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2 La palabra escrita digitalizada

De la palabra impresa a la digital

Como adelantamos en la Introducción, la ampliación del texto –en su versión hipertextual– y la transformación del acto de leer constituyen dos de las principales consecuencias del nuevo orden de la palabra escrita, que consideramos está determinado a partir de 1) la reconfiguración espacio-temporal de lo escrito; 2) la yuxtaposición de palabras, sonidos e imágenes en un mismo contenido; y 3) la disolución de la línea divisoria entre el escritor y su lector.

En primer lugar, lo escrito se extiende más allá del tiempo y espacio y adquiere una nueva configuración, porque tanto los flujos materiales como los inmateriales –la información y el conocimiento– con las nuevas tecnologías de la comunicación pueden circular a mayor velocidad y a menor costo. Incluso, el mismo proceso de globalización no podría explicarse sin hacer referencia al proceso de contracción del espacio y alteración del tiempo –esta convergencia espacio-tiempo es una medida de cómo dos lugares se acercan si la distancia que los separa se calcula en función del tiempo–. El espacio se contrae y la noción de localización se reconfigura mientras toma importancia la idea de conexión entre redes.

En segundo lugar, las prácticas de lectura se desarrollan por afuera de los límites del libro en su soporte tradicional abriéndose a formatos más complejos donde conviven textos, fotografías, películas, bancos de datos, servicios de correspondencia o redes interactivas. La lectura se dinamiza e integra en una nueva dimensión de apropiación de contenidos, polimórfica y transversal: la  hipertextualidad. Bazin (1996) introduce los conceptos “politextualidad y metalectura” similares a la noción “conclusión del orden del libro” de Chartier (1992); ambos autores refieren a lo mismo: la idea que aparece un nuevo modo de leer, dinámico, inestable y con base en la conectividad que reemplaza progresivamente a la lectura lineal. Se trata de un espacio híbrido en el que palabras, imágenes y sonidos se mezclan e integran, para formar un nuevo tipo de orden que altera el sentido y los significados de los contenidos, así como nuestra percepción como consumidores culturales.

En tercer lugar, evidenciamos la creciente participación de los lectores en la producción de contenidos digitales, y en este sentido, aparece el concepto de transmedia para definir a un “tipo de relato donde la narración se despliega a través de varios medios y plataformas de comunicación, y en el cual una parte de los consumidores asume un rol activo en ese proceso de expansión” (Jenkins 2011; Scolari 2013). Por su parte, Burbules (1997) ya había introducido los conceptos hyperreader y hyperreading  para describir las transformaciones de la lectura en entornos digitales, que promueve que el público lector realice conexiones dentro y a través de los textos, a veces en formas prediseñadas por el diseñador/autor –por ejemplo, siguiendo notas o referencias–, pero a menudo en formas espontáneamente determinadas por el mismo lector. Entonces, la pantalla se asemeja a una ventana con una reserva potencial de contenidos con los que puede hacerse casi lo que se desee: explorarlos, consumirlos, intervenirlos, divulgarlos. Dado que en el mundo digital las prácticas de escribir y leer se entrecruzan, en inglés ya se utiliza el término reater –to read y to write– para definir a este nuevo actor: el hiperlector. Como resultado de esta activa participación de los lectores en el proceso creativo, la línea que tradicionalmente separaba el rol del lector –en tanto público o consumidor de contenidos– y el escritor como creador se diluye, y el mismo concepto de autoría entra en conflicto.

Internet, digitalización de contenidos y aparición del hipertexto

Progresivamente, el ocio y el entretenimiento se entremezclan con actividades productivas desplazándose de los horarios de consumo tradicional y distribuyéndose durante el día. Los consumos massmediáticos, antes concentrados exclusivamente en el tiempo libre, debido a la explosión de medios y plataformas virtuales y a la aparición constante de nuevas aplicaciones digitales, comienzan a copar nuestra cotidianeidad. De forma tal que este fenómeno de convergencia entre las industrias culturales y las redes digitales impacta en la relación que hemos tenido con la palabra escrita resignificando las prácticas culturales (Ravettino Destefanis 2016).

Pensemos que hasta no hace mucho, nuestro consumo cultural mediático pasaba por unos pocos medios a los que dedicábamos gran parte del tiempo libre. Hoy dedicamos poco tiempo a una cantidad enorme y ya no sólo en nuestros momentos de ocio sino que se ha atomizado en cientos de situaciones de consumo a lo largo del día: miramos un vídeo en YouTube desde la tableta, un episodio de una serie en Netflix desde la computadora personal y una película en un DVD desde el televisor. Varias situaciones de consumo alternando pantallas. Sucede que desde su aparición Internet ha generado formas disruptivas de comunicación. No obstante, la extensión de esta frenética actividad tecnológica al ámbito de los dispositivos móviles no hizo más que acelerar y aumentar las hibridaciones o combinaciones intermediáticas y la aparición de “nuevas especies” como WhatsApp, Instagram o Snapchat, por no hablar de la difusión a escala planetaria, en sólo un par de semanas, de la primera experiencia masiva de uso combinado de realidad aumentada y geolocalización –PokemonGo– (Scolari 2017).

Pero ¿cómo llegamos a esto? ¿Cómo comenzó el fenómeno Internet y evolucionó hasta insertarse en nuestros hábitos y prácticas sociales? ¿Cuáles han sido los últimos adelantos tecnológicos y de qué modo nos apropiamos de ellos? ¿Qué características asume la llamada digitalización de los contenidos y la aparición del hipertexto como formato de lectoescritura?

A comienzos del siglo XIX, con la invención del telégrafo a partir de las primeras tecnologías de la comunicación en bases eléctricas pudimos comunicarnos desde unas ciudades con otras en intervalos de tiempo a través del famoso código Morse. Más tarde, en el último cuarto de ese mismo siglo, el teléfono aumentó las relaciones de comunicación al permitirnos utilizar la propia voz a través de dispositivos de trascripción y decodificación más rápidos y personalizados.

A mediados de siglo XX, con el desarrollo de sofisticadas tecnologías de la comunicación militar durante la Segunda Guerra y especialmente en la Guerra Fría, junto con el desarrollo y masificación del espectáculo y el entretenimiento televisivo –en el marco del auge de las industrias culturales– se aglutinaron los componentes que facilitaron el surgimiento de una nueva base de comunicación: las redes de computadoras conectadas globalmente mediante sistemas de interconexión complejos y flexibles. Durante los setenta y ochenta se sentaron cimientos sólidos para el surgimiento de Internet.[1] Y en las décadas posteriores se fueron perfeccionando las redes de conexión y apareciendo innovaciones técnicas y nuevos modos de comunicación online.[2] Por tanto, la Red resulta de múltiples adelantos tecnológicos pero además constituye un novedoso campo de comunicación; precisamente permite el surgimiento y desarrollo de otras formas de expresión, aprendizaje y entretenimiento. Sin duda, están cambiando las relaciones sociales así como los modos en que nos vinculamos con la palabra escrita.

La siguiente infografía sintetiza y expone la evolución de Internet y de las tecnologías de la comunicación asociadas:

Evolución de Internet en función de los aportes, propósitos y cambios tecnológicos

Elaboración propia

El hipertexto como tipo de escritura y modelo de conectividad

En el marco de la web 2.0 cobraron notoriedad los conceptos digitalización e hipertextualidad. Mientras que la digitalización remite a la nueva condición de la producción de contenidos, la hipertextualidad da cuenta del nuevo formato de almacenamiento y entrega de contenidos. Por su parte, la noción de hipertexto debería ser abordada distinguiendo dos aspectos fundamentales:

  1. un tipo particular de escritura en medios electrónicos, y
  2. un modelo de conectividad (de Kerkchove 1998).

Desde hace tiempo se viene empleando el concepto hipertexto, para referirse a un tipo particular de escritura y lectura en la que el usuario puede controlar las secuencias de contenido textual que desea consultar. Al desarrollar tecnologías que permitieron la transmisión de audio e imágenes en movimiento empleando medios digitales de almacenamiento, se han difundido nuevos tecnicismos como el de hipermedia o hiperdocumento. Se habla entonces de entornos digitales en los que el texto puede ser presentado y relacionado con diversos tipos de información gráfica y sonora. Fue hacia 1965 cuando Theodor Nelson popularizó el concepto de hipertexto, para referirse a un tipo de escritura en que fuese posible crear diversos vínculos y referencias entre textos. Nelson, en su Literary machines (1981; 1994), sostiene que el hipertexto es una “escritura no secuencial con enlaces controlados por el lector”.

La próxima imagen gráfica esta definición:

Estilo secuencial y estilo hipertexto

http://ldc.usb.ve/~abianc/sequence.gifhttp://ldc.usb.ve/~abianc/Hiper.gif

El principio básico del hipertexto es que es viable asociar cualquier parte de un texto almacenado en forma digital –contenido formado por caracteres que son reconocibles y accesibles por un programa informático– de manera automática, instantánea y permanente con cualquier otro texto almacenado igualmente. Fuente: “Conceptos y definiciones de hipertexto”. Universidad Simón Bolívar (Caracas, Venezuela). Bianchini, Adelaide. 2000 [en línea] https://goo.gl/9UiniZ

Por un lado, el hipertexto constituye un sistema que permite organizar la diversidad de ideas así como los modos de procesar los textos y seleccionar la información. Por tanto, se diferencia de las formas tradicionales de escritura lineal como el manuscrito o texto impreso, en los cuales el lector sigue un recorrido secuencial originalmente limitado por el autor; mientras que el hipertexto es un tipo de organización textual de estructura no lineal, en la que el lector adquiere mayor autonomía para decidir su “camino de lectura” al elegir enlaces hacia otros contenidos de texto, audio o video. De modo que podríamos sugerir que el orden de lectura es polimórfico.

Por otro lado, el hipertexto debiera ser pensado como un modelo de acceso que describe un conjunto de relaciones entre diferentes elementos y que no se reduce a describir exclusivamente un tipo de organización de textos digitalizados. Siguiendo a Derrick de Kerckhove (1998), el hipertexto debe ser considerado principalmente como un modelo mediante el cual es posible pensar y representar un sistema de relaciones: uno a uno, uno-muchos y muchos-muchos. Además, en tanto un modelo y una tecnología que permite la implementación de complejos sistemas informáticos de procesamiento y relación, el hipertexto debe ser comprendido como un “entorno de software” que posibilita diversas modalidades de acceso a la información.

La próxima infografía cristaliza lo hasta aquí dicho respecto de las características del hipertexto:

El hipertexto como formato de lectoescritura y modelo de conectividad

Tabla 5

Elaboración propia

Finalmente cabe decir que el hipertexto, como nueva forma de organizar los contenidos y modelo de conectividad, está generando la modificación del sentido, los significados y el mismo proceso de pensamiento humano, cuestiones que abordaremos en lo que sigue.

Sentido, significado y pensamiento en el hipertexto

En el marco del nuevo orden de la palabra escrita aparece una nueva situación epistemológica (Lévy 1998; 2007): otras formas de aprehender la realidad a partir de la noción de sentido. Sabemos que las primeras civilizaciones humanas, pequeñas y cerradas, vivían una totalidad sin universalidad. En esa cultura oral era posible el sentido, pero la totalidad del conocimiento se daba sólo a nivel local porque estaba restringida a la tradición.

Luego, en las sociedades modernas, debido al descubrimiento de la escritura, fue posible una práctica de la universalidad entendida como la fijación del sentido, una “clausura semántica” (Lévy 2007). Así es como los contenidos textuales eran valorados porque sus mensajes circulaban independientemente del proceso de producción: la obra escrita se hacía autoexplicativa y la condición de universalidad se extendía hacia otras dimensiones de la cultura, precisamente, porque su base era textual. Se trataba, entonces, de una universalidad sin totalidad.

En la actualidad, la idea de totalidad es relativizada. En la época de la cibercultura, aunque la noción de universalidad no desaparezca, se la comprende de otra manera porque ya no depende del cierre del sentido –de la clausura semántica–, de la posibilidad de completar un trayecto, sino de la posibilidad de conectar muchos: la interconexión generalizada. Sucede que este universal ya no lleva a cabo su misión totalizadora a través del sentido, sino que relaciona a través del contacto, de la interacción. Tampoco este modo de relacionar es totalizador: lo universal propio de la cibercultura sería pues el deseo, la necesidad del conjunto y comunión de los seres humanos (Lévy 2007: 223-226).

Consecuentemente, indagar en las formas en que se construye sentido en el nuevo orden de la palabra escrita, conduce necesariamente a preguntarnos por el significado: ¿de qué modo una secuencia de texto se constituye en una secuencia significativa? Y ¿cómo se construye significado a partir de un modelo de escritura basado en la no linealidad de los contenidos textuales?

Para abordar la pregunta por el significado y su relación con los nuevos entornos digitales de comunicación, debemos pensar en un proceso de evolución del lenguaje en el que paulatinamente se modifican los hábitos y estilos de lectura. Como expusimos en el capítulo anterior, con la invención y el uso de tablillas de arcilla, papiros o textos impresos surgieron nuevos soportes para la escritura que formaron parte de la historia evolutiva del lenguaje. De modo que como parte de un proceso histórico de cambios e incorporación de diversos tipos de herramientas y tecnologías de escritura han ido evolucionando las maneras de pensar así como potenciando el desarrollo de diversas habilidades mentales, de sistematización, asociación y representación social.

Cuando conceptualizamos hipertexto dijimos que es un formato de lectoescritura caracterizado por la no linealidad de la exposición, en donde los recorridos y relaciones entre los diferentes contenidos están mediados por la elección del lector. En este sentido, David Kolb en Socrates in the Labyrinth (1993) sugiere preguntarnos por la pertinencia del hipertexto para formular y expresar cierto tipo de razonamientos como la argumentación o la demostración matemática cuya estructura debe respetarse. A propósito, el silogismo es un ejemplo claro en el que el orden de las proposiciones es estrictamente necesario para arribar a una conclusión. Supongamos que las tres afirmaciones de un silogismo estuviesen enlazadas en una trama hipertextual: esto no sería suficiente para proveer la dependencia unidireccional requerida por la estructura argumentativa, puesto que sólo hay argumento cuando se indica, de algún modo, la subyacente estructura lineal abstracta.

En este sentido, la Cultura escrita debería exigir al texto cierta linealidad, una presentación secuencial específica y no aleatoria de fragmentos de texto que posibilite la comprensión del argumento. La producción de significado debe entenderse como un complejo proceso en el que los métodos y estilos de escritura posibilitan la emergencia de distintos niveles de significación. En el caso de la demostración y la argumentación, advertimos una dificultad o quizá un estilo de escritura que se encuentra arraigado a una idea de secuencialidad lineal que –como vimos en el capítulo anterior– correspondía a las épocas de oralidad y lectura silenciosa.

Asimismo hemos dicho que la estructura hipertextual constituye un sustrato de conectividad que propicia nuevas formas de expresión y visibilidad, que se entrecruza y distancia de los modos tradicionales de exposición a través de textos formados por argumentos que continúan una línea de secuencias significativas. De modo que la pregunta por el significado y su relación con el hipertexto nos obliga a pensar en nuevas formas de producción de los discursos que abandonen o aprovechen esa característica no lineal de la escritura hipertextual. Se trata entonces de crear contenidos híbridos y enriquecidos, disponibles para que la habilidad del hiperlector construya un nuevo paisaje semántico, móvil y accidentado.

Por último, la cuestión de la significación nos conduce inevitablemente a la asociación entre hipertexto y pensamiento. Si desde sus orígenes la palabra escrita ha sido una forma externa de memoria individual y colectiva, ¿de qué manera la práctica hipertextual modifica los modelos de organización de pensamientos y reflexiones? ¿Tiene el hipertexto un valor cognitivo diferente al constituirse como un sustrato de presentación, organización y relación?

En este sentido, el formato hipertextual evidencia un proceso de transformación de las estructuras de representación y de los sistemas cognitivos, y en tanto instrumento de exteriorización del pensamiento, posibilita la manifestación y elaboración de sofisticadas herramientas de tipo heurístico (de Kerckhove 1998; Gamba 2004). Por tanto, resulta elemental comprender que la interacción del lector con el hipertexto constituye un proceso de diálogo entre el lector y la interfaz, en el cual aparece una suerte de inteligencia conectada (Levy 2007), lo que significa un estado de la mente que se produce al multiplicar las capacidades mentales de muchos individuos en una comunidad.

Las infinitas posibilidades tecnológicas del hipertexto podrían estar demandando a la mente a que se configure a sí misma como una estructura hipertextual, manipulando varias operaciones al mismo tiempo, capaz de codificar y descodificar el entorno con las herramientas que aprendidas. Pero, ¿de qué modo el hipertexto podría condicionar la cognición humana?

Los patrones de reconocimiento mediante los cuales nuestro cerebro produce sistemas de relaciones significativas a partir de estímulos sensibles evolucionan en su interacción con los soportes de lectura posibilitando que optimicen sus métodos de organización y almacenamiento de información. De modo que resulta difícil marcar los límites entre el lector y las herramientas tecnológicas puesto que forman un complejo sistema de interacción entre mundo, cuerpo y lenguaje (Clark 1999).

Reflexionar sobre hipertexto y pensamiento nos remite inexorablemente a la histórica tensión entre tecnología y sociedad: ¿los avances tecnológicos determinan las prácticas de lectura y por ende, modifican la experiencia del acto de leer? O más bien, ¿son los modos de apropiación los que marcan el pulso del progreso tecnológico? ¿Será que los hábitos y formas de vincularnos con la palabra escrita exigen nuevas aplicaciones y plataformas destinadas a producir, compartir y difundir contenidos textuales?

En la Historia de la Cultura escrita, según Mc Luchan (1962), la más condicionante de las tecnologías fue el desarrollo y evolución de la imprenta en contraste con la cultura oral precedente. En rigor, los deterministas tecnológicos sostienen que la tecnología avanza impulsando a la sociedad y forzándola a adaptarse a los nuevos artefactos y prácticas que éstos sugieren, e imponiendo los hábitos que rigen las relaciones sociales.[3] Por otro lado, hay quienes sostienen que la tecnología es autónoma e independiente de las influencias sociales (Heidegger 1983; Ellul 1989; Marcuse 1993; otros).[4] Según esta tesis, la tecnología sigue su propio curso al margen de las intervenciones humanas, de modo que el cambio tecnológico es, en algún sentido, autónomo, externo a la sociedad y evoluciona según sus propios dictados.

Para evitar tomar una postura reduccionista y caer en respuestas sesgadas, preferimos reemplazar las anteriores por dos ideas: a) la existencia de cierta complementariedad entre el cerebro biológico y sus accesorios y apoyos artificiales, y b) que dicha complementariedad está determinada por unas fuerzas coevolutivas que unen a lectores y soportes en un bucle virtuoso de mutua modulación. Desde esta perspectiva, el efecto de la tecnología en nuestros sistemas de comprensión puede pensarse la persistencia de esta constitutiva plasticidad de la cognición humana, en la que los instrumentos textuales contribuyen en la modificación de las competencias mentales de representación, así como en las estructuras de asociación y producción simbólica.

Concluimos que si la práctica de la lectura radica en seleccionar, sintetizar, realizar llamadas internas al texto, relacionar datos e integrar palabras e imágenes en una memoria individual que constantemente se está construyendo, debemos aceptar que el formato hipertextual constituye una suerte de objetivación, de exteriorización y de virtualización de los procesos de lectura. Y por tanto, la evolución de los soportes y herramientas textuales modifican nuestras competencias de comprensión y expresión, así como la manera en que nos representamos el mundo y a nosotros mismos. Pero, asimismo, en cada surgimiento tecnológico podemos encontrar indicios de un cerebro evolucionado.

Acerca del nuevo lector y los modos de lectura contemporáneos

Como relatamos en el capítulo anterior, el pasaje de la lectura colectiva y en voz alta a la lectura individual y silenciosa tardó varios siglos, mientras que la transformación de los lectores en “internautas” se dio en apenas un par de décadas. Entonces, ¿qué características asume la lectura en soportes digitales? Y ¿de qué modo estas nuevas prácticas de lectura cambian el modo en que nos relacionamos con la palabra escrita?

Hemos visto que el libro en formato papel se vuelve un soporte virtual debido a la digitalización de la palabra escrita y su recepción y consumo en pantallas, y que la práctica de lectura privada adopta un sentido comunitario o interactivo –existen suficientes fenómenos de lectura compartida en la Red que nos permiten hacer esta adjetivación: por ejemplo, el fenómeno de booktubers (Ravettino Destefanis 2015)–. Pero hay otras características que adoptan los nuevos modos de leer –íntimamente relacionadas entre sí– y que por ende, configuran lentamente una nueva subjetividad: el hiperlector.

En primer término, las lecturas se volvieron repentinas y fugaces. Echamos un vistazo digital compulsivo a cualquiera de las pantallas: una lectura rápida y al paso en el teléfono móvil. El hiperlector circula simultáneamente por varias ventanas abiertas: lee microrelatos en las redes sociales, responde un correo o mensaje instantáneo y se detiene en algún portal de noticias online; y todas estas repentinas lecturas puede realizarlas desde diferentes dispositivos. El hiperlector “navega” por los textos y “hace zapping” como cuando mira la televisión. No obstante, el papel continúa vigente: las nuevas narrativas evidencian la existencia de un relato que no rechaza el viejo soporte pero lo utiliza de otra manera: “pasando las páginas, mirándolas sin leerlas, el lectoespectador puede advertir tratamientos textuales y paginales que apuntan a una literatura más próxima a su imaginario que al del siglo XIX” (Mora 2012: 118). Esto significa que hay una práctica de lectura que se impone y que ya no se reduce sólo al formato: probablemente el modo de lectura fugaz que propician las pantallas se traslade al papel.

En segundo término, las lecturas son fragmentadas y disruptivas. Internet alienta un tipo de lectura interrumpida en la que el hiperlector salta de un tema a otro. Sin embargo, también hacer zapping en la televisión contradice el ejercicio de mirar una película de principio a fin, lo que supone considerar que existen formatos o contenidos propicios para los saltos y otros que exigen sostener cierta linealidad. La lectura segmentada es exactamente lo opuesto al estilo de lectura de la normativa escolar, que alienta un fuerte compromiso y espera que el estudiante lea un libro de principio a fin sin distracciones. Al respecto, en Como una novela, Daniel Pennac (2001) motiva la desacralización del texto al alentar a padres y docentes a permitir a los adolescentes leer por placer y a su modo. Sus diez “derechos inalienables del lector” incluyen el derecho a saltearse páginas, el derecho a no terminar un libro y, sobre todo, el derecho a curiosear. De acuerdo con García Canclini (2007), una consecuencia del nuevo orden de la palabra escrita es la disminución de los lectores fuertes –es decir, extensivos o intensivos– y el aumento de los lectores débiles o precarios.

La lectura frente a la pantalla se fragmenta, de modo que la concepción de los contenidos textuales adquiere una identidad segmentada. El fragmento se autonomiza y la relación con el objeto desaparece. Ahí hay una segunda forma de ruptura con el pasado, que pensaba una obra como totalidad. Nadie estaba obligado a leer todas las páginas, pero la forma impresa del libro o el diario implican la percepción de una totalidad. Cuando estamos frente a la realidad digital, el fragmento no se refiere a ella. Sin la necesidad o el deseo de entrar en la totalidad, el concepto de libro obra podría perderse  (Chartier 2017).

En tercer término, la creciente participación del hiperlector en los contenidos digitales promueve lecturas flexibles y abiertas. En la Red todo está en constante cambio, abierto y disponible, y en este marco, los lectores adquieren un rol activo. “Cada vez más se lee escribiendo y modificando, ya sea cortando, desplazando, cambiando el orden o introduciendo la propia escritura. Estamos frente a nuevas lecturas que, desde el punto de vista de la cultura escrita tradicional, podrían calificarse como «aberrantes» o «desviadas»” (Mora 2012:109). Estas nuevas formas de lectura van más allá de la figura del lector crítico que la hermenéutica o los estudios culturales venían reivindicando desde los años 1980: en la era digital emerge un hiperlector que no se limita a integrar e interpretar componentes textuales ajenos, sino que además es un prosumidor –produce y consume textos– (Toffler 1980) o bien produsuario –productor y usuario– (Bruns 2008). Pero este involucramiento del público en los contenidos vuelve inestable el concepto de autoría porque ¿quién está en condiciones de arrogarse el título de autor después de intervenir una obra ajena? ¿Cómo evidenciar la autenticidad de una obra tantas veces retocada?

Finalmente, en el entorno digital los contenidos dejan de ser consumidos linealmente –debido a las características del hipertexto– y propician lecturas polimórficas. Éstas requieren nuevas competencias cognitivas por parte del lector, ya que debe dominar diferentes lenguajes y sistemas semióticos. Esto implica no sólo el conocimiento de las gramáticas de los diferentes sistemas de significación –escrito, audiovisual, interactivo– y de las competencias narrativas –por ejemplo, de género–, sino también una serie de saberes vinculados a la reconstrucción de las diferentes piezas textuales que lo componen. Surge un “actor multimodal” que lee, ve, escucha y combina materiales diversos, procedentes de la lectura y de los espectáculos (García Canclini 2007:31-32). Dicho de otro modo, el hipertexto promueve multialfabetismos, o sea la habilidad para interpretar e integrar en un único espacio narrativo discursos derivados de diferentes medios y lenguajes. Entonces, el hiperlector puede elegir el recorrido a seguir y debe hacer un esfuerzo cognitivo por integrar los diferentes componentes en un mismo contenido. La próxima infografía resume lo hasta aquí dicho:

Características de la lectura en entornos digitales

Tabla 6

Elaboración propia


  1. Así, en 1969 se realizó la primera conexión entre los ordenadores de Standford y UCLA, mientras nacía ARPANET, una red de computadoras creada por encargo del Departamento de Defensa de los Estados Unidos para utilizarla como medio de comunicación entre las diferentes instituciones académicas y estatales. Dos años después, ya habían 23 ordenadores conectados a ARPANET y se enviaba el primer correo electrónico de la historia. En 1976, se desarrolló Ethernet, los primeros cables coaxiales que permitieron transportar datos de forma rápida. Y, en 1983, se introdujeron los protocolos TCP/IP de forma obligatoria a todos los ordenadores de ARPANET.
  2. Iniciada la década del noventa se creó la primera página web cuyo objetivo era, precisamente, explicar qué era la world wide web. A mediados de la misma década aparecieron Yahoo, los buscadores Internet Explorer de Microsoft y Google y el primer weblog. Hacia 2000, ya había cerca de un millón de usuarios en el mundo. A lo largo de la década, surgieron las llamadas redes sociales y sitios de intercambio como Wikipedia –la mayor enciclopedia colectiva–, MySpace, Linkedin, Skipe, WordPress, iTunes Store, Gmail, Facebook, Flickr y Vimeo. Hacia 2005, Intenet alcanzaba los mil millones de usuarios en el mundo y nacía YouTube. Luego aparecieron los sitios de compra y venta online. Más hacia el presente, se lanzó Instagram y Pinterest. En 2012, Internet alcanzaba 2,4 mil millones de usuarios en el mundo. En la actualidad, se calcula que el 50% de la población mundial accede a la Red. Fuentes: “Brief history of Internet” en Internet Society [en línea] https://goo.gl/aDbgYv; “La gran evolución de Internet desde su creación en 1969” en Marketing Directo [en línea] https://goo.gl/9mczpG
  3. Esta noción sostiene que el cambio tecnológico es causa del cambio social. Según esta tesis, existiría un vínculo unidireccional entre la tecnología y la sociedad: los desarrollos tecnológicos influenciarían significativamente el orden social mientras la tecnología permanecería impermeable a la influencia de los factores sociales. Siguiendo esta teoría, podríamos pensar que los cambios en los soportes y materiales de lectura han condicionado las prácticas de lectoescritura, y por ende, nuestra experiencia literaria.
  4. Aún como detractores de la tecnología parten de un determinismo tecnológico en su crítica porque sostienen que “… de una forma u otra, lejos de estar controlada por los fines deseados y racionales de los seres humanos, la tecnología rige actualmente su camino, velocidad y destino propios” (Winner 1979:26).


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