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4 La movilización femenina: representaciones y prácticas

4.1. Introducción

El amplio fenómeno de movilización femenina que se activó con el inicio de la guerra civil en España (1936-1939) involucró a ambos bandos contendientes y se extendió tanto por dentro como por fuera del territorio español. La participación creciente de las mujeres en las tareas asistenciales y propagandísticas en aras de contribuir al esfuerzo bélico se acompañó de la difusión de una variada gama de discursos normativos sobre el rol que debía asumir el universo femenino ante la guerra (Cenarro, 2006: 15). Este mismo efecto se trasladó hacia la Argentina, en donde la intervención femenina fue fundamental en las agrupaciones de solidaridad que se organizaron en todo el territorio a favor de ambos ejércitos.

Esta intensa movilización política y solidaria resignificó la labor femenina fuera del hogar y, en muchos casos, legitimó su accionar en actividades que le estuvieron vedadas hasta entonces. Si bien muchas mujeres españolas se afiliaban a las instituciones de su comunidad para acceder a las prestaciones médicas y sociales, difícilmente podían participar de los espacios de liderazgo y conducción de las entidades y se limitaban a acompañar la gestión de sus maridos o padres como miembros de las “comisiones de damas” en eventos benéficos o culturales (Cagiao Vila, 2001: 109-110).

El inicio de la contienda civil en España modificaría notablemente este panorama y contribuiría a lograr una mayor politización y participación de las mujeres en el espacio público a partir del despliegue de diversas tareas de propaganda y solidaridad. Aunque este fenómeno afectó a los simpatizantes de ambos bandos por igual, en el caso de los adherentes al ejército sublevado en la península, el llamado a la movilización femenina exigió la readaptación de un discurso tradicional de raíz católica y conservadora que, aunque había incentivado a las mujeres a mantenerse recluidas en el ámbito doméstico, ahora necesitaba de su actuación por fuera del núcleo familiar.[1] Teniendo en cuenta esta aparente contradicción, en este capítulo se analizan tanto las prácticas de solidaridad como los lineamientos discursivos que acompañaron la construcción de un ideal femenino afín al bando sublevado entre las inmigrantes españolas que residían en la Ciudad de Buenos Aires durante la guerra civil.

4.2. El socorro a la infancia española

Al igual que en España, en otras partes del mundo, la guerra amplió significativamente el radio de acción femenino por fuera del hogar. Las mujeres que se solidarizaron con alguno de los dos bandos en pugna desde la Argentina no tuvieron que sufrir los padecimientos propios de la guerra, pero, de igual manera que sus congéneres españolas, comenzaron a dedicar su tiempo y esfuerzo a colaborar con las tareas de contención y socorro.

En la “retaguardia americana”, las mujeres contribuyeron al soporte de la causa respectiva por medio de su participación en las entidades que recolectaban recursos para ser enviados a la península. Múltiples investigaciones han señalado que la intervención femenina fue fundamental para llevar a cabo estas tareas de solidaridad (Allende, Boido y Galiñanez, 2011: 109-122; Montenegro, 2002; Quijada, 1991: 129-178). No obstante, han sido pocos los estudios que se concentraron en analizar los pormenores de esa participación, tanto de mujeres argentinas como españolas, en el marco de esta guerra (Ardanaz, 2013; 2017; Boragina, 2012; Casas, 2016).

A partir de estos trabajos, es posible advertir que, a pesar de las profundas diferencias políticas e ideológicas que separaban a los dos bandos, en ambos movimientos de solidaridad las mujeres desempeñaron roles semejantes, asociados a la extensión pública de las tareas realizadas en el ámbito doméstico, tales como el cuidado y la contención, las manualidades y el asistencialismo.

En el marco del movimiento solidario prorrepublicano, se constituyeron iniciativas de socorro femenino como la Comisión Argentina de Mujeres Pro Huérfanos Españoles y la Agrupación Femenina Pro Infancia Española (Ardanaz, 2017), las cuales contaron con numerosas integrantes y filiales diseminadas por todo el país. Las “secciones femeninas” de las instituciones españolas de reconocida militancia republicana en la Ciudad de Buenos Aires, como el Centro Republicano Español y la Federación de Sociedades Gallegas, también formaron parte activa de este vasto y dinámico movimiento de solidaridad (Díaz, 2007: 86-87; Montenegro, 2002: 31-32).

En el seno del núcleo profranquista de Buenos Aires, la movilización femenina se articuló, casi exclusivamente, en torno al cuidado de la infancia española. Estas campañas surgieron en abril de 1937 como una reacción a las expediciones de evacuación de niños y niñas que organizó el Ministerio de Instrucción de la II República con el objetivo de alejar a los más pequeños de los padecimientos de la contienda (Zafra, Crego y Heredia, 1989: 36-37).

El Centro Acción Española fue una de las primeras instituciones en crear una colecta específicamente destinada al socorro de la niñez española: la Cruzada Rojigualda para la Infancia Española Necesitada (CRIEN). Esta agrupación se encargó de recaudar elementos en especie para enviar a las zonas ocupadas por el ejército sublevado en la península (víveres, juguetes, medicamentos y ropa) y organizó el trabajo femenino en un taller de reparación y confección de prendas de abrigo y calzado:

En este trabajo anónimo, pero tan cordial, tan femenino, tan maternal, tan español por el ritmo de tantos corazones unidos a favor de los niños, tenemos gran confianza. De él esperamos que, en unión con las demás damas de toda Hispanoamérica, como en un rosario de corazones generosos, en una cruzada sin nombres, que pudieran hablar de vanidades, y con alma de madres, que es la mayor fuerza que existe en el mundo, los niños españoles se salven del infierno soviético, con lo que se contribuirá poderosamente a afianzar el glorioso porvenir de esta España que renace bajo el sacrificio de sus hijos auténticos (“Cruzada rojigualda…”, 22 de abril de 1937).

También proliferaron los llamados “roperos” en el seno de las agrupaciones católicas y monárquicas. Fueron varios los que se constituyeron en la Ciudad de Buenos Aires, por ejemplo, el Ropero de Santiago Apóstol, organizado por la sección femenina de la Agrupación Tradicionalista Española y presidido por Paz Avedaño de Pérez Tort, y el Ropero Santa María de Buenos Aires, fundado en octubre de 1938 por Juana Soage de García Soage (“Ropero Santa María…”, 2 de octubre de 1938).

Por su parte, la sección femenina de la delegación local de FET-JONS en Buenos Aires también contribuyó activamente con estas acciones de socorro a la infancia por medio de la recaudación obtenida en los “platos únicos” y de la adhesión a la colecta del Auxilio de Invierno. La colaboración económica no fue la única vía que se implementó para socorrer a los niños desamparados desde el falangismo, sino que también se instituyó el denominado Socorro Azul, una campaña en la que las mujeres tenían el papel protagónico. En esta colecta, además de abonar una suma mensual de quince pesos (m/n), las damas podían colaborar convirtiéndose en las “madrinas” simbólicas de algún niño y acompañando su crecimiento con una esmerada atención por correo postal:

… ostentareis el honroso título de Madrina Azul, con la obligación de escribir a vuestro ahijado o ahijada, estimulándolo cariñosamente, haciéndole ver que, aunque perdió a sus padres, hay alguien que al otro lado del mar, se preocupa de su vida (“Madrina azul”, 3 de abril de 1937).

Durante los meses de mayo y junio de 1937, participaron de esta colecta un promedio de entre 40 y 45 mujeres (“Centuria de Madrinas…”, 18 de julio de 1937).

Del mismo modo, este rol simbólico asociado a la contención afectiva y emocional que podían ofrecer las mujeres residentes en América a los niños y las niñas a través de la comunicación postal fue trasladado hacia los varones adultos que se encontraban en el frente de batalla. En las páginas del semanario falangista era frecuente hallar pequeñas misivas de soldados españoles que solicitaban el intercambio de correo con “madrinas de guerra” que residieran en Argentina (“Tres camaradas solicitan…”, 11 de diciembre de 1937).

A pesar de las reticencias que aún predominaban en cuanto a la presencia de la mujer en la esfera pública, la actuación femenina en estos espacios de solidaridad fue abriendo el camino para el surgimiento de nuevas formas de participación política y de un renovado ejercicio de la ciudadanía. Además de integrar, gestionar e incluso liderar muchas de estas iniciativas solidarias, algunas mujeres españolas comenzaron a desempeñar un rol mucho más activo en el marco de estas campañas de colaboración. La aparición de figuras femeninas emblemáticas, que se convirtieron en defensoras públicas de una u otra causa en la prensa y la radiodifusión, contribuyó a generalizar la difusión de discursos normativos que se orientaron a encuadrar la actividad femenina durante la guerra.

En lo que sigue, se propone, por un lado, identificar algunos de los significados atribuidos a la feminidad que circularon en los medios de prensa de la comunidad española afines a la sublevación militar durante la contienda. Y, por el otro, reconstruir en esos medios la labor proselitista de una de las figuras más representativas de ese universo femenino de confesionalidad católica que colaboró activamente con la campaña de ayuda al ejército sublevado en España desde Buenos Aires.

4.3. Representaciones de la mujer y lo femenino

Una de las primeras novedades que trajo la guerra civil sobre la reconfiguración del género fue que la feminidad se definió tanto por oposición a la masculinidad, como frente a otras mujeres (Cenarro, 2017: 97). El antagonismo con aquellas que defendían la causa republicana se evidenció en la prensa afín a la sublevación española que se publicaba en Buenos Aires por medio de los continuos ataques a la figura de la “mujer miliciana” (“Las mujeres en la guerra”, 19 de agosto de 1936). Considerada un emblema de la “desnaturalización” femenina, las mujeres que portaban armas y mostraban orgullosas su determinación a morir por la causa de la república eran continuamente denigradas y señaladas por un comportamiento que las acercaba a lo peor del universo masculino:

Pone espanto considerar hasta qué punto han transformado el alma de muchas mujeres españolas esas ideas rojas que así han destrozado todas las cualidades femeninas, haciendo en cambio brotar en aquellas todas esas pasiones de odio y destrucción en que hoy rivaliza con el hombre y le aventaja la mujer de España (“Las ideas rojas…”, 28 de septiembre de 1936).

La presencia de mujeres rusas como combatientes del bando republicano también contribuyó a reforzar estos estereotipos negativos y a concretar el “extrañamiento” del adversario ocurrido en la zona dominada por la sublevación. Allí, el enemigo era ante todo un extranjero, un ser ajeno a la identidad nacional al que se le asignaba una serie de atributos nocivos (Sevillano Calero, 2013: 31-32). En este marco, las mujeres que actuaban en las milicias republicanas fueron despojadas de sus rasgos femeninos y vinculadas a una invasión extranjera:

[la] Mujer fue siempre símbolo y emblema de dulzura, de consuelo, de bondad de algo delicadamente maternal en todo momento para los hijos de España […] si ahora resuenan en España gritos de muerte de labios de mujeres y de mujeres no españolas, es porque quienes los alientan, los consienten y los fomentan no son de España, ni el nombre de españoles merecen (“Las mujeres extranjeras…”, 29 de abril de 1937).

Así como este era el reverso negativo de la actuación femenina, también existían ejemplos representativos de cuál debía ser la “verdadera” misión de la mujer durante la contienda. Es sabido que el inicio de la guerra en España dio lugar a la aparición de nuevos modelos de feminidad que coincidieron en torno al ideal de “madre patriótica” (Cenarro, 2017: 94). A pesar de sus profundas diferencias, tanto republicanos como franquistas evitaron cuestionar el modelo de género tradicional y confinaron a las mujeres a la retaguardia, en donde el cuidado y el ejercicio de la maternidad condensaron las funciones primordiales que se le asignaron al universo femenino (Blasco Herranz, 2013: 191; Cenarro, 2006: 165).

En los núcleos afines a la sublevación española, se recuperaron elementos doctrinarios de raíz católica para tratar de teorizar y encuadrar la labor femenina durante la guerra. Desde principios del siglo xx, algunos de los sectores más dinámicos del catolicismo habían intentado asignarle un rol mucho más activo a la mujer con el propósito de hacer frente a los nuevos desafíos que proponía la era moderna (Blasco Herranz, 2007; Mauro, 2014; Zanca, 2015). De este modo, se permitió cierta atenuación del encierro doméstico femenino y se habilitó la práctica de una suerte de “maternidad social” en el espacio público (Arce Pinedo, 2005: 258-260). Según ella, las mujeres debían extender sus funciones maternales desde el fuero íntimo del hogar hacia el conjunto de la sociedad por medio de la realización de tareas benéfico-asistenciales. Esta acción solidaria no solo podía ayudar a contener las crecientes problemáticas sociales que acarreaba el avance del capitalismo y la modernidad, sino que, también, podía aportar a la “recristianización” de la sociedad a partir de la difusión de una serie de “virtudes femeninas” asociadas al ideario católico (abnegación, espíritu de sacrificio, obediencia, piedad religiosa, pudor, sumisión, docilidad, etc.). La investigadora Inmaculada Blasco Herranz (2007) señaló que, al despuntar el siglo xx, una parte del catolicismo asimiló que el reformismo social era la vía idónea para la participación de las mujeres en la esfera pública. Esta aceptación ayudó a difundir dos ideas nodales entre la población femenina de confesionalidad católica: por un lado, que la mujer era efectivamente un “sujeto de derecho político”; y, por el otro, que ese activismo católico representaba una genuina propuesta de ciudadanía política femenina (p. 227).

En Buenos Aires, la movilización solidaria de las españolas retomó algunas de estas ideas sobre la responsabilidad que le correspondía al mundo femenino en el ejercicio de la maternidad y el rol activo que debían asumir a través de ella. Los grupos conservadores y católicos de la emigración peninsular nucleados alrededor de las agrupaciones monárquicas y del Centro Acción Española incorporaron algunas de estas concepciones sobre el rol que debía asumir la mujer española residente en América. Una finalidad que se plasmaba de manera clara en instituciones como la CRIEN del Centro Acción Española o Legionarios Civiles de Franco, en donde la actividad femenina estaba especialmente abocada a la contención infantil. En esta última entidad, además, la figura de la fundadora, Soledad Alonso de Drysdale, se convirtió en el emblema femenino del sacrificio y la generosidad maternal que se le requería a la mujer española en esos momentos de crisis:

Estará esa madrecita candorosa y sensible, saturada del espíritu de la señora Alonso de Drysdale, y transmitirá la sonrisa y la caricia de la madre ausente, alejada, que vive en la Argentina, a los niños asilados y protegidos por la bondad infinita de todas las madres que han respondido al llamado de la señora Soledad Alonso de Drysdale, admirada y bendecida desde las galerías llenas de luz y de alegría por los miles de rostros infantiles (Del Castillo, 5 de septiembre de 1937).

Desde las páginas de El Diario Español y Acción Española, también se consolidó un discurso orientado al público femenino con un claro sesgo maternalista. Según estas publicaciones, las mujeres debían defender la sublevación en España no por consideraciones de índole política o ideológica, sino por cuestiones de índole emocional y moral. Se instaba a las mujeres a desarrollar las tareas de protección y cuidado de la infancia española con el fin de responder a las demandas de socorro que requería la “salvación de la patria” en esa hora de peligro (Casanova, 4 de junio de 1937). Esta labor era considerada un ejercicio de reparación, casi una “penitencia”, luego de los efectos que el ideal femenino de los años republicanos había ocasionado al empujar a las mujeres a la actividad política:

Vastas zonas especialmente después de la concesión del voto femenino, se han lanzado perdidamente hacia una política activa que es, tal vez, la que ha acarreado mayores daños a España. […]. Ignorando toda experiencia política fascinadas por un deseo de nueva vida y un poco también por reacción a toda su vida pasada las mujeres han aportado a los partidos rojos y al Frente Popular una abundante masa de votos (“La misión de la mujer…”, 2 de mayo de 1937).

Por su parte, la sección femenina del partido FET-JONS mantuvo una actividad intermitente durante los años que duró la guerra. Esta agrupación se formó en enero de 1937 con la llegada a Buenos Aires de María A. de Echeverría, quien, a los pocos meses, debió abandonar su puesto por problemas graves de salud y fue reemplazada por Marina D. de García Helguera y luego por Carmen Ponce de León Lafita (“Bienvenida”, 23 de enero de 1937).

Aunque, en el semanario Falange Española, se hablaba constantemente sobre el rol que debía asumir la mujer durante la guerra y no faltaron artículos aleccionadores sobre su misión en la retaguardia, la “sección femenina” no tuvo un espacio de difusión propio en las páginas de esa publicación. La prensa falangista en Buenos Aires reproducía las directrices del partido sin atender a las especificidades de la realidad americana (“La mujer y Falange”, 21 de noviembre de 1936). Fue recién en la última y breve publicación de FET-JONS editada en la Argentina, el semanario ¡Arriba! (1938), en la que se incluyó una figura femenina en la redacción a cargo de la sección denominada “Misión de mujer” (Nevares, 11 de abril de 1938). No obstante, al igual que lo que ocurría en las publicaciones de la península, los discursos giraron en torno a la valoración de la “abnegación” como una virtud eminentemente femenina que ahora era compartida con los miembros varones del partido (Cenarro, 2017).

Las fotografías sobre la labor de las mujeres que circularon en estos medios de prensa también apuntalaron la imagen de una fémina activa y comprometida durante la guerra, pero que cumplía con sus tareas de socorro y cuidado desde la retaguardia. El despliegue de las cualidades maternales se orientaba a brindar contención a los huérfanos y alimentos y prendas de abrigo a los necesitados y a aliviar el dolor de los heridos. Las imágenes procedentes de España señalaban con seriedad el propósito asistencial del trabajo femenino como paliativo para afrontar los graves padecimientos que generaba la contienda.

En cambio, muchas de las fotografías que se producían en Buenos Aires transmitían una impronta más relajada, incluso cercana a lo festivo, producto de la distancia que se mantenía con la realidad bélica. Las reuniones de las inmigrantes españolas en los eventos benéficos mostraban a las participantes bien vestidas y sonrientes, disfrutando del momento, a pesar de la tragedia que lo convocaba (imagen 4). En sí, esas reuniones sociales podían convertirse en espacios concretos de intercambio y acción femenina con fines solidarios y políticos, pero también eran momentos de encuentro y distensión, de apertura de la reclusión doméstica y de subterfugio de las tareas del hogar. En este sentido, la sociabilidad femenina que se articulaba en torno a las prácticas de solidaridad frente a la guerra no solo habilitaba la identificación y el compromiso de las mujeres con los ideales por los que se luchaba en España, sino, además, el ejercicio social de una feminidad activa que nucleaba voluntades con otras mujeres y propiciaba su intervención activa en el espacio público.

Imagen 4. Integrantes de la Sección Femenina de FET-JONS de Buenos Aires

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Fuente: “La sección femenina…” (12 de junio de 1937).

Es posible aseverar que, en el marco del conflicto bélico en su tierra de origen, las mujeres españolas que residían en la Argentina pudieron ver legitimadas su salida del hogar y su actuación en el espacio público por medio del desempeño de una acción creadora y solidaria sin precedentes en el asociacionismo inmigratorio español. A su vez, también pudieron reconocerse a sí mismas como “sujetos políticos” (Blasco Herranz, 2007: 227), en tanto muchas de ellas se integraron, tal vez por primera vez, en conglomerados políticos definidos que luchaban por una causa que traspasaba las fronteras. Sin embargo, es importante señalar que estos discursos fueron ambivalentes desde sus orígenes: al mismo tiempo que convocaban activamente a la participación femenina en la esfera pública, reforzaban los atributos convencionales y decimonónicos asignados a su género (Cenarro, 2017). Al finalizar la contienda bélica, el proyecto nacionalizador del franquismo trataría de fortalecer el rol maternal de la mujer como figura clave para la reproducción de los lineamientos políticos y religiosos del régimen, pero confinándolas nuevamente al ámbito doméstico (Blasco Herranz, 2014).

4.4. Una voz a favor de Franco

En esta sección se abordará la labor de una de las figuras más representativas del universo femenino en las campañas de ayuda al ejército sublevado en España desde Buenos Aires. Se analizarán los discursos articulados por María Teresa Casanova, quien mantuvo una prolífica carrera en el periodismo escrito, pero también ante los micrófonos de Radio Excelsior, Radio Mayo, Radio Prieto y Radio Cultura, en donde se desempeñó como directora y locutora de diversas audiciones radiales de temática política y cultural (imagen 5). Esta joven publicó sus contribuciones escritas en Acción Española y ejerció como secretaria de redacción en El Diario Español y Juan Español. Sus colaboraciones no solo se publicaron en la prensa inmigratoria, sino que también participó del equipo de redacción de La Razón, Estampa, Aquí está y Maribel y en 1944 editó un libro centrado en la biografía de la reina Isabel la Católica (Casanova, 1944).

La prolífica producción escrita que dejó Casanova en su faceta periodística permite analizar los rasgos fundamentales que fue adquiriendo su discurso sobre la femineidad a lo largo de su carrera. Esta concepción, que fue clave en toda su línea argumental, se vinculaba estrechamente con los lineamientos políticos, sociales y morales que dictaminaban la religión católica y el régimen franquista para España y su retaguardia en América Latina. Esta construcción de la femineidad cristiana confrontaba directamente con el “feminismo laico” que, en el periodo de la II República, había logrado notables avances en cuestiones de emancipación y acceso a derechos políticos y sociales (Arce Pinedo, 2005: 264).

Imagen 5. María Teresa Casanova en la audición “Habla España”

Fuente: “‘Habla España’ recordó el día…” (2 de mayo de 1937).

El discurso de Casanova se orientaba especialmente a las mujeres americanas y españolas que comulgaban con el movimiento rebelde en la península por cuestiones de índole moral y emocional. La escritora les hablaba genéricamente a las mujeres en cuanto “madres” y las instaba a desarrollar con abnegación una ferviente tarea de protección sobre la “patria” y la “nación” en peligro. Por ello, les solicitaba un compromiso “patriótico” activo que las ausentaba momentáneamente del hogar para responder a las demandas de socorro y contención que requería la contienda (Casanova, 4 de junio de 1937).

De todos los flagelos posibles, la crisis que se vivía en el orden espiritual era el más grave de afrontar para la escritora española; por ello, consideraba necesaria la propaganda activa con el fin de revertir ese estado de “degeneración moral” en el que habían caído las integrantes del mundo femenino, desviadas de su “senda natural” y atraídas por “espejismos y torpes sugestiones”, que acabaron desequilibrando a la sociedad (Casanova, 4 de septiembre de 1937). En este sentido, el pensamiento de Casanova reproducía el principio básico de la tradición católica sobre el género: existía desigualdad y complementariedad entre los sexos, a la vez que subordinación de la mujer al marido dentro del matrimonio, todo ello derivado de una concepción organicista de la sociedad (Ortega López, 2010: 215-216).

No obstante, su visión sobre las transformaciones del mundo moderno no llegó a ser completamente negativa, ya que reconocía con entusiasmo el derecho que asistía a las mujeres para desenvolverse en el ámbito educativo e intelectual. Según la periodista, el principal problema radicaba en el acercamiento a la política y en el abandono de las labores y el cuidado del hogar, allí en donde debían ser las “reinas”:

… porque mal que nos pese, nuestro triunfo radica en nuestra feminidad: el hogar es por excelencia nuestro reino y el único sitio donde el hombre llega a ser nuestro vasallo.
El arte y las ciencias abren sus puertas a la mujer moderna, que entre en sus recintos sin temores, su sensibilidad es casi una garantía de éxito y el arte y las ciencias tendrán en ella una gentil colaboradora, pero que huya instintivamente del terreno, harto árido de la política (Casanova, 7 de febrero de 1937).

Las directrices del comportamiento femenino que Casanova preconizaba en el contexto bélico español fueron cambiando progresivamente a medida que en España también se modificaba la situación política y el nuevo régimen dictatorial requería otro tipo de esfuerzos por parte de las mujeres españolas. En la inmediata posguerra civil, al deber maternal se le añadió una responsabilidad de mayor envergadura: la perpetuación de las “virtudes de la raza” (Casanova, 2 de mayo de 1940). Retomando una elaboración teórica ya presente en el arco discursivo de las derechas españolas de entreguerras, las “verdaderas mujeres de España”, es decir, las católicas y antirrepublicanas, comenzaron a ver exaltadas toda una serie de virtudes femeninas “propias de su sexo”, tales como obediencia, discreción, delicadeza, decencia, devoción y orden (Ortega López, 2010: 217-218). Según Casanova, estas cualidades formaban parte de un arquetipo femenino presente en la historia española desde hacía siglos. Las mujeres peninsulares, abnegadas pero valientes y siempre dispuestas al sacrificio, salían del hogar cada vez que se las necesitaba para desarrollar su tarea crucial en la “regeneración” de la patria española (Casanova, 2 de mayo de 1942). Los exponentes más notorios de estas cualidades femeninas fueron la reina Isabel, Santa Teresa de Jesús y Agustina de Aragón, entre otras:

La mujer española que mira desde las puertas del hogar deslizarse la existencia, aparece en la historia, cuando siente el imperioso llamamiento de una voz que viene del más allá misterioso, donde se elabora la savia de la raza. Entonces, la mujer se transfigura, y sin perder su personalidad se agiganta, nada le arredra, ni el temor a lo desconocido, ni el miedo al fracaso, ni la magnitud del esfuerzo, y es que pesa las acciones con la balanza del corazón (Casanova, 2 de mayo de 1941).

Sin embargo, una vez concluida esta labor, las mujeres debían retornar a su lugar de origen y “colaborar en este renacer de España, apuntalando con base firme el santuario del hogar”, para que el Estado pudiera “desarrollar con éxito su obra constructiva” (Casanova, 2 de mayo de 1942). Este cambio de tono fue fomentado desde la península por las agrupaciones católicas y la sección femenina de FET-JONS bajo la dirección de Pilar Primo de Rivera, las cuales instaron a las mujeres a alejarse del espacio público y a retornar a sus labores en el seno familiar, pero siempre tuteladas bajo un rígido encuadramiento ideológico y formativo (Arce Pinedo, 2005: 270-272).

Siguiendo estas directrices, Casanova adhirió a esta progresiva despolitización del género femenino luego de años de movilización y participación activa en el espacio público con motivo de la guerra. Su discurso comenzó a despojarse de los componentes combativos y las referencias explícitas a la contienda civil y a sus efectos en España. Los periódicos en los que publicaba con asiduidad iniciaron bajo su pluma una serie de secciones femeninas de tono trivial y hogareño. En El Diario Español, desde septiembre de 1939, se encargó de la página “Para mujeres solamente”, que en enero de 1940 se convirtió en “La moda, la mujer y el hogar”. En Juan Español, escribió en las secciones “Temas femeninos” (1941), “Cuentas de mi rosario” (1942), “Páginas femeninas” (1943) y “Páginas del hogar” (1944). En todas ellas, llevó adelante una escritura liviana y carente de contenido político, sus temas discurrían en cuestiones relativas a la moda, el maquillaje, la crianza de los hijos, la “psicología femenina” y el cuidado del hogar.

Además de este tipo de artículos, la producción escrita de la periodista española también incorporó nuevas líneas de desarrollo. Al compás de la difusión de la noción de “hispanidad” que tanto promovía el régimen dictatorial español como mecanismo de acercamiento hacia América (González Calleja y Limón Nevado, 1988), la escritora se sumó a ese esfuerzo teórico por darle cierta coherencia y continuidad al legado histórico y cultural de España en el nuevo continente: “La hispanidad de América es obra del esfuerzo de los españoles emigrados, en quienes se aúnan el espíritu de amor a la patria lejana, con el del trabajo y el afecto a la tierra adoptiva” (Casanova, 28 de junio de 1941). En esta línea, y aprovechando su designación como corresponsal para cubrir la celebración del Primer Congreso de Cultura Hispanoamericana, reunido en la ciudad de Salta en 1942, comenzó a recorrer distintas provincias del país y a publicar una serie de contribuciones de temática cultural en las que intentaba rescatar la herencia colonial española presente en el norte argentino (Casanova, 12 de octubre de 1942).

De este modo, Casanova procuró reconfigurar su rol de mujer española en la retaguardia americana, en primer lugar, contribuyendo a difundir un arquetipo de femineidad que, por un lado, se ajustaba a los lineamientos doctrinarios y tradicionales del catolicismo y, por el otro, desarticulaba la mayoría de los logros obtenidos en materia de avances por la emancipación femenina durante la II República. En segundo lugar, colocaba al servicio del nuevo régimen dictatorial español una retórica reivindicatoria del rol de la mujer que aplacaba la movilización y la creciente politización femenina conseguida durante los años de la contienda, intentando recluirlas nuevamente en el ámbito doméstico. Y, en tercer lugar, se abocaba a apuntalar la construcción española del discurso de la hispanidad por medio de la búsqueda de la herencia colonial presente en la Argentina. Una estrategia discursiva que se orientaba a reunir a España, en cuanto “madre”, con sus “hijas legítimas”, las naciones hispanoamericanas.

4.5. Conclusiones

La solidaridad que llevaron adelante muchas mujeres en favor del bando sublevado durante la guerra civil pudo haber funcionado como un disparador de nuevas prácticas de sociabilidad y de participación política para muchas españolas en el marco de su experiencia inmigratoria. Los organismos de solidaridad que convocaron a la participación femenina durante la contienda, si bien contribuyeron a reforzar un rol tradicional fijado al género femenino, asociado al ejercicio de la maternidad y a las funciones de contención y cuidado, también lograron movilizar activamente a toda una porción de la población que durante mucho tiempo había permanecido distanciada, o al menos invisibilizada, dentro de las entidades que apelaban a la pertenencia territorial española.

La actividad que se le impuso al universo femenino por medio de los constantes llamados a la solidaridad, sobre todo en relación con las necesidades de la infancia española, contribuyó a otorgarles no solo visibilidad en el espacio público, sino, también, agencia real sobre lo que acontecía tanto en el país de origen como en su destino emigratorio. Desde allí pudieron desplegar un abanico amplio de actividades que iban desde las más tradicionales asignadas a su género, como coser y tejer prendas de abrigo, hasta administrar y gerenciar la recaudación y el envío de bienes materiales a la península. Las mujeres españolas comprometidas con el sostenimiento de la fracción sublevada del ejército peninsular desde Buenos Aires articularon una batería de iniciativas solidarias con el fin de socorrer a la infancia. Con ese objeto, se crearon organismos específicos como la Cruzada Rojigualda para la Infancia Española Necesitada, del Centro Acción Española, los “roperos” de las agrupaciones monárquicas y tradicionalistas, el Auxilio Social de Falange Española y los Legionarios Civiles de Franco.

Del mismo modo que la presencia femenina en el ámbito público se hacía cada vez más notoria, también comenzaron a aparecer las voces propias, las de aquellas mujeres que no solo se comprometieron con lo que sucedía, sino que, también, contribuyeron a difundir discursos normativos sobre la actuación de la mujer en el marco de la guerra. Estos discursos, que circulaban en los medios de prensa afines a la rebelión militar en la península desde Buenos Aires, se emparentaron con los lineamientos del “feminismo católico” en ascenso desde principios del siglo xx. En este marco, y tal vez por primera vez, muchas mujeres se vieron convocadas a salir de su hogar y a organizar el trabajo colectivo en el espacio público. Algunas de ellas ganaron popularidad y protagonismo dentro de estos segmentos y se constituyeron en referentes insoslayables de todo ese esfuerzo solidario, como fue el caso de María Teresa Casanova.

Por medio de la voz y la pluma de esta periodista, las mujeres argentinas y españolas fueron objeto de un discurso especialmente dirigido hacia ellas. Casanova participó de esta arenga a favor de la movilización femenina que caracterizó a los años de la guerra. No obstante, este llamado se producía desde un lugar circunstancial de reivindicación de la función maternal y moral de la mujer en ese momento de crisis. Al finalizar la guerra, su discurso también se transformó, en la medida que el régimen dictatorial ahora requería otro tipo de esfuerzos por parte del género femenino. Acompañando la desmovilización política y social de la posguerra, así como también la nueva reclusión de la mujer en el ámbito doméstico, Casanova comenzó a despojar su discurso de los contenidos combativos que lo caracterizaron para pasar a reproducir artículos de tono trivial y hogareño en los medios en los que publicaba.

De este modo, la periodista siguió las líneas directivas del nuevo adoctrinamiento femenino en la península, el cual pugnaba por el regreso de la mujer al hogar y su sometimiento a la voluntad del marido. La tónica y el contenido de su discurso se amoldaron a ello, de tal forma que contribuyó a la difusión de un nuevo sentido de la femineidad hispana que se asoció al ejercicio de las virtudes cristianas (abnegación, obediencia, docilidad y sacrificio), identificadas en las vidas ejemplares de las grandes féminas que caracterizaron a la historia española, como la reina Isabel la Católica y Santa Teresa de Jesús, entre otras. En paralelo a este cambio de registro discursivo, vacío ya de cualquier contenido político, Casanova también se propuso contribuir a la construcción del discurso de la “hispanidad” a partir de la búsqueda de la herencia colonial española presente en el territorio argentino en la arquitectura, el arte, las costumbres y la cocina regional, etc.


  1. Se reconoce al género como una construcción social cambiante signada por un conjunto de normas y comportamientos sociales y psicológicos que se estipulan para cada sexo y a partir de los cuales se reproducen relaciones significantes de poder (Scott, 1999: 65).


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