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Reflexiones finales

Así como la invención de la escritura fue la primera revolución lingüística substancial en época de los sumerios, que le permitió al hombre registrar y acopiar la información, el desarrollo continuo de comunicación por redes –desde el telégrafo hasta Internet–, nos proporciona la segunda revolución lingüística relevante. Y del mismo modo que el alfabeto –en un período relativamente corto– introdujo una nueva forma de ser, la aparición de las redes está implantando una nueva dimensión en la experiencia de la conciencia, una nueva subjetividad. En este sentido, la revolución del presente nos exige reflexionar acerca de una simultaneidad inédita entre a) una revolución de la técnica para la reproducción de contenidos –de la materialidad del soporte de la palabra escrita– y b) una revolución de nuestra relación con lo escrito (Chartier 2017a).

Hemos dicho que el hipertexto constituye un soporte de almacenamiento y memoria que se diferencia radicalmente de la escritura lineal, en el sentido en que constituye un entorno de experiencia en el que diferentes procesos de cómputo pueden ser exteriorizados, simulando en cierta forma, la capacidad del cerebro para guardar y recibir información. En este sentido, debemos destacar el desarrollo de sistemas de búsqueda en reservorios y de enciclopedias colosales conformados por grandes bancos de información y sistemas de hipertexto, en los que el hiperlector debe preguntar al sistema para conseguir un conjunto variado de enlaces relacionados con las palabras clave ingresadas. El hipertexto puede pensarse como un gran mapa de navegación que permite diversos recorridos de significación y representación, también recorridos de múltiples niveles de conceptualización y experimentación. Con este mapa se sugieren al lector desafíos de percepción y agudeza en la delimitación, es decir, nuevas aptitudes y destrezas cognitivas. Por eso, el hipertexto es ante todo un formato que implica la construcción de nuevas habilidades de acceso y asociación, nuevos lectores que al mismo tiempo devienen en autores de diversos recorridos virtuales, en esta reserva global de conocimiento. En suma, el hipertexto exige adoptar nuevas prácticas de lectoescritura y formas de apropiación que potencian nuestro estar en el mundo. Y como consecuencia, a las capacidades cognitivas para apropiarnos de la palabra escrita se agregan nuevas competencias intelectuales.

Por otro lado, está cambiando el modo en que nos vinculamos con los otros al pasar de una lectura netamente individualizada y silenciosa a la interactiva. Las narrativas digitales potencian la interactividad, cierto pluralismo epistemológico, que corresponde, en cierta forma, a una confirmación de la idea posmoderna de que el yo es múltiple, fluido y constituido en la interacción, que está hecho y transformado por el lenguaje, que la comprensión proviene de la navegación y del bricolaje más que del análisis o la interpretación final.

Sintetizando esta exposición, podríamos concluir con algunas ideas clave que han ido surgiendo en este trabajo:

  1. La velocidad del cambio tecnológico genera que las transformaciones en el consumo cultural sean disruptivas.
  2. Internet como una herramienta multipolar, interactiva, descentralizada y fragmentada provoca una mutación en las formas de sociabilidad.
  3. El hipertexto como formato de escritura y lectura exige el desarrollo de nuevas capacidades cognitivas que inciden, al mismo tiempo, en los avances tecnológicos.
  4. Las prácticas de lectura conviven por mucho tiempo: los nuevos hábitos no desplazan a sus predecesores sino que se superponen y en ocasiones, retroalimentan.
  5. Los nuevos modos de lectura en entornos digitales promueven el surgimiento de una subjetividad caracterizada por una nueva forma de intimidad y experiencia literaria.

Como cierre, dejamos planteados algunos interrogantes. Por un lado, nos preguntamos cómo interpretar lo nuevo utilizando las nociones con las que explicamos el pasado. Parece que en la actualidad algunas categorías conceptuales provenientes de las teorías de la comunicación y los Estudios Culturales quedan desfasadas: «audiencia», «medio» o «comunicación de masas», «emisor y receptor» e incluso la de «lector». En este sentido, ¿sería adecuado sostener la idea de «audiencia» cuando los televidentes descargan videos, los modifican y los ponen nuevamente en circulación en las redes sociales? ¿Podría considerarse a Facebook un «medio» cuando en realidad no genera ningún tipo de contenido? ¿Sigue siendo útil el concepto de «comunicación de masas»?” (Scolari 2013).

Por otro lado, considerando las trasformaciones en los modos de leer, nos preguntamos: cómo cambiará la escritura en términos gramaticales. Supimos que a mediados de 1450 la evolución de los signos de puntuación se detuvo debido a la estandarización impuesta por la imprenta. En nuestros días, probablemente, un escritor del siglo XV tendría dificultades para identificar los signos del teclado, pero lo que más llamaría su atención serían las abreviaciones fuera de la norma dentro de comunidades específicas o los emoticonos o los emoji que reemplazan palabras y frases. De modo que las técnicas de escritura no están acabadas sino que se encuentran en constante movimiento: ¿cómo vamos a puntuar los textos en el futuro? ¿Cómo habrán cambiado las formas de escritura en las próximas décadas?

Por último, a partir de una nueva manera de generar y obtener información y acercarse al conocimiento y asumiendo que las tecnologías digitales alteran la percepción, cabe preguntarnos cómo irán modificando el pensamiento de las próximas generaciones y qué efectos tiene la incorporación de sistemas digitales de interactividad en el desarrollo y constitución de nuevos esquemas de pensamiento. Teniendo en cuenta que nos encontramos ante un fenómeno vertiginoso que recién se está manifestando y que día a día nos sorprende con un adelanto, será fundamental observar cómo evoluciona la era digital y continuar indagando en dos ejes. Primero, profundizar en las condiciones de conocimiento que exige y demanda el ejercicio de producción y consumo hipertextual; y segundo, en la producción del sentido y significado como un proceso que surge de una compleja relación entre las plataformas hipertextuales y las estructuras de pensamiento, que están revolucionando las facultades humanas de representación y asociación.



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