión con el Observatorio de Prevención y Promoción de la Salud. En 2017, junto con un equipo de profesionales, ellas construyeron un espacio de encuentro de mujeres: “La Casa que Abraza”, como lugar de sororidad, es decir, de acompañamiento y empoderamiento de las mujeres ferroviarias que viven violencias de género. Desde allí también organizaron talleres de problematización de las diversas situaciones de violencias vivenciadas en los espacios de trabajo y de temáticas como el derecho al aborto, la salud sexual y reproductiva, el cuestionamiento al amor romántico y la historia del movimiento de mujeres, entre otras. A su vez, se propusieron llevar la cuestión de las violencias de género a debates en los espacios de trabajo con sus compañeros varones y organizaron talleres de discusión en las salas de descanso de los talleres de mecánica, en las estaciones de tren para que participen los trabajadores de boletería, en las oficinas para que debatan los de control de tráfico y telecomunicaciones, y en otros espacios para que participen los trabajadores de limpieza, de evasión y de vía y obra. El objetivo fue informar acerca de los derechos de las mujeres trabajadoras y problematizar los vínculos cotidianos entre compañeros y compañeras.

Asimismo, desarrollaron acciones de exigibilidad de derechos hacia diferentes organismos públicos para acceder a la atención integral frente a las violencias de género y, especialmente, reclamaron a la empresa Trenes Argentinos la licencia por violencia de género, derecho fundamental que consiguieron en diciembre de 2017.

¿Y quiénes eran las mujeres que fueron parte de esta experiencia pionera? En cuanto a las 65 mujeres participantes del proceso de IAP, todas contaban con contrato estable en el ferrocarril con fecha anterior al 31 de diciembre de 2015. La antigüedad en el trabajo oscilaba en un rango de 11 años a 1 al momento del proceso de IAP, identificándose la media en 1,5 años. En cuanto al puesto de trabajo, las trabajadoras se desempeñaban en limpieza, evasión, guardabarrera, guarda de tren, señalamiento y boletería. Respecto de la participación sindical, si bien todas las trabajadoras habían concurrido al menos a una actividad sindical (asamblea, reunión, paro, entre otras), desde su ingreso al ferrocarril, seis de ellas tenían cargos sindicales (cuatro de ellas eran miembras de la comisión ejecutiva de la seccional ferroviaria y dos eran miembras del cuerpo de delegados y la comisión de reclamos del sector).

En cuanto al rango de edad, fue de 20 a 54 años, ubicándose la media en los 31 años. Respecto a la situación de pareja, el 64,61por ciento tenía pareja estable mientras que el 35,39 por ciento no la tenía. A su vez, el 80 por ciento tenía al menos un/a hijo/a, mientras que el 20 por ciento restantes no tenía hijos/as.

Afectaciones, transformaciones y desafíos de la participación de las mujeres ferroviarias

El tránsito por los espacios históricamente masculinos

Trabajar en el ferrocarril constituye un desafío importante para las trayectorias de vidas singulares y laborales de las mujeres, ya que se trata de una actividad históricamente dominada por varones. Eso se expresa tanto en el tipo de tareas asignadas por género, como también en la adecuación de los edificios, la distribución y uso de los espacios de descanso y el diseño de los propios uniformes. En el caso de las mujeres trabajadoras del Ferrocarril Sarmiento, tuvieron que atravesar diferentes obstáculos. Sus narrativas dan cuenta de ello:

En un primer momento, solo podíamos acceder a puestos de limpieza (…) hubo bastantes problemas en la relación además porque compartían el vestuario (…) el tema del vestuario, el baño, la ducha… vos te tenés que estar bañando y están los tipos. Era un problema (…)

 

Ahora podemos ser carpinteras, antes te decían “no, porque ustedes…”, ahora se puede más, esa discusión ahora está saldada.

Tal como se puede observar, en el espacio de trabajo operan ciertos estereotipos sobre el rol habilitado para las mujeres, particularmente en los procesos de selección de personal, ya que la presencia de mujeres no es uniforme en los distintos sectores de actividad. Existen estereotipos que las asocian a la fragilidad, al ámbito privado y a la psicología individual (Molinier, 2016). Por ello las tareas de limpieza, asociadas al rol tradicional de las mujeres en el hogar, constituyeron el primer espacio de ingreso de las trabajadoras al ferrocarril, que consistía también en el rubro de menor calificación y remuneración. A su vez, estos estereotipos operaban y operan además en la distribución de los territorios. Era frecuente tener asignado un espacio de descanso más reducido que el de los hombres en el ámbito de trabajo, lo que señala problemáticas vinculadas a las condiciones de trabajo y clima laboral.

Una de las primeras demandas que permitió constituir el colectivo de mujeres como tal en el ferrocarril fue reclamar el acceso a todas las categorías laborales a través del cupo. De esta manera se abordaron varias discusiones con el conjunto de los trabajadores: el reconocimiento de la capacidad de las mujeres para el desempeño de tareas que rompían con el estereotipo tradicional de género y la reorganización de los espacios de trabajo, especialmente, los de descanso y aseos, desde otras normas que permitieran incluir a las mujeres. Esta tarea implicó el encuentro y reconocimiento de las trabajadoras entre sí, y de esta manera rompió las lógicas de la competencia y entabló los primeros lazos de reconocimiento sororo a través de la participación comprometida en la causa en común.

La visibilización de las violencias de género en el espacio de trabajo

La violencia de género en el trabajo es un hecho cotidiano que se expresa en las relaciones laborales y en las relaciones entre los géneros en el ambiente laboral, pero que no es suficientemente reconocido como transgresión. Por el contrario, suele darse una fuerte tendencia a la banalización o normalización de los hechos, y sus consecuencias en la integridad física y psicológica de la víctima (Acevedo, 2009). Por ello, se vuelve relevante poder problematizar y trabajar la presencia de prácticas en las que se ejerce violencia de género en el trabajo, lo cual resulta fundamental para propiciar mayor igualdad.

Las producciones surgidas de los talleres demuestran cómo esta problemática es considerada y sentida por las mujeres trabajadoras.

Transcripción de afiche sobre identificación de situaciones de violencia de género observadas en el trabajo. Grupo 1

  • En barrera maltrato verbal y físico de la patronal y automovilistas.

  • Acoso y persecución de jefes y supervisores.

  • Falta de higiene y seguridad en el ámbito laboral.

  • Discriminación por parte de los compañeros.

  • El personal femenino no tiene posibilidad de ascenso en ciertos sectores.

  • Discriminación por elección sexual.

  • El uniforme del personal femenino es el mismo que el de los hombres.

Transcripción de afiche sobre identificación de situaciones de violencia de género observadas en el trabajo. Grupo 2

  • Compañeras de trabajo reciben insultos, maltratos, descalificación, discriminación física por parte de un superior. Esta situación se repite con varias compañeras de distintas estaciones.
  • Identificamos diversas violencias laborales y violencias de género dentro del ámbito laboral.
  • Nos enteramos del caso por relatos de terceros.
  • Identificar que es un caso de violencia. Sentirse libremente en su lugar de trabajo sin el hostigamiento constante de un superior.

Tal como se interpreta en las narrativas producidas en los talleres, el acoso laboral inscripto en la violencia de género es una forma de violencia en el trabajo que remite a los comportamientos verbales, no verbales o físicos que realizan las jefaturas, compañeros de trabajo e incluso los usuarios del transporte contra una trabajadora, que dañan su dignidad, su salud, su libertad, su autonomía, su vida, y que adquieren su máxima expresión cuando se crea un entorno intimidatorio, hostil, degradante, humillante y ofensivo en el centro de trabajo (Rivas, 2008: 251).

Otras de las problemáticas que manifiestan es la presencia de diferentes situaciones en las que se develan prácticas y significaciones que expresan patrones estereotipados, como las que se señalaron en relación con las categorías laborales y en los mensajes, valores, íconos o signos que transmiten y reproducen la dominación, desigualdad y discriminación en las relaciones sociales, que naturalizan la subordinación de la mujer en la sociedad. Un ejemplo de ello es la invisibilización de los cuerpos de las mujeres, que se expresa en la falta de uniformes adecuados o en los tipos de insultos que reciben por parte de los usuarios y jefes, vinculados a su condición de mujeres.

Las sobrecargas del trabajo y los impactos subjetivos

La problematización asociada a la dicotomía del espacio público y del espacio privado en el trascurso de la intervención permitió visibilizar, por ejemplo, cómo aún el ingreso de las mujeres a empleos formales que se desarrollan en un espacio público está lejos de inscribirse sin tensiones. La persistencia del papel de la mujer no ha dejado de girar sobre los asuntos internos de la familia, como esposa, madre y administradora de la casa. Como consecuencia aparece una enorme inseguridad de la vida cotidiana que presenta un orden de género, por ser las mujeres las socialmente responsables del mantenimiento de la vida, lo que se ha denominado la feminización de la supervivencia (Carrasco, 2017). En este sentido, la escasa modificación de los patrones de distribución del trabajo doméstico dentro del hogar genera tensiones que las trabajadoras ferroviarias relatan:

Nosotras tenemos horarios duros. A veces entramos o salimos de trabajar de madrugada y tenés que ver cómo dejamos a nuestros hijos, es dura la organización (…) 

 

Nosotros no podemos salir de la barrera ni para ir al baño, o sea, para nada. Entonces para las compañeras eso es mucho más complejo, vos ponele se te enferma tu hijo, yo no tengo hijos, pero la mayoría de mis compañeras sí, y te llaman porque está enfermo tu hijo, no te dejan salir de la barrera, es así. Y eso en las otras áreas no pasa. Entonces a mí sí me gusta seguir en este rubro dentro del ferrocarril, aunque sé que es una vida mucho más sacrificada.

Imagen 1. Taller de problematización de las situaciones de violencia de género en el espacio del trabajo.

Aun cuando las mujeres tengan empleo parece imposible que se eliminen todas las diferencias y discriminaciones preexistentes, por lo que suele producirse una sobrecarga de trabajo para estas mujeres en función de la doble jornada laboral. La presencia de estereotipos mantiene su influencia y la inserción laboral no se produce en condiciones favorables para las mujeres, en gran parte debido a su pertenencia a un colectivo devaluado socialmente, que las insta a que deban legitimar su presencia en los espacios de trabajo de los que eran tradicionalmente excluidas con un sobredesempeño:

Siendo guarda, no te podés enfermar, no podés decir “mi hijo tal cosa”. Si un varón falta, falta. Si nosotras faltamos dicen “ven, son flojitas las mujeres” (…) Es como que tenemos que demostrar siempre que podemos más, ser mejores, aunque se nos reconozca menos que a los varones.

Estas situaciones de sobrecarga de tareas y exigencias conjugan angustias y sufrimientos ante el temor de no poder cumplir con las expectativas propias y de los otros. No obstante, la posibilidad de problematizar colectivamente la carga del trabajo doméstico y la sobreexigencia del trabajo en los espacios conquistados permitió morigerar el malestar vivido de manera individual. La dimensión colectiva de las discriminaciones y demandas sobre las mujeres en relación con el trabajo favorece la desnaturalización de los estereotipos y roles prefijados de género, así como también la imaginación y planificación de estrategias para el acompañamiento en los nuevos puestos de trabajo y el replanteo de las organizaciones familiares.

Imagen 2. Taller de cartografía de recursos frente a las violencias de género

Transformaciones en las trayectorias laborales y subjetivas

El proceso de abordaje colectivo de las dificultades por las que las trabajadoras fueron atravesando en el espacio de trabajo fue uno de los elementos sustanciales para conseguir cambios y favorecer prácticas más dignificantes. En el trascurso del tiempo, la organización de las mujeres y su ejercicio permanente de exigibilidad fue crucial para lograr importantes conquistas en términos de derechos laborales, pero también en lo que respecta a sus propias trasformaciones subjetivas e identitarias, es decir que generan una transformación positiva en la vida cotidiana de las mujeres:

Yo lo veo como una lucha que estamos logrando, lo del baño, lo que es compañerismo hombre-mujer al principio fue duro (…)

 

Hasta ahí era nuevo para todas. Me parece que (…) vamos aprendiendo la una de la otra. Nos fuimos formando entre todas. Y bueno ahí empezamos a organizarnos más sólidamente (…) empezamos a hacer cosas, un 8 de marzo me acuerdo que vestimos la seccional con guirnaldas de bombachitas.

El hacer con las otras, entre trabajadoras, favoreció procesos de hacer-se otras tanto en el plano singular como colectivo. Las dinámicas de la participación produjeron tensiones en los espacios familiares y laborales de estas mujeres. El tiempo dedicado a la pelea por los derechos laborales y de género redefinió el tiempo empleado en las actividades del trabajo doméstico. En muchos casos, esto implicó reclamos por parte de las parejas y otros miembros de la familia; en otros, suscitó el apoyo de familiares, especialmente de las hijas, al ver el nuevo lugar social ocupado por las mujeres madres. En todos los casos, se dieron ciertas transformaciones vinculares para sostener la participación de las mujeres en los espacios colectivos.

A su vez, los encuentros de lucha propiciaron otros encuentros de reconocimiento entre pares y disfrute, históricamente relegados por estas mujeres. La participación en los Encuentros Nacionales de Mujeres significó la posibilidad de combinar la lucha política de género con el habitar otros territorios impensados para las mujeres. Por ejemplo, salir de viaje sin los hijos o la familia.

Los procesos de capacitación y formación

Los procesos de capacitación y formación han jugado un papel importante en la elaboración de estrategias colectivas y la construcción de alternativas de propuestas laborales para este colectivo de trabajadoras, al mismo tiempo facilitaron procesos más amplios de problematización de la violencia de género. Se promovieron instancias en las que se analizaron las categorías de género desde una mirada crítica que permitió develar las prácticas androcéntricas impregnadas en sus espacios laborales, pero también en su mundo personal e íntimo. Es decir que también facilitaron la comprensión de que el movimiento de la vida cotidiana, la experiencia de cada sujeta individual, con sus posibilidades y sus límites está directamente relacionada y confrontada con la fuerza de las estructuras sociales a través de dinámicas (y tensiones) de relaciones sociales, y en ese movimiento también se dan las posibilidades de cambios, transformaciones (Avila, Ferreira y Arantes, 2017). Las narrativas de las trabajadoras dan cuenta de este aspecto:

Ah, yo me siento orgullosa, qué querés que te diga. Yo me siento orgullosa de todo esto, como que te da una chapa aparte, aprendés un montón de cosas que yo no tenía, yo ni pensaba todo esto, ¿viste? Entonces vos aprendés un montón de cosas de todo. Tanto en el trabajo como en la calle porque nosotros acá tenemos “los trapitos” y ellos te van enseñando cómo podés hacer esto, o la droga, cosas que uno a veces estando en una oficina o en una cosa vos no lo ves, lo ves en la televisión ¿me entendés? (…)

 

Sí, fuimos como creciendo juntas como laboralmente. Es más, muchas de ellas como que son chicas, yo tengo 30 años y muchas de mis compañeras tienen 22, 23, o sea, entraron chiquitas 20, 19 años, entonces como que es ir creciendo con ellas también. Linda experiencia. Bueno después participar de los distintos acontecimientos como de marchas o en este caso La Casa que Abraza también nuclea a varias compañeras que arrancaron conmigo, porque más allá de lo laboral, lo que fuera lo gremial, por decirlo de alguna manera, también lo compartimos.

Los procesos de formación adquieren un papel privilegiado en lo que respecta al autoconocimiento reflexivo que en un principio puede crear desconcierto y crisis identitarias. Sin embargo, en la experiencia subjetiva, se produce un extrañamiento y luego una resignificación simbólica. Toca a cada mujer en territorios de la propia biografía. Ahí el extrañamiento precede a la autoconciencia y a la aceptación resignificada de lo conocido, sentido y hecho cuerpo y subjetividad: mi cuerpo, mis afectos, mis deseos y mis espacios, mis acciones, los sucesos y aconteceres en el camino de mi vida (Lagarde, 2006).

Conclusiones y discusiones

La creación de espacios autogestivos de género y la implementación de estrategias de prevención de violencias de género propician procesos instituyentes singulares y colectivos de encuentro y sororidad. La dinámica participativa sindical inscripta en “Mujer bonita es la que lucha” opera con una lógica de afirmación reivindicativa de género y habilita la producción de sentidos que subvierten los tradicionales estereotipos femeninos centrados en la esencialización de lo femenino en el sintagma mujer-madre y la subalternización del trabajo femenino en lo público. La constitución de “La Casa que Abraza” es otro momento del proceso y un significante convocante al acompañamiento que habilita espacios de prevención de las violencias, y atiende las situaciones de vulnerabilidad desde una sensibilidad y responsabilidad ético-política.

Las cuestiones de género, en particular las lógicas de poder y subordinación, son obstáculos en la constitución de relaciones más igualitarias entre mujeres, varones e identidades disidentes. Las mujeres son víctimas más frecuentes de la violencia de género en el trabajo, a través de procesos de segregación, hostigamiento y/o discriminación laboral. Es un hecho que se vive en la cotidianeidad y que se expresa tanto en la organización de las jerarquías laborales, las capacidades y accesibilidades, como en las relaciones intra y entre los géneros en el ambiente laboral.

Repensar el proceso de IAP permitió dar cuenta del fortalecimiento del propio colectivo de las mujeres trabajadoras. El ejercicio reflexivo también denotó que la libertad sindical, el derecho de sindicalización y la negociación colectiva constituyen una base central para avanzar sobre el derecho a la igualdad y no discriminación de género.

La violencia hacia las mujeres es una problemática que exige de experiencias innovadoras, creativas e integrales. A la par de renovar abordajes y prácticas en lo que respecta a la problemática de la violencia de género, resulta necesario sistematizar aquellas experiencias exitosas que son gestadas desde diversos colectivos y contribuyen a abordar un problema trascedente para la vida de las mujeres.


  1. Cabe señalar que, previamente, a fines de los años 1990, se había dado el ingreso de dos mujeres a causa del fallecimiento de sus maridos ferroviarios. Sin embargo, estos hechos no son consignados en la historización del proceso de las mujeres ferroviarias del Ferrocarril Sarmiento.


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