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Introducción

El estudio de la Historia del Libro y la Bibliografía Analítica –que contempla la descripción material de los diferentes soportes de lo impreso– se origina en los 50 a partir de la contribución de historiadores como Lucien Febvre y Henri-Jean Martin con la publicación de La aparición del libro (1958). Más tarde, desde los 80 en adelante, se incrementa el estado del conocimiento en el tema con los aportes de Roger Chartier.[1] Sin embargo, el estudio de los soportes de lo impreso volvería a cambiar algunos años después, pero no con la aparición de un nuevo trabajo de investigación que ampliaba el saber académico respecto del libro y la lectura, sino a partir de la reproducción electrónica de la palabra escrita que impone una nueva edad en la Historia de la Lectura. En este marco, a partir del acelerado avance de la digitalización de la cultura escrita y de las diversas manifestaciones de las culturas mediáticas, cabe preguntarse por el modo en que las nuevas formas de apropiación de contenidos –que surgen por el impacto tecnológico– modifican la experiencia tradicional de lectura así como la producción de contenidos. En otras palabras, ¿qué tipo de transformaciones implantaron las técnicas digitales en la práctica de la lectura, escritura y autoría? Y ¿de qué modo impactará esto en la relación que establecemos con la palabra escrita?

Para responder estos interrogantes, en primer lugar, este trabajo parte de la evidencia que sugiere que la ampliación del texto –en su versión hipertextual– y la transformación del acto de leer constituyen dos de las principales consecuencias del nuevo orden de la palabra escrita, determinado a partir de 1) la extensión espacio-temporal de lo escrito; 2) la yuxtaposición de palabras, sonidos e imágenes; y 3) la disolución de la línea divisoria entre el escritor y su lector.

Usualmente cuando se reflexiona sobre los nuevos modos de comunicación virtual y los diferentes soportes tecnológicos, se tiende a concluir que estamos en una “cultura electrónica” en oposición a una “cultura escrita”. Sin embargo, el desarrollo del lenguaje debiera pensarse como un proceso de transformación de las herramientas y soportes que posibilitan la expresión, constitución y acumulación de diversos tipos de información. Por tanto, las funciones de almacenamiento y soporte del hipertexto, se entrecruzan con las funciones que la escritura ha desempeñado durante siglos.

Desde que el hombre conoció la lecto-escritura se sucedieron una serie de transformaciones en los modos de apropiarse de lo escrito: desde una lectura grupal y declamada en voz alta se pasó, tiempo más tarde, a una silenciosa e individual. Para McLuhan (1962) ese cambio fue consecuencia de la introducción de la imprenta, Illich  (1993) asegura que se produjo un par de siglos antes, e incluso hay quienes sostienen que la invención de Gutenberg estuvo sobrevalorada porque no modificó en sí el acto de leer (Darnton 1996; Cavallo y Chartier 1997; Lyons 2012), y que en rigor el pasaje de la lectura lineal e individual a la fragmentaria e interactiva que introduce la cultura digital sí supone una transformación profunda en la experiencia literaria. De cualquier modo, los inventos tecnológicos generan la necesidad de adaptación mediante prácticas concretas que posteriormente generan cambios culturales en los modos de apropiación y percepción. Por ejemplo, la imprenta introdujo la cultura tipográfica que posteriormente propició el pensamiento lineal; en la actualidad el desarrollo de los medios electrónicos propician el pensamiento multifuncional favoreciendo una suerte de simultaneidad que modificará paulatinamente nuestra percepción como individuos.

En la actualidad, los cambios en el consumo y la producción de contenidos son profundos y vertiginosos, seguramente más que el proceso iniciado por Gutenberg en el siglo XV. No obstante, hay un dato que permite cotejar las dimensiones de ambas «revoluciones»: el libro reproducido mecánicamente tardó más de cuatro siglos en convertirse en un objeto de uso masivo. Recién con la llegada de la escuela pública y gratuita en el siglo XVIII, la Revolución Francesa —que extendió los derechos de la nueva clase social emergente— y la Revolución Industrial —que acopló a la imprenta una máquina de vapor— el libro impreso pudo popularizase. En tanto, el acceso a Internet resultó acelerado: si bien los inicios de la Red se remontan a los años 60 —en plena guerra fría cuando los Estados Unidos crea una red exclusivamente militar, con el objetivo de que, en el hipotético caso de un ataque ruso, se pudiera tener acceso a la información militar desde cualquier punto del país—, entra en los hogares en los años 90 y en la actualidad tiene a casi la mitad de la población mundial como usuaria.[2]

En otro orden de cosas, la transición a la lectura y la escritura en silencio dio lugar a una nueva dimensión de intimidad, que tuvo ramificaciones aun más profundas e importantes para la cultura y la intelectualidad tanto seglar como escolástica de la Edad Media (Cavallo y Chartier 1998:214). Asimismo en nuestros días aparece una nueva intimidad –paradójicamente con la creciente exposición de lo privado– impuesta por el nuevo orden de la palabra escrita. Sucede que la omnipresencia de los dispositivos tecnológicos en la vida cotidiana y la creciente importancia de las tecnologías digitales crean nuevos espacios de sociabilidad y tornan estratégico el debate sobre las formas de difusión, divulgación y comunicación en ciencias y las condiciones sociales para un debate público sobre el tema. No obstante, este cambio tecnosocial no está ligado sólo a las formas dominantes de información, comunicación y producción de conocimiento, sino también a las transformaciones en la subjetividad, la ritualidad, las relaciones sociales y las narrativas culturales, entre otras. En este sentido, la tecnología digital no remite sólo a la novedad de aparatos y dispositivos móviles, sino a nuevos modos de percepción y de lenguaje, a nuevas sensibilidades y escrituras que paulatinamente modifican la experiencia del acto de leer (Martin Barbero 2005). Entonces, ¿de qué manera nuestras prácticas y percepción literaria irán alterándose progresivamente con la incorporación de dichas tecnologías? ¿Cómo leíamos, cómo estamos leyendo y cómo lo haremos en el futuro?


  1. En este sentido, fue inaugural una de sus conferencias en 1987 en la American Antiquarian Society: “De la Historia del Libro a la Historia de la lectura” [“Frenchness in the History of de Book: from the History of Publishing to the History of Reading”].
  2. Estas cifras reflejan la situación de penetración de Internet en términos globales, pero de ningún modo reflejan las particularidades en el acceso por región –por cierto, por demás desigual–. Por ejemplo, en los países subdesarrollados apenas el 10% de la población accede a Internet. [Cf. Unión Internacional de Telecomunicaciones, el organismo especializado de las Naciones Unidas para las (TIC), Percentage of individuals using Internet” in ICT Facts & Figures 2016 [en línea]  https://goo.gl/cC46qB].


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