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1 Orden hegemónico y jerarquía

El imperio informal en el debate conceptual

1.1. Consideraciones iniciales

Dado que la presente investigación está dedicada a un caso de imperialismo informal del siglo XX, y puesto que existe una relativa carencia de literatura teórica sobre el fenómeno[1], lo primero que se impone es la realización de un ejercicio de clarificación conceptual. Se pretende dejar en claro a qué se hace referencia cuando se habla de “imperio informal”, y por qué es posible afirmar que se trata de un subtipo específico de “orden hegemónico”. Este intento de elucidación analítica exige adentrarse en uno de los tópicos más recurrentes de la disciplina: el “orden internacional”. Desde luego, no es el objeto de esta sección desentrañar un asunto que ha sido motivo de innumerables polémicas en el campo de las relaciones internacionales[2], sino tan sólo presentar una esquemática identificación de formulaciones típico-ideales. Este ejercicio permitirá divisar el lugar que ocupan los “imperios informales” dentro de un continuum de tipos ideales de orden internacional. Para ello, en el presente capítulo se efectuará una aproximación muy general a la cuestión del orden internacional, y a partir de allí se irán desagregando los conceptos de interés de esta tesis: “orden hegemónico”, “jerarquía” e “imperio informal”.

Realizada dicha tarea, se estará en condiciones de discernir el concepto “imperio informal” de otros términos usualmente empleados de modo intercambiable, tales como los de “hegemonía”, “protectorado” o “área de influencia”. En los próximos capítulos, se analizarán en detalle –a partir del estudio de caso estadounidense-dominicano– las características del “imperialismo informal militarizado”, una variante diferenciable del clásico “imperialismo informal de libre comercio”.

Por otra parte, la enunciación de tipos ideales de “orden internacional” llevará a la necesidad de profundizar en el concepto de “jerarquía”, tradicionalmente infravalorado en el campo de las relaciones internacionales. Esta área disciplinar, atravesada por la influencia de la escuela neorrealista durante los años de la Guerra Fría, ha elevado casi al estatus de principio indiscutido la noción de “anarquía”, entendida como eje estructurante del sistema internacional. La argumentación que se desarrolla en las páginas que siguen supone, por el contrario, poner en entredicho aquella subvaloración de la “jerarquía”, en línea con un enfoque que prioriza la dimensión vertical del poder.[3] Puesto en otros términos, se coloca en el centro de la discusión a las relaciones de control político y económico entre diferentes unidades del sistema internacional, punto de partida para adentrarse en el estudio del imperialismo. El interés de esta tesis es todavía más específico y se halla puesto en una de las estrategias o formas particulares de expresión del imperialismo: el imperialismo informal de tipo militarizado.

1.2. Reflexiones generales sobre el orden internacional

Resulta prácticamente imposible encontrar un programa introductorio de Relaciones Internacionales que no aborde la cuestión del “orden” como un asunto axial de la disciplina. Unidades temáticas enteras se hallan dedicadas a la construcción, la gestión y el mantenimiento del orden internacional. Del mismo modo, capítulos completos de esos programas se dedican a ese acompañante natural del orden que es el “cambio internacional”. En definitiva, las reflexiones sobre el orden y el cambio se insertan en el corazón mismo de la disciplina a la hora de problematizar el funcionamiento del sistema internacional.

El tradicional predominio del realismo, escuela que ha definido al orden internacional como “anárquico” –producto de la ausencia de un gobierno universal– y que lo ha distinguido de la lógica jerárquica propia del ámbito doméstico de las naciones, ha transformado a la cuestión del orden en un asunto todavía más problemático. La pregunta que preocupa a muchos expertos refiere a cómo se construye y se estructura el orden en un sistema que, a juicio de la mayor parte de la comunidad epistémica, es anárquico. Incluso entre aquellos autores que han forjado un consenso en torno a la definición del sistema internacional como anárquico, la cuestión del orden suele ser abordada desde diferentes perspectivas. Es posible detectar desde aproximaciones que entienden al orden estrictamente como un subproducto de la competencia de seguridad entre los estados, hasta miradas que ponderan la convergencia de dichas unidades políticas en torno a principios, reglas, instituciones y expectativas.[4] Esta discusión, que hace al núcleo duro de las relaciones internacionales, tiene una importancia significativa para el planteo de esta tesis. Constituye el punto de partida para alcanzar un encuadre típico-ideal sobre la cuestión del orden, a partir del cual desentrañar las categorías de interés de esta investigación.

En este marco, corresponde señalar que la descripción anárquica del sistema internacional no es un atributo privativo de los autores neorrealistas. Si bien no caben dudas de que la noción de anarquía como principio ordenador ha resultado de los aportes de la escuela realista a lo largo del siglo XX, este postulado ha sido adoptado más o menos acríticamente por el resto de las corrientes de la disciplina. Desde autores liberales que plantean la posibilidad de morigerarla a través de la cooperación y el rol de las instituciones internacionales, hasta constructivistas que buscan resignificar el concepto y asignarle una lógica diferente a la de la autoayuda[5], la reflexión sobre el orden internacional se ha estructurado, de modo recurrente, en función de la anarquía internacional. La presente tesis, sin embargo, se aleja de este postulado, puesto que entiende que para estudiar el imperialismo informal se requiere de un punto de partida diferente. En este sentido, la noción de “orden hegemónico”, estructurada en torno a la jerarquía como principio ordenador, constituye una plataforma más adecuada para el abordaje del comportamiento imperial de los grandes poderes.

1.3. Los órdenes “equilibrio de poder” y “constitucional”

La literatura especializada hace referencia a diferentes construcciones típico-ideales sobre el orden internacional. Entre los autores que han llevado adelante una empresa analítica de esta naturaleza se cuenta G. John Ikenberry (2001), quien ha distinguido entre órdenes de equilibrios de poder, constitucionales y hegemónicos. A los fines de una investigación como ésta, centrada en el imperialismo informal, interesa fundamentalmente el último de los órdenes mencionados. No obstante, una rápida semblanza de los otros tipos ideales contribuye a enmarcar las preocupaciones de esta tesis. Por lo tanto, es importante señalar, en primer lugar, que cada formulación típico-ideal de orden internacional tiene un principio ordenador, a la vez que expresa formas particulares de distribución y empleo del poder, así como de restricción del mismo. Adicionalmente, a cada construcción se le asigna una mayor o menor estabilidad potencial (Ikenberry, 2001: 24).

El orden de equilibrio de poder se estructura a partir de la anarquía y se caracteriza por la existencia de dos o más unidades políticas que se contrabalancean para evitar que una de ellas dicte su ley a las demás. Es la combinación de la anarquía internacional como principio ordenador del sistema y la distribución del poder relativo en el mismo la que conduce al “balance de poder” como patrón de conducta de los estados de segundo y tercer orden. En otras palabras, y como derivación del supuesto realista de que “el poder repele” (Waltz 1994: 153-154), las unidades políticas del sistema internacional restringen el poder de sus contrapartes, ya sea en base a sus propios atributos de poder o apelando a coaliciones flexibles de carácter no ideológico con otros estados (Dougherty y Pfaltzgraff 1993: 42; Russell 2004: 17-18). El tipo de orden de equilibrio resultante se ve afectado, a su vez, por otras variables como la cantidad de grandes potencias existentes, sus posibilidades de proyección efectiva de poder, y la cantidad y sofisticación del armamento con que cuentan. En consecuencia, los órdenes de equilibrio de poder pueden alcanzar variantes que expresan mayor o menor nivel de estabilidad. Sólo con el objeto de introducir algunos elementos en el análisis, puede señalarse que la estabilidad potencial de un orden de equilibrio de poder se encuentra asociada a cuestiones tales como la distribución del poder a nivel sistémico, la existencia de grandes océanos circundantes a las principales unidades políticas del sistema, o la disposición por parte de éstas de armas de destrucción en masa (Mearsheimer 2001: 42-46).

Según las previsiones de la teoría neorrealista, un orden de equilibrio de poder con más de dos grandes potencias y con una de ellas más fortalecida que el resto, sin grandes obstáculos para la proyección de poder militar terrestre, y en ausencia de poder disuasorio nuclear resulta ser un orden fuertemente inestable.[6] Por el contrario, un orden de equilibrio de poder con disuasión nuclear entre dos superpotencias, dominantes en su periferia inmediata pero con limitaciones para proyectar su poderío militar terrestre a regiones muy distantes, constituye un orden más estable.[7] Finalmente, variantes contemporáneas de distribución del poder que van desde la más estable “multipolaridad balanceada” (reflejo de una situación de equilibrio con diversas unidades políticas concentradoras y en ausencia de un hegemón) hasta la más inestable situación de “unipolaridad” (presencia de un hegemón con considerable distancia respecto de sus seguidores) resultan, a juicio del neorrealismo, órdenes más previsibles que la situación del siglo XIX caracterizada por la inexistencia de capacidad disuasoria nuclear.[8]

Por su parte, el denominado “orden constitucional” se encuentra estructurado en torno al “imperio de la ley” como principio ordenador, y es la estrecha colaboración entre las naciones en base a un conjunto de reglas lo que determina las diversas modalidades de ejercicio del poder y de restricción del mismo (Ikenberry, 2001: 24).[9] En este tipo ideal de orden resulta ser el entramado de instituciones y organismos internacionales el que permite restringir los usos abusivos del poder por parte de las naciones más poderosas. Asimismo, es la autonomía de estos organismos –esto es, la posibilidad concreta de que sus decisiones tengan efectos regulatorios sobre el comportamiento de los estados– lo que permite dotar de estabilidad y previsibilidad al sistema internacional. Este tipo ideal de orden emerge como una formulación conceptual moralmente superior y antitética al equilibrio de poder, toda vez que busca morigerar la inestabilidad del sistema por medio del compromiso colectivo de los estados en torno a un conjunto de principios y valores, que reconocen como plataforma común al libre comercio y a la vigencia de la democracia liberal, en tanto elementos inhibidores del conflicto.

En lo que hace al empleo de la fuerza, quienes abonan la posibilidad de orientar la conducta estatal de un modo diferente a los cálculos desideologizados del “balance de poder” se inclinan por el mecanismo de la “seguridad colectiva”.[10] Este recurso a la coerción por parte de los estados democrático-liberales, en el marco de un esquema solidario de esfuerzos, es concebido como última ratio y justificado en base a un fin superior: alcanzar y defender la paz y la seguridad de todos los estados que conforman la “sociedad internacional”.[11] La materialización de este tipo de orden implicaría, en palabras de Roberto Russell, que “las Naciones Unidas u otro organismo comparable se transformase en la fuerza predominante en la política internacional y que estas instituciones internacionales fuesen capaces de restringir efectivamente el poder de las grandes potencias” (2004: 19). Resulta evidente que las relaciones interestatales contemporáneas se encuentran muy alejadas de un “orden constitucional”. Las recurrentes violaciones del derecho internacional por parte de los actores más poderosos separan todavía más a la realidad de cualquier legítima aspiración a una plataforma de gobierno mundial crecientemente institucionalizada. Sin embargo, a pesar de que la estructuración del sistema internacional en torno al “imperio de la ley” continúa en el estante de las promesas incumplidas, no es menos cierto que los sucesivos “ganadores” de los procesos de redistribución del poder global ocurridos desde el siglo XIX hasta aquí han apelado, cada vez más, a la construcción de arquitecturas institucionales para la gestión y el mantenimiento del orden internacional.[12]

El caso más extendido de este tipo de práctica, como describe Ikenberry (2001:3), ha sido el de los Estados Unidos tras la segunda Guerra Mundial. Desde entonces, el mundo occidental –bajo el influjo de Washington– se abocó a la construcción de un conglomerado de regímenes internacionales, organizaciones mundiales, alianzas, coaliciones y acuerdos entre estados, tanto de carácter formal como informal, con el declarado fin de dotar al sistema internacional de una plataforma de gobernabilidad. Una parte de estas entidades se orientó al mantenimiento de la paz y la seguridad internacionales, mientras que otro conjunto de organismos se planteó como meta la gobernabilidad económica global.[13] Sin embargo, esta tendencia a gestionar el orden con prácticas institucionalistas ha resultado marginal en el plano regional. El reflejo “constitucionalista” de Washington sucumbió ante la posibilidad de imponer su ley en la región, respaldado por una abrumadora disposición de atributos de poder. El caso de la “periferia inmediata” de América Central y el Caribe, como se describe en esta tesis, es un buen ejemplo de la primacía del orden hegemónico sobre el constitucional.

1.4. El “orden hegemónico”

En la introducción de esta tesis se hizo referencia a aquellas coyunturas históricas que, atravesadas por procesos de redistribución del poder, suponen puntos de inflexión en el funcionamiento del sistema internacional (Ikenberry 2001: 3). Estos momentos decisivos de reestructuración del poder exigen decisiones estratégicas por parte de las potencias “ganadoras”. Asimismo, estas circunstancias “bisagra” suelen estar acompañadas, en el terreno de la reflexión académica, por una ausencia de entendimientos compartidos respecto de cómo caracterizar a las transformaciones en curso. La última de estas instancias de convergencia entre “cambio sistémico” (Gilpin 1981: 42-43) e incertidumbre conceptual se ha correspondido con el periodo que va desde el fin de la Guerra Fría en 1991 hasta la consumación de los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 en los Estados Unidos (Waltz 1994; Layne 1993, 2006a y 2006b; Wohlforth 1999).

En este marco, la cristalización de una situación de unipolaridad estratégico-militar, sumada a la renovación doctrinaria plasmada en la estrategia “neo-imperial” desplegada por Washington (Ikenberry 2001)[14], llevó a que muchos analistas pusieran en tela de juicio el principio realista de la anarquía internacional. En efecto, el término “hegemonía” comenzó a recobrar influencia en los escritos académicos, y lo que es más relevante, impulsado por otras corrientes distintas de la tradicional mirada realista de la “estabilidad hegemónica” (Organski 1968; Gilpin 1981; Mearsheimer 2001).[15] El sistema internacional que siguió a la imprevista declinación del imperio soviético cuadraba mejor, desde el punto de vista analítico, con categorías que históricamente habían sido utilizadas para dar cuenta de realidades estratégicas regionales. Comenzaron a adquirir plausibilidad sistémica conceptos que, durante la contienda bipolar, habían estado limitados en su empleo al análisis de las relaciones entre los Estados Unidos y América Latina, o habían sido utilizados para explicar el vínculo entre la Unión Soviética y sus vecinos de Europa Oriental. De esta forma, en un viraje conceptual que implicó la puesta en entredicho de ciertos postulados del pensamiento neorrealista, el principio estructurante del orden ya no consistía para muchos autores en la anarquía internacional, sino más bien en el orden jerárquico resultante de las relaciones entre las unidades políticas del sistema.

En lo que hace a las decisiones de los “ganadores” de los procesos de reestructuración del poder global, resultan válidos –una vez más– los aportes de Ikenberry (2001: 4). En su visión, estas instancias constituyen puntos de inflexión que precisan de la puesta en práctica, por parte de los grandes poderes, de cursos de acción estratégicos respecto de la gestión del orden político en ciernes. Ikenberry sostiene que las potencias ganadoras afrontan en dichas circunstancias una encrucijada que podría resumirse en tres palabras: “abandonar”, “dominar” o “transformar”. Esto significa que los estados victoriosos –es decir, aquellos que han experimentado una redistribución de atributos de poder en su favor tras el “cambio sistémico”– disponen de tres alternativas: i) desentenderse, esto es, no asumir las responsabilidades y cargas propias del liderazgo en una etapa formativa del orden (“abandonar”); ii) avanzar en una línea coercitiva de dominación, es decir, emplear la disposición de atributos de poder en su favor para plasmar –sin la mediación de debates dilatorios– su visión ante cada nuevo conflicto internacional (“dominar”); o iii) emplear su posición de predominio en la escala de poder mundial para construir un “orden duradero”, en el que las potencias que le siguen no busquen converger inmediatamente en un contrabalanceo en su contra, sino que brinden su consenso al liderazgo de la potencia hegemónica (“transformar”).

El tipo ideal hegemónico de orden internacional se relaciona con el accionar de aquellos estados poderosos que se han inclinado por la segunda de las alternativas enumeradas. Esto implica que la dimensión coactiva, característica de las relaciones de dominación en el sistema internacional, constituye un aspecto determinante de las estrategias que despliegan los estados poderosos dispuestos a construir órdenes hegemónicos. Sin embargo, como se verá más adelante –cuando se haga referencia a las “hegemonías benevolentes” y a los “imperios informales”–, la búsqueda de lo que Ikenberry denomina “transformación” también puede divisarse, en cierta medida, en los procesos de construcción y gestión de los órdenes hegemónicos. Esto significa que una relación de control político y económico entre un estado central y otro periférico puede hallarse revestida de cierto halo de “constitucionalidad”, que le permita al actor dominante adquirir el grado de aquiescencia necesario, evitando un dispendioso despliegue de recursos coercitivos.

Efectuadas estas consideraciones iniciales, a continuación se procura: i) caracterizar con mayor detalle el tipo ideal genérico de “orden hegemónico”; ii) ahondar en un concepto infravalorado en la disciplina como es el de jerarquía, herramienta de utilidad para examinar las relaciones de control económico y estratégico-militar entre unidades políticas del sistema internacional; iii) identificar una serie de subtipos ideales de orden hegemónico; y iv) profundizar en la categoría clave de esta tesis (imperio informal), tarea que abrirá la puerta al ejercicio de descripción histórica del estudio de caso que es objeto de interés en la investigación.

1.4.1. Caracterización general de la hegemonía: principio ordenador y estabilidad

La formulación típico-ideal de orden hegemónico implica contemplar como un aspecto clave de la política internacional a la “dimensión vertical” del poder, esto es, a las relaciones de control político, económico o militar entre unidades del sistema. En efecto, para quienes suscriben este tipo de abordaje, la diferenciación entre grandes potencias y estados relativamente débiles no sólo no es marginal sino que contribuye a explicar en buena medida la lógica de funcionamiento del sistema internacional.[16] El principio a partir del cual se estructura este tipo de orden es la jerarquía, que implica relaciones de autoridad en un sistema caracterizado por una sustantiva diferencia de atributos en favor de los estados más poderosos vis a vis los que le siguen en la pirámide de poder mundial. Cabe apuntar, asimismo, que los órdenes jerárquicos pueden poseer grados diversos de dominación o control, que van desde la forma más extrema que es el imperio formal o colonial, hasta la variante más atenuada que es la “hegemonía benevolente”. El espacio intermedio entre estos subtipos ideales de orden hegemónico está dado por variantes más o menos complejas de dominación o control, entre ellas el “imperio informal”.

Por lo pronto, es importante a esta altura del trabajo precisar algunas cuestiones que permiten comprender la configuración de los órdenes hegemónicos. En este sentido, y más allá de la infravaloración realista del principio de jerarquía, existen algunos postulados de esta escuela que constituyen un punto de partida adecuado para dar cuenta de los órdenes hegemónicos. El primero es aquel que afirma que todo orden internacional expresa una estructura subyacente de distribución de poder (Gilpin 1981: 29). De este modo, ya sea que el analista trabaje con una perspectiva sistémica que contemple las relaciones entre las grandes potencias para explicar el funcionamiento del sistema internacional (tal el caso del neorrealismo), o bien que se tomen en consideración relaciones marcadas por la creciente asimetría entre dos o más unidades políticas (como sucede con los estudios sobre el imperialismo), resulta fundamental tener presente que son los estados “victoriosos” –aquellos beneficiados por un proceso de redistribución del poder– los que se hallan en condiciones de definir los ejes estructurantes del nuevo orden.

Sin embargo, ha existido una tendencia a caracterizar los acuerdos y disposiciones posteriores a los momentos de “guerra hegemónica” (Gilpin 1981: 186-210; Allison 2015) como un reflejo automático de la situación de supremacía material que detentan los estados “ganadores”. En otras palabras, ha primado una suerte de lectura epifenomenal, en donde las reglas de juego del sistema internacional y las prácticas de los estados poderosos se derivan directamente del estado de situación de los “elementos [tangibles] del poder nacional” (Morgenthau 1986: 143).[17] Un orden hegemónico sería, desde esta perspectiva, establecido, gestionado y mantenido por la unidad política fundamental del sistema, sobre la base del recurso permanente a su diferencial en materia de atributos de poder.

Esta mirada contrasta con la lectura de la que se parte en esta tesis. En efecto, diversas unidades políticas se han caracterizado, sobre todo desde la experiencia británica en el siglo XIX, por desplegar estrategias más sofisticadas a la hora de montar los acuerdos y disposiciones sobre los que se estructura un orden hegemónico. Los actores poderosos han recurrido cada vez más a la construcción de instituciones globales, organismos interestatales –tanto de carácter político como económico–, alianzas militares y regímenes de diversa índole, muchas veces sobre la base de un extendido consenso, para alcanzar sus metas (Lake 2009: 10-11). En este sentido, cuando los actores centrales cuentan con “estructuras de colaboración” en la periferia”[18], bien comprometidas con los intereses metropolitanos y capaces de proyectar su mirada hacia diferentes sectores de la nación subordinada, se ensanchan las posibilidades de estructuración de un orden hegemónico con rasgos de “constitucionalidad”. Cuando ello sucede el actor central se halla en condiciones, incluso, de autolimitarse en el empleo de los medios coercitivos, toda vez que sus objetivos políticos, económicos y hasta militares pueden encontrarse refrendados por cierto consenso periférico. El caso paradigmático de orden hegemónico apoyado en este tipo de consentimiento es el de las “hegemonías benevolentes”. Sin embargo, las relaciones asimétricas que expresan, por parte de la nación más poderosa, un cierto respeto al “imperio de la ley” son mantenidas a través del tiempo sólo si dicho “halo de constitucionalidad” no pone en riesgo la supremacía decisoria del actor más fuerte. El componente consensual suele reducirse a medida que se multiplican los desafíos periféricos, escenario que desencadena, por lo general, el despliegue de los medios coactivos. En este contexto, los ordenamientos jerárquicos suelen virar hacia formas más asertivas de ejercicio de la dominación.

Respecto del grado de estabilidad de los órdenes hegemónicos, existen dos cuestiones que ameritan una mención específica. La primera tiene que ver con las denominadas formas “suaves” de ejercer la dominación, que cuando son exitosamente desplegadas, y se apoyan en consensos extendidos, conducen a órdenes hegemónicos sólidos. La segunda se relaciona con la estabilidad de órdenes que, sustentados en una distribución unipolar del poder, pueden conducir –cuando están ausentes o fuertemente morigerados los incentivos para el contrabalanceo– a un orden igualmente estable (Wohlforth, 1999: 8). En este caso, no es la “garantía” que ofrecen las instituciones “construidas” lo que dota de estabilidad al orden, sino la distancia entre el actor más poderoso y los que le siguen en la pirámide de poder mundial. Tal asimetría de poder inhibe los intentos de restricción por parte de los estados débiles. Ahora bien, en este último caso el actor más poderoso debe también exhibir la suficiente capacidad de autorrestricción, a los efectos de evitar el recurso permanente a la supremacía material para alcanzar sus objetivos (Ikenberry 2001: 28-29). Si por el contrario, como resultado de dicha supremacía se produjera una apelación constante a la estructura coactiva, tal situación podría derivar en una prematura declinación del actor hegemónico como consecuencia de un acelerado gasto de los atributos del poder nacional. De lo antedicho se desprende que un orden hegemónico puede resultar estable por dos motivos esenciales: i) porque se asienta en un entramado institucional que refleja sus intereses y le permite alcanzar sus objetivos sin la necesidad del recurso permanente a las prácticas coactivas; o ii) porque se estructura en base a una distribución unipolar del poder fuertemente acentuada, que desincentiva la búsqueda de equilibrio por parte de los actores de segundo o tercer orden.

Como fue expresado, los procesos de “cambio sistémico” suelen interpelar al mundo académico y generar situaciones de desconcierto conceptual. Tras el fin de la Guerra Fría y los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001, el campo académico revalorizó una serie de categorías que habían permanecido desatendidas o abordadas sólo de modo marginal. Entre ellas, el concepto de “jerarquía” comenzó a revelarse como una categoría cada vez más empleada en la literatura especializada, conjuntamente con la reaparición de otros términos como dominación, subordinación y control. A este estado de cosas contribuyó la renovada discusión sobre el imperialismo estadounidense.

Aun así, no deja de resultar paradójico que la reflexión sobre la jerarquía haya estado tan poco desarrollada durante tanto tiempo. Esto es particularmente notable si se tiene en cuenta que han sido diversas variantes de orden hegemónico –esto es, órdenes jerárquicos– las que han prevalecido durante la mayor parte de la historia (Russell 2004: 20). Pese a este predominio del orden hegemónico a lo largo del tiempo, lo cierto es que –a causa de su irrupción y consolidación como disciplina madura en los años de la Guerra Fría– la teoría de las relaciones internacionales ha dedicado mayor atención a otros conceptos, en primer lugar al de anarquía. Este último, como resultado del predominio teórico de la escuela realista, desplazó casi por completo la reflexión acerca de la jerarquía como principio ordenador de la política internacional. A contramano de esta tendencia, el estudio del imperialismo informal exige redimensionar a la jerarquía como categoría de análisis. A ello está dedicado el apartado que sigue.

1.5. La jerarquía como principio ordenador de los órdenes hegemónicos

La revalorización conceptual de la jerarquía en los últimos años constituye un sugestivo “punto panorámico” a partir del cual abordar el fenómeno del imperialismo informal (Lake 1996, 2009; MacDonald 2003, 2007). Esta aproximación desde el presente al caso histórico de los Estados Unidos y la República Dominicana, enmarcada en el debate “anarquía versus jerarquía”, no resulta antojadiza a pesar de estar “cargada” de actualidad. No puede perderse de vista que el renovado vigor analítico del concepto de jerarquía expresa, en buena medida, la traslación al plano global de conceptos que durante la Guerra Fría habían estado circunscriptos al estudio de realidades regionales. En otras palabras, la actual revalidación conceptual de la jerarquía supone, para una parte de la comunidad epistémica, la aplicabilidad global o sistémica de categorías –como imperio, dominación, control, hegemonía y tantas otras– que habían estado confinadas, durante la contienda bipolar, a la comprensión de contextos periféricos.

Ahora bien, con el objeto de ordenar la argumentación, y a riesgo de caer en cierto esquematismo, se podría afirmar que mientras las grandes potencias se vinculan en un entorno de anarquía, las relaciones entre estados poderosos y estados de menor porte se materializan en un contexto jerárquico. Esto significa que mientras las primeras se relacionan en un ambiente signado por la ausencia de una autoridad superior o gobierno mundial que las fuerce a cumplir acuerdos o pactos (Waltz 1988: 88), las relaciones asimétricas se caracterizan por el control político o económico que el actor poderoso detenta sobre su contraparte. De este modo, el contexto de anarquía propio de las relaciones entre grandes potencias caracteriza a la denominada dimensión “horizontal” del poder, mientras que la relación de control entre estados fuertes y débiles es el resultado de la dimensión “vertical” del poder. En definitiva, lo que emerge de este contrapunto es el desmoronamiento del consenso epistémico en torno de la anarquía como principio ordenador del sistema internacional (Escudé 1995: 99).[19]

A esta revalorización conceptual de la jerarquía en el plano de la política internacional cabe adicionar un aspecto ya mencionado en la “Introducción”: la decisión metodológica de abordar los órdenes hegemónicos a partir de una mirada interestatal.[20] Desde esta perspectiva, la jerarquía ha sido el principio estructurante de una infinidad de relaciones entre unidades políticas del sistema internacional. Por citar sólo algunos ejemplos históricos, desde el siglo XV hasta mediados del siglo XX, grandes potencias como Portugal, España, Francia, Gran Bretaña, los Países Bajos y Rusia mantuvieron con sus respectivas periferias relaciones de imperialismo formal. En los primeros cinco casos, las relaciones centro-periferia dieron lugar a imperios coloniales de ultramar, mientras que en el caso ruso el imperio formal se constituyó en los territorios contiguos de Medio Oriente y Asia Central. Desde mediados del siglo XIX, Gran Bretaña forjó relaciones de imperialismo informal de libre comercio en sitios tan diversos como China, el norte de África y América Latina, mientras que los Estados Unidos hicieron lo propio desde fines de ese siglo en algunos países de Latinoamérica, en particular en su periferia inmediata de América Central y el Caribe. A lo largo del siglo XX Washington consolidó, con particular asertividad durante la Guerra Fría, su imperio informal en la cuenca del Caribe, mientras que la Unión Soviética forjó el suyo con Europa del Este y otros estados satélite alineados con el socialismo real. En los casos norteamericano y soviético, los actores imperiales no escatimaron el recurso a las intrusiones castrenses para alcanzar sus objetivos, lo que fue configurando un imperialismo informal crecientemente militarizado. El caso estadounidense-dominicano se inscribe decididamente en esta tradición.

El escenario contemporáneo de la posguerra Fría, y particularmente el orden configurado tras los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001, han exhibido a Washington promoviendo relaciones jerárquicas informales desde su posición de única superpotencia en el plano estratégico-militar, así como de principal potencia económica del mundo. Con la excepción de casos como los de Afganistán e Irak, cuyas relaciones con Washington han reunido las características propias –aunque transitorias– de un imperio formal, el hegemón ha tendido a gestionar los principales asuntos mundiales a través de su rol preeminente en las “instituciones de la globalización”. En los casos en que el control político, económico y militar adquirió rasgos formales –además de Afganistán e Irak se suelen adicionar los casos de Bosnia y Kosovo–, los Estados Unidos han materializado su dominación por medio de un canal específico: los procesos de reconstrucción estatal (nation-building).

Según se aprecia, a pesar de que relaciones de dominación y control pueden rastrearse en diferentes periodos históricos, la jerarquía internacional no ha sido suficientemente problematizada. Dada la centralidad que adquiere para el presente estudio, resulta necesario hacer algunas precisiones sobre su empleo en el campo de la política internacional. A ello está dedicada la próxima sección.

1.5.1. Definición y consideraciones generales

Un primer aspecto que resulta clave es la definición del término “jerarquía”. Nuevamente, como cuando se abordaron los tipos ideales de orden internacional, la literatura ofrece una serie de perspectivas convencionales sobre el asunto. Estas miradas, ya se trate de la más influyente aproximación neorrealista o de la perspectiva neoliberal-institucional, descartan la comprensión de la jerarquía como principio estructurante de las relaciones interestatales. Esta prescindencia se deriva de una suerte de “sacralización conceptual” de la anarquía. La resultante ha sido una mirada casi exclusivamente centrada en las grandes potencias y en la dimensión horizontal del poder. Ello trajo aparejado el descarte del comportamiento de los actores menores como factor explicativo de las relaciones interestatales (Womack 2004: 359-362).[21] Ya se trate de aproximaciones que visualizan a la anarquía como un aspecto inconmensurable, como sucede con el neorrealismo, o de lecturas que plantean la posibilidad de una anarquía mitigada, tal el caso del neoliberalismo, la jerarquía como principio ordenador de las relaciones internacionales ha quedado relegada a un lugar marginal. En esta investigación, por el contrario, el concepto de jerarquía adquiere la misma centralidad que la anarquía detenta para la escuela neorrealista, es decir, se la considera como el principio ordenador de vínculos asimétricos entre unidades políticas del sistema, en los que el estado poderoso controla –en parte o en su totalidad– las políticas doméstica y/o exterior del estado subordinado.[22]

La definición de jerarquía exige, de entrada, una serie de aclaraciones. La primera reconoce un trasfondo neorrealista. Al respecto, cabe señalar que al abordar el término en su calidad de “principio ordenador”[23], se descarta la idea de un simple reflejo de la sumatoria de atributos de poder. Esto no significa, sin embargo, que se pierda de vista el respaldo que constituye para el estado poderoso la disposición de atributos de poder, sino que ésta representa una base fáctica en torno a la cual se configuran las relaciones de poder entre los estados. A contramano de la tendencia extendida que emplea la noción de “jerarquía de estados” (Gilpin 1981: 29) para referir a la distribución de capacidades en el sistema internacional, no es ésta la acepción del término que se adopta en esta tesis. La noción de una desigualdad de recursos entre unidades políticas no basta para concluir que exista entre ellas una relación jerárquica. La plasmación de este último tipo de vínculo requiere que los estados poderosos traduzcan esa distribución favorable en una relación de dominación o control. De este modo, aunque la existencia de una relación jerárquica requiere para su concreción de una desigualdad de recursos entre los actores, no toda relación entre actores desiguales implica un vínculo jerárquico (MacDonald 2003: 6-7; Womack 2006: 20). En efecto, la jerarquía trasciende la noción de desigualdad distributiva, para dar cuenta de una dinámica relacional de control político, económico o militar. En un mismo sentido que la anarquía para la escuela neorrealista, el concepto de jerarquía empleado en esta tesis constituye un elemento primario y fundamental de las estructuras políticas internacionales.

En este marco, resulta importante detectar dos propensiones existentes en la literatura especializada: por un lado, la predisposición realista a subestimar el fenómeno de la jerarquía internacional; y por el otro, la inclinación liberal a subsumirlo en categorías que ignoran la dimensión coercitiva de las relaciones asimétricas. Tanto neorrealistas preocupados por describir pirámides de poder mundial, trazar diferencias funcionales entre órdenes domésticos e internacionales o hacer más “elegantes” sus teorías sistémicas; como neoliberales preocupados por desligar a la jerarquía internacional de todo aspecto agonal o conflictivo, han tendido a omitir las relaciones de dominación y control entre unidades políticas (MacDonald 2003: 3).[24]

En esta tesis se parte de supuestos que recogen, en líneas generales, el aporte de aquellos autores que han criticado la subvaloración de la jerarquía (Escudé 1995; MacDonald 2003, 2004 y 2007). Esta tendencia se ha expresado, al menos, bajo tres manifestaciones. La primera, que ya fue anticipada, consiste en equiparar la noción de jerarquía a una suerte de “tabla de posiciones” entre los estados del sistema internacional en materia de disposición de atributos de poder. Esta manifestación reduce la noción de “jerarquía” a la idea de “poder jerárquico” (Doyle, 1986: 28; Waltz 1988: 45). Este tipo de lectura no sólo descarta el empleo del término como principio ordenador de vínculos interestatales, sino que tiende a reducir el carácter relacional de la jerarquía, en algunos casos hasta su mínima expresión. Desde esta perspectiva, la dominación política, económica o militar presente en las relaciones jerárquicas es abiertamente relegada como dimensión de análisis y la cuestión se ve reducida a la situación de balance (o desbalance) de poder en un contexto histórico particular. La segunda modalidad de infravaloración de la jerarquía surge de la consideración del sistema internacional como el resultado de la “interacción de sus partes principales” (Waltz 1988: 109). La idea de que una teoría general de la política internacional sólo es alcanzable a partir de la focalización en la conducta de los grandes poderes refuerza la “deificación” de la anarquía como principio ordenador. Esto revela la prioridad que se le asigna a la elegancia teórica por encima de las pretensiones empírico-descriptivas.[25] En consecuencia, la incorporación de la jerarquía como principio estructurante de relaciones interestatales conllevaría, desde la mirada neorrealista, problemas que limitarían la posibilidad de efectuar inferencias simples acerca de las regularidades observables en el sistema internacional.

La tercera manifestación de la subestimación de la jerarquía consiste en la diferenciación excluyente entre principios ordenadores en relación con el contexto que se busca explicar. Puesto sencillamente, se trata de la cuestión “anarquía internacional” versus “jerarquía doméstica”. Según advierten los autores neorrealistas, el entendimiento pleno de cómo funciona el sistema internacional exige concentrarse en aquellas unidades políticas que “causan las mayores diferencias”, para lo cual resulta imprescindible aprehender la clase de condicionamiento que la anarquía internacional ejerce sobre ellas. Así pues, para dar cuenta de la semejanza de conductas que han exhibido las grandes potencias a través de la historia se torna necesaria la construcción de una “teoría parsimoniosa”[26] que exprese una simple y dicotómica definición de principios ordenadores (MacDonald 2003: 11; Waltz 1988: 122; 132).

Adicionalmente, la escuela neorrealista ha planteado la escasa recurrencia y el papel marginal de la jerarquía entre las disposiciones primordiales de la política mundial. En otras palabras, no se trataría exclusivamente de su limitada significación conceptual para comprender qué pasa en el mundo y para construir teorías parsimoniosas, sino de la supuesta infrecuencia de las relaciones jerárquicas en el sistema internacional (MacDonald 2003: 14). El neorrealismo, en su afán de “elegancia teórica”, ha “estirado” la realidad hasta el punto de remitir a los márgenes de la agenda académica una cuestión tan relevante –y que ha incidido tanto en la historia de las relaciones internacionales– como el imperialismo. Como resultado, sus previsiones teóricas se han enfocado casi exclusivamente en el equilibrio de poder en tanto expresión característica del comportamiento interestatal.[27] Ello resulta paradojal, puesto que la mayor parte de la historia contemporánea se explica por comportamientos y dinámicas de carácter imperial. Como señala Roberto Russell: “En la práctica, el orden hegemónico fue el prevaleciente […] desde fines del siglo XIX y durante la primera mitad del siglo XX la mayor parte de la humanidad estuvo regida por distintos imperios” (2004: 20)

Es tiempo ahora de referir a otra de las modalidades de subestimación de la jerarquía internacional. Se trata de la mirada neoliberal-institucional, que ha tendido a subsumirla en categorías que ignoran la dimensión coercitiva de las relaciones asimétricas. Dentro de esta corriente, se ubica el denominado “abordaje relacional-contractual”, cuyo autor más destacado es David A. Lake.[28] Este encuadre teórico se inclina, a la hora de caracterizar las relaciones interestatales de tipo jerárquico, por poner el foco en los elementos de orden consensual. En consecuencia, destaca una mirada que, desprovista de la faceta coactiva de las relaciones entre unidades políticas, ha tendido a reducir la noción de jerarquía a la idea de cooperación internacional. Incluso la aplicación de la fuerza militar de un estado sobre otro, así como las diferentes expresiones de la dominación económica, tienden a ser leídas bajo un prisma concertacionista. Partiendo del reconocimiento de la anarquía como principio ordenador del sistema internacional, el relacionismo contractual identifica a la jerarquía como un instrumento más que permite atemperar el carácter incierto de las relaciones internacionales. En efecto, parangona a la jerarquía con un esquema institucional legítimo acordado entre partes, y visualiza al consenso como una dimensión clave aún para las cuestiones que tienen que ver con el empleo de la fuerza. De esta forma, la configuración de una relación jerárquica entre unidades políticas resultaría un elemento facilitador de la cooperación bajo un contexto de anarquía.

Esta idea de “jerarquía en anarquía”, que caracteriza a los autores del relacionismo contractual, los lleva a considerar como factible que estados poderosos y naciones débiles consagren sus vínculos –en base a la idea de conveniencia mutua– a diferentes modalidades de relacionamiento jerárquico (imperios, protectorados, áreas de influencia). Allí donde la jerarquía garantice mayor seguridad internacional y ventajas económicas para las partes, los estados débiles no dudarán en conferir al actor poderoso el consentimiento necesario para revestir de legitimidad a la relación asimétrica. Las naciones convergerán en una suerte de relación de “dominación legítima” –es evidente el sustrato weberiano en el argumento de Lake–, de fuertes rasgos instrumentales, en la que la inviolabilidad de la soberanía estatal quedará en un segundo plano, relegada por el objetivo primario de la cooperación internacional expresado en un “contrato jerárquico de partes” (Lake 2009: 10).[29] Como señala Paul K. MacDonald: “Para la teoría relacional contractual, por lo tanto, la jerarquía es un tipo de institución más que los estados pueden utilizar para asegurar resultados cooperativos en política internacional” (2003: 23-26)

En esta tesis se descarta el supuesto “relacionista-contractual” consistente en reducir las relaciones jerárquicas a vínculos cooperativos bajo un contexto anárquico. Por el contrario, este trabajo se apoya en una conceptualización de la jerarquía internacional –entendida como principio ordenador– que busca dar cuenta de una relación asimétrica de dominación en la política internacional. Los enfoques neorrealista y neoliberal institucional, por los motivos que se sintetizan en las Tablas 2 y 3, no le otorgan al concepto la prioridad, densidad e incidencia que sí se le concede en esta investigación.

Tabla N° 2

Tablas-Capítulo-1-1_c

Tabla N° 3

Tablas-Capítulo-1-2_c

Ahora bien, algunos de los tipos ideales de relación jerárquica que son reseñados en esta tesis reconocen cierto amarre en la idea del consenso planteada por el “relacionismo contractual”. Esto sucede aun cuando los actores poderosos se reserven en dichas relaciones el recurso al empleo unilateral de la fuerza. El caso paradigmático es el de las “hegemonías benevolentes”, en donde la relación de subordinación se apoya en un extendido consentimiento concedido por la periferia a las políticas desplegadas por el centro. En este tipo ideal de orden jerárquico, el anclaje consensual no se limita a las élites dirigentes del país periférico, sino que se encuentra difundido en amplios sectores sociales de la nación subordinada. El otro tipo de relación jerárquica construida en base a un relativo consenso es el “imperialismo informal”. La aquiescencia en este caso suele estar limitada a las “estructuras de colaboración periféricas”, es decir, a determinadas élites del país subordinado con un grado decisivo de influencia en las políticas públicas.[30] A lo largo de esta investigación se estudiará cómo el caso domínico-norteamericano ha denotado una extendida anuencia al centro por parte de las élites periféricas. Esta sujeción ha tenido lugar tanto en el plano estratégico-militar como en el económico, lo que incluye la aceptación por parte del país periférico de la presencia en su territorio de personal militar de la nación poderosa, así como la adopción de políticas económicas impulsadas –e incluso diseñadas– por las élites comerciales y financieras del país central.

Finalmente, corresponde efectuar una precisión de naturaleza conceptual, ya que la idea de “orden” ha sido interpretada por ciertas corrientes como sinónimo de estabilidad. Como advierte Roberto Russell: “[Ciertos] analistas asocian la idea de orden con estabilidad, cooperación y aun con ausencia de guerra; por lo que períodos inestables, conflictivos y signados por conflictos interestatales de envergadura son considerados como épocas de ‘desorden’ internacional” (2004: 16). En línea con esta apreciación, no es ésta la noción de orden a la que se adscribe en esta tesis cuando se hace referencia a los vínculos hegemónicos estructurados en torno a la jerarquía internacional. Diversos contextos históricos y relaciones asimétricas entre unidades políticas han estado signados por el conflicto y la inestabilidad, lo que no resulta una razón suficiente para que se les retacee la denominación de “órdenes”. En efecto, las situaciones de “turbulencia periférica” (Russell y Calle 2009: 33-36) se configuran como un rasgo distintivo de ciertas relaciones de imperialismo informal, en las que la “dinámica pericéntrica” fuerza la expansión del centro (Doyle 1986: 25-26).[31] Este último fenómeno –la situación de inestabilidad periférica y el modo en que ella fuerza la expansión imperial– expresa una realidad coyuntural de un determinado “orden hegemónico”. Esto no significa que estén presentes las condiciones que permitan caracterizar a dicho vínculo como “caótico” o producto del “desorden internacional”.

En otras palabras, los “órdenes hegemónicos” son muchas veces inestables. La historia contemporánea abunda en experiencias de este tipo, tal el caso de la turbulencia periférica que caracterizó a Irak y a Afganistán luego de las intervenciones imperiales estadounidenses de 2001 y 2003. Otro ejemplo fue el soviético de fines de la década de 1980, cuando el “imperio rojo” se vio amenazado por las reivindicaciones soberanas de los estados de Europa del Este y Asia Central. Sin embargo, pese a la turbulencia, ninguno de los casos llevó a que las relaciones asimétricas en cuestión perdieran la calidad de “ordenamientos políticos”, dado que esta última condición no desaparece por la virulencia política, económica o militar de un momento histórico particular, sino que deviene del principio en torno al cual se estructura la relación asimétrica. Del mismo modo que “anarquía” no significa “caos”, una relación jerárquica tampoco supone lo contrario, es decir, una situación de plena estabilidad (MacDonald 2003: 7). En definitiva, podría afirmarse que los principios ordenadores en torno a los cuales se estructuran las relaciones interestatales son analíticamente neutrales respecto de su estabilidad o inestabilidad.

El elemento que permite distinguir a los ordenamientos políticos y sus principios estructurantes no es su nivel de conflictividad, sino la presencia o ausencia de “control efectivo”, ya sea éste de naturaleza política, económica, militar, o una combinación de ellas. Los órdenes anárquicos se caracterizan por el hecho de que, al margen del nivel de conflagración que exhiban las relaciones interestatales, las unidades políticas se comportan soberanamente, adoptando sus decisiones en un contexto de relativa autonomía. Por el contrario, el rasgo saliente de los órdenes jerárquicos es la materialización de relaciones de control entre los estados que los conforman, aun cuando dicha sujeción exprese diversas gradaciones. Esta última cuestión es, justamente, la que permitirá identificar los niveles de jerarquía de las relaciones asimétricas, a la vez que facilitará el ejercicio de discernimiento entre las diferentes modalidades de órdenes hegemónicos.

De lo desarrollado hasta aquí puede extraerse un conjunto de ideas-fuerza que contribuye al estudio de caso de esta tesis. A saber:

  1. Que no todo orden internacional es el resultado del condicionamiento que ejerce sobre las unidades políticas el carácter anárquico del sistema internacional. Por el contrario, la relación interestatal que es objeto de esta investigación es resultado, principalmente, de la jerarquía internacional.
  2. Que resulta necesario dimensionar a la jerarquía en su condición de principio ordenador o eje estructurante de relaciones entre unidades políticas del sistema internacional. Por lo tanto, deben descartarse para los fines de este trabajo los abordajes que no contemplan la incidencia de la jerarquía en materia de política internacional, así como los enfoques que reducen la cuestión jerárquica a las prácticas cooperativas entre estados.
  3. Se descarta la idea de que la jerarquía en política internacional supone un simple reflejo de la estructura de poder mundial. Sin embargo, al tiempo que se rechaza este tipo de lectura mecanicista, se reconoce el plafond condicionante que constituye para las relaciones asimétricas la disposición de una base fáctica de atributos de poder.
  4. Que la jerarquía excede la noción de desigualdad de atributos de poder y que expresa relaciones de control político, económico o militar entre unidades políticas del sistema internacional. En otras palabras, la jerarquía se asienta sobre una asimetría de poder, pero trasciende tal situación distributiva para facilitar la cristalización de una relación de dominación entre partes.
  5. Que, del mismo modo que el concepto de anarquía para la escuela neorrealista, el término “jerarquía” empleado en esta tesis se erige como un elemento primario y fundamental de las estructuras políticas internacionales.

1.5.2. Dimensiones de la jerarquía internacional

Como fue expresado, las relaciones de control entre unidades políticas del sistema internacional se encuentran estructuradas en torno a la jerarquía como principio ordenador. Tales vínculos asimétricos se materializan en diferentes dimensiones o instancias, las que a su vez permiten discernir una serie de subdimensiones con sus respectivos grados de dominación. Así, el abordaje de la jerarquía internacional no resulta tan lineal como podría suponerse a primera vista, por lo que se requiere de una descripción de los principales aspectos conceptuales que se ponen en juego al problematizar el fenómeno. De entrada, es importante señalar que las manifestaciones de dominación económica o geopolítica no son privativas de las relaciones asimétricas de carácter imperial, sino que también caracterizan a otras relaciones de control entre unidades políticas del sistema internacional, tales como las hegemonías benevolentes, las áreas de influencia y los protectorados.

Con fines de simplificación analítica, este trabajo identifica dos dimensiones del control: la económica y la geopolítica. Con respecto a la primera, la tesis pondera la incidencia de las relaciones financieras, comerciales y monetarias entre centro y periferia, y su impacto en el grado de subordinación periférica. En lo que hace a la segunda dimensión, se buscan dos objetivos: por un lado, determinar la importancia de la proximidad geográfica en la proyección de poder del actor imperial sobre la periferia; y por el otro, precisar la incidencia de los aspectos de orden político e ideológico global en las relaciones entre centro y periferia, y su influjo en el grado de subordinación de la unidad periférica respecto de la central.

En lo que hace a la subordinación económica, se examinan: a) la dependencia financiera de la unidad periférica respecto de la central, subdimensión en la que se analiza el nivel de endeudamiento externo; b) el nivel de dependencia comercial, subdimensión en la que entran en consideración aspectos tales como la penetración de las exportaciones del actor imperial en la nación más débil, la dependencia de las importaciones desde el país central y la capacidad de la periferia de establecer algún tipo de contrapeso a la influencia comercial del centro; y c) la dependencia monetaria del actor subordinado, la que se evalúa a través de la penetración del centro en el sistema monetario y cambiario de la periferia. En lo atinente a la subordinación geopolítica, se evalúan los siguientes elementos: a) la proximidad geográfica entre centro y periferia, lo que constituye un aspecto clave para evaluar la proyección de poder del actor imperial por medio del despliegue de tropas y el eventual establecimiento de bases militares; y b) la presencia de conflictos ideológicos o políticos a nivel global que hayan condicionado el comportamiento de los actores periféricos, subdimensión en la que se evalúa la estructuración de la doctrina castrense en el país subordinado.

Adicionalmente, cabe señalar que las relaciones jerárquicas en el sistema internacional exhiben –a través de las dimensiones económica y geopolítica– diferentes niveles de materialización. En consecuencia, a medida que los vínculos interestatales se acercan a niveles de jerarquía muy reducidos, puede detectarse cómo las relaciones entre las unidades políticas se apartan de ese principio ordenador, y se acercan a la concepción neorrealista de relaciones autónomas y soberanas, estructuradas en torno al principio de la anarquía internacional (Lake 2009: 52).

1.5.3. Jerarquía económica, subdimensiones y niveles de subordinación

En el plano económico, las relaciones de supra y subordinación encuentran expresión en tres subcampos: el financiero, el comercial y el monetario. En cada uno de ellos, el nivel de jerarquía en torno al cual se estructura la relación se correlaciona directamente con el grado de control que ejerce el actor central sobre el periférico. Para ganar precisión en la tarea de discernimiento entre los diferentes niveles de dependencia, se ha seguido –con adaptaciones– la propuesta metodológica de David Lake (2009: 63), quien evalúa el grado de control a partir de la identificación de una serie de indicadores.[32]

La subdimensión financiera del control económico tiene como indicador principal al nivel de endeudamiento externo del actor periférico. En este plano, resulta importante ponderar la capacidad de la periferia de establecer vínculos que generen algún tipo de contrapeso a la influencia del centro. En efecto, el nivel de dependencia en materia financiera se reduce cuando el actor periférico se desendeuda en los mercados internacionales o bien se halla en condiciones de tomar deuda con otros actores externos que limiten la influencia del actor imperial.

El segundo de los indicadores refiere a las relaciones comerciales entre el actor central y el periférico, siendo que este último ganará en autonomía en la medida en que pueda establecer relaciones mercantiles con otros socios diferentes del actor central. Por el contrario, la periferia caerá en la falta de autonomía o subordinación comercial cuando no sea capaz o no esté en condiciones de establecer vínculos mercantiles con otras unidades políticas. En consecuencia, se podría afirmar que cuando los destinos del país se hallan completamente “atados” a las exportaciones hacia –y a las compras desde– el estado poderoso, la jerarquía en materia comercial adquiere valores máximos. Asimismo, puede inferirse –en un asunto que Lake no aborda en forma pormenorizada– que la dependencia comercial se ve reforzada por algunos supuestos ya señalados por la teoría de la dependencia, particularmente por aquellos que ponen el foco en los términos de intercambio desfavorables para los países periféricos.[33] Por lo tanto, la relación de subordinación comercial no se limita exclusivamente a la disposición o no de socios alternativos, sino que se proyecta hacia la cuestión de la composición de las importaciones y las exportaciones. Se trata, en efecto, de un asunto ligado a la esencia misma del comercio exterior: el tradicional contrapunto entre la especialización en commodities vis a vis la exportación de productos industriales.

El tercer indicador de jerarquía en materia económica surge del nivel de autonomía de la política monetaria. El régimen monetario y cambiario adquiere en este plano un papel relevante, pudiendo identificarse una serie de gradaciones posibles en el continuum de tipos ideales que se extiende desde la ausencia de jerarquía en un extremo, hasta la completa jerarquía en el otro. En el extremo anárquico destaca la libre flotación (lo que equivale a “no-jerarquía”), con la tasa de cambio como resultado del libre juego de la oferta y la demanda en los mercados de divisas. En el otro extremo se ubica la absoluta dependencia monetaria, es decir, la situación en la que el país periférico adopta la moneda del país central. Esta última supone que la nación más débil, además de adoptar como propia la moneda del país poderoso, se subordina a las decisiones monetarias que se impulsan desde el centro. En consecuencia, entre otras medidas que quedan fuera del alcance del país periférico, se destaca la pérdida de la capacidad para emitir moneda, así como también de cualquier prerrogativa relativa al empleo de reservas para hacer frente a los pagos de la deuda externa o a eventuales shocks exógenos.[34]

1.5.4. Jerarquía geopolítica, subdimensiones y niveles de subordinación

Más allá del campo económico, las relaciones de supra y subordinación internacional encuentran expresión en los planos estratégico-militar y doctrinario, subdimensiones de la dominación geopolítica. Al igual que se ha procedido con la dimensión económica, también en el terreno de la dominación geopolítica es posible detectar una serie de indicadores que contribuyen a ponderar el nivel de control que el actor central ejerce sobre el periférico. Esos indicadores se ven afectados, según el planteo de esta tesis, por dos variables principales: la proximidad geográfica entre centro y periferia; y la incidencia de las cuestiones políticas e ideológicas de orden global. [35]

El primer indicador que se tomará en cuenta para esta dimensión es el despliegue de tropas, es decir, la presencia de fuerzas militares del país central en la nación periférica. A medida que esta última gana preponderancia como espacio geopolítico para la proyección de tropas metropolitanas, los niveles de jerarquía internacional tienden a aumentar. Por el contrario, el repliegue y la salida de tropas del territorio periférico sugieren una eventual reducción en los niveles de jerarquía, con la consecuente adquisición de mayores márgenes de autonomía por parte del actor subordinado.[36] Asimismo, suele haber un fuerte incentivo para la proyección de tropas cuando existe una escasa distancia geográfica entre centro y periferia, lo que se potencia en contextos políticos e ideológicos convulsionados. En este sentido, la cercanía o contigüidad territorial resultan ser factores potenciadores de la proyección de poder (Womack 2004: 360), lo que ha contribuido a la configuración de los denominados imperialismos informales militarizados, como los de Estados Unidos en América Central y el Caribe; y de la Unión Soviética en Europa del Este.

La literatura especializada identifica una serie de manifestaciones del impacto que detenta el despliegue de tropas y el establecimiento de bases castrenses en materia de control geopolítico. Siguiendo a Lake (2009: 68-71), se puede afirmar que esta proyección de poder le permite al centro: i) influenciar y hasta determinar las políticas militares y de seguridad del país periférico; ii) comprometer a la nación débil en conflictos internacionales que la hagan objeto de retaliación[37]; y iii) restringir las iniciativas del país periférico en materia de política exterior, defensa o seguridad internacional.[38]

El segundo indicador de jerarquía en el plano geopolítico, en este caso ligado con la conflictividad global, es el relativo a las características que adquiere la doctrina castrense en el país subordinado. Contextos globales convulsionados, marcados por una manifiesta incompatibilidad política o ideológica, suelen dar lugar a transformaciones sustantivas en la doctrina militar de los países periféricos. Las relaciones que forjaron los Estados Unidos y la Unión Soviética con sus respectivos estados satélite durante los años de la Guerra Fría resultan, en este sentido, ejemplos paradigmáticos.[39] Algo semejante ocurrió en América Central y el Caribe con la búsqueda estadounidense de evitar cualquier influencia de las potencias del Eje durante la segunda Guerra Mundial. Los instrumentos militares de los países periféricos suelen ser, desde el punto de vista doctrinario, el resultado de las necesidades del centro.

Cabe señalar que existen otros elementos que influencian la proyección de poder del centro sobre la periferia y moldean la doctrina castrense de los estados subordinados. Entre ellos, las ingentes sumas de dinero destinadas por los países poderosos al financiamiento de sus aliados militares; las ventas y transferencias de sistemas de armas; el rol metropolitano en materia de entrenamiento y capacitación del personal castrense del país periférico; el intercambio de inteligencia estratégica; y el desarrollo de ejercicios militares, entre otros. En efecto, los momentos de mayor tensión ideológica a lo largo de la Guerra Fría exhibieron un incremento sustantivo de estos factores, con impacto sobre el nivel de jerarquía que estructuraba los vínculos asimétricos entre superpotencias y estados satélites. Como contrapartida, los momentos de relativa distensión, caracterizados por una serie de medidas contribuyentes a nivel global –incipiente reducción de arsenales militares, expansión del comercio bilateral e intercambios de información en determinadas áreas de las políticas públicas–, condujeron a cierta flexibilidad transitoria en los vínculos entre los grandes poderes.[40] Estas desescaladas de la tensión a nivel sistémico suelen incidir, combinadas con variables domésticas, en una relativa relajación de la doctrina castrense impartida desde el centro.

Un elemento adicional que contribuye a ponderar el nivel de jerarquía geopolítica es el que refiere a la conformación de alianzas estratégico-militares. En este sentido, la existencia o inexistencia de pactos militares independientes –es decir, de alianzas tejidas por fuera del vínculo con el actor poderoso– resulta un factor importante en la estructuración de las relaciones centro-periferia (Lake 2009: 70). La ausencia de alianzas militares por fuera de aquélla que une a centro y periferia torna a esta última más dependiente –por el hecho de carecer de alternativas estratégicas en el plano geopolítico–, lo que redunda en una mayor jerarquía en el vínculo que liga a las partes.[41]

El apartado que sigue se encuentra dedicado a los tipos ideales de orden hegemónico, a los efectos de presentar una “mirada panorámica” que permita detectar el lugar de los imperios informales. Asimismo, respecto de esta última variante de orden hegemónico, se buscará efectuar una serie de precisiones con el objeto de dejar sentadas las bases para un abordaje –a partir del próximo capítulo– de la evolución histórica de las relaciones domínico-norteamericanas durante el siglo XX.

1.6. Los tipos ideales de orden hegemónico

Al inicio del capítulo se señaló que resultaba fundamental llevar a cabo un ejercicio de clarificación conceptual. En este sentido, se planteaba la necesidad de precisar a qué se hace referencia cuando se habla de un “imperio informal”, y por qué es posible afirmar que se trata de un subtipo específico de “orden hegemónico”, diferenciable de otros ordenamientos también atravesados por el control político y económico entre centro y periferia. Los “imperios informales” constituyen una variante típico-ideal de orden hegemónico que reconoce dos submodalidades: el “imperio informal de libre comercio” y el “imperio informal militarizado”. Estas precisiones no saldan, sin embargo, las diferencias que emergen entre el imperialismo informal y otras variantes de orden hegemónico.

Conviene insistir en que los órdenes hegemónicos expresan relaciones asimétricas entre unidades políticas, es decir, vínculos estructurados en torno a la jerarquía como principio ordenador. Esto significa que un estado poderoso controla o influye las políticas desplegadas por su contraparte más débil. Se trata de relaciones bilaterales caracterizadas por una notable diferencia en la disposición de atributos de poder, situación que exhibe desde los máximos niveles de subordinación económica y geopolítica hasta versiones más atenuadas del control. Por lo tanto, resulta factible trazar una suerte de continuum típico-ideal de órdenes hegemónicos, en cuyos extremos se ubican, respectivamente, las versiones más acentuadas y más morigeradas del relacionamiento asimétrico interestatal. En efecto, las relaciones de dominación pueden extenderse desde los clásicos imperios formales o coloniales que se multiplicaron entre los siglos XV y XIX, hasta las relaciones de “hegemonía benevolente” del siglo XX. A su vez, entre ambos extremos se erige un conjunto de fórmulas intermedias de relacionamiento jerárquico, que comprende a los protectorados, los imperios informales y las áreas de influencia.

Figura 1. Formas típico-ideales de orden hegemónico

Tablas-Capítulo-1-3_c

En este marco, resulta necesario precisar un par de aspectos que permiten encuadrar a una relación interestatal dentro de alguna de las categorías del continuum. Este ejercicio debe realizarse, asimismo, sobre la base del reconocimiento de la existencia fáctica –así como de la percepción compartida– de una asimetría en la disposición de atributos de poder por parte de las unidades que componen el vínculo jerárquico (Womack 2004: 359). Los dos elementos que contribuyen a discernir entre las diferentes variantes de relacionamiento jerárquico son: i) el grado de control que ejerce el centro sobre la periferia, tanto en términos económicos como geopolíticos (aquí adquieren centralidad los “patrones de jerarquía” enumerados en la sección previa); y ii) la asunción por parte del estado poderoso no sólo de la política externa, sino del manejo de la política doméstica de la nación subordinada.

En el caso del imperialismo formal, la potencia dominante dicta tanto la política internacional como doméstica de la unidad política periférica. En el otro extremo del continuum, la “hegemonía benevolente” da cuenta de aquellas relaciones en las que el centro influye –sobre la base del consenso– en las decisiones de política exterior del estado subordinado, sin que éste último pierda –a diferencia del colonialismo– su condición formal de nación soberana. Entre el imperio formal y la hegemonía benevolente se ubican los ordenamientos intermedios de relacionamiento jerárquico: áreas de influencia, imperios informales y protectorados. Dado que la mayor dificultad de discernimiento analítico tiene relación con las dos primeras categorías, conviene empezar por aclarar el fenómeno de los protectorados. En estos últimos, la potencia dominante asume la política internacional del estado periférico –tanto los aspectos económicos como los estratégico-militares–, dejando en manos de las autoridades locales la administración de los asuntos domésticos. En lo estrictamente referido a la distinción entre los imperios formales o coloniales y los protectorados, puede apreciarse que la diferencia radica en la retención, para el caso de los protectorados, de la capacidad de decisión por parte de las élites locales sobre los asuntos domésticos. Desde luego, quedan exceptuados aquellos asuntos internos relacionados con el financiamiento de la defensa exterior, los que permanecen bajo la égida del centro. Por su parte, la política externa en ambos tipos ideales de orden hegemónico es dictada por la nación poderosa.

Es tiempo ahora de desentrañar las diferencias que surgen entre las categorías del continuum que no suponen un “recorte formal” de la soberanía de la nación periférica: áreas de influencia, imperios informales y hegemonías benevolentes. El objetivo de este ejercicio es visualizar las particularidades del concepto central de esta investigación: imperialismo informal. Al respecto, emergen como factores relevantes: el concepto de soberanía, las estructuras de colaboración periféricas, el rol del consenso, las rivalidades entre actores centrales, los márgenes de autonomía periférica y la incidencia de la estructura de polaridades del sistema internacional.

Con respecto a la primera de las cuestiones enumeradas –el tema de la soberanía–, es posible afirmar que la noción de jerarquía internacional se vincula con ella de múltiples formas. En concreto, supone pensar tanto en relaciones en las cuales una unidad política retiene totalmente la soberanía de la otra –como en el caso de los imperios formales–, parte de ella –como ocurre con los protectorados– o directamente no retiene de manera formal la soberanía del estado subordinado, como sucede con las áreas de influencia, los imperios informales o las hegemonías benevolentes. Sin embargo, el hecho de no retener formalmente la soberanía de la unidad periférica no implica la inexistencia de una relación de dominación entre las partes. Simplemente significa que el control o una influencia decisiva pueden alcanzarse apelando al “autogobierno de las periferias” (Robinson y Gallagher 1953: 10). Se trata, esencialmente, de lograr la condescendencia de las élites periféricas en el proceso de toma de decisiones, garantizando que los intereses del centro resulten salvaguardados sin la necesidad del ejercicio directo del poder por parte de las autoridades metropolitanas.[42] Ahora bien, los tipos ideales de orden hegemónico que no expresan una retención formal de soberanía (los imperios informales, las áreas de influencia y las hegemonías benevolentes) presentan, a su vez, determinadas particularidades que los distinguen entre sí.

El caso más sencillo de diferenciar es el de las “hegemonías benevolentes”. En ellas se forja entre la nación poderosa y su contraparte débil un extendido nivel de aquiescencia por parte de la segunda, con un consentimiento que excede a la clase dirigente. No se trata sólo de la existencia de una “estructura de élites colaboradoras”, sino que el consenso se encuentra difundido en el conjunto de la nación subordinada. Como resultado de la internalización periférica de los intereses del centro, en las hegemonías benevolentes el recurso al poder coercitivo se torna innecesario, toda vez que los objetivos del estado poderoso se encuentran garantizados por medio del consenso forjado con el actor débil. En otras palabras, la relación jerárquica adquiere un “aura de legitimidad”, concedida por el carácter consensual en el que se apoya la subordinación. La “autoridad” del centro se plasma en abiertas concesiones de orden económico y geopolítico. Así, en coyunturas caracterizadas por umbrales bajísimos de resistencia frente a las políticas de proyección del centro –o más aun de verdadero “imperialismo por invitación”[43]–, se materializan algunas de las políticas previamente referidas, tales como la adopción de la moneda del país poderoso o el establecimiento de bases militares sin ningún tipo de objeción por parte de la periferia. Las relaciones de “hegemonía benevolente” suponen la materialización de la jerarquía en los términos previstos por el “relacionismo contractual” (Martin 1992; Weber 2000; Lake 2009).

En lo que hace a las áreas de influencia y los imperios informales, estas variantes de orden hegemónico se hallan a mitad de camino entre los vínculos que suponen una sustracción formal de soberanía –ya sea total como en los imperios formales o parcial como en los protectorados– y los que se materializan por medio del amplio consenso que brinda la periferia a las políticas del centro (hegemonía benevolente).[44] Existe otro rasgo que comparten los órdenes hegemónicos en los que no hay una sustracción formal de soberanía (imperios informales, áreas de influencia y hegemonías benevolentes) y que los diferencia de los imperios formales y los protectorados. Se trata del hecho de que las unidades políticas periféricas conservan, en su condición de estados formalmente soberanos, la capacidad de suscribir acuerdos internacionales (tratados, convenciones, protocolos), así como de unirse a organismos interestatales como miembros plenos. [45] Este atributo no lo retienen los estados subordinados de un “imperio formal” o de un “protectorado”.

Las precisiones efectuadas no resuelven aún las diferencias entre imperios informales y áreas de influencia. Como bien expresa James Onley: “Lo que para algunos historiadores es una esfera de influencia para otros es un imperio informal y viceversa” (Onley 2005: 35). Como sucede con el resto de los ordenamientos hegemónicos, comparten el hecho de encontrarse estructurados en torno a la jerarquía como principio ordenador. Asimismo, ni el control en ellos es total como en las experiencias colonialistas ni el resultado de una influencia construida sobre la base de un consenso extendido socialmente. En este sentido, aun cuando no exhiben como rasgo predominante un despliegue permanente de la fuerza militar, lo cierto es que esta posibilidad –a diferencia de las hegemonías benevolentes– permanece latente e incluso resulta frecuente. En consecuencia, las áreas de influencia y los imperios informales presentan rasgos de asertividad en lo que hace al empleo del poder coactivo que los aproximan –en este aspecto específico– más a las fórmulas jerárquicas de restricción formal de la soberanía (los imperios formales y los protectorados) que a las hegemonías benevolentes. Sin embargo, el reconocimiento de la posibilidad de que las periferias se “autogobiernen”, rasgo que convive con la potencialidad del empleo del poder militar por parte del centro, aleja a las áreas de influencia y los imperios informales del colonialismo y los desliza hacia el otro extremo del continuum.

James Onley (2005: 36) se encargó, en su trabajo sobre el imperialismo informal británico en el Golfo Pérsico, de realizar valiosos aportes de orden conceptual para distinguir entre imperios informales y áreas de influencia. Plantea que la principal diferencia se deriva de una variable de orden geopolítico regional: la existencia o no de amenazas por parte de otros estados poderosos con intereses en la zona. Puesto de otro modo, la divergencia radica en que mientras una relación de imperialismo informal supone la ausencia de una rivalidad imperial desafiante en la región, el concepto “área de influencia” no excluye la posibilidad de disputas interimperiales.[46] La contribución conceptual de Onley constituye un antecedente clave para el planteo de esta tesis.

Siguiendo esta línea argumentativa, el caso que es objeto de análisis en esta investigación refleja un tipo de relación que se puede describir más fielmente recurriendo al concepto de “imperio informal” que al de “área de influencia”. La dominación norteamericana en la República Dominicana a lo largo del siglo XX no enfrentó amenazas por parte de otras potencias que pudieran poner en entredicho la relación de subordinación y control. En otras palabras, las relaciones entre centro y periferia no se vieron atravesadas por las tradicionales disputas interimperiales características de las áreas de influencia.

Sobre esta característica distintiva de los imperios informales –la “ausencia de rivalidad interimperial”– ya han reflexionado otros autores, aún cuando no hayan precisado el fenómeno con el mismo término que Onley. En particular, resultan interesantes los aportes de Paul K. MacDonald, quien en su construcción de una teoría “realista jerárquica” refiere a dos categorías que tienen implicancias para esta investigación: la “competencia anárquica” y la “vulnerabilidad estratégica”. El primero de estos conceptos remite a la puja que libran las grandes potencias por establecer relaciones jerárquicas en diferentes regiones del planeta (MacDonald, 2003: 40). El autor enfatiza –respecto de la tensión entre los Estados Unidos y la Unión Soviética durante la Guerra Fría– que la disputa tuvo lugar a nivel global, pero que las periferias inmediatas (América Central y el Caribe para el caso estadounidense, y Europa del Este para el caso soviético) se mantuvieron mayormente exentas de disputas entre Washington y Moscú. Sendas regiones, marcadas por la escasa distancia geográfica entre centro y periferia, no fueron objeto de disputas interimperiales (Hobsbawm 1998a: 230-231), por lo que las relaciones entre los estados parte y sus respectivos hegemones son susceptibles de ser definidas como imperialismos informales.

Igualmente importante para la mirada aquí desplegada –en especial para la diferenciación entre imperialismo informal y área de influencia– resulta el concepto “vulnerabilidad estratégica”. MacDonald remite con él al grado en que una relación jerárquica resulta vulnerable a la interferencia de grandes poderes rivales. Según se aprecia, se trata de una categoría estrechamente vinculada con la cuestión de la presencia o ausencia de rivalidad interimperial. La vulnerabilidad estratégica expresaría, desde el punto de vista de las formulaciones típico-ideales de esta tesis, la “línea de corte” entre los imperialismos informales y las áreas de influencia. Los argumentos de MacDonald contribuyen así al ejercicio de clarificación conceptual propuesto, en tanto la “vulnerabilidad estratégica” y la “competencia anárquica” se enlazan con el concepto “área de influencia”, subtipo específico de orden jerárquico que implica –a diferencia del imperialismo informal– diversos grados de rivalidad interimperial.

Una última cuestión que merece ser mencionada, y que fue ampliamente desarrollada por Michael Doyle (1986: 136), tiene que ver con la “estructura de polaridades del sistema internacional” y su impacto sobre las características que adquieren los vínculos interestatales asimétricos. Afirma Doyle:

Los sistemas multipolares tienden a la formalidad, esto es, a requerir instituciones formales para el ejercicio del poder imperial. Los sistemas bipolares, contrariamente, tienden a la informalidad, es decir, a permitir arreglos informales en el ejercicio de la dominación […] Un sistema bipolar tiende a la internacionalización de los conflictos domésticos como resultado de la extensión transnacional de las pujas ideológicas y del faccionalismo […] Un sistema multipolar, por el contrario, crea incentivos para el ejercicio formal del poder […] una razón directa de ello puede encontrarse en las amplias posibilidades que una estructura multipolar ofrece a las regiones periféricas –de optar entre diferentes metrópolis– y, por ende, en las oportunidades que le otorga de negociar márgenes de independencia (Doyle 1986: 136)

El planteo de Doyle adquiere particular importancia para el argumento de esta tesis, en la medida en que la hipótesis central de esta investigación incorpora a la confrontación global como una variable independiente que ha condicionado el carácter militarizado del imperialismo informal estadounidense en la República Dominicana. No obstante, debe ser relativizado. El hecho de ser la República Dominicana, por su cercanía geográfica, casi una “extensión” del límite externo del actor imperial, restringió las posibilidades de rivalidad interimperial en la periferia del Caribe en la etapa anterior a la bipolaridad estratégica. Aun así, el hecho de que la única etapa de imperialismo formal entre las partes (1916-1924) haya tenido lugar en un mundo aún multipolar, lleva a contemplar especialmente el argumento de un autor de la sofisticación de Michael W. Doyle.

1.7. Consideraciones finales

Tanto en la introducción como en las primeras páginas del presente capítulo se advirtió sobre la necesidad de avanzar en algunas cuestiones de clarificación conceptual. No era conveniente abordar el caso del imperialismo informal de los Estados Unidos en la República Dominicana sin antes describir cuestiones esenciales como las que refieren a qué se entiende por “orden internacional”; cuál es el lugar de la “jerarquía internacional”; por qué es posible afirmar que un “imperio informal” es un subtipo específico de orden hegemónico; o por qué existen imperialismos informales de libre comercio y otros de tipo militarizado. Este ejercicio debía contribuir a marcar diferencias con categorías que históricamente habían sido empleadas de modo intercambiable como las de “área de influencia” o “protectorado”.

Con estas prioridades en mente, se pasó revista a tres clases de formulación típico-ideal de orden internacional, con el objeto de identificar en cuál de ellas encaja la categoría central de esta tesis. Tras describir las características de los órdenes de equilibrio de poder y constitucional, se puso el foco en los órdenes hegemónicos, es decir, en aquellos que se encuentran estructurados en torno a la jerarquía como principio ordenador. Dicha enunciación requería, a su vez, de un trabajo sistemático que permitiera marcar las diferencias con los abordajes convencionales de la disciplina –tanto neorrealistas como neoliberales– que habían desestimado la jerarquía en beneficio del concepto de anarquía internacional. Incluso aquellos trabajos que desde el “relacionismo contractual” habían tomado en consideración la jerarquía, la concibieron como una suerte de contrato entre partes despojado de los aspectos agonales de las relaciones de dominación y control en el sistema internacional.

El ejercicio de diferenciación entre los distintos órdenes hegemónicos, y particularmente la búsqueda de definir lo más fielmente posible al imperialismo informal, exigió dimensionar a la jerarquía como categoría de estudio y principio explicativo del orden. Ello supuso enunciar aspectos económicos y geopolíticos de las relaciones de control entre unidades políticas. Con fines de simplificación analítica se identificaron dos dimensiones del control: la económica, que comprende los aspectos financieros, comerciales y monetarios; y la geopolítica, que contempla los factores de orden estratégico-militar y doctrinario.

Finalmente, se avanzó en el ejercicio analítico tendiente a “ubicar” las relaciones interestatales de orden hegemónico dentro de un continuum de tipos ideales, que abarca desde los imperios formales o coloniales hasta las hegemonías benevolentes, pasando por los protectorados, los imperios informales y las áreas de influencia. El objetivo fundamental consistió en la búsqueda de una definición lo más precisa posible de los imperialismos informales. La tarea de ponderación conceptual del nivel de jerarquía económica y geopolítica, sumada a la consideración de aspectos como el manejo soberano o no de la política exterior y la existencia de “rivalidades interimperiales” en una determinada periferia, procuran dotar de especificidad y densidad teórica al concepto central de la tesis.

Los próximos capítulos se encuentran dedicados al estudio del imperialismo informal estadounidense-dominicano. Para ello, en primer lugar se presenta un desarrollo histórico general de las relaciones entre ambas naciones, para luego enfocar –en los capítulos subsiguientes– las dimensiones económica y geopolítica de la dominación de Washington sobre Santo Domingo.


  1. Esta ausencia de literatura especializada resulta particularmente evidente en el campo de la teoría de las relaciones internacionales. No sucede lo mismo en la historiografía, área que ofrece una importante cantidad de obras dedicadas al tema. La mayoría de los estudios historiográficos se ha enfocado en el imperialismo británico de libre comercio en el siglo XIX, si bien en los últimos años han aparecido diversos trabajos sobre las fuentes de expansión del imperialismo informal estadounidense y soviético. Estos últimos han tendido a contemplar, además de los factores económicos, la dimensión estratégico-militar de la expansión imperial. Respecto de los primeros, ver Robinson y Gallagher (1953), Bodelsen (1960), Platt (1968, 1973), Louis (1976), Jones (1980), Cain y Hopkins (1987), Thompson (1992), Hopkins (1994), Onley (2005), Vargas García (2006) y Brown (2008). Sobre los segundos, se sugiere consultar el clásico trabajo de Doyle (1986) y los ensayos de Wendt y Friedheim (1995), Lake (1996), Russell (2004), MacDonald (2004) y Schweller (2006). El auge de la historiografía en los estudios sobre el imperialismo informal, con el consabido predominio de los aspectos descriptivos y el escaso desarrollo de las categorías teóricas, ha dado como resultado una cuota de escepticismo en torno a la aplicabilidad del término. Sobre dicha controversia, ver Stoler (2006) y Brown (2008). Esta desconfianza en la eficacia del concepto es desechada en esta tesis. Por el contrario, se parte de la premisa de que uno de los problemas principales de los estudios historiográficos ha sido la escasa problematización del concepto.
  2. Una síntesis de las discusiones en torno al problema del orden internacional puede encontrarse en Russell (2004: 15-27).
  3. Tomar por objeto de análisis la “dimensión vertical del poder” supone adoptar una postura metodológica contraria a la de la escuela neorrealista en lo relativo a las relaciones de supra y subordinación en la política internacional. Kenneth Waltz, principal exponente del neorrealismo, entiende que el funcionamiento del sistema internacional sólo puede comprenderse a partir de la “dimensión horizontal” del poder, esto es, del papel que detentan las grandes potencias (Waltz 1988: 109).
  4. Sobre el primer tipo de mirada, centrada en el orden como efecto de la competencia interestatal, ver Organski (1968), Gilpin (1981) y Mearsheimer (2001). Respecto de la segunda perspectiva, enfocada en el conjunto de acuerdos y disposiciones que incluyen como un aspecto importante la dimensión cooperativa y de las instituciones internacionales, ver Bull (1977) y Rosenau y Czempiel (1992). Dos excelentes síntesis sobre el abordaje de ambas perspectivas son las de Ikenberry (2001) y Russell (2004).
  5. Alexander Wendt, desde el “idealismo estructural”, rebate la aproximación neorrealista que concibe a la lógica de autoayuda como la única posible en el sistema internacional. Partiendo de una mirada que pondera no sólo los atributos materiales de poder, sino principalmente el conocimiento, las ideas y las percepciones compartidas (“estructura ideacional” o “cultura”), señala que las relaciones interestatales pueden adquirir lógicas diferentes a la de la autoayuda, tales como las de “rivalidad” o “amistad”. Ver Wendt (1999: 247-312; y 2005).
  6. Tal fue el caso de Europa desde la segunda mitad del siglo XIX hasta el estallido de la primera Guerra Mundial, cuando las relaciones interestatales expresaron una “multipolaridad desbalanceada”, en un contexto de contigüidad territorial entre estados poderosos y amenazados, y predominio de la disuasión convencional. Ver Mearsheimer (2001: 44-45).
  7. Ejemplo de ello puede encontrarse en la distribución del poder global durante los años de la Guerra Fría (1947-1991), periodo en el que predominó una bipolaridad con disuasión nuclear también conocida como “equilibrio del terror”.
  8. Para esta corriente teórica, la disposición de armas nucleares por parte de las grandes potencias constituye, paradojalmente, un factor de creciente estabilización del sistema internacional (Waltz 1994: 159).
  9. Como precisa Roberto Russell (2004: 19), este tipo ideal de orden internacional tiene características convergentes con el orden que Raymond Aron llamó “paz por el derecho” y Hedley Bull denominó “solidaridad de las naciones”. Se sugiere consultar Aron (1973: 836) y Bull (1977: 238-240).
  10. La “seguridad colectiva”, manifestación del pensamiento idealista, expresa la contracara de la aproximación pesimista del realismo. Los autores y políticos liberales de principios del siglo XX, recuperando el ideario kantiano, plantearon como deseable un esquema de seguridad colectiva, al que aspiraron ver cristalizado primero en la Sociedad de las Naciones (1919) y luego en la Organización de las Naciones Unidas (1945). En su concepción ideal, se configuraba un sistema que buscaba la paz a través de la activa participación de sus miembros, los que ante cualquier amenaza debían reaccionar de modo solidario contra el agresor externo. Las primeras nociones de seguridad colectiva, asociadas a las reflexiones sobre la paz entre repúblicas, pueden encontrarse en el concepto de “paz separada” de Kant (1985) y posteriormente en el de “comunidades de seguridad” de Deutsch (1961).
  11. El concepto “sociedad internacional” se emplea según la aproximación de Hedley Bull y refiere a “un grupo de Estados que, conscientes de ciertos intereses y valores comunes, forman una sociedad internacional en el sentido en que se entienden obligados por un conjunto de normas en sus relaciones con otros, y comparten el funcionamiento de instituciones comunes” (1977: 13).
  12. En la visión de Ikenberry (2001: 3), los momentos fundamentales de construcción del orden internacional que han seguido a las “guerras hegemónicas” fueron: 1648 (Paz de Westfalia), 1713 (Paz de Utrecht), 1815 (Congreso de Viena), 1919 (Tratado de Versalles) y 1945 (Conferencia de Potsdam). Este autor señala que –desde el Congreso de Viena de 1815 que restableció las fronteras de Europa tras la derrota de Napoleón I– los grandes reconstructores de posguerra han tendido cada vez más al diseño de complejas arquitecturas institucionales para la gestión y el mantenimiento del orden internacional.
  13. En el primer plano, los dos cuerpos más importantes fueron la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y la alianza militar con Japón, ésta última cristalizada en la asunción estadounidense de la defensa exterior nipona. Por su parte, el orden económico global se buscó garantizar a través del apadrinamiento de una serie de instituciones que procuraron mantener unido, desde lo económico-financiero, al mundo industrializado. Entre las más relevantes cabe señalar a los organismos de Bretton Woods (Fondo Monetario Internacional y Banco Mundial), el Acuerdo General de Aranceles y Comercio (GATT, posteriormente devenido en la Organización Mundial de Comercio) y la Organización de Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE).
  14. Al respecto resulta significativo el abandono de la concepción militar de la era Clinton, que buscaba preparar a los Estados Unidos para combatir y vencer en “dos grandes teatros de guerra”. Bajo el gobierno de George W. Bush, Estados Unidos adoptó el ambicioso plan conocido como 1+4+2+1, es decir, defender totalmente un país (Estados Unidos), conducir operaciones de combate en cuatro regiones (Europa, nordeste de Asia, Asia del Este y Medio Oriente/sudoeste de Asia), derrotar a dos agresores en dichas regiones y vencer decisivamente en uno de esos conflictos a través de la ocupación de un país y el cambio de régimen existente allí.
  15. Entre los autores no realistas que abordaron la cuestión de la hegemonía en el campo internacional, cabe destacar el clásico trabajo de Robert Cox (1993). Este autor, una década más tarde –consumada la redefinición de la política exterior y de defensa estadounidense tras los atentados terroristas de 2001– volvió a reflexionar sobre las perspectivas del predominio global estadounidense. En este segundo trabajo introdujo la noción de “configuración imperial del poder”, expresión del poderío militar de Washington y del papel de esta nación como correa de transmisión de los intereses del capitalismo global. Ver Cox (2004).
  16. Un enfoque interesante al respecto es la teoría de la asimetría de Brantly Womack (2001, 2004), que pone especial énfasis en el papel del estado débil en la interacción con el fuerte. En la misma línea, ver Firsing (2011).
  17. Ha tendido a consolidarse una interpretación de la obra de Morgenthau como centrada en los aspectos materiales del poder. Esta lectura ha conducido a la proliferación de enfoques deterministas de la hegemonía. Cabe señalar que si bien Morgenthau (1986: 143-189) atribuye una cierta prevalencia a los factores materiales del poder, y entre éstos especialmente a los militares y económicos, no es menos cierto que pondera a los componentes inmateriales. A lo tangible (geografía, recursos naturales, capacidad industrial, aprestos militares, población), adiciona lo intangible (carácter nacional, calidad de la diplomacia, calidad de gobierno y apoyo popular para las políticas exteriores). Todavía más importante, la definición del poder que ofrece Morgenthau trasciende las interpretaciones estrictamente reducibles a la disposición de atributos materiales (1986:133).
  18. Robinson y Gallagher han referido a las “estructuras sociales de colaboración periférica” como aquellas élites o grupos de interés locales consustanciados con los intereses metropolitanos (Mommsen 1982: 90). Por su parte, Doyle (1986: 19-20), en su análisis de las relaciones entre centro y periferia, emplea el concepto “periferia imperializable”, que es aquella en la que se despliegan en toda su potencialidad las estructuras de colaboración periférica.
  19. Señala Carlos Escudé: “Esta diferencia entre grandes potencias y Estados relativamente débiles es suficientemente importante como para que los Estados no sean (como pretende Waltz) ‘unidades similares (like units) sin diferenciación funcional’ […] existe una ‘jerarquía’ incipiente en dicho sistema, donde opera un principio diferente al de la simple ‘anarquía’” (1995: 99).
  20. Esto implica optar por los estados como unidades de análisis. Desde el punto de vista de la teoría de las relaciones internacionales, tal decisión conlleva contemplar sólo de manera complementaria el aporte de los enfoques neomarxistas. Entre los más significativos en relación con la hegemonía y el imperialismo, se cuentan los de Amin (1974, 1992, 1997), Wallerstein (1979, 1996), Cox (1986, 1987), Chomsky (1993, 1994), Arrighi (1999), Hardt y Negri (2002) y Borón (2005).
  21. La siguiente afirmación de Waltz sintetiza esta postura: “La preocupación por la política internacional como sistema implica la concentración en los Estados que causan las mayores diferencias. Una teoría general de política internacional se basa necesariamente en los grandes poderes” (1988: 109).
  22. Esta definición es una adaptación de la desarrollada por MacDonald, quien en la construcción de su “teoría realista jerárquica” recurre al concepto de sistema: “Defino a la jerarquía como un sistema en el cual las relaciones de dominación entre los actores políticos están organizadas asimétricamente, de modo tal que una de las unidades políticas consciente y consistentemente controla, ya sea totalmente o en parte, las políticas de otros actores” (2003: 4).
  23. Señala Waltz: “El principio ordenador de un sistema nos da la primera información básica acerca del modo en que las partes de un reino se relacionan mutuamente” (1988: 122).
  24. Señala Paul K. MacDonald: “La jerarquía es desestimada pues se la considera menos importante que otros fenómenos de la política internacional, o bien explicada como un modo en que los estados pueden alcanzar la cooperación en condiciones de anarquía. Sin embargo, la jerarquía no es ni irrelevante ni se la puede reducir al concepto de anarquía. En anarquía, las relaciones entre los estados se caracterizan por ser soberanas, autónomas y libres. Por el contrario, las relaciones jerárquicas se distinguen por la subyugación, la dependencia y las obligaciones” (2003: 3).
  25. Afirma Waltz: “Para construir una teoría debemos abstraer de la realidad, es decir, dejar de lado casi todo lo que vemos y experimentamos […] Los científicos naturales buscan simplicidad: unidades elementales y teorías elegantes acerca de ellas. Los estudiosos de la política internacional complican sus estudios y afirman localizar cada vez más variables […] Una teoría posee poder explicativo y predictivo. Una teoría tiene, además, elegancia. Elegancia en las teorías de ciencias sociales significa que las explicaciones y las predicciones serán generales” (Waltz, 1988: 103-104)
  26. El término remite a las ideas postuladas en el siglo XIV por el lógico inglés Guillermo de Ockham, quien planteó que una explicación más sencilla es, probablemente, más atinada que una más difícil y compleja. En este sentido, la parsimonia refiere a la búsqueda de circunspección y simplicidad en la presentación de las explicaciones científicas.
  27. Afirma Waltz: “A partir de la teoría podemos predecir en el sistema la existencia de una fuerte tendencia al equilibrio. La expectativa no es que el equilibrio, una vez conseguido se mantenga, sino que un equilibrio, una vez alterado, será restaurado de una u otra manera. Los equilibrios de poder se constituyen de manera recurrente” (Waltz, 1988: 188-189).
  28. Pertenecen a esta corriente, además de los trabajos de Lake (1996, 2009), los de Lisa Martin (1992) y Katja Weber (2000).
  29. Afirma Lake: “La jerarquía no elimina la coerción pero modifica su papel y su significado en las relaciones internacionales […] Las ‘jerarquías internacionales’ promueven la ayuda mutua entre los estados. Basada en contratos sociales, la jerarquía implica derechos y obligaciones, y todavía más importante en términos concretos, supone compromisos que asumen entre sí las naciones poderosas y las subordinadas. La política internacional no es estrictamente un reino de autoayuda. Los estados poderosos protegen a los subordinados a través de la construcción de un orden político en el cual el recurso a la coerción es relativamente infrecuente, a la vez que acuden en ayuda de las naciones débiles para contrarrestar las amenazas y el empleo de la violencia por parte de terceros estados” (Lake 2009: 10).
  30. Señala Mommsen: “Entre los principales instrumentos del imperialismo informal, Robinson y Gallagher mencionan […] el proceso por el cual los círculos de las élites locales y los grupos de interés son persuadidos para cooperar con la metrópoli” (Mommsen 1982: 90).
  31. La noción de “periferia turbulenta” es una adaptación efectuada por Roberto Russell del clásico concepto “fronteras turbulentas” de John S. Galbraith (1960). Según el autor argentino: “Varios trabajos importantes han mostrado que también existen fuentes de expansión imperial en la periferia, tales como la estructura social de colaboración o no colaboración, la existencia de ‘fronteras turbulentas’ y la debilidad, inestabilidad o colapso de los estados periféricos” (Russell 2004: 42-43).
  32. Lake (2009: 63-92) desarrolla un muy sofisticado esquema de medición de la jerarquía internacional en base a criterios cuantitativos. Esta tesis, si bien reconoce su aporte y lo toma como una influencia decisiva, tiene menos ambiciones en el plano de las mediciones empíricas y más pretensiones desde el punto de vista definicional, donde el trabajo de Lake resulta algo más laxo. Ver Lake (1999; 2009: 53).
  33. Las premisas centrales de la teoría de la dependencia son: i) que el subdesarrollo se halla ligado con la expansión de los países industrializados; ii) que no es ni una fase en un proceso incremental hacia el desarrollo ni un punto de partida para alcanzarlo, sino una condición per se; iii) que desarrollo y subdesarrollo son las dos caras, antitéticas, de un mismo proceso; y iv) que la dependencia no se circunscribe a las relaciones entre unidades políticas, sino que también genera estructuras internas en las propias sociedades periféricas. En base a este conjunto de apreciaciones estructurales, Raúl Prebisch demostró empíricamente que, desde las últimas tres décadas del siglo XIX, tuvo lugar en el comercio internacional una tendencia permanente al menoscabo de la relación de precios entre las exportaciones de bienes primarios, por un lado, y las importaciones de manufacturas y bienes de capital, por el otro. Este deterioro de los “términos de intercambio” conlleva transferencias de ingreso desde los países subdesarrollados (productores y exportadores de bienes primarios) hacia los países desarrollados (productores y exportadores de manufacturas y bienes de capital). Ver Gunder Frank (1967), Furtado (1975), Sunkel y Paz (1975), Cardoso y Faletto (1977) y Prebisch (1998).
  34. Lake construye un sofisticado esquema para cuantificar la jerarquía en materia monetaria. Apoyándose en trabajos previos como el de Reinhart y Rogoff (2004) –quienes llegan a construir un continuum de 15 gradaciones en materia de dependencia monetaria–, refiere a cuatro situaciones: libre flotación, crawling pegs, tipo de cambio fijo y dolarización. Ver Lake (2009: 73).
  35. Cabe señalar que los indicadores de jerarquía geopolítica no son tan claramente discernibles por subdimensión como los indicadores económicos, dado que expresan de modo simultáneo una combinación de variables ideológicas, políticas y militares. En otras palabras, la medición de la jerarquía económica resulta más directa que la geopolítica. Así, mientras los planos financiero, comercial y monetario se relacionan abiertamente con indicadores que “juegan” segmentadamente sobre cada uno de ellos (endeudamiento externo; composición del comercio exterior; y sistema monetario y cambiario, respectivamente), no sucede lo mismo en el campo geopolítico. En este último, los elementos tienden a solaparse, siendo los indicadores (el despliegue de efectivos y la doctrina castrense) el resultado, muchas veces, de la incidencia convergente de la proximidad geográfica y de los aspectos de orden ideológico global.
  36. En vistas de la ponderación de la jerarquía en el campo geopolítico, el análisis del despliegue de tropas resulta ser un asunto con implicancias similares al establecimiento de bases militares.
  37. Un ejemplo de esta situación se produce cuando un gran poder, gracias al despliegue de efectivos y a la disposición de bases militares, emplea el territorio del país periférico para lanzar desde allí ataques, lo que puede convertir a la unidad periférica en objeto de retaliación. Lake (2009: 68) menciona el caso de la represalia iraquí contra Arabia Saudita como resultado de la operación “Tormenta del Desierto”, en el marco de la segunda Guerra del Golfo (1990-1991).
  38. Lake (2009: 68) pone el ejemplo de las tropas y bases militares estadounidenses desplegadas en Corea del Sur, Japón y Alemania Federal luego de la segunda Guerra Mundial. En este sentido, las fuerzas militares estadounidenses constituían un reaseguro para disuadir potenciales ataques de impronta sino-soviética provenientes de Corea del Norte, China o de los países del Este europeo. Sin embargo, la presencia militar norteamericana producía un efecto estratégico complementario, consistente en la inhibición de potenciales reminiscencias militaristas en Corea del Sur, Japón o Alemania Federal.
  39. El profundo nivel de internalización de la “Doctrina de Seguridad Nacional” impulsada por Washington condujo a transformaciones sustantivas en las misiones de las Fuerzas Armadas en los países latinoamericanos. La mayor parte de los gobiernos comenzó a contemplar como hipótesis de empleo del instrumento militar al denominado “enemigo ideológico interno”, esto es, a los movimientos políticos y organizaciones armadas emparentados ideológicamente con el comunismo. Un fenómeno semejante tuvo lugar en las zonas que quedaron bajo el influjo soviético tras la segunda Guerra Mundial. Allí, cualquier manifestación en favor del capitalismo occidental, las libertades políticas o la propiedad privada de los medios de producción fue obturada con “mano de hierro” por parte de los regímenes comunistas.
  40. Sobre los momentos de tensión y distensión a lo largo de la Guerra Fría, se sugiere consultar Hobsbawm (1998a).
  41. Si el actor periférico forjara una alianza militar con un actor externo no subordinado al mismo centro, la jerarquía internacional se vería reducida. De hecho, como podrá observarse cuando se haga mención a las diferentes formas típico-ideales de orden hegemónico, la conformación de un vínculo militar por fuera de la relación implica una ruptura con el concepto de imperio informal.
  42. Según Morgenthau, la forma más exitosa de salvaguarda de los intereses metropolitanos es el “imperialismo cultural”. En palabras del autor: “El así llamado imperialismo cultural es la más sutil y, en caso de llegar a triunfar por sí sola, la más exitosa de las políticas imperialistas. No pretende la conquista de un territorio o el control de la vida económica, sino el control de las mentes de los hombres como herramienta para la modificación de las relaciones de poder entre dos naciones” (Morgenthau 1986: 86).
  43. El concepto “imperialismo por invitación” fue introducido por Geir Lundestad (1986, 1990) para estudiar el vínculo entre los Estados Unidos y Europa en la segunda posguerra. Otros trabajos que han empleado el término son los de Tickner (2007) sobre la internacionalización del conflicto interno de Colombia y la injerencia estadounidense en el marco de la “guerra contra las drogas” y la lucha contrainsurgente; y Russell y Calle (2009), quienes ligan el “imperialismo por invitación” al concepto de “periferia turbulenta”. También Krasner (2001) refirió a la “pérdida de soberanía por invitación”.
  44. Puesto de otro modo, el vínculo asimétrico –tanto en el imperialismo informal como en las áreas de influencia– no implica ni el anexionismo territorial del colonialismo ni el abierto manejo de la política exterior periférica propia de los protectorados. Ahora bien, los imperialismos informales y las áreas de influencia tampoco conllevan un tipo de subordinación plenamente asentado en el consentimiento de la sociedad periférica, como resulta ser el caso de las hegemonías benevolentes.
  45. Se trata de una atribución que se deriva del principio de soberanía internacional legal (Krasner 2001: 28) y que remite a las “reglas constitutivas” de la sociedad internacional (Bull 1977: 140-141).
  46. En efecto, a la hora de sustentar empíricamente su argumento, Onley compara el imperio informal británico en Persia, Turquía, Egipto, Irak y Jordania –áreas no sujetas a disputas interimperiales– con las “áreas de influencia británica” en Kuwait, Bahrein, Qatar, los actuales Emiratos Árabes Unidos y Yemen, zonas éstas últimas que sí se encontraban en disputa con otros actores imperiales de la época (2005: 36).


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