José Garriga
En 1946 en la isla de Tierra del Fuego, con objetivos comerciales de la industria peletera, se introdujeron castores, un animal exótico. El emprendimiento no prosperó, los castores quedaron libres e iniciaron un rápido proceso de expansión. El castor se transformó en un grave problema para los bosques fueguinos. Los diques construidos por los castores producen inundaciones que ahogan a los bosques y generan un desastre ecológico. Nos interesa en estas páginas analizar las interpretaciones de los guardaparques sobre las especies invasoras para comprender cómo se debe cuidar la “naturaleza”. Con este objetivo, primero analizaremos cómo los guardaparques piensan su trabajo, para luego analizar cómo representan a las especies exóticas, en especial el castor. Nos interesa abordar cómo se interpreta y cómo los guardaparques viven el hecho de tener que matar castores para proteger la “naturaleza”. ¿Qué sentimientos despierta la “obligación” de matar? Finalizaremos reflexionando sobre el Estado, el cuidado y la muerte.
Cuidar y controlar
Tomo un café con un guardaparque -ya retirado- en un bar en Ushuaia. Un bar pintoresco en una ciudad bellísima. Trabajó durante muchos años en el PNTdF y ahora está jubilado. Afable y de sonrisa fácil, rememora tormentas de nieve que lo dejaron aislado, excursiones por las montañas y el maltrato de los turistas. Entre otras cosas, recuerda el trabajo con fauna invasiva y exótica, habla de castores, de la necesidad de “controlarlos” para que no “rompan” el ambiente. Dice que no le gustaba pero que había que hacerlo, que es parte de sus tareas laborales. Una pregunta surge de esta incomodidad: ¿para cuidar hay que matar? En estas páginas analizaremos esta tensión –¿es una tensión?– para reflexionar cómo se (re)construye la dicotomía naturaleza-cultura, cuál es el rol del Estado en esta reconstrucción y cómo aparecen las sensaciones al “matar” de los guardaparques.
Decíamos en el segundo capítulo que, en la dicotomía clásica naturaleza-cultura, el trabajo del guardaparque era un trabajo de “cuidado”. La modernidad separó la naturaleza de la cultura, construyó una frontera (Descola, 2005; Latour, 2004). La razón moderna concibió a la naturaleza como externa, inerte y pasiva. La escisión aseguraba el dominio de la razón sobre la naturaleza. El conocimiento científico y el descubrimiento de “las leyes de la naturaleza” definieron una jerarquía y legitimaron así un dominio. Por ello, desde entonces, la naturaleza debe ser cuidada y protegida, su pasividad habilitó una lógica determinada de cuidado. Lo pasivo habilita una forma determinada de intervención.
Entonces, qué pasa cuando para cuidar a “la naturaleza” hay que matar a la “naturaleza”. Nos interesa adentrarnos en esta cuestión. Tomaremos el caso de los castores en el PNTdF, analizando desde la óptica de los guardaparques la representación de estos animales y su peligro. Los castores fueron introducidos en la isla de Tierra del Fuego en 1946 con objetivos comerciales de la industria peletera. El emprendimiento no prosperó y los castores quedaron libres e iniciaron un rápido proceso de expansión, al no tener predadores. La expansión del castor es un grave problema para los bosques fueguinos. Los diques construidos por los castores producen inundaciones que ahogan a los bosques y generan graves problemas ecológicos.
Analizaremos, entonces, las interpretaciones de los guardaparques y las representaciones en el Centro de Interpretación del PNTdF sobre las especies invasoras para comprender cómo se debe cuidar la “naturaleza” de la “naturaleza”. Con este objetivo, primero analizaremos cómo los guardaparques piensan su trabajo respecto a estas tareas, para luego analizar cómo representan a las especies exóticas, en especial el castor. Nos interesa abordar cómo se interpreta y cómo los guardaparques viven el hecho de tener que matar castores para proteger la “naturaleza”. ¿Qué sentimientos despierta la “obligación” de matar? ¿Cómo se gestionan estos sentimientos? Encontramos una tensión entre matar y cuidar que será analizada a partir de las trampas que alimenta la dicotomía naturaleza-cultura. Finalizaremos reflexionando sobre el Estado, el cuidado y la muerte.
Especies invasoras
El control ecológico es otra de las tareas de los guardaparques en el PNTdF. Controlar es reducir las poblaciones de plantas y animales exóticos, de las especies invasoras. Entre las especies que se deben controlar están el castor, el conejo europeo, el salmón, el alga “moco de la piedra” o didymo y el visón. Además, se debe vigilar a los animales domésticos de campos vecinos que ingresan y destruyen el hábitat.
“Controlar” es un eufemismo para matar. Controlar puede traer muchas resistencias. Las ideas de conservación de los guardaparques y las nociones del sentido común colisionan. ¿Cómo matar un castor puede ser cuidar la naturaleza? La campaña de erradicación del castor tiene grandes cuestionamientos. Este mamífero, simpático de apariencia inofensiva, no parece un problema mayúsculo que deba ser exterminado. Además, lo pintoresco del castor lo transforma en un importante recurso turístico de la provincia. Por ello, las campañas para legitimar el control de “especies invasoras” hacen hincapié en cuidar la naturaleza.
¿Qué es, entonces, una especie invasora? Podemos definir así a los animales introducidos por el hombre que desequilibran el medio ambiente. La aparición de las especies introducidas por el hombre que ponen en peligro el hábitat es una muestra cabal de la tarea del guardaparque: conservar la naturaleza. En este caso el riesgo no es la depredación de los bosques ni la contaminación. Los riesgos son animales que pueden modificar el hábitat.
Volvamos, para observar cómo se representan a los animales introducidos, a la sala de interpretaciones del PNTdF. La sala es un instrumento de la administración del parque para construir una forma de ver la relación naturaleza-cultura. ¿Cómo aparecen representados los castores en esta sala? Los castores son presentados como “simpáticos pero problemáticos” y se enumeran los riesgos que el accionar de estos mamíferos tiene sobre los bosques nativos.
Me interesa traer la noción de cuasi-naturaleza que vimos en el segundo capítulo para reflexionar sobre la representación de estas especies “naturales” que son interpretadas más cerca de la cultura que de la naturaleza. Al ser introducidas por el hombre, estas especies no son definidas como “naturaleza”. La noción de cuasi-naturaleza es deudora de Latour (2004) y del concepto de cuasi-objeto. Para Latour la modernidad es un sistema clasificatorio que configuró la disociación entre naturaleza y sociedad. Disociación que nunca fue real y por ello titula a su obra: “Nunca fuimos modernos”. Un sistema de clasificación imperfecto, habitado por híbridos. Latour nombra cuasi-objetos a estos híbridos, los que no tienen un espacio definido, no son del todo sujetos ni del todo cosas. La noción de cuasi-naturaleza toma esta idea de cuasi-objetos y nos permitirá iluminar/analizar, por sus imperfecciones, las operaciones de separación de la naturaleza y la cultura. El castor es un representante de la cuasi-naturaleza, difícil de clasificar. Es parte de la naturaleza, pero incluido en estos ambientes por la cultura. Recordemos que los castores fueron introducidos por el hombre y su accionar es devastador para la “naturaleza”.
Miremos cómo se refieren a estos animales en los folletos que se entregan al ingresar al PNTdF:
Existen también algunas especies de animales introducidas por el hombre hace varias décadas con fines económicos como el conejo europeo, el castor, la rata almizclera y el zorro gris. Estas especies se asilvestraron en un medio que no estaba preparado para soportarlas y por tal motivo algunas de ellas han causado algunos impactos muy serios en el paisaje natural. Un buen ejemplo de ello se observa en las áreas afectadas por las colonias de castores.
Es necesario resaltar la representación de estas especies como invasoras, introducidas. Al ser especies invasoras, son cuasi-naturaleza, dominan el territorio de las especies nativas y las ponen en “riesgo”. Los “impactos serios” sobre el paisaje, como dice la folletería, contribuyen a la legitimidad del “control”. Se construye una representación negativa que juega el juego de validar las acciones sobre los castores.
Observamos que los animales introducidos aparecen como una de las justificaciones de la existencia del parque nacional. Por su parte, la folletería que se entrega a los visitantes señala que el parque “protege” 68.909 hectáreas, la noción de protección señala el riesgo potencial y la necesidad del Estado de conservar. Hay que controlar al castor. Pero también cuidar a las especies nativas, las no introducidas. ¿A quién hay que cuidar? Los visitantes del parque reciben al abonar el ingreso un folleto sobre el huillín, una especie de nutria que habita el parque nacional y se encuentra en peligro de extinción. El PNTdF, según la folletería, protege el hábitat costero y asegura la conservación de esta especie. Sostiene que se dedican recursos para su estudio y conservación. Los castores “simpáticos pero problemáticos” son la contracara del huillín, que dada su fragilidad necesita ser conservado.
Además, el castor, al ser introducido, es un ejemplo de lo inclasificable, de lo que pone en peligro el paisaje. Por el contrario, el huillín es sin dudas un ejemplo de la “naturaleza”, de lo que debe ser cuidado. A uno se lo controla y al otro se lo cuida.
Matar, controlar, cuidar
Ahora bien, nos interesa analizar cómo interpretan nuestros entrevistados su trabajo de “control”, el trabajo de matar castores. Respecto al control de los castores como especie invasora, los guardaparques entrevistados sostienen que es una “obligación” dentro de sus funciones, que es lo que “hay que hacer”. Una obligación. Además, entienden y usan como argumento para legitimar ese “control” una sentencia, para ellos, fundamental: los castores están destruyendo el parque y la isla. La sentencia es incuestionable: las muestras de la destrucción ambiental son visibles. Las castoreras están modificando el paisaje, están destruyendo los bosques.
Una vez al año los guardaparques monitorean las colonias de castores dentro del parque. Si hay colonias activas en zonas que quieren recuperar o proteger se procede a poner trampas para controlarlos. Sucede que en muchos lugares no se pueden poner trampas porque ellas atraparían también al huillín. Cuando no se pueden poner trampas a los castores se los controla con armas de fuego. Es parte de un trabajo físicamente exigente por las inclemencias climáticas esperar a los castores y dispararles. Los guardaparques aquí empiezan a señalar algunas cuestiones que deseamos remarcar. Nuestros interlocutores señalan que hay que controlar al castor, pero no es lo mismo matar con una trampa que con un disparo. Poner la trampa y encontrar el animal muerto despersonaliza el acto de matar y no genera entre los guardaparques tantos sentimientos encontrados como dispararles. Hay que matar a los castores, pero las formas de matarlos señalan diferencias.
Por otro lado, quiero retomar la “simpatía” del castor para señalar otra complejidad del “control”. Matar a un animal “simpático” no es lo mismo que matar a animales antipáticos o apáticos. Para iluminar este punto quisiera reflexionar sobre el control del salmón Chinook. Anteriormente, vimos cómo las tareas de control que hacen los guardaparques del salmón Chinook se viven como experiencias emocionantes y no como una “obligación”. Este tipo de salmón es también una especie introducida que tiene efectos devastadores sobre el hábitat. Controlar especies como el salmón Chinook no se siente como una “obligación”, está vinculado al disfrute, a las actividades que les gusta realizar a los guardaparques.
Dos cuestiones para reflexionar sobre estos puntos. La primera tiene que ver con la representación del castor como alimento. El control sobre el castor ha intentado legitimarse haciéndolo un elemento alimenticio. Sin mucho éxito en la Isla se habla del castor como alimento para poder hacer así más legítima su caza. Matar algo comestible da sentidos diferentes a la muerte. El salmón Chinook se come. Son peces enormes que pueden pesar más de 15 kilos. Por ello, los guardaparques viven esas excursiones de control con placer sin remordimientos, sin sentirlas como una “obligación”.
La segunda cuestión señala que el castor aparece como un animal más cercano a la cultura y eso dificulta su control. ¿En qué radica la simpatía? Son “simpáticos” porque son mamíferos y se parecen mucho a algunos animales domésticos que son parte del universo de la cultura. Así, los guardaparques están “obligados” a matar estos animales que, al ser híbridos, cuasi-naturaleza, están más cerca de la cultura que los animales posibles de ser clasificados dentro de la naturaleza.
Siguiendo a Hochschild (2008), podríamos decir que los guardaparques realizan una gestión de sus emociones. La gestión emocional es la acción de ubicar los sentimientos existentes en relación a las reglas sociales que regulan las emociones. El manejo de las emociones intenta articular las emociones en consonancia con las reglas sociales. Entonces, las emociones del matar se ajustan -con una gestión imperfecta- a las reglas sociales cuando transforman las prácticas del control en cuidado. Hochschild (2008) señala que las reglas y normas sociales tienen una función normativa, que regulan la exhibición de las emociones. Hochschild (2008) sostiene que las reglas del sentimiento definen lo que deberíamos y no deberíamos sentir. Así, las emociones son definidas por los contextos socioculturales y los guardaparques se encuentran entre dos sentidos: cuidar y matar. Para manejar sus emociones los guardaparques piensan el control como cuidado y no vinculado al “matar”. Dado que las reglas sociales dicen que cuidar está bien y matar está mal, los guardaparques presentan sus emociones ajustadas a la lógica del cuidado.
Retomemos. La noción nativa de “obligación” puede ser interpretada en línea con lo que Castilla (2017) analiza en su trabajo sobre el uso de la violencia entre madres de sectores populares. Castilla muestra cómo las madres usan la violencia con sus hijos para prevenir males mayores. Así, una cachetada es una herramienta de las madres, una herramienta legítima. De esta forma, las madres pueden tener prácticas que testigos definan como violentas pero que para ellas no son violentas, son acciones que tienen como objeto proteger a sus hijos. Por ello, la violencia puede ser una práctica de cuidado. La legitimidad para con el uso de la violencia esquiva toda definición estigmatizante. En otros trabajos hemos abordado que la legitimidad (Garriga 2016) es un eje central para reflexionar sobre las violencias. Dado que lo que se define como violencia es un campo de disputas por los sentidos de las acciones –disputas entre los ejecutores, receptores y testigos–, la cuestión de lo legítimo es importantísima. En el caso de los castores, los guardaparques entienden sus prácticas como legítimas, ya que están así conservando los bosques. Algunos testigos pueden cuestionar las tareas de control y usan el verbo “matar”. Los guardaparques, dada la legitimidad de sus acciones, hablan de “control” y de “obligaciones”, en general esquivan el verbo matar dando cuenta de la legitimidad de sus acciones.
Coda
Dos cuestiones finales a modo de cierre de este capítulo.
Primero. Ya mencionamos que la creación de áreas protegidas estaba impulsada, en un primer momento, por la necesidad de consolidación de soberanía territorial por parte del Estado (Oyola-Yemaiel 2000, Reboratti 2000). En los últimos años, el conservacionismo y el turismo empiezan a ser dimensiones cada vez más relevantes para legitimar la intervención estatal en áreas protegidas. Con el advenimiento de las crisis ambientales, la demanda del Estado protector aumenta. Ahora bien, las formas de clasificación del Estado, de protección de una naturaleza pasiva por parte de la cultura, reproducen una lógica dicotómica. La dicotomía naturaleza-cultura, que hace agua con los híbridos acá señalados, refiere indirectamente a la tensión entre turismo y conservación. Sin quererlo el PNTdF se transforma en una atracción turística por la existencia de castores en América del Sur. La tensión entre turismo y protección repone la dicotomía naturaleza-cultura y nos obliga a pensar en la necesidad de pensar zonas de protección que estén más allá del turismo. Si las jornadas laborales de los guardaparques se basan en el trabajo con los turistas, poco tiempo les queda para la conservación.
Segundo. Los sentidos de “obligación” de los guardaparques al tener que matar castores ponen en evidencia la diferencial relación que existe de la cultura con la “naturaleza”. Hay animales que son parte de la “naturaleza” y otros que son difíciles de clasificar. Para con los difíciles de clasificar, consideramos que matarlos es dificultoso de incluir en la idea de cuidado. Cuidar y matar parecen verbos imposibles de articular. En estas páginas nos interesó, entre otras cosas, exhibir las tensiones que viven los guardaparques en estas tareas de control. Tensiones emocionales resultado de las construcciones sociales del matar y de la representación del castor como un animal inclasificable. Por estas razones el control y cuidado de estos animales aparecen para los guardaparques como “obligación”. La dicotomía naturaleza-cultura alimenta aquí una complejidad que repercute negativamente en las posibilidades de conservación.
- Una primera versión de este capítulo fue publicada en Canevaro, S; Abramowaski, A y Castilla M. V. (2023). Las emociones y la intimidad de lo social: abordajes desde las ciencias sociales. Teseo.↵






