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5 La modernización de las Ciencias Sociales y el rol del intelectual

Hay en los períodos de grandes crisis históricas dos tipos de intelectuales: los que se quedan en la aristocrática nostalgia del mundo que fue, sin deseo de comprender los hechos nuevos, los últimos depositarios e intérpretes de los estilos desaparecidos, y los que valerosamente, con riesgo y renunciamiento, se lanzan a los caminos por explorar.
(Picón-Salas, 1944: 36)

El recorrido hasta aquí realizado invita a reflexionar sobre las modificaciones que el proceso de modernización de las Ciencias Sociales produjo en la figura del intelectual. Las preguntas abiertas a partir de esta revisión comparativa de las biografías y trayectorias de dos de los autores destacados de las Ciencias Sociales en América Latina evidencian que un debate en torno al rol del intelectual subyace al proceso de modernización.

No es menor que este debate y la aparición incipiente de estos dos modelos de intelectual se haya dado en México en los años ‘40. En un artículo titulado “Intelectuales, poder revolucionario y Ciencias Sociales en México (1920-1940)”, Guillermo Palacios analiza las relaciones entre intelectuales y poder sosteniendo que el nacimiento y desarrollo de las Ciencias Sociales en México estuvo estrechamente vinculado al poder político: “la historia del poder político en México puede ser vista desde la perspectiva de la influencia que los intelectuales han tenido en él, dentro o fuera de las esferas decisorias, al lado o en contra del gobierno en cuestión.” (2010:583). Para Palacios, el desarrollo de las Ciencias Sociales estuvo ligado a los proyectos de los gobiernos posrevolucionarios y en cierto sentido fueron dependientes de ellos.

Palacios discute la postura que habitualmente coloca a los intelectuales como mediadores culturales y los ubica como intermediarios que “construyen” y “definen” las problemáticas a abordar, principalmente durante el período de los años ‘20 y ‘30 en torno al problema campesino (Palacios, 2010). A partir de los años ‘30 se produce un cambio en la relación intelectuales y Estado, y si bien continúa el vínculo, ahora se realizará a través de la creación de instituciones especializadas. Así, Palacios sostiene que los intelectuales pierden su posición de “definidores” de temas, pero ganan independencia. Si los primeros años ‘30 son de gran libertad y creatividad para el desarrollo de las Ciencias Sociales, el planteo de temas y la creación de instituciones, hacia fines del cardenismo:

esa libertad de pensamiento y de acción en el ámbito de las Ciencias Sociales termina con el fin de la turbulenta década del ‘30 y con el intenso y fulminante proceso de institucionalización y creación de organismos científicos y académicos que se verifica por esos años (Palacios, 2010: 597-598).

En ese marco se produce la institucionalización de la Sociología, con la refundación del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM en 1939 a cargo de Lucio Mendieta y Núñez. Una institución que tendrá como principal objetivo asistir al Estado Nacional en la toma de decisiones y en la elaboración de políticas públicas en el marco de una serie de acuerdos firmados con el gobierno de Cárdenas (Palacios, 2010).

En ese contexto, arriban a México Gaos y Medina Echavarría, insertos desde un primer momento en una de las instituciones creadas por el gobierno de Cárdenas, La Casa de España, y encuadrados en un proyecto institucional que los excede. Gaos y Medina deben “acomodarse” en ese campo intelectual en pleno proceso de cambio. Como mencionamos, cada uno despliega diferentes estrategias más o menos conscientes para posicionarse dentro de ese nuevo espacio, desconociendo en parte, los movimientos que se están dando a su alrededor.

Una vez concluida la Guerra:

las diferentes líneas de los intelectuales del exilio se darán una tregua al advertir que el reacomodo de la política en la posguerra hace imposible el regreso a España en el corto plazo, lo que los obligará tanto a repensar su inserción vital y laboral en México como a replantear sus debates ideológicos (Weinberg, 2010:255).

En ese proceso de repensar su situación, Gaos apuntará a continuar con el desarrollo de su proyecto sobre el pensamiento en lengua española en México, mientras Medina, incómodo por el entorno y las perspectivas de sus colegas, como Cosío Villegas, decidirá viajar a Puerto Rico.

Estos cambios que se dan en México a partir de mediados de los años ‘30 y principios de los ‘40 se presentan en paralelo en otros países del Cono Sur y son los que conducen a Alejandro Blanco a señalar el inicio del proceso de modernización de las Ciencias Sociales alrededor de los años ‘40 (Blanco, 2010). Para Blanco, la sumatoria de iniciativas particulares y el impulso militante de muchos individuos en pos de la “Sociología científica” condujo a la aparición de un nuevo tipo de élite cultural, cuyos integrantes se convirtieron en importantes productores culturales para la región (Blanco 2010). Como vimos en el análisis de la polémica, sin embargo, nuestros autores no hablan de modernización ni de institucionalización, sino que debaten en torno a la “reconstrucción” de las Ciencias Sociales. Blanco, por su parte considera que este proceso será de “renovación” de las Ciencias Sociales y toma como punto de partida de este proceso la publicación de Sociología: teoría y técnica. Hacia mediados de los años 50, la “renovación” tomará fuerza y se traducirá dentro de la sociología en la disputa entre sociólogos de cátedra y sociólogos científicos:

A los ojos de los renovadores, los ya establecidos tenían una formación parroquial y anticuada, limitada a un conocimiento enciclopédico de las principales tradiciones y escuelas de sociología. Los nuevos, en cambio, se declaraban los portadores de los rudimentos de la ‘nueva ciencia’ (que algunos habían recogido en su paso por los Estados Unidos y otros habían adquirido por sus propios medios y de manera artesanal en sus lugares de origen) y esgrimirán contra la vieja generación de sociólogos -de ahí en adelante peyorativamente tratados como ensayistas o amateurs de la sociología- su conocimiento de las nuevas metodologías y técnicas de investigación social (Blanco, 2010: 611).

Como explica Blanco, este proceso se dio en un contexto internacional que pujaba por el desarrollo de las Ciencias Sociales para la solución de las diversas problemáticas sociales, a la vez que el cambio en el contexto internacional daba centralidad a las propuestas y alternativas provenientes de EEUU. Ubica estos cambios en el cruce de este impulso de institucionalización surgido en el cono sur y el nuevo patrón de desarrollo propuesto a nivel internacional. (Blanco, 2010)

Sin embargo, aunque resulta claro comprender el proceso desde esta perspectiva a los efectos de entender la historia de la Sociología, en este trabajo nos proponemos tomar un camino alternativo. Limitar la mirada a la discusión entre sociólogos de cátedra y sociólogos científicos o analizarla desde la perspectiva hombres de letras vs. científicos sociales, elude la discusión sobre el rol de los intelectuales en general y el modelo de intelectual que se promovió tras estas dicotomías. También escondería una mirada sesgada que piensa desde la historia de la Sociología y desatiende a la Filosofía como parte de las Ciencias Humanas.

Además, hay que señalar aquí que muchas de las observaciones realizadas hasta el momento sobre el denominado proceso de renovación, modernización o institucionalización, por ejemplo, por Blanco (2010) o Diego Pereyra (2010) toman como eje el caso de Gino Germani y el contexto de la Sociología argentina, que no es extrapolable a la situación y contexto mexicanos. Si bien Gino Germani era también un exiliado y esa característica invita a la comparación, el caso de Gaos y Medina Echavarría no puede analizarse en la misma línea porque como hemos expresado más arriba la relación entre el campo intelectual y el político en México no puede compararse con el contexto peronista que vivió Germani; pero también porque los interlocutores que Germani tuvo fueron muy diferentes, por mencionar un simple detalle, no contó con un par exiliado con quien discutir como en el caso de nuestros autores.

En definitiva, como observamos en la polémica, esta discusión en torno a la definición de las Ciencias Sociales y Humanas y tras ella sobre el lugar que ellos como intelectuales debían ocupar se presentaba como un punto nodal para resolver el futuro de todos. Si en algún aspecto de la polémica puede observarse esta tensión entre hombres de letras y científicos sociales es en el estilo de las cartas, más ensayística y personal la de Gaos, más académica y formal la de Medina Echavarría. Aunque estas posiciones enunciativas son difusas, inestables, y no podemos negar fragmentos donde uno emplea las formas del otro. Sería fácil y rápido achacarle a Gaos su “atraso” por sus formas eruditas, por su rechazo a las modernas técnicas y metodologías, sin embargo, tras ese ejercicio perdemos la profundidad de su aporte. También sería una simplificación decir que Medina Echavarría no incluye ninguna “poética de la edificación” en sus obras y que propone la aplicación de las técnicas y metodologías en forma automática. Basta leer sus cartas para observar, una vez más, que las categorías que construimos para analizar nuestros temas nos permiten ver algunas cosas y oscurecen otras.

En la polémica que aquí analizamos se menciona en varias oportunidades la necesidad de la reconstrucción de las Ciencias Sociales. Es interesante considerar que en los trabajos actuales el concepto pasó de “reconstrucción” a “renovación”, porque ese cambio implica dejar de lado que algunos de los cuestionamientos que se hicieron a las Ciencias Sociales y Humanas en los años ‘40 obligaban a revisar los cimientos mismos de esas ciencias, la definición de ciencia y del trabajo intelectual, por ejemplo. Quedarnos con la idea de renovación parece indicar que con algunos cambios de color en las paredes alcanzaba. Entendemos que el hecho de que esta polémica entre dos grandes figuras haya quedado “perdida” tiene que ver con esa idea de renovación, cercana a la de “modernización” o “institucionalización” que se empleó luego. Tras estas palabras, los cambios parecen haber correspondido solamente a las técnicas y métodos empleados para realizar las investigaciones, al perfeccionamiento de las redes institucionales, a la creación de modernos centros de formación, al abandono del ensayismo y su reemplazo por el informe de investigación. Sin la intención de negar que todos estos procesos existieron, es decir, que había un clima de “modernización” en las Ciencias Sociales, y que en buena medida esto ha permitido su desarrollo en la región, observamos en la polémica que la discusión era más profunda y que las alternativas siguen abiertas.

En algunos trabajos previos a la polémica, Medina Echavarría había planteado la necesidad de una “reconstrucción” de las Ciencias Sociales, y este término también tenía que ver con la gravedad con la que se analizaba la “destrucción” en la que la sociedad se encontraba. reconstruir las Ciencias Sociales implicaba para Medina responder necesariamente a la pregunta por la utilidad de las Ciencias Sociales, sin abandonar la importancia de la teoría, pero entendiendo la necesidad de realizar aportes prácticos. Tal como mencionará en su carta, la confianza de Medina Echavarría está puesta en la razón experimental: “Tarde o temprano, entre los escombros producidos por lo irracional, la violencia y el pensamiento utópico, se aprenderá de nuevo la lección ineludible del valor constructivo de la razón experimental” (1953:62)

En el marco de este proceso, tanto Gaos como Medina Echavarría se convirtieron, tal vez aún sin quererlo, en lo que su tiempo demandaba, en “empresarios académicos” (Pereyra, 2010). En palabras de Diego Pereyra:

se concibe como empresario académico (o intelectual o científico, según se prefiera) al investigador que aplica estrategias gerenciales y de marketing para desarrollar nuevos campos de investigación; busca y adquiere recursos y los usa con criterio administrativo y organizativo, identifica oportunidades y aplica estrategias de autopromoción personal e institucional. (2010:45).

Pereyra propone un modelo explicativo para analizar el éxito y reconocimiento obtenido por algunos intelectuales frente a otros. La figura del empresario académico, para cuyo desarrollo toma como modelo a Gino Germani, refiere a ciertas disposiciones o habilidades, más cercanas al marketing y la administración, que requería el contexto de modernización de las Ciencias Sociales.

Las características personales de Gino Germani que permiten ubicarlo en esta categoría fueron ampliamente desarrolladas por Pereyra (2010) y otros autores (Blanco, 2006, 2007; Germani, 2004) y no reviste mayor interés volver sobre ellas. Como ya mencionamos, el caso de Germani no es directamente aplicable a nuestros autores. Sin embargo, resulta interesante preguntarse qué puede decirse a la luz de este concepto de Gaos y Medina Echavarría, así como del debate que aquí presentamos, porque creemos que los modelos “modernizadores” que ellos proponían eran diversos a lo que se ha dicho a partir del modelo de Germani y merecen ser contemplados.

A primera vista cualquiera dejaría a Gaos fuera de la definición de “empresario académico”, por sus características como intelectual y por su posición ético-política frente a las Ciencias Sociales. Podríamos pensar que él mismo preferiría quedarse al margen de las estrategias de márketing aplicadas a las ciencias. Medina Echavarría, sin embargo, ubicado siempre junto a Gino Germani y Florestán Fernández como los iniciadores de la moderna Sociología en América Latina, como los representantes de la Sociología científica, presentaría una figura más acorde con esta definición.

Para abordar el concepto, Pereyra (2010) propone tres frentes en los cuales Gino Germani construyó su liderazgo: el editorial, el institucional y el intelectual. Es interesante analizarlos aquí y ver qué observamos para cada uno de nuestros autores.

En el caso de Medina Echavarría, es innegable que se destacó en el frente editorial como director de la Colección de Sociología del Fondo de Cultura Económica entre 1939 y 1959. Fue un notable traductor, principalmente de obras en alemán, y a él debemos la primera traducción de Economía y sociedad de Max Weber cuya versión continúa editándose hasta nuestros días.

En el plano institucional, durante su estancia en México formó parte de universidades prestigiosas como la Universidad Nacional Autónoma de México o el Colegio de México, en el cual dirigió el Centro de Estudios Sociales. Más tarde, tuvo un rápido paso por la Universidad Nacional de Colombia y la Universidad Nacional de Puerto Rico. Pero, como han indicado algunos autores (Blanco, 2007, 2008; Morales Martín, 2010), su participación destacada a nivel institucional la realizó en la sede de Chile de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), aportando una mirada social a la perspectiva económica del desarrollo latinoamericano que construyeron Raúl Prebisch, Florestán Fernández, Enzo Faletto y Fernando Cardoso. Por último, cabe destacar su rol como director de la División de Desarrollo Social del Instituto Latinoamericano para la Promoción Económica y Social (ILPES) y el hecho de haber sido el primer director de la Escuela de Sociología de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO).

Dentro de las características que Pereyra destaca del frente intelectual -que no coincide con las características que trabajamos en el capítulo anterior, pero que tomamos tratando de ser fieles a la propuesta de análisis de Pereyra- Medina Echavarría no fue administrador ni recaudador de fondos para las instituciones de las que participó, su aporte lo realizó en el nivel teórico. Tampoco podemos afirmar que haya empleado estrategias gerenciales ni de marketing para desarrollar nuevos espacios de estudio. Aunque enfrentó la necesidad de construir un espacio para la discusión sociológica en al menos dos de los países donde vivió, México y Puerto Rico, donde al momento de su llegada la sociología no se encontraba institucionalizada, su trabajo no implicó la creación y administración de instituciones directamente, aunque haya tenido algún tipo de intervención en estas tareas.

Por su parte, el aporte de Gaos en cuanto al desarrollo de la filosofía, es interpretado por muchos autores como falto de originalidad (Beorlegui, 2004; Gómez-Martínez, 1991), sin embargo, si analizamos su labor en los planos que propone Pereyra encontraremos algunos aspectos a considerar. En el plano editorial como ya mencionamos publicó numerosas obras propias y traducciones, pero sobre todo impulsó la producción y publicación de numerosos trabajos de historia de la filosofía latinoamericana y de historia de las ideas. Solo por mencionar algunos podríamos considerar el impulso inicial que le da a Samuel Ramos para continuar su obra y los trabajos de Leopoldo Zea, su principal discípulo.

En cuanto a su labor institucional Gaos se abocó a su trabajo como director del Seminario sobre el Pensamiento Hispano-Americano de El Colegio de México desde 1940. Su perspectiva lo impulsaba a creer que su verdadera realización pasaría por la formación y el impulso de discípulos dedicados a investigar y desarrollar trabajos sobre el pensamiento iberoamericano. Esto incluso lo llevó a conseguir los medios económicos, becas y otros medios de financiamiento para que algunos de ellos pudieran desarrollar sus trabajos (Gómez- Martínez, 1991). También se dedicó a establecer lazos de comunicación entre los países iberoamericanos (Gómez- Martínez, 1991). En un trabajo dedicado a recuperar el valor de la influencia de José Gaos, Gómez Martínez (1991) recupera doce proposiciones publicadas en 1944 donde Gaos resalta la importancia de promover instituciones dedicadas al pensamiento en lengua española donde no existan, fomentar la cooperación entre becarios, coordinar el trabajo entre las diversas instituciones a lo largo de América Latina, fomentar ediciones y publicaciones, crear un congreso y revista específicas, fomentar el intercambio de profesores, entre otras propuestas. Vale preguntarse aquí cuánta influencia habrá tenido en la elaboración de estas proposiciones la lectura del libro de Medina Echavarría y la posterior polémica con él, sobre todo en la defensa de las ideas de cooperación y coordinación tan presentes en la carta de Medina.

El valor intelectual de la obra de Gaos es inseparable de su tarea como maestro, como sostiene Gómez- Martínez recuperando a Rossi: “A través de su Seminario, Gaos impuso durante dos décadas un estilo filosófico. En él se originaron los proyectos, los hábitos intelectuales y las obsesiones que caracterizaron ese período (Rossi, 1970).” (1991:80). Es indudable que el crecimiento de la Filosofía latinoamericana que se dará en las décadas de 1940-1950 y el nacimiento posterior de la Filosofía de la liberación en la década de 1960 tiene en él uno de sus grandes influjos. Pero no podríamos analizar su aporte intelectual pensando solamente en las estrategias de márketing y autopromoción que empleó.

Como también indica Pereyra, las trayectorias académicas deben pensarse como:

una estructura secuencial de sucesos críticos que transforma las biografías y cambia las expectativas, los planes, las aspiraciones y las orientaciones académicas y profesionales dentro de espacios universitarios, campos disciplinarios, comunidades científicas y estructuras institucionales. (Pereyra, 2010:39)

Desde este punto de vista, las trayectorias de Gaos y Medina Echavarría se vieron transformadas en primer lugar por el exilio, pero también por el devenir de las ciencias que construyeron a medida que se construían a sí mismos.

Ahora bien, pensemos lo que implica el concepto de “empresario académico” propuesto por Pereyra a la luz de la polémica. Por lo pronto resulta cuestionable la posibilidad de intercambiar el término “académico” por el de científico o intelectual. Justamente, como afirmamos en el capítulo anterior la polémica pone en cuestión el lugar de las ciencias y de los intelectuales. Gaos y Medina Echavarría parecen “encajar” dentro de la categoría de empresarios académicos a la luz de los frentes que propone Pereyra. Sin embargo, ninguno de ellos se convirtió en un empresario intelectual, porque para ellos el rol del intelectual involucraba mucho más que las tareas de márketing y gerenciamiento, más bien el rol del intelectual requería un compromiso ético-político.

Coincidimos con Morales Martín cuando afirma:

Estos jóvenes intelectuales- Aub, Ayala, Gaos, Medina, Recasens o Zambrano- fueron reformistas y entendieron que una manera de incidir en la sociedad será a través de las empresas académicas, intelectuales e institucionales. Durante ese período de tiempo -los años de la II República- asumieron una conciencia de responsabilidad social e intelectual a favor de las mejoras democráticas para toda la sociedad. Concibieron que la responsabilidad del intelectual en relación a la política fuera una relación de significado y altura. (Morales Martín, 2012:91)

Si Gaos y Medina coincidieron en encontrarse a la altura de su tiempo y se “lanzaron a los nuevos caminos por explorar”, si coincidieron en que el rol del intelectual debía ser, preferentemente, una tarea que conservara su distancia y autonomía respecto de la política, si coincidieron en la necesidad de una reconstrucción de las Ciencias Sociales, presentaron diferentes miradas sobre los modos en los que esa reconstrucción debía llevarse adelante.

Es por esto que hablamos de dos modelos de “modernización” o “reconstrucción” que subyacen a las cartas y que a su vez contienen dos modelos de intelectual, dos formas de llevar adelante la tarea y dos perspectivas respecto del lenguaje de las Ciencias Sociales.

Para Gaos, la reconstrucción debía contener una mirada local, en términos hispanoamericanistas, el intelectual debía consustanciarse con su lugar y su tiempo sin por eso renunciar a su independencia del poder político de turno. La tarea del intelectual debía aceptar que una visión universalista, global, era imposible e innecesaria. La ciencia debía estar a cargo de comunidades que aceptaran la existencia de una multiplicidad de racionalidades y debían ser guiadas por personalidades, que acercaban la tarea del intelectual a la del místico. El maestro, con la conciencia de que en sus niveles más profundos el conocimiento adquirido por la experiencia es incomunicable, intentaría de todas formas transmitir su conocimiento con un lenguaje simple y cotidiano, lo más cercano y claro posible.

El modelo de Medina Echavarría tenía una perspectiva más universalista, concentrada en que el intelectual diera respuestas a la realidad social de su tiempo. Esas respuestas debían ser generalizables, y factibles de someterse a la prueba y experimentación en cualquier lugar del globo. Por este motivo, también el lenguaje de las Ciencias Sociales debía ser específico, para facilitar la comunicabilidad y evitar las malas interpretaciones. Así la ciencia realizada en un foro abierto, democrático, permitiría el acceso de todos sin favorecer el irracionalismo o la aparición de líderes demagógicos. El intelectual debía también sostener su justa distancia respecto del poder político, pero construiría sus investigaciones para ser útil a su sociedad, no solo local sino global.

Entendemos que estas dos posiciones no son asimilables a las construidas en otros lugares de América Latina. Y que su particularidad radica en una sumatoria de factores, principalmente las características del campo intelectual mexicano, la experiencia de formación española y las formas de encarar el exilio.

A pesar de contar ambos con una formación en el mismo contexto intelectual español y encontrarse exiliados en el marco de un mismo campo intelectual mexicano, la experiencia del exilio fue para ellos radicalmente diferente. Esa experiencia marca estos dos modelos de modernización y en consecuencia de intelectual que producen. Un intelectual desterrado como Medina, condenado a una vida vicaria, ¿dónde podría encontrar refugio más que en una ciencia social racional, universalista y comunicable? Un intelectual transterrado como Gaos, empatriado en la tierra que le dio cobijo, ¿dónde buscaría hacerse un lugar más que construyendo comunidad local, aprovechando la comunidad misma que la lengua común, valga la redundancia, le proporcionaba?

Estos dos modelos que producen y que sus cartas y recorridos posteriores ponen en evidencia tienen la virtud de haber prosperado cada uno por su propia vía, de seguir vigentes, y de no haber sido presentados como modelos excluyentes como en el caso de los sociólogos científicos o los sociólogos de cátedra en Argentina. Las particularidades del campo intelectual mexicano que permitió el debate de ambas posturas sin cerrar filas detrás de ninguna de ellas, en parte porque el debate era externo a sus preocupaciones y porque favorecía su objetivo de estimular el desarrollo intelectual que perseguían, permitió que las posturas continuaran hasta nuestros días ofreciéndose como alternativas posibles a todos aquellos que en contextos de crisis, o no, se preguntan por las funciones del intelectual y la sustantividad de las Ciencias Sociales.



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