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Conclusión

En la introducción de este trabajo habíamos presentado dos tipos de lecturas con respecto a la teoría del conocimiento de Tomás de Aquino: las lecturas intencionalistas e inmaterialistas. Decidimos dedicarnos al estudio de este tema en el plano del conocimiento sensible, puesto que es allí donde se presentan todo tipo de problemas para ambas interpretaciones. Nuestra idea fue dejar a un lado la posición de los autores inmaterialistas para centrarnos en profundizar la tesis de los intencionalistas. Observamos los problemas que se le presentan a esta lectura y analizamos las soluciones que se han planeado y podrían plantearse. El estudio pormenorizado del esse intentionale nos llevo a admitir la lectura de los autores inmaterialistas, a saber, que el criterio de cognitividad es la inmaterialidad. Pero veamos este proceso de una manera un poco más detallada.

Basándose en las tres tesis de la teoría de la intencionalidad de Brentano, los autores intencionalistas sostienen que el criterio de cognitividad consiste en afirmar que un ente X es un ente cognoscitivo si y solo si posee formas que tienen una existencia intencional. Nuestro plan fue observar de qué manera esto es cierto en la teoría del conocimiento sensible de Tomás de Aquino. Siguiendo a Aristóteles, el Aquinate sostiene que la percepción consiste en una alteración o inmutación. Existen dos tipos de inmutaciones: una natural y otra espiritual. La inmutación natural consiste en la sustitución de una forma sensible por otra, esto supone la corrupción de la primera forma y una modificación material. Por su parte, la inmutación espiritual consiste en la recepción de una forma sensible pero no hay sustitución, sino que actualiza los poderes sensitivos. La forma sensible contenida en los sentidos posee un esse intentionale.

Como todo ente material puede ser inmutado naturalmente, “si sólo la inmutación natural fuera necesaria para sentir, todos los cuerpos físicos, al ser alterados, sentirían”,[1] pero como esto no se da en la realidad, es necesario postular la existencia de una inmutación espiritual que explique la distinción entre seres cognoscentes y no cognoscentes. Tomás de Aquino afirma que para que haya percepción se necesita que los órganos sensorios estén debidamente dispuestos para recibir las formas intencionales. Esto se logra por medio de la inmutación natural, que es diferente en los distintos sentidos e incluso no es necesaria para la visión. Ahora bien, si los órganos per se ya estuvieran debidamente preparados, sería suficiente con que fueran inmutados espiritualmente para que un ente perciba. Según el dogma católico, este fue el estado de Adán en el paraíso y será la situación en la que estarán los resucitados en la vida venidera. Esto parece demostrar que, hablando absolutamente (simpliciter), el criterio de cognitividad intencionalista es verdadero. Sin embargo, surgen varios problemas cuando se estudio con detenimiento la inmutación espiritual.

Mostramos las posiciones que sostenían que así como la inmutación natural altera el cuerpo del sintiente, la inmutación espiritual supondría una inmutación de su espíritu o mente. Pero Tomás de Aquino nunca afirma esto, sino que sostiene que ambas inmutaciones alteran los órganos, es más, no solo los entes con poderes sensitivos son inmutados espiritualmente, sino que también lo es el medio transmisor de formas sensibles. El Aquinate afirma de manera explicita en varias de sus obras que el aire y el agua son inmutados espiritualmente. La postulación de una inmutación espiritual permite entender el contacto entre los objetos y los sentidos, necesario para la percepción, sin admitir la acción a distancia. En efecto, las formas sensibles que se encuentran en los objetos viajan por el medio hasta llegar a los sentidos, activando de esta manera los poderes de cognición. Es por ello que Tomás presenta la teoría de la inmutación espiritual del medio como una evolución con respecto a la teoría de los filósofos antiguos.[2]

Las características de la inmutación espiritual son las siguientes: a) no produce cambios materiales; b) admite la presencia de formas contrarias; c) permite que haya percepción de objetos no inmediatos; d) explica la percepción sin postular la acción a distancia. Es innegable que para Tomás de Aquino hay entes no cognoscitivos que poseen formas que tienen una existencia intencional, lo que muestra el error del criterio de cognitividad intencionalista. Sin embargo, los autores que sostienen esta posición presentan algunas posibles salidas al problema. Nosotros presentamos dos versiones del criterio de cognitividad intencionalista: el cuantitativo y el cualitativo.

Pasnau, el representante del criterio de cognitividad cuantitativo, afirma que en realidad la inmutación espiritual no representa ningún problema para la lectura intencionalista, por lo que no habría que realizar modificaciones. Este autor se encarga de aclarar los supuestos que lleva implícito el criterio. La diferencia entre los entes cognoscitivos y los no cognoscitivos no radica en la presencia o ausencia de formas intencionales, ni tampoco en una cualidad que uno poseería y el otro no. Los seres cognoscitivos tienen una mayor aptitud para recibir, poseer y procesar una gran cantidad de información (“formas intencionales”), mientras que los no cognoscitivos tienen una aptitud menor, por eso poseen menos formas y de una manera más rudimentaria. Pero siempre hay que tener en cuenta que “[l]a diferencia entre el aire o el agua y el poder de visión u oído es meramente cuantitativa más que cualitativa”.[3]

Mostramos que esta postura es implausible por dos motivos. Primero, presenta una solución ad hoc, puesto que Tomás de Aquino jamás habla de una menor o mayor aptitud para recibir formas. Segundo, aun aceptando su argumento, el problema persistiría porque lo cierto es que el aire y el agua poseen formas intencionales, por muy rudimentaria que sea su aptitud para ello. Cuando uno tiene que decidir si colocar estos elementos junto con los entes que no poseen ninguna aptitud para recibir intenciones, como lo son los entes inanimados y las plantas, o ubicarlos con los entes que sí tienen esta aptitud, los entes cognoscitivos, debe optar por el segundo grupo. Se observa que esta versión del criterio intencionalista falla en su intento de resolver el problema originario.

Autores como Perler, Tellkamp y Burnyeat toman conciencia de los defectos de ese camino y deciden buscar alguna cualidad que distinga a los entes cognoscitivos, siempre respetando el criterio de cognitividad intencionalista. Observan que tanto Aristóteles como Tomás de Aquino se habían planteado este mismo problema, a saber, por qué el ojo ve y el aire no, si ambos son inmutados espiritualmente. La respuesta del Aquinate es que uno posee la capacidad de percibir las formas y el otro no. Esta es la cualidad que establece la distinción entre los entes cognoscitivos y los no cognoscitivos. A partir de esto completan el criterio intencionalista: un ente X es un ente cognoscitivo si y solo si poseen formas que tienen una existencia intencional y tienen la capacidad de percibirla.

Es cierto que los entes cognoscitivos poseen esta cualidad y que los entes no cognoscitivos carecen de ella, pero no puede ser esta la cualidad determinante porque no es realmente una marca distintiva. En efecto, Tomás de Aquino, al igual que Aristóteles, afirma que percibir consiste en recibir una forma sensible sin materia, o lo que es lo mismo, percibir es ser inmutado espiritualmente. Pero el aire es inmutado espiritualmente. Por eso, o bien se afirma que, por el hecho de ser inmutado, el aire percibe y, por tanto, posee la capacidad de percibir, o bien se admite que no es esta la marca distintiva. Además, se cae en un círculo vicioso o en un verbalismo cuando se afirma que un ente percibe porque tiene la capacidad de percibir.

Admitimos que los entes cognoscitivos tienen poderes cognoscitivos y que los entes no cognoscitivos no. También admitimos que percibir consiste en recibir una forma sensible sin materia, pero creemos que esta definición es incompleta. Ahora sabemos que percibir consiste en ser inmutado espiritualmente solo si el ente inmutado posee algún grado de inmaterialidad. Con esta aclaración se rompe con la idea de que percibir se identifica con ser inmutado espiritualmente. Esta última afirmación no es verdadera en todos los casos, solo lo es cuando el ente inmutado posee algún grado de inmaterialidad. Como el aire y el agua son elementos, lo que implica que son omnino materiales, para ellos ser inmutados espiritualmente no significa que poseen algún tipo de conocimiento. Esto podría ser válido para todo ente que carezca de algún grado de inmaterialidad, como por ejemplo las computadoras.

Llegamos a la conclusión de que la inmaterialidad es la marca distintiva de los entes cognoscitivos a partir del estudio del esse intentionale. En varias de sus obras Tomás de Aquino distingue entre las intenciones que tiene un ser completo, perfecto y permanente en los entes cognoscitivos, de las intenciones que tienen un ser incompleto imperfecto y en estado de flujo en los entes no cognoscitivos. Según las propias palabras del Aquinate, esta distinción se debe a que la materialidad del segundo tipo de entes no permite que las intenciones tengan un modo de ser permanente, por eso únicamente sirven como medios transmisores de formas. De aquí se concluye que la inmaterialidad de los entes cognoscitivos permite que estos posean formas intencionales de modo perfecto y permanente. La inmaterialidad, en última instancia, resulta ser el verdadero criterio de cognitividad.

Teniendo en cuenta las conclusiones a las que llegamos, definimos el criterio de cognitividad de la siguiente manera: Un ente X es ente cognoscitivo si y solo si posee un grado especifico de inmaterialidad, a saber, el que permite recibir formas intencionales de una manera perfecta, completa y estable. Sabemos que los animales son capaces de tener conocimiento sensible, de acuerdo con nuestro criterio de cognitividad debemos ser inmateriales en algún sentido. Esta inmaterialidad no basta meramente por la posesión de un alma, porque las plantas tienen un alma para Tomás de Aquino y sin embargo niega que sean capaces de tener algún tipo de conocimiento. Observamos que para el Aquinate hay una jerarquía en los entes, que va desde los más materiales a las más inmateriales, pasando por grados. Los animales tienen el grado más bajo de inmaterialidad, de hecho, se encuentran en un estado intermedio entre la materialidad y la inmaterialidad.

La incapacidad de ver esta gradación llevo a no comprender con propiedad la inmutación espiritual. Mostramos que hay autores que afirman que la misma es inmaterial y afecta al espíritu, mientras otros autores sostienen que la inmutación espiritual es material y afecta a entes corpóreos. La consecuencia natural de esta fluctuación está representada por la lectura de Tellkamp: la teoría del conocimiento sensible de Tomás de Aquino sería inconsistente. Pero esta no es la conclusión que nosotros admitimos. Admitido que hay gradaciones entre lo material y lo inmaterial, podemos ver que la inmutación espiritual se halla en cierto término medio, como dijimos. Es semi-inmaterial por el hecho de que afecta a entes materiales sin producir en ellos cambios materiales. Son el aire, el agua y los órganos los que son inmutados espiritualmente sin padecer ningún cambio material. El concepto que mejor describe el estatus ontológico de esta inmutación es spiritus, que puede ser aplicado tanto a entes materiales como a entes inmateriales y es el que mejor representa a los entes que se encuentran en un estado intermedio entre los estos extremos.

Habiendo iniciado el camino de revisar los conceptos centrales en la teoría del conocimiento sensible de Tomás de Aquino, decidimos aventurar otra lectura de los conceptos intentio y esse intentionale. Esta decisión no es caprichosa, sobre este concepto es que se erigió el criterio de cognitividad intencionalista y representa serios problemas al entenderlo como “dirigirse hacia” cuando se habla de intenciones permanentes e intenciones en estado de flujo. Una interpretación alternativa más convincente es entender el esse intentionale como ser informacional e intentio como información. Esta lectura es acorde a las conclusiones a las que arribamos, puesto que recibir formas intencionales es ser “informado” por las cualidades de los objetos. El conocimiento se produce cuando estas formas intencionales son recibidas en seres que poseen algún grado de inmaterialidad. Cuando son recibidas en seres materiales, la información fluye a través de ellas. En este punto podemos volver al objetivo del trabajo que mencionamos en la introducción del mismo, a saber, mostrar que ninguna de las tres características de la teoría de la intencionalidad en Brentano se encuentran en Tomás de Aquino. Ahora estamos en condiciones de poder afirmar que:

  1. El concepto de intentio, en el ámbito de la gnoseología, no significa “direccionalidad”, sino “mensaje” o “información”.
  2. El concepto de “existencia intencional” no es sinónimo de “existencia mental”.
  3. La posesión de formas intencionales no es algo propio de los seres cognoscitivos, ya que hay seres no cognoscitivos que poseen formas con una existencia intencional.

En este trabajo mostramos que no puede prescindirse de la inmaterialidad cuando se intenta comprender la teoría del conocimiento en Tomás de Aquino. Pero ¿implica esto que sí se puede prescindir de los conceptos de esse intentionale e intentio? Creemos que las conclusiones a las que hemos llegado nos aproximan a los autores inmaterialistas que afirman la supremacía de la inmaterialidad sin negar la intencionalidad. Nunca demostramos que puede haber conocimiento sin que haya intenciones, solo que el último criterio de cognitividad es la inmaterialidad. El criterio de cognitividad inmaterialista no anula los anteriores criterios, sino que los incorpora. Es necesario realizar este paso hacia la inmaterialidad porque si nos quedáramos con los criterios intencionalistas, que son parciales, se generarían muchísimos inconvenientes insalvables. De todas maneras pensamos que en última instancia sería posible prescindir de los conceptos de la teoría de la intencionalidad. Por ejemplo, con respecto al conocimiento de sí mismo, Tomás de Aquino afirma que se trata de un tipo conocimiento en el que no intervienen las intenciones. Si esto es así, la inmaterialidad sin la intencionalidad podría explicar la gnoseología tomista. Pero el estudio de este tema merece ser tratado en otro trabajo.


  1. Tomás de Aquino, ST I, q. 78, a. 3, co.: si sola immutatio naturalis sufficeret ad sentiendum, omnia corpora naturalia sentirent dum alterantur.
  2. Ver página 25.
  3. Pasnau, R. “What Is Cognition? A Reply to Some Critics”, American Catholic Philosophical Quarterly 76 (2002): 486: the difference between air or water and the power of sight or hearing is merely quantitative rather than qualitative.


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