3.1. Introducción
La movilización solidaria que se dirigió a socorrer al ejército sublevado en España fue, sin dudas, minoritaria en comparación con la amplia movilización política y social que se articuló en favor del sostenimiento de la II República española en la Argentina. No obstante, también existió una activa campaña de colaboración hacia el bando liderado por el general Franco que se desarrolló durante todo el transcurso de la contienda civil en la península y que fue protagonizada por dinámicos núcleos de simpatizantes, quienes realizaron elevados aportes monetarios y se convirtieron en diligentes propagandistas de la causa. Como señaló la investigadora Mónica Quijada (1991), esta campaña fue liderada, casi exclusivamente, por una minoría perteneciente a los estratos medios y altos de la colonia española radicada en el país, la cual estuvo acompañada por miembros influyentes de la oligarquía local y de la Iglesia católica argentina.
Estos sectores realizaron significativas contribuciones económicas al movimiento rebelde y acompañaron el esfuerzo bélico de los ejércitos franquistas durante la contienda. En este capítulo se analizan las prácticas de colaboración material que llevaron adelante algunas de las entidades afines al movimiento sublevado desde Buenos Aires, tales como el Centro Acción Española, la Agrupación Monárquica Española, la Agrupación Tradicionalista Española y la Falange Española. Para finalizar, se propone un estudio pormenorizado del proceso de constitución y desarrollo de una de las entidades más paradigmáticas en la labor solidaria que desde la Argentina se remitió hacia la España sublevada: los Legionarios Civiles de Franco. Esta organización creada en abril de 1937 y liderada por Soledad Alonso de Drysdale y Rafael Benjumea y Burín, conde de Guadalhorce, estaba orientada a socorrer a los niños huérfanos que iba dejando la guerra por medio de la construcción de orfelinatos en distintas regiones de la península.
3.2. El auxilio al bando sublevado en España
Ante el inicio de la contienda en la península, la embajada española se convirtió en la inmediata receptora de las expresiones de apoyo y solidaridad material para con la II República. La esposa del embajador español en Buenos Aires, María Teresa de Diez Canedo, organizó una de las primeras suscripciones oficiales en beneficio del Gobierno republicano en la Argentina, se trataba de una colecta a favor de la Cruz Roja española. Posteriormente, se irían formando diversos comités y entidades de ayuda prorrepublicana que adquirieron gran envergadura. Algunos de estos organismos estuvieron asociados a sindicatos y centrales obreras, otros a los partidos políticos, como la Unión Cívica Radical y el Partido Socialista, o a las asociaciones españolas, como el Centro Republicano Español y la Federación de Sociedades Gallegas (Montenegro, 2002: 33-72).
La Asociación Patriótica Española, en su carácter de “Comisión Cooperadora de la Cruz Roja española” en el país, organizó una reunión el 27 de julio de 1936 con el fin de fomentar la solidaridad entre las instituciones españolas (Asociación Patriótica Española, 1937-1938: 3-4).[1] Se resolvió abrir una suscripción en las sedes de las entidades que prestaran su colaboración. Acompañaron esta iniciativa algunas de las asociaciones más destacadas de la comunidad, entre las que se encontraban la Institución Cultural Española, el Círculo de Aragón, la Asociación Española de Socorros Mutuos de Buenos Aires y su homónima de Avellaneda, el Club Español, el Centro Gallego, la Casa de Galicia, la Sociedad Española de Beneficencia, el Centro Asturiano, el Centro Burgalés, el Centro Navarro, el Centro Laurak Bat y el Centro Catalán, entre muchos otros (“Suscripción a favor…”, 28 de julio de 1936). También se formó una “comisión auxiliar de damas” tutelada por Presentación Ortiz de Bayona, referente del Patronato Español, quien tuvo a su cargo la recaudación del dinero en la sede de la Asociación Patriótica (“Repercusiones en la Argentina…”, 4 de agosto de 1936). La particularidad de esta colecta fue que decía amparar “por igual el dolor de los dos adversarios” y argumentaba que, debido al “apoliticismo” de sus estatutos, debía mantener una postura neutral ante el conflicto y remitir los fondos recaudados a la península sin ningún tipo de distinción política (“Comisión cooperadora…”, 8 de agosto de 1936).
A solo una semana de iniciada la guerra en España, la suscripción a favor de la Cruz Roja española en la Argentina se encontraba desdoblada en dos sedes activas: por un lado, en la embajada republicana y, por el otro, en la Asociación Patriótica Española. Mientras que la sede diplomática efectuaba el primer envío de dinero a principios de agosto de 1936 directamente al Ministerio de Estado de la II República (“Repercusión en la Argentina…”, 6 de agosto de 1936), la colecta organizada por la Asociación Patriótica mantuvo retenidos los fondos hasta tanto no se asegurara la distribución equitativa de estos en ambas zonas afectadas por el conflicto bélico:
Por intermedio del Banco Español del Río de la Plata y del Comité Internacional de la Cruz Roja de Ginebra, se están efectuando gestiones que permitan abrigar la seguridad absoluta de que los envíos que se efectúen serán cobrados por los destinatarios; en este caso, las delegaciones de la Cruz Roja en las distintas ciudades de la península […]. Esta es la razón por la cual la Comisión Cooperadora no ha hecho efectivo ningún envío de dinero hasta la fecha (“Comisión cooperadora…”, 3 de septiembre de 1936).
El dinero recolectado por la Comisión Cooperadora de la Cruz Roja española se encontraba depositado a su nombre en el Banco Español del Río de la Plata y en el Banco Galicia en Buenos Aires. La primera remesa se efectuó recién en octubre de 1936 por un total de 120.000 pesos moneda/nacional (en adelante: m/n) directamente al comité internacional de la Cruz Roja en Ginebra.
En efecto, desde su sede en Suiza, la Cruz Roja Internacional actuó rápidamente para llevar su labor humanitaria y canalizar la ayuda internacional hacia ambos contendientes en el marco de la guerra. Por ello, envió a España al Dr. Marcel Junod en una misión especial para que se entrevistara tanto con miembros del Gobierno republicano en Madrid, como con los representantes de la Junta de Defensa Nacional en Burgos. El propósito era acordar garantías para la acción sanitaria y la colaboración económica que desplegaría el organismo.[2] Como resultado de estas gestiones, se establecieron cuatro delegaciones de la Cruz Roja Internacional en el territorio peninsular, Madrid, Barcelona, Burgos y Sevilla, las cuales serían las encargadas de distribuir imparcialmente los montos de dinero y las donaciones en especie recibidas producto del llamado a la solidaridad internacional.[3]
La colecta a favor de la Cruz Roja española fue cuestionada por quienes no estaban dispuestos a colaborar con la continuidad de la II República en la península (“Sobre los fondos para la Cruz Roja…”, 2 de septiembre de 1936). En paralelo al desarrollo de esta campaña solidaria, se fueron gestando otras iniciativas que comenzaron a promover acciones de socorro exclusivamente orientadas a enviar dinero y víveres a la zona bajo el control de los rebeldes. El Centro Acción Española fue una de las primeras entidades en la Ciudad de Buenos Aires en emprender una colecta a su favor (“El Centro Acción Española…”, 14 de agosto de 1936).
En primer lugar, el centro organizó una “junta de enlace” vinculada con la Junta de Defensa Nacional en Burgos que tendría a su cargo la tarea de recaudar víveres, ropa, medicamentos y demás elementos de valor con destino a España. La primera remesa fue enviada a principios de octubre de 1936 (“Comisión de enlace…”, septiembre de 1936). En segundo lugar, la entidad fundó la Junta Nacionalista Española, uno de los primeros organismos orientados a sostener una campaña de recaudación y propaganda a favor de los miembros sublevados del ejército español en la Argentina. La primera de estas juntas se creó en Buenos Aires bajo el liderazgo de Emilio Fernández Martos, exagregado militar de la embajada de España. Poco tiempo después, dos emisarios del Centro Acción Española, Luis Vicente Nieto y José Sánchez Malmierca, iniciaron un recorrido por el interior del país para visitar aquellas provincias y ciudades en donde existieran colonias de inmigrantes españoles para incentivar la creación de organismos semejantes (“Nuestro Centro ha mandado…”, 14 de agosto de 1936).
En total se crearon 62 Juntas Nacionalistas Españolas en todo el territorio argentino y hubo filiales en Santiago del Estero, Entre Ríos, Córdoba, San Luis, Santa Fe, Corrientes, Misiones, Tucumán, Catamarca y Buenos Aires (“Constitución de J. Nacionalistas…”, diciembre de 1936). No obstante, los obstáculos con los que se encontraron los emisarios fueron múltiples: desde la apatía hasta el rechazo más absoluto. Sus informes evidencian la presencia de una abrumadora mayoría prorrepublicana en las colonias españolas del interior (más de un 80 %, según sus propias palabras), a lo que se sumaba la de aquellos quienes, a pesar de expresar su simpatía hacia el bando rebelde, por temor a perder sus ganancias comerciales, no accedían a comprometerse y declarar abiertamente su posicionamiento político:
Ya que cuando visitan a aquellos que se dicen muy españoles, muy buenos ciudadanos responden: “si, nosotros simpatizamos, admiramos a Franco, y queremos que esto termine, pero vea yo como tengo negocio, no puedo figurar, no quiero ser nada; ya sabe, el negocio, es negocio…”. Como estos el 97 % de los que se visita… (“Las Juntas Nacionalistas…”, 4 de marzo de 1937).
Otra iniciativa organizada por el Centro Acción Española fue la producción y venta de estampillas y tarjetas postales a color cuya recaudación fue donada a la colecta a favor del ejército sublevado. El director del Colegio Marista Champagnat[4] ideó esta propuesta que tuvo un notable éxito entre los alumnos del colegio católico, quienes en poco tiempo lograron vender más de 9.000 tarjetas y postales entre sus familiares, allegados y amigos (“Nueva iniciativa”, octubre de 1936). La juventud católica de este colegio participó de otras formas en la campaña a favor de la sublevación. Entre 1936 y 1937, 600 estudiantes del Champagnat donaron el dinero que correspondía a la compra de sus medallas de fin de curso a la causa. El primer año los fondos fueron entregados a monseñor Gustavo J. Franceschi para que lo integrara en la colecta “Pro Templos devastados de España”, que lideraba el Episcopado porteño, y el segundo año, a Soledad Alonso de Drysdale, para que lo destinara a Legionarios Civiles de Franco (“Brillante y patriótico…”, diciembre de 1937). Estas manifestaciones de apoyo destacan el compromiso de las instituciones educativas católicas y la participación de los jóvenes pertenecientes a los estratos medios y altos de la Ciudad en las acciones solidarias con la causa franquista.[5]
Las recaudaciones que logró reunir el centro fueron remitidas a la península en diversas remesas, y la más importante en cuanto a la cantidad de objetos de valor fue acompañada por Martín Echarren, secretario de la institución y presidente de la Agrupación Tradicionalista Monárquica. Hasta agosto de 1937, el centro había logrado recaudar 35.841,63 pesos (m/n) de su lista de suscriptores, había entregado 2.500 pesos (m/n) a Falange Española para el envío de voluntarios, y había remitido 63 cajones de mercaderías (“La labor españolista…”, 6 de agosto de 1937). Además, se habían recolectado objetos y alhajas por un valor de 75.000 pesos (m/n), lote que se trasladó a España en mayo de 1937 bajo el cuidado de Echarren (“Relación de las alhajas…”, 20 de mayo de 1937).
La Agrupación Monárquica Española fue otra de las entidades españolas que se alineó rápidamente a favor del ejército sublevado en la península. Esta entidad formó una junta recaudadora presidida por María Julia Elena Martínez de Hoz, quien ostentaba el título de marquesa de Salamanca (adquirido gracias a su casamiento con el marqués español Luis de Salamanca Hurtado de Zaldívar en 1912). Al igual que el Centro Acción Española, pero con un resultado mucho más limitado, algunos miembros de la entidad iniciaron una gira por el interior del país con el objeto de fundar filiales y activar el movimiento de solidaridad (“Repercusión de los acontecimientos…”, 1 de octubre de 1936).
Por supuesto, la filial porteña de Falange Española en Buenos Aires también se movilizó activamente en el marco de la guerra. Desde su fundación, esta agrupación se abocó de lleno a la búsqueda de apoyos para la causa de los sublevados españoles. Para ello, incentivó la creación de filiales en el interior del país y lideró campañas de recolección de dinero, ropa y víveres que fueron enviados a la península a través del Auxilio de Invierno y el Auxilio Social (imagen 2). Hacia mediados de 1938, se aseguraba la existencia de 57 sedes de FET-JONS en Argentina, distribuidas en las provincias de Mendoza, Santa Fe, Entre Ríos, San Juan, La Pampa, Buenos Aires, Corrientes, Formosa, Santa Cruz y Chubut (Delgado, González Calleja y González, 1990: 227). También concentró su atención en la recaudación de los recursos monetarios que les permitieran a los escasos voluntarios falangistas que partieron desde Argentina viajar a España e integrarse en los frentes de batalla.
Imagen 2. Propaganda del Auxilio de Invierno falangista

Fuente: Falange Española (3 de enero de 1937: 6).
De los combatientes voluntarios provenientes del extranjero que lucharon a favor del ejército sublevado en España, el contingente argentino fue el más numeroso dentro del conjunto americano, el cual no incluyó a más de 200 individuos en total (Berthona, 2012). La denominada “Centuria Argentina” estaba integrada en su mayoría por españoles o hijos de españoles residentes en el Río de la Plata, muchos de ellos eran comerciantes, estudiantes o dependientes que habían nacido entre 1914 y 1917. Si bien no existen cifras exactas sobre la totalidad de combatientes que viajaron a España desde la Argentina para integrarse al ejército sublevado, es sabido que, aproximadamente, 80 individuos heridos en combate solicitaron la repatriación luego de 1939 (Berthona, 2012: 160). Algunos de ellos lograron concretar el viaje gracias a la colaboración económica de miembros de la comunidad española y al aporte que el periódico nacionalista Bandera Argentina recaudó para ese fin, pero otros pudieron afrontar sin inconvenientes el pago de su pasaje (Riesco, 2007: 104).
La primera expedición de falangistas partió desde el puerto de Buenos Aires a bordo del vapor General Artigas el 26 de agosto de 1936, bajo el comando de Nicolás Quintana y José Ruiz Bravo, este último viajó, además, en calidad de corresponsal del periódico Bandera Argentina. Este primer grupo compuesto por 26 jóvenes fue despedido por los adeptos a la sublevación en un almuerzo de camaradería organizado por el Centro Acción Española y Soledad Alonso de Drysdale, quien no escatimó en los costos del agasajo y en el envío de obsequios para los soldados que se hallaban en el frente (“Despedida de los patriotas…”, septiembre de 1936; “Repercusión de los acontecimientos…”, 26 de septiembre de 1936). El segundo contingente, compuesto por 13 hombres, partió hacia España el 4 de septiembre de 1936 a bordo del General San Martin, y el tercero, integrado por 30 jóvenes, lo hizo el 2 de octubre en el vapor Vigo. Cada grupo fue portador de remesas en objetos de valor y mercaderías diversas para ser entregadas al ejército rebelde en la península.
En líneas generales, se considera que un promedio de 70 hombres residentes en la Argentina marcharon hacia la península para unirse al ejército del general Franco. No obstante, esta cifra podría incrementarse si se tiene en cuenta que muchos jóvenes solicitaron ayuda económica para solventar sus pasajes e integrarse a los tercios de Requetés. Lamentablemente, no se han encontrado datos certeros sobre el destino de estos hombres, pero es posible suponer que quienes realizaron el viaje lo hicieron de manera individual y no como miembros de una agrupación, tal como lo hicieron los integrantes de la Falange Española. Según el investigador João Fàbio Bertonha (2012), el grupo latinoamericano que viajó a España se integró casi en su totalidad al falangismo, siendo mucho más escaso el número de católicos y anticomunistas en general.
La partida de cada uno de los grupos falangistas desde Buenos Aires generó rencillas públicas en la zona portuaria en donde los familiares y adeptos que se reunían para despedir a los viajeros al compás del himno de Falange Española y el Himno Nacional argentino solían enfrentarse con los trabajadores portuarios que vociferaban a favor de la II República. Estos episodios, que podían finalizar con la intervención de la fuerza policial, exponen hasta qué punto la polarización ideológica que provocaba la guerra civil española se vivía con especial virulencia en el espacio público (Montenegro, 2002: 101).
Los mecanismos de recaudación de Falange Española intentaron satisfacer los requerimientos del ejército sublevado, pero, también, se ocuparon de la solidaridad orientada a paliar la creciente orfandad y miseria que generaba la contienda. Los envíos de víveres y abrigo fueron una prioridad en las remesas durante el primer año de la guerra, pero, con la proximidad de la fiesta de Navidad y el avance del clima invernal, se recurrió a otro tipo de estrategias para incrementar los donativos. Con ese propósito se iniciaron dos campañas: por un lado, la denominada “Navidad del soldado español”, que buscaba recaudar fondos por medio de la venta de una estampilla (“sello azul”) a fin de adquirir, entre otras cosas, guantes que serían enviados a los soldados en el frente de batalla (“El sello azul”, 19 de diciembre de 1936); y, por el otro lado, se siguieron las directivas de adhesión a la colecta de Auxilio de Invierno, campaña orientada a paliar las urgencias en alimento y abrigo de la población civil que tendría efectos mucho más duraderos en la política de asistencia social que comenzaba a organizarse en la zona bajo control rebelde.
El Auxilio de Invierno nació a finales de octubre de 1936 en Valladolid por iniciativa de Mercedes Sanz Bachiller y Javier Martínez Bedoya, ambos integrantes de los espacios políticos de Falange Española. La organización de este proyecto asistencial recuperaba el modelo de los Winterhilfe alemanes, que funcionaban únicamente en los períodos invernales por medio de una colecta de dinero que luego se volcaba en la manutención de hogares para huérfanos o en la alimentación de familias sumidas en la pobreza. La colecta falangista del Auxilio de Invierno en Argentina se inició en enero de 1937. La propaganda enfatizaba, por un lado, en la pretendida realización de la “justicia social” que el movimiento rebelde prometía en beneficio del pueblo español y, por otro lado, en la supuesta distancia que separaba a este organismo de las tradicionales formas de beneficencia liberal entendidas como “la limosna que humilla o la fría obra burocrática de alguna institución estatal” (“Auxilio de invierno”, 16 de enero de 1937).
Es posible que la campaña de solidaridad organizada por la sede local del falangismo sufriera de constantes intentos de fraude. Así lo sugieren las frecuentes advertencias a los adherentes que se imprimían en el semanario Falange Española sobre el cuidado que debían tener a la hora de entregar dinero a personas que, sin autorización, recolectaban recursos a nombre de la institución para los más diversos fines (“Advertencia”, 14 de noviembre de 1936).
Pero lo cierto es que las finanzas que manejó la filial argentina de FET-JONS durante los años que duró la contienda bélica no estuvieron exentas de irregularidades y abusos que condujeron a una intervención directa de las autoridades del Servicio Exterior falangista. Las problemáticas más graves fueron el elevando déficit que fueron acumulando las distintas administraciones, la desaparición de talonarios para la suscripción del Auxilio de Invierno y de dos máquinas de escribir, y la ausencia de un fichero de afiliados con datos concretos, tales como domicilio, nacionalidad y cuota a pagar, lo que, a su vez, hizo imposible conocer el número total de adherentes a Falange Española en la Argentina, los traslados a España, los expulsados o los que se dieron de baja. La sección femenina, en cambio, fue la única que mantuvo en perfecto orden sus cuentas, remitiendo periódicamente sus balances a la delegada nacional de la Sección Femenina, Pilar Primo de Rivera.
Según un informe realizado a finales de 1939 a pedido del agregado de prensa y propaganda de la embajada española José Ignacio Ramos sobre la actuación de FET-JONS de la Argentina, todo el periodo adoleció de evidentes descuidos por parte de los administradores y las autoridades en cuanto a la obtención y al mantenimiento de los fondos, a la inscripción de los afiliados, al cobro de las cuotas y a la recaudación a través de las suscripciones, en suma, durante todo ese lapso:
Se ha podido constatar que varios empleados de la administración cobraban cuotas de afiliados cuyos importes retenían para sí […]. No es posible precisar las cantidades cobradas y no ingresadas, ni las que en la actualidad deben ser cobradas por la falta de registro de afiliados. Faltan talonarios de recibos, tanto de cuotas y donaciones como de la oficina de prensa y propaganda. Se puede asegurar que no se ha dado entrada a todas las sumas recibidas en Falange…[6]
A pesar de la multiplicidad de metodologías de recaudación de fondos que utilizaron las entidades que adherían a la sublevación militar española, que iban desde suscripciones, colectas en especie y en metálico, la venta de estampillas y postales, y hasta la organización de festivales, la solidaridad a favor del bando sublevado logró una mayor uniformidad que la de sus pares prorrepublicanos. El representante oficioso del general Franco en la Argentina llevó adelante un proceso de centralización de las diversas campañas de solidaridad existentes en el país con el fin de crear un único organismo que se encargara de fiscalizar la recolección de los donativos y de realizar el envío de los recursos hacia la zona dominada por los rebeldes.
En junio de 1937, se estableció la llamada “Suscripción Nacionalista Española” a cargo de un “comité de control” supervisado por el exsecretario de la embajada republicana Francisco de Amat (“Comunicado de la representación…”, 18 de junio de 1937). Uno de los principales efectos de esta medida fue el traspaso de las colectas que realizaba la Junta Nacionalista Española del interior del país, antes dependiente del Centro Acción Española, directamente a la representación del Gobierno de Burgos (Quijada, 1991: 194). No obstante, algunas entidades continuaron desarrollando su labor solidaria de manera independiente, aunque bajo la fiscalización del mencionado comité, como Cruzada Rojigualda para la Infancia Española Necesitada del Centro Acción Española. Mientras que otras, como el Ropero de Santa Teresa de Jesús y Legionarios Civiles de Franco, escaparon a este intento de aglutinación gracias a que actuaban con la anuencia directa de las autoridades sediciosas en la península. Esto les permitió desarrollar proyectos autónomos de gran envergadura, como fue el caso de la construcción de hogares para niños huérfanos que promovió Legionarios Civiles de Franco.
3.3. Legionarios Civiles de Franco (1937-1943)
La institución fundada por Soledad Alonso de Drysdale[7] en abril de 1937 merece una atención especial dado que la labor que llevó a cabo esta singular entidad fue paradigmática, y en gran medida única, en cuanto a los niveles de recaudación económica y difusión propagandística a favor del Gobierno de Burgos desde la Argentina. Según sus propios registros, esta entidad llegó a contar con más de 10.000 socios y envió a la península más de tres millones de pesos (m/n) en concepto de donativos.
El traslado de niños españoles hacia otros países con el propósito de alejarlos de las penalidades de la contienda bélica motivó la creación de colectas específicas entre los núcleos afines a los rebeldes. En este contexto surgió Legionarios Civiles de Franco, una institución creada para socorrer a los huérfanos españoles por medio de la construcción y el sostenimiento de orfanatos en distintos puntos de España. Además de ello, la entidad manifestaba el firme propósito de contener espiritualmente a los infantes. Esta fue una de las preocupaciones principales de la fundadora a la hora de presentarle su proyecto al general Franco, quien autorizó personalmente esta iniciativa (“Legionarios Civiles de Franco…”, 5 de abril de 1937). Para ella, la educación de todos los niños y las niñas por igual era la clave para la “salvación” de la España posbélica, ya que de la contención de las generaciones futuras dependía la “regeneración” del pueblo español:
Educar es la más noble misión de los hombres; ofrecer a la juventud el fruto de su experiencia; grabar en su corazón el santo amor a la Religión y a la Patria, a sus mayores y a la humanidad; cultivar su inteligencia en el sano ambiente de una espiritualidad cristiana y honrada; dar vigor a su voluntad para defender siempre la verdad y la justicia; fortalecer sus energías físicas y con ellas las del alma constituyen la más hermosas de las misiones humanas que todas las personas de bien deben propender a que no se malogren.
Esos millares de varones y mujeres que han quedado huérfanos en España deben ser recogidos y educados en los principios que quedan expuestos, para liberarlos de todos los males que les acechan (“Legionarios Civiles de Franco”, 21 de abril de 1937).
Soledad Alonso de Drysdale creó esta entidad secundada por Rafael Benjumea y Burín, conde de Guadalhorce, y por otras personalidades de la colonia española simpatizantes de la sublevación. Integraban la junta directiva de la entidad Rafael Delgado Benítez, Pablo Masllorens, José Villamarín, Ramón Alcalde, Isidro Bargueño, Ignacio Rodrigo, Rufo Ontoria y Bernabé Pérez Ortiz (Pérez Ortiz, 1940: 45).
Alonso de Drysdale desarrolló una intensa actividad proselitista entre los miembros afectos a la causa con el fin de obtener la adhesión y el aporte económico que sería destinado a la construcción de los orfelinatos. Así lo relataba Bernabé Pérez Ortiz: “Me pidió nombres y direcciones de amigos y compatriotas y no sólo se los di, sino que me sume a ella con entusiasmo y, en su honorable compañía, visitamos los domicilios de aquellas personas de mi amistad” (Pérez Ortiz, 1940: 24). De esta forma, Legionarios Civiles de Franco se fue articulando en torno a una extensa red de contactos personales que los miembros de esta institución fueron movilizando para atraer a los posibles socios y donantes. Gracias a este mecanismo, y a la considerable inversión en recursos de propaganda que Alonso de Drysdale destinó a la causa, la entidad logró un notable y continuo crecimiento de miembros y de capital durante el periodo que duró la contienda bélica en la península.
La fundadora no escatimó en gastos a la hora de promover la divulgación de la obra, los periódicos Juan Español y El Diario Español fueron incesantes difusores de la labor de los Legionarios, a la vez que la institución publicó una revista mensual denominada Por Ellos. Esta revista, además de dar a conocer la misión a favor de los huérfanos, se convirtió en un medio oficial de transmisión del ideario católico del movimiento rebelde en la península (Saborido, 2007). Por otro lado, Alonso de Drysdale también financió una audición radial que se transmitía todos los miércoles por Radio Excelsior a cargo del periodista Carlos Micó y España.
Desde el inicio de la guerra civil, Alonso de Drysdale había colaborado económicamente con la revuelta militar en España. Estas contribuciones realizadas a título personal continuaron en el marco de la obra a favor de los huérfanos españoles por medio de la donación del dinero necesario para el total sostenimiento de la entidad, de tal forma que todos los gastos administrativos, de propaganda y de transporte fueron solventados íntegramente por la fundadora (“Legionarios Civiles de Franco”, 14 de julio de 1937).
Los montos recibidos en calidad de dádivas y el pago de las cuotas de los socios estaban destinados a la construcción de orfelinatos en distintos puntos de la península. No obstante, este proyecto se presentaba como una inversión a futuro, ya que, mientras que se desarrollara la guerra, era inviable la ejecución de las obras. Por ello, puede advertirse que no existió un plan claro para la construcción de los edificios y los sitios en los que estos serían emplazados. En parte, esto se debía a que se necesitaba el permiso de las autoridades locales para iniciar cualquier proyecto. Para obtener las autorizaciones, Alonso de Drysdale, al igual que Pérez Ortiz, debieron recurrir, nuevamente, a la movilización de su red de contactos personales. Este último, por ejemplo, entabló un extenso intercambio epistolar con la Diputación de Burgos con el propósito de obtener la donación de terrenos en la región de la que él era originario (Pérez Ortiz, 1935), para poder levantar allí la obra de los Legionarios:
Como burgalés, he hecho todo lo que de mi parte está para que se construya un orfanatorio en Burgos, pues si bien es cierto que yo he mandado una cantidad para ese fin, también los amigos a quien interesé para reunir la citada cantidad de pesetas que debe llegar a 650 mil, más o menos, desean otra cosa; no obstante lo cual han accedido a mi pedido para que sea Burgos la preferida.
[…] Está, pues, resuelto que se haga en Burgos un orfanatorio, pero es preciso, mejor dicho, necesario que el terreno sea donado por Burgos, y que el reúna las condiciones indispensables de holgura, higiene, sitio estratégico en sus vías de acceso, etc. (Pérez Ortiz, 1940: 230).
Por su parte, Soledad Alonso de Drysdale anunció la obtención de una donación de terrenos en la Diputación de Córdoba y en Santa Cruz de Tenerife, y también se informó el inicio de gestiones con el mismo fin en Galicia, Castilla, Aragón y Navarra (Carvajal, 21 de noviembre de 1938). No obstante, mientras que la guerra continuara y hasta tanto se resolviera la puesta en marcha de las obras, el dinero recaudado iba destinado a engrosar las arcas de la España sublevada, tan necesitada de divisas como lo estaba en el contexto bélico. En función de ello, se acordó depositar parte de los montos recaudados convertidos a pesetas en una cuenta a nombre de la institución directamente en el Banco de España en su sede de Salamanca, para utilizarlo en los fines propuestos, pero una vez concluida la contienda civil (Pérez Ortiz, 1940: 79).
Los Legionarios Civiles de Franco contaron con cinco filiales en el interior del país: Mendoza, Bahía Blanca, Rosario, Santa Fe y San Juan, las cuales recibieron la visita de una delegación integrada por la fundadora y sus seguidores para acompañar la bendición de la bandera y el inicio de las actividades de recaudación. Estas últimas fueron diversas y combinaron distintas acciones, como el cobro mensual de las cuotas, la organización de eventos festivos y la apertura de suscripciones con fines específicos. Entre los festivales más dinámicos y de mayor rendimiento económico organizados por la entidad, se encuentran las “kermeses” realizadas en el Club Alemán de Buenos Aires en diciembre de 1937 y en septiembre de 1938. En estas celebraciones, presentadas como un homenaje a las tradiciones regionales españolas, los simpatizantes de la institución contribuyeron económicamente por medio de la compra de artículos típicos españoles o de subastas entre el público asistente (“La fiesta popular…”, 19 de diciembre de 1937).
Algunas colectas se iniciaron con el objeto de responder a las demandas concretas del ejército. Por ejemplo, en noviembre de 1937, los Legionarios Civiles de Franco iniciaron la “cruzada blanca pro hospitales” con el propósito de adquirir elementos sanitarios y ropa de cama para las instituciones médicas (algodón, vendas, sabanas, etc.) (“Repercusión…”, 4 de noviembre de 1937). Esta iniciativa, al igual que la recolección de mantas y ropa de abrigo que llevaba adelante la FET-JONS, respondía a los requerimientos que, según expresas indicaciones, se les hacía llegar a los adherentes en la Argentina:
Usted ya sabe que por estar en zona roja la mayoría de las fábricas de hilados se escasea en la Nacional de telas para confeccionar prendas de abrigo con destino a las fuerzas, no obstante tener el Estado requisadas todas las fábricas que están en nuestra zona y llevarse el suministro con todo orden e interés.
Le repito pues, que tanto las prendas de abrigo como las divisas extranjeras son los envíos más necesarios para la España Nacional, puesto que en artículos alimenticios no se carece de nada ya que no se puede exportar nada a Madrid y Barcelona que eran los dos mercados que más consumían (Pérez Ortiz, 1940: 111).
El avance de las tropas franquistas también fue generando acciones solidarias con el fin de responder a las necesidades de alimento y reconstrucción edilicia de las regiones conquistadas por el ejército sublevado. Por ejemplo, luego del ingreso de las tropas en Asturias, se constituyó en Buenos Aires la Agrupación Pro Reconstrucción de Asturias bajo la presidencia de Omar Álvarez Balbín (“Fabada en la asociación…”, 20 de junio de 1938). Del mismo modo, cuando los soldados rebeldes ingresaron a Barcelona en enero de 1939, Legionarios Civiles de Franco inició una colecta que en este caso tuvo como prioridad la recolección de alimentos y ropa de abrigo para ayudar a lo que se denominaba como “poblaciones liberadas de España” (“Respondiendo al pedido…”, 5 de febrero de 1939) (imagen 3).
La labor solidaria de Soledad Alonso de Drysdale se vio recompensada con la especial consideración que la cúpula del naciente Estado franquista depositaba en ella y con el reconocimiento que, a través de la Gran Cruz de Isabel la Católica, le hizo llegar el propio general Franco (“Síntesis de la obra…”, diciembre de 1939). Su camarilla de seguidores, así como también los medios de propaganda de los que disponía, ensalzaban su figura constantemente, haciéndola objeto de los más diversos halagos y homenajes. Desde las páginas de la revista Por Ellos y de El Diario Español, se transmitía una imagen grandilocuente de la labor de esta institución, que en gran medida sobrevaloraba el nivel de las contribuciones económicas y simbólicas que se remitían a la península.
Imagen 3. Envío de víveres a Cataluña, febrero de 1939

Fuente: “Respondiendo al pedido…” (5 de febrero de 1939).
La personalidad decidida y resolutiva de la fundadora de los Legionarios en las cuestiones relacionadas con la solidaridad y la administración de las obras a favor del bando rebelde en la península la elevó a un lugar de intermediaria informal entre el “caudillo” y la comunidad española afín de la Ciudad de Buenos Aires, de tal forma que se le confiaron las gestiones necesarias para llevar adelante colectas específicas, como la compra de una “radio emisora extra corta” para agilizar la fluidez del contacto radial con América, y, luego de la guerra civil, para la construcción de las Torres de la Victoria, las cuales serían erigidas en la Basílica de la Virgen del Pilar en Zaragoza:
Y, por ello, conocedor de sus entusiasmos por nuestra España, quisiera que Ud. fuera como una embajadora especial, para pregonar por América esta Cruzada, y que, al igual que antes reclamó la ayuda a nuestra Causa, excitara la generosidad del pueblo argentino para esta conmemoración en piedra, que sería un magnífico monumento a nuestra victoria, a la vez que un altar y un templo a la raza (“Audición Legionarios…”, 1 de junio de 1939).
No obstante, la personalidad de Alonso de Drysdale no siempre fue recibida con tanta deferencia, ni sus acciones a favor del bando rebelde fueron aplaudidas como las más acertadas. A lo largo de su labor solidaria, se encontró con las resistencias provenientes del núcleo falangista, que la consideraba, con razón, “contraria” a la Falange Española. Así lo expresaba Gerardo Riestra, secretario nacional de FET-JONS, por correspondencia al vicesecretario general del partido:
La señora de Drysdale es la creadora, sostenedora y directora de un organismo nacionalista contrario a la Falange los ‘Legionarios Civiles de Franco’. Como los demás `Comités nacionalistas` de América, agruparon a todos los elementos de derechas antifalangistas de Buenos Aires, creando en nuestros compatriotas un confusionismo perjudicial a todas luces para el prestigio de la patria. Han enviado a España dinero: cierto. Posiblemente mucho dinero, pero han causado a la unidad española en aquellos países un daño irreparable.[8]
A la vez que el agregado de prensa y propaganda en Buenos Aires, José Ignacio Ramos, manifestó en más de una oportunidad el desagrado hacia su figura por la forma en la que se arrogaba la administración del periódico El Diario Español.[9] Por su parte, el director del semanario Correo de Galicia, José R. Lence, también se sumó al cuestionamiento de su obra que se generalizó en el año 1943, en el contexto del escándalo por corrupción que envolvió al conde de Guadalhorce.[10] Estas objeciones expresaban dudas sobre ciertos procedimientos de la institución considerados irregulares y fueron denunciados públicamente por el director del semanario gallego. Entre los cuestionamientos se mencionaba que Legionarios Civiles de Franco no era una asociación en términos formales ya que no tenía forma jurídica o legal, que todas las decisiones eran tomadas de manera unipersonal por su fundadora, que no publicaba balances ni movimientos de caja, y que, luego de haber finalizado la guerra, seguía recaudando dinero sin dar a conocer el estado económico de la entidad ni los envíos realizados a España (Lence, 28 de noviembre de 1943). Soledad Alonso de Drysdale intervino rápidamente ante estas controversias comunicándose con el cónsul general de España en Buenos Aires, Mario de Piniés, para aclarar la supuesta falsedad de tales acusaciones por medio de una extensa carta. El cónsul le respondió cortésmente, pero le sugirió que diera por finalizada la obra de los Legionarios en función de los rumores y la “excesiva publicidad” que tenía todo el asunto.[11]
La fundadora de la entidad tomó en cuenta la indicación y convocó al estudio contable Guidi y Cia. para que realizara un informe final de rendición de cuentas sobre la totalidad de la obra benéfica de la institución. El resultado de este informe contable intentó demostrar la inexistencia de las irregularidades de las que se los acusaba y la “exitosa” obra de recaudación económica de Legionarios Civiles de Franco a lo largo de su existencia.[12] No obstante, la decisión de clausurar la entidad fue irrevocable, y esto se llevó a cabo el 10 de noviembre de 1943 en presencia de un escribano público, quien constató legalmente el acto de cierre de la institución y la presentación de la rendición final de cuentas.[13]
La continuidad de la obra a favor de los hogares para los niños huérfanos españoles se mantendría por medio de la intervención directa del Estado español, ya en poder de las armas franquistas. Para ello, se había constituido en la península la Junta de Hogares Infantiles Hispano-Argentinos (Boletín Oficial del Estado, 1943), bajo la presidencia de Francisco Franco Salgado-Araujo (primo y secretario del general Franco), a la cual se habían remitido todos los fondos de la institución.[14] Según el acuerdo establecido con el gobierno español, este se comprometía a incorporar los orfanatos financiados con dichos fondos como miembros del Patronato de Huérfanos de Guerra oficial.[15]
A pesar del abrupto final de una de las instituciones más duraderas y que más logros cosechó a favor de los rebeldes en España en la comunidad española argentina, Soledad Alonso de Drysdale no se retiró de la escena pública y proyectó la creación de una nueva institución con similares fines, pero que en esta oportunidad tendría por objeto la construcción de orfanatos para niños en la Argentina. Las derivas de este nuevo proyecto escapan a los objetivos de este trabajo. No obstante, es posible concluir que la labor de Legionarios Civiles de Franco y, más específicamente, de su fundadora fue en gran medida única, y, así como ella logró granjearse el respeto y la admiración de las altas autoridades rebeldes en la península por su labor solidaria a favor del régimen, también fue objeto de cuestionamientos desde el propio núcleo de adeptos a la sublevación en la Argentina. Estas objeciones terminaron precipitando el final de la institución, antes de que pudiera ver concretada su obra.
3.4. Conclusiones
Las iniciativas que desde Argentina se orientaron a socorrer al bando sublevado en el contexto de la guerra civil en España tuvieron entre sus principales protagonistas a miembros destacados y con gran poder adquisitivo de la colonia española residente en la Ciudad de Buenos Aires y, también, a algunos segmentos del catolicismo y el nacionalismo local. La primera colecta organizada para socorrer a las víctimas de la contienda fue la suscripción a favor de la Cruz Roja Española que lideró la embajada republicana en Buenos Aires. Esta campaña se desdobló rápidamente con una sede en la Asociación Patriótica Española, entidad que pretendía orientar esa ayuda hacia ambos bandos en la lucha a fin de realizar una labor humanitaria sin distinciones políticas. Esta iniciativa ejecutada en colaboración con la Cruz Roja Internacional fue cuestionada por quienes no querían contribuir con el sostenimiento del gobierno republicano. Por esta razón, fueron surgiendo campañas específicamente destinadas a ayudar al bando sublevado. Algunas fueron encauzadas por entidades españolas preexistentes al conflicto bélico, tales como el Centro Acción Española, la Agrupación Monárquica Española y la Agrupación Tradicionalista Monárquica, a las que se sumaron luego organizaciones formadas en el contexto de la guerra, como Falange Española, el Ropero Santa Teresa de Jesús y Legionarios Civiles de Franco.
Si bien todas estas entidades contribuyeron al envío de alimentos, ropa de abrigo y divisas, cada una de ellas se caracterizó por focalizar sus recursos de colaboración en algún segmento específico de bienes, en las necesidades del ejército sublevado o en un sector especialmente vulnerable de la población, como los huérfanos españoles.
En este sentido, el Centro Acción Española se concentró en recolectar dinero, joyas y objetos de valor para enviar a la zona ocupada por los rebeldes, además de crear una agrupación orientada a socorrer a los niños y las niñas españoles. Los “roperos” se focalizaron en reunir abrigo y calzados tanto para adultos como para niños. La Falange Española se esforzó por obtener los recursos necesarios para enviar a los jóvenes dispuestos a integrarse al frente de batalla. Y Legionarios Civiles de Franco movilizó sus redes de contactos para recaudar fondos con los cuales construir y mantener orfelinatos en la península. Algunas de estas entidades enviaron emisarios especiales como portadores de las remesas y donativos, lo que contribuyó a generar un vínculo más estrecho entre las instituciones radicadas en la Argentina y las autoridades rebeldes en la tierra natal. Así, por ejemplo, viajaron a España en calidad de representantes de sus respectivas organizaciones las siguientes figuras: el secretario del Centro Acción Española y presidente de la Agrupación Tradicionalista Monárquica, Martín Echarren; el exagregado militar de la embajada española, el coronel Emilio Fernández Martos; el monseñor Gustavo J. Franceschi; y la fundadora de Legionarios Civiles de Franco, Soledad Alonso de Drysdale.
Esta última entidad fundada por la acaudalada viuda Soledad Alonso de Drysdale y el conde de Guadalhorce se caracterizó por recaudar una gran cantidad de dinero con el propósito de construir y sostener hogares para huérfanos en distintos puntos de la península. El nivel económico de estas recaudaciones quedó expuesto en los informes periódicos que se publicaban en El Diario Español y, al momento del cierre de la entidad, en el informe final de cuentas que dieron a conocer los contadores-auditores del Estudio Contable Guidi y Cia. Con un capital de más de tres millones de pesos (m/n) y más de 10.000 socios activos, la institución debió clausurar su existencia sin haber realizado sus propósitos. Esto en gran medida se debió a que, por la naturaleza misma del proyecto que promovía, este no podría llevarse a cabo en el contexto de la contienda bélica. Es por ello por lo que, en el marco de la guerra, el dinero recaudado fue dirigido a la península con el objeto de proveer de divisas a las arcas de la España sublevada, para que, recién luego de finalizada esta, pudiera ser utilizado en la construcción de los orfanatos. A pesar de las especiales deferencias que tanto el general Franco como Ramón Serrano Suñer tenían para con Alonso de Drysdale, la controvertida figura de la fundadora de los Legionarios no escapó a los cuestionamientos públicos por su labor solidaria.
Para finalizar, es importante destacar que la campaña de solidaridad a favor del bando liderado por general Franco logró una mayor uniformidad que la de sus pares republicanos. Esto en gran medida se debió a la acción del representante oficioso, Juan Pablo de Lojendio, quien promovió la creación de una única Suscripción Nacionalista Española orientada a fiscalizar las recaudaciones y el envío de los donativos que se remitían a España. A pesar de la centralización lograda, esta no fue del todo exitosa, ya que algunos organismos continuaron actuando con un alto margen de autonomía gracias a los vínculos directos que mantenían con las autoridades sediciosas en la península, como fue el caso de Legionarios Civiles de Franco, cuya fundadora mantenía contacto directo con el círculo cercano del general Franco por medio de la correspondencia con su primo y secretario personal, Francisco Franco Salgado-Araujo.
- La comisión quedó conformada del siguiente modo: presidente, Rosendo Martínez (vicepresidente de la Asociación Patriótica Española); vicepresidente, Manuel Murias (presidente de la Asociación Española de Socorros Mutuos de Buenos Aires); tesorero, Faustino Fano (presidente de la Sociedad Española de Beneficencia); secretario, Fermín F. Calzada (presidente del Club Español); vocales, Presentación Ortiz de Bayona, Antonio Polledo (presidente de la Cámara Española de Comercio), Alberto Gutiérrez (vicepresidente de la Institución Cultural Española), José Rodríguez González (presidente del Centro Gallego), Ricardo Casielles (presidente del Centro Asturiano), Eladio Lorenzo (presidente de la Asociación Española de Socorros Mutuos de Avellaneda), José Barnes (presidente del Centro Catalán), David Gil Palacios (presidente del Centro Riojano), Isabel Briones de Sáenz y Elena F. de Fernández (Asociación Patriótica Española, 1936-1937: 3-6). ↵
- AHCA. Embajada en Madrid (en adelante: EM), 1936-1938, caja s/n, exp. 20, “Circular n.º 329 de la Cruz Roja Internacional”, Ginebra, 21/08/1936. ↵
- AHCA. EM, 1936-1938, caja s/n, exp. 20, “Circular n.º 330 de la Cruz Roja Internacional”, Ginebra, 19/09/1936. ↵
- Colegio católico creado en Buenos Aires en 1915 por la Congregación Marista (Hermanos Maristas), fundada por San Marcelino Champagnat (1789-1840) en Francia.↵
- En las listas de donativos se encuentran aportes significativos procedentes de colegios tales como Santa Rosa, Sagrado Corazón de Jesús, Misericordia, Marianista, La Salle, Nuestra Señora de Lourdes y Don Bosco, entre otros. ↵
- AGA. DNSE/FET-JONS, caja n.º 59,“Actuación de Falange Española y de las JONS de la Argentina desde su fundación hasta el 1 de diciembre de 1939”, 1939.↵
- Soledad Alonso nació en Gádor, en la provincia española de Almería en 1899. Se trasladó primero a Francia, en donde conoció a quien sería su marido Eric J. Drysdale, industrial de origen inglés vinculado a la producción ganadera en la Argentina y con quien se trasladó a vivir a Buenos Aires en 1928. Luego de la muerte de su esposo en 1934, quedó amparada por una solvente posición económica y se dedicó a realizar tareas benéficas en distintas instituciones católicas porteñas. En el contexto de la contienda española, se volcó de lleno a las tareas de colaboración a favor del ejército sublevado y fue reconocida por el general Franco con la Gran Cruz de Isabel la Católica en 1938. Luego continuó con sus tareas caritativas, pero concentrando su labor en su municipio natal, en donde actualmente un colegio público lleva su nombre, y en otras zonas de España como Córdoba, Málaga y Granada. Falleció en la Ciudad de Buenos Aires en 1977 (Amate Aguilar, Diccionario biográfico de Almería, s/f.).↵
- AGA. DNSE/FET-JONS, caja n.º 59, Madrid, 13/01/1943. ↵
- AGA. DNSE/FET-JONS, caja n.º 20, correspondencia de José I. Ramos a Miguel Moya, Buenos Aires, 6/07/1941; correspondencia de José I. Ramos a Servicio Exterior de FET y de las JONS, Buenos Aires, 28/06/1943.↵
- El conde era el representante de CHADOPYF (Compañía Hispano Argentina de Obras Públicas y Finanzas), una empresa de capital español que se encargó de la construcción de las actuales líneas C, D y E de subterráneos de la Ciudad de Buenos Aires entre 1933 y 1940. En ese último año, la empresa se declaró en quiebra y, debido a la falta de pago de una gran cantidad de “cédulas de ahorro” que se habían colocado entre pequeños ahorristas en su mayoría de origen español, fue detenido y acusado de defraudación. AHCA. DPE, caja n.º 20, exp. 14 y 15, 1943. ↵
- AGA. CE-Bs. As, legajo n.º 8, correspondencia de Mario de Piniés a Soledad Alonso de Drysdale, Buenos Aires, 20/10/1943.↵
- AGA. CE-Bs.As., legajo n.º 8, informe de auditores Guidi y Cia. 10/11/1943, Buenos Aires.↵
- Se hallaban presentes al momento del cierre de las actividades de la institución Rafael G. Sánchez Díaz, Rufo Ontoria, Omar Álvarez Balbín, Isidro Bargueño, Rodríguez Arias y Alfonso Carvajal. AGA. CE-Bs. As., legajo n.º 8, “Acta de la sesión celebrada por la institución Legionarios Civiles de Franco el 10 de noviembre de 1943 en la ciudad de Buenos Aires”. ↵
- AGA. CE-Bs.As., legajo n.º 8, “A los españoles que han sido socios y cooperadores de la institución Legionarios Civiles de Franco”, s/f.↵
- El colegio/internado Nuestra Señora del Luján (Churriana, Málaga) fue el único establecimiento adquirido por Franco Salgado-Araujo en 1942 y cedido en 1944 al Ministerio del Ejército para la instalación de un Colegio de Huérfanos de Militar. Fue inaugurado en 1949 en una ceremonia a la que asistió el embajador argentino en España, Pedro Radío (Asociación de Huérfanos del Ejército, s/d.).↵








