Otras publicaciones:

9789877230666-frontcover

12-2770t

Otras publicaciones:

9789871867882-frontcover

9789871867929_frontcover

2 La subversión en disputa

Introducción

Tras la publicación de El género es disputa, las críticas, comentarios, objeciones, apropiaciones y rechazos no tardaron en llegar. En este capítulo, busco reconstruir, evaluar y responder algunas de estas críticas, en particular, aquellas que toman como eje la cuestión de la subversión y la teoría política butleriana.

Chambers y Carver consideran que los comentarios críticos sobre la noción de subversión en Butler pueden dividirse en tres grandes grupos:[1]

  1. Aquellos que se apropian de esta noción como marco para desarrollar su propia teoría (el caso que nombran es el de Alison Stone[2]).
  2. Aquellos que se centran en aspectos relacionados al concepto de subversión –como agencia, resignificación o performatividad– pero sin entrar de lleno en el análisis del concepto mismo (aquí aparecen nombres como McNay, Webster, Disch, etc.[3]).
  3. Aquellos que se interesan explícita y exclusivamente en la teoría política y la idea de subversión de Butler.

En este último grupo podemos encontrar una de las críticas más fuertes que Butler recibió: la de Martha Nussbaum, de la que me ocuparé en la última sección de este capítulo. Además de esta autora, podemos incluir las objeciones de Penelope Deutscher y Jay Prosser. En este capítulo me dedico a revisar estas tres críticas a la teoría política de Butler porque permiten volver sobre algunas de las dificultades frecuentes que surgen de la lectura de El género en disputa.

En primer lugar, analizo la crítica de Deutscher para reflexionar sobre la ambigüedad entre comprender la subversión como una mera inestabilidad interna al poder o como una estrategia de transformación política. En segundo lugar, utilizo el texto de Prosser para explicitar cómo Butler entiende el valor político de las experiencias trans y para marcar las continuidades y discontinuidades entre El género en disputa y Cuerpos que importa. La meta de este análisis es demostrar que la noción de subversión se complejiza en este libro posterior. Finalmente, me ocupo de la crítica de Nussbaum. Esta crítica servirá como puente hacia la tercera parte de esta tesis en la que examino la puesta en uso del concepto de subversión para el análisis de casos concretos (específicamente, el matrimonio entre personas del mismo sexo y la pornografía alternativa). A pesar de que intentaré ofrecer una lectura del concepto butleriano de subversión que logre evadir algunas de las objeciones recibidas, esto no significa negar las dificultades que el concepto mismo conlleva. En la conclusión volveré sobre los límites y alcances de esta noción.

¿Hay un vínculo entre inestabilidad y subversión? La crítica de Penelope Deutscher

El capítulo “Gender Trouble/Constitutive Trouble” de Yielding Gender: Feminism, Deconstruction and the History of Philosophy, escrito por Penelope Deutscher, contrasta las aproximaciones a la noción de cambio político de dos de las autoras más importantes de la teoría queer: Judith Butler y Eve Kosofsky Sedgwick. Si bien ambas pensadoras remarcan que la constitución genérico-sexual está atravesada por ambigüedades e inestabilidades estructurales, Deutscher considera que la teoría de Sedgwick es preferible por dos motivos. En primer lugar, porque Sedgwick reconoce que las inestabilidades internas del sistema sexo-género no son necesariamente autodestructivas sino que pueden terminar reforzando ese sistema. En segundo lugar, porque la autora reconoce que la estrategia genealógica de exhibir esas incoherencias internas no es suficiente para habilitar un cambio del sistema mismo. La filosofía política de Butler, en cambio, es problemática para esta autora porque sí asume que las inestabilidades inherentes a la matriz heterosexual son las causas de la subversión política. A continuación reconstruiré los pasos que toma esta autora para llegar a esa conclusión e intentaré mostrar algunos de los problemas de su lectura.

En primer lugar, Deutscher analiza el modo en que están organizados los capítulos de El género en disputa. Ella nota que Butler divide su texto en dos grandes secciones y que utiliza diferentes autores en cada una de esas secciones para consolidar sus propios argumentos. El primer grupo de autores que Butler invoca –especialmente del psicoanálisis y el estructuralismo, como Rubin y Levi-Strauss– le permite entender el modo precario en que se constituye la identidad de género. El punto fundamental que Butler recupera de estos autores es que la identidad de género se construye a partir de identificaciones que son intrínsecamente inestables y disonantes. La teoría butleriana, así, intenta demostrar que el sujeto centrado, transparente y coherente es ilusiorio. Lo que tenemos, más bien, es una proceso constante de construcción de subjetividades basadas en identificaciones inestables, disonantes, contradictorias e incoherentes. El segundo grupo de autores a los que Butler recurre –Kristeva, Wittig y Foucault– le permite analizar no tanto cómo se construye el género sino cómo se desestabiliza. Es en esta parte del libro que Butler analiza los aciertos y errores en la caracterización de la idea de subversión de teorías políticas previas. Como vimos anteriormente, lo que Butler cuestiona es la convicción de que la subversión provenga o se sostenga en algo previo o por fuera de la ley. A su vez, repudia que se le niegue valor político a la repetición desestabilizadora en pos de una visión radical o revolucionaria de la transformación social.

Según Deutscher, el pasaje del primer grupo de autores al segundo –es decir, el pasaje del análisis de la constitución de género al análisis de su transformación– es adecuado “porque ella [Butler] entiende por subversión nada más que la inestabilidad interna”[4]. Asimismo, Deutscher señala que el pasaje del capítulo tres a la conclusión, donde se ocupa del tema de la parodia política, es engañoso. En sus palabras:

Dado que el capítulo tres concluye con algunos comentarios sobre las actuaciones drag y luego es seguido por una conclusión titulada ‘De la parodia a la política’, el lector podría suponer que la parodia de género drag es el tipo de política paródica para la cual Butler quiso invocar el término ‘subversivo’. Pero, de hecho, no lo es. El término crucial que funda el uso que Butler hace del término ‘subversivo’ no es ‘drag’ sino ‘inestabilidad[5]

De acuerdo a esta cita, es incorrecto pensar que las actuaciones drag son las formas paródicas de acción política que Butler quiere celebrar. El punto de Deutscher es que Butler no busca recomendar ni promover estrategias políticas de índole paródico sino, más bien, mostrar que la matriz heterosexual “es una parodia constante de sí misma”[6]. Según Deutscher, esta es una concepción problemática de la subversión porque a pesar de que el sistema de género sea estructuralmente precario, las inestabilidades que la habitan sólo posibilitan la subversión pero no la garantizan (tal como había señalado Sedgwick). Si Butler cree que la inestabilidad es de por sí subversiva está equivocada, ya que lo único que la inestabilidad sugiere es que la trama puede modificarse pero no garantiza su efectiva transformación.

Para sintetizar, el problema fundamental que Deutscher encuentra en la teoría butleriana es que si equiparamos subversión a inestabilidad estructural, terminamos cayendo en una postura políticamente infértil que asume que el cambio viene de por sí, en virtud de la constitución inestable de la matriz heteronormativa. Si esto fuera así, Butler estaría adoptando una teoría mecanicista del cambio social ya que la subversión sería “algo que yace en el corazón de toda reproductibilidad”.[7] Esto, para un movimiento emancipatorio como el feminismo, no parece ser muy prometedor. Sin embargo, Deutscher no quiere abonar esa lectura. Para ella lo que tenemos en Butler es una seria confusión terminológica porque cuando habla de subversión no se refiere a una acción política sino que sólo entiende “inestabilidad”, en particular, la inestabilidad que atraviesa toda identidad de género y que es ocasionada por una estructura política que nunca logra la inscripción completa. Como señala esta autora, “uno podría decir que el libro de Butler es sobre la constitución, no sobre la subversión[8] (entendiendo por constitución la formación inestable de identidades de género y por subversión, una estrategia política con fines transformadores). Entonces, nos quedamos con dos opciones problemáticas: o Butler no habla de subversión o, si habla de ella, la entiende como la promesa inmanente de una matriz política que, al no ser absoluta ni determinista, da lugar a sus propios cambios.

Aunque Deutscher nunca afirma que la postura butleriana sea mecanicista, sí advierte el problema de solapar subversión e inestabilidad. Como ya lo había notado Sedgwick, que haya inestabilidades no es suficiente para subvertir un sistema. La tesis central de Deutscher es que no hay un vínculo necesario entre la subversión y la inestabilidad ya que puede darse el caso de que las incoherencias sean constitutivas en lugar de disruptivas de la matriz política. Para probar su punto, la autora retoma los desarrollos de Janet Halley en torno a la crisis en la definición de la homosexualidad en el Derecho estadounidense[9]. Como muestra Halley, por un lado, la jurisprudencia norteamericana caracterizó varias veces a la homosexualidad como una anormalidad no volitiva y radicalmente diferente a la heterosexualidad, y esta descripción sirvió para fundar veredictos discriminatorios. Por otro lado, hubo juicios de índole homofóbico cuyo fundamento fue, por el contrario, la idea de que entrar en contacto con un homosexual es peligroso ya que es contaminante para quienes no son gays. Así, la homosexualidad se construye legalmente como un otro radical y naturalmente distinto de la heterosexualidad pero también se lo considera como un patógeno que tiene la posibilidad de contaminar, por vía del contacto, a los heterosexuales[10].

El punto de Deutscher es que si bien mostrar una inestabilidad puede ser un problema para un argumento filosófico, en otros ámbitos, como en el del Derecho norteamericano, la incoherencia no es destructiva sino constitutiva de la ley. Más aún, la inestabilidad en la definición de la homosexualidad, lejos de hacer ineficaz su utilización, ha sido un instrumento crucial para la declaración de veredictos homofóbicos. Un problema interno, como la inestabilidad, no conduce a un abandono de aquello que tiene el problema sino que, por el contrario, puede reforzar su poder.

Ahora bien, ¿qué respuesta podemos dar a esta crítica de Deutscher? Antes que nada, quisiera recordar que en el capítulo anterior intenté mostrar que existen, de hecho, ciertas ambigüedades en el desarrollo butleriano de la idea de subversión. Por un lado, Butler le achaca a Kristeva que ella no formula una noción de subversión como estrategia política concreta. Esto es indicativo de que la subversión, para Butler, sí deberá ser caracterizada como una acción política cuyo fin es la desestabilización de la heteronormatividad. Pero, por otro lado, la mayoría de las veces que Butler utiliza la noción de subversión la equipara a la capacidad de desnaturalizar aquello que se nos presenta como natural. Con respecto a esta cuestión, coincido con Deutscher en que estas dos caracterizaciones de la misma noción –como acción política desestabilizante y como práctica genealógica de revelación de la contingencia– no son intercambiables. Esto es así porque la mera exhibición de que algo no es natural no es suficiente para modificarlo. Desnaturalizar una práctica es un paso clave, quizás indispensable, a la hora de modificar una norma opresiva, pero no creo que sea posible deducir de la desnaturalización la certeza de un cambio efectivo. De hecho, Butler misma reconoce esta diferencia, si bien lo hace en el prefacio a El género en disputa escrito en 1999 y como resultado de la incorporación de varias críticas: “El género puede volverse ambiguo sin cambiar ni reorientar en absoluto la sexualidad normativa.”[11]

No obstante, a diferencia de Deutscher, no considero que la ambigüedad butleriana sea entre inestabilidad estructural y acción política sino entre dos tipos de prácticas caracterizadas como subversivas por Butler cuya resolución está en manos de agentes sociales y no en la autopropulsión de la matriz. En todo caso, la inestabilidad inherente de la matriz heterosexual, cuyo fundamento es el carácter iterable de sus actos, puede ser considerada la condición de posibilidad del cambio. La repetición, como vimos, es una garantía ontológica de que el cambio, si bien no es mecánico ni necesario, sí es posible. La subversión, en cambio, ya sea como desnaturalización ya sea como violación de las normas, es una acción que queda en manos de agentes sociales. Aunque no haya en Butler una independencia entre agente y estructura de poder, tampoco es analíticamente útil no distinguirlos. Adjudicar capacidad subversiva a la ontología inestable de la matriz en lugar de hallarla en las prácticas concretas de agentes sociales es, a mi entender, una lectura despolitizante y desempoderadora de la teoría butleriana.

Las inestabilidades, como bien señala Deutscher, pueden ser constitutivas y no conducir a modificar aquello que las alberga. Pero eso es algo que ya estaba presente en la teoría butleriana. La matriz heterosexual, para la filósofa, está compuesta por prácticas y valores muchas veces contradictorios e incoherentes: regula normalidad y genera anormalidad, prohíbe la transgresión y produce transgresiones, adquiere fuerza y apariencia sustantiva en virtud de la reiteración de los actos de género y pierde valor y estabilidad justamente porque es iterable. Sin embargo, lo único que podemos deducir de esto es que la matriz puede cambiar, no de qué forma va a cambiar, ni quién será responsable de este cambio. Ahora bien, que la matriz sea mutable no es la única visión del cambio político que una teoría que intenta recuperar el papel del agente social, como la de Butler, puede sostener. Sin una adjudicación de la capacidad transformativa a los agentes, individuales o colectivos, creo que la noción de subversión como base para una teoría política emancipatoria está condenada al fracaso. La subversión, sea como estrategia política de debilitamiento de las normas, sea como práctica desnaturalizadora de las mismas, además de estar posibilitada por una ontología inestable, no puede prescindir del agente social.

En segundo lugar, creo que Deutscher se equivoca cuando señala que El género en disputa se ocupa de la constitución en lugar de la subversión. A mi entender tampoco es la constitución el elemento central de este libro sino la deconstrucción. Con esto quiero decir que su objetivo no es meramente analizar la poiesis del sujeto sino también indagar sobre los límites de esa producción, aquellas grietas del edificio normativo en donde poder introducir acciones subversivas. En Cuerpos que importan esto es aún más claro, especialmente cuando Butler señala que su objetivo no es meramente mostrar que algo es construido sino revelar los momentos en que la hegemonía heterosexual no logra su inscripción completa y habilita la proliferación de posibilidades genérico-sexuales que se burlan de la heteronorma. No basta con decir “el género es socialmente construido” para una filosofía de género con fines subversivos. Hace falta, más bien, embarcarse en una estrategia deconstructiva que logre mostrar las fisuras –inherentes a la construcción– en donde la agencia transformadora puede desplegarse. Esto tampoco equivale a decir que Butler se limita a mostrar que la constitución es inestable, como afirma Deutscher. La tarea deconstructiva de Butler en El género en disputa implica recuperar aquellos espacios en donde la desestabilización está presente pero que fueron negados o invisibilizados como sitios posibles de transformación política. Este es el caso, por ejemplo, de las actuaciones de drag queens y de la dupla butch/femme. La autora ha mostrado que en lugar de ser meras reproducciones de la identidad y relaciones heterosexuales, éstas pueden ser consideradas ámbitos de desplazamiento y de desnaturalización de la originalidad heterosexual. En palabras de Butler “La tarea aquí no es alabar cada una de las nuevas opciones posibles en tanto que opciones, sino redescribir las opciones que ya existen, pero que existen dentro de campos culturales calificados como culturalmente ininteligibles e imposibles.”[12] En este sentido, si el constructivismo tiene como fin la desnaturalización del género, la deconstrucción, en cambio, se encarga de exhibir los límites de la construcción misma, aquellos momentos y situaciones en los que la institución de un tipo de hegemonía de género se ve corroída por actos internos al poder que ponen en jaque su supremacía y que fueron, en otros contextos, invisibilizados como material subversivo.

En conclusión, si bien concuerdo con Deutscher en que hay ambigüedades problemáticas en la obra de Butler, no coincido en que para nuestra filósofa la subversión sea equivalente a la inestabilidad estructural. Considero que la noción de subversión butleriana no implica una mera aceptación del cambio como destino propio de la matriz sino que se trata de una práctica en manos de agentes sociales que pueden resignificar las normas opresivas de género existentes. Esto no quita que la noción de subversión no sea ambigua en El género en disputa. Como vimos, oscila entre ser caracterizada como práctica que retuerce las normas existentes o como mera revelación del carácter artificial y contingente de las normas. Como se verá a continuación, esta ambigüedad reaparece en el tratamiento butleriano de las performances de las drag queens.

La subversión en llamas: la crítica de Jay Prosser[13]

Hasta ahora, vinculé la noción de subversión butleriana ya sea a una práctica política desestabilizadora y transformadora de las normas de género, ya sea a una desnaturalización de las categorías de género vigentes. Con relación a la desnaturalización sostuve que, en El género en disputa, Butler ejemplifica esta táctica con las parodias drag ya que sus actuaciones hiperbólicas de la feminidad sacan a la luz el carácter performativo de todo género, minando la supuesta originalidad y naturalidad de los géneros binarios tradicionales. Pero ¿qué sucede con aquellas personas transexuales que no buscan exhibir su cambio de género sino que desean convertirse en varones o mujeres? ¿Qué tipo de valor político adquieren estas prácticas en el marco de una teoría que reivindica el potencial crítico de la desnaturalización? Para responder a estas preguntas haré uso de la crítica que Jay Prosser formula al tratamiento butleriano de cuestiones trans.

En Second Skins: the Body Narratives of Transsexuality, Prosser recuerda la importancia que tuvo la figura de lo trans en la constitución de la teoría queer anglosajona. Sin embargo, él afirma que no todas las prácticas trans son igualmente valoradas por la teoría queer y sostiene que, en particular, la transexualidad[14] ha recibido un tratamiento ambiguo. Según Prosser, hay dos grandes tendencias en teoría queer en su interpretación de la transexualidad. Por un lado, algunos pensadores la celebran ya que los individuos transexuales logran quebrar el nexo causal entre sexo (biológico) y género (cultural), mostrando que la naturaleza no es destino. Por otro lado, otros autores, entre los que Prosser incluye a Butler, consideran que, al pretender alinear su identidad de género a su corporalidad, los sujetos transexuales incurren en una suerte de vuelco esencial que, en lugar de desestabilizar el sistema sexo/género, termina reforzándolo. Si la teoría queer se ha caracterizado por defender fervientemente la desliteralización o desnaturalización de las identidades de género por vía de la visibilización de su carácter construido, el deseo transexual de transicionar a otro género sin hacer visible esta transición, iría en contra de las pretensiones queer. Según este autor, la teoría queer considera que todo lo literalizante es reinscriptivo mientras que le otorga valor transgresor y subversivo únicamente a aquellas identidades de género que desnaturalizan el vínculo el cuerpo y el género. Así, para Prosser, esta corriente reivindica las identidades transgénero que confunden las fronteras de género (por ejemplo, varones gays que se draguean pero no pretenden hacerse un cambio de sexo o lesbianas butch que, sin negar ser mujeres, adoptan estilos corporales masculinos) en detrimento de las identidades transexuales que pretenden literalizar ese cruce en su cuerpo y convertirse en uno de los géneros dados. Para Prosser, los estudios queer, y especialmente Butler, sucumben a una tendencia común pero problemática: “la evaluación de todas las representaciones sobre la base de si revelan (“bueno”: antiesencialista) u ocultan (“malo”: esencialista) su carácter construido.”[15] El problema es que mientras se celebran las prácticas drag o butch, se demoniza a los sujetos transexuales por no ajustarse a los parámetros políticos queer.

Ahora bien, ¿se aplica esta crítica a la teoría de Butler? En lo que sigue, intentaré contestar esta pregunta analizando la crítica específica que Prosser formula contra Butler. En el capítulo “Judith Butler: Queer Feminism, Transgender, and the Transsubstantiaton of Sex”, el autor recuerda que Butler se mostró sorprendida de que se haya leído El género en disputa como un libro sobre cuestiones trans. La sorpresa de Butler radica en que, como ella misma señala, probablemente no haya más de cinco párrafos dedicados a este tema en todo su escrito[16]. Sin embargo, para Prosser, esa lectura no debería ser causa de asombro ya que hay un vínculo intrínseco entre su teoría de género performativa y las actuaciones drag. Las performances drag son paradigmáticas para Butler porque constituyen el ejemplo esclarecedor del carácter performativo del género y logran subvertir la originalidad asignada a los sujetos heterocisexuales. Aunque Butler no se exprese literalmente en estos términos, Prosser entiende que en El género en disputa ella va armando la siguiente equivalencia: “transgénero = performativo = queer = subversivo”. Para demostrar que, efectivamente, esta asociación resulta de los postulados butlerianos, el autor mostrará la afinidad entre lo transgénero y lo performativo para luego revelar la equivalencia con la segunda parte de la ecuación, a saber lo queer y lo subversivo. Entonces, ¿por qué Butler anudaría lo performativo a lo transgénero? Antes que nada, cabe aclarar que Prosser entiende a lo transgénero como aquellas prácticas que cruzan la frontera del género pero no del sexo (como las drag queens o las lesbianas butch), dejando por fuera las experiencias transexuales. Como vimos, si, según la filósofa, ser mujer no es producto de una compulsión biológica sino el resultado de un aprendizaje cultural, no hay motivos para sostener que ser mujer sea algo que deba realizarse en un cuerpo femenino ni que ser hombre se desprenda necesariamente de una anatomía masculina. La conexión entre un sexo femenino y el género mujer es, por ende, no necesaria. Si la ontología de género no está determinada por la naturaleza o la biología sino por actos culturalmente adquiridos, esto explica que haya personas que puedan identificarse con géneros que no se adecuen, según los parámetros heterocisnormativos, a su constitución biológica. Así, la obra de Butler haría del género no sólo algo construido sino radicalmente contingente respecto al cuerpo.

A pesar de que Butler asocia la performatividad a toda identidad de género –normativa y no normativa, trans y cisexual– Prosser sostiene que El género en disputa presenta al sujeto transgénero como el paradigma de la performatividad de género, mientras que la cisexualidad y la heterosexualidad ocultan su construcción performativa y se nos presenta naturalizadas. Esto nos conduce directamente a la segunda parte del silogismo: mostrar que lo transgénero es queer y por ende subversivo. Como vimos, la teoría performativa implica que, para que la matriz hetero­sexual ejerza su poder, la historia de producción de los géneros se debe ocultar. Esto ocurre, fundamentalmente, cuando la construcción sigue las reglas heterocisnormativas. Es por eso que las identidades de género hetero­sexuales y cisexuales se nos presentan como “lo natural”, mientras que las identidades de género que se alejan de la norma –las identidades queer– aparecen como desviaciones o falsedades. Son, justamente, esas desviaciones las que nos ayudan a comprender la “verdad” del género: su carácter ficcional, reiterativo, no original. Las citas que no se alejan de la norma binaria y heterosexista, en cambio, constatan las categorías hegemónicas. Si consideramos que la gran apuesta política de El género en disputa es genealógica, entonces, el hecho de que las prácticas transgénero –como las performances drag– logren exhibir el carácter performativo de todo género, las posiciona como una fuerza queer “que ‘disput[a]’ las categorías identitarias de género, sexo y sexualidad”[17]. Claramente, para Prosser, lo subversivo en Butler equivale a la desnaturalización, a la revelación de la contingencia de las identidades genérico-sexuales.

El punto, según el autor, es que hay sujetos transexuales que, a diferencia de lo que plantea el esquema butleriano “buscan explícitamente ser no performativos, ser constativos, simplemente ser”[18]. La transexualidad no pretende deconstruir la identidad femenina o masculina sino encontrar un refugio en esas categorías y es por eso que, en el planteo butleriano, está desvalorizada al igual que la heterosexualidad cis.

A mí entender, la lectura de Prosser del tratamiento butleriano de las cuestiones trans tiene varios problemas. Para empezar, Prosser señala que Butler traza la equivalencia “transgénero = performativo = queer = subversivo” a medida que la opone a otra equivalencia “no transgénero = constativo = hetero = naturalizado”. El problema, a mi entender, es pensar que Butler opone géneros performativos a géneros no performativos (o constativos). Creo que, justamente, la potencia del pensamiento de Butler radica en erradicar la distinción ontológica entre géneros originales y secundarios al sostener que todos son performativos, aunque algunos estén naturalizados y otros no. Uno de los puntos más valiosos de su planteo es quebrar la oposición hetero/abyecto, original/copia, verdadero/falso mostrando que toda identidad de género es performativa y que no hay un privilegio ontológico de uno frente al otro. En este sentido, no habría sujetos que quieran “ser performativos” y sujetos que solamente quieran “ser”, como afirma Prosser. En primer lugar, porque la performatividad no es intencional. Pero, además, la performatividad no es propiedad exclusiva de unos pocos sino un mecanismo que explica la formación de todos los géneros. Si bien es cierto que en los actos heterosexuales la performatividad, como mecanismo, es ocultada, sostener, como hace Prosser, que hay dos secuencias ontológicas opuestas en Butler es negar el valor de su tarea genealógica. Claramente no es lo mismo ser una persona transexual que ser una persona cisexual pero, en la teoría butleriana, esta diferencia no puede ser dicotómica sino espectral. Esto tampoco significa que no haya jerarquías políticas en virtud de la cercanía o lejanía de esos cuerpos a las normas de género hegemónicas. Pero la diferencia surge como un efecto político, no se trata de un dato fundante.

Ahora bien, incluso negando que haya dos líneas silogísticas paralelas, debemos admitir que en El género en disputa la relación entre lo trans y lo subversivo no está exenta de problemas. En las últimas páginas del libro, la autora señala claramente que no toda parodia es subversiva pero no queda del todo claro si lo mismo puede decirse de la parodia drag –y recordemos que, cuando retomaba a Esther Newton, Butler afirmaba que la parodia drag subvertía efectivamente y se burlaba de la identidad de género y del modelo expresivista de género[19]. En la conclusión de esta tesis, cuando formule las notas principales de la teoría butleriana de la subversión, intentaré mostrar que la mejor interpretación de esta noción, incluso en El género en disputa, niega la posibilidad de ofrecer juicios universales sobre la subversión sin atender a su contexto de emergencia. Ahora bien, cabe también aclarar que incluso en el prefacio a este libro, si bien el prefacio de 1999, la autora niega que la parodia drag sea el ejemplo privilegiado de la acción política que ella quiere defender, rompiendo la asociación inmediata entre parodia drag y subversión. Y esto lo hace a partir de una concepción más clara de la diferencia entre desnaturalización y subversión política á la Sedgwick:

El debate del travestismo que El género en disputa propone para exponer la dimensión construida y performativa del género no es ciertamente un ejemplo de subversión (…) El travestismo es un ejemplo que tiene por objeto establecer que la «realidad» no es tan rígida como creemos; con este ejemplo me propongo exponer lo tenue de la «realidad» del género para contrarrestar la violencia que ejercen las normas de género[20]

Dicho de otro modo, las parodias drag le permiten a Butler desnaturalizar la rigidez de nuestras concepciones de género pero no necesariamente fueron utilizadas por la autora como un modelo para mostrar cómo se transforma la situación política de las personas trans.

Habiendo dicho esto, creo que el lugar donde la filósofa resuelve mejor la ambigüedad entre desnaturalización y transformación es en Cuerpos que importan. Si bien no creo que haya un corte radical entre sus dos primeros libros, sí pienso que hay una sofisticación del concepto de subversión en el segundo escrito. En este texto la noción de subversión se complejiza lo suficiente como para estar a la par de la previa complejización de la noción de acción y agencia que vimos en El género en disputa. Este cambio de perspectiva se debe, en parte, al surgimiento del documental París en llamas y al impacto que generó en los estudios de género[21]. En el capítulo “El género en llamas: cuestiones de apropiación y subversión” de Cuerpos que importan, Butler explora detenidamente este documental de 1990 dirigido y producido por Jennie Livingston. El filme nos traslada a la escena drag de Harlem, Nueva York, a fines de los años 80. Los protagonistas principales son hombres gays y personas trans que participan en diversos concursos drag. En estos concursos, se compite en varias categorías: quien tiene el mejor cuerpo, quien es la mejor voguer, quien se asemeja más a un ejecutivo heterosexual, quien se hace pasar mejor por una estudiante universitaria, quien personifica mejor la actitud y vestuario de un militar, etc. El atributo de autenticidad, o realness, que es el objetivo buscado, se consigue cuando los participantes logran ocultar, al ojo inexperto, que se trata de una imitación.

Una de las protagonistas más memorable del documental es Venus Xtravaganza –una mujer transexual latina todavía no operada– no sólo por su aclamada autenticidad sino, fundamentalmente, por cómo el documental hipotetiza sobre su muerte, probablemente a menos de un cliente que, al descubrir su “secreto”, la estranguló. Desde el comienzo, vemos que Venus es diferente a los varones gays del filme ya que ser una mujer para ella no es un trabajo, ni una producción para un show, sino su identificación de género cotidiana. En sus palabras: “No siento que haya nada masculino en mí, excepto quizás lo que tengo entremedio, allá abajo, que es algo personal”[22]. Venus, en el filme, afirma querer casarse por iglesia, con un vestido blanco, ser una malcriada y rica chica blanca, encontrar un buen hombre y pasar por la cirugía para convertirse en “una mujer completa”[23]. La figura de Venus es particularmente interesante para Butler ya que: “Venus y, de manera más general, París en llamas, plantea si hacer una parodia de las normas dominantes basta para desplazarlas; en realidad, si la desnaturalización del género no puede llegar a ser en sí misma una manera de reconsolidar las normas hegemónicas.”[24]

Si en El género en disputa se valoraba el potencial crítico de las actuaciones drag por su capacidad de desnaturalizar la originalidad heterosexual, en la cita previa se advierte una mirada más cautelosa hacia su potencial crítico. Son testimonios como los de Venus los que llevan a Butler a preguntarse si la desnaturalización del género y el sexo que vemos en las actuaciones drag de la película no culmina en una reelaboración y reidealización del marco heteronormativo, más que en su desestabilización. Lo crucial de este desplazamiento, a mi entender, es que así como Butler había sostenido en el libro previo que era apresurado considerar que toda parodia sea subversiva, ahora aplica el mismo argumento al caso de la parodia drag: no toda parodia drag es, necesariamente, subversiva. O, quizás, el punto sea entender que el acto paródico drag no ataca la totalidad de las normas que conforman la matriz heterosexual. Esta es la línea argumentativa que quisiera rescatar y profundizar a continuación porque creo que nos permite entrever la sofisticación de la idea de acción política en la obra de Butler. Según mi hipótesis de lectura, en Cuerpos que importan Butler redefine su postura por dos motivos: 1) porque comprende que desnaturalización y subversión no necesariamente deben homologarse; 2) porque define a las acciones como procesos complejos que pueden tener varios efectos distintos y si con respecto a uno de esos efectos podemos decir que la acción es subversiva, quizás no lo podamos decir con respecto a otro. A continuación desarrollaré ambas consideraciones.

1) Con respecto al vínculo entre desnaturalización y subversión, cabe señalar, como venimos haciendo, que ambas nociones están íntimamente relacionadas en una teoría genealógica como la butleriana. Como fue expuesto en las primeras secciones, el afán de revelar lo contingente de las prácticas naturalizadas es celebrado políticamente por Butler ya que libera al presente de su necesariedad e inevitabilidad. Esto habilita a pensar, y a trabajar en pos de, nuevas formas de concebir las relaciones de género. Asimismo, vimos que Butler refuerza el vínculo entre la desnaturalización y las sexualidades y géneros no normativos (tal como notaba Prosser). Según Butler, “lo insólito, lo incoherente, lo que queda «fuera», nos ayuda a entender que el mundo de categorización sexual que presuponemos es construido y que, de hecho, podría construirse de otra forma.”[25]

Como señala Ian Hacking en La construcción social ¿de qué? la afinidad entre la desnaturalización y la subversión no es algo nuevo ni exclusivo de la obra de Butler. Más bien, la exhibición de que algo es una construcción social es frecuentemente celebrado como una estrategia para habilitar su modificación. Hacking sostiene, por ejemplo, que para el feminismo decir que cosas como la maternidad y sus significados son construcciones sociales que surgieron en virtud de una historia de desigualdad social y política, fue un paso clave en la batalla contra el esencialismo y la fatalidad de la biología. Sin embargo, y este es un punto central para repensar a Butler, el autor nota que el potencial liberador de la desnaturalización no conlleva, necesariamente, una verdadera liberación. Esto es notorio, como señala Hacking, en el caso de algunas jóvenes anoréxicas. Las chicas que padecen esta enfermedad pueden descubrir que su condición ha sido construida socialmente, pueden reconocer que el ideal de belleza que buscan fue históricamente producido y que hubo épocas en las que los códigos estéticos privilegiaban un cuerpo diferente. Así y todo, rehúsan el tratamiento. Al parecer, la distancia entre la revelación de que algo es socialmente construido y la efectiva liberación de quienes se ven sometidos por esa construcción, no es fácilmente salvable. Esto lleva a Hacking a afirmar que “las tesis de la construcción social son liberadoras, sobre todo, para quienes están en camino a ser liberados –por ejemplo, madres que ya han tomado conciencia.”[26] En Deshacer el género, publicado en el 2004, Butler misma reconoce que, aunque la teoría tiene una gran capacidad transformadora, algo más que la teoría tiene que ocurrir –como intervenciones institucionales o acciones políticas concretas– para que la transformación efectivamente tenga lugar.

En Butler, asimismo, es posible deslindar desnaturalización y transformación por otro motivo que suele pasar desapercibido entre sus comentadores: la heterosexualidad tiene varias formas de establecer su dominio. Quizás, la más eficiente y usual es la naturalización, pero hay ocasiones en las que la heterosexualidad admite su falta de originalidad y, así y todo, sigue ejerciendo su poder hegemónico. Por ende, atacar la naturalización de la heterosexualidad es un paso importante pero no puede ser la única meta de una estrategia política antiheteronormativa.

2) Con respecto a la segunda cuestión –el carácter multidimensional de los efectos de las acciones políticas– la siguiente cita de Butler es iluminadora: “París en llamas no documenta ni una insurrección eficaz ni una resubordinación dolorosa, sino una coexistencia inestable de ambas.”[27] Ahora bien, ¿cómo pueden coexistir la insurrección y la subordinación? Para resolver este aparente oxímoron, me detendré, una vez más, en cómo Butler concibe la acción. Para ella, y esto es algo que ya empieza a vislumbrarse en El género en disputa, todo acto es un proceso complejo, con diversos niveles de eficacia y múltiples consecuencias que no pueden ser dominados o conocidos en su totalidad por quien pone en marcha la acción. Es decir que la acción tienen varios efectos, deseados o no deseados, imposibles de ser previstos por quienes están involucrados en la misma. Esto significa que no existen sólo dos tipos de actos –aquellos que reproducen las normas previas y aquellos que las subvierten– sino que, si consideramos la multidimensionalidad de la acción, pueden existir actos que den lugar a efectos diferentes e, incluso, contrarios. Además, no hay que olvidar que la capacidad subversiva o conservadora de una acción es una adjudicación retrospectiva y en tercera persona, por lo cual es imposible que haya acciones que, en sí mismas, sean de una naturaleza o la otra. Es necesario no sólo atender a su contexto de emergencia sino también a sus efectos posteriores. A partir de estas aclaraciones, se puede interpretar la paradójica cita butleriana. Se podría decir, por ejemplo, que en un nivel la actuación de Venus que aparece en París en llamas puede ser interpretada de forma desnaturalizante, al exhibir el carácter performativo de todo género (tesis ya presente en El género en disputa). En otro nivel, se puede leer que ese mismo acto refuerza la división binaria, al intentar acomodarse en sus categorías tradicionales, y consolida los sentidos de género tradicionales al celebrar un tipo de feminidad convencional. A su vez, es posible adjudicar elementos desestabilizantes a estas actuaciones, es decir, elementos que no sólo muestran la contingencia del género sino que violan efectivamente algunas de las normas de la matriz heterosexual. Aunque Butler no profundiza esta línea, a mi entender, se pueden reconocer estos elementos si se recuerda que la matriz heterosexual es un aparato complejo constituido por varias normas, ideales y aspiraciones. Entre ellas, he mencionado la imposición del binarismo pero también se encuentran la conexión causal entre el sexo y el género y la prohibición de cruzar de una parte del binario a la otra. Éstas son normas que las parodias drag y la experiencia trans, incluso la de Venus, no sólo desnaturalizan sino que efectivamente violan. Quizás el modo en que Venus idealiza la feminidad blanca y clase media termina reforzando un modo hegemónico de pensar a las mujeres pero la manera en que ella quiebra la conexión causal entre el sexo atribuido al nacer y el género autopercibido no sólo permite desnaturalizar la cisexualidad sino que, a mi entender, mina su carácter universalizante.

En síntesis, es imposible determinar si una acción es a priori y cabalmente subversiva o conservadora. La acción política debe ser entendida como un complejo proceso multidimensional que, mientras puede atacar la primacía de ciertas normas, también puede dejar sin cuestionar o reforzar ciertas otras. Es necesario atender no sólo a la multiplicidad de efectos normativos sino también al contexto de emergencia de los actos a analizar.

Si bien estas dos líneas de análisis demuestran, a mi entender, que hubo una complejización de la teoría política butleriana en este segundo libro, hay un tercer punto que me interesa rescatar de Cuerpos que importan porque apunta a un movimiento fundamental que cobrará cada vez más importancia en el pensamiento político butleriano. En este libro, Butler encuentra su ejemplo privilegiado de la subversión política ya no en las actuaciones paródicas de agentes individuales sino en la reformulación colectiva de las relaciones de parentesco que París en llamas evidencia. Para la autora, la resignificación de las relaciones familiares que vemos en el filme conlleva una dislocación subversiva del vínculo afectivo entre los miembros de una comunidad. Esto es así porque el documental exhibe una nueva forma de concebir la familia alejada de los vínculos de sangre y de las familias heterosexuales tipo. Las casas de las drag queens –casa Labeija, casa Ninja, casa Xtravanza, etc.– son gobernadas por “madres” que se ocupan de “niños” y “niñas” que, en muchas ocasiones, fueron abandonadas o fueron expulsadas de su casa materna por sus familiares biológicos. Estas casas construyen un nuevo tipo de comunidad que protege, educa y contiene a sus miembros apartándose de los modelos clásicos de la familia nuclear heterosexual. Como señala Butler: “en esa elaboración vemos una apropiación de los términos de la dominación que los dirige hacia un futuro más capacitador”[28]. Considero notable que sean justamente estas nuevas relaciones de parentesco y comunidad aquello que Butler identifique como elemento desestabilizador. De hecho, en Deshacer el género, Butler sostiene que el motivo por el que le interesaron las actuaciones drag en primer lugar fue por su capacidad de resignificar las relaciones colectivas: “El giro a las performances drag fue, en parte, una forma de pensar no sólo cómo el género es actuado sino cómo puede ser resignificado en términos colectivos. Las artistas drag, por ejemplo, tienden a vivir en comunidades y hay fuertes lazos rituales, como aquellos que vemos en París en llamas.” [29] Si bien este énfasis en la transformación del ethos colectivo de las drag queens no estaba presente en El género en disputa, resulta interesante –y un índice de su viraje teórico– que Butler relea, años después, que la dimensión colectiva haya sido el elemento central que ella rescató de las comunidades drag. Este viraje, a mi intender, implica una mayor atención a la formación y transformación de las subjetividades políticas a nivel grupal o colectivo. Si para algunos críticos, como Martha Nussbaum, en El género en disputa sólo aparecían sujetos políticos individuales y atómicos, en Cuerpos que importan vemos una mayor reivindicación del nivel de lo colectivo en las prácticas subversivas. Aunque es cierto que, en el primer escrito, la cuestión del sujeto grupal no ha sido lo suficientemente desarrollada, a diferencia de lo que argumenta Nussbaum, esto no significa que la teoría butleriana no pueda pensar lo colectivo o se reduzca a una visión individualista de la política. Considero que estas cuestiones que aparecían de forma incipiente o latentes en El género en disputa se van aclarando y sofisticando a medida que ella avanza en su obra. Posteriormente, notamos en Butler un interés incluso mayor por las cuestiones colectivas, desde la reivindicación que hace en Cuerpos que importan del potencial subversivo de las comunidades drag, a la relectura de su obra temprana que ofrece en Deshacer el género, a su taxativa afirmación, en ¿Quién le canta al Estado-nación?, del año 2007, de que si hay una agencia políticamente efectiva es la agencia del “nosotrxs”[30]

El quietismo a la moda de Butler: la crítica de Martha Nussbaum

En el artículo “The Professor of Parody” [“La profesora de la parodia”], uno de los escritos más hostiles a la teoría política de Butler, Martha Nussbaum advierte sobre una tendencia peligrosa en el feminismo norteamericano: su rechazo a la idea de un cambio político a gran escala y su reducción de la acción política a meros actos paródicos. A diferencia del feminismo previo, el feminismo actual dejó de lado las luchas materiales, institucionales y jurídicas y se abocó a defender un tipo de política verbal, simbólica y académica que no logra conectarse con las situaciones reales de las mujeres. Según Nussbaum: “Las pensadoras feministas del nuevo tipo simbólico parecen creer que la forma de hacer política feminista es usar las palabras de manera subversiva, en publicaciones académicas de una oscuridad altanera y de una abstracción desdeñosa.”[31] Nussbaum considera que la máxima expresión, y la gran responsable, de este cambio regresivo en el feminismo es Judith Butler. Butler no sólo ha desarrollado las líneas principales del declive feminista hacia el quietismo político sino que, peor aún, ha sido considerada como el gran modelo a seguir entre las nuevas jóvenes feministas.

A continuación, desarrollaré los elementos principales de la crítica de Nussbaum y los argumentos que ella esgrime para sostener que la teoría butleriana equivale a una retirada o a un quietismo político. Posteriormente, haré una revisión de estas objeciones e intentaré delinear una interpretación diferente de la teoría butleriana que la redima de las acusaciones de ineficacia política.[32]

El punto de partida de Nussbaum es que las dificultades de la noción de subversión butleriana se relacionan con su concepción limitada de la libertad. El construccionismo de Butler nos enseña que estamos condenados a la mera repetición de las estructuras de poder en las que nacemos y que la única forma de resistir estas estructuras es burlándonos de ellas. Esto es así ya que algunas de estas formas de burla pueden ser ataques subversivos a las normas originales. El problema con esta concepción de la política, para Nussbaum, es doble. Por un lado, Butler sólo cree en cambios locales y reformas graduales. En ningún momento se involucra con formas macroestructurales de cambio y hasta niega la posibilidad de transformar el sistema a gran escala. En segundo lugar, y en conexión con lo anterior, considera que los agentes de cambio son individuales y privados. Refiriéndose tácitamente a la estrategia genealógica butleriana, Nussbaum advierte que, según esta aproximación, sólo un número pequeño de sujetos ilustrados pueden ver la norma, burlarse de ella e introducir algún tipo de desplazamiento que modifique lo recibido. Estos desplazamientos no son realizados a nivel institucional ni apelando a una modificación jurídica de los derechos de los oprimidos. Por el contrario, Butler defendería una visión particular y autonomista de la política y una noción de agencia sumamente limitada. En palabras de Nussbaum:

Así, el único lugar para la agencia en un mundo constreñido por las jerarquías es en las pequeñas oportunidades que tenemos de oponernos a los roles de género cada vez que toman forma. Cuando me encuentro actuando la femineidad, puedo darla vuelta, burlarme de ella, actuarla un poco diferente. Esas performances paródicas y reactivas, según Butler, nunca desestabilizan el sistema amplio. Ella no concibe movimientos masivos de resistencia o campañas para reformas políticas; sólo actos personales llevados a cabo por un pequeño número de actores informados.[33]

La ausencia de una dimensión pública, colectiva e institucional es lo que lleva a Nussbaum a considerar que la teoría butleriana es una forma de quietismo político que nos impide imaginar un cambio a gran escala, algo que logre sacudir los fundamentos mismos del sistema y no meramente hacer pequeños cambios en su cobertura externa. Este quietismo es sumamente nocivo para el feminismo como empresa política –y no como mero regocijo intelectual– porque, según Nussbaum, las mujeres que padecen hambre o las que son golpeadas por sus maridos no son liberadas resignificando su lamentable condición. Ellas necesitan leyes y un marco institucional que impidan la generación de esas condiciones o que habiliten su transformación. Una teoría, como la de Butler, que no se da cuenta que estas mujeres no necesitan un cambio de símbolos sino comida o refugio no puede ser útil para la emancipación feminista.

A esta altura del argumento, Nussbaum retoma una vieja discusión dentro del feminismo: el lugar de la pornografía en el establecimiento y reforzamiento de la opresión femenina. Nussbaum reformula algunos argumentos de Excitable Speech: A Politics of the Performative (1997) en donde Butler defiende la distribución de la pornografía –frente a posturas censuristas basadas en la obra de Catharine MacKinnon y Andrea Dworkin– apelando a las posibilidades que tienen los oprimidos de resignificar las condiciones de opresión por medio de la parodia. A Nussbaum le preocupa el efecto dominó de estas ideas ya que si Butler defiende la pornografía porque cree que las restricciones legales cierran los espacios para que las partes damnificadas puedan resistir, entonces también deberíamos deshacernos de las leyes contra las violaciones y el abuso doméstico, porque estaríamos quitándole a las mujeres que padecen estos males la posibilidad de parodiar sus condiciones de opresión. Esta pendiente resbaladiza es posible porque, según Nussbaum, no hay en Butler una teoría de la justicia fuerte que nos permita distinguir qué tipo de parodias son deseables y cuáles no:

Hay un vacío, entonces, en el corazón de la noción butleriana de la política. Este vacío puede parecer liberador porque el lector lo llena implícitamente con una teoría normativa de la equidad o dignidad humana. Pero que no haya errores: para Butler, como para Foucault, la subversión es la subversión, y puede, en principio, ir en cualquier dirección[34]

De acuerdo con Nussbaum este vacío en la teoría política de Butler permite que estemos a favor de resignificaciones que reivindican el derecho de personas homosexuales como también permite que celebremos parodias claramente discriminatorias (como los varones gays que parodian el estilo skinhead). Si admitimos que la subversión puede ir en cualquier dirección ¿qué detiene a aquellos que buscan parodiar las leyes antidiscriminatorias o los derechos obtenidos por las mujeres?

En conclusión, la teoría política de Butler carece de un enfoque legal, institucional y material que pueda abogar por cambios estructurales amplios. También carece de una concepción de derechos humanos y una teoría de la justicia que le permita reconocer qué cambios son deseables y qué cambios no lo son. Todo esto, afirma Nussbaum, nos lleva a desconfiar de la teoría de Butler como paradigma del feminismo contemporáneo: “El quietismo a la moda de Judith Butler es una respuesta entendible a las dificultades de obtener justicia en Estados Unidos. Pero es una mala respuesta. Colabora con el mal. El feminismo pide más y las mujeres merecen algo mejor.”[35]

A continuación, repasaré estas críticas para ver en qué medida afectan al planteo butleriano. Empecemos por la primera cuestión, a saber el rechazo a modificaciones estructurales de la matriz de género y la defensa de reformas mínimas, locales y graduales. En primer lugar, no es completamente cierto que Butler sólo defienda cambios graduales y reformistas. Como veremos en el próximo capítulo, cuando Butler critica el reclamo de grupos de gays y lesbianas para legalizar el matrimonio entre personas del mismo sexo se hace evidente que, en ocasiones, ella defiende cambios radicales. No me detendré sobre esto ahora no sólo porque lo trabajaré luego sino también porque el tratamiento más sistemático de esta cuestión se encuentra en Contingencia, hegemonía, universalidad, libro del año 2000 y que, por ende, no fue tenido en cuenta en el artículo de Nussbaum escrito en 1999. Por otro lado, creo que es importante marcar que Butler no le resta valor a la modificación de la matriz heterosexual en tanto estructura normativa macro. Como vimos, justamente, ese es el blanco de la subversión política. Sin embargo, el punto en que Butler difiere, por lo menos en los dos libros que vengo trabajando (El género en disputa y Cuerpos que importan), de la postura de Nussbaum es en la estrategia privilegiada como medio para alcanzar el cambio a gran escala. El enemigo último es el sistema normativo opresivo, lo que las diferencia es la táctica reivindicada para lograrlo. Abogar por cambios locales, basados en un proceso de resignificación normativa, no es una limitación a la agencia política ni significa despreciar el cambio estructural. Por el contrario, es una forma de reconocer la capacidad de agencia de quienes no tienen las posibilidades institucionales para llevar a cabo grandes transformaciones. Hallar tela subversiva allí donde antes se veían meros actos privados o insignificantes –como, por ejemplo, en las actuaciones drag y en sus nuevas formas de forjar comunidades– puede ser sumamente empoderador para quienes, históricamente, no han tenido la oportunidad de participar legítimamente a nivel institucional o parlamentario.

En segundo lugar, Nussbaum advierte que dentro del marco butleriano sólo hay lugar para un tipo de agente individual y privado. Es cierto que en El género en disputa no hay un desarrollo sistemático sobre los agentes colectivos como sujeto político específico sino que se habla de agentes en general, lo cual puede llevarnos a interpretar esta figura de forma individual. Sólo hay algunos esbozos sobre el tema cuando ella se refiere a la representación política o cuando examina las políticas coalicionales (y volveré sobre este tema en la conclusión de la tesis). Pero esta falta no se vincula a su filiación postestructuralista ni a su supuesto hipersimbolismo. De hecho, y sobre esto volveré más adelante, hay autores del giro lingüístico que se han dedicado a la deconstrucción del sujeto y que han ofrecido teorías sofisticadas sobre la articulación grupal, como por ejemplo Ernesto Laclau y Chantal Mouffe. Así y todo, también hay que aclarar que Butler nunca reduce su análisis de la subversión a un agente individual y que, en principio, esta noción parecería poder aplicarse a cualquier tipo de agente. Incluso si ella tomara como ejemplos de la subversión las actuaciones drag o las relaciones butch-femme –en tanto prácticas desnaturalizadoras o en tanto efectivos corrimientos de las normas– no podríamos afirmar que esa agencia es individual ya que se trata de acciones que se ejercen en un marco colectivo, que citan paródicamente normas sociales compartidas, y que tienen valor político en virtud de sus efectos públicos. Quizás en su libro hable menos del Congreso que de bares drag pero eso no significa que desdeñe lo público sino que prefiere echar luz sobre otros sitios –underground, soslayados, abyectos o incluso ordinarios– desde donde puede proliferar la acción política. A su vez, es importante volver a resaltar que en Cuerpos que importan ella adjudica valor subversivo a las formas de parentesco y de conformación grupal que se presentan en la película París en llamas. Por todo esto, creo que si no aparece en Butler una formulación más concisa sobre el papel del grupo como agente político por excelencia, esto no es porque su teoría sea incompatible con la apreciación de lo colectivo. En todo caso, la tarea será aventurar cómo puede ser enfatizada esa dimensión colectiva dentro de una teoría de género como la de Butler que defiende el valor político de la repetición con diferencia. Ésta será una de las tareas que emprenderé en la conclusión de este trabajo.

En tercer lugar, Nussbaum señala que Butler es responsable del vuelco simbolista en el feminismo académico norteamericano que no reconoce que las mujeres no necesitan palabras sino comida y refugio. Esta crítica sólo puede ser formulada desde una perspectiva que divide tajantemente lo simbólico de lo material, perspectiva que no es propia de Butler y que, a mi entender, es ciega ante la capacidad del discurso de dar sentido y forma a lo material. Para tomar un caso, pensemos en las mujeres refugiadas. Podemos recordar que, como bien muestra Hacking en La construcción social ¿de qué? para que una mujer refugiada sea protegida, por lo menos a nivel institucional y/o estatal, debe ser construida discursivamente como “mujer refugiada”. Esta forma de clasificar a una persona y, como consecuencia, de brindarle un refugio concreto, depende de una serie de discursos que incluyen legislaciones, trabajadores sociales, obra de activistas, de abogados, de grupos inmigrantes, etc.[36] Si lo que Nussbaum cuestiona es que, para Butler, la subversión pase sólo por los libros, debería recordar la importancia del discurso, incluso del discurso académico, en la constitución de taxonomías clasificatorias y su concomitante efecto en los individuos clasificados. No es lo mismo ser una mujer refugiada que una inmigrante ilegal y quien defienda la distribución de “refugio” o “comida” para las mujeres necesitadas no puede negar las diferencias discursivas involucradas en estas distinciones. Quizás una inmigrante ilegal sí necesite un cambio simbólico para poder obtener comida y refugio. Con esto no pretendo privilegiar lo simbólico sobre lo material sino defender que lo que se desprende del trabajo de Butler, especialmente cuando discute el tema de la materialización, pone en cuestión la posibilidad de distinguir tajantemente entre estas dos dimensiones. Ahora bien, es cierto que el cambio político no puede ser meramente una cuestión académica o una mera discusión entre expertos aislados. Pero esto es algo que Butler también reconoce.

En cuarto lugar, Nussbaum ve una peligrosa pendiente resbaladiza en el planteo de Butler ya que pretender que la subversión sea una cuestión de burla paródica de las normas vigentes –de cualquier norma vigente– nos llevaría a deshacernos de las leyes contra las violaciones y los abusos domésticos. Esto es así porque estas leyes les quitarían a las mujeres que padecen esta situación la posibilidad de parodiar su situación. Esta pendiente es posible porque no hay en Butler una teoría de la justicia que le permita distinguir entre parodias aceptables y parodias que no lo sean. Sin una teoría de la justicia o de la dignidad humana, la subversión es mero cambio y puede dirigirse a cualquier dirección. Con respecto a esta crítica, creo que debemos recordar que Butler tiene una noción amplia de la ley, que incluye no sólo las leyes explícitas de los códigos penales, civiles y económicos de cada país sino también aquellas normas tácitas o implícitas que conforman la amplia red que regula cotidianamente la vida de las personas. En virtud de tener este tipo de perspectiva, Butler no puede aceptar la panacea legalista de Nussbaum y creer que una modificación en el Derecho conllevará una modificación a nivel de lo social. Ahora bien, a pesar de que Butler no rechaza las modificaciones legales, es cierto que no hay en su obra elementos sobre cómo transformar el Derecho constitucional ni un análisis exhaustivo sobre cómo adaptar su visión a una teoría de la justicia con basamento legal. Pero esto no significa que no sea posible esta adaptación ni que su teoría sea incompatible con ésta. El libro Judith Butler: Ethics, Law, Politics, del 2007, de Elena Loizidou, es un buen ejemplo de cómo hacer ese cruce. Así y todo, su noción de parodia parece dirigirse más hacia aquellas normas no necesariamente plasmadas en papel que ejercen poder sobre la vida cotidiana de los individuos. Esto nos enseña que no podemos confiar meramente en los cambios en las leyes para subvertir la matriz heterosexual. Ahora, que Butler defienda una política paródica que resignifica las normas dadas tampoco equivale a decir que es la única forma de hacer política que Butler reconozca. Creo que su enfoque no es reduccionista sino pluralista, y reivindicatorio de una forma de actuar que, dentro de otros planteos más institucionales, es considerada infértil o es soslayada. Finalmente, no pienso que sea cierto que la subversión butleriana pueda ir en cualquier dirección. Si recordamos cuál es el target de la subversión (la obligatoriedad heterosexual y su violencia mundana) y cuáles son sus efectos deseables (la extensión de la legitimidad a diversas posibilidades de género, el fin del privilegio de las narrativas naturalizadoras de la heterosexualidad, etc.) es claro que no es lo mismo cualquier tipo de parodia. En Cuerpos que importan, incluso, ella distingue entre las parodias drag que se dan en los bailes como los que muestra París en llamas de aquellas parodias que aparecen en películas de entretenimiento para heterosexuales y en las que se nota un claro sesgo homotransfóbico, como Tootsie, Una Eva y dos Adanes y Victor, Victoria. La legitimidad ontológica y política de prácticas genérico-sexuales abyectas y el derecho que tienen los desobedientes de género a existir sin ser objeto de violencia es lo que llena ese “vacío” que Nussbaum dice hallar en el corazón de la teoría butleriana. Quizás no sea suficiente, quizás carezca de un enfoque parlamentario, pero de ninguna forma cae en el relativismo de aceptar como válidas formas paródicas discriminatorias hacia las mujeres u otras minorías.

Dejando de lado las críticas específicas del artículo de Nussbaum, creo que aquello que más le molesta a esta pensadora es la incapacidad de la teoría política butleriana de involucrarse en asuntos de relevancia pública. Para ella, Butler ejemplifica una tendencia nociva en el feminismo norteamericano: hacer política desde el campus, produciendo cambios simbólicos a través del discurso. Esto, según Nussbaum, no es más que un quietismo político. En lugar de ocuparse de asuntos reales, de mujeres golpeadas, con hambre o abusadas, estas feministas se embarcan en juegos de palabras que sólo complacen sus intereses teóricos:

La gran tragedia de la nueva teoría feminista en [Estados Unidos de] América es la pérdida de un sentido de compromiso público. Pueden hacer política en la seguridad de los campus, manteniéndose en el nivel simbólico, dirigiendo gestos subversivos al poder a través del discurso y los gestos.[37]

A diferencia de estas pensadoras a la moda que siguen a Butler, Nussbaum encuentra un amparo para el feminismo en la obra de mujeres como Catharine MacKinnon y Andrea Dworkin que se encargan de ofrecer consideraciones teóricas sobre problemas empíricos efectivos y que defienden regulaciones jurídicas en temas como la prostitución, el aborto, la pornografía, etc.

En el próximo capítulo intentaré mostrar que la noción de subversión de Butler también es una herramienta útil para analizar casos empíricos y que no se reduce a un mero despliegue teórico sin basamento efectivo. En particular, haré uso de la noción de subversión butleriana para analizar dos casos: la pornografía alternativa y el matrimonio entre personas del mismo sexo. A partir de este análisis buscaré demostrar que la respuesta butleriana es incluso más adecuada que la de MacKinnon y Dworkin, por lo menos en lo que respecta a la pornografía. Con respecto al matrimonio igualitario, sin embargo, advertiré que es posible hacer otra lectura que la que hace Butler en torno al movimiento LGBT a favor de la amplitud de la institución matrimonial. De hecho, haré uso de su propia teoría de la subversión para dar una interpretación a contrapelo de su postura sobre este tema.


  1. Chambers, Samuel y Carver, Terrell. Judith Butler… op. cit., pp.138-139.
  2. Stone, Alison. “Towards a Genealogical Feminism: A Reading of Judith Butler’s Political Thought”, Contemporary Political Theory vol. 4, 2005, pp. 4–24.
  3. Disch, Lisa. “Judith Butler and the Politics of the Performative”, Political Theory vol. 27, 1999, pp.545–60; McNay, Lois. Gender and Agency: Reconfiguring the Subject in Feminist and Social Theory. Cambridge: Polity, 2000; Webster, Fiona. “The Politics of Sex and Gender: Benhabib and Butler Debate Subjectivity”, Hypatia, vol. 15.1, 2000, pp. 1–22.
  4. Deutscher, Penelope. Yielding Gender: Feminism, Deconstruction and the History of Philosophy. Londres y Nueva York: Routledge, 2002, p. 26. Mi cursiva.
  5. Ibíd., p. 31.
  6. Ídem.
  7. Ibíd., p. 27.
  8. Ibíd., p.32. Mi cursiva.
  9. Halley, Janet. “Misreading Sodomy: A Critique of the Classification of ‘Homosexual’ in Federal Equal Protection Law”, en: J. Epstein and K. Straub (eds). Body Guards: The Cultural Politics of Gender Ambiguity. Nueva York y Londres: Routledge, 1991.
  10. Las incoherencias en la caracterización de la identidad homosexual y su uso de forma discriminatoria fueron moneda corriente durante los debates en torno al matrimonio igualitario en Argentina. Uno de los casos más memorables fue la discusión del 8 de mayo de 2010 en A dos voces de TN entre Rolando Hanglin, José María Muscari, Guillermo Cartasso (abogado de la UCA) y el abogado constitucionalista de la UBA, Andrés Gil Domínguez. En este debate, Cartasso –a pesar de ser advertido por Muscari de sus contradicciones– pasaba constantemente y sin mucha conciencia de la postura sustantiva que considera que los géneros son algo dado por la naturaleza a la creencia opuesta según la cual los hijos adoptados por parejas gays podrían ser infectados por la homosexualidad paterna.
  11. Butler, Judith. El género en disputa…op. cit., p. 16.
  12. Ibíd., p. 288.
  13. Algunas partes de esta sección fueron publicadas en Solana, Mariela. “El papel del travestismo en el pensamiento político de Judith Butler”, Revista de filosofía y teoría política, no. 45, 2014, Universidad Nacional de La Plata, en línea.
  14. Cabe aclarar que cuando me refiero a personas transexuales, hablo de individuos que transicionan hacia un género que no les fue asignado al nacer y que suelen intervenir sus cuerpos para lograr ese objetivo. En cambio, trans o transgénero es un término paraguas que puede remitir a: personas que no se identifican con ninguno de los géneros existentes, personas que se identifican con más de un género, personas que se idenifican con el género opuesto al asignado al nacer pero no intervienen ni quirúrgica ni hormonalmente su cuerpo o puede, en ocasiones, servir de universal para aunar todas las prácticas e identidades no cisexuales.
  15. Prosser, Jay. Second Skins: the Body Narratives of Transsexuality. Nueva York: Columbia University Press, 1998, p. 15.
  16. Butler, Judith. “Critically Queer”, GLQ: A Journal of Lesbian and Gay Studies, 1993, n. 1, p.24.
  17. Prosser, Jay. Second Skins… op. cit., p. 21.
  18. Ibíd., p. 32.
  19. Butler, Judith. El género en disputa…op. cit., p. 267.
  20. Ibíd., p. 27-29.
  21. Véase: hooks, bell. “Is Paris burning?”, Z, Sisters of the Yam Column, junio 1999; Harper, Philip Brian. “The subversive edge: Paris is Burning, Social Critique and the Limits of Subjective Agency”, Diacritics, vol. 24, no. 2/3, Critical Crossings (Verano-otoño, 1994) pp. 90-103; Farber, Jim. “Clothes Makes the Men”, Mother Jones, vol. 16, n.º 2, mar-abr. 1991.
  22. Extraído de París en llamas.
  23. Ídem.
  24. Butler, Judith. Cuerpos que importan… op. cit., p. 184.
  25. Butler, Judith. El género en disputa…op. cit., p. 223. Mi cursiva.
  26. Hacking, Ian. The Social Construction of What?, Harvard University Press, Cambridge, 1999, p. 2.
  27. Butler, Judith. Cuerpos que importan…op. cit., p. 199.
  28. Ibíd., p. 199.
  29. Butler, Judith. Undoing Gender...op.cit., p. 216.
  30. Butler, Judith y Spivak, Gayatri. Who Sings the Nation State? Calcutta: Seagull, 2007, pp.56-57.
  31. Nussbaum, Martha. “The Professor of Parody.” The New Republic Online. 1999, en línea.
  32. La crítica al quietismo político no es la única que Nussbaum hace a la teoría de Butler. Por motivos de espacio y de relevancia temática no desarrollaré las objeciones menores y, a mi entender, malintencionadas. Entre ellas es posible nombrar: 1) el estilo oscuro, cargado y la falta de claridad a la hora de exponer sus ideas principales. 2) El uso excesivo de preguntas retóricas o frases condicionales. 3) La falta de novedad de sus argumentos. 4) La mezcla de autores y tradiciones disímiles y hasta contradictorias.
  33. Ídem.
  34. Ídem.
  35. Ídem.
  36. Hacking, Ian. The Cocial Construction…op. cit., p.10.
  37. Nussbaum, Martha. “The Professor of Parody”, op.cit., en línea.


Deja un comentario