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7 La radiodifusión y los actos públicos

7.1. Introducción

Al promediar la década de 1930, desde hacía tiempo que el espacio público de la Ciudad de Buenos Aires se había convertido en un marco propicio para la realización de multitudinarias manifestaciones de distintos signos políticos y sociales (Lobato, 2011). Los trabajadores ya no eran los únicos interesados en utilizar el espacio urbano como un escenario privilegiado para la canalización de sus demandas por medio de actos callejeros. En este periodo, los núcleos nacionalistas y católicos tuvieron una presencia cada vez más activa en las calles y se mostraron capaces de congregar a un amplio número de adherentes en sus actos, que iban desde misas y peregrinaciones, hasta mítines y eventos conmemorativos (Rubinzal, 2012). A su vez, crecía en importancia la radiodifusión como medio de comunicación y propaganda. Durante la contienda civil en España, ambos bandos reconocieron rápidamente el valor que tenía promover estas herramientas de difusión, no solo con fines informativos, sino, fundamentalmente, propagandísticos.

En este capítulo se estudia, por un lado, la singular interacción de elementos religiosos y políticos que se produjo en algunos de los eventos públicos organizados por los simpatizantes del franquismo en Buenos Aires y la evolución de estos conforme se desarrollaba la contienda, y, por el otro, las características que adquirieron las audiciones radiales patrocinadas por estos sectores durante la contienda. Además, se examina cuál fue el rol del Estado argentino ante esta activa movilización profranquista que se generó en el ámbito público durante la guerra civil y que derivó en la implementación de nuevas normativas y estrategias de control del espacio público y la radiodifusión para tratar de evitar posibles altercados entre los bandos en pugna.

7.2. Las audiciones radiales a favor de la sublevación

En la Argentina de entreguerras, el moderno fenómeno de la radiodifusión despertó el creciente interés de los oyentes, de las empresas y del Estado nacional. Desde mediados de la década de 1920, el poder político comenzó a intervenir en el ámbito radiofónico como entidad reguladora, considerando a la radiofonía como un servicio público sobre el cual debía ejercerse algún tipo de control gubernamental (Agusti y Mastrini, 2005: 29-51). Algunos sectores católicos y de la derecha política argentina intentaron instrumentalizar la radio como una herramienta educativa, cultural y moralizante para los sectores populares. Estos propósitos se transmitieron a las primeras normas que implementó el Estado argentino en esta materia (Matallana, 2006a: 97; 2006b: 158).

Hacia 1938 se contabilizaba un promedio de 800.000 aparatos de radio que funcionaban en el país (Comisión de Reorganización de los Servicios de Radiodifusión, 1939: 451). Según las estimaciones realizadas por Andrea Matallana (2006a), cerca del 60 % de la programación radial que se emitía en la Ciudad de Buenos Aires era musical. Los noticieros e informativos representaban el 11 % de las emisiones, los radioteatros, el 9 %, mientras que los programas pertenecientes a las colectividades de inmigrantes ocupaban el 6 % de la grilla. En mayo de 1937, de las 40 audiciones radiales de extranjeros que se emitían en la Argentina, 10 de ellas eran españolas, 5 alemanas, 5 italianas y 4 francesas (“Audiciones extranjeras…”, 22 de mayo de 1937). Teniendo en cuenta estos últimos datos, y siguiendo la hipótesis de Matthew Karush (2013), es posible reconocer el lugar destacado que ocupaban esos espacios de difusión para estos grupos migratorios. La comunicación por medio de las ondas era crucial tanto para la propagación de ideas y debates, como para el fomento de la recreación colectiva; por ello, podía contribuir a la construcción de las identidades, los valores y las aspiraciones de los inmigrantes y, de la misma forma, convertirse en la base para llevar a cabo acciones políticas concretas (p. 22).

En este marco, cobra relevancia la existencia de audiciones radiales en la Ciudad de Buenos Aires que mantuvieron un marcado perfil propagandístico asociado a la defensa de alguno de los bandos contendientes durante la guerra civil en España. Del lado republicano, la oficina de prensa y propaganda de la embajada española en la Argentina financió los inicios de la audición Habla Madrid en diciembre de 1937. Este programa logró un gran éxito de oyentes y auspiciantes y contó con la participación de columnistas destacados, como Juan González Olmedilla, redactor de Crítica y España Republicana, el cónsul Eduardo Blanco Amor y el encargado de la oficina de propaganda, José Venegas, entre muchos otros. Asimismo, Prensa Hispánica, la central de propaganda republicana, comunicó diariamente sus informaciones a través de Radio Stentor, y el Comité de Ayuda al Gobierno Español del Frente Popular emitió con regularidad la audición Nueva España a cargo del periodista Jorge Pérez Jordana a través de Radio Mitre (Quijada, 1991: 224).

En lo que respecta a la propaganda a favor del Gobierno de Burgos en la Argentina, el encargado de prensa y propaganda de la representación oficiosa, José Ignacio Ramos, le adjudicó un rol destacado a la radio como elemento clave para la divulgación de la causa. Gracias al espacio diario de una hora que el propietario de Radio Excelsior, Alfred McDougall, le cedía diariamente a Ramos, este podía “dar cuenta de la marcha de las operaciones y los temas concomitantes con aquella guerra” (Ramos, 1984: 229). A su vez, el encargado de prensa se valió de un aparato de radio marca Scott ubicado en su domicilio para captar diariamente los partes de guerra que desde Marruecos transmitía Radio Tetuán por sistema morse; dicha información era utilizada como materia prima para proveer de noticias a las publicaciones locales (Ramos, 1984: 229).

La relevancia de este medio de difusión también se promovía desde España para agilizar el contacto con América, como deja en evidencia la solicitud que Ramón Serrano Suñer le hizo llegar a Soledad Alonso de Drysdale para que colaborara con la colecta destinada a la compra de una “radio emisora extra corta” (“Correspondencia enviada…”, 25 de mayo de 1938). La respuesta de la benefactora local fue rápida, y, en octubre de 1938, se envió a la península, “para servicio de la campaña” del general Franco, un automóvil Chevrolet con una estación de radio de onda corta (con alcance de hasta 3.000 kilómetros) instalada en la carrocería y provisto de antenas, baterías, motor de carga y demás accesorios necesarios para su funcionamiento (“Instalación portátil…”, 5 de octubre de 1938).

Las audiciones radiales a favor de la sublevación española se iniciaron tempranamente. En septiembre de 1936, el Centro Acción Española financió la salida del programa Habla España por Radio Mayo (Antena, 12 de septiembre de 1936). El encargado de esta audición fue el presidente del centro, Isidro Villota, en calidad de director hasta septiembre de 1937, cuando fue reemplazado por quien tomaría la dirección de este y otros tantos proyectos radiales del mismo tenor en la capital argentina: María Teresa Casanova. El equipo que la acompañaba también supo mantenerse con regularidad, lo integraban Rafael Montenla y Antonio Madueño (más conocido como “Juan español”).

Habla España se presentó como un “grito de la hispanidad” dedicado a revalorizar la cultura española en la Argentina, algo que posteriormente derivó en la inclusión de la frase “Arte, cultura y publicidad” en el nombre del programa a partir de junio de 1937 (Acción Española, 4 de junio de 1937). Entre sus secciones se contaban repasos por la historia, el arte y la poesía españoles, y, por supuesto, la música tenía un lugar relevante con la presentación de orquestas, pianistas y cuartetos vocales (Acción Española, 16 de enero de 1937). A pesar de las apariencias culturales, los comentarios sobre la actualidad bélica en España en el marco de esta emisión radial fueron frecuentes.

Al poco tiempo, surgieron otros proyectos radiofónicos que reforzaron la presencia de estas voces adherentes a la revuelta militar española en la Ciudad de Buenos Aires. En mayo de 1937, los Legionarios Civiles de Franco patrocinaron la salida de una audición radial con ese nombre bajo la dirección del periodista español Carlos Micó y España todos los miércoles por Radio Excelsior. En este espacio era frecuente el desfile de invitados que manifestaban públicamente su apoyo a la obra benéfica de la entidad.[1] Y, en diciembre de 1937, OPYPRE financió la aparición de Orientación española por Radio Ultra (imagen 8). En líneas generales, estos proyectos radiales tenían una extensión de entre 15 y 30 minutos al aire y se emitían una o dos veces por semana en el horario nocturno.

Imagen 8. Juan Pablo de Lojendio ante los micrófonos de Radio Excelsior

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Lojendio (1937a: 2).

Pero lo realmente particular de la propaganda radial que llevaban adelante los núcleos afines al franquismo en Buenos Aires fue que un mismo equipo de locutores, periodistas y comentaristas nucleados alrededor de una figura central femenina, la periodista María Teresa Casanova, fue el que se encargó de la dirección, producción y realización de muchos de los programas. Desde que Casanova asumió la dirección de Habla España, en septiembre de 1937, continuó ocupando esa responsabilidad en todas las audiciones que se fundaron con posterioridad. Se encargó de la dirección de Orientación española y de Madre Patria. Y, a partir de 1941, dirigió Nuevas Carabelas, un programa radial que se emitía dos veces por semana por Radio Prieto. El dueño de esta emisora, Teodoro Prieto, manifestaba una profunda cercanía con la España franquista, a tal punto que mantuvo dos audiciones financiadas por la OPYPRE en su grilla de programación (“Homenaje a España…”, 14 de mayo de 1938). Además, Prieto estuvo presente en la inauguración de Nuevas Carabelas en compañía del agregado de prensa y propaganda de la embajada española, José Ignacio Ramos (“En Radio Prieto…”, 5 de noviembre de 1941). Esta última iniciativa propagandística se asociaba a la dinámica de acercamiento espiritual, cultural y diplomático en materia de relaciones exteriores que comenzó a llevar adelante el Estado español con respecto a América Latina durante la Segunda Guerra Mundial (Delgado Gómez-Escalonilla, 1994: 276-277).

7.3. La radiodifusión y el control estatal

En el marco de la contienda, las audiciones tanto a favor como en contra del gobierno republicano en España se convirtieron en verdaderos focos de la propaganda y el proselitismo en la Argentina. Por ello, la Dirección General de Correos y Telégrafos, organismo encargado de controlar el funcionamiento de las emisiones radiales, reforzó el cumplimiento de una serie de normativas de inspección. Ya desde 1934, a través de la Resolución n.º 21.585, se establecía claramente la prohibición de “difundir himnos, marchas o canciones extranjeras que simboli[zasen], represent[asen] o exterior[zasen] tendencias o sistemas políticos o sociales determinados, cualquiera [fuera] su importancia en los respectivos países” (Matallana, 2006a: 47). Esta limitación se complementaba con un sistema de censura previa que reglamentaba la obligatoriedad de presentar con ocho días de anticipación los contenidos de los programas que se emitirían al aire. El propósito era prohibir la realización de conferencias y disertaciones que pudieran tener carácter político, dado que las voces opositoras al gobierno no podían tener lugar en las grillas radiales (Agusti y Mastrini, 2005: 41-42; Matallana, 2006b: 158).

Debido a las reiteradas trasgresiones a las normativas antes citadas y al estado de agitación pública que generaba la guerra, en enero de 1938, la Dirección de Correos y Telégrafos dictó una resolución por la cual prohibía expresamente “la transmisión por radiodifusión de todo comentario, propaganda o información tendenciosa, relacionada con la lucha en España”.[2] Según esta disposición, la radiodifusión debía necesariamente “elevar el nivel cultural del oyente, promoviendo en su espíritu sugestiones que edifi[casen] su carácter, acrecentando su comprensión de las cosas buenas y bellas”, y, en cambio, los comentarios que se producían sobre la situación bélica en la península “perturba[ban] la tranquilidad pública y convivencia social y da[ban] lugar a incidencias y violencias verbales y de hecho”.[3] La propagación de tales expresiones corría el riesgo de afectar la relación con otros países y hacía inevitable el posicionamiento político de quienes las comunicaban, dado que “por la naturaleza misma de los comentarios [era] imposible exponer sobre la situación reinante en España, sin embanderarse en alguna de las partes en lucha, lo que constitu[ía] una infracción…”.[4]

La reacción a esta norma de censura no se hizo esperar y tuvo como vocero principal a la Federación de Organismos de Ayuda a la República Española, la cual solicitó al ministro del Interior se dejase sin efecto la aplicación de esta normativa, argumentando que esta colocaba en pie de igualdad las expresiones de solidaridad a favor de un gobierno constituido legalmente con el cual la nación argentina mantenía relaciones diplomáticas cordiales y las de “los elementos facciosos que [trataban] infructuosamente de derrocarlo”.[5] A su vez, el propietario de la emisora radial Excelsior, quien cedía con gusto el espacio en su programación para la audición de los Legionarios Civiles de Franco y conferencias de la FET-JONS, también se manifestó contrariado por la resolución de la Dirección General de Correos y Telégrafos, a la que calificó de “injusta, arbitraria y contraproducente”. No obstante, para Alfred McDougall, el problema radicaba en la competencia desleal que la prensa escrita articulaba en contra de la radiodifusión:

Las Estaciones de Broadcasting ya han llegado a su mayoría de edad y no es posible coartarles su libertad de acción, restándoles autoridad e importancia. Ello no hace sino favorecer al periodismo, que hace lo indecible para combatir la Radiotelefonía, porque ve que la Radio es un instrumento mucho más valioso, de mucha mayor eficacia, de mucha mayor difusión y de mejor actualidad que el mejor diario del mundo. Por ello, con una unanimidad que no enternece ni sorprende, los diarios aplauden la medida coercitiva, y muy particularmente los diarios de izquierda. Por ello, repito con tanta autoridad como respeto, que considero esta medida injusta y poco democrática.[6]

Finalmente, el Poder Ejecutivo Nacional expidió un decreto que confirmaba la pertinencia de la resolución adoptada por la Dirección General de Correos y Telégrafos y no dio lugar a las reclamaciones.[7]

La aplicación de esta nueva normativa derivó en algunas modificaciones de forma y contenido en las emisiones radiales a favor de la sublevación militar en la península. En principio, la audición Habla España cambió definitivamente su nombre a Arte y cultura de España, intentando, de esa manera, ocultar sus reminiscencias políticas y tornándose en un espacio de mera expresión cultural. A pesar de ello, la audición no perduró más allá del año 1938 debido a los graves problemas económicos por los que atravesaba desde finales de 1937 y que habían motivado la realización de colectas específicas (“Recaudación…”, septiembre de 1937).

Por otra parte, en mayo de 1938, se fundó una nueva emisión radial a favor de los sublevados españoles en Buenos Aires. La periodista María Teresa Casanova y su equipo volvieron a colocarse al frente del espacio radiofónico ahora titulado Madre Patria y desvinculado del Centro Acción Española. La primera salida de este programa coincidió con el festejo del 2 de Mayo español y contó con la presencia del escritor argentino Arturo Berenguer Carisomo y de un variado repertorio de cuadros artísticos y musicales (“Fue todo un éxito…”, 4 de mayo de 1938).

Las advertencias sobre la imposibilidad de emitir opiniones relativas a la guerra civil española no fueron respetadas con rigurosidad por los organizadores de la audición, como lo demuestra la visita que realizó a Madre Patria el jefe de FET-JONS en Buenos Aires, Rafael Duyos, en febrero de 1939. En su disertación, el referente falangista pronunció palabras de gran “exaltación patriótica” con motivo del ingreso de las tropas franquistas a Cataluña, discurso que finalizó con la interpretación de la marcha militar “Soldadito español” (“El Jefe de…”, 17 de febrero de 1939). No es de extrañar que la Dirección General de Correos y Telégrafos suspendiera la salida al aire del programa Madre Patria en agosto de 1939.

La respuesta de los responsables de la audición dejó traslucir cierta indignación, pero no asombro, ya que conocían perfectamente la existencia de las disposiciones que prohibían la difusión de contenidos asociados a la propaganda de grupos políticos extranjeros en el país (Juan Español, 24 de agosto de 1939: 2). La Dirección General de Correos y Telégrafos, a cargo de quien luego sería nombrado embajador argentino en España, Adrián C. Escobar, no hizo más que aplicar la reglamentación vigente.

Esta actitud generó un obvio rechazo por parte de la periodista María Teresa Casanova:

… declaro y sostengo ante el señor Director de Radiocomunicaciones, que si el honrar a su patria de origen y a su patria de adopción divulgando el lema de “Religión, Patria, Familia” con el agregado de “orden, paz y trabajo” y unión entre los hombres, es “divulgar doctrinas exóticas”, como reza el decreto, no renuncio a tan alto honor… (Casanova, 24 de agosto de 1939).

Madre Patria volvió a tener su espacio en las grillas radiales recién a partir de mayo de 1941, aunque en esta oportunidad comenzó a emitirse regularmente por Radio Prieto (“Reaparición…”, 2 de mayo de 1941).

7.4. Actos, misas y “platos únicos” para lograr la unidad

Si bien los actos públicos organizados por los simpatizantes del Gobierno de Burgos en la Argentina estuvieron condicionados por el carácter no oficial de su representación en el país, no se privaron de realizar una gran multiplicidad de eventos. Las reuniones más frecuentes con fines de sociabilidad, adhesión y solidaridad para los que apoyaban al bando liderado por el general Franco fueron las misas y los “platos únicos”.[8] Aunque podían realizarse a lo largo de todo el año, los actos siguieron el calendario de festividades instaurado por los rebeldes en la península. Este giraba en torno a fechas conmemorativas paradigmáticas como el 2 de Mayo, el 18 de Julio y el 12 de Octubre. En particular, las conmemoraciones del día de Santiago Apóstol (25 de Julio) y de la Virgen del Pilar (12 de Octubre), festividad que coincidía, además, con el festejo por el “Día de la Raza”, se convirtieron en dos momentos propicios para unir la celebración litúrgica con la prédica política a favor de la sublevación militar.

Por su parte, los “platos únicos” eran reuniones que habían surgido en la Alemania nazi con fines recaudatorios. En ellos se consumía un solo plato, pero se pagaba por el menú completo, entregándose la diferencia del coste para fines benéficos (Riesco, 2007: 243-244). Manteniendo los mismos propósitos, se estableció en España por primera vez el 30 de octubre de 1936 y llegó a la Argentina a principios de 1937, siendo una de las primeras reuniones de este tipo la celebrada con motivo de la llegada de Juan Pablo de Lojendio.

Este evento fue celebrado el 21 de febrero y convocó a todas las instituciones afines a la sublevación militar que funcionaban en Buenos Aires desde el estallido de la contienda. Los representantes de estos organismos se congregaron en el almuerzo de “plato único” junto a, según sus registros, más de 3.000 personas en un acto de inusitada “exaltación patriótica” (“El almuerzo…”, 27 de febrero de 1937). En esa ocasión, el representante oficioso, los presidentes de las entidades e invitados especiales declamaron discursos impregnados de un profundo “amor a la patria” que fueron retrasmitidos por la emisora Radio Cultura. Las escuadras de falangistas y requetés uniformados hicieron la guardia de honor a las banderas argentina y española (monárquica), y el almuerzo se acompañó con los acordes del himno nacional argentino y la marcha real de España (Rangil Alonso, 4 de marzo de 1937). Solo para finalizar el acto, el padre Alberto de los Bueys dio su bendición destacando el destino providencial que guiaba al bando sublevado en la guerra (“El homenaje…”, 22 de febrero de 1937).

En este primer encuentro general de las fuerzas afines a la sublevación española, el elemento religioso y el representante de la Iglesia no tuvieron el rol protagónico en el esquema de organización del evento. En cambio, el acto giró en torno a la figura del enviado del general Franco, Juan Pablo de Lojendio, quien llamó a la adhesión y la solidaridad de la colectividad española apelando al sentimentalismo patriótico de los inmigrantes y convocó a los indecisos para que se definieran y apoyaran al ejército rebelde. En otros eventos también se incorporaron referencias identitarias al regionalismo vasco, galaico y asturiano de los inmigrantes (Rodríguez Otero, 2007).

La comunión de las instituciones alrededor de Lojendio que se plasmó en la organización conjunta de este primer “plato único” se fue resquebrajando paulatinamente a medida que comenzaron a surgir las discrepancias con respecto a la organización de las colectas y a la autoridad de unas personalidades e instituciones sobre otras. La noticia sobre la implementación del Decreto de Unificación en abril de 1937 tuvo una recepción dispar y conflictiva en el seno del movimiento solidario que se había organizado espontáneamente desde julio de 1936 en la Ciudad de Buenos Aires.

La conmemoración del 2 de mayo de 1937, declarada “fiesta nacional” por el general Franco, sirvió como aglutinante para volver a reunir a los grupos afectos a la sublevación en un evento y dar a conocer las nuevas orientaciones procedentes de la península. Esta reunión pretendía recuperar de la memoria colectiva esa fecha señalada desde 1808 como símbolo de la lucha del pueblo español por su independencia ante la invasión de fuerzas extranjeras (“Fiesta nacional…”, 2 de mayo de 1937). La apelación a la participación popular en la empresa liberadora del siglo xix era clave como referencia para la construcción de un discurso de legitimidad que reivindicaba el supuesto acompañamiento de la población al ejército sublevado en el marco de la guerra civil (Box, 2008: 212-214).

La celebración tuvo dos partes bien diferenciadas. Por la mañana se realizó el acto religioso, que consistió en una misa en honor a los “caídos” en la guerra celebrada en la iglesia Nuestra Señora de la Piedad que fue adornada con banderas monárquicas de España para la ocasión y en la que participaron falangistas y requetés uniformados (“Todos los verdaderos…”, 8 de mayo de 1937). Por la noche, y en un tono más suntuoso, se celebró una reunión de “plato único” en el Alvear Palace Hotel organizada por la fracción de la Cámara Española de Comercio que se había escindido del gobierno republicano y había reconocido al general Franco en España. El representante oficioso presidió el acto, que también contó con la presencia de destacados miembros de la colectividad española, y en el que nuevamente los falangistas y los requetés acompañaron con entusiasmo los acordes de la marcha real española a la que se sumó el himno de la Falange (“Celébrese ayer…”, 3 de mayo de 1937).

El discurso central, a cargo de Juan Pablo de Lojendio, fue retransmitido por Radio Excelsior. En un sentido práctico, sus palabras fueron una clara convocatoria a la unificación de las fuerzas. Pero, a un nivel simbólico, se sirvió del cuadro alegórico que le proveía la conmemoración del 2 de Mayo para movilizar los sentimientos de amor a la patria en esa hora de peligro:

Y para esta reunión patriótica, ninguna fecha, señores y amigos, como esta fecha del 2 de mayo, declarada fiesta nacional por nuestro Gobierno y que nunca como en estas horas decisivas de dolor y de esperanza de nuestro pueblo, adquiere ese sentido honda y entrañable que le liga a todo lo que hay de más auténtico y popular en España.
[…]. Porque esta fiesta coincide con los ecos aún no borrados de los aplausos con que los voluntarios de España y el pueblo de España, han clamado el discurso magnífico que el 19 del mes pasado pronunció en Salamanca el insigne caudillo que Dios nos ha guardado.
[]. Y en esta hora, señores, de la victoria y de la responsabilidad, tengo que pediros algo muy serio y muy concreto, que era lo que al principio os anunciaba. En nombre de Su Excelencia, el Jefe del Estado cuya representación tengo el alto honor de ostentar, en nombre de su Excelencia, el Jefe supremo de la Falange Tradicionalista, yo quiero pediros a todos: ¡unión! (Lojendio, 1937a).

El carácter político-patriótico de este evento y la urgencia con la que se solicitaba la unidad de las fuerzas no dejaron mucho lugar para las manifestaciones litúrgicas. La imbricación de elementos políticos y religiosos llegaría de la mano de otras instituciones en las que la defensa de la religión católica se había convertido en una seña de pertenencia e identidad.

En el marco de la construcción de este nuevo andamiaje de sentidos que proponía el franquismo durante la guerra, ninguna conmemoración tuvo tanta resonancia entre los simpatizantes de la sublevación en Buenos Aires como la celebración del 12 de Octubre. Esta efeméride, que fue adoptada tanto por las vertientes liberales como conservadoras de pensamiento en España, recupera la dimensión americana del nacionalismo español y reúne referencias históricas múltiples asociadas a la gesta del descubrimiento, la conquista, la evangelización, la lengua, el pasado imperial y la inmigración (García Sebastiani, 2016a: 73).

Desde su inclusión al calendario festivo oficial del Estado argentino, la Ciudad de Buenos Aires se había convertido en el escenario privilegiado de los actos y homenajes que se realizaban en el mes de octubre para conmemorar la gesta colombina. Esta fecha fue institucionalizada como fiesta nacional tanto por el Estado argentino (1917), como por la monarquía española (1918) en el marco del progresivo estrechamiento de vínculos diplomáticos y culturales ocurrido en torno al centenario de las independencias americanas (Figallo, 2014: 174). Estos eventos incluían tanto a los sectores populares como a los más acomodados de la inmigración española, a las esferas del gobierno identificadas con la herencia hispánica de la nacionalidad argentina y a sectores de la Iglesia católica local. Durante la década de 1930, la festividad fue incorporando cada vez más elementos religiosos, pero fue en el marco de la celebración del xxxii Congreso Eucarístico Internacional (1934) en que el cristianismo prácticamente se apropió de esta fecha conmemorativa y “recurrió al tradicionalismo hispánico de la identidad nacional para hacer propaganda internacional del catolicismo” (García Sebastiani, 2016b: 163).

En España, desde el comienzo mismo de la guerra civil en la zona franquista, se llevaron adelante festejos por el “Día de la Raza” que no solo reivindicaron el valor simbólico de esta fiesta vinculada a la epopeya imperial de España, sino que, también, situaron en el centro de la escena a la festividad de la Virgen del Pilar, fecha con la que coincidía. A partir del relanzamiento del culto mariano que se llevó a cabo en este periodo, las imágenes de las vírgenes se adornaron con insignias políticas y militares que continuaron con la tradición iniciada durante las guerras carlistas. Con motivo del primer centenario de la independencia española respecto a la invasión francesa del siglo xix, se le concedió a la Virgen del Pilar honores de “capitán general” y se le colocó por primera vez un manto con el fajín y las insignias de “capitana” (Di Febo, 2012: 42-43).

Los dos contendientes se disputaron la protección de la Virgen sobre sus respectivas causas, pero fue el franquismo el que retomó la impronta política y militar vinculada a la imagen de la “Pilarica” y la convirtió en el centro de las devociones marianas durante la guerra. A la figura que presidía el santuario en Zaragoza, se le atribuyeron una serie de manifestaciones milagrosas (siendo la más significativa la de las bombas republicanas que cayeron en su Basílica en agosto de 1936 y que nunca llegaron a estallar) que la convirtieron en el centro de las expresiones, las ofrendas, los actos y las peregrinaciones (Di Febo, 2012: 43-44).

La concurrencia de esta festividad de raíz católica y popular con la celebración del “Día de la Raza” y su conexión con América Latina no resultaban fortuitas para el discurso nacionalcatólico del régimen, por lo que ambos eventos se articularon y se celebraron siguiendo una misma sintonía de significados (Cenarro, 1997). El carácter híbrido de este evento también se hizo presente en el marco de las campañas de solidaridad que llevaron adelante los grupos afines al ejército sublevado en Buenos Aires. Pero aquí, las distintas entidades y agrupaciones solidarias priorizaron uno u otro de los diferentes elementos simbólicos que confluían en esa fecha señalada. Algunos reforzaron el carácter católico, mientras que otros subrayaron la faceta imperial de la nacionalidad española y su conexión con América Latina como elemento central.

El “plato único” del 12 de octubre de 1937 organizado por FET-JONS fue un exponente de la consagración del carácter imperial de la efeméride en la Argentina (“El almuerzo…”, 13 de octubre de 1937). En este almuerzo, que se celebró en el salón Casablanca de la Ciudad de Buenos Aires, se reivindicó el “Día de la Raza” no solo por la epopeya española, sino, fundamentalmente, por la influencia que esta habría depositado sobre los pueblos americanos y, en particular, sobre la identidad nacional argentina (“Falange puso…”, 16 de octubre de 1937).

En su conjunto, el acto pretendió recuperar simbólicamente el ascendente imperial de España sobre América Latina. El evento contó con la presencia de Juan Pablo de Lojendio, el senador argentino Matías Sánchez Sorondo y los falangistas procedentes de Marruecos integrantes de la Misión de la Bandera de Marruecos. En el “plato único” de octubre, no faltaron los miembros uniformados, los himnos y los discursos de ocasión. Pero, una vez más, el elemento religioso estuvo prácticamente ausente, a excepción de la breve participación del capellán de FET-JONS encargado de realizar la “bendición de la mesa” antes de comenzar el almuerzo (“Falange puso…”, 16 de octubre de 1937).

Al contrario, la conmemoración del 12 de octubre para otras instituciones profranquistas estuvo centrada en la celebración litúrgica y en el culto a la Virgen del Pilar. Esta festividad fue especialmente significativa para Legionarios Civiles de Franco. El compromiso de Soledad Alonso de Drysdale con la labor benéfica de tenor religioso la llevó a unir su proyecto caritativo en España con la advocación protectora de la Virgen del Pilar. La imagen de la Virgen que se encontraba ubicada en la iglesia Regina Martyrum del barrio porteño de Balvanera se convirtió en el epicentro de los actos “patriótico-religiosos” que encabezó la entidad en Buenos Aires.

La celebración del 12 de octubre de 1937, realizada a pocos meses de la fundación de los Legionarios, ejemplificó los nexos simbólicos que se fueron forjando entre el factor piadoso que inspiraba a la causa a favor de la infancia española, los representantes eclesiásticos y las derivas políticas del apoyo al ejército sublevado en la península desde la Argentina.

Durante el día los núcleos afines a la sublevación se congregaron por la mañana en la misa que se celebró en la Catedral Metropolitana de Buenos Aires presidida por el representante oficioso del general Franco Juan Pablo de Lojendio y por Miguel de los Santos Díaz de Gomara, obispo de Cartagena, quien había sido enviado por la España franquista como representante al Congreso Eucarístico Nacional de Paraguay (“La bendición…”, 4 de octubre de 1937; “Grandioso acto…”, 13 de octubre de 1937).[9] No obstante, la verdadera festividad tuvo lugar por la tarde, en la iglesia Regina Martyrum y sus alrededores. Allí se llevó a cabo una ceremonia en la que se le impuso un nuevo manto con insignias de “capitán general” a la imagen de la Virgen del Pilar, que fue obsequiado por Soledad Alonso de Drysdale. Seguidamente, se llevó a la imagen en procesión por las calles de la Ciudad y se finalizó el evento con una serie de discursos pronunciados desde las puertas del templo y que fueron retransmitidos por Radio Excelsior.[10]

La imbricación de los elementos litúrgico-religiosos con el posicionamiento político afín al bando sublevado en España fue evidente. La defensa de la fe se concebía unida de manera indisoluble a la defensa de la patria y se alimentaba del entusiasmo y la participación popular:

… hoy, en que España pasa por uno de los grandes momentos de su historia, análogo a aquel de la Reconquista […] sumida en dolores de reconstrucción y restitución, vuelven los esplendores de los actos religiosos, ajenos a toda interpretación interesada y recobran su brillante prestigio las consagraciones seculares en que la fe iba unida a los dictados de la Patria.
[Los boy scouts] con sus trompetas y tambores precedían a las andas floridas y rutilantes en que la santísima Virgen del Pilar paseó por primera vez por las calles porteñas su flamante manto de Generala, que la tradición hispana había honrado hace tiempo, escoltada por las enseñas argentina y española, que con el señor Obispo, las autoridades eclesiásticas, las madrinas y padrinos llevando las cintas que de ella pendían, daban escolta de honor y presidían solemnemente el acto que era presenciado, entre vítores y aplausos por una enorme concurrencia (“Grandioso acto…”, 13 de octubre de 1937).

Esta no fue la única ocasión en la que la Virgen del Pilar se convirtió en el centro depositario de una nueva adjudicación simbólica. Gran relevancia tuvo la imposición del “fajín de generala” donado por el propio general Franco a la misma imagen en octubre de 1938. Este objeto, que llegó a Buenos Aires de la mano del representante oficioso al regreso de su viaje a España, fue utilizado como elemento de prestigio para destacar la especial relación que la benefactora de los Legionarios, Soledad Alonso de Drysdale, mantenía con las altas esferas del nuevo régimen en la península. No solo se le concedió a la directora de los legionarios el honor de ser la depositaria del fajín que debía llegar a la imagen de la Virgen del Pilar en Buenos Aires, sino que, también, le fue otorgada la Gran Cruz de Isabel la Católica en reconocimiento por su labor a favor de la causa (El Diario Español, 23 de octubre de 1938: 6) (imagen 9).

Imagen 9. Soledad Alonso de Drysdale portando la Gran Cruz
de Isabel La Católica

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Fuente: El Diario Español (23 de octubre de 1938: 6).

La ceremonia de imposición del fajín a la imagen sacra representó, una vez más, la concentración de los elementos religiosos y patrióticos que caracterizaron a los eventos realizados por estos núcleos afines a la sublevación durante la guerra: la “emotividad” de la celebración litúrgica se conjugó con los discursos políticos de los representantes del franquismo y las arengas de los miembros del clero que exhortaban a la solidaridad y el apoyo a las armas “nacionalistas” desde el púlpito de la Iglesia y, todo ello, retransmitido por la radio (“La imposición…”, 26 de octubre de 1938). En este caso, además, la pieza ornamental obsequiada a la Virgen era poseedora de un valor simbólico añadido por tratarse de un objeto personal utilizado por el “caudillo”, lo que resulta en un valioso gesto de deferencia con la comunidad española afín residente en Buenos Aires (“La imposición…”, 26 de octubre de 1938).

La presencia de elementos políticos asociados al bando sublevado en España en el sitio sacro de las iglesias católicas se advirtió también en otros puntos del territorio argentino.[11] Estas manifestaciones litúrgico-patrióticas no pasaron desapercibidas para los representantes diplomáticos españoles, quienes intentaron en vano frenar el apoyo público de algunos sectores de la jerarquía eclesiástica argentina en favor de las armas franquistas.

7.5. Los actos en las calles y el rol del Estado

Cuando estalló la contienda civil en España y comenzaron a extenderse actos, mítines, festivales, etc., con fines político-solidarios, pronto quedó de manifiesto el afán de vigilancia y control que el Estado mantuvo hacia este movimiento. En la Ciudad de Buenos Aires, desde 1932 existía un edicto policial que establecía mecanismos de control sobre las manifestaciones callejeras. Por medio de esta norma, se pautaba la obligatoriedad de contar con la autorización del jefe de policía para realizar eventos en el espacio público porteño (González Alemán, 2012).

No obstante, no todas las actividades benéficas fueron objeto de la misma atención, solo los actos a favor de la II República fueron identificados como potencialmente subversivos porque asociaban la lucha en España con críticas a la situación política local y tendían a radicalizar sus demandas al incorporar consignas de lucha internacional como la dicotomía entre “fascismo” y “antifascismo” (Montenegro, 2002: 169).

En virtud del extenso activismo que se generó por la contienda, se promulgaron una serie de normas que intentaron controlar el desarrollo de los eventos que se vinculaban con la guerra civil. Por disposición del Ministerio del Interior, a partir de diciembre de 1936, en los Territorios Nacionales (Chaco, Formosa, Misiones, La Pampa, Neuquén, Río Negro, Chubut, Santa Cruz y Tierra del Fuego), no se autorizaba la realización de actos públicos con las siguientes características: “… que se relacionen con la actual situación de la República española, a fin de evitar en cuanto sea posible, incidencias y alteraciones del orden, en nuestro territorio, que pudieran producirse por las distintas ideologías en pugna”.[12] Esta resolución impidió que se llevaran a cabo algunos de los actos previstos en adhesión al gobierno republicano en localidades del sur del país, y algo similar ocurrió en la provincia de Santa Fe.[13]

Los representantes españoles acreditados en la Argentina cuestionaron los constantes obstáculos que se oponían a la labor solidaria que se desplegaba en favor de la II República en el país.[14] Entre las principales dificultades que debían afrontar, se indicaba la frecuente interrupción y el entorpecimiento de los eventos públicos por medio de actos de vandalismo perpetrados por simpatizantes de la fracción sublevada o, directamente, por la falta de autorización del Gobierno provincial o municipal para el desenvolvimiento de estos. Asimismo, desde la embajada se realizaron reiterados reclamos ante el permisivo desarrollo de la labor proselitista del enviado del general Franco en el territorio nacional (Montenegro & Rodríguez Otero, 2020). Las respuestas a estas solicitudes fueron evasivas, e, incluso, se le sugirió al embajador Ángel Ossorio y Gallardo que moderara su actuación propagandística a favor del Gobierno republicano argumentando que, en función del cargo y la representación oficial que ostentaba, no debía interceder en actividades políticas o civiles que pudieran alterar el orden público: “… corresponde que, en forma verbal y cortés, se haga saber al Sr. Embajador que debe abstenerse de toda propaganda en el sentido que lo hace, dado su carácter de Embajador de España en la Argentina.”[15]

Por otra parte, muchos de los eventos se desarrollaron en un sitio que representaba una compleja intersección entre el espacio público y el privado: las iglesias católicas. El uso de estos lugares representativos del culto oficial de la República Argentina para la realización de reuniones organizadas por la representación oficiosa del bando rebelde en la península y el acompañamiento de miembros de la Iglesia en esas celebraciones litúrgicas también fueron cuestionados duramente por el embajador español.

Según el dignatario, dado que la religión católica era el culto oficial del Estado argentino y que se sostenía gracias al erario público, el gobierno debía ejercer un mayor control sobre sus actividades: “La circunstancia de tratarse de un acto celebrado en una Iglesia, lejos de allanar la posición del Gobierno, como podría ocurrir en países con independencia religiosa, la hace más precisa y concreta…”.[16] Por esta razón, para el embajador resultaba contradictorio que, mientras que el Estado argentino mantenía relaciones diplomáticas cordiales con el gobierno de la II República, este permitiera la celebración de misas y servicios religiosos en honor al representante del bando que se encontraba en guerra con aquella:

Mi pretensión es mucho más sencilla. Se limitaba a llamar respetuosamente la atención de V.E. sobre el hecho de que las autoridades eclesiásticas y aún las civiles puedan recibir oficialmente a los partidarios de cierta tendencia política como representante de un Gobierno, que para la Argentina no existe y a saber si puede exhibirse en cualquier parte y más especialmente en lugar oficial como es el presbiterio de una Iglesia, la bandera representativa de la rebelión armada contra el Estado legítimo y normalmente reconocido.
[]. Ante la reiteración de sucesos tales y para que mi gobierno y yo sepamos a qué atenernos, me limito a plantear este tema ¿son lícitas cosas tales? Nada más.[17]

Este cuestionamiento fue rebatido por el consejero legal del Ministerio de Relaciones Exteriores argentino, Isidoro Ruiz Moreno, quien le sugirió al canciller José María Cantilo que se le respondiera al mandatario español en forma evasiva:

[…] nada impide que esos Agentes Oficiosos puedan hacer realizar servicios religiosos, en un país que, por preceptos constitucionales expresos, garantiza a todos los extranjeros el libre ejercicio de sus cultos.
[]. Las consideraciones expuestas, no dudo que han de llevar al ánimo de V.E. el convencimiento de que el Gobierno argentino no puede tomar intervención alguna en el hecho en cuestión.[18]

Sin embargo, la continuidad de los actos a favor de los rebeldes españoles que se desarrollaban en las iglesias del territorio argentino volvió a generar nuevos cruces de notas entre ambas partes. Aunque se recibían las reclamaciones del embajador, las respuestas del Ministerio continuaban sin comprometerse a interferir en el asunto.[19] Finalmente, el embajador español desistió de sus quejas para evitar un altercado de mayor envergadura. No obstante, la persistencia y la gravedad de los reclamos elevados por Ossorio y Gallardo a la Cancillería resultan indicativas, por un lado, de cuán notorias eran las actividades y la creciente visibilidad pública de los simpatizantes del franquismo en la Argentina y, por el otro, de la evidente pasividad del gobierno argentino frente al despliegue de sus actos de propaganda y solidaridad.

7.6. Las celebraciones de la “victoria”

La secuencia de eventos de tenor político y religioso de los grupos profranquistas en la capital argentina llegó a su apogeo con la finalización de la guerra y la proclamación del triunfo de las armas “nacionalistas” en abril de 1939. Los “ritos de la victoria” (Di Febo, 2012) fueron igual de importantes para reforzar los roles de liderazgo y espacios de legitimidad de instituciones y personas que participaron de la movilización solidaria durante los años que duró la contienda.

En la etapa final de la guerra, el avance del ejército franquista sobre el territorio español generó expresiones de apoyo que se materializaron en múltiples reuniones benéficas (“Fabada…”, 20 de junio de 1938; “Discurso…”, 31 de octubre de 1939). Pero fue la conquista de Cataluña a principios de 1939 el acontecimiento que señaló el inicio de una serie de celebraciones anticipatorias de la victoria que se veía como inminente. Debido a la gran demanda de entradas para el acto que se celebraría con ese motivo el 29 de enero en el Teatro Cómico (actual teatro Lola Membrives) y que tendría como principal orador a Juan Pablo de Lojendio, se decidió sumar un nuevo evento en simultáneo en el Teatro San Martín, ubicado a pocos metros de aquel sobre la avenida Corrientes. De esta forma, el discurso del representante oficioso se pronunciaría en dos partes (una mitad en cada teatro), mientras que sería retransmitido en su totalidad por conferencia radiotelefónica en ambos eventos (“Discurso del Representante…”, 28 de enero de 1939) (imagen 10).

Imagen 10. Conferencia de Juan Pablo de Lojendio en el Teatro San Martin, 29 de enero de 1939

Foto en blanco y negro de una multitud de gente  Descripción generada automáticamente

Fuente: Correo de Galicia (febrero de 1939: 2).

El nutrido público de las salas esperó con impaciencia al representante oficioso, los teatros fueron engalanados con banderas argentinas, españolas, insignias de FET-JONS y Legionarios Civiles de Franco escoltadas por falangistas y requetés uniformados, sonaron los himnos usualmente presentes en este tipo de actos, y los representantes de las agrupaciones del fascismo, del nazismo, del régimen en Portugal y del nacionalismo argentino tuvieron un espacio de honor por haber apoyado a las armas franquistas. El discurso del representante oficioso fue extenso y abarcó diversos tópicos generales, tales como las causas del inicio de la sublevación, las consecuencias negativas del liberalismo y de la lucha de clases, el “separatismo”, el rol del partido único como garante de la unidad nacional, etc. (“Dossier especial…”, 29 de enero de 1939).

No obstante, el argumento principal giró alrededor de la necesidad de reorganizar a la comunidad española residente en la Argentina de cara a la finalización de la contienda. Había un especial interés por unificar a la colectividad en torno al nuevo régimen ahora que se veía con mayor claridad un escenario de victoria. El elemento religioso estuvo prácticamente ausente en estos eventos en los que el carácter político fue prioritario con miras a apuntalar el triunfo bélico a partir de la unificación simbólica de las fuerzas en la “retaguardia americana”.

La impronta religiosa de las celebraciones por la victoria se retomó en las instituciones de clara confesionalidad católica. Por ejemplo, la Asociación Acción Gallega Cruzados de Santiago lideró en marzo de 1939 una peregrinación a la iglesia de Nuestra Señora del Pilar, ubicada en la localidad homónima en la provincia de Buenos Aires (“Todos a Pilar…”, febrero de 1939). La organización de este evento incluyó la procesión desde la estación del ferrocarril de Retiro, un desayuno en las afueras del templo, la misa y la bendición de una imagen ecuestre de Santiago Apóstol (de 1,80 metros de altura) obsequiada para una de las capillas del templo (“Detalles de nuestra…”, febrero de 1939).[20] Toda la jornada se acompañó de gaitas que alternaron la música típica del terruño con las melodías religiosas, y la convocatoria final dejó satisfechos a los organizadores (“Peregrinación gallega…”, diciembre de 1938).

El entusiasmo generalizado de estos grupos afines a la sublevación por el reconocimiento de Lojendio como representante de España por parte del gobierno argentino en febrero de 1939 se coronó con la finalización oficial de la guerra en abril (Memoria del Ministerio de Relaciones Exteriores, 1939: 179-184). Los actos adquirieron una impronta más oficial, pero evidentemente festiva. El edificio de la embajada, recientemente ocupado por la nueva representación de España en el país, fue el nuevo epicentro de las celebraciones. Allí se congregaron los simpatizantes en una recepción organizada por el propio Lojendio para recibir los saludos, los gestos de apoyo y las muestras de solidaridad de las instituciones argentinas, españolas y extranjeras (“Brillante recepción…”, 1 de abril de 1939; “Expresiones de la colectividad…”, 1 de abril de 1939). Estas celebraciones concluyeron con el almuerzo de “plato único” realizado a fines de abril en el salón de exposiciones de la Sociedad Rural Argentina, al que asistieron, según sus registros, más de 5.000 personas (“En celebración…”, 1 de mayo de 1939). Esta reunión, que volvió a congregar a prácticamente la totalidad de las entidades “nacionalistas” con motivo de la victoria, se convertiría en una de las últimas expresiones públicas de los núcleos afines al franquismo en la Argentina.

Poco tiempo después, más precisamente el 15 de mayo de 1939, entró en vigencia un decreto del Poder Ejecutivo Nacional (n.º 31.321) que trató de controlar la actuación de las asociaciones extranjeras en todo el territorio nacional restringiendo sus actividades políticas y propagandísticas. La medida imponía una serie de controles al desarrollo de las actividades de estas instituciones. En adelante, el Ministerio del Interior tendría la potestad para inspeccionarlas y se les prohibía el uso de insignias, distintivos, uniformes e himnos que pudieran caracterizar a partidos o asociaciones extranjeros. Asimismo, se les coartaba la posibilidad de mantener registros en otro idioma que no fuera el español, de recibir subvenciones o aportes económicos de gobiernos o entidades del exterior y, lo más importante, se dispuso lo siguiente:

Ninguna asociación podrá realizar actos que importen inmiscuirse, directa o indirectamente, en la política de los países extranjeros; ni ejercer acción individual o colectiva compulsiva para obtener la adhesión a determinados idearios políticos, bajo promesa de ventajas o amenazas de perjuicios de cualquier naturaleza (Anales de Legislación Argentina, 1953: 1192).

En vísperas de la Segunda Guerra Mundial, el contexto internacional ya se encontraba profundamente afectado por las diferencias ideológicas que se encontrarían en el campo de batalla y que tendrían como corolario el progresivo ascendente de la política antitotalitaria y antifascista promovida por Estados Unidos sobre América Latina (Pardo Sanz, 1992: 210-212). Por esta razón, las agrupaciones se preocuparon por moderar los contenidos políticos de sus actividades y reorientar su labor hacia una actividad de tipo social y cultural con el propósito de continuar su existencia en el marco del nuevo conflicto bélico que se avecinaba.

7.7. Conclusiones

Un buen número de audiciones radiales se crearon en el contexto de la contienda bélica y acompañaron la causa de los rebeldes en la península. Sobre esta cuestión hemos podido advertir el importante papel que adquirió la radiodifusión para la campaña de propaganda tanto en la península como en la Argentina. Algunas instituciones profranquistas de la Ciudad de Buenos Aires mantuvieron un espacio propio de difusión radial, como el Centro Acción Española, los Legionarios Civiles de Franco o FET-JONS a través de Radio Excelsior. No obstante, de los distintos programas radiales, se destaca la presencia prolongada en el tiempo de un mismo equipo de comentaristas y locutores integrado por Rafael Fontenla y Antonio Madueño, alias “Juan Español”, bajo la dirección de una singular exponente femenina, la periodista y locutora María Teresa Casanova.

El Estado nacional intervino con mayor rigor sobre la propaganda que se emitía por medio de las ondas. Al respecto, la Dirección General de Correos y Telégrafos llegó a prohibir expresamente cualquier tipo de mención sobre los sucesos bélicos en la península, intentando de esa forma evitar la intromisión de consignas políticas extranjeras en las audiciones radiales propagadas en el país. La severidad de esta medida fue ratificada por el presidente de la nación a través de un decreto del Poder Ejecutivo Nacional, a pesar de los reclamos cursados por la Federación de Organismos de Ayuda a la República Española y el dueño de Radio Excelsior. Como consecuencia de esta nueva disposición, se produjeron algunos cambios superficiales en las audiciones radiales de los sectores afines al franquismo, pero ello no impidió que, en agosto de 1939, la Dirección General de Correos y Telégrafos decidiera suspender las emisiones de la audición Madre Patria por incumplir las disposiciones.

Los actos organizados por estos núcleos afines a la sublevación española en la Ciudad de Buenos Aires se realizaron en su mayoría en espacios como iglesias, colegios católicos, teatros y salones de hoteles. Las misas, en las que se relacionaban los elementos litúrgicos con las expresiones de apoyo al bando rebelde en la península, y los “platos únicos” fueron los eventos más frecuentes. Entre estos últimos, los que estuvieron liderados por Juan Pablo de Lojendio se caracterizaron por reforzar la autoridad política del representante oficioso y por reafirmar el liderazgo de FET-JONS a partir de la propagación de la doctrina del partido único y del incentivo a la unificación de las fuerzas afines, tal como se proponía desde España. Los elementos litúrgico-religiosos tuvieron un espacio muy limitado en este tipo de eventos y, prácticamente, permanecieron reducidos a una funcionalidad alegórica centrada en las “bendiciones” iniciales o finales del acto.

En cambio, pudo advertirse un más claro entrelazamiento entre los elementos políticos y religiosos en aquellas instituciones de confesionalidad católica que hacían de la práctica de su fe una seña de identidad. Entidades como el Centro Acción Española, Acción Gallega Cruzados de Santiago y, sobre todo, Legionarios Civiles de Franco concibieron sus actos institucionales como momentos propicios para la defensa de la causa sublevada en relación directa con el ejercicio litúrgico y la fe. La “politización” de los espacios sagrados que se llevó a cabo en los eventos “patriótico-religiosos” organizados por los legionarios fue un exponente de esa compleja imbricación de sentidos.

En este sentido, los actos políticos y piadosos no solo valieron para legitimar la construcción de un nuevo régimen en España, sino que, también, se utilizaron para reafirmar los liderazgos dentro de la propia comunidad española que comulgaba con el franquismo desde la Argentina. De esta forma, los “platos únicos” encabezados por Lojendio y los eventos “patriótico-religiosos” organizados por Legionarios Civiles de Franco se complementaron para reforzar los vínculos con el régimen español y, al mismo tiempo, legitimar la preeminencia simbólica de determinadas figuras e instituciones por sobre otras.

Si bien, desde el inicio de la contienda bélica en España, el Estado argentino había manifestado cierto interés por controlar el desarrollo de los actos públicos que se relacionaban con la guerra, las normativas tuvieron una incidencia puntual sobre los Territorios Nacionales y algunos gobiernos provinciales. No obstante, fue frecuente que se produjera el entorpecimiento de los actos organizados en favor de la II República española en todo el país. El embajador español, Ángel Ossorio y Gallardo, realizó reiterados pedidos al Ministerio de Relaciones Exteriores para que permitiera el despliegue de las tareas de solidaridad en favor de su gobierno y que, a la vez, frenara las acciones de proselitismo que lideraba el representante oficioso del general Franco en la Argentina. Las respuestas evasivas que recibió a sus reclamos y la sugerencia para que él mismo frenara su campaña prorrepublicana en el país resultan indicativas del desigual trato que se les dispensó a los dos bandos en el territorio nacional. Mientras que el representante oficioso pudo desarrollar sus tareas de solidaridad y propaganda con un amplio margen de libertad, el embajador español veía obstaculizados los medios para llevar a cabo las mismas actividades.

Al finalizar la contienda, las celebraciones de la victoria fueron muy importantes para reconocer la labor de aquellas instituciones y personas que participaron activamente de la campaña solidaria durante la guerra. Desde la conquista del territorio catalán a principios de 1939, comenzaron a desarrollarse eventos con un evidente tono triunfalista. El representante oficioso, pronto reconocido como encargado de Negocios de España, se apresuró a reforzar su posición de liderazgo y a adjudicarse la representación de la totalidad de la comunidad española emigrada con un discurso que intentaba unificar a las fuerzas con la intención de apuntalar al nuevo régimen en la península. Luego del reconocimiento de Juan Pablo de Lojendio, las celebraciones se multiplicaron en el edificio de la embajada, convertida ahora en la sede oficial del régimen. No obstante, tan solo dos meses después, el decreto del Poder Ejecutivo Nacional del 15 de mayo de 1939 pondría fin a las manifestaciones públicas de las instituciones extranjeras en la Argentina en el marco de una compleja situación internacional que ya se encontraba visiblemente atravesada por las disputas que se enfrentarían en el campo de batalla durante la Segunda Guerra Mundial.


  1. Desde mayo de 1937, los micrófonos de Radio Excelsior recibieron a Soledad Alonso de Drysdale, Eduardo Marquina, Juan Pablo de Lojendio, Germán Fernández Fraga, Margarita Aguirre, Mario Alegría, Rafael Duyos, Maruchi Fresno, Luis V. Nieto, Delfina Bunge de Gálvez, Gloria de Nevares, Alfredo Cabanillas Blanco, entre otros.
  2. AGN. Archivo Intermedio. Ministerio del Interior-Expedientes Generales (en adelante: AI/MI-Expedientes generales), legajo 7, exp. 5.455, Dirección General de Correos y Telégrafos, resolución n.º 2.318 DT/938, 1938.
  3. Ibidem.
  4. Ibidem.
  5. AGN. AI/MI-Expedientes generales, legajo 7, exp. 5.455, correspondencia de R. M. Setaro a M. R. Alvarado, secretario de la Federación de Organismos de Ayuda a la República Española, 1938.
  6. AGN. AI/MI-Expedientes generales, legajo 7, exp. 5455, correspondencia de A. Mc Dougall a Soledad Alonso de Drysdale, 1938.
  7. AGN. AI/MI-Expedientes generales, legajo 7, exp. 5455, Decreto del Poder Ejecutivo Nacional n.º 2.363, 1938.
  8. Eventos que fueron realizados en lugares como teatros, iglesias, colegios católicos y salones de hoteles. Entre ellos se puede mencionar a la Basílica de la Merced, el Colegio Champagnat, el Colegio La Salle, el Teatro Coliseo, el Teatro Avenida, el Teatro San Martin, el Salón Casablanca, el Salón de la Biblioteca del Consejo Nacional de Mujeres, el Alvear Palace Hotel y el Hotel Ambassadeurs, entre otros.
  9. Correspondencia de Miguel de los Santos Díaz Gómara, obispo de Cartagena, al cardenal Isidro Gomá y Tomás, Buenos Aires, 5/08/1937, transcripción en Andrés Gallego-Pazos (2005a: 62).
  10. Notas de viaje de Miguel de los Santos Díaz de Gomara al i Congreso Eucarístico Nacional de Paraguay. A bordo del Neptunia, 28/10/1937, transcripción en Andrés Gallego-Pazos (2005b: 219).
  11. AHCA. DPE, exp. 10, 1937.
  12. AHCA. DPE, caja n.º 3835, exp. 9, Circular del Ministerio del Interior, Buenos Aires, 2/02/1937.
  13. AHCA. DP-GCE, caja n.º 11, legajo 40, correspondencia de Felipe Jiménez de Asúa, encargado de negocios de España, a Carlos Saavedra Lamas, ministro de Relaciones Exteriores, Buenos Aires, 7/05/1937; Ídem, DPE, caja n.º 3649, exp. 13, telegrama de Francisco J. Madero, director general del interior, a gobernador del Territorio Nacional de Río Negro, Buenos Aires, 7/12/1936.
  14. AHCA. DP-GCE, caja n.º 11, legajo 40, correspondencia de Ángel Ossorio y Gallardo, embajador de España, a José María Cantilo, ministro de Relaciones Exteriores, Buenos Aires, 4/08/1938.
  15. AHCA. DP-GCE, caja n.º 11, legajo 54, dictamen del consejero legal Dr. Isidoro Ruiz Moreno, Buenos Aires, 21/09/1938.
  16. AHCA. DP-GCE, caja n.º 11, legajo 40, correspondencia de Ángel Ossorio y Gallardo a José María Cantilo, Buenos Aires, 22/07/1938.
  17. AHCA. DP-GCE, caja n.º 11, legajo 40, correspondencia de Ángel Ossorio y Gallardo a José María Cantilo, Buenos aires, 6/09/1938.
  18. AHCA. DP-GCE, caja n.º 11, legajo 40, correspondencia de José María Cantilo a Ángel Osorio y Gallardo, Buenos Aires, 11/08/1938.
  19. AHCA. DP-GCE, caja n.º 11, legajo 40, correspondencia de José María Cantilo a Ángel Ossorio y Gallardo, Buenos Aires, 16/08/1938.
  20. Esta imagen, que fue obsequiada con el grabado “Dedicada al Templo de Pilar por Cruzados Gallegos de Santiago en conmemoración del año triunfal y de gloria de nuestra España – 19 de marzo de 1939”, hoy se encuentra desaparecida. Sin embargo, aún persiste el mural alegórico reivindicatorio de la victoria del franquismo en la guerra civil en el ala derecha del templo. Ver Vázquez (8 de septiembre de 2012).


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