La salida de España
En 1936, el Golpe de Estado de Franco y el inicio de la Guerra Civil obligaron a Gaos y Medina Echavarría a dejar España. Sin embargo, su partida no se dio de un momento a otro. Ambos debieron realizar una búsqueda hasta dar con un lugar propicio hacia dónde dirigirse.
Como afirma Morales Martín, a Medina el golpe de Estado lo encuentra en su puesto en las Cortes de Madrid: “Tras el levantamiento golpista tomó partido por la República. No era militante de ningún partido, pero por ética y dignidad humana entendió que su lugar estaba ahí.” (Morales Martín, 2012:147) Participó en misiones diplomáticas en busca de apoyo a la República y en una escala en París conoció a quien sería su esposa, Nieves Rivaud. Colaboró en la evacuación de los intelectuales de Madrid y posiblemente también con la Alianza de Intelectuales por la Defensa de la Cultura creada en Valencia.
Medina Echavarría fue perseguido por la Comisión Depuradora de la Enseñanza, ante la cual tuvo cargos por abandono de cátedra, extremista y por estar al servicio del Gobierno Rojo. Por ese motivo fue separado de sus cargos como catedrático (Morales Martín, 2012). Su último cargo en nombre de la República fue como representante del Gobierno Republicano en Varsovia, a donde partió recién casado y donde nació su primer hijo en 1938. Allí permaneció hasta 1939, evaluando diversas alternativas, entre ellas Estados Unidos, para finalmente decidir su viaje a México. Gracias a las gestiones de Daniel Cosío Villegas, Alfonso Reyes y Narciso Bassols fue uno de los primeros intelectuales españoles en llegar a La Casa de España en México. “También pudo ayudar la mediación de su amigo José Gaos, quien había recalado en tierras mexicanas meses antes y con el que había coincidido en las universidades de Valencia y Madrid.”, agrega Morales Martín (2012:156-157).
Gaos, por su parte, fue nombrado Rector de la Universidad de Madrid por la Segunda República en 1936 y luego Comisario General del Consejo para la Expansión de la Cultura Española en el Extranjero. Antes de asentarse definitivamente en México había dictado una conferencia en La Habana y otra en México en 1938. Como afirma Carlos Beorlegui (2004), ambas conferencias habían tenido resonancia tanto en Cuba como en México, y versaron sobre la definición de la “filosofía de la filosofía” en la que Gaos estaba trabajando. Con estas conferencias y su trayectoria europea como antecedentes, llegó a México invitado por Alfonso Reyes y Daniel Cosío Villegas para integrarse a La Casa de España.
En 1937 Lázaro Cárdenas encabezó personalmente el apoyo a las víctimas de la tragedia española y dictó las primeras medidas para abrirles las puertas al país. Como consecuencia, se creó La Casa de España en julio de 1938, de la cual fue presidente Alfonso Reyes hasta 1959. En 1940, antes de que Cárdenas dejara el gobierno, se refundó y pasó a convertirse en El Colegio de México.
El campo intelectual, principalmente en lo referido a las Ciencias Sociales y Humanas se encontraba en una situación similar a la que nuestros autores habían dejado en España. Pero para poder abordarlo cabalmente, es necesario retroceder varios años y ubicarnos en el contexto mexicano.
De la Revolución Mexicana al gobierno de Cárdenas
Viajemos en el tiempo hacia fines del siglo XIX. El líder de la independencia mexicana, Benito Juárez luego de su primer mandato como presidente se presenta a reelección y gana. Un grupo de antiguos colaboradores en la lucha contra la invasión extranjera, entre los que se encuentra Porfirio Díaz se levanta en armas, dando origen a la consigna de “no reelección” que perdurará por muchos años en la política mexicana. Corre el año 1871 y aunque el levantamiento fue apagado, Porfirio Díaz comienza a alimentar su ambición de poder.
En 1875 gana las elecciones Sebastián Lerdo de Tejada, quien fuera vicepresidente de Juárez. Díaz se levantó nuevamente en armas y luego de casi un año de enfrentamientos (enero a noviembre de 1876) fue nombrado presidente de la República. Una vez en el poder Porfirio Díaz abandonó todas las reivindicaciones que lo habían conducido a la presidencia: la oposición a la reelección indefinida del presidente, el rechazo la obsecuencia de los representantes ante el poder nacional y la corrupción en la justicia, la denuncia del atropello a la soberanía de los estados, la descomposición del ejército, el derroche de los fondos públicos, la violación a los derechos de los ciudadanos, incluso la vida. Todos estos aspectos a los cuales se opuso durante su campaña y que indujeron al pueblo a creer en él fueron los que efectivamente llevaría a cabo a lo largo de sus años en el poder.
En 1880, Díaz entregó el poder a su aliado Manuel González y asumió la presidencia nuevamente en 1884 cuando, ya sin tapujos, detentó el poder ininterrumpidamente hasta 1911, valiéndose del fraude para perpetuarse a través de la reelección indefinida que tanto rechazó en sus inicios.
En cuanto al campo intelectual, al igual que sucedió en España, el krausismo y el positivismo fueron corrientes de pensamiento ampliamente difundidas desde mediados del siglo XIX. Su llegada a América Latina se produjo por diversas vías: a través de viajes a Europa de diferentes autores y más adelante a través de las Universidades por la selección de materiales de lectura. En el caso del krausismo fue fundamental la influencia del libro Curso de derecho natural de Ahrens (Beorlegui, 2004). Tal como había sucedido en España, la facultad de mayor prestigio en el momento era la de Derecho y allí se concentraban varias disciplinas: filosofía, leyes, Ciencias Sociales, letras. De sus aulas surgieron también los principales dirigentes políticos e intelectuales de la época.
Según afirma Carlos Beorlegui, en América Latina, el krausismo representaba:
la instauración, con un siglo de retraso, de la ilustración europea y de los valores de la modernidad: la aceptación de la racionalidad filosófica, independiente de la razón teológica; la afirmación de la autonomía del individuo, pero entendido como parte también de la sociedad; una acentuación del talante ético, deducido de la emancipación de toda esclavitud y autoridad; y la búsqueda de una religiosidad conjugada correctamente con el uso de la razón: fides quaerens intellectum (fe que busca entender) (Beorlegui, 2004:248).
Para la década de 1870 conviven y discuten en la región tres corrientes de pensamiento: “el tradicionalismo católico, el krausismo y el positivismo” (Beorlegui, 2004:259). La presencia del positivismo atravesó tres fases en Hispanoamérica. En un primer momento encontramos la influencia de Comte (1798-1857), quien funda la “sociología” y propone un sistema para alcanzar un saber riguroso sobre el hombre individual y social que unía el método científico con una cosmovisión filosófica, social y religiosa distinta del cristianismo. Buscaba con este sistema solucionar problemas concretos, aspecto que cautivó a los pensadores latinoamericanos. Más tarde, destacará la influencia de Spencer y luego entrará en decadencia. (Beorlegui, 2004)
En América Latina se creyó que los tres estadios de Comte representaban fielmente la historia de estos pueblos hasta fines del siglo XIX y se imponía entonces la necesidad de ir en busca del orden y el progreso. Por eso, “Ser liberal significaba ahora desear el progreso por medio del orden.” (Beorlegui, 2004:269). México fue un caso paradigmático de esta situación cuya ley de educación tiene su origen en la exposición de las teorías de Comte por parte del positivista Gabino Barreda en su “Oración Cívica”, pronunciada en Guanajuato en 1867. En su discurso, empleó los tres estadios de Comte para explicar la historia de México hasta ese momento, en el cual consideraba que estaba iniciando el período positivista. De este modo, “el pensamiento positivista se convierte en la filosofía oficial de México, hasta la caída del dictador Porfirio Díaz (1911)” (Beorlegui, 2004:269).
Sin embargo, la aplicación de la nueva ley no fue sencilla, porque el partido Liberal en el poder, temía que a través de ella se limitara la libertad. La solución de Barreda fue defender el concepto de libertad positivista, una libertad que consiste en someterse a un orden que debe orientar su camino. No obstante, la generación siguiente se adaptó a la noción de libertad spenceriana que resalta el lugar de la libertad individual frente al orden.
Estos jóvenes positivistas de la generación posterior a Barreda tendrán como órgano de difusión el periódico La libertad, y encontrarán justificación en la doctrina de Spencer para conjugar el respeto del orden con la libertad individual, dado que representaban los intereses de la nueva burguesía. Consideraban que México no se encontraba aún en el nivel para ejercer la libertad individual plena y se aceptaba entonces un estado fuerte que garantizara el orden hasta tanto la sociedad evolucionara. Al respecto, sostiene Beorlegui: “El hombre que se va a encargar de garantizar este orden, a través de poseer el poder político total, será el general Porfirio Díaz.” (2004:315). Justo Sierra será la figura intelectual más representativa durante el gobierno porfirista. Continuador de Barreda, consideraba que había que “reeducar al pueblo dándole una nueva conciencia nacional” (Beorlegui, 2004: 316) y que el método para alcanzar la libertad era la evolución, no la revolución.
Durante este período: “En México se dio una lucha muy fuerte entre krausistas y positivistas para conseguir la hegemonía y el poder cultural y político” (Beorlegui, 2004:259). En 1880 el presidente Miguel Lerdo de Tejada creó la cátedra de Historia de la Filosofía en la Facultad de Derecho y designó al frente a Ignacio Altamirano. También decretó que se emplee como libro de texto en la Escuela Nacional Preparatoria la Lógica del discípulo de Krause, Guillermo Tiberghien. Por estas modificaciones, Altamirano iniciará una polémica con Justo Sierra, representante del positivismo, que se difundirá en los periódicos del momento. La polémica concluyó con el reemplazo del libro de Tiberghien por Nociones de lógica de Luis Ruiz, buscando una solución intermedia. La controversia, sin embargo, más que enfocarse en cuestiones académicas fue empleada para defender diversos intereses de clase, que tampoco afectaban la vida del pueblo mexicano (Beorlegui, 2004). Así fue durante todo el régimen porfirista en el cual se puso el orden político al servicio de los intereses de la clase económica dominante para garantizar la libertad económica.
La sociología en México presentó un desarrollo similar al que recuperamos de la experiencia española en el capítulo anterior. Su estudio se había iniciado en 1867 con la fundación de la Escuela Nacional Preparatoria. Se desarrolló con influencia del positivismo comtiano. Los krausistas españoles serán consultados habitualmente en la región, así como también el creador del krausopositivismo y fundador de la sociología española, Adolfo Posada.
Las condiciones de vida para la mayoría de la población eran muy duras. Los campesinos eran despojados de sus tierras por la fuerza o el engaño; para los obreros de las industrias, en su mayoría de capital norteamericano, no había garantías, las jornadas laborales podían extenderse hasta 18 horas y los salarios eran absorbidos por las proveedurías. El analfabetismo se había extendido y los trabajadores vivían sometidos a los abusos de cualquiera que detentara algún poder ya fuesen soldados, capataces, jefes políticos, etc.
Con esa situación social, sumada a las mentiras con las que Díaz había llegado al poder, no tardaron en surgir diferentes focos de resistencia. Algunas de las más importantes se organizaron en torno a revistas que a lo largo del porfiriato denunciaron sus abusos y atropellos, por ejemplo: El demócrata, Regeneración, El 93, La opinión, La República, El hijo del Ahuizote. De las revistas también surgió el impulso de los clubes liberales que se organizaron en diferentes localidades del país y que comenzaron a dirigir la resistencia al régimen. Las principales figuras como los hermanos Jesús y Ricardo Flores Magón, Camilo Arriaga, Juan Sarabia, por nombrar solo algunos, sufrieron persecución, encarcelamiento y exilio en numerosas oportunidades. La persecución de los opositores llegó incluso a Estados Unidos donde se exiliaron, demostrando la connivencia con el gobierno norteamericano y el alcance del poder porfirista. Así los opositores sufrieron cierre de periódicos, atentados y encarcelamiento también mientras se encontraban en el exilio.
Paralelamente, en el ámbito intelectual, entre 1880 y 1900 el positivismo entra en crisis en toda Hispanoamérica. Principalmente por no poder cumplir con los cambios rápidos y eficaces que prometía, pero también porque se habían superado las teorías de Comte en Francia. Además, en algunos casos como en México, la forma de comprender la libertad social que aplicaba el positivismo llegaba a negar la libertad del hombre y justificó el sometimiento a dictaduras. La aparición de teorías que proponían otros métodos posibles para las ciencias humanas y sociales con Dilthey, Windelband y Rickert profundizó la crisis habilitando nuevas formas de pensar las Ciencias Sociales. Al respecto menciona Beorlegui: “Con este bagaje teórico a las espaldas se inicia una fuerte lucha contra el positivismo institucionalizado. Se empieza en esta lucha por México, a través de Antonio Caso y José Vasconcelos.” (2004:331). Ambos autores vivieron su formación e iniciaron su trayectoria intelectual dentro del positivismo, pero luego se desmarcarán de él.
En el cambio de siglo, las naciones hispanoamericanas se encontrarán en una búsqueda identitaria que, además de alejarse del positivismo, recupera los rasgos hispanos heredados de España y enfrenta el avance imperialista de Estados Unidos demostrado en la guerra con Europa por los territorios de Cuba, Puerto Rico y Filipinas, así como también en la expropiación de diversas extensiones de tierras que había sufrido México. Esta vuelta a la cultura hispánica de todos modos dejará siempre clara su posición anticolonialista frente a España, por eso se revaloriza lo mestizo e indígena para configurar una nueva identidad latinoamericana.
El ya nombrado Justo Sierra será un intelectual importante en este cambio de época. Formado en el positivismo, será una figura destacada dentro del régimen porfirista, pero tomará con el tiempo una posición contraria al positivismo, lo considerará: “una ideología más, al servicio de unos intereses determinados, en el caso de México de la burguesía todopoderosa.” (Beorlegui, 2004:386). Desde sus cargos en el Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes, apoyó a Antonio Caso, José Vasconcelos y Alfonso Reyes entre otros a crear el Ateneo de la Juventud (1909), que luego se convertirá en Ateneo de México. Este grupo de jóvenes intelectuales tuvo como objetivo común oponerse al positivismo y asistir al derrocamiento de Porfirio Díaz. Por eso se disgregó una vez que se fracciona la revolución.
Los jóvenes intelectuales pertenecientes a la llamada Generación de 1915 se caracterizaron por el rechazo definitivo al positivismo, la búsqueda de la identidad latinoamericana, la influencia de las teorías de José Ortega y Gasset y el surgimiento de la sensibilidad indigenista (Beorlegui, 2004). Todos ellos irán tomando conciencia de la ignorancia que tenían sobre los problemas específicos de México y de la identidad propia de lo mexicano.
En paralelo al grupo del Ateneo de la Juventud, a partir de 1915 actuará también en materia intelectual el grupo conocido como “los siete sabios”[1]:
“El objetivo de ‘los siete sabios’, y el de los llamados ‘resabios’ -grupo más amplio de amigos que acompañaban y completaban a los siete originales-, así como de toda su generación, fue la reconstrucción del país, para lo cual diseñaron aventuradas políticas y crearon novedosas instituciones” (Garciadiego, 2010:33)
A diferencia de los ateneístas, como sostiene Garciadiego, los intelectuales de la generación del ‘15 fueron “intelectuales de ‘pico y pala’” (Garciadiego, 2010: 34). Fueron ellos los que introdujeron el nacionalismo económico, el estatismo político, la reforma agraria, etc. (Garciadiego, 2010).
En cuanto a los orígenes de la sociología, en 1907 se crea la cátedra Principios de Sociología impartida por Carlos Pereyra en la Escuela de Jurisprudencia, que luego sería ocupada por Antonio Caso y Daniel Cosío Villegas. Se pensaba la sociología vinculada al Derecho y la Filosofía del Derecho. Posteriormente, la colaboración de Cosío Villegas en la cátedra: “lo promovió a la situación de agente central para la renovación de las Ciencias Sociales: desde 1922 dirigió la Revista de Ciencias Sociales de la Facultad de Jurisprudencia y en 1925 publicó una extensa Sociología mexicana” (Sorá, 2010:544)
Hacia fines de la primera década del siglo XX, el régimen porfirista daba señales de su agotamiento: crecía el descontento social por el aumento de la desigualdad y porque la oligarquía ignoraba la realidad de las mayorías populares. En 1910 Francisco Madero se sublevó dando comienzo a la Revolución. En realidad, hasta comienzos de 1909, Madero no se declaró abiertamente opositor al porfiriato y no favoreció la insurrección. Pero al ser derrotado en las elecciones de 1910 por la fórmula Díaz – Corral en una nueva elección fraudulenta mientras él se encontraba detenido en la prisión estatal se convenció de que no quedaba otro camino más que la revolución. Así, luego de escapar de la prisión y huir a Estados Unidos, Madero hizo circular el Plan de San Luis de Potosí en el cual declaraba ilegales las últimas elecciones, asumía provisionalmente la presidencia y convocaba al pueblo a levantarse en armas el 20 de noviembre de 1910 a partir de las seis de la tarde.
Con el alzamiento de Pascual Orozco y Pancho Villa en el estado norteño de Chihuahua el 20 de noviembre inician los primeros movimientos armados de la revolución. En pocas semanas la revolución se extendió a todas las regiones de México y Porfirio Díaz respondió aplicando la suspensión de las garantías individuales. En marzo de 1911 se suma a la guerra revolucionaria Emiliano Zapata al frente del estado sureño de Morelos, a pesar de las dudas que le generaba la falta de un pronunciamiento claro de Madero respecto del problema de la tierra.
En 1911, con la conquista de Ciudad Juárez se consuma la victoria de la Revolución. Porfirio Díaz firmó los Tratados de Ciudad Juárez para entregar el poder y embarcarse a Europa donde residió hasta su muerte. El 6 de noviembre de 1911 asume Madero como presidente, pero su gobierno no contentó a nadie. Envuelto en las redes de poder de los porfiristas que seguían dominando la estructura de poder política económica y militar, la actitud contemporizadora de Madero llevó a la revolución hacia un callejón sin salida. Zapata se levanta en el sur con los campesinos reclamando la restitución de los ejidos a los pueblos a través del Plan de Ayala, mientras la derecha reemplaza a Madero, luego de asesinarlo, por Victoriano Huerta. En los primeros años de la década de 1910, México se encuentra en un caos formado por diversas facciones enfrentadas y hacia 1914 además el inicio de la Primera Guerra Mundial lo aísla del resto del mundo (Beorlegui, 2004).
La revolución entonces comenzará a concentrarse en otros problemas que antes no se habían observado: “el problema agrario, el problema obrero, el problema indígena y la nacionalización de las riquezas” (Beorlegui, 2004:412). Hay una mirada que se concentra en la toma de conciencia de lo mexicano, tanto en lo político como en lo intelectual. Como afirma Beorlegui: “la revolución de 1910 constituye en México el fin del positivismo intelectual y social, y el triunfo de las nuevas ideas que se estaban ya asentando en el país.” (2004:386). También hay que destacar que la Revolución mexicana no tuvo modelos y los mexicanos debieron ir diseñando alternativas a medida que el proceso avanzaba (Garciadiego, 2010).
A partir de la Revolución estos cambios se observan también en la sociología que asume un carácter fuertemente nacional, tomando como problemas sociológicos centrales la cuestión indígena y campesina. Además, aclara Morales Martín: “Este carácter nacional (o nacionalista) también condicionó el posterior desarrollo del campo sociológico mexicano al quedar la tarea intelectual estrechamente ligada al campo del poder” (Morales Martín, 2012:162).
La Revolución mexicana fue leída sólo a posteriori como indigenista, y lo fue en tanto que se ocupó del problema campesino, en particular con Zapata y la reforma agraria:
No había en México un pensamiento indigenista que precediera a la revolución, sino que surgió después, al calor de la consciencia que producen las conquistas logradas con la revolución. Con ella se advierte que el problema del indio es más bien el problema del despojo de la tierra y de la explotación de unos hombres (la mayoría) por otros. (Beorlegui, 2004:409).
El indigenismo mexicano se apoya más en las reivindicaciones sociales que en las étnicas, por eso, estos intelectuales no buscan las raíces de la identidad latinoamericana antes de la llegada de los españoles y se apoyan en el mestizaje.
Además, según sostiene Javier Garciadiego (2010), a nivel cultural, una de las principales características de la Revolución mexicana fue el surgimiento del intelectual de origen popular: “fue solo con la Revolución que los intelectuales populares arribaron a las esferas de poder máximo y pudieron incidir en la definición de importantes políticas gubernamentales” (Garciadiego, 2010) por ejemplo, el Plan de Ayala.
El gobierno de Huerta fue efímero y para 1914 renunció y abandonó el país. Venustiano Carranza asumió provisionalmente el gobierno que luego fue reconocido por los Estados americanos, consolidando el régimen. En 1917 la Revolución entra en su última etapa con la nueva Constitución que se acepta en el Congreso de Querétaro que incluía los principios proclamados por Zapata en el Plan de Ayala. A partir de allí, con la muerte de los grandes caudillos revolucionarios, Zapata (1919), Carranza (1920) y Villa (1923) concluye la Revolución armada. En 1920 asume Álvaro Obregón como presidente y pone en práctica la nueva Constitución.
La nueva etapa que se inicia a partir de la Revolución en el campo intelectual tendrá como influencia clave las ideas de José Ortega y Gasset. El circunstancialismo, el perspectivismo, y la teoría de las generaciones:
convierten a Ortega en el filósofo en el que se fundamentará la legitimidad de una filosofía de lo mexicano, de lo autóctono, como mirada insustituible acerca del universo y de la realidad, combatiéndose de este modo la hasta ahora incontestable creencia de que la filosofía occidental era la única filosofía real y posible (Beorlegui, 2004:407)
La influencia de Ortega se dará fundamentalmente a través de la lectura de sus obras y de la Revista de Occidente junto con la colección Biblioteca de ideas del siglo XX de la misma editorial. Además, los escritos de Ortega sirvieron para dar impulso a los estudios sociológicos, sea por acuerdo o desacuerdo con sus planteos sobre lo social. (Beorlegui, 2004)
La idea de generaciones será la que impacte en primer lugar en iberoamérica, principalmente en el ámbito político. Por ejemplo, el concepto será empleado por la Revolución mexicana para sostener la necesidad de un recambio generacional acusando de anquilosamiento a los grupos que se encontraban en el poder.
Samuel Ramos será una figura clave de este período en México. Influenciado por Antonio Caso en un primer momento, se acercó a la filosofía desde una perspectiva antipositivista. Luego se verá influenciado por la filosofía orteguiana, aunque discutirá el empleo abusivo del término generaciones. Ramos afirmaba que, si bien el concepto era útil para representar la situación mexicana, luego de la caída del porfirismo le preocupaba la acentuación del conflicto generacional y el empleo del término en favor de determinados grupos.
De la teoría orteguiana, Ramos destacó el circunstancialismo y el perspectivismo, y entabló una polémica con Antonio Caso, su antiguo maestro, en defensa de la razón desde una perspectiva raciovitalista. La crítica al positivismo había llevado a Caso a acercarse a las teorías pragmatistas y al intuicionismo bergsoniano, mientras Ramos propondrá que es necesario confiar en la razón sin caer en irracionalismos para lo cual se apoyará en el raciovitalismo. Este camino lo llevará también a promover una filosofía nacional.
La relación entre los intelectuales y el estado tiene características especiales a partir de la Revolución. Como el Estado asumió la tarea de fomentar la identidad nacional se facilitaron los vínculos con los intelectuales:
En la medida en que el Estado posrevolucionario mexicano no fue totalitario, los intelectuales pudieron mantener relaciones con los sucesivos gobiernos, de los que fueron ideólogos, funcionarios y representantes diplomáticos, o simplemente beneficiarios de sus numerosos proyectos educativos y culturales. (Garciadiego, 2010:36-37)
Este vínculo entre los intelectuales y el Estado se sostendrá hasta mediados del siglo XX. La primera parte del período posrevolucionario estará marcada por la influencia de José Vasconcelos. Figura clave en el desarrollo educativo en México, a través primero de las misiones educativas como la Universidad Popular Mexicana, y luego por las acciones de la Secretaría de Educación Popular dirigida por él mismo. Influyó fuertemente en José Gaos quien se dedicará a analizar su obra en Páginas escogidas.
Los gobiernos de Plutarco Elías Calles, Emilio Portes Gil, Pascual Ortiz Rubio y Abelardo Rodríguez antecedieron al de Lázaro Cárdenas, aunque el poder de Calles fue el que dominó todo el período. Fue Cárdenas quien finalmente logró terminar con el poder de Calles y culminar con los años de maximato[2].
La política obrera de Cárdenas se basó en la creación de cooperativas, por el apoyo a los obreros frente a las empresas norteamericanas y las mejoras en las condiciones laborales. Esto le brindó un fuerte apoyo de la masa obrera. Así también llevó a fondo la reforma agraria, favoreciendo la formación del ejido a través de expropiaciones. Su política en lo económico fue nacionalista, defendiendo ante todo los intereses nacionales sobre los capitales privados y extranjeros. Ejemplo de esto es la expropiación de las empresas petroleras extranjeras.
El período previo a la llegada de Medina Echavarría y Gaos a México, los años 30, estuvieron marcados por el amplio rechazo al nazismo y al fascismo por parte de los intelectuales y del Estado mexicano. Mientras tanto se desarrollaba la política progresista de Cárdenas:
aprovechando la crisis en la que se halla sumergido el mundo occidental con motivo de la gran depresión económica y la cercanía de la Segunda Guerra Mundial, propugna un populismo nacionalista, luchando contra los intereses foráneos a México y nacionalizando el petróleo. Una de sus preocupaciones más importantes era elevar el nivel educativo, fortaleciendo las universidades (para lo cual la llegada de los profesores españoles era clave), creando el Instituto Politécnico Nacional y promoviendo iniciativas culturales privadas como la Editorial Fondo de Cultura Económica (1934), la Casa de España en México (1938), ambas entidades promovidas por D. Cosío. (Beorlegui, 2004:518)
Los intelectuales más destacados del período fueron aquellos que conformaron inicialmente el Ateneo de la Juventud. Entre ellos Antonio Caso, quien no solo abordó la filosofía sino también fue considerado gran maestro de sociología en México durante el primer tercio del siglo XX (Morales Martín, 2012). Formará a Daniel Cosío Villegas con quien Gaos y Medina Echavarría tendrán contacto durante su estancia en México.
Sin embargo, el intelectual más influyente de este grupo será Alfonso Reyes. Fue secretario de la Escuela de Altos Estudios organizada dentro de la Universidad Nacional creada en 1910 por Justo Sierra. Esta escuela fue la antecesora de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Desde mediados de la década de 1910 hasta 1939 cuando regresó definitivamente a México, realizó diversos viajes y misiones diplomáticas por Europa, principalmente a España y París donde se convirtió en un intelectual de prestigio; y también por América del Sur. “Su gran capacidad de conversador y de hacer amigos, le permitió entrar en contacto con los intelectuales más importantes del ámbito iberoamericano.” (Beorlegui, 2004:429). Su regreso definitivo a México coincide con la llegada de los exiliados españoles a México en 1939. Fue artífice de la operación de acogida de los intelectuales españoles como presidente de La Casa de España. También “participó en la creación de la revista Cuadernos Americanos, en la que colaboraron con sus escritos lo más granado de la intelectualidad española exiliada, así como otros muchos mexicanos e hispanoamericanos.” (Beorlegui, 2004:429)
A partir de mediados de los años ‘30, México se encuentra en un proceso de cambio en lo que respecta a la relación entre los intelectuales y el poder político (Palacios, 2010). El proyecto cultural vasconcelista que perseguía la integración indo campesina cae en desprestigio y los intelectuales pierden su posición de “intérpretes”, pero ganan institucionalidad con la creación de nuevas instituciones (Palacios, 2010).
Exilio
Numerosos autores coinciden en afirmar la importancia cultural que significó la llegada de los exiliados republicanos a América Latina entre 1938 y 1939. La mayoría de ellos formaban parte de la llamada generación del ‘27, grupo influido por la filosofía orteguiana y producto del impulso por elevar el nivel de la cultura española que se había realizado desde principios de siglo.
En términos generales, el exilio republicano continuaba con una larga tradición de exilios políticos y culturales que habían afectado la historia española, sobre todo durante el siglo XIX, como pudimos presentar brevemente en el capítulo 1. Sin embargo, como afirma Beorlegui (2004), el exilio republicano presentó características específicas que lo diferencian de los anteriores: los exiliados fueron en su mayoría gente de pueblo, de status socioeconómico bajo, el número de intelectuales fue una pequeña proporción en el conjunto del total de los exiliados que se calculan alrededor de medio millón de personas. Se asentaron algunos en Europa, pero muchos viajaron a América y un amplio grupo de intelectuales se esparcieron por diversos países.
Otra diferencia no menor que señala Beorlegui es:
Los exilios anteriores fueron de relativa corta duración, y, regresados a la península, solían contribuir al cambio político posterior y regresar al poder del que habían sido desalojados. No ocurrió así con el exilio de 1939, puesto que sólo pudieron regresar a España (los que siguieron con vida) cuarenta años después, a partir de 1975, tras la muerte del dictador (Beorlegui, 2004:497-498)
En México se asienta el grupo más numeroso de filósofos que tratan de desarrollar una filosofía afirmativa, como la denominará Francisco Miró Quesada, es decir que creen posible la realización de una filosofía latinoamericana. Para este autor, esto se debe al espíritu de la nación mexicana de afirmación intensa de sí misma, pero también a la influencia del historicismo y el perspectivismo orteguiano a través de los exiliados españoles, en particular de José Gaos (Beorlegui, 2004). Los españoles exiliados con Gaos a la cabeza, impulsarán el pensamiento propio a partir de la circunstancia latinoamericana y llevarán adelante numerosas empresas académicas que promoverán el desarrollo de universidades, revistas, editoriales e instituciones de formación, elevando el nivel intelectual. Su presencia fue determinante para crear un nuevo clima intelectual. Es destacada la función orientadora que realizan los exiliados españoles, dado que los exiliados en otros países “no llegaron a formar un grupo tan coherente y orientador como el de México” (Beorlegui, 2004:353).
Sin embargo, en un primer momento, los exiliados:
fueron recibidos por la intelectualidad mexicana con gran recelo, en la medida que eran vistos como directos competidores en el mercado de trabajo. Pero enseguida superaron esta inicial actitud de recelo por cuanto su trabajo no solo no mermó el de los nativos, sino que sirvió para generar un enorme renacimiento y revulsivo cultural en múltiples campos. (Beorlegui, 2004:498)
Como sostiene Morales Martín: “Sobradamente es conocida la importancia que tuvo el exilio republicano español para el desarrollo de las Ciencias Sociales y la cultura latinoamericana” (2012:156). No obstante, también es importante el impacto de la Segunda Guerra Mundial en los intelectuales de la década de 1930 porque fue interpretada “como la expresión de la decadencia de la cultura europea y una cierta llamada a la intelectualidad americana a ocupar su lugar hegemónico, orientándose por otros derroteros.” (Beorlegui, 2004:486). Esta situación los encausa hacia la producción de una filosofía latinoamericana auténtica, impulsados también por el pensamiento orteguiano cuya influencia se completó con la presencia de sus discípulos españoles a partir del exilio.
Como categoría de análisis, el exilio ha sido estudiado por numerosos autores desde diversas perspectivas. Para iniciar, no podemos dejar de mencionar que uno de los conceptos más populares para pensar el exilio, principalmente el republicano, fue acuñado por uno de los autores que aquí trabajamos: “Transtierro”, palabra creada por José Gaos para referirse a su experiencia en el exilio. Con este término Gaos dio un nombre a aquello que no existía hasta entonces, la posibilidad de que el exiliado se adaptara, construyera un nuevo hogar en su lugar de acogida sintiéndose verdaderamente parte de él. Esta forma de abordar el exilio le valió numerosas críticas ya que se ha considerado que despoja al exilio de su potencial crítico (Sánchez Cuervo, 2016). Al respecto sostiene Antolín Sánchez Cuervo:
se trataba de un término que tendía a invisibilizar o sublimar la ruptura, el conflicto y hasta la barbarie inscritas en esa experiencia, o que en todo caso se adecuaba a cierto perfil de exilio, acomodado y estable, aun en medio de tantas penurias, como el del propio Gaos, quien finalmente gozó en todo momento de un status académico envidiable. Dicho de otra manera, se trataba de un término muy acorde con su creciente despolitización, favorecida por las severas restricciones de la legislación mexicana impuestas a los ciudadanos de origen extranjero para intervenir en la esfera pública, además de por su misma condición de derrotado y su tendencia hacia la meditación y el ensimismamiento académico. (Sánchez Cuervo 2016)
En contraposición, encontramos la ya conocida figura del “destierro”, que remonta sus referencias a las tragedias griegas o incluso a la Biblia. En este caso, el exiliado sufre el aislamiento de su patria y se convierte en alguien sin tierra, un paria que no se adapta ni podrá encontrar un verdadero refugio en ningún lugar, más allá de recibir asilo y hospitalidad. A diferencia de Gaos, la del destierro es la experiencia que podríamos asociar a lo vivido por J. Medina Echavarría, mirada en la que seguimos los planteos de Morales Martín (2012).
Enzo Traverso por su parte, considera que los exilios han sido “fuentes extraordinarias de producción intelectual” (2012:237). En “Exilio y violencia. Una hermenéutica de la distancia”, se apoya en la obra de Carlo Ginzburg para plantear una forma particular de trabajo intelectual a partir del exilio que abordaremos con mayor detalle en el capítulo 4. No obstante, resulta pertinente adelantar aquí la siguiente reflexión:
la distancia hace aparecer la realidad bajo otro aspecto, modifica las perspectivas, acentúa o neutraliza tanto la empatía como la mirada crítica de los observadores. Si bien estos últimos son exiliados que están obligados a poner distancia y a contemplar de lejos el mundo del que salieron, el efecto de extrañamiento (straniamento) derivado puede revelarse fructífero. (Traverso, 2012:238)
También agrega: “En el exilio, las fronteras entre el erudito y el militante se vuelven porosas, inestables. La historiografía italiana, alemana o española en el exilio se construye como una contribución conciente al combate antifascista” (2012:234). Así nuestros autores consideraron su trabajo en suelo americano, y su participación en los debates en Cuadernos Americanos, así como muchos de sus trabajos publicados dan cuenta de esta tarea. Por ejemplo, las reflexiones en torno al totalitarismo que realiza Gaos en sus primeros años en México paralelamente a sus análisis sobre el pensamiento en lengua española (Sánchez Cuervo, 2016).
Sin embargo, Traverso también indica: “Si el exilio suele ser indisociable de una opción política, la perspectiva epistemológica que abre no se reduce a esta última” (2012:240) y diferencia en este sentido los exilios del fascismo de Mussolini, del nazismo y del franquismo. De este último marca como diferencia, al igual que Beorlegui, la distancia temporal que se agrega a la espacial dada la dificultad para regresar a España por casi cuarenta años.
Como sostiene Morales Martín: “José Medina fue un desterrado y nunca acabó de adaptarse a la tierra de acogida. Para nuestro autor el exilio fue un auténtico duelo” (Morales Martín, 2012:158). Hallar un lugar de destino parece haber sido para Medina Echavarría una tarea imposible. Desde su rol como Encargado de Negocios en Varsovia (Polonia) comenzó la búsqueda de alternativas para asentarse con su familia, mientras fue perseguido y separado de diversos cargos como catedrático por la “Comisión depuradora”. El periplo realizado da cuenta de las dificultades que atravesó: viajaron junto a su esposa de Varsovia a Estocolmo donde tramitó su viaje a México con el Embajador; de allí partieron a Nueva York, luego a La Habana y finalmente llegaron al puerto de Veracruz el 10 de mayo de 1939.
Medina no logró adaptarse. Como sostiene en su biografía intelectual Morales Martín: “vivió su exilio por América Latina como un divorcio no superado. Este trauma no cerrado condicionó gran parte de su literatura sociológica” (2012:157). Esta dificultad se vio reflejada en su obra: “Su duelo y desubicación explican su predilección por la gran teoría y la abstracción sociológica” (Morales Martín, 2012:159). Por eso sus trabajos del período mexicano se concentran en lo que Morales Martín define como una “Dimensión Epistemológica” que se pregunta por las condiciones de posibilidad del conocimiento científico de lo social. Medina: “siguió siendo fiel a sus autores, a sus lecturas, a sus hábitos, porque ello le producía coherencia en momentos difíciles e incoherentes como los que significaba el exilio voluntario”. (Morales Martín, 2012:158)
Al llegar a México, Medina se encontró con una sociología escasamente desarrollada a excepción de los trabajos de Antonio Caso y Daniel Cosío Villegas, uno de los fundadores de La Casa de España y gestores de su llegada al país. Con Cosío Villegas tendrá oportunidad de trabajar en el Centro de Estudios Sociales del Colegio de México que será dirigido por Medina entre 1943 y 1945, aunque chocarán sobre la función del Centro, ya que Cosío apuntará al reclutamiento de cuadros dirigentes, mientras que Medina se enfocará en la formación de sociólogos antes que políticos (Morales Martín, 2012).
Entre sus primeras colaboraciones se encontrará su participación en la Revista Mexicana de Sociología creada por Lucio Mendieta y Núñez en 1939. Al igual que para otros intelectuales españoles exiliados la revista ofrecerá un espacio para la realización de los primeros pasos de inserción académica. Como afirma Morales Martín en los primeros artículos que publica allí se observa como:
Frente a un público desconocido, la sociología de Medina se vuelve más amplia, generalista, no centrada en situaciones especiales concretas y sí, más bien destinada a teorizar sobre preocupaciones propias de la sociología como es el significado propio de esta ciencia, acerca de cuál es el papel del sociólogo o qué significa ser sociólogo. (Morales Martín, 2012:168)
A partir de junio de 1939 se incorporó como profesor en la cátedra de Sociología de las Facultades de Derecho y Ciencias Sociales y Economía de la UNAM. En 1940 logró la publicación de Panorama de la Sociología Contemporánea por La Casa de España, cuyas páginas había elaborado principalmente en España. En el mismo año dictará dos cursos magistrales como miembro del Colegio de México que darán origen a Sociología: teoría y técnica. Uno realizado en el Colegio de Estado de Guanajuato: “Reconstrucción de las Ciencias Sociales”, luego publicado por la Revista Mexicana de Sociología; otro “La nueva Sociología” en el marco de los cursos Vasco de Quiroga de la Universidad Michoacana en Morelia.
La experiencia del exilio de José Gaos fue diferente. “La captación de Gaos para México era uno de los elementos clave de la política de Lázaro Cárdenas (1934- 1940) respecto a los intelectuales españoles republicanos, apoyado por intelectuales mexicanos como A. Reyes y D. Cosío Villegas.” (Beorlegui, 2004:518). Su llegada a México respondía a los intereses del grupo dominante, pero a su vez Gaos vivió el exilio desde otra perspectiva. Así acuñó el término tan ampliamente difundido de transterrado, como recupera Carlos Beorlegui:
Estoy tan satisfecho y orgulloso de México, confesará después Gaos, y de ser mexicano, me he empatriado tanto en México y me parece tal esta patria de destino, que me he expatriado de mi patria de origen hasta el extremo de no interesarme ni el problema ni la cultura de España como me interesan las de otros países. (Beorlegui, 2004:519)
Al llegar a México, Gaos se empeñó por ser fiel a su nueva circunstancia y conocer la historia, cultura y filosofía mexicana. Esto le permitió “hacerse un lugar” e intervenir rápidamente en los debates que se estaban dando en el campo filosófico. Como afirma Gómez -Martínez, Gaos: “Se siente, en efecto, parte de un proceso; desde el principio asume su lugar de “eslabón” en la cadena del pensamiento mexicano y su obra surge en concordancia con la posición que adopta” (1992:55).
Así conoce en primer lugar los trabajos de Antonio Caso y Samuel Ramos. Tras la disputa que había tenido con Antonio Caso sobre la salida del positivismo, Samuel Ramos se dispuso a repensar la realidad mexicana con el objetivo de desentrañar las características particulares de su identidad y su perspectiva filosófica. En El perfil del hombre y la cultura en México, Ramos caracterizó al mexicano: “una persona atravesada por un complejo de inferioridad, que explica dos de los vicios más determinantes del mexicano: su mimetismo con la cultura europea y el machismo nacional” (Beorlegui, 2004:510). Propone para solucionar estos vicios una profunda reforma educativa. Sin embargo, recibió duras críticas de sus compatriotas que lo alejaron de su tarea filosófica por cuatro años. (Beorlegui, 2004).
Una de las primeras intervenciones de José Gaos en el campo intelectual mexicano fue reivindicar la labor de Samuel Ramos ante la opinión pública e impulsarlo a continuar con sus reflexiones. “José Gaos veía un gran paralelismo entre España, su patria de nacimiento, y México (y en general toda Hispanoamérica), su patria de adopción, en la medida que ambas partían de un complejo de inferioridad respecto a Europa.” (Beorlegui, 2004:519), eso le permitió conectar rápidamente con la filosofía del momento en México. De su revalorización del trabajo de Ramos surgirá la primera publicación que realizará en México en 1939 dedicada al pensamiento mexicano. Luego también entablará una polémica con Francisco Larroyo sobre la definición de Filosofía, que se plasmará en 1940 en el primer libro publicado por Gaos en México: Dos ideas de la filosofía. Estas intervenciones de Gaos “tuvieron la virtud de sacar la reflexión filosófica del recinto académico especializado y hacerla pertinente a toda preocupación intelectual” (Gómez- Martínez, 1992:66)
A nivel institucional, partir de 1939 surgen la Cátedra de historia de la Filosofía en México de la Universidad Nacional Autónoma de México dirigida por Ramos y el Seminario de Tesis sobre el Pensamiento Hispanoamericano de El Colegio de México en el que impartirá clases Gaos (Gómez Martínez, 1992)
También dedicó parte de sus primeros años en el país azteca a promover la traducción de los clásicos de la filosofía en el Fondo de Cultura Económica y en otras editoriales, muchas de las cuales realizó él mismo (Beorlegui, 2004). El trabajo que Gaos venía realizando desde España, lo conduce a un planteo personalista extremo, según el cual cada filósofo plantea su propuesta filosófica desde su perspectiva particular y su filosofía se reconoce como una verdad personal. Esto lo lleva al problema de la comunicabilidad de la filosofía: “qué motivos empujan a los individuos a comunicar su pensamiento personal y hasta qué punto es factible dicha comunicación” (Beorlegui, 2004:520)
Este modo de pensar lo conduce a la reflexión sobre el ser humano como sujeto del filosofar y a una perspectiva personalista de la filosofía, ligada al historicismo, perspectivismo y circunstancialismo. Como afirma Beorlegui: “J. Gaos considera, al igual que Ortega, que no podemos defender una verdad absoluta de tipo estático, sino que la verdad y la filosofía se hacen en diálogo con su circunstancia” (2004:521).
A diferencia de Medina, Gaos aborda su situación de exiliado como una oportunidad para independizarse de sus maestros y desarrollar un pensamiento propio. Aunque, como sostiene Sánchez Cuervo:
También obedecerá a la búsqueda de respuestas que exige la situación de fracaso y punto muerto a la que ha llegado esa misma razón moderna, y ante la que la rica y velada tradición iberoamericana podría ofrecer un nuevo concepto de pensar, sin derivas totalitarias. (2016:712)
Este trabajo que realizará en México lo ligará indefectiblemente a la historia del pensamiento latinoamericano.
Entre fines de los años ‘30 y principios de los ‘40 se inicia un proceso de cambio en México que se observará también entre los intelectuales. Al respecto, sostiene Garciadiego:
el año 1940 fue un auténtico “parteaguas”, pues a partir de entonces se sucedieron gobiernos que hicieron de la moderación -luego se dirá institucionalización- su principal directriz. Este cambio ideológico, de orientación más que de acento, estaba determinado por un simple proceso temporal y sustentado en un cambio estructural. En efecto, la Revolución se distanciaba cada día más y México pasó de ser un país rural a uno urbano, de agrícola a industrial, por lo que ciertas polémicas ideológicas, las obras literarias épicas, y la pintura de temática revolucionaria se tornaron anacrónicas. (Garciadiego, 2010:41)
La llegada de los exiliados se dio en este contexto, y ellos también aportaron al cambio de estilos y al contacto con otras temáticas. “El pensamiento moderno europeo llegó a México en los mismos barcos que los exiliados republicanos” (2010:42), sostiene Garciadiego y agrega que con ellos también aumentó la profesionalización de la vida intelectual, con la creación de instituciones educativas, revistas, editoriales, etc.
Asimismo, Palacios explica que a partir de ese momento:
Sería dentro del marco institucional, de entidades académicas insertas en el organigrama del Estado, financiadas y apoyadas por él, donde las propuestas de políticas públicas deberían ser formuladas, con todos los condicionamientos propios de esa situación ‘subordinada’. Era el inicio del proceso de apadrinamiento formal de las Ciencias Sociales por parte de los gobiernos mexicanos (Palacios, 2010: 597)
En este contexto de cambio se inserta la polémica entre Gaos y Medina Echavarría, así como también la publicación de Sociología: teoría y técnica.
Sociología: teoría y técnica
En 1941 se publicó la primera edición de Sociología: teoría y técnica de José Medina Echavarría en México. Aunque no es el primer libro del autor publicado en México, sí podemos afirmar que es el primero de origen posterior al exilio, y el primero nacido en tierras mexicanas, porque el mismo Medina en el “Prefacio” fechado en diciembre de 1940 indica que el libro surge de unas conferencias dadas en la Universidad de Morelia.
Será también uno de los libros que marquen la nueva época de Fondo de Cultura Económica, la editorial creada por Daniel Cosío Villegas en 1934. Inicialmente dedicada solo a libros de temática económica, hacia 1940 la editorial abre sus publicaciones a filosofía, sociología, antropología y también a la publicación de numerosas traducciones. En la segunda edición de Sociología: teoría y técnica publicada en 1946 que es la que tomaremos aquí, hacia el final se indica que el ejemplar estuvo bajo el cuidado de Cosío Villegas, quien realizó una tarea sumamente dedicada en la dirección de la editorial. Posteriormente, Cosío Villegas confiaría la Colección de Sociología del Fondo de Cultura Económica a Medina Echavarría, donde se publicarían por primera vez en nuestra región los trabajos de Weber, Mannheim, Pareto, entre otros (Blanco, 2010).
Resulta fundamental para nuestro trabajo comprender la estructura y contenido del libro, aunque sea someramente, ya que desde su lectura y comentario surge la polémica que emprenderán Gaos y Medina y que es objeto central de estas páginas.
El libro se compone de cinco capítulos divididos en varios apartados cada uno. Aborda en primer lugar la Sociología como ciencia, luego trabaja en dos capítulos ciertas dicotomías metodológicas y finalmente en los dos últimos se enfoca en la construcción teórica y en la investigación y sus técnicas.
Desde el prefacio ubica el tema de su libro como un problema de carácter filosófico. Explica que la dificultad para abordar los problemas de método radican en que el filósofo puede no tener la formación específica necesaria y al especialista puede faltarle el conocimiento filosófico general que se requiere. Estos problemas, por lo tanto, se encuentran en las lindes de la disciplina sociológica según su planteo. Aun así, considera que es fundamental tratar estos temas para la existencia de la ciencia social y define a la teoría y la técnica como “necesidades vitales”.
El primer capítulo se propone trabajar sobre la crisis de objeto y método de la Sociología que relaciona con “la situación general de crisis por que atravesamos” (Medina Echavarría, 1946:11), aunque se enfocará luego en la cuestión metodológica. Afirma que es inevitable que una situación de dimensiones mundiales se refleje en los investigadores y en la ciencia que construyen, pero propone: “renunciar, pues, a tratar de la crisis en general, para ver cómo se bandean en ella Sociología y sociólogos” (1946: 12). No obstante, a continuación, plantea que si hay un tema que la crisis plantea que debe tratarse desde la ciencia es el que denomina “eclipse de la razón”. Afirma: “mientras siga encrespada la ola de irracionalidad que nos inunda, el hombre poseído de una actitud racional -y tal es y tiene que ser el científico- es el náufrago entre los más náufragos.” (1946: 12)
Sugiere, entonces, preguntarse si existen condiciones sociales que favorecen o determinan este “eclipse” y también si hay alguna responsabilidad en la forma en que la razón se presenta en la época moderna. Ambos planteos, explica, nos introducen de lleno en la Sociología. En el caso de esta ciencia: “se mostraría su crisis como una duda, al menos, de su valor instrumental para la vida humana en aquellos momentos de angustia y de decisiones inmediatas en que su guía era y es más necesaria” (1946:13). Agrega finalmente que este último problema debería ser incluido en el de la “‘reconstrucción’ de las Ciencias Sociales”.
Luego se enfoca en el problema de falta de objeto verdadero que se le ha achacado a la Sociología. Según Medina, este reclamo procede directamente de la filosofía y es un problema inexistente ya que el desarrollo de la Sociología desde Comte sigue un proceso de desarrollo y crecimiento normal a cualquier ciencia. Desde allí se enfoca en destacar la importancia de la reflexión metodológica para el desarrollo de la Sociología.
No obstante, luego de algunos párrafos vuelve a arremeter con la relación entre Sociología y Filosofía. Sostiene que comparten cierto interés en la actividad humana contemplada en la idea de hecho social y reafirma que el análisis metodológico de las ciencias en general y de la Sociología en particular tiene carácter filosófico. A lo largo de las primeras páginas, pero también en el resto del libro se esfuerza por diferenciar Filosofía o Filosofía Social de Sociología: “Tarea de la Sociología, como de toda ciencia, es simplemente conocer, quedando así para otras disciplinas el ofrecer al hombre juicios de valor y normas de conducta” (1946:27) Deja esta última tarea en manos de la Filosofía Social, aunque aclara en nota al pie que tampoco cree en la “neutralidad” de las ciencias.
Este debate con la Filosofía lo impulsa a retomar la crítica que Ortega y Gasset realizó a la Sociología en Ensimismamiento y alteración para responder: “La Sociología nunca satisfará, en efecto, al filósofo cuando éste pregunte: ¿Qué es lo social?” (1946:30). Si bien no considera de forma negativa el aporte de Ortega ni de la Filosofía en general sostiene que el sociólogo no responderá nunca a esa pregunta general porque analiza casos concretos.
A partir de allí dedica los dos capítulos siguientes a abordar ciertas dicotomías metodológicas. Inicia con la dicotomía entre el modelo de las Ciencias Naturales o el modelo culturalista, y a través de ella discute la naturaleza del objeto de la Sociología. En este punto rechaza el modelo naturalista porque termina sin atender a la acción humana y sus resultados, tanto como el modelo culturalista que cayó en el irracionalismo, convirtiendo a las Ciencias Sociales en una disciplina filosófica. Señala también una tendencia del “medio académico en general a huir de los ‘ruidos de la historia’” (1946:53) y agrega: “Este esquivar las responsabilidades del momento, inofensivo y justificado en determinadas ramas del saber, es en otros antecedente y síntoma de la catástrofe de esa cultura tan alabada” (1946:53)
Hacia el final del capítulo, plantea esta dicotomía como superada y recupera a Max Weber y a Hans Freyer para insistir en la afirmación del objeto de la sociología como natural y espiritual al mismo tiempo, e históricamente situado.
En el siguiente capítulo aborda dos dicotomías más. En primer lugar, la que se presenta entre la actitud desinteresada de las ciencias ante la realidad (abstracción) o la actitud interesada en el dominio de la realidad (comprensión). Sostiene que en esta dicotomía se juega el valor de la ciencia y de la actitud científica: “A las Ciencias Sociales en general, a la Sociología en particular, atañe la obligación de dar alguna perspectiva a la acción del hombre que se encuentra perdido en la confusa inmediatez de su vida cotidiana” (1946:72). Plantea entonces que idealmente la orientación racional de la Sociología debe conducir a la toma de decisiones pero que en la actualidad no es posible y solo permite un análisis racional de las posibilidades de acción. Recupera entonces los planteos de Weber y desprende de ellos el deber de la Sociología de explicarnos en su totalidad situaciones concretas, formemos o no parte de ellas con nuestras vidas. También resalta la importancia de la noción de “circunstancia” de Ortega y Gasset.
En segundo lugar, aborda la dicotomía entre enciclopedismo y especialismo. En este apartado recupera a Florián Znaniecki y a Karl Mannheim para afirmar que la Sociología es una ciencia especial y sintética a la vez: por un lado, es Sociología analítica que estudia los elementos fundamentales de la sociedad y por otro Sociología estructural que estudia totalidades sociales, presentes o pasadas, en su dinamismo, acudiendo también al saber de otras ciencias.
En el capítulo IV, se introduce de lleno en la construcción teórica de la Sociología. Parte del enunciado de Hans Freyer que indica que la Sociología es una ciencia de la realidad para plantear el problema filosófico de qué es la realidad y agregar que esa “realidad humana” es una “experiencia socializada”. Le preocupa aquí la participación de la vida humana en dos lenguajes a la vez, el vulgar y el científico, y las consecuencias que esto genera para la elaboración teórica de las Ciencias Sociales. Insiste en la importancia de trabajar con una definición operativa de los conceptos a emplear, que elimine la ambigüedad y emocionalismo, aunque afirma que no todos los términos pueden depurarse en forma operativa y no por eso deben eliminarse del vocabulario de las Ciencias Sociales.
En este capítulo también propone los pasos para la elaboración científica de la realidad social recuperando a Dewey. Como primer paso señala la determinación de un problema que conducirá al segundo paso de construcción conceptual o elaboración teórica. El tercer y último paso, será la determinación de los datos o aplicación de la técnica. Indica que lo que debe exigirse a la teoría es que “no haya perdido el contacto con su base de experiencia, el problema inicial, y que signifique o se relacione con alguna hipótesis que represente ‘un plan para la resolución existencial de la situación social de conflicto’ (Dewey)” (1946:127). A partir de allí recupera la elaboración y distinciones teóricas realizadas por Znaniecki y Mannheim para la Sociología, dejando para el último capítulo las reflexiones en torno a la técnica.
El capítulo final inicia retomando el problema del uso del lenguaje vulgar a las Ciencias Sociales, al cual acusa de facilitar que “cualquiera” sea sociólogo y a “cualquier cosa” se le diga Sociología. Sostiene que a este problema hay que responder con la técnica que define como “adopción y desarrollo de actitud científica” (1946:149). Dedica buena parte de este capítulo a recuperar los avances de la sociología estadounidense en materia de técnicas, para luego desprender de allí ciertas consecuencias o aprendizajes, de los cuales podemos enumerar: que la investigación debe partir de un problema que debe estudiarse en su circunstancialidad; que hay que evitar el fetichismo de los métodos cuantitativos; y que la investigación necesita una teoría que la encuadre y técnicas que respondan el cómo y el para qué de la investigación.
Finalmente vuelve a reflexionar sobre la situación crítica de la Ciencia Social del momento, que sostiene se debe a un desequilibrio entre teoría y praxis:
El desequilibrio de ritmo entre la tradición científica y académica y el cambio social tiene al científico perplejo y al lego insatisfecho. El rumor de la calle acusa en nuestros días al científico social de inoperante. El hombre de ciencia, rico en conceptos y manipulador brillante de depuradas teorías, fracasa en la resolución de los problemas que más apremian. (1946: 185-186).
Culpa de este desequilibrio a la “herencia académica” que busca “pureza científica” y que conduce a un hombre de ciencias que “devana en su torre de marfil el hilo fantasmal de problemas abstractos, mientras los hombres en torno suyo resuelven como pueden sus angustias reales e inaplazables” (1946:186-187).
Como consejo inmediato para resolver esta situación propone: “que el hombre de ciencia abra de par en par las puertas de su claustro a los ‘ruidos de la historia’”. (1946:188) Y sugiere una nueva actitud de interdependencia y funcionalidad para las Ciencias Sociales:
aparte de sus obligaciones teóricas, estas ciencias tienen el deber de que esa teoría sirva para la comprensión de circunstancias individuales, únicas, en donde transcurre la vida del hombre y en donde encuentra los problemas que tiene forzosamente que resolver (1946:189-190)
El cierre del libro adquiere tintes personales donde podemos observar la crudeza con la cual el propio Medina Echavarría estaba experimentando su situación:
La ciencia social está pasando por uno de los momentos más penosos de su vida. Pues cuando a sus representantes se les grita que abandonen sus refugios -en donde de mala manera cuidan de sus familias- y guíen con sus consejos las decisiones de la hora, se les exige un temple que no todos pueden tener o se les pide, en realidad, que se enrolen como combatientes ilustrados al servicio de una bandería (1946:192)
Sostiene que las circunstancias dificultan el logro de la meta de las Ciencias Sociales: “un dominio racional de la vida humana análogo al control, ya en nuestras manos de la naturaleza” (1946:192). Y a continuación se pregunta: “¿Cómo evitar una nota de pesimismo?” (1946:192).
Para concluir retoma una cita de Ralph Linton donde el autor compara la situación que atravesaban las Ciencias Sociales con la Grecia alejandrina respecto de las ciencias naturales. Linton dedica el libro Estudio del hombre al que Medina Echavarría refiere “a la próxima civilización”, que será la que reconocerá el esfuerzo de esta civilización luego, tal vez de años de estancamiento, como nosotros reconocemos hoy el valor de los avances griegos. Por eso Medina cierra su libro con el siguiente párrafo: “Confiemos en que el funesto presagio no se cumpla y en que la próxima civilización venga, confundida con la nuestra, cuando la tormenta pase y la vida recupere los colores apagados ahora en sus lívidas luces” (1946:193)
Cuadernos Americanos como espacio de publicación de la polémica
A inicios de 1942, en un clima que promovía el desarrollo de las Ciencias Sociales en México, comenzó a publicarse la revista Cuadernos Americanos cuyo título tenía como bajada la aclaración: “(La revista del nuevo mundo)”. Se proponía como una publicación bimestral y estaba dirigida por el profesor y economista Jesús Silva Herzog, cuya vinculación con el gobierno de Cárdenas fue de gran importancia[3].
Como afirma Carlos Altamirano, a través de las revistas culturales “se pueden estudiar las direcciones y batallas del pensamiento en las sociedades modernas y hacer el mapa de las líneas de sensibilidad de una cultura en un momento dado” (2010:19). En nuestro caso, Cuadernos Americanos es un claro ejemplo de las batallas del pensamiento que se estaban dando a inicios de los años ‘40, entre las que encontramos la polémica entre Gaos y Medina Echavarría.
Esto mismo se observa en el encabezado con el que se presenta la revista en su primer número: “En los actuales días críticos, un grupo de intelectuales mexicanos y españoles, resueltos a enfrentarse con los problemas que plantea la continuidad de la cultura se ha sentido obligado a publicar CUADERNOS AMERICANOS” (Cuadernos Americanos, 1942, n. 1 Vol. 1)
En esta presentación se observa cómo conceptualizaban el período histórico que les tocaba atravesar, un período crítico, convulsionado y preocupante para el destino de la humanidad, algo que también aparece en los trabajos de Gaos y Medina Echavarría. Así también se observa en el listado de integrantes de la revista la conjunción de exiliados españoles (Bosch Gimpera, Imaz, Larrea, Márquez) e importantes intelectuales mexicanos (Herzog, Reyes, Cosío Villegas). Entre los intelectuales españoles, el único que ya aparecía con una pertenencia institucional mexicana es Eugenio Imaz, que se presenta como Profesor de la Universidad de México. Los restantes aparecen con sus pertenencias institucionales españolas, por ejemplo, Bosch Gimpera se presenta como ex Rector de la Universidad de Barcelona. Este aspecto da cuenta de la dificultad de inserción de los exiliados en el campo intelectual mexicano, más allá de la apertura y las posibilidades brindadas por La Casa de España.
Como sostiene Carlos Rama (1982), en un inicio se intentaron diversas “empresas de cooperación” entre mexicanos e intelectuales republicanos españoles exiliados, como por ejemplo las revistas Taller, dirigida por Octavio Paz y Romance a cargo de Martín Luis Guzmán. Sin embargo:
al prolongarse la segunda guerra mundial, los exiliados entendieron que su extrañamiento de España sería largo y que correspondía trabajar con los mexicanos en empresas a largo plazo. La Casa de España se transformó en El Colegio de México; la Editorial Fondo de Cultura Económica, fundada en 1934 y entonces dirigida por Daniel Cosío Villegas, recibió el aporte de los españoles, y a las efímeras revistas del primer momento sustituyó Cuadernos Americanos (Rama, 1982).
En un trabajo dedicado a la revista, Liliana Weinberg (2010) plantea que analizar el origen de la revista permite entender de qué manera la publicación refleja los procesos que atraviesa la vida intelectual en un momento histórico determinado:
Esa aventura de las ideas que llevó el nombre de Cuadernos Americanos representa la articulación de un proyecto político de reorganización del Estado en el México posrevolucionario, un modo de insertarse en la coyuntura de la Segunda Guerra Mundial en uno de sus momentos más tormentosos, un modo de reacomodamiento de la política exterior mexicana en América y en el mundo, un modo de repensar el campo de las letras y sus actores, el ámbito del libro y la educación -como herencia pero a la vez como ruptura del modelo vasconceliano-, un modo ‘culturalista’ de repensar la literatura y la economía política y un modo de reconfigurar la tradición a partir de la selección de nuevos recortes y la incorporación de nuevos temas (liberalismo social y evolucionismo, por ejemplo). (Weinberg, 2010:235)
Para Weinberg (2010), el proyecto que propone la revista no es solo editorial, sino que es una forma de política cultural que se articula como una respuesta “geopoética” que los intelectuales mexicanos en alianza con los exiliados republicanos daban al contexto que les tocaba vivir.
El primer número se publicó en enero de 1942 y constaba de cuatro secciones que se volvieron permanentes: Nuestro tiempo, Aventura del pensamiento, Presencia del pasado y Dimensión imaginativa. La revista propone también un cruce entre diversas formas de representación artística: introduce entre los diversos artículos grabados, litografías, fotografías, ilustraciones, reproducciones de obras al óleo, citas de poemas o frases de diversos autores. Por ejemplo, en el primer número aparece la fotografía de un mapamundi enfocado en América con la cita de Rubén Darío: “América es el provenir del mundo”. En este sentido, toma el estilo de las revistas culturales para su presentación (Weinberg, 2010).
Así, como sostiene Rama, se puede afirmar que “en las páginas de Cuadernos Americanos, publicada bimensualmente en forma puntual, queda constancia de una etapa de la cultura mexicana, pero también de la española, de la entonces España peregrina” (Rama, 1982) También se vincula con un conjunto de instituciones ligadas a una nueva política cultural: El Colegio de México, el Fondo de Cultura Económica, la Escuela de Economía de la Universidad Nacional Autónoma de México con las que se articulará un proyecto intelectual y editorial modernizador (Weinberg, 2010). Por ejemplo, en el caso de Cuadernos, fue distribuida internacionalmente por el Fondo de Cultura Económica y la revista funcionó como antesala y complemento de las publicaciones del Fondo. (Sorá, 2010)
El número 1 de la revista inicia con un artículo de Jesús Silva Herzog en la primera sección, Nuestro tiempo. Si bien no se presenta como un editorial podemos encontrar en ella los rastros de una línea que la revista se propone seguir. El artículo, titulado “Lo humano, problema esencial”, realiza un resumen de la historia de la humanidad hasta llegar al contexto de la Segunda Guerra Mundial. Al respecto expresa:
Será necesario acudir a la invención de vocablos nuevos para poder pintar con fidelidad la tragedia angustiosa y macerante. Jamás, en ninguna época de la historia se había producido, en cantidad y en calidad, tan profundo dolor como en nuestros días (Silva Herzog, 1942: 13-14).
Propone entonces que América ocupe su sitio en la historia con un “grito salvador” e indica: “Hay que buscar en un nuevo humanismo los materiales para construir el mundo del mañana” (Silva Herzog, 1942:15) Y para finalizar afirma la necesidad de que los iberoamericanos rescaten su tradición cultural y problemas comunes para enfrentar el futuro:
porque unidos los de Iberoamérica en un propósito común, con la eficaz cooperación intelectual de los españoles ilustres que han encontrado asilo en nuestras patrias después del desastre de la República, nos será posible actualizar el sueño de Bolívar e influir por vez primera en forma decisiva en el drama de la historia universal. (Silva Herzog, 1946:16)
A continuación del artículo se presenta un retrato de Simón Bolívar y una fotografía del encuentro entre Hitler y Franco tomada del ABC de Madrid.
Así, afirma Weinberg: “Cuadernos piensa el mundo a la vez que tematiza con alta frecuencia el papel que la inteligencia americana habrá de cumplir para pensarlo” (2010:238) y esto puede observarse desde el primer ensayo publicado por Silva Herzog. En su análisis Weinberg destaca que la revista será también escenario de las tensiones entre la representación del “hombre de letras” y la del intelectual moderno (2010). Según la autora, estas figuras se ven representadas en la confluencia de dos “redes de sociabilidad” encabezadas una por Silva Herzog y Cosío Villegas y la otra por Alfonso Reyes, a quien la revista debe su propio nombre y su inclinación a la forma del ensayo de ideas para sus publicaciones.
Como sostiene Carlos Rama:
Es a través de Cuadernos Americanos que se mantiene la cultura hispánica superior en las Américas y su prestigio es tan inmenso que la España franquista intenta enfrentarla creando en Madrid Cuadernos Hispanoamericanos, en 1948. En los años siguientes, si Cuadernos Hispanoamericanos fue uno más entre los fracasos culturales del franquismo, en cambio la revista mexicana se expande incluyendo un número creciente de escritores de toda Hispanoamérica. (Rama, 1982)
La polémica: “En busca de las ciencias del hombre”
En el número 2 de Cuadernos Americanos, en la sección “Aventura del pensamiento” se publican las dos cartas que intercambian Gaos y Medina Echavarría. Encabezadas por el título “En busca de la ciencia del hombre. Una polémica” y por una breve presentación, se reproduce la carta de Gaos en primer lugar y después la contestación de Medina Echavarría.
Podríamos esquematizar la polémica a partir de algunos ejes que en ella se trabajan: la significación y alcance de las Ciencias Sociales, su lugar en el contexto histórico de la Segunda Guerra Mundial, la denuncia del peligro de la ingeniería social por parte de Gaos y la reivindicación de la Sociología como herramienta de decisión por parte de Medina, el debate racionalismo-irracionalismo -con las críticas al neopositivismo y al historicismo que de allí se derivan-, el problema de la comunicación de la ciencia.
Sin embargo, la discusión que las cartas hacen pública, aunque se centra en la concepción de la ciencia, es mucho más profunda e irradia sus consecuencias y reflexiones hasta nuestros días. Deja en evidencia que el modo de concebir la ciencia en general y las Ciencias Sociales en particular depende de quién y desde qué perspectiva proponga una respuesta. Los autores construyen dos modelos de intelectual que se actualizarán de diversos modos a lo largo de la historia en la región, y que de un modo u otro aún se encuentran en debate.
Para el análisis de la polémica tomamos dos decisiones. Una, seguir linealmente la publicación tal como apareció en Cuadernos Americanos, sin saltos, aunque por supuesto realizando una selección. Entendemos que de esta forma permitimos que el lector se acerque lo más fielmente posible al sentido y organización que proponía la publicación y cada una de las cartas, sin descuidar el análisis que pretendemos realizar. Esto también se vincula con nuestro objetivo de revalorizar la polémica en el marco de la historia de las Ciencias Sociales Latinoamericanas.
La otra fue concentrarnos en un análisis que sin dejar de lado los temas que se proponen, observe con mayor detalle las formas de enunciación. Esto se vincula con nuestra concepción del acto intelectual como acto principalmente discursivo y con la observación de que los análisis precedentes han quedado limitados a la cuestión temática dejando de lado la perspectiva discursiva.
Como sostiene Liliana Weinberg sobre Cuadernos Americanos:
En los primeros números de la revista se da un fenómeno que llamaremos de ‘alta densidad’ o ‘saturación’ en los diversos planos discursivos y que se manifiesta tanto respecto de los propios textos ensayísticos y los vectores temáticos que los atraviesan como en la compleja red de reenvíos textuales y paratextuales (2010:256).
Esta “alta densidad” se observa también en el caso de la polémica que analizamos, por lo que entendemos que para acceder a la profundidad de las cartas es necesario emplear un análisis que observe cómo se construye la figura de cada uno de nuestros autores en su enunciación, así como también cómo delinean a su destinatario y cómo definen los problemas de su tiempo. Ambas cartas emplean diferentes recursos retóricos para construir su argumentación: ironías, metáforas, citas, largas ejemplificaciones, entre otras herramientas y es necesario detenernos en su análisis dado que no solo interesa aquí lo que se dice, sino cómo se dice. Eliminar estos aspectos, como creemos que se ha hecho hasta el momento, equivale a quedarse con la versión embalsamada de la cuestión y perder su cuerpo, perder el cuerpo y el contexto de nuestros autores que hasta aquí intentamos reponer. Proponemos entonces a continuación un análisis retórico y enunciativo de la presentación y las cartas con el objetivo de iluminar los detalles de la polémica.
Podríamos pensar que estos dos exiliados, recién llegados, son sujetos sin territorio y preguntarnos: ¿Enuncian desde la Europa que los expulsó? ¿Enuncian desde la América que los recibe? Llegados a este punto, es posible responder que ambos espacios hablan a través de ellos de diversas formas a la vez que ellos los emplean como referencia con diferentes objetivos. Gaos y Medina cuentan con un modo de enunciación común (Pocock, 2001) que formaron en sus años en España y Europa que repusimos en el capítulo 1. Sus planteos recuperan tradiciones y discusiones principalmente europeas y esto les permite entablar un diálogo, a la vez que el nuevo lugar desde el que hablan (tanto geográfico como enunciativo), produce cambios en su discurso.
Si bien los conceptos que emplean resultaban accesibles a sus colegas del momento, las preocupaciones que las cartas despliegan interpelan escasamente el contexto intelectual mexicano, preocupado por la formación de intelectuales capaces de intervenir en la escena pública para dar sostén a las políticas que el Estado decida llevar adelante. Sin embargo, la posición de cada uno de ellos frente al campo intelectual en el que se insertan es diferente. Como pudimos analizar en el apartado referido al exilio, Medina Echavarría enfrentó su situación concentrándose en las reflexiones teóricas que traía de España, mientras que Gaos se abocó rápidamente a la lectura de los autores mexicanos del momento y a participar en los debates que se estaban dando.
Vayamos entonces a la publicación “En busca de la ciencia del hombre”. La presentación que introduce las cartas aparece sin firma, aunque muy probablemente fuese escrita por Jesús Silva Herzog considerando su compromiso editorial con la revista (Weinberg, 2010). Propone un primer encuadre de la polémica, ofrece una lectura, una primera forma de abordarla, encerrando su centro en la existencia de dos concepciones de ciencia o de Ciencias Sociales que cada uno de nuestros autores representaría. En cierto sentido, la presentación introduce un “tema europeo” al lector mexicano y enmarca el debate en la cuestión naturalismo-culturalismo.
En dicha presentación se toma como punto de partida el Tratado sobre la naturaleza humana de Hume para proponer una definición posible de las “ciencias del hombre” que para Hume corresponden a la filosofía moral. Estas ciencias, según se plantea serán bautizadas más tarde por Comte como Sociología. Luego, la presentación resume el eje de la polémica como un debate en torno a la definición que realiza Medina Echavarría en Sociología: teoría y técnica -a la cual Gaos se opondría- al encuadrar a la Sociología dentro de las demás ciencias: “de la ciencia según el uso corriente y actual del vocablo: el conocimiento positivo” (Cuadernos Americanos, 1942:103). Para esta presentación Gaos se opone a tal definición: “reclama para la sociología, en nombre de las exigencias mismas de su conocimiento científico, un tratamiento especial por la especialidad de su objeto: el hombre” (Cuadernos Americanos, 1942:103, cursiva del original). En su reemplazo la definiría como ciencia del espíritu o cultural, encargada de estudiar las conexiones de sentido.
Luego, en la presentación se afirma: “Se trata de una de las polémicas intelectuales de nuestro tiempo más persistentes y más cargadas de futuro” (1942:104). Y se agrega: “Ni Medina reniega de la filosofía ni Gaos trata de avasallar con ella a la ciencia. Como decimos, se trata de dos concepciones diferentes de qué sea ciencia. El lector juzgará” (1942:104)
El enunciador y el enunciatario que se construyen en la presentación difieren de los que propondrán las cartas. Elaborada desde una posición enunciativa intelectual (la cita de Hume y la referencia a Comte son un ejemplo) con un tono por momentos pedagógico, busca acercar la cuestión a un público amplio, interesado en los temas del momento y al que en última instancia coloca como juez de la controversia como puede observarse en el último párrafo. Estas características concuerdan también con la intención global de los proyectos académicos que se desplegaron en México en aquel momento, ampliar los fundamentos intelectuales para el debate público y generar espacios de inserción institucionales para los intelectuales del momento, tanto extranjeros como locales.
Las cartas por su parte, construyen su propio enunciador y enunciatario a la vez que su estilo y la retórica empleada nos permiten observar diversos detalles valiosos para el análisis. Las abordaremos individualmente siguiendo su orden de publicación a continuación.
Transcurrida la presentación, la primera carta que se presenta es la de José Gaos. Para la redacción efectivamente toma el modelo epistolar ya que inicia con el tradicional “Querido”, como fórmula introductoria habitual de las cartas enviadas a personas cercanas o amigos. Enseguida da cuenta de una lectura atenta de la obra recién publicada -recordemos que el origen de la polémica es la lectura de Sociología: teoría y técnica– con una cita de la introducción donde Medina lo presenta como un “pequeño libro”. Para destacar el valor de la publicación y el amplio interés que despertaría la obra, Gaos escribe: “Querido, tu ‘pequeño libro’ es una mise au point de la Sociología de una información y de una justeza y claridad cabales, admirables.” (Gaos, 1942:104). Afirma que el libro sería de valor sobre todo para los interesados en “la situación” -expresión que también toma del libro de Medina- porque: “su tema central es el centro mismo de ‘la situación’ de donde ha de partir la evolución de ésta en el inmediato futuro.” (1942:104)
Luego, Gaos diferencia la preocupación fundamental del libro, deslindar la Sociología de la Filosofía y de las Ciencias Sociales especiales, a la que define como una pugna que Medina Echavarría realiza por su propia personalidad de sociólogo; de lo que en verdad resulta de interés al resto. Se pregunta y se responde:
¿qué implica, de interés para nosotros, los demás, el que tu pugna por tu personalidad-la pugna por la sustantividad de la Sociología general? La pugna entera se mueve en último término, en torno al concepto de ciencia, a una concepción de la ciencia (Gaos, 1942:104)
Aparece aquí como un enunciador capaz de ver, más allá de los enunciados básicos del libro y el contexto histórico, la “situación” personal que Medina Echavarría estaba atravesando en su intención de asentarse como sociólogo en México, a la vez que separa de esa situación personal lo que resulta de interés a toda la comunidad intelectual.
A continuación, cierra el centro del debate al afirmar: “Lo decisivo es, pues, la pugna por la ciencia. Y, verdaderamente, la pugna por la ciencia es, será decisiva.” (Gaos, 1942:104) A partir de allí ubica la posición de Medina en el marco de esta pugna:
Se ve perfectamente lo que un bando de los cultivadores de las Ciencias Sociales, de los sociólogos en general de los que sois parte los Sociólogos de la Sociología general, un bando al que tu notorio buen deseo de hacer justicia a todos concede demasiado a mi parecer, permíteme decírtelo con franqueza, se ve perfectamente lo que este bando quisiera. (Gaos, 1942:105, cursivas del original)
No es menor la denominación de “bando” al grupo de los Sociólogos, resaltando la parcialidad de Medina Echavarría en sus enunciados a través de un lenguaje que connota batalla, enfrentamiento. Así como tampoco puede dejarse de lado la vuelta al lenguaje cercano de la carta informal cuando afirma su parecer y emplea la expresión: “permíteme decírtelo con franqueza”. También hay que destacar el empleo de las cursivas que se extenderá a lo largo de toda la carta para resaltar diversos términos y que es un ejercicio habitual en la escritura de Gaos que se puede observar en sus publicaciones.
Continúa siguiendo el paralelismo al inicio de las frases, construyendo un ritmo de lectura a la vez que resaltando lo que hay que observar detrás de la propuesta de Medina Echavarría y de los sociólogos en general: “Se ve perfectamente cuál es su “ideal” -” naturalista”, de poder, de dominación. La ciencia es la ciencia natural. A esta ciencia deben asimilarse, si quieren ser “ciencia” las humanas. ¡Unidad del método científico!” (Gaos, 1942:105, comillas y cursivas del original). Cuestiona a través de las cursivas y entrecomillados la ambición de las Ciencias Sociales y humanas de asemejarse a las Ciencias Naturales, tarea que califica como un “querer”, un deseo, según Gaos de poder y dominación. A través de la ironía, completa el problema frente al que se encuentran las Ciencias Sociales:
la ciencia natural, gracias a sus conceptos, y a sus símbolos, y a su tratamiento de éstos, es eficaz, tiene éxito. (…) En cambio, las pobres Ciencias Sociales están en crisis, en bancarrota, han fracasado, no sirven para nada, necesitan urgentemente de una reconstrucción. (Gaos, 1942:105)
Resulta interesante destacar aquí el empleo de las palabras “eficaz” y “éxito” -dos términos por demás conocidos y empleados en la actualidad- en relación a las Ciencias Naturales frente a la enumeración con que se caracteriza la situación de las Ciencias Sociales que va in crescendo desde crisis hasta reconstrucción- sin olvidar el “no sirven para nada”. La idea de reconstrucción de las Ciencias Sociales la abordaremos con más detalle en el capítulo 4, pero cabe decir aquí que los autores venían trabajando sobre ella en varios escritos de la época.
Continuando con su argumentación, Gaos señala el riesgo de caer en la Ingeniería Social con una nueva ironía y recurriendo a la hipérbole:
Unas estadísticas – y la vuelta a una llave pondría en marcha el funcionamiento de una institución. Unas correlaciones -y la dosificación de unos sentimientos crearía la felicidad conyugal. Orden social por “instalaciones”. Felicidad a domicilio por “inyecciones”, quizá. Vamos hombre, buenos estaríamos. Sería lo único que nos faltaba. (Gaos, 1942:105)
Hacia el final de la cita se observa nuevamente el registro coloquial y amistoso que emplea Gaos para dirigirse a Medina. Y a continuación presenta el desarrollo de su preocupación central en torno a la sociedad de masas, una preocupación sobre la que comenzaría a trabajar en esos años y que continuaría desarrollando luego:
Gracias, o más bien desgracias, a esta porción natural de lo humano, la vida humana ha podido llegar a la “publicidad”, a la absorción de la privada, íntima, personal, por la pública, social y política, a las acciones y movimientos de masas, a la mecanización, a la reducción maquinal, que caracterizan la vida contemporánea y han desembocado en la actual guerra, de universal “defensa pasiva” y masas mecánicas (Gaos, 1942:105-106).
Con el juego de palabras inicial encabeza el tema eje de su trabajo en torno a la mecanización, aspecto que vincula con el desarrollo de la sociedad de masas y la publicidad de la vida que ella implica. Cabe aclarar que cuando Gaos habla de publicidad no se refiere a ella en términos comerciales, sino al fenómeno de volver pública la vida privada.[4]
A Gaos, como a muchos intelectuales de su tiempo, le preocupa la libertad y sostiene:
Mas hoy, aún, a la persona humana le quedan reductos privados e íntimos de martirizada libertad, pero libertad. ¿Qué sería si se realizase el “ideal” de las “Ciencias Sociales”? ¿Si un poder de dominación tan eficaz, de tanto éxito como el de las ciencias naturales sobre la materia, estuviese a disposición de un dictador? Al hombre no le quedaría ni siquiera la libertad del sabio estoico en el martirio. (1946:106)
Acusa luego al positivismo y del neopositivismo de la persistencia de este ideal naturalista. Elemento que entra en diálogo con el rechazo que la intelectualidad mexicana tenía hacia el positivismo y sus resultados a nivel social, como vimos previamente. Es posible que cualquier mexicano del momento coincidiera con la siguiente afirmación de Gaos: “El neopositivismo, la persistencia del positivismo incluso donde el nombre no se recuerda y hasta se rechazaría, testimonian el arraigo del afán”. (1942:106) Y luego concluye el párrafo con la siguiente frase: “El fracaso de las “ciencias” sociales es la mayor de las venturas -y de las esperanzas.” (1942:106). Es importante nuevamente analizar el entrecomillado en la palabra “ciencias”, indicando que su esperanza está puesta en el fracaso de este modelo naturalista de Ciencias Sociales y no de otros modelos posibles para llevarlas adelante.
Por eso en el siguiente párrafo no rechaza a las Ciencias Sociales en sí, sino que sostiene la necesidad de que las Ciencias Sociales se “curen” de la obsesión naturalista y recuerden a las demás Ciencias Humanas: “Lo que hay que hacer no es obstinarse en alcanzar el extremo del dominio de lo inhumano sobre lo humano, sino potenciar el dominio humano sobre lo humano”. (Gaos, 1942:106) La metáfora médica, en este caso, conlleva una connotación negativa hacia la aplicación del modelo naturalista en Ciencias Sociales. Enumera en el mismo párrafo algunos ejemplos de “humanidad” eficaz a considerar como el conquistador romántico, el timador, la caridad cristiana y la filantropía. Detrás de ellos se encuentra la propuesta de Gaos para salir de la crisis en la que la sociedad había entrado: “Promover movimientos de solidaridad humana y de beneficencia, de respeto y fomento de la persona humana, de la personalidad.” (1942:107) Aspecto que se resume en la idea de la creación de unas nuevas misiones.
La cuestión social no será resuelta, la justicia social no instituida, la reconstrucción social y de las Ciencias Sociales no llevada a cabo, una nueva vida vivible no vivida, un nuevo arte de vivir la vida no descubierto ni poseído, por las ciencias naturales, ni por las ciencias humanas simias de las naturales, sino por movimientos que vengan a continuar la historia de la caridad cristiana, de la filantropía moderna, que sientan, conciban, prediquen y difundan de hecho una nueva moral que es lo que hace falta, con ciencias humanas que no renieguen de este calificativo, antes sean fieles a la peculiaridad que expresa, con éxito tan efectivo como el del inteligente timador y el apasionante conquistador de la vida corriente. (Gaos, 1942:107)
En este largo fragmento, Gaos recupera los ejes centrales de su propuesta: la búsqueda de una nueva moral a partir de la revalorización de lo humano tal y como se expresa en su peculiaridad individual y cotidiana. Resulta interesante señalar aquí la aparición de los términos “éxito” y “efectivo” asociados ahora a otra cadena significante. Gaos sostiene que estos movimientos serán “cordiales” pero no “irracionales”, refiere aquí a otro tipo de racionalidad que no se limita a la de las ciencias positivas:
la razón humana no es propiamente la que la filosofía moderna descubre en la ciencia natural, la que se reduciría a ser un grado mayor de la inteligencia técnica de los chimpancés, sino aquella de que se habla con más propiedad cuando se dice: “tiene usted razón” (Gaos, 1942:107)
En estos movimientos estaría el lugar de las escuelas y cátedras de Ciencias Humanas, que diferencia de las Ciencias Naturales porque en ellas no hay cátedras ni escuelas: “Hay ‘centros de investigación científica’ con ‘laboratorios’” (1942:107). Por eso, Gaos sostiene:
Las ciencias humanas no pueden ser cultivadas más que por comunidades sobre una base de comunión entre personas y bajo el “magisterio” de personalidades. Y el cultivo no puede consistir sino en la potenciación, legítima y no bastarda, del saber, en el doble sentido, teórico y práctico, de saber y de saber hacer, de conocimiento y de acción eficaz, que se tiene y se pone por obra en la vida corriente (1942:107)
Estas ciencias humanas darían lugar a la teoría como “afán puro de ver y saber” (1942:107). Y propone para ellas el uso de un lenguaje vulgar cuyos conceptos no se diferenciarán de los de uso corriente por vía de la abstracción o simbolización sino por una “concreción creciente, que será la de una creciente historización y humanización, adaptación al caso colectivo y hasta al personal” (1942:108) Agrega:
Por acabar en esto, las ciencias humanas no serán menos eficaces, sino tanto más. Sin duda no harán posible predeterminar a plazo fijo la acción humana, pero esta imposibilidad es la garantía que se vio, de la libertad contra el afán de dominación (1942:108).
Resalta la cuestión de la eficacia deslindándola de la capacidad de predecir y menciona nuevamente su preocupación por la libertad humana y el peligro de dominación.
Propone como modelo del sociólogo incluso al místico “que se esfuerza por comunicar sus experiencias a sus prójimos” (1942:108) y por eso sugiere para las Ciencias Humanas: “Un lenguaje, una retórica, una poética de la edificación” (1942:108) Acepta el uso de la palabra “técnica” siempre que no se olvide su sentido originario de arte y no se la degrade a una mechané.
Cierra su carta, resaltando la importancia de “aprender la lección de nuestro tiempo” (1942:109 que define como “la paradójica provisionalidad definitiva de todo lo humano” (1942:109); y rechazando la posesión de la verdad absoluta en manos de los hombres: “La verdad absoluta requiere, para no ser instrumento específico de lo satánico, en su poseedor la moralidad absoluta. Por ello sin duda nos ha hecho a los hombres el beneficio sumo de reservársela para sí Dios.” (1942:109)
Siguiendo con el modelo epistolar tradicional, Gaos se despide con una expresión en latín: “Vale et me ama”, que aproximadamente significa “adiós y cariños” y firma con su apellido.
Podemos resumir su posición enunciativa como un lector atento y erudito, que define las situaciones y que es capaz de ver más allá de lo que el libro propone (“se ve perfectamente…”) develando las intenciones de aquellos que abordan a las Ciencias Sociales desde el “bando” contrario como deseos de dominación y poder. Es un enunciador que afirma lo que hay que hacer para salir de la situación actual y lograr la reconstrucción social y de las Ciencias Sociales. Su retórica emplea numerosas figuras y recursos, en cierto sentido ejercitando lo que propone para las Ciencias Humanas: su carta crea una poética propia. Y desde esa posición informal, aunque erudita, coloquial, aunque por momentos severa, construye a un destinatario cercano, familiar, amigo. Se dirige a su enunciatario como a un par, que considera ciertamente equivocado en algunas posturas, que se ha equivocado de “bando” y cuyos errores resalta con ironía y exageración. Sin embargo, ese enunciatario es su amigo y le habla con cercanía y franqueza. Ejercita lo que su propia apuesta intelectual propone, una vuelta a lo privado y personal, cordial y no por ello irracional.
Luego, se transcribe la contestación de Medina Echavarría. La respuesta, no toma como modelo el epistolar. No tiene encabezados, más allá del subtítulo (“Contestación de José Medina Echavarría”) que ubican en la revista. Inicia valorando los comentarios de Gaos:
Entretenerse en escribir en estos días sobre cuestiones metodológicas puede parecer con razón una tarea marcadamente bizantina; por eso para mí la aportación inapreciable de tus comentarios ha consistido en absolverme públicamente de ese pecado, pues penetrando en la superficie de mi libro has señalado lúcidamente los verdaderos motivos de su redacción. (Medina Echavarría, 1942:109).
Esta primera oración con la que inaugura su respuesta pone el eje en la cuestión metodológica y lleva la discusión a un espacio público diferente. Si Gaos había colocado su carta dentro del espacio intermedio entre lo público y lo privado que corresponde a los epistolarios entre intelectuales, Medina Echavarría inserta la discusión en el espacio de debate público de los especialistas o interesados en determinada disciplina.
Medina reconoce la observación de Gaos sobre el eje central de su libro:
El problema de la substantividad de la sociología como aparente preocupación de primer plano es, en efecto, derivado y secundario; puede relegarse por tanto a la penumbra como cuestión académica o disputa de profesionales. Queda en pie con importancia para todos el de la significación y alcance de la ciencia social en general, traducido, a la postre, en el más amplio y fundante del valor de la ciencia para la vida humana. (1942:109).
Sin embargo, no reduce el tema de la sustantividad de la Sociología a una pugna personal sobre su identidad como sostiene Gaos, sino que lo ubica como una preocupación académica y profesional. Y agrega:
Que esto y no otra cosa es lo que encierra nuestra situación lo has indicado acertadamente (…) el estado, ya intolerable a que ha llegado nuestra civilización ¿es susceptible de una cura racional o hay que abandonarse sin esperanza al propio juego de las fuerzas ciegas? Con fe aun en la primera alternativa quise destacar el valor de las Ciencias Sociales, en cuanto ciencias, como uno de los elementos fundamentales de esa posibilidad. (1942: 109-110)
Aquí aparece el resaltado en cursiva sobre la palabra “situación” señalándola como un concepto, tal como la recuperó Gaos de Sociología: teoría y técnica, y se retoma la metáfora médica sobre la posibilidad de una cura, pero Medina propone una cura racional para toda la civilización occidental que estaría en manos de las Ciencias Sociales. Así, mientras en el caso de Gaos hay que “curarse” del ideal naturalista, para Medina Echavarría hay que “curarse” del irracionalismo.
Medina se dirige a Gaos diciendo: “protestas de una asimilación excesiva entre razón y ciencia siempre que ésta pretenda valer como ciencia natural o equipararse con ella” (1942:110) y lo acusa de reanudar una methodenstreit (disputa sobre el método) ya superada, refiriéndose a la discusión entre ciencias naturalistas y ciencias culturalistas que el mismo Medina recuperó entre las dicotomías que trabaja en el libro. Por eso agrega:
La interpretación aceptable del lema de la unificación de la ciencia no permite plantear aquella disputa metodológica en los términos en que se hizo hace cincuenta años. Unificación no significa asimilación sino incorporación de todo un pensamiento que quiera ser científico a un mismo esquema constructivo (1942:110)
En este aspecto para Medina el planteo de Gaos “atrasa” cincuenta años y conduce a una mala interpretación de la aplicación del método científico en las Ciencias Sociales que habilita perspectivas irracionalistas.
Sobre la capacidad de las Ciencias Sociales para predecir y dominar al hombre, Medina sostiene que la preocupación de Gaos es innecesaria. Las ciencias del hombre no podrán nunca llegar al nivel de predicción alcanzado por las Ciencias Naturales:
El problema de una vida automática te estremece con razón; afortunadamente es imposible por muy científico que llegue a ser nuestro conocimiento. Mas entre una vida automática y una vida caótica se encuentra la gama de las situaciones intermedias que la ciencia puede y debe proporcionar (1942:110).
Para Medina Echavarría la salida a la crisis es más ciencia empírica, opone a la vida automática una vida caótica, en vez de una vida vivible como menciona Gaos en su carta, porque su principal temor y preocupación es el irracionalismo.
Medina afirma que es injusto olvidar que lo que Gaos llama “la lección de nuestro tiempo”, que resume rápida y escuetamente como “la relatividad de todo lo humano”, fue también producto del saber de la ciencia:
pues acabado el fetichismo científico del XIX, no da la ciencia actual pie alguno para mantener pretensiones de conocimiento absoluto. Estas quedan de otras herencias y vuelven ahora por otros caminos. La ciencia ha sido la primera en convertirse a la razón histórica; pero salva su relatividad en la prueba de la experiencia. Y mientras esta prueba exista es lo que la hace eficazmente comunicable. Otra forma de razón histórica que no sea a su vez razón experimental será siempre más o menos inefable y, a pesar de todas las protestas en contrario, forma en realidad de irracionalismo. (Medina Echavarría, 1942:110-111, cursivas del original)
Es interesante observar aquí cómo Medina reformula el planteo de Gaos para conducirlo hacia la idea de “relatividad” cuando Gaos hablaba de “provisionalidad” y “transitoriedad”. La referencia a la relatividad le permite a Medina poner en cuestión la posibilidad de comunicar “eficazmente” otro tipo de experiencias, experiencias humanas no factibles de someterse a la experimentación de las que habla Gaos. Así, Medina retoma el concepto de “circunstancialidad” que también discutió en su libro y aclara: “la circunstancialidad tiene pues que encontrar sus soportes en las verdades relativas de la inteligencia experimental” (1942:111) En este fragmento también aparecen las cursivas como una estrategia para resaltar aquellos conceptos que resultan centrales para el autor.
Medina reconoce que si las Ciencias Sociales alcanzaran su máximo nivel de predicción se terminaría con la libertad, pero aclara:
He aquí un peligro que me parece inexistente. (…) La limitación de lo posible no significa por eso disminución de la libertad auténtica; las mayores, infinitas probabilidades ofrecidas a la acción del ignorante no implican que éste disfrute de una libertad superior al sabio constreñido a una elección más limitada; su decisión al contrario, es tanto más libre cuanto más capaz sea de anticipar sus resultados. (1942:111)
A través de esta ejemplificación conduce la discusión hacia la amplitud de alternativas que ofrece la toma de decisiones con mayor conocimiento, planteando que es la ciencia la que habilita ese mayor saber y señala otras causas para la limitación de la libertad:
En este proceso de reducción de nuestras expectativas, aunque tenga carácter provisional, las ciencias naturales llevan una gran distancia a las llamadas sociales, pero no parece que pueda sostenerse en serio que de ellas deriven mayores limitaciones a nuestra libertad que las padecidas por causas marcadamente extracientíficas: rutina, tradición, superstición, e instintos de poderío. (Medina Echavarría, 1942:111)
El peligro para la libertad humana se encuentra según Medina en todas aquellas prácticas cotidianas de las que Gaos pretende recuperar su racionalidad. Por eso agrega:
Nada de lo que ahora atenaza nuestra libertad tiene orígenes racionales; en todo caso, alguna de las técnicas de anticipación racional que actúan hoy en detrimento de nuestra vida -la propaganda por ejemplo- toman tal carácter por ser instrumentos puestos al servicio de fuerzas irracionales (Medina Echavarría, 1942:111).
Resulta interesante detenerse en este punto y observar una vez más cómo Medina interpreta la denuncia de la “publicidad de la vida” que realiza Gaos como una referencia a la propaganda de los regímenes fascistas que asolaban Europa. Como mencionamos, la propuesta de Gaos era más amplia y no se limitaba a la propaganda, sino que se extendía a todos los ámbitos de la vida en sociedad, refería a la pérdida de privacidad por parte del hombre.
Continuando con su argumentación, Medina compara la capacidad de decisión en la sociedad del momento con la capacidad de un niño o un primitivo y reafirma su posición retrucando las afirmaciones de Gaos, aunque sin dirigirse a él abiertamente:
No nos asustemos, pues, de las pretensiones de la ciencia social, que Dios posiblemente no es con ellas que nos castiga. Lo mínimo que se les puede exigir -y en parte van acercándose a ese límite- es que nos muestren aquello con que necesariamente hay que contar y las consecuencias, en cada caso, de las alternativas posibles dentro de esos límites. (1942:112, cursivas del original)
Presenta así su posición respecto a la responsabilidad de las Ciencias Sociales recurriendo nuevamente al uso de un resaltado en cursiva: las Ciencias Sociales deberían presentarnos el conjunto de elementos necesarios y los caminos posibles frente a las situaciones cotidianas.
Luego, continúa el párrafo parafraseando y citando la carta de Gaos:
El fracaso de las Ciencias Sociales -la necesidad de su reconstrucción- no ha dependido de su carácter científico, sino al contrario de su carencia de él. Diversas incitaciones las llevaron a abandonar su tarea, a engañarse quizá con falsos “afanes puros de ver y saber”, olvidándose, así de su esencial carácter instrumental y anticipatorio (Medina Echavarría, 1942:112, cursivas del original)
Recupera el planteo de Gaos sobre el fracaso de las Ciencias Sociales y su necesidad de reconstrucción, pero se vincula esta situación con el abandono de la tarea científica y se culpa de ello -no sin ironía- al engaño de ciertos “afanes puros de ver y saber” que para Medina provendrían de cualquier forma de conocimiento no científica.
Por eso completa su respuesta afirmando su posición a la vez que rechaza la propuesta de Gaos sobre la creación de nuevas misiones: “La ciencia, en este sentido, no necesita nuevas misiones porque ella es en sí misma misión: de racionalidad, de seguridad, y libertad; misión moralmente hablando, de tolerancia y mesura.” (Medina Echavarría, 1942:112)
Hacia el final de su respuesta, Medina identifica dos caminos para abordar los peligros del “régimen de masas”: el conventículo, que según él propone Gaos, o “la revolución abierta del foro científico” (1942:112) que él sostiene por ser menos propicia a la demagogia y las reacciones emocionales. Toma el concepto de comunión que propone Gaos afirmando:
la ciencia es también en sí misma, ejemplo de auténtica comunión en la medida en que es tarea colectiva y cooperativa. Es foro abierto en donde todos pueden dejar oír su palabra por modesta que sea y en donde lo decisivo no es la gran personalidad sino la confirmación y la prueba (Medina Echavarría, 1942:112).
A Medina le preocupa el riesgo de la aparición de líderes carismáticos característicos de los regímenes fascistas que observa en la propuesta de Gaos. Si bien no rechaza completamente la alternativa aclara:
cuando el procedimiento del conventículo no es cosa de fuerza mayor- y entonces pocas probabilidades quedan de hecho para la trascendencia colectiva del espíritu- me parece, con toda franqueza en extremo peligroso. El foro abierto de la ciencia es medio poco propicio para la demagogia y el influjo emocional; el conventículo es, por el contrario campo estimulante: pedagogos mystagogos y demagogos son en él difícilmente diferenciables. (Medina Echavarría, 1942:112-113, cursivas del original).
Resulta interesante observar en esta cita que la referencia al conventículo la realiza Medina Echavarría ya que en la carta de Gaos nunca aparece esa palabra entre sus propuestas. La referencia al conventículo refiere a la tradición de la Edad Media y contiene una carga despectiva en cuanto era un término utilizado para las reuniones de herejes. Según la Real Academia Española se define como una reunión pequeña, extraoficial y religiosa clandestina de laicos. Frente a esta opción, Medina Echavarría opone la alternativa del foro -del latín, forum, reunión para discutir públicamente asuntos de interés según la Real Academia Española- científico de la que refuerza su carácter amplio y diverso al agregarle la palabra “abierto”, casi como una redundancia.
Se observa también en este fragmento la aparición de la primera persona, y un uso coloquial y cercano del lenguaje cuando dice: “me parece, con toda franqueza”. Este tono que comienza a emplear aquí se extiende más adelante cuando se pregunta:
¿Dónde encontramos hoy un lenguaje, una retórica, una poética de edificación? ¿Con qué derecho podemos quejarnos de los efectos de tal uso si postulamos que ese es el instrumento de la nueva ciencia del hombre? ¡Cuidado! Por muy terre à terre y positivista que esto parezca prefiero al magisterio de los hechos al magisterio de las personalidades vigorosas ¿Dónde está en este caso el auténtico afán de dominación? (1942:113, cursivas del original).
Por estos motivos Medina Echavarría propone dejar el conventículo: “como un paso previo a la defensa de la última libertad: ‘la del sabio estoico en el martirio’” (1942:113, cursivas del original), retomando las palabras de Gaos.
Para finalizar sostiene que, aunque “de ahora en adelante tengamos que contar con las fuerzas irracionales y las fuerzas emocionales del hombre (…) la inteligencia tiene que mantener su derecho a ser la válvula de su regulación.” (Medina Echavarría, 1942:113) Aparece aquí el concepto de “inteligencia” que será importante para los desarrollos posteriores de Medina en torno al rol intelectual. También se observa la oposición racionalidad – irracionalidad que mencionamos anteriormente.
En el cierre de su respuesta, asigna a la filosofía la tarea de constituir una nueva fe:
La filosofía es visión, iluminación, reconstrucción total. Pero dudo mucho que recupere ese papel, si en lo futuro se vuelve de espaldas a lo que la ciencia representa ya definitivamente para la vida humana y la política como destino colectivo. (Medina Echavarría, 1942:113)
Puede leerse en esta cita la intención de Medina de “poner en su lugar” a Gaos en su tarea como filósofo. Así también resulta interesante la referencia a la política como destino colectivo y el rol de la ciencia en ella, pensando no solo en el contexto internacional sino en el contexto mexicano, donde se esperaba justamente que las Ciencias Sociales fuesen fundamento para las políticas públicas.
La respuesta cierra con la fecha: México, 8 de febrero de 1942 y la firma completa: José Medina Echavarría.
En un análisis general, la respuesta de Medina elude el modelo epistolar hasta el final, tratando de construir una respuesta con menos referencias personales, menos cercana y más general. Recupera rápidamente terminología y referencias que la ubican dentro de un espacio de debate académico, profesional. Podemos pensar que esta respuesta busca un público más amplio, tal vez por eso no está encabezada como la carta de Gaos, a la vez que más específico, aquellos interesados en las Ciencias Sociales y sus debates.
En su redacción emplea un estilo impersonal que por momentos recurre a un nosotros inclusivo para dirigirse a sus lectores e involucrarlos en la disputa. Además, hay que señalar el continuo empleo del recurso de la reformulación -que en algunos momentos cae en la tergiversación- de los conceptos propuestos por Gaos.
En síntesis, podemos afirmar que, si bien la polémica se desarrolló a través de dos cartas, las mismas no emplean del mismo modo el estilo epistolar. Tampoco se dirigen a su enunciatario más evidente (el sujeto físico destinatario de la carta), sino que lo construyen empleando diversas estrategias retóricas. Por momentos, parecería un diálogo donde cada uno construye al otro según su necesidad con el único objetivo de desarrollar su propuesta intelectual. Es por eso que la polémica da cuenta de cómo se construye cada uno de los involucrados como figura intelectual y permite avizorar algunas discusiones que se darán a futuro en el campo de las Ciencias Sociales.
Este intercambio entre los autores puede ser analizado desde la perspectiva de la historia del discurso, ya que como menciona Pocock (2001) ella “se interesa en los actos de habla que llegan a ser conocidos y suscitan una respuesta” (2001:159). En la discusión se observan ciertas “movidas” y “contra movidas” de los autores en torno a la modernización de las Ciencias Sociales y el lugar que debían tomar como intelectuales. Como sostiene Andrés Lira, lo que siguió a la polémica: “fue un ambiguo desencuentro, no de amistad y lazos afectivos -estos se conservaron pese a la distancia geográfica que medió entre ellos- pero sí en sus distintas concepciones de la labor intelectual” (1986:18).
- Conformado por Alberto Vázquez del Mercado, Manuel González Morín, Vicente Lombardo Toledano, Teófilo Olea y Leyva, Alfonso Caso, Antonio Castro Leal y Jesús Moreno Baca. Daniel Cosío Villegas como discípulo de Caso era considerado el “benjamín” del grupo. (Sorá, 2010)↵
- La influencia de Calles, apodado “Jefe Máximo de la Revolución”, le da el nombre a este período.↵
- Herzog se formó como economista en la Escuela de Altos Estudios de la UNAM, se lo considera un gran teórico del desarrollo económico a través de la sustitución de importaciones, Participó del proceso de nacionalización del petróleo en México. Fue gerente general de la Distribuidora de Petróleos Mexicanos, subsecretario de Educación, y de Hacienda y Crédito Público (Weinberg, 2010).↵
- Resulta interesante considerar este aspecto que plantea Gaos, cuyas resonancias llegan con actualidad hasta nuestros días si pensamos en las redes sociales y sus efectos, tarea que excede los objetivos de este trabajo y que queda abierta para futuros análisis sobre la vigencia de su obra.↵







