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Conclusiones

A lo largo de esta investigación se abordó un tema íntimamente ligado con la construcción del orden político internacional. Las etapas formativas del orden representan momentos bisagra que precisan definiciones por parte de los grandes poderes. Ikenberry señaló que las grandes potencias se enfrentan a un dilema estratégico que podría resumirse en tres palabras: abandonar, dominar o transformar (2001: 4). Esta tesis se enfocó en el accionar de un estado poderoso (los Estados Unidos) inclinado a ejercer la dominación en su “periferia inmediata” (la República Dominicana).

Para ello se apeló a conceptos que no han sido predominantes en la teoría de las relaciones internacionales. Las nociones de orden hegemónico o imperio empleadas en esta tesis ocuparon un lugar marginal durante el siglo XX, aunque desde principios del siglo XXI han recobrado cierto espacio en las discusiones académicas. No obstante, su empleo suele ser impreciso, en particular el de la categoría central del trabajo: imperio informal. Con relación a esta última, se planteó su vinculación con un tema más amplio, abordado fundamentalmente por la historiografía: la condición imperial (o no) de ciertas potencias. Uno de los primeros debates en este sentido remite a la experiencia británica durante la etapa victoriana, a la que algunos historiadores definieron como un período “anti-imperial”. Gran Bretaña habría rechazado los medios tradicionales del imperialismo formal, inclinándose por la expansión del libre comercio y la colaboración de las élites periféricas.

Contra esta mirada, Robinson y Gallagher (1953) refutaron el carácter “anti-imperial” de Londres, advirtiendo que se trataba de un actor imperial diferente a sus antecesores, ya que no necesitaba de la anexión territorial para la consecución de sus objetivos. El debate sobre la informalidad imperial en el siglo XIX constituye un antecedente clave de este estudio. En efecto, resultó indispensable tomar como referencia el trabajo de aquellos historiadores, así como las políticas desplegadas por el “imperialismo británico de libre comercio”. Éstas representan la base de una dominación económica de dimensiones comparables a la detentada, durante el siglo XX, por los Estados Unidos en América Central y el Caribe. Asimismo, y pese a que lo económico constituye un aspecto nodal de los imperios informales, la presente tesis trascendió dicha esfera para contemplar los elementos de seguridad internacional. No puede perderse de vista, en este sentido, que cuando Robinson y Gallagher emplearon por primera vez el concepto referían a una estrategia que suponía desplegar tanto los medios económicos como los militares con el fin de abrir mercados en los que desembarcarían el capital y la cultura británicas, sin la necesidad de anexionar dichos territorios (Mommsen 1982: 86-88).

En base a estos antecedentes, se partió de un marco argumental que fijó proposiciones y conceptos con el objeto de recoger evidencia empírica que permitiera su ordenamiento e interpretación (Sautu 2005: 61). El trabajo se propuso inicialmente un ejercicio de desbrozamiento analítico tendiente a explicitar la categoría “orden hegemónico”, a partir de la identificación de la jerarquía como principio estructurante. Asimismo, se buscó discernir entre las diferentes variantes de orden hegemónico, con eje en el imperialismo informal. La noción de imperio que se utilizó en esta investigación es relacional y tomó como unidad de análisis a los estados nacionales. Esto implicó concebir al imperialismo como una relación de dominación basada en el control político y económico entre dos unidades políticas (Doyle 1986: 19). Al respecto, es importante señalar que si bien la literatura académica es voluminosa en cuanto a la cuestión “imperio e imperialismo”, poco se ha profundizado en el imperialismo informal. El eje de los estudios estuvo puesto en las experiencias colonialistas, por lo que la cuestión de la informalidad imperial –como ha advertido recientemente la historiografía británica– requiere aún de estudios sistemáticos. Este trabajo pretendió efectuar un aporte para superar parcialmente esa carencia.

Los imperios informales ocupan una posición intermedia en el continuum de variantes de dominación, que va desde los imperios formales hasta las hegemonías benevolentes, y que tiene a los protectorados, a los imperios informales y a las áreas de influencia como categorías intermedias. Los imperios informales se caracterizan por un extendido control político y económico de un estado central sobre otro periférico, sin absorción de su soberanía formal. Se trata de un tipo de dominación en donde ni el control sobre la política doméstica y exterior de la periferia es total como en las experiencias colonialistas (imperio formal) ni parcial (protectorados). Tampoco expresan sólo una influencia relativa sobre la periferia, atravesada por la disputa entre actores imperiales (áreas de influencia). En el imperialismo informal, la dominación del centro –pese a no apelar al anexionismo territorial– se halla virtualmente exenta de competencia interimperial (Onley 2005: 36).

En materia de objetivos, el trabajo tuvo como meta general contribuir a la discusión teórica de las relaciones internacionales, a partir de la revalorización de conceptos como “orden hegemónico”, “jerarquía” e “imperio informal”. Se procuró ofrecer una lectura alternativa a las corrientes dominantes durante el siglo XX, que se han enfocado en el estudio de las relaciones entre las grandes potencias (“dimensión horizontal del poder”). Este tipo de lectura postergó, en buena medida, el estudio de las relaciones entre estados centrales y periféricos (“dimensión vertical del poder”). En cuanto a los objetivos específicos, la tesis se sumergió en el estudio de caso domínico-norteamericano. Dado que la dominación económica constituye una variable permanente en el imperialismo informal, el trabajo trascendió dicho plano para adentrarse en la dimensión geopolítica. La militarización de la relación centro-periferia ha sido recurrente en el imperialismo informal estadounidense, mientras que ha resultado marginal en la experiencia que dio origen al empleo del término: la británica en el siglo XIX.

En efecto, la tesis exhibe que fueron los conflictos globales (políticos e ideológicos) los que explican la mayor militarización en la experiencia estadounidense. La amenaza europea en la primera parte del siglo XX y la intimidación soviética durante la Guerra Fría, aun sin constituir verdaderas rivalidades interimperiales, influyeron decisivamente en el intervencionismo militar en la cuenca del Caribe. También en el terreno geopolítico reside el segundo factor que explica esta creciente militarización: la proximidad entre centro y periferia. En síntesis, la principal hipótesis que se buscó comprobar es que han sido los factores geopolíticos, más que los económicos, los que mejor expresan las particularidades del imperialismo informal estadounidense, dando lugar a un “imperialismo informal militarizado”, diferenciable del clásico “imperialismo informal de libre comercio”.

En el plano metodológico, se empleó un diseño cualitativo, ajustado al método conocido como “estudio de caso desviado” (Lijphart 1971: 691-693). Esto significa que el caso se selecciona en función de su importancia teórica; y que al desviarse de la propuesta teórica original, la enriquece por medio de una nueva conceptualización. Como advierten Dogan y Kazancigil: “Los estudios de caso desviados debilitan la propuesta original, aunque sugieren una proposición modificada que la hace más fuerte” (cit. en Ortega Expósito 2012: 83). En este sentido, la construcción del concepto “imperialismo informal militarizado” representa una proposición teórica que busca enriquecer la densidad del concepto formulado originalmente por Robinson y Gallagher (1953). En cuanto al extenso periodo de estudio abordado, la tesis se apoyó en las prescripciones del institucionalismo histórico (Pierson 2003; Pierson y Skocpol 2008), enfoque que recoge el aporte de la “historia de larga duración” de Braudel (1979), y que analiza los procesos causales y los resultados políticos trascendentes en ciclos prolongados.

El trabajo contrastó el marco teórico a través de la evaluación de las relaciones de dominación económica y geopolítica. En cuanto a lo económico, se analizó la dependencia financiera, comercial y monetaria; y en materia geopolítica, se evaluó la incidencia de la proximidad geográfica y de los conflictos político-ideológicos de orden global. La contrastación de las dimensiones del control arrojó que, efectivamente, la relación entre los Estados Unidos y la República Dominicana se enmarca en un “imperialismo informal de tipo militarizado”.

En el plano financiero, la tesis se enfocó en el nivel de endeudamiento externo del actor periférico. Desde principios del siglo XX –en un proceso que ya venía perfilándose desde fines del siglo XIX– se detectaron los elementos propios de un vínculo imperial informal. Como surge de la información empírico-descriptiva, la evidencia sobre la relación de control financiero de Washington sobre Santo Domingo es abrumadora. Ese nivel de dependencia pudo observarse en el crecimiento de la deuda externa dominicana, cuyo rasgo saliente ha sido el peso decisivo que detentan los Estados Unidos como acreedor casi exclusivo de esa deuda. Adicionalmente, se describieron algunas particularidades de ese endeudamiento. En este sentido, el papel del gobierno norteamericano pasó –luego de casi siete décadas de intervención directa a través de empréstitos y acuerdos bilaterales– a estar mediado por el rol de los organismos de crédito internacionales. Esta particularidad no alteró en absoluto la existencia de una relación de control financiero entre centro y periferia, sino que expresó un cambio en su fisonomía.

En el plano comercial, el trabajo abordó la penetración del comercio exterior –exportaciones e importaciones– del actor imperial en el país periférico. Desde principios del siglo XX –y con mucha claridad a partir de la primera Guerra Mundial– fue posible distinguir los rasgos típicos del imperialismo informal en su faceta económico-comercial. Esto significó, por un lado, la verificación de una participación excluyente de los Estados Unidos en el comercio dominicano de exportación e importación; y por el otro, la ausencia de rivalidad interimperial, es decir, la inexistencia de vínculos comerciales significativos de la República Dominicana con otros actores del sistema internacional. Adicionalmente, la dominación comercial estadounidense se vio reforzada por algunos supuestos advertidos hace mucho tiempo por la teoría de la dependencia. En particular, por aquellos estudios que han puesto el foco en los términos de intercambio desfavorables para los países periféricos. Lejos de la diversificación productiva prometida por los gobiernos dominicanos a partir de la década de 1960, la economía del país caribeño continuaba exhibiendo, hacia el final del periodo de estudio de esta tesis, una producción exportadora abrumadoramente concentrada en productos primarios. En paralelo, la importación de manufacturas y bienes de capital se mantuvo completamente dependiente de los Estados Unidos. En definitiva, de la información empírico-descriptiva volcada en la investigación surge que el control comercial de Washington sobre Santo Domingo adquirió todas las características de un fenómeno estructural.

En el plano monetario, la tesis se enfocó en la penetración del centro en los sistemas monetarios y cambiarios de la periferia. Una primera cuestión que arrojó la investigación es que esta dimensión del imperialismo informal ha sido menos estudiada que otros aspectos del mismo fenómeno. Asimismo, hay un elemento que debe ser adecuadamente ponderado: el imperialismo informal estadounidense no promovió en el terreno monetario lineamientos uniformes a través del tiempo. Tras los intentos dolarizadores de las primeras dos décadas del siglo XX, el ímpetu en esa dirección no sólo se debilitó tras la primera Guerra Mundial, sino que se revirtió. Durante las décadas de 1940 y 1950, los “doctores monetarios” del Departamento del Tesoro y de la Reserva Federal revisaron los lineamientos de sus predecesores, promoviendo que los gobiernos de la región “desdolarizaran” sus sistemas monetarios. El resultado fue paradójico: al igual que otros países de América Latina y el Caribe, la República Dominicana se mantuvo fuertemente atada al dólar. Incluso tras el rediseño del sistema monetario y bancario durante la era Trujillo, los dominicanos continuaron formulando sus contratos y pagos en la divisa norteamericana. Esto revela hasta qué punto se hallaba internalizada la concepción monetaria dolarizada asociada al imperialismo informal estadounidense. En términos teóricos, los niveles de jerarquía monetaria fueron máximos durante la totalidad del periodo analizado, ya sea bajo el diseño de un esquema de dolarización pleno o de currency board.

En materia estratégico-militar, el indicador clave de la dominación geopolítica norteamericana fue la proyección de tropas como consecuencia de la proximidad geográfica. Tres veces en seis décadas –en 1905, en 1916 y en 1965– los Estados Unidos desplegaron masivamente a los marines en Santo Domingo. Sin embargo, como señala Lowenthal, el involucramiento militar norteamericano “ha precedido a la primera intervención y trascendido a la tercera” (1970: 30).

En febrero de 1905, en el marco de la política expansionista que los Estados Unidos venían desarrollando desde 1898, el presidente Theodore Roosevelt pronunció su famoso corolario a la doctrina Monroe. Washington impidió desde entonces los bloqueos, bombardeos u ocupaciones de las aduanas americanas por parte de las potencias europeas. En cuanto al periodo de ocupación militar directa (1916-1924), la República Dominicana se constituyó como una geografía estratégica en el contexto de la primera Guerra Mundial. Independientemente de la eventual amenaza que pudieran representar los submarinos de guerra alemanes, Washington consideró que resultaba indispensable la ocupación territorial y el gobierno directo de esta “periferia inmediata”. Durante la era Trujillo (1930-1961), la incidencia militar norteamericana se hizo sentir en dos sentidos diferentes, ambos reveladores del imperialismo informal militarizado. Durante la mayor parte del periodo, Trujillo fue un aliado incondicional, tanto en la etapa de la segunda Guerra Mundial como en los primeros años de la Guerra Fría. En la última parte de la década de 1950, sin embargo, la incidencia de Washington cambió su orientación. El actor imperial debió intervenir frente a un dictador que, acorralado por las circunstancias, amenazaba con desandar el camino de aquiescencia construido durante tres décadas. La inteligencia norteamericana jugó un papel decisivo en el plan que culminó con el asesinato de Trujillo en 1961.

Las intervenciones militares no cesaron en los años posteriores a la muerte de Trujillo. En abril de 1965, el presidente Johnson autorizó el desembarco de los marines, en el marco de una guerra civil y de infundados temores acerca de la instalación de un gobierno comunista. La proyección de poder fue colosal: se desplegaron 40.000 soldados. Con el fin de la guerra civil y la instalación de Balaguer en el poder en 1966, la incidencia norteamericana en términos militares no menguó, sino que se expresó a través de otros canales. Los sucesivos gobiernos se allanaron sin restricciones a los lineamientos estratégico-militares de Washington, que ahora incluían nuevas “recetas” para desalentar la insurgencia revolucionaria. Los programas de asistencia militar del Pentágono comprendían novedosos aspectos de “acción cívico-militar”, que debían complementarse con los tradicionales esfuerzos operativos en materia contrainsurgente. A partir de 1980 los Estados Unidos impulsaron importantes transformaciones estratégicas que complejizaron el espectro de amenazas con la incorporación de las “Guerras de Baja Intensidad” (GBI). La participación de los militares dominicanos en la “guerra contra el narcotráfico” fue la más novedosa expresión del control estratégico-militar de los Estados Unidos en la etapa final de la Guerra Fría.

En materia doctrinaria, la presencia de conflictos políticos e ideológicos de nivel internacional, tanto durante la etapa de las guerras mundiales como durante la Guerra Fría, condicionó el desarrollo de la doctrina castrense en las fuerzas militares dominicanas, con una marcada orientación interna, policial y contrainsurgente. A su vez, esto significó un creciente alejamiento de la preparación profesional para la guerra externa, responsabilidad que fue absorbida por el actor imperial. Un primer elemento en este plano fue la introducción de una Guardia Nacional en reemplazo del tradicional Ejército Nacional, lo que tuvo una incidencia determinante en la historia dominicana del siglo XX. El ejército dominicano se convirtió en una guardia constabularia, cuyas misiones pasaron a ser la pacificación de los conflictos entre facciones internas, el desarme general y la ocupación del territorio. La reforma doctrinaria y organizacional implementada por los marines fue clave para los intereses de Washington, no solamente en el periodo de su inmediata implementación, sino en décadas posteriores. La lucha anticomunista durante la Guerra Fría (1947-1991) abrevó en las reformas doctrinarias implementadas durante la etapa de ocupación. La formación contrainsurgente de los militares dominicanos por parte de oficiales estadounidenses se profundizó durante los años de Trujillo, por lo que la persecución interna se constituyó en una verdadera especialización técnico-represiva de los cuerpos armados.

La etapa post-trujillista también estuvo signada por una orientación doméstica para las Fuerzas Armadas. En el delineamiento de estos objetivos jugó un papel clave el Grupo de Asistencia y Asesoría Militar (MAAG) de los Estados Unidos. Se buscaba dejar atrás la noción predominante hasta entonces en el Pentágono –centrada en una mirada táctica de la lucha antiguerrillera– para pasar a una concepción “amplia” de la contrainsurgencia. En ella debía primar un enfoque integrado cívico-militar para socavar “el atractivo de los movimientos radicales” (Maechling 1990: 39-40). Por otra parte, también acicateado por Washington, las Fuerzas Armadas dominicanas desempeñaron el papel de actor pretoriano del sistema político. Cuando hacia el fin de la Guerra Fría los uniformados ya no desempeñaban un papel político gravitante, fue nuevamente la agenda de los Estados Unidos la que incidió en la doctrina de las nuevas misiones militares dominicanas. A la contrainsurgencia se sumó la lucha contra el narcotráfico, resultado de la actualización estratégica del Pentágono bajo la denominada doctrina GBI (“Guerra de Baja Intensidad”). La era Reagan conllevó cambios significativos para los instrumentos militares del Caribe, de los cuales la República Dominicana no permaneció exenta.

La evidencia empírica recogida a lo largo de la investigación permitió verificar los aspectos más relevantes del marco teórico. La contrastación de las diversas dimensiones del control arroja que la relación entre los Estados Unidos y la República Dominicana se enmarca en lo que ha sido definido como un “imperialismo informal de tipo militarizado”. La construcción de esta categoría –como variante diferenciable del “imperialismo informal de libre comercio”– ha permitido enriquecer la densidad teórica del concepto formulado originalmente por Robinson y Gallagher (1953). De este modo, se ha procurado contribuir –por medio de los hallazgos del caso domínico-norteamericano– a llenar parte del vacío advertido por la historiografía británica sobre la falta de estudios sistemáticos sobre el imperialismo informal.



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