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Conclusiones

Cuidar es financiar

José Garriga y María Victoria Videla

Hasta aquí hemos…

El recorrido realizado a lo largo de este libro permitió comprender que los parques nacionales son mucho más que espacios naturales destinados a la preservación ambiental. Son territorios atravesados por relaciones sociales, disputas políticas, intereses económicos y construcciones culturales que moldean permanentemente aquello que entendemos por “naturaleza”. En ese escenario, los guardaparques aparecen como actores centrales de una trama compleja donde se articulan el Estado, la conservación y la vida cotidiana.

La investigación desarrollada en el PNTdF mostró que el trabajo de los guardaparques excede ampliamente la imagen tradicional asociada únicamente al cuidado de bosques o animales. Sus tareas incluyen vigilancia, educación ambiental, control de especies exóticas, mediación con turistas y comunidades, mantenimiento de infraestructura, acompañamiento científico y participación en situaciones de emergencia. Esta multiplicidad de funciones convierte al guardaparque en un trabajador estatal multifacético cuya labor requiere capacidades técnicas, físicas, administrativas y sociales.

Uno de los hallazgos más relevantes del trabajo fue observar cómo los propios guardaparques construyen una identidad profesional particular, definida frecuentemente como un “estilo de vida”. Esta representación pone en el centro la relación con la naturaleza, la vida al aire libre y la distancia respecto de los trabajos urbanos considerados rutinarios o burocráticos. La figura del “parquero” aparece entonces como una identidad construida alrededor del compromiso con la conservación y del disfrute de experiencias vinculadas al ambiente natural.

Sin embargo, el análisis etnográfico permitió demostrar que esta identidad homogénea oculta diferencias y desigualdades internas. Existen jerarquías entre brigadistas, guardaparques de apoyo y guardaparques de carrera; también aparecen tensiones entre quienes trabajan en tareas administrativas y quienes desarrollan funciones en el territorio. Las distintas condiciones laborales, la estabilidad en el empleo y las posibilidades de ascenso muestran que el universo de los trabajadores de Parques Nacionales está lejos de ser uniforme.

Además, la idea del “estilo de vida” tiende a invisibilizar que los guardaparques son trabajadores estatales cuya labor implica ejercer autoridad. A lo largo del libro quedó claro que una parte central de sus tareas consiste en el control y la vigilancia social-ecológica. Deben fiscalizar actividades turísticas, aplicar reglamentos, intervenir ante infracciones, etc. Esta dimensión coercitiva del trabajo revela el papel del Estado en la regulación de los territorios protegidos y en la definición de qué prácticas son aceptadas y cuáles son consideradas ilegales dentro de los parques nacionales.

En este sentido, el capítulo dedicado al uso de armas permitió reflexionar sobre una de las dimensiones más complejas y menos visibles del trabajo de conservación. Los guardaparques se enfrentan a situaciones donde deben intervenir frente a cazadores furtivos, conflictos territoriales o actividades ilegales. La portación de armas introduce tensiones éticas profundas porque quienes eligieron una profesión asociada al cuidado de la vida y la naturaleza también deben asumir funciones vinculadas a la coerción estatal.

No obstante, el trabajo de campo mostró que los propios guardaparques suelen representar el uso de la fuerza como un último recurso. La prevención, el diálogo y la educación ambiental aparecen valorados como herramientas prioritarias frente al conflicto. Esta perspectiva permite comprender que la conservación no puede sostenerse exclusivamente mediante mecanismos de control, sino que requiere también legitimidad social y construcción de consensos.

Otro aspecto fundamental analizado en este libro fue la relación entre naturaleza y cultura. La investigación permitió cuestionar la idea de que la naturaleza constituye un espacio puro, aislado de la historia humana y de las relaciones sociales. Los parques nacionales son territorios profundamente atravesados por procesos históricos, económicos y políticos. La creación de las áreas protegidas en Argentina estuvo vinculada no solo a objetivos conservacionistas, sino también a estrategias de consolidación territorial y soberanía estatal en zonas de frontera.

Asimismo, el análisis de la sala de interpretación Maiá-Kú mostró cómo las instituciones producen determinadas representaciones sobre la naturaleza y sobre los pueblos originarios. Las narrativas oficiales tienden a presentar a los antiguos habitantes de Tierra del Fuego como sujetos estrechamente vinculados a la naturaleza, casi desprovistos de complejidad cultural. Estas representaciones reproducen formas de pensar que separan naturaleza y cultura, ubicando a ciertos grupos humanos más cerca de una dimensión “natural” que de una plenamente cultural.

La crítica a esta separación resulta central para comprender los debates contemporáneos sobre conservación. El ambiente no puede pensarse por fuera de las prácticas humanas ni de las relaciones de poder que lo atraviesan. Las áreas protegidas son espacios donde interactúan científicos, turistas, comunidades locales, organismos estatales y actores económicos con intereses muchas veces contradictorios.

En relación con esto, el libro mostró que las decisiones de conservación nunca son neutrales. Definir qué especies deben protegerse, cuáles deben controlarse y qué actividades pueden realizarse dentro de un parque implica siempre elecciones políticas, morales y económicas. El caso de los castores en Tierra del Fuego representa un ejemplo particularmente significativo.

La introducción de esta especie modificó profundamente los ecosistemas fueguinos, alterando bosques, cursos de agua y dinámicas ecológicas. Desde la perspectiva técnica de la APN, los castores constituyen una especie invasora que debe ser controlada para preservar el equilibrio ecológico. Sin embargo, las estrategias de erradicación despiertan resistencias sociales y debates éticos.

Muchos habitantes y turistas perciben al castor como parte del paisaje fueguino e incluso como un atractivo turístico. Esto demuestra que la valoración de los animales y de los ambientes no depende únicamente de criterios científico-ambientales, sino también de construcciones culturales y emocionales. La conservación aparece entonces atravesada por conflictos entre diferentes formas de entender la naturaleza.

Algo similar sucede con otras especies introducidas o con animales domésticos que ingresan a los parques nacionales. Las políticas de manejo ecológico encuentran límites cuando generan rechazo social o afectan intereses económicos. En consecuencia, la gestión ambiental no puede reducirse a una cuestión puramente técnica, sino que requiere negociar constantemente con distintos actores sociales.

El capítulo dedicado a las mujeres guardaparques permitió incorporar otra dimensión fundamental: la perspectiva de género. La investigación mostró que el Cuerpo de Guardaparques fue históricamente un espacio masculinizado donde las mujeres deben enfrentar barreras culturales, institucionales y simbólicas para consolidar su lugar.

Las experiencias relatadas evidencian situaciones de desigualdad, estereotipos de género y dificultades para acceder a determinadas tareas o posiciones de liderazgo. Sin embargo, también quedó en evidencia que la incorporación de mujeres transformó profundamente la cultura organizacional de los parques nacionales.

Las guardaparques realizaron aportes significativos en áreas vinculadas a la educación ambiental, el trabajo comunitario y las formas de gestión participativa. La creciente diversidad dentro de las instituciones fortalece las políticas de conservación porque incorpora nuevas perspectivas y modos de entender el cuidado ambiental.

En conjunto, el libro demuestra que la conservación no puede pensarse únicamente como una práctica científica o técnica orientada a proteger ecosistemas. Conservar implica también administrar conflictos sociales, construir legitimidad política y reflexionar sobre qué modelo de relación entre sociedad y naturaleza se busca promover.

La presencia del Estado aparece como un elemento decisivo en este proceso. Los parques nacionales constituyen una forma particular de territorialidad estatal donde se organizan usos permitidos y prohibidos, se regulan actividades económicas y se producen determinados discursos sobre el ambiente. Los guardaparques son quienes materializan cotidianamente esa presencia estatal en el territorio.

Cuidar es financiar

El libro mostró las limitaciones y contradicciones de las políticas públicas ambientales en la Argentina. La falta de recursos, la precarización laboral, el déficit de infraestructura y las tensiones presupuestarias afectan directamente las posibilidades de conservación. En este sentido, nos interesa recuperar algunos datos.

La Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (IUCN, 2016) estimó que una “gestión efectiva” de las áreas protegidas, a nivel mundial, requiere una densidad de un agente de control cada 500 hectáreas. Sin embargo, los cálculos a escala mundial están muy lejos de esa cifra, hoy hay un guardaparque cada 7.200 hectáreas (Appleton et al., 2022). Tomando las estimaciones de personal que dábamos al comienzo de este libro (580 guardaparques), en la APN trabaja un único agente guardaparque cada 8.700 hectáreas protegidas. Esto, como veremos, está íntimamente ligado a la cuestión presupuestaria. En nuestro país, la política pública de creación de nuevas áreas protegidas nacionales se reactivó fuertemente desde 2009 (Caruso, 2015; Gutierrez e Isuani, 2013; Marinaro, Grau y Aráoz, 2012), y entre 2015 y 2023 la cantidad de hectáreas protegidas aumentó en un 20%, pasando de unas 3.800.000 hasta 2015 a un poco más de 5 millones de hectáreas en la actualidad. Sin embargo, eso no se tradujo en un aumento proporcional de la asignación presupuestaria para la APN. Los “guardas” le dan un nombre a esto: son los “parques de papel”, áreas protegidas para las cuales se ha sancionado la ley nacional que las crea pero que carecen de los recursos suficientes que garanticen su pleno funcionamiento. Desde 2023 con la asunción del gobierno de Javier Milei y su política de achicamiento del Estado, el presupuesto nacional sufrió un severo ajuste que agravó la situación del sistema de áreas protegidas. Durante 2025 el presupuesto para las áreas protegidas nacionales cayó un 39,3% en términos reales en comparación con el de 2023 y se prevé que para el 2026 la caída será del 32,3%. Teniendo en cuenta la superficie que abarca el Sistema de Áreas Protegidas, la APN contó durante 2025 con $4.618 por hectárea, lo que equivale a $385 por hectárea por mes (Cena Trebucq, 2026). Esto tiene como consecuencias, entre otras, el recorte de programas y actividades en distintos parques y de recursos materiales como combustible o herramientas. La caída presupuestaria impacta también en la dotación de guardaparques. Desde que comenzamos nuestra investigación en 2019 hasta hoy, finalizaron su formación 165 nuevos guardaparques (este número incluye 110 guardaparques nacionales o técnicos y 55 guardaparques de conservación territorial). Mientras trabajamos en este libro, además, se anunció una nueva convocatoria para cubrir 40 vacantes como guardaparques técnicos. Sin embargo, estos nuevos ingresos no aumentan la dotación total de agentes en terreno, sino que apenas compensan la tasa de jubilación.

Pero, como ya dijimos, la conservación no es únicamente trabajo del CGN, la APN emplea también a personal administrativo, científico y técnico cuyo número cayó drásticamente producto de una ola masiva de despidos que impulsó el gobierno de Milei. Los agentes del CGN (guardaparques técnicos y de conservación territorial) ingresan a la APN como personal de planta permanente, y no por contrato como los otros puestos, por lo tanto, no fueron afectados de forma directa por esas decisiones, pero sí indirectamente ya que deben cubrir al menos una parte de las tareas que desempeñaban esos cargos que ahora quedaron vacantes. Además de esto, vienen sosteniendo un reclamo de aumento salarial desde comienzos de 2026. Los combatientes de incendios (brigadistas), que al igual que el personal administrativo y técnico ingresan a la APN bajo contrato, eran sólo 363 en todo el país para fines de 2025 aunque la dotación mínima histórica es de 700 trabajadores. Los “brigas” también están reclamando por una recomposición salarial ya que el sector no tiene paritarias desde 2022 y, a principios de 2026, mientras el fuego arrasaba con 60.000 hectáreas de bosques en la Patagonia, cobraban sueldos por debajo de la canasta básica. El desfinanciamiento estatal, entonces, agrava los problemas ambientales y los incendios forestales en la Patagonia mencionados en este libro constituyen un ejemplo dramático de eso.

En este contexto, fortalecer las políticas de conservación implica no solo ampliar áreas protegidas, sino también garantizar condiciones laborales adecuadas, financiamiento sostenido y estrategias integrales de gestión ambiental. La protección de la biodiversidad requiere instituciones sólidas, trabajadores bien pagos y reconocimiento social de sus importantes labores.

Antropoceno y después

Este libro contribuye a reflexionar sobre la manera en que las sociedades contemporáneas construyen su vínculo con la naturaleza. Las áreas protegidas no son territorios aislados del mundo social, sino espacios donde se expresan debates más amplios sobre el desarrollo, la producción, el turismo, la desigualdad y la sustentabilidad.

Comprender el trabajo de los guardaparques permite observar de forma privilegiada esas tensiones. En sus prácticas cotidianas se condensan discusiones sobre el rol del Estado, el sentido de la conservación, las relaciones entre humanos y no humanos y los desafíos ambientales del presente.

Las actividades humanas han alterado drásticamente los ecosistemas y el clima de la Tierra. Vivimos en una nueva época geológica, el Antropoceno, en la que los seres humanos se han convertido en una fuerza capaz de transformar el planeta a escala global. Los resultados son innegables: un aumento sin precedentes de las emisiones de gases de efecto invernadero, el incremento de las temperaturas globales y una creciente frecuencia de fenómenos climáticos extremos. Estas transformaciones generan consecuencias cada vez más visibles, mientras persisten discursos negacionistas incapaces de ofrecer respuestas frente a la magnitud de la crisis.

Por ello, pensar la conservación implica también preguntarse qué formas de convivencia queremos construir con el ambiente y qué responsabilidades colectivas estamos dispuestos a asumir frente a la crisis ecológica contemporánea. La defensa de los parques nacionales y de quienes los cuidan no constituye únicamente una cuestión ambiental, sino también política, social y cultural. Hoy, más que nunca, resulta urgente asumir el compromiso de cuidar y proteger el ambiente para las generaciones presentes y futuras.



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