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Conclusiones

La deconstrucción de la identidad no es la

deconstrucción de la política; más bien

instaura como política los términos mismos

con los que se estructura la identidad.

Judith Butler, El género en disputa[1]

A lo largo de esta tesis intenté reconstruir la noción butleriana de subversión, enfrentarla a la crítica y ponerla en uso con el fin de reivindicar el lugar de Butler como pensadora de lo político. Como vimos, esta noción es central en la filosofía política de la autora ya que nos remite a la forma en que la estructura de poder, la agencia y la transformación social se articulan en sus textos. Una de las ventajas teóricas del modo en que Butler articula estas tres dimensiones es que permite evadir tanto el determinismo (que anula las posibilidades de una agencia transformadora) como el voluntarismo (que devalúa al carácter performativo y, por ende, social de la agencia política). En esta última sección, entonces, quisiera sistematizar los elementos centrales que identifiqué en torno a la noción butleriana de subversión, dar cuenta de algunas ambigüedades que esta noción acarrea y profundizar la defensa del uso de la misma para el análisis político.

Podríamos definir a la subversión, de modo general, como un acto de repetición de las normas y prácticas vigentes que resignifica y desestabiliza su sentido previo. Sin embargo, esta definición no hace justicia a la riqueza del concepto ni a las distintas aristas que contiene su formulación en la obra temprana de Butler. A continuación, entonces, resumiré algunas de sus características principales tal como fueron presentadas a lo largo de la tesis.

Observaciones finales sobre la noción de subversión

La subversión es un acto interno al poder. Una de las grandes diferencias entre Butler y otras autoras feministas, por lo menos según la narración butleriana, es dónde localizar la fuente de la subversión. Como vimos a partir de su crítica a Kristeva y Rubin, para Butler no es posible postular que la política provenga de un ámbito por fuera, por debajo o exterior a la cultura ya que no tenemos acceso a esos ámbitos. Tampoco es conveniente estratégicamente ya que si imaginamos que la subversión procede de impulsos prepolíticos, terminamos soslayando el valor de las acciones concretas que se producen en lo social: “la subversión se transforma de esta forma en un gesto fútil, preservado sólo de un modo estético desrealizado que nunca puede expresarse en otras prácticas culturales.”[2] Defender el carácter interno de la subversión es posible sólo si se trabaja con una visión no determinista de la política, es decir, si se admite que hay posibilidades dentro del orden social para introducir acciones disruptivas. Es por eso que intenté mostrar que la noción de subversión está fuertemente vinculada a una concepción particular de la estructura política y de la agencia. Con respecto a la estructura, propuse que el carácter iterable del poder y sus normas es la condición de posibilidad de la subversión. Como señalé en varias ocasiones, el poder se produce y reproduce a través de una serie de repeticiones. Esto tiene un efecto paradójico: alimenta la apariencia de fuerza y estabilidad del poder, al repetirlo constantemente, a la vez que permite la introducción de elementos disruptivos ya que toda diferencia temporal habilita un desplazamiento en aquello que se repite. Es en la posibilidad de repetir con diferencia –habitando las normas previas pero con un giro, citándolas pero para retorcerlas– donde encontramos un lugar para la agencia subversiva. Así, el agente es entendido no en oposición al poder sino siendo formado, pero no determinado, por él. Esta formación nunca es completa. Por un lado, el poder siempre deja espacio para desplazar las normas hegemónicas. Por otro lado, junto a la producción de la normalidad, se construye un conjunto de formas de vidas ilegítimas que pueden retornar para frecuentar aquellas instituciones basadas en su exclusión, impulsando su transformación.

La subversión como parodia. Con relación al punto anterior, cabe destacar que cuando Butler habla de subversión suele invocar términos como resignificación, alteración, parodia, desplazamiento, iteración, cita con diferencia, o la idea de una “ley [que] se vuelve contra sí misma y produce permutaciones inesperadas de sí misma”[3]. Este tipo de uso terminológico nos da a entender que Butler privilegia una concepción de la transformación social alejada de las ideas de retirada, censura, ataque frontal o erradicación completa de lo culturalmente existente. Butler se distancia de quienes proponen eliminar radicalmente las normas vigentes por dos motivos. En primer lugar, porque a ella le interesa resaltar las posibilidades subversivas que aparecen cuando los agentes se reapropian de los recursos a mano, no cuando reniegan de ellos. En esta tesis busqué profundizar esta propuesta a partir del análisis de dos casos: la pornografía alternativa y el matrimonio igualitario. Según mi interpretación, ambos casos muestran cómo el sentido mismo de estas prácticas se ve alterado cuando quienes históricamente fueron excluidos de ellas se reapropian del dispositivo para torcer su contenido opresivo. En segundo lugar, Butler se aleja de las visiones radicalizadas al no postular ni un regreso melancólico a un estadio prepolítico (donde las posibilidades sexuales serían ilimitadas) ni proponer una utópica ampliación al infinito de las identidades de género. Como vimos, si hay una apuesta política en el texto de Butler es que quienes ya habitan los márgenes sexuales puedan tener vidas más vivibles. Esto no quita que no se desee un futuro más inclusivo, más creativo, menos hostil; pero sí invalida la lectura ingenua de la obra de Butler que la reduce a un mero ejercicio lúdico de multiplicación al infinito de los géneros y las sexualidades posibles. El horizonte utópico puede estar presente en su obra, en especial cuando ella expresa sus deseos políticos futuros, pero este horizonte último no es considerado el fin próximo de la acción política sino que es, justamente, un ideal regulativo al que hay que apuntar como norte de estrategias concretas, factibles y comprometidas con los recursos culturales presentes.

Las normas de la matriz heterosexual como blanco de la subversión. De acuerdo con Butler, existen ciertos ideales de género que regulan la inteligibilidad y legitimidad de las identidades genérico-sexuales y producen, así, una serie de conductas consideradas normales y un conjunto de prácticas abyectas. Algunos de estos ideales fueron ya tratados a lo largo de la tesis, como el binarismo de género, el dimorfismo sexual, la discreción e impermeabilidad de las categorías femenino y masculino, el vínculo causal entre sexo/género/deseo, la naturalidad y originalidad de la heterosexualidad, la homosexualidad y transgeneridad como desviaciones, etc. Si bien estas reglas se ejercen de forma violenta, constante y cotidiana, no son infalibles ni inmutables. La subversión, entonces, apunta a minar la potencia de estas normas no para librarnos de toda ley sino para habilitar el surgimiento de nuevas y más justas condiciones de género. A pesar de que uno no puede saber de antemano cómo será el futuro político, existen en la obra de Butler criterios para discriminar entre reiteraciones deseables y reiteraciones que profundizan la exclusión de los desobedientes de género. La subversión que Butler celebra no puede ir en cualquier dirección, como afirmaba Nussbaum. Estos criterios, no obstante, son tan contingentes, mutables y disputables como los actos políticos mismos.

No hay criterios universales para determinar si una acción es subversiva. Para Butler, no es posible afirmar que una acción de por sí sea subversiva, dejando de lado el contexto de su emergencia. La subversión no es algo que radica intrínsecamente en un acto sino que es una propiedad que le adjudicamos al mismo por medio de una interpretación retrospectiva que tiene en cuenta cómo surge la acción, con qué elementos del conjunto social interactúa, cómo es recibida y cómo circula. Como vimos en el primer capítulo, un buen ejemplo de la naturaleza relacional y retrospectiva de la evaluación política lo encontramos en el uso de la palabra queer. Este término no tiene el mismo sentido cuando es invocado por grupos homofóbicos que cuando es utilizado como bandera del movimiento de disidencia sexual. Si el sentido de las palabras, los discursos y las acciones es diferencial, es decir se forja en relación con el resto de los elementos del sistema, habrá que atender a cómo una palabra, un discurso o una acción entra en relación con otras instancias del sistema para poder hacer juicios sobre su valor subversivo. Además, cabe recordar que, según la filósofa, la subversión puede tener el mismo destino que las metáforas que pierden su fuerza metafórica y se consolidan en conceptos. Hay actos que pueden ser fuertemente disruptivos en un momento pero perder su capacidad disonante posteriormente. Esto es incluso más apremiante en las sociedades modernas en las que, paradójicamente, al mismo tiempo que se premia la normalidad, se fetichiza lo abyecto, subalterno o diferente. Como señala Butler:

las prácticas subversivas corren siempre el riesgo de convertirse en clichés adormecedores a base de repetirlas y, sobre todo, al repetirlas en una cultura en la que todo se considera mercancía, y en la que la «subversión» tiene un valor de mercado.[4]

De nuevo, los contextos cambian, las demandas se modifican, las acciones pueden anquilosarse y aquello que hoy motoriza la transformación social puede dejar de motivarla mañana o, incluso, puede convertirse en el blanco de nuevas subversiones. Sin embargo, esto no es motivo para lamentarse sino que describe el funcionamiento normal de la política democrática y el carácter falible y retrospectivo del juicio político. Dado que ninguna lucha concreta puede incluir a todos los miembros del orden social, es de esperar que sea seguida por nuevos enfrentamientos que hagan avanzar los derechos y el reconocimiento de quienes hasta entonces fueron excluidos.

No hay recetas infalibles para llevar adelante actos subversivos. En el prefacio de 1999 a El género en disputa, Butler hace una importante aclaración: “quiero puntualizar que la visión normativa positiva de este texto no adopta la forma de una prescripción (ni puede hacerlo) como: ‘Subvirtamos el género tal como lo digo, y la vida será buena’.”[5] Uno de los motivos por los cuales no puede darnos una fórmula de la subversión es que estaría incurriendo en una contradicción performativa, el enunciar en futuro algo que se atribuye en pretérito. La subversión es algo que adjudicamos retrospectivamente, una vez que tenemos elementos de análisis suficientes como para hacer tal interpretación, no es algo que podamos anticipar. Es imposible predecir si una acción será subversiva sin tener en cuenta el contexto en el cual esa acción emerge y es imposible saber de antemano qué forma adoptará el contexto de emergencia. Asimismo, como Butler ha señalado en repetidas ocasiones, el sujeto involucrado en la acción no es dueño de las múltiples consecuencias de la misma. La acción puede tener efectos no deseados que jueguen en contra, incluso, de los efectos que el agente intentó generar con sus actos. No obstante, creo que podríamos admitir un uso a futuro de la noción de subversión en el sentido o bien de un pronóstico falible o bien de una esperanza política del estilo “si llevamos a cabo este proyecto, podríamos aventurar que tendrá efectos subversivos”. Este tipo de enunciado puede aparecer no sólo en el activismo político sino también en las teorías políticas interesadas en las urgencias presentes. De hecho, si no creyéramos que lo que hacemos puede llegar a tener repercusiones positivas a futuro, sería difícil embarcarse en empresas políticas. La idea butleriana de subversión, a mi entender, sirve fundamentalmente para hacer juicios políticos retrospectivos o para aventurar proyecciones a futuro sí y sólo sí se tiene en cuenta su falibilidad.

La subversión como herramienta interpretativa falible y disputable. Es preciso tener presente que las acciones suelen tener varias consecuencias, muchas de ellas no deseadas. Así, algo que se cree subversivo a cierto nivel y en cierto contexto puede terminar generando exclusiones si tomamos en cuenta otros elementos del contexto. Como vimos en el segundo capítulo, cuando trabajamos el tratamiento butleriano de las actuaciones drag de París en llamas, la autora reconoce que se pueden hacer interpretaciones mixtas de las acciones políticas: hay prácticas que pueden reforzar sentidos previos al mismo tiempo que desplazan otros. Otro tipo de acción mixta y disputable es la que resulta subversiva para una parte de un colectivo pero no para otra. Como ha sucedido con cierto feminismo blanco, heterosexual y clase media, muchas veces lo que parece emancipador para un grupo de mujeres no lo es para todas. El feminismo que se olvida de las diferencias que existen dentro de la comunidad de mujeres puede terminar universalizando propuestas que, por más subversivas que sean para sus miembros hegemónicos, violenten al resto. Para resumir, entonces, cuando le adjudicamos valor subversivo a una acción tenemos que atender al contexto de emergencia, a su dominio de aplicación, a sus riesgos de anquilosarse y a sus distintas consecuencias, deseadas o no deseadas. Por todo eso, cuando uno pone en uso la noción de subversión debe admitir que es posible que ese mismo acto que consideramos subversivo sea interpretado, bajo otra óptica y tomando otros elementos del contexto, como un acto conservador. A su vez, hay que reconocer que es imposible estar completamente seguro de que una acción sea subversiva a largo plazo, a gran escala, o que mantenga a lo largo del tiempo aquel impulso transformador que supo tener en un comienzo. La lectura política de la realidad basada en la noción de subversión debe admitir que es inevitable revisar aquello que celebramos hoy. Así, comprometerse con la noción de subversión no implica una clausura interpretativa sino, más bien, asumir la inevitabilidad de la reescritura del pasado y reconocer la importancia de contar con lecturas plurales de lo acontecido.

Para seguir pensando

Ahora bien, además de desarrollar las características principales de la noción de subversión butleriana, a lo largo de la tesis sugerí que existen ambigüedades o puntos problemáticos en el planteo de la autora. A continuación, haré una breve síntesis de las mismas y propondré posibles líneas de desarrollo que refuercen la propuesta butleriana.

El vínculo entre subversión y desnaturalización. Como vimos en los dos primeros capítulos, en El género en disputa hay una ambigüedad entre comprender a la subversión como un corrimiento de las normas establecidas o como una desnaturalización de las mismas. Dicho de otro modo, hay una ambigüedad entre entender la subversivo como una efectiva transformación de las normas de género que afecte su forma de manifestarse en el mundo o bien comprender la subversión como una revelación genealógica del carácter contingente de la realidad de género. En ocasiones, Butler las entiende como dos ejercicios distintos pero por momentos las solapa. De hecho, cuando le atribuye valor subversivo a las actuaciones de drag, lo hace por su capacidad de desnaturalizar la distinción y jerarquía entre géneros reales y derivados. Este valor que se le da a la desnaturalización está en sintonía con su defensa de la labor genealógica. Si el género oculta su pasado performativo y se nos presenta como lo natural, entonces aquellas prácticas que saquen a la luz la artificialidad de los actos generizados pueden contribuir a la tarea de minar la originalidad y la fuerza de la heterocisexualidad compulsiva.

Ahora bien, si Butler se refiere a la subversión como un tipo de repetición con diferencia que desestabiliza y transforma la violencia normativa, no resulta tan claro que desnaturalización y subversión sean equivalentes. Por un lado, como Butler reconoce en Cuerpos que importan, puede haber actos que desnaturalicen la heterosexualidad al mismo tiempo que la reidealicen. A su vez, pareciera que la mera exhibición de que algo no es natural no implica que ese algo se transforme. Si bien podríamos afirmar, como hice más arriba, que sí implica un tipo de transformación –pasar de ser considerado necesario a ser considerado contingente– esto no implica necesariamente un debilitamiento de aquello que está naturalizado. Como vimos con Hacking, uno puede desnaturalizar el ideal de belleza corporal que vulnera la vida de muchas personas anoréxicas y, así y todo, no lograr que esas personas abandonen esa aspiración. La desnaturalización puede ser un instrumento políticamente útil, al atacar uno de los mecanismos principales de defensa de la heterosexualidad compulsiva, pero esto no significa que la subversión se pueda reducir a la revelación de la contingencia. Mostrar que lo que se presenta como esencial y natural es, en realidad, contingente, mutable e históricamente constituido es un paso importante –yo diría central– en la búsqueda de modificar su violencia normativa. Sin embargo, como señalaba Butler en Deshacer el género, algo más tiene que suceder para que un cambio efectivo acontezca: luchas colectivas, intervenciones institucionales, etc. Esto nos conduce a una segunda ambigüedad que algunos críticos remarcan en la obra temprana de Butler.

La subversión como acto individual o como estrategia colectiva. La conclusión de El género en disputa se titula “De la parodia a la política”, por lo que uno tiende a asumir que el libro culmina con el pasaje del análisis de las parodias drag a la postulación de su teoría política. Para algunos autores –como Penelope Deutscher y Martha Nussbaum– no resulta claro cómo se realiza ese pasaje o, peor aún, si ese pasaje efectivamente se da. Como vimos, según Nussbaum, Butler no puede hacer ese pasaje porque no hay una teoría política real en su obra. Esto es así porque carece de una visión de la justicia que le permita determinar qué repeticiones son aceptables y qué repeticiones no lo son y porque su obra no le da lugar al sujeto paradigmático de la política: el sujeto colectivo. Recordemos que, para Nussbaum, en El género en disputa, la autora sólo tiene ojos para pensar agentes individuales y privados.

Sin embargo, en los primeros párrafos de “De la parodia a la política”, sí aparecen referencias al “nosotras” del feminismo, el sujeto colectivo por excelencia del movimiento en que Butler se enmarca. Esto no significa que el sujeto colectivo sea aquél que ella efectivamente privilegia en su tratamiento de la política pero sí podemos entrever que tiene un interés por lo público-colectivo. Si bien no coincido con Nussbaum en que la postura de Butler conduce a un quietismo político, sí creo que su tratamiento de la agencia es tan general que puede dar lugar tanto a lecturas individualistas como a lecturas que apuntan a lo colectivo. A veces Butler introduce la cuestión de la agencia para pensar la constitución del “yo”[6], sin embargo, sus reflexiones sobre la constitución del “yo” también le sirven para pensar las coaliciones políticas. A su vez, cuando Butler analiza la capacidad subversiva de los vínculos amorosos butch/femme parecería que la subversión es un acto que sucede en relaciones privadas. Como vimos, aquí se hace patente uno de los grandes logros del feminismo: mostrar que las relaciones amorosas, personales y domésticas pueden ser sitios de acción política. No obstante, sabemos que no son los únicos espacios políticos a tener en cuenta y, de hecho, cuando Butler se pregunta por el “nosotras” del feminismo, sí parece interesarse por un agente colectivo que opera en la esfera pública.

Uno de los momentos en los que Butler atiende particularmente a la cuestión de la agencia colectiva en El género en disputa es cuando analiza las coaliciones políticas. Así como criticaba que la metafísica de la sustancia asumiera que existe un sujeto previo a sus acciones, Butler cuestiona los colectivos políticos que presuponen de antemano la identidad del grupo:

A pesar del impulso, claramente democratizador, que incita a construir una coalición, alguna teórica de esta posición puede, involuntariamente, reinsertarse como soberana del procedimiento al tratar de establecer una forma ideal anticipada para las estructuras de coalición que realmente asegure la unidad como conclusión. [7] 

Por el contrario, ella prefiere aquellas “políticas de coalición que no den por sentado cuál sería el contenido de ‘mujeres’” ya que “la forma misma de coalición, de un conjunto emergente e impredecible de posiciones, no puede imaginarse por adelantado.”[8] Así, la autora defiende una concepción de la comunidad política entendida como “coalición abierta”. Esta coalición se articula no a partir de una identidad previa compartida por sus miembros sino a partir de necesidades y urgencias que, una vez articuladas, conforman el sentido del grupo:

Así, una coalición abierta creará identidades que alternadamente se instauren y se abandonen en función de los objetivos del momento; se tratará de un conjunto abierto que permita múltiples coincidencias y discrepancias sin obediencia a un telos normativo de definición cerrada.[9]

Lamentablemente, en este libro Butler no profundiza sobre cómo estas coaliciones abiertas permiten repensar la política feminista y sus alianzas con otros movimientos sociales. Lo que sabemos es que, dentro de este marco, la coalición política es un producto contingente, abierto a nuevas rearticulaciones y constituido por posturas divergentes. Uno esperaría que, en la sección denominada “De la parodia a la política”, Butler utilice la noción de subversión para pensar actos colectivo y dé algunos lineamientos sobre cómo entender el modo en que estos grupos pueden repetir las normas con diferencias. Pero sus reflexiones versan sobre las condiciones de posibilidad de la acción política (la iterabilidad y las posibilidades de resignificar lo dado) y sobre un agente abstracto que bien podría ser colectivo como individual, bien podría actuar en la esfera privada como en la esfera pública. Posteriormente, como señalé en el capítulo dos, notamos en la obra de Butler un interés mayor por pensar y reivindicar actos políticos colectivos, desde la celebración que hace en Cuerpos que importan del potencial subversivo de las casas drag a su afirmación, en ¿Quién le canta al Estado-nación?, de que si hay una agencia políticamente efectiva es la agencia del “nosotrxs”[10].

A pesar de no contar con suficientes reflexiones sobre los sujetos políticos colectivos en El género en disputa, creo que hay elementos para recuperar del planteo butleriano, vinculados a su crítica a la metafísica de la sustancia, que permiten imaginar cómo funcionan esos sujetos. En este sentido, rescato la idea de que la identidad del grupo no puede ser determinada de antemano, o apelando a una estructura social previa, sino que será el resultado del encuentro y desencuentro, de las acciones e interacciones, de quienes conforman esta comunidad. Así, no habría una identidad previa que funcione como telos de la coalición sino que será la acción misma del grupo lo que defina su identidad misma. Otro punto que podemos rescatar es que a la base de la conformación de un colectivo político estará presente el antagonismo. Así como el sentido lingüístico se adquiere relacionalmente, aquello que aúne las diversas demandas y se erija como bandera política será constituido diferenciándose de un Otro que opere como exterior constitutivo. Aquí, la teoría de Laclau y Mouffe puede ayudarnos a entender esta operación y a ampliar la propuesta coalicional de Butler. Ellos sostienen que todo grupo hegemónico se constituye a partir de dos lógicas contradictorias: la lógica de la equivalencia y la lógica de la diferencia. Por un lado, los diversos elementos que se articulan en un grupo hegemónico se organizan en torno a un punto nodal. Este punto nodal detiene el flujo de diferencias y actúa como fijación parcial del sentido de las demandas. Para lograr agrupar demandas diversas, una de esas demandas tiene que vaciar su particularidad y funcionar metonímicamente como representante de la totalidad. Esta articulación no sólo es contingente, ya que no hay una necesidad estructural que determine qué elementos de la sociedad serán articulados, sino que sólo consigue una fijación parcial y revisable. Ahora bien, como no hay un principio fijo subyacente –una esencia– que determine la forma de la articulación política, el grupo se consolidará diferenciándose de un Otro, radicalmente otro, que antagoniza y disputa su sentido (y uso “Otro” en mayúscula para marcar su alteridad radical y para diferenciarlo de los otros “otros” que sí pueden ser equivalenciados en el grupo). Ese Otro no puede ser articulado al interior del grupo sino que funciona como una exterioridad constitutiva, es decir, como un límite que antagoniza al mismo tiempo que le da sentido a la articulación. Para que un grupo se articule hegemónicamente no sólo tenemos que contar con relaciones de equivalencia entre diversas particularidades sino también con efectos de frontera. Estas fronteras –que son inestables y contingentes– fijan la identidad del grupo pero sólo precariamente. Creo que ésta es una buena forma de entender y ampliar la idea de “coaliciones abiertas” de Butler. Un cambio en las fronteras resultará en un cambio al interior del grupo y en una nueva rearticulación de sus elementos constituyentes. A mí entender, las reflexiones posmarxistas hacen justicia a tres puntos centrales de la propuesta política butleriana: que toda identidad es una construcción política (y no el reflejo de algo previo o por fuera de la dinámica de poder); que la identidad se construye relacional y oposicionalmente; y que toda coalición contiene elementos convergentes y divergentes que impiden la clausura del orden social.

Sin embargo, la teoría de Laclau y Mouffe puede servir también para profundizar una propuesta política à la Butler ya que desarrolla ciertos elementos que no estaban tan presentes en El género en disputa, como las operaciones metonímicas que conforman el sentido de un grupo y el papel de las operaciones equivalenciales en la institución de un colectivo. Con esto no quiero decir que la teoría política butleriana no sirva, como afirmaba Nussbaum, sino ofrecer nuevos elementos para afianzar la propuesta de la autora.[11]

Aportes

A pesar de las ambigüedades y los aspectos que sería conveniente seguir elaborando, creo que hay ventajas teóricas de adoptar una perspectiva política basada en el concepto de subversión butleriano. En general, considero que es una buena herramienta para analizar cómo ciertos dispositivos se ven modificados a partir de la apropiación de quienes hasta entonces fueron excluidos por ellos. En particular, creo que puede servir para analizar actos políticos del movimiento con el que Butler y yo misma nos identificamos: el feminismo. Me gustaría cerrar esta tesis identificando algunos de estos aportes.

En primer lugar, creo que la teoría política butleriana nos brinda herramientas para cuestionar aquellos colectivos que se presentan como representando a la totalidad. Sobre este punto, Butler nos advierte que toda formación identitaria se gesta sobre la base de algún tipo de exclusión. No hay que desconfiar de quienes excluyen sino, más bien, de quienes dicen no hacerlo, como si fuera posible eliminar todos los antagonismos e incluir en un proyecto común al conjunto del universo social. En el caso del feminismo, esto significa que tenemos que mantener una postura crítica ante aquellas agrupaciones que dicen hablar por todas las mujeres o saber cabalmente lo que las mujeres necesitan. Vimos un caso paradigmático de este gesto colonizador cuando exploramos la pornografía hecha por y para mujeres.

En segundo lugar, la teoría política butleriana nos alienta a no deshacernos de las contradicciones que pueblan los sujetos políticos. En lugar de buscar un tipo de unidad a priori que determine el contenido de la lucha política –algo así como la esencia femenina o la esencia de la clase trabajadora– la identidad del grupo surgirá como resultado de la acción política. Así como el género es un hacer sin un agente previo, lo mismo puede decirse de la política. Esta identidad política, asimismo, es precaria, tenue, está atravesada por demandas plurales e inconsistentes que imposibilitan una clausura final. Son las contradicciones internas las que impiden, justamente, que el grupo se cristalice en una identidad fija. Las coaliciones políticas, además, no tienen muros de acero sino paredes permeables que pueden ir cambiando a medida que nuevas particularidades lleguen para disputar el sentido previo. Para volver al feminismo, estas reflexiones nos ayudan a entender cómo la incorporación de posiciones que entraron en disputa con las demandas feministas previas, lejos de obstruir el avance del movimiento, habilitaron cambios productivos tanto en su formulación teórica como en su práctica política. Recordemos, por ejemplo, cómo las demandas de mujeres minoritarias (lesbianas, trans, negras, latinas, clase baja) que decían no verse representadas por la imagen de la mujer que provenía del feminismo hegemónico, hicieron avanzar la teoría feminista hacia nuevas y más plurales concepciones tanto de la mujer como de su lucha política.

En tercer lugar, al hacer hincapié en las consecuencias no deseadas de las acciones y al desinflar el poder del agente de adueñarse de los efectos de sus actos, la teoría de la subversión nos pone en alerta ante las posturas intencionalistas que pretenden adjudicar el sentido de una acción a la mente y voluntad del agente. Como vimos, para Butler, las acciones adquieren sentido en la ocasión de su emergencia, a medida que entran en contacto con el resto de los elementos del sistema. No es algo que se pueda determinar ni atómicamente ni independientemente de su emergencia. Si bien Butler no negaría que existen intenciones y que estás tiene algún tipo de incidencia en la forma que adopte una acción, hay que estar atentos a las consecuencias no deseadas y los efectos impensados de nuestros actos. Estas advertencias son importantes porque nos permiten reconocer derivas opresivas dentro de grupos cuyas intenciones explícitas son emancipatorias. Para volver al feminismo, las palabras de Butler nos recuerdan que es importante mantener una postura constante de autocrítica ya que la reproducción del gesto imperialista, propio del machismo heterosexual, puede darse, incluso, al interior de un movimiento dedicado a cuestionar este tipo de gesto.[12]

En cuarto lugar, creo que la noción de subversión de Butler es una gran herramienta para reivindicar espacios que no fueron tradicionalmente apreciados como zonas políticas pero desde donde puedan emerger acciones disruptivas. Como vimos, su propuesta no es meramente constructivista sino deconstructivista, es decir, busca no sólo revelar los procesos por medio de los cuales se construyen las categorías de género sino también mostrar las fisuras inherentes al proceso de construcción. En especial, a Butler le interesa poner el foco sobre aquellas prácticas que fueron desdeñadas tradicionalmente pero que, a su entender, contienen potencial subversivo. El caso más claro es el de las actuaciones y comunidades de drag queens. Si para cierto feminismo la performance drag no hacía sino reproducir la lógica patriarcal y reforzar los estereotipos femeninos, para Butler estas actuaciones tienen valor crítico –al desnaturalizar la división entre géneros reales e irreales– y capacidad disruptiva en virtud de cómo resignifican la idea de familia y comunidad, por fuera de los mandatos de sangre de las familias heterosexuales tipo.

En sintonía con el punto anterior, y en quinto lugar, la propuesta de Butler permite entrever potencial subversivo no sólo en la arena estatal, institucional o partidaria sino también en aquellas acciones locales y cotidianas en las que cualquier individuo puede involucrarse. Como vimos, ella se hace eco del famoso dictum feminista “Lo personal es político”, mostrando que la política feminista se da donde sea que deba darse: en el Congreso, en la calle, en la cama. Si no existe un único poder central sino una trama de poderes capilares que se producen y reproducen en varios niveles, entonces es posible considerar que quienes no tienen el privilegio de asumir espacios de autoridad institucionales también pueden transformar las relaciones opresivas de género en los ámbitos en los que se desempeñan. El problema, a mi entender, es que en Butler esto culmina en una sospecha del Estado como sede del avance de las luchas democráticas. Según mi lectura, la noción de subversión no conduce necesariamente a esta desconfianza sino que nos permite indagar cómo la sociedad civil puede negociar y reapropiarse de las políticas públicas. En el caso del feminismo, las luchas concretas y locales fueron importantes impulsoras de cambios legislativos que, a su vez, hicieron mella en la sociedad civil. En lugar de hablar de oposición, podemos pensar en algún tipo de retroalimentación entre las luchas cotidianas y las políticas estatales. Según mi lectura, la noción de subversión permite desconfiar no tanto del Estado sino de las soluciones políticas unilaterales y apuesta, más bien, a pensar el poder en términos relacionales y como un proceso que involucra a varios actores de la comunidad política.

Por último, la teoría de la subversión butleriana nos otorga una serie de aclaraciones metodológicas beneficiosas a la hora de embarcarnos en interpretaciones políticas. La imposibilidad de hacer lecturas universales y fuera de contexto, los problemas inherentes a la predicción, la atención a los diversos niveles de efectividad de una acción política, la disputabilidad de nuestras interpretaciones sobre lo subversivo y la advertencia sobre el posible anquilosamiento de lo que alguna vez fue disruptivo, son puntos a tener en cuenta para hacer un análisis político sofisticado.

Para finalizar, me gustaría volver al epígrafe con el que comencé esta tesis, aquel que señala que el feminismo es sobre la transformación social de las relaciones de género. Judith Butler –quien ha aclarado que ella es una feminista y no una posfeminista[13]– formula una teoría de género que no es ajena a esta caracterización. A lo largo de esta tesis intenté mostrar la complejidad de su teoría política y las ventajas de asumir sus reflexiones como herramientas teóricas. La forma en que ella revisa la noción de la agencia, el modo en que concibe la naturaleza iterable y performativa del poder y la manera en que relaciona estas dos dimensiones para pensar la subversión, creo que hacen de Butler una pensadora de lo político por derecho propio. Su interés por contrarrestar la violencia de género y su compromiso con la lucha por una vida más vivible para quienes habitan los márgenes de la sexualidad, la sitúan como una referente insoslayable no sólo para el movimiento feminista sino para todo aquél que anhele una sociedad más inclusiva.


  1. Butler, Judith. El género en disputa…op. cit., p.288.
  2. Ibid., p.170.
  3. Ibíd., p.196.
  4. Ibíd., p.26.
  5. Ibíd., p.25.
  6. Por ejemplo en: Ibíd., p.278.
  7. Ibíd., p.67.
  8. Ídem.
  9. Ibíd., p.70.
  10. Butler, Judith y Spivak, Gayatri, Who Sings the Nation State? op. cit., pp.56-57.
  11. De hecho, el mismo Laclau marca la afinidad entre ambas propuestas cuando señala que toda acción política es paródica en el sentido butleriano del término, a saber, en tanto establece “una distancia entre la acción que está siendo realizada y la regla que está siendo puesta en práctica”. Laclau, Ernesto. “Identidad y hegemonía: el rol de la universalidad en la constitución de lógicas políticas” en: Judith Butler, Ernesto Laclau y Slavoj Zizek. Contingencia, hegemonía, universalidad… op.cit., p. 84.
  12. Esta crítica aparece en El género en disputa con relación al imperialismo epistemológico que Butler encuentra en Irigaray. Butler, Judith. El género en disputa… op.cit., pp.65-65.
  13. Por ejemplo, en la presentación de ¿Quién le canta al Estado-nación? en la 35a. Feria Internacional del Libro de Buenos Aires.


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