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1 Evolución del libro y de las prácticas de lectura

El estudio de la cultura escrita

Existe una larga tradición vinculada con el estudio de la cultura escrita. Durante mucho tiempo, hacer Historia del Libro y de las Bibliotecas consistió en mostrar la evolución y la producción del objeto libro en los diversos períodos históricos.[1] Particularmente, para el estudio de las bibliotecas, se proponía el discurso cronológico sobre “los acontecimientos importantes” –incremento de la colección, formas de organizar los libros, administración y cuidado de las obras, etcétera– que hacían al desarrollo o a la supervivencia de cada recinto. Esta Historia del Libro casi lineal, que no tomaba en cuenta la ambivalencia cultural y sociológica de todo artefacto hecho por el hombre, incluso desplazó al estudio de las bibliotecas a un segundo plano, convirtiéndose en una macro disciplina que la incluyó (Parada 2010). Al respecto, cabe señalar dos elementos. En primer lugar, la Historia del Libro no había tenido en cuenta el hecho de que la construcción de un libro implicara un cambio de articulación en el discurso de la obra. Es decir, que la materialidad que sustenta el soporte del libro como artefacto –selección tipográfica, disposición e imposición de los textos, configuración de la página, entre otros– constituye una reconfiguración y alteración que influye en la esencia misma de la lectura (McKenzie [1985]2005). El segundo elemento a considerar, y acaso uno de los más innovadores, es la aparición del lector como materia de análisis. Esta figura estaba ausente en la Historia del Libro, a pesar de que sin él la cultura manuscrita e impresa hubiera carecido de sentido. Sin embargo, recién a mediados del siglo XX sucedieron tres hechos que terminarían por cambiar esta dirección:

  1. La aparición de los estudios cuantitativos y seriados del libro en Francia, donde la estadística, en procesos de larga duración, aportó cifras o tendencias hasta la fecha no tenidos en cuenta en la Historia del Libro.
  2. La publicación de una obra que incorporaba los aspectos sociales, económicos y comerciales del libro: L’appariton du livre de Lucien Febvre y Henri-Jean Martin ([1958]2005).
  3. El auge de la Historia Social a partir de una revista cuyo marco teórico fue fundacional: la escuela de los Annales, la “nueva historia” reunida en la publicación Annales: économies, sociétés, civilisations. 

Dentro de las Ciencias Sociales y las Humanidades, la Historia de la Civilización Impresa y de la Lectura fue el campo disciplinar que absorbió gran parte de las transformaciones inherentes a los estudios sobre el libro, las bibliotecas y las imprentas (Parada 2006, 2012). El marco teórico fundacional, entonces, es el iniciado por la Escuela de los Annales, cuyo principal propulsor que se instrumentó con la resignificación de la cultura impresa, fue Roger Chartier. Sus numerosas contribuciones señalaron la necesidad de reparar en los modos en que los lectores se apropiaban de los textos impresos, fundamentalmente en el Antiguo Régimen (Chartier 1991, 2000, 2005a, 2005b). Sin embargo, no fue el único en plantear la necesidad de abordar una relectura de los usos sociales para relacionarse con la cultura escrita y tipográfica. Es importante considerar los aportes de Cavallo y Chartier (2004), de Certeau (1996), Darnton (1996), Ginzburg (1999). A nivel nacional, comenzaron a editarse varias contribuciones que abordaban, aunque en forma aún parcial y sencilla, el problema de los usos de la civilización impresa y de las prácticas de la lectura (Batticuore 2007; Parada 2002, 2003 a y b, 2006, 2008, 2010, 2012; Sagastizábal 2002).

Pensando no sólo en la lectura sino además en la edición, cabe enumerar algunos trabajos originales: los avisos publicitarios de la prensa periódica (Parada 1998), los archivos aún inéditos de las editoriales y de las imprentas (Darnton 2006), el estudio de la lectura en el vasto universo de las imágenes –pinturas, dibujos, grabados– (Chartier 1991), el análisis de la escritura expuesta en las ciudades –escritura en monumentos, avisos, afiches, panfletos, volantes, epitafios– (Petrucci 1999, 2003), los repositorios documentales en los organismos públicos y particulares –academias, sociedades de fomento, asociaciones barriales, entidades de difusión cultural– (Gutiérrez y Romero 1995), la evolución histórica de los hábitos de lectura en las bibliotecas vinculadas con la enseñanza, y el análisis de las ediciones destinadas a los sectores masivos y de consumo (Prieto 1988; Sarlo 2004).

Aceptando que el objeto libro consiste en una estructura material donde confluyen las voluntades creadoras de varios actores, una obra es una tarea compartida entre el autor, la corporeidad física donde se encarna el texto, los universos interpretativos y las prácticas de los lectores, y aquellos que hacen a la construcción y a la distribución de la cultura impresa –tipógrafos, editores, libreros y bibliotecario–. Precisamente, la irrupción de esta nueva concepción contribuyó a una reelaboración integral de la Historia de la Lectura ampliando, de este modo, sus campos de estudio a áreas no consideradas. En este sentido, un cambio esencial fue el desarrollo de la Microhistoria, es decir, el estudio de temáticas, “aparentemente mínimas”, para comprender los fenómenos sociales y culturales (Ginzburg 2010).

En este contexto, los lectores dejaron de ser una entidad cuantitativa y un interés propio de los sectores letrados; y así se concibió la idea de conocer las maneras de acceder de los individuos al universo escrito e impreso. No obstante, la Microhistoria no fue un acontecimiento aislado puesto que hubo otros cambios importantes como la aparición de los Estudios de Género, la historia de las imágenes y el desarrollo de la oralidad (Ong 1993). Estas nuevas orientaciones enriquecieron la Historia de la Lectura a partir de las representaciones visuales, fundamentalmente, al incorporar la mirada femenina y la de otros sectores postergados o excluidos. Sin embargo, es fundamental puntualizar la presencia de dos direcciones novedosas que han influido decisivamente en el tópico de la lectura. Por un lado, la Sociología de los Textos, donde se destaca McKenzie ([1985]2005), cuyos aportes desde el campo de la Bibliografía han sido fundamentales para determinar, entre otras contribuciones, la variabilidad de la construcción social de los autores en su íntima relación con el universo tipográfico. Y por otro lado, la relectura moderna de la Paleografía, cuando Petrucci (1999, 2003) revolucionó radicalmente la Paleografía tradicional al hacer hincapié en la escritura y su interpretación cultural y política.

Las primeras manifestaciones escritas

La Historia del Libro contempla el estudio de la evolución de las formas materiales de lo escrito, y de algún modo, la Historia de la Lectura reconoce allí una fase analítica preliminar. Conocer sobre el perfeccionamiento del objeto libro, si bien no es suficiente, es condición necesaria para el estudio de la Cultura escrita. De hecho, la forma física del texto –en tablilla, pergamino, papel o pantalla– su formato, la disposición del espacio tipográfico en ese soporte –en rigor, la tecnología– son los factores que inciden en el vínculo entre el lector y el texto. No obstante, a lo largo de este estudio sostenemos la idea de complementariedad entre la apropiación cognitiva del usuario y el desarrollo de accesorios y apoyos artificiales, y que dicha complementariedad está determinada por unas fuerzas coevolutivas que unen a lectores y soportes en un bucle virtuoso de mutua modulación. [Volveremos a reflexionar sobre la relación entre tecnología y pensamiento hacia el final del próximo capítulo.]

De modo que asumiendo que la tecnología marca el tipo de relación que el lector tiene con los contenidos escritos, resulta importante dilucidar las relaciones entre la palabra escrita en su forma física, el medio por la cual se la hizo circular y el significado que le asignan los lectores. Por lo dicho, en lo que sigue haremos un recorrido sociohistórico por los que consideramos puntos de inflexión en la Cultura escrita:

  1. Primeras manifestaciones gráficas
  2. Invención del códice
  3. Surgimiento de la lectura silenciosa
  4. Invención de la imprenta
  5. Masificación del libro y la lectura
  6. Aparición del hipertexto

Y cuyos ejes de contenido son el modo de leer, soporte y práctica de lectura predominantes, tal cual lo expone la siguiente infografía:

Manifestaciones de la cultura escrita por época

Elaboración propia

Hubo un momento en que la palabra hablada se convirtió en palabra escrita. Reconocemos en la escritura cuneiforme la forma más temprana de expresión escrita. Las primeras manifestaciones datan de la época de los sumerios en el milenio IV a.C., donde las planchas de barro y arcilla húmeda eran incididas con punzón o mediante un tallo vegetal biselado en forma de cuña –de ahí su nombre–, en sentido vertical para grabar caracteres o dibujos. Precisamente, fueron los sumerios quienes comenzaron a escribir su idioma mediante pictogramas que representaban objetos. Con el tiempo, estas representaciones se complejizaron volviéndose más abstractas, y dando lugar a la escritura cuneiforme propiamente dicha (McCall 1994).

Resulta importante señalar que la invención de la escritura representó un logro sin precedentes para el almacenamiento y la transmisión de la información, que hasta ese entonces habían dependido de la memoria humana. En la Mesopotamia Antigua esa creación intelectual estuvo asociada a la necesidad de prácticas administrativas complejas debido al incremento de recursos a disposición del templo y el palacio. Tal fue su importancia que, a través de la historia del Cercano Oriente Antiguo, la escritura cuneiforme se usó durante un periodo de unos 3400 años –desde ca. 3300 a.C. hasta ca. del 100 d.C.– (Seri 2015).[2]

Cabe decir que la escritura cuneiforme fue precedida por el uso de signos proto-cuneiformes –ca. 3300 a.C.–, representaciones bastante realistas y a veces simbólicas de palabras (Seri 2015). Los primeros registros aparecen en soportes construidos a partir de tablillas de arcilla con incisiones hechas con punzón que se obtenía de un tallo o rama, era macizo, y terminaba en punta o biselado. También, durante el período acadio comenzaron a utilizarse el metal y la piedra como soportes de escritura; y bastante después en el tiempo, los egipcios, los griegos y los romanos introdujeron paulatinamente mejoras en su confección y armado.

Figura 1. Primeras manifestaciones escritas en arcilla. Sumeria, Oriente Medio y la Antigua Mesopotamia (3500 a.C.)

File:Tableta con trillo.png

Representación de ambas caras de una tablilla de piedra grabada con escritura pictográfica –o proto-cuneiforme–, dibujada en tamaño natural. Procedente de la ciudad mesopotámica de Kish (Irak). Probablemente sea el vestigio conocido más antiguo de escritura. Consta de pictogramas que representan cabezas, pies, manos, números y trillos. Se conserva en el Departamento de Antigüedades del Ashmolean Museum (Oxford, Gran Bretaña). Fuente: Wikimedia Commons, the free media repository. 2006 [en línea] https://goo.gl/KYwkjJ

Progresivamente, los signos cuneiformes adquirieron una apariencia más abstracta que ocultaba los trazos de sus precursores pictográficos. Por otro lado, dijimos que las primeras manifestaciones escritas mantuvieron un sentido vertical; pero tiempo más tarde, los sumerios comenzaron a escribir de izquierda a derecha en filas horizontales, de modo que un nuevo estilo de cuña empezó a usarse introduciéndolo en la arcilla –generando caracteres cuneiformes–. Ajustando la posición de la tabla frente al estilo, ahora el escriba podría utilizar una única herramienta para una amplia variedad de signos.

Figura 2. Primeras manifestaciones escritas en arcilla. Antigua Mesopotamia (2600 a.C.)

File:Sales contract Shuruppak Louvre AO3760.jpg

Representación, en una tablilla de arcilla grabada con escritura pictográfica –o proto-cuneiforme–, de un contrato sumerio de la venta de una casa y campos. Shuruppak, antigua ciudad sumeria, al sudeste de Baddad y sudoeste de Babilonia. Se conserva en el Museo de Louvre (Paris, Francia). Fuente: Wikimedia Commons, the free media repository. 2005.

La invención y el desarrollo de un sistema de escritura no pueden explicarse sólo a partir del aspecto técnico relacionado a la necesidad de codificación de información. Deben tenerse en cuenta, además, el contexto socio-económico, así como las circunstancias históricas en las que ocurre (Damerow 2006:7). En la Mesopotamia antigua, la aparición de la escritura se enmarca dentro de un proceso más amplio conocido como la “expansión de Uruk” que tuvo lugar durante la segunda mitad del cuarto milenio a.C. Este proceso socioeconómico se caracterizó por la aparición de artefactos y arquitectura del estilo de los de la Mesopotamia sur en una vasta región del Cercano Oriente (Pollock 1999: 114 citado en Seri 2016).

Después del uso de tablillas apareció el rollo como soporte de escritura. También llamado volumen, fue uno de los primeros formatos donde apoyar la palabra escrita, que consistía en una larga lámina generalmente de papiro –y más tarde de pergamino– enrollada sobre sí misma. [3]

En el Antiguo Egipto, los escribas eran los encargados de clasificar, contabilizar y copiar aquello que el faraón ordenaba. De modo que su figura era altamente valorada en una sociedad jerárquica y estamental, sobre todo, porque la escritura de tipo jeroglífica y hierática[4] era una saber al que solo accederían unos pocos y cuyo oficio se aprendía desde niño. Sentado en el suelo con las piernas cruzadas, el escriba egipcio utilizaba como soporte el papiro y una pluma de caña o un tallo de la misma planta del papiro. La escritura que adoptaba era en sentido de derecha a izquierda en columnas verticales.[5]

En Grecia y Roma, en lo que respecta a las funciones de reproducción, difusión y conservación de los contenidos científicos, jurídicos y administrativos mediante la copia, el oficio era desempeñado por los siervos; y el dominus o señor era quien hacía copiar para su biblioteca particular. Entonces, durante la época clásica, el volumen daba a un contenido textual la forma manejable que exigía la vida literaria en Atenas y Roma, donde había talleres de copistas, librerías y el depósito legal de las grandes bibliotecas. La difusión era reducida, limitada a los aficionados de sectores nobles, a los intelectuales que vivían bajo la protección de un mecenas y, más tarde, a las personas instruidas. Pero asimismo había quienes comercializaban estos manuscritos y tenían una cantidad variable de copistas a su cargo para atender sus necesidades de reproducción de contenidos textuales.

Figura 3. Fragmento de los Elementos de Euclides, en los Papiros de Oxirrinco

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Los Papiros de Oxirrinco (Oxyrhynchus papyri) forman un extenso grupo de manuscritos descubiertos desde 1897 por los arqueólogos Bernard Pyne Grenfell y Arthur Surridge Hunt en un antiguo vertedero de basura cerca de Oxirrinco, actual el-Bahnasa en Egipto. Previamente, ya en 1882, arqueólogos británicos comenzaron las excavaciones arqueológicas en la zona de Oxirrinco y descubrieron ese gran vertedero. Fuente: Mathematics Department, University of British Columbia [en línea] https://goo.gl/ZrwHEH |Wikimedia Commons, the free media repository. 1994.

Con respecto a los elementos y soportes de escritura, así como para las tablas de piedra o arcilla se utilizaba el punzón, cincel o matillo que permitiese la incisión en el material, para marcar el soporte del rollo, la tecnología que se introdujo fue el cálamo, una caña hueca cortada en su extremo en forma de bisel[6].

En la ciudad antigua, la lectura pública era el medio más corriente de difusión. Curiosamente, los textos breves se escribían en tabletas de cera y para los escritos corrientes se disponía del pergamino. Precisamente, por ser un material resistente y barato, el pergamino fue el soporte de escritura de la mutación siguiente.[7]

El códice y la labor del copista en el Medioevo

Habiendo considerado estos importantes antecedentes, podríamos decir que en la Historia de la Cultura escrita la primera revolución fue la invención del códice, cuyas ventajas permitieron reemplazar la escritura en volumen. Así pues, la aparición del libro en su primera forma corresponde al comienzo del primer milenio antes de la era cristiana, que coincidió probablemente con el empleo de diversos tipos de soportes, flexibles y ligeros, para la escritura: corteza, fibra vegetal o tejido.

A partir del siglo III el uso del pergamino como soporte de lectoescritura se extendió por toda Europa y durante la alta Edad Media fue el material común porque presentaba, frente al papiro, una gran resistencia al paso del tiempo y la capacidad de escribirlo por ambas caras, además de poder plegarse facilitando su encuadernación, dando lugar al formato del códice de más fácil manejo que el rollo de papiro. A estas ventajas habría que añadir que la materia prima podía proceder de pieles de diferentes animales –ovejas, cabras, vacas o asnos–; por tanto su suministro estaba, prácticamente, asegurado en todos los centros culturales de Europa.

Reconocemos que la presencia del papiro en Grecia fue tardía –hacia el siglo VII a.C.– y que convivió con otros materiales como las tablillas de madera rehundidas y rellenas de cera o el pergamino. De hecho, en la región griega el material más abundante era el pergamino, fabricado a partir de pieles curtidas de animales, las cuales eran más resistentes y fáciles de obtener que el papiro. Este soporte para la escritura se conocía desde hacía tiempo y sabemos que Pérgamo era un importante centro para su producción en siglo II a.C.[8]

Al pergamino se lo cortaba en folios y cosía en cuadernos, lo que produjo el codex, que ya presentaba las páginas similares al libro moderno. Esta disposición estaba funcionalmente adaptada, mejor que en el volumen, a la consulta y la investigación. Era la forma ideal para el documento jurídico de hecho, código procede de codex–, el texto sagrado o el documento erudito. Respondía a las necesidades de una civilización en la cual la literatura tenía menos importancia que la seguridad política, la teología y la conservación del saber legado por la antigüedad.

De modo que ya entrado el siglo IV y durante más de mil años, el manuscrito de hojas de pergamino encuadernadas fue el medio universal de conservación, comunicación y difusión del pensamiento, no sólo en el mundo cristiano sino también en el mundo árabe y judío.

Después de la invención del códice, podríamos sugerir que la siguiente revolución en la Historia de la Cultura escrita fue la invención medieval de la lectura silenciosa como método normal de apropiación textual, que gradualmente reemplazó el lugar de la lectura como representación oral y actividad comunitaria. Pensemos que en la actualidad la lectura es la forma típica del consumo de obras literarias, pero no siempre lo fue: el recitado de canciones y poemas, y la narración oral de historias –formas todavía vigentes en sociedades africanas y asiáticas y zonas marginales de América Latina– son modalidades de consumo ligadas a condiciones particulares del público (Febvre y Henri-Jean 2005; Cavallo y Chartier 1997). Incluso, durante buena parte de la Edad Media europea leer significó en la mayoría de los casos, leer en voz alta y en público; y gran parte de la producción literaria sólo luego, y en ocasiones nunca, pasaba a ser escrita.

Por su parte, la Iglesia fue la institución que desempeñó el papel predominante en cuanto a la transmisión y la conservación de la cultura. Los monasterios fueron auténticos centros culturales donde se promovía la lectura, la copia y conservación de manuscritos; además funcionaban como comunidades autosuficientes produciendo todo cuanto necesitaban, por ejemplo, el pergamino a partir de sus propias reses.

Si bien la forma casi exclusiva que toma el libro medieval era el códice manuscrito sobre pergamino, cabe decir que hasta el siglo XV se utilizaron –aunque minoritariamente– otros soportes escriptóreos ya conocidos –como las tablillas o el papiro–, de modo que la vieja y nueva técnica de escritura convivieron por largo rato. 

Con respecto a la producción de los códices, ésta se realizaba en una gran sala de los monasterios llamada escriptorio –scriptorium– donde se sentaban los amanuenses[9] para copiar los manuscritos, a partir de otros anteriores o al dictado de un lector situado en un estrado. La copia del códice era dirigida por el magíster, se pasaba la parte del texto convenida y se dejaban en blanco los espacios destinados a la iluminación –iniciales, títulos, orlas, viñetas, etc.–.[10] La importancia del libro fue tan notable en la Edad Media que “no hubo trabajo más meritorio que el de copiar o iluminar un manuscrito”. El transporte de los libros se organizaba cuidadosamente de un monasterio a otro y de una a otra ciudad (Escarpit 1968:18-20).

Como hemos visto, la historia de los copistas no comienza en los monasterios sino que en el Antiguo Egipto, Grecia y Roma los escribas ya cumplían con el encargo de reproducción y conservación de contenidos textuales que recibían de reyes y señores.

Avances tecnológicos en el sistema de escritura medieval

Reconocemos que el cambio fundamental en los modos de lectura durante la Edad Media fue la consolidación de la lectura silenciosa que supuso transformaciones técnicas en la escritura: a) la separación de las letras en palabras y frases y b) el perfeccionamiento de los signos de puntuación, ambos aportes fueron condición indispensable para el desarrollo de la lectura en silencio.

En ese marco, surgió el sistema per cola et commata que consistía en dividir el texto en líneas que tuvieran sentido. Sabemos que a principios del siglo V fue San Jerónimo (347-420) quien desarrolló este modo preliminar de puntuación para la traducción desde el hebreo y griego el libro de los profetas, en el que cada unidad de sentido era marcada con una letra que sobresalía del margen –como sangría francesa– e iniciaba un nuevo párrafo. Así que estrenó este novedoso sistema de escritura en su Vulgata, la primera edición canónica en latín de la Biblia.[11]

Hasta ese momento, para indicar el final de una frase escrita se había estado utilizado espacios en blanco, letras al margen o una combinación de signos tipográficos. En este sentido, fue Aristófanes de Bizancio (260 a.C.-180 a.C.) en la Biblioteca de Alejandría hacia el año 200 a.C. quien inventó un signo para indicar “silencio”, y otro más largo para dividir el libro en “cantos” –algo similar a nuestros capítulos–. (Manguel 1998). Antes del aporte lingüístico de Aristófanes, los griegos practicaban la scriptio continua: escribían sus textos de tal forma que nohabíaespacionipuntuación entre las palabras, y no había distinción entre mayúsculas y minúsculas. El lector debía diferenciar en el texto cada palabra y frase, así como prever dónde terminaba una y empezaba la siguiente. El avance de Aristófanes fue sugerir a los lectores que hicieran anotaciones a partir del uso de puntos de tinta arriba, en medio o abajo de cada línea –denominados: comma, colon y periodus–. Con cada posición indicaban la entonación de lectura: alta, media o baja.

Figura 4. Fragmento del Codex Sinaiticus, manuscrito en scriptio continua y caligrafía uncial (ca. 330-350)

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El Codex Sinaiticus es un manuscrito de caligrafía uncial –íntegramente escrito en mayúsculas– del siglo IV de la versión griega de la Biblia, entre los años 330 y 350, aproximadamente. Este fragmento corresponde al pasaje Ester 2: 3-8. La mayoría del manuscrito se encuentra ahora en la Biblioteca Británica de Londres, las otras partes se encuentran en Leipzig, la Biblioteca Nacional en San Petersburgo, Rusia, y el Monasterio de Santa Catalina en el Sinaí en Egipto. Fuentes: The S.S. Teacher’s Edition: The Holy Bible. New York: Henry Frowde, University of Oxford, 1896.| Wikimedia Commons, the free media repository. 2005 [en línea] https://goo.gl/B7rYDN

Para el siglo VI los copistas cristianos comenzaron a puntuar sus propios trabajos antes de que llegaran a los lectores, para proteger su significado original. Más tarde, en el siglo VII, el eclesiástico Isidoro de Sevilla (560-636)actualizó el sistema de Aristófanes. Lo hizo de forma que los puntos indicaran la duración de la pausa: breve –punto bajo–, media –punto medio– y larga –punto alto–. Además,  relacionó la puntuación con el significado de forma explícita por primera vez en la historia de la Cultura escrita. Según su versión, el punto bajo o subdistinctio ya no marcaría una simple pausa, sino que tomaría el lugar de la coma gramatical; y del mismo modo, el punto alto o distinctio finalis indicaría el final de una frase (Houston 2013, 2015).

Además de los signos de puntuación, ya hacia finales del siglo VIII, el rey Carlomagno (742-814) ordenó a un monje llamado Alcuino idear un alfabeto unificado que pudiera ser leído por los súbditos de las tierras más lejanas. Fue así como nacieron las que hoy conocemos como letras minúsculas. Unos 450 años después de Aristófanes, en la misma Biblioteca, ocurrió un suceso importante para la edición manuscrita: la invención de las capitales, esas letras colosales que marcan la inicial de los capítulos. Sabemos que fue Orígenes de Alejandría (185-254), un teólogo neoplatónico quien desarrolló esta técnica al iniciar su edición revisada de las Sagradas escrituras. Transcribió las cuatro versiones griegas más importantes de los libros de los profetas, la versión hebrea y una traducción al griego de ésta hecha por él mismo, en folios a seis columnas. Al finalizar su labor después de unos 17 años de trabajo incansable, ordenó que un gran grupo de copistas reprodujera su obra para distribuirlas en las iglesias cristianas de Grecia y Egipto. Además, contrató miniaturistas para que historiaran las iniciales de los capítulos y pidió que fueran iluminadas con rojo en homenaje al pueblo que inventó el alfabeto fonético, el fenicio –palabra que significa rojo– (Houston 2013, 2015).

Figura 5. Letra capital historiada en un manuscrito ilustrado

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Conversation of the saints. Generalmente, las capitales historiadas contienen espirales en forma de plantas, con pequeñas figuras de animales u hombres que no representan una escena específica, también conocidas como “capitales habitadas”. Fuente: University of Princeton. 2016 [en línea] https://medievalstudies.princeton.edu/

Hasta aquí podemos encontrar en cada aporte medieval el propósito de facilitar la lectura y hacer inteligibles los textos en el recitado. En efecto, “la lectura en línea plena no concedía descanso a la vista y requería un gran esfuerzo de atención por parte del lector” (Morocho Gayo 2003:38). No obstante, si bien la ausencia de intervalos era un obstáculo y la separación en palabras y frases una condición necesaria para la lectura silenciosa, los griegos parecen haber sabido leer en silencio, aun conservando la scriptio continua. Como sugiere Bernard Knox (1968), el manejo frecuente de grandes cantidades de texto abrió la posibilidad de una lectura silenciosa en la Antigüedad. En el siglo V a.C. resulta verosímil que Heródoto (484-425 a.C.) abandonase la lectura en voz alta en el transcurso de su labor como historiador; y, ya en la segunda mitad del siglo VI, quienes en Atenas bajo los pisistrátidas se ocuparon del texto homérico en sentido filológico –como pudo hacerlos el poeta Simónides (556-468 a.C.)– tuviesen asimismo ocasión de aplicar esa técnica. Cabe señalar que para aquella época se trataba de una técnica reservada a una minoría, pero una minoría importante en la que se hallaban desde luego los poetas dramáticos (Cavallo y Chartier 1997).

Además de las transformaciones técnicas en la escritura, otra novedad fue el cambio de actitud hacia el propio acto de leer. Ya en la Antigüedad se insistía en la expresión oral del texto –lectura en voz alta articulando correctamente el sentido y los ritmos–, lo cual reflejaba el ideal del orador predominante en la cultura antigua. La lectura en silencio tenía por objeto estudiar el texto de antemano a fin de comprenderlo adecuadamente (Parkes 1997) y poder recitarlo en público sin faltas y de corrido.

Una nueva intimidad a partir de la lectura privada y silenciosa

¿De qué modo las transformaciones técnicas en la escritura posibilitaron cambios culturales? La intimidad creada entre el lector y su libro, por la separación de las letras y palabras y el uso de los signos de puntuación, podemos encontrarla en la relación entre el autor y su manuscrito. La adopción de la escritura discontinua supuso un estímulo para la composición autógrafa: posiblemente, algunos escritores comenzaron a expresar en sus obras sentimientos íntimos que hasta entonces nunca habían sido reflejados, debido a la ausencia de confidencialidad impuesta por la obligación de tener que dictar los textos a un copista.  Además, el añadido de correcciones y anotaciones entre líneas por parte del propio autor supuso una modalidad de ampliación textual como consecuencia de la escritura discontinua.

Por su parte, los copistas pudieron prescindir de quien les dictara –del magíster que guiara la copia–; por ejemplo, en el siglo XII trabajaban en silencio con instrumentos especialmente diseñados para una labor silenciosa, como se puede comprobar en las pinturas de la época.[12] De modo que el nuevo equipamiento del scriptorium permitía al copista reproducir una página mecánicamente como un conjunto de imágenes visuales y prescindir de la oralidad como ayuda para la memoria inmediata.

Figura 6. Monje copista en la Edad Media en el siglo V

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Representación medieval de un monje trabajando en un scriptorium monástico. La imagen es muy detallada en la representación del mobiliario de la sala, los materiales, el equipo y la actividad del escritor. Su autor es Jean Le Tavernier (1456) y el título de la obra “Jean Miélot en su scriptorium, en Milagros de Nuestra Señora” –no se trata de un personaje ficticio, sino un real servidor de Felipe III, duque de Borgoña, durante el siglo V–. Se conserva en la Biblioteca Nacional de Francia. Fuente: Wikimedia Commons, the free media repository. 2006 [en línea] https://goo.gl/5TaMD6

La práctica de la lectura silenciosa estaba en perfecta consonancia con la experiencia espiritual cisterciense, movimiento de gran importancia en la renovación monástica del siglo XII.[13] Los monjes cistercienses localizaban la sede de la mente en el corazón y consideraban la lectura individual esencial, inseparablemente ligada a la meditación. Entonces, la lectura privada en el interior del monasterio que estimulaba la meditación estaba unida al mutismo.

Figura 7. Letra capital historiada de la Orden Cisterciense en un manuscrito del siglo XIII

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En la letra capital se halla representado Bernard de Clairvaux, fundador de la Orden Cisterciense. Fuente: Biographia Cisterciensis, 2011 [en línea] https://goo.gl/gPrc12

Desde el punto de vista psicológico, la lectura en silencio ponía la curiosidad del lector bajo su entero autocontrol. En el universo del siglo IX, donde la oralidad todavía mandaba, si las especulaciones de un intelectual eran heréticas, estaban sometidas a una atenta supervisión, desde su producción hasta su lectura. Luego, desde el siglo XI se comenzó a relacionar la herejía con la curiosidad intelectual individual. La lectura y la composición personal y silenciosa promovieron la formación del ambiente intelectual en el que se desarrollará la universidad y las herejías de siglos posteriores; tales herejías, laicas en su mayoría, fueron difundidas por la lectura individual de los tratados, como vehículos de transmisión del pensamiento heterodoxo. Esta intimidad resultante de la producción y lectura privada de textos originó, asimismo, manifestaciones de ironía y de cinismo, el pensamiento político subversivo, el resurgimiento del género erótico, la experiencia religiosa laica y adelantándonos cuatro siglos, la reforma religiosa.

Con respecto a las técnicas de escritura, hacia los siglos X y XI, la lectura silenciosa era ya lo suficientemente habitual para que los copistas separaran las palabras y esa costumbre se confirmó en el siglo XII, con la sistematización y el uso frecuente de los signos de puntuación –tal y como los utilizamos en la actualidad–. Para ese momento, los puntos introducidos por Aristófanes ya eran de uso común e incluso, los escritores comenzaron a construir sobre ellos e ir más allá con la ortografía. Algunos tomaron prestados elementos de la notación musical inspirados por los cantos gregorianos. Así crearon, por ejemplo, el punctus versus, una versión medieval del punto y coma. Y también el punctus elevatus, un punto y coma a la inversa, un signo que se convertiría en los dos puntos actuales. Estos indicaban un cambio de tono, pero también cumplían una función gramatical. Asimismo, empezaron a utilizar el punctus interrogativos, el ancestro del signo de interrogación actual, para marcar preguntas pero también para señalar una inflexión ascendente. Más tarde, en el siglo XII, el escritor italiano Boncompagno da Signa (1170-1250) propuso un sistema de puntuación totalmente diferente a partir de solo dos caracteres: la barra (/) y el guión (-). La primera indicaba una pausa, y el segundo el fin de una frase. Si bien no está claro cuánto se usó la barra, se sabe que el guión o vírgula suspensiva fue todo un éxito(Houston 2013, 2015).

Otra técnica de escritura de este período que se generalizó en el libro del siglo XII fue el uso de rúbricas. Una rúbrica –del latín rubricatus, escrito con tinta roja–, era una palabra o sección de texto escrito o impreso en rojo para resaltarlo. Las letras rojas se utilizaron para resaltar las letras mayúsculas iniciales, sobre todo, los salmos, la cabecera de las secciones y los nombres con particular significado religioso.[14]

Figura 8. Uso de letras capitales, anotaciones al margen y rúbricas en un texto religioso del siglo XIII

https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/thumb/d/d8/Missel_dominicain_MG_2117.jpg/1024px-Missel_dominicain_MG_2117.jpg

Misal del Convento dominico de Lausana (1289) –el más antiguo actualmente conocido–. El códice está compuesto por 213 folios de pergamino, y tiene una encuadernación del siglo XVI. En el manuscrito se pueden observar todos los aportes en técnicas de escritura hechos hasta ese momento. Se conserva en el Museo histórico de Lausana. Fuente: Wikimedia Commons, the free media repository. 2016 [en línea] https://goo.gl/bq6Pq4

Sin embargo, la introducción del intervalo y el complejo sistema de puntuación no alcanzó para difundir intensivamente la lectura silenciosa en la Edad Media. Fue necesario algo más que esa innovación técnica llevada a cabo ya en el siglo VII; fueron precisas las exigencias de la ciencia escolástica para que las ventajas de la lectura silenciosa –rapidez e inteligibilidad– fueran descubiertas y explotadas en gran escala. Efectivamente, fue en el seno de la ciencia escolástica donde pudo “cuajar” la lectura silenciosa, si bien permaneció prácticamente desconocida en el resto de la sociedad medieval (Cavallo y Chartier 1997).

De la cultura escrita monástica a la escolástica

El libro del siglo XIII experimentó un nuevo paso evolutivo, dentro de un contexto intelectual, social y económico íntegramente nuevo. Cuando se establece el mundo de las escuelas, la lectura se vuelve una práctica intelectual: el texto escrito deviene el objeto mismo de un trabajo intelectual.

En el marco del desarrollo de las universidades, no solo los profesores y alumnos debían leer los autores que figuraban en los programas de estudio, sino que además debían conservarse por escrito los cursos de los docentes. Esta forma de enseñanza se sustentaba sobre la base de la producción de libros universitaria, que hacía necesario multiplicar la cantidad de textos leídos y comentados en clase para un número creciente de alumnos. Precisamente, es en este período cuando comienza a producirse la expansión en el mercado del libro: alrededor de las universidades proliferan el número de copistas y tiendas especializadas que restituirían la producción del libro a las ciudades, apartándose del monopolio monástico. Cabe señalar que este sistema escolástico de producción no fue el único ni reemplazó a las prácticas manuscritas precedentes, ya que los monasterios continuaron con su actividad mientras lentamente aparecían centros laicos de producción. No obstante, “revolucionario” fue que los contenidos textuales –en sentido amplio, la cultura y la intelectualidad– ya no serían productos exclusivos de la iglesia.

Con respecto a las técnicas de escritura, por un lado, cabe decir que la edición universitaria se apoyaba en el sistema de pecia. La pecia, del latín medieval, fragmento, era cada cuadernillo en que se fraccionaba el manuscrito original; es decir, el texto no estaba encuadernado sino sus peciae estaban sueltos, de modo que los alumnos pudiesen alquilarlos. Entonces, la pecia era esa unidad de copia y reproducción, que permitía al estacionario recibir una suma de dinero preestablecida por su trabajo. Precisamente, el último eslabón de esta cadena de producción del libro era el estacionario: copista, librero e impresor –todos los oficios asumidos por una sola persona–. El estacionario estaba contratado por la misma universidad, y constituía el nexo entre ésta, los alumnos y profesores. Cada año se elegía una comisión de petiarii responsable de la fijación de las diversas tarifas para las pecia o para decidir cuáles requerían la sustitución de cuadernos defectuosos. En algunos márgenes aparecía la palabra “cor” –correctus– que certificaba la validez del manuscrito. La colección original de pecias de un libro en que se basarían las futuras copias, se denominaba ejemplar –exemplar–. 

Hasta que apareció la imprenta, durante el periodo que abarca desde mediados del siglo XIII a mediados del XIV, este modo de producción de contenidos textuales fue predominante, sin desconocer la actividad aún vigente en los centros urbanos laicos y los monacales.

Figura 9. Marca de pecia en el margen exterior de un verso

pecia huntington

Fuente: Digital Scriptorium Database. Huntington Catalog Images, University of California. 2002 [en línea] https://goo.gl/Jiwza9

Por otro lado, si a lo largo del siglo XII se consolida la lectura silenciosa –la separación de las letras en palabras y frases y las técnicas de escritura e ilustración–, en la siguiente fase la tipografía cambia al desarrollarse la letra cursiva, como resultado del progreso de la cultura y la economía laica que difunden la necesidad de la escritura. Resulta que la letra minúscula cursiva resultaba más adecuada para las clases universitarias y sus textos que las letras de los manuscritos monacales de los dos siglos precedentes. 

La intensificación del uso del libro por parte del universitario tiene una serie de consecuencias. Los progresos realizados en la confección del pergamino permitieron obtener hojas más livianas y el formato del libro también cambió por la necesidad de ser transportado, haciéndose más pequeño, ligero y manejable. También disminuyó la ornamentación de los libros y las letras floridas y las ilustraciones se hicieron en serie. Excepto los libros de los juristas, que mantuvieron el lujo de épocas anteriores, los libros de los filósofos y teólogos sólo excepcionalmente tenían miniaturas.

Poco a poco el libro dejaba de ser un objeto suntuoso y pasaba a ser un instrumento del saber muy condicionado por el método universitario y escolástico, lo que tuvo efectos. Todo se fue orientando a facilitar la consulta rápida y en este contexto aparecieron, no sólo los compendios y florilegios, consecuencia de la necesidad de los universitarios de memorizar en poco tiempo gran cantidad de conocimientos, sino también los índices y tablas, las abreviaturas o los manuales, tan usuales entre los universitarios de nuestros días. 

El desenlace inevitable del uso de tablas, índices, compendios y enciclopedias implicó que la lectura ya no fuese directa al pasar por el tamiz de la selección. En esta época, el saber era prioritario, de modo que la meditación abrió gradualmente paso a la utilidad cambiando sustancialmente el impacto de la palabra escrita en los lectores. En muchos casos, estas compilaciones pasaron a sustituir la consulta directa de las obras de los autores pero, a pesar de su condición de lectura secundaria, indudablemente desempeñaron un papel importante en la formación de los intelectuales medievales. En el marco de la enseñanza escolástica, las ventajas que ofrecían estos instrumentos de trabajo explican las razones de su éxito y la tendencia a la desaparición de la lectura personal y directa de obras y su sustitución por la consulta exclusiva de extractos. 

Como adelantamos, uno de los problemas fundamentales del uso de estos instrumentos de trabajo yacía en la selección. El valor de los extractos elegidos y la calidad de los pasajes transmitidos dependían exclusivamente del criterio del compilador. Aunque en un principio los extractos fueron concebidos para la consulta directa de un texto inaccesible, pronto se usaron por la facilidad en el acceso, puesto que eximían de la lectura completa de la obra. Esto evidencia hasta qué punto estos compendios limitaban la creatividad y orientaban los estudios hacia cierta deformación de saberes y doctrinas, al ser sacadas de contexto y limitadas a la selección extractos. 

Desde el siglo XI, y definitivamente ya en el siglo XII, venimos observando la evolución hacia modos de lectura silenciosa. Esto aparentemente puede entrar en contradicción con la imagen del maestro universitario leyendo y comentando públicamente un fragmento de la “Metafísica” de Aristóteles o de “La ciudad de Dios” de San Agustín. Sin embargo, ambas situaciones eran inseparables en el contexto académico de esa época: los universitarios utilizaban los libros como apoyo a la memoria y seguían las disertaciones de su profesor con un ejemplar. El acceso a los libros era, por tanto, substancial para comprender las complejidades escolásticas de las lecciones públicas. (De las Heras s.f).

Por otro lado, cabe mencionar que los cambios en las prácticas de lectura produjeron asimismo modificaciones en las bibliotecas, puesto que los archivos monásticos del siglo XIII se fueron adaptando a una cultura en la que convivían la lectura oral con la lectura en silencio, aunque fuese en las bibliotecas encadenadas[15] de finales del siglo XIII donde se expresó por primera vez la exigencia de silencio por parte de los lectores. 

La coexistencia de la lectura en voz alta con la silenciosa

La progresiva implantación de los modos de lectura privados y silenciosos no extinguió la lectura pública o en voz alta. Por ejemplo, los monasterios cistercienses, regidos por la Regla de San Benito[16], asumían la importancia que el santo otorgaba a la lectura como parte esencial de la vida monástica: las lecturas en voz alta de pasajes de las Sagradas Escrituras durante la comida de los monjes tenía un importante carácter eminentemente colectivo.

En la Regla de San Benito aparecen referencias a la lectura individual y a la necesidad de leer para uno mismo con el fin de no molestar a los demás. Puesto que ese tipo de lectura debía ser supervisada para garantizar que el lector no se relajase ni se distrajera, se deduce que la lectura en silencio era frecuente en esas circunstancias. Si bien San Isidoro había establecido los requisitos para la lectura en voz alta en la Iglesia, también consideró la preparación para el oficio de lector como una etapa inicial de la educación eclesiástica. Él mismo prefería la lectura en silencio, que permitía una mejor comprensión del texto, porque –según decía– el lector aprende más cuando no escucha su voz (Cavallo y Chartier 1997).

Otro ejemplo que evidencia la persistencia de la lectura oral, lo constituye la lectura pública en los sitios seculares: la actividad de juglares y trovadores desde el siglo XI, para quienes la actuación era casi tan importante como el recitar poemas o canciones de memoria y en voz alta, las lecturas aristocráticas y otras muchas actividades en las que la audición de la lectura de un libro concedía más valor al contenido del texto que a su interpretación o interiorización por parte del lector. 

De modo que ambos tipos de lectura –en voz alta y silenciosa– coexistieron durante largo tiempo y por motivos diferentes. El crítico inglés Terry Eagleton en Criticism and ideology ([1978]2006) aporta un ejemplo sorprendente: en la Irlanda anterior al siglo VI la lectura predominante era oral. El desarrollo posterior de las formas escritas no desplazó a la forma oral de consumo literario, que permaneció ligada a una poderosa casta intelectual de origen druídico. La oralidad determinó, a su vez, la supervivencia de efectos estáticos como la aliteración y la repetición, que iban desapareciendo paulatinamente de la literatura escrita y leída. No obstante, hacia el siglo XVI, en la corte francesa e inglesa, hubo una distancia entre la figura monárquica y el objeto impreso o la práctica de la escritura que suponía una mediación –un secretario o un lector–. En Francia, y también en Inglaterra, leer para el rey era un oficio semejante a los diversos cargos de justicia: hasta el tiempo de Luis XIV, hubo una persona encargada de este oficio. La lectura en voz alta fue algo fundamental en las comidas o en el momento en que el rey se iba a dormir. Lecturas no sólo poéticas, sino también políticas (Chartier 1999b:119). No significa que el rey no supiera leer, sino que la práctica estuvo mediada durante largo tiempo, porque desde el Medioevo lo que otorgaba autoridad al monarca era, precisamente, la palabra viva.

Así, la prolongada coexistencia entre la lectura en voz alta y la lectura silenciosa podemos hallarla en el proceso mismo de composición, puesto que la literatura dictada, previo a la literatura escrita, mantuvo su vínculo con la oralidad. Flaubert, por ejemplo, hablaba sus textos, los gritaba, para constatar la rítmica que sólo podía apreciar a través de la oralización y no de la lectura silenciosa de la obra escrita (Chartier 1999b:121). Incluso, los editores modernos de textos poéticos del Siglo de Oro debieron considerar el oralismo mixto que Margit Frenk evidencia en Entre la voz y el silencio: la lectura en tiempos de Cervantes (2005): “deberían oírse las voces escondidas detrás de los manuscritos e impresos”; justamente cita dos versos: uno de Quevedo («y escucho con mis ojos a los muertos») y otro de Sor Juana Inés de la Cruz («sosegado silencio de mis libros»), que aluden precisamente al ambiguo modo de existir de la palabra, «entre la voz y el silencio» (Frenk 1997 citado en Rivers 2006).

Dado nuestros actuales hábitos de lectura, se nos hace imposible separar la palabra dicha de su forma escrita, la cual fue penetrando tan profundamente en nuestra conciencia lingüística hasta constituirse como la única alternativa de apropiación de contenidos textuales.[17]En este sentido, Frenk (2005) cita a varios autores que se dirigen a quienes oirán sus textos. Por ejemplo, la Celestina (De Rojas 1500) se leía en voz alta con expresividad oral; los versos dramáticos en los corrales se percibían por los oídos y no por los ojos. Y, sobre todo, la poesía lírica circulaba oralmente y se dictaba y transcribía por la memoria. La ortografía española, cada vez más fonológica, facilitaba la convivencia de lo oral y lo escrito: la puntuación indicaba las pausas de la declamación más bien que la lógica de la sintaxis (Frenk 1997 citado en Rivers 2006).

Durante mucho tiempo, la lectura en voz alta continuaba siendo la práctica más habitual, a menudo como lectura pública o socializada, usada en todo tipo de circunstancias, por ejemplo, en El Quijote de la Mancha (De Cervantes 1615) el cura sigue leyendo en voz alta la Novela del Curioso Impertinente[18] o cuando señala los libros de caballerías que han trastornado a Don Quijote; y el ventero los defiende por ser leídos en las fiestas para entretenerse. La lectura en voz alta se practica en El Quijote incluso en situaciones que por nuestros días se asociarían a una actitud de respetuoso silencio: por ejemplo, el episodio de la lectura de los papeles del difunto, para recordarlo, mientras se cava la sepultura. También se dan detalles de referencia a los escribanos en momentos solemnes como la propia muerte del personaje, Don Quijote se siente morir y pide que vayan por el escribano para que redacte su testamento. Incluso en el propio título de capítulos aparece esta misma doble cultura de la voz y la letra:

Que trata de lo que verá el que lo leyere o lo oirá el que lo escuchare leer – ¡Aquí fue Troya! ¡Aquí mi desdicha, y no mi cobardía, se llevó mis alcanzadas glorias; aquí usó la fortuna conmigo de sus vueltas y revueltas; aquí se escurecieron mis hazañas; aquí, finalmente, cayó mi ventura para jamás levantarse! (Don Quijote, segunda parte, capítulo LXVI).

En un primer momento, el paso de una cultura escrita monástica oral a una cultura escrita escolástica visual tuvo un impacto moderado sobre las prácticas de lectura de la sociedad laica, donde –como mencionamos– la lectura oral y el dictado de textos en lengua vulgar se siguió practicando hasta finales del siglo XIII. La mayoría de las composiciones vulgares, crónicas, canciones de gesta, romances y poesías trovadorescas estaban escritas en verso y habían sido concebidas para ser representadas oralmente –todavía con una imperfecta separación de las palabras–. En rigor, la separación de las partes de la oración, habitual ya en latín, no se formalizó en las lenguas romances hasta el 1500. La separación sistemática de las palabras y partes de las oraciones y los modos de lectura silenciosos en el contexto nobiliario y principesco se manifestó, respecto al contexto del escolasticismo y las universidades, un siglo y medio más tarde. A pesar de ello, el pasaje definitivo hacia la lectura individual y privada, tal y como la entendemos hoy día, estaba ya dado (De las Heras s.f).

Hasta aquí evidenciamos dos hitos en la Cultura escrita: uno vinculado con el progreso tecnológico –aparición del códice– y el otro, al cambio en los modos de leer –de la lectura en voz alta a la silenciosa–. Sin embargo, Petrucci y Cavallo sugieren que el verdadero cambio en la historia de la lectura no se debe sólo a este tipo transformaciones sino a la función que se le da a lo escrito (citado en Chartier 1999:51). Por ejemplo, en el Medioevo, el texto escrito era un repositorio destinado a la conservación para establecer una memoria o un derecho: no se escribía para la lectura sino para garantizar los derechos, los privilegios de la comunidad; o bien el escrito era el repositorio de la palabra sagrada. Se trata de una práctica de la escritura sin lectura. Esta concepción de los autores nos permite ampliar aún más la exposición, y pensar que si en la cultura monástica la lectura cumplía una función de reservorio y meditación, en la escolástica, su función estuvo vinculada con el aprendizaje y difusión del conocimiento. [En lo que sigue, veremos como en algunos sectores sociales la lectura comenzó a cumplir simultáneamente con otra función: entretener.]

La próxima infografía sintetiza lo hasta aquí expuesto respecto de la evolución de las técnicas de escritura en la cultura manuscrita:

Evolución en la técnica de escritura y la función asignada a los textos

Elaboración propia

Cultura impresa: extensión e individualización de la lectura

Entre 1480 y 1680, la construcción de un nuevo tipo de lector se remitió a una paradoja: la convivencia de lectores letrados y populares. Los lectores letrados y doctos que protegieron las nuevas obras y las nuevas técnicas intelectuales permanecieron fieles a los textos manuscritos y las prácticas de la oralidad. Cabe mencionar que dentro de la lectura docta se popularizaron los cuadernos de lugares comunes o tópicos, es decir, cuadernos de citas, o bien textos con apuntes o escolio. Hemos visto que el libro era un objeto que tenía su identidad, que se debía respetar, encuadernar, cuidar; no obstante, aparece una práctica contraria en el siglo XVI, que consistía en una técnica de lectura que se apoderaba del texto: se hacía una mención en el margen del tema, de la frase o del párrafo y luego eso se pasaba a un cuaderno personal para hacer un nuevo uso del texto. Se llamaba “la técnica de los lugares comunes”. Hoy eso es algo que se debe evitar, pero en el Renacimiento los lugares comunes se debían identificar porque eran una verdad universal (Chartier 1997; 2017).

Por su parte, los lectores populares, que no pertenecían al mundo de los humanistas y ni participaban completamente en una cultura tradicional oral, visual y gestual fueron constituyéndose como el público para el que se pensaron las innovaciones editoriales (Chartier 2005a: 114). Precisamente, el Siglo de Oro aparece en este contexto, en el que se superponen las herencias literarias con las nuevas prácticas de lectura (Chartier 1997; 2017).

De modo que mientras que el transcurso del Renacimiento se manifestaban prácticas de oralidad, lectura y escritura como un continuum, ya para en el siglo XVIII se produce una fractura entre la cultura popular y la de los letrados quienes despreciaban el saber popular –refranes, cuentecillos, anécdotas– y desvalorizaban géneros como la leyenda o los mitos populares, considerándolos como supersticiones que debían refutarse y eliminarse (Martos s.f.).

Con respecto a la función dada a la lectura en las etapas recién vistas, monástica –destinada principalmente la meditación– y escolástica –al aprendizaje–, durante el Renacimiento y el Barroco aparece lentamente la posibilidad de una lectura individualizada, centrada más en el disfrute de la palabra y no tanto en la erudición, aproximándose paulatinamente a otros sectores sociales. Que la lectura se tornase “individualizada” significa que cada lector podía leer con diferentes propósitos y apropiarse del enunciado individualmente, y por eso los comentarios de cada uno –finalmente, sus reescrituras– comenzaban a divergir, porque el mundo de la libre aventura que tanto podía interesar a un caballero, poco tenía que ver con la apropiación de un campesino o un monje. En este sentido, podemos encontrar huellas de lo hasta aquí dicho en el emblemático El Quijote de la Mancha (De Cervantes 1615), donde sus personajes encarnan diversos tipos de lectores: por ejemplo, Sancho simboliza la oralidad; Don Quijote, el lector frenético; el cura, el lector censor; el ventero, el lector vulgar; la moza asturiana, la joven lectora de novela sentimental. De hecho, en El Quijote cada personaje representa un tipo de lector específico cuyo vínculo con la lectura es personal (Bernáldez 2000).

En este contexto, resulta indudable que el hecho tecnológico que marcó un cambio sustancial en la producción de libros en Occidente fue la aparición de la imprenta, que al multiplicar la cantidad de obras y ejemplares, estimuló la difusión de la lectura extendiendo el hábito a sectores sociales hasta entonces privados de ella.

A diferencia de lo que se cree, China y Corea inventaron bastante antes que Johannes Gutenberg los caracteres móviles que definen a la imprenta tipográfica con letras de molde (Chartier 1999b:43). En Oriente, el uso de la imprenta –precisamente, la técnica del grabado en planchas de madera: la xilografía– estaba limitado a las ediciones del emperador y de los monasterios.[19] Este invento se propagó rápidamente por Europa; en América apareció por primera vez en México en 1539. De allí en adelante, la cultura impresa impregnó la totalidad de las prácticas culturales, aun aquellas que no eran estrictamente de lectura, como los rituales y las fiestas que incluían a la población analfabeta. Precisamente, ésta es la diferencia con la cultura manuscrita que la precede: por ejemplo, el manuscrito del notario o el del cura eran objetos que definían relaciones y/o acontecimientos interpersonales pero que se mantenían alejados del pueblo.

Figura 10. La imprenta de Johannes Gutenberg (ca. 1440)

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Replica de la tecnología introducida por Gutenberg. Se conserva en el Museo de la imprenta y de las artes gráficas de El Puig (Valencia, España). Fuente: Wikimedia Commons, the free media repository. 2013 [en línea] https://goo.gl/qmXUsW

Los primeros libros salidos de la imprenta en el siglo XV todavía imitaban los códices de la época anterior en cuanto a formato y encuadernación, pero ya eran realizados con papel impreso en vez de con papiro o pergamino manuscrito. Incluso, aunque el advenimiento de la tecnología de impresión redujo en gran medida el potencial del error humano y aumentó la consistencia y la uniformidad del texto, las ediciones más tempranas de la Vulgata, por ejemplo, reprodujeron simplemente los manuscritos que estaban disponibles para los editores, plagados de errores producto del copiado incontable del texto en los monasterios a través de Europa.

Figura 11. La Biblia impresa

File:Gutenberg bible Old Testament Epistle of St Jerome.jpg

Un folio del Antiguo testamento, de la epístola de San Jerónimo, volumen 1. La Biblia de Gutenberg es el primer libro impreso en Occidente con tipos de metal móviles. Antes de su impresión en 1454 o 1455, los textos se copiaban a mano o se imprimían a partir de bloques de madera grabados, procesos que podían llevar meses o años completar. Fuente: Harry Random Center, The University of Textas at Austin [en línea] https://goo.gl/kFTwz1

Entonces, si la invención del códice es el primer hito en la Historia de la Cultura escrita, y el desarrollo de la lectura silenciosa es el segundo, podemos considerar que el tercer hito lo constituyó la creación de la imprenta. No obstante, el papel de la invención de Gutenberg en la historia ha sido por demás sobrevalorado (Darnton 1996; Cavallo y Chartier 1997; Lyons 2012) –básicamente porque no cambió el modo de leer: la lectura continúo siendo lineal e individual–. La imprenta y la composición por tipos móviles creó las condiciones técnico-materiales que hicieron posible la edición de miles de ejemplares idénticos, y relativamente poco costoso, de una sola obra. En términos socioculturales, la declinación de las relaciones de patronazgo y la ampliación del público hasta abarcar a buena parte de los sectores burgueses y pequeño burgueses letrados, junto con el proceso de concentración urbana, alfabetización y surgimiento de formas de ocio no aristocráticas, fueron las condiciones sociales de la edición moderna. Como corrobora Levin Schücking (1950), el editor es un hijo del siglo XVIII, y podría agregarse con Williams (2001b), que mucho de su poder cultural y económico proviene de la novela burguesa, que se había transformado en mercancía y su circulación en el mercado de libros había modificado efectivamente varias de las convenciones literarias.

Por tanto, el avance de la alfabetización fue uno de los rasgos decisivos del largo proceso de imposición de la forma de lectura de contenido textual escrito e impreso. Justamente, un trabajo emblemático al respecto es The Long Revolution ([1961]2001b) donde Raymond Williams registra el crecimiento del público lector inglés, vinculado con los procesos de urbanización, la reducción de la jornada laboral, el control del trabajo infantil y la difusión de la educación gratuita, en un período que va desde mediados del siglo XVIII hasta culminar a fines del XIX. Además señala la multiplicación de las casas impresoras, de los periódicos que proporcionaban material literario y los cambios que provocó el acceso de un público masivo a la lectura de literatura. En síntesis, los cambios socioeconómicos de la Modernidad, cristalizados en la expansión del consumidor cultural, y con ello, el surgimiento de cierta literatura de masas a partir del siglo XVIII, constituyeron los disparadores de la mercantilización de la obra literaria y la independencia del escritor de la protección noble.

Entonces, el siglo XIX produjo la cuarta revolución en el ámbito de la lectura y la escritura, puesto que fue testigo de la ilustración del libro y del advenimiento de la cultura literaria de circulación masiva. Ésta era efectivamente la condición para el surgimiento de una lectura de masas: tiradas ampliadas, ediciones más económicas, multiplicación de las casas editoras, bibliotecas circulantes. Es decir, se trasladan los rasgos de la producción capitalista al comercio editorial. Tiempo después, con la Revolución Industrial, la producción se mecanizó generando un crecimiento de la tirada de libros, de producción en serie, y un abaratamiento de los costos.[20] Así, al intensificarse la comercialización del libro, apareció la función del editor separada de la del impresor y del librero.

Hacia el siglo XX avanzaron las tecnologías de la información y las comunicaciones.[21] La industria cultural se nutrió de otros pasatiempos –como la radio, el cine y el periódico– que convivieron con el libro impreso. Sin duda, la experiencia lectora del siglo XX fue distinta a la de los lectores de la preguerra. Por una parte, gracias al desarrollo de la educación primaria y secundaria, el público lector había alcanzado un nivel de instrucción inusitado; por otra parte, los libros que llegaban ahora a sus manos eran productos industriales de consumo. No obstante, nunca más habría de igualarse la rápida expansión del público lector registrada a lo largo del siglo XIX.

Finalmente, hacia el presente, en la Cultura escrita aparece el texto digitalizado. Las pantallas revolucionan la relación usual que los lectores han tenido con los textos porque eliminan su soporte tradicional, el papel. Es la época del hipertexto: en este formato, los hipervínculos o referencias cruzadas automáticas direccionan hacia otros documentos o sitios cibernéticos. [En el capítulo siguiente, nos centraremos en las transformaciones culturales y tecnológicas respecto de los modos de leer que introduce la era digital.]

En síntesis, los giros radicales en la Cultura escrita se advierten en el pasaje de la lectura colectiva a la lineal e individual, y de ésta a la fragmentaria e interactiva en el marco de la democratización de lo escrito en la era digital. En este sentido, la invención de la imprenta parece perder peso específico al mirar la evolución de la apropiación de lo escrito y contemplar la época actual. La próxima infografía es una simplificación de siglos de historia y evolución del libro como soporte de lectura. Cabe reiterar que el tipo de soporte y los modos de leer no podrían analizarse por separado, aunque estas líneas de transformación no coincidan cronológicamente:

Puntos de inflexión en la historia de la cultura escrita. Cambios en la lectura y en la producción y el consumo de libros

Elaboración propia


  1. Los especialistas en la cultura de la Antigüedad, como Justus Lipsius ([1607]1907), se abocaron al estudio de las grandes bibliotecas; y los bibliógrafos, que ya lo hacían antes de la aparición de la imprenta, se esmeraron por registrar y enlistar la nueva producción impresa que se sumaba y acoplaba a la civilización manuscrita, como lo atestigua la famosa Bibliotheca universalis de Konrad Gesner, editada en Zurich en 1545. De modo que los historiadores y los bibliógrafos fueron los primeros en pensar el universo de las palabras registradas desde otra óptica (Parada 2010).
  2. Con esta técnica se escribieron una variedad de lenguas tales como el sumerio, el acadio, el eblaita, el elamita, el persa antiguo, el hurrita, el hitita, el urarteo y el ugaritico en los territorios de Iraq, Iran, Turquia, Siria, Palestina (en Megido) y Egipto (en Tell el-Amarna). Las fechas exactas de la aparición de la escritura cuneiforme y de las distintas fases de su desarrollo son aproximadas debido a la ausencia de indicios que permitan dataciones absolutas, ya que las primeras tablillas fueron encontradas en contextos arqueológicos secundarios, principalmente en basurales y áreas de relleno (Seri 2015).
  3. La planta de la que se obtenía el papiro –Cyperus papyrus– era acuática y muy abundante en todo el territorio egipcio, crecía en los cursos de agua de África y Asia Menor, especialmente a orillas del Nilo. El tallo de esta planta se cortaba en tiras finas que se disponían en capas que se iban superponiendo, se secaban al sol y se pulían hasta formar una especie de tejido. Después se pegaban en largas fajas con las que se formaban los rollos o volúmenes. El papiro fue el material primitivo más empleado en el espacio y en el tiempo, fue el soporte esencial del libro en Egipto y su uso se difundió por todo el mediterráneo a través la cultura grecorromana. Fuente: La fábrica de los libros. 2013. “Una breve historia de los libros” en ¿De dónde vienen los libros? [en línea] http://goo.gl/nJbzUy
  4. Se llama jeroglífico a cada uno de los signos del sistema de escritura egipcia, aunque también maya e hitita que también utilizan ideogramas. La palabra proviene del griego, “inscripciones sagradas”. Posiblemente, la escritura jeroglífica fue el tipo de escritura más antigua del mundo, y era utilizada principalmente para inscripciones oficiales en las paredes de templos y tumbas. Con el tiempo evolucionó hacia formas más simples como la escritura hierática que permitía a los escribas acelerar el copiado en papiros simplificando los jeroglíficos.
  5. Recomendamos visitar el sitio “Papiros perdidos” a cargo de la egiptóloga Aloa Velasco, donde se ofrece información abundante y específica sobre religión, política y cultura en el Antiguo Egipto [en línea] https://papirosperdidos.com/
  6. El cálamo se obtenía a partir del tallo de una planta o de una pluma de ave; de hecho, se denomina también cálamo a la parte inferior hueca de la pluma que está insertada en la piel de un ave. A los cálamos confeccionados con las plumas externas de las alas de patos, pavos, cisnes o cuervos se les cortaba la punta, en bisel, periódicamente, con un cortaplumas, para mantenerla afilada. El modo de empleo consistía en introducirlo previamente en un recipiente con tinta, que se adhería al hueco interior por capilaridad, y mediante una ligera presión servía para escribir sobre un soporte de papiro, pergamino y, posteriormente, de papel. Sabemos que el precedente del cálamo es egipcio, a modo de pincel, pero su origen es griego y se lo utilizó, en Occidente, hasta el siglo XII. Asimismo, los romanos ya usaban plumas de bronce, aunque las primeras referencias datan del siglo XV, siendo muy difundidas a principios del siglo XIX. Precisamente, el cálamo dejó de utilizarse a partir de la invención de la pluma de acero –patentada por el ingeniero inglés Bryan Donkin, en 1803–, que constituyen el antecedente de las estilográficas, o plumas, utilizadas en nuestros días. Curiosamente, aún en la escritura caligráfica árabe se utiliza el cálamo, o galam, que en árabe moderno también significa lapicero. Recomendamos leer “El cálamo y su historia” de Rosa Mionis [en línea] https://goo.gl/L3WFYW
  7. El pergamino es una piel de animal tratada bajo un proceso llamado pergaminaje que, a diferencia del cuero, carece de curtición, operación en la que cambia su estructura química. Este proceso consiste en eliminar de la piel la epidermis y la hypodermis, y dejar libre la dermis que conserva, prácticamente, sus características morfológicas originales. La utilización de la piel como soporte escriptóreo se remonta a los antiguos egipcios, sirios, israelitas y persas pero se atribuye a la creación de la biblioteca de Pérgamo, el invento del tratamiento idóneo para recibir la escritura. Según Plinio el Viejo, Eumenes II (197-158 a.C.) de Pérgamo fue su impulsor, puesto que quiso ampliar la biblioteca iniciada por su padre Atalo II, intentando emular la de Alejandría. Para evitarlo, Tolomeo V de Egipto prohibió la exportación de papiro y por tanto, se vio obligado a buscar otro material que mejorara las cualidades de las pieles como soporte escriptóreo (Hidalgo Brinquis, María del Carmen 2011).
  8. La Antigua ciudad de Pérgamo estaba situada en el noroeste de Asia Menor –hoy Turquía–, a 30 km de la costa del mar Egeo y frente a la isla de Lesbos, en la región llamada Eólida. Sus ruinas rodean a la actual ciudad de Bergama, construida sobre los cimientos de lo que fue la parte baja de Pérgamo. En 2014, la UNESCO eligió a Pérgamo como Patrimonio de la Humanidad.
  9. Los amanuenses –del latín, amanuensis– eran los encargados de escribir a mano, también eran llamados pendolarios debido a que “péndola” era la pluma de ave que empleaban para la tarea. El mismo término era además utilizado para referirse a quién podía reproducir las obras de los grandes maestros de la pintura.
  10. Un copista experimentado podía escribir de dos a tres folios por día, y pasar un manuscrito completo le tomaba varios meses de trabajo. Los utensilios más habituales que utilizaba el copista eran: penna –la pluma o péñola–, rasorium o cultellum –raspador– y atramentum –tinta–. Con la mano derecha, el copista sujetaba la penna y con la izquierda el rasorium, que le servía para corregir los errores en la escritura y para acabar de alisar las irregularidades propias del pergamino.
    Después de la copia, los manuscritos debían ilustrarse: los iluminadores, o encargados de dibujar las miniaturas e iniciales miniadas –de minium, en latín, sustancia que producía el color rojo de la tinta, el más habitual en estas ilustraciones–, intervenían en los espacios en blanco que dejaba el copista. Así se iba conformando una colección de libros que normalmente cabían en un armario. De ahí, que el responsable y supervisor de los trabajos del escritorio fuera el armarius. Otros oficios lo constituían el rubricator –el que iluminaba y dibujaba las letras capitales– y el ligator –el que encuadernaba–.
  11. Jerónimo de Estridón recibió el encargo que le hiciera el papa Dámaso I; la intención era reemplazar a la Vetus latina, que resultaba inadecuada por haber sido traducida sin un criterio unificado y con poca calidad. La versión toma su nombre de la frase vulgata editio –edición divulgada– y fue escrita en un latín corriente en contraposición con el latín clásico de Cicerón. Así, el propósito de esta edición era ser accesible: fácil de entender y más exacta que sus predecesoras. Al ser la versión sancionada oficialmente por la Iglesia católica, la Vulgata tuvo una gran difusión a lo largo de la Edad Media; la gran cantidad de ejemplares que se copiaron tuvo como consecuencia la deturpación del texto original debido a errores de copia, a la inclusión de lecturas de la Vetus latina y la inserción de glosas marginales dentro del texto. Fuente: “Vulgata” en Biblia medieval [en línea] https://goo.gl/txZAzd
  12. Las pinturas del siglo representan copistas con los labios sellados, sentados en mesas especiales provistas de atriles, utilizando marcalíneas para guiar la vista en el cotejo del original, siguiendo las ordenanzas e instrucciones que, ya desde la centuria anterior, recomendaban a los monjes realizar para la copia de manuscritos en silencio.
  13. La Santa Orden del Císter es una orden monástica católica reformada, cuyo origen se remonta a la fundación de la Abadía de Císterpor Roberto de Molesmes en 1098, sigue siendo la sede central de la Orden del Císter y se encuentra ubicada donde se originó la antigua localidad romana Cistercium, próxima a Dijon, Francia, en la comuna de Saint-Nicolas-lès-Cîteaux, en la región de la Borgoña. Con respecto a la relación de la Orden con la escritura, cabe decir que durante el Medioevo, la sala con amplios ventanales de los monjes cistercienses se utilizaba no sólo como estancia sino como scriptorium o lugar donde se escribían y copiaban libros y documentos. Curiosamente, solía ser el único lugar calefaccionado por una chimenea, por lo que también recibía la denominación de calefactorium. En la época moderna, la cultura humanista conquistó los monasterios, lo que provocó la oposición de los principales defensores de la reforma del siglo XVII. De modo que en el siglo xviii, numerosos novicios y monjes fueron a estudiar a las universidades y, de manera general, los religiosos se dedicaron a la lectura. Fuente: “Historia de la orden Cisterciense” en El Cister Ibérico [en línea] https://goo.gl/7ZxhYxy “Biografía cisterciense” en O.Cist. [en línea] http://www.ocist.org/ocist/es/
  14. La rúbrica puede también referirse a la propia pintura o pigmento rojo utilizado en el proceso. Para lograr la tinta roja, empleaban el mineral minio, un óxido de plomo de color rojizo-amarronado, cuyas minas principales se encontraban en el río Minium al noroeste de la península ibérica. Aunque el color rojo fue el que se utilizó mayoritariamente para destacar palabras o frases, también se usaron a partir de la Baja Edad Media otros colores aunque en menor medida, como el azul.
  15. En la Edad Media ya existía la costumbre de dividir los libros entre préstamos y de consulta. En aquel momento los libros eran un bien escaso y muy preciado, de modo que los monjes solían encadenar los libros de consulta a las estanterías, los bancos o los atriles para garantizar su conservación. La primera en Reino Unido apareció en 1598 y se mantuvieron como activas y recurrentes hasta el siglo XVIII. En la actualidad siguen existiendo algunas que han sobrevivido al paso del tiempo –por ejemplo, Hereford Cathedral en Inglaterra, Malatestiana Library en Italy o The Church of St. Walburga en Holanda– y que son conservadas y visitadas por el turismo como un ejemplo de lo que fueron las bibliotecas.
    Recomendamos visitar “The Last of the Great Chained Libraries” [en línea] https://goo.gl/waon7y y “Chained Library” [en línea] https://goo.gl/3ebE8T donde hay varias imágenes de estas bibliotecas.
  16. La regla de San Benito establecía la división de la jornada entre el trabajo manual, la oración y la lectura –”ora et labora”–. Esta lectura podía ser en privado, en la celda o en el claustro, o también en forma de trabajo, traduciendo o copiando libros existentes. 
  17. Sin embargo, ya entrado el siglo XVI continuaba leyéndose en voz alta: se recitaba textos escritos en prosa o en verso, sea en el monasterio, en la corte o en la plaza pública. En los sectores populares se mantenía la oralidad puesto que se narraban cuentos, citaban refranes, cantaban estribillos y romances, recitaban rimas infantiles y ensalmos. Se sabe que una lectora como Teresa de Ávila (1515-1582) escribía sus cartas privadas con una sintaxis oralista. Y en los sectores sociales más altos un autor como Cervantes imitaba y utilizaba un lenguaje hablado en su discurso escrito, donde un campesino analfabeto conversaba informalmente con una culta duquesa, y un hidalgo instruido se imaginaba sus aventuras como un libro de caballerías (Rivers 2006).
  18. Se trata de un texto enmarcado; Cervantes intercala esta novela corta en la primera parte de El Quijote (1605).
  19. A partir del año 960 se utilizaron en China caracteres móviles de madera para imprimir las grandes historias dinásticas y el canon budista. Sin embargo, se atribuye el invento a Pi Sheng, quien en 1045 fabricó los primeros tipos móviles de arcilla endurecida al fuego utilizando moldes de metal. Poco después, sustituyó estos tipos cerámicos por otros de estaño y bronce; y para el siglo XV había conseguido perfeccionar considerablemente su sistema de composición e impresión tipográfica. En Europa debían conocerse estos antecedentes, puesto que los viajes diplomáticos y comerciales con Oriente constan desde el año 1247; sin embargo, se considera que la imprenta moderna la creó Johannes Gensfleich Gutenberg, aproximadamente en 1440, en Estrasburgo, a partir de la adaptación de una prensa de uvas renana y utilizando tipos móviles de plomo. (La fábrica de los libros. Op. Cit.).
  20. Como avances técnicos que consolidaron la mecanización de la imprenta se destacan el uso de la pasta de papel y la fabricación de la hoja de papel continuo, los procedimientos de composición mecánica de textos –linotipia y monotipia–, las nuevas prensas –de vapor y rotativa– y las técnicas de ilustración –litografía, linotipia y fotograbado–. Fuente: La fábrica de los libros. Op. Cit.
  21. Las máquinas impresoras y encuadernadoras se fueron automatizando gracias a la tecnología informática. La linotipia y monotipia del siglo anterior son sustituidas por la fotocomposición y ésta, a su vez, por la autoedición. Los siguientes adelantos técnicos, como consecuencia de la aplicación combinada de herramientas informáticas y telemáticas, han sido la técnica conocida como computer to film, que permitía el envío de la imagen desde el ordenador a la superficie de una película –fotolito–; y la técnica que superó a ésta, actualmente en uso, conocida como computer to plate, que permite pasar directamente la imagen desde el ordenador a la plancha de impresión. La impresión digital parece el siguiente paso lógico en esta evolución; no obstante, la producción mediante esta técnica es normalmente baja y se utiliza en tiradas pequeñas, es la llamada “impresión bajo demanda” –print on demand–. (Ibid.).


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