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3 Aplicaciones subversivas

Lo nuevo no está en lo que se dice,

sino en el acontecimiento de su retorno.

–Michel Foucault, El orden del discurso[1]

Introducción 

El objetivo de este capítulo es emplear la noción de subversión para analizar dos casos polémicos en estudios de género: la pornografía alternativa y el matrimonio entre personas del mismo sexo. Si definimos la subversión como un tipo de repetición de las normas que las resignifica y las vuelve menos excluyentes, entonces el análisis de dos prácticas que se comprometen con los recursos disponibles, no para erradicarlos, sino para cambiar su sentido estipulado, puede servir para poner a prueba la potencia interpretativa de esta noción. Además, el examen de estos dos casos me servirá para ilustrar algunas de las características de la noción de subversión que he venido desarrollando. Por un lado, me permitirá volver sobre la exhortación butleriana a no hacer interpretaciones universales y fuera de contexto sobre el carácter subversivo de ciertos actos. Por otro lado, me ayudará a revisar el problema de las consecuencias no deseadas de las acciones y de las posibles derivas opresivas de aquellos actos que pensamos que serán subversivos.

En primer lugar, me dedico a examinar la pornografía alternativa y su papel en la reproducción o desestabilización de la matriz de género dominante. Para eso, confronto una visión sumamente crítica de esta práctica en general –la de Catharine MacKinnon– con mi propia perspectiva inspirada en la obra de Butler. En este caso, mi intención es mostrar no sólo que la pornografía alternativa puede ser interpretada como una práctica subversiva de las normas hegemónicas de género sino también cuestionar la radicalidad de los argumentos de MacKinnon.

En segundo lugar, examino la cuestión del matrimonio entre personas del mismo sexo, en Estados Unidos y Argentina. El análisis de este caso es peculiar porque utilizo la idea butleriana de subversión para poner en duda la lectura del tema que ella misma hace en Contingencia, hegemonía, universalidad. Si bien la interpretación de Butler permite echar luz sobre algunos problemas presentes en el movimiento de gays y lesbianas norteamericano, considero que su enfoque no logra entrever las posibilidades subversivas que una ampliación de la institución matrimonial puede tener para las sociedades heterosexistas.

El motivo por el cual dedico un capítulo a la aplicación del concepto de subversión es doble: al mismo tiempo que pretendo intervenir en los debates feministas en torno a estas cuestiones, intento profundizar mi tesis central, a saber, que la noción de subversión de Butler es una herramienta útil para la teoría política contemporánea. A diferencia de lo que plantea Nussbaum, la obra de Butler sí tiene elementos que ofrecer para la evaluación de casos empíricos concretos. Incluso si los estudios empíricos no estuvieran lo suficientemente presentes en su obra, no lo considero una falla estructural de su teoría sino una invitación a adueñarnos de sus postulados para nuestras propias interpretaciones.

Este capítulo es la última parada de un recorrido hermenéutico cuya meta es reivindicar el lugar de Butler como pensadora de lo político. Si en el primer capítulo desarrollé el lugar de la noción de subversión en la teoría de género butleriana y en el segundo busqué reforzar esta noción de cara a las objeciones, esta última parte tiene como meta mostrar que la noción de subversión es un instrumento provechoso no sólo para interpretar situaciones políticas presentes sino también para poner en cuestión los presupuestos de perspectivas teóricas rivales.

El caso de la pornografía[2]

Tanto la pornografía como la prostitución han sido temas que partieron aguas dentro de la teoría feminista contemporánea. Desde posturas que sostienen que ambas prácticas son intrínsecamente opresivas hacia las mujeres hasta quienes defienden la libertad y el derecho de quienes deciden obtener ganancias económicas con la erotización de su cuerpo, el abanico de opciones dentro del feminismo es plural y discordante.

En este apartado me detendré, particularmente, en la cuestión de la pornografía alternativa y las posibilidades de considerarla una práctica subversivas, en los términos en que vengo desarrollando esta idea. Mi presentación se dividirá en los siguientes pasos. En primer lugar, me abocaré al análisis de una de las posturas más conocidas en contra de la pornografía, la de Catharine MacKinnon. El motivo por el cual elegí esta autora es que, junto a Andrea Dworkin, ha sido uno de los referentes insoslayable en el debate feminista en torno a la aceptación o prohibición de la pornografía. A su vez, al mantener una postura explícitamente opuesta a la butleriana, MacKinnon se presenta como una interlocutora ideal para contrastar mis argumentos. A continuación, intentaré ofrecer argumentos en contra de su postura, haciendo hincapié en la denominada pornografía alternativa y la pornografía hecha por y para mujeres. Para esto, utilizaré un estudio de campo sobre las motivaciones de las mujeres involucradas en este tipo de producciones y examinaré dos filmes –uno de Annie Sprinkle y otro de Erika Lust– para defender la tesis de que la pornografía no es, única y exclusivamente, un medio para reforzar la dominación masculina sino que puede ser pensada como un ámbito de desplazamiento y cuestionamiento de algunas de sus normas más opresivas. Por último, intentaré mostrar que lo que nos permite la pornografía alternativa es criticar no sólo la idea de que toda pornografía es opresiva hacia las mujeres sino también las teorías feministas que creen que la única forma de liberación es la abolición de las prácticas opresivas, negando valor político a la estrategia de resignificación.

La pornografía y el sometimiento femenino

Es difícil que una discusión sobre pornografía dentro del feminismo no se refiera, aunque sea para distanciarse, a la obra y el activismo de Andrea Dworkin y Catharine MacKinnon. El pensamiento de estas autoras ha sido sumamente influyente a la hora de plantear, tanto a nivel teórico como a nivel de políticas públicas, una estrategia a favor de las regulaciones legales, e incluso la censura, de la pornografía. Ambas autoras obtuvieron gran reconocimiento a principios de los años 80 por apoyar la demanda de Linda Boreman contra su ex marido Chuck Traynor. Boreman acusaba a Traynor por haberla forzado a participar como personaje principal en Deep Throat (1972), una de las primeras películas porno que obtuvo atención masiva en Estados Unidos. También fueron conocidas por redactar una ordenanza en la que se clasificaba a la pornografía como una violación de los derechos civiles de la mujer (y voy a citar una parte de esta ordenanza en breve).

Ambas autoras mantienen una postura que, en principio, parecería ser bastante intuitiva para cualquiera familiarizado con la industria pornográfica: la pornografía es la subordinación sexual, gráfica y explícita de las mujeres. Su objetivo, no obstante, es mostrar que la pornografía no sólo refleja la dominación patriarcal vigente sino que la refuerza. A partir de esta premisa, las autoras demandan la censura del porno y lo caracterizan como una violación de los derechos civiles de las mujeres. La representación pornográfica no sería un mero espejo de la realidad sino un elemento clave en la producción y reproducción de toda una serie de relaciones sexuales jerárquicas y violentas.

En el artículo “Sexuality, Pornography, and Method: ‘Pleasure under Patriarchy’” [“Sexualidad, pornografía y método: ‘el placer bajo el patriarcado'”], MacKinnon desarrolla algunas de sus ideas más conocidas sobre la pornografía. Su tesis principal es que la dominación masculina, en nuestras sociedades contemporáneas, se manifiesta de forma sexual. Los varones sexualizan la jerarquía de género y obtienen placer erótico a través de la agresión y subordinación de aquellos que tienen menos poder. Según MacKinnon, esto se hace evidente en la cantidad de violaciones y abusos sexuales que las mujeres experimentamos en nuestra vida diaria y que son un índice de que no estamos ante un fenómeno excepcional o esporádico sino ante una constante estructural.[3] Una teoría feminista de la sexualidad, entonces, debe poder dar cuenta de cómo el poder masculino hace de la sexualidad un fenómeno “definido por los hombres, impuesto sobre las mujeres y constitutivo del significado del género”[4]. Según esta perspectiva, los varones son los responsables de las facetas agresivas que adopta la sexualidad mientras que las mujeres aparecen como víctimas de un sistema que las obliga a asumir conductas sexuales denigrantes.

Ahora bien, la construcción social de la sexualidad admite diversas formas de expresión. La prostitución, las violaciones, el abuso sexual, el incesto y la violencia doméstica son algunas de las formas más visibles de la desigualdad sexual. Al ser menos directa, la pornografía suele ser considerada más inofensiva o incluso secundaria respecto a las prácticas anteriores pero eso es un error según MacKinnon. La pornografía es uno de los medios más populares y difundidos de instrucción y aprendizaje sobre la dominación sexual masculina.

En la denominada “ordenanza de derechos civiles antipornográficos Dworkin-MacKinnon”, de 1983, las autoras definen a la pornografía de la siguiente manera:

1. La pornografía significa la subordinación gráfica, sexualmente explícita de las mujeres a través de imágenes y/o palabras que incluyen uno o más de los siguientes [elementos]:

a) las mujeres son presentadas deshumanizadas, como objetos sexuales, cosas o mercancías; o

b) las mujeres son presentadas como objetos sexuales que disfrutan la humillación o el dolor; o

c) las mujeres son presentadas como objetos sexuales que experimentan placer sexual en las violaciones, incesto u otros ataques sexuales; o

d) las mujeres son presentadas como objetos sexuales atados, o cortados, o mutilados, o golpeados o lastimados físicamente; o

e) las mujeres son presentadas en posturas o posiciones de sumisión sexual, servidumbre o exposición; o

f) las partes del cuerpo de las mujeres –incluyendo pero no limitándose a la vagina, pechos o nalgas– son exhibidas de forma tal que las mujeres son reducidas a esas partes; o

g) las mujeres son presentadas siendo penetradas por objetos o animales; o

h) las mujeres son presentadas en escenarios de degradación, humillación, herida, tortura, mostradas como sucias o inferiores, sangrando, con moretones o lastimadas en un contexto que hace que esas condiciones sean sexuales.

2. El uso de varones, niños o transexuales en lugar de mujeres en (a) a (h) de esta definición también es pornografía para los propósitos de esta ley.

3. Persona incluye niño o persona transexual.[5]

Esta definición coincide con cómo MacKinnon describe a la pornografía en el artículo previamente mencionado. Toda representación pornográfica exhibe lo que los hombres quieren: mujeres atadas, golpeadas, violadas, humilladas o, para hacer justicia al softcore, al menos mujeres sexualmente disponibles para el placer masculino. A su vez, presenta al deseo femenino en total dependencia del deseo masculino. La pornografía se caracteriza por deshumanizar y reducir a la mujer a un mero objeto sexual, a la vez que justifica la violación y muestra a las mujeres como prostitutas por naturaleza. Según esta postura, la pornografía es un mecanismo que refuerza el mandato cultural que homologa la sexualidad a la violencia y a la dominación por parte de los varones. En palabras de MacKinnon:

Para que quede claro: lo sexual es lo que le da al varón una erección. Lo que sea que se necesite para estremecer y endurecer un pene con la experiencia de su potencia es lo que la sexualidad significa culturalmente […]. Lo que se entiende por violación, convencionalmente penetración y coito, define el encuentro sexual paradigmático.[6] 

Y, más adelante, marca las diferencias entre su postura y otras perspectivas teóricas, como la butleriana: “En términos filosóficos contemporáneos, aquí nada está ‘indeterminado’ en el sentido postestructuralista; todo está muy determinado […]. El punto feminista es simple. Los varones son las condiciones materiales de las mujeres.”[7]

La teoría de MacKinnon, a pesar de compartir el espíritu constructivista de Butler, se encuentra a sus antípodas. Si para Butler el poder es algo difuso, que emerge de diversos puntos de irradiación y cuya inscripción nunca es completa, el poder para MacKinnon está determinado, se encuentra definido por el hombre y se le impone a las mujeres. Como veremos en las próximas secciones, los caminos a seguir por ambas pensadoras también irán en direcciones opuestas: lejos de apuntar a una resignificación de los términos de la sexualidad, MacKinnon sólo podrá defender el ataque frontal a las representaciones pornográficas.

Otra mirada sobre la pornografía

La postura antipornográfica fue atacada, casi simultáneamente a su surgimiento, por aquellas pensadoras que no compartían ni el diagnóstico ni la solución de MacKinnon y Dworkin. Por un lado, ya en la década del 80, las denominadas feministas pro-sexo salieron en defensa de la libertad sexual y la importancia del consentimiento tanto en la pornografía como en la prostitución. Para autoras como Drucilla Cornell[8], por ejemplo, censurar o prohibir la pornografía y la prostitución termina minando la única verdadera solución a largo plazo para las mujeres que ejercen dichas actividades, a saber, la sindicalización. Para otros pensadores –especialmente los cercanos al posporno, como Preciado– es un error dejar la regulación y el control de la sexualidad a una entidad patriarcal como el Estado[9].

Mi intención en esta sección no es reproducir esas posturas críticas (si bien comparto parte de sus inquietudes) sino, como ya adelanté, ampliar los argumentos en contra de MacKinnon tomando como premisa la noción butleriana de subversión. A continuación, entonces, buscaré mostrar que su teoría flaquea ante el surgimiento de nuevas formas de hacer pornografía que utilizan el dispositivo convencional pero alterando su sentido previo. Entre estas nuevas producciones es posible nombrar la denominada pornografía hecha por y para mujeres (en donde el objetivo no es deshumanizar ni objetivar a la mujer sino hacerla protagonista, como personaje y como consumidora, de este tipo de representación), algunas obras pornográficas de Annie Sprinkle (que parodian las convenciones sin refutar el mecanismo) así como una serie de trabajos de la española Erika Lust.

Voy a comenzar tomando como disparador el artículo “Women-made Pornography” [“Pornografía hecha por mujeres”] de Jill Bakehorn que aparece en una compilación sobre la industria del sexo, Sex for Sale, del año 2010. Allí la autora expone los resultados de un estudio de campo que realizó en torno a las motivaciones de las mujeres que dirigen “pornografía hecha por y para mujeres”. A diferencia de lo que aparecía en otro de los artículos de ese mismo libro (uno que indagaba en las motivaciones de quienes actuaban en la pornografía mainstream y que se reducían, básicamente, a dos respuestas: dinero y fama), las mujeres que se dedican a dirigir, escribir y actuar en este otro tipo de pornografía tienen otras respuestas para dar. Según numerosas entrevistas realizadas por Bakehorn, muchas de estas mujeres afirman haber entrado en la industria porno para fomentar la educación sexual, para dar voz a su perspectiva política y, fundamentalmente, para remediar una falta y una falla que muchas de ellas percibía en la pornografía tradicional. El problema que estas directoras veían en los materiales pornográficos convencionales y de mayor circulación no sólo se relaciona con la falta de un punto de vista femenino sobre el deseo, el placer y el erotismo sino también con la ausencia de representaciones que reivindiquen el lesbianismo por sí mismo y no como entretenimiento para los hombres heterosexuales. A su vez, tampoco estaban satisfechas con las formas en que las mujeres de color, las mujeres asiáticas y las latinas eran personificadas –o más, bien, estereotipadas. Finalmente, tampoco estaban de acuerdo con el ideal de belleza, tanto femenino como masculino, que se exhibía en la mayoría de las películas pornográficas comerciales.

Algunas de estas directoras admiten perseguir fines no sólo eróticos sino principalmente educativos. Muchas de estas películas alternativas, según las directoras, se produjeron ante la falta de educación sexual centrada en el placer femenino y ante la falta de conocimiento sobre la transmisión del VIH en el sexo lesbiano. En palabras de Dorrie, una de las directoras:

En la época en que hice mi primer video, que era un video sexual sobre fiestas sexuales y sobre sexo seguro entre mujeres, el CDC [Centro para el Control y Prevención de las Enfermedades] ni siquiera admitía que las mujeres podían transmitir VIH a otras mujeres… y esto era a comienzos de los 80, tenían un montón de guías sobre cómo definir a una lesbiana y no estaban bien hechas, no eran reales. No había, básicamente, información sobre las transmisiones de mujer a mujer… Así que, desde entonces, me convertí en una activista sobre temas relacionados a las mujeres, más que nada a las lesbianas pero también a las bisexuales, y sobre sexo seguro y cómo nos infectaban las enfermedades, las infecciones sexualmente transmitidas y el VIH… No había educación y el único ejemplo de educación estaba en la pornografía. Y no era muy bueno, no era útil, no estaba dominado por las mujeres. No era la visión que yo buscaba, así que creé la mía.[10]

Creo que un elemento interesante del artículo de Bakehorn es que señala importantes diferencias, tanto en la forma de presentar los temas eróticos así como en la forma de producir las películas, entre la denominada “pornografía hecha por y para mujeres” y la pornografía convencional producida por los grandes estudios de filmación[11]. Los temas presentados son más variados que los de la industria mainstream, hay un mayor cuidado con respecto a los estereotipos, muchas de las películas tienen una trama interesante y una mayor atención a la estética, etc. A su vez, se intenta modificar las condiciones de producción y crear una nueva forma de trabajar con los actores y actrices que no se desentienda de los derechos de los trabajadores sexuales.

Para profundizar esta línea de análisis, podemos incorporar las contribuciones de Annie Sprinkle, una activista y artista feminista que solía actuar y dirigir películas porno. La especialista en estudios pornográficos, Linda Williams, formula una serie de preguntas sobre la obra de Annie que son cruciales para nuestro análisis:

¿Acaso Annie representa un nuevo cambio en la agencia feminista que va más allá de algunas de las oposiciones binarias más problemáticas del feminismo –más allá, por ejemplo, de la oposición que postula a la pornografía como algo hostil a las mujeres; más allá de la oposición que postula a la pornografía como algo hostil al arte: más allá de la oposición que postula a las mujeres como víctimas sin poder del poder sexual masculino y, por ende, como colonizadas en sus deseos?[12]

Junto a Williams podríamos decir que la respuesta es positiva. Las películas de Annie cuestionan estas oposiciones a partir de la resignificación de algunas de las técnicas y mecanismos más tradicionales de la pornografía. Annie logra, por lo menos en las películas que ella dirige, desestabilizar el paradigma mujer-pasiva/hombre-activo de la pornografía previa. Y no lo hace negando las convenciones sino apropiándose de ellas, modificando su sentido previo. El caso paradigmático de la práctica resignificante de Annie Sprinkle es Deep Inside Annie Sprinkle, de 1982, la primera películas dirigida por ella. Como señala Annie en Herstory of porn (1999), un filme documental de corte autobiográfico, ella empezó a dirigir sus propias películas porque estaba cansada de las películas porno en las que venía trabajando. En lugar de abandonar la pornografía porque era mala decidió simplemente hacer mejor pornografía. La anécdota contada en Herstory of porn de cómo Annie creó Deep Inside Annie Sprinkle deja en claro su deseo de mejorar un dispositivo que no le satisfacía pero que no quería dejar atrás. Según Annie, este primer filme fue realizado tras protagonizar una película satánica en la que los miembros de un culto al diablo violaban a su personaje. Ella recuerda que en esa época tenía muchas fantasías vinculadas a la violación y por eso quiso participar en esa escena, pero cuando efectivamente filmaron la secuencia, las cosas se pusieron mucho más intensas de lo que pensaba y terminó verdaderamente asustada. Desde ese entonces no tuvo más fantasías sobre violaciones y se propuso crear una película en la que nadie tuviera que forzar o manipular a ningún personaje para tener sexo. Así surgió Deep Inside Annie Sprinkle. Como la intención de Annie era hacer un filme en el que los espectadores estuvieran íntimamente involucrados y que pareciera más interactivo, su personaje le habla constante y explícitamente a la audiencia. A lo largo del filme, el personaje de Annie ofrece un recorrido por una serie de escenas sexuales que o bien no aparecían en las películas mainstream del momento, o bien eran poco populares (como un orgasmo múltiple femenino), o bien podían parecer sumamente tradicionales para la época pero a las que, en algún momento, les da un giro innovador. Por ejemplo, al comienzo se presenta la escena de un trío convencional entre dos hombres y una mujer. Pero lo novedoso es el coqueteo homoerótico entre los dos hombres y el control que ejerce el personaje de Annie en toda la escena. A continuación, nos encontramos con otra secuencia tradicional: un dúo lésbico con un intruso masculino. Lo no convencional son la características físicas de la segunda mujer, Sassy (su estatura, por ejemplo), la forma en que Annie utiliza sus pechos para estimular el clítoris de Sassy, o la llegada al orgasmo de ellas mucho antes de la aparición del hombre en escena. En otra escena, la penetración anal de Annie (otro recurso habitual) es preambulada por una no tan convencional explicación de cómo dar placer anal a un hombre. En esta escena, el tabú del hombre penetrado y la escasa erotización del ano masculino en el sexo heterosexual, característicos de la pornografía de la década del 80, se ven desplazados.

Siguiendo esta línea de análisis, podemos examinar el corto The Good Girl (2004) de Erika Lust, en el que presenciamos una resignificación de la clásica escena del repartidor de pizza. En la pornografía tradicional, esta escena incluye a un delivery boy que va a la casa de una mujer atractiva quien, al no tener dinero para pagar su pedido, se ríe, coquetea con el muchacho, se saca la ropa y tiene sexo con él. Como señala Lust, lo que esta escena clásica nos muestra es un personaje femenino unidimensional y un varón feliz de intercambiar sexo por dinero (o, mejor dicho, por pizza). The Good Girl, que lleva incluso un título paródico, imita las convenciones de esta escena tradicional pero con varias modificaciones:

En el corto ella está en el centro, ella lleva la acción adelante y ella decide vivir su “fantasía porno”. Incluso el gran final, una corrida en su cara, es pornografía arquetípica, pero es una práctica deseada por ella misma, y viene después de que ella experimente su orgasmo […]. Además, la mujer no está “putificada”, ella paga su pizza, y hasta le invita a él un trozo después del sexo.[13]

Nuevamente, se trata de una directora que se apropia de las convenciones pero rechazando el ideal de la mujer pasiva y victimizada para restituir la agencia del personaje femenino como ser sexual empoderado.

A esta altura del análisis, es conveniente aclarar que no busco defender la idea de que existe algo así como un tipo de pornografía para hombres y un tipo de pornografía para mujeres. De hecho, es sumamente factible que existan mujeres que encuentren placer erótico al consumir pornografía mainstream, así como habrá varones insatisfechos con el mecanismo tradicional y que busquen otras fuentes de placer. Pensar que hay algo así como una forma esencialmente femenina –o masculina– de obtener placer de medios audiovisuales es un riesgo que está presente en algunas perspectivas de la pornografía alternativa pero que, creo, es conveniente evitar. Lo que intento hacer, más bien, es mostrar cómo fue cambiando la forma de producir, reproducir y consumir pornografía a medida que nuevas voces aparecieron en el campo y qué tipo de modificaciones se produjeron con el fin de dejar atrás el rol pasivo y deshumanizante de las mujeres sin tener que abandonar la práctica misma.

La respuesta de MacKinnon

Claramente estas directoras y actrices son afines al movimiento feminista pro-sexo ya que afirman constantemente el valor político de empuñar las posibilidades de la sexualidad femenina y rechazan que todo acto sexual sea una manifestación de la dominación patriarcal. ¿Qué tiene para decir una propuesta como la de MacKinnon frente a este tipo de movimiento? ¿Qué tiene para decir respecto a las mujeres que admiten disfrutar la pornografía tradicional y respecto a quienes eligen retorcer el dispositivo pornográfico para volverlo más inclusivo? La respuesta de esta autora es apelar a su falsa conciencia. Para ella, las mujeres que disfrutan la pornografía tal como existe actualmente lo hacen porque aprendieron las formas dominantes de experimentar la sexualidad. Su “elección” es la única manera que tienen de lidiar con la objetificación sexual que sufren. El único mecanismo que tienen para adquirir respeto propio es decir: “yo lo elijo”.

Sorprendentemente, de acuerdo con MacKinnon, esto es así no sólo para quienes disfrutan la pornografía tradicional sino también, incluso, para quienes producen pornografía alternativa. Para la autora, estas nuevas formas de hacer porno no son una verdadera alternativa sino un reforzamiento del régimen patriarcal. Esto es así porque las nuevas representaciones meramente parodian o imitan los arreglos sexuales tradicionales pero en ningún caso los desestabilizan:

Las variaciones o desviaciones múltiples de la pornografía respecto al esquema génerico-sexual macho dominante/mujer sumisa no son excepciones a estas regularidades de género. Las afirman. La capacidad que tienen los reveses de género (dominatrix) o las inversiones (homosexualidad) para producir excitaciones sexuales se deriva precisamente de su imitación, o parodia, o negación o inversión de los mecanismos estándar. Esto, en lugar de debilitar los arreglos sexuales estándar, los afirma o admite como tales.[14]

Ahora bien, dado este rechazo a las posibilidades subversivas del porno alternativo, uno podría preguntarse cuál es la forma, para esta autora, de desestabilizar el régimen patriarcal y seguir afirmando algún tipo de sexualidad femenina. Por un lado, como vimos, la respuesta de MacKinnon apunta a una intervención estatal que erradique la práctica pornográfica, considerándola una violación a los derechos civiles femeninos. Por otro lado, en el artículo de MacKinnon que venimos trabajando, ella ofrece, a medida que entrelaza sus palabras con citas de Dworkin, otra respuesta: “’La reluctancia, disgusto y frigidez sexual de las mujeres’, el puritanismo y la mojigatería de las mujeres frente al sexo, es la rebelión silenciosa de las mujeres contra la fuerza del pene…es ‘una rebelión ineficaz, pero una rebelión no obstante’”[15] En resumidas cuentas, la rebelión implica un rechazo radical al dispositivo estándar o una retirada de los modos vigentes de relacionarse sexualmente. La pornografía alternativa es desechada porque no hace sino imitar la violencia original, sin modificar en absoluto el significado de las relaciones de género. De hecho, parecería que incluso la repetición con diferencia refuerza lo repetido.

¿Pero qué sucedería si pensáramos, como venimos haciendo con el aparato conceptual butleriano, que una de las formas de luchar contra un sistema opresivo radica en la reapropiación y resignificación de sus dispositivos? ¿Qué sucedería si adjudicáramos un mayor grado de agencia y autonomía a aquellas mujeres que disfrutan viendo y haciendo pornografía en lugar de considerarlas víctimas ciegas o alienadas de un régimen que las controla y domina? ¿Qué posibilidades políticas se abren si dejamos de considerar a la sexualidad femenina como el resultado inerte de prácticas de género opresivas y la concebimos como un espacio a partir del cual se pueden desprender nueva formas de imaginar, quizás más igualitariamente, las relaciones sexuales? Quizás, las preguntas relevantes sean las opuestas: ¿cuáles son las consecuencias políticas de una teoría que le concede poder absoluto al imaginario fálico masculino y que considera que todo acto sexual representado pornográficamente es objetificador y deshumanizante? ¿Acaso no termina reificando y naturalizando ese imaginario?

Creo que la bifurcación de fondo a la que nos llevan MacKinnon y Butler es si debemos destruir por completo el dispositivo pornográfico existente para poder hablar de una subversión de la sexualidad violenta o si podemos, acaso, encontrar fisuras dentro del mismo desde donde sea posible resignificar sus normas opresivas. Esta resignificación buscaría ya no deshumanizar a las mujeres sino brindar nuevas herramientas para reapropiarse de su sexualidad. La bifurcación entre una perspectiva abolicionista y una resignificante no es independiente del tipo de teoría de género que subyace a estas propuestas políticas. Si consideramos que dentro del sistema de género vigente la sexualidad adopta necesariamente la forma de una dominación masculina, entonces será necesario abolir los mecanismos que reproducen esta dominación. ¿Qué caminos podemos tomar si seguimos la propuesta de MacKinnon? O bien tendremos que censurar la pornografía in toto, lo cual le quitaría a las mujeres la capacidad de producir sus propias representaciones sexuales. O bien tendremos que establecer criterios demarcatorios entre la buena y la mala pornografía (sin embargo, como vimos, esta no es una estrategia avalada por MacKinnon ya que incluso la pornografía alternativa parecería ser una mera imitación de su contraparte hegemónica). O bien, como la cita previa lo ejemplifica, tendremos que adoptar el camino de la retirada (frigidez, disgusto, reluctancia). Si, en cambio, creemos que el dispositivo de sexualidad no es determinista sino que contiene espacios en donde es posible inyectar actos que minen la violencia de sus normas hegemónicas, entonces podemos aliarnos con las mujeres involucradas en nuevas formas de representar la sexualidad y contribuir en las reflexiones sobre cómo representar el deseo femenino de forma novedosa, creativa y agenciada.

A mi entender, lo interesante del caso de la pornografía alternativa es, justamente, que nos permite plantear importantes preguntas en términos teóricos y prácticas. Por un lado, y más particularmente, nos obliga a pensar en qué medida es posible representar la sexualidad de modo diferente y en tensión con la forma dominante. Por otro lado, y de forma más general, nos fuerza a decidir qué tipo de teoría feminista nos interesa defender y cuáles son sus consecuencias políticas. Si pensamos que el régimen de género se construye repitiendo normas opresivas pero creemos también que en esa repetición hay lugar para el surgimiento de algo diferente, entonces es posible celebrar la existencia de producciones que hagan uso del dispositivo tradicional pero retorciéndolo, transformándolo. En este apartado, traje a colación algunos ejemplos del campo de la pornografía alternativa para mostrar que existen videos porno que subvierten los ideales de género dominantes. En especial, atacan la reducción de la mujer a un mero objeto sexual y el uso del lesbianismo como una forma de entretenimiento para los hombres heterosexuales. Otras normas que se ven puestas en duda son: el privilegio del sexo reproductivo (aunque esto se da en casi toda la pornografía[16]), el canon de belleza femenino y masculino, la noción de que la mujer disfruta la violación, la prioridad de la penetración vaginal, la importancia del pene erecto[17], la idea del orgasmo masculino como broche de oro del acto sexual, entre otras.

Como nos enseña Butler, la interpretación del carácter subversivo de la pornografía alternativa no puede hacerse en el vacío sino que tendrá que atender a los contextos en que esta práctica emerge. En mi opinión, el contexto relevante en este caso no es solamente la gigantesca industria pornográfica mainstream sino también la forma en que estas nuevas producciones circulan y son recibidas por quienes las consumen. El hecho de que haya una gran proliferación de páginas web con pornografía alternativa, que hayan surgido festivales, workshops y eventos para celebrar estas producciones, que haya comunidades (virtuales y reales) que aúnen a quienes antes no tenían con quien compartir experiencias eróticas similares y que, por eso, temían ser “anormales”, que existan cada vez más compañías productoras de este tipo de películas y que haya una apertura del mercado hacia producciones que representan minorías sexuales, es un índice de que algo ha cambiado en los últimos años en términos de la representación de la sexualidad.

Sin embargo, como también aprendimos de Butler, hay que recordar que las prácticas tienen varias consecuencias y que debemos permanecer atentos a las derivas opresivas que puedan surgir en este campo. En este sentido creo que, en ocasiones, las defensoras de la pornografía para mujeres pueden terminar cayendo en posturas que esencializan el placer femenino. Un caso peligroso es el de la obra de Erika Lust quien, a pesar de aclarar constantemente que ella no se reserva el derecho de dar una doctrina sobre cómo debe ser el cine para adultas, y remarcar una y otra vez que las mujeres somos todas diferentes, muchas veces termina defendiendo ideas que reifican cómo las mujeres disfrutan el sexo. Un caso emblemático es cuando hace un cuadro comparativo entre el porno para hombres y el porno para mujeres. En el lado masculino ella incluye cosas como “mamada hasta el fondo de la garganta” versus “sexo oral practicado a la chica”, del lado femenino; o “medias rejilla, minifaldas de puta, top minúscula, zapatos imposibles con tacos y plataforma” del lado masculino versus “un vestido chulo de Miss Sixty, de Armani o de Mango, unos tejanos y una camiseta”[18] del lado femenino. En mi opinión, esta forma dicotómica de ver a la pornografía no sólo termina siendo reduccionista sino que universaliza deseos –muchos de ellos con un claro contenido clasista– que no son fácilmente extrapolables al conjunto de mujeres. A su vez, cuando se dedica a analizar la estética del cine para mujeres, Lust sostiene que a las mujeres les importa la ropa de los protagonistas, el diseño de la caja del DVD, los detalles de los escenarios porque: “Todo lo femenino tiende a tener más estilo y diseño que lo masculino, desde tiempos inmemoriales. Y con el porno ha de suceder lo mismo: nosotras lo haremos más bonito.”[19] A mi entender, esta postura puede correr el riesgo de esencializar a la mujer en lugar de cuestionar qué operaciones de exclusión se llevan a cabo cuando se extrapola una experiencia femenina particular a la posición de experiencia femenina universal.

A modo de conclusión me interesa señalar que si bien no hay que olvidar que, como señalaban MacKinnon y Dworkin, gran parte de la pornografía presenta imágenes denigrantes de las mujeres, es erróneo universalizar el carácter opresivo de esta práctica a todas sus derivas, sin atender a los giros y transmutaciones que pueden surgir cuando quienes fueron tradicionalmente oprimidos por esas prácticas logran apropiarse de los medios de producción. Una teoría como la de estas autoras, que le otorga todo el poder a la dominación patriarcal, se vuelve ciega a los momentos en que su lógica hegemónica se fisura y da lugar a nuevas prácticas resignificantes. Esta ceguera, creo, es un precio políticamente caro de pagar para el feminismo en tanto nos impide aliarnos con quienes buscan formas alternativas de representar la sexualidad para no ceder el terreno erótico a lo masculino. Como intenté mostrar a lo largo de este apartado, la pornografía puede ser uno de los campos de batalla en el que las caracterizaciones dominantes de la sexualidad abran su sentido hacia nuevas direcciones y en el que se subviertan las normas de género hegemónicas. Como toda batalla, el resultado no estará definido de antemano pero la estrategia de la retirada sólo nos conduce a soslayar uno de los caminos posibles hacia un universo de género más inclusivo.

Matrimonio entre personas del mismo sexo

El tratamiento más sistemático en la obra temprana de Butler de la cuestión del matrimonio entre personas del mismo aparece en el capítulo “Universalidades en competencia” de Contingencia, hegemonía, universalidad. Como no me he dedicado al análisis de este libro hasta ahora, primero haré una breve introducción a sus temas para, posteriormente, examinar los argumentos que esgrime Butler para cuestionar el movimiento de gays y lesbianas que aboga por el matrimonio igualitario.

Las discusiones entre Butler, Laclau y Zizek toman como punto de partida su compromiso teórico con las tres nociones presentes en el título del mismo. En particular, los tres admiten la utilidad del concepto de hegemonía entendido como un proceso político de articulación contingente de demandas dispares. En Hegemonía y estrategia socialista, Laclau y Mouffe definen a la hegemonía como la lógica política encargada de la creación, reproducción y transformación de las relaciones sociales. La hegemonía no es un concepto topográfico ni lo político es caracterizado como una superestructura. Por el contrario, la articulación política hegemónica es la responsable de constituir la ontología de lo social[20]. Lo político apunta a cómo se articulan las relaciones sociales en un espacio público surcado por el antagonismo y fundado en una estructura indecidible incapaz de determinar de antemano las posiciones sociales existentes. Según Laclau y Mouffe, la hegemonía comprende dos movimientos: la articulación (i.e. la congregación de un conjunto de demandas particulares en torno a un eje que opera como centro de la representación de esa multiplicidad y que se pretende universalizar) y el antagonismo (i.e. aquello que funciona como el exterior constitutivo del grupo, aquello que permite la equivalencia de una serie de demandas diversas en tanto se enfrenta a un Otro radicalmente otro).

Volviendo a la obra de Butler, es importante señalar que este concepto posmarxista se encuentra en sintonía con su propia concepción política, especialmente con aquellos aspectos vinculados a la noción de normalidad y abyección que venimos trabajando. De acuerdo con la filósofa, aquello que es considerado normal y anormal no es algo determinado de antemano sino una construcción, de índole social y política, producto del enfrentamiento. Esta construcción, basada en una relación desigual de poder, se cristaliza en toda una serie de relaciones sociales. Si bien estas relaciones están solidificadas, son pasibles de ser modificadas a futuro en virtud de luchas políticas.

En este libro del año 2000, Butler entiende a la hegemonía en relación con “las organizaciones políticas democráticas [que] se constituyen mediante exclusiones que retornan para frecuentar aquellas organizaciones políticas predicadas sobre la ausencia de esas exclusiones”[21]. Ese retorno de lo excluido (lo abyecto) alimenta el proceso democrático ya que obliga a expandir y rearticular las premisas básicas de la democracia y tiene como resultado una reorganización del espacio social. Como señalaba en El género en disputa, aquello que se considera marginal puede usurpar lo normal hasta el punto tal de modificar su lógica interna. Si lo normal y lo abyecto se hallan en una relación antagónica de definición y conformación, la introducción de lo no normativo en las prácticas normativas cambiará la cara de ambos fenómenos y permitirá nuevas relaciones sociales. Como señala Butler “la teoría de la performatividad no dista mucho de la teoría de hegemonía en este sentido: ambas enfatizan la forma en que el mundo social es construido –y emergen nuevas posibilidades sociales– en diversos niveles de acción social mediante una relación de colaboración con el poder.”[22] Así, la hegemonía, en tanto lógica política de institución de órdenes sociales precarios, está vinculada a la noción de performatividad. Cuando una nueva hegemonía, o contrahegemonía, consigue reformular las normas vigentes de género y habilita la institución de formas más inclusivas de relaciones sociales, también guarda afinidad con la noción butleriana de subversión. En el capítulo que analizaré a continuación, “Universalidades en competencia”, Butler examina la lucha por el matrimonio entre personas del mismo sexo en Estados Unidos como una de las formas (si bien cuestionable) que tienen los excluidos de frecuentar las instituciones que los excluyen.  

Argumentos en contra del asimilacionismo

Butler introduce el tema del matrimonio igualitario afirmando que, en el movimiento LGBT estadounidense contemporáneo, podemos distinguir dos posiciones con respecto a la inclusión de personas gays y trans en instituciones que solían rechazarlos (como las Fuerzas Armadas y el matrimonio):

1. El asimilacionismo (que busca incorporarse a las instituciones dadas).

2. El rechazo radical no sólo a la incorporación sino a esas instituciones per se.

A lo largo del capítulo, la filósofa se acerca más a esta segunda postura argumentando no tanto en contra de esta lucha sino en contra de que sea la meta principal del movimiento de diversidad sexual. También Butler pone en duda que la asimilación sea un avance real hacia una mayor inclusión. Para defender su posición ofrece una serie de argumentos que examinaremos a continuación. En primer lugar, señala que el peligro de la legalización del matrimonio entre personas del mismo sexo es que, de suceder, el matrimonio en sí mismo dejará de ser una zona disputada. Como la inclusión de personas gays y lesbianas en las instituciones que solían rechazarlos ha sido considerada por gran parte de la opinión pública como un gran éxito, Butler se pregunta si esto no termina funcionando como una suerte de clausura de los debates en torno a la deseabilidad del matrimonio y las Fuerzas Armadas. En segundo lugar, Butler considera que la legalización del matrimonio igualitario es problemática porque refuerza el papel del Estado en cuestiones de regulación de las relaciones sexuales. Si se legaliza, el Estado ampliará su poder y su prerrogativa de distinguir entre alianzas legítimas (que tienen derechos y beneficios) e ilegítimas (que no gozan de esos derechos y beneficios). El problema de la lucha por el matrimonio igualitario es que lejos de buscar transformaciones en el plano de la sociedad civil, asume como sede de la democratización al Estado mismo. Así, para Butler, se reprivatiza la sexualidad “sacándola de la esfera pública y del mercado, dominios donde se la ha politizado intensamente”[23]. En tercer lugar, Butler señala que si se aprueba el matrimonio entre personas del mismo sexo, los gays y lesbianas entrarán en comunidad con los heterosexuales casados pero tendrán que cortar sus alianzas con otros marginados:

quienes están solos sin relaciones sexuales, las madres o padres solos, las personas que se divorciaron, los que están en relaciones que no son de tipo marital ni tienen ese estatus, otras lesbianas, otros gays y transexuales cuyas relaciones sexuales son múltiples (lo cual no quiere decir inseguras), cuyas vidas no son monógamas, cuya sexualidad y cuyo deseo no tienen como sede (principal) el hogar conyugal, cuyas vidas son consideradas menos reales o menos legítimas[24].

Así, la inclusión de gays y lesbianas en la institución matrimonial terminaría generando más exclusiones y divisiones, al exacerbar la distinción entre quienes forman alianzas legitimadas por el Estado y aquellos que forman alianzas ilegítimas.

Lo que resulta particularmente interesante para los propósitos de este trabajo, es que Butler concluye su crítica al movimiento asimilacionista rechazando la lectura de la repetición subversiva. En sus palabras:

Debe quedar claro aquí que no estoy, en este caso, propiciando una visión de la performatividad política que sostiene que es necesario ocupar la norma dominante para producir una subversión interna de sus términos. A veces es importante rechazar sus términos, dejar que el término mismo desaparezca, quitarle su fuerza.[25]

Según Butler no hay que repetir ni resignificar el matrimonio sino reivindicar relaciones sexo-afectivas por fuera de los términos dominantes y legitimados por el Estado. Por todas estas cuestiones, Butler prefiere alinearse con las posturas radicales que rechazan la institución matrimonial en sí en lugar de buscar asimilarse a la misma.

Butler contra Butler

En esta sección me distancio de la postura butleriana sobre el matrimonio tomando como herramienta crítica la misma noción de subversión que ella niega para este caso. Para comenzar, creo que es importante marcar que las opciones frente a la legalización del matrimonio entre personas del mismo sexo no son necesariamente dos: asimilación a la institución tal como existe o rechazo a la misma. En todo caso, se podría pensar que existe una tercera posición: aquella que considera que una vez que el matrimonio se abra a la aceptación de personas del mismo sexo la misma institución se verá modificada. Así, se podría pensar que existe una postura integracionista-crítica que pretende ingresar ya no al matrimonio como sede de la legitimidad heterosexual sino a una versión más inclusiva de la misma. En segundo lugar, teniendo en cuenta la recomendación butleriana de siempre leer las prácticas sociales atentos a su contexto de emergencia, se podría afirmar que la ampliación del matrimonio para incorporar a gays y lesbianas en países en los que la institución todavía mantiene fuertes vínculos, por lo menos a nivel simbólico, con la Iglesia Católica puede ser visto como una resignificación subversiva de la institución. En el caso argentino, por ejemplo, el hecho de que tanto los heterosexuales como los homosexuales puedan contraer matrimonio representa un paso más hacia la secularización de la institución y un fuerte golpe al heterosexismo homofóbico de los grupos católico-evangelistas que se manifestaron en su contra. A su vez, se podría pensar que uno de los corolarios del matrimonio igualitario puede ser que, a largo plazo, traiga aparejado no sólo una resignificación del matrimonio sino también un debilitamiento de la fuerza normativa que todavía tiene el ideal de la familia tipo (con madre y padre heterosexuales). Adicionalmente, creo que Butler se equivoca cuando afirma que la ampliación del matrimonio hacia personas del mismo sexo implica que la institución deje de ser una zona disputada. Como ella misma señala, al dejar afuera a un gran número de personas y relaciones que no cumplen los requisitos maritales, creo que seguirán surgiendo voces que pongan en duda la necesidad y deseabilidad de esta institución, o que la hagan avanzar a nuevas configuraciones (o, quizás, a su obsolescencia). En tercer lugar, incluso si admitiéramos la importancia de deshacernos del matrimonio, podríamos pensar que la postura radical que propone eliminar la institución es una estrategia ineficaz ya que buscar erradicar desde afuera, en lugar de socavar por dentro, una práctica afianzada en nuestras sociedades modernas. En este sentido, podríamos hacernos eco de las palabras de Butler en el primer artículo de Contingencia, hegemonía, universalidad:

La transformación social no ocurre simplemente por una concentración masiva en favor de una causa, sino precisamente a través de las formas en que las relaciones sociales cotidianas son rearticuladas y nuevos horizontes conceptuales abiertos por prácticas anómalas o subversivas[26].

¿Por qué no pensar que la modificación del matrimonio es una de esas formas de rearticular una práctica cotidiana, dando lugar a nuevas relaciones sociales? ¿Por qué no pensar que el matrimonio entre personas del mismo sexo es una de esas formas que tiene lo excluido de retornar para frecuentar y subvertir una institución cuyo poder surgía a causa de esa exclusión? Siguiendo esta misma línea, creo que es conviene tener en cuenta que, de hecho, la institución matrimonial ya venía siendo resignificada por las distintas luchas que fueron cambiando el estatus, los derechos y las obligaciones de sus miembros. El matrimonio no es una entidad estática sino un proceso, situado en el tiempo, que ha ido modificándose históricamente. Por ejemplo, no es lo mismo el matrimonio en un contexto en el que el divorcio es permitido que en un contexto en el que no lo es, o en el que es casi imposible acceder a él por cuestiones económicas. Tampoco es lo mismo el matrimonio cuando ambas partes pueden pedir el divorcio por los mismos motivos que cuando se establecen estándares desiguales.[27] No es lo mismo el matrimonio en el que la mujer posee el estatus de femme covert[28] que aquél en el que se admite que el marido puede cometer un acto de violación sexual.

A mi entender, sí es posible pensar al matrimonio igualitario como una forma de resignificación subversiva pero creo Butler no lo hace porque tiene una gran desconfianza hacia el Estado como organismo de regulación de las relaciones sociosexuales y confía, por el contrario, en la capacidad de la sociedad civil como motor del cambio social. Esta desconfianza se hace patente cuando la autora critica a quienes luchan por el matrimonio igualitario: “Quienes buscan el matrimonio se identifican no sólo con aquellos que recibieron la bendición del Estado, sino con el Estado mismo.”[29] Si bien esta postura de Butler es común dentro de la izquierda norteamericana[30], no considero que sea la mejor interpretación de la política. Como señalan Laclau y Mouffe en Hegemonía y estrategia socialista[31], considerar al Estado como sede de la dominación y a la sociedad civil como locus de la subversión es problemático teniendo en cuento que existen profundas desigualdades dentro de la sociedad civil. Además, tenemos que recordar que el Estado ha sido, históricamente, un instrumento clave a la hora de aprobar legislaciones que debilitaron conductas discriminatorias, muchas veces yendo contra la sociedad civil. Esta forma de pensar la política, supone una mala caracterización del Estado y de las relaciones entre el Estado y la sociedad civil. Por un lado, asume una visión reificada del Estado al considerarlo un medio homogéneo de dominación, externo a los ciudadanos, en lugar de pensarlo como un ensamble de prácticas múltiples que no pueden reducirse a un único centro de poder ni que conviven armoniosamente. El Estado contemporáneo no es una entidad monolítica sino, como señalan Laclau y Mouffe, un “conjunto dispar de ramas y funciones sólo relativamente integrado por las prácticas hegemónicas que tienen lugar en su interior”[32]. Al caracterizarlo como una entidad unificada y externa a las luchas sociales, Butler descree del Estado como posible sede de antagonismos democráticos y le quita valor a la lucha por apropiarse de lo que el Estado sea y signifique. Pero si entendemos al Estado no como una cosa sino como una serie de prácticas, procesos y funciones que pueden entrar en conflicto con otros centros de poder dentro del mismo Estado, entonces podríamos imaginar que es en su mismo seno donde se pueden producir avances subversivos. Una concepción del Estado que lo postule como algo separado de la sociedad civil es incapaz de analizar las múltiples interacciones y puntos de contacto y solapamiento entre ambos. Cabe aclarar que no estoy en contra de la distinción analítica entre ambas dimensiones –el Estado y la sociedad civil– sino de la creencia de que existe, de hecho, una separación maniquea entre ellos y que uno representa la sede de la dominación y el otro, el espacio de la lucha democrática. Una heredera de la teoría política foucaultiana, como es Butler, debería tener en cuenta que así como el poder no es algo que irradia de un único centro, tampoco la subversión puede ser adjudicada a un único ámbito. En este sentido, no considero, como lo hace Butler, que el hecho de que el debate sobre la legalización del matrimonio igualitario suceda en el Congreso implique una reprivatización de la sexualidad ni remueva la discusión de la sociedad civil. Por lo menos en el caso argentino, las discusiones, argumentos, testimonios y opiniones proliferaron en la esfera pública durante las discusiones parlamentarias. Si bien no quiero caer en la concepción ingenua de creer que las leyes todo lo remedian, y considero que es necesario impulsar un cambio a nivel del sentido común para avanzar contra la homofobia, que la ley de matrimonio igualitario haya sido tratada en el Congreso abrió una posibilidad de discutir mediáticamente el mandato heterosexista como pocas veces se había visto. De nuevo, marcar una división fuerte entre el Estado y la sociedad civil impide entrever el impacto, la circulación y la retroalimentación que tienen los discursos que se dan en la sociedad civil y en el Congreso.

Por último, si bien es cierto que la lucha por el matrimonio igualitario puede generar exclusiones, en especial de quienes no cumplen los requisitos para acceder a ese derecho, habría que evaluar si éste es un motivo para abandonar la lucha o si no es, más bien, una consecuencia normal de cualquier articulación hegemónica. Según las premisas de teorías como la de Butler, Laclau y Mouffe, es imposible que haya articulaciones hegemónicas que sean omniinclusivas y que no dejen por fuera a algún otro. Si toda articulación de demandas implica, necesariamente, la exclusión de ciertas otras, ¿puede ser esto un motivo para desechar la lucha por el matrimonio igualitario? Como Butler misma señala, la dinámica política democrática se basa en exclusiones. La ventaja de la democracia es que estas exclusiones pueden retornan para frecuentar aquellas organizaciones predicadas sobre la ausencia de ellas –y no hay nada que impida que los grupos de gays y lesbianas apoyen a quienes todavía quedan fuera del contrato matrimonial (como nada impidió que un número significativo de personas heterosexuales apoyara a los colectivos LBGT que militaban por la legalización del matrimonio igualitario).

Si bien a lo largo de este apartado intenté defender una postura contraria a la de Butler –basándome en su propia noción de subversión como repetición con diferencia– creo que sus advertencias sobre el matrimonio entre personas del mismo sexo pueden servir para estar atentos a posibles derivas opresivas de esta lucha. Si, como venimos notando, las acciones tienen varios niveles de eficacia y numerosas consecuencias no deseadas, que haya autores que no celebren una nueva legislación puede servirnos para seguir pensando críticamente sobre ella. Como vimos, la teoría de la subversión nos enseña que lo que hoy parece disruptivo puede terminar anquilosándose, perdiendo toda capacidad transformadora. Algo similar puede suceder con la cuestión del matrimonio igualitario, lo cual nos obliga a no dormir en los laureles y a seguir trabajando por la subversión de la heteronormatividad. Es por eso que las críticas de Butler y de los pensadores queer que niegan el potencial subversivo del matrimonio igualitario no deben ser silenciadas sino recordadas constantemente. Estas críticas son útiles para evitar las celebraciones ingenuas, para sospechar de las panaceas legalistas y para no olvidar a quienes quedan fuera de esta ampliación de derechos.


  1. Foucault, Michel. El orden del discurso. Buenos Aires: Tusquets Editores, 1992, p.24.
  2. Algunas de las ideas que aparecen en esta sección fueron publicadas en el artículo: Solana, Mariela. “Pornografía y subversión: una aproximación desde la teoría de género de Judith Butler”, Convergencia, vol. 20, nº 62, 2013, pp. 159-179. Le agradezco a los miembros del grupo de lectura de teoría queer de la Facultad de Filosofía y Letras (UBA) del que formé parte durante la escritura de esta tesis por haber discutido una versión previa de esta sección.
  3. MacKinnon, Catharine. “Sexuality, Pornography, and Method: ‘Pleasure under Patriarchy’”, Ethics, vol.99, no. 2, University of Chicago Press, enero 1989, pp.315-316.
  4. Ídem. Mi cursiva.
  5. Dworkin, Andrea y MacKinnon, Catharine. “Appendix D: The Model Ordinance”, Pornography and civil rights: a new day for women’s equality. Minneapolis: Organizing Against Pornography, 1988, en línea. Extraído de: http://www.nostatusquo.com/ACLU/dworkin/other/ordinance/newday/AppD.htm
  6. MacKinnon, Catharine. “Sexuality…” op. cit., pp. 325-326. Mi cursiva.
  7. Ídem.
  8. Cornell, Drucilla. At the Heart of Freedom, Feminism, Sex and Equality, Princeton: Princeton University Press, 1998, pp. 33-65.
  9. Preciado, Paul B. “Entrevista”, blog Parole de Queer, disponible en: http://paroledequeer.blogspot.com.ar/2014/01/entrevista-con-beatriz-preciado.html
  10. Citado en Bakehorn, Jill. “Women-made pornography”, en: Ronald Weitzer (ed.) Sex for sale: Prostitution, Pornography and the Sex Industry. Londres y Nueva York: Routledge, 2010, p.95.
  11. Creo que es importante resaltar que el enemigo de la pornografía alternativa son los videos pornográficos producidos por los grandes estudios de filmación. Y es importante resaltarlo porque, a mi entender, en ocasiones la crítica posporno a la pornografía “convencional” no es del todo aplicable a las nuevas formas de producción pornográfica que surgieron tras el boom de internet. Si bien mi interés en esta sección es centrarme en la pornografía alternativa más que defender la pornografía convencional, una mirada rápida por la sección “categorías” de sitios populares como pornhub.com o youporn.com nos ofrece un panorama taxonómico de lo más plural: amateurs, bisexuales, masoquistas, fetichistas diversos, aficionados a los dibujos animados, al hardcore, al softcore, al sexo interracial, a las MILF, a las coloradas, amantes de los tríos, de los juguetes, de los pechos pequeños, de los pechos grandes, quienes se excitan viendo gente fumando, seguidores del cosplay, entre otros. En algunos de los sitios hay casi 80 categorías. En este sentido, considero incorrecto el modo en que algunas exponentes del posporno cuestionan la sexualidad del porno convencional. Según Laura Milano, por ejemplo, la pornografía es “heteronormativa (donde lo ´normal´ es lo hetero) y coitocentrada (donde el sexo es el coito y los genitales son la única zona erógena del cuerpo)”. El problema es que este tipo de acusación parece desconocer la multiplicidad de prácticas eróticas que aparecen en las páginas más populares de pornografía y que están a años luz de reducirse a la mera “penetración, eyaculación, orgasmo”, como supone Milano. Ahora bien, esto no significa que no existan estereotipos, modos de producción opresivos, exhibiciones problemáticas de la diversidad sexual, etc. Pero el sexo heterosexual penetrativo es sólo un minúsculo recoveco en la enorme variedad de prácticas sexuales que aparecen en los sitios pornográficos más populares. Agradezco a Patricio González Sidders el haberme ayudado a entender cómo el posporno tiende a crear un enemigo convenientemente fácil e ilusorio. Las citas de Milano fueron extraídas de: http://www.clarin.com/sociedad/posporno_0_1386461483.html
  12. Williams, Linda. “A Provoking Agent: The Pornography and Performance Art of Annie Sprinkle”, Social Text, no.37, Duke University Press, invierno, 1993, p. 118.
  13. Lust, Erika. Porno para mujeres. Barcelona: Melusina, 2009, p.51.
  14. MacKinnon, Catharine. “Sexuality…” op. cit., pp.332-333. Mi cursiva.
  15. Ibíd, p. 330.
  16. Para Wendy McElroy, por ejemplo, el feminismo y la pornografía son “compañeros de viaje” ya que ambos se enfrentan a la idea de que el sexo esté necesariamente conectado con el matrimonio o la procreación. Lust, Erika. Porno para mujeres op. cit., p. 48.
  17. Sobre este tema, Annie Sprinkle tiene un video corto titulado “Manifiesto del pene blando” en el que se defiende las posibilidades eróticas del pene no erecto. Disponible en: http://www.youtube.com/watch?v=2xU9aNFW2uE
  18. Lust, Erika. Porno para mujeres, op.cit., p. 24.
  19. Ibíd., p. 44.
  20. Laclau, Ernesto y Mouffe, Chantal. Hegemonía y estrategia socialista: hacia una radicalización de la democracia. Buenos Aires: FCE, 2006, p. 14.
  21. Butler, Judith. “Reescinificación de lo universal: hegemonía y límites del formalismo”, en: Judith Butler, Ernesto Laclau y Slavoj Zizek. Contingencia, hegemonía, universalidad: diálogos contemporáneos en la izquierda. Buenos Aires: FCE, 2004, p. 17.
  22. Ibíd., p. 20.
  23. Para Butler, el caso emblemático de la politización de la sexualidad en la esfera pública son los disturbios de Stonewall en Nueva York. Butler, Judith. “Universalidades en competencia”, en Judith Butler, Ernesto Laclau y Slavoj Zizek. Contingencia, hegemonía, universalidad: diálogos contemporáneos en la izquierda. op. cit., p.181.
  24. Ibíd., pp. 181-182.
  25. Ibíd., p. 182.
  26. Butler, Judith. “Reescinificación de lo universal: hegemonía y límites del formalismo”, op. cit., p. 20.
  27. Antes del “Acta de Causas Matrimoniales” de 1857, en Estados Unidos el hombre podía pedir el divorcio alegando que la mujer había sido infiel mientras que la mujer debía probar que su marido había cometido incesto o bigamia además del adulterio. Gamble, Sarah. The Routledge Companion...op. cit., p. 19.
  28. Sir William Blackstone define este estatus de las mujeres dentro del matriomonio en Commentary on the Laws of England, de 1765. Allí señala que, en el matrimonio, “el ser mismo o la existencia legal de una mujer es suspendido, o al menos es incorporado o unido al del marido bajo cuya ala, protección y cuidado ella hace todo”. Citado en: Ibíd., p.18.
  29. Butler, Judith. “Universalidades en competencia”, op. cit, p. 182.
  30. La desconfianza hacia el Estado y la concomitante reivindicación de la sociedad civil como sede de luchas sociales está presente en otros autores norteamericanos de izquiera como Michael Hardt y otros autores europeos como Antonio Negri o Paolo Virno. Mouffe, Chantal “La crítica como intervención contrahegemónica”, leída en la conferencia del primero de septiembre de 2010 en la UNTREF. Disponible en línea en: http://eipcp.net/transversal/0808/mouffe/es/base_edit
  31. Laclau, Ernesto y Mouffe, Chantal. Hegemonía y estrategia socialista…op.cit., p. 225.
  32. Ibíd., 226.


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