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1 Lo utópico

1. De Boullee a Matrix. El discurso crítico del futuro

La noción de “utopía” (u-topía: ‘no lugar’, ‘lo que todavía no tiene lugar’) y, mejor, la de “eutopía” (eu-topía: ‘el mejor lugar por venir’) son bien antiguas y proceden de imágenes ideales de sociedad, empezando desde luego por las metáforas paradisíacas y arcádicas, el mundo atlántido de la Antigüedad y hasta la sociedad ideal de la política aristotélica en que la polis es el recinto colectivo organizado de los hombres que, en tal situación, son políticos.

Utópicas, libro de Louis Marin[1], es un gran resumen del ideario conceptual del pensamiento utópico que efectúa una discusión sobre la genealogía del término y examina una larga serie de casos, desde algunos propios de la cartografía urbana de los siglos XVI a XVIII –no la ciudad real, sino la ciudad deseada-proyectada para también analizar casos ortodoxos, como la Utopía de Moro hasta el Epcot –que en principio iba a ser una ciudad ideal, no un parque temático– de Disney.

El Medioevo atesora los mundos ideales del misticismo –desde Gioacchino da Fiore hasta los modelos monásticos de Clairvaux– y las ideas renacentistas de Moro y Campanella que sabrán identificarse con el lugar ideal de la arcadia americana, aunque también funcionan como plataformas crítico-políticas de los lugares en que se producen tales discursos: Londres y Nápoles.

Las utopías de matriz socialista se expandirán infructuosamente al mundo americano, con Owen y los seguidores del fourierismo, y desarrollarán más de medio millar de experiencias, la gran mayoría frustradas[2] que se formularan junto al utopismo jesuítico y al de los dominicos de Chiapas tanto como a la nueva religión mormona del profeta Smith y su Nueva Zion.

El así llamado por Marx “socialismo utópico” representará, según éste, la contracara ingenua de su plataforma crítico-teórica, lo que bautiza como “socialismo científico”, que, de tal forma, también puede usarse como sistema de ideas aptas para cuestionar las limitaciones de este pensamiento.

Por alguna razón en que Marx asimismo incursiona (en una línea que luego revisarán intensamente Fredric Jameson[3] y Susan Buck-Morss[4]), lo utópico se identifica bastante con el imaginario proyectual en el sentido en que todo proyecto no realizado en cierta forma siempre es una utopía, un lugar fantasmático, inexistente o por venir.

Sobre este costado bastante lejano del materialismo según el cual Marx aborda una perspectiva utopista casi dirigida a lo que luego se llamaría “imaginario social”, Jacques Derrida escribió su libro Espectros de Marx[5].

El ideal socio-perfeccionista de las ingenierías sociales iluministas tendrá sus modelos desde las máquinas de cuño benthaminiano a las houses workers precapitalistas inglesas y los inventos del higienienismo preventivo de Benjamin Richardson y el ideal de Hygea que auspicia la infraestructura sanitaria de la modernidad urbana y hasta los modelos ideales de Ledoux o antes, las nuevas ciudades borbónicas (desde Richilieu hasta Napoleonville).

El contradiscurso de Morris (y la saga de los reformistas como Bellamy) y la concreción a medias del ideal howardiano de las ciudades jardín –o el fracaso de Soria y Mata– no supondrán frenos para un leit motiv de modernidad, la ciudad emergente de ideas arquitectónicas maximizadas, que se verá en aficionados como King Camp Gillette (el inventor de la hojita de afeitar) o en proyectistas como Sant’Elia, Taut, Le Corbusier, Neutra o Wright y toda la saga de “fantaciencia” que va desde Bel Geddes y Fuller hasta Archigram y los metabolistas, configurando un espacio tipo laboratorio para imaginar el acople ideal de ciudades y sociedades bajo la matriz de una naturaleza hecha abstracción o dominada por el imperativo tecnológico, tan cuestionado por Mumford, y de allí toda la etapa final de retromundos de poderes absolutos que se verán en alguna ciencia ficción, desde Dick y Le Guin hasta Matrix y Lost, según el discurso de Jameson en su Arqueología del futuro.

En una excursión retroactiva, la noción de utopía podría rastrearse en episodios como los complejos de las cortes funerarias de ciertas dinastías egipcias que a la sazón fueron la única creación semejante a complejos urbanos de dicha cultura, pero que en realidad son aparatos de representación y memoria, tanto en las propuestas monumentales como en los registros jeroglíficos y sus concomitancias con las diferentes religiones que propiciaban.

Un caso elocuente de tales utopías socio-territoriales es el complejo de Tell el-Amarna, en que el monarca Akenatón (nueva divinidad terrenal) inaugura el culto alternativo de Atón o resplandor del Sol, así como un aparato cuidadosamente ortogonal que, aun en su escasa duración temporal de menos de dos décadas como corte, albergó en su trazado las viviendas de obreros y los palacios cortesanos, invocando además un desafiante modo de discriminar esta invención teórica geométrica del paisaje circundante.

En el mundo grecolatino, cierta voluntad teórica de construir ciudades emergentes de una incipiente noción de planificación (en realidad la escala y ordenamiento de los trazados de cuño hipodámico) se verificará en las utopías políticas grecolatinas basadas en la fundación de ciudades como enclaves expansivos de colonizaciones territoriales protoimperiales, en el caso helenístico tardío de Priene, Olinto y Mileto y en el modelo legionario de la expansión africana de los romanos en Timgad y luego en fundaciones diversas desde Anglia a las Galias e Iberia.

Esa tradición de articular trazados geométricos con cosmovisiones del mundo atraviesa toda la Antigüedad y llega al Medioevo sobre todo en las representaciones teocósmicas del mundo conocido y desconocido, por ejemplo, en los esquemas de San Isidoro o en la diversificada proposición de geometrías morales y místicas de las teoimágenes del mundo, verbigracia de los diversos beatos de los siglos IX a XII.

La conjunción de simplificaciones geométricas del espacio habitado y los mundos trascendentes generaba cosmovisiones simplificadas implícitas en modelos de mundo y conllevaban ciertas teorías de correspondencia entre orden teológico del cosmos y geometrías de las representaciones del mundo, de las ciudades o de monumentos idealizados como la Torre de Babel o el Templo de Salomón.

La conjunción de ciudad-sociedad ideal del Renacimiento emerge, por una parte, del incipiente reúso de clásicos grecolatinos recomendado por los intelectuales humanistas como Marsilio o Pico y, por otra, de las necesidades simbólicas del modelo de las ciudades-Estado.

Esta confluencia genera una situación por la cual no será posible alterar la densa urdimbre medieval de las ciudades –salvo por la propuesta ejemplarizante de la arquitectura preconizada por Alberti–, lo que fuera de las escasísimas creaciones ex novo como Pienza explica la recurrencia a las utopías urbanas de Averlino, el Filarete, Leonardo o Di Giorgio Martini, más cercanas a proposiciones simbólicas (con algunas tonalidades técnicas, por ejemplo, en el caso de los ingenios militares-defensivos o hidráulicos de Leonardo) que en todo caso mantienen aquellas características grecolatinas de planificación convergente de formas físicas con configuraciones sociales (como los distritos residenciales laborales de la Sforzinda de Filarete, por otra parte, nostálgicos del orden social de las guildas artesanales medievales) y también remiten, quizás por vía de los intelectuales bizantinos, a las formas teourbanas orientales con su conjunción de imágenes mandálicas y organizaciones físicas de asentamientos de corte despótico.

La serie que va de Sforzinda en 1465 al largo ciclo cinquecentista de ciudades ideales –con los aportes de Fra Giocondo en 1470, Francesco del Giorgio Martini hacia 1480, Daniele Barbaro hacia 1560, Girolamo Maggi alrededor del 1565, Pietro Cattaneo hacia 1570, Antonio Lupicini en 1590, hasta la ciudad en rotonda de Giorgio Vasari, de 1598, feroz detractor además del Tratatto filaretiano que había presentado Sforzinda como un diálogo del mecenas y su arquitecto sobre una ciudad ideal– presenta este tópico altorrenacentista, henchido de proposiciones utopistas y de reelaboraciones de figuras astrológicas y herméticas antiguas, lo que luego llevará, sobre todo bajo diseño de Vauban y sus seguidores, a una diversa experimentación de este modelo de ciudad utópica en sitios como la ciudadela véneto-friulana de Palmanova de fines del XVII, el proyecto véneto, gemelo de Palmanova, de Giulio Savorniano para la fortificación de Nicosia en Túnez de 1587, Geneve sobre el Rhone o la ciudadela holandesa de Coevorden en su reconstrucción en forma de ciudad ideal emprendida por Maurice de Nassau a fines del siglo XVIII.

La clásica confrontación esbozada por Marx entre su idea de socialismo científico versus las variantes por él bautizadas como “socialismo utópico” refieren precisamente a su característica de encuadrar su discursividad política en visiones de utopías sociales que en general se nutren de perspectivas reformistas –frente al modelo de revolución marxista consistente en el cambio del modo y las relaciones de producción– que se acomodan en visiones ideales de ciudad (en Cabet, Godin o Fourier) que justamente Francoise Choay[6] identificó como uno de los grandes tipos del pensamiento o del inicio de la modernidad en su célebre tratado El urbanismo: utopías y realidades.

Los desarrollos sociológicos que unen por ejemplo las posturas sindicalistas de Georges Sorel –en su aplicación del marxismo a la manera de Proudhom para un modelo anarquista y autoorganizativo que devino en la agremiación o fraternidad laboral revolucionaria nutrida de la potencialidad violenta de la huelga general, pero a la vez proponiendo una relación societaria empírica entre iguales frente a la abstracción que encontraba en Marx– con las propuestas comunitaristas de Emil Durkheim –en su postulación científica y positivista de un saber social objetivo tendiente a entender y valorar la organización comunitaria basada en la solidaridad en sus vertientes orgánica y mecánica– ayudan a establecer una política y una filosofía de formas ideales y utópicas de organización social contra o al margen de las imposiciones capitalistas y que pueden aspirar a una voluntad de productividad asociada a modalidades como las de los cooperativismos, formas emergentes de la noción acuñada en 1844 por 24 obreros textiles ingleses de Rochdale y que luego daría base a la Asociación Cooperativista Internacional fundada en 1895. La entidad argentina El Hogar Obrero se fundó como cooperativa en 1905 y es la primera no europea reconocida por ACI; hoy ya no existe legalmente, pero en la década del 80 era la sexta empresa del país.

Pero asimismo dentro del utopismo innato en el desarrollo de las ciencias sociales del siglo XIX habría que situar la aportación de Gabriel Tarde –fundador si cabe de una suerte de psicología social–, opacado por el mecanicismo estructuralista de Durkheim, pero relevante en su inédita asociación entre relaciones químico-moleculares y relaciones microsociales en el marco de su noción de monadologie, que reinventa a Leibnitz y plantea una idealidad de un plexo de relaciones entre humanos que anticipa a Latour y que imagina la posibilidad de lo que bautiza como “mente grupal”, tensado por procedimientos o conductas de imitación e innovación entre las personas y virtual introductor de una modelística social inasible desde el punto de vista de las grandes lógicas estructurales (de la economía en su tránsito hacia la absolutización capitalista o del derecho camino de su homologación de derechos y deberes para iguales abstractos) y, por tanto, a lo que le cabe un rol preponderante en el relanzamiento decimonónico de deseos políticos de sociedades utópicas, plagadas de diferencias entre múltiples otros antes que unificadas por aquella universalización cultural de base económico-legal.[7]

Este desarrollo conceptual e institucional de formas societarias alternativas y solidaristas que confluyen eventualmente en modelos de utopías urbanas o habitacionales tiene otra matriz originaria, como es bien sabido en el caso del patronalismo industrial: empresarios sensibles como Owen o Pullman interesados con éxito o no en crear organizaciones laborales solidaristas aun bajo el condicionamiento clásico de los modelos empresariales en cuanto a la obtención de ganancia empresaria y de forjado de identidad de marca en la invención de las company towns.

Esa tendencia soft-capitalist cuyos antecedentes son convergentes al modelo del fordismo se expresa en numerosas alternativas, como el llamado “paternalisme francés”, que se dará por caso en el complejo de Le Creusot, inicialmente un asentamiento carbonífero instalado en 1768 por Gabriel Jars en el centro de Francia y, desde 1782, un complejo siderúrgico implantado con la fundación de una fonderie royale y una cristallerie o fábrica real de cristales, que desde 1836 será manejado por los hermanos Adolfo y Eugenio Schneider, emblema de capitalistas con veleidades políticas y afanes de organización social de comunidades de trabajo que hacia 1856 pretenderá devenir en una frustada Schneiderville que llegará a acoger a más de 30 000 obreros, no sin complejas tensiones entre ese modelo de empresariado sensible y frecuentes huelgas y movilizaciones, muchas terminadas en confrontaciones armadas.

El cruce de cientificismo y maquinismo social en los albores de la Revolución Industrial y en la euforia del capitalismo trata de articular esa poderosa movilización técnico-económica con cierta cesión de plusvalías a manera de salario social, pero también se vincula con ingenierías humanas y el desarrollo de formas de organización social basada en principios de eficiencia.

La obra del ingeniero, sociólogo y economista francés Frederick Le Play ilustra esta postura de alianza entre nueva ciencia social, ideales de progreso y voluntad cientificista de encauzar razonablemente las fuerzas capitalistas: Le Play cree en la investigación empírica y objetiva (dedica un cuarto de siglo a viajar y estudiar las formas de vida del mundo obrero y termina editando en 1855 sus 36 monografías sobre los obreros europeos) y en la perspectiva de la reforma social (lanza en 1881 la revista quincenal La Reforme Sociale, que todavía se edita), o sea, en la posibilidad de concretar una utopía de comunidad organizada basada en la disminución de la acumulación concentrada de plusvalías, ideas que a Marx le parecían justamente utópicas en cuanto infantiles e infructuosas.

El ideal utópico de este cabal representante dieciochesco del progreso organizado también tendrá su costado arquitectónico expresado en las ideas que Le Play impulsará como comisario de las expos universelles Parísinas de 1855 y 1867, sobre todo esta última, con su despliegue en el Champ de Mars y con el megaedificio oval tipo enciclopedia, con sus galerías concéntricas de más de 150 000 metros, encomendado por Le Play al diseño cientificista del ingeniero Jean Baptiste Krantz y el arquitecto Leopold Hardy.

En cuanto al desarrollo de un pensamiento utópico asociado a imaginar la sociedad como un sistema de artefactos y dispositivos de reproducción de la capacidad biológica necesaria para la reactivación de la fuerza de trabajo que ahora, mediada por la estadística y por la racionalización de la productividad ligada a las mediciones del tiempo productivo del obrero que expondrá el norteamericano Frederick Taylor en su Principles of Scientific Management, editado en 1911, es esencial para el ritmo y productividad de la lógica industrial y su proceso de expansión continua de capital, destaca un campo de pensamiento y práctica que trata de relacionar medicina sanitaria con la ciudad (entendida como el más relevante artefacto de aquella dinámica de reproducción biológica, no tanto quizá como el espacio diverso que debería garantizar descanso y recreación en el marco del naciente concepto bismarckiano de “salario social”, sino como el espacio colectivo en que se debe conjurar la enfermedad social, o sea, la enfermedad infectocontagiosa y su virtualidad epidémica o pandémica), lo cual confluye al planteo de los sanitarismos urbanos, ligados tanto a la elaboración de protocolos preventivos de control de enfermedades, como al desarrollo de las infraestructuras urbanas del saneamiento, cuyo despliegue obedece más a la lógica de cuidar el capital biológico reproductivo de la fuerza de trabajo que al progreso tecnológico.

En ese enfoque, vale mencionar al médico inglés Benjamin Ward Richardson, de diversa práctica como fisiologista e introductor de las primeras formas de la anestesiología, que, además de editar una larga serie de pequeñas viñetas de salud ciudadana (las Asclepiads, editadas entre 1861 y 1895), publica en 1876 su panfleto Hygeia. A city of Health, primer manifiesto sobre la noción de “ciudad saludable” que despliega observaciones sobre la temperancia o el modo de vida saludable (Richardson es quizá el primer propagandista del uso urbano de la bicicleta, entonces recién inventada) y también ideas de densidad urbana (población máxima recomendable de 100 000 habitantes alojados en 20 000 casas instaladas en 4 000 acres, de los cuales la mitad debían fundarse en arena y la otra mitad en arcilla para garantizar ciclos hídricos-degradativos virtuosos, a razón de 25 personas por acre=4 000 m2; recuérdese que, en otra utopía moderna, la ciudad extensa Broadacre de Wright, se estipulaba un acre por familia), además de dar ideas sobre la casa-tipo –sobre todo de una cocina higiénica y de unos sanitarios antiinfecciosos–, los sitios de procesamiento de carnes comestibles o slaughterhouses, una en cada mercado para una manipulación científica de los alimentos provenientes de animales vivos, o los hospitales, de los que debería haber uno cada 5 000 personas armados como tramas pabellonarias binucleares en torno de 12 patios para cada sexo, cuestión que para Richardson debería todo junto afrontar lo que llamaba el “escándalo de la mortalidad infantil”, que se cobraba 8 víctimas de cada 100 niños menores a los 5 años.

En rigor, parte de estas innovaciones –algunas proclives a formulaciones utópicas y otras inherentes a la formalización ideológica e institucional de la modernidad, aunque lo utópico quizá constituya uno de los elementos modales definidores de tal modernidad– se articula con las descripciones de cierta arqueología de modernidad tendientes a esbozar criterios de reorganización social como lo que han expuesto los estudios de Michel Foucault en su libro La arqueología del saber[8].

Foucault instala allí sus claves preparatorias de un modo de hacer historia que vincule a Marx y Nietzche:

Contra el descentramiento operado por Marx –por el análisis histórico de las relaciones de producción, de las determinaciones económicas y de la lucha de clases–, ha dado lugar, a fines del siglo XlX, a la búsqueda de una historia global, en la que todas las diferencias de una sociedad podrían ser reducidas a una forma única, a la organización de una visión del mundo, al establecimiento de un sistema de valores, a un tipo coherente de civilización. Al descentramiento operado por la genealogía nietzscheana, opuso la búsqueda de un fundamento originario que hiciese de la racionalidad el telos de la humanidad, y liga toda la historia del pensamiento a la salvaguarda de esa racionalidad, al mantenimiento de esa teología, y a la vuelta siempre necesaria hacia ese fundamento.

Para pasar a definir el objeto de nuevo saber que propone como sigue:

La arqueología pretende definir no los pensamientos, las representaciones, las imágenes, los temas, las obsesiones que se ocultan o se manifiestan en los discursos, sino esos mismos discursos, esos discursos en tanto que prácticas que obedecen a unas reglas. No trata el discurso como documento, como signo de otra cosa, como elemento que debería ser transparente pero cuya opacidad inoportuna hay que atravesar con frecuencia para llegar, en fin, allí donde se mantiene en reserva, a la profundidad de lo esencial; se dirige al discurso en su volumen propio, a título de monumento. No es una disciplina interpretativa: no busca “otro discurso” más escondido. Se niega a ser “alegórica”.

Esa arqueología explota como el despliegue de los nuevos saberes del siglo XVIII, como los de la economía, las ciencias de la naturaleza o las ciencias del lenguaje presentado en su Las palabras y las cosas[9], justamente subtitulado “Una arqueología de las ciencias humanas”, de donde se deducen sus indagaciones sobre lo que inventa el siglo ilustrado en base a una nueva identidad del orden espacial –por ejemplo en torno a la noción de “panóptico”–, como base y espejo del orden social –por ejemplo con relación al concepto de “dispositivo” o al mecanismo de selección y disciplina de diferentes sociales que, como los locos, los enfermos y los criminales, serán readministrados en aparatos como los hospicios, hospitales o prisiones, formas específicas de ideales y generalizadas máquinas sociales–.

Fuera o un tanto al margen de estos desarrollos sociofilosóficos e historiográficos, están, desde luego, dentro del Siglo de las Luces, o más bien cerca de su final intempestivo, las propuestas específicas de arquitecturas de la utopía, como puntualmente ocurre en el caso de las ideas ledouxianas y su tránsito entre la realidad maquínica de las salinas reales y la utopía extendida de la ville ideel de Chaux, aquella pensada, construida y gestionada para Luis XVI, esta dibujada desde la soledad de la cárcel que la revolución le impondrá a Ledoux.

Desde esos momentos finales del iluminismo propio de los despotismos ilustrées, se despliega un ciclo completo de modernidad articulada con la pregnancia de la noción de “utopía” en tal caso asociada a las fantasías sociotécnicas provistas por el advenimiento de la urbanidad industrial: en la línea de algunos escritos de Tomás Maldonado[10], nosotros hemos tratado de estudiar la modernidad precisamente bajo el influjo de dicha articulación de utopía social y cultura técnica. Ese es el título de nuestro libro[11] de estudios históricos sobre el desarrollo de la modernidad arquitectónica, esa que eslabona ideas y realizaciones desde el familisterio de Jacques Godin (Guisa, 1862, casi la única concreción del ideal fourieriano de falansterio) hasta las estructuras de Buckminster Fuller (como las megacúpulas neoyorquinas de Hudson City, 1942) y, en relación con ello, las diversas imaginerías del orden urbano-utópico (como la fantasmática Niágara City de King Camp Gillette de 1919 hasta la enigmática caja Cubic City, del reverendo Louis Tucker de 1929), todas indagaciones configuradas al calor de las ideas de utopías tecnohabitativas, pero imbuidas de fermentos de control social en la línea indagada por Foucault en su teoría de los dispositivos y las prácticas de disciplina.

También debería otorgársele un potencial de pensamiento utópico a las nociones de ciudad pensada como agregación repetitiva de tipos edilicios según las reiteradas incursiones en la cuestión de diversos maestros de la modernidad, tales como la Ciudad de los 3 millones de habitantes imaginada por Le Corbusier para expandir París, pero también como modelo universal en 1923, la proposición de un sistema generativo de ciudad en la publicación Grosstatdt de Ludwig Hilberseimer de 1924 (por entonces libro de referencia de los estudios urbanísticos de la Bauhaus) o la propuesta Rush City Reformed que Richard Neutra propone para el área de Los Angeles en 1928.

Aquí se trata de utopías sociourbanas ligadas a un excesivo rol otorgado a la producción selecta de módulos de arquitectura, supuestamente ejemplares en sus disposiciones de forma-función.

Precisamente una expresión de tal idea de utopía social otorgada a la performance de los objetos edilicios específicos explica la preponderancia que la arquitectura orientada a pensar y proponer máquinas de habitar (término acuñado por Corbusier) dará al pensamiento funcionalista, una simplificada mixtura de ideas biologistas y climatológicas que pretenden instalar una ciencia de la arquitectura y que tuvo su esplendor en las experiencias weimarianas abordadas sobre todo por Ernst May en sus gestiones en Frankfurt.

Tal utopía maquínica ligada a una urbanidad de pretensión densa y compleja se opone al sistema de las utopías periurbanas o suburbanas, expresadas tanto en el rurbanismo de Patrick Geddes como en la idea de la garden-city de Ebenezer Howard, ideas cuyo utopismo no tiene un matiz romántico o regresivo, sino que implican la tendencia a una ruptura del orden agrarista-comunitario y a proposiciones alternativas de formas sociourbanas basadas en la productividad y el rendimiento.

2. La República platónica y la Política aristotélica: utopías de sociedades urbanas

No puede hablarse ciertamente de una teoría específica de los griegos respecto de la ciudad, sus características, formas o funciones, aunque sí desarrollan una idea de lo urbano como espacio público en cuanto noción llamada “polis” (que los romanos entenderían como “civitas”), en cuya esencia existe la idea de relacionamientos sociales que dan sentido a la política en cuanto saber inherente a la calidad y armonía de tales relaciones convivenciales; todo lo que los griegos desconocen o no les interesa respecto de la ciudad real o física sí lo han teorizado respecto de la idea de polis como ciudad abstracta y relacional, espacio nocional de la vida colectiva tanto entre iguales cuanto entre iguales y diferentes, todo lo cual requiere normas o leyes de convivencia: lo que la modernidad llama “política” consiste en una segunda abstracción, no ya la abstracción de la regulación convivencial de quienes habitan una polis o ciudad, sino aquella referida a un territorio o forma-estado según la cual en dicho espacio teórico se hace precisa una regulación de las relaciones entre quienes habitan tal territorio.

Helenistas reconocidos como Jean Pierre Vernant[12] o Nicole Loraux[13] han estudiado el desarrollo de tal primera abstracción consistente en la fundación de la política como ordenamiento de las relaciones entre quienes habitan la polis, que en la Grecia clásica asume en sí el modelo de ciudad-Estado y por tanto contiene o subsume aquella noción de segunda abstracción, que en cualquier forma tiene, en el caso antiguo, otra manifestación, que es la guerra como territorio teórico de estabilización de las tensiones entre la dinámica de ciudades-Estado entre sí.

Los asentamientos más tempranos de esta cultura siempre responden a modelos orgánicos, procesuales, acumulativos sobre la base de la reiteración de algunos paradigmas clásicos de la ciudad antigua, como el temenos o plataforma dominante apta para la instalación de los espacios cúlticos, la muralla y la ciudadela o acrópolis, que en el caso griego evoluciona de recinto palaciego sede del poder terreno o militar a ámbito religioso, en lo que implica una primera mediación en las relaciones entre conductores y conducidos.

No será sino bastante tardíamente que aparecen los modelos regulados de ciudad con Hippodamos, que actúa sobre el 450 a. C., y tal vez todas las aportaciones de regulación técnica y funcional de tal primer urbanismo sean emergentes de la necesidad política (en el sentido de identidad entre ciudad y Estado o forma de gobernabilidad social, o, como plantea Loraux, como estrategia de reducción de antagonismos sociales e instauración de una política del olvido o negación de la memoria), a la vez que seguramente recoge cierta experiencia de conocimiento y evaluación de ciudades planificadas, como las del valle del Indo o de algunos casos mesopotámicos.

Los textos clásicos de Platón y Aristóteles desarrollan casi toda la teorización griega respecto de las ciudades y, si bien devienen de la necesidad de formular sus ideas políticas (como teoría de la vida social que debía articularse con sus sistemas éticos y metafísicos referidos al sujeto), contienen una cantidad de precisiones acerca del diseño de los artefactos urbanos, por lo menos de un diseño ideal encarnable en el modus de decisiones planificadas desde el poder político-religioso-militar, en lo que instala un primer lugar común de la noción moderna de utopía toda vez que esta se visualiza como el “entronque deseable entre una forma de orden social y una forma de orden físico o material y espacial”.

Tomando algunos extractos editados en la antología de textos históricos de Luigi Patetta[14], dice Platón en su República:

Antes que nada es necesario establecer el número total de ciudadanos y después determinar su distribución en clases y cuántas y cuán numerosas deben ser. Finalmente se distribuirán la tierra y las viviendas con la mayor equidad posible.

La masa total de ciudadanos no se puede delimitar adecuadamente si no es con relación a las condiciones geográficas y políticas de la zona circundante; el territorio tiene una extensión suficiente cuando es capaz de alimentar a un cierto número de ciudadanos dentro de los límites de una forma de vida media. Por otra parte el número de ciudadanos debe ser suficiente para defenderse de las agresiones de los vecinos y para poder ayudarles si, a su vez, son agredidos.

Por tanto podemos determinar todo esto no solo de hecho sino con el pensamiento solamente después de tener pleno conocimiento de la región y sus habitantes. Y ahora en abstracto y como un esquema completamos nuestro discurso y hablamos de la legislación. Fijamos en 5 040 el número de ciudadanos que tendrán asignadas otras tantas partes de terreno para cultivarlas y defenderlas.

Veremos que es un número bien elegido. Dividimos la tierra y las casas en el mismo número de partes de modo que a cada uno le toque la suya […]. Tratándose de una nueva colonia anteriormente deshabitada, antes que nada es necesario disponer la parte, por así decir, arquitectónica en general, es decir cómo se construirán y se colocarán los templos y las murallas de la capital […] es necesario situar todos los templos en torno a la plaza del mercado y el resto de las viviendas privadas en núcleos concéntricos sobre las colinas por razones higiénicas y de seguridad.

La cita platónica entresacada de su República es bien indicativa de una temprana idea de utopía vinculada a un ideal de forma política (la república de ciudadanos) atada a una expresión territorial que Platón imagina para las nuevas colonias –o sea, para una estrategia expansiva del modelo griego–, pero que a su vez asume en un alto grado de realidad las formas existentes de asentamiento (localización preferencial en un hinterland productivo-defensivo controlable, tamaño sustentable por una determinada región, organización espacial y diferenciación funcional, higienismo físico y administrativo, etc.), así como sus características políticas (ciudad-Estado autogobernada dentro de un modelo militarizado de defensa, etc.).

Platón describe una ciudad de unos 50 000 habitantes (5 040 ciudadanos, unos 15 000 habitantes como familia y progenie promedio de cada ciudadano y unos 30 000 esclavos en la razón de ½ entre servidos/servidores o consumidores/productores) que era el tamaño aproximado de las grandes ciudades-Estado griegas, y propone ciertas nociones urbanísticas también relativamente articuladas a las tradiciones (templos en torno de la plaza del mercado, viviendas en núcleos concéntricos colinados, en lo que prefigura cierta idea de unidades condominadas quizá basadas en las distinciones familiares, etc.).

La utopía platónica en el caso de La República está dominada por un afán de proponer una organización urbano-territorial que refleje y a la vez consolide una forma de estructura social de base ciudadana aristocrática.

Aristóteles, por su parte, en La Política, a la vez un texto de política y de organización de la ciudad, dice lo siguiente (extractado de la referencia previa):

Es necesario por tanto dividir el territorio en dos partes de las cuales una debería ser común y la otra perteneciente a los particulares, y cada una de esas partes, a su vez, dividirlas en otras dos: una parte del territorio común se debería adoptar para el culto de los dioses, la otra para comercio de los mercaderes; el territorio de los particulares se debería elegir de forma que una parte comprendiera las partes exteriores y otra la urbana; de este modo asignando a cada ciudadano una parcela de una parte y una parcela de la otra todos podrían tener posesión en las dos localidades […].

También sería deseable que la ciudad tuviera una posición alta y escarpada [teniendo en cuenta] las buenas condiciones higiénicas (las ciudades orientadas al Este en aquellas partes donde soplan los vientos del Levante son más sanas, después vienen las que están protegidas de los vientos fríos del Norte pues tienen inviernos más suaves) […].

En cuanto a los lugares fortificados, la conveniencia de estos es relativa según las diversas formas de gobierno. Por ejemplo las acrópolis son adecuadas para los gobiernos oligárquicos y tiránicos, las llanuras para los gobiernos democráticos; para los aristocráticos ni una forma ni la otra, sino una serie de zonas fortificadas.

Aristóteles continua el discurso de Platón referente a la articulación entre forma social y forma urbana de donde resulta esa clase de utopía que facultaría alcanzar en simultáneo ambas premisas de orden, en lo cual Aristóteles va todavía más allá al formular una tipología asociativa entre formas de gobierno o de Estado y formas de asentamiento o, más bien, de emplazamiento territorial, de donde viene cierta aceptación fatalista o mecanicista acerca de la determinación que las características fisiocráticas de un territorio impondrían sobre el modelo de organización sociopolítica.

3. La ciudad hipodámica

El modelo de la llamada “ciudad hipodámica” –atribución a las propuestas de un escasamente registrado personaje llamado Hipodamo de Mileto, de quien se poseen pocas evidencias de que haya nacido en esa ciudad hacia fines del siglo VI a. C., o sea que su vida transcurrió de una manera imprecisa en cuanto a datos, en el 400– tiene mucho que ver con cierta implementación técnica de las ideas de Aristóteles: el argumento principal de esta correlación suele vincularse a que el llamado “plan hipodámico” es un modo de cristalizar el precepto aristotélico que indica que un fin central de la política (como esencia de gobernabilidad dentro de la organización urbana de una ciudad-Estado) es moderar las diferencias de clases instalando a tales diferentes en una disposición armoniosa en un compartido organismo habitativo.

Ese inicial urbanismo remite así a resolver mediante ciertas instalaciones las necesarias diferencias entre los habitantes de la ciudad según una serie de dicotomías (ciudadanos libres/habitantes esclavizados, espacio público/espacio privado, zonas religiosas-administrativas/zonas comerciales, etc.).

Tanto Aristóteles como Hipodamos, su comentarista técnico, conocían y apreciaban antecedentes regularizados de ciudades precedentes egipcias y mesopotámicas, por caso a través de las descripciones que Heródoto había hecho de Babilonia (una polis quadrata de 21 x 21 kilómetros encerrada por una muralla de 27,5 metros de altura, equipada con 100 puertas de bronce, que motivaba la construcción de las casas de 3 pisos y los palacios de 6, etc.), todo lo cual abonaba su perspectiva utópica dirigida a pensar modelos de ciudades ideales en todo caso ligadas al proyecto de fundación de sedes coloniales. Lo que hace Hipodamos es bastante parecido –aunque mucho menos documentado– a la noción utópica que está también implícita en la prescripción idealizada de las colonias americanas.

Por lo que se sabe, Hipodamos trabajó en el rediseño del puerto del Pireo, después de concluidas las guerras médicas, básicamente trazando un puerto comercial (emporios) y un puerto militar. Es improbable que haya participado de los trabajos de reconstrucción de Mileto iniciados en 479, después de la destrucción infringida por los persas, y en cambio existen evidencias de que fue responsable del trazado de la colonia italiana de Turios, hacia el 444. A veces se menciona que sus ideas intervinieron en decisiones para el nuevo plan de Rodas –prescripto hacia el 408– o en el trazado de Knidos y algunas expansiones urbano-residenciales en Olinto y Priene.

Diodoro registra algunos comentarios sobre los trabajos de Turios en que habría participado Hipodamos, caracterizando ciertas operaciones de la gestión urbanística, a saber: consulta al oráculo para las primeras decisiones de emplazamiento y forma, detección y evaluación de fuentes básicas de agua potable (manantiales), trazado y edificación de la muralla –que define el modelo ad quadratum, en rigor, rectangular–, trazado de las vías anchas (plateiai) y angostas (stenopoi) y definición consecuente de bloques urbanos como predios que alojaban un cierto número de parcelas/viviendas. En todo esto habría intervenido nuestro urbanista.

Respecto de la modelística ligada a los bloques urbanos, sin que existan certezas de la importancia de propuestas hipodámicas ad hoc, se sabe que la ampliación de un barrio de Olinto hecha en 432 se hizo sobre la base de un predio de 120 x 300 pies áticos (aproximadamente 40 x 100 metros) que contenía 10 parcelas de viviendas; en Priene, en cambio, se utilizó un bloque de 120 x 160 pies subdividido en 4 parcelas, y en Rodas hacia el 408 se trazaron bloques de 600 pies de lado con algunas calles de hasta 16 metros de ancho.

Dispersas en diversas fuentes, existen otras referencias a las tareas del desarrollo de una gestión inherente al diseño, así como al manejo de los nuevos trazados urbanos, muchas de las cuales se vinculan con ideas desarrolladas por Hipodamos en cuanto, nuevamente, comentarista técnico y proyectual de las nociones sociopolíticas de Aristóteles. Por caso, la existencia temprana de un derecho de expropiación que, en detrimento de intereses privados, podía ejercerse para mejorar o resolver problemas del diseño de los espacios públicos.

También es interesante referir la existencia de dos clases de funcionarios o magistrados que actuaban en la regulación y ordenamiento de las ciudades: los astynomoi –quienes se ocupaban de los servicios urbanos, como resolver cuestiones de desagüe o drenaje, recoger basuras, atender el abastecimiento de agua y leña, multar el tráfico indebido, etc.– y los agoranomoi –que tenían tareas vinculadas a la regulación de las actividades comerciales, la manipulación de materias primas, el transporte urbano y regional de las mercaderías, etc.–.

Las ideas hipodámicas, más allá de establecerse trabajos concretos de nuestro planificador, también parecen haberse verificado en otras actuaciones de la época en que vivió, tales como la ampliación de la ciudad de Colofón o el desarrollo de nuevos barrios en Pérgamo, viniendo a constituir el costado técnico o logístico-administrativo de las premisas implícitas en la utopía sociopolítica aristotélica.

4. Thomas More y otros utopistas renacentistas

El acuñador y primer usuario de la palabra “utopía” fue Thomas More o Moro –como se lo españolizó– en su opúsculo de ese nombre editado en 1515. De neta inspiración platónica y también agustiniana, el término griego escogido por More significa ‘no-lugar’ y lo usará para presentar una sátira de la sociedad de entonces. En 1872 Samuel Butler satirizará a su vez a More al publicar su libro Erewhon: or, Over the Range: erewhon es nowhere (‘no-lugar’, utopía) al revés. Por la vía de aportes de Vico o Rousseau, se llega a la formulación iluminista-socialista de las ideas utopistas, ya maduras en pensadores de inicios del XIX como Henri de Saint Simon o Charles Fourier: la idea de una comunidad ideal basada en el igualitarismo devenido del estado natural de necesidad en Saint Simon confluiría en modelos ideales de organización socioproductiva en lo posible autosuficientes y distributivamente justos en el falansterio fourieriano, que tendrá sus concreciones bastante problemáticas y fugaces en experimentos norteamericanos o en la fábrica-familisterio de Godin en Guisa.

En Italia un contemporáneo del herético Giordano Bruno, el monje dominico napolitano Tommaso Campanella, escribirá en 1602 su Civitas Solis (La Ciudad del Sol), un modelo de cristianismo radicalizado que debía ser la ciudad ideal cristiana, justa y ecuánime con los pobres, cuyas implicaciones podrían rastrearse hasta las fundaciones de los pueblos de Indios que el también domínico Bartolomé de Las Casas hizo en Chiapas.

El carácter utópico de las acciones de Campanella es bastante relativo –o circunscripto a su escrito, por cierto reputado de herético– puesto que, en los últimos años del siglo XVI, lideró una revuelta popular contra el virreinato español que gobernaba Nápoles, fruto de lo cual resultó encarcelado por varios años, durante los cuales escribió su modelo de utopía.

Si aquella primera edad de pensadores utopistas en cierta forma tributaria del proceso que articula el humanismo renacentista con el naciente iluminismo que conduciría al levantamiento de 1789 veía cumplida parte de sus formulaciones con la superación burguesa del modo feudal previo, las condiciones emergentes del mundo urbano-industrial iban a requerir un nuevo pensamiento utopista –en el sentido de reclamar un nuevo orden socioespacial– claramente orientado a cuestionar las tremendas falencias del modo de vida que irrumpía a inicios del siglo XIX sobre la clase social emergente del proletariado o, aún más marginal, del lumpen o desocupado ejército de reserva laboral que solo de forma muy marginal –dada su envergadura– podía satisfacerse mínimamente con las formas supertistes de la caridad medieval, la hospitalitas que perduró, por caso, hasta casi inicios del siglo XIX en Holanda.

De tal forma, la consumación de los fenómenos del industrialismo, con sus variadas secuelas socioproductivas (migración campo–ciudad, transformaciones del territorio y las ciudades, surgimiento de nuevos estamentos sociales, cambios en la economía, innovaciones de la tecnología, etc.), va a plantear otra clase de discursos utopistas, conexos a la intención de moderar, combatir u optimizar los fenómenos propios del nuevo modo productivo.

Esos verbos matizan las diferencias que iban a darse entre los pensadores utopistas, desde los voluntaristas reformadores pragmáticos hasta los activistas y revolucionarios; desde la intención paternalista de reformas progresivas al interior de los establecimientos industriales –Owen, Lever, Cadbury, Pullman, etc.– hasta los teóricos de un nuevo orden que suplantara el modo productivo capitalista, que era el causante final de las cuestiones técnica y moralmente objetadas –Marx–.

5. La ciudad ideal del Renacimiento

No puede hablarse rigurosamente de una idea completa y totalizante de ciudad dentro de la cultura humanista: se osciló así entre una posición realista –encarnada, por ejemplo, en Alberti, quien fue consciente de la nueva relación que una arquitectura de carácter crítico iba a posibilitar con respecto a la ciudad preexistente– y una posición utopista –ejemplificable con los trabajos teóricos de Antonio Aventino, el Filarete, quien se orientó al análisis de propuestas ideales–.

Como señala Lewis Mumford[15], en rigor

no hay ciudad renacentista, pero hay fragmentos de orden renacentista, aperturas y clarificaciones que modifican bellamente la estructura de la ciudad medieval. Y si los edificios nuevos, con su gravedad impersonal y su decorosa regularidad rompieron la armonía del modelo medieval, también establecieron una relación en contrapunto que da realce, por contraste, a cualidades estéticas de las calles y los edificios más viejos, los que de otro modo no se notarían, siendo a menudo invisibles […]. Los símbolos de este nuevo movimiento son la calle recta, la línea ininterrumpida y horizontal de tejados, al arco redondo y la repetición en la fachada de elementos uniformes, de la cornisa, el dintel, la ventana y la columna.

Alberti, por su parte, sugería que las calles resultarían mucho más nobles si se construyen todas las puertas conforme con un mismo modelo y si las casas a cada lado, se levantan en línea uniforme sin que ninguna sea más alta que las otras.

Esta preceptiva proyectual utópica –en cuanto deseada y no pasible de transferirse a la realización de una ciudad concreta– pasaría a convertirse mucho tiempo después en el horizonte (también utópico) del proyecto urbanístico del neorracionalismo de la tendenza rossiana, visible por ejemplo en los estudios que un adherente a esos postulados, Rob Krier, hiciera en sus trabajos universitarios para la ciudad de Stuttgart.

Esta claridad y sencillez [continúa Mumford] fueron realzadas por la fachada bidimensional y acceso frontal aunque tan nuevo orden nunca fue practicado con una coherencia estricta como lo haría el siglo XVII con sus reglas precisas de composición, sus avenidas interminables y sus reglamentaciones legales uniformes. Esta flexibilidad pone en evidencia la deuda de los constructores renacentistas con el orden medieval. La altura de la nueva biblioteca de Sansovino en la plaza de San Marcos no es exactamente la del palacio ducal y del mismo modo solo aproximadamente tienen la misma altura los edificios que bordean la Annunziata de Florencia.

A su vez, seguirá relatando Mumford, las mayores operaciones urbanas, como la Strada Nuova genovesa (proyectada, según Vasari, por Alessi y, según Tafuri, por “una cuadrilla de maestros de modestas pretensiones intelectuales: Ponzello, Cantone, Spazio y Castello”), con su ambición programática, ya que se trataba de una operación de recuperación urbana de una zona de prostíbulos y que debía arrojar jugosos dividendos a sus patricios patrocinadores, las cuatro grandes familias genovesas que promovieron la construcción simultánea y concertada de grandes palacios a ambos lados de la nueva calle, no fue sino un pequeño experimento de 200 metros de longitud y apenas unos 6 metros de ancho de calle. Es en este sentido en que habría que advertir la condición utópica –como apenas realizada– que es propia de la idea de ciudad renacentista.

Dentro de tal cuadro, entonces, de realismo técnico junto a promociones de incipiente economía inmobiliaria en la recalificación de suelo urbano central, además de la actitud albertiana propia de su concepción de ciudad como gran casa o arquitectura grande (lo que contiene implícita la primera alusión a la arquitecturización de la ciudad, que será un tema crucial del movimiento moderno), otras proposiciones también teñidas de un espíritu de idealismo neoplatónico serán las de Leonardo y de Francesco di Giorgio Martini.

En el caso leonardesco, su proyecto de articulación de arte y ciencia en el marco del obstinado rigor –que no era más que una verificación geométrica de teorías del equilibrio– se desenvuelve en el plano de la proyectación urbana dentro de sus investigaciones sobre la ciudad máquina y el consecuente desarrollo de algunos elementos de tal modelo, como una lavandería pública, un establo mecanizado, pabellones desmontables para el comercio o las fiestas religiosas, etc.

Pero es quizá en sus aportaciones para la renovación urbana de Milán después de la peste de 1484 (y del consecuente planteo de cierto higienismo preventivo) donde despliega sus mejores ideas de base científica: en las propuestas de sistematización hidráulica regional, en el planteo de niveles estratificados para mejorar el tráfico urbano y en toda una actitud situada en mejorar las relaciones entre ciudad y territorio. Parte del utopismo tecnourbano leonardesco se concretó en la ciudad lombarda, por ejemplo, en el trazado de los naviglios necesarios para el flujo de mercancías o en las propuestas de manejo de las áreas inundables adyacentes a Milán para destinarlas al cultivo arrocero.

El trabajo de Giorgio Martini (1439-1502) es inescindible de su pertenencia a la signoría de Urbino y a la continuidad del gobierno de Federico de Montefeltro, extendido entre 1444 y 1482: ello le permite a Martini no solo encargarse de la mayoría de los edificios públicos de la ciudad, sino también de las fortificaciones (que indirectamente definían la forma interna de la ciudad y obligaban a un uso racional y económico del suelo intramuros) y de escribir su tratadística durante la década del 70, en donde desplegará sus teorías antropocéntricas aplicadas a la estipulación precisa de

los elementos mínimos de la ciudad configurando tipologías y casuísticas de edificación religiosa y civil basadas en el intento de acordar entre variedad y unidad, espacio perspectívico e incidentes antiperspectívicos (sobre todo los resultantes del intrincado paisaje orográfico urbinés), normas ideales y funcionamiento empírico,

como lo caracterizó Manfredo Tafuri[16].

La profunda articulación de teoría y práctica del maestro de Urbino estableció sin duda los fermentos de una suerte de laboratorio urbano cuya fortuna podría haber sido recogida en la continuidad de trabajos que sobre los mismos organismos antiguos desarrolla en los 70 del siglo XX el taller de Giancarlo de Carlo.

Antonio Aventino, llamado Il Filarete (1400-1469), también goza de la protección señorial del séquito lombardo de los Sforza en su sede milanesa: para ellos decora el castillo de Porta Govia, comienza los diseños del Hospital Mayor de Milán (1457), el duomo de Bérgamo y el palacio sforzesco en Vigevano (1461). El proyecto del Hospital –una indeterminada trama de 16 patios rectangulares dominada por una capilla cuadrada central– le permite cierta experimentación de sus inquietudes geometrizantes, incluso esotéricas, teñidas sin duda de resonancias místicas y vinculaciones con formas mandálicas de origen oriental (seguramente introducidas por la diáspora bizantina de esos años), por ejemplo, en el desarrollo de formas laberínticas y de las torres desarrolladas por rotación de figuras geométricas simples.

Ello lo conduce a la formulación de su célebre utopía urbana, Sforzinda, la ciudad ideal en homenaje a los Sforza que dibuja en 1465: en ella –de la que no ha podido discernirse cuánto de utópico y cuánto de proyecto posible o viable contenía el pensamiento urbanístico renacentista– se expresa en la plenitud del idealismo conceptual de la idea de ciudad.

Ello se pondría en evidencia en elementos como la geometrización absoluta (trabajando sobre la ideal planta circular), el estrellado de la doble cinta de murallas (y casi su anulación como artefacto defensivo al multiplicarse los puntos de contacto entre ambas cintas), la resolución de una nueva centralidad laica (alrededor de los edificios destinados al descanso y al placer y la triple plaza cívica, comercial y representativa o de figuración), la formulación de 16 ejes radiales (canales o calles conducentes a plazas periféricas y a puertas de la ciudad), la proposición de gajos o sectores para albergar poblaciones diferentes (una vez más la vieja utopía sociourbana platónico-aristotélica) y la idea del crecimiento y estratificación anular de las capas urbanas.

Frente a estas variantes o matices de utopía-realidad (en el sentido de su origen en el seno de concretas cortes señoriales), se despliegan otras propuestas: unas las de la especulación, que, como en el caso de la Strada Nuova genovesa, abren la perspectiva de los negocios urbanos que se van a desarrollar, por ejemplo, en los nuevos barrios especulativos de Augsburgo (en lo que implica el pasaje al tema urbano del grupo bancario Függer), Copenhague, Amberes, etc. Otra de las utopías sociales como las de Thomas More (1516) apoyada en la seducción de la conquista americana y formalmente desarrollada sobre la imagen que llega a Europa de Tenochtitlán, la capital mexica destruida por Cortes, o las de Giovanni Doni (1548) o Elia Agostini (1555): utopías no tanto para afrontar la problemática de la construcción de la ciudad europea, sino para participar de la cruda abstracción que el desarrollo del colonialismo de Indias suponía requerir para las ciudades de dominación en la que la geometría y el orden no eran un delirio intelectual, sino una necesidad técnica, política y militar.

Por fin, y ya cerca de estas demandas requeridas por los poderes de dominación territorial, la producción de una tratadística de las fortificaciones y el surgimiento mismo de la profesión de ingeniero militar abren todo un nuevo ciclo intencional de ideas urbanas. Por cierto que estas materias fueron tema de cualquier artista renacentista universal (como los proyectos de Miguel Ángel para las fortificaciones florentinas de 1528 o los bastiones de Ognissanti o Prato), pero a partir de mediados del siglo XVI dan lugar a un desarrollo especializado y al desarrollo de una tratadista teórica específica (de la que pueden citarse los manuales de Durero, 1527; Lanteri, 1557; Specks,1589; o Perret, 1604), entre los cuales uno de ellos, Bellucci, como cita Tafuri en la referencia anterior, “podrá por tanto ironizar cruelmente sobre el papel de los arquitectos, invitándolos a limitar sus propios estudios a las superestructuras formales: ahora es el teórico militar, y solo él, el nuevo científico de los fenómenos urbanos”.

6. Utopías del siglo XIX: de los revolucionarios a los reformistas
arts & crafts

Las nuevas condiciones del hábitat de las capas trabajadoras se vinculan al desarrollo de variadas ideas conectadas, por así decir, con una voluntad paternalista por la cual, fundamentalmente, algunos empresarios industriales más o menos imbuidos de ideas de mejoramiento social intentaron desarrollar iniciativas concretas de transformación de las condiciones socioproductivas.

En tales casos, la idea de utopía no puede asociarse, como es común, a su inviabilidad o mera enunciación teórica –puesto que muchas iniciativas de cambio en las formas de los asentamientos industriales se concretaron, aunque a veces con duración efímera–, sino a su fracaso en cuanto a la generalización de las ideas progresistas latentes en esas propuestas.

Conviene de todas formas diferenciar un conjunto de experiencias meramente cualificadas desde una perspectiva de industrialismo paternalistas de otras –que son las que trataremos aquí– más caracterizadas por una voluntad teórica, por una intención de generar una postura concreta –aunque en general frustrada– frente al desenvolvimiento de las cuestiones de la producción industrial: nos referimos, en este caso, a los planteos de Fourier, Owen, Considerant, Cabet, Godin, etc.

En cambio, las experiencias innovativas aunque restringidas de los industriales progresistas son aquellas de Ackroyd, Cadbury, Lever, Pullman, etc. Un caso atípico e híbrido sería el de Robert Owen, nacido como industrial generador de un asentamiento productivo de tinte progresista como sería New Lanark, y luego devenido en pensador, teórico y activista, más allá de su mera intención de transformación progresista de un ambiente laboral-habitativo.

En cualquier caso, un elemento común será la crítica a la ciudad industrial, a las condiciones de vida urbana en el contexto del desarrollo del capitalismo industrial, y esa crítica asumirá genéricamente la perspectiva de posibles desarrollos antiurbanos, de modelos de asentamientos y organizaciones sociales apoyados en inserciones extraurbanas incluso en su mayoría, con apelación a rasgos de la ruralidad, en cuanto esta y sus formas productivas asociadas parecía menos contaminada por la lógica del modo productivo de la industria y la explotación consecuente de la fuerza de trabajo que implicaba en sus primeras manifestaciones históricas. Esto se relaciona, por una parte, con el desmesurado crecimiento de algunas de las ciudades relevantes, como el caso de Londres, que pasará de menos de un millón de habitantes en 1801 a más de 4 en 1891, con los consecuentes cambios propios de su desemboque en la condición metropolitana, una de cuyas cualidades iba a ser el hábitat miserable y la ausencia de controles de la calidad de vida de muchos de sus habitantes marginales y sin ninguna clase de derechos humanos urbanos, eso que en los años próximos al mayo parisino de 1969 el sociólogo político Henri Lefebvre definiría como el “derecho a la ciudad”.

Aunque sin embargo el hecho más relevante no es ese, sino el desarrollo global del proceso de urbanización, por el cual Inglaterra pasará de tener solo 2 ciudades mayores de 100 000 habitantes a 30 en 1895, 2 a 28 en Alemania, 3 a 12 en Francia y 8 a 28 en Estados Unidos. El acelerado proceso de urbanización en los términos histórico-técnicos en que se dio significó ciertamente una modernización en la infraestructura de las ciudades –a veces más bien ligada a garantizar nuevas rentas emergentes de la economía de la producción y servicios de las ciudades–, pero, a la vez, la acentuación de condiciones de vida muy desfavorables para aquellos que Marx definía como los que integraban los ejércitos de reserva de las necesidades laborales del industrialismo.

El otro dato nuevo que seguramente influye en el desarrollo del pensamiento utopista será no tanto las condiciones generales del tamaño de las nuevas aglomeraciones industriales, sino aspectos específicos de la vida social, como el hecho de que en Londres hacia 1860 viviera el 13 % de su población en situaciones equivalentes a la pobreza extrema que serían generalizadas en el siglo siguiente en las ciudades tercermundistas, cifra que se elevaba al 24 % para París a fines del siglo XIX, época en la cual la magnitud de los indicadores del progreso industrial contrastaba marcadamente con el agravamiento de las condiciones de vida de las crecientes poblaciones marginales al trabajo y la producción.

Cabe aquí referir que una forma de solucionar en el tiempo aquellas condiciones de extrema marginalidad de calidad de vida iba a ser la exportación de dichas deficiencias sociales a las capas sociales propias del mundo colonial, de tal forma que lo que estudió claramente el historiador socialista Eric Hobsbawm, el fenómeno político llamado “imperialismo” o “expansión imperial”, no solo implicó una forma de dominación político-militar y económica (tendiente a una reorganización de la división internacional de la producción y el trabajo), sino también un proceso mucho menos ostensible de reorganización de la calidad de vida mundial –una contracara de aquella división internacional, que podría definirse como una “división internacional del consumo”– que iba a transformar lentamente aquellas situaciones que daban inicio al pensamiento crítico utopista europeo. Políticos como Bismarck, el líder de la revolución industrial prusiana, iban a motorizar, ya en el último tercio del siglo XIX, la condición del Estado de bienestar, es decir, ciertas garantías de calidad de vida para la población europea, garantías que se sostenían en función de las brutales extracciones de capital natural emergentes del mundo colonial.

Es en ese contexto en que deberá entenderse la proliferación de publicaciones de tinte utopista, muchas de ellas de gran repercusión popular, como Looking Backward del norteamericano Edward Bellamy, aparecido en 1888, News from Nowhere de William Morris, de 1890, A Modern Utopia de Herbert George Wells, de 1905, o Sur la pierre blanche de Anatole France, de 1905. Y numerosos textos que, enlazados con los ulteriores y más recientes ensayos de Huxley, Read, Orwell o Callemback, constituyen el armazón de una continua disertación sobre las posibilidades de un mundo mejor.

7. Utopías del siglo XX: de Le Corbusier a Bel Geddes

En el caso de Le Corbusier, su antiformación –desde el punto de vista de la casi ausencia de una educación formal en diseño, salvando los precarios cursos de Le Chaux– se liga a un programa de turismo arquitectónico (de lo que resultarán los carnets de su Voyages d’ Orient, que resume su periplo de 1913) junto a una serie de visitas profesionales que hoy llamaríamos stages, como el de 1908, en que transcurre unos meses en París trabajando chez Perret, conociendo a fondo las posibilidades del hormigón armado, o la estancia en Berlín en 1910, donde, aunque había ido para investigar técnicas del hormigón, terminará conociendo a Tessenow (que regenteaba uno de los dos talleres educativos de Berlín; el otro era el de Poelzig), quien debe haberlo influenciado poderosamente en su concepción del oficio artesanal del diseño y su tendencia a elaborar sus proyectos basados en tipologías rurales-burguesas y cuya mirada antimetropolitana basada en el elogio de las ciudades medias (ni las aldeas ni las metrópolis), que entendía podían diseñarse y gestionarse en una tarea unificada a cargo del arquitecto, debe haberle interesado.

También en Berlín se pasa varios meses como dibujante en el estudio de Behrens, donde seguramente convivió con Mies y Gropius, por entonces también aprendices de la oficina.

Estas incipientes aproximaciones a la modernidad lo habían estimulado para intentar, todavía en la provincial Chaux, algunos experimentos innovativos, como los desarrollados junto al ingeniero Dubois en las primeras versiones de la maison domino y la ville piloti. Su traslado definitivo a París en 1916, si bien no significaría una inmediata inserción en la esfera de la proyectación moderna ni en el trabajo autónomo como diseñador (se pasa los años que van del 17 al 22 como director de una fábrica de ladrillos), le permitiría en cambio conocer al plástico Ozenfant –quien estaba armando la postura estilística del purismo como crítica al cubismo, a la que inmediatamente adheriría el joven suizo, por entonces en duda sobre su dedicación a la arquitectura o la pintura–, de donde emergería cierta clarificación para una base estética en el pensamiento proyectual corbusierano.

En efecto, las propuestas del purismo ozenfantiano implicaban un refinamiento neoplatónico del repertorio tipológico-formal disponible y un programático reduccionismo plástico a formas y colores ideales (las formas del cubo, tetraedro y esfera; los colores primarios).

La importancia de poetas esencialistas –o tras-simbolistas, como Apollinaire– o de teóricos-críticos de matriz clasicista, como Valery, serán relevantes en la delimitación de un trasfondo teórico, no exento de misticismo (como en el caso de los del grupo holandés Der Stijl, cuya experiencia debió de conocer LC a través de Van Doesburg, activo en la formulación parisino-neoplaticista del suburbio blanco de Boulogne, o como la frecuentación que en esos mismo años LC hizo del cenáculo esotérico de Henri Sauvage, al arquitecto ziggurático).

Estos movimientos de pensamiento adquirirán un vehículo difusivo con la aparición de la revista L’ Esprit Nouveau en 1920 o en la construcción del pabellón EN que se montará en la Exposition d´Arts Decoratifs del 25. La expresión ideológica de estas posturas se plasmará en la publicación de Vers une Architecture en 1923, en donde LC no vacila en presumir que el reclamo preconizado de orden estético era consustancial con un régimen de autoridad que identifica con el estado ideal de los Luises y Colbert, figuras que añora como garantes del maridaje entre estabilidad o statu quo político-social y despliegue de una estética dogmáticamente reduccionista: aquí se lee la larga secuela del tratadismo helenístico con los ideales renacentistas y su elitista reafirmación en un modelo de modernidad socialmente educativo.

Sin embargo, lo significativo de aquel texto –fuera del reaccionarismo político que lo nutre, que LC procurará enmendar en sucesivas ediciones del opúsculo– es su encendida adhesión a la estética del ingeniero contenida o sintetizada en su célebre slogan de la machine a habiter, que en cierto modo, más que maquinizar la estética, procuraría exactamente lo inverso. Allí dirá por caso lo siguiente:

Si eliminamos de nuestros corazones y mentes todo concepto muerto con respecto a la casa y examinamos la cuestión desde un punto de vista crítico y objetivo, llegaremos a la “casa máquina”, la casa producida en serie, saludable (incluso en el aspecto moral) y hermosa como lo son los instrumentos y herramientas de trabajo que acompañan nuestra existencia.

En este pensamiento, LC no alcanza a declinar su adhesión a cierta utopía del orden, para lo cual es proclive a exaltar la modelística de las ingenierías sociales y subjetivas.

Desde el 22 la actividad de LC se hace pletórica y algo universalista en la perspectiva renacentista: ese año adopta su pseudónimo e instala el estudio junto a su primo Pierre (quien era el que poseía una matrícula habilitante), que dura hasta 1939. En 1925 publica su texto urbanístico L’ Urbanisme, que reseña sus megalomaníacas posturas de arquitecturización de la ciudad y de reclamo consecuente de un orden político con la suficiente fuerza y autoridad para llevar adelante tales ideas, posturas que le valdrá la vigorosa repulsa de L’ Humanité, el periódico oficial del comunismo francés, que visualizará como abiertamente fascista este discurso de organización regimentada de sociedad para ser acogida en una estricta y tipologizada forma moderna.

En rigor, este texto venía a establecer una especie de fundamentación teórica ex post (algo habitual en la formulación teórica de LC y en general de todo el movimiento moderno) de sus diferentes proyectos urbanos de la época: los trabajos hechos bajo el nombre de Plan Voisin –para el industrial aeronáutico de ese nombre que se proponía reurbanizar extensas porciones céntricas de París y que explica, por otra parte, la permanente, y a menudo ingenua, recurrencia de LC a instalar aeropuertos de taxis aéreos en los techos de las partes centrales de sus proyectos urbanos como intento de propagandizar de modo más alegórico que pragmático el nuevo medio de transporte– y los proyectos de la Ville Contemporaine, que, 4 veces más grande que Manhattan, también pretendía ubicar en el área central de París cuyas prexistencias urbanas debían arrasarse para instalar las dilatadas cintas de 10 a 12 pisos y las 24 torres cruciformes de 60 niveles que componían en este reduccionista tipologismo binario (que recuerda a Giorgio Martini o a Filarete) para desarrollar un hábitat básico para albergar a 3 millones de habitantes, expresando por tanto la noción moderna (ingenua pero también autoritaria) que pretendía que el mero agrandamiento de ciertas ideas tipológicas arquitectónicas devinieran en ideas urbanas, noción que más tarde se obstinaría en aplicar a sus desarrollos esquemáticos o, en algunos casos, más desarrollados, para Bogotá, San Pablo, Río, Montevideo o Buenos Aires, y también en el proyecto Obus para la capital argelina.

Incluso en temas que ya parecían cerrados, como la modernidad de Le Corbusier, nuevas investigaciones como la de Beatriz Colominas[17] destacan el interés de LC en la colección y el museo, en la clasificación de la producción cultural y de productos industriales de uso cotidiano y en la proposición de funciones museográficas (como el Museo de Crecimiento Ilimitado o el Mundaneum) en que el propósito es ofrecer una versión desjerarquizada de la producción del mundo o en la vocación corbusierana de acumular y estudiar la objetología de la vida cotidiana –desde bidés a aviones, desde valijas y ficheros de oficina a casas prefabricadas, desde turbinas hasta ventiladores centrífugos– y su presentación publicitaria –LC era el encargado de conseguir la publicidad que financiaba la revista L´Esprit Nouveau: es decir, una agenda que reinserta el supuesto énfasis de LC en la pura producción de proyectos vanguardistas en una dimensión poiética, investigativa y experimental mucho más diversificada que lo conecta con aspectos y protagonistas centrales de las vanguardias estéticas de su tiempo, como Picabia o Duchamp. En este caso, Colominas compara la Boite en valise (las 20 cajas firmadas que reproducían a escala las obras principales de Duchamp) con la Oeuvre Complete que LC empieza a editar en Zúrich en 1930 o con la propia Fundación LC, virtualmente una colección de fenómenos del siglo XX tamizados por la voracidad cultural enciclopedista de su referente.

Es decir, obra como acción o procedimiento en lugar de obra en , incluso yendo más allá de la condición de la abstracción moderna que fijaba como valor preponderante de fruición de la obra no al entendimiento de su (perdida) mímesis, sino a la comprensión de su proceso conceptual y técnico de realización, pero que todavía no renunciaba a la cualidad cósica de su condición de objeto-obra de arte.

Si bien el caso de Norman Bel Geddes alude más bien a un referente del selfmade americano –el antiintelectual ingenioso protagonista de páginas de Popular Mechanics– y a un rol central, desde esa vocación de inventor en la fundación moderna del industrial design (y en cierta forma a encarnar el mito productivista que Giedion describirá muy encomiásticamente en su Mecanization Take Command, la contracara norteamericana de su summa europea), por tal clase de protagonismo también actúa en lo que aquí nombramos como “utopías urbanísticas del siglo de la modernidad”.

Bel Geddes en el 32 edita su libro Horizons, que no solo es una recopilación de sus trabajos, sino una reflexión de las primeras ideas sobre qué era el industrial design para el naciente capitalismo y para la multiplicación de los panes mecatrónicos del nuevo consumo.

Y de allí arranca una carrera fulgurante, en la cual diseña locomotoras para Burlington, camas de metal para Simmons, radios para Philco, estaciones de servicio para Mobil, interiores de cabina de avión para Panam y hasta el nuevo circo de tres pistas (el 3 ring-circus) de los Ringling Brothers. El verdadero y absoluto diseñador americano, el creador de modos de vida…

Contratos millonarios le habilitan desarrollar el innovativo auto Airflow para la Chrysler en su división Plymouth-DeSoto, tanto un objeto de deseo de todos los ingenieros de punta (batía records de velocidad gracias a su concepto streamlined –la noción de aerodinamia que ofrecía Geddes– en las salinas de Utah) cuanto un flagrante fracaso comercial. Su segunda Guerra consistió en desarrollar hasta 8 naves de batalla para la IBM que se dedicaba a conseguir entonces contratos de armamentos (dicho sea de paso, acumulación originaria en los 30-40 de las ulteriores empresas electrónicas), así como aviones livianos. Logros notables de un designer absolutamente lego, extraordinariamente intuitivo, audaz en las propuestas y capaz de sacarle todo el jugo posible a cualquier ingeniero serio.

Cuando se programaba la famosa expo mundial de Nueva York en 1939, se le ocurre proponerle a General Motors, a cambio de 7 millones de USD de la época, que presente en el evento una formidable maqueta de la ciudad del futuro, que iba a llamarse Futurama y que contiene notables proposiciones urbanísticas de este aficionado, que allí se despachó, por caso, con el diseño de unos 12 000 edificios y de 50 000 autos en miniatura, todos sus ensayos y mucho más.

La forma aerodinámica se multiplicaba en las geometrías mórbidas de los edificios corporativos –a la sazón muy encaminados en constituir una gute form urbana con esquinas redondeadas y gradientes edilicios, bastante más sensata, dicho sea de paso, que los enfoques ziguráticos que había inaugurado Raymond Hood en 1924 en su skyscraper American Radiator, aplicando a rajatablas la nueva normativa aprobada en 1916, todo bastante antes de los dibujos de Hugh Ferris de 1922– y también desde luego en el styling de la enorme flota de vehículos a escala que, sin embargo, eran más estimulantes para su consumo que para su producción.

No se ha hablado demasiado del efecto teórico en el mundo del urban design de este engendro, pero lo cierto es que lo vieron cuatro millones de personas y seguramente anidó en el inconsciente colectivo de la generación de posguerra, entre ellos Walt Disney, de quien se dice que allí empezó a pensar en el maridaje entre realidad y ficción urbanas y en su proyecto Epcot.


  1. Marin, L., Utópicas, Siglo XXI Editores, Madrid, 1972.
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  6. Choay, F., El urbanismo: utopías y realidades, Lumen, Barcelona, 1963.
  7. El monadologismo tardiano en pos de una utopía de la convivencia de diferentes vendría a quedar cancelado en la verificación que Byung-Chul Han hace en La expulsión de lo distinto –Herder, Madrid, 2017– acerca de la licuación de diferencias que la civilización de la globalidad plantea en su implacable democracia de consumo teledirigido y alienado.
  8. Foucault, M., La arqueología del saber, Siglo XXI Editores, Buenos Aires, 2002 (1969).
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  10. Maldonado, T., Técnica y cultura: el debate alemán entre Bismarck y Weimar, Infinito, Buenos Aires, 2002.
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  12. Vernant, J. P., Entre mito y política, FCE, Buenos Aires, 2002.
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