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3 Pérdida, exceso y corrupción: viejos temores, actuales dilemas

Mucho se ha estado especulando respecto del futuro de la lectura y de una posible crisis del libro. Recordemos que se anunciaba la desaparición de la radio y del cine cuando llegó la televisión, y más tarde se dijo que Internet acabaría con los medios de comunicación tradicionales, pero lo cierto es que por el momento todos conviven y se retroalimentan. Con diarios y libros en papel se auguraba lo mismo: la digitalización de la palabra escrita pondría fin a la circulación de diarios y venta de libros en su soporte tradicional. Y si bien es cierto que la tirada de diarios ha disminuido considerablemente en los últimos años,[1] la palabra impresa y la digitalizada conviven perfectamente en la Cultura escrita. En rigor, pareciera que aumenta la diversidad de medios pero ninguno sustituye al otro. Incluso podría sugerirse que la Red incorpora nuevos lectores a la Cultura escrita mediante prácticas digitales cotidianas, individuos que nunca tuvieron el hábito de leer y que sin embargo las tecnologías de la comunicación los acercan a diversos tipos de narrativas y microrelatos –acaso la puerta de entrada a contenidos textuales elaborados y de calidad–. De hecho, como hemos contado, la lectura oral y la lectura en silencio convivieron durante décadas.

Entonces, pese a los diagnósticos sombríos sobre el futuro del libro, observamos cierta resistencia, una presencia, no sólo de los textos impresos sino también de los textos en general, porque los nuevos medios son soportes para la comunicación tanto de textos como de imágenes. Chartier propone “alejarse de la perspectiva McLuhan”, que supone una competencia entre el libro, que significan los textos, y las pantallas de cine o televisión que significan las imágenes (1999:19). Porque las pantallas de computadoras, tabletas y teléfonos inteligentes propician una nueva forma de comunicación que articula, agrega y vincula textos, imágenes y sonidos. De este modo, sostenemos que la cultura textual resiste, incluso se fortalece en la era digital. Incluso, como señala Scolari (2017), toda reflexión acerca de las nuevas formas de lectoescritura y futuro del libro debería evitar caer en discusiones maniqueas –compra online versus librerías tradicionales, papel versus digitalización, críticos literarios versus reseñas colaborativas, lectura superficial versus lectura profunda– para avanzar en la comprensión de la complejidad que caracteriza al nuevo entorno mediático y digital. Cada avance tecnológico reformula conflictos del pasado y, al mismo tiempo, introduce nuevas contradicciones y desafíos. Entonces, ¿es adecuado sostener la idea “crisis del libro y las lectura”? Y si así fuera, ¿deberíamos pronosticar una reconfiguración del campo editorial –publicaciones periódicas y no periódicas– a partir de los modos contemporáneos de producción y circulación de contenidos en la Red?

En otro orden de cosas, algunas reacciones contemporáneas frente al hipertexto evocan misteriosamente las reacciones que en el siglo XV despertaban los libros impresos: desde desmesurados elogios a la nueva utopía hasta francas profecías de perdición. A pesar de estos paralelismos, la revolución cibernética está demostrando ser más profunda que la invención de Gutenberg porque cambió por completo la forma material del códice tal como prevaleció durante quince siglos, y por ende, los modos de leer. En rigor, la expresión “crisis del libro” no es nueva, sino que aparece hacia 1890 en Francia, cuando la idea de una sobreproducción de libros estaba muy presente en el insipiente campo editorial, como si el mercado que creció en la segunda mitad del siglo XIX no fuera suficiente para absorber la producción de esa última década. Es el desfase entre un mercado insuficiente y la capacidad de producción de nuevos libros, multiplicada por las nuevas técnicas de impresión y composición como la linotipia y la monotipia (Chartier 1999:21). Esta antigua expresión “crisis del libro” ya encerraba inquietudes sociales profundas que ponían en tensión dos dicotomías a) pérdida/conservación y b) democratización/exceso, y que perviven aun hoy. Veamos.

Primeramente cabe recordar que desde el siglo XVI se recogen los textos manuscritos y publican impresos para conservar un patrimonio escrito, ya que con el manuscrito siempre se corría el riesgo de que los contenidos desaparecieran. Por su parte, Chartier en Inscribir y borrar (2006) plantea que el temor a la pérdida obsesionó a las sociedades europeas de la primera modernidad. Para dominar su inquietud, fijaron mediante la escritura las huellas del pasado y todos los textos que no debían desaparecer: el escrito tuvo entonces la misión de conjurar la obsesión de la pérdida. En un mundo donde las escrituras podían ser borradas y los manuscritos extraviados, los libros estaban siempre amenazados por la destrucción.

Simultánea y paradójicamente, con la llamada “revolución del libro y la lectura” aparecía otro peligro: la proliferación textual incontrolable, un discurso sin orden ni límites. Y en consecuencia, el temor ante una invasión del patrimonio escrito y la imposibilidad de que cada individuo maneje y domestique esta abundancia textual. De hecho, la enseñanza, las bibliotecas y los sistemas de clasificación han sido los instrumentos para controlar este temor a que se multipliquen los textos y devengan un exceso peligroso (Chartier 1999:22). La demasía de escritos que multiplica los textos inútiles y sofoca el pensamiento bajo los discursos acumulados fue percibido como un peligro tan grande como su contrario. Aunque temido, borrar era entonces necesario, como lo es el olvido para la memoria. Recordemos al desventurado y memorioso Ireneo Funes de Borges (1944) quien advierte que una memoria absoluta impide tanto el sueño como el pensar.

Algo de esa paradoja parece pervivir en la era digital, que se destaca por la compulsión a la conservación absoluta y al mismo tiempo por la creación de un nuevo orden textual inconmensurable. Esa tensión está presente desde la Biblioteca de Alejandría: entre el miedo a la pérdida, la desaparición y el olvido y, por otro lado, el temor al exceso, la abundancia de los libros inútiles y el desorden de los discursos.[2] De modo que entre los siglos XVI y XVIII se presentaba el contrasentido de preservar los textos del peligro de su desaparición, y al mismo tiempo, la necesidad de borrar aquellos textos que, de permanecer, contribuían a la creación de una proliferación textual incontrolable, que multiplicaba los impresos y sofocaba el pensamiento. Como sugiere Chartier (2017a) en una de las últimas entrevistas concedidas, “actualmente las posibilidades digitales prometen el archivo total, la conservación sin falta, una memoria sin límites y, en el mismo tiempo, produce el desasosiego frente a la imposibilidad de domar, organizar, juzgar la sobreabundancia de la información”.

Al repasar la Historia de la Cultura escrita, hemos visto que desde épocas tempranas coexistía contradictoriamente la obsesión por la pérdida, que requiere conservación, y la inquietud por el exceso, que exige selección y elección. Pero, ¿no son acaso las mismas preocupaciones que despierta el texto digital? En la investigación publicada en Cultura escrita, tiempo libre y jóvenes universitarios (2016) pudimos constatar que la población objeto de estudio está alarmada por la fugacidad de los contenidos digitales. Una proporción considerable de los encuestados señaló que Internet es un sitio inseguro por naturaleza dado lo efímero de sus contenidos.[3]

Finalmente, la supervivencia del manuscrito se ligaba además con otra preocupación: la corrupción de los textos. Con la imprenta se profundiza esta obsesión, que existía antes en la relación entre autor y copista, al cruzarse el trabajo intelectual con el taller de reproducción –donde tendrían lugar los riesgos de la “corrupción del texto” por los yerros de los obreros y las ediciones plagiadas y piratas– (Chartier 1999:26). Otra vez: ¿no son éstas, entonces, las mismas preocupaciones que persisten en el presente, en el paso del texto impreso al digitalizado, y que involucran directamente a los autores? Precisamente, otra de las desventajas que los jóvenes encuestados expresaron respecto de los contenidos online fue la inconsistencia de las fuentes. En varias respuestas se encontraron manifestaciones respecto de la fragilidad o la desconfianza respecto de algunos sitios, así como la posibilidad de hallar información distorsionada. Incluso si se agruparan las categorías en el cuestionario administrado, en la investigación de referencia, que aludían a los contenidos –exceso de información, fugacidad de los contenidos y desconfianza respecto de las fuentes– resultaría bastante significativa la proporción de jóvenes que encuentra que la lectura digital trae aparejadas una serie de desventajas asociadas con la entidad e inestabilidad de lo escrito. En este sentido, la lectura digital está relacionada a textos de dudosa procedencia, como si la práctica condicionase el origen y la calidad de los contenidos (Ravettino Destefanis 2016).

La próxima infografía sintetiza lo hasta aquí expuesto:

Preocupaciones y tensiones en torno a la cultura escrita

Tabla 7

Elaboración propia


  1. Desde mediados de los dos mil, se registra que la tirada de ejemplares en papel de los diarios nacionales ha ido disminuyendo notablemente debido a la pérdida de “lectores tradicionales”. [Cf. Instituto verificador de circulaciones. http://www.ivc.org.ar/]
  2. Michel Foucault ([1970]2013) designó con las palabras de ‘proliferación’ y ‘rarefacción’ los elementos contradictorios de la  obsesión que caracteriza en ese momento la voluntad de poner orden en los discursos. Por su parte, Paul Ricœur (2004) recordó que el olvido es la condición misma de la memoria.
  3. En este sentido, para responder una las preguntas abiertas utilizaron expresiones que aluden a la inestabilidad y no recuperación de los mismos: “Prefiero comprarme un libro que dura toda la vida que algo digital que se descompone y pierdo información” o “Un texto te queda para que lo vuelvas a leer, si es digital quizá después ya no esté” (Ravettino Destefanis 2016:122).


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