Las consecuencias de este gran paroxismo moral aún existen […] Durante el siglo XIX era creencia común que un interés “prematuro” por el sexo, la excitación sexual y sobre todo, el orgasmo, dañarían la salud y maduración de un niño. Los teóricos diferían en sus opiniones sobre las consecuencias reales de la precocidad sexual. Algunos pensaban que llevaba a la locura mientras que otros simplemente predecían un menor crecimiento. Para proteger a los jóvenes de un despertar “prematuro” los padres ataban a sus hijos por la noche para que no se tocaran, los médicos extirpaban el clítoris de las niñas que se dedicaban al onanismo. Aunque las técnicas más burdas han sido abandonadas, las actitudes que las produjeron aún persisten.
Gayle Rubin[1]
Autora y texto
“El mulato”, que aquí abreviamos como EM, de Marta Susana Prieto, escritora hondureña, se inscribe dentro de lo que hemos denominado relatos del despertar erótico. Este texto pertenece a las historias de iniciación sexual, transición o aprendizaje[2], pues muestra un tránsito generacional que va de la infancia hasta la adolescencia de los personajes. Podría ser, de acuerdo con las ideas de Iuri Lotman, un relato de “acontecimientos” ya que “en un texto, acontecimiento es el desplazamiento del personaje a través del límite del campo sémantico”[3]. Vemos entonces un movimiento, un pasaje que va de la infancia a la adolescencia del personaje y este desplazamiento funciona como una especie de detonante del despertar erótico de los protagonistas.
Marta Susana Prieto publicó en 2005[4] una novela titulada Memoria de las sombras, que obtuvo mención de honor de Casa de las Américas, y en 2011 escribió Buscando el paraíso, un texto que parecía completar la historia del primero[5]. Los relatos cortos son sus preferidos: en 1999, publicó Melodía de silencios[6], una colección de cuentos que enfatizaban en la psicología de sus personajes; más tarde, en 2002, apareció Animalario[7], de donde se extrae el cuento que analizamos. Esa colección privilegia relatos de corte realista.
Lamentablemente, los trabajos sobre sus textos son pocos. Hay solo algunas menciones de Willy O. Muñoz o de diccionarios o antologías de la región. Como se ha dicho, la invisibilidad de la producción escrita por mujeres es la norma. A pesar de ello, Claudia Hernández señala que
Por todas partes, los cuentos de Marta Susana Prieto tendrán innumerables lectores y lecturas, porque sus argumentos apelan a valores universales como la vida, la muerte, el miedo, el exilio, la indiferencia, el viaje y la condición de la mujer, entre otros (Hernández, citada en Prieto, 2002, p. 9).
El abordaje de este cuento tomará en cuenta aspectos tradicionales del análisis literario pero también privilegiará el estudio de la resistencia, la rebeldía y lo que implica un acto como ese. EM se puede leer como un relato de despertar erótico aunque al mismo tiempo, como un discurso que intenta deslegitimar instituciones como la familia, la educación y la decencia. Estamos pues frente a un texto de resistencia que forma parte del complejo hecho erótico y que termina por dar voz a la rebeldía desde el cuerpo y el deseo de una muchachita, una menor de edad.
Argumento
Bajo la forma de un monólogo, quienes leen se dan cuenta de que la protagonista del cuento es una muchachita de buena familia, quizá blanca y que acaba de dejar la infancia para entrar a la adolescencia: ya no tiene ganas de correr ni de jugar como antes. Ronda quizá los once o doce años (se infiere del texto).
Todas las tardes, como a las cuatro, un mulato limpiabotas pasa al frente de su casa. A ella le fascina ese joven, adora su mirada felina, sus nalgas y la forma de su cuerpo. Sentada en la terraza de su casa ella piensa en el deseo inexpresable que ese joven le infunde, pero piensa también en las enseñanzas de su padre sobre la decencia de las mujeres y temas ligados.
Un día cuando ella viene de la escuela, el mulato la sigue y ella escoge deliberadamente una calle sin salida. Allí los dos cuerpos se frotan, pero ella, asustada, abandona la callejuela. Más tarde y siempre sentada en la terraza de su casa, la jovencita reflexiona sobre la educación recibida en su casa, en la escuela, en la sociedad. Se pregunta sobre las distintas clases sociales, el deseo y hasta el mestizaje.
El cuento termina cuando, una tarde, la protagonista se escapa de la casa para toparse con el mulato, pues aprovecha que su abuela vieja no la vigila y que sus padres no están. Ella decide entonces encontrarse con el mulato en las piedras antes de la hora habitual de las cuatro de la tarde.
El “yo no sé” como desafío a la autoridad o a las certezas de la autoridad
En EM, recurrentemente se leen las frases “yo no sé”, “algo que yo no sé” y similares. Esas frases son vitales dentro de la interpretación del texto pues significan algo que el relato intenta expresar, son repetitivas y, además, se contraponen a las verdades del discurso de autoridad.
Esas frases reflejan la incapacidad de definir o precisar la fascinación ejercida por el erotismo, es decir, ese “yo no sé” evidencia la precariedad del habla frente al fenómeno erótico que parece desbordarlo todo. En ese sentido, hay que recordar las palabras de Bataille, quien de forma lapidaria dijo: “Cualquiera que sea, una de las dos cosas: o el habla va hasta al final del erotismo o el erotismo vendrá hasta el final del habla[8]” (Bataille, 1988, p. 324). Es así como se puede leer el relato de Prieto porque en él se muestra la intuición, la fascinación y la angustia provocadas por el primer encuentro erótico: “y yo vuelvo a ver sin remedio, y aunque no haya palabras, por dentro trepidando como los leños de la estufa, soy un colibrí agitado a punto de enterrarse en un néctar que yo no sé qué es” (Prieto, 2002, p. 25).
En otro capítulo de este libro, el dedicado a lo fantástico y lo erótico, veremos que en el texto “Bicho raro” de la nicaragüense Ma. Del Carmen Pérez Cuadra también aparecen los límites del habla, del lenguaje. La “cosa”, el “bicho” en ese cuento no habla pero es en extremo erótico y muy deseable.
En EM incluso si la protagonista intenta explicar lo que le pasa en el cuerpo y sus emociones, no lo logra, más bien la duda la obsesiona. La figura del colibrí que se sumerge en el néctar es una metáfora tan viva que hasta es posible imaginar los colores, la textura y la potencia del pajarillo que literalmente penetra la flor con su pico. La protagonista se compara con un colibrí, un pájaro que vuela y que se sumerge en algo que ella conoce de oídas pero no realmente, no en la experiencia. Por eso insiste: “Quisiera enojarme, pero no puedo. Entonces de qué me quejo, si me quedo quieta como esperando algo que no sé qué es” (Prieto, 2002, p. 25). De nuevo, se ve que el “yo no sé” forma parte del juego erótico pues refuerza la atmósfera de lo prohibido, lo no dicho, de algo que se intuye pero que aun así no se conoce plenamente. También hay un juego entre la pasividad y la actividad porque la muchachita dice que ella espera con el fin de sentir algo: la figura del colibrí que “entierra”, penetra con su pico es sumamente activa y hasta un poco agresiva. Con esa imagen, alejada de lo pasivo, se identifica la jovencita. Por otra parte, el “yo no sé” afianza el tema más importante del relato: la oposición entre la duda de la jovencita y su deseo, y la aparente certidumbre de los argumentos del padre. En otras palabras, el texto utiliza mecanismos discursivos para deslegitimar el poder representado por su papá. He aquí algunos pasajes del cuento a este respecto:
Mis padres hablan a veces de ciertas cosas que competen a las mujeres decentes e indecentes. Yo no entiendo mucho de eso cuando lo veo sentado sobre la caja de lustre, con la rotura del pantalón, cerca de donde se hace gruesa la pierna, y el vacío en el estómago me deja hipnotizada (Prieto, 2002, p. 25).
En este pasaje se encuentran socavados los argumentos parentales cuando se confrontan con la realidad de la experiencia corporal y sensorial de la protagonista. La norma de la decencia se opone a la materialidad del cuerpo deseante en la medida en que hay una refutación o, mejor dicho, un menosprecio a la jerarquía que el discurso del padre representa. Se está entonces frente a un tema frecuentemente abordado por teóricas de América Latina,[9] por ejemplo, Marcella Althaus-Reid, que escribe:
Decencia es el nombre de la heterosexualidad latinoamericana de armario, es decir, del supuesto de que incluso la heterosexualidad puede ser moldeada según receta, lo cual no es verdad. Las mujeres heterosexuales deben salir de su armario como cualquier otra persona, diciendo la verdad sobre su vida, férreamente domesticada por definiciones patriarcales de qué significa ser una mujer fiel, monógama, heterosexual con vocación materna (Althaus-Reid, 2005, p. 71).
La decencia es concebida como el modelo femenino por excelencia, puesto que ella comporta –implícitamente– heteronormatividad, monogamia y por supuesto, maternidad. Todas las mujeres que rechacen estas normas son entonces desplazadas fuera del mundo “decente”. La protagonista de EM habla de deseo, pero este tema está excluido del discurso de la decencia y más bien es lo primero que se pretende vencer en el mundo que se supone “correcto”. Estar fascinada por un cuerpo, sufrir la agonía del deseo es lo contrario de la decencia porque el patriarcado se funda justamente sobre la negación o peor aún, sobre la administración del deseo femenino, siempre sospechoso de provocar el caos. De ahí la insistencia del discurso que atraviesa el texto y que enfatiza en la decencia, la moral, el buen comportamiento, para luego refutarlos:
Esta tarde cuando él pase con la mano derecha en el bolsillo y la izquierda sobre la correa del neumático, que es la agarradera de la caja de lustrar zapatos; volverá a verme directo, como me han enseñado en casa, que, por buena educación, así no se mira a nadie (Prieto, 2002, p. 23).
Una vez más, a través del monólogo de la protagonista, se escuchan las palabras del padre que enseña y dice que incluso la mirada debe ser decente también. De esta forma se constata que “ser decente” es una conducta aprendida, enseñada, como las tablas de multiplicar o un poema. Comportarse decentemente se aprende, se transmite, se impone: una niña decente no debe mirar como lo hacen las otras, y menos aún, mirar un cuerpo masculino que le fascina. Pero la jovencita no sigue los preceptos que le quieren inculcar, por eso la oposición tiene lugar o, mejor dicho, la rebeldía que la conduce a desafiar la autoridad de la certeza:
Cada vez que vamos al centro de la ciudad, de la mano de mamá, obligadamente pasamos frente al billar, comienzo a vibrar-hoja seca a merced de la borrasca tratando de mirar recto sin volver la cabeza hacia ese espacio que tantas veces lo ha dicho mi papá, es lugar de perdición al cual van solamente gente sin oficio ni beneficio y, además, de que los hombres toman cervezas por la tarde, juegan por dinero. A mí no me importa que él esté allí porque su figura resalta entre todos los que frecuentan el lugar (Prieto, 2002, p. 24).
Este pasaje muestra el tratamiento del espacio: el billar se opone a la casa, por ejemplo, pero también la mención a la hoja seca que se deja llevar continúa la metáfora del colibrí, de la naturaleza que es, a fin de cuentas, la indispensable libertad metafórica para el ser humano. La muchachita se identifica con la naturaleza para intentar comprender lo que le pasa a su cuerpo cada vez que ve al mulato. Ella dice que la presencia de él en el billar no es un problema porque su silueta se desmarca de la de los otros. Sin embargo, lo más interesante de su rebeldía es el choque de ideas con su padre para quien el billar o las salas de juego son lugares de mala muerte, de perdición. En ese monólogo se translucen las ideas del padre a las cuales ella se opone. El billar es sin duda un lugar poco recomendable, pero ella, al contrario, no ve sino el espacio, el rincón en donde el mulato es diferente a los demás hombres. La rebeldía comienza ahí donde el discurso del padre es inútil; la muchachita no hace caso a las precauciones dictadas por la autoridad parental y, como se verá al final de la historia, ella se escapa de la casa para toparse con el limpiabotas deseado.
La autoridad es burlada cuando el erotismo emerge: la jovencita desobedece y eso remite casi inmediatamente a los intertextos de Eva, Lilith, Psique e incluso Pandora. La desobediencia es el acto de rebeldía por excelencia y si se le agrega la fuerza de Eros, entonces la ecuación es completa. Mucho de la historia de Occidente, desde la edad de oro griega, pasando por los padres de la Iglesia hasta nuestros días, se ha tejido a partir de este tema. Ya sea en la literatura, en las encíclicas papales o en los mitos, la mujer ha sido siempre sospechosa de incitar a la rebeldía. Por eso, Yadira Calvo escribe que la desobediencia y, específicamente, el debate sobre el poder de los hombres y la debilidad de las mujeres, es el punto de partida en esta receta ideológica heredada desde hace siglos:
Aristóteles elevó esta situación a categoría de orden natural cuando le encontró justificación al afirmar que lo superior manda sobre lo inferior, y así pues el macho es más perfecto, el macho manda. La virtud del varón es el mando, la de la mujer, la obediencia. Estas ideas pasaron a la Suma Teológica, aún más reforzadas por la condición hebraica, las heredó la Escolástica y las divulgó el cristianismo desde el siglo XIII hasta hoy (Calvo, 1993, p. 22).
La lógica ancestral según la cual la mujer debe obedecer al hombre pero, sobre todo, al padre, se invierte en EM pues es la jovencita quien, a pesar de la vigilancia de la que es objeto y los consejos recibidos sobre la decencia, decide mirar, fantasmear y, finalmente, ir a la calle a encontrarse con el joven mulato. Hay entonces un rechazo a la orden del padre, una desobediencia consciente como acto meditado y deseado. La frase “yo no sé”, que muestra incertidumbre, no le impide reaccionar y querer llegar hasta el final con tal de encontrarse con el objeto deseado. El “yo no sé” no significa no hacer nada, al contrario, parece decir que justamente en la curiosidad erótica de la que se habló al inicio, reside la posibilidad de la transgresión. Desobedecer es entonces el primer paso hacia el despertar erótico. Gloria Anzaldúa[10], escritora feminista, chicana y lesbiana, ha descrito la rebeldía diciendo que
Desde muy temprana edad tuve un sentido muy claro de quién era, de lo que quería y de lo que era justo. Tenía una voluntad fuerte, era testaruda. Esa voluntad intentaba continuamente movilizar mi alma bajo mi propia soberanía, vivir mi vida a mi manera, por muy inapropiada que le pareciera a los demás. Terca. Ni siquiera de niña era obediente. […]. Hay una rebelde en mí, la Bestia Sombra. Es una parte de mí que se niega a obedecer las órdenes de autoridades externas (Anzaldúa, 2016, p. 56).
La rebeldía no solamente desafía los mandamientos del padre sino los de la sociedad en general pues hay una tiranía sistemática contra la cual hay que luchar[11]. Es como si para gozar plenamente de esta rebeldía, las mujeres debiéramos callar la voz de autoridad patriarcal, desde los primeros años de nuestra vida, para luego callar, en la adultez, las voces y mandamientos que la sociedad nos trata de imponer.
La rebeldía muestra también las estrategias de sumisión y obediencia frente al poder de la racionalidad o la certeza de los discursos dominantes. En el texto de Prieto hay efectivamente una estrategia de descalificación de la autoridad a través de discursos que se oponen. Por un lado se ve el discurso de la jerarquía con una aparente certeza de cosas como la decencia, la buena educación, y por otro, un contra-discurso representado por la muchachita. El discurso del padre parece firme mientras que la voz de la jovencita se expresa con un “yo no sé”, en apariencia débil aunque realmente es más fuerte.
Para terminar, es interesante señalar que en la literatura escrita por mujeres en América Latina, y sobre todo en El Caribe, se encuentra la figura de la adolescente insumisa, consciente de su cuerpo y su deseo. En ese sentido, hay que recordar que en 1949 la venezolana Antonia Palacios escribió la novela Ana Isabel, una niña decente, y allí como lo señala Nadia Celis:
Palacios hace del cuerpo de Ana Isabel el escenario de una batalla entre el impulso vital o “sensualismo” de la niña, cuya percepción alimenta su imaginación, exploración del mundo y acercamiento a los otros, y el imperativo sociocultural sobre la feminidad blanca y aristocrática inscrito en la compleja red de comportamientos, distinciones y prohibiciones que constituyen el régimen de la decencia (Celis, 2015, p. 83).
Parece entonces que ese conflicto entre la obediencia y la rebeldía de las jovencitas es finalmente una batalla que se desarrolla en el cuerpo. El cuerpo es el campo de batalla, en el cuerpo se debe ver la decencia, la castidad, la sumisión, pero en él también pervive la voz disidente que rechaza todo ello. Así, el cuerpo, pero sobre todo, el cuerpo de la jovencita es la manzana de la discordia por excelencia. Desde el cuerpo deseante es posible levantar el puño ante la autoridad disfrazada de certeza, o al revés, ante la certeza disfrazada con discursos autoritarios.
¿Podría la frase “yo no sé” significar que el despertar erótico como totalidad es inexplicable, es un misterio? Puede ser… El despertar erótico en tanto tema o, incluso, en tanto experiencia humana es entonces sinónimo de esta ambigua frase. Pero al final del relato, la muchachita dice que quiere “salir de dudas” y entonces, se escapa de su casa, burla la vigilancia y actúa. Mejor dicho, el “yo no sé” funciona como la antesala del verbo reaccionar, de hacer.
La mirada, la casa y el billar
En EM hay una oposición de espacios que es, por cierto, un punto interesante a la hora de interpretar el relato. El problema del espacio tiene estrechas relaciones con la diégesis de los textos porque “… los modelos más generales sociales, religiosos, políticos, morales del mundo, mediante los cuales el hombre interpreta en diversas etapas su historia espiritual, la vida circundante, se revelan dotados invariablemente de características espaciales” (Lotman, 1982, p. 271).
En este cuento hay que detenerse en las oposiciones aquí-allá, derecha-izquierda, la casa-el billar, con el fin de acceder al sentido del texto y sobre todo, para estudiar el tema de la mirada en conjunto con el espacio. Para ello, se examinan algunas frases del relato, por ejemplo, aquella que abre la historia y que describe al mulato en la calle: “Allí va con su andar de gato montés, los dedos redondos de los pies enfundados en los mismos tenis que ya no son blancos” (Prieto, 2002, p. 23). El adverbio “allí” al inicio de la historia evidencia el papel que tendrá la mirada en este cuento. El joven mulato se encuentra lejos de la protagonista, pero este alejamiento le permite seguirlo con la mirada, verlo moverse, medir la distancia y apropiárselo. Es la muchachita que observa, es ella quien desea al muchacho que pasa por la calle. Este adverbio de lugar establece una distancia, pero a la vez, una diferencia de clase social que los separa. La mirada es fundamental en el imaginario erótico tradicional[12], como lo muestran tantas películas, novelas e incluso canciones. El término “voyeur” debe por cierto su origen a esta insistencia de ver, de espiar en sentido sexual.
Ya dijimos que el primer relato erótico en Centroamérica fue “Valle Alto” de Yolanda Oreamuno (1946) y justamente fue considerado como tal por el tema de la mirada. En ese cuento de los años 40, una mujer observaba y deseaba el cuerpo de un hombre, de ahí su importancia y subversión: mirar con deseo fue siempre una práctica ligada al mundo masculino. Por eso Nadia Celis hablando de las escritoras del Caribe latinoamericano afirma que
Los primeros encuentros con el deseo de los otros, en situaciones que van desde miradas incómodas hasta la seducción y la violación; constituyen, a juzgar por su prolífica representación en la narrativa de escritoras en el Caribe hispano, un evento fundacional de la subjetividad femenina (Celis, 2015, p. 99).
Celis señala que efectivamente, en la producción escrita por mujeres del Caribe, la mirada es un punto de partida que revela la toma de conciencia corporal de las protagonistas de los textos.
Según ella y otras teóricas[13], la jovencita se descubre deseable a partir de la mirada masculina y es así como ella comienza a despertarse erótica y sexualmente. Es como si la mirada masculina penetrara el cuerpo de las jovencitas y con ello, moldeara sus subjetividades. Un pasaje como el siguiente se relaciona con lo expuesto por Celis:
… ellos no huelen a maleza húmeda, ni tienen ese sudor amargo que brota cuando él me mira, tampoco me acechan como él; con esa mirada de gato que me pone inquieta, con ellos nunca estoy tan consciente de mi piel, ni se tensan los músculos con esa angustia que me sofoca… (Prieto, 2002, p. 25).
La mirada de gato que el mulato posa sobre la piel de la adolescente, o mejor dicho, esa mirada inquisidora, fascina y al mismo tiempo da miedo. Hay una respuesta física de la jovencita que se traduce en sudor, tensión de los músculos, pero también en angustia. A pesar de ello, aunque se puede admitir una penetración de la mirada masculina que moldea la subjetividad de la jovencita, no se puede negar que ella también actúa, toma las riendas de su placer al mirar su objeto de deseo: el mulato.
De esta forma, la palabra “allí” que abre la historia dice sutilmente quién es la persona que observa, pero, sobre todo, quién fantasmea sexualmente y quién tiene deseos… El relato de Prieto es uno donde la mirada se privilegia. De hecho, la historia se desarrolla a punta de miradas cruzadas: la jovencita observa al limpiabotas, pero él la mira a ella. Incluso se puede decir que hay una cierta igualdad entre ellos en ese sentido. Sin embargo, la contemplación de ella es más fuerte porque pertenece al campo de la provocación y de la rebeldía y esto le permite conquistar su lugar en tanto individuo.
Pero ¿qué más dice la mirada? Freud en sus Tres ensayos sobre la teoría sexual habla del placer escópico, el ojo en tanto zona erógena: “la impresión óptica es la vía por la cual la excitación libidinal es frecuentemente despertada[14]” (Freud, 1987, p. 66). Mirar es la puerta que abre al deseo, la curiosidad sexual, el descubrimiento… y por ello no sorprende que el relato se incline por esta supremacía de la mirada. El siguiente cuadro muestra algunas (pero hay más):
Tabla 1. Algunas frases del relato donde se menciona la mirada
con la mirada testaruda del que se lleva de encuentro a cualquiera |
Volverá a verme directo |
Me las arreglo para que el rabillo del ojo perciba las ondulaciones |
Me va a mirar exacto, de arriba abajo con el deseo expreso de que me dé cuenta de que me está observando |
Evitando la mirada que aunque no la vea, la siento en mi piel |
Fuente: elaboración propia.
La mirada en este cuento es un tema recurrente pero sobre todo fundante: permite la construcción de la subjetividad de la muchachita pues mide el deseo de ella, así como el conocimiento de su propio cuerpo y el del mulato. La protagonista dice: “Cada vez lo descubro un poco más alto, los pantalones le quedan cortos y la camiseta abierta deja ver un pecho flaco” (Prieto, 2002, p. 24). El retrato del joven indica que él también, al igual que la jovencita, está creciendo. Quizá, él es probablemente un adolescente con los mismos fantasmas que la protagonista que lo observa todas las tardes. Por eso insistimos en el carácter igualitario de la mirada en este cuento, lo que no impide ver la iniciativa que suele tomar la jovencita y la actitud que ella asume al intentar administrar su pasión hacia el mulato. Asimismo, la mirada revela los mecanismos a través de los cuales la conciencia corporal emerge y que explican un poco lo que la jovencita a veces siente: vergüenza, duda, culpa, pero también fascinación y audacia.
Volviendo al tema del espacio, la narradora dice:
Va en dirección de la calle central, a instalarse en el corredor y los billares, frente al cine, donde los hombres por la noche escupen y explotan carcajadas, se respira a humo de cigarro e inusitadas voces chulean a las mujeres cuando pasan (Prieto, 2002, p. 23).
El camino del joven mulato se conoce gracias a las informaciones dadas por la voz que narra, sin embargo, lo más importante es, tal vez, la comparación entre el espacio de la casa y el exterior. La calle lleva a lugares de mala fama donde el mulato pasa su tiempo como los otros hombres del barrio. El billar es el espacio del vicio, de los juegos de azar, de las conversaciones sobre sexo y las mujeres. En resumen, es un lugar de “machos”. Los hombres van ahí para jugar, fumar, para burlarse unos de otros y afirmar su virilidad dentro de una determinada comunidad. El billar es entonces “ese espacio que tantas veces lo ha dicho mi papá, es lugar de perdición al cual van solamente gente sin oficio ni beneficio y, además, de que los hombres toman cervezas por la tarde, juegan por dinero” (Prieto, 2002, p. 24). Es un espacio donde no existe la decencia, un poco como lo que señala Bataille cuando habla del trabajo y del hampa[15], según las palabras del padre; por eso la frase “sin oficio ni beneficio”. En el billar los hombres beben, juegan a las cartas, lanzan vulgaridades a las mujeres que pasan por la calle. Es pues un lugar tosco, bajo.
En cambio, la casa es un lugar de seguridad, de valores, aunque el texto la describa superficialmente. Tiene un pasillo con “verdes mimbres en el corredor”; frente a la casa “hay niños correteando detrás de otros”. Se dice que la jovencita ya no juega a “esconde la aguja en el traspatio de la casa”. La casa es por lo tanto lugar de jardines y sobre todo, un espacio para los niños de buenas costumbres. Pero también, es el lugar desde donde el padre predica los buenos principios, los buenos modales que la protagonista tiene la obligación de aprender y aplicar. La casa constituye los dominios del padre, la autoridad y la vigilancia. Esta última es confiada a las mujeres, madre y abuela de la chiquilla, que obedecen las recomendaciones del patriarca. Por cierto que el papel de las mujeres en este cuento es casi nulo, excepto el de la protagonista rebelde. Hasta se podría decir que las mujeres allí solo son guardianas que obedecen la voz del amo y cuya única función es vigilar sin cesar a la jovencita deseante. Así lo expresa ella: “nunca salgo a la calle si no es con mi mamá”, o “cada vez que vamos al centro de la ciudad, de la mano de mamá, obligadamente pasamos frente al billar” (Prieto, 2002, p. 24). Las mujeres en este texto funcionan como los ojos que vigilan lo que el padre intenta preservar a todo precio, ellas son testimonio del papel de la mujer tradicional que hace caso sin protestar. Y sin embargo, la mirada de esas mujeres es inútil y las solas miradas que cuentan y que triunfan al final del relato son las de los dos jóvenes, el mulato y la chiquilla, atraídos el uno hacia el otro: “Ahora que mis padres no están en casa y la abuela está muy vieja; iré frente a las piedras, unos minutos antes de las cuatro de la tarde y esperaré a que pase. Seguro él va a mirarme” (Prieto, 2002, p. 25).
La muchachita dice que su abuela es vieja, o sea, menos vigilante, y esa es la razón por la cual ella puede salir sin ser notada. Pero salir en el sentido espacial del relato significa “abandonar la casa”, el lugar donde la autoridad es poderosa y administrada por ley. Por eso hay que salir al final del cuento pues la transgresión, o mejor dicho, la desobediencia y la rebeldía solo se viven fuera del espacio de los mandamientos parentales. Había que deshacerse de la vigilancia, y dejar el espacio donde reinan los discursos de autoridad. Así es como se construye la conciencia corporal de la adolescente deseante y su papel en tanto individuo en la sociedad.
Por otra parte, el tema de la mirada revela nociones más profundas. Este mirar interpela las buenas costumbres de la jovencita. Ella piensa que “alguien que mira tan directo, será capaz de muchas cosas, pero jamás de nada que tenga que ver con la iniquidad” (Prieto, 2002, p. 25). Un mirar directo a los ojos es de alguna forma como decir la verdad, y en el texto esta verdad es la del deseo. Aquella frase “los ojos son la ventana del alma” nunca fue tan verdadera. Mirar como lo hace el mulato puede ser angustiante pero nunca amenazante pues el deseo y la sensualidad también son formas de la bondad. La mirada atraviesa tanto el texto como el cuerpo de los protagonistas, en un movimiento que parece ir y venir en toda reciprocidad. Observar puede ser sinónimo de penetrar, de tocar, y es así como se comprende la importancia de este tema en el cuento. Más de 25 veces aparecen el verbo “mirar” o el sustantivo “mirada” y eso indica que se está frente a un relato que exalta una experiencia sensorial ineludible cuando hablamos de erotismo.
Una última acotación sobre la mirada permitirá comprender el juego al que se abandonan los protagonistas. Hay un pasaje donde queda claro que el padre desconfía de la mirada de su hija: “Mi papá siempre recela hasta de quién estoy mirando” (Prieto, 2002, p. 24). Según esto, para el padre –en realidad, para cualquier padre– hay que prestar atención a la mirada de las jovencitas pues ella anuncia un elemento perturbador y que puede tambalear la lógica de la casa y la autoridad. Él es consciente de ese eventual peligro, por lo tanto, vigila. La mirada juega un papel importante en este cuento porque mirar no es algo anodino. Mirar es desear, es querer. Con razón Jean Chevalier y Alain Gheerbrant escriben que “La mirada aparece como símbolo de una revelación. Pero aún más, la mirada es un reactor y un revelador recíproco de quien mira y es mirado. La mirada del otro es un espejo que refleja dos almas[16]” (Chevalier y Gheerbrant, 1996, p. 804).
La revelación en EM pertenece al orden de lo erótico en la medida en que hay un despertar y una toma de conciencia corporal. Dos seres se buscan con la mirada y se encuentran, si bien la jovencita es quien seduce y se rebela. Desde esa perspectiva, el texto de Prieto aboga por el papel activo de la mujer en una revelación que ella debe profundizar poco a poco.
La clase, la raza, el sexo
Cuando se lee EM, una de las primeras cosas que se notan es la diferencia de clase de los protagonistas. El mulato, por su etnia y oficio, pertenece a otro mundo, a otro medio social. Al continuar la lectura se constata aún más esta diferencia: la muchachita que narra es una niña bien, habita en una bella casa y recibe una educación burguesa. Hay entonces riqueza y pobreza, dos mundos opuestos que el eros, más fuerte que todo, va a unir. En ese sentido, es posible leer el cuento en clave interseccional[17] pues este enfoque se constituye en
una herramienta de análisis para las investigaciones en ciencias sociales sobre las discriminaciones, en general, y en particular, para la teoría política y los estudios de género que analizan la estructura formal de las relaciones sociales –analógica, aritmética y geométricamente[18] (Dorlin, 2012, p. 10).
En el cuento, la clase social, el sexo y la raza son un punto de partida que permite analizar mejor el ambiente erótico así como la diferencia de clase de la muchachita y el limpiabotas. El pasaje que abre el relato y que describe al joven mulato en la calle es explícito en este sentido:
Allí va otra vez con su andar de gato montés, los dedos redondos de los pies enfundados en los mismos tenis que ya no son blancos. Con la mirada testaruda del que se lleva de encuentro a cualquiera que se le ponga al paso, parecen las pisadas de un gigante presumido en sus dominios, su bravura reflejada en los arañazos en la frente, lesiones de las guerras de barriada (Prieto, 2002, p. 23).
La descripción dice que el chico viste con las mismas tenis usadas y viejas. Y este detalle no es anodino. Los zapatos que uno porta dicen mucho sobre la clase social, incluso sobre el género, si pensamos en términos de travestismo. Se sabe que el mulato se gana la vida limpiando los zapatos de otros, él pasa debajo de los pies de otros, lo cual lo coloca abajo, en términos de la escala social. También se dice que él tiene unos arañazos, unas cicatrices en su frente causadas en los pleitos callejeros. La calle es su dominio así como su lugar de trabajo. Su paso es el de alguien que enfrenta todos los días un medio hostil y violento.
Así, se comienza a descifrar la medición de fuerzas en el texto de Prieto pues se tiene, socialmente hablando, un dominado y una que domina. El juego de roles propuesto sutilmente es un elemento importante cuando hablamos de erotismo. Al mismo tiempo, esto recuerda, si bien vagamente, una referencia al amor cortés en la medida en que allí el hombre estaba abajo y la mujer, arriba… Y aunque esto pueda parecer ingenuo, estamos tentados a ver en esta pareja del cuento algo similar. ¿Tristán e Isolda en el Caribe? Aunque no haya filtro, esa pareja algo tiene que decir en relación con la jerarquía o mejor dicho, con la mujer que está siempre encima y que además, es la que decide: “Un día que venía de la escuela me siguió y no sé por qué, deliberadamente, escogí el callejón que está detrás del Centro de Salud. Caminé despacio, él se puso a mi lado y yo sentí su brazo testarudo y apretó su cuerpo sobre el mío contra el paredón” (Prieto, 2002, p. 25). Es la jovencita quien escoge la callejuela poco frecuentada para su primer encuentro, donde los cuerpos se frotarán uno con otro, a pesar del yo no sé estudiado. Su escogencia es deliberada: esa calle es solitaria, favorable. El mulato responde al juego propuesto por ella, quien se muestra más activa que el joven y parece dominar el juego.
Por otra parte, el texto enfatiza en la superioridad de la clase social de la jovencita y de sus normas de conducta, como ya se vio, pero la figura del mulato, a pesar o quizá gracias a su pobreza, fascina, atrae: “Yo no entiendo mucho de eso cuando lo veo sentado sobre la caja de lustre, con la rotura del pantalón, cerca de donde se hace gruesa la pierna…” (Prieto, 2002, p. 25). El pantalón roto refuerza el deseo de la protagonista que, de tanto mirar, encuentra hasta encanto en la ropa con huecos[19] del mulato. Aquí el hueco funciona como una especie de ventana que permite adivinar la totalidad del cuerpo deseado. Con esa prenda rota la chiquilla fantasmea; se ve pues que la pobreza no es un obstáculo para desear, al contrario, más bien refuerza el juego erótico y dice que si hay igualdad en la vida, esta se encuentra justamente en la danza del eros que nos llama a todos. Octavio Paz lo dice con fuerza: “el sexo es subversivo: ignora las clases y las jerarquías, las artes y las ciencias; el día y la noche. Duerme y solo despierta para fornicar y volver a dormir” (Paz, 1993, p. 16). He ahí la democracia tal y como la concibe el erotismo. Sin embargo, esa democracia no se ve siempre en las estructuras de los discursos del relato. Por ejemplo, el tema de la raza.
Desde el título mismo se indica algo importante; la narradora, la muchachita que cuenta la historia muy probablemente no sea mulata… ¿Cómo asegurarlo? Gérard Genette ha dicho que los textos tienen niveles de información, es decir “el relato siempre dice menos de lo que sabe pero a menudo hace saber más de lo que dice” (Genette, 1989, p. 252). También, siguiendo el método de Teun A. Van Dijk[20], quien ha trabajado mucho sobre la raza y el discurso, se puede concluir que hay efectivamente una oposición de clase y de raza en el cuento. Por un lado, está el mundo del padre, lo que él piensa y dice, y por otro, está el de los demás. En otras palabras, hay un nosotros y un ellos, y oponerlos sirve para ver las intersecciones del cuento. El siguiente cuadro lo resume:
Tabla 2. Nosotros y los demás, siguiendo el modelo de T. Van Dijk
Nosotros (representados por el padre) | La jovencita | Los otros (representados por el mulato) |
Tenemos dinero | No tienen dinero | |
Trabajamos | No trabajan | |
Somos decentes | No son decentes | |
Vamos a la escuela | Van al billar | |
Tenemos un hogar | Tienen la calle como hogar | |
Estamos adentro | Están afuera |
Fuente: elaboración propia.
La jovencita se encuentra como en el medio, ella pertenece a la clase dominante, es educada, adinerada, pero no comparte las ideas de su padre. El mulato es lo contrario del padre; él parece representar la pereza, la vulgaridad, lo que no es decente, es la vida de la calle opuesta a la vida de seguridad de la casa. Los otros son justamente lo que no somos nosotros. Y si el texto lleva por título “El mulato” es porque la protagonista quizá no pertenece a ese grupo étnico: ella no comparte los valores de su padre pero tampoco pertenece al mundo del limpiabotas que le fascina. Parece estar en medio de ambos espacios. Coincidencia de la vida y de los textos: la protagonista es una adolescente que, según la cultura popular, no pertenece ni a la infancia ni al mundo de los adultos; es como un ser entre dos periodos de la vida, alguien en tránsito (entre espacios de niñez/adolescencia y luego adultez). En el cuento, la protagonista está en el medio, no es una niña pero tampoco una mujer hecha y derecha. Ella está en un lugar intermedio que no es ni el del padre ni el del limpiabotas.
Dijimos que el texto comenzaba con la palabra “allí” y que este designaba el espacio del mulato y no de la chiquilla. Por lo tanto, la jovencita habla desde un lugar de enunciación distinto en términos de clase pero también de raza. Si el cuento se llama EM, insistimos, es para anunciar desde el comienzo que ella es distinta, de lo contrario habría sido suficiente darle un nombre al joven y ya. La mención a la raza y a ese “allí” son puntos fundamentales que Prieto señala bien.
Al final del texto, la muchachita va “allí” para encontrarse con el muchacho. Deja su casa y sale a la calle; al hacer esto es como si dejara el mundo de la infancia (su casa) para entrar al mundo adulto (la calle) donde se convertirá en mujer con derecho a desear. Y lo que dijera Marcella Althaus-Reid viene entonces a la mente:
Un relato sexual es siempre históricamente sexual porque las descripciones sexuales no son componentes de mundos abstractos sino enraizadas en comunidades políticas y sometidas a condiciones concretas de producción, limitadas por la raza, la clase, la edad, los grados de discurso normativo sexual aceptados o a los que se opone resistencia (Althaus-Reid, 2005, p. 192).
Un relato sexual está pues circunscrito a elementos concretos. EM es un texto que une diferentes discursos y que gracias a ello, encuentra un valor particular entre la producción escrita en la región centroamericana.
La niña perversa, el trópico y la cuestión del “yo”
No podemos terminar el análisis sin mencionar el tema de la niña impura, que es, a la vez, una especie de infante perverso presente en este cuento centroamericano. Quienes leen observan una voz en primera persona que narra la historia y que es importante subrayar desde el punto de vista de la teoría literaria clásica. El crítico Willy Muñoz ha escrito que EM “deviene un monólogo estereotipado” (Muñoz, 2021, p. 40), pero esa opinión no es del todo justa pues hay una riqueza y un discurso de resistencia en el texto así como la figura poderosa de una Lolita tropical que no se puede omitir.
La jovencita perversa es frecuentemente mencionada en la producción literaria de la región, tal y como señala Helena Araujo: “La disimulación, la hipocresía, la represión han de producir compulsiones en un mórbido cuadro de ambigüedades. Obsesiva y desgarrada, “la niña impura” asola a muchas escritoras latinoamericanas” (Araujo, 1989, p. 99).
El aburrimiento –casi siempre– conduce a la niña perversa hacia el despertar erótico, eso es por lo menos lo que indican Helena Araujo y Nadia Celis. Además, son siempre las niñas ricas, las niñas bien… El lujo, la educación recibida en la escuela y en la casa no satisfacen. De ahí su curiosidad y sus deseos de ver más allá. Algunos pasajes del cuento van en esta línea:
Siempre viene a las cuatro de la tarde, cuando todavía no declina la luz del día y frente a la calle hay niños correteando detrás de otros como hace poco hacía yo, bajo la escolta de algún pariente de la casa, no soy tan chica, ya no retozo como antes ni ando jugando landa con mis hermanos o esconde la aguja en el traspatio de la casa. Ahora paso mucho tiempo sentada, con el pensamiento al aire (Prieto, 2002, p. 23).
En este fragmento la información más importante es la referencia a lo que ella solía hacer cuando era una niña. Frente a su casa los chiquillos juegan como ella hacía antes, pero ¿antes de qué? Antes de la aparición del deseo, evidentemente. La adolescente dice haber jugado landa y esconde la aguja con sus hermanitos, pero ya no. Incluso ella siente una cierta nostalgia[21] pues ya no juega más, no se ocupa de nada. Ella se aburre y a partir de ese momento “improductivo”, surge el despertar erótico. Lo que le sucede a la muchachita coincide con lo que Bataille señala sobre lo inútil:
… los gastos improductivos: el lujo, el duelo, las guerras, los cultos, las construcciones de monumentos suntuosos, los juegos, los espectáculos, las artes, la actividad sexual perversa (es decir, alejada de la finalidad genital) representan actividades que de alguna u otra forma, tienen su fin en ellas mismas[22] (Bataille, 1990, p. 28).
El erotismo, que se coloca dentro de la actividad sexual perversa porque se aleja de la reproducción, y es además vivida por una menor de edad, forma parte de la conducta que empieza a vivir la jovencita. Es cierto que el tiempo de juego en la niñez es algo improductivo, un gasto inútil, solo que allí el niño no es consciente. Mientras que cuando la protagonista habla de su placer, entiende que algo le ha ocurrido y hasta siente impotencia por no saber manejar su deseo, todo lo cual la lleva a reaccionar al final del relato. La jovencita se asume tal y como es, con sus sueños y su cabeza que vaga en un mundo donde ella ya no juega más y es presa de sus propios fantasmas. La figura de la niña perversa se afirma poco a poco mediante una seducción premeditada en la que el intercambio de miradas y la alevosía son la norma: “Emplazará su mirada vertical sobre las crestonas verdes de los mimbres del corredor donde estoy sentada, haciendo como que leo el libro de cuentos que me regaló de cumpleaños mi abuela” (Prieto, 2002, p. 24).
Hacer “como si”, la expresión del juego por excelencia es justo lo que hace la niña perversa cuando dice leer pero en realidad espera ver al mulato. Y para continuar con el “como si”, ella canta maquinalmente: “En esas ocasiones cuando lo presiento desde lejos, aunque me haga la que no, empiezo a cantar despacito, sin sentido…” (Prieto, 2002, p. 24). La adolescente hace como si nada ocurriera cada vez que el mulato aparece y es ese juego lo que hace de ella una niña perversa, entre dos edades, la infancia y la madurez.
En lo que respecta al “yo” que narra, es posible decir que el hecho de que la heroína se exprese ella misma, de que sea ella quien cuente la historia y quien sienta, es dar la palabra a las mujeres, a sus sueños y deseos. Es autorizarla a tomar en sus manos, su propia vida. En ese sentido, Genette señala que
la conquista del yo, no es, pues, aquí regreso y presencia a y de sí mismo, instalación en la comodidad de la subjetividad sino tal vez lo contrario, exactamente: la difícil experiencia de una relación consigo mismo vivida como (ligera) distancia y descentramiento, relación que simboliza de maravilla esa semi-homonimia más que discreta y como accidental, del protagonista-narrador y el firmante (Genette, 1989, pp. 303-304).
En efecto, la conquista del yo implica una relación consigo misma, en la que la heroína intenta, a pesar de los obstáculos y los mandatos de la autoridad, encontrar un lugar de ella y para ella en el mundo.
- “Reflexionando sobre sexo. Notas para una teoría radical de la sexualidad”, en Carole Vance, Placer y peligro, explorando la sexualidad femenina, Madrid: TALASA, 1989, p. 115. ↵
- Como las películas mencionadas en la introducción de este capítulo. ↵
- Iuri Lotman, “Composición de la obra artística verbal”, en Estructura del texto artístico, Madrid: Istmo, 1982, p. 285.↵
- Información disponible en https://bit.ly/496m0B6. ↵
- Carlos Rodríguez, “Honduras, una historia de traiciones: Marta Susana”, La Prensa, 2011, disponible en https://bit.ly/46GK6kr.↵
- Willy O. Muñoz, Pasos audaces. Tomo II, op. cit., p. 125.↵
- Marta Susana Prieto, “El mulato”, op.cit., 2002.↵
- Georges Bataille, “Quoi qu’il en soit, de deux choses, l’une : ou la parole vient au bout de l’érotisme ou l’érotisme viendra à bout de la parole”. “Le paradoxe de l’érotisme”, en Œuvres complètes. XII. Articles I. 1950-1961, Paris: Gallimard, 1988. Mi traducción.↵
- Nadia Celis explica también el tema de la decencia ligada a la pobreza en la novela Ana Isabel, una niña decente pues hay un pasaje donde “la niña se pregunta, entre otras cosas, ‘¿por qué será que son siempre los pobres los que no son decentes?’”, La rebelión de las niñas, op. cit., p. 96.↵
- Gloria Anzaldúa, Borderlands. La frontera. Traducción de Carmen Valle, Madrid: Capitan Swing, 2016.↵
- “La legitimación presupone restricciones institucionales del poder social, como las definidas por la ley, los reglamentos, los derechos o las obligaciones, que establecen los límites de la toma de decisiones y la acción institucionales”. Cf. Teun Van Dijk, Ideología. Una aproximación interdisciplinaria, Barcelona: Gedisa, 2006, p. 319. ↵
- Vienen a la mente diversos textos, como la novela de Georges Bataille, Historia del ojo, la canción argentina “Persiana americana” de Soda Stereo, o la película Sliver (1993), entre otras. ↵
- Celis habla del texto “La sexualidad femenina: de la niña a la mujer” de Emilce Dio Bleichmar, donde esta última señala que “la sexualidad de la niña emerge en contacto con la mirada masculina, imposición sobre su cuerpo de un deseo que, aunque no le pertenece, al engendrar en ella excitación o temor, aprende a entender como propio”. Nadia Celis, La rebelión de las niñas, op. cit., p. 99.↵
- Sigmund Freud, Trois essais sur la théorie sexuelle, Paris: Gallimard, 1987, p. 66. Mi traducción.↵
- Hay que recordar que la alusión al trabajo reenvía a los estudios del sexólogo estadounidense Alfred Kinsey, tema estudiado a su vez por Georges Bataille en su ensayo “Kinsey, el hampa y el trabajo”. Se podría decir incluso que hay una especie de oposición cuando se habla de sexo y de trabajo, es decir que la gente que tiene sexo no trabaja y viceversa. Es un tema que habrá que desarrollar cuando se examinen los cuentos eróticos, en general. ↵
- Jean Cheavlier y Alain Gheerbrant (resps.), Dictionnaire des symbols, Paris: Robert Laffond Jupiter, 1996. Se traduce en todas las ocasiones mencionadas en este libro.↵
- En el análisis del cuento “Cuando Claudina camina”, que pertenece al apartado dedicado a la violencia y el erotismo, se profundizará en algunas nociones de la interseccionalidad, con el fin de no repetir conceptos. ↵
- Elsa Dorlin, “L’Atlántique feministe. L’intersectionnalité en débat”, Papeles del CEIC, 2012, n.º 83, p. 10, disponible en https://bit.ly/3s9H0Gr. Mi traducción.↵
- Esto recuerda la película El piano (Jane Campion, 1993) y la inolvidable escena donde Georges toca a Ana a través de un huequito en su pantimedia negra. El hueco incita a tocar la piel, de ahí su carácter erótico y delicado. ↵
- Teun Van Dijk, Ideología. Una aproximación multidisciplinaria, op. cit.↵
- “Desde luego, la melancolía es peculiar del desarrollo, pero lo exagera”. Cf. Vladimir Nabokov, Lolita, Barcelona: Grijalbo, 1975, p. 26. ↵
- Georges Bataille, La part maudite, precedida de “La notion de dépense”, Paris: Les Éditions de Minuit,1990. Mi traducción. ↵







