Otras publicaciones:

9789871867721_frontcover

9789877230383-frontcover

Otras publicaciones:

9789877230147-frontcover1

Book cover

1 Poder, performatividad y subversión

Es decir, del mismo modo que el pueblo separa el rayo

de su resplandor y concibe al segundo como un hacer,

como la acción de un sujeto que se llama rayo, así

la moral del pueblo separa también la fortaleza de

las exteriorizaciones de la misma, como si detrás

del fuerte hubiera un sustrato indiferente, que fuera

dueño de exteriorizar y, también, de no exteriorizar

fortaleza. Pero tal sustrato no existe; no hay ningún

“ser” detrás del hacer del actuar, del devenir;

“el agente” ha sido ficticiamente añadido al hacer,

el hacer es todo.

–Friederich Nietzsche, La genealogía de la moral[1]

Como consecuencia de una performatividad sutil

y políticamente impuesta, el género es un «acto»,

por así decirlo, que está abierto a divisiones,

a la parodia y crítica de uno mismo o una misma

y a las exhibiciones hiperbólicas de «lo natural»

que, en su misma exageración, muestran su

situación fundamentalmente fantasmática

–Judith Butler, El género en disputa[2]

Introducción

En este capítulo analizo los argumentos que Judith Butler presenta en El género en disputa para defender una concepción performativa de la identidad de género. Si bien esta tesis está particularmente interesada en la dimensión política de la obra de Butler, creo que es importante comenzar explorando la noción de performatividad ya que la autora la utiliza no sólo para pensar cómo el género se construye sino también cómo se puede construir de modo diferente. Es decir, se trata de una noción no sólo ontológica sino también política.

En primer lugar, reconstruyo los diálogos de Butler con las tradiciones teóricas que la preceden. Si bien busco identificar cómo el feminismo previo y el postestructuralismo marcaron la obra de Butler, me interesa también analizar aquellos problemas que la autora encuentra en las tradiciones precedentes y cómo busca remediarlos. A continuación, examino los lineamientos generales de la teoría performativa de género butleriana centrándome en cómo la autora entiende la idea de matriz heterosexual y el tipo de agente que constituye y es constituido por esa matriz. Finalmente, discuto qué tipo de visión de lo político se desprende de la teoría de género butleriana. Mi propuesta es que es en la triangulación de las nociones de agencia, repetición y subversión que podemos encontrar el corazón de su filosofía política. Teniendo en cuenta que la subversión es definida como una práctica política que, repitiendo las normas previas, logra introducir algún tipo de cambio en su sentido anterior, es necesario indagar qué tipo de agente es el que lleva a cabo el acto subversivo y cuáles son las condiciones de posibilidad para que esa subversión ocurra. Es por eso que antes de analizar cómo Butler entiende la subversión, me detengo en la manera en que caracteriza la agencia y la normatividad.

Este primer capítulo opera como antesala de las discusiones que se darán en los capítulos posteriores en torno a la coherencia y eficacia de la noción de subversión de Butler. De hecho, este capítulo busca reconstruir los aspectos teóricos en torno al género, el poder y la agencia que serán criticados en el capítulo dos y puestos a prueba en el capítulo tres.

Influencias teóricas

El feminismo anglosajón

Si consideramos que la mayor parte de las grandes obras filosóficas son escritas en respuesta a problemas que los autores perciben en teorías previas, El género en disputa no es ajeno a esta tendencia. Desde las primeras páginas de este libro nos encontramos con una caracterización del tipo de feminismo que Butler cuestiona. Se trata de aquél que se apoya, quizás sin saberlo, en una concepción esencialista de la categoría “mujer” como punto de partida de su teoría de género y como sujeto presupuesto de la representación política. Uno de los problemas que surge tras adoptar este tipo de compromiso ontológico y político –y es, probablemente, el problema que más le preocupa a Butler– es que se terminan idealizando ciertas expresiones de género como puras u originales en detrimento de otras que son relegadas a meros derivados de estas expresiones primarias.

Dentro del feminismo académico norteamericano, Butler advierte que es la mujer heterosexual la que asume la posición de género verdadero mientras que otras expresiones del deseo son consideradas o bien falsas o bien subsidiarias. Esta idealización de la mujer heterosexual es parte de una tendencia general que asume que la realidad de género está organizado de forma binaria y dimórfica. Si bien Butler no siempre identifica con nombre y apellido a las víctimas de su crítica, podemos rastrear dentro de la tradición feminista norteamericana algunas autoras que pueden caer bajo esta descripción.

Se suele considerar que a fines de los años 60 y principios de los 70 hubo una explosión de los estudios feministas en Estados Unidos. Obras de 1970, como Política Sexual de Kate Millet y La dialéctica del sexo de Shulamith Firestone, así como libros posteriores como The Reproduction of Mothering de Nancy Chodorow, de 1978, fueron influyentes en la constitución de un tipo particular de teoría feminista estadounidense. A pesar de que estas obras fueron consideras pilares en la expansión de los estudios de género, la generación posterior de feministas rechaza las formas reificantes y monocausales de comprender la opresión de las mujeres que aparecen en ellas. En el caso de Firestone, por ejemplo, se le cuestionó que para enfrentarse a los teóricos de izquierda –quienes creían que la opresión de género era subsidiaria a la opresión de clase– tuvo que recurrir a un discurso biologista y esencialista de la mujer[3]. Según Firestone, el papel subordinado de las mujeres se origina en el sistema más viejo y rígido de opresión que el mundo conoce, el patriarcado, y, por ende, precede a toda jerarquía y lucha clasista. Esta opresión se funda nada menos que en la diferencia reproductiva natural de los sexos y, como tal, es anterior a la opresión proletaria. La diferencia sexual es la base de la posterior división del trabajo por lo que la lucha feminista no sería secundaria respecto a la lucha de clases sino su antecedente, tanto a nivel teórico como práctico.

Si bien este uso de la biología fue criticado y explícitamente abandonado en los años siguientes, las grandes narrativas universales, ahora en clave constructivista, siguieron proliferando. El caso de Nancy Chodorow es, quizás, el más conocido. Para esta autora, el origen de la opresión femenina debe buscarse no en la biología sino en las diferencias en los métodos de crianza que las madres adoptan hacia sus hijos y sus hijas. La crianza diferencial genera una psicología diferente en hombres y mujeres y ésta es la causa del sexismo. Si bien todos los niños se identifican al comienzo de su vida con la madre, la identificación de la niña es continua y la del niño no lo es. Como en las sociedades modernas el padre suele estar ausente, el niño debe desarrollar identificaciones masculinas por sí mismo a partir de imágenes culturales de hombres elegidos como role models. Este proceso identificatorio no está nutrido de relaciones afectivas reales y, por ende, la niña tiene más posibilidades de convertirse en una mujer cariñosa, afectiva y sociable mientras que el niño tiende a privilegiar la búsqueda de autonomía. Como en el caso de Firestone, esta posición fue atacada por su carácter reificante y monocausal y por no atender a las diferencias que existen, por ejemplo, en los métodos de crianza de una madre clase media y una madre obrera, de una madre blanca y de una afrodescendiente, de una madre occidental y de una oriental. La misma Chodorow, posteriormente, admitió que “En el período temprano del movimiento feminista contemporáneo, las feministas buscaban una gran teoría. Esta teoría basada en una causa singular o en un factor dominante explicaría la desigualdad social, la jerarquía y la dominación omnipresentes.”[4] Ya para la década del 70 y del 80, aparecieron nuevas narraciones feministas que pusieron en cuestión los compromisos teóricos previos y que abandonaron el intento de buscar una única explicación de la dominación masculina. Esto coincide con una mayor institucionalización de los estudios de género en las universidades estadounidenses y con la aparición de visiones feministas alternativas que decían no verse representadas por las imágenes de la mujer del feminismo hegemónico. Este feminismo subalterno acusaba a su contraparte hegemónica de extrapolar la experiencia de mujeres blancas, intelectuales y clase media a la categoría de experiencia universal de todas las mujeres. Este cambio de perspectiva y de dirección en el feminismo académico norteamericano se hace visible, por ejemplo, en los diferentes título de dos colecciones de ensayos feministas editados en un intervalo de no más de una década. La colección The Rights and Wrongs of Women de Juliet Mitchel del año 1976 fue seguido, en 1986, por un menos confiado y más autocrítico compendio, editado por Ann Oakley, titulado What is Feminism?[5]

No obstante, las teorías basadas en una concepción esencial de la mujer o en la primacía de la diferencia sexual por sobre otros ejes no desaparecieron ni en el ámbito académico ni en el activismo político. Justamente, Butler escribe El género en disputa contra algunas de sus contemporáneas que siguen sosteniendo la prioridad de la jerarquía hombre/mujer por sobre otras jerarquías, como la heterosexual/homosexual. Una de las pocas autoras con nombre y apellido que Butler cuestiona en este texto (y que será nuevamente criticada en obras posteriores) es Catha­rine MacKinnon. Según Butler, el problema del tipo de postura representada por MacKinnon es que asume que la desigualdad biológica entre hombres y mujeres explica la desigualdad cultural. Butler, además, considera que esta posición presupone la primacía analítica de la dualidad “hombre” y “mujer” al mismo tiempo que caracteriza estas posiciones como entidades fijas y maniqueas. En una entrevista con Rosi Braidotti, Butler sostiene que “enfocar principal o exclusivamente la diferencia sexual oscurece o niega la asimetría de la división hetero/homo” y que eso “explica por qué las teóricas de la diferencia sexual se resisten a la teoría queer[6]. De acuerdo con Butler, las autoras de la diferencia sexual tienden o bien a subsumir el deseo lesbiano a una forma más de feminidad –lo cual oculta la gran cantidad de identificaciones cruzadas con las imágenes masculinas que existen en el deseo lesbiano– o bien a sostener una incoherencia entre el terreno teórico y el práctico ya que, como afirma Braidotti, “Si en el plano del diagnóstico sexual, la teoría de la diferencia identifica claramente la heterosexualidad como la localización del poder y la dominación, en el plano programático recusa la idea de una heterosexualidad como centro y del lesbianismo como periferia”[7].

En El género es disputa, Butler plantea que es hora de abandonar la teoría binaria de la diferencia sexual y su sesgo heterosexista. La idealización de ciertas identidades de género –binarias, heterosexuales– es cuestionable ya que genera nuevas exclusiones y nuevas formas de discriminación al interior de un movimiento que debería luchar por abolir las prácticas opresivas. Como se verá más adelante, el abandono de la teoría dualista implica un cambio radical en la forma de entender la construcción de las relaciones de género y una modificación profunda de las formas en que se concibe la transformación social.

El diálogo con la “teoría francesa”.

Según Butler, el concepto “teoría francesa” es un invento estadounidense, una forma de reunir en un único universo teórico toda una serie de autores y textos que difícilmente podrían ser unificados. A pesar de estas reservas, es importante detenernos en la impronta que una serie de filósofos franceses –muchas veces de tradiciones diversas– dejaron en el libro de Butler. No es casual que el primer capítulo de El género en disputa comience con epígrafes sólo de autores franceses. De hecho, las citas son de cinco pensadores de los que Butler se nutre y se aleja a lo largo de toda su obra: Simone de Beauvoir, Julia Kristeva, Luce Irigaray, Michael Foucault y Monique Wittig (a estos cinco autores habría que sumar la figura de Jacques Derrida, uno de los referentes principales en la formulación de su teoría performativa del género).

El feminismo francés

Según Butler, Beauvoir ocupa un lugar central dentro del feminismo ya que ha sido la primera pensadora en remarcar enfáticamente el carácter construido del género. Su conocida declaración No se nace mujer: se llega a serlo”[8] puede ser leída como uno de los primeros ataques a la vinculación causal entre el sexo y el género, ya que niega que los roles sociales femeninos se sigan naturalmente de algún tipo de compulsión biológica. Recordemos que la distinción entre sexo y género tiene una larga historia dentro de la teoría feminista: mientras el sexo designa atributos anatómicos, hormonales y/o biológicos, el género apunta a una construcción humana que depende de mandatos sociales o culturales específicos. Ahora bien, Butler considera que el problema es que todavía existen en Beauvoir resabios cartersianos que la llevan a asumir un cogito que funciona como sujeto de la elección del tipo de género expresado. Más allá de la validez de esta crítica, su lectura de Beauvoir nos ofrece un nuevo indicio de aquellos elementos que Butler busca depurar de su teoría de género: en ningún caso la construcción de género puede ser entendida de forma voluntarista. El género no es algo que un sujeto elige a voluntad sino que todos los sujetos están ya generizados y sólo pueden hacer elecciones a partir de una posición de género de la que no pueden adueñarse completamente.

Si para Simone de Beauvoir la mujer representa el otro del hombre, para Luce Irigaray tanto el sujeto como el otro, dentro de un lenguaje falogocéntrico, son categorías masculinas. La economía de significado del lenguaje fálico excluye la posición de la mujer como un otro y la relega al plano de lo imposible. Es decir que, en un sistema lingüístico en el que lo masculino constituye el círculo cerrado del significado y el significante, la mujer no puede ser el otro del sujeto sino el Otro del otro, algo que escapa los límites de la capacidad representativa del lenguaje. La respuesta de Butler a este tipo de concepción es advertir sobre los peligros de caer en un imperialismo epistemológico. Se trata del riesgo de cierto feminismo que, en su afán de criticar un sistema que perciben como global y monolítico, termina haciéndose eco de su espíritu universalizante. Así, Butler se pregunta:

¿Se puede reconocer una economía masculinista monolítica así como monológica que traspase la totalidad de contextos culturales e históricos en los que se produce la diferencia sexual? ¿El hecho de no aceptar los procedimientos culturales específicos de la opresión de géneros es en sí una suerte de imperialismo epistemológico, que no se desarrolla con la mera elaboración de diferencias culturales como «ejemplos» del mismo falogocentrismo?[9]

Al identificar un enemigo único y universal (por ejemplo, el lenguaje falocéntrico), la teoría feminista termina reproduciendo las estrategias imperialistas y hostiles a la diversidad propias del falogocentrismo. Esto demuestra que el gesto colonizador no es específicamente masculino y que puede operar también al interior del feminismo para desoír las especificidades propias de la cultura, la orientación sexual, la etnia, la clase, etc. Esta crítica nos permite identificar dos nuevos elementos que Butler rechazará: la idea de que existe una causa universal de la opresión y la falta de atención a los cruces entre el género y otros ejes identitarios. Aquí uno podría preguntarse si esta misma crítica no puede ser dirigida a la misma Butler ya que, como veremos, El género en disputa parece centrarse en la forma en que la matriz heterosexual constituye subjetividades sin prestar la misma atención analítica a otros ejes como raza o clase. Sin embargo, reducir el objeto de estudio a una de sus aristas, por más criticable que sea, no equivale a repetir el gesto colonizador siempre y cuando se tomen las precauciones para no elevar el recorte privilegiado a la condición primordial de opresión y se reconozca que es, justamente, un recorte.

Por último, no podemos dejar de analizar la impronta que Monique Wittig dejó en la obra butleriana (y aclaro que no me ocuparé en esta sección de la influencia de Kristeva porque será analizada cuando explore la noción de subversión). Es conocida la posición de Wittig según la cual la lesbiana no es mujer. Esto es así porque la mujer tiene sentido en tanto opera como un término que estabiliza y consolida la relación binaria y oposicional de la heterosexualidad. La lesbiana, por el contrario, no cumple esta función sino que expone la construcción contingente de la relación complementaria hombre-y-mujer y del contrato heterosexual. De acuerdo con Butler, en Wittig encontramos una disyunción radical entre la heterosexualidad y la homosexualidad que la lleva a mantener una postura política de todo o nada. Wittig descree de la posibilidad de reformas subversivas ya que ser parte es confirmar el todo. Las opciones políticas serán, entonces, conformidad radical o revolución drástica. Butler se aleja de Wittig por su incapacidad de percibir que la dicotomía homo/hetero no es disyuntiva sino espectral y que hay estructuras psíquicas hetero­sexuales en las identidades homosexuales y viceversa (y cuando analice la noción de incorporación, volveré sobre esta estructura melancólica que hace cuerpo lo prohibido). A su vez, cuestiona su imposibilidad de dar cuenta de formas paródicas de transformación social así como su reducción de la política a la revolución radical.

Genealogía y deconstrucción

La influencia de Jacques Derrida y Michel Foucault en la teoría de género butleriana hace de su obra una interesante conjunción de fines genealógicos y estrategias deconstructivistas. Con respecto a la deconstrucción, Derrida mismo señala, en una de sus más claras definiciones, que el término debe ser entendido de la siguiente forma:

«Deconstrucción» parecía ir en este sentido, ya que la palabra significaba una cierta atención a las estructuras (que, por su parte, no son simplemente ideas, ni formas, ni síntesis, ni sistemas) […] Se trataba de deshacer, de descomponer, de desedimentar estructuras […]. Pero deshacer, descomponer, desedimentar estructuras, movimiento más histórico, en cierto sentido, que el movimiento «estructuralista» que se hallaba de este modo puesto en cuestión, no consistía en una operación negativa. Más que destruir era preciso asimismo comprender cómo se había construido un «conjunto» y, para ello, era preciso reconstruirlo[10].

La deconstrucción podría ser entendida, así, como un patricidio, es la comprensión de la tradición heredada con el fin de desestabilizarla. Es decir, implica aprehender los conceptos sedimentados del pensamiento occidental con el fin de mostrar que pueden estallar y dar lugar a nuevas formas de pensamiento. En el caso de Butler, ella se dedica a recomponer y descomponer ideales y creencias compartidas sobre el género y la sexualidad: la heterosexualidad compulsiva, el dimorfismo sexual, la distribución binaria de los géneros, la división entre géneros originales y géneros secundarios. Éstos serán los blancos de la deconstrucción butleriana que, junto a la estrategia genealógica de herencia foucaultiana, tiene como fin revelar que las polaridades más fuertemente establecidas (hombre/mujer, homo/hetero, sexo/género, cuerpo/mente, natural/social, etc.) encubren y simplifican la complejidad ontológico-discursiva de nuestro universo de significado. Su estrategia no es meramente negativa. No se busca echar abajo la ontología occidental dejando en su lugar un vacío conceptual. Por el contrario, Butler se hace cargo de la tarea de formular una filosofía de la identidad de género revisitando sus presupuestos ontológicos y políticos principales. Así, nociones clásicas como sujeto, agencia y política son reformuladas en la obra butleriana a partir de nuevos compromisos teóricos.

Volviendo a la postura derridiana, él señala también que la deconstrucción puede ser homologada a la idea de différance.[11] Esta palabra –escrita con “a”, en lugar de con “e” como debería ser escrita en francés– es utilizada para reflexionar sobre la manera en que la diferencia produce significados. Derrida admite que la lengua, como Saussure sostenía, es un sistema de diferencias en el que cada elemento reenvía a otro. La noción de différance se aplica a todo código, a todo sistema de repeticiones, en el que el proceso de significación se basa en la diferencia entre posiciones en lugar de estar anclado en la identidad de los términos. Asimismo, la idea de différance apunta a dos operaciones: la temporización (el dejar para más tarde, la demora, el diferir temporal) y el espaciamiento (el no ser idéntico, el intervalo, la distancia). Esto significa que en un sistema abierto de repeticiones, como la lengua, cada elemento cobra sentido en relación con lo que ese elemento no es, así como con lo que ya dejó de ser y con lo que aún no es. El corolario fundamental de todo esto, y que será recuperado por Butler, es que no hay un origen puro de la identidad sino que ésta se constituye en relación con otros elementos con los que mantiene una distancia espacio-temporal. La identidad de género, por ejemplo, no puede ser entendida autoreferencialmente, ni mucho menos apelando a un origen pleno, sino que adquiere valor diferencialmente. La identidad de género no es más que una cita, una repetición de discursos y prácticas previamente repetidos, una copia sin un original, una huella de huella, un elemento que sólo cobra sentido con relación a otros y diferenciándose de lo que no es, de lo que ya fue y de lo que podrá ser.

Butler señala, en el prólogo a El género en disputa, que ella formuló su noción de performatividad a partir de la lectura que hace Derrida de “Ante la Ley” de Kafka. Lo que muestra Derrida es que, en este cuento kafkiano, hay una persona que espera ante las puertas de la ley y que le atribuye cierta autoridad a esa ley. Pero, en realidad, esa autoridad no existe independientemente de esa espera. La ley adquiere poder en virtud de la expectativa que ese individuo deposita sobre ella. Para Butler, algo similar ocurre con el género: es la anticipación de una esencia de género la que produce la creencia en ese esencia como algo previo a la anticipación. En realidad, no hay un antes de la ley –y aquí hay que entender ley en sentido amplio, es decir, en un sentido que incluya la norma– sino que es la ley misma la que genera la ilusión de un corte temporal entre un antes y un después. Tampoco existe un género original sino que es la anticipación de esa originalidad la que produce, retrospectivamente, la división entre algo original y algo subsidiario.

Con respecto a Foucault, cabe señalar que sus reflexiones en el primer tomo de Historia de la sexualidad han sido una influencia fundamental en la labor butleriana de cortar el vínculo causal entre el sexo y el género, mostrando el carácter artificial no sólo del género sino también del sexo. Según Foucault, la sexualidad debe ser entendida como un dispositivo político, como una “situación estratégica compleja en una sociedad dada”[12] que se compone de discursos, saberes, controles, relaciones de poder, instituciones, sistemas de alianzas, y que irradia de diversos puntos y relaciones de fuerza. Lo que este escritor propone es analizar la emergencia de cierto tipo de conocimiento sobre el sexo en términos de poder productivo y no meramente en términos de represión o de ley. En el marco foucaultiano, el poder no puede ser concebido sólo en términos negativos o prohibitivos sino que tiene una dimensión positiva y generativa que suele ser olvidada.

Uno de los puntos centrales de Historia de la sexualidad, y que será recuperado por Butler, es el tratamiento que hace Foucault de la objeción que sostiene que, para él, “sólo quedan efectos sin soporte, ramificaciones privadas de raíz, una sexualidad sin sexo”[13]. El sexo que es olvidado por la genealogía foucaultiana, según este hipotético objetor, sería lo otro del poder, lo prepolítico, el sustrato libidinal o instintivo, aquello sobre lo que el poder ejerce su acción, aquello que es reprimido por el poder. Para este supuesto objetor, habría un sexo libre, previo al poder, que sería limitado por las convenciones sociales. La respuesta de Foucault es que el sexo, entendido como un reino de libertades previas, también es creado por el dispositivo de la sexualidad. Y es creado, justamente, porque cumple una función clave: vuelve el poder aceptable. Como señala Foucault: “el poder es tolerable sólo con la condición de enmascarar una parte importante de sí mismo. Su éxito está en proporción directa con lo que logra esconder de sus mecanismos”. A continuación, se pregunta: “¿lo aceptarían acaso, si no viesen en ello un simple límite impuesto al deseo, dejando intacta una parte –incluso reducida– de libertad?”[14]. Como se verá en las próximas secciones, esta capacidad que tiene el poder de ocultar su costado productivo es un elemento que Butler retoma del primer volumen de Historia de la sexualidad. Butler recupera la táctica genealógica para desentrañar y sacar a la luz aquello que se nos oculta: la historia del género, su contingencia y, por ende, su posibilidad de abrirse hacia un futuro diferente e impensado.

Performatividad, normatividad y la matriz heterosexual

La teoría performativa del género versus las teorías expresivistas

Creo que es posible leer El género en disputa como un ataque radical a las metafísicas de la sustancia, no sólo en lo que respecta al género sino a la persona y la identidad en general. Según este tipo de posición metafísica, uno es algo, y sus actos provienen y adquieren sentido a partir de ese algo que uno es. De esta manera, todo acto sería causado por un sujeto que lo precede y le da significado. De acuerdo con Butler, este mismo marco sustancialista opera a la hora de caracterizar los actos femeninos y masculinos. Una visión sustantiva del género asume que los actos generizados son expresiones de un núcleo interno que funciona como fuente y origen de dichos actos. Cabe aclarar, contra ciertas interpretaciones del texto, que Butler no niega ni rechaza la existencia de la identidad o del sujeto. Si fuera así, no tendría sentido que escribiera un libro como El género en disputa, salvo que pretenda enfrentarse a quijotescos molinos de viento. La identidad existe pero existe performativamente, es decir “no tiene una posición ontológica distinta de los diversos actos que conforman su realidad”[15]. Esto significa que la identidad existe, si bien no como causa, fuente u origen de las acciones sino como un efecto de las mismas. Según Butler, los agentes existen, pero existen en el hacer, por medio del hacer y no tienen una existencia previa o separada del hacer. Butler se hace eco del dictum nietzscheano según el cual no hay un hacedor detrás del hacer, pero no para negar la realidad del agente sino para entender su poiesis por medio de la acción. Como veremos más adelante, esto no significa eliminar el lugar de la agencia sino redescribirlo evadiendo la dicotomía entre autonomía y heteronomía. Muchas veces, Butler dice que la identidad es una ficción, pero es importante entender que lo ficcional no se opone a lo real sino a lo esencial. Es decir que hay una ontología butleriana pero es una ontología discursiva y materialmente construida y de naturaleza contingente. Según esta perspectiva, la construcción implica una historia, una temporalidad y un marco común: la identidad aparece como una sustancia porque se realiza y mantiene a lo largo del tiempo en virtud de la repetición de una serie de actos. Ahora bien, si la identidad está tenuamente constituida, esto tiene como corolario que es posible admitir que se puede construir de forma diferente.

Todas las prácticas de género (actos, rituales, gestos, palabras, modos, estilos) adquieren sentido en el contexto de prácticas pasadas y es su repetición sostenida en el tiempo lo que genera la ilusión de que poseen un estatus sustancial. Así, la creencia en una esencia de género –es decir, un sustrato original que se mantiene constante ante variaciones accidentales– se debe a que la repetición oculta su propia historia. Como vimos con Foucault, cuando el poder se oculta, se naturalizan sus efectos. Para Butler, no tiene tanto sentido hablar de sustancia o naturaleza sino más bien de efectos sustantivos y de naturalización[16]. Será fundamental para la filósofa, entonces, hacer un análisis de cómo aparecen figuras naturalizadoras en los discursos a favor de ciertas orientaciones sexuales y cómo esas figuras juegan un rol legitimador.

Es importante recordar que con su teoría performativa de género la autora pretende desligarse de dos formas de pensar la identidad de género: aquella que asume que el género es una expresión de un dato natural (el sexo) así como también aquella que cree que el género es algo que se elige voluntariamente. El género no puede ser reducido a la dicotomía natural/electivo porque su origen no hace pie firme en ninguna de estas dos opciones. El género, para Butler, no es algo que se es naturalmente ni algo que se elige voluntariamente, sino algo que se actúa socialmente. En sus palabras: “el género siempre es un hacer, aunque no un hacer por parte de un sujeto que se pueda considerar preexistente a la acción.”[17] La teoría performativa se opone a las teorías expresivistas del género que asumen que hay un sujeto –un núcleo esencial– que, por medio de sus actos, expresa o manifiesta una interioridad que causa esos actos. Por el contrario, para Butler, el actor ya está arrojado al escenario, con un guión que él no creó pero que tampoco se le impone sin su intervención. El actor no precede a la acción sino que se constituye como agente en la acción, incluso como agente de cambio. Esto implica que, para el caso del feminismo, los actos que típicamente se le adscriben a una mujer no son la manifestación de una identidad femenina previa ni son el producto de una compulsión biológica o de unos impulsos genéticos. Lejos de expresar una verdadera identidad, estos actos y atributos sostenidos en el tiempo son los que crean la ilusión de que existe una identidad femenina previa e independiente.

Ahora bien, como vimos, la naturalización se da porque la acción performativa borra su historia, se nos presenta como algo dado de suyo, sin una referencia al pasado ni a los compromisos colectivos que la acción cita. De hecho, para Butler, lo propio de la performatividad no es meramente su capacidad creadora de subjetividades sino su capacidad de ocultar su productividad. Es por eso que la genealogía aparece como una herramienta crucial para desnaturalizar el género: el carácter contingente de las relaciones e identidades de género sólo podrá salir a la luz cuando admitamos su naturaleza histórica y su evitabilidad.

Otro corolario importante de la teoría performativa de género es que permite que caiga la distinción entre un género verdadero y un género falso. En palabras de Butler:

La distinción entre expresión y performatividad es crucial, ya que si los atributos y actos de género, las diversas formas en que el cuerpo muestra o produce sus significaciones culturales, son performativos, entonces no hay una identidad preexistente con la que se puedan medir los actos o atributos; no habría actos de género verdaderos o falsos, reales o distorsionados, y la postulación de una verdadera identidad de género sería revelada como una ficción regulativa.[18]

Esto significa que es incorrecto creer, por ejemplo, que la existencia de roles diferenciales en relaciones lesbianas –la dupla butch/femme– se explica afirmando que se trata de una réplica de una división de roles originalmente heterosexual. Más bien, las expresiones lesbianas de este tipo de relación lo que hacen es mostrar que tanto las relaciones heterosexuales como las homosexuales se nutren de recursos similares a la hora de forjar vínculos afectivos. Al quitarle originalidad y naturalidad a la dupla heterosexual, se hace evidente que este tipo de arreglo que divide roles no es propiedad privada ni es exclusivo de las relaciones heterosexuales ni de las homosexuales.

En conclusión, la teoría de género butleriana es performativa ya que las palabras, actos, gestos y estilos generizados no son la expresión de una identidad de género previamente conformada sino que ellos mismos generan la ilusión de que existe un núcleo identitario estable, gracias a la ocultación y al olvido de su propia historia. La conformación de identidades de género es un proceso constante sostenido en el tiempo, basado en la repetición de una serie de prácticas discursivas y materiales que conforman el acervo de recursos socialmente disponibles que los agentes tienen a la mano para actuar el género. Así, cualquier reflexión sobre la construcción del sujeto generizado conlleva, a su vez, una indagación sobre la matriz normativa que regula estas construcciones.

Reflexiones sobre la normatividad

La normatividad, en El género en disputa, puede entenderse en dos sentidos. Por un lado, es utilizada para “describir la violencia mundana que ejercen ciertos tipos de ideales de género”[19]. Entre estos ideales encontramos el dimorfismo sexual, la complementariedad heterosexual de los cuerpos, la aceptación de formas propias e impropias de expresar la masculinidad y la feminidad, ciertos tabúes (como el tabú del incesto y el tabú homosexual), etc. A su vez, hay un segundo sentido de normatividad que refiere al deber ser, a qué tipo de universo de género es deseable. Obviamente ambas nociones están estrechamente ligadas: toda prescripción sobre cómo debería ser el mundo se apoya en una descripción de la forma que tiene el mundo actualmente. Si bien es cierto que en El género en disputa el sentido prescriptivo está presente (aunque muchas veces de forma implícita), la pregunta normativa por excelencia del libro ahonda sobre el primer sentido del término, es decir, sobre los ideales normativos que apuntalan la producción de la identidad de género.

A lo largo del segundo capítulo de El género en disputa, Butler hace uso de una serie de autores que le permiten rastrear cómo se lleva a cabo la construcción del género y en virtud de qué tipo de normas. A pesar de que este conjunto de escritores es clave para dar forma a su teoría de género, también debe alejarse de ellos al no coincidir con cómo caracterizan el estatus de la ley. A continuación, haré un punteo de las notas fundamentales que adopta la teoría normativa butleriana y el modo en que se apropia o aleja de otras posturas previas.

No hay un antes de la ley. Como vimos previamente, una de las grandes deudas de Butler con Foucault se vincula a su concepción de la doble naturaleza del poder: como ley represiva y como norma productiva. El problema es que el carácter productivo del poder suele pasar desapercibido, especialmente en aquellas concepciones que ven a la ley como una represión al sexo libre. En realidad, no habría un antes de la ley sino que esa anterioridad sería instalada retrospectivamente desde el presente. En el caso del feminismo, Butler cuestiona que muchas pensadoras quieran remediar la situación actual desfavorable de las mujeres buscando inspiración en un momento supuestamente prelegal o prediscursivo. El problema, según nuestra autora, es que estas teóricas combaten una reificación con otra. Este es el caso, por ejemplo, de cierto feminismo lesbiano que romantiza la etapa previa a la ley en la que el deseo no estaría sujeto a las restricciones heterosexuales sino que se orientaría hacia ambas direcciones, homo y hetero. Esto lo nota, por ejemplo, en la obra de Gayle Rubin, quien sostendría que, antes que suceda la generización cultural, el niño contiene en sí todas las posibilidades sexuales disponibles. En palabras de Butler:

La bisexualidad, que supuestamente está ‘fuera’ de lo Simbólico y que se utiliza como el lugar de subversión, en realidad es una construcción dentro de los términos de ese discurso constitutivo […] no [es] una opción más allá de la cultura, sino una opción cultural concreta que se rechaza y se redefine como imposible.[20]

Butler considera que estas apelaciones a un estadio previo a la ley no pueden evitar ser formuladas desde el interior de la ley y que es imposible situarse por fuera de la ley como para saber qué viene, efectivamente, antes.[21] El narrador que funda una posición política apelando a un momento prelegal parece tener un acceso a un momento al que, por definición, no puede acceder. Como vimos, es la misma ley la que crea, retrospectivamente, ese espacio de anterioridad. En sí, toda apelación a un antes obedece a fines que se generan ahora, en el presente, y con los recursos del sistema político vigente. 

Siguiendo esta línea, Butler quiere aplicar la misma crítica que Foucault hace a la hipótesis represiva pero a las tesis estructuralistas y psicoanalíticas sobre el tabú del incesto y el tabú de la homosexualidad. En este sentido, sería incorrecto asumir que el tabú del incesto viene a reprimir una orientación sexual originaria que, tras la represión, se transforma en orientaciones sexuales secundarias. Más bien, para Butler, la ley es doblemente funcional: produce aquello que supuestamente vendría a reprimir y, al hacerlo, crea la distinción entre deseos primarios y secundarios. Siguiendo a Rubin, Butler vincula estrechamente el tabú del incesto al tabú de la homosexualidad. La exogamia presupone la exclusión de la homosexualidad ya que la prohibición de algunas relaciones heterosexuales –a saber, las de los miembros de una misma línea de parentesco– presupone la prohibición de todas las relaciones homosexuales. Pero mientras Rubin vincula estas reflexiones a la idea de que hay un estadio previo al tabú en el que el niño contiene todas las expresiones sexuales posibles, Butler concluye que “la ley crea tanto la heterosexualidad castigada [el incesto] como la homosexualidad transgresora. En realidad, ambas son efectos, temporal y ontológicamente posteriores a la ley misma, y la ilusión de una sexualidad anterior a la ley es en sí la creación de esa ley.”[22]

En conclusión, la teoría butleriana de la normatividad parte de y sólo refiere a los efectos de la ley, su ámbito de incumbencia siempre es al interior de la legalidad establecida. Como veremos, esto no implica caer en el determinismo porque el ámbito de la legalidad establecida admite subversiones. Su teoría político-ontológica jamás apela a un momento previo o libre de regulaciones normativas. Toda lectura que postule ese momento cero, y que se apoye en él para justificar una estrategia política presente, no sólo reemplaza una reificación por otra sino que supone que las soluciones a las desigualdades deben buscarse en una melancólica vuelta al origen en lugar de pensarlas como negociaciones comprometidas con las estrategias culturales presentes. Según Butler, las posibilidades para la transformación social son inmanentes al poder, lo cual vuelve innecesario el recurso a momentos prepolíticos para justificar la acción política. Como se desarrollará a continuación, en tanto el poder no es considerado de forma determinista ni inmutable, los agentes sociales pueden hallar espacios para negociar sus intereses haciendo uso de los recursos disponibles para los miembros de la comunidad política.

Finalmente, creo que es importante remarcar que la ley no puede establecer un antes y un después porque la ley no es un acto fundacional que opera como bisagra entre dos situaciones. Esto significa que así como no hay un antes de la ley, tampoco hay un después. La ley, las normas, la política se hallan presentes en todos los momentos de la vida social, justamente porque sus normas se activan y reactivan constantemente en cada acto performativo que las cita. A pesar de que Butler afirme, en varias ocasiones, que la identidad de género no es causa sino efecto del poder, creo que no hay que entender esta frase como asumiendo un momento post-legal sino como apuntando a una idea de proceso constante de producción de sujetos generizados. 

El poder no es determinista. Para Butler es importante que su noción del poder no caiga en alguno de los extremos de la tradicional dicotomía voluntarismo versus determinismo.[23] A mi entender, hablar de libertad en Butler es imposible si uno quiere mantener la distinción kantiana entre sujetos autónomos y heterónomos. Si uno asume que para ser un agente libre debe poder desprenderse o trascender las adscripciones sociales, no encontrará noción de libertad en la obra butleriana. La agencia política transformadora sólo es posible como una práctica de resignificación de los elementos dados de la estructura política y no es factible poner entre paréntesis las afiliaciones sociales a la hora de actuar políticamente.

A su vez, es importante remarcar que la construcción social del género, según Butler, nunca es completa, es decir que nunca logra imprimir cabalmente su marca normativa en los sujetos que construye. Esto es así no sólo porque es imposible adoptar, encarnar y reproducir todos los ideales de género que la matriz produce. Muchos de ellos son, incluso, incompatibles entre sí (pensemos, por ejemplo, en los dos estereotipos más comunes de la mujer: la santa y la prostituta). Pero también esto es así a causa de la constitución temporal de la estructura de poder. La normatividad, como señalé previamente, funciona a partir de la repetición y esto genera dos efectos contradictorios. Por un lado, a causa de su sostenimiento en el tiempo, genera la ilusión de estabilidad y naturalidad de las normas, obstruyendo, así, las posibilidades de cambio. Por otro lado, porque la repetición nunca es repetición de lo mismo sino que todo desplazamiento temporal permite la aparición de algo nuevo, esto habilita posibilidades de transformación normativa. La repetición, como operación fundamental del poder y de la matriz de género, explica tanto su carácter aparentemente estable como su radical inestabilidad.

A mi entender, la objeción que asume que el poder en Butler es determinista se basa en una lectura errónea de lo que el poder significa en su obra. Si bien en ocasiones el poder parece ser sustantivo –como cuando se dice, por ejemplo, que el poder “oculta” o que el poder “ocasiona”– esto es así por una disposición del lenguaje que tiende al vocabulario intencional y que está ligado a una estructura gramatical fuertemente orientada a la voz activa o la voz pasiva. Sostener que el “poder produce producciones”, si se me perdona la redundancia, no implica un sujeto-poder que actúa causalmente sobre un objeto-producido. Creo que la interpretación más coherente de la teoría del poder en Butler, debe concebirlo no como un sujeto sino como un proceso, un conjunto de prácticas que pueden cristalizarse en formas e instituciones dadas pero que también pueden ser retorcidas, cambiadas o abandonadas.

En este punto las nociones de poder de policía y política de Rancière nos pueden resultar útiles para profundizar esta idea.[24] La policía se define por la distribución de los cuerpos en el espacio social, asignando a cada uno un lugar y una función fija y demarcando entre quienes son seres legítimos de palabra y quienes, en lugar de hablar, sólo hacen ruido. En términos del autor, es una demarcación entre quienes tienen y no tienen parte en el orden social. La política, en cambio, es una actividad, paradójicamente, antagónica pero dependiente del orden policial: parte de la configuración que se da en lo social pero para alterar su distribución, remodelando el espacio de los lugares sociales disponibles. Así, lo cristalizado policialmente es subvertido por la política en un juego constante de sedimentación y vivificación que hace del poder un escenario dinámico y mutable. Creo que es la misma lógica la que está en juego en la teoría social y política de Butler. Para la autora, el poder es un proceso que puede ser entendido en esta doble dimensión dinámica en virtud de su carácter repetitivo: como aquello que puede estabilizarse y como aquello que puede romper las solidificaciones. Los agentes sociales son los responsables de estas dos direcciones porque el poder no es sino el resultado de prácticas y acciones que llevan a cabo los agentes en un momento dado. El poder no determina al agente porque el poder no es externo ni independiente del agente sino resultado de sus interacciones. El poder tampoco puede ser definido sólo como una limitación sino que se trata de una serie de relaciones en las que nuevas posibilidades se habilitan. El poder está constituido por el conjunto de actuaciones, apariciones, recursos y reglas que se producen y reproducen en la acción e interacción de los agentes sociales. Ahora bien, a pesar de no haber un dualismo entre agentes y estructuras de poder, tampoco es correcto decir que sean idénticos. El todo es más que la suma de sus partes. Además, el agente no puede controlar los efectos políticos ni puede ser dueño de todas las consecuencias de sus acciones. Sin embargo, no hay que ubicarse por fuera del poder, como si esto fuera posible, para atacar las normas que conforman su estructura. Como desarrollaré más adelante, es en las fisuras de la matriz política donde el agente puede encontrar una forma de subvertir las normas opresivas y habilitar nuevos tipos de relaciones de género.

La materialidad de la ley en la incorporación. Una de las críticas frecuentes a la teoría butleriana –y a muchas otras teorías herederas del giro lingüístico– es que sucumbe a un idealismo lingüístico peligroso que desconoce la importancia de las diferencias materiales y deja atrapado el análisis en la prisión del lenguaje. Si bien Butler se dedica a aclarar este punto en Cuerpos que importan cuyo tema, como su nombre lo indica, es la corporalidad, en el segundo capítulo de El género en disputa, también encontramos largas reflexiones en torno a la forma en que la ley se incorpora materialmente, en el cuerpo, y a la negación de una división férrea entre la interioridad, la superficie y lo social. Su tesis principal sobre este punto es que la ley se literaliza en el cuerpo. Es por eso que se oculta su historia y se nos aparece como algo natural. Las diversas identificaciones del sujeto se van incorporando ya no sólo en el interior –i.e. la mente, el alma, la psiquis– sino sobre y en el cuerpo, conformando el mapa de sensaciones que constituye nuestra materialidad. El cuerpo, así entendido, no es materia inerte sino materialización, un espacio marcado por incorporaciones que moldean tanto a la interioridad como a su superficie externa. A diferencia de las teorías psicoanalíticas de la introyección, ligadas al duelo y la expulsión del objeto perdido, para Butler la identidad de género sigue una estructura melancólica, en tanto las diversas prohibiciones que sanciona la ley no son abandonadas sino que están grabadas sobre el cuerpo y se manifiestan en su mapa erótico. Los deseos y placeres, por ende, son incorporados y si se los considera expresiones de algo interior es porque esa interioridad está fuertemente ligada a lo corpóreo. La estructura melancólica, entonces, es responsable de que algunos órganos estén investidos con valor erótico mientras que a otros se los niegue como fuente de placer. Como afirma Butler, “«convertirse» en un género es un procedimiento laborioso de naturalizarse, lo cual exige una distinción de placeres y zonas del cuerpo sobre la base de significados de género”[25]. Ese naturalizarse, que no es más que la literalización de la ley en el cuerpo, jugará un papel medular en la selección de qué placeres prevalecerán y cuáles se relegarán. Esta distribución depende de qué fines cumplan estos placeres en la reproducción de la matriz heterosexual pero como la matriz no logra la normalización completa sino que admite abyecciones, también emergen placeres, deseos y prácticas eróticas que minan la hegemonía heterosexual. En conclusión, creer que el deseo es lo real subyacente o que es un ámbito pre-político, considerar que ciertas partes del cuerpo son la causa natural del placer, es olvidar la historia de la constitución social del cuerpo sexuado.

La ley no es unívoca ni universal. Si bien Butler admite que no es su propósito determinar si el tabú del incesto opera, de hecho, en todas las culturas sino, más bien, indagar sobre su productividad en las sociedades occidentales modernas, es importante notar que la autora sospecha de la posibilidad de encontrar una única ley que opere transcultural y transhistóricamente. Como vimos en su crítica a Irigaray, y como se sigue de su crítica a la postulación de un único sistema patriarcal, Butler descree de la posibilidad de hallar un sistema político universal que funcione en todas las sociedades y a lo largo de toda la historia. A su vez, tampoco piensa que pueda ser posible establecer algún tipo de jerarquía entre las distintas opresiones. Así como la distinción hombre-mujer no tiene primacía, en términos normativos, por sobre la dicotomía homo-hetero, tampoco es posible establecer que las opresiones de género sean anteriores o más fundamentales que las opresiones de raza, clase, etnia, región, etc. Si bien el objeto de análisis de Butler es la normatividad en sus aspectos de género y sexualidad, la autora niega que sea posible distinguir o jerarquizar este campo regulativo por sobre otros. Es verdad que no hay ningún tipo de análisis en este texto sobre cómo las normativas raciales se entrecruzan con las de género. La autora reconoce esa falta y admite que le habría gustado incluir, si hubiera tenido la chance de reescribir El género en disputa, algunas reflexiones al respecto. Más allá de esto, el punto es que su teoría reconoce la irreductibilidad del universo normativo a una única ley que funde o logre explicar todas las jerarquías sociales.

La matriz heterosexual

Como vimos, Butler considera que todas las aristas del poder –raza, clase, género, sexualidad– son importantes en términos de su violencia normativa y de su papel en la formación de subjetividades. Sin embargo, el objeto de análisis por excelencia en El género en disputa es lo que ella denomina la matriz heterosexual. En la nota seis del primer capítulo, la filósofa aclara qué entiende por matriz heterosexual:

Utilizo la expresión matriz heterosexual a lo largo de todo el texto para designar la rejilla de inteligibilidad cultural a través de la cual se naturalizan sexos, géneros y deseos. He partido de la idea de «contrato heterosexual» de Monique Wittig y, en menor grado, de la idea de «heterosexualidad obligatoria» de Adrienne Rich para describir un modelo discursivo/epistémico hegemónico de inteligibilidad de género, el cual da por sentado que para que los cuerpos sean coherentes y tengan sentido debe haber un sexo estable expresado mediante un género estable (masculino expresa hombre, femenino expresa mujer) que se define históricamente y por oposición mediante la práctica obligatoria de la heterosexualidad.[26]

Según esta cita, esta matriz establece los criterios para determinar si un tipo de vida es inteligible o no, es más, si es vivible o no. El criterio de demarcación entre cuerpos y géneros legítimos e ilegítimos radica en su coherencia y estabilidad. Estas cualidades se obtienen en tanto los cuerpos puedan exhibir una continuidad entre su sexo, su género y su deseo (siendo el sexo biológico lo que determina el género y éste, el deseo). La matriz opera mediante divisiones binarias, jerárquicas y discretas. La matriz es binaria porque acepta como válidos e inteligibles sólo dos tipos de sexos (la hembra y el macho), dos tipos de género (el femenino y el masculino) y dos tipos de deseos (el del hombre por la mujer y el de la mujer por el hombre). A su vez, es jerárquica porque establece diferencias cualitativas entre ambas patas de las dicotomías. También es discreta porque asume que los dos géneros, sexos y deseos son distintos uno del otro e incontaminables. Así, la transferencia de atributos femeninos a quienes ostentan un cuerpo masculino y viceversa no es admitido como una operación legítima según los parámetros de esta matriz. La heterosexualidad compulsiva se manifiesta en distintos medios: representaciones artísticas y literarias, instituciones educativas, higiénicas y judiciales, presión grupal y comunitaria, filosofías y sistemas de creencias, etc. A pesar de no haber hecho un análisis historiográfico de todos estos mecanismos, Butler es deudora de los estudios genealógicos llevados a cabo por Foucault, especialmente en Historia de la sexualidad. Podríamos afirmar que las normas que conforman la matriz heterosexual no son sino una imagen especular de los principios lógicos fundamentales del pensamiento occidental. Siguiendo el principio de identidad, la matriz asume que cada entidad es idéntica a sí misma, A = A. Butler señalará, en cambio, que A ≠ A, que A nunca es igual a A, que para que la identidad de A, como ente mundano, sea tal tiene que sostenerse temporalmente y que todo desplazamiento temporal produce modificaciones en lo que se repite. Como sucede con el principio de no contradicción, la matriz considera que nada puede ser y no ser al mismo tiempo. Butler sostendrá, más bien, que las contradicciones de género son una condición normal y que las identificaciones opuestas y cruzadas pueden convivir en un mismo individuo. Por último, siguiendo al principio del tercero excluido, la matriz admite la validez de sólo dos tipos de género, sexo y deseo. Butler hará hincapié, en cambio, en que el universo de género es más vasto y oscilante de lo que los términos “mujer” y “hombre” pueden tolerar.

El punto que Butler intentará demostrar es que la fuerza normativa de la matriz heterosexual, que tiende a la dualidad y la identidad plena, está constantemente siendo deconstruida por prácticas de género que contradicen sus leyes principales. Estas prácticas no normativas son un ataque constante, sutil y cotidiano a las directivas de la matriz.

Sin embargo, que existan géneros desobedientes no significa que éstos, sólo por el hecho de existir, tengan la fuerza subversiva necesaria como para modificar los preceptos fundamentales de la matriz. De hecho, Butler adopta una postura antagonista de la normalidad que considera que para que la normalidad exista tiene que excluir y discriminar ciertas prácticas que operan como su exterior constitutivo. La inteligibilidad no es posible por sí misma sino que adquiere sentido diferencialmente, contrastándose con una exterioridad ininteligible, aquello que Butler, siguiendo a Julia Kristeva, denomina lo abyecto. Lo abyecto es aquella cuota de anormalidad que lo normal necesita para establecer su propia fuerza normativa. Así, las prácticas no hegemónicas cumplen dos papeles: afianzan lo legítimo y son un ámbito de posibles desviaciones. Qué efectos tengan efectivamente no puede ser algo que se determine de antemano y sin atender a su situación específica. Como veremos, la evaluación del carácter transformador o conservador de las prácticas no es universal ni abstracta. Las prácticas están situadas y para juzgarlas hay que tener en cuenta su contexto de emergencia.

Como vimos, la matriz heterosexual, el binarismo de género y la identidad de género son constituidos performativamente y, por ende, es allí donde reside tanto su fuerza como su debilidad. Su fuerza radica en que los actos que los constituyen son actos que, al ser sostenidos en el tiempo, reifican su estatus y generan la ilusión de su eternidad y naturalidad. Pero, como toda repetición en el tiempo implica la introducción de cierta heterogeneidad en aquello que se repite, también traen consigo el germen de su propia destrucción. Así, la heterosexualidad, como sistema político, paradójicamente, es compulsiva pero inestable a su vez y es esto lo que abrirá el campo para su subversión. Este es el tema al que me dedicaré en lo que queda del presente capítulo.

La noción de subversión

En este apartado me dedico a analizar detenidamente la noción de subversión tal como es presentada en El género en disputa. A mi entender, esta noción cumple un rol fundamental en el entramado de la teoría política butleriana ya que permite entender cómo se conjugan los agentes sociales y la comunidad en miras a la transformación social. En lo que sigue me detendré en cómo opera la triangulación entre agente, repetición y subversión en la teoría política butleriana y cómo se vincula a su teoría general sobre la performatividad de género.

Fuentes de la subversión

Un punto de quiebre entre Butler y otras teóricas –como W­ittig, MacKinnon y Kristeva– es que ella se niega a entender el cambio político puramente en términos radicales o revolucionarios, al mismo tiempo que rechaza anclar el motor subversivo en impulsos o posibilidades preculturales o prepolíticas. Según Butler, considerar que existe una sexualidad antes o por fuera del poder es epistemológicamente inviable, ya que tanto el sexo como el género, tal como los conocemos, se conforman al interior del ámbito cultural. Pero el problema no es sólo ontológico o metodológico sino fundamentalmente político. Recurrir a un reino precultural de posibilidades sexuales como fuente de inspiración emancipatoria no es más que un sueño “políticamente impracticable” y un error programático ya que “posterga la tarea concreta y contemporánea de proponer alternativas subversivas de la sexualidad y la identidad dentro de los términos del poder en sí”[27].

En el capítulo tres de El género en disputa, denominado “Actos corporales subversivos”, Butler pasa revista a una serie de autores y sus respectivos tratamientos de la subversión política. Entre los más importantes se encuentran Foucault, Wittig y Kristeva. Dejando de lado los problemas específicos que la autora encuentra en cada uno de estos pensadores, el denominador común que Butler ataca es que se termina apelando a alguna dimensión prediscursiva como fuente de la subversión. Si bien Foucault parecería no ajustarse a esta crítica –ya que, como vimos, rechaza la idea del sexo como sustrato previo del dispositivo político de sexualidad– Butler considera que en su tratamiento de la autobiografía de Herculine Barbin, él salvaguarda un espacio que escapa al poder y que es políticamente fértil: el placer. Como vimos cuando analizamos la teoría butleriana de la incorporación, dentro de su planteo los placeres también están embebidos culturalmente y si son expresión de algo interior es porque la interioridad es constituida por interacciones sociales. Son las leyes y las normas las que producen el mapa erótico del cuerpo, privilegiando y/o anulando la capacidad de ciertos órganos de generar placer.

La crítica a Kristeva va en esta misma dirección. De acuerdo con Butler, Kristeva defiende una teoría de la subversión según la cual ésta emerge de la heterogeneidad de impulsos que son la base oculta de la cultura. A Kristeva no le interesa la subversión cultural, porque cuando la subversión aparece lo hace por debajo de la superficie de la cultura y retorna, irremediablemente, a ese lugar. Ese otro de la cultura, lo semiótico, desde donde puede generarse la subversión, es figurado de diversas formas en la obra de Kristeva: la poesía, la psicosis, el cuerpo maternal, la lesbiana, etc. Con respecto a la lesbiana, la crítica de Butler es paradigmática de su posición téorico-política. La filósofa no cree que la lesbiana puede ser leída como una regresión libidinal a un estado previo a la aculturación o como una sexualidad por fuera de la cultura. Al igual que la bisexualidad, la lesbiana está por fuera no de la cultura sino de la legitimidad cultural, es decir, dentro de la cultura pero como una criminal. La lesbiana opera como ese margen exterior-interior que es tanto forcluido como necesario para la matriz heterosexual.

En síntesis, Butler se aparta de las posturas que localizan la fuente de la subversión en algo otro o ajeno a la cultura. En todo caso, la transformación social debará ser realizada con los recursos y formas de acción propias del sistema, imitando actos previos pero alterando su sentido. La clave para la acción política, por ende, es la repetición, no la retirada: “La tarea no es saber si hay que repetir, sino cómo repetir o, de hecho, repetir y, mediante una multiplicación radical de género, desplazar las mismas reglas de género que permiten la propia repetición.”[28]

Entre la repetición estabilizadora y la repetición dislocante

El poder, según Butler, es un proceso que se mantiene en el tiempo y que se produce y reproduce a través de una serie de actos reiterables que cumplen una función paradójica: refuerzan la estabilidad y naturalización de las normas en virtud de su sostenimiento temporal y, a la vez, permiten que aquellas normas que se repiten abran su sentido hacia nuevas direcciones, gracias a que todo diferir temporal habilita la introducción de una diferencia en el significado de lo repetido. El poder, entonces, es fuerte y débil a la vez, se nos presenta sedimentado y estable pero es pasible de sufrir modificaciones. Los actos generizados no son siempre una réplica idéntica de la norma ni una repetición uniforme de una economía de significado infalible. La repetición de los actos de género es errática, puede minar la fuerza de la autoridad al iterarse impropiamente. Así, lejos de adoptar una postura determinista, Butler admite que hay elementos en la naturaleza del poder que afectan su reproducción uniforme y que dan lugar a posibles transformaciones. Habría, entonces, dos tipos de repeticiones de las normas: unas que refuerzan su legitimidad y otras que desplazan su sentido. Si bien no es fácil distinguir entre ambas –de hecho, como veremos en el próximo capítulo, puede haber acciones mixtas– ni es posible afirmar que el sentido político de la acción será necesariamente el mismo con el correr del tiempo, es importante remarcar analíticamente esta distinción, en especial teniendo en cuenta la crítica que le hará Martha Nussbaum y que veremos en el próximo capítulo.

La idea de repetición adquiere espesor conceptual en El género en disputa cuando Butler la vincula a la parodia y, específicamente, a la parodia drag. Butler se distancia de ciertas interpretaciones ingenuas de las actuaciones drag al no considerar que sean ni una degradación de la mujer ni una apropiación acrítica de roles estereotipados heterosexuales. Butler señala, en cambio, que la estructura paródica de las actuaciones de las drag queens revela uno de los mecanismos claves del proceso productivo por medio del cual se construye el género. La filósofa cita a Esther Newton para apoyar su argumento: 

En su forma más compleja, [la travestida] presenta una doble inversión que afirma: «Las apariencias engañan». La travestida afirma [curiosa personificación de Newton]: «Mi apariencia “exterior” es femenina, pero mi esencia “interior” [del cuerpo] es masculina». Al mismo tiempo se representa la inversión opuesta: «Mi apariencia “exterior” [mi cuerpo, mi género] es masculina, pero mi esencia “interior” [yo] es femenina».[29]

Sin embargo, Butler no emplea el vocabulario de la inversión como Newton sino el de la subversión:

Yo agregaría que la «travestida»[30] trastoca completamente la división entre espacio psíquico interno y externo, y de hecho se burla del modelo [expresivista de] género, así como de la idea de una verdadera identidad de género.[31]

Cabe aclarar que en el original en inglés, donde dice “trastoca”, en realidad la autora usa la expresión “subvierte”. ¿Por qué afirma Butler que las parodias drag subvierten la distinción en lugar de invertirla? A mi entender, lo dice porque esta parodia hace más que alterar o dar vuelta los términos de la división. Más bien, lleva a cabo una desnaturalización de los mismos. Esto lo consigue mostrando que la relación entre la copia y lo copiado es más compleja que la relación entre un original y su imitación. La repetición de las formas de actuar femeninas en un contexto de extrañeza –como pueden ser los bares drag– pone en evidencia su carácter performativo y desnuda a la feminidad de toda pureza ontológica. Así, las parodias drag sacan a la luz que hay aspectos de la expresión de género femenino que han sido naturalizados cuando, en realidad, se trata de imitaciones de ideales de género compartidos, creados y aprendidos socialmente. De acuerdo con Butler, hay una similitud estructural entre los actos de género, en general, y los actos drag, en particular. En ambos casos se trata de una parodia que busca imitar una forma de ser y de actuar que opera como ideal regulativo. Sin embargo, no hay una jerarquía ontológica entre los hombres y mujeres que actúan el género que les asignaron al nacer y las drag queens que imitan el género opuesto. Es decir que las drag queens no son imitadoras de segundo grado que parodian un género original sino que revelan el carácter imitativo y paródico que yace en el corazón de toda identidad de género. En conclusión, aquello que las actuaciones drag parodian no es la feminidad sino la idea misma de género original. No hay un género primario y/o natural del cual las drag queens se copien. Todos los géneros imitan algo, y ese algo es un ideal normativo regulado socialmente, no una verdad del género oculta en el interior del sujeto. En síntesis, no hay géneros originarios sino sólo copias, y esto es el caso tanto para las drag queens como para los hombres y mujeres heterocisexuales.

La parodia drag es un elemento fundamental en la labor genealógica butleriana ya que pone en primer plano el carácter construido e imitativo de todo género. No obstante, es importante reconocer que no toda parodia es subversiva. Como se verá más adelante, ni siquiera toda parodia drag lo es. Si bien las normas son iterables, esto no significa que toda repetición paródica conducirá a un universo de género más justo, mejor o más abierto a la diversidad. Sobre este punto, volveré en el capítulo siguiente. A continuación, analizaré cómo Butler caracteriza al agente de la subversión política sin caer en posiciones voluntaristas, autonomistas ni individualistas.

El agente que no está detrás de la acción

En la conclusión de El género en disputa, Butler señala que la agencia suele ser concebida en oposición a la cultura, viendo en las adscripciones sociales límites u obstáculos al desarrollo libre de la persona y de sus capacidades de razonamiento autónomo. Esta forma de pensar al agente tiene dos problemas: primero, reivindica un yo prediscursivo, incluso si ese yo se halla en medio de una situación discursiva; segundo, considera que estar constituido por el discurso significa estar determinado por él. Esta forma de concebir la relación entre el agente y lo social es contraria a la de Butler. Para ella, el agente sí tiene oportunidades de modificar lo discursivo-normativo, desde adentro, porque éste no es sino el conjunto de prácticas que se producen y circulan en una sociedad en virtud de la acción e interacción de los agentes mismos. Estas prácticas se sedimentan en normas e instituciones cristalizadas pero, en virtud de su ontología contingente, pueden abrirse hacia nuevas configuraciones. Nuevamente, es importante reconocer que la posibilidad de cambio yace en la dinámica de significación y resignificación propia de lo social.

También es importante atender a la relación entre la agencia y la temporalidad del poder. El poder que forma al sujeto no puede entenderse como un acto fundacional (no hay un antes ni un después de la ley) sino que se trata de un proceso constante de repetición simbólica y material en el que los agentes son clave ya sea para reforzar o para desestabilizar las normas de género. Aquí parece que estoy repitiendo lo que expuse cuando analicé el poder en Butler pero esto es así justamente porque no hay una oposición entre el agente y el poder.

Creo que una forma de comprender mejor la noción de agencia butleriana es leerla en sintonía con la noción de autonomía relacional de Catriona Mackenzie y Natalie Stoljar.[32] Estas autoras señalan que las críticas feministas a la noción de autonomía no deberían conducir a un abandono del concepto mismo sino una reformulación que tenga en cuenta las adscripciones sociales del agente, no como algo a superar sino como un elemento constitutivo de su capacidad transformadora. Las autoras abogan por una concepción más rica del agente, que dé cuenta de su carácter emocional, corporal, creativo, desiderativo, así como también racional. A su vez, ponen énfasis en que las capacidades para ejercer una acción y pensamiento autónomo se adquieren en sociedad. Lo que obstaculiza la capacidad autónoma de un agente no es su pertenencia a una comunidad ni a un régimen discursivo sino ciertas formaciones opresivas que emergen en ese régimen y que restringen sus posibilidades de actuar y pensar a contrapelo de las opresiones. Así, ser un agente social no significa acatar todas las normativas e ideales vigentes. De hecho, muchas de ellas deben ser revisadas y, también, desechadas. Si bien Butler no utiliza el vocabulario de la autonomía, creo que es posible trazar una continuidad entre ambas posiciones porque de lo que se trata, a fin de cuentas, es de pensar modos de evadir la dicotomía fuerte entre determinismo y libre albedrío. En Butler, esto adopta la forma de un análisis sobre los tipos de reapropiaciones de lo social que el agente puede realizar para minar la hegemonía de sus normas más violentas. La agencia, así entendida, no debe renegar de lo cultural-discursivo sino que tiene que recurrir a las normas y prácticas compartidas pero con un espíritu modificador, buscando introducir alteraciones en lugar de reiterar fielmente su sentido previo.

A partir de estas consideraciones, estamos listos para dedicarnos al estudio del eje central de la teoría política butleriana: la noción de subversión. Para sintetizar lo visto hasta ahora, podemos afirmar que la capacidad de repetir las normas previas pero alterando su sentido (la subversión), depende no sólo de agentes sociales que logren apropiarse de las estrategias culturales disponibles sino también de una estructura normativa que no sólo restringe el agente sino que le permite torcer su situación. En sus palabras:

Si las normas que gobiernan la significación no sólo limitan, sino que también posibilitan la afirmación de campos diferentes de inteligibilidad cultural, es decir, nuevas alternativas para el género que refutan los códigos rígidos de binarismos jerárquicos, entonces sólo puede ser posible una subversión de la identidad en el seno de la práctica de significación repetitiva.[33]

¿De la parodia a la política?

En los apartados previos me dediqué a reconstruir tanto las condiciones de posibilidad de la subversión (i.e. la estructura iterable del poder y el carácter constructivista pero no determinista del mismo) y el tipo de agente de cambio que postula Butler (un agente cuya capacidad de acción transformadora emerge al interior del campo cultural y no por fuera de él). Todavía quedan algunas preguntas con respecto a la noción butleriana de subversión. ¿Qué constituye una práctica subversiva? ¿Cuáles son sus efectos? ¿Cuál es su alcance? ¿Hay criterios para determinar cuándo un acto es subversivo? Y, más aún, ¿Es la idea de subversión à la Butler útil para entender las prácticas políticas contemporáneas?

Como bien señalan Chambers y Carver, la noción de subversión constituye un elemento esencial a la hora de entender la teoría política butleriana ya que ella misma invoca el lenguaje de la subversión justamente en esos instantes en que su lectura se vuelve explícitamente política[34]. Las pretensiones políticas del libro, que Butler jamás niega, implican extender “esta legitimidad [la legitimidad de los cuerpos ‘reales’] a los cuerpos que han sido vistos como falsos, irreales e ininteligibles”[35]. Así, al contrario de lo que postula cierta lectura de Butler, su fin no es jugar a ampliar los mundos de género posibles al infinito sino pensar cómo es posible obtener legitimidad para quienes habitan actualmente los espacios desobediente de la matriz heterosexual. A pesar de emplear el lenguaje extensivista, es claro que la acción política no puede equipararse a una mera estrategia cuantitativa de suma de los que faltan sino que conlleva una transformación cualitativa de las normas culturales vigentes. Justamente, a lo que la subversión apunta, su meta, es a ese conjunto variable y contingente de normas de género que se nos presentan sustantivizadas y que ordenan el espectro de lo normal y lo anormal. Chambers y Carver también reconocen que es la heteronormatividad –o lo que, en términos butlerianos, denominamos normas de la matriz heterosexual– lo que constituye el target de la subversión. A pesar de que El género en disputa lleve como subtítulo “El feminismo y la subversión de la identidad”, ellos afirman que la identidad no es lo que debe ser echado abajo. Según su interpretación, pensar que la meta de la subversión es la identidad es una lectura demasiado literal de Butler que se aleja de sus intenciones subyacentes. Si bien, como vimos, es cierto que Butler no rechaza la idea de identidad sino que busca revelar su carácter construido, contingente e incoherente, creo que el problema de la lectura de Chambers y Carver es que al señalar que el blanco de la subversión es la matriz y no la identidad, pierden de vista que aquello que la identidad sea, cómo se entienda y cuál sea su expresión legítima, sólo es inteligible en el marco de esa matriz. Así, un ataque a las normas de género será necesariamente un ataque a las premisas fundamentales que constituyen la identidad de género, tal como es entendida hegemónicamente. Si Butler señala, por ejemplo, que la identidad es coherente si mantiene una relación causal entre el sexo, el género y el deseo, cualquier modificación de esa norma coherentista implicará una modificación de la noción de identidad. A su vez, subvertir la dicotomía entre lo original y lo subsidiario también tendrá efectos en la forma de concebir las identidades. Por eso, si bien coincido con Chambers y Carver en que el objetivo de la subversión es fundamentalmente normativo, no creo que haya que desligar la heteronormatividad de la identidad de género.

El problema, quizás, sea homologar la noción de subversión a un “echar abajo”. Según mi lectura, para Butler lo subversivo no es una cuestión de mantener o eliminar una estructura sino de roer la validez de sus normas hasta cambiar la forma de lo que nos parece normal. Subvertir, en este texto, no es destruir sino repetir desestabilizando. Como se verá en el capítulo tres, ésta no es la única estrategia política pensada por Butler. En sus artículos de Contingencia, hegemonía, universalidad, ella propone una forma más radical de entender la acción política para el caso del matrimonio entre personas del mismo sexo. Ahora bien, si lo subversivo, en El género en disputa, fuera lo que destruye, elimina o echa abajo la norma heterosexual, entonces sería imposible aventurar que hubiera, efectivamente, algún tipo de práctica subversiva, como si un acto particular pudiera deshacer la compleja red de prácticas e interacciones sociales que conforman la matriz heterosexual. Quizás, la idea de una completa erradicación de la vigencia de la heteronormatividad pueda ser un ideal regulativo que guíe las acciones políticas, pero nunca puede ser el fin inmediato de una acción subversiva. Lo subversivo, si queremos mantener el concepto para describir acciones políticas concretas y probar su aplicabilidad, es más bien una forma de minar, violar y roer la legitimidad de las normas de género vigentes. Así, esta noción se acerca a la idea de solicitación de Derrida (del latín solicitare o “hacer temblar” un edificio o una estructura desde adentro). De nuevo, las afiliaciones con el filósofo francés son útiles: como la deconstrucción, la subversión butleriana no es ni una destrucción de las dicotomías heteronormativas en un monismo de género (la idea de postgénero) ni una inversión de sus términos. Implica, más bien, un trabajo interno de erosión que abra el abanico de opciones hacia un rango mayor de posibilidades que existen actualmente pero que se encuentran deslegitimadas. La acción subversiva trabaja en las grietas del edificio heteronormativo –que, como vimos, existen en virtud de su carácter iterable– sin apelar ni a un afuera ni a un estadio anterior como fuente de su capacidad transformadora: “el cuerpo culturalmente construido se emancipará, no hacia su pasado «natural» ni sus placeres originales, sino hacia un futuro abierto de posibilidades culturales.”[36] Contra Kristeva, Butler asume que las oportunidades de cambio están disponibles en la cultura existente y que la resignificación de sus prácticas y sus ritos fundamentales pueden ayudar a minar la violencia normativa. Como vimos antes, Butler encuentra un posible escenario subversivo en las parodias drag y en la relación butch/femme lésbica. Ambas instancias sacan a la luz que los recursos utilizados en las prácticas de género legítimas (i.e heterosexuales) son los mismos recursos utilizados en las parodias y relaciones abyectas. Éstas no imitan la originalidad de las primeras sino muestran que todas con copias de recursos compartidos. Lo subversivo de estas prácticas, en este primer libro de Butler, es que niegan la supuesta originalidad y primacía de la heterosexualidad mostrando que se trata de una práctica imitativa más (si bien tiene el plusvalor de ser la práctica legitimada por la normativa heterosexual vigente).

Un punto adicional a tener en cuenta en el desarrollo butleriano de la subversión es que no es posible saber, de antemano y fuera de contexto, qué será subversivo. Por un lado, la subversión, como toda repetición, adquiere sentido dependiendo del contexto en el que emerja y de las relaciones que entable con los otros elementos del entorno. Uno de los ejemplos más claros es el de la palabra inglesa queer que ha sido utilizada como vocablo de insulto hacia la comunidad gay y luego reapropiada por el colectivo LGBTIQ. Esta palabra no tiene el mismo sentido cuando es entonada en la marcha del orgullo que cuando es usada para atacar a una persona gay. Su sentido ha sido modificado al cambiar su contexto de enunciación: han cambiado las condiciones políticas, el anunciante, la audiencia, el mensaje, etc. A su vez, para una teoría crítica de la capacidad del sujeto de adueñarse de sus actos, no es posible controlar los efectos de una acción. Un inocente comienzo puede generar grandes modificaciones así como una acción con fines subversivos pueden tener efectos reaccionarios. Este es el caso, por ejemplo, de muchos actos feministas que, a pesar de surgir para reivindicar el rol de la mujer, terminan obturando la capacidad participativa de muchas mujeres que no se ven representadas ni acogidas por ese colectivo, por ejemplo, por presumir que ese sujeto es una mujer blanca, clase media y occidental, como vimos previamente[37].

Finalmente, de acuerdo con Butler, la subversión tiene el mismo destino que las metáforas: pueden ser fuertemente disruptivas en un principio y convertirse en parte del status quo posteriormente. No hay nada en el acto subversivo mismo que le permita mantener su fuerza perturbadora por siempre, ni hay actos de los que podamos conocer todas sus consecuencias a futuro. Aquello que hoy nos parece romper con las normas heterosexuales, quizás termine fortaleciendo, en lugar de desestabilizando, dichas normas. La desestabilización, por ende, se evalúa caso a caso y prestando atención al contexto; no hay recetas ni criterios universales que se apliquen a todas las situaciones sino que la interpretación de qué es o no es subversivo siempre será o bien probabilista o bien escrita en tiempo pasado. Como buena hegeliana[38], el pensamiento sobre la subversión de Butler vuela con el búho de Minerva y siempre llega demasiado tarde.

Ahora bien ¿qué hace que Butler señale que las parodias drag –e incluso las relaciones butch/femme– sean subversivas? Aquí habría que centrarnos en un punto importante de su teoría de la subversión: sus efectos. Es decir, las consecuencias que una acción subversiva puede desencadenar. En sus palabras:

La pérdida de las reglas de género multiplicaría diversas configuraciones de género, desestabilizaría la identidad sustantiva y privaría a las narraciones naturalizadoras de la heterosexualidad obligatoria de sus protagonistas esenciales: «hombre» y «mujer».[39]

En mi opinión, cuando Butler habla de “pérdida de las reglas” no quiere decir un abandono de todo tipo de regulación sino contar con reglas más amplias, más revisables, menos violentas, menos excluyentes que las que tenemos en la actualidad. Como vimos, esta “pérdida” no parece ser posible a partir de un acto revolucionario de destrucción de la normativa vigente sino que parece ser, más bien, un ideal regulativo que guía una serie continua y repetida de actos corrosivos. Así, entonces, creo que podríamos hablar de dos nociones de subversión en Butler: por un lado, se trata de una serie de actos que atacan las normas de género resignificando su sentido previo (y éste es el concepto que trabajo fundamentalmente en esta tesis) y, por el otro, puede remitir a un ideal utópico que, a pesar de que nunca llegue, puede operar como norte de los proyectos políticos presentes. La autora sospecha, en este libro y sobre todo en los posteriores, de la posibilidad de una inclusión completa que logre abarcar en un único marco normativo las experiencias y estilos de vida de todos sus miembros. Al fin y al cabo, como vimos, la fuerza de la normalidad requiere la exclusión de una serie de “anormales”. Sin embargo, creo que es en la distancia entre el desencanto y la esperanza donde se juega la lucha política efectiva.

Los efectos, por ende, de los actos subversivos tienden a liberar la identidad de género de su obligatoria heterosexualidad y a legitimar la existencia de quienes no son inteligibles dentro de la matriz heterosexual vigente. Como señala en el prólogo de 1999, el fin es hacer que quienes viven vidas ininteligibles, imposibles, ilegítimas e irreales puedan trastocar esta situación injusta. Esto, nuevamente, no es una lucha que afecta meramente a los sujetos abyectos sino que, si el centro es definido por su diferencia con la periferia, modificaciones en la situación ontológica de lo abyecto alterará significativamente el sentido y validez de lo que consideramos normal o inteligible.

Con relación a lo anterior es que podemos identificar otro de los aspectos medulares de la noción de subversión butleriana: su función reveladora. Como vimos anteriormente, Butler reivindica la genealogía foucaultiana porque fue una herramienta clave para echar luz sobre las operaciones performativas constitutivas del género que, en virtud de su repetición, quedan ocultas. Algo similar ocurre con las prácticas paródicas que Butler clasifica de subversivas, como la parodia drag. De hecho, el capítulo final de su libro, y el que ha generado más polémica, se titula “De la parodia a la política”, señalando que hay algo en el acto paródico que tiene consecuencias políticas. Pero, ¿qué es lo que hace de la parodia un paso hacia la política? En sus palabras:

[D]entro de la distinción sexo/género, el sexo se presenta como «lo real» y lo «fáctico», la base material o corporal en la que interviene el género como un acto de inscripción cultural […] Lo «real» y lo «sexualmente fáctico» son construcciones fantasmáticas -ilusiones de sustancia- a las que los cuerpos están obligados a acercarse, aunque nunca puedan. Entonces ¿qué permite enseñar la hendidura entre lo fantasmático y lo real, mediante lo cual lo real se reconoce como fantasmático? ¿Proporciona esto la opción de una repetición que no esté completamente constreñida por la orden de volver a afianzar identidades naturalizadas? Así como las superficies corporales se representan como lo natural, estas superficies pueden convertirse en el sitio de una actuación disonante y desnaturalizada que descubre el carácter performativo de lo natural en sí.[40]

A mi entender, las palabras clave de este párrafo son “enseñar” y “descubre”, ya que la pregunta por lo subversivo se contesta haciendo referencia a la desnaturalización, es decir, a la revelación del carácter fantasmático de lo real, a la exhibición de que las ontologías no son fundacionales sino construidas. La parodia drag logra, al nivel de la performance, lo que la genealogía conseguía a nivel teórico: revelar que los actos de género son performativos. Esta sensación de extrañeza es la que Butler misma admite haber experimentado en sus primeros encuentros con actuaciones drag. En Deshacer el genero, ella relata que cuando era joven y estaba escribiendo su doctorado, se la podía describir como una “lesbiana de bares” [bar dyke], que pasaba sus días leyendo Hegel y sus noches frecuentando un bar de lesbianas que, ocasionalmente, se transformaba en un bar drag.[41] Es allí donde tuvo su primera experiencia del género como un acto performativo: le sorprendió ver en aquellos llamados “hombres” actuar una femineidad que ella, a pesar de ser mujer, nunca quiso o pudo actuar. La femineidad, que ella siempre supo que no le pertenecía, le pertenecía a otros y ella era más feliz siendo su audiencia que encarnándola. La parodia drag, así, fue uno de los elementos que le permitió a Butler darse cuenta que el género no es más que una serie de actos performativos.

Ahora bien, Butler misma reconoce que una reconsideración de lo que consideramos real o irreal no es suficiente para cambiar el rumbo político ni las normas de género violentas. Como veremos en el próximo capítulo, desnaturalizar no es suficiente para transformar la realidad de género. A pesar de esto, ella señala en el prólogo que:

Aunque esta idea [el carácter fantasmático del género] no constituye de por sí una revolución política, no es posible ninguna revolución política sin que se produzca un cambio radical en nuestra propia concepción de lo posible y lo real. En ocasiones este cambio es producto de ciertos tipos de prácticas que anteceden a su teorización explícita y que hacen que nos replanteemos nuestras categorías básicas: ¿qué es el género, cómo se produce y reproduce, y cuáles son sus opciones? En este punto, el campo sedimentado y reificado de la «realidad» de género se concibe como un ámbito que podría ser de otra forma; de hecho, menos violento.[42]

En esta cita se hace claro que la desnaturalización está vinculada a la transformación de las normas culturales aunque también es posible entrever que no pueden ser consideradas equivalentes.

Cierre

Me gustaría cerrar este primer capítulo advirtiendo que la noción butleriana de subversión no es inmune a desafíos y cuestionamientos. A mi entender –y es algo que volverá a aparecer cuando veamos las críticas– hay ciertas ambigüedades y confusiones en su idea de subversión y de cambio social. En ocasiones, Butler vincula la subversión a la desestabilización y modificación de las normas de género. Esto se ve claramente cuando ella remarca los efectos de la subversión: ampliar las posibilidades de género, extender la legitimidad de vidas sexuales. Por otro lado, en numerosas ocasiones, Butler homologa la subversión a la mera exhibición del carácter artificial de ciertas prácticas, como si revelar que algo es contingente habilitara de por sí su transformación. ¿Es la desnatu­ralización suficiente para subvertir una norma, incluso si entendemos que la subversión no es un “echar abajo” sino un debilitamiento? ¿Mostrar que algo es contingente, incoherente o fantasmático tiene, necesariamente, efectos desestabilizantes? ¿O hace falta, quizás, algo más? Con relación a estos interrogantes, también es válido preguntar si la parodia drag es, de hecho, un acto subversivo como parece señalar Butler. Incluso si homologamos la subversión a la mera revelación del carácter contingente del género ¿son las actuaciones drag subversivas? ¿Es adecuada la caracterización que hace la autora de los actos drag?

Otra ambigüedad palpable en su libro es entre la subversión como acto privado e individual y la subversión como estrategia política que supone un sujeto colectivo y público. A pesar de que Butler nunca reduce explícitamente la agencia subversiva a un sujeto individual es cierto que el nivel colectivo, grupal y público no está, a mi entender, completamente desarrollado en El género en disputa. Si bien hay reflexiones sobre las posibilidades de armar coaliciones, muchas veces sus comentarios son puramente críticos. La forma de concebir el agente en Butler, ¿sirve para entender el funcionamiento de un grupo político representativo, pieza clave del universo político contemporáneo? ¿Se puede desprender del análisis butleriano una forma de concebir la articulación de diversas demandas particulares en un movimiento colectivo?

Finalmente, también es posible indagar en los problemas que surgen de equiparar la subversión a las metáforas y sostener que es imposible predecir qué prácticas serán subversivas en el futuro. Esta falta de capacidad predictiva, ¿es una insuficiencia de la teoría política de Butler? ¿Sigue resultando útil una visión política que no nos permite determinar qué acciones serán transformadoras y cuáles no lo serán?

Son estas y otras preguntas las que analizaré en el próximo capítulo cuando me dedique a reconstruir y evaluar algunas de las objeciones que la noción de subversión butleriana recibió en los últimos años.


  1. Nietzsche, Friederich. La Genealogía de la Moral. Buenos Aires: Alianza, 2008, p.59.
  2. Butler, Judith. El género en disputa… op. cit., p. 285.
  3. Fraser, Nancy y Nicholson, Linda. “Crítica social sin filosofía: un encuentro entre el feminismo y el postmodernismo” en: Linda Nicholson (comp.) Feminismo/posmodernismo. Buenos Aires: Feminaria, 1992, p. 10.
  4. Citado en: Squires, Judith. Gender in Political Theory. Cambridge: Polity Press, 2000, p. 57.
  5. Thornham, Sue. “Second Wave Feminism”, en: Sarah Gamble (ed.) The Routldege Companion to Feminism and Postfeminism. Nueva York y Londres: Routledge, 2001, p.35.
  6. Butler, Judith y Braidotti, Rosi. “El feminismo con cualquier otro nombre, Judith Butler entrevista a Rosi Braidotti”, en Rosi Braidotti. Feminismo, diferencia sexual y subjetividad nómade. Barcelona: Gedisa, 2004, p.94.
  7. Ibíd., p. 97.
  8. Beauvoir, Simone de. El segundo sexo. Buenos Aires: Debolsillo, 2013, p. 207.
  9. Butler, Judith. El género en disputa… op. cit., p. 65.
  10. Derrida, Jacques. “Carta a un amigo japonés”, El tiempo de una tesis: Deconstrucción e implicaciones conceptuales, Barcelona: Proyecto A Ediciones, 1997, pp. 23-27.
  11. Derrida, Jacques. “Différance”, Márgenes de la filosofía, Madrid: Cátedra, 1998.
  12. Foucault, Michel. Historia de la sexualidad: La voluntad del saber. Buenos Aires: Siglo XXI, 2006, p. 113.
  13. Ibíd., p. 183.
  14. Ibíd., p. 105.
  15. Butler, Judith. El género en disputa… op. cit., p. 266.
  16. El epígrafe de Derrida con el que Butler abre Cuerpos que importan es ilustrativo: “No hay ninguna naturaleza, sólo existen los efectos de la naturaleza: la desnaturalización o la naturalización.” Butler, Judith. Cuerpos que importan. Sobre los límites materiales y discursivos del “sexo”. Buenos Aires: Paidós, 2005, p. 17.
  17. Butler, Judith. El género en disputa… op. cit., p. 84.
  18. Butler, Judith. “Performative Acts and Gender Constitution: an Essay in Phenomenology and Feminist Theory”, Theatre Journal, vol. 40, no. 4, 1988, p. 528.
  19. Butler, Judith. El género en disputa... op. cit., p. 25.
  20. Butler, Judith. El género en disputa… op. cit., p.170.
  21. Creo que enfatizar esta idea es importante porque protege a Butler de ciertas críticas, como la de María Luisa Femenías. Según la filósofa argentina, Butler sostendría una noción de bisexualidad originaria y forcluida. Femenías admite que Butler no dice explícitamente esto pero asegura que se sigue de sus argumentos. A mi entender, la crítica de Butler a Rubin y su rechazo a la idea de una sexualidad original previa a las configuraciones sociales, impide la reconstrucción de Femenías. No habría una bisexualidad originaria que viene a ser posteriormente reprimida porque es la misma ley la que genera, retrospectivamente, la distinción entre algo primario y algo secundario. Femenías, María Luisa. Judith Butler: Introducción a su lectura. Buenos Aires: Catálogos, 2003, p. 186-187.
  22. Butler, Judith. El género en disputa… op. cit., p. 164.
  23. En Cuerpos que importan Butler presenta la discusión más claramente: “Si el género es una construcción, ¿debe haber un ‘yo’ o un ‘nosotros’ que lleven a cabo o realicen esa construcción? ¿Cómo puede haber una actividad, un acto de construcción, sin presuponer la existencia de un agente que preceda y realice tal actividad? ¿Cómo podemos explicar la motivación y la dirección de la construcción sin tal sujeto? Cómo réplica, yo sugeriría que para reconcebir la cuestión bajo una luz diferente hace falta adoptar una actitud recelosa en relación con la gramática. Porque si el género es algo construido, no lo es necesariamente por un ‘yo’ o un ‘nosotros’ que existan antes que la construcción, en ningún sentido espacial o temporal del término ‘antes’. En realidad, no está muy claro que pueda haber un ‘yo’ o un ‘nosotros’ que no haya sido sometido, que no esté sujeto al género, si por ‘generización’ se entiende, entre otras cosas, las relaciones diferenciadoras mediante las cuales los sujetos hablantes cobran vida. Sujeto al género, pero subjetivado por el género, el ‘yo’ no está ni antes ni después del proceso de esta generización, sino que sólo emerge dentro (y como la matriz de) las relaciones de género mismas. (…) Esto nos conduce pues a [una] segunda objeción, la que sostiene que el constructivismo niega la capacidad de acción, se impone por encima de la instancia del sujeto y termina suponiendo la existencia del sujeto que cuestiona. Afirmar que el sujeto es producido dentro de una matriz – y como una matriz – generizada de relaciones no significa suprimir al sujeto, sino sólo interesarse por las condiciones de su formación y su operación.” Butler, Judith. Cuerpos que importan… op. cit., p. 25.
  24. Rancière, Jacques. El desacuerdo: política y filosofía. Buenos Aires: Nueva Visión, 2007.
  25. Butler, Judith. El género en disputaop. cit., p.158.
  26. Ibíd., p. 292.
  27. Ibíd., p. 94.
  28. Ibid., p. 287.
  29. Butler, Judith. El género en disputa…op. cit., p. 267. Los corchetes son del original
  30. En esta tesis prefiero usar la expresión en inglés “drag queen” en lugar de usar la expresión “travestida” que es la que aparece en la edición española de El género en disputa. La preferencia se debe a que, por lo menos en el mundo drag norteamericano, drag es una actuación que no necesariamente trae aparejado un cambio en la identidad de género de la persona que se draguea. Es decir, muchas de las personas que realizan performances drag se identifican como cis-varones gays. La travesti, en cambio, por lo menos en nuestro país, sí es considerada una identidad trans en la que la persona se autoidentifica ya sea como mujer, ya sea como travesti, ya sea como mujer travesti.
  31. Ídem. Mi cursiva
  32. Mackenzie, Catriona y Stoljar, Natalie (ed.). Relational Autonomy: Feminist Perspectives on Autonomy, Agency, and the Social Self. Oxford: Oxford University Press, 2000.
  33. Butler, Judith. El género en disputa…op. cit. p., 282. Mi cursiva
  34. Chambers, Samuel y Carver, Terrell. Judith Butler…op.cit., p.137.
  35. Butler, Judith. El género en disputa…op. cit., p. 29.
  36. Ibíd., p. 196.
  37. En el libro semi autobiográfico Read my lips, de la activista transexual Riki Anne Wilchins, se nos ofrece otro ejemplo. Ella describe un gran número de acciones de grupos feministas y queer que, a pesar de pretender ser emancipatorios, terminaron violentando y excluyendo a quienes prentedían emancipar. Un ejemplo interesante es el de los Gay Games –o también denominado Queer Olympics– en el que una mujer trans, a pesar de identificarse como mujer, fue tratada todo el tiempo de “señor”, se le dio un instructivo en donde se le pedía que entregara cartas de su psicólogo y su médico explicando porqué sería imposible para ella competir con su “sexo originario”, para finalmente explicarle que era probable que tenga que terminar compitiendo como hombre. Así, una acción que comenzó siendo un espacio para quienes siempre fueron discriminados en el mundo del deporte, terminó siendo aún más ofensivo para parte de ese colectivo. Wilchins, Riki Anne. Read my Lips: Sexual Subversion and the End of Gender. Ithaca y Nueva York: Firebrand Books, 1997, pp. 73-78.
  38. Cabe aclarar que Butler hizo su doctorado sobre la filosofía hegeliana y su recepción francesa. Los resultados de su investigación pueden leerse en su primer libro editado: Butler, Judith. Sujetos del deseo Reflexiones hegelianas en la Francia del siglo XX. Buenos Aires: Amorrortu, 2012.
  39. Butler, Judith. El género en disputa…op. cit., p. 284.
  40. Ibíd. p. 284.
  41. Butler, Judith. Undoing Gender...op.cit., pp. 213-214.
  42. Butler, Judith. El género en disputa…op. cit., p. 28


Deja un comentario